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La añeja Europa vive tiempos convulsos, de sequía económica y tempestades políticas, que proyectan un futuro incierto. Cuando todavía no ha habido tiempo para construir una comunidad europea sólida, resurgen, con más o menos virulencia, los viejos patriotismos: Europa parece asomarse nuevamente a sus viejos demonios, y lo mismo ocurre en España. También nosotros tendimos a pensar en las naciones como realidades "eternas", además de como uno de los aspectos más permanentes de nuestra biografía, y seguramente por eso las defendemos como si fueran fundamentales para nuestra identidad individual. Pero ¿qué es en realidad una patria? ¿Existe un ADN común que viaja por un país desde su nacimiento hasta su muerte? ¿Es posible, en suma, ir más allá de los tópicos que constituyen la inmensa fábula de un país para fotografiar su alma? Gabriel Magalhães, uno de los observadores más libres y originales de la Península, nos ofrece en este ensayo respuestas a estas preguntas, así como algunas claves para entender el entramado de nuestra vida colectiva y en qué podría consistir la convivencia entre los españoles en el siglo XXI. Una reflexión tan lúcida, perspicaz y crítica, como afectuosa. "El análisis de cómo es España de un exquisito, erudito y fino observador." Ignacio Orovio, La Vanguardia "Una mirada afectuosa y lúcida a los españoles y una radiografía certera de cómo se está resquebrajando el edificio europeo por su base." Antonio Iturbe, Librújula "Lo que más sorprende de cómo enfoca el mundo Gabriel Magalhães es la paz que transmite, esa sabiduría portuguesa, tan pesimista y a la vez lúcida en su percepción de la realidad." David Castillo, El Punt / Avui
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Introducción
Primera parte. La España “eterna”1. La España pintada2. La tensión hispánica3. Optimismo, valor y realismo4. La pluralidad hispánica5. La fiesta de estar juntos6. Imperio y grandeza7. Baile de identidades8. Romancero de raíces9. Dos ejemplos geniales de unidad: Cervantes y Velázquez
Segunda parte. España en movimiento1. Los países cambian2. El regreso de la exclusión3. La mentira autonómica y el espejo europeo4. El problema lingüístico5. Viajes catalanes6. Ventajas y desventajas de ser portugués7. La larga marcha de los pingüinos8. Por el triunfo de la ética9. Continuidad y educación
Conclusión. La España soñada
Créditos
Para Rosário y para Teresa, que nació en Salamanca. Para mis padres, que me abrieron las puertas de España. Para Clara y Alfredo Pastor con mi afecto y mi gratitud. Para mis amigos Enric Juliana y Pere Ruzafa.
IntroducciónUn gesto de afecto
Con un título tan sonoro como Los españoles, me imagino que algunos lectores esperarían que, en estas líneas iniciales, se escuchara algo así como un himno nacional, igual al que suena antes de los partidos de la selección. Pues no: éste es, por ahora, un libro sin himno. Lo que no quiere decir que no haya afecto, cariño y admiración por España, que sí que los hay. No obstante, el objetivo de estas páginas no consiste en cantar un país, con la voz de un nacionalismo estereofónico, tantas veces inscrito en la partitura de la historia de España. Este ensayo trata, más bien, de llegar a la médula de una realidad nacional importante de Europa. Intentaré entender un país apasionante y, al cabo, proponer para él horizontes de felicidad.
De hecho, en el subtítulo he optado por el adjetivo «apasionante» para calificar este laberinto de tensiones que llamamos España. Esta palabra constituye un gesto de empatía, de simpatía, en un tiempo de tantos conflictos internos. Conflictos que forman parte de un marco europeo en el cual vuelven a surgir por todas partes las setas letales de los nacionalismos decimonónicos. Resulta espantoso ver cómo el odio ha empezado a chorrear en nuestro continente, formando estalactitas de rencor: día tras día, vemos cómo rezuman una nueva gota de resentimiento.
Sin embargo, si este volumen no es un himno, tampoco funciona como un artefacto que explotará en sus manos: un paquete bomba que se disfraza de libro. Nada de eso. No quiero estropearle a nadie el encanto, el orgullo de ser español. En primer lugar, este ensayo pretende sencillamente entender en qué consiste lo hispánico. ¿Podremos definir una serie de rasgos, de pinceladas que coloreen el alma de castellanos y catalanes, de andaluces y vascos, de gallegos y baleares, en fin, de todas las tierras y panoramas del suelo español?
Por otra parte, además de definir este fondo cultural hispánico, eso que podríamos llamar la España «eterna», el presente ensayo cree igualmente que los países cambian, que evolucionan. Más aún: cuanto más se modifiquen, más futuro tendrán y en mayor medida conservarán su identidad. Mueren las naciones que se congelan en sus costumbres: viven los países que se transfiguran para conservar su esencia. Por ello, el lector se encontrará aquí con una serie de propuestas que intentan contribuir a darle a España un nuevo vuelo de porvenires.
Estamos, pues, ante un viaje que se hace desde el pasado hacia el futuro, en un tiempo en que nuestra historia se nos va olvidando –sobre todo a los más jóvenes– y lo venidero se esfuma en una niebla de miedos, angustias e incertidumbres. Un viaje que se hace en compañía de los grandes libros que en España se han escrito, dándole la mano a las obras maestras de la pintura. No es, se lo digo sinceramente, querido lector, un volumen coronado de gráficos reveladores, con mucha prestidigitación de números. Lo que aquí se procura es pensar con toda libertad: esa libertad que nos ha dado un largo estudio de España y de sus culturas.
Y ahora viene quizá el punto más delicado de este prólogo: quien les habla, quien pilota este itinerario por los universos hispánicos es un extranjero. Un portugués, para más señas. Pero un extranjero hispanizado, un portugués que podría ser español. Por un motivo muy sencillo: gran parte de mi vida ha transcurrido en España. Si me llamaran un centauro ibérico, no andarían ustedes lejos de la verdad. Mi torso lusitano se prolonga en un fornido cuerpo español, con pezuñas provenientes de las más variadas culturas peninsulares. Suelo decir en broma que sería un excelente agente doble peninsular: espía luso en Madrid o, alternativamente, el hombre del Reino de España en Lisboa.
De hecho, mi infancia flotó en los verdes parajes vascos: ocho años pasé allí, a lo largo de los años setenta del siglo pasado. Ocho años decisivos para mi formación. Yo, en el fondo, tengo mucho de vascuence: soy terco, amante de la franqueza y poseo el vicio sentimental de la lealtad. Todo esto, como saben ustedes, es vasco. De hecho, cuando regresé a Portugal, me costó Dios y ayuda reaprender a ser portugués. Los lusos somos sinuosos, ambiguos y solemos insistir más en los ensueños que en las cosas de la vida. De forma que tengo un hardware vasco que funciona con software portugués.
Mis recorridos españoles incluyeron, además, un año en Ourense y un largo lustro en Salamanca, con sus oros académicos y sus dorados turísticos. Una ciudad que, en realidad, esconde en su interior esos pueblos secos, sobrios, agazapados en la aridez de la meseta. Por consiguiente, conozco esa Castilla mágica, hechicera de Machado y de tantos otros, una región cuyo mayor consuelo y hermosura son, quizás, los diamantes esparcidos por su cielo azul. En Salamanca, nació nuestra hija Teresa. Fue también en la ciudad dorada donde leí mi tesis doctoral, precisamente sobre las relaciones entre España y Portugal.
Cuando escaneo mi pasado, descubro que tuve tres vidas españolas: una infantil, de tonalidades vascas; otra adulta, castellana; y por fin, la actual, en la que me he acercado mucho a Catalunya. Esta complicidad con el mundo catalán empezó hace más de seis años, cuando, en una calurosa tarde madrileña de junio, conocí al periodista Enric Juliana, en un coloquio con muchos abanicos mariposeando entre un público torturado por la temperatura. Ahí nació una buena amistad. Juliana me invitó a ir descubriendo Catalunya, al tiempo que él mismo se perdía y encontraba en variadas investigaciones portuguesas. Uno de los resultados de esta amistad fue la colaboración mensual que mantengo en La Vanguardia: se pretende que vaya explicando Portugal a los catalanes, pero lo que ha pasado es que, mientras escribía esos artículos, Catalunya también se me ha explicado a mí.
Estos son los senderos que han conducido a la carretera de este libro. Con base en los artículos de La Vanguardia, a la editora Clara Pastor se le ocurrió que yo sería la persona indicada para escribir un libro sobre España: un libro que no fuera ni un canto patriótico ni una zarzuela de sarcasmos. Cuando Clara me propuso este proyecto, me asusté un poco, porque conozco bien cuáles son los discursos obligatorios, y obligatoriamente antitéticos, que acompañan el tema español. Y a alguien que se salga de estas pautas le pueden llover piedras de todas partes. España es un país de enemigos íntimos. Y a quien vaya por libre, como es mi caso, no le conviene tomar la muleta para torear el miura de la hispanidad.
Clara y yo mantuvimos una conversación en Barcelona, en el bar del hotel Casa Fuster, un lugar con ese toque lujoso, de orfebrería decorativa, que tienen algunos interiores de la ciudad condal. Confesé a la editora mi drama privado: «Existe un problema: si alguien me pregunta, después de leer el libro, “Oiga, ¿le gustaría a usted ser español?”, yo tendré que contestar que no, que me siento muy bien siendo portugués.» Clara me miró con sus pupilas directas: «Pero, bueno: ¿te gustaría ser, por ejemplo, norteamericano?». «Tampoco.» «Entonces no veo cuál es el problema», concluyó. Y, efectivamente, creo que tiene razón: éste es un ensayo escrito por un extranjero bastante español; una visión exterior a los acostumbrados intereses hispánicos y que, por este mismo motivo, puede que sea útil. De hecho, a lo largo de la historia cultural de los países de Europa, las visiones foráneas suelen representar una contribución válida para la construcción, y acaso para la corrección, de la identidad nacional.
En la añeja Europa, a lo largo de estos años, viviremos tiempos de fuego. De tempestades políticas. Como hemos dicho, viejos volcanes nacionalistas pueden entrar de nuevo en erupción. De hecho, no ha habido tiempo para construir un sentimiento europeo profundo, y la crisis se está llevando por delante las complicidades hiladas a lo largo del último medio siglo, al mismo tiempo que se reconstruyen los viejos patriotismos. Esto pasa en Alemania, en Francia, en Inglaterra. También en países más pequeños como Hungría o Grecia. No sería equivocado afirmar que Europa regresa, lentamente, a todos sus viejos demonios.
En España ocurre lo mismo que en el continente. Los españoles y los europeos, sospechando muchos abismos bajo sus pies, necesitan urgentemente comprender el entramado de su vida colectiva. Y el ensayo constituye, por eso, uno de los géneros literarios de nuestro tiempo. Los libros de esta índole funcionan como linternas en la oscuridad o como catalejos que intentan vislumbrar algo en medio de la bruma contemporánea. Sinceramente, espero que este volumen pueda ser algo así: lo escribo con mucho afecto, sin ningún rencor. No pertenezco a ningún partido, a ningún grupo de presión. Soy impolutamente extranjero. Y siento cariño y admiración por España. Desde ese afecto les escribo.
Le pediría al lector que se fijara, de entrada, en las comillas del título de esta primera parte del libro: «España “eterna”». En efecto, aunque las naciones son de las cosas más permanentes de nuestra biografía –hasta tal punto que lo habitual es que cada uno nazca, crezca, viva y muera en una determinada cultura–, la verdad es que ningún país resulta eterno. Todos, tarde o temprano, desaparecen. Y todos cambian. Aunque los sintamos como eternidades, aunque nos abracemos a ellos, como si fueran madres, la verdad es que, exactamente como nuestras madres, acabarán muriendo.
Las comillas que rodean la palabra eterna representan, pues, un modo de señalar la naturaleza paradójica de los sistemas nacionales: sus ciudadanos los viven como permanentes, cuando en realidad no lo son. Podemos incluso afirmar que cada individuo suele luchar por esa persistencia, por esa supervivencia de su país, como si fuera algo fundamental. La gente se sienta en su cultura, como si fuera una piedra, y desearía que esta roca se mantuviera firme. No obstante, todo se mueve: sentados en nuestro pedrusco nacional, somos como el habitante de la Tierra, arrastrado por las fuerzas articuladas del sistema solar y del cosmos.
Sin embargo, a pesar de todas esas derivas, hay en las naciones rasgos constantes, existe un ADN que viaja con el país desde su nacimiento hasta su muerte. Por ello, uno puede querer fotografiar el alma de una patria. Se trata de un submarinismo peligroso, discutible, pero sin duda también muy interesante. Pero, si queremos llegar a las fossas abisales de una cultura, tenemos que liberarnos de las apariencias que flotan en la superficie: de ese poema del oleaje cotidiano que es la espuma. Porque cada país posee una epidermis de ficción.
Y España es un país que ha generado muchísima espuma. Un país con una inmensa fábula que gira a su alrededor. Que al mismo tiempo exhibe y encubre lo que los españoles son en realidad. Sería correcto afirmar que estamos ante una de las naciones que mejor sabe proyectar en el exterior una poderosísima imagen de sí misma. Y el primer diaporama de esa imagen –o de ese flujo de imágenes–, es como todos sabemos una playa. Una playa donde los turistas nórdicos adquieren ese tono rojo gamba que los consuela de sus nieves y hielos. Una playa que surge iluminada por los fuegos artificiales de una eficaz industria turística.
España empieza por ser una playa, y después se transforma en paseo marítimo, terraza y discoteca. Ligue y vida loca. Noches repletas de constelaciones sensuales, con una gran luna llena de aventura. La playa para el día, la discoteca para la noche y, entre una cosa y otra, está la terraza, donde uno bebe el aperitivo, las muchas cañas de las pausas. La habitación de hotel es algo así como un hospital donde uno duerme largas horas de sueño que constituyen el admirable estado comatoso de la felicidad.
Pero adentrémonos un poco más en esta España pintada, en esta España ficción. Hemos dejado atrás la arena dorada junto al mar, el paseo marítimo y la discoteca. Circulamos ya por calles en las que el mar se reduce a un resplandor lejano y a un tufillo áspero. ¿Con qué nos encontramos? Por supuesto, con la plaza de toros. El redondel trágico de la vida hispánica. Ese compás de valentías que vive en las piernas esbeltas del torero. La ola negra del astado después de la ola blanca y azul del Mediterráneo o del Atlántico. El pasodoble de las bandas de música, después del estruendo cosmológico de la discoteca. Olé, olé, olé.
Al salir de la plaza de toros, se encuentra usted con la obligación del espectáculo flamenco. Algunos desamparados contemporáneos le ofrecerán por las calles papeluchos que le prometen todo tipo de emociones artísticas sobrecogedoras. Después del circo trágico de la arena, un frenesí de zapatos taconeando un tablado con el martilleo febril, hipnótico de las piernas gitanas. Ojo: esto de tablado debe usted escribirlo y pronunciarlo «tablao». Y ahí está el vuelo de faldas sevillanas, gestos hendiendo el aire con arrogantes arabescos. Y los mismos olés de la plaza explotan ahora acompañados por la guitarra rasgueada por alguien de pelo largo y aceitoso, un tipo que uno diría que tiene una colilla escondida en el último rincón de sus labios. En fin, aprenderá usted a batir palmas, que es lo mismo que conocer la sístole y la diástole del corazón español.
Si nuestro visitante tiene inquietudes culturales, no se limitará a recorrer los círculos concéntricos de la playa, la discoteca, la plaza de toros y el tablao taconeado. Visitará también esa espiral que es la España patrimonio de la humanidad. Los tebeos prehistóricos de Altamira, el espectáculo circense del botafumeiro –acrobacia de orfebrería plateada–, el alpinismo místico de la Sagrada Familia. Miradas embobadas al acueducto de Segovia, emociones romanas ante el teatro de Mérida, vuelo de luz en los vitrales de la catedral de León, esa paloma de piedra. En conclusión: la España patrimonio de la humanidad es como un diccionario muy gordo que nadie ha leído por entero.
Todo esto coronado por dos ciudades, que son las Babilonias hispánicas, y que usted seguramente visitará: Madrid y Barcelona. La capital, con su ajetreo, su voltaje muy particular, el maremágnum turístico de la Puerta del Sol y esa inmensa pista de despegue de todas la ambiciones que es el Paseo de la Castellana. El metro, los rascacielos y el Museo del Prado, adonde hay que ir a saludar sin falta a Goya y a Velázquez. Barcelona, más sutil, le ofrecerá destellos mediterráneos, un barrio gótico con un toque oriental. Las Ramblas le permitirán embriagarse de gente, de cosmopolitismo entre un jaleo de vendedores peligrosos, que lanzan al aire juguetes que completan el brillo de las estrellas. Y en el Eixample el turista se encontrará con la fantasía arquitectónica de Gaudí y esas tiendas millonarias en las que no conviene entrar, si uno no es, por ejemplo, potentado árabe o nuevo rico chino.
Las dos ciudades ofrecen al mundo el show de malabarismo de sus más gloriosos clubs de fútbol. También esto forma parte de la España pintada: el Real Madrid y el Barça. El Madrid, con ese personaje de película neorrealista italiana venido a más que es Cristiano Ronaldo: una copia, dorada por el sol de la isla de Madeira, del Ken de Barbie. Y Messi que, en sus carreras fabulosas, recuerda las habilidades prodigiosas del ratoncillo Jerry perseguido por el gato Tom. Curiosamente, ninguno de estos iconos es español, pero han sido españolizados por el ambiente de gladiadores futboleros en el cual se mueven. No obstante, quien cita a Ronaldo y a Leo podría hablar de Iniesta, de Xavi o de Iker Casillas.
Esta España pintada, que es la que todo el mundo conoce, y que representa también el espejismo que el país gusta proyectar en el exterior, funciona como una tarta de varios pisos, con varias capas de crema. Y la cobertura de Lacasitos la constituyen una serie de personajes famosos, entre los cuales se cuentan los futbolistas antes citados, pero también otros deportistas como Rafael Nadal o Fernando Alonso. Gente del cine: Banderas, Penélope Cruz y Pedro Almodóvar. Cantantes: el dinosauro Julio Iglesias, su hijo Enrique, o Alejandro Sanz. Grandes nombres de la moda: Adolfo Domínguez y Amancio Ortega. En fin, famosos planetarios, capaces de traspasar las barreras nacionales de las portadas de las revistas del corazón, seduciendo, no a un país, sino al mundo entero con sus castañuelas.
El dulce, decorado con esta cobertura de tantas famas, lo corona una parejita: el rey Felipe VI y su esposa, la reina Letizia. De forma que es como una tarta de novios rematada por este matrimonio real, que actúa como centro de todo. Quizás alguien se acuerde de las figuras reinantes anteriores: Sofía y Juan Carlos. Aquí está, pues, con algunos rasgos de caricatura, esa España pintada: una realidad nacional que todo el mundo conoce, pero que, al mismo tiempo, constituye una manera de ignorar lo que el país verdaderamente es. No podemos decir que sean mentira estos espejismos, pero encajándolos en la verdadera estructura de la nación poseen un brillo y un sentido completamente distintos.
¿Cómo se ha fabricado esa España pintada? Hay una explicación sutil, algo esotérica, y otra muy concreta, que nos permiten entender este video promocional que el país proyecta constantemente en la pantalla del extranjero. Un video de una eficacia tan intensa, que a veces da la impresión de valer también para solucionar las contradicciones de esta nación de naciones, de este Estado terriblemente plural. El espejismo que se lanza hacia el exterior podría servir también como pegamento interior. Pero, en realidad, la España pintada es un mito en el que sus ciudadanos fingen creer sólo por no desengañar con crueldad el sueño que flota en los poros y en las pupilas de los turistas.
La explicación sutil es la siguiente: España es un país muy visual, con una cultura que fabrica con soltura imágenes de alta calidad. Pensemos en Murillo, Velázquez, Goya, Picasso, Dalí, Miró y tantos, tantos otros. La nación siempre ha sabido pintar el lienzo de sí misma: los españoles saben transfigurarse en pinceladas extraordinarias. En un tiempo de flujo y reflujo de imágenes, esta genialidad para la visualización se ha concretado en una enorme capacidad de crear el cartel que puede promover el país, transformándolo en un hechizo irremediable.
Además, en la obra de artistas más recientes, encontramos ya esta capacidad de diseñar pinturas que son programas de elevada propaganda mental: piense usted en El 3 de mayo en Madrid, un vehemente panfleto político. O, como es evidente, en el mítico Guernica. Con este pasado, lo único que hay que hacer es cambiar el color de las imágenes: quitarle el gris y el negro al espectacular cuadro picassiano. Y, en el de Goya, donde está el fusilado con los brazos abiertos, poner un toro estructurado con un vuelo de banderillas. Por consiguiente, a una nación que se sabe representar a sí misma en la pintura le fue fácil organizar su presentación publicitaria a nivel mundial. En este marco el caso de Miró es muy interesante: como sabemos, uno de los carteles promocionales más conocidos de la marca España se hizo, en los años ochenta, utilizando una pintura del artista. 1 Volveremos a esta imagen poderosa, que constituye un buen ejemplo de cómo los lienzos y los carteles se dan la mano en la promoción del espejismo español.
Querría ahora darles otro motivo, mucho más concreto, para esta potencia visual de España. Después de la Guerra Civil, Franco era, de forma oficiosa, un criminal de guerra para la opinión pública de muchos países occidentales. En realidad, al dictador se le consideraba una persona non grata. Y a lo largo de los años cuarenta del siglo pasado la idea de España que tenía el europeo le convocaba, mentalmente, todo tipo de oscuridades. Sería como pensar en Siria, en Bosnia, en Ucrania, en el momento actual. Un lugar que no interesaba visitar: ese sitio donde ocurren todo tipo de infiernos.
