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Filiberto es un genio adolescente y capitán de un moderno barco. Con ayuda de su tripulación busca vencer a su enemigo, el tiburón de los siete mares, y volverse "influencer". ¿Logrará su objetivo? ¿o descubrirá que su aventura apenas comienza?
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Seitenzahl: 181
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Peñalosa M., Javier
Las aventuras del capitán sin nombre / Las aventuras del capitán sin nombre / Javier Peñalosa; Iustraciones de Carlos Vélez. – México: SM, 2021Primera edición digital – El Barco de Vapor. Serie Naranja
ISBN: 978-607-24-4624-3
1. Novela mexicana – Cuenos infantiles 2. Utopías – Literatura infantil 3. Imaginación – Literatura infantil
Dewey M863 P46
A Raquel, octava maravilla
y primer destino del mundo
Al capitán Filiberto Sangre, dueño y señor del navío Tremendo Cazador, enemigo implacable del famoso Tiburón de los Siete Mares, no le hubiera molestado en absoluto que lo consideraran un villano. ¡Al contrario! Ya hubiera querido sentirse parte de aquella tradición gloriosa de hombres malévolos, armados hasta los dientes, o bien dotados de una inteligencia superior y despiadada, decididos a conquistar el mundo. Ah, ser colega de Robur el Conquistador, del capitán Nemo, del profesor Moriarty, de Rick Sánchez... y de tantos más...
Él mismo no quería conquistar el mundo (demasiado grande) ni se consideraba una persona especialmente cruel o despiadada. ¡Sólo quería lograr la victoria! Pero de un tiempo a la fecha le había dado por pensar que a lo mejor le hacía falta hacerse de una mala reputación. Los malos la tenían más fácil. Nadie les estorbaba en la vida. ¡La gente los dejaba hacer cualquier cosa e, incluso, les echaba una mano!
—¡Sí! —exclamaba él, en actitud feroz, poderosa, indomable, irguiéndose hasta el último milímetro de su metro y medio de estatura, de pie en la proa de su barco, con su larga casaca negra agitándose al viento, los largos cabellos sueltos y alborotados, mirando a las estrellas cerca del horizonte de altamar—. ¡Ser conocido en todo el planeta como una figura digna de respeto y miedo! ¡Recorrer los mares en mi barco supertecnificado, sin tener que preocuparme por rutas y horarios, porque en todas partes la gente huiría de mí! Realmente estaría buenísimo. Saldrían noticias de mis hazañas en la televisión. Tendría en internet grupos de fans. ¡Se vestirían como yo! ¡Nadie podría interponerse en mi camino, en la búsqueda de.!
—¿Señor? —dijo una voz a sus espaldas.
El capitán Sangre dio un saltito en el aire, debido a la sorpresa, pero se las arregló para descender rápida y discretamente. Se alisó los costados de su casaca y dio media vuelta. Tras él, a unos pasos de distancia, alumbrado por las luces del propio barco, estaba Telémetro, su primer oficial y piloto.
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó Telémetro.
—¡¿Qué pretendes?! —le preguntó, indignado, el capitán Sangre—. ¿Cómo se te ocurre venir a asustarme así? Es más, ¿qué haces aquí? ¿No se supone que eres mi piloto? ¡Deberías estar en el puente, piloteando! —y para explicarse mejor, hizo como que agarraba una rueda de timón invisible y le daba vueltas—. ¿Sí me entiendes?
Telémetro hizo un esfuerzo y puso cara de confusión.
—Pero, señor, no estamos navegando. Estamos anclados en el puerto.
Y era verdad: ahora que se había dado vuelta y miraba hacia la popa, el capitán Sangre podía ver, tras Telémetro, más allá del Tremendo Cazador y del muelle al que estaba asegurado, las luces del puerto y de la ciudad tras éste. Era Dakar, en el extremo oeste de Senegal, ante el océano Atlántico. En alguna parte, es más, en varias, y no tan lejanas, se escuchaba música. Tal vez la ciudad estuviera de fiesta o fuera sólo el barrio o la población del lugar viviera alegre todos los días y no necesitara una excusa especial para esa noche.
Al capitán Sangre no le gustaban las fiestas; le gustaba estar en altamar o, por lo menos, imaginarse allá, cazando; venciendo a su gran adversario y conquistando la gloria sin que nadie lo molestara ni le pusiera obstáculos. En todo caso, era cierto que a veces se dejaba llevar por la emoción; se distraía, digamos...
—Ah —dijo—. Sí. Claro. El puerto. Dakar, zona antigua. Ya sabía. Te estaba poniendo a prueba, mi fiel Telémetro. ¡Todo está bien! Regresa a tu puesto. Y en el camino dile a Barrena que me haga de cenar.
—¿Algo en especial, señor?
El capitán Sangre se quedó callado, pensando. ¿Qué comerían, en una noche como aquélla, los grandes villanos? ¿O qué pedirían los grandes cazadores y exploradores de otros tiempos, Richard Francis Burton, Amelia Earhart, Roald Amundsen, Tempest Anderson, Juan Sebastián Elcano; todas aquellas gentes a las que también envidiaba enormemente y, de hecho, desde antes de envidiar a los villanos?
Empezó a hacer caras, que era algo que le sucedía siempre que se ponía a pensar con gran esfuerzo, porque no deseaba dar a Telémetro la impresión de que no se decidía, y, sin embargo, debía reconocer (como siempre a la hora de cenar) que no se decidía. ¡Los villanos y los exploradores se daban tremendos banquetes! ¡Se llenaban de comida y bebida! ¡No les importaba nada su estómago porque nunca les dolía y porque tenían estómago de hierro...!
—¿Lechita y pan, señor? —preguntó Telémetro al fin.
—¡¡No digas “lechita”!! —vociferó el capitán Sangre—. Se oye infantil.
—Ayer me había autorizado a hacerlo, capitán, porque tampoco quería que Barrena le sirviera un vaso muy grande.
—¡Ash, has de estar en todo! —se quejó el capitán, que tenía catorce años y diecisiete días, y se preocupaba (además) por las ideas que su edad pudiera causar entre sus subordinados y cualesquiera otras personas, por no hablar del Tiburón (y su extraña compañía).
Y entonces se le ocurrió que, tal vez, no debería estar maltratando a Telémetro, que tan fiel le había sido siempre. ¡Ay, la debilidad!
Pero Telémetro no puso cara de enojo, ni de nada, cuando le respondió cortésmente:
—Sí, señor. Muchas gracias, señor. Trato de estar en todo porque me interesa atenderlo como es debido.
—Ya ve y dile —ordenó el capitán Sangre.
Y Telémetro le hizo un saludo, tocándose el ala de la gorra que llevaba puesta, antes de retirarse.
En este momento, tal vez, debería responder algunas preguntas que los lectores suelen hacer al encontrarse con personajes inusuales como el capitán Filiberto Sangre. ¿Cuál es el origen de este capitán? ¿Cómo es posible que se apellide “Sangre”? ¿Cómo puede tener catorce años, hacerse llamar “capitán” e ir por el mundo al mando de un barco de pesca o pirata o ballenero? ¿Cómo logró hacerse de una tripulación de robots? (¿Ya les dije que todos sus tripulantes lo son: Telémetro, Barrena, Fresadora, Mandrino, Torno, Garlopa y Berbiquí; todos individuos serviciales, atentos, de relucientes carcasas y rápidos cerebros electrónicos?).
¿Y de dónde saca los recursos para todo esto? ¿Dónde están sus padres? ¿A qué hora va a la escuela? ¿Va a la escuela? Etcétera, etcétera, etcétera.
O tal vez no. Nunca se sabe. A lo mejor a quienes están leyendo estas palabras no les importan tanto los antecedentes, y yo puedo seguir directo a contar lo que pasó el siguiente día, con el Tremendo Cazador ya lejos de Dakar, en aguas internacionales, avanzando a toda máquina, sus radares a toda potencia, sus pantallas mostrando lo que el sufrido Mandrino, marinero del barco, ya estaba de cualquier manera viendo, desde el puente de mando, a través de unos poderosos binoculares: la aleta gigantesca del Tiburón de los Siete Mares, afilada, amenazadora, abriendo un surco entre las olas, como si desafiara al capitán y a su gente...
¿Qué opinan ustedes? ¿Me salto los detalles? ¿Paso al encuentro con el pez monstruoso y milenario, de dientes afilados como cuchillos de cerámica?
Dado que hasta acá no se escucha bien lo que dicen, y que no se trata de hacer enojar a nadie, hagámoslo del siguiente modo:
—¡No! —gritó el capitán Sangre. Estaba de nuevo parado en la proa, pero esta vez era de día (y desde luego que se había ido a cenar, dormir y desayunar; es decir, no se había quedado allí toda la noche), y estaba hablando por un teléfono satelital—. Le digo que no me apellido “Sangre”. Es mi nombre de capitán. No, no es nombre artístico porque no soy artista. Técnicamente soy un gran ingeniero, un niño genio, si quiere. ¿Sí sabe que yo diseñé y construí por mi cuenta el Tremendo Cazador? ¿Qué es un barco único en el mundo, tan fuerte como un destructor, tan veloz como una lancha rápida, tan resistente como un submarino nuclear? ¿Que también construí a su tripulación? ¿Que sí, es cierto, tuve una pequeña herencia de una tía excéntrica, pero la invertí toda en este proyecto? ¿Y que mis padres no querían que me fuera, desde luego, pero siempre he sido voluntarioso, por lo que me fui de todas maneras? Mire, en la isla de la que vengo hay una ley llamada PCPE, o sea, de Protección a los Ciudadanos Precoces y Excéntricos...
—¿Con quién está hablando? —preguntó el marinero Torno, mientras trapeaba el piso de la cubierta, a Fresadora, la segunda oficial. Torno era bastante cilíndrico, fuerte y pesado, aunque también podía moverse bastante rápido.
—Con un periodista, creo —respondió Fresadora, que era cromada, eficaz y muy brillante en todos los sentidos de la palabra—. La verdad, me extraña que hayan llamado precisamente ahora y que él haya contestado, pero bueno, ya ves que le hacen muy poco caso... Y que eso le importa mucho...
—¡A trabajar! —ordenó, cortante, Telémetro, que pasaba junto a ellos—. ¡Fresadora, al puente! ¡Y tú, luego trapeas! ¡A sus puestos! ¿Qué les pasa...?
Torno puso algo parecido a una cara de exasperación y señaló al capitán, que seguía hablando por teléfono, sin darse cuenta de que el Tiburón de los Siete Mares ya se distinguía a simple vista, en el horizonte, mucho más cerca que un minuto antes.
—¡Ay, no puede ser! —exclamó Telémetro—. ¿No es inverosímil que precisamente le llamen por teléfono en este momento?
—Si no fuera una locura, diría que somos personajes de una historia. Y ahora hace falta pasar información sobre nosotros a... —empezó Fresadora, pero los dos la miraron de modo tal que ya no quiso continuar—. Por eso decía que era una locura —agregó.
—¿Tienes un problema en los circuitos? —preguntó Telémetro, justo al mismo tiempo que el capitán Sangre presumía:
—Y todo está pensado para atrapar finalmente a la amenaza. Usted sabe. ¡Todo el mundo lo sabe! El Tiburón de los Siete Mares, el más grande y terrible depredador de los océanos...
—Señor... —dijo Telémetro.
—La bestia espantosa...
—Señor... —insistió Telémetro.
—¡El terror de marineros e isleñas...!
—¡Señor! —gritó el sufrido Mandrino desde el puente, pero como el puente es, de hecho, un cuarto cerrado, más arriba y más atrás de la cubierta principal del barco, no se oyó nada.
—¡... de chicos y grandes!
—¡¡Capitán!! —intervino Garlopa, otra marinera, que estaba hecha de casi puro titanio y, por alguna razón, era al mismo tiempo la más franca y la de voz más fuerte de la tripulación.
Ella había visto todo también, corrido a la proa, y casi le había gritado al oído al capitán Sangre, quien, sobresaltado, soltó un chillido y dejó caer el teléfono. El aparato rebotó en la cubierta y luego fue a dar al mar.
En otras circunstancias, el capitán le hubiera gritado, y mucho, a su marinera impertinente, no sólo por interrumpirlo y hacerle perder un aparato costoso, sino por causar que perdiera, además, la compostura. Pero resulta que el capitán Filiberto Sangre estaba, como ya dije, de pie en la proa del Tremendo Cazador, así que se distrajo.
Porque podía divisar lo que ya había visto Mandrino y, también, Telémetro y Garlopa y Fresadora y Torno.
Adelante, a poquísima distancia del barco, había salido del agua una aleta enorme, triangular, de casi tres metros de alto. Se podía ver que era una aleta dorsal, es decir, del dorso o lomo de un pez, porque debajo de ella estaba la criatura de unos treinta metros de largo, con una cabezota puntiaguda que, por sí sola, medía casi nueve metros de largo. Sus ojos eran pequeñitos y negros. Las fauces estaban abiertas y mostraban hileras de colmillos afiladísimos, como cuchillos de cerámica...
No era el legendario megalodonte de la prehistoria (o de las películas). De hecho, era más grande que los antiguos megalodontes.
Y ahora, sin dejar de asomarse por sobre el agua, nadando con tremendo vigor para mantenerse delante del barco en movimiento, estaba volviéndose hacia el capitán Sangre, como queriendo engullirlo entero...
¡Claro que era el Tiburón de los Siete Mares!
Y, por si hiciera falta más comprobación, en aquel momento el capitán y sus tripulantes artificiales pudieron escuchar la risa del monstruo, que era otro detalle (además de su tamaño y de que estaba vivo) que lo diferenciaba de sus parientes extintos hacía millones de años. ¿Qué, no me creen que el tiburón se reía?
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —se carcajeó el tiburón, con una voz tan grave y resonante que hizo vibrar entero el barco y a quienes lo tripulaban.
Y para rematar, para que no quede la menor duda de a quién enfrentaban capitán y tripulación del Tremendo Cazador, hay que decir que el Tiburón de los Siete Mares no viajaba solo, oh, no. A otros tiburones, de especies más pequeñas, se les suele ver acompañados de rémoras, peces pequeños que se adhieren a sus costados y los acompañan en su búsqueda de alimento bajo la superficie de las aguas. Pues bien, el Tiburón de los Siete Mares tenía su propia rémora: era más grande que las comunes, pero igual se le conocía como la Remorita. Y su rasgo distintivo era su propia risa, es decir, risa de humano o, por lo menos, de hiena, que, al contrario de la de su socio, o patrón, o quién sabe qué, era aguda y cantarina:
—¡Jijijí! —se rio la Remorita.
El capitán se recobró lo bastante para ordenar:
—¡A sus puestos!
—¡A sus puestos! —repitió Telémetro, aunque luego se acercó al capitán Sangre y le dijo en voz baja—: capitán, ya están todos en sus puestos.
—¡Ash, qué eficientes! —se quejó el capitán y corrió a su propio puesto.
El Tremendo Cazador no era un barco tan grande: sí era tan fuerte como un destructor, que es un tipo de barco de guerra, pero un destructor hubiera requerido una tripulación de mucho más que siete robots (o siete humanos, para el caso). Mandrino seguía en el puente y Telémetro corrió a acompañarlo y encargarse de la navegación. Fresadora, segunda oficial, hizo que Torno y Garlopa, marineros, quitaran la funda protectora del cañón y lo prepararan para disparar. Los dos robots que nos faltan estaban ahí también: Barrena, que era la médica y asistente personal del capitán y, además, hecha de fibra de carbono, ligera y ágil; y, por último, Berbiquí, hecho de acero y que tenía el cargo de tercer oficial... pero era el más chico (o casi tan alto como el capitán, digámoslo así) y siempre acababa recibiendo órdenes de todos los demás. Barrena manejaba una cámara de video y Berbiquí, otra; y ahora ambas apuntaban al capitán y a su cañón.
(“¡Porque todos los canales especializados y todos los servicios de streaming del mundo”, solía decir el capitán Sangre a la menor provocación, “se van a pelear por tener los derechos del gran documental acerca de mi gran empresa de captura y eliminación del horroroso Tiburón de los Siete Mares...!”).
El capitán se colocó detrás del cañón, que era nuevo: en el puerto se los habían entregado. Torno y Fresadora apenas acababan de instalarlo. Además, era realmente un cañón, como los que se ven en los barcos de guerra, aunque más grande y de forma irregular y extraña, pues aparte del tubo que disparaba grandes balas tenía otro más, que arrojaba un afilado arpón, y un tercero que escupía una sustancia muy extraña llamada fuego griego: un líquido que ardía al contacto con el agua y se mantenía ardiendo durante largo tiempo. Era diseño exclusivo del capitán; con alguno de los tres proyectiles —pensaba— debía atinarle al Tiburón de los Siete Mares que, por lo demás, seguía delante de la proa, enseñando los dientes en compañía de la Remorita.
—¡Vas a ver, maldito! —le gritó el capitán Sangre.
—¡Ja, ja, ja! —le contestó el Tiburón.
El capitán tomó las palancas de control, que le permitían apuntar con su triple cañón; apretó el botón adecuado y disparó un arpón.
El Tiburón se hizo a un lado en el momento justo y el arpón pasó, ¡zummmm!, volando al lado de su cabeza, sin atinarle.
—¡Quédate quieto! —gritó el capitán.
—¡Jijijí! —se burló la Remorita, asomándose a un lado de la cabezota del Tiburón.
—Es un fenómeno extrañísimo —comentó Barrena, encuadrando con su cámara a la criatura colosal—. ¡No sólo él, sino el otro pez se ríe también!
¡Zummmm!, salió otro arpón del cañón, que otra vez no dio en el blanco.
—¿Y cómo hace para nadar a toda velocidad, y para atrás, sacando la cabeza para mirarnos, mientras, además, elude el arpón? —se asombró Barrena.
—¿Comentario, señor? —preguntó Berbiquí, y acercó su cámara al rostro del capitán Sangre, que era redondo y pálido, con unos pocos pelos alrededor de la mandíbula para sugerir una barba (el capitán no se había afeitado en un año, desde el primer atisbo del primer pelo).
—¡Quítame esa cámara de encima: estoy cazando! —ordenó bruscamente el capitán y, bueno, el capitán es el que manda, de modo que Berbiquí obedeció y retrocedió varios pasos.
Aunque su cara era casi de una pieza y, por lo tanto, no tenía mucha capacidad de moverse ni expresar emociones, los robots a su alrededor notaron que, como muchas otras ocasiones anteriores, estaba asustado y avergonzado.
—¡Qué barbaridad! —comentó Fresadora en voz baja y, de cualquier manera, nadie hubiera podido escucharla, pues en ese momento el capitán volvió a disparar: ¡zummmm!, ¡zummmm!, ¡zummmm!
¿Qué pasó después, me preguntan?
Se lo diré: por supuesto, los tres arpones disparados por el capitán Sangre salieron volando a toda velocidad, afilados, puntiagudos, mortíferos... y no dieron en el blanco.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja!
—¡Jijijí!
—¡Recarga! —gritó el capitán Sangre, muy enojado, y Torno y Garlopa fueron deprisa a traer un cilindro enorme, parecido al cargador de una pistola pero muchas veces más grande, que hicieron encajar en un compartimiento del enorme cañón. El cilindro estaba lleno de arpones y, mientras sus marineros terminaban de ajustarlo, el capitán perdió la paciencia y se puso a disparar balas enormes con otra de las salidas del cañón.
¡BANG!
—¡Va a ser tu fin!
¡BANG!
—¡Tu cabeza acabará encima de mi chimenea...!
¡BAAANGGG!, retumbó el cañón, que hacía mucho más ruido al disparar balas, y todo el Tremendo Cazador se estremeció. En el puente, Mandrino cayó de espaldas (¡clang!) y Telémetro debió tomar el mando para que el barco no perdiera el rumbo. Sobre la cubierta, Berbiquí y Fresadora tuvieron que agarrarse de un barandal para no acabar como Mandrino. Por fin, el cañón quedó recargado, aunque para entonces el capitán había vuelto a perder la paciencia porque las balas tampoco habían atinado al Tiburón de los Siete Mares.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja!
—¡Jijijí!
—¡... o me dejo de llamar capitán Filiberto Sangre! —gritó el capitán y apretó el botón de la tercera salida del cañón, el que disparaba el fuego griego.
¡Guac!, sonó el cañón.
—¿Guac? —preguntó Fresadora.
—Tú no lo habías visto en acción, ¿verdad? —dijo Garlopa.
¡Guac!, volvió a sonar el cañón y ahora se vio que salía una chispita del tubo. Todos, excepto el capitán, quedaron intrigados y se acercaron un poco a mirar. Incluso se acercó el Tiburón de los Siete Mares, que seguía haciendo ese acto tan espectacular de nadar a tremenda velocidad sobre la superficie del mar, como una lancha rápida en reversa.
—¿Jijijí? —se extrañó la Remorita.
Y entonces, ¡GUAAAAAAAAAAAC!, el tubo vomitó un chorro largo y espeso de la sustancia misteriosa, que parecía brillar como si emitiera su propia luz y al caer sobre el agua la encendía. No, tampoco le pegó al Tiburón de los Siete Mares, que una vez más eludió el disparo con gran agilidad y, de hecho, se hizo a un lado, dejando pasar al barco, que se detuvo en seco, algo que los barcos no pueden hacer tan fácilmente. Pero el Tremendo Cazador, además de ser un barco muy avanzado, diseñado y construido con mucha atención en los detalles novedosos y raros, seguía piloteado por Telémetro, quien había accionado la palanca del freno de emergencia. Este sistema ponía en reversa los motores y tiraba las anclas. El frenazo hizo que cayeran hacia delante y, de hecho, Torno se cayó por la borda, aunque logró agarrarse de un barandal para no ir a dar al agua.
Con la mayor dignidad posible, el capitán Sangre se desprendió del panel de controles de su cañón, donde se había quedado pegado. Luego, furioso (todavía más furibundo que antes, que en cualquier otro momento del día), se dispuso a correr hacia el puente a gritarle a Telémetro. ¡El Tiburón de los Siete Mares se estaba escapando! ¿Aún se le veía siquiera? ¡Había vuelto a sumergirse! ¡Debía de estar cada vez más y más lejos...!
Sin embargo, el capitán no alcanzó a decirle una palabra a Telémetro. Porque sus otros robots, muy alterados, señalaban hacia la proa del barco y decían tímidamente:
—Capitán...
Y también porque el capitán veía lo que ellos veían. El cañón de fuego griego había incendiado una amplísima extensión de agua delante de ellos, que ahora parecía un incendio forestal, una planicie devastada por un volcán en erupción, una pesadilla. Si Telémetro no hubiera accionado el freno, el barco habría quedado en medio del fuego, hasta quemarse y hundirse.
