Las dos almas de Estados Unidos - Jorge Argüello - E-Book

Las dos almas de Estados Unidos E-Book

Jorge Argüello

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Beschreibung

En este libro profundo y clarificador, Jorge Argüello explica como la potencia norteamericana se encuentra profundamente dividida, tironeada entre dos almas: media sociedad reclama una restauración nostálgica que recupere un pasado dorado, mientras que otra busca con entusiasmo abrirse a lo nuevo, al futuro. Donald Trump y Joe Biden son la encarnación de estas dos tendencias irreconciliables.

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Seitenzahl: 321

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Las dos almas de estados unidos

Las dos almas de estados unidos Viaje al corazón de una sociedad fracturada

Jorge Argüello

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Prólogo. Andrés Malamud
Introducción
Capítulo I. La ruptura
America First
Nuevo orden
Otras restauraciones
Luche y vuelve
USA versus Trump
La herencia
Capítulo II. Un sistema agrietado
Divided States of America
Corset cruzado
Outsiders
Nueve togas
Voto y bloqueo
Bipartidismo
Democracia o…
Capítulo III. El reseteo
Una máquina
¿Muerto el rey?
La otra cara
Build Back Better
Los Bidenomics
El regreso de la inflación
El despertar de las nions
Competencia y desacople
Capítulo IV.We the people
Estado de ánimo
Ganadores y perdedores
Cuestión de fe
Epidemias
Negación y reacción
El sueño del inmigrante
La potencia latina
Capítulo V. Un mundo cambiado
Ser o no ser
Bipartidismo polarizado
La policrisis
El águila y el dragón
La tecnopolaridad
Suma cero
Una región cambiada
Epílogo

Argüello, Jorge

Las dos almas de Estados Unidos / Jorge Argüello ; Editado por Creusa Muñoz. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2024.Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-614-674-6

1. Política Internacional. I. Muñoz, Creusa, ed. II. Título.

CDD 327.101

Director de Clave Intelectual: José Natanson

Editora: Creusa Muñoz

Diseño de tapa: Emmanuel Prado (manuprado.com)

Diagramación: Daniela Coduto

Prensa: Nuria Sol Vega

@ Clave intelectual, 2024.

Digitalización: Proyecto 451

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin el permiso escrito de la editorial.

ISBN edición digital (ePub): 978-987-614-674-6

Prólogo

Conocí a Jorge Argüello en abril de 2013, cuando llegó como embajador a Lisboa. Venía directamente de Washington en lo que muchos vieron como un downgrade: de representar a Argentina en el centro del mundo a hacerlo en la periferia europea. ¡Cuánto se equivocaban! Además de transformarse rápidamente en uno de los diplomáticos latinoamericanos más queridos en Portugal, Jorge traía dos libros bajo el brazo, o mejor dicho, en la cabeza. El primero consistía en una serie de entrevistas que planeaba realizar con los principales decisores del viejo continente, desde Romano Prodi a Alexis Tsipras pasando por Íñigo Errejón y Felipe González; el otro, en una Historia urgente de los Estados Unidos, país al que había conocido como estudiante secundario mucho antes de sus misiones diplomáticas. El primer libro fue publicado en 2015 y el segundo, antecedente directo del que el lector tiene ahora en sus manos, en 2016. Pocos embajadores conocí en mi vida que estudiaran y entendieran sus destinos tanto como Jorge, si es que alguno.

Jorge combina la agudez perceptiva del político con la cautela expresiva del diplomático. Ve lo que pocos ven, porque su ojo está entrenado para leer entre líneas y captar trampas y matices, pero lo narra con cuidado, para ayudar a comprender sin herir susceptibilidades ni violar la discreción de sus fuentes. Aunque su conocimiento es enciclopédico, los pasajes más ricos se manifiestan cuando pone sus vivencias personales al servicio de la narración. Así, la comparación entre las ceremonias de asunción de Barack Obama (2013) y Joe Biden (2021), a las cuales asistió en sus dos mandatos, pinta un fresco perfecto de la transformación sufrida por Estados Unidos en tan sólo una década. En 2013, presenciamos con sus ojos la asistencia de todos los ex presidentes vivos; en 2021, Jorge ve por nosotros la ausencia del presidente saliente. En poco menos de una década, el país ya no estaba partido al medio: estaba roto. La esperanza había dejado lugar a la intolerancia.

Olivia Argüello, la niña que llegara a Lisboa con tan solo cinco años, es ahora estudiante secundaria en una escuela pública de Washington DC, donde vive experiencias alucinantes que comparte con su padre –y él con nosotros–. Así nos enteramos de que este país pionero, “el único fundado sobre la base de ideas” en vez de sobre etnias o dinastías, ya no acuerda sobre esas ideas fundacionales. Entre los compañeros de Olivia predominan, como en buena parte de la sociedad y contra el registro histórico, cierta intolerancia y, sobre todo, pesimismo. Si la histórica desigualdad norteamericana se justificaba por la movilidad social, mediante la cual cualquiera que se esforzase tenía el progreso a su alcance, la desigualdad del presente carece de excusas porque aquella movilidad ya no existe tal como la conocimos. La riqueza se hereda, el ingreso universitario se compra y la raza sigue determinando la suerte de los individuos, aunque ya no su voto: también las comunidades étnicas, como el resto de la sociedad, se dividen. Trump no ha sido tanto un disolvente social como un acelerador de procesos que lo antecedían, y que él contribuyó a agravar con envidiable ahínco.

El pesimismo detectado en la sociedad estadounidense no se traslada, sin embargo, al narrador. Jorge mantiene su admiración por el recorrido histórico de este país creado en vez de heredado, por sus logros pioneros y por su capacidad de reinventarse. Por eso, su conclusión de que en las últimas décadas Estados Unidos se ha tornado, “decididamente, otro país” deja el balance en manos del lector.

Los interesados en la política interna de los países encontrarán este libro disturbador, reminiscente de la grieta que afecta a cada vez más sociedades occidentales. Verán en su relato la transformación de la izquierda, que pasa de defender intereses mayoritarios a custodiar una panoplia de identidades minoritarias; y verán la transformación de la derecha, que transita de la defensa de valores tradicionales a la convicción de que la verdad es menos importante que el objetivo.

Los interesados en la política internacional, en cambio, encontrarán en estas páginas el elemento de consenso que mantiene unidos a republicanos y conservadores, a trumpistas y bidenistas: China. La rivalidad con la potencia emergente es, junto con la menos prominente oposición al régimen bolivariano en Venezuela, el cemento que mantiene unidos a los partidos y asegura la continuidad de la política exterior. Un país fundado sobre una idea que solo se mantiene unido por un enemigo: ¿será una parábola definitiva o una estación más en la historia de esta nación inevitable? La respuesta está abierta. Gracias, Jorge, por iluminar todas las preguntas.

Andrés Malamud

6 de febrero de 2024

Introducción

Durante los años que he vivido en Estados Unidos, desde mi adolescencia como estudiante hasta mis mandatos como Embajador de Argentina en Nueva York, ante la ONU y en Washington DC, he sido testigo de las alternativas históricas más diversas del país, y de las más inesperadas.

He visto a esta nación de casi dos siglos y medio de vida pasar por los momentos más luminosos que se le puedan reconocer. Y también por los más oscuros.

La he visto acertar y equivocarse en asuntos políticos y económicos; acertar y equivocarse sobre sí misma y más aun sobre el resto del mundo, con amigos y enemigos.

La he visto caer en la confusión y en la crisis, y luego levantarse con mayor o menor dificultad, pero recuperarse al fin.

La he visto capaz de liderar cambios que dieron forma al planeta, y también ignorar y lesionar a otras naciones en ese camino de potencia.

La he visto navegar por las aguas más agitadas, pero siempre sin dejar de darse un rumbo.

La he visto, y la veo hoy, abrazada al orgullo de haber nacido no de un territorio o una etnia, sino de una idea: “una idea más fuerte que cualquier ejército, más grande que cualquier océano, más poderosa que cualquier dictador o tirano” (Joseph Biden).

Comenzamos a reflexionar sobre todo ello en Historia urgente de Estados Unidos (Capital Intelectual, 2016). Años después, la acelerada dinámica del país −y del mundo− me invitan a profundizar el análisis incorporando nuevas realidades de las que he sido testigo directo y trazando nuevas perspectivas, observándolo todo desde la primera fila.

¿Cómo explicar, por ejemplo, el violento asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, cuando tambaleó esa idea de “excepcionalidad” de Estados Unidos y se abrió otra fase de incertidumbre, probablemente sin precedentes?

El J-6 puede leerse como un acontecimiento en sí, conmocionante a nivel mundial pero limitado en el tiempo. O bien, como resultado de un proceso de larga duración que lo trasciende y que puede durar generaciones.

Tanto la llegada de Donald J. Trump a la presidencia en 2017 como su salida envuelta en la violencia cuatro años después fueron, efectivamente, el resultado de un fenómeno cuya sombra se extiende hacia el futuro.

Es también, sin dudas, expresión de una grieta que se profundiza hasta crear dos almas enfrentadas de una misma nación.

Estamos hablando aquí de una sociedad sometida a complejos cambios socioculturales, que tienen correlato ideológico y político, y que se explica en parte por el impacto de una globalización en la que el propio Estados Unidos jugó un liderazgo determinante.

Una sociedad que tomó básicamente dos caminos frente a los nuevos tiempos −uno de restauración nostálgica y el otro de entusiasta apertura a lo nuevo− que se fueron bifurcando hasta encontrar su inmediato sentido, casi exclusivamente, en la oposición al otro.

Esa grieta, que ya percibimos con claridad en Historia urgente de Estados Unidos, se ha ido profundizando −en lugar de cerrarse− con la alternancia en el poder característica de la bicentenaria democracia estadounidense. “Not my president” se ha vuelto una consigna común de cada bando después de cada elección.

La era trumpista y sus rupturas, en particular, expusieron en carne viva ese estado de ánimo de toda la sociedad. El estrés general que introdujo la pandemia de Covid-19 sólo acentuó los parámetros de la polarización.

En este libro nos adentramos necesariamente en las marcas que dejó la Administración Trump (2017-2021), parte de un recorrido en el que los sectores más reaccionarios coronaron objetivos que habían perseguido durante muchos años. Luego desmenuzamos la Administración Biden, que inauguró una nueva época de cambios, aunque dentro de los límites impuestos por una consolidada mayoría conservadora en la Corte Suprema y la pérdida de control del Congreso.

En lo inmediato, las reservas de nuevos liderazgos parecen agotadas. Hacia 2024, la clase política luce escasa de alternativas en la carrera hacia la Casa Blanca. La palabra gerontocracia se pone de moda en los análisis y las encuestas transpiran el temor colectivo a ese dato del sistema.

Hoy, las preguntas sobre el presente y el futuro de la que continúa siendo la primera potencia mundial siguen renovándose y golpeando las puertas de propios y extraños.

¿Por qué después de cuatro años agitados en la Casa Blanca, de su derrota y su dramático final en 2021, es factible que un Trump lastrado por denuncias y procesos judiciales vuelva a gobernar el país?

¿Terminará de convencer Biden a la mayoría de los estadounidenses sobre la conveniencia de completar la transformación de la matriz económica estadounidense que ha emprendido?

¿Qué es lo que, en el fondo, mantiene y radicaliza la polarización que pone en jaque el antiguo y estable sistema político estadounidense?

¿Conseguirá esta vez la compleja sociedad estadounidense superar las antinomias sociales y culturales que la crispan y dividen, y que han puesto en jaque a su antiguo sistema político?

¿Qué rol tendrá Estados Unidos en un mundo multipolar sin precedentes inmediatos y cargado de tensiones geopolíticas?

¿Está ingresando en la declinación tantas veces anunciada, ahora que asoman varias potencias emergentes desafiando su larga hegemonía?

Mi tiempo en Estados Unidos también me enseñó a observar en perspectiva, a detenerme en la vastedad y en la profundidad de su tejido social, cultural e intelectual, rico y diverso. A leer lo complejo y contradictorio como fuente de transformaciones y avances inesperados.

Estados Unidos, y el mundo entero, no sólo han cambiado de siglo, también de era. Es preciso seguir caminando, escuchando sus voces y observando lo que trae consigo. Estudiarla será apasionante.

Este libro es un modesto aporte a esa interminable tarea de deducir las líneas gruesas del destino histórico de un país, lo suficientemente grande y poderoso como para seguir influyendo en el resto del planeta.

Capítulo I. La ruptura

Transcurría el último de los ocho años de la administración demócrata, en enero de 2016, cuando el presidente Barack Obama (2009-2017), sin posibilidad de ser reelegido, se definió sobre el ascenso del candidato Donald J. Trump en el campo republicano. En vísperas del Discurso sobre el Estado de la Unión, Obama expresó su confianza en que, cuando fueran llamados a votar en los comicios generales de noviembre de ese año, los estadounidenses rechazarían “soluciones simplistas y chivos expiatorios”.

Trump había organizado su lanzamiento a la presidencia sobre premisas básicas: presentarse como un redentor de la gente común, víctima de una élite política corrupta instalada en el “pantano de Washington” y ofrecerse como un gladiador dispuesto a batirse con las peores amenazas. Todo barnizado por consignas nacionalistas y posiciones ultraconservadoras en asuntos como el aborto y el racismo.

“Ha habido momentos en los que a la gente se la golpeaba con bastones y nos pasaron cosas como la Guerra Civil −recordó Obama−. Washington está mucho más dividido de lo que está el pueblo. A veces es importante que demos un paso atrás y midamos lo lejos que hemos llegado”, reflexionó el presidente, y citó ejemplos de crisis tan diversas como la guerra en Irak, el huracán Katrina o la crisis financiera de 2008. (1)

El entrevistador Matt Lauer en el programa “Today”, de NBC (2) le preguntó: “¿En alguna parte de su mente se imagina a Donald Trump levantándose un día y pronunciando el Discurso sobre el Estado de la Unión?”. A Obama le causó gracia. “Bueno −respondió− puedo imaginármelo en un sketch de Saturday Night Live”. Y seis meses más tarde, cuando Trump arrasaba en las primarias republicanas, Obama terminó ajustando su discurso ante los medios: “Todo es posible… Es la naturaleza de la democracia. Hasta que se emitan los votos y el pueblo estadounidense dé su opinión, no lo sabemos” (3).

En la madrugada del 11 de noviembre de 2016, Obama recibió una respuesta, la misma que la candidata demócrata derrotada. Trump hizo su primer discurso como presidente electo del país, uno de tono inusualmente moderado, que no se volvería a repetir: “Ahora es tiempo de que Estados Unidos cure las heridas de su división. Es tiempo de unirnos como un solo pueblo”.

La llegada a la Casa Blanca de Trump −un excéntrico magnate inmobiliario sin experiencia ejecutiva ni legislativa alguna a quien el establishment republicano y la gran mayoría de los analistas políticos le atribuían muchas ansias de notoriedad y ninguna posibilidad de ganar− era producto de un largo y complejo proceso político, económico y social que podía rastrearse, como mínimo, hasta la radicalización de sectores conservadores que dio nacimiento al movimiento Tea Party (2009).

En ese mismo 2016, como testigo de la realidad de Estados Unidos, había dejado mis primeras reflexiones sobre las causas inmediatas y profundas del liderazgo de Trump, forjado a caballo de una doble corriente de descontento. Por un lado, de un Partido Republicano embarcado en una “guerra cultural”. Por el otro, también de una parte de la sociedad estadounidense que buscaba válvulas para expresar su malestar. (4)

A su vez, un voto de protesta alcanzaba a Obama y suponía un “histórico castigo” al Partido Demócrata de parte de una mayoría de votantes blancos y trabajadores (blue collar) que habían integrado sus bases desde Franklin D. Roosevelt (1933-1945) hasta Bill Clinton (1993-2001), y se veían ahora amenazados por “décadas de globalización y multiculturalismo” abrazando entonces un agresivo discurso económico nacionalista contra los acuerdos de libre comercio y la inmigración en general. (5)

Hillary Clinton recibió casi 2,9 millones de sufragios más que Trump (65,84 millones, 48,2%, a 62,97 millones, 46,1%), una diferencia sin antecedentes entre los cinco candidatos más votados en las urnas pero derrotados luego en el Colegio Electoral (esta vez, 304 a 227 votos). La demografía que definió los comicios dejaba sus lecciones. En Ohio, Trump llegó a ganar distritos por 6 puntos allí donde Obama había sacado 22 de ventaja en 2012.

El camino de Trump hacia la Casa Blanca −que siguió al Partido Republicano en 1988, al Partido Demócrata de los Clinton en 2001 y al de Obama en 2008 hasta el Grand Old Party (GOP)− había sido tan poco convencional como su propia vida privada. “Soy conservador, pero a esta altura, ¿a quién le importa?”, se ufanó como un hombre de negocios que sólo mira resultados. (6) “Más que un movimiento político con una ideología el trumpismo es por ahora un estado de ánimo, una actitud, una reacción sin programa coherente. Pero también está cargada de nacionalismo e intolerancia, con todo el riesgo que eso supone” (7), escribí al respecto en 2016, en aquel primer ensayo sobre Estados Unidos.

Lo que había ocurrido es que, al cabo de las encarnizadas batallas legislativas de la era Obama, durante las cuales se disolvieron antiguos consensos bipartidistas, la maquinaria republicana había terminado aceptando a un outsider como Trump, que le prometía ampliar la base electoral sin abandonar la radicalización ideológica.

Una amplia parte de la sociedad, en particular la rural y más alejada de las costas, de cultura cosmopolita, experimentaba un rápido giro hacia posiciones más conservadoras, victimizada ante las transformaciones económicas del país bajo la última globalización. Esas franjas pagaban más que otras los costos de una nueva matriz productiva de base tecnológica, alimentada por una inédita masa global de capitales que persistió aún después de la crisis financiera de 2008.

“Eso ya resultó en la irrupción de Trump. Puede haber más Trumps −anticipábamos como observadores en 2016−. Para el sistema político estadounidense, es inimaginable hacia dónde puede conducir esa espiral, si el GOP no le da una respuesta aggiornada desde su propio liderazgo”. La respuesta fue rendirse a él. (8)

Un mismo temor de fondo parecía unir a los sectores liberals (progresistas) con los pocos republicanos “moderados” que resistieron a Trump levantando banderas de libre comercio frente a las bravatas proteccionistas del candidato y reivindicando el liderazgo global de Estados Unidos contra toda forma de nuevo aislacionismo. Para muchos de ellos, la cuestión central no pasaba por un cambio de políticas, sino por el potencial riesgo del inicio de una era autocrática en la democracia más antigua del mundo. En eso, la resistencia fallida del propio movimiento conservador “Never Trump” (“Nunca Trump”) se llevó lo peor. Los liberals desconfiaron siempre de su presunta oposición al nuevo líder republicano, los trumpistas los despreciaron y Trump los defenestró, o por su impotencia política para frenarlo, o por traicionar su causa. (9)

Casi un año antes, la reconocida e influyente revista conservadora National Review, había reunido a numerosos intelectuales y referentes ideológicos afines para sintetizar sus opiniones bajo el título “Against Trump” (“Contra Trump”), con la participación de figuras como Bill Kristol o John Podhoretz, pero también algunas del movimiento Tea Party. (10)

“Nuestro argumento básico sobre Trump es simple e inatacable: es un populista, no un conservador. El conservadurismo siempre ha tenido un elemento populista, pero ha estado ligado a las causas que animan al conservadurismo: la libertad, el gobierno limitado y la Constitución. Trump arremete contra las élites y pisotea las tradiciones políticas, pero estas causas son para él, en el mejor de los casos, algo secundario”, resumió el editor de la revista, Rich Lowry.

La iniciativa adelantaba las causas de un resultado que entonces era incierto pero que el proceso político terminó confirmando: líderes republicanos estaban negociando “los términos de su rendición ante Trump antes de que se haya emitido un solo voto, en una asombrosa muestra de irresponsabilidad”. Eran sectores muy definidos que impulsaban reformas impositivas en favor de grandes fortunas, desregulaciones para fomentar negocios y un Poder Judicial todavía más conservador del que habían configurado los nombramientos de anteriores administraciones republicanas.

Desde la vereda opuesta, con Trump ya en la Casa Blanca, la intelectual progresista Naomi Klein resumió la mirada descarnada y dramática de muchos opositores, dentro y fuera de Partido Demócrata: “Trump no es una ruptura en absoluto, sino más bien la culminación −el punto final lógico− de una gran cantidad de historias peligrosas que nuestra cultura ha estado contando durante mucho tiempo”.

“Que la codicia es buena. Que el mercado manda. Que el dinero es lo que importa en la vida. Que los hombres blancos son mejores que los demás. Que el mundo natural está ahí para que lo saqueemos. Que los vulnerables merecen su destino y el uno por ciento sus torres doradas”, escribió Klein. Es decir, aunque lo condimentara de cierto nacionalismo, Trump adoptaba los principios e intereses de los conservadores. (11)

Esa noche, en que Estados Unidos quedó a nada de elegir a su primera presidenta mujer de la historia, una hidalga Hillary Clinton se esforzó por aventar los fantasmas que se agitaban en torno de la próxima administración de su vencedor. “Debemos aceptar este resultado, debemos tener la mente abierta y darle la oportunidad de liderar”, dijo. Pero aclaró: “Nuestra democracia constitucional consagra el traspaso pacífico del poder y no sólo lo respetamos, sino que lo apreciamos. También consagra otras cosas: el Estado de Derecho, el principio de que todos somos iguales en derechos y dignidad, la libertad de culto y de expresión. También respetamos y apreciamos estos valores y debemos defenderlos”.

La candidata demócrata había sido demonizada por Trump durante la campaña como lo peor del establishment político estadounidense del “pantano” (swamp) que se proponía limpiar el magnate al llegar a Washington. “Hemos visto a nuestra nación más profundamente dividida de lo que pensábamos −respondió al concederle el triunfo−. Pero todavía creemos en Estados Unidos y siempre lo haremos. Y si lo hacemos, entonces hay que aceptar este resultado y mirar hacia el futuro”.

Trump le agradeció esta madrugada a Clinton “por los servicios a nuestro país”, en lo que prometía ser el inicio de una era de distensión post electoral. Pero muchos no pensaban lo mismo.

Durante los días y noches que siguieron, miles de personas salieron a las calles en ciudades de todo el país −desde Nueva York a Los Ángeles, desde Chicago a Atlanta− para expresar su oposición al cambio político operado agitando una consigna difícil de digerir por la tradición de alternancia democrática estadounidense: “Not my President”. Ese hombre que ocupará la Casa Blanca, vociferaban, “No es mi presidente”.

Mientras se preparaba para asumir como 45° presidente, sólo el 41% de los estadounidenses aprobaba los planes de Trump para los siguientes cuatro años, cuando a esas alturas había sido del 65% para George H. W. Bush, 62% para Bill Clinton, 50% para George W. Bush y un altísimo 72% para Barack Obama. (12)

“Únete a nosotros el día de la investidura (20 de enero de 2016) para hacer oír nuestra voz. Nos negamos a reconocer a Donald Trump como presidente de Estados Unidos y nos negamos a aceptar órdenes de un gobierno que pone a intolerantes en el poder”, rezaba la convocatoria del “Not my President”, difundida por las redes sociales).

El propio Trump dejó atrás la amabilidad que le dedicó horas antes a Hillary Clinton y retomó la línea de choque contra la parte de la prensa que nunca lo apoyó: “Terminamos de celebrar una elección presidencial muy transparente y exitosa. Ahora manifestantes profesionales, incitados por los medios, están protestando. ¡Es muy injusto”, se quejó.

Ciertamente, las protestas eran parte de un clima de exasperación e intolerancia que el propio Trump había alimentado durante la campaña proselitista. Fue él mismo quien la abrió asociando la inmigración proveniente de México con “traficantes de droga, criminales y violadores” −aunque “algunos, creo, son buena gente”− y sembrando dudas sobre la condición de estadounidense de Obama (birtherism).

“Si la resistencia política al presidente supone un mayor repliegue social y cultural, las divisiones que terminaron en Trump no harán sino fortalecerse. Se harán más resistentes”, reflexionó en retrospectiva el ensayista Carlos Lozada. (13)

“Referirse a Trump como ‘Not my President’ es emocionalmente satisfactorio, aunque políticamente obtuso. Es Trump −gobernando para su base, su familia y él mismo− quien tomó esa decisión hace tiempo”, razonó el analista, como tantos otros que habían procurado concentrarse en mirar hacia un futuro más amenazante que promisorio.

Según esta mirada, la “resistencia”, una actitud militante dentro del progresismo estadounidense expresada como corriente política e intelectual, debía rechazar −y no profundizar− la división estadounidense en la que Trump y todos su movimiento −también radicalizado− estaba prosperando.

Los últimos días de campaña, sin embargo, habían sembrado mucha desconfianza entre los seguidores de Clinton, y los observadores en general, sobre cuánto fair play podía esperarse de algunos actores de la nueva realidad estadounidense.

Diez días antes de los comicios, el director del FBI, James Comey, anunció al Congreso que reabriría una investigación −desde 2015 sin resultados− sobre una supuesta administración irregular de material sensible en correos electrónicos de Hillary como secretaria de Estado (2009-2013) de Obama.

El anuncio causó un terremoto político, rápidamente explotado por Trump acusando al FBI de haber protegido durante un año a su rival como parte de un sistema “amañado” (rigged). Sólo cuando faltaban 48 horas para la votación, el FBI informó que no había hallado evidencias de delito en la gestión de los mails del Departamento de Estado, aunque fuera descuidada. “Eso frenó nuestro envión”, evaluó después la candidata.

En retrospectiva, el incidente con el FBI no fue lo único que encrespó el clima en la Casa Blanca. En el primer año de la Administración Trump, la Fiscalía General designó al ex director del FBI Robert Mueller para esclarecer denuncias más graves sobre aquellos agitados meses: una posible interferencia de Rusia −gobernada por Vladimir Putin− en las elecciones presidenciales, en conexión con colaboradores de campaña del entonces candidato republicano.

Tres años después, en 2019, Mueller concluyó que no había pruebas de colusión entre la campaña de Trump y Moscú. “Si bien este informe no concluye que el presidente cometiera un delito, tampoco lo exonera”, concluyó. “Ni obstrucción (a la justicia), ni colusión. Completa y total exoneración”, tuiteó Trump.

“Es una lástima que el país haya tenido que pasar por esto”, dijo en alusión a lo que definió como “una caza de brujas”. En agosto de 2020, tras tres años de investigación propia de los episodios, el Comité de Inteligencia del Senado opinó lo contrario: que el jefe de campaña de Trump, Paul Manafort, se había coludido efectivamente con un espía ruso, para compartirles detalles del cuartel general del candidato.

Manafort, condenado por otros múltiples cargos de fraude fiscal y bancario y lavado de dinero relacionados con negocios en Ucrania, fue condenado a siete años y medio de cárcel. Días antes de dejar la Casa Blanca, Trump indultó a su ex jefe de campaña, entre otro medio centenar de condenados que incluyeron a su consuegro Jared Kushner.

Para muchos, como la escritora Masha Gessen, lo más relevante de lo que terminó haciendo políticamente Trump en la Casa Blanca no mereció siquiera ocultamientos. “A la vista de todos, estaba degradando el discurso político. A la vista de todos, utilizaba su cargo para enriquecerse. A la vista de todos, cortejaba dictador tras dictador. A la vista de todos, estaba promoviendo teorías conspirativas xenófobas, afirmando que millones de inmigrantes que votaban ilegalmente le habían costado el voto popular; o insistiendo en que Obama le había pinchado los teléfonos”. (14)

Las dudas sobre la verdadera fe democrática de Trump, comparando con las peores experiencias históricas fuera de Estados Unidos, se habían planteado abiertamente en el debate nacional desde el principio del trumpismo, en especial en círculos habitualmente críticos con el establishment político pero también muy apegados a las antiguas tradiciones institucionales del país.

“La cuestión tan debatida sobre si ‘¿es Donald Trump un fascista?’ no es fácil de responder. Ciertamente hay elementos fascistas en él: la subdivisión de la sociedad en categorías de amigos y enemigos; la virilidad jactanciosa y el deleite en la violencia; la visión de la vida como una lucha por el dominio que sólo algunos pueden ganar, y que otros deben perder”, se planteó David Frum, para quien Estados Unidos ofrecía en 2016 las condiciones para constituir una “autocracia” antiliberal. (15)

Pero Frum matizó enseguida con desdén: “También hay algo incongruente e incluso absurdo en aplicar la siniestra etiqueta de fascista a Trump. Es tan patéticamente necesitado, tan descaradamente interesado, tan apocado y distraído. El fascismo fetichiza la dureza, el sacrificio y la lucha, conceptos que no suelen asociarse con Trump”.

Entre todas esas tensiones y prevenciones, la Administración Trump inició su andadura en 2017. También fuera del país, incluso entre antiguos aliados occidentales, se generaban dudas existenciales inéditas sobre el rumbo de un experimento político de dos siglos que entraba en una fase desconocida.

Durante los siguientes cuatro años, el trumpismo dejaría marca en todos los ámbitos posibles, desde la política exterior hasta las cuestiones sociales más sensibles, como el aborto y la inmigración. Revertiría políticas de Obama, continuaría otras (como la confrontación con China, el gasto en defensa y la prioridad de seguridad dada a la región del Indopacífico) e inauguraría una era de ruptura de acuerdos internacionales. En ese sentido, la economía ofrecería probablemente los ejemplos más contundentes.

America First

Si había un órgano que expresaba intensamente el malestar social que recogía el fenómeno Trump, ése era el bolsillo. Si bien el desempleo no superaba el 4,7% (ocho años de administración demócrata lo habían bajado desde el 9,8% del crítico año 2009), la clase media, medida por ingresos, había caído debajo del 50% (lo que sumados implicaba más pobres −unos 40,6 millones− y más ricos). (16)

A tres meses de las elecciones, Trump detalló qué haría con la economía de la primera potencia mundial si llegara a la Casa Blanca. El trade off con la cúpula republicana quedó claro: “Estados Unidos tendrá la mayor revolución fiscal desde Ronald Reagan”, dijo. El impuesto a sociedades quedaría en un máximo de 15% (35% con Obama). En esto, era un republicano puro y duro, como lo fueron todos desde Reagan. (17)

El paquete incluyó otras medidas gratas a los oídos conservadores más recalcitrantes, como recortes “masivos” de las regulaciones federales. Bajo la Administración Obama se habían reimpuesto algunas tras la crisis de 2008, como las financieras bajo la Ley Dodd-Frank, que Trump empezó a desmantelar por decreto a sólo dos meses de asumir.

En mi segundo mandato como embajador de Argentina en Washington (2020-23) tuve múliples contactos con el senador Christopher Dodd. En Historia Urgente de Estados Unidos, Dodd aparece mencionado en varias oportunidades, precisamente por la importancia que supuso en 2010 la Ley de Reforma de Wall Street y Protección al Consumidor, que lideró con el representante demócrata Barney Frank, para prevenir futuras crisis financieras.

A poco de instalarme en Washington DC, en febrero de 2020, tuve la oportunidad de conocerlo personalmente y de entregarle un ejemplar de mi libro. A partir de allí, se generó una positiva y creciente relación con quien sería designado, en 2022, Asesor Especial del presidente Biden para la Cumbre de las Américas y, luego, como su Asesor Especial para las Américas. En dos oportunidades viajaría después con Christopher Dodd a Buenos Aires y, en cada una de ellas, el representante de Joe Biden mantuvo encuentros personales con el presidente Alberto Fernández. Sin dudas, un eficaz nexo entre los dos presidentes.

Otro caballito de batalla del candidato Donald Trump era el de recuperar la castigada infraestructura pública, en particular de transporte, a la cual prometió dedicarle 550.000 millones de dólares (Hillary Clinton también había prometido grandes inversiones).

Claro que para eso le agregaría 7,2 billones de dólares a una deuda que una crisis financiera y ocho años de administración demócrata estaba dejando en 19,9 billones. (18)(19)

Pero Trump también mantuvo una promesa central de campaña, menos acorde con la tradición republicana clásica y que, llamativamente, reflejaba coincidencias de tinte nacionalista con la izquierda demócrata: renegociar acuerdos internacionales de libre comercio que, afirmaba, perjudicaban al país y al trabajo de los estadounidenses. Las primeras víctimas serían el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), recién firmado por Obama, y el más antiguo TLC o NAFTA, con México y Canadá, vigente de 1994 por iniciativa de Clinton.

Desde ya, China era el blanco preferido de sus críticas proteccionistas, y en eso se apoyaba en un contexto bastante extendido entre los políticos y la sociedad. Trump había dicho a sus seguidores que el gigante asiático, incorporado a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, era el culpable del “robo más grande en la historia de la humanidad” y acusó a Beijing de “violar” a Estados Unidos con sus abusos comerciales. “Vamos a imponer aranceles, pero no como un fin en sí mismo”. (20)

En rigor de verdad, Trump sólo recogía con su estilo confrontativo, de diplomacia “transaccional”, lo que Estados Unidos como nación venía cocinando frente al ascenso de su nuevo rival emergente, detrás de cuyas políticas comerciales se veía, ya claramente, una competencia de desarrollo tecnológico que definiría la influencia global en el siglo.

El propio Obama, apenas asumido, había impuesto aranceles del 35% a los neumáticos chinos, aunque dentro de los procedimientos de la OMC. Washington amasaba esas preocupaciones incluso desde antes. En 2005 y 2010, el Congreso recibió varios proyectos de ley para imponer aranceles a China frente a la devaluación del yuan e incumplir compromisos sobre derechos de propiedad intelectual. Desde 2001, Estados Unidos puso a China una veintena de denuncias (un tercio del total a otros países) por dumping, subvenciones ilegales y patentes.

En 2010, el secretario del Tesoro, Tim Geithner, consideró que la subvaluación del yuan estaba generando una “dinámica peligrosa” de “no apreciación competitiva” en las economías emergentes, y que la acumulación excesiva de reservas de divisas causaba “distorsiones significativas” en la economía mundial. Trump sólo siguió ese surco.

La guerra se desató al fin en 2018, cuando la Administración Trump impuso aranceles a paneles solares, aluminio (25%) y acero (10%) −para estos dos últimos productos también las extendió a la Unión Europea, con la que terminó negociando una salida−como parte de una “guerra comercial” generalizada en un año de elecciones de medio término que afectó a 250.000 millones de dólares en importaciones. Beijing respondió con su propia batería involucrando otros 110.000 millones.

Argentina, sede de la Cumbre de Líderes del Grupo de los 20 (G20) de 2018, pareció el escenario en que Trump y su colega chino, Xi Jinping, podrían transar un acuerdo. En Buenos Aires, pactaron sentarse a negociar sobre patentes, transferencia de tecnología, el ciberespionaje y aranceles. China prometió aumentar sus importaciones de productos agrícolas, industriales y energéticos estadounidenses. Pero unos meses más tarde Trump ordenó llevar los aranceles del 10% al 25%, porque China había “incumplido algunos de sus compromisos”.

En noviembre de ese mismo año, Estados Unidos, Canadá y México enterraron el tratado de libre comercio NAFTA y dieron vida al T-MEC, “uno de los más importantes, y más grandes, acuerdos comerciales de la historia de Estados Unidos y del mundo. Transformará a Norteamérica en una potencia manufacturera nuevamente”, proclamó Trump. (21)

Después de sus guerras y acuerdos comerciales con países de todo el mundo, aliados y rivales, el déficit comercial de Estados Unidos con China ascendió a 345.000 millones de dólares en 2019. Equivalía aún a dos tercios del déficit comercial total, en particular por el desequilibrio en textiles, equipos mecánicos y electrónicos. Mucha agua bajo el puente había pasado: en 1985 el déficit comercial con China era de apenas 6 millones de dólares, en 2000 había saltado a 83.800 millones y en 2010 se había disparado a 273.000 millones. (22)

Un informe de 2019 de Moody’s Analytics estimó que la guerra comercial había costado a la economía estadounidense unos 300.000 puestos de trabajo. Otro del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, de 2020, concluyó que la guerra comercial redujo el crecimiento de la inversión estadounidense en 0,3% a finales de 2019. Las empresas estadounidenses perdieron unos 1,7 billones de dólares en valor bursátil por la guerra comercial con China. (23)

En cuanto a la baja del impuesto a sociedades, de 35% a 21%, concretada en 2018, la Oficina de Presupuesto del Congreso concluyó que resultó ser sólo la octava mayor en el ránking histórico desde 1940, medida como porcentaje del PIB (Reagan hizo la rebaja de 46% a 24%). (24)

Hasta los primeros dos años en la Casa Blanca, el presidente se ufanaba de algunos logros como subas del PIB en torno del 4%, un desempleo por debajo del 4%, 4,6 millones de estadounidenses menos viviendo de cupones gratis de comida o el mejor desempeño de empleo en manufacturas desde 1997 y el ahorro de 33.000 millones de dólares por la eliminación de regulaciones federales. (25)

Comparado con el segundo mandato de Obama (2013-2017), cuando la economía estadounidense salió del pozo de la Gran Recesión, el ritmo de crecimiento mejoró levemente con Trump, hasta 2,5% promedio en sus tres primeros años, muy por debajo del 4% prometido, aunque por encima de otras economías desarrolladas. (26)Si bien el recorte de impuestos incentivó el crecimiento, también incrementó la deuda federal (unos 7,8 billones bajo Trump, hasta los 26,9 billones en el ejercicio 2019-2020) y el déficit fiscal, que creció 26% en el ejercicio 2019, hasta rozar el billón de dólares (antes de la pandemia).

Otro indicador clave, el empleo, registró más de 6,6 millones de nuevos puestos durante 35 meses continuados, pero en los últimos 31 meses de la Administración Obama ya habían sido 6,91 millones. (27)

En el orden social, Trump cerró su mandato con 16,1% de pobreza, o 34 millones de estadounidenses debajo de esa línea (contra 40,6 millones de 2016), mientras los compatriotas sin cobertura alguna de salud pasaron de 28,1 millones a 26,1 millones. (28)

Claro que ninguna evaluación de la gestión económica de Trump puede eludir contabilizar los terribles impactos de la pandemia de Covid-19, que además alteran la posibilidad de una evaluación comparada, salvo con otras economías ricas ante la misma situación.

En términos económicos, Estados Unidos se contrajo en 2020 a su ritmo más pronunciado desde la Segunda Guerra Mundial. La pandemia deprimió bruscamente el gasto de los consumidores y la inversión, lo que empujó a millones de estadounidenses al desempleo y la pobreza. El PIB bajó 3,5% en 2020, la mayor caída desde 1946 y el primer descenso interanual desde la Gran Recesión de 2007-09. (29)

Como en casi todo el mundo, sin vacunas disponibles que protegieran del coronavirus ni previsiones serias sobre sus consecuencias sanitarias finales, los estadounidenses se confinaron, las escuelas fueron cerradas y los comercios no esenciales bajaron sus cortinas.

En uno de los costados más atacables de su gestión, el presidente minimizó la catástrofe desde sus inicios: “Tenemos todo bajo control. Es sólo una persona que vino de China. Va a estar todo bien”, dijo ante los primeros contagios. “Esto es como una gripe. Va a desaparecer. Como un milagro, desaparecerá”, insistió en febrero. (30) En marzo de ese año, el Congreso aprobó y Trump terminó firmando la Cares Act, el paquete de ayuda más costoso en la historia del país, por 2,2 billones de dólares (semanas después, se amplió con otros 0,5 billones). Antes de dejar el poder, en diciembre de 2020, el presidente firmó otro paquete por 2,3 billones, también destinados a rescatar la economía y recuperar empleos, con 900.000 millones incluidos en ayudas directas de hasta 600 dólares a negocios y ciudadanos, contra 1.200 dólares de las anteriores. (31)

Ni siquiera los republicanos pudieron evitar recurrir al Estado para reactivar la economía, que había gozado meses antes de una tasa histórica de sólo 3,5% de desempleo, pero en los primeros meses de pandemia trepó a 4,4% y alcanzó un máximo histórico de 14,7% un mes después, para empezar a descender muy lentamente gracias a las ayudas (quedó en 6,7% cuando asumió el demócrata Joe Biden). (32)