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¿Hasta cuándo seguirás en ese desierto? ¡Es tiempo de salir! Hay palabras y acciones que duelen más que una golpiza. Por eso es necesario pensar una y mil veces las palabras que salen de nuestra boca. Porque una sola puede provocar la destrucción de una ciudad o apagar la luz interna de cada uno. Estas páginas relatan la vida del autor y consta de tres partes fundamentales. Parte de las historias vividas durante su niñez en un mundo de inocencia, sencillez y fantasías. Continúa con su adolescencia, y luego su vida en pareja y posterior separación. Se trata de las vivencias personales que marcaron gran parte de su vida, como crecer con sus abuelos y no conocer a su mamá biológica hasta los 37 años; el cierre de sus etapas inconclusas y los grandes interrogantes en su interior; sus partes rotas y el rompecabezas de su vida. Resalta la importancia de las palabras y acciones que crearon esos muros en su personalidad. Sus caídas y equivocaciones formaron su verdadero YO. Todo ese camino recorrido coincide con su búsqueda de calma y el encuentro con alguien tan especial, logrando sacar la mejor versión de él mismo. Por eso, las últimas páginas son versos emotivos románticosy llenos de sentimientos de amor, superación y nostalgia.
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Seitenzahl: 130
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Barrios, Fabián Antonio
Lo vivido? fortalece : heridas que marcan un antes y un después / Fabián Antonio Barrios. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
146 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-772-7
1. Desarrollo Personal. 2. Espiritualidad. 3. Psicología. I. Título.
CDD 158.1
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Barrios, Fabián Antonio
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Lo vivido fortaleceHeridas que marcan un antes y un después
Fabián Antonio Barrios
Contenido
I - 13
II - 19
III - 23
IV - 25
V - 27
VI - 31
VII - 35
VIII - 39
IX - 43
X - 49
XI - 51
XII - 53
XIII - 55
XIV - 57
XV - 61
XVI - 63
XVII - 65
XVIII - 67
XIX - 71
XX - 73
XXI - 77
XXII - 79
XXIII - 83
XXIV - 87
XXV - 91
XXVI - 95
XXVII - 101
XXVIII - 105
XXIX - 109
XXX - 111
XXXI - 115
XXXII - 117
XXXIII - 119
XXXIV - 123
XXXV - 125
XXXVI - 129
XXXVII - 133
XXXVIII - 135
XXXIX - 141
El tesoro más valioso - 143
En tu interior reposa un niño… Tú lo alimentas de cosas buenas o malas. Tú decides algunas, otras no.
SIEMPRE hay una herida por sanar, un vacío por llenar o una mochila por soltar aunque tratemos de disimularlo nos marcan en algunas áreas de nuestra vida inclusive en nuestro interior.
Recuerda siempre que tu situación actual no es tu destino final.
Lo mejor está por venir.
Es casi la misma historia representada una y otra vez en cada ser humano. Aunque nos hayan dicho o aconsejado alguna vez que la vida tiene lugares escabrosos y hasta dolorosos pero por mucho que nos esforcemos para evitar sus espinas y que otros también lo hagan es inevitable. Tratamos que nuestros hijos comprendan que esos errores palabras y acciones marcan a un niño siendo las raíces de cada uno. Lugar donde se forjan las hojas que tendrá el día de mañana. Como se repite de boca en boca de generación en generación asi tristemente repetimos algunos cuadros que marcaron nuestra vida.
Y más cuando has pasado por algunas situaciones en tu infancia, en general, dejando secuelas arrancando un pedazo de ti y por alguna extraña razón lo borras de tu mente encerrándolo en un rincón de tu alma para no causar alguna ruptura aun peor. No hay edad para la comprensión o la madurez misma por eso alabo y me alegra muchísimo por aquellas personas que poseen talentos y detalles naturales que otros debemos ejercitar o al menos esforzarnos por adquirir.
Me gustaría lograr que tus ojos sigan buscando cada línea de ésta historia, en la que te veas identificado en algunas de ellas. No es mi intención remover viejas heridas simplemente intentar abrir tus ojos a conductas o formas de ser que vienes cargando contigo hace muchos años y sin darte cuenta fueron producto y generados durante tu infancia. Hacerte recordar que no eres el único con determinados problemas ¡tampoco son eternos! depende de ti que lo sean o no y sobre todo que recuerdes siempre:
Que vale la pena ser bueno,
que vale la pena decir gracias,
que vale la pena ser uno mismo,
que vale la pena caer y volver a levantarse,
que vale la pena sonreír y, sobre todo,
que vale la pena vivir.
I
Así arranca esta historia: vivíamos en Misiones, llamada también “la hermosa”, al norte de la Argentina; y cuando digo nosotros me refiero a los integrantes que en ese momento vivíamos junto con mis abuelos: mi hermana y yo. Sus infinitos colores y rincones increíbles han dejado a muchos enamorados de su belleza, de ahí su sobrenombre “la hermosa”.
Mi casa estaba justo ubicada en medio de una gran vegetación armoniosamente calculada, como si fuera el Edén mismo, mitad madera y la otra de ladrillo, dos piezas, una sala amplia al igual que la cocina el baño y dos galerías, una enfrente y la otra a un costado. Como si todo esto fuera poco, a unos tres kilómetros de distancia estaba el río Paraná. Una vista maravillosa y natural en esos años, un terreno con abundante vegetación donde mi abuela impuso su toque mágico con flores y frutas. En cambio, mi abuelo, ya jubilado, puso toda su jerarquía para trabajar la tierra sacando de ella el mejor provecho posible.
Y no olvidemos a mi hermana/tía, cursando en ese tiempo la secundaria, que cada tanto discutía sus diferencias con la “vieja”, sobrenombre que solía escuchar. No solo de ella, sino del resto de sus hermanos que ya no estaban ahí cuando se referían a la madre. Cada uno fue emigrando a la gran “city porteña” en busca de algún futuro, escapando, si se puede decir así, de sus vivencias con los “viejos”. Más malas que buenas —¡sin juzgarlos!— ya que dentro de sus limitaciones e ignorancia hicieron lo posible por educar a sus hijos.
Pero como toda acción tiene sus consecuencias, perdonar y olvidar son dos materias casi imposibles para el ser humano. ¿Cómo juzgarlos? Si sus infancias, en realidad, ni siquiera supieron que existía. Mi abuela (la vieja) había terminado la primaria como pudo y el viejo ¡ni la hizo! Aunque se esmeró tanto que aprendió a leer ayudado por su compañera de vida para deleitarse horas y horas bajo la sombra del sauce llorón, que en pleno verano dejaba caer gotas de sus hojas o ramas como un hermoso regalo de la naturaleza. Devoraba los tomos de la Primera y Segunda Guerra Mundial, colecciones del Readers Digest y, por último, La Biblia.
Una y otra vez repasaba sus historias con un hambre increíble ¡casi insaciable!, hasta que el sol se ocultaba en el horizonte. En realidad, no sé por qué les cuento esto, no tiene mucho que ver con nada o, al revés, tiene que ver con todo lo que viví después.
Las circunstancias y los años te van moldeando ¡o no! No eres la misma persona que ayer jugaba a las muñecas o a las canicas al que hoy te ves reflejado cada mañana en tu espejo ¡Qué bueno por eso! Nunca es tarde para aprender o mejorar ¿no te parece?
Pero más allá de lo que vivieron sus hijos con ellos, mis tíos en particular, son sus historias. Vivencias fuertes y hasta tristes de aquellos años. Mis días con ellos fueron particulares quizás porque fui el último hijo de una de sus hijas o por razones que desconozco hasta el día que de la propia boca de mi madre se reveló toda la historia.
Recuerdo ir con ellos a la parroquia del pueblo, caminar con ellos kilómetros ya que las distancias eran considerables sin tener necesidad de tomar el único colectivo del lugar. Estaban acostumbrados a recorrer largas distancias, aunque recuerdo muy fugazmente haber subido en la carreta con ellos y un caballo marrón que nos llevaba por uno de esos caminos de dos huellas con vegetación a ambos lados del mismo.
Hasta el día de hoy me suenan las palabras de mi hermana/tía: “Fabio, portate bien” cuando preparaba su bolso para irse a no sé dónde, luego de las tantas diferencias con la “vieja”. Me llamaba Fabio, aunque mi nombre fuera Fabián. Me disgustaba cuando me llamaban así, si me preguntas por qué, no sabría la respuesta, simplemente no me gustaba. Viví muchos momentos felices y sencillos durante mi niñez. Dibujos animados que hasta hoy los llevo guardados en esos rincones especiales de mi mente. Muchas veces me imaginé ser El Llanero Solitario o soñé con los ojos abiertos un poco más allá del tiempo siendo adulto y tener una casa grande con todas sus comodidades… autos, motos, todo lo que puedas anhelar simplemente con la imaginación fantasiosa de un niño.
He jugado a los pistoleros solo o con algún vecino cuando me dejaban, con pistolas de madera o alguna rama seca. ¡La imaginación lo era todo! Caía abatido por la fantasía propia de un niño. Cuando unos vecinos me llevaron al cine, fue tal el asombro que me quedé con la boca abierta, no paraba de hablar asombrado por lo que veían mis ojos. ¡Qué inocencia la mía! Era mi primera vez, ¡sepan entender!
Vivir y crecer con la abundancia de un lugar así, tanto de mañana como a la tardecita cuando volvía de la escuela y saborear las riquezas de cada estación ¡de la mismísima planta! Con tan poco era feliz... La mayor parte del día jugaba solo, ya que el vecino más cercano vivía a un kilómetro de distancia o porque no tenía autorización de mi abuela para ir a jugar.
Recuerdo aquel día que vinieron a mi casa a pedirle permiso a mi abuela para que yo jugara al fútbol en la canchita del barrio, el lugar de mis mejores recuerdos. Las noches que me quedaba en la casa de unos amigos escuchando música o mirando alguna película sin dormir y morirnos de risa por las ocurrencias de cada uno. Con simples cosas o casi nada éramos felices.
Cuando armaban los equipos todos intentaban que jugara con ellos. Momentos irremplazables e imborrables que los principales protagonistas no desmentirían, hasta agregarían adjetivos que no vienen al caso ahora. Pero que me llenaban de gran satisfacción y seguridad en ese momento.
Jugar bajo la lluvia ¡qué maravilla! Bailar en los cumpleaños como Michael Jackson (no lo hacía ni parecido, pero daba igual). Hacerle mandados a mi tío, comprarles sus famosos L&M y una botella de vino tinto en la bicicleta marrón, regalo de mi mamá cuando volvió por mí a los cuatro años intentando llevarme con ella sin resultado alguno. Desde ahí no la volví a ver. El tío que me regaló mi primer “Adidas”, el más querido de alguna manera, no por el obsequio sino por su carisma su forma de ser, tan particular y alegre.
Como todo niño hice renegar a mis abuelos. Ejemplo: la vez que me fui sin avisar al pueblo con un amigo y sus padres a una fiesta popular en la municipalidad, a una distancia de nueve a diez kilómetros aproximadamente. Regresé casi de noche sin recibir una reprimenda, sino el regocijo de mis abuelos por comprobar que estaba bien. Tal vez hubo un par de palabras duras, ni lo recuerdo ya, pero la gran preocupación y desesperación se transformó en alegría.
Llegar antes que oscurezca no fue justamente mi fuerte, siempre me quedaba jugando un poquito más o, en las noches, hasta tarde mirando en el único canal de aquel lugar los videos musicales de Michael Jackson, un genio con sus coreografías y algunas series subidas de tono no podían faltar.
En las fiestas de fin de año venían mis tíos para pasar con los viejos y, a todas las botellas de sidra que quedaban por la mitad, las llevaba a mi habitación para beberlas a escondidas ocultándolas debajo de mi cama. Luego, me cargaban por tal hecho, pero todo quedaba ahí.
En pleno verano me cubría por completo soportando el calor de las mantas por temor a que un vampiro me mordiera el cuello. Consecuencia de las películas de terror del momento… ¡qué inocencia por Dios! Muchas noches de tormenta mi corazón parecía que se me iba a escapar del pecho escuchando los truenos y las luces de los relámpagos que construían figuras fantasmagóricas con las ramas de los árboles. Esas noches eran eternas y el miedo lo era todo.
Con mi abuelo la relación era, o debo decir fue, mucho más fácil. Yo me ocupaba de mis asuntos y él de los suyos. No hubo nunca una charla larga o que durara más de dos minutos. Solo cargadas, su forma limitada de expresar su alegría o, podría decirse, amor en algunas situaciones.
Y con mi abuela, hasta una cierta edad, fui su adoración, por decirlo de alguna manera, ya que sabemos que es un amor eterno, me sobreprotegía. También debo aclarar que fui muy obediente para los mandados y algunos que otros quehaceres de la casa, dentro de mis posibilidades, obviamente hasta una cierta edad, claro está. Tampoco les voy a mentir, pues a todos nos llega esa rebeldía de no hacer nada o refunfuñar para hacerlo. Eso sí, no me tuvo que regañar o preguntar si tenía tarea ¡jamás! Me gustaba la escuela. ¡Qué suerte la de mi abuela, ¿no? Ya que a través de los años incluso en la secundaria mucha ayuda no me podía ofrecer.
Recuerdo sus comidas como si las estuviera saboreando en este preciso momento en su cocina a leña de hierro. Los ingredientes sacados directamente de su huerta, ¡sus tortas fritas! La veo sentada en su banquito de madera moldeando la masa con sus dedos sin necesitar el palo de amasar mientras la ollita negra con aceite hervía en las llamas con leñas puestas en el suelo.
¡Cómo olvidar el horno de barro!, de donde salían los más ricos panes caseros, la chipá-guazú, sopa paraguaya o el chipá de almidón (comidas tradicionales de la región). La misma tierra proveía sus productos y ella los transformaba en manjares celestiales. Aunque parezca una gran exageración saben muy bien de lo que estoy hablando todos aquellos a los que de alguna manera sus madres les cocinaba eso que tanto deseaban.
Tampoco fue todo color de rosa, ni en el mismísimo paraíso duró tanto. No es la idea contar todo lo bueno sino ¿de qué te serviría? Si de las experiencias ajenas sacamos enseñanzas también.
II
Cuando llegaba la época de las paltas o “aguacates”, los pájaros, mi perro y yo nos hacíamos un festín con esos enormes frutos. Dos árboles grandes que al dejar caer hacían tremendo ruido asustando a las gallinas inclusive. Los preparaba con azúcar o miel, con solo pensarlo se me hace agua la boca.
También estaban las naranjas, mandarinas, bananas, “mamones”, maníes, guayabas, higos, melones, sandías y un sinfín de frutas. Debido a tantas cosas ricas y de la mano mágica de la vieja, mi peso en la niñez no fue justamente mi mejor recuerdo. Aunque no tuve un exceso, simplemente fui rellenito y me lo hacían saber en la escuela. Cosa que podríamos decir que es algo normal entre los chicos pero que afecta, poco, mucho o nada según el interior de cada uno.
Mi forma de vestir fue lo más simple y barato que podían los viejos. Nada de zapatillas o ropa de marca. Aunque eso a los ojos de otros era algo raro, indecente sin razón alguna. No me percataba tanto de eso en aquellos tiempos. Mi felicidad fue estar en la escuela rodeado de mis compañeros, pues crecer solo tiene sus ventajas y desventajas.
Aunque a los ojos de las maestras, lo aplicado e higiénico fue un orgullo para ellas. Para otros, la sencillez de mi vestimenta ocasionaba miradas extrañas. Ni hablar de mi educación, lo que hablaba muy bien de mis abuelos.
A partir del tercer grado descubrí mi talento para dibujar. Así que algunos se acercaban para que les dibujara. Es feo, ¡lo sé!, ser amistoso por interés, pero era feliz igual. Aparte de eso se acercaban compañeritas y en varias ocasiones les di una rosa, como muestra de mi afecto. Ya en ese tiempo hacía eco aquel vacío que lentamente asomaba en mi forma de ser. Enamoradizo en busca de afecto por doquier.
Formé parte en esos años del coro de la escuela y cuando empezó a cambiar mi voz pasé a instrumentos. En los actos escolares recuerdo haberme disfrazado de indio en el Día de la Raza o con un poncho hecho por mi abuela bailando “el carnavalito”.
Pero como en el mismísimo paraíso lo bueno no duró por siempre o como en los cuentos de “por siempre felices” algo marcó un instante, una circunstancia, un antes y un después. Lo que nos sucede en la niñez, hasta en el vientre mismo de la madre, cada palabra o acción nos hace o deshace para bien o para mal.
