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«A su feliz pequeña escala, Las hijas de otros hombres fue a la década de los sesenta lo que El gran Gatsby a los años veinte o Las uvas de la ira a los treinta. Hay mucho que admirar en ella: la precisión, el tacto, la humanidad del sentimiento, su tremendo encanto... Es como si Chéjov hubiese escrito Lolita». Philip Roth «Hasta el día en que el señor Merriwether se marchó de casa —un mes después de su divorcio—, los Merriwether parecían una familia serena e ideal». Estamos en verano, a finales de la década de 1960. Las calles de Cambridge, Massachusetts, están llenas de hippies de pelo largo y coloridas prendas, pero el doctor Robert Merriwether, que enseña en Harvard y lleva mucho tiempo casado, no repara lo más mínimo en toda esa vida bullendo a su alrededor. Cultivado, reflexivo, animal de costumbres... Merriwether es todo menos un hombre impulsivo. Por eso es tan extraño, tan deslumbrante e inesperado, que mientras su esposa Sarah está de vacaciones conozca a Cynthia Ryder, y que en poco tiempo profesor y alumna empiecen un intenso romance. La novela de Richard Stern —discreto clásico moderno de la literatura norteamericana— es un elegante examen de la pasión amorosa, de su epicentro y sus réplicas, de sus devastadoras consecuencias. «Amor», piensa el doctor Merriwether. «Cuántos millares de sentimientos escondía aquella palabra famosa y petrificada, el origen de tanta historia y desorden».
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Seitenzahl: 360
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Edición en formato digital: marzo de 2019
Título original: Other Men’s Daughters
En cubierta: fotografía de © Clarissa Leahy / Digital Vision / Getty Images
Diseño gráfico: Ediciones Siruela
© Northwestern University Press edition published 2004. © 1973 by Richard Stern. First published in 1973 by E. P. Dutton. All rights reserved
© De la traducción, Laura Salas
© Ediciones Siruela, S. A., 2019
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Ediciones Siruela, S. A.
c/ Almagro 25, ppal. dcha.
www.siruela.com
ISBN: 978-84-17624-83-5
Conversión a formato digital: María Belloso
La casa de los Merriwether —como siempre la había conocido el vecindario durante sus más de noventa años de antigüedad— queda a tres minutos a pie de Harvard Square. Es la segunda entrando por la esquina sudoeste de Acorn Street —a casi cien metros de la intersección entre Ash y Hawthorne Street—; una casa de madera, con tejado a dos aguas y ventanas en voladizo. «Color otoño», decía uno de los niños Merriwether. Cuenta con tres plantas semiocultas tras una enorme acacia plantada en un minúsculo óvalo de césped; en su escaso metro cuadrado de tierra renovable se daban gran cantidad de diálogos cotidianos entre los Merriwether: «El árbol se está quedando sin hojas». «Toca cortar de nuevo el césped». (Cortarlo llevaba sesenta segundos). «Tienes la bicicleta en el césped».
Un habitante de Manhattan podría pensar que Cambridge es el «campo», pero su esencia es urbana, lo cual significa que todo lo que allí crece lleva la marca de la tolerancia o la ostentación humanas.
Hasta el día en que el señor Merriwether se marchó de casa —un mes después de su divorcio—, los Merriwether parecían una familia serena e ideal. Padres e hijos se reunían con frecuencia en el salón para leer en sus rincones preferidos: Priscilla, junto al resplandor del fuego, y los otros a la luz de viejas lámparas de bombillas protegidas por pantallas de cristal rosa y ámbar. Con el paso de los años, el calor del fuego había abombado el papel pintado a rayas de la pared, y, junto con otras presiones, había formado bultos en los sillones y sofás de velludillo.
Merriwether llevaba años quejándose de que su esposa Sarah no hubiera remozado la casa de la tía Aggie. Según su opinión, aquello se debía a una forma de indolencia cantabrigense disfrazada de desdén ascético por las comodidades materiales. Aquel platonismo cantabrigense llevaba años uniendo las posaderas de los Merriwether con los muelles de los asientos que deberían servir para su comodidad.
—Diablos, Sarah, ojalá hubiese sillas en condiciones para sentarse.
—Por supuesto, Bobbie.
—Supongo que tendré que salir a comprar yo mismo unas cuantas.
—Pues sería muy práctico.
—Todo lo práctico que tú quieras, pero ¿dónde se compra eso?
—Ya preguntaré.
Una pequeña farsa: Sarah, «la sincera anticuaria de ojos brillantes, agradablemente inútil», y Merriwether, «el incorregible hombre de pensamiento». Dos décadas atrás habían fornicado en un lado de la cama doble mientras la compañera de piso de Sarah fingía dormir en la otra. Incluso entonces, tenían gran parte del mundo en sus mentes más que en comunicación con el otro.
En aquel cálido salón, plateado y lleno de rincones, padres e hijos habían formado una media luna irregular alrededor del fuego. Albie, el mayor, que ha vuelto a casa desde Williams, está estirado en un sofá leyendo los Discursos de Maquiavelo. Es corpulento y desgarbado; su rostro es anguloso, con ojos suaves, miopes y de un marrón profundo. En política es conservador —se opone con serenidad a todas las tendencias apreciables—, y sus modales destacan por una oblicua ironía. Priscilla le dice que parece moderno pero apesta a medieval. Priscilla se halla a menos de un metro del enrejado de la chimenea. Lleva un chaleco de ante verde y unos pantalones que forman anchas campanas alrededor de sus pies desnudos. Las llamas levantan virutas doradas en su largo cabello castaño y chispas doradas en sus ojos verdes. Está leyendo unos folletos sobre fatiga de materiales que le ha enviado la NASA. Ha pasado años manteniendo correspondencia con ellos porque pensaba hacerse astronauta, ha estudiado los ejercicios, las matemáticas y la ingeniería que le indicaban sus especialistas en educación, y, aunque últimamente es la poesía lo que ocupa la mayor parte de su tiempo, tiene la cabeza todavía en órbita.
Junto al retrato del abuelo Tipton está sentada Esmé. A punto de alcanzar una belleza mayor que la de Priscilla, es una tabla alta que termina en botas de presentador de circo. Por los botones desabrochados del escote de una basta camisa azul se distingue un pequeño sujetador. Es más rubia que Priscilla y tiene los rasgos más definidos que ella; también es más soñadora, y está leyendo la revista Glamour.
El pequeño, George, tiene un flequillo que le llega hasta las cejas, los ojos azules de su padre y la complexión robusta de su madre. Lápiz en mano, está corrigiendo el manuscrito de un libro infantil escrito por un vecino de los Merriwether que ya ha dedicado un libro «a mi meticuloso crítico, G. M.».
El doctor Merriwether siente allí una seguridad ancestral. Se está bebiendo un chablis del estado de Nueva York mientras lee Cimbelino, obra esta que no había vuelto a abrir desde una asignatura de la carrera sobre Shakespeare, unos veinticinco años atrás. El lenguaje complicado y mágico, junto con el vino suave, enriquece la calma. El salón, los chisporroteos del fuego, los minúsculos tintineos y repiqueteos que llegan de la cocina al preparar la cena, y la belleza y seriedad momentánea de sus hijos diluyen la ansiedad que lleva meses atenazándolo. La obra es una tremenda mezcla de extrañeza, precisión, contundencia y circunspección. Trata de la piedra angular de la ética: «La realización de uno mismo pasa por la abnegación». «Quien falta a la costumbre falta a todo1», lee. «Pero ¿es cierto?», se pregunta Merriwether. Aquel salón, más lleno de costumbre que de vida, contiene, como un espécimen de microscopio, su propia falta.
«El salón es para el anochecer», decía la tía Aggie Tipton. También la tía Aggie faltó a la costumbre. Vivió treinta años sin casarse con el señor Louden Stonesifer. Aún hay restos de cables, altavoces, timbres y luces de colores adornando la casa; Aggie y él los instalaron para poder comunicarse sin palabras. (Nunca se sabía cuándo te podía dar un infarto y dejarte sin habla).
«Los Merriwether nunca sintieron la necesidad de participar en el producto interior bruto. Ni de dorarle la píldora a la moralidad provinciana», decía la tía Aggie. Con esas ostentosas máximas apoyaba su falta a la vida burguesa de Cambridge; aunque a su sobrino le daba la impresión de que hasta cierto punto tanteaba los límites de la excentricidad permitida.
«Confiad en mí. Dejadme. Solamente me robaré a mí mismo», lee en Cimbelino. Si consiguiese que sus hijos lo comprendiesen. Aun mientras piensa: «Estoy en paz, feliz, este es un bonito momento», es consciente de que dentro de cuatro o cinco horas estará en algún lugar de la planta baja donde no puedan oírlo, llamando a la causa de su falta, Cynthia Ryder, una joven por la que está casi dispuesto a abandonar las miles de fórmulas que componen este hermoso momento humano.
«Amor», piensa el doctor Merriwether. Cuántos millares de sentimientos escondía aquella palabra famosa y petrificada, el origen de tanta historia y desorden.
Cuando imparte la asignatura de Introducción a la Fisiología, comienza la clase del siguiente modo:
—Hoy, señoras y señores, vamos a hablar de amor. Es decir, de la distensión de los senos venosos como respuesta a las señales enviadas a través del tercer y cuarto segmento sacro de la médula espinal y del nervio pudendo interno hasta el isquiocavernoso y, además, de las olas propulsivas de contracción en las capas suaves de músculos del conducto deferente, en la vesícula seminal, la próstata y los músculos estriados del perineo que se encargan de la expulsión del semen.
Su seriedad no suscita risas indulgentes con el ingenio pedagógico. Si quiere risas, dirá: «Eso, caballeros, y tal vez damas, es lo que los agita en sus camas. Solos o acompañados».
Sin embargo, normalmente explora problemas entre la mente y el cuerpo, filtros sensoriales periféricos, lesiones de columna, la hinchazón y compresión de las membranas de mielina, así como la fragmentación y desaparición de los cilindros axiales. Pero, en tanto que docente meticuloso, no olvida el amor. (Para los que no tienen la especialidad, es importante aliviar la complejidad técnica con consideraciones más manejables). Cita una definición de John Locke:
—«Cualquiera que reflexione sobre la idea de deleite que un elemento ausente o presente puede provocar en él concibe la idea del amor». Si hay algún filósofo entre ustedes, quizá advierta la distinción entre «deleite», «idea de deleite» y «reflexión sobre la idea de deleite». Creo que después los analistas simplificaron dicho esquema. Freud, por ejemplo, considera el amor una psicosis moderada.
O, si no, el doctor Merriwether varía sus alusiones ornamentales y habla de «los fisiólogos aficionados del amor, como Balzac, Maine de Biran, Rémy de Gourmont y Stendhal. Sospecho que la capacidad de análisis francesa se revela más en su literatura que en su ciencia». En la misma clase magistral saca a relucir la tesis de Sarah sobre el amor cortés. Aquellos mapas aproximados del sentimiento presentaban escasísima correspondencia con los fisiológicos; sin embargo, sin el nervio pudendo interno, la invención del amor no habría suavizado la ferocidad de la vida occidental en el medievo. Sarah argumentaba que el renacimiento de la mujer arrancaba en aquella desviación de la guerra hacia el amor. (Ahora ella realizaba el trayecto inverso).
En aquellos días lo había cautivado el trabajo de Sarah. Cuando ella terminó los capítulos de su tesis, se los leyó a él. ¿Cómo había aprendido tanto aquella personita enérgica y robusta con cabeza de camafeo? Provenzal, francés antiguo, español. Su ronca vocecilla dejaba escapar aquellos hermosos sonidos de pájaro. Era una voz de Dietrich sin la sexualidad parodiada, que en aquel tocón de muchacha resultaba encantadora.
Él le explicó a su vez sus trabajos. Los ojos de perla negra se iluminaron de entusiasmo: ojalá hubiese estudiado ciencia para poder seguirlo de verdad. ¿Cuánto tardaron en darse cuenta ambos de que no solo no lo seguía sino de que se aburría como una ostra? Sarah abrió una puerta en su interior de la que salió una señoritinga muy dura. La señoritinga dijo: «Hasta aquí hemos llegado. No soy un felpudo. Y tú no eres Einstein». Venus con armadura. Una nueva Sarah que corregía a todo el mundo, que le daba la charla a todo el mundo. Cuando a Priscilla le dio por la poesía francesa, Sarah cogió su tesis y empezó a difundir la palabra de Radcliffe.
—The Spirit of Romance no es un libro serio, cariño. Pound era entusiasta y tenía talento, pero no sabía NADA. Se compró una crestomatía y ya pensaba que era culto.
En provenzal, Sarah siempre daba en el blanco; al menos no había nadie alrededor para calificarla. Luego pasaba a la política: nada de «papillas liberales» para ella, por favor; Cambridge era un hervidero de viciosos cabezas huecas, ¿qué sabrían ellos de cómo llevar el mundo? Ella estaba con Bill Buckley (que había salido con su prima cuando estaba en Yale), que prefería que dirigiesen el país las primeras treinta personas de la guía telefónica de Boston que la Facultad de Harvard. Albie sacó la guía.
—Limpiezas Triple A, Emisiones Aamco, Felicia R. Aabse. Suena genial, mamá. ¿A quién ves tú para el Ministerio de Defensa, a Felicia o a los de las limpiezas?
Sarah llevaba meses especializándose en los movimientos de su marido. Clasificaba sus gestos, comprobaba sus facturas, tomaba nota del traje nuevo, de las corbatas más brillantes, de las nuevas capas del peinado. Hacía quince años que Merriwether no pasaba tanto rato «en el laboratorio». Había una nueva fluidez en su forma de hablar y de vestir, y sin embargo hacía tiempo que él había dejado de pedirle lo que hace aún más tiempo ella empezó a negarle.
Sarah usaba a Albie como arma y fortaleza. Albie, indolente y encantador, aceptaba el flirteo de su madre junto con sus cheques. En sus momentos más crudos, su padre es una táctica conversacional, un telón de fondo para la vaguería. «Papá lo pasa todo por el tubo de ensayo. Hay más cosas en la vida». Lo que hay en su mayor parte es sueño, touchrugby, libros de Burke y la National Review. Sarah le tomaba el pulso al disgusto silencioso de Merriwether.
—No es para nada aconsejable atosigar a Albie.
—¿Atosigar?
—Se da cuenta de la cara que pones cuando se acuesta tarde.
—Si está acostado no puede verla.
—¿Quieres un debate o que te digan la verdad?
—Sois vosotros los que estáis en posesión de la verdad, Sarah. Pero lo cierto es que Albie es más feliz en horizontal que en vertical.
—Pues tú estarás bien en vertical, pero a él no lo engañas.
—Estoy en vertical porque tú no me quieres de ninguna otra manera.
Sus ojos negros arden en el rostro pálido. Enfadada se la ve menos regordeta, casi como el camafeo blanco que le había parecido tan hermoso.
—No soy una puta legal.
Cuando volvió de pasar el verano en Francia, se lo contó.
—Pues claro que hay otra persona, Sarah. No soy un cactus. No aguantaba más sin relaciones íntimas. No me quedaba otra.
Evitó decir: «No me has dejado otra». Parte de su miedo y su culpa se habían convertido en lástima. Aun a sus propios ojos, Sarah a menudo parecía la víctima. A pesar de lo dura que era la vida juntos, la piedad le permitía preocuparse por ella. Había sido tan decente. Era básicamente —significase los que significase aquella palabra (con el tiempo aprendería que había infinitas «cosas básicas» de Sarah y de sí mismo)— decente. Pero aquella mujer que casi nunca había mentido ni engañado y que casi lo más grave que había hecho en su vida había sido no decir toda la verdad ahora se metía en sus archivos, leía su correo y escuchaba sus conversaciones telefónicas.
—¿Te crees que no lo sé? —dijo.
A sus ojos, los vecinos de Cambridge estaban tan sedientos de cotilleo como los iowanos. (Más aún; la fluidez pasiva era un acicate). La propia Sarah cotilleaba poco. Pero desde hacía años llevaba un registro interno de las debilidades de su marido; cada año la ampliaba, cada libro que leía le proporcionaba material nuevo. La doble hélice, libro del encantador Jim Watson sobre genética y turismo, fue un hallazgo para ella.
—Nunca tuviste el espíritu libre de Jim. Eres un muermo; vas al laboratorio como un contable a sus cuentas. Sin vitalidad, sin chispa creativa. —Y además carecía de la tenacidad de Jim—. No te veo apeándote de un tren a toda prisa para ir a una librería para empaparte de algo, como hizo él con el Chemical Bonds de Pauling en Heffer’s.
—Blackwell’s.
—Sí, un muermo pedante. Tú te acordarías de que habías quedado para jugar al tenis o para almorzar o llevar a alguna de tus amiguitas al cine.
En aquel entonces no tenía ninguna amiguita. ¿Eso era lo que hacían los muermos? Lo describía como Jim se describía a sí mismo. Y sin embargo conseguía minar su confianza en sí mismo, como podría conseguir cualquier cosa cuando lo veía todo negro. El último descubrimiento de Sarah era Lévi-Strauss.
—Eres un bricoleur —continuó, acusándolo por encima de los copos de maíz que insistía en comprar a pesar de las charlas que le daba él sobre los desayunos proteínicos—. Un coleccionista de basura mental. Tu vida está hecha a base de restos. No planeas, no tienes perspectiva por ti mismo. Posees la mente de un hombre primitivo. —Merriwether pensó vagamente que Lévi-Strauss había desarmado la idea del humano primitivo, pero como conocía las alegrías de dar una perorata, esperó a que terminase—. Está clarísimo por qué no eres un científico importante.
Las mujeres, pensó el doctor Merriwether, habían pasado por momentos difíciles, sobre todo las mujeres que crecieron entre los años veinte y los años sesenta; olían una libertad nueva en el aire, veían que las mujeres jóvenes la disfrutaban, y sin embargo sentían que ellas no estaban preparadas. Aun en el plano académico, a las chicas de Nueva Inglaterra como Sarah se las había educado para ser atractivas y soñadoras. Si estaban casi satisfechas, sentían que no deberían estarlo. Como los nuevos negros de los sesenta —aunque la experiencia de Merriwether al respecto era casi toda de segunda mano—, achacaban todos los dolores a la misma herida conspicua, eran de una u otra manera porque eran mujeres, ser mujer era una desgracia, una desgracia infligida, y quién la infligía sino los hombres, y qué hombre en particular sino el marido, o, al menos, el marido al que una ya no quería, es decir, el hombre que ya no las quería. Esa era la progresión, y las mujeres con inteligencia y educación se dedicaban sobre todo a sufrir, a quejarse, a ser activistas, a cotillear, a odiar y corromper o a liberar a las demás. Merriwether temía por sus hijas. Sarah no se daba cuenta del odio que destilaba su voz, pero la hostilidad se colaba gota a gota en las cabezas de los niños. Pobre Sarah, sí, pero también, sí, maldita Sarah, maldito su egoísmo ciego, maldita su santurronería y maldito su odio.
Fue un verano extraño y liberador para el doctor Merriwether. Pasaba solo la mayor parte del día. Sarah se había llevado a los niños a la casa de verano de sus padres en Duck Isle, en Maine. Él se quedó en Cambridge, vagando por el laboratorio. No estaba casi ninguno de sus amigos. Tres tardes a la semana desempolvaba su licencia médica y realizaba sus quehaceres de doctor para los alumnos del curso de verano en el centro de salud de Holyoke.
Se pasó un mes comiendo casi siempre solo, desayunando en un taburete del Zum-Zum —rollos de beicon a la plancha con mermelada de fresa y zumo de naranja, desayuno que resultaba de lo más tonificante tras el invierno de cilindros congelados de Minute Maid, las dos tazas de café y el New York Times—, almorzando en la cafetería de la universidad, a veces con algún compañero, y cenando en el Wirthaus, donde le daban todas las noches la misma mesa, justo detrás de un coreano menudo y glotón que engullía cenas de nueve platos. («¿Dónde meterá todo eso?», se preguntaba). La primera semana dio con un excelente Graves dorado. Se bebía cada noche casi una botella entera. La camarera le indicaba las especialidades. No era desagradable. Alentado por los millares de comidas en familia y con amigos, no sentía la vergüenza propia de los solteros por comer en solitario, y no le importaba comer en silencio.
Tras la cena, caminaba por las abarrotadas y asombrosas calles de verano en dirección a la casa silenciosa, donde veía alguna película en la televisión o leía libros que no había vuelto a tocar desde su juventud literaria: Dante, Montaigne, Shakespeare.
Merriwether, un escéptico sempiterno que vivía en un océano de escepticismo, necesitaba algo más aquel verano. El calor de Cambridge, pantanoso, íntimo, casi visible, absorbía la energía que casi todos los veranos lo llevaba al cobertizo buscando el bote de remos, o lo empujaba a correr en chándal junto al río. De vez en cuando jugaba al tenis con su compañero Davison, pero aquella energía que durante años había empleado, al menos parcialmente, en gran número de deportes de competición (incluso remar en solitario era una competición para él: remaba contra las arterias obstruidas, contra el reloj) se volvió hacia el interior. «Ya era hora», pensó él. «Pero ¿dónde emplearla?».
Aquel verano, día tras día, las noticias de las muertes que aparecían en las páginas necrológicas del Times le oprimían el corazón. Pocas veces se trataba de muertes de gente a quien conociese en persona; no obstante, lo conmovían profundamente. Personas que eran estrellas fijas en su cosmos de expectativas dejaban de repente de existir. Uno tras otro, día tras día: Walter Gropius (a quien durante años se había encontrado por el Harvard Yard); Red Rolfe, jugador de béisbol que había sido el héroe de su infancia; el senador Dirksen; Ho Chi Minh; otro grande de la Bauhaus, Mies van der Rohe. Había muchas muertes de Harvard: Woody Woodworth (que le había dado una asignatura sobre sonatas), Lem Cleveland, Bob McCloskey. Casi todas las necrológicas contenían una pérdida para él. Era como si estuviese recibiendo fragmento a fragmento un mensaje desgarrador.
En contraste con tan pavorosa merma, surgía el torrente de la calle, los —¿cómo llamarlos?— muchachos, los jóvenes, chicas, chicos, los hippies, los raros, los drogatas, las bellezas y fealdades transfiguradas de todo el mundo en cualquier grado de vestimenta y desnudez. Había budistas tonsurados con saris color azafrán, que repiqueteaban campanillas y cantaban Hare Krishna en paseos de un cuarto de hora atravesando multitudes; cheroquis rubios con flecos, plumas y pinturas aporreando tambores y tocando la flauta en Forbes Plaza; había menonitas púberes, cuáqueros de la rama shakers con gorras inglesas, indigentes, estibadores angélicos, misesde Georgia con pamelas, Ángeles del Infierno con chupas de cuero. La Juventud Internacional, con más especímenes que bichos en un granero, a pecho descubierto, a pierna descubierta, descalzos, paseando, renqueando, bailando, corriendo, apoyada contra las columnas de los almacenes Coop, sentada en los bancos de las isletas de los medios de transporte mientras Lenins de cabeza rizada vendían a gritos periódicos «subversivos». Un museo viviente de los desposeídos poseídos de sí mismos.
«¿De qué va todo esto?», se asombraba el doctor Merriwether mientras caminaba absorto hacia la clase, el laboratorio, su casa o el centro de salud de Holyoke. ¿Por qué esta desesperada necesidad de parecer especial? ¿Es tan difícil ya ser uno más? ¿Por qué tanto ruido? ¿Por qué exigíamos tantísimo de los demás? ¿Era porque había tanta expresión en el mundo que uno se veía obligado a ir más allá, y aún más allá, para poder pensar siquiera en sí mismo como persona? Cuánto lo deseaba, cuánto lo deseaba.
El pobre Merriwether no era capaz ni de mencionar una necesidad tan simple, tan fisiológica; se limitaba a apretar los labios mientras contemplaba las piernas desnudas de las muchachas en las librerías, los pechos bamboleantes, las barrigas al aire, y luego se iba a casa a desentrañar el significado de todo aquello.
«La verdad cae como un rayo». Leyó ese fragmento aforístico en medio del río Charles, con sus brazos suaves apoyados en la caña del remo, sujetando una antología de bolsillo de poesía griega. Era la única mañana que pasó en el río aquel verano. Se había detenido a recuperar el resuello y hurgar entre los antiguos. Pero, aunque estaba listo, la Verdad con «v» mayúscula no cayó.
Cuatro o incluso cinco mañanas a la semana trabajaba en el laboratorio. Sobre todo, a causa de la vieja disciplina, que había empezado a considerar otro pilar de costumbre. («Las costumbres te conducen a lo largo de la vida, no a su núcleo»). Llevaba dos años sin publicar ningún artículo, y al menos cuatro o cinco sin emprender ningún proyecto que lo fascinase. Y sin embargo la investigación había sido casi el centro de su vida.
Había comenzado estudiando la sed: era dipsologista. «Un nombre gracioso para un objetivo serio», les dijo a sus estudiantes licenciados. Como todos los impulsos llamados instintivos, la sed era un complejo aglomerado de química y mentalidad. El doctor Merriwether había investigado su relación con la lactancia, las hemorragias, las drogas (atropina, epinefrina, óxidos metálicos, opio), las radiaciones de rayos X, la congestión de la vena cava inferior, las mordeduras de serpiente, la salinidad, el miedo, varios tipos de esfuerzos (incluida la cópula), la capacidad de sugestión y los sueños. En veintiún años posdoctorales había publicado casi cien artículos. Había creído en lo que Wolf llamó «la tríada dipsológica»: que la sed, el beber y la saciedad era un patrón vital primigenio, que la vida, suma de tropismos organizados por el «instinto» básico de supervivencia, podía considerarse como una sed gigante en sí misma. Incluso había especulado con que los cánceres, a los que él se refería en clase como «golpes de Estado citológicos», podían estudiarse usando modelos dipsológicos.
Sin embargo, no tenía los cinco sentidos puestos en su investigación. Sus ratones se debilitaban alrededor de los electrodos, anotaba la salinidad de las células carcinógenas, avistaba algunas recurrencias interesantes, pero, en esencia, se había dejado llevar.
Por supuesto, estaba haciendo otras cosas. La «manipulación» —su cláusula de protección para el pluriempleo— le ocupaba nueve horas a la semana.
Aun como médico a tiempo parcial, había visto casi de todo en el ámbito de la carne y sus desórdenes comunes, pero disfrutaba del trabajo como una forma de teatro, de sus encuentros con los estudiantes, de la habilidad o torpeza con las que estos describían las enfermedades, de los pretextos emocionales que se fingían durante el reconocimiento, y, ocasionalmente, de la sorpresa de un cuerpo.
Incluso cuando la investigación lo había tenido más absorto, al doctor Merriwether le gustaba al menos la idea de ejercer como médico. Por supuesto, estaba el placer real de aliviar el dolor, pero también algo más: había vislumbrado desde hacía mucho una relación importante entre la práctica de la medicina y la de los poetas y comadronas a quienes incluso los Merriwether de mente más comercial respetaban. Muchos poetas habían sido médicos o hijos de médicos. El doctor Merriwether suponía que dicha conexión estaba relacionada con la importancia de la crisis humana en ambos oficios. Los médicos y los poetas tenían que tratar con esencias; conocían la confusión y el misterio del sufrimiento, la desproporción entre el ser humano en tanto que complejo químico y el ser humano deshecho por la muerte.
La semana antes de que los astronautas despegasen rumbo al primer paso del hombre en la Luna, una chica turbadora pasó por la consulta de Merriwether para que la reconociese. En la evocación mágica de ciertas épocas tenía un nombre lunar, Cynthia. Y se apellidaba Ryder.
El doctor Merriwether se levantaba cada vez que entraba alguien, una antigua cortesía que aprendió pronto, pero que a muchos pacientes les impresionaba, incluso a los que, como él, habían crecido en medio de rituales y formalidades. La señorita Ryder tenía el pelo dorado pero una piel oscura casi de india; era esbelta pero llena, alta, con ojos marrones y un leve prognatismo. El pelo le caía como una cascada hasta la vértebra torácica superior y su carne morena emergía de una corola de un amarillo desvaído. Un girasol humano.
—¿Cómo está? Es usted la señorita Ryder, ¿no es así? —preguntó el doctor Merriwether.
—Sí, señor.
—¿Se encuentra mal?
—No, señor.
Tercer cajón, pensó. La píldora.
—Pero ¿quiere hablar con un médico?
—Necesito una receta, señor.
Un acento despegado de vocales suaves, sureño, un discurso contenido por la timidez y la cortesía; un placer para Merriwether, cuyo discurso poseía unas «aes» casi bostonianas y otros toques de Nueva Inglaterra, derivados quizá de la boca rígida y su reserva escéptica, residuo de generaciones de meticulosidades legales y teológicas. O, quizá, del estreñimiento endémico de Nueva Inglaterra, del retenerse lo más posible antes de salir a la letrina helada.
—Por favor, siéntese. —La falda amarilla subió, ocultando a duras penas la parte de su anatomía que requería receta—. Como bien sabrá, un médico no puede recetar nada sin reconocer primero.
—Sí, señor. Necesito una receta para la píldora anticonceptiva.
—¿Se la han recetado antes?
—En la universidad, pero no la renové la última vez. Pensé que me la darían aquí, en el Departamento de Salud para estudiantes.
—¿Se ha hecho alguna citología últimamente?
—En abril.
—Normalmente intentamos informar un poco sobre los anticonceptivos químicos.
—Lo sé, señor. Me han informado alguna vez.
—Perfecto. ¿Ha notado algo raro desde que los toma?
—Me parece que me ha crecido el pecho.
Una sonrisa maravillosa, lenta, y un rostro con unos finos paréntesis grabados junto a los labios: una sonrisa inteligente y con humor.
—Si echas a la naturaleza por la puerta, se meterá por la ventana —comentó el doctor Merriwether. La sonrisa de la señorita Ryder se convirtió en risa y su rostro exhibió unas hermosas arrugas. Tenía una cara inteligente—. Para muchas chicas es como ponerse a dieta y ayunar a la vez. Se dicen una cantidad terrible de absurdos acerca de los efectos secundarios de la píldora. Algunos son graves, pero los investigadores tienden a meterles a los ratones dosis que constituyen una décima parte de su cuerpo, a registrar las desgracias subsiguientes, y luego a ondear banderas rojas. Para el Reader’s Digest. Se puede matar a una persona con agua haciendo esos experimentos. Mi opinión personal es que los efectos secundarios principales tienen que ver con la nueva organización que introduce. Según las píldoras van dejando el pastillero, la gente planea sus cambios psicológicos mensuales.
Dirigió la charla a los tubos de piedra trasquilados del Memorial Hall. Volvió la vista a la señorita Ryder. O al menos al vestido amarillo que se levantaba sobre aquel bonito cuerpo mesomorfo y los pechos sin sujetador, de pezones llenos y marcados, aislados en blanco gracias a las sesiones de bronceado en biquini. Había visto muchos cuerpos de muchacha y estaba habituado incluso a sus sorpresas. La belleza podía brotar de lo que había aparentado ser pura adiposidad; una esbelta virgen podía bullir de veneno dérmico; otra, al desvestirse, podía descubrir un monumento venéreo, tan generoso y cálido que se viera obligado a llenar de contención sus manos al plantarlas en el pecho y la espalda.
—Veo que no tiene tiempo que perder, señorita Ryder. Creo que no me tomaré hoy la molestia de reconocerla. Ni siquiera le preguntaré por su estado emocional. No se chive de mí.
Y se apartó del posible ofrecimiento, posible exhibición, para escribir la receta.
El vestido estaba en un brazo. Volvió a ocupar su lugar, el pelo dorado desapareció, y, al reaparecer, fue echado a un lado. La cabeza alargada de aspecto indio se alzó, se arqueó y se irguió, con gestos atléticos.
—Gracias, doctor. Es usted muy amable.
—Espero que todo le vaya bien, señorita Ryder.
—Así será. Gracias. Por todo.
El libro de Wolf sobre la sed tenía un epígrafe de los Salmos: «Como un tiesto se secó mi vigor; y mi lengua se pegó al paladar; y me has puesto en el polvo de la muerte2».
Tras la partida de la señorita Ryder, el doctor Merriwether sintió algo de agitación en su propio cuerpo. «Idiota de mí», pensó. Sus ojos se encontraron consigo mismo en el pequeño espejo que había sobre el lavabo. Para un hombre de cuarenta, su cara apenas tenía arrugas. ¿Sería aquella suavidad un signo de trivialidad emocional? ¿No deberían cuarenta años de nieve y sol de Nueva Inglaterra haber curtido la piel contra los huesos? ¿Qué había evitado? También su pelo era el de un hombre más joven, de un dorado oscuro, con vetas plateadas. Los ojos, azules verdosos, eran más bien pequeños.
Un rostro alargado, corriente, de ojos azules. Que le hacía parecer más joven. ¿Había quedado en reserva para comprometerse con una cosecha posterior de rostros? ¿Como si se le concediera una segunda prueba humana?
La vida del doctor Merriwether estaba rodeada, si no llena, de mujeres. Era un marido distante y formal, un padre cariñoso y distante con sus dos hijas. En cuanto a las ayudantes de laboratorio y las estudiantes posgraduadas, apenas era consciente de ellas si no era por la amable ayuda que le prestaban. Muchas mujeres sentían que su posición dependía de adoptar un estilo masculino, el cual implicaba brusquedad, pelo corto, calcetines blancos, zapatos bajos y poco o ningún maquillaje. Sin problema. A ninguna mujer se le despreciaba tanto allí como a la ocasional estudiante que exhibía sus características sexuales secundarias. (El axioma oculto era «No ensucies tu nido profesional»). A pesar de que el movimiento feminista había empezado a llegar a los laboratorios biológicos, iba despacio, quizá porque allí se daba una mayor conciencia del complejo espectro de la sexualidad, del centenar de componentes de las diferencias sexuales.
En cuanto a las mujeres que conocía en su profesión, quedaban claramente fuera del campo emocional. Hasta los médicos a tiempo parcial conocen el peligro que entrañan las invitaciones sexuales de las pacientes. El acto de desvestirse convierte a muchas mujeres en vampiresas. La rapidez al desvestirse de la señorita Ryder había sido una variación familiar. Y, sin embargo, había ido acompañada de un resplandor que se marchó con ella. El doctor Merriwether deseó que el día hubiese acabado entonces.
Quedaba otra hora, una costilla fracturada, un caso de ictericia —que se apresuró a internar en el hospital— y otro tercer cajón, una muchacha gorda e hipomaniaca de Davenport (Iowa), que había descubierto su potencial sexual en el nefasto Seminario de Relaciones Interpersonales que se impartía en el William James Hall. El doctor Merriwether creyó comprender que la rutina incluía LSD los días de diario y masajes de pene los fines de semana.
—¿Está dispuesta a afrontar las consecuencias emocionales de este grave paso, señorita Wongerman?
—Por supuesto.
—Pues buena suerte.
Y que Dios tuviese piedad del ambicioso que probase aquellas cañadas dignas de los Alpes.
Vio dos veces más a la señorita Ryder antes de darse cuenta de que aquello ocurría porque ella quería que la viese. Estaba de pie con un gran sombrero de paja adornado con flores azules y doradas delante del viejo Wadsworth House, enfrente del Forbes Plaza. Llevaba vaqueros azules y una blusa floreada, y se estaba comiendo un cucurucho de helado. A lo mejor estaba esperando el autobús.
La tercera vez que la vio, ella lo saludó. Si lo había saludado las primeras veces, él no se había dado cuenta. (Aunque quién sabe. Stu Benson había descubierto que la actividad de cortejo continuaba en el gato decorticado sin que se observase alteración alguna). En cualquier caso, en aquella ocasión la vio y, en lugar de girar a la izquierda y cruzar la calle en la esquina de Billings y Stover Street, cruzó hacia ella.
—Hola.
—Hola, doctor. ¿Cómo está?
Con aquel ligero acento del sur, el menos cincelado de los acentos americanos, aunque en boca de la señorita Ryder sonaba excepcionalmente claro. Él se llevó la mano izquierda a la muñeca derecha como tomándose el pulso.
—Parece que bien.
—¿Quiere un lengüetazo?
Seco como el polvo, Merriwether dio un lengüetazo.
—Gracias.
—¿Va a operar?
—Voy a ducharme y a jugar al tenis.
—¿Puedo ir caminando con usted?
—Encantado de que me acompañe, señorita Ryder. Estoy solo este verano.
Aquel pequeño exceso quedó suspendido entre ellos un momento.
A pesar de que su casa se hallaba cerca de la plaza, quedaba solo a la vista de los iniciados de Cambridge. Una vez pasado el Loeb Theater, Cynthia Ryder se halló en territorio desconocido. La quietud rural de Ash Street y el romántico musgo viejo de Cambridge los rodeaban.
El tío del doctor Merriwether, Griswold Tipton, había sido profesor de Geología, alumno y sucesor de Alexander Agassiz, hijo del gran Louis. Murió en la casa de Acorn Street que había construido. Cuando el hijo de la tía Aggie, Griswold III, murió en la isla de Guadalcanal durante la Segunda Guerra Mundial, Merriwether, que para entonces no había terminado la universidad, se marchó de Eliot House para mudarse con su tía viuda, en parte como cuidador, en parte como compañía. La instalación que realizó el señor Stonesifer en el tercer piso lo alivió de ambas tareas. Para entonces ya se había graduado y se pasaba la mayor parte del tiempo en los laboratorios. En 1950 se casó con Sarah Wainwright, licenciada en Lenguas Romances. Se mudaron a un apartamento de Ellery Street. Cuando la tía Aggie murió en 1954 —dejándole la casa— se mudaron allí con Albie, que tenía tres años, y Priscilla, que tenía uno. (El señor Stonesifer desmontó sus juguetes eléctricos y se marchó a New Hampshire).
Acorn Street se componía de once casas, y cada una de sus ventanas formaba parte del paisaje interior del doctor Merriwether. Los vecinos lo conocían, conocían su paso, su ropa, sus costumbres. Cuando el Times mencionó su elección en la Academia Nacional de Artes y Ciencias, lo felicitaron. Podía pedir prestados los cortacéspedes en aquellas casas, quizá incluso dinero —aunque no había necesidad real de ello—. Las casas eran su escenario, algo constante en su vida. Al caminar por allí con una belleza veinteañera, la familiaridad se convirtió en acusación.
Merriwether hablaba con rapidez, luchando contra la puerilidad de sus sentimientos. Le habló a la señorita Ryder de las casas y sus propietarios. Aquel verano la calle era un centro contra la actividad de la ABM, la Liga de Misiles Antibalísticos. Sus vecinos, George Bowen y Warren Defries, habían testificado en Washington acerca de lo caro e inútil que resultaba el sistema; se oponían a los argumentos de los amantes de las armas en la sección destinada a cartas de los lectores del Times; por la noche, mientras paseaban a los perros, se encontraban bajo las acacias para discutir sobre los anillos interceptores, el reconocimiento de patrones, el megatonaje y los costes de almacenamiento. Defries, enorme y bulboso como un globo de desfile, prácticamente le sacaba la cabeza al pequeño Bowen, que encendía un cigarro con la colilla del otro.
Parecía que estuviera armándolo caballero, pero se limitaba a ahuyentar el humo.
La señorita Ryder preguntó qué era la ABM.
Summie.
Aquel era un término cariñosamente despectivo para los estudiantes de los cursos de verano. La señorita Ryder era summie; no pertenecía ni a Harvard ni a Radcliffe. La leyenda summie cuenta que las chicas son bonitas, ignorantes y fáciles. (Los catálogos de verano reforzaban la ficción). Al doctor Merriwether le parecía que no había ninguna diferencia entre las estudiantes de verano y las de inverno; solo que iban menos vestidas. (La verdadera promoción de Cambridge llegaba cuando diciembre desprendía la penumbra del invierno de Nueva Inglaterra).
La ignorancia de la señorita Ryder era fácilmente reparable.
—Es el acrónimo de misiles antibalísticos. No es ni un millón de veces tan importante como Macbeth. Aunque supongo que podría borrar del mapa todos sus ejemplares y a sus lectores.
—Macbeth sí lo conozco —dijo la señorita Ryder.
Estaban ante el pequeño óvalo de césped, bajo la acacia. La señorita Ryder tenía unos ojos enormes, casi negros, más redondos y penetrantes que los de Sarah. El doctor Merriwether sacó la mano y le dio las gracias por acompañarlo a casa. Ninguna sutilidad facial escondió la decepción de la señorita Ryder.
Él sintió un respingo de placer: era importante para aquella hermosa persona. Por supuesto, a los alumnos les encanta entrar en las casas de los profesores, en cualquier casa, de cualquier profesor.
—¿Puedo ir a verlo jugar al tenis?
—Si fuese bueno. O si al menos fuese graciosamente malo. Pero soy un manta. ¿Juega usted?
Un poco. Había sido campeona júnior de dobles en Carolina del Este.
—Entonces claro que no puede venir a verme. Iría en detrimento de su juego y de mi vanidad.
—Es usted un hombre muy agradable, doctor.
Se inclinó, lo besó en una boca casi desprevenida, giró sobre sus sandalias (lo cual no era fácil en absoluto) y se alejó. Un panorama imponente con sus pantalones azules de campana, el único panorama de ese tipo que se había visto en Acorn Street desde que Priscilla se fue a Maine.
El contrincante al tenis del doctor Merriwether, John Davison, era uno de esos tipos que llegan tarde a Harvard y no consiguen olvidar cómo eran las cosas en el mundo exterior. La mitad de las satisfacciones de su vida procedían de la siempre asombrada autocomplacencia de hallarse en la ciudad de Cambridge. El doctor Merriwether había visto un especial de televisión sobre la familia real de Inglaterra. Lo que lo había dejado boquiabierto era que la mayor parte de la conversación de la realeza tenía que ver con ella misma, con las historias de la reina Victoria o con la sorpresa que inspiraba el asombro ajeno ante la humanidad de los miembros de la realeza. Comparaba aquel extraño provincianismo con el de Davison.
El doctor Merriwether había «descubierto» a Davison en el Journal of Experimental Physiology. Davison, microscopista de primera fila, había desarrollado un instrumento que aclaraba rasgos con un margen de 2.000 ángstroms. Su objetivo era llegar a supervisar la cadena genética, y en aquellos momentos estaba trabajando en los factores determinantes de la hemofilia. Era un trabajo adecuado para un Lancelot científico. Algo que debería extrapolar su dignidad a todos los aspectos de la vida de un hombre. Pero no era así. Fuera del laboratorio, Davison era pueril. Sus únicas pasiones, por lo demás, eran el tenis y Harvard. Harvard era su esposa —aunque contaba con un espécimen oficial, más bien rechoncho— y sus hijos —el mundo se había quedado sin un Davison mini—. El doctor Merriwether había pensado en indagar si existía un gen responsable de la Harvard-manía. (Vendría relacionada con la estrechez de miras y la represión. Quizá Davison podría eliminarlo de cualquier Davison futuro).
Davison era calvo, delgado, más alto que Merriwether y unos cuantos años más joven. Tenía un rostro abierto y perplejo. La estupefacción parecía ser su actitud permanente. Cuando le encajaba un saque a Merriwether, o cuando había conseguido algo especialmente importante en el laboratorio, su rostro se expandía, lleno de triunfo infantil. Merriwether sentía un vacío de presencia por parte de Davison; pero aquella tarde necesitaba hablar con alguien y Davison era el único que andaba por allí.
De todos modos, había muy poca gente con quien pudiese hablar. Antes estaba Sarah, y, durante unos años, Albie y Priscilla (aunque eran principalmente Albie y Priscilla quienes hablaban). Estaba Thomas Fischer, amigo desde hacía veinte años, pero Fischer tendía a mantener la relación en el punto inicial, es decir, la del sabio maduro con su ayudante, Merriwether, divertido pero respetuoso; aquello no siempre invitaba al desahogo. Estaban también Stu Benson y Maxim Schneider, pero pasarían el verano fuera. Solo quedaba Davison.
El doctor Merriwether sometió el caso a su consideración.
—Johnny —dijo, mientras guardaban las raquetas en sus fundas—, ¿has tonteado alguna vez con una alumna?
—¿Tontear con una alumna?
—Sí.
—Intento ser completamente honesto con ellas. No sé a qué te refieres.
Le dieron ganas de decir: «Davison, amigo, ¿no has pensado nunca “Esta chica me vuelve loco”, no has pensado nunca en bajarle las bragas encima de la mesa del laboratorio?». Pero seguramente la respuesta habría sido: «¿Para qué?».
El físico Wigner había hablado de la necesidad de estudiar la variedad de la inteligencia, desde las plantas hasta Shakespeare. Había dicho que cuando hablaba con John von Neumann sentía que él estaba dormido y Neumann despierto. Poseyera un cociente intelectual alto o no, Davison estaba dormido para el mundo más allá de su microscopio.
Quizá fuese la compañía lo que los seres humanos necesitaban, más que el sexo, más que la bebida. A lo mejor las conferencias, las reuniones de facultad, las ciudades, las iglesias, incluso el sexo en sí mismo no eran más que formas de satisfacer esa necesidad. Hasta el eremita más hermético contaba con la compañía de aquellos a los que temía u odiaba, la compañía de los ausentes. En Walden, Thoreau iba a la ciudad de Concord cada pocos días, y tenía sillas dispuestas para los visitantes. La compañía era el verdadero hábitat humano. Sócrates volvió prematuramente a la cueva a causa de la soledad, no de la compasión. «¿Por qué me has abandonado?» significa «¿Por qué me has dejado solo?».
O eso pensaba Merriwether en su casa, metido en la bañera, mientras se enjabonaba el pie derecho, con la rodilla en la barbilla y el carnoso antebrazo rozándole los genitales. Luego le vino a la mente el cuerpo sin rostro del muchacho para el que se estaría preparando la señorita Ryder. ¿Para qué? ¿Un beso? Los labios unidos en medio del sempiterno perfume simbólico. Más el atisbo de un cuerpo bronceado y mesomorfo, unos cuantos centenares de palabras, la sensación que le habían dejado cincuenta rasgos y diez o doce logros (campeona de dobles júnior, estudiante, lectora de Macbeth, comedora de helados, portadora de sombreros).
Dos días más tarde miró al otro lado de Mass Avenue y, al no ver a la señorita Ryder, se le revolvió el estómago. «Conque decepción», pensó.
Pero sin raíces profundas; camino a casa llegó el olvido. «Debería ocuparme del césped». Davison no podía jugar aquel día, a lo mejor Fischer había vuelto, a lo mejor podían cenar juntos.
