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Valeria Vegas rinde homenaje a artistas, películas y canciones referentes de la cultura LGTBQ y que abrieron camino en un momento crucial en la historia de España. Libérate es un merecido tributo a aquellos artistas, películas, canciones y salas de espectáculos que devolvieron el color y el brillo —de las lentejuelas, por supuesto— a un país que llevaba demasiado tiempo viviendo en blanco y negro. Un homenaje a esa cultura LGTBQ que, incluso en la España más gris, logró abrirse camino superando adversidades, sorteando la censura y venciendo la desconfianza de una sociedad que todavía estaba lejos de ser tolerante. A través de casi un centenar de entradas dispuestas a modo de diccionario, la periodista Valeria Vegas recopila multitud de referencias (y referentes) imprescindibles para entender el papel que han jugado gais, lesbianas, bisexuales, mujeres y hombres trans, drags, transformistas y aliados del colectivo en la cultura española. Un recorrido histórico que arranca en los años sesenta, con el estreno de la película Diferente y la irrupción de Coccinelle en plena Gran Vía madrileña, pasa por los convulsos años de la Transición y llega hasta principios del siglo XXI , recordándonos que hace tan solo una década todavía quedaban territorios de libertad por conquistar. En palabras de su autora, "quizás este libro sirva para hacer justicia a todas esas carreras labradas a golpe de escenario. Porque la historia de nuestra cultura LGTBQ todavía se está escribiendo, y hay que empezar por ordenar lo que ya ocurrió, de manera precisa y fehaciente, otorgando a todos los referentes el lugar que merecen".
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Seitenzahl: 397
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Primera edición: diciembre de 2020
LIBÉRATE
© Valeria Vegas
© de esta edición: Dos Bigotes, a.c.
Publicado por Dos Bigotes, a.c.
www.dosbigotes.es
© de las imágenes: archivo personal de Valeria Vegas, excepto las fotografías cedidas por Jaime Gorospe, Iván García, Torres Ibarzo y Mista Studio.
ISBN: 978-84-121428-8-4
eISBN: 978-84-122617-2-1
Depósito legal: M-26468-2020
Impreso por Kadmos
www.kadmos.es
Corrección: Juan Roures
Diseño y maquetación: Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
Impreso en España — Printed in Spain
LA CULTURALGTBQQUE ABRIÓCAMINOEN ESPAÑA
VALERIAVEGAS
A
Adela
La Agrado
Alaska
Alto Standing
Anarcoma
Angie Von Pritt
Antonio Amaya
A quién le importa
B
Barcelona de Noche
Bibiana Fernández
C
Cachorro
Calé
Cambio de sexo
Carla Antonelli
Carmen de Mairena
Carmen Xtravaganza
Carne apaleada
Centauros
Christine
Coccinelle
D
Deborah Ombres
Diabéticas Aceleradas
DiCarlo
Diferente
El diputado
Dolly Van Doll
La Duquesa Roja
E
Elianne
Eloy de la Iglesia
Emilio Laguna
La Esmeralda de Sevilla
Esperanza Roy
F
Fabio McNamara
Falete
Fama
Francis
G
Gay Club
Gay Club
Gore Gore Gays
H
Haz la loca… no la guerra
I
J
Juan Gallo, «La otra Lola»
Juanito Díaz
K
Katy Coral
L
Laberinto de pasiones
La ley del deseo
Libérate
Lola Flores
Lorena Capelli
Lucas
M
Madame Arthur
Manolita Chen
La Margot
La máscara
Massiel
Me siento extraña
Miguel de Molina
Mi querida señorita
Mi vida privada
La monja alférez
La muerte de Mikel
Mujer contra mujer
N
Nazario
El Noa-Noa
La noche es «guy»
Ñ
O
Ocaña
La Otxoa
P
Paco Clavel
Paco España
Party
Pavlovsky
Pedro Almodóvar
Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí
Pierrot
Los placeres ocultos
Ploma-2
La Prohibida
Psicosis Gonsales
Q
R
Rafael Conde «El Titi»
Rambal
Rocío Jurado
S
Samantha
Sara Montiel
Sobreviviré
Susana Estrada
T
La tercera luna
«Tira la copa»
El transexual
U
Un hombre llamado Flor de Otoño
Una pareja… distinta
V
La Veneno
Vestida de azul
Violeta la Burra
W
Walkiria Montini
X
Y
Yeda Brown
Z
El libro que tienes entre tus manos es una reivindicación, quizás por vez primera de modo tan exhaustivo, de la relación de artistas, películas y canciones que abrieron camino a la cultura LGTBQ en España. Una reivindicación, en definitiva, de referentes. Porque aquí los hemos tenido; muchos y variados. No siempre eran referentes perfectos, estando lejos de las teorías de género y los argumentos actuales, pero, en pleno tardofranquismo, su posicionamiento en un país que se movía entre la ignorancia y la mala intención era más que suficiente. Esta recopilación arranca a principios de los sesenta, con el estreno de la película Diferente y la irrupción de Coccinelle en plena Gran Vía madrileña, pasa por los convulsos años setenta y llega a puntuales excepciones del inicio del siglo actual, cuando, aunque parezca mentira, todavía quedaban muchos territorios por conquistar.
Generalmente, es la época de la Transición la que marca el punto de inflexión en lo referente a la cultura LGTBQ, con la visibilidad de multitud de vedetes y transformistas que lucharon por que su talento prevaleciese por encima del morbo del espectador. Violeta, Pavlovsky, Paco y otros tantos llevaban años sobre las tablas, a veces con pésimas condiciones, cuando este país estuvo preparado para aplaudirlos. También Dolly, Christine, Angie, Yeda y Elianne demostraron su valía sobre el escenario, imponiéndose a todo aquel que cuestionase su identidad. Aunque Madrid y Barcelona constituían la punta de lanza en lo que a espectáculos se refiere, también en las provincias, con más mérito si cabe, se alzaban con humor y maquillaje artistas como La Esmeralda de Sevilla, La Margot, La Otxoa o DiCarlo. Y me resulta imposible obviar a todas aquellas personas olvidadas porque su trayectoria artística no prosperara a causa de su prematuro fallecimiento. Sus muertes no deberían caer en vano, de ahí que tengan su espacio en este libro Francis, Lorena y Rambal. Los casos insólitos de Samantha, Katy, Manolita o Walkiria, curtidas en el cabaret pero ignoradas durante años, aparecen aquí por un empeño personal.
El cine siempre ha jugado un papel fundamental en la cultura de cualquier país, pero en el nuestro todavía más, si tenemos en cuenta cómo se las debía ingeniar para burlar la censura o, aun sometiéndose a esta, conseguir contar historias prohibidas. Ahí quedan Mi querida señorita o Una pareja… distinta, dirigidas respectivamente por Jaime de Armiñán y José María Forqué, que lograron incluso despertar la empatía del público. Bien es cierto que con la llegada de la democracia no siempre prevaleció la calidad, y algunas de esas deshonrosas excepciones también andan por aquí, debido, ante todo, a su contribución a la visibilidad. Las mujeres salían peor paradas, tanto en el lesbianismo como en la transexualidad, quizá al estar dirigidas por hombres que explotaban el sensacionalismo de argumentos oportunistas. Positivamente quedan para la posteridad algunas de las películas dirigidas por Eloy de la Iglesia, Pedro Almodóvar, Vicente Aranda, Pedro Olea y Javier Aguirre, que aportaron realismo y sensibilidad a un país que empezaba a resurgir.
Numerosas canciones han servido como reafirmación; muchas de ellas, entonadas a pleno pulmón; algunas, olvidadas con el paso de los años, y unas pocas, erigidas en himnos por aclamación popular. Porque los himnos los hace la gente cuando sus letras despiertan verdad. Libérate, A quién le importa y Mujer contra mujer siguen conmoviendo a quienes, más de tres décadas después, todavía se identifican con ellas. Mi vida privada y Sobreviviré son sendas declaraciones de intenciones y funcionan por igual a pesar de los años que las separan. También el concepto de diva LGTBQ tiene cabida en estas páginas, porque, como sucede con los himnos, es el público quien las eleva a su pedestal, esa es su iconografía. Eso sí, la presencia de cada una de ellas está justificada mediante declaraciones, canciones y méritos varios, más allá de haber sido carne de imitación en el arte del transformismo. Alaska, Massiel y Esperanza Roy se desmarcan con un mayor conocimiento de causa, junto a Sara, Lola y Rocío, que, aun siendo en ocasiones políticamente incorrectas, tienen a su favor sus buenas intenciones.
Conforme avanzan las décadas, disminuyen los ejemplos aquí citados, que no los casos de valentía y talento, porque no es comparable el año 2001 con lo que sucedía en 1976. Aun así, he considerado oportuno hacer un hueco a una película como Cachorro, teniendo en cuenta que mostró el nunca antes retratado mundo bear con una perspectiva rompedora, así como a la irrupción en nuestro imaginario de Deborah Ombres, la primera travesti para toda una generación que ejercía de presentadora, y el cantante Falete, que rompió con los géneros establecidos cuando este país todavía no era tan moderno como se consideraba.
Hay ausencias que están más que justificadas. Empezando porque este no es un libro de outing, donde un actor o una cantante tengan que ocupar un lugar por el simple hecho de su orientación sexual sin haberse manifestado abiertamente al respecto, siendo esto igual de respetable pero poco representativo en cuestiones de liberación. Así se entiende la presencia de artistas como Antonio Amaya y «El Titi», quienes, a diferencia de sus amigos y compañeros Pedrito Rico y Tomás de Antequera, se posicionaron dentro y fuera del escenario, dispuestos a marcar un punto y aparte, siguiendo los pasos de Miguel de Molina. En cuanto a los showmans y los transformistas, son aquellos que lograron desmarcarse, llamando la atención de los medios de comunicación, los que han dejado testimonio de la época, no por ello siendo menos importantes todos los que no alcanzaron trascendencia mediática. Por otro lado, el punto de partida de este libro es el espectáculo, visto como un reducto de libertad en el que, siempre con talento, se pueden abarcar muchas cuestiones. De ahí que se queden fuera los escritores Federico García Lorca, Terenci Moix y Eduardo Mendicutti, siempre posicionados en su obra y su persona. Respecto a los transformistas de principios del siglo pasado, entre los que destacan Derkas, Luisito Carbonell, Mirko y Edmond de Bries, lamentablemente no hay entrevistas a nuestro alcance ni forma de plasmar sus palabras. Puesto que la poca información que existe sobre ellos ya ha sido recopilada en otras obras, han sido omitidos en esta, pero no quiero dejar de mencionar lo transgresores que fueron, considerando que la Ley de Vagos y Maleantes se instauró durante la Segunda República.
A través de casi un centenar de entradas, Libérate pretende ser un homenaje a esa cultura que hizo que este país se tornara en color tras largos años viviendo en blanco y negro. Un homenaje repleto de fechas, títulos, espectáculos, cabarets y otros muchos datos que solo han podido ser obtenidos a través de una exhaustiva labor de hemeroteca. Algunas de las personas aquí destacadas fallecieron recientemente; tal es el caso de Violeta la Burra, Juan Gallo y Carmen de Mairena, cuyas trayectorias apenas fueron recogidas con esmero por sus obituarios y semblanzas, debido a que la información que pulula por internet suele ser escasa y repetitiva. Quizás este libro sirva para dejar constancia en adelante de todo ello y se haga así justicia a todas esas carreras labradas a golpe de escenario. Porque la historia de nuestra cultura LGTBQ todavía se está escribiendo, y hay que empezar por ordenar lo que ya ocurrió, de manera precisa y fehaciente, otorgando a todos los referentes el lugar que merecen. Tener constancia de nuestro pasado nos permitirá asentar los cimientos de nuestro futuro. Libérate.
Valeria Vegas, octubre de 2020
Película estrenada en 1987 y dirigida por Carlos Balagué. Tiene el mérito de ser la primera película española protagonizada por una actriz trans. Hoy en día, que tanto se cuestiona a la industria por el hecho de que sean siempre intérpretes cisgénero los que encarnan la transexualidad en pantalla, se pasa irónicamente por alto este filme. Lo que ocurre siempre en España: se olvida pronto y se reconoce menos. Yani Forner fue la elegida, saliendo bien parada en su cometido; eso sí, tuvo que ser doblada, en parte porque se rodó sin sonido directo. El actor Fernando Guillén fue el otro protagonista y, además de dotar de veteranía al largometraje, le aportó un tirón más comercial.
El argumento gira en torno a un policía llamado Andrés que, tras llevar veinte años en el cuerpo, consigue ascender a comisario jefe. Su ascenso viene acompañado de multitud de frustraciones, entre ellas, la tristeza de haber perdido a dos de sus compañeros —fallecidos en misiones—, una rutina estresante y el hastío de la convivencia con una esposa a la que ya no ama. Su vacía existencia se revitaliza cuando llega a comisaría Adela, una mujer transexual detenida en ese instante y conocedora de los bajos fondos de la ciudad de Barcelona. Surge en él una inevitable pasión, por lo que comienza a seguir los pasos de Adela hasta provocar un encuentro. Convertidos en amantes, ambos urdirán un plan a espaldas de la policía para sacar beneficio a un alijo de droga. La vida de Andrés no volverá a ser la misma.
El 14 de julio de 1986, el diario La Vanguardia se hacía eco del rodaje y titulaba: «Fernando Guillén es un policía enamorado de un transexual en una película de Carlos Balagué». Dejando a un lado el incorrecto uso del determinante masculino, cabe destacar la declaración del célebre actor en torno a la relación que emprende su personaje: «Es la historia de un amor atípico, pero creo que estas cosas pueden ocurrir. Para mi personaje, un perdedor, casi un marginado, un transexual no es una especie de demonio. Se trata de la historia de una destrucción, una historia dura en la que se reflejan los aspectos más sórdidos de la labor policial». Hay que matizar que la Jefatura Superior de la Policía no quiso colaborar en la producción y se negó a facilitar el vestuario y los automóviles solicitados por los productores.
Yani Forner se encontraba trabajando en el cabaret Barcelona de Noche cuando Carlos Balagué la descubrió. Nacida en Málaga en 1960, comenzó a trabajar en distintas salas de fiestas en Málaga, Madrid y la Ciudad Condal, donde residió la mayor parte de su vida. Antes de protagonizar Adela, había participado en breves secuencias de La tercera luna (1984) y La rubia del bar (1986), esta última dirigida por Ventura Pons. Continuó desarrollando su carrera como vedete, sin más incursiones en el cine, hasta que falleció en 1993, con tan solo 32 años, a causa del sida.
Pese a estar ejecutado con dignidad, el personaje de Adela resulta sensual e incluso perverso pero nunca emotivo. Su constante vinculación con los bajos fondos no tendría por qué ser impedimento para mostrar sus temores o ensoñaciones y ahondar en la relación con su familia, sus compañeras de trabajo o sus ambiciones. Aun así, no se puede quitar mérito a la apuesta actoral de Balagué, así como al hecho de que la protagonista absoluta del cartel sea Forner. Conviene apuntar también la aparición del cómico transformista Pierrot en una secuencia en la que recrea su labor de maestro de ceremonias del Barcelona de Noche.
Como suele suceder con este tipo de películas, Adela no obtuvo gran reconocimiento, pese a críticas como la que publicó el periódico La Vanguardia el 12 de abril de 1987, dos días después de su estreno:
El talón de Aquiles del relato, sin embargo, reside en la omisión por parte del director —también guionista— de adentrarse en las zonas oscuras de su héroe, en las raíces de su «amour fou» por ese travesti fatal, que hemos de dar por simplemente supuesto cuando es, ni más ni menos, el mismísimo revés de la trama: si Adela fuese realmente una mujer, no puede decirse que esta película variaría en lo más mínimo. […] Con toda su modestia, hay en Adela mucho más cine del que suelen ofrecer muchas otras producciones nacionales de mayor pretensión y presupuesto: una virtud tradicional, por lo demás, en el thriller barcelonés del que esta película proporciona una aportación estimable.
La película fue distribuida en vídeo bajo el título de Corrupción policial, con un cartel distinto y sin referencia alguna al personaje de Adela, esperando así captar a todos aquellos espectadores que la habían rechazado en la pantalla grande.
«Me llaman La Agrado porque toda mi vida solo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás». Así comienza el potente monólogo de uno de los personajes más queridos y reivindicados en la filmografía de Pedro Almodóvar. El director escribió el papel de una carismática prostituta transexual de gran corazón que cautivó al público y enseguida fue encumbrada como icono LGTBQ. Antonia San Juan fue la actriz que encarnó sublimemente a tan singular heroína callejera, en un papel que se disputaron muchas intérpretes.
He aquí su ya legendario monólogo, que resulta toda una oda a la autenticidad aunque la artificialidad esté de por medio:
¡Miren qué cuerpo! Todo hecho a medida. Rasgado de ojos, ochenta mil. Nariz, doscientas. Tiradas a la basura porque un año después me la pusieron así de otro palizón. Ya sé que me da mucha personalidad, pero si llego a saberlo no me la toco. Continúo. Tetas, dos, porque no soy ningún monstruo. Setenta cada una, pero estas las tengo ya superamortizás. Silicona en labio, frente, pómulo, cadera y culo. El litro cuesta unas cien mil, así que echar las cuentas porque yo ya la he perdío. Limadura de mandíbula, setenta y cinco mil; depilación definitiva al láser, porque la mujer también viene del mono, bueno, tanto o más que el hombre. Sesenta mil por sesión, depende de lo barbúa que una sea, lo normal es de dos a cuatro sesiones, pero si eres folclórica necesitas más, claro. Bueno, lo que les estaba diciendo, que cuesta mucho ser auténtica, señora. Y en estas cosas no hay que ser rácana, porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma.
En alguna ocasión, Almodóvar comentó que tan cómica secuencia está basada en una situación real que vivió la actriz argentina Lola Membrives y que, desde que supo la existencia de aquella historia, estaba deseando plasmarla en el cine. Así lo explicó el cineasta: «El sistema eléctrico del teatro donde actuaba falló a la hora de la función. Membrives, que no se arredraba ante nada, decidió ser ella misma la que, desde el escenario y alumbrándose con una vela encendida, diera la noticia al público. “Ya que están aquí, les pediría que se quedaran y prometo entretenerles contándoles la historia de mi vida”, dijo. Aquella tarde, doña Lola hizo la función de su vida».
Cuando en este país a muchas artistas les caía de rebote el cuño de «diva gay» pese a carecer de implicación alguna y hasta denotar cierta lástima por los homosexuales, Alaska se encontraba en un posicionamiento real con conocimiento de causa. Quizás porque, como ella misma dijo muchas veces, no se sentía diva gay, sino que directamente el mundo gay era su mundo. Un mundo en el que convivía con artistas como Bernardo Bonezzi, Fabio McNamara, Las Costus, Sigfrido Martín Begué, Pedro Almodóvar o sus compañeros musicales Carlos Berlanga y Nacho Canut, con quienes llevaría a cabo unas cuantas canciones que alcanzarían el estatus de himno. La carrera de Alaska es sobradamente conocida, por lo que no necesita ninguna exhumación de datos. Pero, al igual que otras muchas artistas que se encuentran entre estas páginas, sin motivos de condición e identidad, sí es necesario y de justicia hacer un desglose de méritos por los que ha llegado a encumbrarse como icono LGTBQ. Porque méritos Alaska tiene unos cuantos.
Con una adolescencia marcada por el libro Gay Rock de Eduardo Haro Ibars, publicado en 1975, la artista parecía estar sobradamente preparada para encarnar a una de las primeras lesbianas del cine español —obviando aquellas películas creadas para explotar el morbo sexual, con su correspondiente clasificación S— bajo las órdenes de Pedro Almodóvar en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980). Haber interpretado con solo dieciséis años a Bom, una cantante punk acostumbrada a enamorarse de mujeres mucho mayores que ella, la ha acompañado durante innumerables entrevistas.
El tándem Canut-Berlanga, con sus letras refinadas repletas de referencias y humor inteligente, puso en boca de Alaska canciones que solo ella podría haber defendido con tanta veracidad. Ya como Dinarama, alcanzaron el éxito absoluto en ventas con el disco Deseo carnal, lanzando en 1985 un tercer single del propio álbum que lleva por título Un hombre de verdad. En definitiva, una canción compuesta por dos hombres donde la cantante se entrega, se anuncia, suplica y se arrastra para encontrar sin dudar un hombre de verdad. El mérito del mensaje es que la canción de marras se halle en su disco más comercial, logrando que chicas y chicos coreasen el tema, aunque algunos de estos últimos lo hiciesen con la boca pequeña. Una canción de la que el colectivo gay se adueñaría muy pronto, hasta el punto de ser elegida como himno del Orgullo de 1998. Mención aparte merece la portada del single, con dos hombres musculosos entregados cuerpo a cuerpo, emulando un relieve clásico en mármol que encaja perfectamente en lo que hoy denominamos homoerotismo. El siguiente álbum de Alaska y Dinarama, No es pecado, contenía la canción que se convertiría en el himno LGTBQ por excelencia: A quién le importa. Cualquier persona se adjudicaría el tema con semejante letra de autorreafirmación. Éxito asegurado en karaokes, bodas y demás celebraciones, es en la manifestación del Orgullo donde, desde hace más de dos décadas, cobra verdadero sentido.
En 1986, la cantante posa en lencería para la revista Interviú, cuya portada lleva como titular la frase: «He hecho el amor con una chica». Lo verdaderamente destacable no es el acto ni la confesión, sino cuándo estos tienen lugar. En esa época, Alaska se encontraba presentando el programa La bola de cristal, en Televisión Española, de forma que su posicionamiento sobre la bisexualidad se producía en un momento álgido de su carrera. Ese mismo momento en que otros muchos de la industria musical prefieren mirar hacia otro lado. En dicha entrevista, le preguntan si cree que la ambigüedad femenina es muy silenciosa, a lo que la artista responde:
Sí, es cierto y no es tan evidente. Pero la hay y no está tan extendida. El noventa y nueve por ciento de mis amistades masculinas son homosexuales. Conozco muchas menos mujeres que hombres y no sé de ninguna que sea homosexual, alguna habrá, pero no sé. Quizás sigue habiendo aquí el prototipo de lesbiana marcada, y la mujer guapa y moderna o no se decanta por ello o no lo dice. Yo descubrí la ambigüedad sexual por mis lecturas sobre los artistas y me fascinó. Yo quería ser chico para ser gay. Pero jamás encontré una mujer que fuera ambigua sexualmente.
Es entonces cuando le preguntan si ha tenido alguna experiencia homosexual, y ella contesta:
Sí, he estado una vez con una mujer y me ha ido muy bien. Quiero decir, que igual que me ha ido con los chicos. Nunca he tenido la relación de mi vida ni nada parecido. Una relación con una mujer es una relación de amistad, un conocimiento. Me gusta esa camaradería que se forma entre dos mujeres, dejarse la ropa, pintarse entre ellas, es una especie de homosexualidad tapada que tienen todas las mujeres.
Hoy en día es fácil encontrar artistas de veintitrés años que relaten su experiencia, pero en 1986 eso era impensable. Un año después, Alaska presentó el programa La tarde, labor que recaía cada semana en un personaje popular (pudiendo este crear su contenido) y decidió tener por invitada a Manolita Chen, quien poco antes se había convertido en la primera mujer trans española que pudo adoptar una niña, regalándonos una de sus mejores entrevistas.
Al comienzo de la década de los noventa, cuando la prensa se preguntaba a quién se había tatuado Alaska en el brazo, ignorando que se trataba de la mismísima Divine, ella empezó a regentar las discotecas Stella y Morocco; en esta última, celebraría anualmente la fiesta Help para recaudar fondos por el Día Internacional del Sida. Por aquel escenario pasarían artistas como Diabéticas Aceleradas, Psicosis Gonsales, Paco Clavel o Fabio McNamara.
En 1996, Alaska seleccionó algunos de los grandes éxitos de la música de baile en el disco Dancing Queen, del que fue madrina en las labores de promoción junto a Carmen Xtravaganza, Liz Boa, Amnesia, La Prohibida, Antoñita Glamour y La Plástika. Aquella recopilación, que fue noticia hasta en el telediario, sirvió para que Alaska concediese entrevistas que no tenían desperdicio. Ya por aquel entonces, habló sobre pequeñas cuestiones que se encontraban a años luz de como las concebimos hoy, como cuando le preguntaron qué era eso de las drag queens:
Una drag queen es un chico que se viste de chica con mucho glamour. Luego resulta que no es lo mismo travesti que travestido o transexual ni drag queen. Esto es algo festivo, una celebración. […] Para mí la cuestión sexual no es tan importante, es decir, no es tan importante que sea un chico. Yo soy muy drag, y soy mujer.
Su empeño en la visibilidad se reiteraba en una entrevista en El País Semanal:
—Afirma usted que la música de baile influye en su manera de entender el sexo, ¿cómo es eso?
No influye en el acto sexual en sí, pero sí en mi postura sexual ante la vida. Cuando yo tenía doce años, quería ser David Bowie. Tenía un problema de identidad muy grande. En el ambiente en que yo me muevo, la gente está más abierta y es más permisiva con estas cosas, no solo en el terreno sexual. Y resulta que en el ambiente gay se oye mucho este tipo de música. Yo tengo una cultura gay.
—¿El mundo de las drag queens, las plataformas y los travestidos es frívolo?
Sí. Pero hay de todo. Para muchas solo hay dos salidas: artista o prostituta. No se les ofrecen otras alternativas. Los gais han conseguido ya muchas cosas y la revolución pendiente ahora es la liberación de los travestidos, que consigan puestos de trabajo dignos.
—¿Qué cualidad aprecia más de un hombre?
Que sea lo bastante hombre como para dejar que aflore su lado femenino.
En 1996, la artista se sube a la primera carroza de la primera manifestación del Orgullo LGTBQ de la capital, promovida por Shangay, a la que asistieron menos de trescientas personas. Por muy modernos que parezcan en la lejanía los noventa, todavía no había llegado el momento de que las celebrities se sumaran a la causa. A partir de entonces, la presencia de la artista en el Orgullo se vuelve constante. Espectadora confesa de los shows de transformismo desde que en su adolescencia acudiese a Centauros, mítico local del Madrid de la Transición, su vinculación con la causa travesti se acrecentó en 1997, cuando, ya con Fangoria, organizó la gira Xpandelia, en la que La Prohibida, La Plástika y La Baker ejercían de gogós, recorriendo una España todavía reticente a la tolerancia.
Siempre dispuesta a romper los roles de género, en 1999 Alaska declaró en la revista Zero: «Estoy a favor del hombre sin pantalones. No es que la mujer haya ganado algo poniéndose pantalones, es que el hombre ha salido perdiendo al no ponerse faldas». En el año 2000, le preguntaron en el diario ABC acerca de las causas que más la conmovían, y la artista no dudó en responder:
Me da mucho pudor asistir a determinados actos reivindicativos donde se puede confundir la buena voluntad con el afán de promoción. Me tocan la fibra especialmente los asuntos relacionados con los derechos de los homosexuales y los transexuales, quizá porque los de los demás sensibilizan a un número mayor de la población y están, por así decirlo, más cubiertos.
Cuando en 2001 la futura Ley de Matrimonio Igualitario todavía removía actitudes intolerantes, Alaska respondió así al periodista de Interviú que le preguntó el porqué de tanto empeño en casarse por parte de los homosexuales:
Se trata de conseguir el derecho a poder hacerlo, de tener los mismos derechos que los demás… Otra cosa es que luego se utilice ese derecho o que sean pocos los que decidan llevarlo a la práctica.
Igual de destacable fue cuando en ese mismo 2001 la cantante acudió al programa Moros y Cristianos, en el que se debatía acerca del sexo sin amor. En un momento dado, una madame de burdel, allí invitada, comenzó a increpar a los hombres que se vestían de mujer, asegurando que eso era «peor que maricón». La respuesta de Alaska, exaltada ante tamaña homofobia, no se hizo esperar: «Un momento, no estoy dispuesta a que aquí nada sea peor que maricón. Un momento, señora, usted juzgue por su propia moral, cuidado». Sobra decir que a ningún otro contertulio le llamó la atención aquella descalificación: solo la artista puso los puntos sobre las íes. Su desilusión social quedó también reflejada en el suplemento Mujer de hoy, cuando, en el año 2002, puntualizó:
A mí no hay ningún partido que me hable de legalizar las drogas, del aborto, de un trabajo digno para las transexuales o de una prostitución regularizada. Ninguno habla mi lenguaje.
En 2003, publicó el libro Transgresoras, en el que hace un repaso a las mujeres que marcaron su vida y rompieron moldes en distintos ámbitos. En esta obra, dedica un extenso capítulo a las mujeres trans, en donde alaba su lucha con respeto y admiración. En definitiva, Alaska llegó para hacer de España un lugar más bonito y reivindicar la diferencia con orgullo y dignidad.
Compuesto y producido por Luis Miguélez y publicado en 2001, Alto Standing fue el primer disco que reunía a distintas drags, travestis y cabareteras del panorama nacional, llevando por bandera su disidencia sexual y reivindicando el canalleo. Las canciones fueron grabadas entre 1985 y 2000, seleccionadas posteriormente por Miguélez e interpretadas por Psicosis Gonsales, La Prohibida, Belén Ventura, Glamour to Kill, La Plástika, Jill, La Bella Tatoo, Josephine, Paranoika González y el dúo Diossa y Malyzzia. El disco incluía versiones de Brigitte Bardot, Raphael, Françoise Hardy, Raffaella Carrà y Alejandro Sanz (cuando su nombre artístico era Alejandro Magno). En definitiva, un álbum de culto que recogía el espíritu de una cultura underground que, como bien recalcó su autor, había estado muy bien reflejada en la prensa y la televisión, pero nunca en un disco.
En una entrevista promocional a Luis Miguélez con motivo de Alto Standing y Rock Station, grabado junto a McNamara, le preguntaron en el diario ABC, en junio de 2001, si aquello suponía una vuelta al espíritu de los ochenta. Esta fue su respuesta:
No son los discos los que recogen ese espíritu, sino la compañía. Porque ambos materiales estaban grabados desde hacía tiempo. A otras discográficas no les interesó, a pesar de que sus ejecutivos van de modernos y ahora lo bailan como locas. Pero no se atrevían a transgredir esa barrera. […] Es apto para todos los públicos. Se trata de artistas con mucho glamour, cosa que han perdido los rockeros en España. Y eso gusta a todo el mundo.
El single principal del LP fue Somos iguales, cantado por Miguélez en compañía de todas las componentes del disco. Un tema con conciencia de himno cuya letra dice así:
Mañana, tomorrow
No pienses que voy a cambiar
Mañana, tomorrow
Mi vida seguirá tal cual
Mañana y ahora
Un precio siempre hay que pagar
Por nada, por nadie, por todos, por ser divinas de verdad
Sigue luchando, amigo
No dejes que te importe el qué dirán
Qué más da qué dirán de ti
Somos iguales ante el amor
Somos así, entiéndelo
Somos iguales ante el amor
Somos así, entiéndelo
Mañana, tomorrow
No debes perder el control
Tu cara, tu cuerpo, demuestra que eres todo amor
Mañana, tomorrow
El show tendrá que continuar
Con risas, sin miedo y muy divinas de verdad.
Heroína de cómic, creada por el dibujante Nazario en 1977, Anarcoma tiene la singularidad de ser una detective cuya transexualidad le permite abrirse camino por los bajos fondos. Bien es cierto que en multitud de ocasiones, y debido a un constante error asentado en la terminología popular, se la ha definido como travesti, incluido el propio autor, que quería ver en ella una mezcla de Lauren Bacall y Humphrey Bogart.
Anarcoma hizo su primera aparición en la revista erótica Rampa, para después convertirse en emblema de la revista El Víbora, asentándose con sus historietas desde los primeros tiempos de la publicación. Tiempo después, el 30 de julio de 2016, Nazario sería preguntado en el diario ABC acerca de cuánto había de autobiográfico en el personaje:
En El Víbora, cada uno de sus autores quiso reflejar su vida, que era heterosexual. Por eso yo quise plasmar la mía, que era homosexual, desde un personaje que pudiera luego recuperar. Sin embargo, un homosexual, en mi opinión, no iba a poder englobar todo lo que quería contar; una mujer tampoco, porque no lo soy… Entonces se me ocurrió esta travesti, este hombre-mujer. El hecho de que fuera detective era extravagante, pero ya denunciaba que no tenía por qué ser alguien que se dedicara a la prostitución por su naturaleza. Fusionaba los conceptos «anarquía» y «carcoma». Era libertario y transgresor, y me sirvió para relatar ese mundo canalla de Barcelona y que me seducía. Se acercaba al Genet de Diario de un ladrón, pero más pragmático y realista.
Su primera aventura larga apareció en 1979 en los primeros ocho números de El Víbora, intercalada con historietas breves; y una segunda aventura larga fue publicada en 1985 entre los números 67 y 76.
Anarcoma está acompañada en sus peripecias por Jemfry, los hermanos Herr, su amante robótico XM2, el profesor Onliyú y, más adelante, XM3, hermano de XM2, y su amiga La Caty, entre otros muchos. Anarcoma descubre la identidad de un misterioso asesino de prostitutas que va en busca de una poderosa máquina del amor. A modo de recopilación, en 1983 se editó el álbum Anarcoma 1 y, en 1986, Anarcoma 2. Fue una propuesta más arriesgada e imprevisible, ya que nunca antes había existido en el cómic español un personaje de tales características, pero contó con el beneplácito del público heterosexual. También en el extranjero Anarcoma acumuló seguidores, a través de las librerías alternativas de países como Francia, Holanda, Italia y Suecia, a la vez que sufría la censura en Estados Unidos, al tener que venderse con un envoltorio plastificado, reservado al contenido pornográfico, y quedando su venta limitada al circuito de las sex shops.
En 2016, Nazario publicó a modo de novela Nuevas aventuras de Anarcoma y el robot XM2, dejando a un lado la ilustración, a la que aseguró que no volvería. Un año más tarde, en 2017, con motivo del cuadragésimo aniversario de la mítica detective underground, se publicó un lujoso volumen de edición limitada con la obra gráfica completa y a gran tamaño. Por dicha recopilación, en julio de 2017, su autor fue entrevistado en El País, donde dijo:
Hacía cuatro o cinco años que Anarcoma estaba agotada y la gente me la pedía. […] Y me parece un momento perfecto, la reaparición de este personaje en plena reivindicación de la transexualidad me parece bastante válida. Bueno, es que Anarcoma fue como una premonición de los transexuales, en unos momentos en que la transexualidad no era lo que es hoy, desde luego.
El cantante británico Marc Almond dedicó en 1986 una canción a Anarcoma, titulada con su mismo nombre de guerra, cuya letra dice así:
Un tacón rasca la acera
dejando una mecha roja de pintura.
Sale el sudor cubriendo los marineros.
Para ellos es una santa.
Tatuaje sobre el músculo
que dice: Enamorada eternamente, yo.
Los cogerá y los romperá.
Oh, venga, abrázame hasta que me muera.
Anarcoma, Anarcoma, Anarcoma.
Hay una escalera en sus medias
por la que podemos subir hasta las estrellas,
ponernos en una fila de Borsalinos.
Cómo te asomas por encima de la barra.
Tatuaje sobre el músculo
que dice: Cuidado, pórtate bien, sé mío.
Los comerá al desayuno
uno por uno.
Angie nació en Castellón, en diciembre de 1953. Saltó a las páginas de la prensa en el año 1977 debido a su parecido con la actriz Bárbara Rey, que por entonces se encontraba en su máximo apogeo como sex symbol de la Transición. Revistas como Lecturas, Garbo o Diez Minutos jugaban al impacto de presentar a una mujer trans como doble de una de las mujeres más deseadas del momento. Y Angie, astuta, sacaba tajada de ello.
Comenzó su andadura en el teatro a principios de los años setenta, con la obra Charly, no te vayas a Sodoma, de la que formaba parte del elenco secundario. Es poco después, y tras trabajar como camarero en algunos locales de ambiente, cuando empieza su transición y se erige como Angie, teniendo claro que su destino es el espectáculo. En una de sus entrevistas de la época, relata que pasó por un traumático servicio militar, en el que solo duró quince días y tuvieron que cortarle el pelo. A raíz de tal suceso, comenzó a teñírselo de rubio y a dejarlo crecer, sin imaginar que así se asemejaría a la vedete de moda. En un reportaje realizado para Diez Minutos en abril de 1977, Angie aclaraba la cuestión del parecido:
Yo no la elegí. Ya hace tres años que ando con esto de los travestis. Por aquel entonces, Bárbara estaba todavía en Murcia y no era lo que es hoy. Un día me teñí de rubia y al cabo del tiempo, cuando Bárbara era ya conocida, la gente me empezó a confundir; porque, aparte del pelo, tenemos un tipo muy parecido. Bueno, yo me aproveché un poco de todo esto. La gente no me cree cuando digo en según qué lugar que no soy Bárbara.
Desde sus inicios, revistas de corte erótico como Lib, Party y Papillón también reclamaron su presencia. Ese mismo 1977, Angie se enrola en la compañía Incógnito, con la que estrena el espectáculo New Crazy Horse Gay, en el que sobresale como cabeza de cartel junto a Pierrot, que lleva a cabo su habitual labor de maestro de ceremonias. La compañía recorre lugares como la sala Rialto de Barcelona o el Morocco de Madrid. Tras un año de gira, y anunciándose ella como «la doble de Bárbara Rey», Incógnito se disuelve y Angie pasa a trabajar en cabarets varios. En 1980, es contratada por la compañía de revistas de la mítica vedete Addy Ventura para actuar en su espectáculo del Teatro Apolo de Barcelona con la obra de revistas Una rubia de escándalo, donde comparte cartel como estrella invitada con Moncho Ferrer y Javier de Campos.
En 1983, al no tener trabajo en la capital catalana, Angie se instala en Sevilla para actuar en la sala Music Hall Vista Alegre, con el espectáculo Voilà Sevilla. En esta ciudad continuaría su periplo por otros cabarets como Prisma o Sevilla en la Noche. Entonces participa en un reportaje documental del programa El dominical de Televisión Española, emitido el 5 de febrero de 1984, que llevaba por título Noche de travestis (posteriormente se llamaría Violeta, ni rosa ni azul). En la capital andaluza seguirá trabajando en locales de café-teatro como Tercer tiempo, presentando el show Varietes 86 y compaginando el cabaret con la prostitución; mientras, su salud se agravaría paulatinamente debido a su adicción a la heroína. Falleció poco después, víctima del sida, aunque el año registrado varía entre 1987 y 1992. Lo cierto es que su trágico final fue reflejo del de otras muchas compañeras que tuvieron que afrontar sin recursos la llegada de un tiempo donde los trabajos en salas de fiestas comenzaban a escasear y la cuantía económica de sus contratos, a descender.
Antonio Amaya forma junto a Pedrito Rico y Rafael Conde «El Titi» la santísima trinidad de cancioneros que durante el franquismo hicieron gala de prendas coloridas, ademanes y, obviamente, una voz portentosa. Miguel de Molina se erige como el estandarte absoluto, previo y quizás más popular, que con su exilio abrió el camino a otros hombres entregados a la canción española como la mejor de las folclóricas.
Amaya nació en Granada en 1924 y sintió desde muy pronto su vocación artística, pese al rechazo y la negativa de su padre. Cuando este fallece, Amaya decide probar suerte en Madrid, adonde viaja en tren escondido bajo un asiento, al no tener ni tan siquiera dinero para el billete. Al poco tiempo, comienza su periplo artístico como chico de conjunto, y logra ser uno de los dos boys de la compañía de revistas de la célebre vedete Celia Gámez. En 1947, ya instalado en Barcelona (donde obtendría sus mayores éxitos), graba su primer EP en un disco de pizarra. Ese mismo año, finalizaba su espectáculo Bronce y oro, que daría paso a múltiples homenajes en la Ciudad Condal y a nuevos contratos.
Doce cascabeles, pasodoble publicado en 1952, supuso el mayor de sus éxitos musicales, aunque después se adjudicaría tal canción a Joselito, niño prodigio del cine español. A mediados de los cincuenta, Amaya se convierte en uno de los reyes del Paralelo barcelonés, actuando junto al actor cómico Alady y las actrices Mary Santpere y Carmen de Lirio. Dicha etapa, de máximo esplendor, se prolongaría hasta 1968. Asimismo, el cantante actuaría en los teatros Lope de Vega de Madrid y Ruzafa de Valencia, con espectáculos como Pim, pam, fuego y Trío de ases. También en Argentina y otros países de América Latina cosechó sucesivos éxitos.
El estilismo de Antonio Amaya fue evolucionando con el paso del tiempo de un modo insólito para la época. Si bien en sus comienzos su imagen era la de un joven apuesto y de aire andaluz, lo que le valió el apodo de El Gitanillo de Bronce, paulatinamente fue añadiendo chaquetas sofisticadas y recargadas, en un alarde de glamour que no siempre resultaba entendido. En pleno tardofranquismo, incorporó anillos en las manos, rímel en las pestañas, colgantes de oro y pelucas masculinas que le proporcionaban un aspecto ambiguo que era toda una declaración de intenciones. El sumun de todo aquello, a modo de triple salto mortal, se dio junto a su amigo Rafael Conde «El Titi» cuando ambos recorrieron el país con los espectáculos Cara a cara y Frente a frente, en los que simulaban rivalizar y emulaban a su manera las peleas en broma de Juanito Valderrama y Dolores Abril. Brotaron así indirectas, alardes y divismos a ritmo de canción española, en teatros como el Ruzafa de Valencia o la mítica sala Oasis de Zaragoza.
Siempre con buen ojo para los negocios, Amaya se instaló en Sitges, paraíso del mariconeo, y regentó durante varios lustros el local Chez Antonio, que viviría su esplendor en los setenta. En 1974, un año antes de la muerte de Franco, grabaría el que sería su último éxito musical, Mi vida privada, versionado posteriormente por un sinfín de transformistas y compañeros del gremio. En 1977, año en el que actúa en la sala Mario’s, posa desnudo para la revista Papillón, algo que ya había hecho con anterioridad el actor Vicente Parra; claro que el cantante se anunció como «el culo más sexy de España». Un año después repetiría la jugada en la revista Party, de marcada línea editorial gay, posando con su look excesivo y dejando unos cuantos titulares con mala leche que no tienen desperdicio. Es la misma época en la que se presenta habitualmente en el escenario ataviado con un bikini y un abrigo de pieles, una imagen nunca vista en un cantante de su estilo.
En 1979, Amaya se subiría al escenario del Teatro Victoria junto a la cupletista Lilián de Celis, en el espectáculo Ídolos del Paralelo. Cabe destacar el siguiente fragmento de la crítica de La Vanguardia con motivo de su estreno:
Amaya es, dentro de su arte, una figura única. Cantante de privilegiada voz y un exquisito arte, humorista, narrador de cuentos divertidos y hombre sorprendente, que gusta de presentarse vestido y enjoyado como una mujer. Tiene especial predilección por los brillantes y las esmeraldas, por las pieles de visón, por los adornos extremados y fastuosos. Pero estas curiosas singularidades no empañan su calidad de cantante de poderosa voz y delicado estilo, con lo que provoca en sus adictos, que son todos, tempestades de aplausos. Su reaparición en el escenario del Victoria, tras nueve años de no haber pisado un escenario teatral, fue una verdadera y jubilosa fiesta.
La década de los ochenta es quizás la más difusa de su carrera y la menos reivindicada, pese a que continuó trabajando intermitentemente. En su Barcelona de adopción, actuó en la sala Ciro’s, presentado como atracción estelar en 1983 dentro del show Magic Cabaret; y en 1985 en el Teatro Apolo, donde compartió escenario con Salomé y Rafael Conde «El Titi» en el espectáculo Tal… para cual. Hacia finales de la década actuaría en las salas de fiestas Babel y Bandolero, que alternó con otras muchas de Valencia y Zaragoza. Los noventa le trajeron esporádicas apariciones en televisión, en programas como 3x4, El salero, Las coplas, Pasa la vida o Qué pasó con…, hasta desaparecer injustamente de los medios.
Sus últimos años los pasó en una residencia de Sitges. En 2010, el artista Pierrot publicó un libro a modo de memorias en el que relataba la vida y triunfos de Antonio, quien fallecería en 2012, sin repercusión alguna pero dejando un ahijado artístico: Adrián Amaya. Aunque el tiempo no lo trató bien, Antonio Amaya imprimió su huella en la época, brindando, siempre al son de una portentosa voz, inequívocos guiños como alarde de su homosexualidad.
Canción compuesta por Carlos Berlanga y Nacho Canut en 1986, convertida con el paso del tiempo en el himno por excelencia del movimiento LGTBQ en España. Para conocer mejor su historia, me permito autorreferenciarme y dejo a continuación el artículo que escribí en 2016 para el portal de Vanity Fair, con el título de «A quién le importa, 30 años después. Así se gestó un clásico»:
Carlos Berlanga se encontraba de vacaciones en Grecia cuando se dispuso a escribir la letra de A quién le importa. Una vez terminada, añadió en su bloc de notas: «Éxito seguro». Abandonó la isla de Miconos y regresó a Madrid para reunirse con Nacho Canut y así ultimar con este la letra y componer juntos la melodía. No se estaba gestando un hit cualquiera, sino un himno que tomaría fuerza año tras año y de forma imparable: «Jamás imaginamos que se iba a convertir en un himno», cuenta Nacho Canut. «Creíamos que estábamos haciendo una canción al estilo de Sinitta, el High Energy o el I Am What I Am de Gloria Gaynor. Nunca me he propuesto componer un himno y creo que eso además lo decide el público, no el compositor. Son cosas que no se pueden forzar». Alaska se encontraba en aquel momento presentando La bola de cristal, el programa que simpatizó por igual con niños, punks, padres de familia y fans de Los Pegamoides. No es pecado, el álbum de 1986 que contenía A quién le importa, iba a romper con su imagen de bruja televisiva. La cantante rasuró su sien, maquilló sus párpados en tonos metalizados, mantuvo sus largas uñas y se calzó unas plataformas que combinaban a la perfección con sus chaquetas plateadas. Era el look ideal (e insólito) para dar voz y realismo a la canción que se traían entre manos. Ella misma declaró que su madre se había llevado un disgusto con aquel cambio de imagen.
A quién le importa solo podía tener sentido en boca de Alaska, ¿habría acaso resultado creíble aquella estrofa de «qué más me da, si soy distinta a ellos, no soy de nadie, no tengo dueño» en la voz de Ana Torroja, Marta Sánchez o Ana Belén? La cantante mexicana era vista por los medios y el gran público como una exótica contradicción: su aspecto entre punk y cyber resultaba agresivo para gran parte de la población, que a la vez la encontraba culta, agradable y educada cada vez que hablaba en televisión.
«Es de ese tipo de canciones de reafirmación personal que se puede emparejar con el It’s A Sin de los Pet Shop Boys o el Digan lo que digan de Raphael», puntualiza Nacho Canut. La canción se convirtió en un gran éxito comercial y la doble intención de su letra no pasó desapercibida para el colectivo gay, ávido de una canción que representara su lucha. Aunque lo cierto es que la letra daba pie a que cada cual se la aplicase a su manera, tal y como ocurrió poco después con Los Panteras Grises, extinto partido político de los jubilados, pensionistas y viudas que pidió utilizar el pegadizo tema como himno de campaña. A eso habría que añadir que desde entonces no hay verbena, orquesta o boda en la que no suene la canción, además de haberse convertido en un clásico del karaoke, donde cada cual la entona con su motivo —y desgarro— personal.
Alaska rompía todos los arquetipos de la clásica diva gay. «El público es muy dado a adjetivar, pero suele tener razón. A mí me gustan las divas que lo son sin proponérselo, ya que algunas veces es algo muy pensado para vender algo a una parte concreta del público», señala Nacho con respecto a ese sector de cantantes en el que algunas caminan hacia el oportunismo comercial y otras lo llevan con total naturalidad.
Alaska y Dinarama volvió a obtener un disco de oro, reconocimiento que ya había logrado anteriormente con Deseo carnal. El triunfo se tradujo en la publicación del LP en México, donde la portada del disco suscitó cierta polémica. Todavía hoy resulta impactante la imagen de Alaska portando una motosierra, lencería y su lasciva pose con la lengua fuera, por lo que no es de extrañar que algunos padres compraran a regañadientes aquel disco que los hijos suplicaban.
Al igual que ocurre con la archiconocida I Will Survive, la canción ha tenido múltiples versiones que vienen a confirmar que nos encontramos ante un standard. En opinión de Nacho, «la versión de Bebe a modo de tango me parece preciosa, y el dúo que hicieron Raphael y Rita Pavone también me gusta bastante». Pero ha habido de todos los estilos, desde a modo de rumba por cortesía de Los Sobraos, pasando por las Baccara, la mediática Yurena, las sevillanas de Raya Real o incluso un ex de Carmina Ordóñez. Aunque, de todas ellas, la que tuvo mayor proyección comercial fue la que realizó Thalía en el año 2002, con un videoclip repleto de intenciones al que hay que aplaudir la presencia de Amanda Lepore. Aun así, Nacho Canut confiesa que le hubiese gustado escuchar la canción en boca de Sara Montiel o Lola Flores, o convertida en rumba por parte de Dolores Vargas «La Terremoto».
«Cuando hicimos Fangoria decidimos no tocar ninguna canción que perteneciese al repertorio pasado, y A quién le importa solo la tocábamos el día del Orgullo. No era solo por hartazgo, sino más bien un plan para no convertirnos en un grupo nostálgico ochentero. Ahora ya con el suficiente paso del tiempo la hemos vuelto a tocar». A diferencia de temas como Bailando, Ni tú ni nadie o
