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¿Por qué tanta gente lista empieza a creer cosas absurdas? Así nacen las teorías conspiranoicas: dudas seductoras pero infundadas que prometen revelar lo que la ciencia no explica. En una era marcada por la desinformación, crece el rechazo a la verdad oficial y se impone la idea de que todo es un engaño, una ilusión tras la que se esconde una realidad más auténtica, pero oscura y desesperanzada. Desde las redes sociales como fábricas de certezas instantáneas hasta teorías sobre los Kennedy o los hombres murciélago en la Luna, Ferraresi nos enfrenta con humor y lucidez al caos de un mundo en el que ya no se confía en nada, pero se cree en todo. Un retrato tan incómodo como divertido de nuestra época sobre los demonios que habitan en nuestras cabezas.
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Seitenzahl: 219
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Mattia Ferraresi
Los demonios de la mente
Relato de una época en la que no se confía en nada, pero se cree en todo
Traducción de Fernando Montesinos Pons
Título en idioma original: Il demoni della mente. Il racconto di un’epoca in cui non si ha fiducia in niente ma si crede a tutto
© Mattia Ferraresi, 2025
Publicado mediante acuerdo con Viva Agenzia Letteraria y Susanne Theune
(ST&A)
© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2025
Traducción de Fernando Montesinos Pons
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección Nuevo Ensayo, nº 170
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-1339-240-0
ISBN EPUB: 978-84-1339-573-9
Depósito Legal: M-13353-2025
Printed in Spain
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Redacción de Ediciones Encuentro
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www.edicionesencuentro.com - [email protected]
Índice
De entrada
I. La pastilla roja
II. El despertar woke
III. El estilo paranoico
IV. Epistemología dietrológica
V. El verbo se ha hecho ciencia
VI. Complot racional
VII. Los hombres murciélago en la luna
VIII. El mito de los Kennedy
IX. Convergencias entre Taylor Swift y Donald Trump
X. Conspirituality
XI. Criptomonedas
XII. Actos de fe
XIII. Pene conceptual y terrorismo estocástico
Por último
Agradecimientos
A Monica
De entrada
En la base de la mente contemporánea opera una gran premisa y su contenido puede resumirse brutalmente así: la realidad no existe. Lo que experimentamos es poco más que una ilusión, un entramado de engaños y conflictos de interpretaciones. El mundo es una maraña de impulsos que suscita impresiones en sujetos más o menos conscientes y, por consiguiente, mal equipados para ofrecer testimonios creíbles incluso sobre la experiencia que les afecta directamente. El sujeto disociado, que no es capaz de distinguir con certeza lo que ocurre dentro de su cabeza de lo que acontece fuera, es uno de los protagonistas absolutos de nuestro tiempo. Lo encontramos en las redes sociales, en las series, en los memes, en las novelas, en la publicidad, en la música, en las universidades, en los fenómenos culturales de tendencia. A veces es al mismo tiempo autor y víctima de su propia manipulación, en ese perverso mecanismo de autoengaño que es uno de los componentes fundamentales del clima posmoderno.
Una vez constatada la fragilidad de las percepciones y de las convicciones, a la mente contemporánea se le ocurre la idea de que tras el engañoso manto de los fenómenos se esconde otra realidad, la «verdadera». Esta realidad, que parece inmediatamente inaccesible, tiene un gran valor y un defecto igual de grande. El valor: promete ser auténtica, libre de las falsificaciones e hipocresías de la experiencia común. Acercarse a ella es dar un paso decisivo hacia la verdad. El defecto: tiende a ser malvada y desesperada. Autores malintencionados han dispuesto los acontecimientos de una determinada manera, con el propósito preciso de engañar a personas ignaras. Más allá del límite de la percepción común hay complots o conspiraciones y maquinaciones, hay un plan siniestro en marcha que se mantiene deliberadamente oculto.
«¡¡¡No nos lo dicen!!!», gritan con obstinación los complotistas o conspiracionistas de todo el mundo, pero sin indicar quiénes son esos reticentes «suyos» ni qué es exactamente lo que no quieren decirnos. El sujeto paranoico, otro protagonista de la contemporaneidad, deambula por el mundo repitiéndose a sí mismo que alguien ahí fuera ha urdido un plan para fastidiarle. No sabe de qué plan se trata, pero sabe que existe y que su odioso director se sienta en algún consejo muy secreto. Rafael había representado el origen filosófico de todo esto en su fresco de la Escuela de Atenas. En el centro de la escena, Platón, con el dedo apuntando hacia lo alto, invita a quienes deseen investigar la realidad a dirigirse al mundo de las ideas, mientras que a su lado Aristóteles, con la palma de la mano apuntando hacia abajo, le dice: «Calma».
La intención de este libro es documentar el frenesí febril con el que las personas de nuestro tiempo se afanan por sortear los engaños de la realidad tal como (no) la conocemos, en busca del motor secreto y siniestro que mueve todas las cosas. Y rechazan las invitaciones aristotélicas a la calma. No se conforman con las explicaciones convencionales, no se tragan las historietas que el poder ha construido para mantenerlos como buenos chicos. Sienten que mantener una postura escéptica es la mejor manera de mostrarse inteligentes y libres de mente, pero una vez descartados los elementos obvios y oficiales, se encuentran aferrados a cualquier extravagancia para dar sentido a las cosas. No se fían de nada y, por tanto, se lo creen todo.
El horizonte en el que nos movemos está representado principalmente por dos metáforas, la de la iluminación y la del despertar. La iluminación es el acontecimiento imprevisto que aleja la oscuridad de la ignorancia; el despertar es la salida del sueño para empezar a vivir de verdad. Una metáfora insiste en la dimensión objetiva, la otra en la condición subjetiva. Son imágenes antiquísimas que resurgen cíclicamente, con nuevas interpretaciones, en la reflexión filosófica y cultural. El ejemplo más conocido es el del iluminismo, mientras que la epopeya del despertar es un clásico de la cultura protestante en Estados Unidos, que ha tenido cierto impacto en el desarrollo de la mentalidad contemporánea; el fervor religioso que surgió del puritanismo estadounidense, con su combinación de mesianismo, moralismo y apocalipsis, se desarrolló en una secuencia de «grandes despertares». En la actualidad, parece prevalecer esta última metáfora: el sujeto que abre los ojos tras una fase de torpor e inconsciencia y, en una epifanía del conocimiento, toma conciencia de la estructura íntima de las cosas, que hasta ese momento había estado velada.
Hoy, este modo de considerar la realidad no se expresa como una convicción teórica, sino que emerge como una actitud práctica. Probablemente nadie —o solo una minoría residual— aceptaría firmar una declaración en la que se afirmara que la realidad no existe, lo que experimentamos es un engaño, las certezas que creemos tener sobre las cosas son supersticiones, no podemos fiarnos de nada ni de nadie porque hay hordas de manipuladores que trabajan sin descanso sobre la estructura de la realidad para impedirnos conocer la verdad. Sin embargo, hay muchos que se adhieren implícitamente a estos preceptos y se mueven por el mundo siguiendo criterios que rechazarían indignados si se enunciaran sin reticencias. La cuestión no es la adhesión declarada a una visión, sino vivir «como si» esa visión gobernara en los hechos el curso de las cosas. Los demonios se esconden en los recovecos de la mente, condicionando el itinerario del conocimiento, y su principal propósito es el de costumbre: convencernos de que no existen.
Por eso hemos optado por investigar el fenómeno captándolo en acción, paseando entre las consecuencias visibles y no deduciéndolo a partir de primeros principios. Hay al menos dos modos de describir una orientación de la mente contemporánea: escarbar en busca de sus raíces histórico-filosóficas, o bien fotografiar las escenas en las que se manifiesta el fenómeno. El primero lleva a la reconstrucción del fascinante debate entre las sectas neoplatónicas y las herejías cristianas en la Antigüedad tardía, a la disputa medieval entre realistas y nominalistas, al sujeto moderno enfocado por Descartes, a la elevación positivista de la ciencia, a los virajes epistemológicos contemporáneos a nosotros, a las reflexiones sobre la relación cuerpo-mente, a la especulación sobre las redes neuronales, y así sucesivamente. Un sondeo en la historia del pensamiento para luego analizar los distintos estratos. Afortunadamente, para el posible lector, la elección ha recaído en el segundo método. Por consiguiente, en este libro hay ante todo historias. Son recortes de crónicas, de acontecimientos políticos, de tendencias culturales y episodios del pasado reciente que atestiguan la irresistible difusión de una «epistemología dietrológica»1, la actitud de quienes se enfrentan a la realidad armados con la pregunta «¿Qué hay detrás?» en lugar de la más obvia «¿Qué es lo que tengo delante?».
Es un libro compuesto de fragmentos. Cada capítulo puede leerse como una historia en sí mismo, pero yuxtapuestos componen el boceto de un hombre contemporáneo que, tendiendo de una manera afanosa a alcanzar cierto conocimiento de las cosas del mundo, acaba por emprender los caminos más irracionales para alcanzarlo. Se habla de las criptomonedas y del terreno libertario en el que han crecido, de la influencia de la pastilla roja de Matrix en la cultura digital, de los puntos en común entre Taylor Swift y Donald Trump, de la paranoia como cuestión política, de la mitología de la familia Kennedy, de los increíbles hombres murciélago avistados en la luna, de la visión inspirada en el largo plazo, de los impulsos antiintelectuales, de las genuflexiones a la extraña divinidad caprichosa de la Ciencia, de las falsas verdades, de las verdaderas imposturas, de testigos inatendibles, de personas que creen sinceramente las mentiras que ellas mismas cuentan, de las lumbreras que confunden secuencias de palabras distribuidas al azar con auténticas investigaciones.
Se llega hasta el complotismo o conspiracionismo, pero no es un libro sobre el terraplanismo, la negación del alunizaje, las estelas químicas o las vacunas inventadas por Bill Gates para controlar el mundo. Lo que interesa aquí es lo que viene primero: la disposición mental que abre la puerta a las conspiraciones más delirantes. Solo una minoría se adhiere hasta el fondo a las teorías conspirativas o del complot, mientras que mirar el mundo a través de lentes retrospectivas es una actitud muy extendida, incluso entre quienes no sacan las conclusiones más descabelladas.
En la exploración emerge un hecho en apariencia sorprendente. Los conspiracionistas de la derecha reaccionaria y los progresistas de la izquierda woke nadan en el mismo acuario. Dos tendencias que parecen estar en las antípodas están en realidad acomunadas por premisas similares. Ambas pivotan sobre la idea de que la realidad que experimentamos es un engaño, una tapadera que esconde algo más. Llega una pandemia y se acusa a la élite globalista y liberal que ha creado el virus y se encargará de producir una vacuna que no es más que un medio para imponer la dictadura sanitaria; caen dos gotas de lluvia en la semana equivocada e inmediatamente se trata de una policrisis sistémica interseccional generada por el hombre blanco heterosexual, cisgénero2 y de mediana edad. Detrás de cada fenómeno hay, dependiendo de las preferencias partidistas de cada uno, o bien un consenso de banqueros posiblemente judíos en un castillo de los Alpes suizos, o bien un patriarcado interiorizado. Todos los males del mundo pueden remontarse a una red de pederastas que depende de la familia Clinton, o bien al racismo sistémico que interactúa con estructuras capitalistas depredadoras, neocoloniales y heteronormativas. La conclusión de ambas partes es: tenemos que despertar de esta pesadilla.
¿Cómo hemos llegado a esta moción de desconfianza en la posibilidad de conocer? La historia reciente tiene su peso. En el primer cuarto de este siglo, se pueden reconocer al menos cinco momentos significativos de decepción que han contribuido a deteriorar la confianza en sistemas y estructuras que parecían adquiridos e irreversibles. La primera decepción es la que, con las guerras de Afganistán e Irak tras el 11 de septiembre de 2001, disolvió la ilusión de que la democracia se podía exportar a cualquier parte, incluso por la fuerza si fuera necesario.
La segunda decepción es la económica. La crisis financiera de 2008 puso de rodillas al sistema del ahorro y destapó el muladar de la avidez de los bancos de inversión. El colapso determinó la Gran Recesión: la generación de los millennials que se incorporó al mercado laboral en aquellos años de sufrimiento creció en la escuela de la frustración e interiorizó la sensación de una promesa traicionada. La estación del populismo nacionalista y de las fuerzas antisistema creció sobre este terreno.
La tercera decepción es la digital. En el curso de una década, las esperanzas de la revolución digital fueron reemplazadas por la percepción de que algo demoníaco anidaba en el desarrollo tecnológico. Las empresas de Silicon Valley pasaron de ser protagonistas de una transformación benévola a monstruos sedientos de datos y beneficios.
La cuarta decepción es la de la ciencia, que surgió con la pandemia del Covid-19. En aquella circunstancia, la investigación dio pasos grandiosos, pero la fe en la ciencia y en su capacidad para resolverlo todo, un sentimiento que había reinado en décadas anteriores, se disolvió. La historia de la pandemia no es solo la historia de la empresa de las vacunas, sino también la de los litigios entre expertos, de las paranoias complotistas o conspirativas, de las acusaciones de dictadura sanitaria.
Finalmente, la última decepción es la de la paz. La invasión rusa de Ucrania en 2022 ha traído la guerra al corazón de Europa, haciendo añicos la ilusión de una paz duradera en el continente. Más tarde, el ataque de Hamás el 7 de octubre de 2023 y la consiguiente guerra entablada por Israel en la Franja de Gaza han inflamado de nuevo un conflicto interminable que, sin embargo, parecía encaminado hacia alguna forma de normalización.
¿Cómo es posible establecer una relación de confianza con la realidad después de que hayan sido desmanteladas todas estas certezas? Los demonios de la mente han encontrado circunstancias favorables para desencadenarse.
I. La pastilla roja
La saga cinematográfica Matrix, realizada entre 1999 y 2021, es el ensayo más potente sobre la mente contemporánea producido en nuestro tiempo. Las patadas voladoras y las balas a cámara lenta no son lo importante. Ni tampoco lo son la trama y las peripecias de los distintos personajes. Lo que ha convertido la saga Matrix en un icono indeleble es una representación de la relación entre el hombre y el mundo que ha tocado algo profundamente arraigado en la psique colectiva.
La premisa sobre la que descansa todo es que la realidad, tal y como aparece, es un engaño. Lo que la gente se hace la ilusión de experimentar es en verdad una sofisticada alucinación colectiva producida por las máquinas que han tomado el control de la Tierra, reduciendo a la humanidad a una fuente de energía. El mundo que creemos conocer no es más que un gran show cibernético hecho adrede para mantenernos felices. El enchufe implantado en el cerebro transmite impulsos que proporcionan la impresión de vivir a sujetos que en la realidad «verdadera» duermen sumergidos en tanques llenos de líquido amniótico. Cada esclavo está recluido en la más inviolable de las prisiones, la de su propia mente. En suma, el poder del relato se encuentra en el conflicto entre la ilusión de la realidad percibida y el estado efectivo de las cosas. Cuestión antiquísima y modernísima.
No sorprende que, en el hervidero de experiencias religiosas a la carta que atraviesa el presente, un grupo de chamanes haya fundado una secta sobre Matrix, con oraciones, liturgias, un ideograma japonés como símbolo, referencias al sabio persa ‘Abdul’l-Bahá, precursor ideal del matrixismo, y una única fiesta solemne que cae no por casualidad en el día en que el químico Albert Hofmann ingirió LSD y emprendió el primer viaje psicodélico producido en laboratorio. Estamos a medio camino entre un cómic ciberpunk y una canción de Battiato, y puede que incluso los matrixianos más devotos entiendan su improvisada iglesia más como un cosplay que como una auténtica experiencia de fe.
Lo que importa es que el universo Matrix está repleto de referencias filosóficas, destellos de magia, elementos simbólicos y curvaturas existenciales que dialogan con el presente. Se ha relacionado el mundo de Matrix con el experimento mental del cerebro en una cubeta del filósofo Hilary Putnam (1981), que imaginó un órgano cerebral sin cuerpo conectado a un ordenador capaz de inducir estímulos que simulan la experiencia de la realidad; o bien con el velo de Maya de los textos védicos, la barrera que impide ver las cosas como son; o bien aún con el genio maligno de Descartes, que se esconde en el secreto de la conciencia y trabaja para engañar al sujeto. Pero la sugerencia más fructífera es la que conduce a la filosofía antigua. Matrix es el mito (más propiamente alegoría) de la caverna readaptado al siglo XXI.
El relato de Platón es conocido. Unos hombres han sido encadenados desde niños en el interior de una caverna, de suerte que están obligados a ver siempre y únicamente el fondo de la misma. Detrás de ellos hay un gran fuego y detrás del fuego hay una pared, más allá de la cual caminan otras personas, que se mantienen ocultas, pero sostienen sobre sus cabezas estatuas y artefactos que reproducen las formas de objetos, animales y otras cosas. De este modo, los prisioneros ven las sombras de los objetos que recorren la pared que tienen delante, un poco como si el fondo de la caverna fuera una pantalla en la que se proyectan imágenes, pero con un proyector de pésima calidad. De este modo, los prisioneros solo ven sombras temblorosas y siluetas inciertas, pálidas representaciones de objetos que a su vez imitan de un modo bastante imperfecto las cosas del mundo. El problema es que los prisioneros no saben nada de todo esto. Como nunca han visto otra cosa, creen que esos hologramas son la verdadera realidad y que su experiencia de las cosas se corresponde con la de todos los demás hombres. Creen, en suma, que así son las cosas un poco para todos.
Entonces sucede que uno o varios de estos prisioneros consiguen liberarse, sortear el fuego y salir por fin de la caverna, donde sucede algo que no es difícil de imaginar incluso para quienes no recuerdan el relato platónico. El sol ciega los ojos que solo han visto la penumbra, pero una vez que han acostumbrado trabajosamente la vista, los prisioneros liberados se dan cuenta de las cosas de un modo desconcertante.
Ven que los hombres que están detrás del muro llevan artefactos y que la sombra de estos se proyecta sobre el muro. Y no solo eso. Se dan cuenta de que uno de esos porteadores sostiene en sus manos una estatuilla que representa a un buey, pero en el prado de al lado, en ese mismo momento, está paciendo un buey de carne, hueso, pezuñas, cuernos y narices humeantes. Los observadores tropiezan de golpe con la verdad. Hasta ahora habían creído que el buey era aquella sombra que se recortaba en el fondo de la cueva. Pero esta —ahora lo ven claramente— era solo una representación, es más, era la vaga representación de una imitación a su vez bastante imperfecta del verdadero buey que pace. Tendríamos que decir a continuación que en la concepción de Platón incluso el mismo buey no es más que una imitación corrupta de la idea perfecta y eterna del buey que habita en el mundo de las ideas, pero para saber estas cosas los prisioneros deberían haber leído el libro del que son protagonistas, una fascinante hipótesis recursiva que dejamos en suspenso.
Surge un nuevo problema. Los que han abierto los ojos al mundo se ven presa del comprensible deseo de anunciar el clamoroso descubrimiento de la realidad a sus compañeros que han seguido encarcelados. Pero ante la insistencia entusiasta de los liberados, los presos dudan. No se fían. Se encuentra en la incertidumbre sobre lo que deben hacer. Les asaltan las dudas. ¿Por qué deberíamos creer esta increíble historia? ¿Y si nos están engañando? ¿Y si han sido forzados o corrompidos por algún malvado para tendernos una trampa? Además, ¿por qué mantienen los ojos medio cerrados todo el tiempo? ¿Perderemos la vista? En definitiva, las personas que no han visto más que sombras se preguntan qué ventaja tiene aventurarse en otro lugar desconocido. En el fondo, la realidad tal y como la han experimentado hasta ese momento no es después de todo tan mala. ¿Por qué cambiar? Naturalmente, en la moraleja de la historia, los sabios son los que deciden abrir los ojos y ver el mundo, mientras que los necios son los que, por miedo, deciden permanecer en la penumbra de la existencia.
Matrix se desarrolla en el mismo surco mitológico o alegórico. La humanidad está prisionera en el equivalente de una caverna, pero la ilusión en la que habita es una experiencia de inmersión verosímil producida con un software increíblemente sofisticado. La secuencia de números verdes que discurren por los monitores se transforma, en las mentes de las personas mantenidas en una especie de coma farmacológico colectivo, en una simulación de la vida tan intensa y satisfactoria que a nadie se le ocurriría desear en su mente otra cosa. La saga cinematográfica es una profecía negra sobre la inteligencia artificial y ofrece puntos y consideraciones muy sutiles sobre la relación entre cuerpo y mente, sobre la existencia efectiva de una realidad extramental y sobre otros asuntos laboriosamente investigados por la filosofía contemporánea, pero lo que interesa aquí es la teoría del conocimiento que subyace en la base de Matrix.
Existe una realidad superficial compuesta por imágenes ficticias. Estas están dispuestas y ordenadas por una inteligencia maléfica que quiere mantener a los hombres en un estado de ignorancia. Una vez rasgado el velo de la ilusión, se abre un nivel de la realidad más cercano a la verdad. Entrar en él no es necesariamente una experiencia agradable, sino todo lo contrario. El camino hacia la liberación de la cómoda normalidad del sueño es fatigoso, complicado, hace sufrir. Muchos deciden no afrontarlo. Llegan hasta el umbral de la conciencia y después no dan el paso decisivo. Algunos, incluso después de saborear la verdad, prefieren volver a las comodidades de la ficción. Comiéndose un filete que ahora sabe que no es más que una cadena de datos e impulsos, Cifra, un personaje de Matrix, proclama que «la ignorancia es la felicidad», y ofrece a los agentes que presiden la gran simulación cibernética información sobre sus compañeros de la resistencia a cambio de su vuelta al estado de ignorancia. Solo los sabios, y en última instancia el Elegido, tienen la audacia de afrontar el doloroso itinerario que lleva de la penumbra de la ficción a la luz de la verdad. Todo muy platónico.
Matrix es una saga que ha obtenido un enorme éxito planetario, pero ha dejado una impronta en la cultura popular mucho más amplia que su valor cinematográfico. Ocurrió gracias a la imagen de la pastilla roja. Como es bien sabido, en la película Morfeo da a Neo breves y aterradoras pistas sobre el estado efectivo del universo y sobre la humanidad que cree alegremente habitarlo, después ofrece al confundido protagonista dos opciones. La pastilla azul borra de la mente todo lo que ha pasado. El desafortunado se despertará en su cama con dolor de cabeza y pensando que solo ha sido un mal sueño. La pastilla roja, en cambio, induce un traumático despertar a la terrorífica pero auténtica realidad. Sabemos qué pastilla elige Neo. Las primeras palabras que pronuncia tras despertar son: «¿Estoy muerto?». Respuesta: «No, en absoluto».
La metáfora de la pastilla roja ha tomado muchos caminos y asumido significados completamente independientes de los sugeridos por las películas, señal de que ha tocado una fibra sensible en lo más profundo de la mente contemporánea. En 2007, desde un oscuro rincón de la red, apareció un artículo de un bloguero que se hacía llamar Mencius Moldbug (Unqualified Reservations). El artículo citaba la pastilla roja en el marco de una crítica a la democracia liberal. Es más, una crítica a la no criticabilidad del sistema democrático, precisamente porque la mayoría de la gente en Occidente lleva demasiado tiempo inmersa en la realidad democrática y habituada a sus prácticas como para darse cuenta de su propia existencia. Un poco como los peces, que no se dan cuenta de que están en el agua. La mayor astucia de Matrix es haber convencido de su inexistencia a los hombres que la habitan. Precisamente como el diablo de Baudelaire. Moldbug lanzaba la hipótesis de diez pastillas rojas para desenmascarar el engaño con el que un sistema de gobierno imperfecto y criticable había hecho creer a la parte más avanzada de la humanidad que era el único posible. Prácticamente un destino. Aquella publicación cambió la historia de la cultura digital y del debate público, introduciendo en la conversación una categoría de formidable poder.
No era la primera vez que la mecánica de la pastilla roja se aplicaba a la política. La socióloga Kathleen J. Tierney había escrito un breve artículo aparecido en Items en 2006 en el que comparaba la ficción de Matrix con el penetrante régimen securitario que había tomado el control de los Estados Unidos tras los ataques a las Torres Gemelas. «También nosotros vivimos en una matriz y su poder hegemónico ha aumentado desde el 11 de septiembre de 2001. Las mentiras se repiten hasta que se aceptan como verdad», escribía. El desgarro en el falso andamiaje construido por el poder era en ese momento el huracán Katrina, el que devastó Nueva Orleans. «A veces, precisamente como en la película Matrix, se produce un trastorno en la matriz. Con el huracán Katrina estamos experimentando uno de esos momentos de trastorno. Para todos aquellos que ya no quieren ver a los habitantes de nuestra nación vivir una catástrofe similar, es hora de tomar la pastilla roja». Se ven grietas en ese gran engaño que llamamos «realidad», la pastilla roja te permite meter el dedo en las grietas y hacer agujeros desde los que por fin puedes ver lo que hay detrás. La metáfora estaba preparada para las más variadas aplicaciones, pero el programador que se hacía llamar Mencius Moldbug fue su principal divulgador.
Al cabo de un tiempo, reveló su identidad. Se llama Curtis Yarvin, nació en 1973 y creció profesionalmente en Silicon Valley. En ese entorno se acercó a las ideas libertarias de Ludwig von Mises y la escuela austriaca, y estrechó lazos de amistad y financieros con Peter Thiel, el riquísimo cofundador de PayPal (y muchas otras cosas), financiero republicano y pseudointelectual pretrumpiano que ya en 2009 escribía en el manifiesto titulado The Education of a Libertarian
