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A principios de la década de los noventa, un popular locutor de radio reaccionario acuñó el término «feminazi» y un estudio detectó que las jóvenes tendían a comenzar a odiarse a sí mismas durante la adolescencia. Fue un momento difícil para ser una chica y crecer con promesas de igualdad de derechos que nada tenían que ver con la realidad. Las tasas de agresión sexual alcanzaron niveles récord; el acoso sexual era muy común en las universidades, los chicos seguirían siendo chicos y las chicas todavía tenían que vigilar cómo se vestían y por dónde caminaban. Fue suficiente para que una quisiera gritar. El Riot Grrrl se convirtió en el centro de atención en 1991: un movimiento intransigente de tías cabreadas que no tenían paciencia para el sexismo ni estómago para la doble moral ni intención de quedarse calladas. Bandas incendiarias de punk como Bikini Kill —liderada por la profética Kathleen Hanna—, Bratmobile o Heavens to Betsy hicieron correr la voz. Decenas de riot grrrls publicaron fanzines, fundaron colectivos locales y organizaron convenciones, y el movimiento se extendió desde sus orígenes en Washington D.C. y Olympia hasta el Medio Oeste, Canadá, Europa y más allá. Las chicas al frente es la historia del movimiento Riot Grrrl: una crónica lírica en clave punk de un grupo de mujeres jóvenes extraordinarias que alcanzaron la mayoría de edad cabreadas, colectiva y públicamente. En una época en que Estados Unidos pensaba que el feminismo estaba muerto, una generación de chicas escandalosas se alzó para demostrar que todos estaban equivocados.
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Seitenzahl: 582
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Girls to the Front
© 2010, Sara Marcus
Publicado según acuerdo con Harper Perennial, un sello de HarperCollins Publishers.
Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho
Diseño: Carles Murillo
Maquetación: Emma Camacho
Composición digital: Pablo Barrio
Primera edición: Mayo de 2023
Primera edición digital: Mayo de 2023
© 2023, Contraediciones, S.L.
c/ Elisenda de Pinós, 22
08034 Barcelona
www.editorialcontra.com
© 2023, Ibon Errazkin, de la traducción
© Brad Sigal, de la foto de la contracubierta: Kathleen Hanna y Kathi Wilcox de Bikini Kill. 16 de noviembre de 1991, St. Stephens Church, Washington D.C. Muchas gracias a las siguientes personas por el permiso para reproducir las imágenes: Pat Graham, págs. 22, 181, 195; Allison Wolfe, pág. 100; Molly Neuman, pág. 103; Lee Snider/ Photo Images, cortesía de Fales Library, New York University, pág. 175; Mary Margaret Fondriest, pág. 206; Ananda La Vita, pág. 217; May Summer Farnsworth y Billie Rain, pág. 271; Susan Now, pág. 280, y Ann Carroll, pág. 330.
ISBN: 978-84-18282-91-1
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
Para mis padres y para todas las rebeldes
Me perdí los primeros años del Riot Grrrl. En verano de 1991, cuando no muy lejos de mi casa a las afueras de Maryland ya había chicas hablando de revolución, yo tenía 14 años y estaba en un campamento de teatro. En nuestro montaje de El mago de Oz yo era la bruja buena que sale casi al final y le dice a Dorothy que si quiere encontrar el camino de regreso a casa, basta con que crea en sí misma. Llevaba un vestido de graduación de satén rosa y salía al escenario metida en un loto de madera de dos metros y medio, de color entre rosáceo y lavanda. Las tramoyistas, que tenían 16 años y eran muy brutas, llamaban a mi vehículo la Gran Vulva Violeta. Cada noche me encerraban en la vulva y esperaba la señal para salir, envuelta en sombras de ese color rosa que ves cuando cierras los ojos y aún sientes un fulgor al otro lado de los párpados, esperando a que lo mires.
Ese verano, pocas semanas después de terminar El mago de Oz, fui a una tienda de ropa, un Ross Dress for Less. Me metí en el probador con algunas camisas mientras mis padres echaban un vistazo a las prendas colgadas fuera de la tienda, y el dependiente, un chico de apenas 20 años, entabló conversación conmigo. Charlamos a través de la cortina; yo respondía despreocupadamente a sus preguntas mientras desechaba una camiseta e intentaba decidirme por una camisa de cuadros, y entonces él dijo algo que dio a entender sin lugar a dudas —de manera explícita o implícita, no estoy segura, pero el sentido era evidente— que quería follarme.
Me quedé helada en aquel diminuto cubículo, los brazos aún metidos en la camisa que acababa de desechar, las manos embutidas en el cuello. Pensé que iba a vomitar allí mismo sobre la moqueta gris de puntitos.
—Tus padres se han ido —dijo—. No pueden oírnos.
¿O dijo «No pueden oírte»?
La amenaza que sentí en su voz tal vez fuera real. O tal vez fuera una sombra proyectada por la amenaza que, según me habían enseñado, representaban para las chicas (sobre todo a partir de los 13 años) casi todos los hombres en casi todo momento. Había recibido incontables lecciones sobre peligros y precauciones, y ahora estaba viviendo el peor de los escenarios imaginables: encerrada, desnuda de cintura para arriba, cerca de un hombre que quería violarme y separada de mi posible atacante tan solo por una cortina de lona.
Tal vez pudiera vomitarle encima. Había oído que eso a veces funcionaba.
—¿Has encontrado algo, Sara?
¡Era mi madre! Salí agradecidísima a reunirme con ella junto al espejo de tres puertas, con las camisas y las perchas pegadas al cuerpo a modo de torpe armadura.
Nunca volví a verme tan cerca de correr verdadero peligro sexual, pero durante años estuve muy alerta. Me corroía la culpa por haber incitado en cierto modo a aquel dependiente; a él y a Peter, el alto tamborilero de la banda escolar que una mañana me empujó contra la taquilla en un pasillo vacío y me retuvo allí durante un minuto aterrador, hasta que me liberaron los pasos cercanos de un profesor. Nunca hablé con nadie de estos incidentes. En ambos casos sentí que habían sido culpa mía.
Viví la adolescencia femenina como un constante peligro: el desastre siempre parecía estar al acecho, relamiéndose, aguardando su oportunidad. Mis primeros años de adolescente los pasé triste, alienada, aislada. Y estaba segura de que yo era la única que se sentía así.
No es de extrañar que pensara eso. No tenía grupo social, no pertenecía a nada. Había dejado las clases de teatro cuando la vicepresidenta, una chica bajita y jovial que vestía de terciopelo y olía a pachuli, me dijo que los tímidos besos que nos habíamos dado en el Chevy Suburban de su madre iban contra los planes que tenía Dios para ella. Al separarme de la única tribu que había conocido, anduve sin rumbo; demasiado rara para el grupo de los listos, demasiado responsable para los rebeldes de pelo morado que a la hora del almuerzo se juntaban para fumar detrás del gimnasio.
Empecé a escaparme a D.C.1 los fines de semana; cogía el metro en la última parada de los suburbios. Un tramo corto de una autopista de ocho carriles iba a morir al aparcamiento sin árboles de la estación de Shady Grove y, cada vez que mis padres me dejaban allí, era un placer encontrarme los trenes esperando, como enormes bestias en reposo sobre las vías de tensión mortal. Cuando al fin se ponían en movimiento resultaba emocionante; era como saltar por un acantilado.
En el instituto comía sola en un pasillo vacío y luego daba cabezadas en un rincón de la biblioteca, refugiada entre los libros sobre feminismo y la salida de emergencia. El día a día se me hacía agotador.
Necesitaba con urgencia algo que me salvara, o me ayudara a salvarme.
La primera vez que oí hablar del Riot Grrrl fue en otoño de 1992. Había vuelto a casa después de otra deprimente jornada de cuarto de secundaria y estaba echando un vistazo al correo, de pie ante la mesa de la cocina, cuando un artículo del nuevo número de Newsweek me cogió de los brazos y me pegó una buena sacudida. Se titulaba «Revolución al estilo de las chicas» y comenzaba narrando una escena de una chica que se enfrenta a un acosador sexual en el colegio: «¡No me toques a mí ni a mis amigas!». A continuación hablaba de una red nacional de feministas adolescentes que se unían para apoyarse entre sí, luchar contra compañeros de clase acosadores y hablar de todo tipo de asuntos, «desde cómo afinar una guitarra hasta salir del armario». Según el artículo, estas chicas eran «sexis, resueltas y atrevidas». Yo no era sexi ni tenía mucho interés en serlo, pero recordé que durante una época, en primaria y más tarde ocasionalmente, había sido resuelta y atrevida, y echaba de menos serlo.
Leí el artículo dos veces sin llegar siquiera a sentarme. Decía que las riot grrrls habían celebrado poco antes una convención en Washington D.C. ¿Cómo era posible? ¿Había chicas que podían entenderme en la zona donde yo vivía?
Cuando mi madre llegó a casa y leyó el artículo, dijo que no creía que ese movimiento pudiera tener mucho interés para mí.
Nunca en mi vida había deseado algo con tantas fuerzas.
Tenía tan cerca a las riot grrrls que a veces me parecía oler el tinte magenta de su pelo. ¿Y si hubiera alguna en mi instituto? Pero en aquella época previa a internet mis pesquisas no dieron resultado. Durante cuarto y quinto de secundaria estuve atenta a la sección de estilo del Washington Post y los anuncios clasificados de «contactos» del City Paper, y busqué «Riot Grrrl» en la guía telefónica de D.C. y en el tablón de anuncios de una librería feminista del centro que había empezado a frecuentar los fines de semana, donde leía a Alison Bechdel y Luce Irigaray. No encontré nada.
Pero ese artículo me había dado una idea. Ya que no localizaba a las riot grrrls, iba a ser feminista de otra manera. Entrevisté para un trabajo de clase a la coordinadora de secciones de la National Organization for Women, quien me animó a formar un grupo en el instituto. Lo hice inmediatamente. El club atrajo a decenas de miembros y otros tantos detractores, que expresaban su desaprobación atacando nuestros carteles en el tablón de anuncios (la frase «FEMINISMO: LA IDEA RADICAL DE QUE LAS MUJERES SON ¡PERSONAS!» fue desfigurada a golpe de rotulador) y gritándonos «¡Bolleras!» cuando pasaban corriendo por la puerta de la sala donde nos reuníamos.
La mayoría de las integrantes del club temía los conflictos, así que evitábamos riesgos: montamos una serie de eventos matinales para el Mes de la Historia de las Mujeres, organizamos un taller de autodefensa y pusimos en el tablón de anuncios un mensaje conciliador y un tanto suplicante: EL FEMINISMO ES PODER ELEGIR. Pero estas acciones estaban muy lejos de reflejar lo que había sentido en el probador de Ross Dress for Less, o lo que sentía cuando leía noticias sobre restricciones para abortar, suspensiones de becas a mujeres y gays en el mundo del arte, o el escándalo de la adolescente a la que desnudó un grupo de oficiales de la Marina en la convención de Tailhook en Las Vegas. O el día que un tenor muy popular en el instituto vino a un ensayo del coro con una camiseta que decía: LA PERSONA QUE LLEVA ESTA CAMISETA ES POLICÍA. ASÍ QUE TÚMBATE Y HAZ TODO LO QUE TE DIGA ESTE SIMPÁTICO POLICÍA.
Cuando vi esa camiseta estuve a punto de echarme a llorar, y luego me entraron ganas de darle un puñetazo. Procurando no perder la compostura y abordarle de manera productiva, me acerqué y le dije: «Tu camiseta me ofende profundamente».
Me respondió poniendo una voz aguda y femenina: «Tu camiseta sí que me ofende profundamente», y se alejó riéndose. Mi camiseta era lisa y de color verde.
Cuanto más intentaba sublimar mi furia en la diplomática y aceptable retórica de «elegir», más frustrada me sentía. Me sentía sola incluso dentro de la NOW. El artículo de Newsweek decía que las riot grrrls «han sido quizá las primeras feministas en identificar su rabia y utilizarla a una edad muy temprana». Muy bien, yo había identificado la mía. Pero, ¿cómo iba a utilizarla yo sola?
A comienzos de 1993 encontré al fin la dirección de la sección del Riot Grrrl de D.C. Venía impresa en off our backs, una veterana publicación feminista que había descubierto en mis visitas semanales a la librería feminista. Las mujeres del colectivo oob seguían maquetándola a mano e imprimiéndola en frágil papel de periódico, como si todavía estuviéramos en 1973. Pero una de ellas entrevistó a unas cuantas riot grrrls y dio el apartado de correos del grupo.
Por fin, por fin: las había encontrado. Les envié una carta muy efusiva. Durante meses no hubo respuesta.
Finalmente me llegó un sobre con tres flyers fotocopiados. En uno de ellos decía (entre otras cosas):
Muy bien, yo propongo que esas chicas que quieren cambiar las cosas empiecen a escribir cosas en sus/nuestras manos. Un rotulador es más que suficiente. Puedes dibujar corazones o estrellas o escribirte palabras en los dedos, lo que sea, de esa forma las chicas que estén a favor de la revolución podrán identificarse entre sí.
Me había convertido en un agente secreto que recibía pistas e instrucciones intermitentes desde un cuartel desconocido. Los comunicados empezaron a llegar con más frecuencia. Yo correspondía; me dibujaba estrellas torcidas en el dorso de la mano, deslizando el rotulador por las alargadas crestas de mis huesos. En la última articulación de los dedos, la más larga, me escribí una letra en cada nudillo: R-I-O-T en la derecha, G-I-R-L en la izquierda. Así iba en el autobús, en el metro, a los museos, a clase. Esperaba encontrarme a otra como yo; esperaba encontrarme a un montón de ellas. Esperaba que toda una banda me parara y me dijera: «Tú, vente con nosotras».
El profesor de piano me dijo que me lavara las manos.
Releía los flyers una y otra vez. En uno de ellos decía lo siguiente:
Riot Grrrl D.C. se reúne todos los domingos a las tres de la tarde en Positive Force House, la casa amarilla en Arlington, 3510 8th Street N., junto a la parada de metro de Virginia Square.
Pero me daba miedo ir. Temía que estas chicas fueran demasiado espabiladas para mí y que aquello fuera el fin de mis esperanzas.
Una amiga de una amiga me pasó una cinta de Bikini Kill —yo sabía que era un grupo relacionado de algún modo con el Riot Grrrl—, y durante una temporada fue la única música que existía: aquel bajo que te sacudía el cuerpo entero, la voz de Kathleen Hanna cantando con toda la furia concentrada de una boca de incendio: «Dare you to do what you want! Dare you to be who you will!»2.
El decisivo empujón final llegó, curiosamente, gracias a un collar: un colgante ovalado del tamaño de un reloj de pulsera, recortado en plástico muy cutre, con las palabras RIOT GRRRL y unas cuantas estrellas dibujadas a mano. Lo llevaba una chica en un concierto del coro de un instituto cercano, y entonces caí en la cuenta de que la conocía: habíamos ido juntas a clase en primaria. Le pregunté por esas reuniones, y me dijo que tenía que ir a una. Elegí un domingo y lo apunté en el calendario.
Tres días antes del domingo elegido, en abril de 1994, el cadáver de Kurt Cobain fue hallado en un invernadero de Seattle. Recordé que en Newsweek hablaban de Courtney Love, ahora viuda de Cobain, como la «santa patrona» de las riot grrrls, pero yo nunca había hecho mucho caso a Nirvana ni a Hole, el grupo de Love. Estuve a punto de quedarme en casa por miedo a que la reunión fuera un velatorio y aquello me separara de las otras chicas ya desde el primer día.
Pero a pesar de todo fui, y cuando por fin crucé el umbral de la Positive Force House y entré al salón del primer piso, comprendí que allí a nadie le importaban mucho Nirvana ni Hole. Hablamos de acoso sexual por parte de compañeros de clase y profesores, de enamorarse de chicos y chicas, de nuestras marcas favoritas de compresas y helados, de lo indignantes que eran las historias e imágenes sexistas que salían en prensa y televisión. No todas las asistentes eran punks ni todas tocaban en grupos, y aunque eran las chicas más espabiladas que había conocido en mi vida, lo eran de una forma que, en vez de excluirme, me atraía. Eran valientes, descaradas y fuertes; a aquel dependiente del probador le habrían dado un buen sopapo, y habrían decorado el tablón de anuncios del club de la NOW con frases como SI TÚ NO FUERAS TAN GILIPOLLAS, YO NO TENDRÍA QUE SER FEMINISTA. Yo iba a ser una de ellas.
Hablando con estas chicas empecé a entender que no tenía por qué estar tan triste. De acuerdo que hasta cierto punto la adolescencia siempre iba a ser una época terrible, pero no de esa manera. La dureza y el tono específico de las amarguras adolescentes eran un asunto político, y por tanto modificable. Si me sentía desvalida no era porque fuera débil, sino porque vivía en una sociedad que había robado el poder a las chicas. Si los chicos me acosaban no era porque yo les incitara, sino porque les habían enseñado que era algo aceptable, y nadie iba a impedirlo. La culpa no era mía, y podíamos unirnos para luchar contra ello.
Por primera vez en años, supe que todo iba a ir bien.
El Riot Grrrl DC había celebrado casi todas sus reuniones desde 1991 en la misma casa de Arlington, una especie de comuna veterana de activistas punks. En la entrada, debajo de la escalera, había un archivador metálico de metro y medio de altura que contenía reliquias de la historia del Riot Grrrl, y un domingo que llegué muy pronto a una reunión abrí uno de sus cajones, me agaché bajo la escalera y me puse a estudiar aquellos archivos hasta que noté que me empezaban a doler las rodillas y se me dormían los pies. Encontré listas de teléfonos con nombres de chicas desconocidas. Encontré actas de antiguas reuniones, agendas con fechas de convenciones, directorios de las secciones de todo el país y plantillas de cartón manchadas de aerosol. Encontré originales de viejos fanzines hechos a mano, con las esquinas del papel pegado un poco levantadas, libres del pegamento ya seco. Encontré cajones llenos de cartas de chicas como yo, que se habían topado con la dirección del grupo y habían escrito buscando ánimos, esperanza, conexión.
Encontré también un grueso álbum de fotos de chicas en fiestas de pijamas, chicas en conciertos, chicas manifestándose en el Capitolio, chicas jugando al croquet en toples en el National Mall. Contemplé sus rostros durante esos minutos de tranquilidad previos a la reunión. ¿Quiénes eran? ¿Qué había sido de las personas de aquella lista de teléfonos? ¿Qué había sido de las otras secciones del movimiento? Esos archivos me fascinaban. Las entradas más recientes serían de unos seis meses antes; otras se remontaban como mucho a un par de años. Pero el pasado que dejaban intuir parecía muy lejano: mitad leyenda, mitad espejismo.
Pasaron los años. En ese tiempo publiqué doce números de un fanzine, toqué en un grupo, fui a la universidad, formé otro grupo, salí de gira con él y empecé a escribir sobre música y política en revistas y periódicos. A finales de los noventa alguien me dijo que el apartado de correos del Riot Grrrl DC se había cerrado y ya no se celebraban reuniones semanales. Noté que se empezaba a hablar del Riot Grrrl en pasado. Para algunos era un movimiento feminista radical de chicas jóvenes, pero en general se veía como una escena musical, una moda ya pasada: en el mejor de los casos, una época de apertura a un tipo de cantantes femeninas muy enérgicas; en el peor, una ideología basada en tocar mal y vestirse de una manera determinada. Una riot grrrl era una chica que tocaba la guitarra con un estilo rudimentario; era un género, como el rockabilly o el grindcore. En internet podías encontrar un traje de «Riot Grrrl» para Halloween (tallas infantiles de la ocho a la diez) que parecía el uniforme de una cheerleader gótica con botas espaciales. Ni siquiera los libros feministas sobre género y rock valoraban los aspectos políticos del movimiento; sospecho que en el fondo eran incapaces de conceder importancia a unas adolescentes. La verdad sobre el movimiento estaba quedando enterrada. Era necesario que alguien dejara las cosas claras o al menos intentara inclinar la balanza en dirección contraria. Entonces me di cuenta de que yo podía ser la persona que recopilara todas esas historias. Y de nuevo salí en busca de las riot grrrls.
He dedicado cinco años a investigar para este libro, viajando por todas partes para entrevistar a personas que localicé a través de amigas de amigas en internet, explorando colecciones personales de artefactos y también archivos de instituciones, rastreando revistas musicales británicas y viejas hojas informativas feministas. Habían pasado diez años desde el último número de mi fanzine y mi última convención del Riot Grrrl, pero en ningún momento había perdido la curiosidad que sentí al husmear en aquel archivador de Arlington mientras se me dormían los dedos de los pies. Sí que había perdido un poco la sensación adolescente de estar entregada a algo hermoso y vital con mis amigas y mis contactos por carta; la conciencia de que muchos de nuestros retos emocionales (las dudas sobre una misma, la confusión, la tristeza) no eran producto de un fracaso personal, sino de fuerzas políticas y sociales, y que podíamos combatirlas como tales; la convicción de que podíamos cambiar el mundo de verdad, como rezaba uno de los manifiestos del movimiento, e íbamos a hacerlo. Trabajando en este libro volví a conectar con esta convicción y descubrí también que, para muchas personas, su experiencia con el Riot Grrrl fue mucho más conflictiva que mi radiante epifanía. Los defectos del movimiento, las rencillas personales (y políticas) que no hubo forma de evitar, resultaron ser mucho más destructivas de lo que había percibido desde mi limitada posición. A veces no es malo estar a cierta distancia del centro de una explosión cultural; puede que el impacto sea menor, pero las quemaduras no son tan graves. Este libro cuenta la historia del Riot Grrrl a través de la vida de una serie de figuras centrales, músicas o no; mujeres jóvenes que vivieron los comienzos del movimiento o participaron en él de forma especialmente intensa o duradera. Pero también hubo miles y miles cuyas historias tan solo aparecen sugeridas, y cuyas vidas quedaron para siempre marcadas por el ascendiente del Riot Grrrl en los años noventa.
Creo que muchos valores fundamentales del movimiento son tan necesarios ahora como lo eran entonces. Los primeros años noventa fueron tiempos difíciles para las mujeres, sobre todo para las más jóvenes, y las cosas no han cambiado demasiado en décadas posteriores. En todo este tiempo, sin embargo, no ha surgido nada que se enfrente al sexismo con la milésima parte de la furia y la motivación profética del Riot Grrrl. El absolutismo militante de la adolescencia siempre acaba por suavizarse, y así debe ser. Pero seguimos necesitando ese idealismo, esa energía, el valor de decir que las cosas son políticas cuando son políticas e inaceptables cuando son inaceptables, la determinación de moldear nuestras vidas y comunidades a nuestra manera. Contar estas historias es solo el comienzo.
El grupo lo está dando todo. La cantante baila como una loca meneando de un lado a otro el pelo recogido en lo alto, hace movimientos aeróbicos y, de vez en cuando, se levanta el vestido por detrás para enseñar el culo a sus compañeras de grupo. La guitarra emite una sucesión de acoples y Kathleen Hanna canta Silence inside of me silence inside of me3 cuatro veces con voz infantil, sin cambiar de nota. Completamente inmóvil, lanza una mirada lastimera al público y se agarra la entrepierna con la mano izquierda, transformando el gesto viril de Madonna en un acto de protección dolorida. El guitarrista retoma los acordes de la canción y Kathleen, viendo que se reanuda el clamor, se pone de nuevo en movimiento y se inclina como si fuera a vomitar, gritando I’ll resist with every inch and every breath I’ll resist this psychic death4. Aprieta los ojos con fuerza, extrayendo cada palabra de su cuerpo con visible esfuerzo, los tendones del cuello a punto de reventar.
Cuando la canción llega a su abrupto final, se balancea de un pie a otro con paso indeciso y se aleja del público bajándose el vestido por detrás, tal vez preguntándose si no habrá enseñado demasiado…
Las chicas de la primera fila gritan y aclaman al grupo. Son las riot grrrls, o al menos algunas de las riot grrrls. Su movimiento, si es que puede llamarse así, comenzó hace menos de un año como un estridente mensaje de empoderamiento femenino lanzado por varias chicas de grupos punks y sus amigas, y está empezando a convertirse en algo más grande y confuso, donde caben desde lo más tentativo hasta lo más definitivo. En D.C. se trata básicamente de un grupo de chicas que se reúne los fines de semana para debatir cuestiones cruciales sobre sus vidas, crear arte y música y planificar acciones políticas. Entre ellas destaca Erika Reinstein: sus movimientos son más dinámicos, su cara más expresiva. Todos sus rasgos parecen desbordar su cuerpo, y eso hace que parezca vivir a un nivel de decibelios mayor que el resto. Sus grandes labios siempre están entreabiertos y su cabeza erguida e inclinada hacia delante, como si se le acabara de ocurrir algo que decir —que seguramente es el caso—. Erika es famosa por sus dotes de oradora: una chica valiente que no rehúye los focos. Se graduó hace poco en un instituto de Virginia, y en los últimos meses ha reclutado a muchas riot grrrls en conciertos de punk rock subiendo al escenario entre grupo y grupo e invitando a las chicas del público a próximas reuniones. Fue así como se unió al movimiento Mary Fondriest, también en primera fila en el Sanctuary. Es más callada que Erika; tiene la piel estropeada, lleva el pelo teñido y es lectora compulsiva (hasta que descubrió el feminismo, su libro favorito era El manantial5). Lleva pocos meses asistiendo a las reuniones, pero en ese tiempo el Riot Grrrl se ha convertido en el centro de su vida.
—¡Eh, riot grrrl! —grita Mary a Kathleen entre canción y canción.
—¿Qué? —responde Kathleen.
Mary lanza una rosa de chocolate al escenario.
—Te amo —proclama.
Kathleen atrapa la rosa al vuelo y sonríe de oreja a oreja.
Esta noche las chicas tienen cosas que vender: camisetas serigrafiadas, fanzines hechos a mano, panfletos fotocopiados con poemas, fotos y soflamas mecanografiadas. Un artículo empieza así: «¿Por qué “feminismo” es una palabra tan mal vista?». Hacia el final del fanzine hay una página con la frase QUIERO GRITAR escrita en grandes letras al comienzo del texto, un monólogo anónimo rebosante de rabia:
Estoy tan furiosa que no sé qué escribir, solo sé que quiero escribir algo, que quiero decir algo, que quiero gritar algo, algo fuerte y poderoso para compensar lo indefensa que me siento… Quiero gritarle al tío que me dijo que las mujeres deberían dejar de quejarse porque ya tienen todos los derechos que necesitan. Quiero gritar a mis hermanos, que leen el número especial de chicas en bikini del Sports Illustrated y ven los desfiles de Miss América… Quiero gritar porque soy un ser humano igual que cualquier hombre pero no siempre se me trata así, quiero gritar porque, por mucho que grite, nadie me va a escuchar.
Cada fanzine cuesta un dólar, pero si ellas —Erika y Mary, May y Joanna, Ananda y Claudia— creen que alguien lo necesita de verdad, se lo regalan.
El grupo sobre el escenario es Bikini Kill, tres chicas y un chico de la pequeña ciudad universitaria de Olympia (Washington) que se han mudado hace poco a D.C. Bikini Kill se han pasado la mayor parte del último año de gira y se han hecho con un público fiel de la misma manera que otros grupos nuevos de la escena independiente de principios de los noventa: amontonándose en una furgoneta, recorriendo el país entero cada pocos meses y esperando generar entusiasmo en base a la maqueta que han puesto a la venta (solo en formato casete) y al boca a boca.
Hasta el momento, la estrategia ha funcionado. Entre los eufóricos himnos feministas del grupo, sus fantásticos conciertos, diversas publicaciones (hojas con letras y anotaciones, octavillas fotocopiadas, fanzines repletos de texto) y la afiliación de su carismática cantante al incipiente movimiento feminista autodenominado Riot Grrrl, Bikini Kill se está convirtiendo rápidamente en uno de los grupos más relevantes surgidos de la escena punk rock en mucho tiempo.
La cantante, que no deja de pegar brincos envuelta en un minivestido y una enorme camiseta con el logo del Riot Grrrl descentrado, es Kathleen Hanna. Tiene 23 años y una personalidad apasionada y poética. Antes de componer canciones punk se dedicaba a hacer fotos, escribir, atender a víctimas de la violencia doméstica y dar recitales de spoken-word6. Ahora se ha entregado a la misión de hacer del feminismo algo cool para las adolescentes. Presenta la siguiente canción diciendo: «Esta va dedicada al Riot Grrrl», y las chicas de la primera fila expresan a gritos su orgullo y su aprobación. Kathleen es una de ellas, y las tiene en el bolsillo.
Este concierto no es un simple concierto de punk rock; ni siquiera es un simple concierto benéfico, aunque los beneficios vayan destinados a Rock for Choice7 y a varias organizaciones de mujeres de D.C. Es una especie de llamada a la acción, ya que al día siguiente hay una gran manifestación por el derecho al aborto en el National Mall de Washington. Las riot grrrls van a estar allí, al igual que los grupos que actúan y casi todos los que se han dado cita en esta iglesia reconvertida, cinco kilómetros al norte del lugar de donde saldrá la manifestación.
Antes de la última canción de Bikini Kill, Tobi Vail, batería y ocasional cantante del grupo, se dirige al micro. Lleva un vestido rojo, medias de rejilla y gafas de sol.
—Quiero decir algo sobre la ilegalización del aborto —dice—. Para mí no solo demuestra que vivimos en una sociedad patriarcal muy jodida, dirigida por hombres blancos que no representan nuestros intereses en absoluto, sino que vivimos en un país —aquí jadea intentando coger aire, quizá intentando no llorar— donde a esa gente le da igual si nos caemos muertas. Y eso da mucho miedo.
Se vuelve y mira a sus compañeras de grupo. Kathi, la bajista, y Billy, el guitarrista, se miran entre sí; Kathleen toma asiento detrás de la batería. Tobi se vuelve de nuevo hacia el público, pero su mirada se dirige al suelo.
—Así que vamos a tocar una canción nueva, y no nos la sabemos muy bien…
—¡Genial! —grita alguien.
—… pero puede que funcione.
Agitación en las primeras filas. Erika y Mary saben lo que se avecina.
La bajista empieza a tocar sin prisa un riff de tres notas sobre el cual una amiga del grupo, Molly, lee un fragmento de un reciente artículo de prensa que ataca a Bikini Kill: «¡Lo que se percibe sobre el escenario es odio a los hombres! Una rebelión enloquecida contra el mundo y contra sí mismas». Kathleen toquetea los platos con exagerada torpeza, agitando los brazos como una niña de 3 años intentando romper algo. Billy sigue el ritmo de la canción con el pie. El momento de Erika está a punto de llegar. Tobi canta una letra sobre buscar la aprobación de los héroes del rock: ¿Lo que más te importa en el mundo es parecerles cool a Sonic Youth? Al llegar al estribillo eleva la voz y nombra al icónico guitarrista de ese grupo: ¡Thurston es fan de los Who! ¿Tú también eres fan de los Who? En respuesta a ello, Billy se acerca a su ampli balanceando la guitarra para producir ensordecedores acoples y crudas explosiones de ruido al estilo de Thurston Moore.
Cunde el caos. Billy lanza su guitarra dando vueltas por los aires y la recoge antes de que caiga. Kathleen se acerca al borde del escenario y se agacha hasta llegar a las chicas de la primera fila para que Erika pueda lanzar gritos desgarradores por el micro. Por un momento lo comparten: Kathleen con su «uoh-oh-oh» y Erika con sus virtuosos chillidos agudos, hasta que esta se hace con él y sube al escenario. Es su lugar natural, y lo sabe. Al final de la canción Erika está chillando al límite de sus fuerzas, Molly sigue leyendo ese absurdo artículo, también casi a gritos y acelerando para llegar al final, y Kathleen baila como una poseída dando la espalda al público, primero con pasitos infantiles que poco a poco se transforman en los movimientos de una stripper, presentando el culo al público en una lenta panorámica. Bikini Kill abandonan el escenario y las chicas se vuelven locas.
Esa misma noche, mientras Erika, Mary y las otras riot grrrls duermen en sus camas, mientras reina el silencio en el Sanctuary Theatre con sus puertas cerradas a cal y canto y los semáforos dejan de ser señales sólidas para convertirse en luces rojas y amarillas que parpadean en la oscuridad, los relojes de D.C. se adelantan una hora. Lo hacen todos al unísono, como si de pronto comprendieran lo atrasados que estaban, lo horriblemente anticuados que se habían quedado.
La mayor manifestación de la historia de Norteamérica por los derechos de la mujer no iba a ser todo lo grande que hacía falta. Ninguna manifestación podría serlo. Las organizadoras lo sabían mucho antes de que todo se pusiera en marcha, lo sabían aquella mañana clara y despejada de abril mientras contemplaban el lugar donde iba a transcurrir bajo el lema We Won’t Go Back - March for Women’s Lives8. En un extremo del Ellipse, cubierto de hierba, se erigía un escenario con la Casa Blanca al fondo; los potentes altavoces del equipo de sonido aguardaban su momento, con los enchufes y generadores en posición de descanso. Se había hecho un gran llamamiento a todo el mundo para acudir en defensa del derecho al aborto, pero nadie se hacía demasiadas ilusiones.
El panorama era sombrío. Clarence Thomas9, que esa misma primavera haría uso de su voto en un importante caso judicial sobre el aborto, no iba a escuchar a las mujeres y hombres que pronto llenarían las calles entre la Casa Blanca y el Capitolio. Al senador Jesse Helms10 le daba exactamente igual lo que dijeran. El presidente George H. W. Bush, que se había ido a pasar el fin de semana a Camp David, no iba a cambiar de postura al respecto: ese otoño tenía que ganar unas elecciones.
Las líderes feministas se mostraban abiertamente pesimistas: «Voy a llevarlo a la Corte Suprema y voy a perder», declaró a USA Today Elizabeth Kolbert, la abogada de la ACLU11 encargada de defender el caso Planned Parenthood vs. Casey. No dijo «puede que pierda» ni «temo que pueda perder». El derecho al aborto, la victoria política nacional más importante del movimiento por la liberación de la mujer desde que se logró el derecho al voto, estaba en la cuerda floja. El propio movimiento feminista estaba en la cuerda floja en 1992. ¿Qué se iba a conseguir con una manifestación?
Con todo, había que hacerlo: planificar la marcha, celebrar un mitin, reunir a las tropas. Al final, tal vez sirviera para algo.
A primera hora empezó a afluir la multitud. Las manifestantes desbordaron la ciudad; llegaban en flotas de buses procedentes de todos los puntos cardinales, se apretujaban en los pasillos de los abarrotados trenes Amtrax que avanzaban con lentitud por los andenes de las estaciones. Las tropas feministas se materializaron con sus pancartas, sus chubasqueros y sus bolsas de comida, unas cansadas y mareadas, otras llenas de energía. Muchas ya venían cantando y tocando sus pequeñas panderetas como quien no quiere la cosa. Pero las canciones que cantaban eran antiguas. Las jóvenes no se las sabían.
Las universitarias descendían de los autobuses fletados en los que habían viajado toda la noche. Los medios de comunicación y los analistas de comienzos de los noventa insistían mucho en la preocupante alienación de la juventud; estaba desencantada, no creía en nada —su propio nombre, Generación X, parecía negar cualquier posibilidad de significado—. Pero aquí estaba, o al menos parte de ella. Su supuesta complacencia se había visto espoleada por esta nueva amenaza a unos derechos que creía asegurados.
También se veían grupos desperdigados de alumnas de instituto. Aquella mañana unas cuantas adolescentes salieron del metro a la luz del sol; en una mochila llevaban apretujada una enorme pancarta de tela enrollada sobre dos palos. Caminaban cogidas del brazo, risueñas, expectantes, casi tropezando unas con otras, vibrando con la sensación eléctrica de formar parte de semejante multitud. Se sentían iguales a todas aquellas mujeres y, al mismo tiempo, a años luz de ellas; intuían escenarios inimaginables para las activistas veteranas que en ese momento se ocupaban de repartir pies de micro por el escenario o afinar el piano eléctrico —con los cables saliendo de sus tripas a la vista de todos—, o intentaban localizar a ese reportero de la tele que se le había escapado a la coordinadora de prensa y nadie sabía dónde se había metido. Estas chicas con pancartas hechas con sábanas y pintadas a mano no eran personajes famosos como Jane Fonda, Linda Carter y las otras estrellas de cine que habían volado en masa desde Los Ángeles. No eran iconos como Gloria Steinem y Bella Azbug, que encabezaban juntas la manifestación. En cierto modo eran chicas normales: Joanna Burgess, Mary Fondriest, Erika Reinstein, May Summer, todas ellas criadas en suburbios rodeados de autopistas al norte de Virginia, luchando por sobrevivir en los márgenes de la vida del instituto. Pero en cierto modo no eran chicas normales. Tenían 16, 17, 18 años, y eran feministas revolucionarias.
A lo largo de los años ochenta, mientras año tras año se publicaban artículos que decretaban la muerte del feminismo y el movimiento de las mujeres sufría una serie de derrotas nacionales en temas como la Enmienda de Igualdad de Derechos o la obtención de fondos para el aborto, el movimiento feminista se había debilitado y despoblado. Su ala más radical, cuyas activistas habían planteado siempre las preguntas más importantes, se fragmentó entre agrias disputas sobre sexo y pornografía. A finales de los ochenta y comienzos de los noventa, artistas cuya obra abordaba el género o la sexualidad dejaron de recibir becas y fueron demonizados; figuras innovadoras como Robert Mapplethorpe y Karen Finley fueron vilipendiadas en los debates del Senado. En tanto que la vanguardia de grupos de activistas se disgregaba y disolvía, las principales organizaciones del movimiento dedicaban su tiempo a temas menos polémicos —y menos estimulantes—, como el techo de cristal del mundo corporativo o el derecho a ser miembro de un club Kiwanis12.
No se podía culpar a las veteranas del movimiento por renunciar a una lucha cuyo objetivo básico era dar un nuevo significado a ser mujer. La línea del frente podía ser un lugar cruel y desagradecido; las que se aventuraban allí a menudo eran recompensadas con burlas, comentarios venenosos y hasta cosas peores. Y es muy duro ser siempre la perdedora. Si criticaban los roles domésticos, se las acusaba de ser antifamilia; si señalaban el mal comportamiento masculino, de odiar a los hombres; si hacían campaña por ampliar los límites de lo aceptable en la apariencia femenina, se las caricaturizaba como «mujeres masculinas que no se depilan las piernas e intentan a toda costa negar su feminidad», como dijo en 1989 una profesora universitaria en un artículo de la revista Time. El titular de este artículo iba a ser «¿Ha muerto el feminismo?», pero en uno reciente se había planteado esa misma pregunta sobre el Gobierno, así que los editores optaron por «Las mujeres se enfrentan a los noventa». Junto a una imagen de una escultura de la artista Marisol —una mujer con expresión atónita pintada sobre un bloque de madera, con un bebé en un brazo y un maletín en la otra mano—, la portada se preguntaba: «¿Hay futuro para el feminismo?». En el artículo se decía que el 76% de las mujeres estadounidenses prestaba «muy poca» o «ninguna» atención al movimiento de liberación de las mujeres, y que solo un 33% se consideraba feminista. Daba la impresión de que el feminismo había completado su tarea o había errado en sus objetivos desde el primer momento, consiguiendo únicamente provocar más frustración en mujeres a las que se había hecho creer que «podían tenerlo todo», o lavarles el cerebro para que se comportaran como hombres.
El feminismo había sido derrotado. Para sobrevivir, tuvo que renunciar a proféticas visiones de cambios culturales imaginarios y centrarse de manera pragmática y comedida en cuestiones de acceso y cuotas: cuántas mujeres hay en esta o aquella asamblea del Gobierno, cuántos clubes han dejado de ser únicamente para hombres... Pero, al hacer eso, el feminismo dejó de lado a elementos constituyentes cuya supervivencia dependía de las grandes cuestiones: las artistas, las radicales, las queers, las inadaptadas, las jóvenes. Y un movimiento que deja de plantearse cambios culturales es un movimiento al que se le ha extirpado el corazón.
Es verdad que aquel día primaveral de 1992 el péndulo parecía moverse en la dirección contraria. ¿No era cierto que Reacción —el impecable estudio de Susan Faludi sobre los diez últimos años de antifeminismo— llevaba meses en la lista de libros más vendidos? ¿No había congregado esta marcha al doble de asistentes que una similar tres años antes? ¿No se estaban presentando dieciséis mujeres —una cifra sin precedentes— a puestos en el Senado? ¿No había 140 candidatas a ocupar escaños en el Congreso? ¿No anunciaban los expertos que, gracias a las elecciones de otoño, 1992 iba a ser el Año de la Mujer?
Fue la audiencia del juez Clarence Thomas en otoño de 1991 lo que al fin provocó una reacción. Hasta las mujeres que no creían a Anita Hill —según las encuestas, cerca de la mitad tenía dudas sobre su alegato de acoso sexual— se indignaron al ver a un panel masculino de senadores blancos interrogar y menospreciar a una catedrática de Derecho afroamericana. La columnista del Washington Post Judy Mann lo describió así: «A un nivel profundo, la audiencia ha demostrado que las mujeres no son iguales, que los hombres siguen teniendo el poder de privar a las mujeres de sus derechos. Ha sido una epifanía nacional, como lo fueron las atrocidades de la guerra de Vietnam, que convirtieron unas cuantas protestas aisladas contra la guerra en un movimiento de masas que transformó la conciencia del país».
Analistas como Mann esperaban que, por indignante que fuera, el caso sirviera como punto de inflexión. Y eso mismo esperaban grupos políticos como el Fund for a Feminist Majority —cuya presidenta declaró al Washington Post: «En una semana el Senado ha hecho más por subrayar la necesidad vital de que haya más mujeres en el Senado que nosotras, las feministas, en veinticinco años»— o Emily’s List, una organización de recogida de fondos para candidatas demócratas cuya lista de donantes se triplicó en los seis meses siguientes a la audiencia.
El inminente debate de la Corte Suprema sobre el aborto, previsto para unas semanas después de la marcha nacional, sirvió para avivar aún más la inquietud de las mujeres. Las organizaciones feministas decidieron capitalizar este sentimiento. Pero la revitalización de estos grupos creados veinticinco años atrás no iba a afectar mucho a la Corte, y menos aún al resto del país. Y tampoco iba a desencadenar un cambio cultural entre las más jóvenes, aquellas chicas de la Generación X que (según a qué revista creyeras) eran unas vagas que pasaban de todo, unas nihilistas depresivas o simples buscadoras de emociones fáciles.
Un movimiento que pierde a sus jóvenes termina por morir. El revulsivo causado por la audiencia de Thomas en el Senado podía motivar una manifestación y generar cierta especulación mediática sobre un supuesto «año de la mujer», pero no iba a bastar para que el feminismo remontara en los años noventa y posteriores.
Los discursos iban a comenzar a las diez. Pilas de brillantes pancartas prefabricadas, perfectamente impresas en cartón y grapadas sobre finos postes de madera, se amontonaban en la hierba esperando a que las manifestantes se hicieran con ellas.
YO SOY LA CARA DE LA AMÉRICA A FAVOR DE ELEGIR AMÉRICA ES EL PAÍS DONDE ELEGIMOS
El énfasis en la palabra «América» era deliberado. La estrategia de la manifestación no era convencer a la Corte de que reviviera la doctrina Roe —pocas lo veían probable—, sino animar a las mujeres a votar a mujeres en el Congreso y a un candidato demócrata para la Casa Blanca. Así habría posibilidades de que se aprobara la Freedom of Choice Act, que aguardaba su momento en Capitol Hill.
Todos los candidatos demócratas a la presidencia asistieron a la marcha: allí estaba Jerry Brown, con renovadas posibilidades tras ganar en Connecticut y Vermont las semanas anteriores. Paul Tsongas, que había suspendido su campaña tras una serie de derrotas pero animaba a la gente a votarle si querían, acudió con su hija adolescente. Bill Clinton, que se perfilaba ya como el demócrata con más probabilidades de vencer a Bush en noviembre, venía rodeado de partidarios que coreaban «a favor de elegir, a favor de Clinton».
A ninguno de ellos se le ofreció el micrófono durante el mitin. Patricia Ireland, presidenta de la NOW, se dirigió a la multitud proclamando: «Estamos cansadas de suplicar por nuestros derechos a hombres que tienen el poder. Vamos a hacernos con el poder».
Ahora bien, los detalles de esta toma de poder no estaban tan claros como pudieran dar a entender los aplausos. Nadie había planeado una revolución feminista. Pero teniendo en cuenta que la palabra «revolución» se había visto recientemente asociada a la palabra «Reagan»13, tal vez la campaña de la NOW «Elect Women for a Change»14 también pudiera verse como algo revolucionario. En una entrevista aquel día, Ireland se limitó a reiterar el viejo plan: «Si los tribunales no protegen a las mujeres, el Congreso debe aprobar leyes que protejan sus derechos. Y si el Congreso no lo hace, entonces votaremos a mujeres a favor del derecho a elegir».
Aunque el derecho al aborto corría especial peligro en el caso de las menores de 18 años —en 1992, 36 estados exigían en sus leyes el consentimiento paterno—, la estrategia de la manifestación giraba en torno a un tipo de elección que solo las mayores de 18 años podían ejercer. Las pancartas prefabricadas de la National Abortion Rights Action League decían así:
NOSOTRAS DECIDIREMOS, 3 DE NOVIEMBRE
Era un buen mensaje, siempre que una no supiera —y nadie lo podía prever— que el 3 de noviembre las mujeres iban a ayudar a elegir presidente a un demócrata relativamente débil, con su propia relación complicada con las mujeres, que resultó incapaz de enfrentarse a la oposición y promover cuestiones feministas. La Freedom of Choice Act jamás llegó a cruzar las puertas del despacho de Bill Clinton.
A pesar de todo, un cambio en los resultados electorales podría haber sido un buen mensaje… para las mujeres con derecho a votar. Pero ¿qué poder de decisión iba a tener una chica de 17 años el 3 de noviembre? ¿Qué pintaba una alumna de instituto en una manifestación que en teoría exigía el derecho al aborto, pero en la práctica era más bien una petición de voto?
Más aún: cuando eres adolescente y luchas con todas tus fuerzas por no odiarte, por no ser violada o acosada, por no perder la autoestima ante un anuncio de cerveza con una modelo rubia en bikini, por que nadie te desanime a entrar en un equipo deportivo o un club de matemáticas o un taller o un periódico escolar, por no morirte de asco con el asqueroso rollo disfuncional de tu familia (y la confusa ironía de tener que soportar crueldad doméstica en la era de los Valores Familiares)… tal vez un movimiento feminista basado en elegir nuevas senadoras no te resulte demasiado atractivo.
Pero como buscas algo, lo que sea, con tal de no volverte loca, quizá acabes yendo a la manifestación. Ahora bien: si quieres que este movimiento, este feminismo, sean relevantes para tu vida a largo plazo —es decir, que este feminismo sobreviva—, vas a tener que hacer algunos ajustes, o incluso reformas considerables. Vas a tener que hacerlo tuyo.
A pesar del día soleado, durante el mitin matinal la temperatura no pasó de los diez grados, y las manifestantes que se dirigían del Ellipse al Mall tuvieron que soportar un viento diabólico. La marcha resultó ser la mayor que se había visto en Washington desde la guerra de Vietnam; hacia el final de la jornada más de medio millón de personas abarrotaban el National Mall. El viento agitaba el fondo del escenario, de color rojo vivo y con hendiduras en forma de sonrisa para que pasara el aire; agitaba también las bandas amarillas de «Invitada de Honor» que lucían sobre el pecho las candidatas al Congreso, posando sonrientes en el escenario y lanzando eufóricos saludos como un grupo de aspirantes a Miss.
En medio de la multitud, Erika, Mary y las demás riot grrrls pasaban revista a sus tropas: una docena de chicas golpeando tambores y cubos de plástico, coreando consignas y revoloteando alrededor de una enorme pancarta cubierta de purpurina —las palabras RIOT GRRRLS y CHOICE15 decoradas con un montón de corazoncitos propios de San Valentín, uno de ellos encima de la «i» de CHOICE—. La «s» de GRRRLS era más pequeña que las otras letras y se inclinaba hacia un lado, como a punto de caer de una estantería.
Aquel día muchas riot grrrls convirtieron sus cuerpos en carteles pintándose sobre la piel con rotuladores. Se escribieron palabras y dibujaron corazones, estrellas y símbolos femeninos en los brazos y en la parte del torso que asomaba debajo de una camiseta anudada o enrollada hacia arriba. CHOICE era un mensaje muy repetido entre aquellas inscripciones. Otro era GIRL LOVE16, deliberadamente esquivo: ¿se suponía que ese amor era romántico o no? ¿Cómo estar segura a los 17 años? Era un eslogan ambiguo que expresaba la esperanza de que las chicas pudieran, contra todo pronóstico, serlo todo unas para otras: que, frente a las fuerzas de la adolescencia que las convierten en enemigas y estropean su amistad por envidias, las chicas pudieran simplemente amarse. Era tanto un eslogan como una plegaria.
La marcha arrancó al mediodía; las manifestantes descendieron por Pennsylvania Avenue durante horas, un flujo caótico de coros entremezclados, tambores en movimiento y, ocasionalmente, muñecos gigantes de peluche. Abuchearon al pasar junto a la Casa Blanca, que se veía tranquila y vacía; la única señal de actividad tras la verja de hierro era el agua de la fuente que salpicaba indiferente. «Hey hey, ho ho, George Bush has got to go»17, coreaban avanzando hacia el edificio del Capitolio, donde estaba previsto otro mitin. Las riot grrrls, aburridas de tanta consigna estereotipada, lanzaban alaridos de frustración inarticulada.
La hierba primaveral aún no había cubierto del todo el Mall y el viento había levantado una gigantesca nube de polvo que flotaba sobre las cabezas de las manifestantes. El polvo quedó suspendido en lo alto, difuminando la luz; nadie sabía muy bien si aquella sucia niebla se estaba disipando o se hacía cada vez más oscura. Sobre el escenario, Odetta interpretó «Amazing Grace» con voz cálida y curtida; Cyndi Lauper cantó una canción que acababa de componer sobre una chica que muere debido a un «trabajo clandestino», y Jesse Jackson vociferó el lema «Keep! Hope! Alive!»18. Jane Fonda, vestida como una glamurosa revolucionaria en fuga, con jersey blanco de cuello alto y enormes gafas de sol, proclamó: «Estamos aquí para decirle al Gobierno: ya tenéis bastantes problemas, no os preocupéis por nuestros vientres». Gloria Steinem bromeó diciendo que aceptaría su nominación a la presidencia por parte de los asistentes. Su reciente «libro de autoestima» Revolución desde dentro era un éxito de ventas; otra autora feminista de gran éxito, Susan Faludi, de 32 años, se había dirigido poco antes a las asistentes en el Ellipse.
Las chicas cuyas vidas iban a constituir el próximo capítulo crucial del feminismo no se acercaron al escenario del mitin en el Mall, prefiriendo perderse entre la histórica multitud con su pancarta hecha de sábanas y sus compañeras de grupo. No podían imaginar que pronto serían ellas quienes acapararían toda la atención.
En el principio, alguien le dijo a una chica que montara un grupo.
Corría 1989. George Bush había ocupado el lugar de Ronald Reagan en la Casa Blanca; a Madonna la estaban poniendo a caldo por besar a un santo negro en el vídeo de «Like a Prayer»; un grupo desconocido llamado Nirvana se disponía a publicar su álbum de debut, Bleach, y Kathleen Hanna se estaba subiendo a un autobús en Olympia (Washington) con destino a Seattle.
Kathleen tenía 19 años y estaba terminando su penúltimo año de carrera en el Evergreen State College de Olympia. Sus años de instituto, transcurridos entre Oregón y Maryland, habían sido años de cerveza y marihuana, chicos turbios, pelos alborotados, conciertos locales de heavy metal y reggae, y un desinterés tan evidente por sus estudios que en 1990 fue aceptada en Evergreen solo como alumna provisional. Se apuntó a una clase de estudios sobre la mujer cuyo programa parecía consistir exclusivamente en El segundo sexo de Simone de Beauvoir, pero pasaba casi todo su tiempo estudiando fotografía en el departamento de arte y revelando fotos para la revista de alumnos en el laboratorio del instituto.
Iba a Seattle a conocer a su heroína, la escritora Kathy Acker. Acker tenía 42 años y era una estrella de la vanguardia literaria; sus tatuajes y su pelo rapado y teñido le daban un aspecto impactante. Sus libros habían sido una revelación para Kathleen. «Yo estaba escribiendo cosas muy locas y pensaba que estaba totalmente chalada», dijo Kathleen. «Y entonces una profesora de fotografía me pasó Aborto en la escuela y al leerlo me dije: ¡qué bien, no estoy loca! Me dio muchísima confianza. Ni siquiera sabía muy bien qué tipo de artista quería ser, si iba a ser escritora o fotógrafa o qué. Pero ver que había mujeres que estaban haciendo cosas tan increíbles me hizo sentir que yo también podía.»
Las historias de Acker eran insolentes y exigentes; abordaban de frente la sexualidad femenina y se abrían paso entre las formas literarias a base de hachazos. En Aborto en la escuela, la novela de 1978 que había deslumbrado a Kathleen, una joven suplica sexo a su padre, se une a una banda juvenil, aborta dos veces y va a un concierto de los Contortions, y esto solo en las primeras 43 páginas. La historia está narrada de manera fragmentaria y lacónica, con continuos cambios de punto de vista y collages donde caben cuentos de hadas, guiones, poemas, dibujos de genitales de hombres y mujeres, incluso páginas de un cuaderno de ejercicios para aprender persa. Aborto en la escuela daba a entender que la vida real de las mujeres, sobre todo en lo relativo a la sexualidad y los abusos, era demasiado complicada para ser contada de forma tradicional. Solo mediante contradicciones, rupturas y negaciones había alguna posibilidad de expresar la verdad:
No es que odiemos, pero, entiéndeme, tenemos que responder. Luchar contra el tedio de esta sociedad de mierda. Contra sus imágenes robotizadas y alienadas. Aquí tiene su bizcocho, señora. No a todo menos a la locura.
Kathleen había empezado a declamar sus textos en las noches de spoken-word que organizaba su amigo Slim Moon en el Capitol Theater de Olympia. Tras descubrir a Acker, grapó algunos de esos textos en un fanzine fotocopiado que llamó Fuck Me Blind20 y firmó con el seudónimo Maggie Fingers. A finales de mayo, cuando Acker visitó el Center on Contemporary Art de Seattle para dar un taller de dos días y hacer algunas lecturas públicas, Kathleen se apuntó al taller y llevó Fuck Me Blind para enseñárselo a la escritora. Parecía que por fin iba a hacer realidad su sueño de convertirse en protegida de Acker y tenerla como mentora: la escritora debía elegir a una alumna del taller como telonera de su lectura al día siguiente, y eligió a Kathleen.
Animada pero no del todo satisfecha, Kathleen llamó al representante de prensa de Acker después del primer día de taller, le dijo que escribía para la revista Zero Hour y concertó una entrevista con ella. «Yo iba en plan, lo que haga falta con tal de estar con ella. Estaba desesperada, ¿me entiendes? Había ido allí a pasar el fin de semana y quería aprovecharlo a tope.» Kathleen no era periodista. Zero Hour era la revista que publicaba una amiga que la estaba alojando en Seattle: Alice Wheeler, una fotógrafa y graduada en Evergreen que vivía en una especie de comuna llamada Subterranean Cooperative of Urban Dreamers. Alice aún no le había pedido a Kathleen que escribiera nada para su revista.
No se podía creer lo fácil que había sido apañar un encuentro a solas con Acker. Eso le enseñó que «para conseguir lo que quieres tienes que mentir; si demuestras confianza puedes lograr que las cosas sucedan». La entrevista con su ídola tuvo lugar en la barra de un café de Pike Place Market. Sentadas a escasos metros de la fría y gris bahía de Elliott, charlaron sobre feminismo, sexo y arte. Pero Acker no estuvo de acuerdo con todas las ideas de aquella joven. Su principal desacuerdo giró en torno a cómo afectaba el sexismo a los hombres: Kathleen opinaba que se beneficiaban de él, mientras que Acker insistía en que a nivel emocional también era dañino para ellos; que Kathleen cometía un error intelectual y político al ver el sexismo como un juego de nosotros-contra-ellas.
Kathleen no se quedó muy convencida, y sí un poco desanimada. «Me fui de la entrevista con el rabo entre las piernas», dijo. «Pero seguí pensando en lo que me había dicho. Fue como cuando alguien hiere tus sentimientos, o te sientes muy humillada, y no puedes dejar de pensar en ello. En realidad fue el mayor favor que me podía haber hecho: me trató como a una escritora de verdad, con mis propias ideas y fuerza suficiente para tener una discusión. Yo aún no era tan fuerte como para tener esa discusión, pero aquello hizo que quisiera serlo. Mi sueño era llegar a ser tan cool que en algún momento pudiéramos ser amigas.»
Kathleen ya tenía un plan para llegar a ser esa persona tan cool, porque el segundo día del taller Acker le había explicado claramente lo que debía hacer. Todos los participantes tenían una breve charla a solas con la profesora, y la charla entre Kathleen y Acker dio un giro inesperado.
Acker: ¿Por qué escribes? ¿Por qué haces spoken-word?
Kathleen (casi a punto de llorar. Es un tema que le afecta mucho): Tengo la sensación de que nadie me ha escuchado en toda mi vida. Quiero que la gente me escuche.
Acker: Si quieres que la gente te escuche, no hagas spoken-word, porque eso no le interesa a nadie y nadie va a ver esas cosas. Hay una comunidad mucho mayor de músicos que de escritores. Deberías montar un grupo.
Cuando alguien toma una decisión que le cambia la vida, nunca es por un solo motivo. Kathleen montó un grupo porque quería impresionar a Acker, pero también porque cantaba con voz muy fuerte (lo que le había servido para protagonizar una producción escolar de Annie); porque había elegido estudiar en una universidad en Olympia, una ciudad arty
