9,99 €
La memoria y la historia, el pasado y los recuerdos, inundan nuestra conciencia individual y colectiva, hasta el punto de hablarse hoy en día de una obsesión memorialista que se impone en paralelo a la inquietud y la desconfianza que suscita el futuro. La conservación y transmisión del patrimonio cultural se ha revelado como una tarea esencial, a veces de índole casi religiosa, para nuestra sociedad, pues el reconocimiento y valoración de este patrimonio debe garantizar, ni más ni menos, que la posibilidad del mantenimiento de nuestra identidad histórica como comunidad humana. En este ensayo nos preguntamos si el auge de los discursos de la memoria y la expansión abarcadora del patrimonio se deben a la consolidación en nuestra época de una nueva conciencia de historicidad asociada a un nuevo orden y sentido del tiempo o todo ello es más bien producto de la nostalgia provocada por la caída de la confianza en las promesas de un futuro que ha dejado de ser ese horizonte brillante para convertirse en amenaza sombría. Pero, en la prolongación de esta duda, también nos asalta el presentimiento de que la celebridad de la memoria incluso quizá pudiera responder a algo más frívolo, a un fenómeno derivado de nuestra sociedad de consumo que todo lo engulle y que llega a atrapar al pasado para capturarlo y convertirlo en un producto más de entretenimiento y márketing en el que originales, copias y réplicas, ruinas auténticas y falsas reconstrucciones, conviven en gozosa indolencia. En Las ruinas de la memoria se trata de afrontar estos interrogantes a través de un recorrido que aborda críticamente las discusiones que en la actualidad suscita la memoria con el intento de trazar una (im)posible teoría del patrimonio cultural.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2014
teoría
por
siglo xxi editores, méxicoCERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS04310MÉXICO, DF
siglo xxi editores, argentinaGUATEMALA 4824, C 1425 BUP,BUENOS AIRES, ARGENTINA
salto de páginaALMAGRO 38, 28010,MADRID, ESPAÑA
biblioteca nuevaALMAGRO 38, 28010,MADRID, ESPAÑA
anthroposDIPUTACIÓN 266, BAJOSBARCELONA, 08007 ESPAÑA
CC135 G65
2014 González-Varas Ibáñez, Ignacio
Las ruinas de la memoria : ideas y conceptos para una (im)posible teoría del patrimonio cultural / por Ignacio González-Varas Ibáñez. — México : Siglo Veintiuno Editores, 2014.
254 p. – (Teoría)
ISBN 978-607-03-0579-5
Patrimonio cultural. 2. Patrimonio cultural – Historia. 3. Patrimonio cultural – Protección. 4. Patrimonio cultural – Valoración. I. t. II. ser.
primera edición, 2014 © siglo xxi editores, s. a de c. v.en coedición con universidad autónoma de sinaloa y el colegio de sinaloa
isbn 978-607-03-0594-8 (libro electrónico)
prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio.
impreso en litográfica ingramex, s. a. de c. v.centeno 162-1, col. granjas esmeralda, 09810, iztapalapa, df, méxico.
La memoria se asemeja a un vasto campo de ruinas. Frágil, incompleta y laberíntica, como esas piedras desgastadas y enmohecidas que azarosamente han pervivido del naufragio de los tiempos y las civilizaciones. Pero todo es complejo y ambiguo cuando hablamos del tiempo, de la memoria y de sus ruinas: la aparente fragilidad del recuerdo es, en realidad, la esencia más sólida de nuestra conciencia, como esas piedras enclavadas en el campo de ruinas son los eslabones materiales que, por una causalidad azarosa, se han empeñado en perdurar y en hacer llegar el débil aliento de la historia a nuestros días. Dentro de esa misma ambigüedad, el laberinto de los recuerdos nos lleva muchas veces a vagar erráticos entre los fantasmas del pasado, como en uno de esos sueños de ruinas fantásticas de Piranesi. Pero, al mismo tiempo, recuerdos y ruinas, aun en su inevitable condición fragmentaria, han sido y son materia fundamental para articular consistentes o legendarios relatos entre los que tratar de encontrar respuestas a las perplejidades de nuestro presente. Por esto, esa aparente fragilidad que atribuimos a los recuerdos quizá sea más bien el miedo que nos provoca la hipótesis de enfrentarnos algún día al vacío de la memoria, a la pérdida de la memoria individual o colectiva. Este poder de la memoria lo han conocido muy bien los regímenes totalitarios de todos los tiempos cuya forma más tenaz y sistemática de aniquilación de una cultura o de una civilización ha consistido precisamente en borrar por completo sus recuerdos; esto es, ejercer el poder sobre la memoria, seguramente el modo de control y dominación más terrorífico, y a la vez el más eficaz. De ahí que, sin que sea en absoluto una exageración, hablamos de tesoro cultural, de nuestro patrimonio cultural, al mencionar a esta preciosa herencia transmitida por la memoria.
Esta herencia que hemos recibido de los tiempos pasados –seleccionada con deliberada minuciosidad o bien meramente casual en su pervivencia, incólume en su consistencia o, por el contrario, mixtificada por adulteraciones naturales, casuales o dolosas– es, por lo tanto, lo que actualmente denominamos patrimonio cultural. Éste, el patrimonio cultural, es así todo aquello que reconocemos, valoramos y deseamos conservar de ese pasado y de esa historia. Su conservación se ha revelado como una tarea esencial, a veces de índole casi religiosa, para nuestra sociedad, pues el reconocimiento y valoración de este patrimonio debe garantizar, nada más y nada menos, que la posibilidad del mantenimiento de nuestra identidad histórica como comunidad humana. Las sociedades reciben el patrimonio del pasado, lo custodian y lo transmiten a las generaciones futuras, de modo que en esta tarea no sólo interviene el pasado, la materia física o puramente espiritual que se transmite a través de este viaje por los tiempos, sino también el presente que la recibe y custodia y, asimismo, el futuro hacia el que, finalmente, encauzamos todas nuestras acciones. Por eso el concepto de patrimonio es dependiente de la relación que mantenemos con el tiempo, es deudor de las incertidumbres, crisis, repudios o reconciliaciones con el orden del tiempo. Pero en este continuo avanzar y devenir de las dimensiones temporales, el patrimonio cultural, a pesar de su aparente estabilidad de herencia recibida, en realidad no es un legado inmutable, sino que, por el contrario, responde a valoraciones sociales, ideológicas e intelectuales que son cambiantes y discontinuas, en cuanto producidas históricamente: las sociedades se vuelven y se revuelven continuamente hacia el pasado para encontrar nuevos valores y significados o para renovar o anular los actualmente vigentes. El patrimonio es así una selección subjetiva y simbólica de elementos culturales del pasado que son revitalizados, adaptados o reinventados desde y para nuestro presente.
Los cambios entre los que se debate la conciencia y asunción del pasado nos llevan a comprobar cómo el proceso de creación y recreación del patrimonio no es estático sino que, por el contrario, se trata de un proceso dialéctico, variable y altamente crítico; además, el acto de seleccionar, custodiar, pensar y actuar sobre este legado de la memoria no sólo es racional o científico –aun cuando se busque el auxilio de disciplinas tan consolidadas como la historia, la arqueología, la historia del arte o la antropología– sino que también intervienen en esta crucial tarea las creencias políticas e ideológicas o incluso, ahondando en el componente subjetivo, hasta son invocadas muchas veces las emociones y los sentimientos de pueblos, de sociedades o de comunidades de ciudadanos. ¡Cuántas veces las revoluciones han sido cantadas y proclamadas ante monumentos emplazados en lugares públicos que se convierten a partir de entonces en lugares de memoria! En este proceso dialéctico y crítico de construcción o deconstrucción de la memoria se puede llegar a producir la modificación del sentido y de los valores que atribuimos a este patrimonio. Esta alteración no se detiene en este primer eslabón que atañe al concepto, al significado o al valor atribuido al objeto, sino que puede llegar a afectar incluso a la propia transformación física de ese objeto cultural o, más allá, incluso a su desaparición, como aquellos monumentos originariamente erigidos a perpetuidad y que han sido bruscamente destruidos o condenados al olvido por dejadez o indolencia. El fanatismo destructor no es algo que permanezca en el pasado, pues todos tenemos todavía en la retina la brutal voladura con dinamita de las colosales estatuas de los Budas de Bamiyan o, con paralelismo aterrador, el derrumbamiento de las Torres Gemelas de Nueva York, atroz atentado humano, caída de un símbolo y, para otros muchos, inicio de una nueva era marcada por las incertidumbres y la desconfianza en el futuro. Pero también puede suceder lo contrario, es decir, que rituales, costumbres, tradiciones u objetos culturales que han sido atrapados dentro de la red conservacionista lleguen a perder su vitalidad originaria: hemos logrado que los vestigios de la memoria sean conservados y perduren pero, eso sí, embalsamados a modo de esos especímenes biológicos que flotan inertes en botes de formol cuidadosamente etiquetados y clasificados, como sucede con esos monumentos sometidos en exclusividad a la tiranía del turismo de masas o con aquellas ciudades históricas asimiladas a la hiperrealidad complaciente y vacua del parque temático. Pero también sucede que los objetos que integran el patrimonio cultural, extraídos de ese territorio extraño que es el pasado, reciben un bautismo iniciático cuando son declarados “monumentos” o “bienes culturales” o cuando ingresan entre las vitrinas del museo, revistiéndose así de una doble naturaleza, cultural y cultual, al mismo tiempo. Pero ese culto a la cultura necesita ser reactivado o reformulado continuamente. Esto es así porque los contextos de interpretación del pasado cambian continuamente y, en ocasiones, sobre todo en los momentos de crisis o de cambios traumáticos en las sociedades, se producen rupturas en la cadena de transmisión de este patrimonio que desde luego afectan al propio concepto de patrimonio que varía en el tiempo.
Sabemos, por lo tanto, que el patrimonio cultural puede llegar a asumir un papel crucial como elemento de identificación social y colectiva, y por eso, cuando este legado realmente importa como elemento de vertebración y cohesión simbólica de la sociedad, puede llegar a ser especialmente susceptible de instrumentalización o incluso de manipulación. Las dictaduras, por ejemplo, imponen sus símbolos, fuerzan una determinada lectura de la historia que se expresa a través de una memoria impuesta y congelada en patrimonio inmutable, y los regímenes que las suceden tratan de reconducir estas interpretaciones, aunque, como todos sabemos, esto se produce no sin tensiones. Pero a pesar de esta importancia del patrimonio para la construcción de identidades no es ésta su única dimensión. También nos damos cuenta de que el patrimonio cultural ha sido y por supuesto sigue siendo un medio crucial para el conocimiento del mundo y de enriquecimiento espiritual: seguimos experimentando esa gozosa elevación al oír una cantata de Bach, al sumergirnos en la silenciosa soledad de Fra Angelico o al deambular absortos por las naves de una catedral gótica. Pero, en el otro extremo de la balanza, cada vez se percibe con más frecuencia que el patrimonio es también un recurso económico que genera riqueza y que, como se dice muchas veces con tono celebrativo, devuelve a la sociedad con creces los ingentes medios invertidos para su conservación. Pero, incluso más allá, también puede concebirse el patrimonio cultural como un importante medio de entretenimiento dentro de la actual sociedad del espectáculo, pasando por lo tanto, como vemos, de la esfera puramente contemplativa y desinteresada del mundo espiritual a la esfera de la utilidad activa y pragmática propia de nuestras sociedades del hipercapitalismo avanzado.
Es cierto que en nuestros días, a diferencia de otros tiempos, la conservación del patrimonio cultural –afortunadamente, tendríamos que decir– es unánimemente aceptada y reclamada por la mayor parte de la sociedad. Cualquier noticia que alerte sobre una posible amenaza a un monumento, sobre la pérdida de una obra de arte o el riesgo de desaparición de una fiesta tradicional recibe inmediata cobertura de los medios de comunicación y saltan las alarmas; incluso nuestra sociedad, tan desencantada ante muchas otras causas e invocaciones, en cambio sí que se moviliza con frecuencia en defensa de su patrimonio. Al mismo tiempo, observamos que el patrimonio se ha erigido en los últimos tiempos en una categoría muy presente –casi omnipresente podríamos decir– en la vida cultural y social y en las políticas públicas de las distintas instancias administrativas. Todo esto ha llevado a un espectacular incremento de la patrimonialización en nuestros días. Los patrimonios se multiplican y tememos que algún patrimonio se pierda o se pase por alto, que corra el riesgo de quedarse fuera del catálogo, cada vez más extenso, del patrimonio que ya no sólo se dedica a inventariar obras de arte, monumentos o ciudades históricas; en efecto, la red del patrimonio se extiende y se expande y abarca nuevas categorías como el patrimonio natural –con la exitosa noción de paisaje cultural–, el patrimonio vivo –las especies animales y vegetales–, el patrimonio inmaterial –las tradiciones y conocimientos populares–, hasta hablarse incluso hoy en día en los medios de comunicación del patrimonio genético o del patrimonio ético… La patrimonialización o la musealización se han expandido en el espacio pero también en el tiempo, pues el patrimonio ya no se repliega en el pasado, sino se acerca a nuestro tiempo y casi toca ya el presente. Llegados a este punto, parece que todo pueda ser patrimonio, si así lo reconoce o exige la sociedad, una institución, una asociación o un grupo cualquiera de personas que sientan ese patrimonio como propio e importante para su identidad. Esta inflación patrimonial demuestra el éxito actual del patrimonio, pero, como toda superabundancia, puede llegar a ser excesiva y desvirtuar la eficacia de la propia acción conservadora del patrimonio. Esta aceptación universal de la que, como vemos, actualmente goza el patrimonio convertiría en una tarea redundante el intento de realizar aquí un nuevo alegato de defensa del patrimonio, pues éste o no lo necesita o bien, cuando es atacado u hostigado, suele encontrar buenos abogados defensores que muchas veces actúan de oficio ante la popularidad que alcanzan determinados ámbitos de la cultura en nuestra sociedad. Baste con comprobar las eficaces campañas en defensa del patrimonio y las cada vez más frecuentes y activas asociaciones e instituciones públicas y privadas que velan por su integridad, pero también dan testimonio del éxito mediático del patrimonio las largas colas formadas ante espectaculares exposiciones de arte, el entusiasmo que despiertan los hallazgos arqueológicos o el auge alcanzado por el turismo cultural con cifras siempre crecientes. El pasado podemos afirmar que está de moda y el patrimonio goza de popularidad en estos momentos. Pero, ante esa masiva aceptación del patrimonio, que puede llegar a ser sobreabundante, adelanto que tampoco deberá buscar el lector en estas páginas nostálgicos lamentos provocados precisamente por el éxito de masas de los fenómenos culturales y la definitiva desaparición de esa forma de contemplación reposada y serena del viajero que ha sido privado del deleite exclusivista del goce solitario ante el arte y la cultura al convertirse el patrimonio, como decimos, en un fenómeno de masas.
¿Cuál es entonces el propósito de este ensayo? Podemos decir que parte de la sospecha de que este fulgurante éxito del patrimonio en nuestros días tal vez nos esté indicando, en efecto, un cambio profundo en la conciencia y asunción del pasado, un deseo acuciante del espíritu humano por conocerse a sí mismo y orientarse en el laberinto de la memoria y del tiempo; pero también puede que todo ello, en realidad, sea una ilusión aparente o tan sólo una de las caras del poliedro, pues en la actual fortuna del patrimonio en realidad parece que intervienen con causas muy diversas. Dicho de otro modo, nos preguntamos si el auge de los discursos de la memoria y la expansión abarcadora del patrimonio se debe a la consolidación en nuestra época de una nueva conciencia de historicidad asociada a un nuevo orden y sentido del tiempo o es más bien producto de la nostalgia provocada por la caída de la confianza en las promesas de un futuro que ha dejado de ser ese horizonte brillante para convertirse en una amenaza sombría; pero incluso, en la prolongación de esta duda, nos puede asaltar el presentimiento de que todo puede llegar a ser también, en última estancia, algo más frívolo, pues podemos entenderlo también un fenómeno derivado de nuestra sociedad de consumo que todo lo engulle y que llega a atrapar al pasado para capturarlo y convertirlo en un producto más de entretenimiento y marketing. Como vemos, las preguntas que suscitan la memoria y el patrimonio no reciben respuestas biunívocas sino que desembocan en un debate abierto en el que anticipo –y no por mero deseo, conveniencia o prudencia– tendremos que considerar en principio todas las posiciones como válidas, si de verdad queremos llegar a escrutar mínimamente este campo. En este ensayo trataremos de explorar, por lo tanto, las formas en que nuestras sociedades actuales consideran el pasado a través de la definición y uso –y quizá abuso– del patrimonio. No cabe duda de que se trata de un tema de gran amplitud y por eso el subtítulo que encabeza este texto anuncia desde el primer momento que aquí convocamos parte de los “conceptos e ideas” que hemos considerado fundamentales para adentrarnos esa (im)posible tarea de configurar una teoría del patrimonio cultural; esta ambigüedad deliberada a la que aludimos con esa posibilidad frustrada también estimamos que requiere una explicación, pues este cometido pensamos que es ciertamente imposible en cuanto sería ilusorio intentar fijar un solo sentido siquiera para el propio sujeto de estudio, el patrimonio, pues, como hemos dicho, éste es un concepto cambiante que está sometido a una constante reformulación, lo que impide configurar un corpus teórico único y cerrado; por eso, ante esa imposibilidad de la teoría limitamos nuestro discurso a formular una posible reflexión –entre otras muchas que podrían escribirse– articulada en torno a esas ideas o más bien conceptos fundamentales –me refiero especialmente a los de memoria, historia y patrimonio– que, por supuesto, han sido y son sumamente comentados y utilizados de muy diversas formas. Los cuatro capítulos en los que hemos estructurado el plan de esta obra nos pueden orientar algo más acerca de los objetivos y límites que nos hemos propuesto.
El texto parte de la exposición de una serie de cuestiones introductorias necesarias para un acercamiento a lo que hemos denominado la cultura del patrimonio cultural. Se prolongará así en estas primeras páginas cuanto hemos ya avanzado respecto a la actualidad de la memoria y el patrimonio, esto es, el presente del pasado o el pasado como presente que conduce incluso a una determinada “obsesión memorialista”, como se detecta en numerosas pautas de comportamiento de nuestra sociedad. A continuación se nos presenta la necesidad de precisar las confluencias y diferencias entre la memoria y la historia, pues aunque ambas nutren al patrimonio, lo hacen desde sus propias dimensiones cognoscitivas y emocionales. Por último, antes de adentrarnos en los capítulos temáticos, hemos creído conveniente revisar la teoría de los valores atribuidos al patrimonio tomando como pauta el texto escrito hace más de un siglo por el historiador austriaco Aloïs Riegl que hablaba de un culto moderno a los monumentos –el que había protagonizado la cultura historicista del siglo XIX– y que, tras los cambios producidos en el siglo XX, debería revisarse y adaptarse a lo que hemos denominado el actual culto hipermoderno a la cultura del pasado propio del siglo XXI.
El capítulo primero vincula el patrimonio cultural a la explosión de las identidades. El patrimonio cultural está indisolublemente unido al territorio y a la memoria, al espacio y al tiempo, dimensiones todos ellas fundamentales para la construcción de identidades. El patrimonio nos permite catalogar la riqueza de nuestro tesoro cultural, inventariar lo que tenemos, pero también es fundamental para encontrar nuestra identidad, es decir, para describir y tomar conciencia de lo que somos. Para ello se parte del análisis de uno de los valores inherentes y más antiguos asociados al monumento, el que Riegl denominó el valor rememorativo intencionado, esto es, la voluntad de perpetuación de la memoria que se asocia al monumento. Cuando este valor se hace explícito e intencionado en su origen, nos permite observar con claridad cómo los mecanismos de la memoria y del olvido son volubles y complejos y afectan poderosamente al patrimonio hasta el punto que el monumento tiende a ser sustituido actualmente por el memorial, por el lugar de memoria, como estimulación de la anamnesis colectiva, esto es, como representación o traída a la memoria de algo pasado, proceso fundamental para que el patrimonio exista o, al menos, sea significativo y esté dotado de sentido para el presente. El origen de la definición moderna e institucional del patrimonio, la que fue generada en el siglo XIX, sirvió para consolidar la estructura ideológica del Estado-nación, y se escribieron así las historia-memorias nacionales –o nacionalistas– que se expresaban en el Patrimonio de la Nación; pero, desde este origen institucional del patrimonio observaremos cómo este carácter unitario, impositivo y excluyente se ha debilitado cada vez más ante la emergencia de memorias parciales, fragmentarias, particulares, sometidas, relegadas o recuperadas que cada vez reclaman más atención y legitimidad, hasta el punto que el Estado-nación y sus instituciones culturales y administrativas cada vez tienen menos voz en el momento decisivo y decisorio de establecer la definición del patrimonio y, por consiguiente, en la imposición de sus valores para constreñirse cada vez más a la tarea técnica de conservar y mantener lo que diversos actores sociales han considerado patrimonio en un momento dado y en un contexto social y cultural determinado.
La cuestión de la autenticidad ha sido y es uno de los temas clave de todas las teorías o reflexiones sobre el patrimonio cultural. Las nociones de original, copia o falsificación están entre las más asimiladas y a la vez más debatidas dentro del pensamiento occidental. Pero veremos cómo los límites de la autenticidad, a poco que ahondemos en ello, son lábiles y es difícil establecer si ésta reside en la materia del objeto, en el mantenimiento de su forma o en la vinculación cierta de la obra a su autor. Pero no solamente nos detendremos en esta discusión y en sus pliegues interpretativos –a veces bastante sutiles– sino que también nos parece importante, quizá incluso más dentro del sentido general de este ensayo, tratar de dilucidar si el valor de autenticidad y el aura de la obra original en realidad sigue siendo un valor predominante en las estimaciones del patrimonio, incluso en el ámbito occidental, o más bien –en esta época de reproducciones masivas, mecánicas y virtuales– se asiste a un cuestionamiento del original o incluso, más allá, a un éxito de la réplica frente al original.
Este tema que hemos apuntado como colofón de la discusión sobre la autenticidad nos permitirá establecer un puente hacia el tema tratado en el tercer capítulo. En efecto, la fascinación por la réplica permite que el patrimonio –tanto el original como su copia– se adentre en la sociedad de consumo. Lugares como Las Vegas, que tomamos como referente de esta cultura hipermoderna, son en realidad no lugares –según conocida expresión de Marc Augé– que se nutren de imágenes alimentadas por los medios de comunicación y que recurren indiscriminadamente al patrimonio cultural para crear en torno suyo una poderosísima industria del entretenimiento. El turismo de masas, en paralelo, igualmente sumerge al patrimonio en la esfera de la economía, la productividad y la rentabilidad. El modelo de mercado y sus mecanismos de gestión y explotación no cabe duda que se ha expandido hasta comprender en sus dominios al universo de la cultura y del patrimonio cultural. La esteticidad difusa y el presentismo dominantes convierten al patrimonio en un elemento más del entretenimiento de masas. De este fenómeno –que podríamos llegar a valorarlo como contaminación, sumisión o adaptación– es decir, de esta inevitable asimilación del pasado y del patrimonio desde la óptica del consumo pensamos que se desprenderán importantes consecuencias en la conceptualización misma del patrimonio que será muchas veces “desideologizado”, privado de su densidad histórica, para convertirse en mero soporte de una imagen vacía o en reclamo de las florecientes industrias del turismo y del entretenimiento de masas.
El patrimonio cultural siempre se define en las encrucijadas del tiempo y el lugar, entre las concepciones de la memoria y la historia que dotan o privan de sentido al patrimonio, como concluimos en el último capítulo. Del cruce con el tiempo, con la delectación sensible y espiritual del tiempo, surgió el tema de la ruina que tanta similitud ontológica mantiene con la memoria, aunque aquí pensamos que la ruina en realidad se sitúa al margen o como un capítulo excepcional del patrimonio, pues aquélla tiene que ver más con el tiempo puro o sensitivo del espíritu, que con el tiempo racional de la historia al que más bien se refiere el patrimonio o, al menos, el sentido dominante –o institucional– que alcanza éste en nuestros días: ese valor de antigüedad que vaticinaba Riegl se convertiría en el nuevo valor de masas del siglo XX pensamos que en realidad ha quedado como residuo minoritario para el deleite de ciertas sensibilidades. También la representación gráfica del patrimonio nos remite a su conceptualización temporal, pues el tema clásico de la imagen monumental transmite una mirada traspasada de temporalidad, desde las visiones románticas del monumento plenas de nostalgia hasta la plasmación del instante del impresionismo que marcó un inicio para la mirada contemporánea del pasado, celebrativa y fugaz. Por eso terminaremos este recorrido con la estimación que la actual cultura del fragmento realiza del patrimonio, esto es, el patrimonio como espejismo espectral de la historia en la actual sociedad de la simulación que juega con esos fragmentos del pasado que constituyen las ruinas de la memoria. Con ello se cierra este recorrido: podemos decir que de una manera circular, casi en contradicción con la idea lineal del tiempo y en simpatía con el eterno retorno del uróboros, esa serpiente que se muerde la cola a sí misma y gira en círculo hasta el infinito. Aunque, en realidad, la naturaleza carece de historia y se limita a mantener reiterativamente sus movimientos cíclicos y la dimensión temporal, el orden del tiempo sólo pertenece al hombre que posee una historia individual y una historia de la humanidad, una dimensión no sólo psíquica sino espiritual, pues sólo pertenece a la naturaleza humana la conciencia de su propio pasado, presente y futuro.
La preocupación por la conservación institucional del pasado, de la memoria y sus recuerdos –objetivos y subjetivos, materiales y espirituales– es, sin duda, un rasgo característico de nuestro mundo contemporáneo. Aunque el coleccionismo y el acopio de obras de arte y objetos culturales existe desde épocas remotas, la conservación pública de los monumentos y tesoros artísticos a través de instituciones culturales públicas y privadas es un fenómeno propio de la modernidad. Pero este proceso, que bien podríamos llamar de institucionalización del patrimonio, surgió en medio de las tensiones y contradicciones de la nueva era. En los momentos en que los tiempos históricos se aceleraban y los cambios políticos y sociales mostraban el advenimiento de una nueva era en su faz violenta de agitadas revueltas y convulsas revoluciones fue cuando, paradójicamente, emergió con especial fuerza la necesidad de preservar la memoria como deber colectivo y público. Y esto es así porque la noción de “patrimonio” germina y brota en momentos de crisis, cuando se produce un cuestionamiento de fondo del orden y la conciencia del tiempo. No es casual que los museos nacionales de historia y arte, instituciones característicamente contemporáneas, surgieran entre las ruinas provocadas por la Revolución francesa, como un modo de proteger al nuevo citoyen de la profunda angustia que podía provocar la desaparición traumática de la memoria. Así fue, pues al mismo tiempo que el vandalismo revolucionario desataba su furia contra catedrales y monumentos religiosos –recordemos la mutilación de las esculturas de Notre-Dâme de París o la destrucción casi completa de la gran abadía de Cluny– también surgieron las primeras estructuras institucionales para la conservación de los monumentos históricos. La ambigua y contradictoria actitud del gobierno revolucionario con respecto al patrimonio se evidencia en la promulgación casi simultánea de medidas contrapuestas: la emisión el 3 de marzo de 1791 de una Suite d’instructions imponía la conservación de los monumentos en virtud de nueve criterios de valor, entre los que se mencionaban como más destacados el reconocimiento de la trascendencia de los monumentos para la historia de la nación, la belleza de su trabajo o el provecho pedagógico que para el arte y las técnicas se derivaba de su conservación; pero poco después emitía la Asamblea legislativa varios decretos que daban curso legal a las demoliciones, como el fechado el 4 de agosto de 1792 que ordenaba la “supresión de los monumentos del feudalismo”, disposición confirmada por el más radical decreto de 1 de noviembre de ese mismo año en que se afirmaba que todos los monumentos del feudalismo debían ser convertidos en “pasto de las llamas o destruidos”. La Convención Nacional Francesa comenzó a contar el tiempo desde la afirmación del acontecimiento revolucionario e implantó un nuevo calendario laico diseñado por el matemático Gilbert Romme con la ayuda de los astrónomos Joseph-Jeröme de Lalande, Jean-Baptiste-Joseph Delambre y Pierre Simon Laplace, atribuyéndose los nuevos nombres de los meses y días al poeta Fabre d’Églantine. La modernidad irrumpía vertiginosamente, se rompía el lazo con la tradición y parecía marcarse una línea precisa con un pasado que, en el pensamiento revolucionario y superada la fase de su destrucción vandálica, quedaba confinado en las vitrinas de los nuevos museos públicos: el pasado, expresado en ese patrimonio reconocido como tal por vez primera, debía ser conservado pero una vez “desactivado”, esto es, reubicado como tal pasado superado y desvinculado del presente, pues se estaba desmontando una sociedad que había estado orgánicamente estructurada por la tradición. Los anhelos se fijaron en la conquista del futuro. Esta revolucionaria manera de romper con el pasado al mismo tiempo que se imponía su conservación institucional no fue enunciada solamente desde las ideologías políticas o sociales: la aceleración de los tiempos provocada por la industrialización y la nueva civilización burguesa del progreso y el crecimiento económico indefinido, a la vez que destruía las murallas y barrios enteros de los tortuosos tejidos urbanos medievales para modernizar las ciudades, significativamente vino acompañada de la voluntad de reconstruir las viejas catedrales y palacios, surgiendo así por vez primera la disciplina “científica” de la restauración de monumentos, como modo de conservar o reactivar la memoria del patrimonio edificado y su conservación, proceso paralelo a la vigorosa construcción del futuro.
La modernidad trae consigo, por lo tanto, un nuevo orden del tiempo y una nueva estructura social e ideológica a las que acompaña esta nueva cultura del culto a los monumentos, de la preservación de las ciudades históricas, de la institucionalización del patrimonio cultural. Los organismos públicos y privados para la conservación del legado histórico, las academias y ministerios, los museos y las comisiones de monumentos, surgen y se consolidan precisamente cuando el vértigo del progreso y la radical transformación del entorno humano y natural alcanzaba las cotas más aceleradas e intensas de la historia de la humanidad. No sólo se preservaron los monumentos y los objetos históricos y artísticos del mundo occidental –como afirmación institucional de las identidades nacionales– sino que el colonialismo y la expansión global del modelo capitalista llevaron a acopiar y exhibir con minuciosidad enciclopédica cualquier cultura del planeta, quizá porque ya se temía por su extinción en las vísperas de una globalización irrefrenable: el British Museum, el Metropolitan Museum of Art o el Musée du Louvre no son sólo grandes museos nacionales, sino también auténticos compendios de las civilizaciones humanas. Pero este primer afán de las sociedades modernas por preservar el pasado, por mantener “objetivado”, “archivado” y “catalogado” el recuerdo y la memoria, no debemos considerarlo tanto el resultado de una exaltación del pasado como más bien –aunque a primera vista parezca paradójico– todo lo contrario: pensamos que esta actitud debe ser entendida más bien como un deseo de confinar el pasado en un reducto parapetado y radicalmente separado del presente y del futuro; es decir, la conservación del pasado se entendió en este momento como una consecuencia de la proliferación de las mitologías del progreso que instituyeron la primacía del futuro sobre el pasado, de ese tiempo optimistamente abierto hacia delante a través de las promesas y esperanzas escatológicas. Se trataría, como ha señalado con agudeza, François Hartog, de la imposición del “régimen de historicidad” moderno caracterizado según palabras de este autor por “el sentimiento de una aceleración del tiempo vivido por los hombres de fines del siglo XVII y XIX (y hasta el siglo XX) […] el pasado ya no aclara el presente ni el futuro, sino que es el futuro mismo el que aclara el presente y el pasado”. Tomamos una conciencia más clara de este “régimen de historicidad moderno” cuando Hartog lo contrapone al primer gran régimen, el que denomina “historia magistra”, es decir, “historia como maestra de la vida” –que comprende desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII– en el cual “el pasado es la referencia”; la historia por supuesto existe, pero, como dice Hartog, “se escribe desde el punto de vista del pasado”, es el pasado lo que “dota el sentido, lo que esclarece”; en este primer régimen de historicidad, lo que se produce en el presente o en el futuro “no excede lo que sucedió antaño” y la función primordial de la historia es proporcionar ejemplos aleccionadores (François Hartog, 2003). En definitiva, la historia, convertida en disciplina científica y no en fuente de vida, se escribe en estos primeros momentos de la contemporaneidad desde este punto de vista puesto en el futuro, como demuestra el gran proyecto de redacción de la historia de la construcción de la nación acometido en paralelo a la definición del patrimonio nacional.
La modernidad, como vio con agudeza Weber, culmina el proceso de racionalización abierto en los tiempos renacentistas que se expande y traspasa en la época contemporánea a todos los ámbitos de la actividad humana, desde la economía, el derecho y la administración pública hasta llegar incluso a afectar a las realizaciones intelectuales, artísticas e institucionales de Occidente. Este formalismo sistematizador, tan volcado en la transformación pragmática de la realidad, se extendió también al control y dominio de las dimensiones temporales, en especial de ese pasado que, una vez vencido y superado, era necesario igualmente “racionalizar”, “someter”, “neutralizar” –en suma, “conservar”– para poder cumplir así con las esperanzas y promesas del futuro. La visión premoderna y tradicional de un mundo concebido como unidad cósmica integrada, estallaba y se disgregaba y la modernidad impuso, por el contrario, una visión del mundo descentrada y diferenciada. La aceleración de los modos de vida fragmenta la experiencia temporal que se contrae en la instantaneidad del presente al mismo tiempo que se dilata hacia el deseo de cumplir el proyecto del futuro. Pero también hubo en su mismo origen reticencias y oposiciones a los designios de la modernidad y sus promesas de futuro, rebeliones que, aunque recluidas en sofisticados reductos intelectuales burgueses, fueron ideas y sentimientos que gozaron también de amplia popularidad. Así ocurrió, por ejemplo, con los “excesos” del romanticismo, tan ávido de pasado hasta el punto de querer resucitarlo alimentando con sus llantos nostálgicos la morbosa complacencia en el deterioro y consumación del tiempo de los monumentos; pero –en el extremo opuesto– los anhelos románticos también rezuman en la pretensión imposible de reconstruir y revivir los monumentos a través de una restauración entendida como el arte de la palingenesia, como espectros devueltos a un presente que, sin embargo, les resulta ajeno y extraño. Pero el presente del pasado en la modernidad pensamos que en realidad no era ése, sino aquel otro que subsumía los tiempos pretéritos en el dominante proyecto volcado al futuro, pues ya se había producido inevitablemente el “desencantamiento del mundo” y su “desacralización” y se venía a culminar el proceso de secularización a través de la imposición de la racionalidad científico-técnica y de la burocracia de la administración pública del Estado moderno.
El pensamiento moderno, por lo tanto, incluyó al pasado, a sus vestigios físicos y su orden simbólico, dentro de su proyecto global a través de lo que hemos denominado antes como la institucionalización del patrimonio cultural. Y consumó esta operación a partir de sumergir la memoria y el pasado de un modo preciso y planificado dentro de la incontenible actividad de la administración pública. Surgió así el denominado por todos los estados modernos como “patrimonio nacional”, aquel tesoro representado por el conjunto de bienes de la nación o de los pueblos que legitimaban y explicaban el presente aunque a la vez se separaban tajantemente del mismo. Los poderes públicos se encargarían a partir de entonces –y hasta hoy– de seleccionar este patrimonio y de poner en marcha los medios financieros y técnicos necesarios para su conservación. El pasado, compendiado en el patrimonio, se sometió con facilidad al sistema de la racionalidad procedimental burocrática y administrativa, como demuestran la promulgación de numerosas leyes nacionales e internacionales de protección del patrimonio. También la esfera técnico-académica se apropió y dominó el patrimonio, con la formalización de disciplinas científicas dedicadas al estudio, la conservación y restauración del patrimonio. Incluso el campo del patrimonio cultural también recibe pronto su acreditación en el ámbito más descarnado del sistema tecnocientífico como es el de la racionalidad funcional, pues en la sociedad moderna todo ha de servir para algo: así se entiende que el patrimonio permite mantener un entorno estético y cultural de calidad, fomenta la educación y el deleite de los ciudadanos, pero también “sirve” como recurso económico sobre el que pivota la lucrativa industria del turismo cultural. Sea por razones puramente espirituales o por aquellas otras de índole más pragmática, lo cierto es que la sociedad acepta y exige desde hace tiempo la necesidad de mantener este patrimonio heredado. Ésta es la más sólida y válida herencia de la modernidad en cuanto a la institucionalización del patrimonio cultural se refiere.
Hemos recibido esta estructura institucional y técnica y, afortunadamente, hemos incorporado plenamente los conceptos de monumento, bien cultural o patrimonio cultural en la conciencia social actual. Incluso podemos decir que el aparato administrativo para la conservación del patrimonio y la organización científica y disciplinaria son legados que aún perduran hoy en buena medida en la base de nuestros museos e instituciones dedicadas al patrimonio. Pero en los últimos decenios nuestras relaciones con el pasado han cambiado considerablemente hasta el punto de que puede hablarse de la consolidación de un nuevo orden del tiempo. El presente del pasado ya no es hoy el de los inicios de la modernidad y que hemos descrito más arriba y esto es así sobre todo porque nuestras relaciones con las dimensiones temporales han cambiado. Ya no creemos en los grandes relatos emancipatorios volcados hacia las promesas del futuro y la confianza en una razón fundamentadora, totalizante y dominadora se ha derrumbado. Filósofos como Richard Rorty nos hablaban en los ochenta de una nueva era posfilosófica marcada por la incertidumbre, la indeterminación y la inseguridad (Richard Rorty, 1982). La caída de la razón ilustrada se ha certificado hasta el punto de que la percepción del desencanto racionalista ya no es una cuestión de dominio exclusivo de los intelectuales sino que ha llegado a las masas. Si la modernidad buscó el desprendimiento del pasado como modo de alcanzar una teleológica emancipación de la sociedad y el individuo por medio del progreso, los tiempos posmodernos –o, según Lipoveski, los actuales “hipermodernos”– recuperan de nuevo la memoria y, aunque ya no seamos capaces de construir grandes relatos o epopeyas, sí que nos interesa cada vez más bucear por los pliegues de las memorias locales, comunitarias o personales, aun cuando seamos conscientes de que sólo somos capaces de construir relatos subjetivos, selectivos o fragmentarios. Quizá, como veremos en el siguiente epígrafe, la memoria ha cobrado inédito protagonismo, junto –o incluso “sobre”– la historia y esta constatación tendrá importantes consecuencias para el patrimonio, su definición y conservación.
Pero en este momento nos interesa más bien reforzar la aseveración con la que encabezamos este epígrafe, esto es, que el presente del pasado ha alcanzado tal actualidad en los últimos decenios que incluso se ha producido una inflación del mismo que desemboca en un cierto delirio conmemorativo o en esa obsesión memorialista que tan certeramente ha descrito Andreas Huyssen (Andreas Huyssen, 2002, 2011). Los rasgos visibles de esta exhortación a recordar aparecen por doquier y se manifiestan en una multitud de fenómenos y comportamientos públicos y privados, en actos tanto excepcionales como cotidianos. Todo acontecimiento se conmemora –desde el hundimiento del Titanic hasta el Greco 2014– y todo objeto parece ser merecedor de un museo –desde los tradicionales museos de pintura y escultura, hasta el Museo de las cerillas de Jönköping en Suecia o Museo del Alien del HR Giger en Suiza–. Pero el frenesí patrimonial está también presente en otros muchos fenómenos, como la restauración de los cascos históricos o la museificación de barrios o ciudades enteras, así como en la recuperación y auge de tradiciones y fiestas y gastronomías populares, en la proliferación de las exposiciones fotográficas y documentales televisivos; pero también el éxito de la recuperación del pasado se extiende a fenómenos de moda como el retro y el vintage o el resurgimiento de la novela histórica –convertida en esa novela posmoderna que bascula tan indolentemente entre la verdad, la veracidad y la ficción– en la afición por los relatos contenidos en memorias y biografías o la multiplicación de los archivos y las fuentes de datos –cuyo trabajo tanto han facilitado los medios electrónicos de almacenamiento– así como en la presencia constante en nuestras calles desde pequeñas placas recordatorias hasta colosales monumentos conmemorativos o incluso lugares de memoria –llamados ahora memoriales–; en los dominios privados se ha llegado a la obsesión por la autoconmemoración a través de las genealogías familiares o el registro gráfico y fílmico de nuestras propias biografías autograbadas y a veces incluso expuestas en público a través de internet, como ocurre con facebook, esa red social en la que se comparten gustos, sentimientos y registros de un presente que documenta todos los pasos de la vida como una crónica biográfica. Esta oleada de mentalidades, prácticas y productos derivados de esta revitalización del pasado desde luego que no ha pasado inadvertida a intelectuales y críticos. Algunos han hablado de una “memoria saturada” (Régine Robin, 2003), que, por cierto, bien podría ser una de las más evidentes formas de olvido, llegando otros autores a enumerar algunas de las patologías memorialistas, como la “sobredosis identitaria” (Jean Claude Kaufmann, 2004), la adicción a la memoria próxima a la neurastenia y la invalidez del pasado, la “autoarqueologización” (Charles S. Maier, 1993) o la ya citada “obsesión memorialista” (Andreas Huyssen, 2002, 2007).
¿Cómo interpretar este flujo y reflujo del pasado y la memoria? ¿De verdad estamos asistiendo a un replanteamiento de modos de vida tradicionales? ¿El pasado y la tradición vuelven a estructurar nuestras vidas? Más bien pensamos que, a pesar de la abrumadora presencia de fenómenos como los que hemos enumerado en el párrafo anterior, debemos responder que el pasado y la tradición, aunque desde luego son reclamados y reutilizados de nuevo, ya no son puntales realmente vertebradores o legitimadores de nuestras sociedades. Cuando la tradición regía y ordenaba la sociedad y dotaba de sentido a la vida –como sucedía en las sociedades preindustriales occidentales– a la tradición se le dotaba de una superioridad moral y una autoridad trascendente que provenía de un pasado tan orgánicamente conectado al presente que, en realidad, no existía ruptura entre ambas dimensiones temporales: se vivía, como afirmaba Pierre Nora, en una dimensión temporal caracterizada por el “pasado continuo”. Este “pasado continuo” en el que vivían las sociedades premodernas es lo que Nora denomina milieux de mémoire, esto es, verdaderos “ambientes de memoria”, pero con la “destradicionalización” propia de las sociedades contemporáneas, ante la pérdida de esta memoria orgánicamente conectada al presente, se recurre a los lieux de mémoire, que son memorias representadas o inventadas (Pierre Nora, 1989, p. 7). Es cierto que algunos fundamentalismos presentes en la actualidad –expresados a través de movimientos nacionalistas o etnorreligiosos– reclaman un sometimiento intransigente a una doctrina o creencia que remite a la tradición y al pasado a la vez que rechazan la modernidad, aunque no deberíamos aislar estos fenómenos de nuestro presente, pues la reclamación a ultranza de la tradición muchas veces genera formas inéditas de conflicto al chocar e hibridarse con la modernidad, con expresiones o construcciones políticas nuevas como, por ejemplo, las denominadas por Fareed Zakaria “democracias iliberales”. También es cierto que en otras tantas ocasiones las tradiciones son efectivamente reutilizadas para adaptarlas a una nueva era de espiritualidad subjetiva, una espiritualidad desinstitucionalizada, emocional y afectiva que se apoya en patrimonios simbólicos que son reubicados en este nuevo contexto híbrido e individualista que funde de un modo peculiar lo pasado y lo moderno. Pero la irrupción de la modernidad, como hemos señalado, disolvió la tradición al señalar una línea tajante entre las dimensiones temporales pasado/presente/futuro e impuso la eficacia de la civilización técnico-científica que, a la vez que institucionalizaba la preservación del patrimonio como reducto conservado del pasado, generaba una sensación de desarraigo generalizada, destradicionalización sistemática del mundo producto de la imposición del proyecto de la modernidad que ha sido descrita en los noventa por autores como Arjun Appadurai, Ulrich Beck o Anthony Giddens. Pero, en realidad, esta situación ya fue sutilmente percibida y explicada con lúcida anticipación por Walter Benjamin que asistía al declive de la que él denominó “experiencia transmitida” (Erfahrung) –aquella que se traspasa de una generación a otra– en favor de la “experiencia vivida” (Erlebnis) –más individual y, por lo tanto, efímera e inconsistente– lo que explicaría este ascenso del ejercicio de la memoria individual y subjetiva para tratar de encontrar sustitutivos a aquellos referentes extraviados frente a la racionalización sistemática y generalista de la modernidad. Este descarnado sentimiento de pérdida junto con la creciente desconfianza en el futuro explicarían la aparición de mecanismos de pseudorretradicionalización paradójica en las sociedades actuales que, como ha señalado Ariño con una bella frase, hacen que las tradiciones reaparezcan como una especie de “lágrimas de lluvia de la modernidad reflexiva” (Antonio Ariño, 1999).
Estas consideraciones creo que nos ayudan a situar con mayor claridad el actual presente del pasado: la tradición no es reclamada tanto como vuelta –que por lo demás sería utópica– a una sociedad tradicional que resulta extinguida por la imposición global de la actual civilización científico-técnica; tampoco puede ser vista como viaje de regreso a un pasado que, definitivamente, es un territorio extraño; más bien podemos decir que el pasado y las tradiciones son asumidas y utilizadas en distintos contextos generados por la crisis de la modernidad, esto es, bien como proclama para la legitimación de discursos identitarios y como respuesta al ansia de raíces y memoria para paliar la ausencia de sentido de un presente vertiginoso y un futuro inquietante o bien, de un modo más pragmático, simplemente asumiendo sus componentes estéticos, emocionales y lúdicos para componer nuevos productos de consumo de acuerdo con la lógica comercial que acosa al patrimonio, a la memoria y a la cultura en general. El pasado y la tradición son conjuros para resistirse a la uniformidad tecnológica y funcional, pero que formulados estos conjuros dentro del proceso de autocrítica a nuestra actual civilización técnico-científica, éstos han perdido mucho de su condición de fórmulas mágicas y son más bien memorias revisitadas, representadas o reinventadas que intentan una forzada readaptación del pasado a nuestros días con esos fines diversos –identitarios, memorialistas, emocionales, estéticos o puramente económicos– pero que, en cualquier caso, producen esa peculiar hibridación del pasado con lo moderno que he señalado. Las sociedades premodernas vivían en un “pasado continuo”, pero, según Olick y Robbins, Pierre Nora ya señaló que “las sociedades contemporáneas han separado la memoria de la continuidad de la reproducción social […] Ahora compartimentamos la memoria como si fuera una forma discursiva; nuestro único recurso es representar e inventar lo que ya no podemos experimentar espontáneamente” (Jeffrey K. Olick y Joyce Robbins, 1998). Las sociedades contemporáneas –modernas y posmodernas– han separado a la memoria y la tradición de la continuidad de la reproducción social y las han convertido en patrimonio: la memoria ya no se experimenta espontáneamente y nuestra única posibilidad es, por lo tanto, representarla e inventarla a través del patrimonio. Estas apreciaciones, a pesar del carácter conclusivo que parecen asumir, en realidad más bien debemos tomarlas como punto de partida para abordar los capítulos sucesivos; es decir, la reflexión sobre la multiplicidad de aspectos que asume el patrimonio en nuestros días –identidad, originalidad, consumo, tiempo, historia y memoria– deberá tener en cuenta esta ambivalente estimación presente del pasado que, a la vez que despierta entusiasmos y aparece como protagonista de numerosas actitudes y comportamientos sociales e individuales, no podemos desligarlo de su genealogía moderna y su readaptación a nuestros tiempos posmodernos o hipermodernos.
