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HARRY BOSCH SE ENFRENTA A UNA DE SUS MISIONES MÁS PELIGROSAS: INFILTRARSE EN EL OSCURO MUNDO DEL NARCOTRÁFICO Harry Bosch está trabajando en casos abiertos para el Departamento de Policía de San Fernando cuando se requiere la presencia de todos los efectivos en una farmacia local, donde dos hombres han sido asesinados en un atraco. Las pistas conducen al peligroso y lucrativo mundo del abuso de fármacos. Para llegar a quienes dirigen el cotarro, Bosch debe arriesgarlo todo e infiltrarse en el oscuro entramado del tráfico ilegal de pastillas. Entretanto, un viejo caso de sus tiempos en la Policía de Los Ángeles regresa para atormentarlo. Un asesino que lleva encarcelado muchos años asegura que Bosch preparó un montaje contra él y parece contar con nuevas pruebas que lo demuestran. Bosch abandonó el departamento por las malas, de manera que sus anteriores colegas no están dispuestos a proteger su reputación. Si esa condena se revoca, todos los casos en los que ha trabajado Bosch quedarán en entredicho. Como de costumbre, Bosch debe defenderse por sí mismo mientras intenta limpiar su nombre y mantener en prisión a un astuto asesino. Al tiempo que los dos casos se entrelazan como un alambre de púas, Bosch descubre que hay dos caras de la verdad: la que te libera y la que te sepulta en la oscuridad.
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Seitenzahl: 519
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Primera parte. Popes
Segunda parte. Al sur de ninguna parte
Tercera parte. La intervención
Agradecimientos
Créditos
A Heather Rizzo.Gracias por el título y por todo lo demás
Bosch estaba en la celda 3 de los antiguos calabozos de San Fernando, repasando expedientes de una de las cajas de archivos de Esme Tavares, cuando Bella Lourdes le mandó un aviso desde la sala de detectives.
El LAPD y fiscalía van a verte. Treviño les ha dicho dónde estás.
Bosch se encontraba en el mismo sitio que casi todos los lunes, sentado ante su escritorio improvisado: una puerta de madera procedente del almacén de Obras Públicas que había colocado sobre dos pilas de archivadores. Después de enviar a Lourdes un mensaje de texto de agradecimiento, abrió la aplicación de notas del teléfono y encendió la grabadora. Dejó el móvil en el escritorio con la pantalla boca abajo y parcialmente cubierto con una carpeta del caso Tavares. Era una medida de precaución. No tenía ni idea de por qué la fiscalía y su antiguo departamento de policía venían a verlo un lunes a primera hora. No había recibido ninguna llamada que lo avisara de la visita, aunque, en honor a la verdad, la cobertura de móvil tras los barrotes de acero de la celda era casi inexistente. Aun así, sabía que una visita por sorpresa muchas veces respondía a un movimiento táctico. La relación de Bosch con la policía de Los Ángeles desde su jubilación obligada tres años antes había sido como mínimo tensa, y su abogado le había exhortado a protegerse documentando todas las interacciones que mantuviera con el departamento.
Mientras esperaba, Bosch regresó al expediente. Estaba revisando declaraciones tomadas en las semanas posteriores a la desaparición de Tavares. Las había leído antes, pero creía que muchas veces los archivos contenían la clave para resolver un caso abierto. Estaba todo ahí si sabías encontrarlo. Una discrepancia lógica, una pista oculta, una declaración contradictoria, una nota manuscrita del investigador en el margen de un informe: todos esos elementos habían ayudado a Bosch a resolver casos en una carrera que ya duraba cuatro décadas.
Había tres archivadores sobre el caso Tavares. Oficialmente, se trataba de una investigación de personas desaparecidas, pero las carpetas reunidas a lo largo de quince años formaban una pila de casi un metro, y eso porque el caso estaba clasificado como desaparición por el simple hecho de que nunca se había encontrado un cadáver.
Cuando Bosch llegó al Departamento de Policía de San Fernando para ofrecer voluntariamente su experiencia en casos abiertos, había preguntado al jefe Valdez por dónde empezar. El jefe, que llevaba veinticinco años en el departamento, le pidió que comenzara por Esmeralda Tavares. Era el caso que había atormentado a Valdez como detective, pero como jefe de policía no podía dedicarle suficiente tiempo.
En los dos años que llevaba trabajando en San Fernando a tiempo parcial, Bosch había reabierto varios casos y había resuelto casi una docena, entre ellos violaciones múltiples y asesinatos. Sin embargo, volvía a los archivos de Esme Tavares en cuanto tenía alguna que otra hora libre. El caso estaba empezando a atormentarle también a él: una madre joven que se había volatilizado, dejando a un bebé durmiendo en la cuna. Por más que estuviera clasificado como desaparición, Bosch no tuvo que leer ni siquiera el contenido del primer archivador para saber lo que el jefe y todos los investigadores llegados antes que él ya sabían: Esme Tavares no había desaparecido por voluntad propia. Estaba muerta.
Bosch oyó que se abría la puerta metálica del calabozo y a continuación pisadas en el suelo de hormigón que se extendía delante de las tres celdas grupales. Levantó la mirada y le sorprendió lo que vio a través de los barrotes.
—Hola, Harry.
Era su antigua compañera, Lucía Soto, junto con dos hombres de traje a los que Bosch no reconoció. El hecho de que, por lo visto, Soto no le hubiera hecho saber que venían puso a Bosch en alerta. El trayecto desde la central del departamento de policía y la Oficina del Fiscal del Distrito en el centro de Los Ángeles hasta San Fernando era de cuarenta y cinco minutos. Eso dejaba tiempo suficiente para escribir un mensaje y decir: «Harry, vamos para ahí». Sin embargo, eso no había ocurrido, así que Bosch supuso que los dos desconocidos se lo habían impedido a Soto.
—Lucía, cuánto tiempo —dijo Bosch—. ¿Cómo estás, compañera?
Parecía que ninguno de los tres estaba interesado en entrar en la celda de Bosch, a pesar de que había sido reconvertida. Harry se levantó, sacó rápidamente su teléfono de debajo de los archivos del escritorio y se lo guardó en el bolsillo de la camisa, colocando la pantalla contra su pecho. Caminó hasta los barrotes y tendió la mano a través de ellos. Pese a que se había comunicado con Soto por teléfono y mediante mensajes de texto de manera intermitente, no la había visto en los últimos dos años. Su aspecto había cambiado. Había perdido peso y se la veía demacrada y cansada, con la preocupación grabada en sus ojos oscuros. En lugar de estrecharle la mano, Soto se la oprimió. El apretón fue tenso, y Harry lo tomó como un mensaje: ten cuidado.
A Bosch no le costó mucho adivinar qué papel desempeñaba cada uno de esos dos hombres. Ambos tenían cuarenta y pocos y vestían trajes que parecían salidos de un estante de Men’s Wearhouse. Sin embargo, la tela de raya diplomática del hombre de la izquierda se veía gastada desde dentro. Bosch sabía que eso significaba que llevaba una cartuchera de hombro debajo de la chaqueta, y el borde duro de la corredera del arma estaba desgastando el tejido. El forro de seda ya se habría roto. En seis meses el traje estaría para el arrastre.
—Bob Tapscott —dijo—. El compañero de Lucky Lucy.
Tapscott era negro, y Bosch se preguntó si estaría emparentado con Horace Tapscott, el difunto músico del sur de Los Ángeles cuya labor en la preservación de la identidad jazzística de la comunidad había sido trascendental.
—Y yo soy Alex Kennedy, ayudante del fiscal del distrito —se presentó el segundo hombre—. Nos gustaría hablar con usted unos minutos.
—Eh, claro —dijo Bosch—. Pasen a mi oficina.
Hizo un gesto hacia los confines de la antigua celda ahora provista de estanterías de acero que contenían archivos de casos. Había un gran banco de extremo a extremo, vestigio de la anterior función de la oficina como celda de borrachos. Bosch tenía carpetas de diferentes casos pendientes de revisar alineadas en el banco. Empezó a apilarlas con el fin de dejar espacio para que se sentaran sus visitantes, pese a que estaba convencido de que no lo harían.
—De hecho, hemos hablado con su capitán Treviño, y dice que podemos usar la sala de operativos en la oficina de detectives —dijo Tapscott—. Será más cómodo. ¿Le importa?
—No me importa si al capitán no le importa —dijo Bosch—. ¿De qué se trata?
—Preston Borders —respondió Soto.
Bosch estaba caminando hacia la puerta abierta de la celda. El nombre impuso una ligera pausa en su movimiento.
—Vamos a esperar hasta que estemos en la sala de operativos —intervino Kennedy con rapidez—. Hablaremos allí.
Soto lanzó a Bosch una mirada que pareció transmitir el mensaje de que estaba bajo el yugo de la fiscalía en esa investigación. Harry cogió sus llaves y el candado de la mesa, salió de la celda y deslizó la puerta hasta que esta se cerró con un fuerte sonido metálico. La llave de la celda había desaparecido hacía mucho tiempo, y Bosch cerraba con una cadena de bicicleta que pasaba entre los barrotes y aseguraba con el candado.
Salieron del viejo calabozo y cruzaron el almacén de material de Obras Públicas que daba a la calle Uno. Mientras esperaban el paso del tráfico, Bosch sacó el móvil del bolsillo y comprobó sus mensajes. No había recibido nada de Soto ni de nadie más antes de la llegada del grupo de visitantes de Los Ángeles. Dejó la grabadora en marcha y volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo.
Soto habló, pero no sobre el caso que la había llevado a San Fernando.
—¿En serio esa es tu oficina, Harry? —preguntó—. Quiero decir, ¿te ponen en una celda?
—Sí —dijo Bosch—. Era la celda de borrachos y a veces hasta me parece que huelo a vómito cuando abro por la mañana. Parece ser que cinco o seis tipos se ahorcaron ahí a lo largo de los años. Sus almas deberían atormentarme. Pero es donde guardan los archivos de investigaciones abiertas, y ahí es donde trabajo. Almacenan cajas de pruebas viejas en las otras dos celdas, así que tengo acceso fácil por todas partes. Y por lo general nadie me molesta.
Esperaba que la insinuación de la última frase quedara clara para sus visitantes.
—¿Así que no hay calabozo? —preguntó Soto—. ¿Tienen que llevar a la gente a Van Nuys?
Bosch señaló al otro lado de la calle, a la comisaría de policía a la que se dirigían.
—Solo las mujeres van a Van Nuys —explicó Bosch—. Aquí tenemos un calabozo para los hombres. En comisaría. Celdas individuales de primera. Hasta me he quedado a dormir varias veces. Es mucho mejor que la sala de descanso del EAP, con todo el mundo roncando.
Soto le lanzó una mirada como para decirle que había cambiado si estaba dispuesto a dormir en un calabozo. Él le guiñó un ojo.
—Puedo trabajar en cualquier sitio —dijo—. Y puedo dormir en cualquier sitio.
Cuando el tráfico lo permitió, cruzaron la calle y entraron en la comisaría por el vestíbulo principal. La sala de detectives disponía de un acceso directo en la derecha. Bosch abrió con una llave de tarjeta y sostuvo la puerta para que los demás pasaran.
La sala no era más grande que un garaje de una plaza. En el centro había tres escritorios que apenas encajaban en un solo módulo. Pertenecían a los tres detectives a tiempo completo de la unidad: Danny Sisto, Oscar Luzón, recientemente ascendido a detective, y Bella Lourdes, que hacía solo dos meses que se había reincorporado después de una prolongada baja tras resultar herida en acto de servicio. Las paredes de la unidad estaban ocupadas por archivadores, cargadores para los radiotransmisores, un rincón para el café y una zona de impresoras bajo tablones de noticias cubiertos de horarios laborales y anuncios departamentales. Había también numerosos carteles de personas en busca y captura o desaparecidas, entre ellos varios que mostraban fotos de Esme Tavares que se habían hecho circular en un período de quince años.
En lo alto de una pared, un cartel mostraba los famosos patos de Disney Juanito, Jorgito y Jaimito, que eran los orgullosos apodos de los tres detectives que trabajaban en ese módulo. La oficina del capitán Treviño se encontraba a la derecha, y la sala de operativos, a la izquierda. Una tercera sala se había subalquilado a la Oficina del Forense y la utilizaban dos de sus investigadores, que cubrían toda la zona del valle de San Fernando.
Los tres detectives estaban sentados en sus lugares correspondientes. Habían desarticulado recientemente una gran banda de ladrones de coches que actuaba en la ciudad, y el abogado de uno de los sospechosos se había referido a ellos en tono de mofa como Juanito, Jorgito y Jaimito. Los detectives llevaban el apodo de grupo como una medalla.
Bosch vio a Lourdes mirando por encima de una mampara desde su escritorio y le hizo una señal con la cabeza para agradecerle el aviso. Era también una señal de que hasta el momento las cosas iban bien.
Bosch condujo a los visitantes a la sala de operativos, una estancia insonorizada con las paredes cubiertas de pizarras blancas y monitores de pantalla plana. En el centro había una mesa estilo salón de juntas con ocho sillas de piel a su alrededor. La sala estaba diseñada como puesto de mando para investigaciones importantes, operaciones de equipos conjuntos y respuestas coordinadas a emergencias públicas como terremotos y disturbios. La realidad era que esos incidentes escaseaban y la sala se usaba básicamente como comedor; la mesa ancha y las sillas cómodas eran perfectas para almuerzos de grupo. La sala desprendía el olor característico de comida mexicana. El propietario de Magaly’s Tamales, en Maclay Avenue, siempre llevaba a la tropa comida gratis, que por lo general se devoraba en la sala de operativos.
—Siéntense —dijo Bosch.
Tapscott y Soto se sentaron a un lado, mientras Kennedy rodeaba la mesa para situarse en el otro. Bosch ocupó una silla en un extremo de la mesa para poder ver a los tres visitantes.
—¿Se puede saber qué está pasando? —inquirió.
—Bueno, vamos a presentarnos como es debido —empezó Kennedy—. Por supuesto, ya conoce a la detective Soto porque trabajó con ella en la Unidad de Casos Abiertos. Y le presento al detective Tapscott. Los dos han estado colaborando conmigo en la revisión de un caso de homicidio que usted investigó hace casi treinta años.
—Preston Borders —dijo Bosch—. ¿Cómo está Preston? Seguía en el corredor de la muerte de San Quintín la última vez que lo verifiqué.
—Sigue allí.
—Entonces ¿por qué están revisando el caso?
Kennedy había acercado su silla y tenía los brazos cruzados y los codos apoyados en la mesa. Tamborileó con los dedos de la mano izquierda como si estuviera pensando cómo responder a la pregunta de Bosch, por más que estuviera claro que todo en esa visita sorpresa estaba ensayado.
—Estoy asignado a la Unidad de Revisión de Condenas —explicó Kennedy—. No me cabe duda de que ha oído hablar de ella. He recurrido a los detectives Tapscott y Soto en algunos de los casos de los que me he ocupado por su experiencia en la investigación de casos abiertos.
Bosch sabía que la URC era nueva y se había instaurado después de que él abandonara el Departamento de Policía de Los Ángeles. Su creación respondía al cumplimiento de una promesa realizada durante una acalorada campaña electoral en la cual el control de la policía fue una cuestión de debate candente. El recién elegido fiscal del distrito —Tak Kobayashi— había prometido crear una unidad que respondiera a la aparente avalancha de casos en los que las tecnologías forenses habían conducido a exonerar a centenares de personas encarceladas en todo el país. Y no solo eran las innovaciones científicas las que marcaban el camino, sino que métodos científicos más antiguos, que se habían considerado irrefutables como pruebas, estaban siendo desprestigiados y abriendo las puertas de las prisiones a los inocentes.
En cuanto Kennedy mencionó su misión, Bosch sumó dos y dos y supo lo que estaba ocurriendo. Borders, el hombre al que se creía responsable de la muerte de tres mujeres pero solo había sido condenado por un asesinato, estaba haciendo un último intento de conseguir la libertad después de casi treinta años en el corredor de la muerte.
—¿Está de broma? —dijo Bosch—. ¿Borders? ¿En serio? ¿De verdad está revisando ese caso? —Su mirada saltó de Kennedy a su antigua compañera Soto. Se sintió completamente traicionado—. ¿Lucía?
—Harry —dijo ella—. Tienes que escucharnos.
Bosch sintió que las paredes de la sala de operativos se estaban juntando para atraparlo. En su fuero interno, y en la realidad, había internado a Borders para siempre. No contaba con que el sádico asesino sexual recibiera nunca la inyección letal, pero el corredor de la muerte seguía siendo su infierno particular, un destino más severo que cualquiera de las sentencias que se imponían al resto de la población reclusa. El aislamiento era lo que merecía Borders. Lo encerraron en San Quintín a los veintiséis años. Para Bosch eso significaba más de cincuenta años de confinamiento en absoluta soledad. Menos si tenía suerte. En el corredor de la muerte de California había más reclusos que se suicidaban que aquellos que recibían la inyección letal.
—No es tan sencillo como cree —aseguró Kennedy.
—¿En serio? —dijo Bosch—. Cuénteme por qué.
—La Unidad de Revisión de Condenas tiene la obligación de considerar todas las peticiones legítimas que recibe. Nuestro proceso de revisión es la primera fase, y eso ocurre de puertas adentro antes de que los casos pasen al Departamento de Policía de Los Ángeles y otras agencias policiales. Cuando un caso plantea suficientes dudas, damos el siguiente paso y llamamos a la fuerza policial correspondiente para que proceda a revisar la investigación.
—Y, por supuesto, todo el mundo jura mantener el secreto en ese punto.
Bosch miró a Soto al decirlo. Ella apartó la mirada.
—Desde luego —dijo Kennedy.
—No sé qué pruebas han aportado Borders o su abogado, pero son falsas —dijo Bosch—. Borders asesinó a Danielle Skyler y todo lo demás es un fraude.
Kennedy no respondió, pero, desde su posición, Bosch se dio cuenta de que le había sorprendido que todavía recordara el nombre de la víctima.
—Sí, treinta años después todavía recuerdo su nombre —aseguró Bosch—. También recuerdo a Donna Timmons y Vicki Novotney, las dos víctimas sobre las que, según su oficina, no había suficientes pruebas para presentar cargos. ¿Las ha tenido en cuenta en esa revisión de la investigación que ha llevado a cabo?
—Harry —intervino Soto, tratando de calmarlo.
—Borders no aportó ninguna prueba nueva —dijo Kennedy—. Ya estaba allí.
Eso impactó a Bosch como un puñetazo. Sabía que Kennedy se estaba refiriendo a los indicios físicos del caso. Y se infería que había pruebas de la escena del crimen o de algún otro lugar que exoneraban a Borders. Pero lo que sobre todo se infería era la incompetencia o, peor, una acción deshonesta: que Bosch no había reparado en la prueba o la había desdeñado de manera intencionada.
—¿De qué estamos hablando? —preguntó.
—ADN —repuso Kennedy—. No se contempló en el caso original en el ochenta y ocho. El caso fue juzgado antes de que se admitiera el uso del ADN en procesos penales en California. Hasta el año siguiente no fue presentado y aceptado por un tribunal de Ventura. En el condado de Los Ángeles tardó otro año más.
—No necesitábamos el ADN —dijo Bosch—. Encontramos una pertenencia de la víctima escondida en el apartamento de Borders.
Kennedy hizo una señal de asentimiento a Soto.
—Fuimos al depósito y sacamos la caja —dijo—. Conoces la rutina. Llevamos la ropa de la víctima al laboratorio y la sometieron al protocolo de serología.
—Ya aplicaron un protocolo hace treinta años —dijo Bosch—. Pero entonces buscaron marcadores genéticos de grupo sanguíneo en lugar de ADN. Y no encontraron nada. Vas a decirme que…
—Encontraron semen —terció Kennedy—. Una cantidad minúscula, pero esta vez la encontraron. Es evidente que el procedimiento se ha sofisticado desde el crimen. Y lo que encontraron no era de Borders.
Bosch negó con la cabeza.
—Vale, morderé el anzuelo —dijo—. ¿De quién era?
—De un violador llamado Lucas John Olmer —dijo Soto.
Bosch nunca había oído hablar de Olmer. Su mente se puso a trabajar, buscando el fraude, la argucia, pero sin considerar que pudo haberse equivocado cuando cerró las esposas en torno a las muñecas de Borders.
—Olmer está en San Quintín, ¿no? —dijo—. Todo este asunto es un…
—No —intervino Tapscott—. Está muerto.
—Confía un poco en nosotros, Harry —añadió Soto—. No contábamos con que las cosas fueran así. Olmer nunca estuvo en San Quintín. Murió en Corcoran en 2015 y nunca conoció a Borders.
—Lo hemos revisado de todas las maneras habidas y por haber —agregó Tapscott—. Las prisiones están a quinientos kilómetros de distancia una de otra y Borders y Olmer no se conocían ni se comunicaron. No es eso.
Había cierta petulancia en la forma en que habló Tapscott. Bosch tuvo ganas de soltarle un bofetón. Soto sabía lo que irritaba a su antiguo compañero y se estiró para ponerle una mano en el brazo.
—Harry, no es culpa tuya —dijo—. Es culpa del laboratorio. Todos los informes están ahí. Tienes razón: no encontraron nada. Se les pasó.
Bosch miró a Soto y retiró el brazo.
—¿De verdad te lo crees? —preguntó—. Porque yo no. Es cosa de Borders. Está detrás de esto de alguna manera. Lo sé.
—¿Cómo, Harry? Hemos buscado la trampa.
—¿Quién ha tocado la caja desde el juicio?
—Nadie. De hecho, el último que tocó esa caja fuiste tú. Los precintos originales estaban intactos, con tu firma y la fecha encima. Muéstrale el vídeo.
Soto hizo una seña con la cabeza a Tapscott, quien sacó su teléfono y abrió un archivo de vídeo. Giró la pantalla hacia Bosch.
—Esto es en Piper Tech.
Piper Tech era un inmenso complejo situado en el centro de la ciudad que albergaba el Depósito de Pruebas del Departamento de Policía de Los Ángeles, junto con la Unidad de Huellas y el escuadrón aéreo, que usaba el tejado del tamaño de un campo de fútbol como helipuerto. Bosch sabía que el protocolo de integridad en la Unidad de Archivo era estricto. Los policías tenían que proporcionar su identificación departamental y sus huellas dactilares para sacar pruebas de un caso. Las cajas se abrían en una zona de examen vigilada las veinticuatro horas. Pero lo que le mostraron fue el vídeo del propio Tapscott, grabado en su móvil.
—No fue nuestro primer encuentro con la URC, así que seguimos nuestro propio protocolo —explicó Tapscott—. Uno de nosotros abre la caja y el otro lo graba todo. No importa que tengan cámaras allí. Como puede ver, no hay ningún precinto roto, no hay manipulación.
El vídeo mostraba a Soto mostrando la caja a la cámara, girándola para que pudiera apreciarse que todos los costados y junturas estaban intactos. Las junturas se habían precintado con las viejas etiquetas que se utilizaban en los años ochenta. Durante al menos las dos últimas décadas, el departamento había usado cinta de pruebas roja que se quebraba y se pelaba si se manipulaba. En 1988 las cajas de pruebas se cerraban mediante adhesivos rectangulares blancos con la inscripción LAPD-ANÁLISIS DE PRUEBAS impresa en ellos junto con una firma y la fecha. Soto manipuló la caja con expresión aburrida, y Bosch interpretó que su antigua compañera pensaba que estaban perdiendo el tiempo en ese caso. Al menos hasta ese momento, Bosch todavía la tenía de su lado.
Tapscott enfocó más de cerca el precinto usado en la juntura superior de la caja. Bosch vio su propia firma en el adhesivo superior central junto con la fecha del 9 de septiembre de 1988. Sabía que la fecha correspondía al final del juicio. Bosch había devuelto las pruebas y había cerrado la caja antes de almacenarla en el Depósito de Pruebas por si una apelación invalidaba el veredicto y tenían que volver a juicio. Eso nunca ocurrió con Borders, y la caja presumiblemente había permanecido en un estante del depósito, eludiendo cualquiera de las purgas periódicas de pruebas viejas, porque Bosch también había escrito con claridad en la caja el número 187 —el código penal correspondiente al homicidio en California—, y eso en la sala de pruebas significaba «No destruir».
Cuando Tapscott movió la cámara, Bosch reconoció su propia rutina de usar precinto de pruebas en todas las junturas de la caja, incluido el fondo. Siempre lo había hecho así, hasta que pasaron a la cinta de pruebas roja.
—Rebobine —pidió Bosch—. Déjeme mirar la firma otra vez.
Tapscott sacó el teléfono, manipuló el vídeo y luego congeló la imagen en el primer plano del precinto que Bosch había firmado. Sostuvo la pantalla hacia Bosch, que se inclinó a estudiar el fotograma. La firma estaba descolorida y resultaba difícil de leer, pero parecía auténtica.
—Está bien —dijo Bosch.
Tapscott reinició el vídeo. En la pantalla, Soto usó un cúter atado con una cuerda a una mesa de examen para cortar las etiquetas y abrir la caja. Al empezar a retirar los distintos elementos, entre ellos la ropa de la víctima y un sobre que contenía fragmentos de uñas recortados, Soto fue enumerándolos para que pudieran ser debidamente registrados. Entre los elementos que mencionó había un colgante con forma de caballito de mar que había sido una prueba clave en el juicio contra Borders.
Antes de que el vídeo finalizara, Tapscott retiró el teléfono con impaciencia y detuvo la reproducción. Enseguida apartó el móvil.
—Y sigue y sigue —dijo—. Nadie manipuló la caja, Harry. Lo que hay en ella es lo que había el día que la cerró después del juicio.
A Bosch le molestó no tener la oportunidad de ver el vídeo en su totalidad. Y de algún modo el hecho de que Tapscott —un desconocido— utilizara su nombre de pila también le molestó. Dejó de lado esa incomodidad y se quedó un buen rato en silencio mientras consideraba por primera vez la posibilidad de que su convicción de treinta y cinco años de que había sacado de circulación para siempre a un asesino sádico fuera falsa.
—¿Dónde lo encontraron? —preguntó por fin.
—¿El qué? —preguntó Kennedy.
—El ADN.
—Un micropunto en el pantalón del pijama de la víctima —explicó Kennedy.
—Era fácil pasarlo por alto en el ochenta y siete —dijo Soto—. Entonces seguramente solo usaban luz negra.
Bosch asintió.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Soto miró a Kennedy. Le correspondía a él responder a esa pregunta.
—Para el miércoles de la semana que viene está programada una vista sobre una solicitud de habeas corpus en el Departamento 107 —dijo el fiscal—. Nos reuniremos con los abogados de Borders y pediremos al juez Houghton que suspenda la sentencia y lo saque del corredor de la muerte.
—Cielo santo —exclamó Bosch.
—Su abogado también ha notificado al ayuntamiento que presentará una demanda —continuó Kennedy—. Hemos estado en contacto con la fiscalía municipal y esperan negociar un acuerdo. Probablemente hablamos de siete cifras.
Bosch miró la mesa. No podía sostener la mirada a nadie.
—Y tengo que advertirle —agregó Kennedy— que si no se alcanza un acuerdo y Borders presenta una demanda en un tribunal federal, puede ir directamente a por usted.
Bosch asintió. Eso ya lo sabía. Una demanda por violación de derechos civiles presentada por Borders podría considerar a Bosch personalmente responsable por daños si el ayuntamiento decidía no cubrirlos. Como dos años antes Bosch había demandado al ayuntamiento para recuperar su pensión completa, era improbable que encontrara a alguien en la fiscalía municipal interesado en indemnizarlo por una reclamación de daños y perjuicios de Borders. El único pensamiento que atravesó esa realidad fue para su hija. Podía quedarse sin nada salvo una póliza de seguros que cobraría cuando él muriera.
—Lo siento —dijo Soto—. Si hubiera alguna otra…
No había terminado cuando Bosch lentamente la miró a los ojos.
—Nueve días —dijo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Soto.
—La vista es dentro de nueve días. Tengo hasta entonces para descubrir cómo lo hizo.
—Harry, llevamos cinco semanas trabajando en esto. No hay nada. Fue antes de que Olmer hiciera acto de aparición. Lo único que sabemos es que no estaba en la cárcel entonces y vivía en Los Ángeles: encontramos registros de trabajo. Pero el ADN es el ADN. En el pijama de la víctima, ADN de un hombre condenado después por múltiples raptos con violación. En todos los casos se trata de intrusiones en domicilios, muy similares a las de Skyler. Pero sin asesinato. Vamos, atente a los hechos. Ningún fiscal en el mundo los rebatiría ni plantearía otra opción.
Kennedy se aclaró la garganta.
—Hemos venido aquí hoy por respeto a usted, detective, y por todos los casos que ha resuelto a lo largo de los años. No queremos que esto se salde con un enfrentamiento. A usted no le beneficiaría.
—¿Y no cree que esto afecta a todos los casos que he resuelto? —inquirió Bosch—. Abre la puerta a este tipo y podría abrirla a todos los que enchironé. Si culpa al laboratorio, lo mismo. Lo enturbia todo.
Bosch se recostó y miró a su antigua compañera. Había sido su mentor. Ella tenía que saber lo que le estaba haciendo.
—Es lo que es —dijo Kennedy—. Tenemos una obligación. «Mejor que cien hombres culpables anden sueltos a que haya un inocente encarcelado.»
—Ahórreme sus frasecitas de Ben Franklin —dijo Bosch—. Encontramos pruebas que relacionaban a Borders con las desapariciones de tres mujeres, y su fiscalía pasó de dos de ellas, porque algún fiscal listillo dijo que no había pruebas suficientes. Joder, esto no tiene sentido. Quiero esos nueve días para hacer mi propia investigación y quiero acceso a todo lo que tengan y a todo lo que han hecho.
Bosch miró a Soto al decirlo, pero respondió Kennedy.
—Eso no va a ocurrir, detective —dijo—. Como he dicho, estamos aquí como un acto de cortesía. Pero ya no es su caso.
Antes de que Bosch pudiera responder, hubo una brusca llamada a la puerta y esta se abrió. Bella Lourdes estaba allí, haciéndole una seña para que saliera.
—Harry —dijo—. Tenemos que hablar ahora mismo.
Había una urgencia impresa en la voz que Bosch no podía pasar por alto. Miró a las otras tres personas sentadas a la mesa y empezó a levantarse.
—Un momento —dijo—. No hemos terminado.
Se levantó y se acercó a la puerta. Lourdes le indicó que saliera y cerró la puerta tras él. Bosch se fijó en que la sala de brigada estaba vacía: no había nadie en el módulo, la puerta del despacho del capitán estaba abierta y su silla vacía.
Y Lourdes estaba claramente agitada. Usó las dos manos para recogerse el cabello corto negro detrás de las orejas. Bosch había reparado en que la detective pequeña y fuerte exhibía esa muestra de ansiedad desde su regreso al trabajo.
—¿Qué pasa?
—Tenemos dos bajas en un asalto en una farmacia del centro comercial.
—¿Dos qué? ¿Agentes?
—No, ciudadanos. Detrás del mostrador. Dos homicidios. El jefe quiere a todo el mundo en esto. ¿Estás listo? ¿Te vienes conmigo?
Bosch miró la puerta cerrada de la sala de operativos y pensó en lo que acababa de decirse allí. ¿Qué iba a hacer al respecto? ¿Cómo iba a manejarlo?
—Harry, vamos, tengo que irme. ¿Vienes o no?
Bosch la miró.
—Sí, vamos.
Se dirigieron con rapidez hacia la salida que los conducía directamente al aparcamiento lateral, donde estacionaban los detectives y el personal de mando. Bosch sacó el móvil del bolsillo de la camisa y apagó la aplicación de grabación.
—¿Y ellos? —dijo Lourdes.
—Que se jodan —dijo Bosch—. Ya se enterarán.
San Fernando era un municipio de seis kilómetros cuadrados rodeado por los cuatro costados por la metrópoli de Los Ángeles. Para Harry Bosch representaba la proverbial aguja en el pajar, una pequeña localidad y un puesto de trabajo que había encontrado cuando su etapa en el Departamento de Policía de Los Ángeles terminó y él aparentemente no tenía ningún sitio al que ir pese a que todavía creía que podía dar más y no había completado su misión. Asfixiado por recortes presupuestarios en los años que siguieron a la recesión de 2008, y después de desprenderse de una cuarta parte de sus cuarenta agentes, el departamento de policía insistió en la creación de un cuerpo voluntario de agentes retirados para que trabajaran en todos los ámbitos del departamento, desde la patrulla, hasta las comunicaciones o el trabajo de detective.
Cuando el jefe Valdez contactó con Bosch y le dijo que tenía un viejo calabozo lleno de casos abiertos que nadie podía investigar, fue como si le lanzaran un salvavidas a un náufrago. Bosch estaba solo, y desde luego iba a la deriva después de abandonar por las malas el departamento en el que había servido durante más de cuarenta años y de que por entonces su hija se fuera de casa para estudiar en la universidad. Y lo más importante: la oferta llegó en un momento en el que no se sentía acabado. Después de todos los años dedicados al departamento, nunca se esperó salir un día por la puerta y que no le permitieran volver.
En un período en el que la mayoría de los hombres pensaban en el golf o se compraban una barca, Bosch se sentía decididamente incompleto. Resolver casos era su razón de ser. Necesitaba investigar, y montarse un negocio de detective privado o trabajar como investigador de la defensa era algo que no se amoldaba a él a largo plazo. Aceptó la oferta del jefe Valdez y enseguida empezó a demostrar sus cualidades en el Departamento de Policía de San Fernando. Y pronto pasó de trabajar a tiempo parcial en antiguos casos sin resolver a ser el mentor de todo el Departamento de Detectives. Juanito, Jorgito y Jaimito eran investigadores buenos y laboriosos, pero entre todos contaban con menos de diez años de experiencia como detectives. El propio capitán Treviño solo trabajaba a tiempo parcial en el departamento, pues también era responsable de supervisar la Unidad de Comunicaciones y el calabozo. Recaía en Bosch la misión de enseñar a Lourdes, Sisto y Luzón.
El centro comercial de la ciudad era una extensión de dos manzanas de San Fernando Road en la que se sucedían pequeñas tiendas, negocios, bares y restaurantes. Se encontraba en una parte histórica de la población y estaba delimitado por un lado por un gran supermercado que había permanecido cerrado y vacío durante varios años, pero que aún exhibía en la fachada el cartel de JC Penney. La mayoría de los otros carteles estaban en español, y los comercios se orientaban a la mayoría latina de la ciudad, sobre todo tiendas que vendían trajes de novia o para fiestas de quince años, comercios de segunda mano y establecimientos que vendían productos de México.
Era un trayecto de tres minutos desde la comisaría hasta la escena de los disparos. Lourdes condujo su coche municipal sin identificar. Bosch se esforzó en dejar de lado el caso Borders y lo que había discutido en la sala de operativos para poder concentrarse en la labor que le ocupaba.
—Bueno ¿qué sabemos? —preguntó.
—Dos muertos en la farmacia La Familia —explicó Lourdes—. Un cliente que entró y vio a una de las víctimas llamó a la policía. La patrulla encontró a la segunda en la trastienda. Los dos trabajaban allí. Parecen padre e hijo.
—¿Un hijo adulto?
—Sí.
—¿Afiliación de bandas?
—No consta.
—¿Qué más?
—Nada más. Gooden y Sanders salieron cuando recibimos la llamada. Han llamado al equipo forense del sheriff.
Gooden y Sanders eran dos investigadores del forense que trabajaban en la oficina subalquilada en la sala de detectives. Era un golpe de suerte tenerlos tan cerca. Bosch recordaba ocasiones en las que había tenido que esperar una hora o más a que llegaran los investigadores del forense cuando trabajaba para el Departamento de Policía de Los Ángeles.
Pese a que Bosch había resuelto tres casos abiertos de homicidio desde que había empezado a trabajar en San Fernando, era la primera vez que se enfrentaba a la investigación de un asesinato en caliente, por así decirlo. Eso significaba que se encontraría in situ con una escena del crimen, con víctimas en el suelo, y no solo con fotos de un archivo para examinar. El protocolo y el ritmo serían muy diferentes, y eso lo estimuló, a pesar del malestar provocado por la reunión de la que acababa de escapar.
Cuando Lourdes entró en el centro comercial, Bosch echó un vistazo y se dio cuenta de que la investigación ya estaba empezando con mal pie. Había tres coches patrulla aparcados justo delante de la farmacia, demasiado cerca. El tráfico en los dos carriles de la zona comercial no se había detenido y los conductores circulaban con lentitud por delante de los establecimientos, esperando captar un atisbo de la causa de semejante actividad policial.
—Aparca aquí —dijo—. Esos coches están demasiado cerca y voy a hacerlos retroceder para que cierren la calle.
Lourdes hizo lo que le pidió Bosch y aparcó el vehículo delante de un bar llamado Tres Reyes y muy por detrás de una creciente multitud de curiosos que se agolpaba cerca de la farmacia.
Bosch y Lourdes salieron rápidamente del coche y se abrieron paso entre la multitud. Habían colocado cinta amarilla de la escena del crimen entre los coches patrulla, y dos agentes estaban hablando junto al maletero de un vehículo mientras otro permanecía de pie con las manos en el cinturón, una pose típica de agente de patrulla, observando la puerta delantera de la farmacia.
Bosch vio que la puerta principal del establecimiento donde se hallaba la escena del crimen se mantenía abierta mediante un saco de arena, que probablemente había salido del maletero de un coche patrulla. No había rastro del jefe Valdez ni de los otros investigadores, y Bosch supo que eso significaba que estaban todos dentro.
—Mierda —dijo al acercarse a la puerta.
—¿Qué? —preguntó Lourdes.
—Demasiados cocineros… —dijo Bosch—. Espera un momento.
Bosch entró en la farmacia y dejó a Lourdes fuera. Era un local pequeño: apenas unos pasillos con productos que conducían al mostrador posterior, donde estaba situada la farmacia propiamente dicha. Bosch vio a Valdez de pie con Sisto y Luzón detrás del mostrador. Supuso que estaban mirando uno de los cadáveres. No había rastro de Treviño.
Bosch soltó un silbido grave y breve que atrajo la atención de los hombres y les hizo una seña para que salieran de la farmacia. Luego se volvió y salió.
Ya fuera, esperó junto a Lourdes. Cuando salieron los tres hombres, apartó el saco de arena con el pie y dejó que se cerrara la puerta.
—Jefe, ¿puedo empezar? —preguntó.
Bosch miró a Valdez y esperó a que el jefe le diera el visto bueno. Iba a pedir hacerse cargo de la investigación y quería que les quedara claro a todas las partes.
—Adelante, Harry —dijo Valdez.
Bosch captó la atención de los agentes de patrulla y les hizo una seña para que también se acercaran.
—Bien, escuchad todos —dijo Bosch—. Nuestra prioridad número uno ahora mismo es proteger la escena del crimen, y no lo estamos haciendo. Patrulla, quiero que alejéis los coches y cerréis la calle a ambos lados. Precintadla. Nadie entra sin autorización. Luego quiero que anotéis el nombre de cada policía o rata de laboratorio que accede a la escena del crimen. Apuntad también las matrículas de todos los coches que dejáis salir.
Nadie se movió.
—Ya lo habéis oído —dijo Valdez—. En marcha, gente. Hay dos ciudadanos muertos aquí. Tenemos que hacerlo bien por ellos y por el departamento.
Los agentes de patrulla regresaron rápidamente a sus coches para cumplir con las órdenes de Bosch. Entonces Harry y los otros detectives se separaron y empezaron a hacer retroceder a los curiosos reunidos en la calle. Algunos gritaron preguntas en español, pero Bosch no contestó. Examinó las caras de aquellos a los que estaba obligando a retroceder. Sabía que el asesino podía encontrarse entre ellos. No sería la primera vez.
Una vez delimitada una escena del crimen de dos zonas, Bosch, el jefe y los tres detectives volvieron a reunirse junto a la puerta de la farmacia. Bosch volvió a mirar a Valdez para obtener confirmación de su autoridad, porque no esperaba que sus siguientes medidas fueran bien recibidas.
—¿Todavía estoy al mando, jefe? —preguntó.
—Todo tuyo, Harry —dijo Valdez—. ¿Cómo quieres hacerlo?
—Vale, debemos limitar el número de gente en la escena del crimen —dijo Bosch—. Si llevamos esto a juicio y un abogado defensor nos ve a todos apretujados ahí, dando vueltas, contará con más objetivos a los que disparar, más elementos de confusión para lanzarle a un jurado. Así que solo habrá dos personas dentro, y vamos a ser Lourdes y yo. Sisto y Luzón, vais al exterior de la escena. Quiero que recorráis la calle en ambas direcciones. Estamos buscando testigos y cámaras. Hemos…
—Hemos llegado antes —protestó Luzón, señalando a Sisto y a sí mismo—. Debería ser nuestro caso y deberíamos estar dentro.
Luzón, de unos cuarenta años, era el mayor de los tres investigadores a jornada completa, pero también el que contaba con menos experiencia como detective. Llevaba seis meses en la unidad después de pasar doce años como agente de patrulla. Había obtenido el ascenso para cubrir la baja de Lourdes y luego Valdez encontró dinero en el presupuesto para mantenerlo en el equipo en un momento en que se estaba produciendo una escalada de delitos contra la propiedad atribuida a una banda local llamada SanFer. Bosch lo había observado desde que había obtenido el ascenso y había concluido que era un detective bueno y comprometido, una buena elección de Valdez. Sin embargo, Bosch todavía no había trabajado con él en un caso y sí había tenido esa experiencia con Lourdes. Quería que ella llevara la iniciativa esta vez.
—No funciona así —dijo Bosch—. Lourdes va a estar al mando. Necesito que tú y Sisto recorráis dos manzanas en ambas direcciones. Estamos buscando el vehículo de fuga. También estamos buscando grabaciones de vídeo y necesito que las encontréis. Es importante.
Bosch vio que Luzón contenía el impulso de discutir otra vez sus órdenes. Sin embargo, el detective novato miró al jefe, que permaneció con los brazos cruzados delante del pecho, y no vio ninguna indicación de que el hombre que en última instancia estaba al mando discrepara de Bosch.
—Claro —dijo.
Se alejó en una dirección, mientras Sisto se encaminaba hacia la otra. Sisto no se molestó en quejarse de su misión, pero se lo veía alicaído.
—¡Eh, chicos! —dijo Bosch.
Luzón y Sisto miraron atrás. Bosch hizo un gesto a Lourdes y al jefe para incluirlos.
—Mirad, no quiero ser un capullo arrogante —dijo—. Mi experiencia viene de un montón de cagadas. Aprendemos de nuestros errores, y, en más de treinta años trabajando en homicidios, he cometido muchos. Solo estoy tratando de aprovechar lo que he aprendido por las malas, ¿de acuerdo?
Luzón y Sisto asintieron a regañadientes y se dirigieron a cumplir órdenes.
—Anotad matrículas y números de teléfono —dijo Bosch tras ellos, e inmediatamente se dio cuenta de que era una orden innecesaria.
Una vez que se marcharon, el jefe se apartó del grupo.
—Harry —dijo Valdez—. Vamos a hablar un segundo.
Bosch lo siguió, sintiéndose incómodo por dejar sola a Lourdes en la acera. El jefe habló en voz baja.
—Mira, entiendo lo que estás haciendo con esos dos y lo que has dicho de aprender por las malas. Pero te quiero de jefe. Bella es buena, pero acaba de volver y está empezando a familiarizarse otra vez. Esto, homicidios, es lo que has estado haciendo treinta años. Por eso estás aquí.
—Lo entiendo, jefe. Pero no le conviene que yo esté al mando. Tenemos que pensar en el momento en que esto llegue a juicio. Todo se resume en formalizar los casos para el juicio, y no es bueno que los supervise alguien a tiempo parcial. Necesita a Bella. Si intentan atacar su reputación, después de lo que le ocurrió el año pasado y todo lo que tuvo que pasar antes de volver al trabajo, se los comerá con patatas. Es una heroína, y eso es lo que necesitamos en el estrado de los testigos. Además, es buena y está preparada para esto. Y, además, yo podría tener problemas pronto en el centro. Problemas que podrían ser una gran distracción. No le conviene que dirija esto.
Valdez lo miró. Sabía que, al hablar del centro, Bosch no se refería al Departamento de Policía de San Fernando, sino a su pasado en Los Ángeles.
—He oído que has tenido visitas esta mañana —dijo—. Hablaremos de eso luego. ¿Dónde me quieres?
—En relaciones con los medios —dijo Bosch—. Se enterarán de esto muy pronto y empezarán a aparecer. «Dos muertos en Main Street», dirán los artículos. Tiene que establecer un puesto de mando y reunirlos cuando empiecen a llegar. Debemos controlar la información que publiquen.
—Entendido. ¿Qué más? Necesitas más gente para la batida. Puedo usar personal de patrulla, sacar un agente de cada coche y que el resto patrulle en solitario hasta que controlemos esto.
—Estaría bien. Había gente en todas esas tiendas. Alguien ha tenido que ver algo.
—Entendido. ¿Y si consigo que abran el viejo Penney y lo usamos como centro de mando? Conozco al dueño del edificio.
Bosch miró al otro lado de la calle y media manzana más allá a la vieja fachada del supermercado cerrado hacía mucho.
—Vamos a salir de aquí tarde. Si puede conseguir que haya luz, adelante. ¿Y el capitán Treviño? ¿Está por aquí?
—Lo tengo ocupándose del chiringuito mientras yo estoy aquí. ¿Lo necesitas?
—No, puedo informarle después.
—Entonces, te lo dejo a ti. Necesitamos acabar con esto rápidamente, Harry. Si es posible.
—Recibido.
El jefe salió y Lourdes se acercó a Bosch.
—Deja que lo adivine: no me quiere de jefa.
—Me quería a mí —corroboró Bosch—. Pero no era una reflexión sobre ti. Le he dicho que no, que era tu caso.
—¿Tiene algo que ver con los tres visitantes de esta mañana?
—Puede ser. Y tiene que ver con que eres capaz de manejarlo. ¿Por qué no entras y vigilas a Gooden y Sanders? Llamaré al laboratorio del sheriff para que me digan cuánto tardarán. Lo primero que necesitamos son fotos. No dejes que muevan los cadáveres hasta que tengamos todas las fotos.
—Entendido.
—Los cadáveres son cosa del forense. Pero la escena del crimen es nuestra. Recuérdalo.
Lourdes se dirigió a la puerta de la farmacia y Bosch sacó su teléfono. El Departamento de Policía de San Fernando era tan pequeño que no contaba con su propio equipo de criminalística. Dependía de la Unidad de Criminalística del sheriff, y eso a menudo los dejaba en segunda posición. Bosch llamó al contacto del laboratorio y le dijeron que ya había un equipo de camino a San Fernando. Recordó a la persona de contacto que estaban trabajando en un doble asesinato y pidió un segundo equipo, pero se lo negaron argumentando que no podían disponer de él. Les mandaban dos técnicos y un fotógrafo-videógrafo, y nada más.
Al colgar, Bosch se fijó en que uno de los agentes de patrulla al que le había dado órdenes antes se había desplazado al nuevo perímetro de la escena del crimen al final de la manzana. Habían extendido cinta amarilla de un lado a otro, cerrando la calle a través del centro comercial. El agente de patrulla tenía las manos en la hebilla del cinturón y estaba mirando a Bosch.
Bosch se guardó el teléfono y caminó por la calle hacia la cinta amarilla y el agente que la custodiaba.
—No mires adentro —dijo Bosch—. Mira afuera.
—¿Qué? —preguntó el agente.
—Estás observando a los detectives. Tienes que vigilar la calle.
Bosch puso una mano en el hombro del agente y lo volvió hacia la cinta.
—Mira hacia fuera desde una escena del crimen. Busca gente que observa, gente que no encaja. Te sorprendería cuántas veces el culpable vuelve para observar la investigación. Además, estás protegiendo la escena del crimen, no observándola.
—Entendido.
—Bien.
El equipo de criminalística del sheriff llegó enseguida y Bosch ordenó que todos salieran de la farmacia para que el fotógrafo pudiera entrar y llevar a cabo un barrido preliminar de foto y vídeo de la escena del crimen con solo los cadáveres a la vista.
Mientras esperaba fuera, Bosch se puso unos guantes y unas botas de papel. Una vez que recibió el beneplácito del fotógrafo, todo el equipo entró en la farmacia, apartando la cortina de plástico que los técnicos habían colgado sobre la puerta para proteger la escena del crimen.
Gooden y Sanders se separaron y continuaron ocupándose de los cadáveres. Lourdes y Bosch fueron primero detrás del mostrador de la farmacia, donde Gooden y uno de los técnicos de la escena del crimen estaban examinando a la primera víctima. Lourdes tenía en la mano una libreta en la que anotaba una descripción de lo que estaba viendo. Bosch se acercó para susurrar al oído de su compañera.
—Tómate tu tiempo para observar. Las notas están muy bien, pero también es bueno retener en la cabeza imágenes claras.
—Vale. Lo haré.
Cuando Bosch era un joven detective de homicidios, había trabajado con un compañero llamado Frankie Sheehan, que siempre tenía una caja de plástico vieja en su coche sin identificar. La llevaba a cada escena del crimen, encontraba un buen punto de observación y la colocaba. Luego se sentaba en ella y se limitaba a observar la escena, estudiando sus matices y tratando de valorar y explicar la violencia que se había producido allí. Sheehan había trabajado con Bosch en el caso de Danielle Skyler y se había sentado en su caja en un rincón de la habitación donde yacía el cuerpo desnudo y salvajemente violado de la víctima. Pero Sheehan llevaba muerto mucho tiempo y se ahorraría la caída al vacío que esperaba a Bosch en el caso.
La farmacia La Familia era un pequeño establecimiento que a Bosch le pareció que vivía de las recetas. En la parte delantera, había tres pasillos cortos con artículos de venta sin prescripción: remedios caseros y de cuidado corporal, casi todos en cajas en español importadas de México. No había expositores de tarjetas de felicitación o de caramelos ni neveras con refrescos o agua. No se parecía en nada a otras cadenas de farmacias diseminadas por la ciudad.
Toda la pared posterior la ocupaba la farmacia propiamente dicha. Había un mostrador que daba a la zona de almacenamiento de medicinas y un área de trabajo para servir las recetas. La parte más cercana a la puerta de la calle parecía incólume tras el crimen que se había cometido.
Bosch caminó por el pasillo de la izquierda, lo cual lo llevó a una portezuela que conducía al otro lado del mostrador de la farmacia. Vio a Gooden en cuclillas junto al primer cadáver, el de un hombre que aparentaba cincuenta y pocos años. La víctima yacía boca arriba, justo detrás del mostrador, con las manos a la altura de los hombros y las palmas hacia arriba. Llevaba una bata de farmacéutico con un nombre bordado.
—Harry, te presento a José —dijo Gooden—. Al menos es José hasta que lo confirmen las huellas dactilares. Un tiro le atravesó el pecho. —Formó una pistola con el pulgar y el índice y apuntó el cañón contra su pecho mientras ofrecía su informe.
—¿A bocajarro? —preguntó Bosch.
—Casi —dijo Gooden—. Entre quince y veinte centímetros. El tipo seguramente tenía las manos en alto, pero le dispararon igual.
Bosch no dijo nada. Se estaba limitando a observar. Se formaría sus propias impresiones sobre la escena y determinaría si las manos de la víctima estaban levantadas o no cuando le dispararon. No necesitaba esa información de Gooden.
Bosch se agachó para examinar el suelo alrededor del cadáver y se inclinó aún más para mirar debajo del mostrador.
—¿Qué pasa? —preguntó Lourdes.
—No hay casquillos —dijo Bosch.
Que no hubiera ningún casquillo tenía dos lecturas para Bosch: o el asesino se había tomado su tiempo para recogerlos o había usado un revólver, que no expulsaba casquillos. En cualquiera de los casos, era un hecho significativo para Bosch. Recoger pruebas cruciales mostraba una fría premeditación en el crimen. Usar un revólver podría indicar lo mismo: la elección de un arma que no dejaría pruebas cruciales.
Él y Lourdes continuaron por el pasillo de la izquierda del mostrador de la farmacia. El pasillo de seis metros conducía a las zonas de trabajo y almacenamiento, así como a un aseo. Al final del pasillo había una puerta con dos cerraduras, una señal de salida y una mirilla. Presumiblemente daba al callejón donde se recibían los paquetes.
Justo antes de la puerta, Sanders, el segundo técnico forense, estaba arrodillado al lado del otro cadáver, también un hombre con bata de farmacéutico. El cuerpo se hallaba boca abajo, con un brazo extendido hacia la puerta. Había un rastro de manchas de sangre en el suelo, que conducía al cadáver. Lourdes caminó por el borde del pasillo, con cuidado de no pisar la sangre.
—Y aquí tenemos a José hijo —anunció Sanders—. Hay tres puntos de impacto: la espalda, el recto, la cabeza; muy probablemente en ese orden.
Bosch se apartó de Lourdes y cruzó las manchas de sangre hasta el otro lado del pasillo para poder observar el cuerpo sin obstáculos. José hijo estaba acostado con la mejilla derecha apoyada en el suelo y los ojos parcialmente abiertos. Aparentaba poco más de veinte años, con cuatro pelos sueltos en la barbilla.
La sangre y las heridas de bala contaban la historia. A la primera señal de problemas, José hijo había corrido por el pasillo hacia la puerta trasera. Fue derribado con el primer disparo en la parte superior de la espalda. En el suelo, se volvió para mirar detrás de él y derramó su sangre sobre las baldosas. Vio que se acercaba el asesino e intentó arrastrarse hacia la puerta, deslizando las rodillas y extendiendo la mancha de sangre. El asesino se acercó y le disparó de nuevo, esta vez en el recto, luego dio un paso adelante y lo remató con un tiro en la nuca.
Bosch había visto el disparo en el recto en casos anteriores, y le llamó la atención.
—El tiro por el trasero, ¿desde muy cerca? —preguntó.
Sanders se acercó y usó una mano enguantada para levantar el fondillo de los pantalones de la víctima, con lo que dejó ver con claridad el orificio de entrada de la bala. Con la otra mano señaló el lugar donde se había quemado la tela.
—Le disparó aquí —dijo Sanders—. A quemarropa.
Bosch asintió. Buscó las heridas en la espalda y la cabeza. Le pareció que las dos heridas de entrada visibles eran más nítidas y más pequeñas que las recibidas en el pecho por José padre.
—¿Estáis pensando en dos armas diferentes? —preguntó.
Sanders asintió.
—Si tuviera que jugármela, diría que sí.
—¿Y no hay casquillos?
—Ninguno a la vista. Veremos cuando demos la vuelta al cuerpo, pero sería un milagro que tres casquillos terminaran debajo.
Bosch respondió asintiendo con la cabeza.
—Bien, haced lo que tengáis que hacer —dijo.
Retrocedió por el pasillo mirando muy bien dónde pisaba y entró en la zona de trabajo y almacenamiento de medicamentos de la farmacia. Comenzó por levantar la cabeza e inmediatamente vio la cámara montada en la esquina del techo, sobre la puerta.
Lourdes entró detrás de él. Bosch señaló y ella vio la cámara.
—Necesito la grabación —dijo Bosch—. Con suerte se transmite al exterior o a un sitio web.
—Puedo verificarlo.
Bosch inspeccionó la habitación. Habían arrancado y tirado varios de los cajones de plástico, de modo que las pastillas que allí se guardaban estaban esparcidas por el suelo. Bosch sabía que tenían por delante una ardua tarea de inventariar lo que había habido en la farmacia y lo que se habían llevado. Algunos de los cajones que estaban en el suelo eran más grandes que otros, y Bosch supuso que habían contenido medicamentos que se recetaban con mayor asiduidad.
Había un ordenador en la mesa de trabajo. Bosch también vio instrumentos para contar y embotellar píldoras en frascos de plástico, así como una impresora de etiquetas.
—¿Puedes salir y hablar con el fotógrafo? —le preguntó a Lourdes—. Que saque fotos de todo esto antes de que empecemos a pisar pastillas y aplastarlas. Dile que también puede comenzar con el vídeo de la escena del crimen.
—Voy.
Después de que Lourdes saliera, Bosch regresó al pasillo. Sabía que tendrían que recoger y documentar cada pastilla e indicio hallados en la escena. Un caso de homicidio siempre se movía con lentitud desde el centro hacia afuera.
En los viejos tiempos, Bosch habría salido en ese momento a fumar un cigarrillo y contemplar la situación. Se contentó con abrir la cortina de plástico solo para salir a pensar. Casi de inmediato, el móvil le vibró en el bolsillo. El identificador de llamadas estaba bloqueado.
—Eso no ha estado bien, Harry —dijo Lucía Soto cuando él respondió.
—Lo siento, hay una emergencia —dijo—. Tenía que irme.
—Podrías habérnoslo dicho. No soy tu enemiga en este asunto. Intento protegerte, evitar que salga a la luz. Si juegas bien tus cartas, la culpa recaerá en el laboratorio o en tu antiguo compañero, el que está muerto.
—¿Estás con Kennedy y Tapscott?
—No, claro que no. Solo tú y yo.
—¿Me puedes conseguir una copia del informe que entregaste a Kennedy?
—Harry…
—Ya me lo imaginaba. Lucía, no digas que estás de mi lado, mediando por mí, si no lo estás. ¿Sabes a qué me refiero?
—No puedo compartir archivos activos con…
—Mira, estoy liado aquí. Llámame otra vez si cambias de idea. Recuerdo que hubo un caso que significó mucho para ti una vez. Éramos compañeros y yo di la cara por ti. Supongo que ahora las cosas han cambiado.
—Eso no es justo y lo sabes.
—Y otra cosa: nunca vendería a un compañero. Ni aunque esté muerto.
Bosch colgó. Sintió una punzada de culpa. Estaba siendo severo con Soto, pero sabía que necesitaba presionarla para que le diera lo que necesitaba.
Como había terminado su carrera en el Departamento de Policía de Los Ángeles trabajando en casos abiertos, habían pasado muchos años desde la última vez que había estado en una escena del crimen. Al recuperar el instinto de la escena del crimen recuperó también la querencia por los viejos hábitos. Sintió una profunda necesidad de un cigarrillo. Miró a su alrededor para ver si había alguien a quien le pudiera pedir uno y vio a Lourdes acercándose desde la esquina. Tenía una expresión de preocupación.
—¿Qué pasa?
—He salido a hablar con el fotógrafo y he tenido que acercarme a la cinta amarilla. La señora Esquivel, esposa y madre de nuestras víctimas, estaba paralizada delante de la cinta, histérica. Acabo de ponerla en un coche para que la lleven a la comisaría.
Bosch asintió. Mantenerla alejada de la escena del crimen era la medida correcta.
—¿Estás preparada para hablar con ella? —preguntó—. No podemos dejarla allí demasiado tiempo.
—No lo sé —dijo Lourdes—. Acabo de destrozarle la vida. Todo lo que era importante para ella, de repente, ya no está. Su marido y su único hijo…
—Lo sé, pero tienes que establecer una buena relación. Nunca se sabe, este caso podría durar años. Necesitará confiar en la persona que lo lleva. Hablas español y te quedan muchos años por delante aquí. A mí no.
—Está bien, puedo hacerlo.
—Céntrate en el hijo: sus amigos, qué hacía en su tiempo libre, enemigos, todas esas cosas. Averigua dónde vivía, si tenía novia. Y pregúntale a la madre si José padre estaba teniendo algún problema con él en el trabajo. El hijo va a ser la clave en este caso.
—¿Sacas todo eso de un disparo en el culo?
Bosch asintió.
—Lo he visto antes. En un caso en el que hablamos con un experto en perfiles criminales. Es un disparo de rabia. Es un disparo que dice venganza a gritos.
—¿Conocía a los asesinos?
—Sin duda. O los conocía o lo conocían. O las dos cosas.
Bosch no llegó a su casa hasta pasada la medianoche. Estaba cansado tras una larga jornada de trabajo en la escena del crimen y coordinando los esfuerzos de los otros detectives y agentes de patrulla de la división. También había tenido que poner al jefe Valdez al corriente de la investigación antes de que este se enfrentara a las cámaras y periodistas que se habían reunido en el centro comercial. La actualización fue concisa: ni sospechosos ni detenciones.
