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Harry Bosch y Renée Ballard trabajan juntos para atrapar a un asesino metódico y audaz Reina el caos en Hollywood en Nochevieja. Renée Ballard, detective del Departamento de Policía de Los Ángeles, recibe una llamada poco después de medianoche: el propietario de un taller de coches ha resultado mortalmente herido por una bala en medio de una fiesta callejera. Enseguida concluye que está relacionada con otro asesinato sin resolver investigado por el detective Harry Bosch. Al mismo tiempo, Ballard persigue a una perversa pareja de violadores en serie, los Hombres de Medianoche. La detective siente que va a contracorriente en un departamento de policía cambiado por la pandemia y el malestar social, por lo que busca la ayuda de Harry Bosch. Mientras trabajan juntos, deben mirar por encima del hombro constantemente. Los depredadores a los que persiguen están dispuestos a matar para mantener ocultos sus secretos.
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Seitenzahl: 495
Veröffentlichungsjahr: 2022
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A Robert Pepin,traductor al francés, editor y amigo desde el principio.Merci beaucoup, mon ami.
Estaba previsto que lloviera con ganas y eso habría amortiguado la lluvia de plomo anual. Sin embargo, el pronóstico no se cumplió. El cielo estaba muy negro, pero despejado. Y Renée Ballard se preparó para la embestida, situándose en el lado norte de la jurisdicción, al abrigo del paso elevado de Cahuenga. Habría preferido estar sola, pero iba con una compañera, y una compañera reacia, además. La detective Lisa Moore, de la Unidad de Agresiones Sexuales de la División de Hollywood, era una veterana del turno de día que lo único que quería era estar en casa con su novio. Pero en Nochevieja todos tenían que estar de servicio. Alerta táctica: todos los miembros del departamento uniformados y cumpliendo turnos de doce horas. Ballard y Moore llevaban trabajando desde las seis de la tarde y todo se había mantenido tranquilo. Pero estaban a punto de dar las doce del último día del año e iba a haber problemas. Además, los Hombres de Medianoche andaban sueltos, en algún lado. Ballard y su reticente compañera debían estar preparadas para actuar con rapidez cuando se recibiera el aviso.
—¿Tenemos que quedarnos aquí? —preguntó Moore—. No sé, mira esta gente. ¿Cómo pueden vivir así?
Ballard examinó los cobijos improvisados hechos de lonas viejas y restos de material de construcción que se alineaban a ambos lados por debajo de la autovía. Vio un par de hornillos de gas encendidos y gente que deambulaba alrededor de sus exiguos refugios. El campamento estaba tan poblado que hasta había chabolas pegadas a los retretes portátiles que el ayuntamiento había puesto en las aceras para preservar cierta apariencia de dignidad y saneamiento en la zona. Al norte del paso elevado se extendía un área residencial de apartamentos que daban a la ladera conocida como el Dell. Después de numerosas denuncias sobre personas que defecaban en las calles y los patios del barrio, el ayuntamiento acudió con los retretes portátiles. Un «esfuerzo humanitario», lo llamaron.
—Lo preguntas como si creyeras que a todos les encanta vivir debajo de un puente —dijo Ballard—. Como si tuvieran muchas opciones. ¿Adónde van a ir? El gobierno les pone retretes. Se lleva su mierda, y poco más.
—Lo que tú digas —respondió Moore—. Es una plaga, todos los putos pasos elevados de la ciudad están igual. Es tercermundista. La gente va a empezar a largarse de Los Ángeles por esto.
—La gente ya se está yendo —dijo Ballard—. Pero nosotras nos quedamos. He pasado las últimas cuatro Nocheviejas aquí y es el sitio más seguro cuando empiezan los tiros.
Después de eso se quedaron un rato en silencio. Ballard también había pensado en marcharse, tal vez para regresar a Hawái. Y no era por el problema intratable de los sintecho que atenazaba Los Ángeles. Era por todo. La ciudad, el trabajo, la vida… Había sido un mal año con la pandemia, el malestar social y la violencia. El departamento de policía había sido vilipendiado. Y ella con él. La gente a la que Ballard pensaba que defendía y protegía le había escupido, en sentido figurado y literal. Había sido una dura lección y la había imbuido de una sensación de futilidad que le había calado hasta los huesos. Necesitaba un descanso. Tal vez ir a buscar a su madre a las montañas de Maui y tratar de reconectar con ella después de tantos años.
Apartó una mano del volante y se acercó la manga a la nariz. Era la primera vez que vestía el uniforme después de las protestas. Todavía notaba el olor a gas lacrimógeno. Había llevado el uniforme a la tintorería dos veces, pero el olor había quedado impregnado de manera permanente, como un recordatorio implacable de lo que había sido el último año.
La pandemia y las protestas lo habían cambiado todo. El departamento pasó de proactivo a reactivo. Y el cambio, de alguna manera, había dejado a Ballard a la deriva. Se había encontrado más de una vez pensando en dejarlo. Hasta que llegaron los Hombres de Medianoche. Ellos le habían dado un objetivo.
Moore miró su reloj. Ballard se fijó y echó un vistazo al del salpicadero. Iba retrasado una hora, pero al sumarla vio que faltaban dos minutos para la medianoche.
—Oh, ya estamos —dijo Moore—. Mira ese tío.
Moore estaba mirando por la ventanilla a un hombre que se acercaba al coche. Estaban a quince grados, pero iba sin camisa y se aguantaba los pantalones manchados de tierra con una mano. Tampoco llevaba mascarilla. Moore tenía la ventanilla entreabierta, pero en ese momento pulsó el botón y la subió.
El sintecho dio un golpecito en la ventanilla. Lo oyeron a través del cristal.
—Eh, agentes, tengo un problema.
Estaban en el coche sin identificar de Ballard, pero ella había puesto las luces estroboscópicas al aparcar en la mediana, debajo del paso elevado. Además, las dos iban de uniforme.
—Señor, no puedo hablar con usted si no lleva mascarilla —dijo Moore en voz alta—. Póngase una.
—Pero me han robado —dijo el hombre—. Ese hijoputa se ha llevado mis cosas mientras dormía.
—Señor, no puedo ayudarle hasta que se ponga mascarilla —insistió Moore.
—No tengo una puta mascarilla —soltó el hombre.
—Entonces, lo siento, señor —dijo ella—. Sin mascarilla no respondo.
El hombre llamó a la ventanilla golpeando con el puño el cristal delante de la cara de Moore. Ella se echó atrás, pese a que no había sido un puñetazo que pretendiera romper el cristal.
—Señor, aléjese del coche —ordenó Moore.
—Que os den.
—Señor, si tengo que salir, va a ir al calabozo —dijo Moore—. Si no tiene coronavirus ahora, lo va a pillar allí. ¿Es eso lo que quiere?
El hombre empezó a alejarse.
—Que os den —repitió—. Puta policía.
—Como si no lo hubiera oído nunca —dijo Moore.
Miró su reloj otra vez, y Ballard se fijó de nuevo en el salpicadero. Era el último minuto de 2020, y Moore y la mayoría de la gente de la ciudad y del mundo estaban deseando que el año terminara de una vez.
—Joder, ¿no podemos ir a otro sitio? —se quejó Moore.
—Demasiado tarde —dijo Ballard—. Te he dicho que estamos más seguras aquí.
—No de esta gente.
Era como una bolsa de palomitas en un microondas. Unos pocos estallidos durante la cuenta final del año y luego una andanada en la que la frecuencia de los disparos hacía imposible separarlos en descargas individuales. Una sinfonía de tiros. Durante al menos cinco minutos, hubo una descarga ininterrumpida cuando los que festejaban el Año Nuevo dispararon al aire siguiendo una tradición de décadas en Los Ángeles.
No importaba que todo lo que sube tiene que bajar. Cada año empezaba con riesgo en Los Ángeles.
A los disparos, por supuesto, se unían fuegos artificiales y petardos legales, creando un sonido muy característico de la ciudad y tan consistente a lo largo de los años como el cambio del calendario. En la reunión de brigada, las apuestas de pasa o falta sobre llamadas relacionadas con la lluvia de plomo se habían fijado en dieciocho. La gran mayoría de las víctimas serían parabrisas de vehículos, aunque el año anterior a Ballard la habían llamado por un caso en el cual una bala atravesó una claraboya e impactó en el hombro de una estríper que estaba bailando en el escenario. La bala ni siquiera le atravesó la piel, pero un trozo afilado del cristal de la claraboya le hizo una raya nueva en el pelo a un cliente sentado cerca de ella. El cliente decidió no denunciar, porque eso habría revelado que no estaba en el sitio donde le había dicho a su familia que estaría.
Fuera cual fuese el número de llamadas, las patrullas se encargarían de la mayor parte, a menos que se requiriera un detective. Ballard y Moore estaban básicamente esperando una única llamada: los Hombres de Medianoche. Era una realidad dolorosa, pero en ocasiones necesitabas que los depredadores actuaran otra vez con la esperanza de que un error o un nuevo indicio condujera a una solución.
Los Hombres de Medianoche era el alias no oficial que Ballard había puesto a dos violadores que habían agredido a dos mujeres en un lapso de cinco semanas. Ambas agresiones se habían producido en noches festivas: Acción de Gracias y Nochebuena. Los casos se relacionaban por el modus operandi, no por el ADN, porque los Hombres de Medianoche eran muy cuidadosos para no dejar rastros de ADN. Cada agresión se había iniciado poco después de la medianoche y se había prolongado hasta cuatro horas, durante las cuales los depredadores agredieron por turnos a las mujeres en su propia cama y terminaron la tortura cortando un buen mechón de pelo a cada víctima con el mismo cuchillo que habían mantenido pegado a su garganta durante la aterradora experiencia. Las agresiones incluyeron otras humillaciones que ayudaban a vincular los casos más allá de la rareza de dos violadores actuando en equipo.
Ballard, que era la detective del tercer turno, había sido quien había respondido en ambos casos. Luego se los había entregado a los detectives del turno de día de la Unidad de Agresiones Sexuales de la División de Hollywood. Lisa Moore era una de los tres componentes. Como Ballard estaba de turno cuando se produjeron las agresiones, la añadieron informalmente al equipo.
En el pasado, una pareja de violadores en serie habría atraído inmediatamente la atención de la Unidad de Delitos Sexuales que trabajaba en el Edificio de Administración de Policía del centro de la ciudad como parte de la selecta División de Robos y Homicidios. Sin embargo, los recortes municipales en la financiación de la policía habían provocado la disolución de la unidad, y desde entonces eran las brigadas de detectives de la división las que se ocupaban de los casos de agresión sexual. Era un ejemplo de que las protestas que exigían la desfinanciación del departamento de policía habían logrado su objetivo de manera indirecta. Los políticos del ayuntamiento habían rechazado la desfinanciación, pero el departamento de policía había consumido su presupuesto al ocuparse de las protestas que siguieron a la muerte de George Floyd a manos de la policía en Mineápolis. Después de semanas de alerta táctica y costes asociados, el departamento se había quedado sin dinero, y el resultado fue una congelación de las contrataciones, la disolución de unidades y el fin de varios programas. En la práctica, se había retirado la financiación de varias áreas claves del departamento.
Lisa Moore era un ejemplo perfecto de que todo eso conducía a una degradación en el servicio a la comunidad. En lugar de que se ocupara una unidad especializada con muchos recursos, así como detectives que disponían de más formación y experiencia en investigaciones de casos en serie, la investigación de los Hombres de Medianoche había ido a parar al equipo de agresiones sexuales de la División de Hollywood, que tenía exceso de trabajo, falta de personal y la responsabilidad de investigar todas las violaciones, intentos de violación, agresiones, manoseos, exposiciones indecentes y acusaciones de pedofilia en un área geográfica amplia y densamente poblada. Y Moore, como muchos en el departamento después de las protestas, buscaba hacer lo menos posible entre ese momento y el día de su jubilación, por lejano que estuviera. Consideraba el caso de los Hombres de Medianoche una pérdida de tiempo que la privaba de su existencia habitual de ocho a cuatro, donde cumplía diligentemente con tareas burocráticas la primera mitad del día y después llevaba a cabo un mínimo de trabajo de investigación, y salía de la comisaría solo si no había manera de hacer el trabajo por medio del teléfono y el ordenador. Que le asignaran trabajar en el turno de noche con Ballard durante la Nochevieja le pareció un inconveniente y un gran insulto. Para Ballard, la otra cara de la moneda era una oportunidad para acercarse a detener a dos depredadores que andaban sueltos haciendo daño a mujeres.
—¿Qué sabes de la vacuna? —preguntó Moore.
Ballard negó con la cabeza.
—Probablemente lo mismo que tú —dijo—. El mes que viene, puede ser.
Moore negó con la cabeza.
—Capullos —dijo—. Joder, somos un servicio de emergencias. Deberían ponérnosla al mismo tiempo que al departamento de bomberos. Y nos dejan con los trabajadores de supermercado.
—A los bomberos se los considera personal sanitario —dijo Ballard—. A nosotros no.
—Ya lo sé, pero es cuestión de principios. Nuestro sindicato es una mierda.
—No es el sindicato. Es el gobernador, el departamento de sanidad…, un montón de cosas.
—Putos políticos…
Ballard lo dejó estar. Era una queja que oía a menudo en las reuniones de turno y en coches de policía por toda la ciudad. Como muchos en el departamento, ella ya había contraído la covid-19. La había dejado fuera de combate durante tres semanas en noviembre y esperaba tener suficientes anticuerpos hasta la llegada de la vacuna.
Durante el silencio reflexivo que siguió, un coche patrulla se detuvo junto a ellas en el lado de Moore en uno de los carriles dirección sur.
—¿Los conoces? —preguntó esta antes de pulsar el botón para bajar la ventanilla.
—Por desgracia —dijo Ballard—. Súbete la mascarilla.
Era un equipo de P2, Smallwood y Vitello, que siempre tenían demasiada testosterona en sangre. También pensaban que eran «demasiado sanos» para contraer el virus y evitaban el mandato del departamento que exigía utilizar la mascarilla.
Moore se puso la suya y bajó la ventanilla.
—¿Cómo van las cosas, bombones? —dijo Smallwood con una amplia sonrisa.
Ballard se subió la mascarilla oficial de la policía. Era de color azul marino con un relieve plateado de las siglas del departamento a la altura de la mandíbula.
—Estás bloqueando el tráfico, Smallwood —dijo Ballard.
Moore la miró.
—¿En serio? —susurró—. ¿Se llama así?
Ballard asintió.
Vitello pulsó el interruptor para encender las luces estroboscópicas del techo del coche patrulla. La luz azul destellante iluminó las pintadas de las paredes de hormigón que había encima de las tiendas y las chabolas a ambos lados del paso elevado. Las brigadas municipales de limpieza habían blanqueado varias versiones de «FUCK THE POLICE» y «FUCK TRUMP», pero los mensajes se distinguían a través de la penetrante luz azul.
—¿Y ahora sigo bloqueando el tráfico? —dijo Vitello.
—Eh, hay un tipo allí que quiere informar de un robo de pertenencias —respondió Ballard—. ¿Por qué no vais a tomar nota de la denuncia?
—A la mierda —dijo Smallwood.
—A mí me parece trabajo de detective —añadió Vitello.
La voz del centro de comunicaciones que surgió en la radio en ambos coches interrumpió la conversación, si podía llamarse así, pidiendo una unidad 6-William. El 6 era la designación de Hollywood y William significaba «detective».
—Es para ti, Ballard —dijo Smallwood.
Ballard sacó la radio de su cargador, en la consola central, y respondió.
—6-William-26. Adelante.
Desde centralita le informaron de que había un herido de bala en Gower.
—La Quebrada —comentó Vitello en voz alta—. ¿Las señoras necesitan refuerzos?
La División de Hollywood se extendía por siete zonas llamadas «áreas básicas de patrulla». Smallwood y Vitello tenían asignada la zona que abarcaba las colinas de Hollywood, donde la delincuencia era baja y la mayoría de los residentes eran blancos. Eso era una medida destinada a mantenerlos alejados de problemas y confrontaciones con minorías. Sin embargo, no siempre había funcionado. Ballard había oído que molestaban a adolescentes en coches aparcados en zona prohibida en Mulholland Drive, donde había vistas espectaculares de la ciudad por la noche.
—Creo que podremos ocuparnos —dijo Ballard en voz alta—. Podéis volver a Mulholland a vigilar a los chicos que tiran los condones por la ventanilla. Haced que sea un lugar seguro.
Ballard puso la marcha y pisó el acelerador antes de que ni Smallwood ni Vitello pudieran siquiera pensar una respuesta.
—Pobre tipo —dijo Moore sin compasión—. Agente Smallwood.
—Sí —dijo Ballard—. Y trata de compensarlo cada noche en la patrulla.
Moore rio mientras aceleraban en dirección sur por Cahuenga.
La Quebrada de Gower era el nombre con el que la gente de Hollywood se refería al cruce de Sunset Boulevard y Gower Street, que casi un siglo antes había sido un punto de recogida de jornaleros del cine. Estos esperaban en la esquina para conseguir trabajo de extra en los wésterns que los estudios de cine rodaban cada semana. Muchos de los vaqueros de Hollywood esperaban en el cruce con la indumentaria completa (botas de montar, zahón, chaleco y sombrero), y por eso empezó a conocerse como la Quebrada de Gower. Se contaba que allí consiguió trabajo un joven actor llamado Marion Morrison, que luego sería más conocido como John Wayne.
La Quebrada se había convertido en un centro comercial cuya fachada descolorida simulaba una ciudad del Oeste y con retratos de los vaqueros de Hollywood (desde Wayne hasta Gene Autry) en la pared exterior de una tienda Rite Aid. Yendo al sur desde la Quebrada, una serie de estudios tan grandes como un gimnasio se alineaban en el lado este hasta llegar a la joya de la corona de Hollywood: Paramount Studios. El estudio histórico estaba rodeado por muros de más de tres metros y medio y verjas de hierro, como una prisión. Pero esas barreras se habían construido para impedir que la gente entrara, no que saliera.
El lado occidental de Gower era una contradicción. Allí se sucedían talleres de coches que compartían espacio con edificios de apartamentos viejos con barrotes en todas las ventanas y puertas. Todo ese lado estaba repleto de pintadas de una banda local llamada Las Palmas 13. En cambio, las paredes de los estudios del lado este se mantenían inmaculadas, como si los grafiteros supieran por intuición que era mejor no meterse con la industria que construyó la ciudad.
El aviso llevó a Ballard y a Moore a una fiesta callejera en el patio de un taller de coches. Había varias personas en la calle, la mayoría sin mascarilla. Casi todas estaban observando a los agentes de dos coches patrulla que en ese momento perimetraban una escena del crimen en el interior de un patio vallado y con el suelo asfaltado que estaba lleno de vehículos en diferentes estados de reparación y restauración.
—¿Tenemos que hacer esto? —dijo Moore.
—Yo sí —dijo Ballard.
Abrió la puerta y bajó del coche. Sabía que su respuesta avergonzaría a Moore y haría que la siguiera. Estaba convencida de que iba a necesitar que la ayudara.
Ballard pasó por debajo de la cinta amarilla extendida a lo largo de la entrada al taller y enseguida estableció que la víctima de un disparo de bala no estaba en la escena y ya la habían transportado. Vio al sargento Dave Byron y a otro agente tratando de reunir a un grupo de testigos potenciales en uno de los talleres abiertos. Otros dos uniformados acordonaban un perímetro interior en torno a la escena del crimen real, que estaba marcada por un charco de sangre y restos dejados por el personal de la ambulancia. Ballard se acercó directamente a Byron.
—Dave, ¿qué tienes para mí? —preguntó.
Byron la miró por encima del hombro. Llevaba mascarilla, pero Ballard se dio cuenta por su mirada de que estaba sonriendo.
—Un sándwich de mierda, eso es lo que tengo para ti, Ballard —dijo.
Le hizo una seña para que se apartara de los civiles para hablar en privado.
—Amigos, no os mováis de ahí —dijo Byron, indicando con las manos a los testigos que no se movieran, lo cual Ballard interpretó como que no entendían inglés.
Se unió a Ballard en la parte delantera del chasis oxidado de una furgoneta Volkswagen. Miró lo que había anotado en una libretita.
—Tu víctima parece que se llama Javier Raffa, el dueño del negocio —dijo—. Vive a una manzana de aquí.
Señaló con el pulgar por encima del hombro, hacia el barrio situado al oeste del taller.
—Por si sirve, tiene afiliación con Las Palmas —añadió Byron.
—Vale —dijo Ballard—. ¿Adónde lo transportan?
—Al Hollywood Pres. Estaba crítico.
—¿Qué te han dicho los testigos?
—No mucho. Te los he dejado a ti. Al parecer, Raffa abre la verja y saca un barril de cerveza cada Nochevieja. Es para el barrio, pero vienen muchos de Las Palmas. Después de la cuenta atrás, hubo algunos disparos al aire, y de repente Raffa estaba en el suelo. De momento, nadie ha dicho que viera que le disparaban. Y hay casquillos por todas partes. Buena suerte con eso.
Ballard apuntó con la barbilla hacia una cámara en el alero del tejado, por encima de la esquina del taller.
—¿Y las cámaras? —preguntó.
—Las exteriores son falsas —dijo Byron—. Las interiores son reales, pero no las he mirado. Me han dicho que no están en una posición que nos vaya a ayudar mucho.
—Está bien. ¿Has llegado antes que la ambulancia?
—Yo no, pero un 79 sí. Finley y Watts. Dijeron que era una herida en la cabeza. Están allí, puedes hablar con ellos.
—Lo haré si lo necesito.
Ballard fue a ver si alguno de los uniformados que estaban marcando el perímetro hablaba español. Ella sabía lo básico, pero no lo suficiente para llevar a cabo interrogatorios a testigos. Vio que uno de los agentes que ataba la cinta de la escena del crimen al retrovisor lateral de una camioneta vieja era Víctor Rodríguez.
—¿Te importa si me quedo a V-Rod para que interprete? —preguntó.
A Ballard le pareció que Byron ponía mala cara detrás de la mascarilla.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—Los preliminares con los testigos y luego tal vez la familia —dijo ella—. Buscaré en otra unidad si alguien acaba en la comisaría.
—Muy bien, pero si surge algo más voy a necesitar sacarlo otra vez.
—Recibido. Me daré prisa.
Ballard se acercó a Rodríguez, que llevaba alrededor de un año en la división después de que lo trasladaran desde Rampart.
—Víctor, estás conmigo —dijo Ballard.
—¿Sí?
—Vamos a hablar con testigos.
—Genial.
Moore dio alcance a Ballard de camino al grupo de testigos.
—Pensaba que te quedabas en el coche —dijo Ballard.
—¿Qué necesitas? —preguntó Moore.
—Me vendría bien alguien en el Hollywood Pres para que vea cómo está la víctima. ¿Quieres llevarte el coche y te vas para allá?
—Mierda.
—O puedes interrogar a testigos y familiares mientras voy yo.
—Dame las llaves.
—Me lo imaginaba. Las llaves siguen en el coche. Cuéntame lo que descubres.
Ballard informó a Rodríguez en un susurro mientras se acercaban a los testigos.
—No los incites —dijo—. Solo queremos saber lo que vieron, lo que oyeron, cualquier cosa que recuerden antes de que vieran a Raffa en el suelo.
—Entendido.
Pasaron los siguientes cuarenta minutos hablando brevemente con los testigos reunidos, ninguno de los cuales había visto cómo disparaban a la víctima. En interrogatorios separados, cada uno describió una escena multitudinaria y caótica en el patio, durante la cual la mayoría de la gente estaba mirando arriba al filo de la medianoche cuando los fuegos artificiales y las balas acuchillaron el cielo. Aunque nadie admitió haber disparado, todos reconocieron que había gente del barrio que disparó al aire. Ninguno de los testigos reveló nada lo bastante importante como para llevarlo a la comisaría para otro interrogatorio. Ballard copió las direcciones y los números de teléfono en su libreta y les advirtió que los llamaría algún investigador de homicidios para hacer un seguimiento.
Luego reunió a Finley y Watts en un corrillo para preguntarles por sus primeras impresiones del crimen. Le contaron que la víctima no respondía cuando llegaron y parecía haber recibido el impacto de una bala perdida. La herida estaba en lo alto de la cabeza. Dijeron que sobre todo se habían ocupado de controlar a la multitud, manteniendo a la gente alejada de la víctima y haciendo hueco para los de la ambulancia.
Cuando estaba terminando con ellos, Ballard recibió una llamada de Moore desde el Hollywood Presbyterian Medical Center.
—Toda la familia de la víctima está aquí y están a punto de enterarse de que no ha sobrevivido —dijo—. ¿Qué quieres que haga?
«Quiero que actúes como una detective formada», pensó Ballard, pero no lo dijo.
—Mantén a los familiares ahí —dijo en cambio—. Voy para allá.
—Lo intentaré —dijo Moore.
—No lo intentes, hazlo —dijo Ballard—. Llego en diez minutos. ¿Sabes si hablan inglés?
—No estoy segura.
—Vale. Averígualo y mándame un mensaje. Llevaré a alguien, por si acaso.
—¿Cómo están las cosas allí?
—Demasiado pronto para saberlo. Si fue un accidente, el que disparó no se quedó. Y si no lo fue, no tengo ni cámara ni testigos.
Ballard colgó y caminó hacia Rodríguez.
—Víctor, tienes que llevarme al Hollywood Pres —dijo.
—No hay problema.
Ballard informó a Byron de adónde iba y le pidió que mantuviera la integridad de la escena del crimen hasta que volviera.
Al cruzar el aparcamiento, siguiendo a Rodríguez a su coche, vio que las primeras gotas de lluvia mojaban el asfalto entre los casquillos de bala.
Rodríguez puso las luces en vez de la sirena para acelerar su trayecto al hospital. Ballard aprovechó esos minutos para llamar al teniente a su casa y ponerlo al día. Derek Robinson-Reynolds, el oficial al mando de los detectives de Hollywood, ya le había enviado un mensaje solicitando la actualización y contestó de inmediato.
—Ballard —contestó de inmediato—, esperaba haber tenido noticias tuyas antes.
—Lo siento, teniente. Teníamos varios testigos con los que hablar para formarnos una idea. También acabo de saber que nuestra víctima ha ingresado cadáver.
—Pues tendré que sacar al West Bureau. Sé que ya está toda la brigada a tope con un caso con dos víctimas de ayer.
Los homicidios se investigaban desde el West Bureau. Robinson-Reynolds estaba listo para ceder la investigación, pero sabía que no sería bien recibido por su homólogo en Homicidios del West Bureau.
—Señor, puede hacerlo, claro, pero todavía no he determinado de qué se trata. Había un montón de gente disparando a medianoche. No estoy segura de si fue accidental o intencionado. Voy al hospital a echarle un vistazo.
—Bueno, ¿ninguno de los testigos lo vio?
—Los testigos que se quedaron no. Solo vieron a la víctima en el suelo. Si alguien lo vio se largó antes de que las unidades llegaran a la escena.
Hubo una pausa en la que el teniente sopesó su siguiente movimiento.
Estaban a una manzana del hospital. Ballard habló antes de que Robinson-Reynolds respondiera.
—Deje que me encargue, teniente.
Él permaneció en silencio y ella le expuso su propuesta.
—El West Bureau está con los dos cadáveres. Todavía no sabemos qué es esto. Deje que me ocupe y ya veremos dónde estoy por la mañana. Lo llamaré entonces.
El teniente habló por fin:
—No lo sé, Ballard. No estoy seguro de que quiera que estés haciendo cabriolas por tu cuenta.
—No estoy sola. Estoy con Lisa Moore, ¿recuerda?
—Claro, claro. ¿Nada sobre eso esta noche?
Se estaba refiriendo a los Hombres de Medianoche.
—Hasta el momento no. Estamos llegando al Hollywood Pres. La familia de la víctima está aquí.
Eso empujó a Robinson-Reynolds a tomar una decisión.
—Está bien, contendré al West Bureau. Por ahora. Mantenme informado. No importa la hora, Ballard.
—Recibido.
—De acuerdo, pues.
Robinson-Reynolds colgó. Justo cuando Rodríguez estaba parando detrás del coche de Ballard, que Moore había dejado en una plaza reservada para ambulancias, le sonó un aviso de un mensaje.
—¿Era Guion? —preguntó Rodríguez—. ¿Qué ha dicho?
Usó el mote con el que la mayoría de la división se refería a Robinson-Reynolds cuando no estaba presente. Ballard miró el mensaje de texto. Era de Moore:
Aquí nadie me entiende.
—Nos ha dado luz verde —dijo Ballard.
—¿«Nos»? —inquirió Rodríguez.
—Probablemente te necesite también aquí.
—El sargento Byron me ha pedido que vuelva volando.
—El sargento Byron no está a cargo de la investigación. Yo estoy a cargo, y tú estás conmigo hasta que te diga lo contrario.
—Entendido…, siempre que se lo digas a él.
—Lo haré.
Ballard encontró a Moore en la sala de espera de urgencias, rodeada por un grupo de mujeres que lloraban y un adolescente. La familia de Raffa acababa de recibir la mala noticia sobre su marido y padre. La esposa, tres hijas adultas y el hijo mostraban diversos grados de asombro, dolor y rabia.
—Vaya —dijo Rodríguez al acercarse.
A nadie le gusta interrumpir el tipo de trauma que provoca la muerte.
—He oído que quieres ser detective, V-Rod —dijo Ballard.
—Claro que sí —respondió Rodríguez.
—Muy bien, quiero que ayudes a la detective Moore a hablar con la familia. No te limites a interpretar. Haz preguntas. Enemigos conocidos, su relación con Las Palmas, quién más estaba en el taller esta noche… Consigue nombres.
—Muy bien, ¿y tú? ¿Adónde…?
—Tengo que ver el cadáver. Luego vuelvo contigo.
—Entendido.
—Bien. Avisa a la detective Moore.
Ballard se separó de él y se acercó al mostrador. Enseguida la acompañaron al puesto de enfermeras que estaba en medio de la sala de urgencias. Alrededor había numerosos boxes de reconocimiento y tratamiento separados por cortinas. Preguntó a una enfermera si ya habían trasladado el cadáver de la víctima de los disparos y le dijeron que el hospital estaba esperando a que lo recogiera un equipo del forense. La enfermera le señaló una cortina verde pastel cerrada.
Ballard la corrió, entró en el box de reconocimiento con una cama individual y cerró la cortina. El cuerpo sin vida de Javier Raffa estaba boca arriba en la cama. Nadie se había preocupado de cubrirlo. Su camisa azul de trabajo con el nombre en un parche ovalado estaba abierta y en el pecho aún se veía una pomada, probablemente de las palas que habían utilizado para intentar reanimarlo. También había decoloraciones blanquecinas en la piel morena del pecho y el cuello. Tenía los ojos abiertos y una cosa de goma en la boca. Ballard sabía que se lo habían colocado antes de utilizar las palas.
Sacó unos guantes de látex negros de un compartimento de su cinturón de material y se los puso. Con ambas manos, giró suavemente la cabeza del cadáver para buscar el orificio de entrada. La víctima tenía el pelo largo y rizado, pero Ballard encontró el punto de entrada en la parte superior trasera de la cabeza, bajo el pelo apelmazado por la sangre. A juzgar por la localización, la detective no creía que hubiera un orificio de salida. La bala seguía dentro, lo cual en términos forenses era una suerte.
Se inclinó más sobre la cama para examinar la herida de cerca. Supuso que la había ocasionado una bala de pequeño calibre y se dio cuenta de que parte del pelo que la rodeaba estaba chamuscado. Eso significaba que el arma se había disparado a una distancia de poco más de un palmo. Había motas de pólvora quemada en el cabello de Javier Raffa.
En ese momento, Ballard supo que no había sido un accidente. Había sido un asesinato. Alguien había aprovechado el momento en el que las miradas se dirigían al cielo de medianoche y sonaban disparos por todas partes para acercar un arma a la cabeza de Raffa y apretar el gatillo. Y en ese momento, Ballard supo que quería el caso, que encontraría la manera de mantener esa conclusión para sí misma hasta que estuviera demasiado implicada para que la dejaran al margen.
Sabía que podía ser la solución que necesitaba para salvarse.
Ballard cerró la cortina después de salir del box y se acercó al puesto de enfermeras para no quedarse molestando en medio del ajetreo de la sala de urgencias. Sacó el teléfono y marcó el número de la brigada de Bandas de la División de Hollywood. No contestó nadie. Después llamó a la línea interna de la sala de control. Respondió el sargento Kyle Dallas, y Ballard le preguntó quién estaba trabajando en el segundo turno en Bandas.
—Les toca a Janzen y Cordero —dijo él—. Y creo que también está el sargento Davenport.
—¿Fuera o dentro?
—Acabo de ver a Cordero en la sala de descanso, así que puede que hayan vuelto ahora que ha pasado la hora de las brujas.
—Vale, si los ves diles que se queden. Tengo que hablar con ellos. No tardaré.
—Entendido.
Ballard accedió a través de las puertas automáticas a la sala de espera y vio a Moore y a Rodríguez sentados en un rincón interrogando en grupo a la familia Raffa. A Renée le molestaba que Moore no hubiera llevado a cabo conversaciones individuales, y eso que Moore estaba acostumbrada a investigar agresiones sexuales, que normalmente implicaban interrogatorios en solitario a las víctimas. Moore estaba fuera de juego y Rodríguez no sabía más.
Ballard vio que el hijo estaba sentado fuera del corrillo y mirando a Moore por encima de los hombros de dos de sus hermanas. Era lo bastante joven para estar todavía en la escuela, lo cual significaba que podría hablar inglés. Moore debería haberlo sabido.
Se acercó y le dio un golpecito en el hombro.
—¿Hablas inglés? —susurró.
El chico asintió.
—Ven conmigo, por favor —dijo Ballard.
Lo condujo a otro rincón. La sala de espera estaba sorprendentemente despoblada. Sería llamativo cualquier noche de la semana, pero particularmente en Nochevieja, después de medianoche. Ballard señaló una silla para que el chico se sentara y luego apartó una segunda de la pared y la posicionó para hablar cara a cara.
Ambos tomaron asiento.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Ballard.
—Gabriel —dijo el chico.
—¿Eres hijo de Javier?
—Sí.
—Lo siento mucho. Vamos a descubrir lo que pasó y quién lo hizo. Soy la detective Ballard, puedes llamarme Renée.
Gabriel miró su uniforme.
—¿Detective? —preguntó.
—Teníamos que ir de uniforme hoy —dijo Ballard—. Todo el mundo a la calle y esas cosas. ¿Cuántos años tienes?
—Quince.
—¿A qué escuela vas?
—Hollywood.
—¿Y estabas en el patio del taller esta noche?
—Sí.
—¿Estabas con tu padre?
—Eh, no, estaba… en el Cadillac.
Cuando había estado en la escena del crimen, Ballard había visto un Cadillac viejo y oxidado aparcado en el solar. Tenía el maletero abierto y en el interior había un barril de cerveza sobre un lecho de hielo.
—¿Estabas con alguien en el Cadillac? —preguntó Ballard.
—Con mi novia —dijo Gabriel.
—¿Cómo se llama?
—No quiero que se meta en problemas.
—No se va a meter en problemas. Solo estamos tratando de averiguar quién estaba allí esta noche, nada más.
Ballard esperó.
—Lara Rosas —dijo Gabriel por fin.
—Gracias, Gabriel —dijo ella—. ¿Conoces a Lara de la escuela o del barrio?
—Eh, las dos cosas.
—¿Y se fue a casa?
—Sí, se marchó cuando vinimos aquí.
—¿Viste lo que le ocurrió a tu padre?
—No, solo lo vi después. Allí tirado.
Gabriel no estaba mostrando ninguna emoción y Ballard no vio marcas de lágrimas en su rostro. Sabía que eso no significaba nada. La gente procesa y expresa la conmoción y el dolor de maneras diferentes. Una conducta inusual o una falta evidente de emoción no tenía que considerarse sospechosa.
—¿Viste a alguien en la fiesta que te pareciera extraño o fuera de lugar? —preguntó Ballard.
—La verdad es que no —dijo Gabriel—. Había un tipo al lado del barril que parecía fuera de lugar. Pero era una fiesta callejera. Quién sabe.
—¿Le pidieron que se marchara?
—No, simplemente estaba ahí. Cogió su cerveza y creo que después se marchó. No lo volví a ver.
—¿Era del barrio?
—No lo creo. Nunca lo había visto antes.
—¿Qué te hace decir que estaba fuera de lugar?
—Bueno, era blanco, además parecía sucio, ¿sabe? Su ropa y sus cosas.
—¿Crees que era un sintecho?
—No lo sé, puede ser. Es lo que pensé.
—¿Y lo viste antes de los disparos?
—Sí. Seguro. Fue antes de que la gente empezara a mirar arriba.
—Has dicho que llevaba la ropa sucia. ¿Qué llevaba?
—Una sudadera gris con capucha y tejanos. Llevaba los pantalones sucios.
—¿Era suciedad o grasa?
—Como tierra, creo.
—¿Llevaba la capucha puesta? ¿Le viste el pelo?
—La llevaba puesta, pero daba la impresión de que tenía la cabeza rapada.
—Está bien. Y los zapatos, ¿los recuerdas?
—No, no me fijé.
Ballard hizo una pausa y trató de memorizar los detalles de la descripción. No estaba anotando nada. Pensaba que era mejor mantener contacto visual con Gabriel y no arriesgarse a asustarlo sacando una libreta y un boli.
—¿Quién más te pareció fuera de lugar? —preguntó.
—Nadie más —dijo Gabriel.
—¿Y no estás seguro de si el tipo de la capucha se quedó después de coger su cerveza?
—No volví a verlo.
—Entonces, cuando lo viste por última vez, ¿fue mucho antes de medianoche y de que empezaran los disparos?
—No lo sé, media hora.
—¿Viste si tu padre o alguien le preguntó qué estaba haciendo allí o le pidió que se marchara?
—No, porque era como una fiesta de barrio. Todo el mundo era bienvenido.
—¿Viste más blancos en la fiesta?
—Unos cuantos, sí.
—Pero no eran sospechosos.
—No.
—Pero este tipo sí.
—Bueno, era una fiesta y él iba sucio. Y llevaba la capucha puesta.
—Tu padre llevaba una camisa de trabajo. ¿Era normal?
—Porque ponía el nombre. Quería que todos los vecinos supieran quién era. Siempre lo hacía.
Ballard asintió. Era el momento de plantear preguntas más difíciles y mantener a ese chico de su lado lo más posible.
—¿Has disparado algún arma esta noche, Gabriel? —preguntó.
—No, ni hablar —dijo él.
—Vale, está bien. ¿Tienes relación con Las Palmas 13?
—¿Qué me está preguntando? No soy ningún pandillero. Mi padre decía que ni hablar.
—No te pongas nervioso. Solo trato de hacerme una composición de lugar. No estás asociado, eso está bien. Pero tu padre sí, ¿no?
—Dejó esa mierda hace mucho tiempo. No hacía nada ilegal.
—Está bien, es bueno saberlo. Pero he oído que había tipos de Las Palmas en el patio del taller durante la fiesta. ¿Es verdad?
—No lo sé, puede ser. Mi padre creció con esa gente. No se olvidó de ellos sin más. Pero cumplía con la ley, su negocio era limpio, hasta tenía un socio blanco. Así que no empiece con esa mierda de que estaba relacionado con bandas. Eso es mentira.
Ballard asintió.
—Es bueno saberlo, Gabriel. ¿Sabes si su socio estaba allí?
—No lo vi. ¿Hemos terminado?
—Todavía no, Gabriel. ¿Cómo se llama el socio?
—No lo sé. Es doctor en Malibú o algo así. Solo lo vi una vez que vino con la chapa abollada.
—¿La chapa abollada?
—De su Mercedes. Dio marcha atrás y abolló el chasis.
—Entendido. Vale, necesito otras dos cosas de ti, Gabriel.
—¿Qué?
—Necesito el número de teléfono de tu novia y que me acompañes un momento al coche.
—¿Por qué tengo que acompañarla? Quiero ver a mi padre.
—No te van a dejar verlo hasta más tarde, Gabriel. Quiero ayudarte. Quiero que sea la última vez que tengas que hablar de esto con la policía. Pero para eso tengo que examinarte las manos para estar segura de que dices la verdad.
—¿Qué?
—Has dicho que no has disparado ningún arma esta noche. Te voy a examinar las manos con algo que tengo en el coche para saberlo seguro. Después no sabrás nada de mí hasta que venga a contarte que hemos pillado a la persona que le hizo esto a tu padre.
Ballard esperó mientras Gabriel sopesaba sus opciones.
—Si no quieres hacerlo, asumiré que me has mentido. No querrás eso, ¿no?
—Muy bien, vamos a hacerlo.
Ballard se acercó antes al grupo para pedirle a Moore las llaves del coche. Esta dijo que estaban en el coche. Luego condujo a Gabriel a las plazas reservadas para ambulancias. Allí sacó una libreta del bolsillo de atrás. Después de apuntar el número de móvil de la novia de Gabriel, anotó su descripción del encapuchado. Luego abrió el maletero. Sacó un paquete de toallitas para hacer un test de residuos de pólvora, usó una para cada mano y luego las guardó en bolsas de plástico que entregaría al laboratorio.
—¿Ve?, no hay pólvora —dijo él.
—El laboratorio lo confirmará —dijo Ballard—. Pero yo ya te creo, Gabriel.
—Entonces, ¿qué hago ahora?
—Entras y estás con tu madre y tus hermanas. Van a necesitar que seas fuerte.
Gabriel asintió y se le contorsionó la cara. Fue como si decirle que fuera fuerte le hubiera quitado toda su fortaleza.
—¿Estás bien? —preguntó Ballard.
Le tocó el hombro.
—¿Va a pillar a ese tipo? —dijo el chico.
—Sí —dijo Ballard—. Vamos a pillarlo.
Ballard no volvió a comisaría hasta casi las tres. Subió por la escalera que salía del pasillo de atrás y entró en la sala que compartían las unidades de Bandas y de Antivicio. Era larga y rectangular y normalmente estaba vacía porque ambas unidades trabajaban en las calles. Pero en ese momento estaba llena. Los agentes de ambas brigadas, de uniforme, como Ballard, estaban sentados detrás de escritorios y mesas de trabajo que recorrían la sala. La mayoría no llevaba mascarilla. La gran concurrencia podía explicarse de diversas maneras. Primero, era difícil trabajar en Antivicio y en Bandas de uniforme completo, como dictaba la alerta táctica del departamento. Eso significaba que la alerta, que se suponía que tenía que poner el máximo número posible de agentes en la calle durante la celebración de Nochevieja, estaba teniendo el efecto opuesto. Podía deberse también a que, como ya había pasado la hora de las brujas, que en el departamento se consideraba que iba de medianoche a las dos de la mañana, todo el mundo había vuelto a casa para descansar. Sin embargo, Ballard sabía que el nuevo Departamento de Policía de Los Ángeles también podía ser eso: agentes despojados del mandato de ser una policía proactiva y esperando a ser reactivos, a pisar las calles solo cuando se les pidiera y se les requiriera, y aun entonces haciendo lo mínimo para no generar quejas ni controversias.
Para Ballard, gran parte del departamento había adoptado la actitud de un civil pillado en medio de un atraco a un banco. Cabeza baja, desviando la mirada y acatando la advertencia: si nadie se mueve, nadie resultará herido.
Localizó al sargento Rick Davenport al final de una de las mesas de trabajo y se dirigió hacia él. Él, sin mascarilla, levantó la mirada del móvil al verla venir y curvó la boca con una sonrisa de reconocimiento. Tenía cuarenta y tantos años y llevaba más de una década trabajando con bandas en la división.
—Ballard —dijo—, he oído que esta noche le ha tocado al Chopo.
Ella se detuvo junto a la mesa.
—¿El Chopo? —preguntó.
—Así llamábamos a Javier en tiempos —dijo Davenport—. Cuando era pandillero y usaba la casa de su padre como desguace.
—¿Pero ya no?
—Supuestamente lo dejó cuando su mujer empezó a parir.
—Me ha sorprendido no verte en la escena esta noche. ¿Es por eso?
—Por eso y por otras cosas. Solo hacemos lo que la gente quiere.
—¿No estar en las calles?
—Está claro que, si no pueden dejar de financiarnos, querrán dejar de vernos. ¿No, Cordo?
Davenport buscó la confirmación de un policía de Bandas llamado Cordero.
—Eso es, sargento —dijo el aludido.
Ballard apartó la silla vacía a la derecha de Davenport y se sentó. Decidió ir al grano.
—Entonces, ¿qué puedes contarme de Javier? —preguntó—. ¿Crees que se enderezó? ¿Las Palmas permitiría eso?
—Se cuenta que hace unos doce o quince años compró su salida —dijo Davenport—. Y por lo que sabemos ha estado limpio y ha cumplido con la ley desde entonces.
—¿O era demasiado listo para vosotros?
Davenport rio.
—Siempre cabe esa posibilidad.
—Bueno, ¿todavía tienes el archivo? Tarjetas de acoso, lo que sea.
—Sí, tenemos un archivo. Seguramente tendrá un poco de polvo. Cordo, saca el expediente de Javier Raffa y dáselo a la detective Ballard.
Cordero se levantó y se acercó a la fila de archivadores de cuatro cajones que recorría todo un lateral de la sala.
—Mira si es viejo lo de este hombre —dijo Davenport— que está en los archivos en papel.
—Entonces, ¿definitivamente inactivo? —insistió Ballard.
—Sí. Y lo habríamos sabido si hubiera estado activo. Seguimos a algunos de los supremos. Si se hubieran reunido, lo habríamos visto.
—¿En qué nivel estaba Raffa antes de dejarlo?
—No muy alto. Era soldado. Nunca presentamos cargos contra él, pero sabíamos que desguazaba coches robados para la banda.
—¿Cómo os enterasteis de que compró su salida?
Davenport negó con la cabeza, como si no lo recordara.
—Radio macuto —dijo—. No puedo decirte quién era el confidente de memoria, fue hace mucho tiempo. Pero eso fue lo que se contó, y por lo que yo sé era preciso.
—¿Cuánto cuesta algo así? —preguntó Ballard.
—No me acuerdo. Puede que esté en el expediente.
Cordero regresó de los archivos y le entregó la carpeta a Davenport en lugar de a Ballard. Él a su vez se la entregó a ella.
—Tú misma —dijo.
—¿Me la puedo llevar? —preguntó Ballard.
—Mientras la devuelvas…
—Recibido.
Ballard cogió la carpeta, se levantó y salió. Tenía la sensación de que muchos de los hombres la estaban mirando cuando abandonó la sala. No era popular allí después de un año de pedir y luego exigir información y ayuda en sus investigaciones a personas con tendencia a hacer lo menos posible.
Bajó por la escalera y entró en la sala de detectives, donde vio a Lisa Moore en su escritorio. Estaba escribiendo en su ordenador.
—Has vuelto —dijo Ballard.
—No gracias a ti —dijo Moore—. Me dejaste con esa gente y el niñato ese.
—¿Rodríguez? Probablemente lleva cinco años en el puesto. Trabajó en Rampart antes de venir aquí.
—No importa, parece un crío.
—¿Conseguiste algo bueno de la mujer y las hijas?
—No, pero lo estoy escribiendo. ¿Adónde irá esto?
—Voy a quedármelo yo primero. Mándame a mí lo que tengas.
—¿No al West Bureau?
—Tienen a todos los equipos en un doble asesinato. Así que yo me encargo hasta que estén listos para asumirlo.
—¿Y a Guioncito le parece bien?
—He hablado con él. No hay problema.
—¿Qué tienes ahí? —Señaló la carpeta que llevaba Ballard.
—Un expediente antiguo de Bandas sobre Raffa —dijo ella—. Davenport me ha dicho que no ha estado activo en años, que compró su salida cuando formó una familia.
—Vaya, ¡qué dulce! —dijo Moore.
El sarcasmo se percibía con claridad en su voz. Ballard ya se había dado cuenta hacía mucho de que Moore había perdido su empatía. Trabajar a tiempo completo con delitos sexuales probablemente provocaba eso. Perder empatía hacia las víctimas era una medida de autoprotección, pero Ballard esperaba que nunca le ocurriera a ella. El trabajo policial te vaciaba con facilidad. Aun así, creía que perder la empatía era perder el alma.
—Envíame tus informes cuando estés lista para presentarlos —dijo Ballard.
—Lo haré —dijo Moore.
—Y nada sobre los Hombres de Medianoche, ¿no?
—Todavía no. Puede que se lo tomen con calma esta noche.
—Sigue siendo temprano. En Acción de Gracias no recibimos la llamada hasta la madrugada.
—Fantástico. Qué ganas de que llegue la madrugada.
Sarcasmo otra vez. Ballard no le hizo caso y eligió una mesa vacía cercana. Como trabajaba en la sesión nocturna, no disponía de un lugar asignado, pero podía usar una mesa de la sala cuando la necesitara. Miró los objetos de decoración del único estante del cubículo donde estaba sentada y enseguida se dio cuenta de que era el espacio de trabajo de un detective de Delitos contra Personas del turno de día llamado Tom Newsome. A este le encantaba el béisbol, y en el estante tenía pequeños pedestales con varias pelotas de recuerdo firmadas por jugadores de los Dodgers del pasado y el presente. La joya de la colección estaba protegida en un pequeño cubo de plástico. No estaba firmada por ningún jugador, sino que llevaba la firma de un hombre que había comentado los partidos de los Dodgers por radio y televisión durante cincuenta años. Vin Scully era venerado como la voz de la ciudad porque trascendió el béisbol. Hasta Ballard sabía quién era, y pensó que Newsome se estaba arriesgando a que le robaran la pelota, incluso en una comisaría de policía.
Al abrir la carpeta, Ballard se encontró con una foto policial de un joven Javier Raffa. Había muerto a los treinta y ocho años y la foto era de una detención de 2003 por aceptar bienes robados. Leyó los detalles del informe de detención al que estaba unida la foto. Decía que lo habían parado cuando iba al volante de una camioneta Ford de 1977 con varias piezas de automóvil usadas en la caja. Una de esas piezas, un transeje, todavía tenía grabado el número de serie de fabricación y la pista llevó hasta un Mercedes Clase G cuyo robo se había denunciado el mes anterior en el valle de San Fernando.
Según los registros del archivo, el abogado de Raffa, un tal Roger Mills, negoció un acuerdo que al Javier de veintiún años le costó una condicional con servicio a la comunidad a cambio de declararse culpable. Después eliminaron el caso de los antecedentes de Raffa cuando este completó la condicional y ciento veinte horas de servicio a la comunidad sin incidente alguno. El expediente señalaba que dicho servicio incluía tapar con pintura grafitis de bandas en pasos elevados de autopistas de toda la ciudad.
Era la primera y única detención que constaba, aunque había varias tarjetas de interrogatorios de campo grapadas. Todas estaban fechadas antes de la detención y se remontaban a cuando Raffa tenía dieciséis años. La mayoría procedían de redadas básicas: cuando las patrullas interrumpían en fiestas o hacían la ronda en Hollywood Boulevard. Los agentes anotaban nombres, cómplices, tatuajes y otras descripciones para alimentar los archivos de inteligencia y las bases de datos de Bandas. Como hijo del propietario de un taller, Raffa siempre llevaba coches clásicos y restaurados o deportivos que también se describían en lo que los abogados e incluso los policías llamaban tarjetas de acoso.
Desde las primeras tarjetas, Raffa tenía asociado el apodo el Chopo. Era un guiño a un jefe de los mayores cárteles, conocido como el Chapo. Una nota que captó la atención de Ballard y se repetía en las cuatro tarjetas escritas y presentadas entre 2000 y 2003 era la descripción de un tatuaje en el lado derecho del cuello: una bola de billar blanca con una franja naranja y el número 13, una referencia a su vinculación a Las Palmas 13 y su deferencia a la eMe, la banda carcelaria también conocida como «la mafia mexicana». El 13 era una referencia a la M, la decimotercera letra del alfabeto.
Ballard pensó en la decoloración que había visto en el cuello de Raffa. Se dio cuenta de que era una cicatriz que le había quedado al borrar con láser el tatuaje.
Había también una fotocopia de un informe de inteligencia que databa del 25 de octubre de 2006. Era una lista que enumeraba múltiples rumores no confirmados e información de un confidente identificado como LP3. Ballard supuso que el confidente era un miembro de Las Palmas. Examinó las distintas entradas y encontró una sobre Raffa:
•Javier Raffa (el Chopo), 14-2-1982; se dice que pagó a Humberto Viera 25000 dólares en efectivo como contribución para una separación sin ataduras de la banda.
Ballard nunca había oído de nadie que comprara su salida de una banda. Conocía de siempre la regla «Sangre por sangre, hasta que la muerte nos separe». Cogió el teléfono del escritorio. Newsome había pegado un directorio de teléfonos allí. Llamó a la extensión que figuraba al lado de las siglas de la División de Bandas y preguntó por el sargento Davenport. Mientras esperaba a que se pusiera, cogió una de las pelotas de béisbol de su pedestal y trató de discernir la firma garabateada. Sabía poco de béisbol o de jugadores de los Dodgers del pasado y el presente. Le pareció que la firma decía «Mookie», pero pensó que se estaba equivocando.
Davenport se puso al teléfono.
—Soy Ballard. Tengo una pregunta.
—Adelante.
—¿Humberto Viera de Las Palmas sigue por aquí?
Él chascó la lengua.
—Depende de lo que entiendas con «por aquí» —dijo—. Lleva al menos ocho o diez años en Pelican Bay. Y no va a volver.
—¿Fue un caso tuyo? —preguntó Ballard.
—Formé parte, sí. Lo pillé en un par de 187 de unos tipos de los White Fence. Convencimos al conductor de la fuga de que hablara y se acabó Humberto. Adiós.
—Vale. ¿Alguien más con quien pueda hablar de cómo Javier Raffa compró su salida de la banda?
—Hum. No lo creo. Eso fue hace mucho, por lo que recuerdo. Quiero decir, siempre hay pandilleros por ahí, pero lo siguen siendo porque obedecen. Aunque la mayoría de los miembros de bandas no duran más de ocho o diez años. Nadie va a hablarte de Raffa.
—¿Y LP3?
Hubo una pausa antes de que Davenport respondiera. Y quedó claro que, cuando había asegurado que no recordaba el nombre del chivato, le había mentido.
—¿Qué crees que sacarás de ella?
—¿Así que es una mujer?
—No he dicho eso. ¿Qué crees que sacarás de él?
—No lo sé. Estoy buscando una razón por la que alguien le ha metido una bala en la cabeza a Raffa.
—Bueno, LP3 hace mucho que no está. Eso es un cabo suelto.
—¿Ahora sí estás seguro?
—Estoy seguro.
—Gracias, sargento. Nos vemos.
Ballard colgó el teléfono. Estaba claro para ella, por la pifia de Davenport, que LP3 era una mujer y posiblemente seguía en activo como confidente. De lo contrario, no habría sido tan torpe al tratar de cubrir su desliz. Ballard no sabía qué significaba eso en relación con su caso, considerando que Raffa parecía haberse separado de la banda catorce años antes. Pero era bueno saber que, si el caso señalaba hacia Las Palmas, Bandas tenía alguien que proporcionaba ideas e información desde dentro.
—¿De qué iba eso? —preguntó Moore.
Estaba sentada al otro lado del pasillo.
—Bandas —dijo Ballard—. No quieren que hable con su soplón de Las Palmas.
—Imagino —dijo Moore.
Ballard no estaba segura de qué quería decir con eso, pero no respondió. Sabía que Moore estaba en la sesión nocturna puntualmente. Su implicación en el caso terminaría en cuanto saliera el sol y concluyera su turno y la alerta táctica y todos los agentes volvieran a su agenda habitual. Ella regresaría al turno de día, pero Ballard se quedaría sola trabajando en las horas oscuras.
Era justamente lo que quería.
Ballard empezó a compilar el expediente del caso Raffa. Comenzó por la tediosa labor de redactar el informe del incidente, que describía el asesinato y la identificación de la víctima, pero también registraba muchos detalles triviales, como la hora de la llamada de aviso, el nombre de los agentes que respondieron, la temperatura ambiente, la notificación al familiar más próximo y otros detalles que eran importantes en la documentación, pero no en la resolución del caso. Luego escribió los resúmenes de los interrogatorios con testigos que había llevado a cabo ella misma y los que le había pasado Lisa Moore, aunque los informes de esta eran breves y superficiales. El resumen del interrogatorio de la hija menor de Raffa solo tenía una línea: «La niña no sabe nada y no puede contribuir a la investigación».
Todo eso se colocaba en una carpeta de tres anillas. Por último, Ballard inició una cronología del caso que registraba todos sus movimientos en orden e incluyó una mención de su discusión con Davenport. Luego hizo copias de los documentos del archivo de Bandas y también los puso en la carpeta. Terminó este trabajo a las cinco de la mañana, y entonces se levantó y se acercó a Moore, que estaba mirando el correo electrónico en su teléfono. Su turno terminaba en una hora, pero eso a Ballard no le importaba.
—Voy a ir al centro a ver qué han recogido los de Criminalística —dijo Ballard—. ¿Vienes o te quedas?
—Creo que me quedo —dijo Moore—. Es imposible que vuelvas antes de las seis.
—Claro. Entonces, ¿te importa devolverle el archivo de Bandas a Davenport?
—Se lo llevaré, pero ¿por qué haces esto?
—¿Qué?
—Seguir con el caso. Es un homicidio. Vas a tener que entregarlo al West Bureau en cuanto se despierte la gente por allí.
—Puede ser. Pero quizá me dejen trabajar en él.
—Nos estás dando mala fama a los demás, Renée.
—¿De qué estás hablando?
—Quédate en tu sitio. Nadie se mueve, nadie sale herido.
Ballard se encogió de hombros.
—No dijiste eso cuando me metí en el caso de los Hombres de Medianoche —repuso.
—Eso son violaciones —dijo Moore—. Tú estás hablando de un caso de homicidio.
—No veo la diferencia. Hay una víctima y hay un caso.
—Bueno, míralo así: el West Bureau sí verá la diferencia. No les va a hacer gracia que trates de quitárselo.
—Ya veremos. Me voy. Avísame si nuestros dos cabrones vuelven a actuar.
—Lo haré. Lo mismo te digo.
Ballard volvió a su escritorio prestado, cerró el portátil y recogió sus cosas. Se subió la mascarilla antes de caminar por el pasillo de atrás hacia la salida. Había allí un banco de detenidos y quería ir protegida. Era imposible saber qué traían a la comisaría.
Al salir de allí, tomó la 101 hacia el centro, conduciendo a través de los tonos grises de antes del amanecer hacia las torres que siempre parecían iluminadas durante las horas oscuras. El tráfico se había reducido más o menos a la mitad durante la pandemia, pero la ciudad a esa hora estaba muerta y Ballard llegó a la conexión con la 10 en menos de quince minutos. Desde ahí solo había otros cinco minutos antes de la salida del campus de Cal State. El Centro de Ciencia Forense, el laboratorio de cinco plantas que compartían el Departamento de Policía de Los Ángeles y el Departamento del Sheriff del Condado, ocupaba el extremo sur del enorme campus.
El edificio parecía tan calmado como las calles. Ballard tomó el ascensor a la tercera planta, donde trabajaban los técnicos de la escena del crimen. Le abrieron la puerta y lo recibió un criminalista llamado Anthony Manzano, que había estado en la escena del crimen de Javier Raffa.
—Ballard —dijo—, no sabía quién iba a venir.
—Por ahora, yo —dijo ella—. El West Bureau está con un doble crimen y todos están con eso.
—No hace falta que me lo digas. Todos menos yo están con eso. Vamos al fondo.
—Tiene que ser un caso peliagudo.
—Más bien un caso televisivo, y no quieren quedar mal.
Ballard había sentido curiosidad por el hecho de que no apareciera la prensa en el caso de la Quebrada de Gower. Había pensado que la teoría inicial de que alguien había muerto por una bala caída del cielo sería un caramelito para los medios, pero, hasta el momento, no habían consultado nada, que ella supiera.
Manzano la acompañó a través del laboratorio hasta su puesto de trabajo. Ballard vio allí a tres criminalistas más en otros espacios separados por mamparas que suponía que estaban trabajando en el caso del West Bureau.
—¿Qué caso es? —preguntó como si tal cosa.
—Una pareja de ancianos a los que robaron y asesinaron —dijo Manzano; después de una pausa, soltó la bomba—: Los quemaron vivos.
—Joder —exclamó Ballard.
