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Mickey Haller, El Abogado del Lincoln, recibe un mensaje de texto que llama su atención: "Llámame cuanto antes: 187". 187: el código policial correspondiente al asesinato. Cuando Mickey descubre que la víctima había sido una antigua clienta, una prostituta a la que creía haber rescatado y reconducido por el buen camino, sabe que está en deuda con el caso. Acechado por los fantasmas de su pasado, Haller tiene que trabajar hasta la extenuación para resolver un caso que podría traerle la redención total o probar su culpa definitiva.
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Seitenzahl: 559
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Primera parte. Glory days
Segunda parte. Señor afortunado
Tercera parte. El hombre del sombrero
Cuarta parte. Los dioses de la culpa
Agradecimientos
Créditos
Para Charlie Hounchell
Martes, 13 de noviembre
Me acerqué al estrado de los testigos con una sonrisa entusiasta y amable. Eso, por supuesto, enmascaraba mi verdadera intención, que era la de destruir a la mujer que estaba allí sentada con su mirada fija en mí. Claire Welton acababa de identificar a mi cliente como el hombre que la había obligado, pistola en mano, a bajar de su Mercedes E60 en la Nochebuena del año anterior. Declaró que fue él quien, a continuación, la tiró al suelo antes de desaparecer con su coche, su bolso y todas las bolsas de la compra que había cargado en el asiento de atrás en el centro comercial. Como la mujer acababa de decirle a la fiscal que la interrogó, mi cliente también le había arrebatado su sensación de seguridad y confianza en sí misma, aunque por esos robos de índole más personal no había sido acusado.
—Buenos días, señora Welton.
—Buenos días.
Dijo las palabras como si fueran sinónimo de «por favor, no me haga daño». Sin embargo, en la sala todo el mundo sabía que ese día mi trabajo consistía en hacerle daño y de ese modo menoscabar la acusación de la fiscalía contra mi cliente, Leonard Watts. Welton tenía sesenta y tantos años y aspecto de matrona. No parecía frágil, pero yo tenía la esperanza de que lo fuera.
La testigo era un ama de casa de Beverly Hills y una de las tres víctimas que habían sido atacadas y robadas en una serie de asaltos cometidos poco antes de Navidad, que resultaron en nueve cargos contra Watts. La policía lo había llamado «el Bandolero de Autochoques», un ladrón intimidador que se centraba en mujeres a las que seguía desde algún centro comercial para luego chocar por detrás contra sus vehículos aprovechando las señales de stop de los barrios residenciales. En cuanto las mujeres bajaban para comprobar los daños, él se llevaba sus coches y sus pertenencias amenazándolas con una pistola. Después, Watts empeñaba o revendía todos los bienes, se quedaba el efectivo y se deshacía de los coches en desguaces del valle de San Fernando.
Sin embargo, todo ello tenía que demostrarse, y dependía de que alguien identificara a Leonard Watts como el culpable ante el jurado. Eso era lo que hacía a Claire Welton tan especial y la testigo clave del juicio. Era la única de las tres víctimas que había señalado a Watts ante el jurado y había afirmado de manera inequívoca que se trataba de él, que él era el ladrón. Welton era el séptimo testigo presentado por la acusación en dos días, pero, por lo que a mí respectaba, su testimonio era el único que contaba. Era el bolo número uno. Y si derribaba ese bolo en el ángulo preciso, todos los demás caerían tras él.
Necesitaba un strike o los miembros del jurado que estaban observando enviarían a Leonard Watts a prisión durante mucho tiempo.
Me llevé una única hoja de papel al estrado de los testigos. Identifiqué el documento como el atestado original del agente de patrulla que fue el primero en responder a la llamada que Claire Welton efectuó a Emergencias desde el teléfono móvil que le prestaron después de que le robaran el coche. El atestado ya formaba parte de las pruebas documentales de la fiscalía. Después de solicitar y recibir la aprobación del juez, dejé el documento en la repisa del estrado de los testigos. Welton se apartó de mí cuando lo hice. Estaba seguro de que la mayoría de los miembros del jurado lo vieron.
Empecé a plantear mi primera pregunta al tiempo que regresaba al atril situado entre las mesas de la acusación y la defensa.
—Señora Welton, tiene ahí el atestado original del delito tomado el día del desafortunado incidente del cual fue víctima. ¿Recuerda haber hablado con el agente que vino a ayudarla?
—Sí, por supuesto.
—Le contó lo ocurrido, ¿es correcto?
—Sí. Todavía estaba temblando por el…
—Pero le contó lo ocurrido para que él pudiera escribir un atestado sobre el hombre que le robó y se llevó su coche, ¿es correcto?
—Sí.
—¿Fue el agente Corbin?
—Supongo. No recuerdo su nombre, pero lo pone en el atestado.
—Pero recuerda que le contó al agente lo ocurrido, ¿correcto?
—Sí.
—Y él anotó un resumen de lo que usted dijo, ¿correcto?
—Sí, lo hizo.
—E incluso le pidió a usted que leyera el informe y lo firmara con sus iniciales, ¿no?
—Sí, pero yo estaba muy nerviosa.
—¿Son sus iniciales las que están al pie del párrafo del resumen del informe?
—Sí.
—Señora Welton, ¿puede leer en voz alta al jurado lo que escribió el agente Corbin después de hablar con usted?
Welton dudó mientras estudiaba el texto antes de leerlo.
Kristina Medina, la fiscal, aprovechó la ocasión para levantarse y protestar.
—Señoría, tanto si la testigo firmó con sus iniciales el atestado del agente como si no, el abogado sigue tratando de desacreditar el testimonio de la señora Welton mediante un escrito que no es suyo. La acusación protesta.
El juez Michael Siebecker entrecerró los ojos y se volvió hacia mí.
—Señoría, al firmar el atestado, la testigo aceptó como propia la declaración. Es un recuerdo recogido poco después de los hechos y el jurado debería oírlo.
Siebecker desestimó la protesta y pidió a la señora Welton que leyera la declaración firmada del atestado. Ella finalmente obedeció.
—«La víctima declaró que se detuvo en el cruce de Camden y Elevado y enseguida fue embestida por detrás por otro vehículo. Cuando abrió la puerta para salir y comprobar los daños, se encontró con un varón negro de entre treinta y treinta y cinco ADE…» No sé qué significa eso.
—Años de edad —dije—. Siga leyendo, por favor.
—«Él la agarró del pelo, la sacó del coche y la tiró al suelo en medio de la calle. La apuntó a la cara con un revólver negro de cañón corto y le dijo que dispararía si se movía o hacía el menor ruido. El sospechoso se metió entonces en el vehículo de la víctima y se alejó en dirección norte, seguido por el coche que había provocado la colisión. La víctima no pudo ofrecer ninguna…»
Esperé, pero ella no terminó.
—Señoría, ¿puede pedir a la testigo que lea la declaración completa tal y como se escribió el día del incidente?
—Señora Welton —entonó el juez Siebecker—. Por favor, continúe leyendo la declaración en su totalidad.
—Pero, señoría, esto no es todo lo que dije.
—Señora Welton —intervino el juez con tono autoritario—. Lea la declaración completa como ha solicitado el abogado defensor.
Welton transigió y leyó la última frase del atestado.
—«La víctima no pudo ofrecer ninguna otra descripción del sospechoso en ese momento.»
—Gracias, señora Welton —dije—. Ahora bien, pese a que no supo dar detalles para describir al sospechoso, sí pudo describir desde el principio con detalle el arma que usó, ¿no es así?
—No sé con cuánto detalle. Me apuntó con ella a la cara, así que la vi bien y pude describirla. El agente me ayudó a describir la diferencia entre un revólver y la otra clase de pistola. Creo que la llaman automática.
—Y usted pudo describir la clase de arma que era, el color e incluso la longitud del cañón.
—¿No son negras todas las armas?
—¿Qué le parece si ahora planteo yo las preguntas, señora Welton?
—Bueno, el agente me hizo un montón de preguntas sobre la pistola.
—Pero usted no pudo describir al hombre que le apuntó con ella y, sin embargo, dos horas más tarde, lo identificó entre una serie de fotos de fichas policiales. ¿Estoy en lo cierto, señora Welton?
—Tiene que entender algo. Vi al hombre que me robó y me apuntó con la pistola. Poder describirlo y reconocerlo son dos cosas diferentes. Cuando vi esa foto, supe que era él, con la misma seguridad con la que sé que es él quien está sentado detrás de esa mesa.
Me volví hacia el juez.
—Señoría, me gustaría que no constara en acta porque no es una respuesta a mi pregunta.
Medina se levantó.
—Señoría, el abogado está haciendo amplias declaraciones en sus supuestas preguntas. Ha hecho una declaración y la testigo se ha limitado a responder. La petición de eliminar la respuesta carece de fundamento.
—Petición denegada —dijo el juez con rapidez—. Plantee su siguiente pregunta, señor Haller, y que sea una pregunta.
Lo hice y lo intenté. Durante los siguientes veinte minutos machaqué a Claire Welton y su identificación de mi cliente. Le pregunté a cuántas personas de raza negra conocía en su vida de ama de casa de Beverly Hills y dejé caer insinuaciones acerca de la identificación interracial. Todo en vano. En ningún momento logré minar su determinación ni su convicción de que Leonard Watts era el hombre que la atacó. A lo largo de mi interrogatorio, Welton pareció recuperar una de las cosas que dijo que había perdido en el robo: su seguridad en sí misma. Cuanto más la asediaba, con mayor firmeza parecía resistir mi ataque verbal y devolvérmelo. Al final, la testigo fue una roca. Su identificación de mi cliente se mantuvo firme. Y yo había errado el tiro.
Le dije al juez que no tenía más preguntas y volví a la mesa de la defensa. Medina solicitó al juez su turno de contrarréplica y supe que plantearía a Welton una serie de preguntas que solo reforzarían su identificación de Watts. Al sentarme al lado de mi cliente, sus ojos buscaron en mi expresión algún atisbo de esperanza.
—Bueno —le susurré—. Se acabó. Hemos perdido.
Se apartó de mí como si le repeliera mi aliento, mis palabras o ambas cosas.
—¿Hemos? —dijo.
Lo dijo en voz lo bastante alta como para interrumpir a Medina, que se volvió y miró a la mesa de la defensa. Mostré las manos con las palmas hacia abajo en un gesto para apaciguarlo y le murmuré la palabra «calma».
—¿Calma? —dijo en voz alta—. No me voy a calmar. Me dijo que todo iría bien, que ella no sería un problema.
—¡Señor Haller! —atronó el juez—. Controle a su cliente, por favor, o tendré…
Watts no esperó a saber con qué iba a amenazarlo el juez. Se abalanzó contra mí y me derribó como en un placaje de rugby. Mi silla se volcó conmigo encima y caímos al suelo a los pies de Medina. Ella saltó hacia un lado para no recibir cuando Watts echó un brazo atrás para golpearme. Yo estaba en el suelo sobre el costado izquierdo, con el brazo derecho inmovilizado bajo el cuerpo de Watts. Logré levantar la mano izquierda y sujetar el puño que venía hacía mí, pero solo conseguí amortiguar el impacto. El puño de Watts impulsó mi propia mano contra mi mandíbula.
Apenas fui consciente de los gritos y movimientos que se produjeron a mi alrededor. Watts echó otra vez el brazo atrás para darme un segundo puñetazo, pero los agentes de la sala llegaron antes de que consiguiera golpearme. Se le echaron encima todos a la vez y su impulso arrastró a Watts lejos de mí y lo propulsó casi hasta las mesas de los letrados.
Todo pareció moverse a cámara lenta. El juez estaba gritando órdenes que nadie escuchaba. Medina y la taquígrafa se estaban apartando de la pelea. La secretaria del juzgado se había levantado detrás de su barrera y estaba observando horrorizada. Watts se encontraba boca abajo, con la mano de un agente presionándole la cabeza contra el suelo y con una extraña sonrisa en el rostro mientras le esposaban las manos a la espalda.
Y en un momento había terminado.
—Agentes, ¡sáquenlo de la sala! —ordenó Siebecker.
Arrastraron a Watts hacia la puerta de acero situada en un lateral de la sala para conducirlo al calabozo que albergaba a los acusados encarcelados. Me quedé sentado en el suelo, valorando los daños. Tenía sangre en la boca y los dientes y también en la almidonada camisa blanca que me había puesto esa mañana. Mi corbata estaba en el suelo, debajo de la mesa de la defensa. Era de las de clip. Siempre las usaba los días que visitaba clientes en las celdas, porque no quería que me arrastraran contra los barrotes.
Me froté la mandíbula con la mano y me pasé la lengua por la fila de dientes. Todo parecía intacto. Saqué un pañuelo blanco de un bolsillo interior de la chaqueta. Empecé a secarme la cara y usé la mano libre para agarrarme a la mesa de la defensa e incorporarme.
—Jeannie —dijo el juez a la secretaria del juzgado—. Llame a una ambulancia para el señor Haller.
—No, señoría —repliqué con rapidez—. Estoy bien. Solo necesito limpiarme un poco.
Recogí la corbata e hice un intento penoso de recuperar el decoro, sujetándola otra vez del cuello de la camisa a pesar de la profunda mancha roja que había arruinado su parte delantera. Mientras ajustaba el clip al cuello abotonado, varios agentes reaccionaron al botón de pánico de la sala que sin duda había pulsado el juez e irrumpieron por las puertas principales del fondo. Siebecker enseguida les dijo que se retiraran y que el incidente había pasado. Los agentes se dispersaron por el fondo de la sala, en una muestra de fuerza por si había alguien más allí presente pensando en actuar.
Me di un último toquecito en la cara con el pañuelo y hablé.
—Señoría —dije—, lamento mucho la actitud de mi cliente…
—Ahora no, señor Haller. Tome asiento. Y usted también, señora Medina. Que todo el mundo se calme y se siente.
Hice lo que me pidieron, sosteniendo el pañuelo doblado junto a la boca y observando al juez, que se volvió en su asiento hacia la tribuna del jurado. Primero le dijo a Claire Welton que podía retirarse del estrado de los testigos. Ella se levantó con indecisión y caminó hacia la puerta situada detrás de las mesas de los letrados. Parecía más agitada que ninguna otra persona de la sala. No le faltaban motivos, desde luego. Probablemente, comprendía que Watts podría haber ido a por ella con la misma facilidad con la que había ido a por mí. Y si hubiera sido lo bastante rápido, la habría alcanzado.
Welton se sentó en la primera fila de la tribuna, que estaba reservada a testigos y personal, y el juez continuó con el jurado.
—Damas y caballeros, siento que hayan tenido que presenciar esta escena. Una sala de justicia nunca debería ser lugar para la violencia. Es el espacio donde la sociedad civilizada toma posición contra la violencia que existe en nuestras calles. Me duele en el alma cada vez que ocurre algo así.
Se oyó un sonido metálico cuando se abrió la puerta que daba a los calabozos y regresaron dos agentes. Me pregunté con cuánto cuidado habrían tratado a Watts al meterlo en la celda.
El juez hizo una pausa y devolvió su atención al jurado.
—Por desgracia, la decisión del señor Watts de atacar a su abogado ha echado por tierra cualquier posibilidad de continuar. Creo…
—¿Señoría? —interrumpió Medina—. Si a la acusación se le permite hablar…
Medina sabía exactamente cuál iba a ser la postura del juez y necesitaba hacer algo.
—Ahora no, señora Medina, no interrumpa al tribunal.
Pero Medina insistió.
—Señoría, ¿pueden los letrados acercarse para hacer un aparte?
El rostro del juez manifestaba su enfado con la fiscal, pero accedió. Dejé que ella fuera delante y me acerqué al estrado. El juez pulsó el interruptor del dispositivo de aislamiento acústico para que el jurado no oyera nuestros susurros. Antes de que Medina pudiera argumentar nada, el juez me preguntó una vez más si necesitaba atención médica.
—Estoy bien, señoría, pero le agradezco la oferta. Creo que en realidad la peor parte se la ha llevado mi camisa.
El juez asintió y se volvió hacia Medina.
—Conozco su objeción, señora Medina, pero no hay nada que pueda hacer al respecto. El jurado está influido por lo que acaba de presenciar. No tengo elección.
—Señoría, se está juzgando a un acusado muy violento que cometió actos muy violentos. El jurado lo sabe. No estará indebidamente influido por lo que ha visto. Los miembros del jurado tienen derecho a ver y juzgar por sí mismos la actitud del acusado. Puesto que él voluntariamente ha llevado a cabo actos violentos, el perjuicio al acusado no es ni indebido ni injusto.
—Si se me permite hablar, señoría, lamento disentir con…
—Además —continuó Medina, acallándome—, temo que el tribunal esté siendo manipulado por el acusado. Sabía muy bien que actuando así podía conseguir un nuevo juicio. Él…
—Uf, espere un momento —me quejé—. La protesta de la letrada está repleta de insinuaciones infundadas y…
—Señora Medina, protesta denegada —dijo el juez, zanjando todo el debate—. Aunque el perjuicio no sea indebido ni injusto, el señor Watts, en la práctica, acaba de despedir a su abogado. No puedo exigir al señor Haller que siga adelante en estas circunstancias y no estoy dispuesto a permitir que el señor Watts vuelva a entrar en esta sala. Retírense. Los dos.
—Señoría, quiero que la protesta de la acusación conste en acta.
—Así será. Ahora, atrás.
Volvimos a nuestras mesas y el juez apagó el dispositivo de aislamiento acústico y se dirigió al jurado.
—Damas y caballeros, como estaba diciendo, el suceso que acaban de presenciar ha creado una situación que acarrea perjuicios hacia el acusado. Creo que a ustedes les resultaría sumamente difícil abstraerse de lo que acaban de presenciar cuando deliberasen sobre su culpabilidad o inocencia con respecto a los cargos que se le imputan. Por consiguiente, en este momento debo declarar el juicio nulo y liberarles de su responsabilidad con el agradecimiento de esta sala y del pueblo de California. El agente Carlyle los acompañará de nuevo a la sala de deliberaciones, donde podrán recoger sus pertenencias antes de regresar a sus casas.
Los miembros del jurado parecían no estar seguros de qué hacer o de si todo había terminado. Por fin, un hombre se levantó con determinación de la tribuna y enseguida lo siguieron los demás. Salieron por una puerta situada en la parte posterior de la sala.
Miré a Kristina Medina. Estaba sentada detrás de la mesa de la acusación con la barbilla inclinada, abatida. El juez levantó abruptamente la sesión y abandonó el estrado. Doblé mi pañuelo echado a perder y lo guardé.
Había reservado toda la agenda del día para el juicio y de repente tenía el día libre, sin clientes a los que ver ni fiscales a los que enfrentarme. Tampoco debía ir a ningún sitio. Salí del tribunal y caminé por Temple hasta la Uno. En la esquina había una papelera. Saqué mi pañuelo, me lo llevé a los labios, escupí una última vez en él y lo tiré.
Doblé a la derecha en la Uno y vi los Town Cars aparcados a lo largo del bordillo. Había seis en fila, como en un cortejo fúnebre, con sus conductores reunidos en la acera, charlando mientras esperaban. Dicen que la imitación es la forma más sincera de halago, y, desde la película El inocente1, los abogados del Lincoln habían brotado como hongos y los veías aparcados en los alrededores de los tribunales de Los Ángeles. Yo me sentía al mismo tiempo orgulloso y enfadado. Había oído en varias ocasiones que otros abogados aseguraban haber sido la inspiración de la película. Por si eso fuera poco, me había metido en un Lincoln que no era el mío al menos tres veces en un mes.
Esta vez no cometería ese error. Cuando me dirigí colina abajo, saqué mi móvil y llamé a Earl Briggs, mi chófer. Lo vi por delante. Respondió enseguida y yo le pedí que abriera el maletero y colgué.
Vi el maletero del tercer Lincoln de la fila levantándose y conocí mi destino. Al llegar, dejé el maletín y me quité chaqueta, corbata y camisa. Llevaba una camiseta debajo, así que no iba a parar el tráfico. Elegí de la pila de camisas de repuesto que tenía en el maletero una estilo oxford azul claro. La desdoblé y empecé a ponérmela. Earl llegó desde el corrillo de chóferes. Había sido mi chófer de manera intermitente durante casi diez años. Cuando se metía en problemas, acudía a mí y luego trabajaba a mi servicio para pagar mi minuta. En esta ocasión, Earl no estaba costeando un problema suyo. Me había encargado de defender a su madre en un procedimiento de ejecución hipotecaria y lo había solucionado sin que la mujer tuviera que quedarse en la calle. Eso me había reportado unos seis meses de chófer gratis.
Había dejado mi camisa arruinada sobre el parachoques. Él la levantó y la examinó.
—Vaya, ¿alguien le ha tirado un vaso entero de Hawaiian Punch encima o qué?
—Algo así. Venga, vámonos.
—Pensaba que tenía que pasar todo el día en juicio.
—Yo también. Pero las cosas cambian.
—¿Adónde, pues?
—Vamos a Philippe’s primero.
—Venga.
Earl se sentó delante y yo me acomodé en la parte de atrás. Después de una rápida parada para comprar un sándwich en el famoso restaurante de Alameda Street, pedí a Earl que se dirigiera al oeste. La siguiente parada fue en un lugar llamado Menorah Manor, cerca de Park La Brea, en Fairfax District. Le dije a Earl que estaría alrededor de una hora y saqué mi maletín. Me había puesto la camisa limpia, pero no me había molestado en volver a colocarme la corbata. No la necesitaría.
Menorah Manor era una residencia de cuatro plantas que se hallaba en Willoughby, al este de Fairfax. Firmé en recepción y tomé el ascensor a la tercera planta. Allí informé a la mujer del puesto de enfermeras de que tenía una consulta legal con mi cliente David Siegel en su habitación y pedí que no se nos molestara. La mujer era muy agradable y ya estaba acostumbrada a mis visitas frecuentes. Asintió para darme su aprobación y yo recorrí el pasillo hasta la habitación 334.
Entré y cerré la puerta después de poner el cartel de «No molesten» en el pomo. David Legal Siegel estaba tumbado en la cama, con la atención puesta en la pantalla de una televisión sin sonido colgada de la parte superior de la pared que quedaba frente a la cama. Sus manos blancas y delgadas descansaban encima de una manta. Se oía un silbido bajo procedente del tubo que llevaba oxígeno a su nariz. Legal sonrió en cuanto me vio.
—Mickey.
—Legal, ¿cómo te va hoy?
—Igual que ayer. ¿Has traído algo?
Aparté una silla para las visitas de la pared y la coloqué de manera que pudiera sentarme en su línea de visión. A los ochenta y un años, Legal no tenía mucha movilidad. Abrí mi maletín en la cama y lo giré para que él pudiera meter la mano.
—Sándwich de ternera con salsa de Philippe the Original. ¿Qué tal?
—¡Caray! —dijo.
Menorah Manor era una residencia kosher, y yo usaba la argucia de la consulta legal como forma de esquivarlo. Legal Siegel echaba de menos los restaurantes del centro de la ciudad en los que había comido durante los casi cincuenta años de su carrera como abogado. A mí me satisfacía proporcionarle alegría culinaria. Legal había sido socio de mi padre. Él era el estratega, mientras que mi padre había sido el que daba la cara, el actor que representaba las estrategias en el tribunal. Después de que mi padre muriera cuando yo tenía cinco años, Legal se mantuvo cerca. Me llevó a mi primer partido de los Dodgers cuando era un niño, me envió a la Facultad de Derecho cuando fui mayor.
Un año antes, yo había acudido a él después de perder las elecciones a fiscal del distrito en medio del escándalo y la autodestrucción. Estaba buscando una estrategia vital y Legal Siegel estaba allí por mí. En ese sentido, mis reuniones con él eran consultas legítimas entre abogado y cliente, solo que el personal de recepción no entendía que el cliente era yo.
Lo ayudé a desenvolver el sándwich y abrí el envase de plástico que contenía la salsa que hacía que los sándwiches de Philippe’s fueran tan sabrosos. También había un pepinillo en vinagre envuelto en papel de aluminio.
Legal sonrió después de su primer bocado y agitó su brazo esquelético como si acabara de anotarse una gran victoria. Sonreí. Estaba contento de darle algo. Tenía dos hijos y varios nietos, pero solo venían en fiestas señaladas. Como Legal me decía: «Te necesitan hasta que dejan de necesitarte».
Cuando estaba con Legal, hablábamos sobre todo de casos, y él proponía estrategias. Era un genio absoluto cuando se trataba de predecir los planes de la acusación y el desarrollo de los juicios. No importaba que no hubiera estado en una sala en este siglo ni que los códigos penales hubieran cambiado desde su época. Contaba con la experiencia de lo fundamental y siempre se guardaba una jugada. Él los llamaba movimientos: el movimiento de doble ciego, el movimiento de la toga del juez, etcétera. Yo quería saber más de mi padre y de cómo se había enfrentado a las adversidades de su vida, pero terminé aprendiendo más sobre la ley y cómo esta era como plomo candente. Podía doblarse y moldearse.
«La ley es maleable —me decía siempre Legal Siegel—. Es flexible.»
Yo lo consideraba parte de mi equipo, y eso me permitía discutir mis casos con él. Legal aportaba ideas y movimientos. En ocasiones los usaba y funcionaban, otras veces no.
Legal comía despacio. Yo ya sabía que, si le traía un sándwich, él podía tardar una hora en terminárselo, dando pequeños bocados y masticando mucho. No dejaba que se desperdiciara nada. Comía todo lo que le llevaba.
—La chica de la trescientos treinta murió anoche —dijo entre bocados—. Una pena.
—Lo siento. ¿Qué edad tenía?
—Era joven. Setenta y pocos. Murió mientras dormía y se la han llevado esta mañana.
Asentí con la cabeza. No sabía qué decir. Legal dio otro bocado y cogió una servilleta de mi maletín.
—No le estás poniendo salsa, Legal. Y es lo mejor.
—Creo que me gusta seco. Eh, has usado el movimiento de la bandera ensangrentada, ¿no? ¿Cómo ha ido?
Al coger la servilleta, Legal había visto la cápsula de sangre extra que tenía en una bolsa Ziploc. La llevaba por si acaso me tragaba la primera por error.
—Como la seda —dije.
—¿Conseguiste juicio nulo?
—Sí. De hecho, ¿te importa que use tu baño?
Busqué en el maletín y saqué otra bolsita Ziploc; esta contenía mi cepillo de dientes. Fui al cuarto de baño de la habitación y me lavé los dientes. La tinta roja dejó el cepillo rosado al principio, pero pronto todo cayó por el desagüe.
Cuando volví a la silla, me fijé en que Legal solo se había comido la mitad de su sándwich. Sabía que el resto ya estaría frío y no había forma de que llevarlo a la sala comunitaria para calentarlo en el microondas. Pero Legal parecía contento de todos modos.
—Detalles —exigió.
—Bueno, he tratado de quebrar a la testigo, pero ha aguantado. Era una roca. Cuando he vuelto a la mesa, le he hecho la señal y él ha cumplido su parte. Me ha dado un poco más fuerte de lo que esperaba, pero no me quejo. Lo mejor es que no he tenido que presentar moción para pedir un juicio nulo. Se ha encargado el juez mismo.
—¿Con protesta de la fiscalía?
—Sí, claro.
—Bueno, que se jodan.
Legal Siegel era un abogado defensor de medio a medio. Para él, cualquier cuestión ética o zona gris quedaba en segundo plano ante el convencimiento de que el deber jurado del abogado defensor es plantear la mejor defensa para su cliente. Si eso significaba forzar un juicio nulo cuando todo estaba en contra, que así fuera.
—La pregunta es: ¿pactará ahora?
—Creo que pactará. Tendrías que haber visto a la testigo después de la pelea. Estaba asustada y no creo que esté dispuesta a volver a otro juicio. Esperaré otra semana y pediré a Jennifer que llame a la fiscal. Creo que estará lista para un pacto.
Jennifer era mi socia, Jennifer Aronson. Tendría que asumir la representación de Leonard Watts, porque si la mantenía yo daría la impresión de ser la trampa que era y a la que Kristina Medina había aludido en la sala.
Medina se había opuesto a negociar un acuerdo prejudicial porque Leonard Watts se negó a delatar a su compañero, el tipo que conducía el coche que chocó con cada una de las víctimas. Watts no iba a ser un chivato y Medina no iba a pactar. La situación sería diferente en una semana, o eso pensaba, por diversas razones: yo había visto la mayor parte de la estrategia de la fiscal desplegada en el primer juicio, la testigo principal de Medina estaba asustada por lo que había ocurrido en el tribunal ese día y montar un segundo juicio sería costoso para los contribuyentes. Además, le había dado a Medina un atisbo de lo que podría ocurrir si la defensa presentaba su argumentación al jurado; a saber, mi intención de explorar a través de testigos expertos los pozos del reconocimiento y la identificación interraciales. Eso era algo con lo que ningún fiscal quería enfrentarse delante de un jurado.
—Diablos —dije—, puede que hasta me llame antes de que tenga que acudir a ella.
Esa parte era una ilusión, pero quería que Legal se sintiera orgulloso de la estrategia que había concebido para mí.
Antes de sentarme, saqué la cápsula de sangre extra del maletín y la tiré en el contenedor de residuos médicos. Ya no la necesitaba y no quería arriesgarme a que se abriera y echara a perder mis documentos.
Sonó mi teléfono y lo saqué del bolsillo. Quien llamaba era mi administradora de casos, Lorna Taylor, pero decidí dejar que saltara el contestador. La llamaría después de mi visita a Legal.
—¿Qué más tienes en marcha? —preguntó este.
Abrí las manos.
—Bueno, ningún juicio ahora, así que supongo que tengo el resto de la semana libre. Podría ir mañana al juzgado de instrucción, a ver si encuentro a un cliente o dos. No me vendría mal el trabajo.
No solo me vendrían bien los ingresos, sino que el trabajo me mantendría ocupado y me ahorraría pensar en todo lo que iba mal en mi vida. En ese sentido, la ley se había convertido en más que un oficio y una vocación. Me mantenía cuerdo.
Si me presentaba en el Departamento 130, la sala de comparecencias del Edificio del Tribunal Penal del centro de la ciudad, tendría la oportunidad de encontrar clientes que el defensor público descartara por algún conflicto de intereses. Cada vez que la fiscalía presentaba un caso con varios acusados, el defensor público solo podía aceptar a uno, poniendo a los otros en conflicto. Si esos otros acusados no contaban con un abogado privado, el juez les designaría uno. La mayoría de las veces que estaba allí cruzado de brazos conseguía un caso. Se pagaba con tarifa pública, pero era mejor que no trabajar y no cobrar nada.
—Y pensar que en un momento del pasado otoño sacabas una ventaja de cinco puntos en las encuestas —dijo Legal—. Y ahora aquí estás, buscando despojos en el juzgado de instrucción.
Al envejecer, Legal había perdido la mayor parte de los filtros sociales que se emplean normalmente en compañía educada.
—Gracias, Legal —dije—. Siempre puedo contar contigo para una opinión justa y precisa de cómo está mi vida. Es refrescante.
Legal Siegel levantó sus manos huesudas en lo que suponía que era un gesto de disculpa.
—Solo lo comento.
—Claro.
—Entonces ¿qué pasa con tu hija?
Así funcionaba la mente de Legal. En ocasiones no podía recordar qué había tomado para desayunar, pero parecía acordarse siempre de que yo había perdido algo más que unas elecciones el año anterior. El escándalo me había costado el amor y la compañía de mi hija y cualquier posibilidad que pudiera tener de recomponer mi familia rota.
—Las cosas siguen igual, pero prefiero que no volvamos a tomar ese derrotero —dije.
Miré mi teléfono otra vez después de notar la señal de vibración que indicaba que había recibido un mensaje de texto. Era de Lorna. Se había dado cuenta de que no estaba aceptando llamadas ni escuchando el buzón de voz. Un mensaje de texto era diferente.
Llámame cuanto antes: 187
Su mención del número del código penal de California correspondiente al asesinato captó mi atención. Era hora de irse.
—Sabes, Mickey, solo la he sacado a relucir porque tú no lo has hecho.
—No quiero hablar de eso. Es demasiado doloroso, Legal. Me emborracho cada viernes por la noche para poder dormir la mayor parte del sábado. ¿Sabes por qué?
—No, no sé por qué tendrías que emborracharte. No hiciste nada mal. Hiciste tu trabajo con ese tipo, Galloway o como se llame.
—Bebo los viernes por la noche para estar dormido los sábados, porque los sábados era el día que veía a mi hija. Se llamaba Gallagher, Sean Gallagher, y no importa si yo estaba haciendo mi trabajo. Murió gente y fue culpa mía, Legal. No puedes escudarte en que cumplías con tu trabajo cuando el tipo al que dejaste en libertad mata a dos personas en un cruce. De todos modos, tengo que irme.
Me levanté y le mostré el teléfono como si fuera la razón por la cual necesitaba irme.
—¿Qué? ¿No te veo en un mes y ahora tienes que irte ya? No he terminado mi sándwich.
—Te vi el martes pasado, Legal. Y te veré en algún momento la semana que viene. Y si no, la otra. Tú agárrate fuerte.
—¿Agárrate fuerte? ¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que te agarres a la vida con todo lo que tengas. Mi hermanastro, el poli, me lo contó. Termina ese sándwich antes de que entren y te lo quiten.
Me acerqué a la puerta.
—Eh, Mickey Mouse.
Me volví hacia Legal. Era el nombre que me había puesto cuando era un bebé, nacido con poco más de dos kilos. Normalmente le diría que no me llamara así. Pero se lo permití para poder irme.
—¿Qué?
—Tu padre siempre llamaba a los miembros del jurado los «dioses de la culpa», ¿lo recuerdas?
—Sí. Porque deciden quién es culpable y quién no lo es. ¿Qué quieres decir, Legal?
—Lo que quiero decir es que hay un montón de gente juzgándonos cada día de nuestras vidas y por cada movimiento que hacemos. Los dioses de la culpa son muchos. No necesitas sumar más.
Asentí, pero no pude resistirme a contestar.
—Sandy Patterson y su hija Katie.
Legal pareció desconcertado por mi respuesta. No reconoció los nombres. Yo, por supuesto, nunca los olvidaría.
—La madre y la hija a las que mató Gallagher. Son mis dioses de la culpa.
Cerré la puerta tras de mí y dejé el cartel de «No molesten» en el pomo. Tal vez Legal Siegel se acabaría el sándwich antes de que las enfermeras fueran a verlo y descubrieran nuestro crimen.
1 El título original de la película es, precisamente, The Lincoln Lawyer, es decir, «el abogado del Lincoln» (N. del T.).
De nuevo en el Lincoln, llamé a Lorna Taylor y, a modo de saludo, me dijo las palabras que siempre me atravesaban como un arma de doble filo. Palabras que me excitaban y me repelían al mismo tiempo.
—Mickey, tienes un caso de asesinato si lo quieres.
La idea de un caso de asesinato te inflamaba la sangre por muchas razones. Primera y principal: es el peor crimen que existe y con él llegaban las apuestas más altas en la profesión. Para defender a un sospechoso de asesinato hay que estar en lo más alto del gremio. Y además de eso, está el dinero. La defensa de un caso de asesinato —tanto si llega a juicio como si no— es cara, porque consume mucho tiempo. Si consigues un caso de asesinato con un cliente que paga, probablemente ganes el dinero de todo un año.
La parte negativa es tu cliente. Aunque no tengo ninguna duda de que acusan de asesinato a gente inocente, en la mayor parte de los casos la policía y los fiscales no se equivocan y te queda negociar para reducir la duración y mejorar los términos del castigo. Mientras tanto, te sientas a la mesa al lado de una persona que ha arrebatado una vida. Nunca es una experiencia agradable.
—¿Me das los datos? —pregunté.
Estaba en la parte de atrás del Town Car con un bloc listo en la mesa de trabajo plegable. Earl se dirigía al centro por la calle Tres, todo recto desde Fairfax District.
—La llamada se ha recibido a cobro revertido desde la prisión central. La he aceptado y era un tipo llamado Andre La Cosse. Dice que lo detuvieron anoche por asesinato y que quiere contratarte. Y escucha esto: cuando le he preguntado quién le había dado tu nombre, ha dicho que te había recomendado la víctima. Dice que ella le dijo que eras el mejor.
—¿Quién es?
—Eso es lo más extraño. Según él, la muerta es Giselle Dallinger. La busqué en nuestra app de conflictos y su nombre no aparece. Nunca la representaste, así que no estoy segura de por qué tenía tu nombre ni de cómo hizo esta recomendación antes de que este tipo supuestamente la matara.
La app de conflictos era un programa informático que digitalizaba todos nuestros archivos y nos permitía determinar en cuestión de segundos si un futuro cliente había surgido en un caso anterior como testigo, víctima o incluso cliente. Después de más de veinte años de carrera, no podía recordar los nombres de todos los clientes, y mucho menos de los personajes secundarios implicados en los casos. La app de conflictos nos ahorraba una gran cantidad de tiempo. Antes de contar con ella, muchas veces me involucraba en un caso hasta que descubría que tenía un conflicto de intereses en representar al nuevo cliente por causa de un antiguo cliente, testigo o víctima.
Miré mi bloc. Hasta el momento había anotado solo los nombres, nada más.
—Vale, ¿quién lleva el caso?
—Homicidios de West Bureau del LAPD.
—¿Sabemos algo más al respecto? ¿Qué más ha dicho este tipo?
—Ha dicho que comparecerá por primera vez ante el juez mañana y te quiere allí. Dice que le han tendido una trampa y que no la mató.
—¿Era la esposa, novia, relación de negocios o qué?
—Dice que trabajaba para él, pero nada más. Sé que no te gusta que tus clientes hablen por teléfono desde una prisión, así que no le he preguntado nada del caso.
—Bien hecho, Lorna.
—¿Dónde estás, por cierto?
—He venido a ver a Legal. Voy dirección al centro ahora. Veré si consigo entrar para visitar a este tipo y averiguar de qué va. ¿Puedes localizar a Cisco y pedirle que haga algunos preliminares?
—Ya está en ello. Lo estoy oyendo ahora hablar con alguien por teléfono.
Cisco Wojciechowski era mi investigador. También era el marido de Lorna y trabajaban desde su apartamento en West Hollywood. Lorna también era mi exmujer, mi ex número dos, que llegó después de la mujer que dio a luz a mi única hija, una hija que ya tenía dieciséis años y no quería saber nada de mí. En ocasiones pensaba que necesitaba un diagrama de flujo en una pizarra blanca para mantener el control de todo el mundo y sus relaciones, pero al menos no había celos entre Lorna, Cisco y yo, solo una relación laboral sólida.
—Está bien, que me llame. O lo llamaré cuando salga del calabozo.
—Vale, buena suerte.
—Una última cosa. ¿La Cosse es un cliente de pago?
—Ah, sí. Dice que no tiene efectivo, pero sí oro y otros «bienes» con los que puede comerciar.
—¿Le diste una cifra?
—Le dije que necesitarías veinticinco mil solo para empezar, después más. No perdió los papeles ni nada.
El número de acusados que en un momento dado no solo podían permitirse un anticipo de 25.000 dólares, sino que estaban dispuestos a gastarlos, eran pocos y surgían muy de tanto en tanto. No sabía nada del caso, pero cada vez sonaba mejor.
—Bien, te llamaré cuando me entere de algo.
—Gracias.
El globo se deshinchó un poquito antes de ver siquiera a mi nuevo cliente. Había presentado una carta de compromiso en la oficina de la prisión y estaba esperando a que los funcionarios encontraran a La Cosse y lo condujeran a una sala de interrogatorios cuando Cisco llamó con la información preliminar que había conseguido extraer de fuentes humanas y digitales en la hora trascurrida desde que tenía el caso.
—Vale, un par de cosas. La policía presentó un comunicado de prensa sobre el asesinato ayer, pero hasta el momento nada sobre la detención. Giselle Dallinger, de treinta y seis años, fue hallada muerta el lunes por la mañana en su apartamento de Franklin, al oeste de La Brea. La encontraron los bomberos, a los que llamaron porque el apartamento estaba en llamas. El cuerpo estaba calcinado, pero se sospecha que el incendio fue provocado para que el asesinato pareciera accidental. La autopsia sigue pendiente, pero el comunicado dice que había indicios de que fue estrangulada. El comunicado de prensa la calificaba de mujer de negocios, pero el Times publicó un breve sobre el caso en su sitio web en el que fuentes policiales dicen que era prostituta.
—Genial. Entonces ¿quién es mi hombre? ¿Un cliente?
—En realidad, el artículo del Times dice que la policía estaba interrogando a alguien con quien tenía una relación profesional. No dice que fuera La Cosse, pero sumas dos y dos…
—Y tienes al proxeneta.
—Eso creo.
—Genial. Parece un tipo estupendo.
—Mira el lado positivo, Lorna dice que es un cliente de pago.
—Lo creeré cuando tenga el dinero en el bolsillo.
De repente pensé en mi hija, Hayley, y en una de las últimas cosas que me había dicho antes de cortar contacto conmigo. Definió a la gente de mi lista de clientes como la escoria de la sociedad: ladrones, drogadictos e incluso asesinos. No podía rebatírselo. Mi lista actual incluía al ladrón de coches que atacaba ancianas, a un acusado de violar en una cita, a un desfalcador que se había llevado dinero de un fondo para un viaje de estudiantes y a varios sinvergüenzas más. Ahora presumiblemente añadiría a la lista a un acusado de asesinato; y, para rematarlo, que fuera un acusado de asesinato relacionado con el negocio del sexo de pago.
Estaba empezando a sentir que los merecía tanto como ellos a mí. Éramos todos casos perdidos, perdedores, la clase de gente a la que los dioses de la culpa nunca sonríen.
Mi hija conocía a las dos personas a las que había matado mi cliente Sean Gallagher. Katie Patterson iba a su clase. Su madre era delegada de curso. Hayley tuvo que cambiar de colegio para evitar el menosprecio de que era objeto cuando los medios —y me refiero a todos los medios— revelaron que J. Michael Haller Jr., candidato a fiscal del distrito del condado de Los Ángeles, había librado de la cárcel a Gallagher tras su última detención por conducir ebrio gracias a un tecnicismo.
El resumen es que si Gallagher estaba en la calle, conduciendo borracho otra vez, era gracias a mis llamadas aptitudes como abogado defensor, e, independientemente de que Legal Siegel tratara de apaciguar mi conciencia con el viejo refrán de «tú solo estabas haciendo tu trabajo», yo sabía en los rincones oscuros de mi alma que el veredicto era culpable. Culpable a ojos de mi hija, culpable también ante mis propios ojos.
—¿Sigues ahí, Mick?
Salí de la oscura ensoñación al darme cuenta de que seguía al teléfono con Cisco.
—Sí. ¿Sabes quién está llevando el caso?
—El comunicado de prensa cita al detective Mark Whitten de West Bureau como jefe. A su compañero no lo menciona.
No conocía a Whitten y nunca me había enfrentado a él en un caso, que yo recordara.
—Vale. ¿Algo más?
—Es todo lo que tengo por el momento, pero estoy trabajando en ello.
La información de Cisco había enfriado mi entusiasmo, pero todavía no iba a arrojar el caso por la borda. Culpa aparte, la pasta es la pasta. Necesitaba el dinero para mantener la solvencia de Michael Haller & Associates.
—Te llamaré después de que conozca a este hombre, que es ahora mismo.
Un funcionario de prisiones me estaba dirigiendo a una de las cabinas abogado-cliente. Me levanté y entré.
Andre La Cosse ya estaba en una silla al otro lado de una mesa con una mampara de plexiglás de noventa centímetros de alto que la partía en dos. La mayoría de los clientes que visito en la prisión central adoptan una actitud encorvada y despreocupada ante el hecho de estar entre rejas. Es una medida de protección. Si actúas como si no te preocupara estar encerrado en un edificio de acero con otros doce mil criminales violentos, entonces tal vez te dejen en paz. En cambio, si muestras miedo, los depredadores lo percibirán y lo explotarán. Irán a por ti.
La Cosse era diferente. Para empezar, era más pequeño de lo que esperaba. Tenía una constitución endeble y daba la impresión de que nunca había levantado unas pesas. Llevaba un mono naranja que le quedaba grande, pero parecía conducirse con un orgullo que enmascaraba sus circunstancias. No mostraba exactamente miedo, pero tampoco la exagerada indiferencia que había observado tantas veces en esos lugares. Se sentó tieso en el borde de su silla y sus ojos me examinaron como láseres cuando entré en el reducido espacio. Había algo formal en su porte. Tenía el pelo cuidadosamente rebajado en los lados y daba la impresión de que llevaba los ojos perfilados.
—¿Andre? —pregunté al sentarme—. Soy Michael Haller. Ha llamado a mi oficina para que lleve su caso.
—Sí, lo he hecho. Yo no debería estar aquí. Alguien la mató después de que yo estuviera en su casa, pero nadie me creerá.
—Espere un segundo y deje que aclare algo.
Saqué un bloc de mi maletín y el bolígrafo del bolsillo de la camisa.
—Antes de que hablemos de su caso, permítame que le pregunte un par de cosas.
—Adelante.
—Y deje que le diga desde el principio que nunca puede mentirme, Andre. ¿Entiende eso? Si miente, me voy; es mi regla. No puedo trabajar con usted si no tenemos una relación que me permita creer que todo lo que cuenta es la verdad más sincera.
—Sí, eso no será un problema. La verdad es la única cosa que tengo de mi lado ahora mismo.
Repasé una lista de elementos básicos, recopilando una rápida biografía para mi archivo. La Cosse tenía treinta y dos años, era soltero y vivía en un bloque de apartamentos en West Hollywood. No tenía parientes en Los Ángeles; los familiares más cercanos eran sus padres, que vivían en Lincoln, Nebraska. Dijo que no tenía antecedentes penales en California, Nebraska ni en ningún otro sitio y que ni siquiera le habían puesto nunca una multa por exceso de velocidad. Me dio los números de teléfono de sus padres y su número de móvil y fijo; los utilizaría para localizarlo en caso de que saliera de prisión y no pagara mi minuta. Una vez que tuve lo básico, levanté la cabeza de mi bloc.
—¿Cómo se gana la vida, Andre?
—Trabajo desde casa. Soy programador. Construyo y controlo sitios web.
—¿De qué conocía a la víctima de este caso, Giselle Dallinger?
—Llevaba todas sus redes sociales. Sus sitios web, Facebook, correo electrónico, todo.
—Entonces ¿es una especie de proxeneta digital?
El cuello de La Cosse inmediatamente se puso granate.
—¡Por supuesto que no! Soy un hombre de negocios y ella es… era una mujer de negocios. Y yo no la maté, pero aquí nadie me va a creer.
Hice un gesto de calma con mi mano libre.
—Vamos a tranquilizarnos un poco. Estoy de su lado, ¿recuerda?
—No lo parece cuando plantea una pregunta así.
—¿Es usted gay, Andre?
—¿Qué importa eso?
—Tal vez nada, pero quizá signifique mucho cuando el fiscal empiece a buscar un motivo. ¿Lo es?
—Sí, si tiene que saberlo. No lo escondo.
—Bueno, ahí dentro tal vez debería, por su propia seguridad. También puedo trasladarlo a un módulo de homosexuales pasada la comparecencia de mañana.
—Por favor, no se moleste. No quiero que me clasifiquen de ninguna manera.
—Como desee. ¿Cuál era el sitio web de Giselle?
—Giselle-for-you punto com. Ese era el principal.
Lo anoté.
—¿Había otros?
—Tenía sitios preparados para gustos específicos que surgían si alguien buscaba ciertas palabras o cosas que les interesaran. Eso es lo que ofrezco, una presencia multiplataforma. Para eso acudió a mí.
Asentí como si estuviera admirando su creatividad y su perspicacia profesional.
—¿Y desde cuándo trabajaba con ella?
—Giselle acudió a mí hace unos dos años. Quería una presencia en línea multidimensional.
—¿Acudió a usted? ¿Qué significa eso? ¿Cómo acudió a usted? ¿Tiene anuncios en línea o algo?
Negó con la cabeza como si estuviera tratando con un niño.
—No, nada de anuncios. Solo trabajo con gente que me recomienda alguien a quien ya conozco y en quien confío. Me la recomendó otra clienta.
—¿Quién era?
—Hay un problema de confidencialidad. No quiero que la involucren en esto. Ella no sabe nada y no tiene nada que ver con el tema.
Negué con la cabeza como si esta vez fuera yo el que estaba tratando con un niño.
—Por ahora, Andre, lo dejaré pasar. Pero si acepto este caso, en algún momento necesitaré saber quién se la derivó. Y no puede ser usted quien decida si alguien o algo tiene relevancia para el caso. Eso lo decido yo. ¿Entiende?
Asintió.
—Le haré llegar un mensaje —me dijo—. En cuanto tenga su visto bueno, contactaré con usted. Pero no miento y no traiciono confianzas. Mi negocio y mi vida se construyen sobre la confianza.
—Bien.
—¿Y qué quiere decir con «si acepto este caso»? Pensaba que había aceptado el caso. Quiero decir, está aquí, ¿no?
—Estoy decidiéndome.
Miré mi reloj. El sargento con el que había hablado dijo que solo dispondría de media hora con La Cosse. Todavía tenía tres áreas de discusión que cubrir: la víctima, el crimen y mis honorarios.
—No tenemos mucho tiempo, continuemos. ¿Cuándo fue la última vez que vio a Giselle Dallinger en persona?
—El domingo por la noche, y cuando me fui estaba viva.
—¿Dónde?
—En su apartamento.
—¿Por qué fue allí?
—Fui a cobrarle, pero no recibí el dinero.
—¿Qué dinero y por qué no lo consiguió?
—Salió a trabajar y mi acuerdo con ella es que recibo un porcentaje de lo que gana. Le había conseguido un especial Pretty Woman y quería mi parte. Estas chicas… Si no cobras enseguida, el dinero tiene tendencia a desaparecer en sus narices y otros lugares.
Anoté un resumen de lo que acababa de decir, aunque no estaba seguro de lo que significaba.
—¿Está diciendo que Giselle consumía drogas?
—Eso diría, sí. No de manera descontrolada, pero forma parte del trabajo y de ese estilo de vida.
—Hábleme del especial Pretty Woman. ¿Qué significa?
—El cliente alquila una suite en el Beverly Wilshire, como en la película Pretty Woman. Giz tenía un aire a Julia Roberts, ¿sabe? Sobre todo después de que retocara sus fotos. Supongo que puede imaginárselo a partir de ahí.
No había visto la película, pero sabía que era una historia sobre una prostituta con corazón de oro que encuentra al hombre de sus sueños en una cita de pago en el Beverly Wilshire.
—¿Cuál era el precio de eso?
—Tenía que ser dos mil quinientos.
—¿Y su parte?
—Mil, pero no hubo parte. Dijo que fue una llamada fallida.
—¿Qué es eso?
—Ella acude a la cita y no hay nadie en casa o el que abre la puerta dice que no la ha llamado. Controlo esas cosas lo mejor que puedo. Verifico identidades, todo.
—Así que no la creyó.
—Digamos que sospechaba. Había hablado con el hombre de esa habitación. Lo había llamado a través del operador del hotel. Pero ella aseguraba que no había nadie y que la habitación ni siquiera estaba ocupada.
—¿Y discutieron?
—Un poco.
—Y le pegó.
—¿Qué? ¡No! Nunca he pegado a una mujer. ¡Ni a un hombre tampoco! No he sido yo. ¿No puede…?
—Mire, Andre, solo estoy recopilando información. Así que no le pegó ni le hizo daño. ¿La tocó físicamente en algún sitio?
La Cosse dudó y entonces supe que había un problema.
—Dígame, Andre.
—Bueno, la agarré. No me miraba y eso me hacía pensar que estaba mintiendo. Así que la agarré del cuello, con una mano solo. Se enfadó y yo me cabreé, y nada más. Me marché.
—¿Nada más?
—No, nada. Bueno, en la calle, cuando iba a mi coche, ella me lanzó un cenicero desde el balcón. No me dio.
—Pero ¿por qué se marchó del apartamento?
—Dije que iba a volver al hotel y que llamaría a la puerta del tipo yo mismo y conseguiría nuestro dinero. Y me marché.
—¿Qué habitación era y cuál era el nombre del tipo?
—Estaba en la ocho tres siete. Se llamaba Daniel Price.
—¿Fue al hotel?
—No, me fui a casa. Decidí que no valía la pena.
—Parecía que valía la pena cuando la agarró del cuello.
La Cosse asintió ante la incoherencia, pero no ofreció ninguna explicación más. Dejé el tema, por el momento.
—Muy bien, ¿qué ocurrió entonces? ¿Cuándo acudió la policía?
—Se presentaron ayer, hacia las cinco.
—¿De la mañana o de la tarde?
—De la tarde.
—¿Dijeron cómo habían llegado a usted?
—Conocían el sitio web. Así habían dado conmigo. Dijeron que tenían unas preguntas y accedí a hablar con ellos.
Siempre era un error hablar voluntariamente con la policía.
—¿Recuerda sus nombres?
—Había un detective Whitten, que era el que llevaba la voz cantante. El apellido del compañero era Weeder o algo parecido.
—¿Por qué accedió a hablar con ellos?
—No lo sé, tal vez porque no había hecho nada malo y quería ayudar. Fui un estúpido. Pensé que estaban tratando de descubrir qué le había ocurrido a la pobre Giselle, no que vinieran con lo que pensaban que había ocurrido y solo quisieran vincularme con ello.
«Bienvenido a mi mundo», pensé.
—¿Sabía que estaba muerta antes de que llegaran?
—No, había estado llamando y enviándole mensajes de texto todo el día y dejándole recados en el contestador. Lamentaba la cagada de la noche anterior. Pero ella no me devolvió la llamada y yo creí que todavía estaba enfadada por la discusión. Entonces llegaron ellos y dijeron que estaba muerta.
Obviamente, cuando se encuentra muerta a una prostituta, uno de los primeros lugares a los que se dirige la investigación es al chulo, aunque se trate de un proxeneta digital que no encaje en el estereotipo de un matón sádico y no mantenga a las mujeres a raya por medio de amenazas y maltrato físico.
—¿Grabaron la conversación?
—No que yo sepa.
—¿Le informaron de su derecho constitucional de contar con la presencia de un abogado?
—Sí, pero eso fue después, en la comisaría. No creí necesitar un abogado. No hice nada malo. Así que dije: está bien, hablemos.
—¿Firmó un formulario de renuncia de algún tipo?
—Sí, firmé algo, no lo leí.
Mi desagrado se apoderó de mí. La mayoría de la gente que entra en el sistema de justicia penal termina siendo su peor enemigo. Literalmente acaban esposados por hablar más de la cuenta.
—Cuénteme cómo fue. ¿Habló con ellos al principio en su casa y luego lo llevaron al West Bureau?
—Sí, primero estuvieron en mi casa unos quince minutos y luego me llevaron a comisaría. Dijeron que querían que mirara algunas fotos de sospechosos, pero era una excusa. Nunca me enseñaron ninguna foto. Me metieron en una pequeña sala de interrogatorios y no pararon de hacerme preguntas. Entonces me dijeron que estaba detenido.
Yo sabía que para que lo detuvieran necesitaban tener pruebas físicas o testigos que relacionaran de algún modo a La Cosse con el asesinato. Además, algo de lo que La Cosse les hubiera contado no cuadraría con los hechos. Una vez que La Cosse hubo mentido, o eso creyeron, lo detuvieron.
—De acuerdo, ¿y les contó que fue al apartamento de la víctima el domingo por la noche?
—Sí, y les dije que estaba viva cuando me fui.
—¿Les contó que la agarró del cuello?
—Sí.
—¿Fue antes o después de que le leyeran sus derechos y hubiera firmado la renuncia?
—Eh, no lo recuerdo. Creo que antes.
—Está bien. Lo averiguaré. ¿Hablaron de otras pruebas, le enfrentaron a algún indicio que tuvieran?
—No.
Miré mi reloj otra vez. Me estaba quedando sin tiempo. Decidí dejar las preguntas del caso ahí. La mayor parte de la información la conseguiría en el archivo de divulgación de pruebas si aceptaba el caso. Además, es buena idea limitar la información que obtienes directamente de un cliente. Me quedaría empantanado con lo que me contara La Cosse y eso podría afectar a la estrategia que adoptara más tarde en el curso de la investigación o en el juicio. Por ejemplo, si La Cosse me contaba que de verdad había matado a Giselle, entonces yo no podría subirlo al estrado para que lo negara. Eso me convertiría en culpable de incitar al perjurio.
—Está bien, dejemos esto ahora. Si acepto este caso, ¿cómo va a pagarme?
—En oro.
—Me dijeron eso, pero lo que le pregunto es cómo. ¿De dónde sale este oro?
—Lo tengo en un lugar seguro. Todo mi dinero está en oro. Si acepta el caso, se lo entregaré antes del final del día. Su directora dijo que necesitaba veinticinco mil dólares para empezar. Usaremos la cotización del New York Mercantile Exchange y simplemente se lo haré llegar. No he podido consultar el mercado aquí, pero supongo que un lingote de una libra lo cubrirá.
—Se da cuenta de que solo cubrirá los costes iniciales, ¿no? Si este caso sigue adelante, a la vista preliminar y a un juicio, va a necesitar más oro. Puede conseguir a alguien más barato que yo, pero no a alguien mejor.
—Sí, lo entiendo. Tendré que pagar para demostrar mi inocencia. Tengo el oro.
—Muy bien, pues, que alguien se lo entregue a mi administradora de casos. Voy a necesitarlo antes de su primera comparecencia en el tribunal mañana. Así sabré que va en serio.
Aun consciente de que el tiempo era fugaz, estudié en silencio a La Cosse un buen rato, tratando de interpretarlo. Su declaración de inocencia sonaba plausible, pero yo no sabía qué sabía la policía. Solo contaba con el relato de Andre, y sospechaba que cuando se desvelaran las pruebas del caso, descubriría que no era tan inocente como aseguraba. Siempre ocurre lo mismo.
—Vale, última cosa, Andre. Le explicó a mi administradora que me recomendó la propia Giselle, ¿es correcto?
—Sí, ella dijo que era el mejor abogado de la ciudad.
—¿Cómo lo sabía?
La Cosse se mostró sorprendido, como si toda la conversación hasta el momento se hubiera basado en un hecho: que yo conocía a Giselle Dallinger.
—Dijo que lo conocía, que le había llevado casos. Me dijo que le consiguió un trato muy bueno.
—¿Y está seguro de que hablaba de mí?
—Sí, era usted. Dijo que le consiguió un home run. Lo llamó Mickey Mantle.
Eso me dejó sin respiración. Tuve una clienta una vez —una prostituta también— que me llamaba así. Pero no la había visto en mucho tiempo, desde que la metí en un avión con dinero suficiente para que empezara una nueva vida y no volviera nunca.
—Giselle Dallinger no era su verdadero nombre, ¿no?
—No lo sé. Es el único nombre que yo conocía.
Sonó una fuerte llamada a la puerta de acero detrás de mí. Mi tiempo había terminado. Algún otro abogado necesitaba la sala para hablar con algún otro cliente. Miré a La Cosse, al otro lado de la mesa. Ya no estaba calculando si lo aceptaría como cliente.
Sin ninguna duda, iba a aceptar el caso.
