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Antonio Canovi

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Beschreibung

"Llanos migrantes" es un libro dedicado al reconocimiento de una migración compleja, como son las historias y las geografías de la Argentina y de Emilia-Romagna.Un largo viaje, repetido por miles y miles de emigrantes, que encuentra su expresión en este libro a través de muchas voces indígenas y migrantes (que se pusieron disponibles para testificar de su propia biografía), en las que el autor crea las correspondencias entre diferentes geografías, pasado y presente.Edición digital traducida al castellano por Lucrecia Velasco Esquivel.Última edición: Mayo 2015

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Il volume è stato realizzato grazie alla collaborazione 

dei Comuni di Boretto, Castelnovo di Sotto, Gattatico, Gualtieri, Poviglio

Con il patrocinio 

Regione Emilia-Romagna

Provincia di Reggio Emilia

Cura Redazionale

Sara Vighi

Coordinamento editoriale

Leandro Del Giudice

Progetto grafico e copertina

Bosio Associati, Savigliano (CN)

In copertina

Uno para todos y todos para uno

Realizzazione digitale

Giovanni Cascavilla

ISBN 9788881038183

© 2008 Prima edizione, © 2009 Seconda e Terza edizione  

© 2015 Edizioni Diabasis - Diaroads srl - vicolo del Vescovado, 12 - 43121 Parma Italia telefono 0039.0521.207547 – e-mail: [email protected] - www.diabasis.it

Antonio Canovi

Llanos Migrantes

Una investigación geo-historica entre Emilia y Argentina

Introducción breve

El compromiso con los connacionales italianos en la Argentina se remonta al año 2002, cuando se puso en marcha el proyecto "Argentina chiama Italia", dirigido a crear una orientación informada y solidaria hacia los temas supranacionales y para la preparación de acciones concretas en apoyo de las comunidades argentinas aplastadas por la crisis, con la participación de las Instituciones locales, del voluntariado, de las escuelas, de las familias.

La experiencia ha sido fuerza motriz para impulsar una serie de iniciativas, como la creación de la escuela italiana en Pergamino o la reestructuración del Hogar Artemide Zatti, el asilo para los enfermos crónicos hospitalizados en Viedma.

Siguiendo la evolución natural de las relaciones y de los fuertes lazos construidos y sellados por una visita oficial en 2003, la ciudad de Castelnovo di Sotto llegó a ser portavoz de una necesidad de restitución cultural más ambiciosa, cuya realización, en términos de esfuerzo económico y coordinación, vio la participación directa y conjunta de las Municipalidades de Boretto, Brescello, Gattatico, Gualtieri, Guastalla y Poviglio, así como el apoyo de la Provincia di Reggio Emilia y de la Consulta degli emiliano-romagnoli nel mondo.

El proyecto de "investigación-acción" sobre los flujos migratorios que atañeron a la zona de la "Bassa" ("tierras bajas") reggiana Oeste tenía el objetivo final de devolver a la sociedad local un recorrido histórico-antropológico hacia el redescubrimiento (y enriquecimiento) de las recíprocas pertenencias identitarias, a través de una fiel restitución (también desde el punto de vista histórico) de la red de "plurimembresias" entre Italia y la Argentina.

El volumen pues compone una historia de las migraciones dentro de una específica geografía de los lugares.

A partir de los siete países de la llanura entre Po y Enza, el autor lleva al lector en un largo viaje "geo-histórico" al interior de la Argentina: los que hablan son migrantes y descendientes, en su integridad cultural, o sea un caleidoscopio de membresías. Las historias familiares surgen así, en las historias, en forma de una memoria que - cruzando el Atlántico - interroga a los Emilianos sobre su misma identidad cultural. "Llanos migrantes" es un libro dedicado al reconocimiento de una migración compleja, como son las historias y las geografías de la Argentina y de Emilia-Romagna: fue la elección de un largo viaje, repetida por miles y miles de emigrantes, que las puso en correspondencia. La sugerencia del autor es experimentarlo en el tiempo presente, acompañandose con las muchas voces indígenas y migrantes que se pusieron disponibles para testificar de su propia biografía.

Prefacio

Este libro se origina de un estudio sobre los migrantes de la "Bassa" ("tierras bajas") reggiana en la Argentina y sus descendientes. Las Municipalidades patrocinadoras de la investigación-acción son siete: Castelnovo di Sotto, Boretto, Brescello, Gattatico, Gualtieri, Guastalla y Poviglio. Esta área restringida no exime Antonio Canovi (y, en el caso de la Argentina, tampoco podría) de hacer referencias en sus entrevistas a otros territorios: de Emilia-Romagna, a toda la Pianura padana (el valle del Po) y, de hecho, las otras regiones italianas al Centro y al Sur. En efecto, como demuestran las estadísticas demográficas, la Argentina recibió (una dosis casi de manera intencional) aportes humanos de todas las regiones italianas, como ningún otro país de destino de la migración italiana.

El mismo lenguaje popular de Buenos Aires estuvo influido por los dialectalismos del Norte y del Sur. La migración comienzó, en efecto, con el predominio del Norte, especialmente de Liguria y Piamonte, y luego se extendió hacia el Centro, el Sur y las islas. Las huellas de las diferentes marcas regionales están presentes no sólo en el idioma, sino también en las iniciativas (asociaciones, festivales, ...), así como en la gastronomía de Buenos Aires, donde, mucho más antes que en Italia, coexisten ragú de carne y pummarola, bagnacauda y pesto, pizza y farinata. Un sincretismo regional que en la Argentina precede de muchos años el italiano, cerrado en su regionalismo rural.

El libro de Antonio Canovi tiene un título sugestivo: "Llanos migrantes". Acercando la Pianura padana a la llanura pampeana, el autor parece rastrear hacia atrás el itinerario ideal que Domingo Faustino Sarmiento - el intelectual y político más prestigioso en la Argentina del siglo XIX - dibujó en "Viaje a Italia" (1847). Un libro citado a menudo por los críticos argentinos, que insiste en la pésima impresión - aparte de la admiración por el arte - que el Centro-Sud atrasado suscitó en el autor. En efecto, cuando Sarmiento deja decepcionado los Estados Pontificios y el Reino de las Dos Sicilias, no ahorra críticas al atraso de la población, a la mendicidad difundida, al analfabetismo de los sectores populares.

Se ignora, sin embargo, cómo Sarmiento haya sido sorprendido por la hermosura de la campiña toscana y finalmente cómo haya descubrido en la llanura del Po el futuro que deseaba para su país, la "pampa más civilización". No parece casual que tantos agricultores emilianos (junto a otros de las regiones, en particular, del Norte) hayan contribuido con su trabajo a que la pampa desierta se convirtiese en una inmensa Pianura padana. El "granero del mundo", como será definida.

Esta investigación, tan extensa y documentada, disfrutó de dos ventajas (yo diría de dos privilegios): una, que yo llamaría "subjetiva", atribuible a la dedicación del autor; la otra, "objetiva", por la riqueza del material humano encontrado.

Vamos a empezar desde la primera feliz circunstancia: el compromiso, la pasión, la tenacidad, el conocimiento que el autor dedicó a esta investigación. Me refiero a la pasión y a la emoción que se aparecen en el curso de las numerosas entrevistas, como si el entrevistador las dejara escapar. Un detective que se niega la impasibilidad de Sherlock Holmes, y no tiene miedo de revelar sus emociones, suscitadas por las palabras de sus interlocutores. Son los componentes de lo estilo narrativo de esta investigación, que permite ver las personas que a su vez participan a un proceso colectivo (la emigración masiva).

Una historia "peripatética", como le gusta decir a Canovi; un viaje que abarca geográficamente el inmenso territorio de la Argentina y cronológicamente dos siglos de historia, y cruza las diferencias entre las clases sociales. El libro comienza con una entrevista a dos trabajadores (Cesare Meneghello y Nino Passerini) y termina, después de cientos de encuentros, con un ex Ministro de Cultura del gobierno de Alfonsín (Carlos Bastianes). Un tejido de voces que, desde Emilia hasta Italia, superponiendo generaciones y experiencias, dice mucho acerca de la historia argentina y de la historia italiana. Cabe destacar el mérito del investigador, en función de "histórico peripatético", por ser su escritura de alta calidad, pero hay otra feliz coincidencia atribuible al "material" humano. En efecto, Emilia-Romagna tiene una tradición de compromiso político, de luchas campesinas, de una pobreza enraizada en los siglos, que no contradice el empujón a la modernización de la producción, con una característica vocación de cooperación y de lucha que resalta entre las otras regiones del Norte. No es casualidad que, entre los entrevistados, haya masones, socialistas, antifascistas, sacerdotes, empresarios. Y que los sucesos políticos argentinos sean tan presentes (por ejemplo, entre los más jóvenes, a través de las martilleantes referencias a los desaparecidos y a la dictadura de los militares), en un marco político en el que los acontecimientos italianos y argentinos se entrelazan, hoy también, y a veces parecen confundirse.

Al fin este libro, en una profusión de testimonios de personas que siguen una ruta muy similar en épocas diferentes (cada uno con su propia historia de inclusión, que pero converge hacia todas las otras establecendo relaciónes identidarias entre la "herencia" regional y la experiencia argentina), demuestra cuán rica puede ser - y totalmente insertada en la modernidad - una historia migratoria. Si tenemos en cuenta el nuestro reciente pasado a la luz del presente, cuando Italia se convierte de país de emigrantes a país de inmigrantes, podemos aprender - a condición que siempre se distinga lo que es similar de lo que es profundamente diferente - cuán rica y compleja sea una estrategia de integración entre los inmigrantes y el nuevo contexto social. De hecho, una analogía que a menudo se produce en Italia es "cuando éramos como ellos". Una combinación inevitable para un país de emigración como lo hemos sido, una identificación que tiene en su raíces la voluntad de estimular un mayor sentido de acogida y solidaridad con los nuevos inmigrantes.

Sin embargo, no siempre el resultado de esta generalización alcanza su objetivo: más bien, puede contribuir inadvertidamente a crear malentendidos acerca de nuestra migración pasada, sin sacar provecho para una estrategia de integración de los nuevos inmigrantes. Se propaga una percepción aplastada sobre el desprecio de millones de inmigrantes, una serie de prejuicios (frecuentemente descontextualizados), sin que esta generalización pueda ayudarnos a entender nuestro pasado migratorio (mucho más complejo) y la migración contemporánea, que tiene implicaciones originales (religiosas, étnicas) que requieren nuevas respuestas.

El éxodo italiano duró más de un siglo. Más de veinte millones fueron los protagonistas. Fueron varios los países de destino. En algunos países europeos - como Francia, Alemania, Suiza - los inmigrantes tuvieron muy poca influencia sobre las culturas nacionales, históricamente consolidadas. Estas reflexiónes no valen en las naciones americanas - pasando por alto la diferencia, en el espíritu de acogida hacia nuestros migrantes, entre el Norte protestante y anglosajón y el Sur latino y católico - en la cual identidad presente y futura la presencia de la inmigración fue incisiva. En el imaginario de los países americanos de acogida el debate migratorio fue intenso. En el caso argentino, se alternaron esperanzas y aprensiones, influyendo en el espíritu de acogida y en la voluntad de inclusión de los inmigrantes. En este contexto, para estas nuevas identidades, la relación entre el padre inmigrante y el hijo argentino es esencial. El libro de Antonio Canovi también se puede leer bajo esta luz. Investigar más allá de las generalizaciones, tan frecuentes hoy, y comprender las diferencias entre las diversas migraciones - la configuración de las diferentes reacciones, en la política, en la economía, en el imaginario - nos ayuda a entender nuestro pasado y el presente de los nuevos migrantes.

Los inmigrantes sobre los cuales trata el libro de Antonio Canovi son protagonistas (como todos los inmigrantes, cuando se les escucha) de pequeñas épicas individuales, de una lucha diaria para ser reconocidos y, por su parte, para reconocer al otro. No parece casual que a menudo se insista en el tema de la identidad ítalo-argentina que no excluye las demás. Un reconocimiento que significa convivencia entre las diferentes nacionalidades, en un cauce común, históricamente construido con gran esfuerzo por los inmigrantes y los nativos. Una convivencia que se destaca como el buque insignia de la Argentina. Una historia de integración tras miles de dificultades, como atestigua este estudio sobre la emigración emiliana en la Argentina, que puede ser considerada ejemplar en un mundo amenazado por las diferencias y la hostilidad entre las diferentes culturas.

Vanni Blengino

¡Argentina! Argentina!

¡Argentina! El sonoro!

viento arrebata la gran voz de oro.

Hombres de Emilia y los del agro

romano, ligures, hijos

de la tierra del milagro

partenopeo, hijos todos

de Italia, sacra a las gentes,

familia che sois descendientes

de quienes vieron errantes…

Canto a la Argentina, Rubén Darío

Índice

Introducción breve

Prefacio

Capítulo primero

Capítulo segundo

Capítulo tercero

Capítulo cuarto

Capítulo quinto

Capítulo sexto

Capítulo séptimo

Capítulo octavo

Capítulo noveno

Epílogo

Fuentes documentales

Nota iconográfica

Nota biobibliográfica sobre el autor

Colofón

Capítulo primero Caminando por Buenos Aires

Silbido porteño
De mate y patrias
Desaparecidos y Reaparecidos
Las antenas del Cemla
El historiador peripatético

Silbido porteño

En Buenos Aires, mejor dicho en Capital Federal, se escucha a veces un silbido intermitente que parece una cantinela. Es lo primero que llamó mi atención en la casa de la calle México, entre Pasco y Rincón. Aprendí a custodiarlo, y a reconocerlo en medio del tráfico ensordecedor de la ciudad. Para mí que llegaba de Italia, distinguir ese silbido de primavera que caía de la copa de un árbol mientras caminaba por las calles interminables, fue una especie de ejercicio de domesticación. Estaba en América y al mismo tiempo en un lugar amigo. Más tarde descubrí – porque forma parte de las anécdotas que los porteños aman contar – que esos pajaritos no llegaron de manera casual. Junto a la escuela pública y a una pasión profunda por las cosas de Europa, el presidente Sarmiento, oriundo de San Juan, a un paso de los Andes, decidió en cierto momento importar de Francia tambiénlestitisde Paris. Los pajaritos como ornamento para una ciudad que, un barco tras otro, diseminaba inmigrantes europeos por sus bodegas populares, los conventillos de San Telmo y los bajos de la Boca. Una de las paradojas que tallaron el perfil bifronte de esta gran capital de América, con los pies en las aguas salobres del Río de la Plata y el mar en la mirada.

La fe colonizadora en la nueva civilización por fundar hizo que, junto a las tierras roturadas, se aniquilaran en cuanto “bárbaros” también a quienes habían nacido allí. Pero todo esto lo aprendería de mis amigos del AIRA, la asociación que desde hace treinta años lucha para defender los derechos de los nativos.

De mate y patrias

En las afueras de Capital Federal, con sus tres millones de habitantes diseminados por un área urbana que podría ser cinco veces la de París, encontré un mundo distinto. Estamos en el conurbano, el cordón de municipios que se extienden a su alrededor por centenares de quilómetros cuadrados. Aquí llegué, como en un viaje dentro del viaje, gracias a José Luis y a la hospitalidad de su familia, los Tagliaferro, venidos de Calabria en la época del llamado aluvión migratorio.

“¿Mate o café?”. Elijo mate, mi primer mate argentino. Nos reunimos en torno a la mesa de la cocina, en la casa de los tíos, con José Luis, el hermano Sergio y Marina, la hija bióloga. Es un domingo de primavera, la felicidad de reunirse es palpable. Me acerco al léxico familiar con discreción, trato de entender adónde he arribado. El coche caminó un buen trecho antes de detenerse – pasadas Lanús, Lomas de Zamora y otras localidades cuyo nombre no logro recordar – en ese margen para mí remoto entre la periferia y la pampa.

El mate, es algo que voy a entender a lo largo de mi viaje argentino, es una bebida-mundo. Yo soy el neófito del grupo, mi reacción al tomarlo por primera vez ocasiona comentarios. Hay quienes se encargan de introducirme en los códigos no escritos de la disciplina. Y ahí comienza una larga discusión, mientras yo tengo la percepción de que tomar mate es una actividad terriblemente seria. La enumeración de las diferentes maneras de cebarlo trasciende la alquimia culinaria (características de la materia prima, densidad y temperatura de la infusión). Irrumpe en la gramática amorosa: si lo ceba una mujer, y el mate no está lo suficientemente caliente o se ve demasiado líquido, el hombre entiende que le conviene preparar la retirada. Dilata el significado de uso: de costumbre popular se convierte en contraseña simbólica en la educación sentimental de una nación entera.

Así, la circunstancia de que yo sea un “gringo” abre escenarios identitarios transnacionales. De hecho, el ritual comunitario de la bombilla compartida parece chocar, según una opinión difusa que mis nuevos amigos me recuerdan a cada sorbo, con las costumbres “higienistas” de los italianos. Es un dato también experiencial, del que se me ofrece una confirmación inmediata en el anecdotario familiar: según cuentan, la mismísima abuela de los Tagliaferro no dejó nunca de practicar, a cada cambio de boca, una rápida inmersión en el agua hirviente. Sobre todo para la incolumidad de los chicos… Pero ése es el punto: para entrar en Argentina hay que ponerse en juego. Para formar parte de la inédita mezcla, cada uno tiene que echar su propia dosis de ingredientes en el gran puchero nacional.

Hablar de costumbres gastronómicas no es sólo un pasatiempo: ¡la comida como una manera de conocer los pueblos! El gesto con que se recogen las ciruelas del viejo árbol del huerto interpela geografías afectivas complejas, donde se confunden, sin sobreponerse, pertenencias nacionales, ciudadanías bilingües, familiaridades regionales. Hoy las mermeladas hechas en casa remiten, sin ser las mismas, a un entonces que vive en los recuerdos tramandados. De comidas y de palabras para llamarlas: lasaraccay labagna cauda, loscapellettisy lamilanesa a la napolitana… El verdadero libro que habría que escribir, afirma paradójicamente José Luis, es el de la “no-cocina” argentina, la que se construyó por importación a partir de cada corriente inmigratoria (cada inmigrado quería hacer conocer los platos mejores de su cocina regional) y más tarde por contaminación gradual entre una corriente y la otra. De manera que hoy existe, de hecho, una cocina de los argentinos que no es fácil clasificar, justamente por su evolución tan rápida y vivaz.

Por otra parte, cocina hace rima con infancia pero también con amor patrio, dado que estamos en la “nueva” tierra Argentina. La pasión desenfrenada por el pastelito de dulce de membrillo, además de figurar entre “las cosas lindas que habemo pasado”, cambia de signo y se convierte – al narrar la manera fortuita con que se originó por primera vez la masa – en un tema de certera identificación patriótica.

Entonces uno se pregunta: si en la percepción popular la patria pasa antes por la frontera gastronómica que por la militar (que también tuvo su rol en la construcción de la Argentina), ¿de qué tipo de patria se trata? Un indicio útil me pareció encontrarlo enLa cucina della nonna, un volumen bilingüe publicado en 2002 por la Regione Emilia Romagna y escrito por Analía Barrera (presidente de la asociación Descendientes de Emilia Romagna en Pergamino, importante ciudad agroindustrial en medio de la pampa húmeda). El libro de recetas de Analía tiene una peculiaridad: cada plato está acompañado por un comentario en forma de memoria, que evoca hechos y geografías al tiempo íntimos y públicos, emilianos y argentinos. Veamos, por ejemplo, la memoria actual asociada a lostortellis, un plato fundamental de la cocina emiliano-romagnola:

Cuando digo “torté”, me vienen a la memoria los cuentos de la Nonna.

Estos “gringos” emilianos eran socialistas y anarquistas, tenían un fuerte convencimiento sobre la libertad, la democracia y la dignidad del hombre. Militaron políticamente afiliándose al Partido Socialista Democrático, aquel de Juan B. Justo, de Alfredo Palacios, de Américo Ghioldi. Y fueron muy perseguidos por los conservadores, a los que no les gustaba que non fueron brutos como parecían y votaran come querían. La Nonna me contaba que cuando iban a votar, se trasladaban en sulky del campo al pueblo; y nunca se salvaban de las balas. Sobre todo cuando volvían de votar, los corrían con alguna balacera; felizmente nunca hubo que contar bajas. (Traducción en el original)

En este espacio migrante, en que los domingos se comentortellisy en los días hábiles se toma mate, se concretó esa “promesa de cada día” – para decirlo con Renan – que hace de la patria un espacio de reconocimiento. Una patria donde las viejas pertenencias se alimentan de nuevos horizontes de expectativa. Un paisaje amplio y dotado de su propio hechizo, capaz de generar un proverbio de este tenor: “El que toma mate a Italia no vuelve”.

Desaparecidos y Reaparecidos

En casa de los Tagliaferro, la memoria de la comida se transfiere de forma natural a la memoria de la política. Un poco como se leía en la memoria familiar de Analía, donde la fe en el socialismo hacía de contrapunto a lostortellis. Más adelante voy a entender que la política es un tema que aparentemente los argentinos no tienen muchas ganas de hablar, aunque las alusiones sean constantes, y muy poco benévolas. Cada vez que aparece en las conversaciones en que no se discute en serio, va a estar asociada al estribillo “plata, plata”. En fin, la mala política se convierte en una manera de conjurar el espectro del dinero que no alcanza nunca.

Con Sergio y José Luis, las cosas funcionan de otro modo. La política no fue nunca algo distante, algo que se confina o que subyuga, sino que se convierte en memoria porque afecta a los sentimientos, alcanzando las cuerdas más profundas. “Hay cosas que están cambiando”. Se refiere a las nuevas ilusiones de una América Latina que después de 40 años – después de los militares y del liberalismo salvaje – recupera la esperanza y la fuerza para levantarse de nuevo. “Cada país a su manera, pero está ocurriendo…”. Hasta en los márgenes de la grande capital, receptáculo del bien y del mal donde riqueza y pobreza están concentradas, y donde uno puede comparar y mirar la injusticia a contraluz.

Injusticia. Los ojos de José Luis brillan al escuchar esta palabra. Dice que tenemos que “ver la bicicleta”. Deduzco que no es la primera vez, pero tampoco algo tan frecuente, y él mismo comenta: “Es doloroso”. Pero hay que hacerlo. Se me escapan muchas cosas de la forma cerrada con que hablan argentino en familia, pero no el sentido de la propuesta: ahí estoy yo, en calidad de historiador y de italiano, y voy a ser un testigo. Me acompañan al piso de arriba, abren una baulera sobre el techo llano. En vez de esconder objetos abandonados, custodia cosas valiosas. Una vieja máquina de coser, recuerdo de la sastrería de familia, el oficio de los Tagliaferro desde los tiempos de Calabria. Al lado una motoneta. Más allá una guitarra, y la bicicleta, colgada de la pared. Los objetos parecen suspendidos, el espacio angosto se vuelve tiempo eterno. Me los imagino recobrando vida. El recuerdo extremo de José Luis, el primo desaparecido.

“Le gustaba tocar la guitarra. Y recorría muchos kilómetros en bicicleta, le encantaba. Después, ya no la usó nadie”.

El luto de esta familia refleja una verdadera tragedia nacional. En el museo de la memoria de Rosario, un lugar que definiría al tiempo doliente y sabio, voy a aprender que los objetos de los desaparecidos pueden servir para un trabajo específico de elaboración colectiva del duelo. Ellos la llaman “química de la memoria”. Junto a las cosas, reaparecen los sentimientos que las volvieron íntimas y queridas. Costras sueltas de recuerdos que toman la forma de memorias finalmente presentes.

Se va a celebrar el 24 de octubre de 2007, en el cementerio de la Chacarita. Lo organiza la asociación Barrio para la Memoria. Un ritual civil, pero no para enterrar, sino para seguir contando. Se lo merecen. José Luis Tagliaferro (homónimo del primo que me dejó su casa en Capital Federal, en ese entonces eran “hermanos de lucha”) y la novia Cristina Galzerano.Reaparecidos.

Las antenas del Cemla

Conocía el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos por clara fama. Forma parte de una red internacional de centros de estudios administrados por los Scalabrinianos, una orden religiosa que tiene sus orígenes en la pastoral de la emigración emprendida a partir de 1878 por el entonces obispo de Piacenza (la ciudad más al oeste de Emilia Romagna, sobre las costas del río Po).

El de Buenos Aires – el tercero que visito, después de Roma y París – se encuentra en un elegante edificio liberty sobre avenida Independencia, a dos pasos de la sede del sindicalismo peronista. Desde las ventanas que asoman al patio me sorprende, con el ritmo impetuoso de los tambores de la calle, la manifestación popular con la que cada 17 de octubre el pueblo descamisado conmemora el pronunciamiento de Perón de 1945.

Uno de los pocos sitios moderadamente silenciosos que conocí en Buenos Aires, apto para un momento de pausa meditativa, el CEMLA se revela un lugar importante para una confrontación cabal sobre la ciencia migratoria. La consulta de los materiales documentales – en una sala donde destaca, evocador, el mapa en formato grande de Argentina – se cruza con el vaivén formado por los estudiantes universitarios, los jóvenes religiosos scalabrinianos, los descendientes de migrantes que buscan, en el banco de datos promovido por el centro, noticias sobre el desembarque de sus antepasados en el puerto de Buenos Aires.

Lo que había comenzado a sospechar en Italia encuentra aquí una primera, decisiva confirmación. El valor social del hecho migratorio vive de manera difusa en la memoria presente de los argentinos o, como quizás sería mejor llamarlos, de los habitantes de la tierra argentina, para tratar de verlos de otra forma pero también para reconocer la variedad de su composición etnocultural, en términos de ciudadanía política y nacional, de procedencia y de elección lingüística.

Hablo de esto con la responsable del archivo, la historiadora Alicia Bernasconi. Le refiero una impresión mía superficial, acerca de una italianidad que parece haber viajado menos a través del idioma que a través de la gastronomía. Alicia me corrige en seguida: “Ahora en Argentina el italiano se estudia más que en cualquier otro país del mundo, salvo en Italia, ¡claro!”. Aunque es verdad que, precisa, “en las universidades no se ve”. No son, por lo visto, los estudiantes universitarios los que atestan los cursos de italiano que, entre centros y asociaciones, proliferan hasta en las ciudades más pequeñas de la Argentina. Hay, en este sentido, un gap histórico: hasta la primera guerra mundial el italiano era un idioma que se enseñaba en los colegios, después se suprimió. En la escuela primaria se estudia español, en la secundaria francés e inglés, pero a esta altura – comenta Alicia – “el francés es sólo un idioma cultural, mientras antes – fue así también para ella – era el idioma más importante para entrar a la universidad”.

La reflexión sobre los usos lingüísticos involucra evidentemente la naturaleza profunda de la mismísima argentinidad: antes se alimentaba de palabras francesas, ahora “está de moda el inglés”.

Pero queda esta curiosa resistencia, y hasta diría una retractación, del italiano. Se estudia en todos lados, aunque esté reconocido de manera oficial sólo en unas pocas escuelas italianas acreditadas a nivel ministerial. En Capital Federal, me parece entender, son tres: la Dante, la Colombo y la De Amicis. Más algún curso que empieza a aparecer en algunos colegios públicos. Un puñado de escuelas pero también, como voy a comprobar en las opiniones que voy a encontrar, un discreto prestigio acumulado con el tiempo. Y además, más allá de los números - el italiano sigue teniendo un rol marginal en el sistema educativo argentino – están los valores simbólicos. Éstos tienen que ver con el campo del imaginario, tanto el argentino como el italiano.

Tomemos por ejemplo las referencias a Edmondo de Amicis: algo sorprendente, mirado desde Italia. Fue un escritor con una popularidad amplia y después, por mucho tiempo, muy controvertida, como lo demuestra el destino de su libroCorazón. Lectura casi obligada en la escuela primaria italiana, su pretendida ejemplaridad pedagógica tal vez haya terminado por provocar, entre los lectores más jóvenes, una discreta desafección patriótica contraria a sus intenciones. Con la temporada cultural del ’68, llegaron para la obra y su autor la contestación y luego el declino. Y sin embargo, el cuento “De los Apeninos a los Andes” –de esto tuve una percepción viva en la Argentina – es algo que yo, personalmente, guardo en lo más profundo. Los buenos sentimientos se mezclan con el atrevimiento, hasta rayar lo temerario, y por una vez, la dedicación familiar coincide con el espíritu de aventura.

Hubo un gesto, además, que me hizo pensar. En uno de mis primeros, esperados encuentros con descendientes de emilianos, el economista Juan Benassi (la familia paterna es originaria de San Sisto di Poviglio) me ofreció, para que lo leyera y como prueba de reciprocidad, otro cuento del autor ligur, “En el océano”, donde se habla de emigrantes italianos. Un libro-reportaje lleno de humores, sabores y también sufrimientos, que en Italia quedó olvidado durante mucho tiempo (casi imposible de encontrar, lo volvió a publicar Diabasis en 2005).

De Amicis, visto desde la Argentina, produce una impresión muy diferente. Sigue siendo una memoria presente. Difunde una italianidad que no vive en el purismo del idioma, sino que se reconoce en las formas espurias de las costumbres sociales; y por más que le cueste traducirse de forma conciente en memoria pública, logra transportarse en el espacio íntimo de la vida popular.

Alicia, en su discurso, insiste: sobre la naturaleza de esta presencia tan prolongada, y sobre lo difícil que es, sin embargo, establecer una identidad apropiada. La tensión identitaria se mueve, según ella, “entre lo que es un italiano en Argentina pero que ningún italiano reconocería como verdaderamente italiano, y cierto ascendiente cultural, no diría de la italianidad, sino de lo que Italia representa para los argentinos”. En fin, “los hijos en realidad son argentinos, solo que para ellos ser argentinos tiene un elemento italiano muy fuerte”.

Yo hago mis observaciones, pensando sobre todo en el caso de Francia, donde aparentemente los que se hacen franceses conceden muy poco a los demás espacios identitarios. Algo empezó a moverse también del otro lado de los Alpes, bajo la forma autoritaria pero siempre tranquilizadora de la asimilación. La difusión de las genealogías, especialmente, está asumiendo las proporciones de un verdadero fenómeno cultural. Pero, a fin de cuentas, es una reivindicación que no supera ciertas barreras: la localización de los antepasados se convierte en un ejercicio filológico privado (familiar), que no pone en discusión las pertenencias colectivas, y aún menos las nacionales. En cambio en Argentina, cierta transversalidad de lenguajes existe ya desde los estadios primigenios de la nación. Así, nos movemos en un mundo de asonancias que son verosímiles pero nunca coincidentes. En un mundo donde se habla dialecto, salvo descubrir después que el vocabulario es otro; y la cocina tiene los mismos nombres pero en realidad es diferente…

Desde este punto de vista, estamos en América. Pero tampoco la comparación con Estados Unidos es inmediata: allí los censos nacionales se hacen por grupos étnicos, aquí la dimensión cultural de la pertenencia me parece infinitamente más importante. Y sn embargo, no me arriesgaría a adoptar, para leer a la Argentina, una clave interpretativa al calor del relativismo. Diría más bien que la argentinidad desborda los confines geopolíticos y – demodus vivendide un pueblo – pasa a asumirse e interpretarse como esperanto universal. Estamos en la tierra – el comentario me va a acompañar, orgulloso, adonde quiera que vaya – del “todo de todo”. Donde no sólo se puede encontrar de todo sino que cada lugar es tan distintivo que merece el apelativo (pronunciado con énfasis incontrovertible) de “el más lindo”.

La insistencia en los superlativos es claramente una especialidad argentina, sin por eso – así lo percibí en mi experiencia de viaje – ser excluyente. A lo sumo, la manera chispeante de presentarse ante el próximo irradia seductividad y simpatía, pretendiendo solamente, eso sí, relacionarse en un plano de identidades recíprocas. Lo comprendí reflexionando sobre la inversión de las partes que se me imponía reiteradamente: empezaba entrevistando para terminar siendo entrevistado… Una paradoja de escuela para quienes hacen historia oral – antes que nada una ciencia de la confrontación – y que en Argentina se me apareció bajo forma de un rasgo etnohistórico especial. De una subjetividad que, movilizando aquí como en otras partes pulsiones de pertenencia, hizo del hecho de vivir en el “nuevo” mundo su propia sabiduría experiencial.

“Aquí” y “allí”: son adverbios que sirven para orientarse en el tiempo y en el espacio. Razonar sobre fenómenos migratorios permite entonces capturar, de manera precipua, el alcance de la variación geohistórica que interviene en la existencia de los individuos.

Para explicarme el sentido propedéutico de su trabajo y el del Cemla, Alicia elige una analogía llana y eficaz: “Tomemos un emigrado modenés de 1859. Aunque fuera posible establecer una perfecta línea de herencia, sus descendientes no tendrían ninguna posibilidad de transferirla en términos de continuidad. Lo mismo, pensándolo bien, ocurre con los que se quedaron en Modena. No es razonable que las personas se conciban a sí mismas en una lógica de reproducción de las identidades”.

No es razonable pretender la reificación de nuestro mundo, ¡pero es lo que ocurre todo el tiempo en la “fortaleza Europa”! Es algo que pasa, sobre todo, cuando se piensa en los lugares como en paisajes estables, y se los inscribe entre los valores inmutables. La fuerza de las raíces, se dice. Pero la constancia de nuestras convicciones se alimenta de expectativas. Ni siquiera el hecho de hablar el mismo dialecto significa compartir la misma comunidad de destino. Si en el Piamonte rural se puede tener la ilusión de estar declinando un idioma inmóvil y sin memoria, que brota de forma “natural” del pasado, para los agricultores santafesinos de orígenes piamonteses la articulación del léxico de la tradición se convierte en el emblema de una comunidad local que, impulsada por la necesidad de representarse colectivamente en el presente, decide habitar un paisaje por fin territorializante con respecto a su imaginario de migrantes.

En este sentido, en Argentina encontré una civilización que hizo una elección de reconocimiento cultural y considera la memoria un recurso primario. Contra este umbral móvil (porque la memoria no es autoperpetuación, sino transmisión) se estrella sin posibilidad de apelación, a mi parecer, el estereotipo italiano quizás más difícil de erradicar, el que proclama, como forma extrema y salvífica de sobrevivencia, “conoce a tu pueblo y conocerás al mundo”.

Me viene a la mente un paso deLa luna y las fogatas, de Cesare Pavese. Después de los años pasados en América, con la comodidad de medios conseguida gracias a la experiencia mundana, Anguilla regresa a las colinas de Canelli donde había crecido pobre y “bastardo”, y ve reflejado en el paisaje que lo rodea el sentido de su migrar.“Era strano come tutto fosse cambiato eppure uguale”:todo había cambiado y sin embargo seguía igual, servía un viaje al “nuevo” mundo para llegar a pensarlo, aunque sin poder orientarse. Ese vaivén encierra una específica escalera primaria de las necesidades, pero pertenece al horizonte de las elecciones; si todo gira en torno a la defensa o a la conquista de la “roba”, de los bienes materiales, el gesto de partir acabará transfigurando también el principio de realidad originario.

El cotejo con los hechos – si Anguilla realmente logrará jugar con su destino y subvertir el orden social que lo volvía esclavo – Pavese lo deja al juicio del lector y de los hombres. Los poetas se ocupan de los arquetipos. El repatriado reclama un reconocimiento simbólico en los términos, siempre actuales, de una memoria presente que vive en la tensión irreducible entre extrañamiento y territorialización.

El historiador peripatético

Vayamos a lo específico de esta investigación. A partir de las relaciones que se instauraron entre siete municipalidades de las “tierras bajas” reggianas y la nación argentina, me encontré ante la necesidad de articular una gama fenomenológica muy amplia de factores etnoculturales, adscribibles a categorías metahistóricas como la italianidad, la emilianidad, la argentinidad.

Lo que me interesaba eran menos los modelos migratorios que los lugares experienciales que – a partir de la segunda mitad del sigloxix– convirtieron a un número importante de habitantes de la llanura en migrantes y, especialmente, en “emilianos de Argentina”. Así que, siguiendo las huellas de una historiografía que tuvo que rendir cuentas con las sugestiones y los vínculos de la geografía, decidí a mi vez caminar enlazando rastros fragmentarios, a menudo consumidos, a veces perdidos. Porque para poderse contar, las memorias autobiográficas necesitan también habitar un espacio geohistórico capaz de hacerse presente semántico.

Tenía conciencia, también, de moverme en una frontera poco frecuentada por la comunidad de los historiadores, metafóricamente en vilo entre dos orillas. Por un lado, estaba el riesgo culturalista hoy inminente en los estudios migratorios: hacer deslizar la narración histórica en la metafísica posmoderna del viaje. Creo haber evitado la que para mí es una deriva, aplicando con empeño la “buena praxis” de la observación participante.

Por otro lado, ponerme el traje del historiador peripatético fue un gesto meditado de experimentación científica. Tenía la oportunidad de indagar en escala microhistórica el alcance de un fenómeno migratorio específico; con el encargo de hacerlo no en soledad, sino en diálogo con una red de pequeños y medianos municipios que se habían agregado para la ocasión; teniendo como objetivo una restitución narrativa declinable en el tiempo presente. Por eso decidí trabajar sobre el reconocimiento cultural, ante todo “tomando la temperatura” de la memoria colectiva. Así nació la idea de practicar una investigación-acción, estricta en la metodología y abierta en los resultados.

Claro, se me presentaba un problema de escala especialmente arduo. No sería demasiado difícil inspeccionar una porción de la provincia reggiana, ¿pero sería posible hacer lo mismo en Argentina?

Preparé el viaje trabajando principalmente sobre dos pistas. En primer lugar, reuniendo por provincia/ciudad de domicilio en el extranjero los registros del Aire (Anagrafe italiani residenti all’estero) depositados en los siete Municipios que promovían la investigación-acción (Castelnuovo Sotto, con la función de ente coordinador, Boretto, Brescello, Gattatico, Gualtieri, Guastalla, Poviglio). Luego, gracias al patrocinio de laConsulta regionale per l’emigrazione, estableciendo donde fuera posible contactos con las asociaciones que representan a la emigración emiliano-romagnola en Argentina. Antes de partir, me cercioré de que se enviaran numerosas cartas de soporte a la investigación dirigidas a los inscritos al Aire, a los referentes ya notos de las asociaciones emiliano-romagnolas, a los consulados italianos en Argentina y a la embajada de Buenos Aires. Por último, establecí contactos con algunos entes de investigación y expertos por correo electrónico.

Sustentada por la colaboración directa de las oficinas municipales, la preparación de la “campaña” de Argentina reveló, al fin, el arraigo y la perseverancia de esta relación histórica. Sobre un monto demográfico que no llega a los 50 mil habitantes, sumando los siete Municipios, los residentes en el exterior resultan casi 2 mil (con un pico porcentual del 6,5 por ciento en Boretto). De éstos, más de 700 resultan inscritos en localidades argentinas (preferencia de destino que en el caso de Brescello llega a dos residentes en el extranjero sobre tres).

Pero no es, ésta, una investigación centrada en las estadísticas. Una vez en Argentina, me voy a dar cuenta también de lo difícil que es mantener actualizadas las posiciones del Aire, entre fallecimientos, paraderos desconocidos, cambios de domicilio que no fueron comunicados. Por otro lado, y éste es un aspecto fundamental en la economía de una investigación-acción, mis encuentros van a originar nuevos contactos, a veces consistentes, tanto en persona como por teléfono o vía mail. Además, gracias a la intermediación de los Municipios involucrados en el proyecto y también de la Provincia de Reggio Emilia, se fueron presentando – al enterarse de la investigación y de mi presencia contextual – emigrantes y descendientes que residen en Argentina. El intercambio epistolar, que creció a lo largo de mi estadía y en ocasiones se enriqueció de una verdadera documentación biográfica e histórica, fue un termómetro sensible de las expectativas difusas que este tipo de investigación en el campo fue despertando.

Debo admitir que en la primera fase de mi estadía en Buenos Aires, me costó un esfuerzo desmedido el intento de entrelazar los registros que tenía con las redes asociativas históricas de la emigración emiliano-romagnola. Había razones ambientales comprensibles – los espacios urbanos dispersivos, junto a cierta desconfianza, o superficialidad subjetiva típica de toda vida metropolitana – pero de todas formas tengo un recuerdo mortificante de ese momento. Después llegó una coincidencia fortuita. Una invitación a presentarme nada menos que en la Casa Rosada, ante el viceministro del Interior y Secretario de Provincias.Rafael Follonier, éste es su nombre, se estaba ocupando de un proyecto institucional dirigido a los “argentinos en el mundo”; su interés, y el de sus colaboradores (recuerdo especialmenteDarío Díaz,Asesor de Gabinete, ySara Martínez, Asesora Secretaria de Provincias) hacia la filosofía de la investigación no era de carácter ritual.

Este reconocimiento inesperado, formulado en los términos de una conexión intercultural, representó un cambio importante desde el punto de vista científico. Tuve la ocasión de tocar con mano lo que una amplia literatura sobre la materia venía argumentando: la experiencia migrante presenta la ventaja singular de obligarnos a razonar en términos de “transnacionalismo” y “pluripertenencia”. Haberlo entendido por el costado “argentino” antes que por el “italiano” se debe probablemente también a un dato biográfico. El hombre político que yo había encontrado quiso, de hecho, hacerme partícipe de dos aspectos significativos que vinculan su memoria presente a Italia: la estancia de uno de sus hijos en Milán y la relación histórica con un antepasado originario de Mirandola.

Fue así como mi investigación, concebida en un pañuelo de tierra y sustentada con un puñado de recursos, empezó a despegar. Con estas claves interpretativas, dejé Capital Federal para dirigirme hacia el Sur. En realidad, mi idea era ir primero al Norte, pero la inminencia de las elecciones presidenciales lo desaconsejaban (algunos contactos importantes en Pergamino y Resistencia no estaban disponibles en aquel momento).

Un poco en todos lados, pero en cada lugar con modalidades etnohistóricas y circunstancias diferentes, voy a encontrar una miríada de figuras migrantes: con un pasaje de sola ida; prisioneros en medio de un vaivén; migrantes que anhelan regresar; italianos por nacimiento pero no por el idioma que hablan; italianos que son argentinos por nacimiento y tienen doble nacionalidad, pero que no quieren votar para el parlamento italiano; argentinos por nacimiento que tienen nacionalidad italiana, hablan su idioma y votan sus partidos políticos; argentinos que se sienten también italianos, aunque no tengan la nacionalidad; italianos que hablan italiano… 

Capítulo segundo Tres historias

Cesare hijo de la guerra
Una sesión de reconocimiento
Nino el fresador
Nella la partisana

Cesare hijo de la guerra

Cesare:“at parli mia piò al dialètt”[ya no hablo dialecto]

Originario de Padova, el papá nació en Suiza, en Zurich, no sé por qué razones, pero fue siempre italiano. Tuvo la astucia, entre comillas, de ir a la guerra voluntario: no tenía que pasar, pero… Tenía muchísimos amigos, una noche se juntaron levantando las manos para alistarse de voluntarios, después en la estación de Boretto habían ido sólo dos.

En fin, mi papá estuvo en la guerra siete años y medio, entre guerra y campo de concentración. Yo era chico, habré tenido unos cinco años, cuando volvió no lo reconocía.

Por aquella época, los curas, los párrocos, eran los que más se hacían para averiguar, para ayudar a los parientes, para saber dónde estaba un marido, un padre… Entonces a mi mamá le dijeron que mi papá estaba en un campo de concentración en Taranto, en un campo inglés, se quedó dos años y medio.

Y cuando volvió hicieron una gran fiesta en el pueblo, había dos o tres que habían vuelto, pero yo a mi papá ni siquiera lo reconocía, una barba así de larga, se rascaba por todos lados, mi mamá lloraba como una condenada, una escena de neorrealismo, en serio, como en una película de De Sica o algo por el estilo, ¡cuando lo pienso…! Pero dos horas después, me dio la primera cachetada. Me silbó para llamarme, yo estaba jugando, recuerdo que vino mi mamá corriendo y me dijo: “Te busca tu padre”. Hablaba dialecto, pero yo ya lo olvidé bastante - “at parli mia piò al dialètt”, ya no hablo dialecto – aunque mi esposa es de Piacenza y como dialecto estamos más o menos ahí.

Apenas me acerqué me dio una cachetada, había llegado hacía dos horas, te podés imaginar el cariño que le tenía, a mi papá. Pero algunos días después volvió todo a la normalidad, fue a visitar a sus viejos amigos, los que tenían que ir voluntarios en el tren que tomó él, estaban todos en perfecta salud, habían ganado plata, él en cambio se había quedado solo, era comerciante, lo emarginaron un poco después de tanto años que faltaba del pueblo. Y después de un año sin hacer nada, tuvo que pensarlo y viajar a Estados Unidos y venirse a la Argentina. Un día dice: “Me voy de nuevo”. Mi mamá, todo un drama: “¿De nuevo?... Pero, ¿adónde querés ir?” – “A Argentina, vamos todos. Es un país que nos abre las puertas, nos abre los brazos”. Yo en ese entonces tenía 11 años, 11 años y medio, y no quería saber nada de dejar el pueblo, ni yo ni mi hermana.

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