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Su título, que hace un guiño a un poema de Safo, nos orienta hacia lo que la autora ama: la lectura y, en concreto, su enseñanza. En numerosas ocasiones le han preguntado a la profesora de literatura Miren Billelabeitia por qué no ha escrito acerca de la lectura, si no tenía intención de publicar lo que había aprendido de las tertulias literarias con adolescentes en sus clases. Su respuesta se ha demorado algunos años pero, por fin, toma forma de escrito sobre lo experimentado en torno a la lectura y la literatura. Esta obra recoge treinta años de experiencia de Billelabeitia, reflexionando sobre lo aprendido, enseñado y pensado en su labor como profesora de literatura. En este ensayo comparte su conocimiento y experiencia: lo que le ha ocurrido al leer con sus estudiantes Las mil y una noches, Hamlet, La metamorfosis o Una habitación propia, entre otros, y las conclusiones extraídas de ello. Billelabeitia disiente de la afirmación de que la juventud no lee y nos anima a preguntarles qué leen y, sobre todo, a discutir después sobre ello.
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2025
«Sea un ensayo científico, personal o ambos a la vez, no cabe duda de que la autora lo ha escrito con mimo y cariño, y así lo leerá también el público, siempre que la lectura sea, en su caso, aquello que más ama». –Nagore Fernandez, Berria
«La autora habla del placer que proporciona la lectura, no solo desde su posición de experta y lectora, sino también desde su papel como acompañante de los adolescentes en este proceso».
–Paloma Rodriguez-Miñambres, El Diario vasco
«“Lograr una sociedad más lectora” es una responsabilidad compartida, no solo de la educación. A su juicio, con la literatura deberíamos actuar igual que con la promoción del deporte: “Porque hemos fortalecido muy bien la parte corpore de la vieja expresión latina, pero en cuanto a la mens, creo que nos hemos quedado un poco rezagados”». –Amaia Álvarez Uria, Argia
«El libro muestra claramente que los jóvenes son capaces de leer obras transcendentes». –Leire Larrazabal, El Correo
Lo que una ama
Miren Billelabeitia (Mungia, 1960), licenciada en Euskal Filología, ha sido profesora de Euskara eta Literatura y de Literatura Universal en el instituto de Mungia.
Su interés por la lectura y el deseo de promover la curiosidad hacia los libros y la literatura en los jóvenes la han llevado a interesarse por la pedagogía de la lectura y a profundizar en la reflexión en torno a la práctica y al fomento del gusto por la literatura. En ese camino ha impartido conferencias y sesiones de formación en centros de asesoramiento de profesores, en centros de enseñanza y en Cursos de Verano de la UPV-EHU sobre la enseñanza de la literatura y el aliento de la afición por la lectura a través de tertulias literarias.
Euskal literaturaren historia (2003), Esquemas de euskara (2003), Lauaxeta. Oihartzunak (2008), una antología del poeta Esteban Urkiaga, Lauaxeta, son algunas de sus publicaciones. En 2019, a raíz de un proyecto de lectura realizado con sus alumnos de 4° de la ESO del instituto de Mungia publicó Aitita-amamen guda zibila (Erein, 2019) y en 2022 el ensayo Norberak maite dueña (Pamiela, 2022), con el que logró el Premio Euskadi de Ensayo en euskera. Este último traducido al castellano bajo el título Lo que una ama (consonni 2025).
Pensar la palabra, vivir la lectura
Miren Billelabeitia
Traducción de Ángel Erro
Autoría Miren Billelabeitia
Traducción del euskera Ángel Erro
Corrección Izaskun Gracia y Gemma Deza Guil
Imagen de cubierta Pep Carrió
Bookwire
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición:
marzo de 2025, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-60-5
Depósito legal: BI 00261-2025
Edición original en euskera: Norberak maite duena, Pamiela, 2022
Esta obra está sujeta a la licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObra-Derivada 4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0.
Los textos, edición, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.
Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
Introducción
PRIMERA PARTE Tertulias literarias
Tertulias literarias. Hablo del mundo de los libros
Tertulias literarias. Escala de palabras
SEGUNDA PARTE Lectores y reflexiones
Las troyanas
La caricia de la palabra; la voz de Sherezade
Hamlet, el mejor es Hamlet
Nik zu zaitut maiteago. Yo te amo más…
Esperaba que eligieran poemas breves
Ítaca
Escribiendo la memoria de nuestros abuelos
Leyendo memoria escrita
Tengo la primera frase
Metamorfosis en el confinamiento
No me quería perder el último día
El Coleccionista
¿Plan? ¿Qué plan? El plan lector, obviamente
Necesito un largo día finlandés para seguir hablando contigo
Geuk esan - Tomamos la palabra
Traducción e imagen de cubierta
Colección
A mi amiga Gentzane
«Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído».
–Jorge Luis Borges
«El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros».
–Marguerite Yourcenar
«Escribo da desaparición da nosa aldea de Fisteus, dos libros maravillosos da nosa xente e dos nosos cabalos. Constrúo a arma dos pobres».
–Lupe Gómez
Leí estas palabras de Lupe Gómez en su poemario Camuflaxe. El arma de los pobres, decía, está en una pluma, en la hoja en blanco. Ahí se encuentra la felicidad, la buena nueva, el arma de los pobres se descubre en las palabras, en lo escrito, para ser leído e imaginado, para viajar en el tiempo, para escapar a otras épocas y a otros lugares. Construir el arma de los pobres, construir la palabra y formar frases, imaginarlas en un folio en blanco y que sean leídas y reinventadas por los demás.
Más de una vez me han preguntado mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo por qué no escribo sobre la lectura, si nunca pienso llevar a un libro todo lo que he aprendido en las tertulias literarias que he compartido con mis alumnos.
Nunca me he atrevido. Nunca he sido de teorizar mucho, no al menos como para completar un libro, pero sí he impartido, ante mis compañeras, alguna conferencia acerca de mi experiencia sobre la lectura en algunos centros escolares o consultivos.
Entonces, ¿por qué ahora? ¿Por qué recopilar ahora mis reflexiones sobre la lectura cuando estoy a punto de finalizar mi carrera académica? Cuando no sé cómo acometer una tarea, cuando no se me ocurre cómo llevarla a término, suelo decir que soy de digestión lenta. Ahora, en cambio, cuento con un incentivo que no he sentido antes. Se ha demorado en mostrarme su llama, pero ha sido en las últimas semanas cuando me ha señalado el camino y me ha empujado a acometerlo. Porque «¿cómo saberlo todo antes de envejecer?», podría preguntarme. Y, sin embargo, ¿es ahora el momento, cuando estoy a punto de abandonar el trabajo de todos estos años? Me siento incapaz de dilucidar si, en esta tesitura, la perspectiva de escribir sobre mis reflexiones en torno a la lectura y las tertulias literarias ha sido para mí objeto de inquietud o de gozo.
Ese es el motivo de que publique ahora una recopilación de reflexiones, en este librito. Que nadie espere aquí profundas y largas teorizaciones, sino el testimonio de cuanto he absorbido con mis estudiantes en las tertulias sobre libros.
Este es el resultado de las lecturas: qué hemos leído, cómo lo hemos hecho y qué sugerencias nos han motivado esas lecturas.
A lo largo de los últimos veinte años he advertido cada vez con más claridad que la principal labor de un docente, sobre todo en el ámbito de la lengua y las humanidades –pero también en el resto de asignaturas–, debería consistir en la lectura. La lectura y el aprendizaje. A menudo les he dicho a mis alumnos que yo al colegio voy a aprender, como ellos. Un buen lector, antes que nada, es un estudiante incansable. Un buen docente, si pretende enseñar algo a sus jóvenes estudiantes, tiene que tener el deseo de formarse en su asignatura y experimentar la alegría del aprendizaje diario.
Aprender y leer, porque ¿cómo se puede aprender sin leer y experimentar? ¿Cómo se puede saber sin poner de manifiesto la relación, la interacción de lo leído con la vida misma, con la gente que te rodea y con otros temas de conocimiento? Ir a la escuela, acercarse al colegio, es una espléndida oportunidad para educarse y ser mejor, para ensanchar la mente. En esta coyuntura, el libro es una ventana que se abre al mundo y que nos ofrece la posibilidad de interactuar, de hablar y debatir con nuestros compañeros de lectura. Las tertulias que hemos mantenido con nuestros colegas, estudiantes y docentes nos ayudarán a convertirnos en mujeres y hombres capaces de sostener una opinión libre y autónoma, a adquirir conocimientos críticos y a hacer más humana la humanidad. Los centros educativos son espacios que deberían ser especiales, nos deberían educar en la toma de decisiones autónomas, convirtiendo el conocimiento en una actividad continuamente crítica. El desarrollo de una visión crítica y libre puede suponer un gran cambio en la vida de una persona joven, y ese pequeño milagro se renueva día a día en estos encuentros lectores.
Con este ánimo diré que iniciamos la lectura conversando y, sobretodo, leyendo libros completos, ya que los textos sueltos o las colecciones adaptadas no ofrecen tantas posibilidades como los textos originales.
Por lo tanto, no busques críticas literarias sobre los libros leídos, sino algunas reflexiones sobre la actividad lectora. No se proporciona información concreta sobre cómo leer o cómo trabajar la lectura. Tampoco se trata de un conjunto de ejercicios o de propuestas de trabajo individual en torno a ella, sino de un compendio de inquietudes, opiniones y reflexiones de cuanto la lectura genera en los lectores jóvenes, en los adolescentes. Se pueden apreciar las fases previas a las reflexiones ulteriores de algunas obras, y quizá también que no existen libros demasiado difíciles si se leen en comunidad, si se ponen en común las inquietudes y opiniones que generan.
Lector, no encontrarás aquí una lista ejemplar de libros. Tampoco es esa la pretensión. En más de una ocasión he creído que sería necesario un repertorio o un canon que recogiera propuestas de lectura óptimas y de calidad para nuestros jóvenes y no tan jóvenes. Pero ese canon, esa relación de títulos, creo ahora, no debería ser una columna de mármol inamovible, sino un flujo constante y discutible, enriquecedor. La diferencia más interesante que ofrecería frente a un canon es que pudieran incorporarse nuevos escritores que no hubieran sido incluidos antes. Poder congregar en él las preocupaciones actuales y las de toda la vida, las particulares y las universales.
Un día de febrero de 2020, mientras disfrutaba de un café después del trabajo, escuché a un hombre apoyado en la barra. «¡No hay buenas noticias!», exclamaba a cuenta del resumen informativo que daban por la tele. Repitió dos veces la frase mirando a su alrededor, como si buscara la aprobación del resto. Pensé entonces, quizás movida por el calorcillo más propio de principios de primavera que de invierno, que quizás tuviera algo de razón, ya que no abundan las buenas noticias en los informativos, mucho menos en el ambiente de confinamiento e incertidumbre cercano a la pandemia. La felicidad no es noticia. Pero en aquella ocasión tenía en mis manos Camuflaxe, de Lupe Gómez, y el último poema del libro suponía una clara objeción a la opinión de aquel señor. Siguiendo una vieja costumbre mía, les había leído un poema a mis alumnos de la clase anterior en una de las primeras sesiones del curso: «Constrúo a arma dos pobres».
Habíamos hablado mis estudiantes y yo, en aquella primera clase, sobre la fuerza de la palabra escrita y leída, sobre el poder de la lectura para fortalecer el conocimiento y la reflexión. Esa es la buena noticia, la que da la cara frente a las noticias no tan felices de los noticieros. Que esta arma de los pobres no pide dinero, sino que ofrece sus dones, gratis además, y que enriquece no solo a quien los recibe, sino también a quien los da, porque ni este pierde nada al compartirlos ni quien los recibe se los arrebata a su donador. Así son las tertulias y conversaciones sobre la lectura y la literatura, un territorio para la felicidad y el regalo, ya que al ofrecer nuestro parecer somos todos los que nos enriquecemos, haciendo más valiosa nuestra lengua, nuestro razonamiento y nuestra reflexión.
En los siguientes textos no hay guías de lectura, no hay una serie de características o conclusiones sólidas que deben extraerse de cada libro. Son las opiniones y sugerencias, puestas en común, de nuestras tertulias, el fruto de lo que han sacado en claro los estudiantes. Son pruebas fehacientes de lo que han leído. De que leen más de lo que muchos piensan, y mejor también de lo que creen; es más, de que muchos jóvenes lo hacen con atención y exigencia, de que no aceptan cualquier lectura porque les sea más fácil y sencilla. Estos textos son la prueba de que pueden leer obras complejas. ¡De que empuñan el arma de los pobres!
En más de una ocasión me han preguntado cuándo empecé a compartir tertulias literarias con mis estudiantes. La mayoría de las veces respondo que en 2001-2002; entonces di inicio a una actividad muy similar a la que desarrollamos en la actualidad. Anteriormente, por supuesto, había actividades semejantes; proponía libros de lectura, tres por curso, y solía pedir un trabajo escrito al finalizar cada uno de ellos, como hacen muchos otros docentes: tema, resumen, personajes… También entonces se hacían sugerencias y se expresaban opiniones en el aula, pero enfocadas principalmente a aclarar dudas, y la profesora, yo en este caso, ofrecía explicaciones más largas, sobre todo respondiendo a los interrogantes de las alumnas, especialmente cuando las lecturas les resultaban demasiado complicadas: Obabakoak, Hamaika pauso [Los pasos incontables]… La profesora tenía mucho que decir, y la mayoría de las veces el grupo de estudiantes se limitaba a formular preguntas o dudas. O a tomar notas de las respuestas para resumirlas después en el trabajo escrito que debía realizar. Siempre había posibilidad de expresar opiniones personales, pero no diferían de la opinión general, hay que admitirlo; se repetía lo que se supone que quería escuchar la profesora, y las opiniones más frecuentes consistían en un «está bien», «no me ha gustado». Solía ser una única sesión por libro, y debo reconocer que, a juicio de gran parte del profesorado, era una pérdida de tiempo que robaba ocasión a la gramática o a la morfología.
Pero, a principios de 1992, entre la festividad de Santa Águeda y Carnavales, estrenamos una nueva iniciativa que se desarrollaba durante cuatro semanas. Gracias a la Casa de Cultura y a la organización de Jon Kortazar, los escritores acudían a la sala de actos del pueblo para hablar de su literatura y de sus libros. Se trataba de una colaboración: con el apoyo de la Diputación, por mediación de la dirección de la biblioteca municipal y la participación del Ayuntamiento y del Instituto de Bachillerato.
Inicialmente, la Casa de Cultura nos planteó que animásemos a los estudiantes a asistir a las conferencias como espectadores y oyentes. Poco a poco y a lo largo de trece años, la intervención del alumnado y del profesorado de Lengua y Literatura fue cada vez más entusiasta. Conjuntamente, pero teniendo en cuenta sobre todo a los jóvenes lectores, ya que la mayoría de los asistentes serían estudiantes del centro, se decidía a qué autores invitaríamos para febrero del año próximo. En esas conferencias no se actuaba como en las tertulias, pero existía una diferencia respecto al trabajo que se llevaba a cabo en los cursos anteriores con los libros de lectura. Todos los años se leían las novelas o los libros de poemas o de relatos de los autores que fueran a venir, y en las sesiones de clase previas se preparaban las preguntas para el coloquio que se abría finalizada la exposición del autor. Los estudiantes expresaban directamente sus preguntas y opiniones, y recogían por escrito las respuestas. La semana siguiente, en el aula, se analizaba la conferencia, así como las respuestas del autor o de la autora, su actitud ante las dudas de los lectores, la idoneidad de las preguntas… y si había variado o complementado la opinión del alumnado sobre lo leído. Actualmente, preparamos la sesión de igual modo cuando un escritor viene a hablar del libro que hemos leído. Pero el acto se celebra durante las horas lectivas y en la biblioteca del centro, no en la Casa de Cultura y abierto a todo el público. Por otra parte, existen otros cambios significativos: en lugar de organizar el acto con la conferencia y la posterior entrevista, la dinámica que seguimos está completamente ligada a las tertulias literarias.
En mis clases de Lengua y Literatura Vasca y Literatura Universal, desde un primer momento insisto al alumnado en la importancia de la lectura y la literatura. La literatura, antes que a un nivel de contenido o tesis, se enfoca sobre todo a nivel de comprensión y, posteriormente, de la opinión que el grupo deberá desarrollar. Desde el inicio del curso les hablo de los libros que han de leerse, de la importancia que en la literatura, en la literatura vasca, tienen según mi criterio las obras y los temas que estas desarrollan, y del interés que pueden tener en cuanto a valores éticos y humanos.
Por cada libro realizamos cuatro o cinco tertulias, según la longitud de la obra. Les aviso dos o tres semanas antes de la primera sesión para que se hagan con un ejemplar y se lean los capítulos seleccionados. Porque es imprescindible que cada uno traiga el libro a las tertulias; ya sea comprado, prestado por un compañero, de casa o de la biblioteca. Normalmente se organiza una tertulia por semana, a veces cada quince días. Los lectores, es decir, el alumnado, así como la profesora, han de elegir dos fragmentos entre todas las páginas que se han acordado leer. No una frase, ha de ser un párrafo o una página completa, para que posteriormente se lea en voz alta ante el resto del grupo y dé pie a una reflexión. En el fragmento elegido se puede destacar una frase especialmente sugerente, cómo no, o una simple palabra, una metáfora o una imagen, pero el seleccionado ha de ser un fragmento completo o una página entera, para que el contexto quede claro y no quepan equívocos. Todos sabemos que tenemos que traer leído el texto de antemano, luego releerlo en voz alta ante todo el grupo y ofrecer una opinión o valoración: por qué lo hemos elegido, a qué nos recuerda, con qué lo relacionaríamos, es decir, con qué aspectos de nuestra vida, de nuestras relaciones familiares, con los problemas políticos o sociales que estén de actualidad, con la economía… Han de argumentar si consideran importante el tema que se desarrolla en la obra, si estiman interesantes las preocupaciones del autor, así como si hay algo que destacar en el estilo de la narración, en la caracterización de los personajes… Algunos muestran mayor conexión con la situación social o con su relación familiar, con su experiencia personal como jóvenes o con sus valores éticos y culturales, pero también pueden señalar la relación con una perspectiva o finalidad literarias.
Las intervenciones en la tertulia son orales, pero se puede traer algo escrito, alguna nota, un guion o alguna aclaración. Más de una vez me comentan que desde que lo leen en casa hasta que intervienen en la tertulia se les olvida su reflexión, o no recuerdan con la misma intensidad la sensación que les produjo el fragmento. Hay quien prefiere redactar y traer su meditación bien desarrollada. En estos casos predomina el pensamiento sugerente y, además de lo que se dice, su intención es crear una proposición imaginativa sobre cómo decir y comunicar. Creo que algunos, al escribir su parecer a mano, lo hacen mejor y con mayor discernimiento, porque escribir les aporta sosiego y asienta el contenido.
Hay quien, por timidez, no se atreve a expresar su opinión ante los demás y prefiere leer, sin mirar a los ojos de quien tiene delante, sin sentir la mirada ajena clavada sobre la suya. Pero no siempre es la vergüenza la que les impide intervenir. Hay quien se cohíbe ante los sonidos agresivos y las expresiones burdas pero aparatosas del resto. Creen que su opinión no cuenta o que, demasiado especial, no va a ser entendida, que no se acomoda a la opinión mayoritaria, que supone una nota discordante. A estos les resulta de ayuda traer su reflexión por escrito y leerla. Pero tienen que ser ellos quienes la lean, con calma. La voz tiene que ser la suya, colocada a la altura de las voces del resto, tiene que ser su propia melodía.
En lo que respecta a la participación, puede surgir también alguna otra inquietud. Una puede ser la falta de costumbre de intervenir en este tipo de tertulias, ya que hasta la fecha se han habituado a otro tipo de dinámicas, también bajo el nombre de «tertulias», aunque más restrictivas, más reguladas y dirigidas, en las que la actividad se desarrolla a base de preguntas del profesor y respuestas por parte del alumnado, o con los lectores sentados en círculo y opinando en orden, por turnos. Y las verdaderas tertulias no son así; en ellas se expresan dudas y preocupaciones, cierto, pero en la mayoría de los casos todos los participantes aportan sugerencias y dan respuesta o una aclaración oportuna a las cuestiones presentadas. También lo hace el profesor o la profesora. La argumentación del docente no tiene por qué prevalecer sobre la de los demás. Se puede decir que el profesorado tiene más experiencia, ha leído más, sabe más, y así puede ser. Pero su función, en este tipo de sesiones, es la de ser guía; ha de ponerse al nivel del resto de participantes y abrir la puerta a las opiniones; fomentar la participación, no sustituirla, y siempre sin desviarse del fragmento leído. Puede haber, no obstante, dudas o inquietudes, cambios de perspectiva planteados por el docente o por quien modera, para aportar variedad en las sesiones y evitar que el debate transite por un único derrotero.
Hay quienes no están acostumbrados a propiciar la interacción oral en este tipo de sesiones, porque han trabajado poco la oralidad o porque la han tratado solo de forma muy académica. Puede ser que no hayan leído el libro; hay quienes no lo han leído y no lo leerán en las próximas sesiones. Para algunos no haberse leído el libro carece de importancia… Sin embargo, desde el principio puntualizo que la lectura es fundamental, es una parte irreemplazable de la materia, y la participación en las tertulias es también de gran valor en la disciplina, porque expresan una opinión personal, de forma oral, empleando un lenguaje adecuado y comprensible.
En una reciente entrevista con un periódico (El Correo, 06-IX-2019), Neli Zaitegi, que presidió el Consejo Escolar de Euskadi, hablaba de la importancia de la lectura en todos los ámbitos y contextos. Y unida a esto mencionaba la expresión oral, ya que la lectura es una especie de reflexión realizada a través del diálogo, un diálogo con la obra que leemos y con quienes conversamos acerca del mismo tras nuestra lectura. Escuchemos lo que el libro quiere decir y aceptemos su voz dentro de nosotros. Dejemos hablar a esa voz. Y oigamos lo que tienen que decir los adolescentes y los jóvenes sobre el tema, porque hay que dar voz a quienes no la tienen, a los estudiantes, para que se expresen. Porque tenemos que aprender a escuchar la voz de los que no la tienen. Si el alumnado, si los jóvenes están a gusto en la escuela, si cuentan con una voz que es escuchada, se creará en el aula y en el grupo un espacio aún más adecuado para el aprendizaje. Si tienen ocasión de debatir sobre sus opiniones y sentimientos con la excusa de una novela, una narración o un poema, el hecho de que su voz y su reflexión hayan sido tenidas en cuenta favorecerá que aumente su fuerza y su vigor en otros ámbitos y colectivos. Si están acostumbrados a opinar y a discutir, la relación de grupo sin duda mejorará, porque la opinión que tengan sobre cada uno ya no será unívoca ni se limitará a lo superficial.
Es cierto que en más de una ocasión surge la duda de si la opinión transmitida por algunos lectores es suya, si se la han escuchado a otro o si alguien se la ha comunicado; es cierto también que algunos tienen por costumbre opinar sobre las opiniones de los demás y no sobre lo leído o sobre lo que han reflexionado. Y es cierto que este tipo de situaciones no son infrecuentes. Pero pensemos que, así como pueden copiarse e imitarse trabajos y resúmenes escritos sobre una novela, también es posible copiar e imitar las exposiciones orales, y que el profesorado puede detectar el fraude de igual forma. Es algo que se aprecia en la manera de exponer, en la turbación, en la vaguedad, en la simpleza de la opinión…Y la expresión oral, la tertulia, cuenta con ventajas en este aspecto. La profesora, el docente prudente, que lee junto con sus alumnos, puede inquirir por detalles, puede formular cuestiones más originales o específicas. Añadir una mirada extra, proponer que se observe mejor el contexto. Ahí radica la creatividad y la originalidad. Son varios los que, tras haber superado la prueba oral a duras penas durante un año entero, tras haber ofrecido opiniones sencillas y carentes de originalidad, superan la vergüenza y la falta de confianza en su propia comprensión lectora, y en el siguiente curso se abren a ofrecer una reflexión vehemente y personal, como rosas blancas que en invierno florecieran lentamente. Alguien me acusará de cursilería, y puede que no le falte razón. Pero yo veo abrirse así las mentes y la capacidad reflexiva en este tipo de alumnos, exhalando su exuberancia y belleza como lo hace la fragancia de una rosa. Y tengo que precisar que, aunque he utilizado una metáfora o una imagen muy común, ha sido para mí una experiencia casi física, realmente espectacular y evidente. Esa experiencia, esa vivencia no se paga con dinero ni puede extinguirse con el fin de la relación o con el paso del tiempo. Afortunadamente.
Por otra parte, tampoco se trata de un mero concurso de originalidad, nunca se dice tal cosa, aunque sea ese el resultado, y, si observamos, si prestamos atención a las intervenciones de los jóvenes lectores, apreciaremos que las hay originales y sorprendentes. Yo siempre les digo que, cuando lean, seleccionen lo mejor, la clave de la novela, la parte más sentimental o la situación que más los haya conmovido. En las tertulias disfruto muchísimo, y creo sinceramente que se gana mucho si el docente se deleita comentando una novela o un poema con el alumnado, que no se pierde nada aunque no se entre en grandes teorías. También este vive con gran placer ese momento, viendo disfrutar a su profesor o profesora, sobre todo si al finalizar comenta lo bien que ha resultado el coloquio o la satisfacción que siente. En ocasiones no será tanta, por la escasa participación, porque no se paran a escucharse los unos a los otros o porque se pasan la sesión distraídos o distrayendo a los demás. Y, al final, parece que la sesión no cunde tanto como debiera, pero, en suma, la mayoría vive con gusto estos momentos. Y en un contexto distendido expondrán más y mejor sus pensamientos. Pasándoselo bien, sintiéndose cómodos, llegan a aprender que también pueden disfrutar de ofrecer su opinión sobre lo que han leído tranquilamente, que pueden hablar de cualquier tema porque, en definitiva, en toda narración o todo poema, sobre todo si tienen la suficiente hondura y calidad, se condensan las preocupaciones y situaciones cotidianas de la sociedad, que nos acompañan a lo largo del tiempo. Los más jóvenes siempre relacionarán las obras con sus propias vivencias, con sus familiares, con aspectos relacionados con la etapa en la que se hallan, la adolescencia, con sus amigos, sus primeras relaciones amorosas, su papel o su falta de papel en la sociedad. Los valores humanos surgen más adelante, así como los conceptos o contenidos más literarios; son otro tipo de aportaciones. Pero la base es la lectura; si no han leído, y si no han desarrollado alguna reflexión, no existe aportación posible, no merece la pena limitarse a repetir las opiniones de los demás.
Quisiera organizar mis sesiones en torno a estas tertulias literarias, a fin de que la lectura y la conversación posterior sean la base y el núcleo del curso escolar. Pero no resulta fácil. Se puede hacer, y es algo que lo tengo comprobado en cuarto de la ESO; dejar de lado el libro de texto y sustituirlo por novelas, narraciones o poemas. Al fin y al cabo, toda la lengua está completamente contenida en cualquier narración que se recoja en un libro. Pero basar todas las sesiones en tertulias supondría invertir márgenes y periodos más largos de lectura por parte de los alumnos, algo que no juzgo factible, al menos en vista de la organización del ocio y las actividades extraescolares. Por otra parte, y en la situación actual, no me parece adecuada una explicación magistral sobre un libro. Se trataría de una actividad muy pobre, que pueden encontrar en internet, en un artículo, en un blog… pero no existiría intercambio de pareceres. Tampoco es lo mismo si se hace por internet, no interactuamos igual en los comentarios en línea, al dar like o cara a cara. En red no se matizan las opiniones, no existe relación, algo tan genuino y que es susceptible de expandirse, mientras que en las tertulias no nos basta con lo que se trae escrito, con reproducir nuestras notas; las valoraciones que se presentan crecen y cambian, moldean nuestra opinión. Una no sabe cuándo y dónde surgirá la chispa, el rayo de luz, el ardor de la pasión por la lectura. Es algo que no está previsto ni predeterminado.
Lo que más valoro es que se haya leído, aunque digan no haberlo entendido. Durante la sesión, lo revisaremos, y tal vez no se haya comprendido tan mal, tal vez exista más de una forma de entenderse, y podamos compartir diversas formas de interpretarlo, hacer conexiones y llegar a una visión más completa. Algún participante puede explicar lo que ha deducido y llegar entre todos a una comprensión aunada, aportando cada uno su interpretación. Este conocimiento, como la inteligencia, puede aumentar, puede expandirse por acumulación. Por tanto, lo básico es el acto de lectura, ya que sin que se inicie el camino no hay viajeros ni destino posible, no cabe expresar una opinión fundada. La opinión, ciertamente, es la siguiente que sale al paso, y también es de vital importancia, aunque no concuerde con la del docente. El siguiente paso sería la forma en que los lectores construyen y alcanzan su propio criterio; en ocasiones, lo más complicado es lograr extraer nuestros sentimientos de nuestro interior y mostrarlos en público o expresar una opinión personal. Una vez se ha empezado con los más jóvenes, con la gente interesada y con quien quiere mejorar, con quien tiene una curiosidad insaciable sobre qué me dice este libro, se abre un espacio excepcional, un locus amoenus, y la mayoría lo alcanza, han llegado a ser mayoría.
