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Daniel Fränkel afirma que la colonialidad actual en América Latina recurre al componente simbólico con el objetivo de fortalecer el sometimiento. Su presencia en las democracias americanas de estos tiempos se manifiesta en el formato de intrusión en las conciencias colectivas y también de su aceptación voluntaria. Este libro revela los alcances que tiene la colonialidad en el contexto latinoamericano y, específicamente, en Argentina. Además, destaca la relevancia de la nuda subjetividad y la colonialidad del encierro como dos categorías biopolíticas centrales que explican el alcance que tiene la sumisión. El autor sostiene que la experiencia americana mantiene viva la llama del colonialismo interno y explica el compromiso del poder por ajustar la subjetividad y configurar deseos y voluntades en una lógica contraria a la libertad. Precisamente, es en el espacio simbólico donde se disputa la lucha entre emancipación y esclavitud; de este modo, la decisión del poder al invadir las conciencias colectivas, al afectar deseos y voluntades, representa un violento dispositivo para producir sumisión. En otras palabras, es una construcción de verdad que opera con falacia, con coacción, con una ética ligada al control y disciplinamiento de las conciencias y al repliegue colectivo de las mayorías poblacionales. En consecuencia, el autor plantea el desafío de renovadas técnicas de sometimiento, las interpelaciones a la servidumbre voluntaria y el rol de las resistencias colectivas.
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Seitenzahl: 258
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Daniel Fränkel afirma que la colonialidad actual en América Latina recurre al componente simbólico con el objetivo de fortalecer el sometimiento. Su presencia en las democracias americanas de estos tiempos se manfiesta en el formato de intrusión en las conciencias colectivas y también de su aceptación voluntaria. Este libro revela los alcances que tiene la colonialidad en el contexto latinoamericano y, específicamente, en Argentina. Además, destaca la relevancia de la nuda subjetividad y la colonialidad del encierro como dos categorías biopolíticas centrales que explican el alcance que tiene la sumisión.
El autor sostiene que la experiencia americana mantiene viva la llama del colonialismo interno y explica el compromiso del poder por ajustar la subjetividad y configurar deseos y voluntades en una lógica contraria a la libertad. Precisamente, es en el espacio simbólico donde se disputa la lucha entre emancipación y esclavitud; de este modo, la decisión del poder al invadir las conciencias colectivas, al afectar deseos y voluntades, representa un violento dispositivo para producir sumisión. En otras palabras, es una construcción de verdad que opera con falacia, con coacción, con una ética ligada al control y disciplinamiento de las conciencias y al repliegue colectivo de las mayorías poblacionales. En consecuencia, el autor plantea el desafío de renovadas técnicas de sometimiento, las interpelaciones a la servidumbre voluntaria y el rol de las resistencias colectivas.
Daniel Fränkel es sociólogo (UBA), magíster en Administración y Políticas Públicas (UDESA) y doctor en Ciencias Sociales (UBA). Actualmente se desempeña como profesor consulto en la Universidad Nacional de La Matanza y como docente e investigador en universidades nacionales (UNDEC, UNLA y UNLP). Es autor de varios artículos y libros. Entre estos últimos se destacan L’eugénisme social: configurations du pouvoir aux temps de la mort en vie (2018), Eugenesia social: configuraciones del poder en tiempos de muerte en vida (2015) y Medicalización de la vida: salud pública y eugenesia social (2009). Fue director asociado del Hospital Neuropsiquiátrico Domingo Cabred. De resultas de esa experiencia se consolida su mirada antimanicomial y desarrolla teóricamente una concepción biopolítica para explicar el encierro y la muerte en vida aplicada al campo de lo político. En la actualidad participa de proyectos referidos a pensar el gobierno de la vida y la subjetivación política y a procesos de colonialidad y decolonización en Latinoamérica.
DANIEL FRÄNKEL
LOCURA Y COLONIALIDAD
Ontología crítica del encierro
Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza.
José Martí, Nuestra América
Ana María Talak
Soy testigo de cómo Daniel Fränkel fue escribiendo este libro y cómo fue elaborando estas ideas en relación con sus trabajos previos y con los nuevos acontecimientos académicos y sociales que fuimos compartiendo. Me he dejado impactar no solo por sus ideas, sino también por su entusiasmo y pasión en cada avance, en cada argumento desarrollado. Los aportes de este libro son radicales y profundos, y son numerosas las categorías conceptuales con las que trabaja. Me interesa aquí jerarquizar y compartir con sus lectores algunas cuestiones vertebrales, frente a las cuales no podemos permanecer indiferentes.
¿Cómo construir un mundo más feliz para todos? ¿Es esto posible? ¿O inevitablemente la felicidad solo es para algunos? Estas preguntas, que conmueven nuestras creencias más instaladas, se encuentran en el horizonte de los planteos de Daniel Fränkel en su libro previo Eugenesia social: configuraciones del poder en tiempos de muerte en vida (2015). Muestra allí el carácter ontológico y teológico de la creencia y la aceptación de que algunos se salvan y otros no, algunos logran la inclusión, el bienestar y la felicidad, mientras otros viven en la exclusión, en la carencia y en la infelicidad. Así, la esperanza de un mundo más justo como fundamento de la felicidad podría basarse en una idea de justicia según la cual cada uno tendría lo que se merece y, por lo tanto, por sus acciones, no todos merecerían la salvación. O bien, más discrecional aún, algunos serían los elegidos y otros no. Desde esta perspectiva un mundo más justo no sería igualitario, sino profundamente desigual. Esta sería la raíz teológica de la eugenesia social, ya que se apoyaría en la creencia religiosa de que “no todos se salvan”, y sostendría, a su vez, la desigualdad ontológica entre los seres humanos en el plano político y social, desde una versión secularizada de aquella teología.
En el presente libro, el autor retoma estos problemas desde la categoría de colonialidad en el marco de los estudios poscoloniales y del pensamiento filosófico y político latinoamericano. Desde la lectura de la locura con relación al fenómeno del gran encierro (retomando los estudios de Michel Foucault sobre la locura, el poder disciplinario y la biopolítica) y desde el concepto de nuda subjetividad (que recoge los desarrollos de Giorgio Agamben sobre la biopolítica y la nuda vida) y en diálogo con otros autores contemporáneos, Daniel Fränkel se propone tratar de comprender la desigualdad del mundo actual, la aceptación de la desdicha que padecen grandes poblaciones y el fracaso de las resistencias colectivas. Su abordaje combina una perspectiva filosófica y política con una reflexión sobre la subjetividad contemporánea, sobre su conformación dentro del orden macroestructural y sobre la relación dialéctica entre el sistema y nuestras subjetividades, ya que nuestras subjetividades se forman dentro de sistemas, pero que, a su vez, son sostenidos a través de sus ataduras y deseos.
Por lo tanto, la pregunta original sobre cómo construir un mundo más feliz para todos debe tematizarse junto con otras cuestiones: ¿cómo construir colectivamente un mundo más justo?, ¿un mundo más justo es un mundo más igualitario?, ¿en qué sentido más igualitario?, ¿un mundo más igualitario es un mundo más feliz?, ¿en qué sentido más feliz? Estas preguntas requieren pensar el mundo presente y algunas alternativas posibles y deseables a este orden.
Desde su formación en sociología y en políticas de salud mental y sus intentos de transformar realidades institucionales penosas que afectan a pacientes psiquiátricos, Daniel Fränkel reflexiona aquí sobre el mundo presente a partir de las relaciones entre lo macroestructural y nuestra subjetividad, mostrando cómo esas relaciones actúan a la vez como obstáculos para buscar las alternativas al orden vigente. Analiza las formas en que nuestra subjetividad colonizada acepta voluntariamente el orden macropolítico como un destino inevitable, e incluso preferible, por su anudamiento al deseo de estar incluido, y por la creencia en las promesas de una sociedad futura feliz. Esto produce una aceptación voluntaria de la servidumbre, con el fin de permanecer incluidos. Se manifiesta como encierro de la propia subjetividad y como adormecimiento de las conciencias colectivas, para lo cual el autor utiliza la categoría de inclusión-exclusión, ya que los oprimidos quedan incluidos en el sistema, pero excluidos de la vida digna. La sumisión voluntaria se da en un gran encierro interior que se promueve a nivel simbólico a través de diversas tecnologías.
El concepto de colonialidad enlaza lo macroestructural con la subjetividad. Por un lado, la colonialidad es una estructura inherente al capitalismo. Más allá de las especificidades históricas, políticas y sociales de las formas antiguas de colonialismo y las formas renovadas actuales, ciertas relaciones originarias se mantienen, como el racismo, la desigualdad y la sumisión a la nuda vida. Pero el autor muestra cómo, en sus formas actuales, la colonialidad consiste en una gestión del encierro masivo de las subjetividades, que mantienen un deseo de autonomía junto con un sometimiento voluntario. Se trata de procesos biopolíticos y disciplinarios que actúan simultáneamente y en forma convergente. Si durante el colonialismo antiguo el control era fundamentalmente externo, ahora el control es fundamentalmente interno (con nuevas formas de control externo). A nivel político-social, el ideal abstracto de democracia y sus valores (transparencia, participación, universalidad) invisibiliza los muros simbólicos de nuestro encierro. Al no verlos, las personas no desean escapar y terminan amando su servidumbre. De ahí que el autor plantea que las democracias actuales se sostienen en un modelo totalitario de lógica gubernamental.
La colonialidad actual como estructura inherente del capitalismo se expresa a través de criterios de selección dirigidos a las multitudes, según los cuales ciertos sectores poblacionales no participarán de la vida digna, sino de la nuda subjetividad. Esta se despliega como una vida espectral, insegura, incapaz de alcanzar la vida digna. De ahí que la nuda subjetividad dependa de la biopolítica en tanto gestión política de la vida humana, que en este caso mantiene la vida, pero a nivel de subsistencia, “la vida arrasada, replegada y cuya expresión material es la muerte en vida, la vida que se desenvuelve en la pura subsistencia”, produciendo de esta manera la devastación subjetiva. El concepto de colonialidad entonces captura una relación en la que el deseo y la voluntad de los sometidos son esenciales.
La indagación de este libro se centra en el período que va desde la última dictadura en la Argentina a la actualidad, desde un abordaje arqueológico de diferentes capas discursivas en las que el autor encuentra que las promesas de un futuro mejor, las garantías de bienestar y la protección de derechos son discursos usados como tecnologías de sometimiento. Si bien se centra en el caso argentino, su análisis busca aportar a la comprensión de la colonialidad latinoamericana actual, y sus nuevas formas de encierro simbólico y material.
Esto nos lleva a preguntarnos por la relación que establecemos, como pensadores, con nuestro propio presente. En Desnudez, de 2011, Giorgio Agamben propone volvernos anacrónicos y romper la unidad con el presente, como una forma de resistir el conformismo que caracteriza la vida contemporánea. No coincidir con nuestra época, volviéndonos anacrónicos, es visto como una forma, tal vez la única, de interpelar este presente de forma comprometida. El presente libro busca incomodar nuestra tranquila y resignada adaptación al sistema, viendo cómo nuestro deseo se convierte en un instrumento que lo sostiene. Muestra el núcleo que vuelve casi imposible la rebelión y el cambio, porque nuestro deseo de amparo, de inclusión, sostiene al mismo tiempo nuestra sumisión voluntaria. Y solo tematizando estos límites propiamente ontológico-políticos es que se puede empezar a pensar en las resistencias.
Este libro nos interpela de una manera imprescindible. Golpea la naturalidad resignada con que solemos ver las injusticias y la inequidad del mundo en el que vivimos. Golpea el ropaje de naturalidad cotidiana, y nos obliga, de pronto, a enfrentarnos a nuestra desnudez para que nos llame la atención la desnudez de los que llevan una vida indigna impuesta por un orden macroestructural. Esta perturbación profunda e incómoda que nos produce es necesaria para perder un sentido de ingenuidad del que es muy difícil desprenderse, y que lleva a acciones que no hacen sino sostener el sistema. Esta incomodidad anacrónica en la que el autor nos ubica para ser exteriores a nuestro propio mundo presente es un paso inevitable para ver y sentir, primero, la colonialidad en nosotros, su anclaje subjetivo profundo e inherente, que es fuente de insensibilidad hacia los otros y reproducción de patrones del pensamiento privilegiado y de ignorancias sistemáticas. Pero, una vez detectada y sentida la colonialidad en nosotros, nos interpela en la búsqueda de alternativas construidas colectivamente, definidas sobre la marcha, plurales y abiertas a la creación de nuevas realidades sociales y políticas en las que se pueda ir más allá de la naturalización de las desigualdades en la posibilidad de tener vidas dignas. Nos desafía a deshacer las varas naturalizadas con las que diferenciamos vida digna y merecimientos, como si fueran producto de agencias individuales y descontextualizadas. Nos inspira a pensar formas alternativas de subjetividad dentro de colectivos movilizados hacia un futuro abierto, no previsible. Nos enfrenta a lo más difícil: entender y sentir el carácter construido y colonial de la máscara que encierra nuestra identidad, y a la cual estamos tan apegados. Y si bien es muy difícil soportar vivencialmente la experiencia de nosotros mismos sin la identidad que sostiene nuestra existencia, el autor nos expone a esta desnudez identitaria y ontológica como proceso necesario para salir del encierro creando nuevas agencias, nuevos colectivos, nuevos órdenes sociales, subjetivos y políticos.
La pandemia actual expone en otra magnitud y con otra crudeza los rasgos de estos procesos subjetivos y políticos de la colonialidad y el encierro, y por eso mismo el autor los incluye en una reflexión final del libro. La pandemia y el confinamiento global son leídos en el epílogo desde las claves interpretativas del libro y dialogan con el desarrollo anterior, mostrando su continuidad más que su ruptura por la excepcionalidad. Nos muestra cómo se actualizan nuevas promesas sobre el futuro si aceptamos los cuidados gubernamentales (sumisión voluntaria), y cómo se refuerzan varas que discriminan entre vidas y muertes admisibles en discursos y prácticas contradictorias y ambivalentes, de temor y esperanza, de aceptación del encierro y de búsqueda de la libertad.
“Formamos parte de una vida precaria, de la que somos protagonistas «enajenados» en un confinamiento global”, nos enseña el autor. Esta frase, lejos de circunscribirse al momento de la pandemia, adquiere sentido en la continuidad y transformación de las prácticas de gobierno y de producción de subjetividades. El confinamiento visible, material y externo confluye en el encierro invisible, subjetivo y simbólico; también en el marco de prácticas de gobierno que ahondan la precariedad de la vida. Y, como las promesas de un futuro mejor, además de ficticias, son inoperantes a largo plazo para garantizar la vida segura y estable, se despliega un juego de discursos antagónicos entre la apertura y el encierro, que Daniel Fränkel ve con agudeza que se trata del reflejo de la vida colectiva de las multitudes, en su aspiración por ser libres e iguales, pero que terminan viviendo sometidas y aceptando la sumisión para asegurar la protección.
El gobierno de la vida entonces alterna o combina los formatos del encierro interno y del encierro externo, ya que este último no puede mantenerse sin modificaciones por largo tiempo. Necesita reciclarse y apoyarse en el encierro interior. De esta manera, el confinamiento durante la pandemia no hace sino formar parte de un ciclo de “eterno retorno” en el que la colonialidad a través de formas de encierro subjetivo se reactualiza, mostrando el “retorno del individualismo”, “la fragilidad de la comunidad, los límites de la resistencia o de la insurrección y la potencia que adquiere la expoliación”, en un momento de “falsas disyuntivas”, en una etapa de nueva tragedia humana.
Lo que nos conmueve es lo que el autor muestra de nosotros mismos, de que aún las búsquedas de nuevas solidaridades quedan atrapadas en estas lógicas trágicas del encierro y del sometimiento subjetivo, que ubican a algunos en el cuidado para seguir incluidos, en la esperanza ficticia asociada a la ciencia y la tecnología, y a otros en la vida que apenas puede sostenerse, en la vida indigna.
Esta es nuestra tragedia existencial, política y ontológica. El libro nos ayuda a conceptualizarla desde un diálogo interior e intersubjetivo con categorías potentes y radicales, que abren un camino que debemos atrevernos a crear y a recorrer. Percibimos nuestra tragedia al experimentar la necesidad de salir de la comodidad del encierro, de cambiar nuestras subjetividades colonizadas, pero, a la vez, al percibir y al sentir en el cuerpo mismo la dificultad abismal que esta tarea encierra.
Buenos Aires, 25 de agosto de 2020
Estos tiempos contemporáneos ratifican una renovada colonialidad caracterizada por el encierro masivo, el sometimiento voluntario expresado en la sujeción por parte de una subjetividad arrasada a la que denominamos nuda subjetividad.
Bajo el predominio de renovadas configuraciones coloniales que surgen en América Latina hoy, de la mano del neoliberalismo, mucho se ha escrito sobre la desigualdad, sobre la opresión y la dependencia, en general enfocado hacia la cuestión material. Pero exiguos son los planteos respecto de las cuestiones subjetivas. Aún más, las investigaciones, los escritos, las conferencias que bosquejan la asociación entre subjetividad y neoliberalismo soslayan una posición ontológica; al mismo tiempo, desestiman considerar la sumisión como un componente voluntario de quienes están oprimidos y desean permanecer en esta condición.
Por su parte, la colonialidad no es un proceso nuevo. Es un problema estructural que va cambiando sus formatos. En nuestras épocas, es el formato del encierro que hunde sus raíces al ahondar la dominación y las desigualdades sociales ante la vida. Precisamente, el formato actual para América Latina, según el esquema biopolítico neoliberal, incluye la nuda subjetividad para las mayorías. La nuda subjetividad constituye un componente central de la colonialidad del encierro y con ello la invasión de renovadas técnicas de sometimiento de cuerpos y conciencias. Insistimos que se gobierna mediante la captura de las conciencias colectivas. Más específicamente, nos referimos a la producción de verdad, al confinamiento, la obediencia, el problema acerca de la servidumbre voluntaria y el rol de las resistencias colectivas. Revela el testimonio de cuerpos expuestos en la indiferencia entre la opresión externa y las voluntades, afectos, emociones y propios deseos de protección que otorga la sumisión. Por consiguiente, es una categoría que concurre con la de nuda vida, en tanto dispositivo de explotación material; ambas detonan los tiempos presentes.
Nos interesa destacar que el esquema de la colonialidad implica simultáneamente estrategias de nuda vida y nuda subjetividad; ambas implicadas en el sometimiento material y emocional. Se armoniza combinando manifestaciones brutales, frecuentemente ceñidas por manifestaciones sutiles a cuestiones cotidianas y por ello hasta inadvertidas y comportamientos precisos, evidentes, notorios. Se traduce en la captura masiva de las conciencias afines a políticas que terminan ratificando renovados encierros masivos.
Precisamente el escenario neoliberal dibuja los matices de la crueldad, en el sentido de que cada vez se hace más visible la violenta manipulación material y simbólica que se ejerce sobre los que valen cada vez menos. De momento la dinámica que caracteriza la politización de la vida en estos tiempos despierta escenarios contrastantes. Un mundo abierto, transparente, radiante de oportunidades, de libertad, donde se declaman derechos y prosperidades y en el cual también se inmoviliza a crecientes grupos poblacionales que viven en el meollo de la indistinción, abandonados por Estados cada vez más autoritarios.
Es una perspectiva del tiempo presente signado por el fortalecimiento y la reorganización de los proyectos neoliberales, esto es desde la última dictadura militar argentina hasta la actualidad, del ejército de masas desechables que se trasforma en crecientes multitudes supernumerarias, arrasadas, malditos ejércitos de pobres, muchedumbres sobrantes cada vez más superfluas.
Subrayamos, entonces, la colonialidad permanece enraizada. Precisamente, y adecuados a los tiempos presentes, los criterios de dominación simbólicos ejercidos durante la última dictadura –exacerbados por su propuesta tanática y brutal– tampoco son desmantelados por las manifestaciones democráticas posteriores.1
Concretamente, más allá de distancias políticas y también sociohistóricas diferentes, más allá de particulares desarrollos y vaivenes históricos sociales entre dicha dictadura militar y los posteriores gobiernos democráticos, sostenemos que existen marcas estructurales que permanecen y que se van adecuando en el tiempo; es más, consideramos que el trazado simbólico revelaría la existencia de inscripciones estructurales, cuestiones repetitivas, que recaen en una misma unidad conceptual.
Mencionamos poblaciones que viven en un mundo arrastrado por promesas, miedos, incertidumbres e inseguridades; un mundo donde se vive casi siempre en los límites, un mundo caracterizado por la exaltación del individualismo, la supresión de la otredad y el auspicio al repliegue de sí.
Justamente, la dominación anestesia conciencias colectivas tanto de quienes tienen acceso a la vida digna como de los oprimidos; para el caso de estos últimos siempre se localizan intersticios para penetrar en sus conciencias colectivas; así, con el concurso de la alegría, del disfrute, de un horizonte futuro de felicidad y de fascinación se oculta el engaño, la mentira, la manipulación. ¡El poder termina encontrando la salida para que la dominación se afiance y se apropie del deseo colectivo de modo de prorrogar las ansias por estar incluidos, sin menoscabo de la vida sometida!
La afirmación acerca de que la colonialidad expresa una estructura ontológico-biopolítica permite asegurar que se dan los mismos atributos entre el viejo y el nuevo colonialismo. En su andar singular, progresivo y homogéneo, el desarrollo de la categoría responde a nuevas y crecientes necesidades de dominación que, en la actualidad, se complejizan pero que ni modifican ni desplazan de su esencia las preguntas y relaciones originales: el racismo, la desigualdad, la supremacía ontológica que ejerce quien domina,2 la violencia material y simbólica encarnada en el lenguaje, el desprecio y la negación de la condición humana, el sentimiento de inferioridad, la sumisión a la nuda vida, la exposición de los cuerpos y las políticas de desechabilidad.3
Subrayamos que, pese a cuestiones históricas, políticas y sociales singulares y aun cuando no se mantenga la misma configuración respecto del colonialismo original, consideramos que existe una misma disposición respecto de la sujeción. Uno de los rasgos distintivos en el momento actual son las múltiples y complejas tecnologías disponibles.
A medida que se va profundizando el proyecto neoliberal, la colonialidad se asienta en las democracias posdictadura militar; en todos los casos se exhiben múltiples y complejas tecnologías de disciplinamiento visibles e invisibles que exhiben el mal y la violencia simbólica que efectivizan aún más la nuda subjetividad. Destacamos que la ideología neoliberal impone en la opinión pública que la democracia occidental se erige como modelo universal, pacífico y participativo de administración ciudadana.
Justamente la marca que imprime lo simbólico signa artilugios tales como el uso del lenguaje, de gestos, de imágenes o el control de las conciencias. El poder pone a disposición de la sumisión concretas herramientas gubernamentales enmarcadas por renovadas crueldades, violencias, formas de xenofobias o corrupciones. Unas y otras se confunden en estrategias que componen el mal como instrumento de gubernamentalidad destinado a separar entre quienes pueden y deben ser protegidos y los que finalmente no están invitados al banquete de la dignidad y son abandonados a su suerte.
Desde un punto de vista simbólico, en la colonialidad se alinean, uniformizan, disciplinan subjetividades. Sus principios son las manifestaciones aviesas del poder que afianza y expande la nueva esclavitud como modo de ser en la vida; afirma la radicalización de la desigualdad, profundiza la pobreza, justifica los métodos de racialidad y somete a las poblaciones al encierro masivo. En definitiva, se legitima la indistinción entre el adentro y el afuera, entre inclusión y exclusión, conformando la inclusión exclusiva.
Precisamente colonialidad es gestión del encierro masivo por cuanto expone al sujeto a su desnudez, al arrasamiento simbólico, al confinamiento de sí. Vislumbra el enlace entre múltiples panópticos visibles e invisibles: una combinación entre un cartesianismo actualizado y un renovado leviatán en los que confluyen el deseo de autonomía, pero también el de sometimiento voluntario.4
Mediante tecnologías de vigilancia externas e internas, se combinan indistintamente la hechura trascendente y universal que caracteriza la voluntad única y universal del poder por gobernar y dominar, y la gobernabilidad inmanente de la vida –en la modalidad de operaciones y lógicas jurídicas, políticas, económicas y militares a los efectos del ordenamiento de las conciencias a la cadena de producción–; así, el poder incursiona violentamente condicionando deseos y voluntades.
La potestad de quien ejerce la autoridad es “escuchar”, “entender los problemas de la gente”, “encontrar respuestas que alivien el sufrimiento”, “privilegiar las palabras de quienes padecen”, “gobernar para todos y todas”, “respetar las voluntades colectivas”; en fin, devolver a la multitud su humanidad, cuando al mismo tiempo se la abandona. Por eso, cuando hablamos de la nuda subjetividad estamos hablando del acto de lo absurdo.
Sin embargo, las subjetividades ya no dependen solamente de tecnologías de control externo –normalización de voluntades, modelación de deseos–, sino que conciernen al control interno: cada persona no solo debe autorregular su propia conducta, sino que elige relegar su autonomía y libertad para refugiarse en la sumisión ante la promesa incierta de un futuro prometedor. ¡Quiero mi libertad, mi lucha es por mi libertad, pero también lo es mi resignación!
En definitiva, colonizar el pensamiento es creer y respaldar el torrente de promesas por una sociedad futura en la cual soñar; es mirar indefinidamente hacia adelante por cuanto las multitudes lidian ante un presente tormentoso, obsceno, porque al quedar atrapadas en las brumas del pasado se les impide emerger.
Es en este contexto cuando en 2020 una dura epidemia se ha desarrollado por todo el mundo. Precisamente esta época funda una nueva desdicha. Un nuevo virus, el SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, se ha extendido y está infectando a millones de personas. Esta difusión ha obligado a los gobiernos a ensayar diferentes estrategias de contención entre confinamientos, distanciamiento social, barbijos, la promoción de favorecer el contagio de rebaño, entre tantas.
Un escenario de esta envergadura solo había sido concebido en la ficción y hoy constituye una de las preocupaciones centrales de la vida. También se han arriesgado diversas conjeturas sobre factibles causas y sus derivaciones para el mundo que vendrá una vez finalizada la pandemia.
Lo cierto es que la pandemia estalla y al mismo tiempo deja entrever las inequidades estructurales que hemos denominado nuda vida. La situación de COVID-19 en el mundo y especialmente en América detona la precariedad de la vida, y de las brutales condiciones materiales y subjetivas que nunca fueron resueltas.
De esta manera, el escenario de expoliación es evidente y se extiende con la pandemia. En ocasiones se asiste al renacer de propuestas neomalthusianas acompañadas por audaces cálculos económicos y pruebas eugenésicas. Precisamente la pandemia abochorna transitoriamente con el espectáculo de cuerpos expuestos a la indignidad. Rápidamente nuevas falacias, nuevas promesas, nuevas estrategias adormecerán una vez más las conciencias. Por su parte, las poblaciones también se resguardan con medidas contradictorias oscilantes entre empecinados acatamientos a la cuarentena y el estallido de tumultuosas manifestaciones de desobediencia y defensa por la libertad y el fin del encierro.
Las previsiones acerca de nuevas sociedades, de nuevas cargas inmunizadoras, agitan los límites de la ciencia. Nuevas generaciones de posnormales auguran un panorama sombrío para las mayorías. Cruje la vieja normalización elaborada por la modernidad por una nueva composición adecuada a nuestros días; la posnormalidad resultará entonces de una combinación de circunstancias protectoras frente al mal que viene de afuera, pero que también contamina desde el interior de la sociedad.
Esencialmente la destreza será proteger y mantener viva la pasión por la esperanza, una perspectiva que disloque el freno angustiante, desesperante del presente. Los porvenires de la sociedad siempre encasillados en la quimera hoy están puestos en la ciencia como un estandarte de protección; ella encierra la clave necesaria para afrontar la pandemia.
Más allá de las necesarias resoluciones biológicas por encontrar una solución a la pandemia, también destacamos variedades de procedimientos –cibernéticos, económicos, raciales– hoy todavía en fase de experimentación biopolítica. Son procedimientos de colonialidad que se preparan para los días que vendrán; enaltecen los deseos de ser libres y, al mismo tiempo, impiden desprenderse de las ataduras. Serán nuevos dispositivos de seguridad cuyas complejidades no descartan la continua mutación entre el deseo de libertad y el de permanecer bajo el abrigo del poder.
Vista así, la estrategia de inmunidad es permanente y se continúa mediante dispositivos contradictorios que constituyen la nueva gestión de la vida. La analogía es perfecta por cuanto también se prevé que la COVID-19 probablemente nunca desaparezca. De este modo se refuerza la narrativa oficial que construye la imagen del enemigo invisible de adentro y de afuera extensivo a un mundo más individualizado, menos solidario, más replegado, aislado, encerrado, y menos dispuesto para interactuar.
¡Sin embargo, la ilusión por alcanzar el homicidio perfecto no logra ocultar las luchas y resistencias de subjetividades enardecidas, tempestades que pugnan por emerger!
En tanto la actualidad pre COVID-19 estuvo cargada por estallidos sociales –en la Argentina macrista, en Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guatemala, Honduras, Haití–, los movimientos sociales alejados de fantasiosas realidades emprendían resistencias, rechazaban el modelo de explotación neoliberal. En muchos casos superaron las vías institucionales.
Sin embargo, apagados dichos clamores por la pandemia, estos tiempos auguran escenarios en el que los nuevos amos afiancen sus poderes, refuercen imperativos enraizados. ¡De resultas, el llamado al sometimiento voluntario no es otro que el de una necesaria resignación ante la fatalidad del “destino”! Las multitudes buscan en un renovado leviatán la seguridad, la protección, y por eso volverán a optar quedar atrapados en la encerrona.
1. Es Enrique Dussel quien plantea que “el populismo, como la cultura nacional hegemonizada por la burguesía interior de nuestros países periféricos, que por su parte ha significado lo más progresista de las culturas capitalistas latinoamericanas […] remata en la cultura inquisitorial de los militarismos de seguridad nacional” (citado por Zulma Palermo, comp., Des/colonizar la universidad, Buenos Aires, Del Signo, 2015, p. 25, nota 17).
2. Hacemos extensiva la afirmación de Franz Fanon a nuestros días por cuanto, al diferenciarse de Hegel y del proceso de enajenación, expresa: “Hay sin duda el momento del «ser para otro», del que habla Hegel, pero en una sociedad colonizada y civilizada toda ontología es irrealizable”, dado que “el negro no tiene resistencia ontológica a los ojos del blanco” (Franz Fanon, Piel negra, máscaras blancas, Buenos Aires, Abraxas, 1973, pp. 90 -91).
3. Véase Marcelo Sanhueza, “Violencia/contraviolencia: descolonización y reinterpretación del marxismo revolucionario en Los condenados de la tierra de Franz Fanon”, en Elena Oliva, Lucía Stecher y Claudia Zapata (eds.), Franz Fanon desde América Latina, Buenos Aires, Corregidor, 2010, pp. 185-218.
4. Véanse Rita Segato, La crítica de la colonialidad en ocho ensayos y una antropología por demanda, Buenos Aires, Prometeo, 2015, p. 258; Eugenio R. Zaffaroni, Em busca das penas perdidas: a perdida de legitimidade do sistema penal, Río de Janeiro, Revan, 1991.
Conocer la colonialidad nos permite estar al tanto de la nuda subjetividad. Es más, aproximarnos desde un enfoque biopolítico crítico problematiza las complejas interacciones en las que intervienen heterogéneos instrumentos visibles e invisibles de gobierno destinados a provocar sometimientos que finalmente son aceptados en forma voluntaria.
Cuando nos referimos a colonialidad, estamos planteando su significación ontológica; estamos diciendo que el poder interviene permanentemente en las conciencias de los oprimidos de modo tal que se logre asegurar su sometimiento.
