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Una nueva revolución se ha instalado en el corazón de la vida social en casi todos los países provocando en la conciencia de los pueblos un profundo asombro que, por momentos, se transforma en incertidumbre y temor ante transformaciones cuya sucesión es difícil de prever. "Un libro excepcional por la calidad de su doctrina, la narrativa atrapante de su prosa y sus afirmaciones que integran al hombre de fe, al diplomático avezado y al ciudadano comprometido con sus valores universalmente humanos" (Marcela Mayol de Miguens). "Texto apasionado de Archibaldo que combina de manera ágil y erudita relaciones entre el pasado y el presente. Aborda temas centrales de nuestros días mostrando la complejidad para gobernar nuestras sociedades desde las relaciones sociales e internacionales, el Estado y la Nación, la soberanía, economía y problemas del ambiente. También reflexiona sobre los atributos de los dirigentes. Todo ello, cuando cabe con una profunda reflexión antropológica y filosófica" (Carlos Campolongo). "En este libro, el doctor Archibaldo Lanús demuestra que aún es posible articular respuestas creativas y enderezar el rumbo de los acontecimientos. Otro destino pide otra actitud. La lectura de esta obra la despierta" (Juan Carlos Kreimer).
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Seitenzahl: 587
Veröffentlichungsjahr: 2022
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LIBERTAD O SUMISIÓN
OTROS TÍTULOS DEL AUTOR
La integración económica en América Latina. Su teoría,
Juárez, Buenos Aires, 1972.
El orden internacional y la doctrina del poder,
Depalma, Buenos Aires, 1978.
De Chapultepec al Beagle. Política exterior argentina 1945-1980,
Emecé, Buenos Aires, 1984
La causa argentina,
Emecé, Buenos Aires, 1988.
Un mundo sin orillas. Nación, Estado y globalización,
Emecé, Buenos Aires, 1996 (Edición francesa: Un monde sans rivage. État, nation et globalisation, París, Economica, 1997).
Aquel apogeo. Política internacional argentina (1910-1939),
Emecé, Buenos Aires, 2001.
Emecé, Buenos Aires, 1996 (Edición francesa: Un monde sans rivage. État, nation et globalisation, París, Economica, 1997).
La Argentina inconclusa,
El Ateneo, Buenos Aires, 2012.
Repensando Malvinas. Una causa nacional (Obra colectiva),
El Ateneo, Buenos Aires, 2014.
Saber Ser,
El Ateneo, Buenos Aires, 2018 (Edición francesa: Vivre et non pas seulement exister, Edisens, París, 2019).
JUAN ARCHIBALDO LANÚS
Libertad o sumisión
La condición humana en el siglo XXI
Lanús, Juan Archibaldo
Libertad o sumisión : la condición humana en el siglo XXI / Juan Archibaldo Lanús.- 1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Deldragón, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8322-32-2
1. Sociología. 2. Condiciones Sociales . 3. Sociología del Cambio. I. Título.
CDD 303.490905
Diseño de interior y armado de cubierta: Laura Restelli
Diseño de cubierta: Ian Sabanes
Corrección literaria: Clara Lanusse
© 2021, Juan Archibaldo Lanús
Derechos de edición en castellano
reservados para todo el mundo.
© 2021, Ediciones Deldragón
www.edicionesdeldragon.com
ISBN 978-987-8322-32-2
Primera edición en formato digital: marzo de 2022
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
A Olivia y Teodoro
AGRADECIMIENTOS
Expreso mi agradecimiento por los consejos, informaciones y documentación que me aportaron los siguientes profesionales:
Pablo Anzaldi, Miguel Barrios, Alberto Buela, Liliana Bein, Ramón Bogado, Eduardo Carballido, Gabriel Boccaro, Eduardo Colombo, Leopoldo Frenkel, Alieto Guadagni, Rodolfo Irigarne, Juan Carlos Kreimer, Clara Lanusse, Diego Mazella, Marcela Miguens, Roberto Mori, Alejandro Olmos Gaona, Federico Ravera, Adriana Sirito, Fernando Schawrtz y Gabino Ojeda Uriburu.
PRÓLOGO
Comencé la redacción de este libro en enero de 2020 y lo finalicé un año y medio después, es decir que fue escrito durante la pandemia. Sin duda, fue el momento de una experiencia inusitada porque la vida transcurrió entre la atmósfera paralizante de una cuarentena impuesta por razones de salud y los más insólitos temores provocados por la difusión pública de variadísimos relatos científicos y muchos otros de veracidad sospechosa pero no menos inquietantes. El juicio racional y meditado fue quebrado por el enojo de gran parte de la sociedad argentina por querer comprender el tiempo de esa extraña experiencia sin poder encontrar culpables ni explicaciones convincentes. Lo cierto es que desde aquella circunstancia, en que el virus obligó a limitar la libertad de movimientos en gran parte del planeta y en casi todos los niveles sociales, nunca más podremos volver a imaginar la vida con la cándida serenidad de un futuro cuyo progreso creíamos asegurado.
Pero lo más insólito es que esta experiencia haya sucedido en momentos en que tiene lugar en el mundo, a nivel planetario, una mutación que transformará vastos sectores de la vida social, la tecnología y la cultura.
La naturaleza del trabajo que inicio ahora es muy distinta de la que me permitió escribir mis anteriores libros de historia o política internacional, donde los contenidos estaban sustentados en documentos, artículos o biografías, tradiciones orales y testimonios que me sirvieron para relatar una historia de la realidad pasada e inamovible. Fueron libros de historia o interpretación literaria, salvo el Saber ser (2018), donde realicé un recorrido por la sabiduría universal alrededor del tema de la formación del ser humano.
En este prólogo me estoy refiriendo a un libro que describe una interpretación de la realidad del mundo actual y de la evolución de acontecimientos políticos, científicos y aun psicológicos, cuya dinámica de cambio es incesante. No pretendo tener la única hipótesis de verdad, pero me he apoyado, desde la soledad de mi biblioteca –donde permanecí rodeado de libros–, en la consulta de una extensa y actualizada bibliografía, en las opiniones de especialistas, en los informes de institutos de investigación, y en el acceso facilitado por las nuevas tecnologías a otras fuentes de información. Mis conocimientos e intuiciones personales completaron la información a la que accedí para describir la realidad.
El mundo que abarqué también incluye opiniones sobre la Argentina, aunque estas sean limitadas y fragmentarias, pues mis opiniones superan esa realidad.
Si bien mis fuentes informativas de hechos políticos y sociales, datos científicos y construcciones intelectuales son contemporáneas o actuales, no he podido abstraerme de la matriz cultural que alimentó mi formación profesional y mis preferencias por las creaciones literarias y filosóficas que jalonan la historia universal o la epopeya argentina. Tuve en cuenta las enseñanzas y experiencias tanto de Tucídides en la Antigua Grecia como la propuesta de Giovanni Pico della Mirandola, el florentino que en 1486, a los 23 años, publicó Conclusiones filosóficas, cabalísticas y teológicas, más conocido como “Las 900 tesis”, que tenía como prólogo una obra maestra, el famoso “Discurso sobre la dignidad del hombre”. Abrevé también en el Sermón de la Montaña del Nuevo Testamento y en algunas de las cartas, donadas a la Universidad Hebrea, que escribió Albert Einstein a su adorada hija.
Este libro no está enfocado específicamente en la Argentina, aunque no he podido olvidar muchos testimonios liminares sobre nuestra experiencia nacional. Recordaré la confesión del general José de San Martín que consta en una carta que le escribió a su amigo el general Tomás Guido, fechada en Montevideo en febrero de 1829: “[…] siento los males de nuestra patria estoica […]”. También la carta que Juan Manuel de Rosas le escribió al general Facundo Quiroga el 20 de diciembre de 1834, que se llamó posteriormente de la Hacienda de Figueroa, donde aquel le explica al caudillo riojano su visión de la situación política de la Confederación Argentina; o el magnífico libro El juicio del siglo, de Joaquín V. González, donde afirma que la ley histórica de la Argentina “es la discordia” y que el pueblo argentino es víctima de esa “hidra feroz”. Tampoco puedo dejar de admirar el júbilo con que Rubén Darío nos saludó, al celebrarse el Centenario, en su Canto a la Argentina: “Salud patria que eres también mía, porque eres de la humanidad”.
Estoy convencido de que no es posible emitir un juicio sobre la actualidad, en el vacío de todo valor moral.
Este libro trata de abrir un juico sobre cambios políticos, tecnológicos y culturales que están llevándose a cabo en este comienzo del siglo XXI a nivel mundial pero, sobre todo, intento interpretar su sentido y señalar sus consecuencias sobre la vida del ser humano. Como afirmaba el filósofo español José Ortega y Gasset, es un privilegio estar viviendo en un momento en que ocurre “un recodo de la historia”.
Una nueva revolución tecnológica se ha instalado en el corazón de la vida social de casi todos los países, provocando en la conciencia de los pueblos un profundo asombro que por momentos se transforma en incertidumbre y, a veces, en temor ante transformaciones cuya sucesión es difícil de prever.
Como nunca antes en la historia, la revolución tecnológica ha adquirido una dimensión invasiva sobre aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos e intelectuales del ser humano.
Las aptitudes de la inteligencia cognitiva serán un patrón de medida para la selección de dirigentes en muchas actividades que no dejarán de ampliarse tanto en el mundo desarrollado como en los países en vías de desarrollo (PED). Sin embargo, es necesario evitar la tentación de querer someter a las sociedades al imperio de la tecnología y de la inteligencia cognitiva, porque ello sería discriminatorio para los que no tienen esas habilidades. A mi juicio, no debemos encandilarnos con la inteligencia y la tecnología al punto de socavar las bases de igualdad que fundamentan la sociedad democrática, sin privilegios de clase ni de nacimiento. Todos deben participar en una sociedad democrática según sus capacidades y esfuerzos.
El futuro cercano nos permitirá evaluar la profundidad de los efectos de la revolución tecnológica sobre la vida humana. No vale la pena establecer hipótesis sobre lo que podría avizorarse en un futuro próximo. Este libro plantea en parte esas conjeturas.
Al mismo tiempo, en muchos lugares del planeta puede percibirse que está emergiendo una nueva conciencia social en grupos humanos que plantean con insistencia un pleno reconocimiento de su dignidad, como si hubiera llegado el mítico momento de completar una larga maduración de la humanidad.
A través de una participación que supera los canales de la democracia liberal tal como se ha practicado tradicionalmente, es posible percibir en el aspecto político una creciente resistencia a las arcaicas prácticas de gestión pública en manos de elites sin convicciones morales ni preparación profesional. Es como si se tratara de responder a las expectativas de un proceso de maduración de la humanidad. El bien común debe imponerse a los intereses individuales y satisfacer nuevas expectativas, como ser la mejor calidad de gestión de recursos y bienes públicos, la defensa de políticas gubernamentales que respeten la preservación del medio ambiente, la promoción de la justicia social y una más equitativa distribución del ingreso, y el pleno respeto de los derechos humanos. Se trata, de algún modo, de restablecer las utopías colectivas que plantearon poetas, intelectuales y místicos sobre la justicia, el bienestar y la libertad de los individuos y sus familias, en un contexto nuevo de pluralismo sin discriminación ni marginación social.
Sucede que ambas mutaciones, la tecnológica y la social, enfrentan la misma paradoja. Se plantean como una tensión de caminos posiblemente alternativos: facilitar la felicidad humana, la libertad y, en general, el bienestar a todos los niveles en la sociedad democrática, o utilizar la dinámica de cambio a favor de estructuras de poder –o concentración de autoridad– que representan intereses ideológicos, políticos o económicos u objetivos de control y dominación de unos grupos sociales sobre otros.
Quizá sean los cambios políticos o sociales los que se presentan con mayor incertidumbre. El deterioro de las democracias, comprobado en varios países, la crisis de la representación y las oposiciones entre concepciones diferentes en materia de políticas públicas, nos enfrenta a un proceso no carente de tensiones y quizá de violencia en muchas partes del mundo. La resolución de conflictos sociales no ha sido fácil de encontrar, y los años que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial, con sus numerosas crisis, enfrentamientos y violencia en muchas partes del mundo, son prueba de ello. Estos antecedentes no auguran un porvenir muy pacífico, si las elites que conducen el mundo no se avienen a satisfacer estas expectativas.
La democracia es celebrada como virtud y defendida con pasión como un mantra frente al autoritarismo. No obstante, es atacada por quienes la consideran un instrumento al servicio de las oligarquías y, desde las trincheras liberales, porque ven en ella un peligro populista acicateado además por la demagogia.
La democracia, como sistema de gobierno, experimenta actualmente tensiones con los grandes grupos de poder que responden a intereses globales no territoriales. Esta tirantez se manifiesta sobre todo a nivel económico entre el bien común de un Estado de bienestar y los intereses de un enfoque más individualista; en cierta forma, el poder que se manifiesta a nivel global se separa cada vez más de la política que es territorial.
Observamos con inquietud que grupos autoritarios, encubiertos con una falsa legitimidad, utilizan las nuevas tecnologías para el control y la vigilancia de las poblaciones más vulnerables y sumisas. Con mecanismos oscuros y ocultos, controlan la opinión, condicionan la libertad de consumo y el voto en las elecciones, y hasta ejercen censuras en espacios donde el libre albedrío debería estar garantizado por las libertades constitucionales. Algunos sistemas políticos sin eficientes resguardos para defender las libertades, expuestos al encantamiento del dinero, o sumisos al espejismo del poder, permiten a elites sin prejuicios, arrogantes y ambiciosas utilizar nuevas técnicas para manipular en su beneficio la evolución biológica y cultural de vastos sectores de la población.
La era digital a la que hemos ingresado ha desarrollado una adicción a la acumulación de datos, que los Estados o los privados utilizan en su beneficio, invadiendo la vida de individuos o familias. He inventado un vocablo para designar esta avidez: “dataísmo”.
Una malla de informaciones, administrada por el Estado o entidades privadas, intenta controlar y vigilar a los ciudadanos condicionando su libertad o manipulando su libre elección como consumidores, actores políticos o emprendedores culturales, imponiendo límites a su accionar o sometiéndolos al imperio de poderes cuyas intenciones se desconocen.
La ecología del planeta Tierra, el Estado, la economía y el orden internacional son las principales plataformas de una disidencia que aún no ha sido conciliada por una concertación política, sin duda necesaria luego de tantos conflictos y violencias.
En este libro se sostiene el criterio de una visión integrada a la globalidad de la salud del planeta Tierra. El papa Francisco ha planteado la urgencia en salvar la “casa de todos” frente a un deterioro que ya amenaza la vida humana. Hace más de ochocientos años, desde su humilde sabiduría, San Francisco de Asís, en el Cántico de las criaturas, nos dejó las más sublimes alabanzas hacia las creaciones de este mundo; hacia el “hermano viento”, hacia la “hermana madre Tierra”.
Somos parte de la naturaleza –un axioma evidente pero con frecuencia olvidado– y, por lo tanto, la salud humana y el clima están íntimamente conectados. Tres cuartas partes de los patógenos humanos provienen de los animales, por eso la preservación de la salud humana no puede hacerse sin incorporar la integralidad de la Tierra. La Tierra grita. ¡Y la salud padece! Debemos responder al desafío de la salud partiendo de la unidad biológica de nuestro planeta.
El leviatán, que fue el monstruo bíblico con el que Thomas Hobbes representó al Estado, es el centro de un debate central en la lucha de poder entre quienes, con teorías del neoliberalismo, pretenden reducirlo, y los que le asignan un rol importante para compensar y equilibrar las distintas fuerzas económicas y de poder que se manifiestan en las sociedades.
El Estado garante de las libertadas ha sido desacreditado por la corrupción en muchos países. En la Argentina, el Estado se ha transformado en el “botín de guerra” de las luchas políticas que intentan dominar a la sociedad.
Esta discusión va en paralelo con las doctrinas económicas que asignan al individualismo el papel de distribuir recursos e ingresos en las sociedades, y las que creen en un Estado que debe enfocarse en las soluciones económicas desde la centralidad del concepto de bien común y articular desde allí políticas que promuevan el bienestar por encima de la simple eficiencia o rentabilidad del funcionamiento de la economía.
Desde que Adam Smith publicó en 1776 Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones se ha venido discutiendo, sin lograr coincidencias, sobre la mayor o menor libertad para los actores económicos, el papel que debe jugar el Estado y, en general, la forma de distribuir las riquezas y/o la producción.
La pobreza y las megarriquezas constituyen, junto con el deterioro ecológico, uno de los grandes desafíos del mundo en la actualidad. En este libro destaco que esa desigualdad no es el fruto de la falta de capacidad de los rezagados, como si tuvieran la carga de padecer una “molicie cultural”, sino la consecuencia de políticas nacionales e internacionales que la han provocado.
También sostengo que la mutación que experimenta el mundo es un momento propicio para pensar e imaginar el camino de un desarrollo con un objetivo que considero central para la dignidad humana: el bienestar.
En el capítulo V, “El mito de la abundancia”, propongo una revisión del enfoque económico. Creo que el mundo está en tránsito hacia un tiempo de compasión, imaginando el camino hacia un desarrollo humanista; expreso textualmente lo siguiente: “Así como las ideologías han mutilado la fluida emoción de la aventura de vivir, las doctrinas económicas han cercenado el enfoque de las políticas gubernamentales que de la gobernanza de seres humanos han pasado a ocuparse principalmente de la administración de las cosas”.
En cuando al orden internacional establecido al finalizar la Segunda Guerra Mundial a partir de la Carta de San Francisco y los acuerdos de Bretton Woods y posteriores, analizo el funcionamiento del sistema de seguridad colectiva, la quimera de un orden monetario que no fue y los intentos por instituir un sistema de intercambios más favorable para el desarrollo de todos los países, grandes y pequeños.
La conclusión es que las reglas políticas y económicas no fueron respetadas ni antes ni después del fin de la Guerra Fría. A casi treinta años de su creación, la Organización Mundial del Comercio (OMC) se ve cuestionada por los grandes países –los subsidios agrícolas que distorsionan los intercambios ascenderán este año a más de 700 mil millones de dólares en los Estados Unidos y la Unión Europea– y la sempiterna confrontación entre sociedades ricas y comunidades en vías de desarrollo ha vuelvo a resucitar.
Los arsenales atómicos que durante tantos años se intentaron reducir yacen en la serena seguridad de sus depósitos subterráneos. Son más de 14 mil vectores, de los cuales 1800 están en estado de alerta. Y Gran Bretaña, en medio de la pandemia, acaba de decidir un aumento del 40% de su arsenal atómico. Jamás los ejércitos tuvieron tantos efectivos como en la actualidad. A este armamentismo mundial deben sumarse los ciberataques perpetrados por grupos delictivos privados y por hackers al servicio de algunos Estados, que han generado una permanente tensión entre gobiernos e inquietante inseguridad a nivel de las empresas privadas. Una agencia especializada en ciberseguridad afirma haber detectado más de 65 mil ataques cibernéticos durante el año 2020.
El orden mundial creado a partir de la Carta de San Francisco está esperando que aparezca una nueva utopía de paz y seguridad en un mundo que quizá navegue a la deriva.
En algunos países de Occidente o tributarios de una cultura de tradición occidental, grupos importantes de la población están “deconstruyendo” los valores, el Estado de derecho y los principios, así como las costumbres que rigen la vida social que son un sedimento heredado de generaciones anteriores. Como señalo en el libro, esta dinámica de cambio está proponiendo posturas multiculturales, que relativizan los valores y las creencias, interpretando bien lo que el filósofo polaco Zygmunt Bauman ha denominado la “sociedad líquida”, donde todo flota, nada es estable y se propugna un Estado que rompa con la adhesión a una ética pretérita. El impulso central de esta tendencia avanza hacia la deconstrucción de conceptos de verdad sobre los que se basaba todo razonamiento. De imponerse, ello tendrá un enorme impacto en la educación y en la cultura que se transmite a los jóvenes.
Muchos han olvidado que “toda vida verdadera es un encuentro”, como decía Martin Buber. En las culturas actuales estamos en presencia de un narcisismo ególatra generalizado, que se observa muy bien en política y en el mundo del entretenimiento.
La creaciones estéticas, filosóficas y religiosas brindaron al ser humano un inmenso vergel de riquezas para su enseñanza y solaz. Un pueblo sin historia, sin símbolos, amnésico, está totalmente condenado a su atonía.
Una sociedad dominada mediáticamente por un espíritu liviano y jocoso, donde los mayores parecen adolescentes, ha erigido en dioses a personajes de ficción que, como juguetes de un shopping, se han transformado en héroes de historieta. A veces parecería que en algunos medios todo se toma a “la chacota”.
Sin dejar de respetar las posturas que tienen un evidente valor en muchos ámbitos, quiero destacar que el imaginario del rico patrimonio de nuestra cultura no es una creación artificial y caprichosa, sino que responde a las profundas raíces que ha desarrollado el ser humano a lo largo de su existencia en la Tierra en busca del logro de su felicidad, de su completitud, que no es jugar a la mancha o resolver acertijos.
En este libro se valora la cultura del arraigo, posición que es sostenida por muchos pensadores de todos los continentes y épocas. El ser humano debe evolucionar a partir de lo logrado o emprender una aventura que no se sabe adónde va. Las fábulas, la sabiduría popular, las canciones folclóricas que se transmiten desde los tiempos antiguos, los valores, revisados y cambiados, estatuidos como el Código de Babilonia, de Egipto, el Antiguo Testamento, o el Ramayana y la épica de las cosmogonías de Oriente, como Lasmil y una noches, o la poesía del Renacimiento europeo y tantas otras tradiciones populares, forman parte de ese patrimonio que alimenta la conciencia colectiva. En la Argentina, los estribillos patrióticos, la poesía gauchesca y la gran literatura han inculcado conductas y universos estéticos que enriquecen la vida humana.
Todos los fenómenos comentados y otros, como el avance de China, civilización que ocupará el eje central que tuvo Europa desde el siglo XIV, se potencian en el escenario de la globalización a partir de la cual lo que se piensa sucede y se proyecta en el espacio transnacional, es transmitido desde cada rincón del planeta para enriquecer nuestra capacidad de comprender, conocer y aprender.
En este trabajo esbozo algunas conclusiones que pretenden romper la incertidumbre que plantea el presente. El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que seamos capaces de soñar y hacer hoy. Al final del libro invoco esa ambición sagrada a la que se refirió Pico della Mirandola al principio del Renacimiento, y que consiste en que la suerte invada nuestro espíritu y nos vuelva “insatisfechos de la mediocridad”, insatisfechos de ser sumisos frente a los que quieran dominarnos, que no nos sometamos al determinismo de las cosas.
Al final, lo digo con convicción: nada podrá llevar al ser humano a renunciar a la completitud de su condición esencial, a su deseo de superación moral, a su necesidad espiritual. La excelencia humana prevalecerá.
JUAN ARCHIBALDO LANÚS
Buenos Aires, julio de 2021
CAPÍTULO I
LA MUTACIÓN
Más que asombro, perplejidad
El futuro siempre formó parte de la vida humana, porque era el horizonte al que estaba dirigido el esfuerzo de los desafíos del presente o, bajo otro aspecto, nos ofrecía signos que enunciaban el porvenir.
El siglo XX empezó con una utopía del futuro y terminó en la nostalgia. El futuro se ha transformado para muchos en el receptáculo de una inquietud: la duda de poder conservar lo que poseemos, la confusión sobre la verdad de lo que la razón nos indica como la realidad.
La filosofía del progreso que dominó el ánimo y las expectativas de todos los pueblos industriosos desde fines del siglo XVIII nos aseguraba una mejora perpetua de las condiciones de vida, la confianza en la ciencia, y un extremo optimismo respecto de la felicidad posible. Actuales amenazas o constantes alertas fragilizan la esperanza en aquel futuro y, sin duda, debilitan la confianza individual de la mayoría de las vidas.
La incertidumbre ha invadido la esperanza. La mayoría de los seres humanos vive en sociedades que se han despojado de sus utopías colectivas y, como señalaré más adelante, en muchos lugares la política, los gobiernos, han dejado de tener por objetivo la felicidad de su pueblo, del que se alejan cada vez más. En la actualidad, el objetivo no es alcanzar una sociedad mejor –más justa, más rica–, sino encontrar soluciones individuales para sueños personales. Más aún, luego del trabajo intelectual que formuló doctrinas o propuestas de acción colectivas desde la década de 1970, los análisis sociológicos y políticos parecen coincidir en que se registra una declinación en la adhesión masiva a las ideologías y la preeminencia del individualismo. Presenciamos el fin de las creencias de que la sociedad –las tribus–, ofrecía a los pueblos, a través de los gobiernos y sus instituciones, una utopía de optimismo colectivo, proyectada hacia el futuro: su bienestar, su grandeza y cualquier otra promesa que reflejase el bien común según las épocas y lugares.
Esta gran mutación tiene lugar en un contexto en el que las sociedades más desarrolladas promueven un relativismo cultural que rechaza la tradición de la herencia de valores, concepciones éticas, patrones culturales virtuosos de una tradición heredada, negándose asimismo que el ser humano esté arraigado en la historia. Muchos filósofos, entre ellos Michel Foucault o Zygmunt Bauman, insisten en el fin de la ética heredada, en el divorcio entre el Estado y la moral. Conciben una sociedad que vive en la precariedad, en la incertidumbre constante, donde muchos valores son descartables. No se busca lo sólido o lo que permanece, sino lo rápido, lo fluido, lo sin identidad ni raíces. Hay quienes piensan que nos dirigimos hacia la “siliconización del mundo”.(1)
En algunos países, los gobernantes solo están impulsados por la pasión de dominar y aprovecharse del poder que otorga el Estado, sin sentirse obligados a proponer objetivos definidos, ni a tener que honrar la palabra empeñada. Como nos recuerda Gabriel García Márquez en el sueño del patriarca: de aquel presidente que “gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamás”. Ejercen el poder, pero no responden por él.
Los gobiernos en muchos casos han debilitado su misión de actuar para la realización del bien común, porque están obsesionados por la administración de las cosas materiales. El ser humano está, en gran parte, desprotegido. Paulatinamente el mundo virtual sustituyó la presencia física y emocional de la alteridad. La esperanza se está privatizando porque la política se despreocupa del individuo. Es por esa razón que los jóvenes, asumiendo el grito de la “vuelta al yo”, quieren escaparse de una sociedad que los aprisiona sin abrirles el horizonte, porque para ellos una aventura personal debe tener razonables posibilidades de éxito.
Una segunda observación sobre estos tiempos perplejos es la incredulidad producida por el desvanecimiento de los grandes metarrelatos históricos, lo cual nos está llevando a poner en duda las afirmaciones categóricas que tienen relación con el criterio de verdad. ¡Dudamos de todo!, inclusive de lo que se transmite por los medios más prestigiosos porque ha aparecido la práctica de las fake news, que nos hacen escépticos o incrédulos. Si el relato es falso, ¿quiénes somos entonces? Este fenómeno de confusión o dificultad de entendimiento que tiene el público no especializado frente a los hechos de la realidad vuelve dudosa la comprensión del mundo en el que vivimos.
La prensa se ocupa más de difundir las opiniones que los hechos, lo cual abre un gran espacio de manipulación de creencias y emociones con el fin de alterar conductas sociales y la opinión política. La posverdad, si damos crédito a la afirmación de que estamos ante un nuevo concepto que se emparenta más con la mentira que con la verdad, nos lleva a ser objetos de la manipulación, a darles un sentido arbitrario a los hechos.
La nueva atmósfera que invade la comunicación induce a la perplejidad ante la dificultad de entender la realidad. Al iniciarse el siglo XXI, los pueblos cultos se habían acostumbrado a entender la historia, no a partir de los hechos –“espuma de la historia”, según la Escuela de los Annales–, sino a partir “de los movimientos que en el curso de los tiempos hacen desplazar lentamente los subasamentos de la cultura”.
Recuerdo que Fabrizio, en la novela La cartuja de Parma, de Stendhal, luego de haber presenciado la batalla de Waterloo y sus escaramuzas, se preguntaba a sí mismo: “¿Realmente he asistido a una batalla?”. No podemos contar la historia a partir del número de inválidos que habitaban en la Bastilla en 1789 si no es a partir de comprender el sentido de este acontecimiento. Pero la comprensión de la realidad requiere un principio de verdad cuyo basamento es ético, lo cual está cada vez más ausente de la cultura de la comunicación de nuestros tiempos. Predecir es propio de la existencia del ser humano. Vivir es anticiparse. Cada una de nuestras acciones se proyecta hacia el futuro.
Pareciera que hacia fines del siglo XX una mutación alteró la comprensión de la realidad por parte del ser humano. Como si entre la palabra y su significado se hubiera interpuesto una anomalía mental que nos dificulta acceder a la realidad a través del uso de la razón.
Como dice el historiador Eric Hobsbawm, quizás estamos ingresando en una nueva fase de la historia mundial, y estamos terminando la que hemos conocido en los últimos diez mil años, es decir, desde la invención de la agricultura sedentaria. Quizás algún tipo de infección por el mal uso de la biosfera haya deteriorado de tal modo nuestro hábitat que hemos perdido los reflejos morales que guían al humano para cumplir con la justicia universal y la armonía cósmica, como decían los antiguos egipcios. Es como si la conducta del hombre se hubiese desconectado de la vida.(2) Pueden ensayarse muchas hipótesis como causas de este cambio, como un cuestionamiento de las convicciones, los valores o las creencias que estaban arraigadas en las culturas dominantes del planeta. Quizá debiéramos replantear nuestro destino común, establecer nuevas prioridades, abrir interrogantes que las generaciones anteriores ya habían resuelto. Es como si debiéramos reposicionarnos para encontrar nuevamente el centro de gravedad.
A pesar del extraordinario avance tecnológico y la rápida creación de bienestar que ha permitido reducir la pobreza de la población mundial, me pregunto si podrá el ser humano cumplir con las aspiraciones profundas de su naturaleza en un mundo como el actual, cada vez más deteriorado en lo ecológico, con poblaciones alucinadas por la dependencia de bienes efímeros, con grupos privilegiados distraídos por entretenimientos permanentes, en países donde los gobiernos han olvidado el bien común y el valor de la virtud como conducta personal, porque en estas sociedades los gobernantes están obsesionados por el poder y la fama, o están poseídos por la avidez de la codicia. Se observa, cada vez más, que no se trata de gobernar la sociedad humana, sino de administrar las cosas. En muchas circunstancias y lugares, el ser humano ha quedado en segundo plano.
En momentos en que una fuente de inventos tecnológicos nos abruma con múltiples aplicaciones que sustituyen energías y trabajo, amenazando supuestos valores intangibles asignados a la inteligencia humana, es difícil no perder la certeza sobre la mejor forma de organizar la vida social en común. La crisis sanitaria del coronavirus desató reacciones inesperadas que amenazaron la libertad.
Transitamos un excepcional devenir económico y técnico, y se percibe claramente que vivimos un desequilibrio en la humanidad en términos sociales, y en el planeta en términos ecológicos.
Los pueblos, sus ideas, sus emociones y su vida misma se ven atraídos por el espejismo de una burbuja civilizatoria global. La nueva dimensión de este espacio nos permite imaginar que el mundo amenaza socavar las bases de la cultura milenaria que se constituyó por el esfuerzo creativo de la epopeya humana. Hay síntomas de que se estarían modificando los deseos de felicidad, justicia y libertad que inspiraban la vida del ser humano.
Con la ayuda y la mediatización de su imperio tecnológico, la nueva sociabilidad global instala la vigencia de nuevas pautas de conducta que nos apartan de la alegría y de los impulsos de bondad, de la admiración por la belleza y hasta de los cánones de amor que son la herencia más preciada de nuestra cultura. Quizás ello sea solo transitorio, pero es evidente que la ausencia de memoria ha demolido el respeto hacia antiguas creencias. Las redes trivializan hasta el pensamiento más reflexivo, desintegran la legitimidad de reinos o repúblicas, desprestigian hasta transformar en impostores o farsantes a quienes ejerzan autoridad. Un entretenimiento vacuo, sin valores o reglas de juego, ha invadido la sociedad. Para completar el cuadro, quizá faltaría agregar a los traidores, que son los otros pecadores que Dante, en su Divina comedia, coloca también en el último círculo del Infierno.
Aquella burbuja “siliconada” nos ofrece la velocidad que exige una obsesiva atención, la mercantilización de la vida cotidiana, una democracia jaqueada por dispositivos digitales, una visión autoritaria de la eficiencia administrativa. Afuera de las sociedades en que vivimos no queda nada o casi nada que nos guíe; adentro, la única teología posible es la sumisión.
Conocemos –o por lo menos podemos todavía recordar– la experiencia heredada de las antiguas sabidurías. Podríamos aceptar la curiosidad de transitar los caminos de “los jardines que se bifurcan” que nos indicó Borges; las mesetas del Tiahuanaco (hoy Bolivia), donde están los secretos de la cultura andina y, en definitiva, ¡estar alerta!, como enseña la civilización Tupi-Guaraní a los niños que aprenden en la selva paraguaya.
Nos sobran textos y enseñanzas antiquísimas para inspirar nuestra reflexión y anticipar la historia que finalmente nos tocará vivir. Gran parte de la humanidad, tentada por el olvido, está fascinada por la novedad que nos ofrece la tecnología.
En definitiva, hay un elemento nuevo que caracteriza la complejidad, el factor mutante en la civilización actual: el excepcional nivel de inteligencia alcanzado por el hombre en comparación con el modesto nivel de su conciencia moral. Presentamos rasgos de conducta propios del hombre primitivo en un ser humano intelectualmente muy desarrollado.
Lo más sorprendente es la falta de apertura de la conciencia humana de la actualidad, lo que ha llevado a una clausura del pensamiento o a una intolerancia que rechaza todo lo que no le es propio.
Se inaugura, pues, un momento de necesaria reflexión sobre la organización social que brindaría más bienestar, equidad y felicidad a los pueblos. Es momento de reconsiderar la utilidad de la gran revolución tecnológica y ponerla al servicio de una sustentable utopía de vida.
El propósito de nuestras existencias es ser felices, y ello no podrá lograrse sin transitar el camino de la virtud. Quizás una nueva utopía salvará la historia, como aquella que imaginó Gabriel García Márquez al recibir el premio Nobel de Literatura:
Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra.
La revolución tecnológica
Estamos transitando el centro de una revolución tecnológica que tendrá tanta influencia sobre la realidad social como tuvo la Revolución industrial que empezó a fines del siglo XVIII.
Aquella tuvo una palanca de cambio: en la primera etapa (1760-1840) fueron las invenciones, la máquina a vapor y la electricidad, que influyeron en las relaciones sociales y en el mundo del trabajo; en la segunda, la producción en masa; en la tercera, el ordenador informático personal y las computadoras.
La evolución de las técnicas utilizadas por la humanidad –desde las herramientas primitivas hasta los mecanismos manuales, hidráulicos y electrónicos–, que describe el empresario Bertrand Gille en su Historia de las técnicas, se interrumpe cuando la sociedad Intel, a principios de 1970, instaló en los Estados Unidos los primeros microprocesadores electrónicos con circuitos integrados.
Se ha comprobado lo que nos anunció Galileo Galilei en el siglo XVII: “Hemos llegado a penetrar el secreto del Universo, porque hemos descubierto el lenguaje en que ha sido escrito el gran libro de la Naturaleza. Y este leguaje es el de las matemáticas”.
La electrónica y sus productos tienen un efecto muy importante en la sociedad de los jóvenes, porque operan con una fuerza liberatoria de energías y modos de expresión que antes estaban contenidos por sociedades burguesas tradicionales o puritanas.
La cinemática de los videojuegos o la música pop y electrónica generan una irresponsabilidad alegre que estimula una cultura del entretenimiento, globalizada, y que al mismo tiempo tiene la gravedad de transformarse en una especie de “dios” manual capaz de tomar decisiones en los procesos de mando, gestionar, almacenar y transmitir información. Algo que ya puede considerase el más revolucionario invento en toda la historia.
La nueva revolución tecnológica se concretó en la Internet (creada por los científicos estadounidenses Vinton Cerf y Robert Kahn), y en la red World Wide Web, espacio abstracto de información (inventado por Tim Berners-Lee, científico británico de la computación), la inteligencia artificial, las tecnologías digitales de alta sofisticación, las nuevas tecnologías en biología y genética, la impresión 3D y la nanotecnología, por no citar otros cambios que podrán manifestarse en el futuro próximo. Esta nueva revolución informática es más disruptiva que lo que fue la Revolución industrial para las sociedades del siglo XIX.
La revolución en la tecnología de las comunicaciones ha jugado un rol central en la configuración de este nuevo proceso de globalización de los intercambios y de los flujos de información, y en casi todos los procesos de producción y gestión administrativa. Las computadoras se han transformado en una fuerza pluralizadora que fomenta la formación de un mercado libre antes que una centralización monopólica. Nadie ha podido pronosticar de antemano su impacto sobre la producción, el empleo y el comportamiento social. La novedad de la numerización, especie de ADN de la información, que permite codificar y decodificar cualquier secuencia de ceros y de unos, equivale, según dice Nicholas Negroponte en El hombre numérico, a una transformación de átomos en electrones. El byte es el nuevo universo del lenguaje planetario cuyo viaje es casi indetectable y no cuesta prácticamente nada.(3)
Podríamos afirmar que el tiempo ha vencido al espacio y que la comunicación ha abolido el peso de la geografía. Vivimos hoy nuevas circunstancias que son consecuencia de este fenómeno. Es útil comprender los efectos que puede tener esta revolución tecnológica sobre el cambio de sociedad. Alguien llamó a esta época la era de la “conectividad”.(4)
Aun cuando Internet permea todas las esferas de la actividad humana, es posible observar que existe una fusión de los dominios físicos, digitales y biológicos. En el primer caso está la aparición de la impresión 3D para la creación de objetos físicos y de los vehículos automáticos y autónomos; en la esfera digital se presencia la aparición de plataformas y la Internet de las cosas; en el tercer dominio ya existen secuencias genéticas que cambian la conjunción del ADN y alteran la biología.
A pesar de los adelantos científicos, resulta difícil prever cuál será la profundidad del cambio (entre 2005 y 2016, los flujos digitales aumentaron noventa veces). Se calcula que a fines de la década de 2040 el 47% de los empleos en EE.UU. estará en riesgo. Hay países como Estonia donde todo se hace por Internet (votaciones, pago de impuestos, procesos judiciales, la mayoría de las consultas médicas, etc.).
La revolución tecnológica sobre las comunicaciones tiene el efecto de facilitar las acciones de las fuerzas pluralizantes de la sociedad. Por lo tanto, ejercen una presión hacia la formación de un mercado libre, más que hacia la centralización del poder. Después de la masacre de la plaza Tiananmén en 1989, China quiso limitar el uso del fax, pero no tuvo éxito.(5) La primera versión de Windows 3.0, la más difundida, es usada por millones de usuarios.
El servicio de redes TikTok, cuyo fundador es el chino Zhang Yiming, se ha transformado en el nuevo gran lugar de encuentro de jóvenes. La libertad de contenidos autorizados por una ausencia de control ha transformado a este sitio en una peligrosa presencia invasora de la intimidad. El sitio tuvo rápidamente gran popularidad en los Estados Unidos y Gran Bretaña, compitiendo con YouTube. Esta red social es considerada una de las más peligrosas, acusada por organismos reguladores de falta de protección a los menores de edad y de invadir la privacidad de todos sus usuarios en general. India prohibió, por motivos políticos, la presencia de TikTok el 29 de junio de 2020 debido al contenido de los chats entre soldados chinos e indios.
En un primer momento, el uso de Internet pareció destinado a la comunicación o a la distracción de todos en condiciones de libertad. Sin embargo, de a poco, el Gran Hermano y grupos ideológicos autoritarios han puesto sus manos en el flujo de la información. Algunos mensajes son borrados, lo cual demuestra cuán frágil es la tolerancia, y qué poca convicción democrática existe entre los grupos sociales más inteligentes del mundo.
Creer que las redes sociales se librarán de las amenazas de censura por el hecho de ser comunicaciones privadas es un grave error de cálculo, porque ellas mismas han asumido en algunos casos –como la suspensión de la cuenta de Twitter del presidente Donald Trump– el rol de ser también tribunales de censura.
Tim Berners-Lee, quien como dijimos fue el creador de la World Wide Web, publicó en el blog de la Comisión Europea un artículo en el que afirma que su intención fue construir un espacio “neutral, creativo y cooperativo”. El gobierno de Barack Obama compartió su filosofía en las disciplinas que se agruparon en el Open Internet Order (2010 y 2015): allí se abordaron temas como la innovación, la invención, la creación de empleo, el crecimiento económico, la competencia y la libertad de expresión. El compromiso consistía en la obligación de los proveedores de no bloquear ningún sitio web. De esta manera, se pretendió equiparar Internet, a través de una banda ancha, con los servicios públicos de telecomunicación.(6)
El sistema tuvo una inmediata aplicación para la acción política, tal como quedó en evidencia en los sucesos de la Primavera Árabe de febrero de 2011, cuando se echó mano a Internet para convocar manifestaciones en la plaza Thair de El Cairo contra el gobierno dictatorial del presidente Hosni Mubarak, quien debió renunciar para, más tarde, ser sometido a juicio.
Por otro lado, métodos poco limpios para influir en elecciones fueron utilizados por Cambridge Analytica en el caso del Brexit en 2012 y en la campaña de Donald Trump en 2017. Como lo recuerda Mariano Roca, citando al Center for International Governance Innovation:
Internet es una frágil construcción conformada por una serie de hardware y software, estándares y base de datos, gobernados por una amplia variedad de actores públicos y privados, cuya conducta se ve condicionada únicamente por protocolos suscriptos en forma voluntaria.(7)
En diciembre de 2017, la Comisión Federal de Comunicaciones de EE.UU., bajo la presidencia de Donald Trump, cambió el libreto de la legislación estadounidense y bajo el título “Restoring Internet Freedom” se suprimió la neutralidad de la red. El propósito era dar una normativa que asegurase un sistema libre y abierto, y encargar a la Comisión la defensa de los principios de competencia y lealtad hacia el consumidor. El Parlamento y el Consejo europeos dictaron un reglamento que establecía el derecho de acceso de los usuarios a “informaciones y contenidos, a distribuirlos” sin discriminación.
Contrario a la posición de los países occidentales, el gobierno chino reivindica el concepto de “soberanía digital”. En 2006 entró en vigencia el Great Firewall (Gran Cortafuegos), con el objeto de controlar la circulación en la Red.(8) Por ejemplo, debemos recordar que China tiene bloqueado Google y solo se puede usar Baidu. El modelo chino promueve sus propios gigantes tecnológicos controlados por el Partido Comunista. La Internet china está integrada a la Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative), donde trata de obtener ventajas en varias áreas: inteligencia artificial, big data, etcétera.
Kieron O’Hara y Wendy Hall, al comentar la iniciativa Internet Plus (2015), sostienen que esta se propone alcanzar “una integración más profunda entre la red Internet y los sectores económicos y sociales para convertir a los nuevos modelos industriales en la principal fuerza motriz del crecimiento del país”.(9)
Por su parte, Rusia tendrá una red soberana (RUNET), como respuesta a la seguridad cibernética en EE.UU.
Es decir, esta creación brillante de la inteligencia humana ha quedado atrapada en las líneas de la confrontación y competencia de tres grandes potencias: Estados Unidos, China y Rusia. Potencias que todavía no han depuesto su megalomanía decimonónica en el terreno de la revolución de las tecnologías de la comunicación.
Es deseable que se logre establecer reglas para una Internet “libre y abierta”, como lo pensó su creador. Sin embargo, todo dependerá de lo que pase en el ámbito político. Hay dudas respecto de la evolución de la democracia o el avance hacia el estatismo autoritario.
Las comunicaciones por Internet podrán o no ser libres, pero la revolución tecnológica se ha consolidado e influye en la vida de todos los pueblos del planeta. Yuyal Noah Harari afirmó que “la gente imagina la revolución de la inteligencia artificial y la automatización como un evento único, pero vamos a enfrentar una cadena de revoluciones”. En ese sentido, anunció algunas inquietantes predicciones, como que todos los conductores de camiones, taxis y médicos se quedarán sin trabajo en el año 2025. Asimismo, avizora momentos de gran turbulencia a nivel mundial para los años 2025, 2035, 2045… Y lo que es más grave, que los gobiernos ignoran cuestiones cruciales como, por ejemplo, su misión de “aportar mayor claridad al debate público sobre lo que sucede en el mundo”.
El problema radica en que el debate público se reduce, en muchos casos, a temas o a cuestiones en extremo confusas y opacas. La información sobre las personas se transformará en un sistema descifrable que permitirá programar decisiones. Como dice Harari, “para manipular nuestros deseos humanos como nunca antes”. En la actualidad, la biotecnología y la informática pueden crear algoritmos con el potencial de conocer los deseos de las personas, más allá de la conciencia que tengan de estos.(10)
Pero el vaticinio más esperanzador es que dentro de algunas décadas la persona más pobre del planeta podrá obtener mejor atención médica en su teléfono celular que la persona más rica de hoy en los mejores hospitales. Según Harari, “una de las grandes batallas del siglo XXI se va a librar entre la privacidad y la salud”.(11)
La revolución tecnológica invade aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos e intelectuales del ser humano, por lo tanto adquiere una dimensión invasiva sin parangón en la historia. La juventud de hoy en día, según los expertos, ya se encuentra envuelta en una sobreexposición al mundo virtual.
En un futuro cercano se podrá dominar la voluntad humana en contra de sus deseos, se podrá modificar su conducta tanto física como moral. El ser humano se encuentra ante un abismo desconocido que le permitirá un poder inaudito y una sumisión incontrolable. Hemos llegado al punto Omega de nuestra consciencia.
Señalados los aspectos técnicos de la nueva revolución, será importante analizar qué efectos tendrá sobre la humanidad, pues ella nos coloca frente a una carrera sin pausas.
Sin duda, la inteligencia artificial será la ciencia emblemática de la segunda mitad del siglo XXI. Ha creado un dispositivo tecno-antropológico que condiciona múltiples innovaciones y crece a un ritmo de sofisticación que parecería no tener conclusión.
Según el escritor y filósofo francés Eric Sadin, se trata de un “movimiento de delegación no deliberada”, consciente o inconscientemente impulsado por una “virtualidad tecnológica” que, ciertamente, nos llevaría a hablar de una “humanidad paralela” que estaría a cargo de la conducción del mundo.(12)
El primer ensayo masivo de inteligencia artificial ocurrió en la década de 1960, cuando se instaló el sistema automático de pilotaje de aviones de línea. Desde entonces, se ha extendido el uso de robots con licencia para dar órdenes en muchas actividades de la sociedad contemporánea; es decir, el ser humano ha inventado procedimientos computarizados que permiten otorgarle una soberanía de decisiones a un sistema robotizado que lo sustituye. Se han entrelazado de este modo el espíritu humano y las máquinas electrónicas, con lo cual se estableció una nueva cartografía de la inteligencia humana.(13)
La revolución numérica ha llegado a su madurez, con una interconexión que vincula a casi todos los humanos. Hay una conectividad permanente destinada a guiar casi todas las actividades. Un acompañamiento inteligente de lo cotidiano de un “nuevo tipo de animal doméstico, impalpable, integrado, continuamente modulable para ofrecernos […] sus conocimientos y sugestiones infinitamente superiores a nuestra aprensión inmediata de las cosas.”(14) Es un ser inmaterial dotado de poderes cognitivos aumentados de manera permanente por un autoaprendizaje.
Estamos, pues, en el umbral de una civilización que pone en juego la tradición humanista que ha impulsado nuestra evolución como seres humanos espiritualmente conscientes, libres y responsables de nuestros actos.
Una sociedad proveedora de servidores seguros ha publicado un estudio en el que se comprueba que el 51% del conjunto del tráfico de Internet está originado por agentes no humanos (el estudio, publicado en febrero de 2012, se basa en el análisis de datos provenientes de un millón de sitios que utilizaban los servicios de la sociedad que hizo el estudio).(15)
El “genio electrónico” tiene, entonces, el excepcional don de amplificar nuestras capacidades cognitivas y, además –esta es la invención más novedosa–, puede tomar algunas responsabilidades que el ser humano deja de lado, asumiendo así una configuración de dimensión “frankensteiniana”. Su inteligencia no proviene de algún universo secreto o desconocido, sino que ha sido el ser humano quien lo ha fabricado (como Frankenstein). Es por eso que hay personas inteligentes que se plantean la incógnita de cuál disyuntiva va a prevalecer: ¿estamos frente a una nueva era de la humanidad o estamos en una época que anuncia la absorción de una matriz omnisciente que hemos creado nosotros mismos, y que, como dice Eric Sadin, aspira in fine a matar al padre, sin resentimiento ni efusión de sangre?(16)
Por último, quisiera referirme a la función que desempeña la electrónica aplicada a los aparatos de telefonía o Internet en la creación y transmisión de valores, mensajes e información, en una época en que se está produciendo un debilitamiento de la presencia y/o legitimidad de los valores e ideales tradicionales o que forman parte de la cultura ancestral que hemos heredado. Época esta en la que muchos pensadores rechazan su arraigo y niegan que esos valores tradicionales puedan guiar la educación y la cultura en este comienzo del siglo XXI. Paradójicamente, tanto en Occidente como en Oriente se ha completado una evolución que consistió en degradar las convicciones o creencias metafísicas o religiosas y reemplazarlas por el uso de la razón o la experimentación científica que consolidaron su presencia en las sociedades actuales. Dije “paradójicamente” porque la nueva revolución tecnológica utiliza instrumentos cargados de energía “totémica”, es decir que hemos vuelto a revalorizar el mundo mágico o mítico. Los santos religiosos o héroes de la historia han sido reemplazados por personajes de ficción, algunos de los cuales tienen facultades mágicas.
En casi todas las culturas, la religión ha quedado separada de la política o de los valores mundanos, siguiendo lo que enseñaba la tradición cristiana y que se formulaba en el siguiente principio: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
Sin embargo, una nueva aureola de infalibilidad, casi sobrenatural, se ha apoderado del respeto subjetivo que experimentan los usuarios del sistema, con un flujo de información y de datos que transmiten los servidores electrónicos. Una “carga mítica” impone un “brillo sobrenatural” al universo de los servicios electrónicos, por los poderes arcanos que muchos les asignan, llegando incluso al extremo de la sacralización.
Jacques Ellul, teólogo y anarquista cristiano francés, ha formulado un concepto importante para calificar esta realidad: “No es la técnica la que nos domina sino lo sagrado transmitido por la técnica”.(17)
Si admitimos esta sumisión hierática que provoca el uso del sistema técnico electrónico actual, podría afirmarse que estamos frente a un sistema o figura “totémica”, que ejerce confianza o fascinación hasta hacer reposar en él muchas decisiones de las sociedades actuales. Los ordenadores son como “tótems”, que despiertan emociones y deseos que fueron bien adaptados por Steve Jobs cuando se ocupó de darles un buen diseño.
Cuán importante será para la cultura del ser humano esta nueva tecnología que nos sitúa frente a un proceso evolutivo que virtualmente no tendrá límites. Si bien la inteligencia humana es infinita, muy desigual es la capacidad de los individuos forzados a vivir las limitaciones del funcionamiento temporal de un organismo biológico frente a un eventual monstruo, atemporal, impalpable, con memoria absoluta y sin fatiga física.
Debemos mantener la condición de la trascendencia humana, pero aquellos que no creen en esa dimensión deben recordar el consejo que Pico della Mirandola, en el siglo XIV, nos legó en su Discurso sobre la dignidad del hombre:
[…] velar por encima de todo a que no se nos acuse de haber ignorado nuestra alta responsabilidad […] que una suerte de ambición sagrada invada nuestro espíritu y nos vuelva insatisfechos con la mediocridad. Nosotros aspiramos a las cimas, trabajando con todas nuestras fuerzas para llegar a ellas.
La confusión de Babel
La comunicación entre seres humanos, únicos seres vivos que tienen la facultad de conciencia, es un hecho extraordinario a nivel moral, pues pueden intercambiar respuestas a los enigmas que plantea la vida, según lo afirma el famoso historiador británico Arnold Toynbee.(18)
Cuéntase en la Biblia, en el Génesis, que luego del diluvio los pueblos que confluyeron hacia la llanura de Senaar, en Babilonia, decidieron construir una torre que llegara hasta el cielo para estar más cerca de Dios y protegerse de las inundaciones. Esta decisión representa un acto de soberbia, arrogancia, cuyos autores –que antes hablaban un solo idioma– fueron castigados por Yahveh, quien según los textos sagrados sentenció: “Confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan con los otros”. Este hecho –que también está contado en el Libro de los Jubileos, el Libro III de Baruc o Apocalipsis del Juicio de Baruc, y en otros textos antiguos– dejó incomunicados a numerosos pueblos. El mito de la torre de Babel, cuyo nombre viene del asirio bab-ilu, que significa “puerta de Dios” o “de Balal”, en lengua hebrea, significa que aquellos fueron condenados a la “confusión”. No se entendieron, por lo que fue imposible la comunicación.
A partir del siglo XXI y desde las últimas décadas del anterior, grandes grupos humanos que se desempeñan en diversas actividades parecen haber sufrido una extraña disrupción en la percepción de la realidad, lo cual les impide coincidir en la evaluación de las condiciones políticas, sociales o culturales que imperan en el mundo. A una débil práctica de virtudes morales, en muchos dirigentes y actores sociales, se agrega la falta de compromiso con la verdad como valor axiomático de los juicios, o valores para definir o evaluar la realidad que los circunda. Se ha extendido un pragmatismo, que asume una actitud de “realismo” para encubrir intereses económicos o ambiciones de poder, que conspira contra cualquier lealtad que no sea de tipo material o basada en el cálculo de oportunidad.
De esta manera se fue creando un clima propicio para el multiculturalismo, que al mismo tiempo estimula una ausencia de principios morales vinculados a alguna verdad o convicción, relativizándolo todo.
En este contexto todo vale y la comunicación es un vehículo para transmitir cualquier contenido. Sin valores, la verdad es una sombra rodeada por una nube.
Se cayeron los megarrelatos que sirvieron de pilares de los mitos nacionales. La realidad se ha descompuesto en hechos que a veces son meras opiniones, y se presenta con acontecimientos inventados, fábulas o fantasías.
Hay en los últimos tiempos verdaderas olas de fake news (noticias falsas) como nunca ha ocurrido en la historia de la información pública. En un artículo titulado la “Guerra contra la verdad” el ensayista venezolano Moisés Naim sostiene que la información “potenciada por la revolución digital será el motor más importante de la economía, la política y la ciencia del siglo XXI”. Naim considera también que la información será una peligrosa fuente de confusión, fragmentación social y conflictos: es el nuevo petróleo que “después de procesado y refinado, tiene gran valor económico”. Nos alerta contra la desinformación y nos previene contra el fraude y la manipulación que fomenta el conflicto que incentiva aceleradamente.(19)
El director del diario londinense The Guardian, Alan Rusbridger, afirma que una sociedad no puede funcionar de no verificarse un acuerdo sobre lo que diferencia un hecho real de uno falso. No se puede gobernar, ni tener debates, ni trabajar sin diferenciar un hecho real de uno falso; los tribunales, sin establecer cuál es la verdad. Las controversias a veces generan verdaderas batallas verbales.
El expresidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha exacerbado los conflictos de opiniones adversas a la prensa. Llegó a decir: “Estos animales de la prensa, sí son animales. Son los peores seres humanos que uno puede encontrar”.
Tras el anuncio de que Trump había sido infectado por el COVID-19, aparecieron muchas noticias que pusieron en duda el hecho. Armando Iannucci, periodista y creador de la serie Veep, dijo: “No me sorprende que nadie le crea. Hoy por hoy, nadie cree nada”. Y agregó: “El virus que se está propagando es el que siembra dudas sobre toda información fáctica”.
La cantidad de tergiversaciones y de noticias falsas procedentes de la Casa Blanca han llevado a Nicole Hemmer, historiadora especializada en el rol de la prensa, a afirmar que “históricamente ni el presidente ni el Gobierno han sido confiables. […] Suelen no decir la verdad y en el caso del presidente, miente directamente”.(20)
Esta práctica de difundir mentiras desde los estratos más altos de la autoridad puede llegar a provocar un enorme desentendimiento social. Nadie podrá entenderse, como sucedió en la torre de Babel. En 1951, Hannah Arendt escribió: “El sujeto ideal de un régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista comprometido son las personas para quienes la distinción entre los hechos y la ficción, lo verdadero y lo falso ha dejado de existir”. Más de seis décadas después, esta descripción ha adquirido renovada vigencia. Es imperativo derrotar a quienes han declarado la guerra a la verdad.(21)
Otro aspecto de la relación del ser humano con el mundo al comenzar el siglo XXI, quizá por primera vez en la historia universal, es haber descubierto la fragilidad de la vida en el deteriorado contexto del medio ambiente. Se trata de la relación del mundo con el cuerpo físico de la especie humana. No es el azar de la moda lo que me lleva a señalar la alteración del medio ambiente, sino el peligro que esto suscita para la preservación de la vida.
En 2020, ante la amenaza de la enfermedad del COVID-19, causada por un virus de baja letalidad pero muy contagioso, que provocó ese año 1,85 millones de muertes y 85,2 millones de contagios (OMS, Universidad John Hopkins, World Meter), muchos gobiernos encerraron a sus ciudadanos en sus casas, en algunos casos por más de doscientos días, y bloquearon sus economías produciendo una sorpresiva depresión mundial. Jamás, sin embargo, tuvieron una reacción semejante frente al deterioro sistemático del medio ambiente que, desde hace ya varias décadas, amenaza seriamente la vida humana en el planeta Tierra. Ni una enfermedad, por más peligrosa que fuere, provocó tales reacciones colectivas.
Es la respiración del alma de la vida la que está en juego. El desequilibrio en la oscilación de los opuestos que gravita hacia la enfermedad. Muy pocos son los dirigentes que asumieron la responsabilidad de actuar, impávidos como lo están, frente a la suerte de las poblaciones que viven en condiciones precarias por la mala calidad del aire y el agua, el deterioro del suelo y el hábitat natural.
La excitación que mostraron por la enfermedad del COVID-19 no es comparable con la persistente apatía frente al grito de la Tierra que nos despierta cada día.
Para las generaciones que nos precedieron nunca hubo una alerta semejante. Por eso, el papa Francisco, en la encíclica Laudato si´, hace un llamado urgente para defender la casa común.
A pesar de que “nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma”, nada garantiza que lo haya utilizado bien para hacer frente a los múltiples peligros y amenazas que acechan la vida en la Tierra.
