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"Mi nueva vida comenzó de una manera accidentada, incluso antes de que el espejo se comiera a Trey". Así empieza está original historia llena de magia, de otra magia. Al fin, distinta. A sus veinticuatro años, Bekah recibe una inesperada herencia de un desconocido, la cual incluye una enorme casa de montaña en Carolina del Norte y dinero suficiente como para vivir sin preocupaciones un año o dos. Lo que iba a ser un periodo sabático se convierte en una aventura que dará la vuelta por completo a la vida y a la visión del mundo de la protagonista. Con un tono divertido hurga en las relaciones familiares, en la búsqueda de tu lugar en el mundo y en los roles que asumimos. "Tim Pratt está en la vanguardia de la nueva generación de grandes escritores de fantasía americanos". (Jay Lake) "Entretenido y dinámico. Proporciona acción y grandes reflexiones a partes iguales de un modo muy jugoso". "Pratt exhibe auténtico talento. Un escritor a quien no hay que perderle la pista". (Publishers Weekly)
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Seitenzahl: 473
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Inicio
LOS HEREDEROS DE GRACE
Un libro de
Tim Pratt
Traducción
Roberto Pino Botella
Ilustración de cubierta
Thierry Torres Rubio
Edición y corrección
Cristian Arenós Rebolledo
Corrección de galeradas
Santiago García Soláns
ISBN 978-84-123051-2-8
Publicado en mayo 2021
Heirs of Grace – © 2014 by Tim Pratt
Published by arrangement with
International Editors’ Co. and Curtis Brown, Ltd
The moral rights of the author
have been asserted
© de la presente edición
La máquina que hace PING!
La máquina que hace PING!
Plaza Estación, 9 Bajo 12560
Benicasim - Castellón
España
www.lamaquinaquehaceping.com
(+34).670.386.111
Para Amily
Espejo
Mi nueva vida comenzó de una manera accidentada, incluso antes de que el espejo se comiera a Trey.
No debería anticiparme. Antes de que mi mundo entrara en territorio imposible, digamos extremadamente extraño, este era simplemente anodino, así que permíteme explicarte las cosas con calma.
Así empezó mi nueva vida como heredera de un legado imposible: Conduciendo once horas sin parar, desde Chicago hasta las montañas de Carolina del Norte, un viejo Honda que silbaba, carraspeaba, y hacía un ruido como de molinillo de café roto cuando enfilaba las cuestas empinadas de las montañas. Nada más llegar me encontré con la pesadilla de buscar aparcamiento junto a la universidad, en el centro de Boone. Al parecer, ese día se celebraba una reunión de fin de semana de antiguos alumnos, o un festival de bluegrass en el campus, o algo similar, de modo que las calles estaban abarrotadas y todos los aparcamientos ocupados, incluso los emplazamientos más inverosímiles de dudosa legalidad. Finalmente estacioné a cinco manzanas de la oficina del abogado, en medio de una colina tan pronunciada que si hubiera perdido el equilibrio me habría precipitado como una avalancha encarnada en mujer.
Cuando al fin llegué a la oficina, exhausta, despeinada y, seguramente, oliendo a todas esas horas que había pasado en la carretera, una pequeña y amable mujer blanca, al estilo de una abuelita que mira la televisión en la sala de estar, me sonrió y me dijo:
—Oh, bien, ¿qué eres, concretamente?
Solo pude quedarme parpadeando, mirándola. No suelo hablar con desconocidos en las salas de espera, ni siquiera en las salas de espera acogedoras y llenas de muebles de madera oscura como esta, pero cada cual tiene sus propios límites. Busqué en vano una recepcionista para no tener que hacer caso a la anciana ofreciéndole una sonrisa algo confusa, y así poder seguir con mis asuntos, pero en el escritorio de la entrada no había nadie y las dos puertas que daban al interior de la oficina estaban cerradas. Puse una cara amable y dije:
—No sé lo que quiere decir.
La anciana me hizo un gesto vago. Llevaba unos guantes blancos que se correspondían con su forma de vestir, pero iba vestida de forma más apropiada para ir a tomar el té, o la iglesia, que para estar ahí sentada. Me aclaró:
—¿Eres alguna clase de mexicana?
Eso era una novedad. A veces en los formularios marco «Otro» y a veces marco «Isleña del Pacífico», a menudo otras personas marcan “Negra” (así son mis padres adoptivos y, casi seguro, también algunos de mis antepasados biológicos), pero nunca me habían identificado como «alguna clase de mexicana».
Bienvenida al Sur, claro. Llevaba poco tiempo en esta parte del país y la primera persona con la que hablé en mi nuevo hogar provisional no consiguió que esperara con ansias futuras interacciones humanas.
—Claro —le dije—. Alguna clase de mexicana. Buenos días y vete a la chingada.1
—Qué forma de hablar más interesante —mostraba unos dientes tan rectos y blancos que tenía que habérselos comprado en una tienda.
La puerta que había a la izquierda se abrió, y un viejo de pelo cano y traje gris asomó la cabeza y dijo:
—June, ¿podrías...? ¿Y ahora a dónde se ha ido? —me miró un instante, luego a la anciana, a la cual le dijo—: Doris, estoy contigo en un minuto, me sabe mal que te quedes ahí sentada. No sé adónde ha ido esa chica —giró la cabeza y me miró sin salir de detrás de la puerta—. ¿Puedo ayudarle, señorita...?
—Soy Rebekah Lull. Tengo una cita...
Justo entonces una joven delgada con vestido verde pálido entró, procedente del pasillo, abriendo los ojos al mirar la sala. Pronunció un ¡Oh!, corrió hacia el escritorio y empezó a hojear una agenda a la antigua usanza, impresa en papel.
—Lo siento, lo siento, solo estaba... —se ruborizó tanto que sus orejas se pusieron rosadas. Hubiera sido tierno si no se hubiera mostrado tan aterrorizada. Debía tener veintiún o veintidós años, no era mucho más joven que yo, pero parecía que acababa de entrar en el instituto. Miró al viejo, quien asintió, y luego miró a Doris y dijo:
—Puede entrar, el señor Howard le atenderá en seguida.
Así que el viejo era el señor Howard, el abogado al que había venido a ver. Que le jodieran por dar dos citas a la misma hora. Había fundido los neumáticos para llegar a tiempo tras salir de Chicago un día después de lo planeado —el regalo habitual tras una fiesta de despedida es la resaca, y necesité el día de ayer para recuperarme—, ¿quizá la abuelita racista se estaba saltando su turno?
Doris se tomó su tiempo para recoger su bolso y levantarse de la silla, luego pasó junto a mí, rumbo a la puerta que el viejo le mantenía abierta de forma caballerosa y paternalista, lo cual quizás Doris apreciaba. Al pasar junto a mí, me susurró:
—Me encanta la música mariachi —y se fue dejándome esa útil información, además de los ojos llorosos por la intensidad de su nube personal de perfume de lavanda.
Doris y el viejo Howard entraron en la oficina y la puerta se cerró. Me acerqué al escritorio de June y, aunque debería haber sentido algún tipo de afinidad con ella como compañera que lucha, tanto como puede, contra las constricciones del kiriarcado y todo eso, le lancé esa mirada mortal que aprendí de mi madre y le dije:
—Soy Rebekah Lull. Tengo una cita con el señor Howard. Ahora mismo.
Se alteró, en realidad parecía un conejo que miraba como se le acercaba un zorro rebosante de confianza, y hojeó la agenda, y luego se relajó visiblemente.
—Quiere decir con Trey. Un momento —se dirigió a la otra puerta, la que estaba a la derecha de su escritorio, y golpeó el vidrio—. Trey, quiero decir, señor Howard, su cita de las cuatro treinta está aquí.
La puerta se abrió y apareció un hombre sonriente que vestía camisa blanca y tirantes. Era la primera vez que veía a alguien menor de cuarenta años llevando tirantes de un modo, seguramente, no irónico, y pantalones negros bien planchados. De repente me sentí más desarreglada que antes, y deseé encontrar tiempo para cambiarme los vaqueros y la sudadera del Instituto de Arte de Chicago que llevaba. Soy capaz de ligármelos, y de pasar de los chicos, pero cuando tienen la pinta de mi nuevo abogado, ligárselos parece mucho más apetecible. Era, claramente, un pariente del viejo señor Howard, ya fuese su hijo o nieto y, además, parecía bastante mayor como para ser un estudiante de posgrado. Era guapo, al estilo de un ex deportista rubio y robusto. Teniendo en cuenta mis quejas sobre el racismo en las salas de espera, no debería admitirlo, pero soy tan proclive a pensar mal como cualquiera, y de entrada le opuse resistencia a mi atracción porque probablemente sería un creído que pertenecería a alguna fraternidad, en el estado embrionario del tipo viejo amigo de la red, en la cúspide de su metamorfosis total. Me gustan los hombros anchos, pero tienen que estar pegados al tío adecuado.
—Señorita Lull —abrió más la puerta y se echó a un lado—. Por favor, pase a mi oficina.
—Gracias, June —le dije a la recepcionista, quien se sorprendió, probablemente no estaba acostumbrada más que a ser ignorada o tratada mal, así que asintió y bajó la vista hacia su escritorio después de mirar de refilón. Me pregunté si el señor Howard, el joven, se dio cuenta de cómo le miró. Con toda la reverencia maravillada de una cavernícola mirando el fuego.
Él era claramente su tipo. Dejando a un lado mis reservas, podía entenderla.
Entré en la oficina, era pequeña y estaba presidida por un escritorio de madera más viejo que el viejo señor Howard, las paredes estaban repletas de estantes que contenían los típicos tomos de jerga legal encuadernados en cuero. Sin embargo, tenía algún toque personal, y no era un balón de futbol firmado ni una foto de algún político republicano. En vez de eso, Trey tenía una hilera de vasos canopos en miniatura, alineados en el borde de su escritorio, diminutas vasijas con cabeza de águilas y chacales. Debió notar que yo los miraba, porque sonrió.
—Usted es de Chicago, ¿verdad? Los conseguí en el Museo Field hace unos años, cuando hicieron una exposición sobre Egipto.
—La vi —me senté en la silla de madera y cuero que me indicó, y él se dejó caer en el sillón de detrás del escritorio—. Cursé la universidad en la Escuela del Instituto de Arte de Chicago, justo al final de la calle del museo.
—Uf —dijo de un modo que me pareció preocupación sincera—. La mayoría de las galerías de arte de por aquí están especializadas en vender fotos de las montañas a los turistas. Puede que se quede un poco hambrienta de cultura. ¿Ha venido aquí directamente desde Chicago?
Asentí.
—Me puse en camino a primera hora de la mañana.
Silbó.
—Un largo viaje. ¿Quiere un café? ¿Agua?
—No, estoy bien —reprimí un bostezo—. Si no le importa...
—Claro, por supuesto. Al asunto. Soy Stacy Howard Tercero, pero como los otros dos abogados de aquí también son Stacy Howard, puede llamarme Trey..., si quiere llamarme de alguna manera. Tengo para usted un cheque y las llaves de la casa de los Grace, y le llevaré allí de inmediato si quiere, pero primero, ah... —puso una mueca de dolor. Mierda. Incluso dio un respingo—. Como le dije en la carta que le envié, hay algo que debemos hacer antes de que reciba la herencia.
—Una prueba.
—Lo llamé una prueba. Pero no sé si eso es lo que es exactamente. El señor Grace dejó algunas instrucciones, eso es todo, y se supone que debo seguirlas antes de entregar cualquier cosa. Probablemente se podría impugnar en el tribunal, porque las condiciones extrañas en las herencias no son tan frecuentes en la vida real como en las películas, pero la prueba debe ser bastante sencilla, así que si quiere intentarlo, podría resultar más fácil.
—No sé cómo se espera que supere esa prueba, sea la que sea. Nunca supe de Archibald Grace hasta que usted me envió la carta.
Asintió.
—¿Es usted adoptada? ¿Sabe algo de su familia biológica?
Negué con fuerza con la cabeza.
—Nada. Me abandonaron. Literalmente me dejaron, recién nacida, en una cesta fuera del hospital. Tuve suerte, fui adoptada por mamá y papá antes de mi primer cumpleaños, y siempre me he sentido su hija. Tampoco les he dedicado muchos pensamientos a esos gilipollas que me dieron la vida y me abandonaron.
Así fue, hasta que alguien que decía formar parte de mi familia biológica murió y me dejó su casa y todo lo que había en ella..., y suficiente dinero como para poder descansar de la realidad un año o dos, y averiguar hacia dónde quería dirigir mi vida.
Trey asintió.
—Bueno, esto es lo que se supone que debo hacer —sacó un papel, el cual tenía un bonito y flamante membrete, de un cajón del escritorio y comenzó a garabatear en él con un bolígrafo. Cuando terminó, me acercó el papel.
En la parte superior, con letra apenas legible, se leía: «Haz tres preguntas». Y debajo se veía un círculo con el número uno, otro con el dos y otro con el tres, cada uno en una línea.
—¿Qué?, ¿solo... cualquier...? ¿Cualquier pregunta? ¿Tienen los perros la misma naturaleza que Buda? ¿Cómo hacer que el amor perdure?
Él sonrió.
—Esas son buenas. Desearía poder darle alguna indicación, pero mis instrucciones son únicamente decirle que escriba tres preguntas.
Qué prueba más extraña. ¿Qué querría algún pariente perdido que yo preguntara para entregarme las llaves del reino, fuese lo que fuese este? Pensé en Doris y su culo racista, me eché hacia delante y escribí.
1. ¿Qué soy, exactamente?
2. ¿Por qué mis padres me abandonaron?
3. ¿Por qué has esperado a estar muerto para ponerte en contacto conmigo, gilipollas?
Le devolví el papel a Trey, quien lo examinó un instante y resopló. Golpeó la hoja.
—¿Qué soy exactamente?
—Es lo que me preguntó la vieja de la sala de espera. Dedujo que alguna clase de mexicana.
Puso una mueca de dolor. Aun así, era mono.
—Doris. Disculpa. Ella es... Bueno, podría decirse que es de otra generación, aunque mucha gente de su generación se las apaña para montárselo mejor que ella. No todos somos como Doris por aquí, señorita Lull. Espero que se quede el tiempo suficiente para poder comprobarlo.
Continué revisando la primera impresión que tuve de él. Tal vez no era tan chungo.
—Me alegra oír eso. Entonces, tiene mis preguntas. ¿Y ahora qué?
—Ahora abro esto —metió la mano en un bolsillo, sacó un llavero y abrió el cajón de arriba de su escritorio. Sacó un sobre amarillento y le dio la vuelta, revelando una firma garabateada en la solapa sellada—. Sé que es difícil de leer, pero ahí pone «Archibald Grace», su larga perdida... y todo eso. Nunca dijo qué relación tenían, al menos no a mí —Trey cogió un abrecartas y abrió el sobre, sacando un trozo de papel cebolla doblado. Lo consultó, refunfuñó, y dijo—: Qué bueno.
—¿Qué bueno? ¿Qué bueno el qué?
—Suponía que yo solo debía confirmar que las respuestas de este papel eran adecuadas a las preguntas que usted ha escrito. Y no, no tengo ni idea de por qué un viejo ermitaño como el señor Grace ha querido montar un evento de mentalismo en Las Vegas desde el más allá, pero lo ha hecho, y ha ido bien. A menos que le enviara las preguntas correctas en algún momento, como un código, para comprobar que es la persona correcta —negué con la cabeza levantando una ceja—. ¿No? Bueno... ¿Quiere leer las respuestas?
Asentí y me pasó el papel. Leí:
1. Una pregunta amplia, pero sé lo que quieres decir. Tu madre era polinesia. Tu padre era difícil de definir, pero digamos que era, en gran parte, europeo.
2. Para protegerte.
3. Lee la respuesta número 2. Y, además, por vergüenza.
Me desplomé en la silla.
—Supongo que mejor que no haya preguntado ¿Cuál es tu color favorito? ¿Cuánto tiempo lleva este sobre en ese escritorio?
—Oh, solo las últimas dos semanas. Antes estaba en una caja fuerte. El señor Grace se lo dio a mi abuelo hace casi veinticinco años, o eso me ha dicho. Yo estaba demasiado ocupado entonces jugando con camiones de juguete como para corroborar la historia personalmente.
—Tengo veinticuatro años —le dije.
—Tendría que preguntarle al señor Howard I la fecha exacta —dijo Trey—, pero supongo que fue alrededor de su nacimiento, sí.
—Imagino que él no habrá echado cuentas, pero... ¿cree que Archibald Grace era mi padre? Siempre supe que tenía un padre, un donante de esperma, más bien; papá era mi padre, pero no era algo en lo que pensara mucho.
Excepto porque ahora podría heredar la casa del donante de esperma y un montón de dinero.
Trey se encogió de hombros.
—Lo siento pero, realmente, no lo sé. Podemos ayudarle a averiguarlo, si quiere. Tal vez haya un cepillo con algunos cabellos en su casa, en la de usted, me refiero, y podríamos hacer una prueba de ADN. Era un hombre viejo, incluso hace veinticinco años ya era bastante viejo, pero eso no viene a decir gran cosa. Tal vez sea un tío, un abuelo... —negó con la cabeza—. De todos modos, esto es para usted —me pasó un sobre de una época mucho más reciente que el anterior.
Miré dentro y vi un cheque bancario con un buen número de ceros. No era dinero para toda la vida, sino dinero para un año, tal vez dos, fácil. La carta original que me había traído de Chicago me informaba de cuánto dinero recibiría, pero sostener el cheque en mis manos era diferente; parece que todo esto no era una broma elaborada.
—Vaya. Gracias.
—Esa es la parte simple de la herencia —dijo Trey—. Puede gastarla. Ahora, la parte que es más complicada de tratar. ¿Quiere ver la casa?
Me dio la dirección, pero me advirtió que mi GPS probablemente se reiría en mi cara cuando nos acercáramos, y me sugirió que siguiera su coche con el mío. Acepté y, mientras caminaba con él en la calle, esperaba encontrar un coche de lujo de alta gama o una camioneta de mierda. En vez de eso, tenía un pequeño Toyota verde que parecía un primo de mi propio coche modelo economía de universitaria. Supuse que, o bien no ganaba mucho dinero haciendo de abogado en una ciudad universitaria de montaña, o bien se gastaba el dinero en otras cosas.
Había pasado la mayor parte de mi vida en Chicago, donde el terreno tiende a ser llano y urbano, y conducir por las montañas era algo nuevo, desconocido y, a veces, aterrador. No podía asimilar el paisaje por completo: había mucha más extensión de tierra de la que estaba acostumbrada a ver, llena de pliegues que hacía que ocupara un espacio mucho menor del que debería, pero una vez que salimos de la ciudad, apenas hubo señales de presencia humana en millas a la redonda, y pasé de ver pinos por todas partes a encontrar unas vistas abiertas hacia unas montañas azules. Esas vistas a menudo iban de la mano de angostos arcenes junto a abruptas caídas, y los constructores de carreteras del lugar habían colocado las barandillas de manera bastante descuidada. Combinados con mi agotamiento, esos hechos le conferían al viaje una cierta sensación de peligro épico en algunos tramos. El lugar era hermoso, sin embargo, las montañas eran redondeadas, erosionadas, como si fueran acuarelas.
Casi no había tráfico, así que fue fácil seguir a Trey mientras me guiaba por esas carreteras sinuosas y mal señalizadas. Mi GPS siguió confirmando cada curva durante un buen rato, hasta que pasamos por un puente de madera de un solo carril; entonces su amistosa voz robótica dijo «recalculando» unas cuantas veces antes de caer en un silencio que parecía casi contemplativo.
Trey señalizó un giro hacia la izquierda donde no vi ningún camino, y su coche desapareció entre un par de rododendros tan grandes que arbustos no parecía la palabra adecuada para ellos, de ninguna manera. Sin embargo, había un camino de tierra no señalizado, tan estrecho debido al crecimiento desmedido de la vegetación que los arbustos rasparon ambos costados de mi coche. Se me pasó por la cabeza que, tal vez, me llevaba a la guarida del sádico asesino Trey... Puede que enviara cartas a chicas recién graduadas de todo el país diciéndoles que habían heredado una casa y algo de dinero, atrayendo a las más crédulas (como yo) hacía una turbia muerte. Por supuesto, él era bastante agradable, pero las chicas que han tenido una cita con un chico encantador que se convierte en un monstruo cuando las cosas no salen como él las ha fantaseado, saben que ser agradable no significa una mierda.
Por otra parte, en lo concerniente a un plan de asesinato, éste sería bastante estúpido. Mi familia sabía que yo estaba aquí, y mucha otra gente me había visto reunirme con Trey..., a menos que estuviera dirigiendo un gremio de asesinos con su abuelo, June y la vieja racista Doris (vale, de ella me lo creería). En verdad no pensé que me encontrara en el escenario de una película de terror gótica del sur, pero te desafío a que pases once horas conduciendo y luego atravieses con tu coche un muro de rododendros, sigas por un camino de tierra y no especules con cosas oscuras.
El nombre del lugar al que me dirigía no ayudó. La propiedad de Archibald Grace no estaba en el pueblo, en Boone, sino en las afueras, en una zona solitaria llamada Campamento de la Carne. Sonaba como un campamento de verano para caníbales, si bien Trey me aseguró después que la zona recibió ese nombre porque los cazadores solían acabar con sus presas allí.
Muy reconfortante.
Eché un vistazo a la pantalla de mi teléfono y me encontré con que estábamos completamente fuera del mapa, el pequeño punto azul de mi posición se desplazaba a través de una nada sin caminos. Me encontraba en una pista que no existía.
Eso cobró un poco más de sentido cuando llegamos a la cima de una colina y vi la casa en la pequeña hondonada que apareció frente a mí. Esa carretera de tierra de tres millas, en realidad, no era una carretera, tan solo era el camino de entrada a mi nueva casa.
Nueva para mí, por supuesto. La casa parecía más antigua que los árboles que la rodeaban, al menos parte de ella. Aparqué al lado de Trey, salí del coche y me quedé junto a la puerta abierta de mi coche, intentando comprender la escena que tenía delante. Trey salió de su coche y me miró, medio sonriente, esperando claramente ver cómo me tomaba la aparición de la casa de los Grace. Me acordé de esos videos donde le la gente le da limón a su bebé únicamente para ver cómo reacciona.
La casa, claramente, nació como casa de campo de madera. La estructura principal tenía dos pisos de altura y una ventana redonda en la buhardilla que se asomaba desde el vértice del techo, pero con los años se fueron añadiendo habitaciones y más habitaciones y, en aquel entonces, la casa fue ampliada hacia ambos lados, cuyas alas, desparejadas, se alejaban hacia los árboles que se agolpaban a ambos lados.
Una torre cónica se alzaba por encima del tejado. Se veía una plataforma con barandillas sobre este, y balcones en las paredes, junto a una profusión de pararrayos, veletas con forma de animales de fantasía y lo que parecían ser púas de hierro forjado puramente ornamentales. La vivienda estaba rodeada por un porche. Gran parte de este había sido cerrado e incorporado a la casa, pero quedaba una zona abierta frente a la puerta principal, con un par de mecedoras y un columpio con viejas cadenas negras de metal.
Lo que no pude soportar de la casa fue su inmensidad. Crecí en una urbanización cerca del centro de Chicago, aunque no es que nunca hubiera estado en casas grandes, tenía amigos que vivían en casas gigantes de cinco pisos en Oak Park, pero esta construcción se desperdigaba y tenía la impresión de que seguía haciéndolo allá a lo lejos. No era exactamente una casa de campo inglesa enorme, porque esas grandes mansiones que ves en la televisión están construidas de una sola vez, de forma unificada, a conciencia. Este lugar era más como una cáscara de nautilo, donde la casa se había ido haciendo cada vez más grande a lo largo de los años de un modo orgánico.
Los terrenos delanteros y laterales estaban atestados de..., bueno, chatarra, por ser amable. Electrodomésticos viejos, montones de palés de madera, bidones de aceite, montañas de varillas oxidadas enmarañadas, una antigua lavadora con polea de mano en la parte superior, neumáticos de tractor... Mi mente renunció a la idea de hacer cualquier tipo de inventario minucioso.
—Sí, es cierto, todo esto puede ser suyo —la voz de Trey fluctuaba entre divertida y apagada, y mostraba una media sonrisa que podría haber acabado en sonrisa pero, en cambio, se las apañó para que quedara encantadora. Me señaló un par de vehículos aparcados a la sombra, a la izquierda de un imponente roble: un viejo camión Studebaker, con su pintura roja desteñida hasta acabar de color rosa, y un polvoriento pero intacto roadster negro de alguna época, con la capota abierta y grandes faros abultados—. Lo último que escuché, es que ambos funcionan, aunque la camioneta parece algo ruda. Tengo los papeles para dárselos. Si quiere vender el Allard, podría sacarle bastante dinero, aunque no tanto como podría sacarle si el señor Grace lo hubiera cuidado mejor.
—Yo, solo... Esto es demasiado como para poder asimilarlo.
Trey asintió y rodeó su coche para acercarse a donde yo estaba.
—Me lo imagino. Tengo las llaves. La electricidad está conectada, y el teléfono, y he comprado unas cuantas provisiones básicas para la cocina. Si hay algo más que necesite, puede ir a la ciudad. Una vez que llegue al final del camino de entrada, su GPS debería funcionar bien; la casa en sí está en una especie de zona sin cobertura. En realidad puede tener conexión por cable aquí, lo crea o no, lo que significa que puede tener Internet. Puedo ayudarle a organizar todo eso, si quiere—. Me puso en la mano un pesado aro con llaves.
—Eh... ¿Así que esto es todo? ¿Soy propietaria de una casa?
Se rio.
—Esto es todo. Tenemos la escritura y todo lo demás en la oficina; puede tenerla cuando quiera, o podemos seguir guardándola en nuestra caja fuerte. El señor Grace contrató a mi bufete durante décadas, y nos pagó bien para asegurarse de que usted se instalara aquí, si decidía quedarse. Pero ahora que ha visto el lugar... —se apartó.
—¿Qué?
Parecía un poco incómodo. En realidad, muy incómodo, como si se hubiera tragado una avispa.
—No es asunto mío, en verdad...
—Oh. ¿Quiere saber si quiero que usted venda esta propiedad y que me envíe un cheque?
Asintió.
—Mi abuelo quería que le hiciera la oferta, pero ha estado conduciendo demasiado, probablemente no es el momento adecuado para tomar una decisión como esa.
Miré la casa. Era como algo sacado de un cuento infantil, de esos que tienen lobos que hablan con voces humanas, secretos escondidos en el ático y, puede que algún que otro fantasma.
—Lo pensaré. Pero si el señor Grace era realmente parte de mi familia, podría haber cosas en esta casa que me gustaría ver. Creo que me quedaré un tiempo. El lugar está en condiciones para ser habitado, ¿verdad?
Trey miró la imponente casa y asintió.
—Sí, lo está. No puedo prometer que todas las ampliaciones estén en condiciones... El señor Grace hizo mucho trabajo él mismo. Escuché que era un buen carpintero, pero no se preocupaba demasiado por la estética.
—Es evidente —dije echándole una mirada a la casa. Trey se rio y, mientras lo hacía, pensé en lo que había dicho. Ese misterioso Archibald Grace quizás fuese mi padre, casi seguro era un pariente secreto, y era bueno trabajando con las manos. Le gustaba hacer cosas. Eso era algo, era conocer una verdad de una parte de mi vida bastante falta de verdades—. ¿Cómo sería el señor Grace?
Trey negó con la cabeza, el buen humor se le fue de la cara.
—Lo vi muy pocas veces, no venía a menudo a la oficina. Mi abuelo se ocupaba de él la mayoría de las ocasiones y, habitualmente, venía él aquí. El señor Grace fue uno de sus primeros clientes. Esta no era su residencia principal, creo que no, venía y se quedaba para pasar el verano, casi todos los años, según tengo entendido.
—¡Oh! ¿Así que tenía otras propiedades? ¿Quién las ha heredado? —me preguntaba si tendría otros parientes misteriosos que estuvieran vivos y que pudieran responder a mis preguntas.
—Creo que la mayoría se vendieron, algunas se filtraron en el cheque le di, seguramente.
—Oh. Para ser una casa de verano, este lugar parece estar habitado, sin duda.
—Espere a ver el interior. Después de saber que el señor Grace había fallecido vine a dar un paseo con mi padre y un tasador para ver qué nos encontrábamos y para asegurarme de que la construcción estuviera en buen estado —señaló algunas de las dos docenas de llaves del aro que me había dado, cada una marcada con un punto de color—. Esa abre la puerta principal, y esas son las llaves de la camioneta y del roadster. En cuanto a las otras llaves... quién sabe. Hay un montón de cerraduras en la casa en las que podrían encajar —me miró muy serio—. Escuche, le dejaré que se acomode. Debe estar exhausta después del viaje. Venga a la oficina cuando quiera, mañana si puede, y nos ocuparemos del papeleo. Si quiere, puedo venir y acompañarla a ver los terrenos y contestar cualquier pregunta que tenga.
—¿Los terrenos? ¿De cuánta extensión estamos hablando?
—Cuarenta y dos acres. La mayor parte es bosque, y gran parte es escarpada y de difícil acceso, pero puedo mostrarle los límites de la propiedad.
Por una parte no quería quedarme sola en esa extraña casa vieja, pero por otro lado estaba agotada. La primera parte ganó.
—Si tiene tiempo, ¿podría entrar conmigo unos minutos? No sé, es estúpido, pero...
Se rio.
—¿Qué?, ¿está nerviosa por tener que entrar sola en una gigantesca casa vieja que está en medio de la nada? Yo también lo estaría. Seguro. No puedo enseñársela toda, hay habitaciones que ni siquiera he visto, pero iré con usted y le enseñaré los habitáculos principales.
Subí unos escalones de madera que crujían.
—Si estuviésemos en una película, esta casa estaría embrujada —dije mirando hacia una puerta cerrada—. Un pariente desaparecido del que nunca he oído hablar me deja su casa en el bosque... ¿Cómo puede terminar eso bien?
—Si la puerta chirría de un modo siniestro ya sabes que está embrujada —dijo Trey—. Nunca falla.
De hermosos hombros y, además, divertido. Cada vez me gustaba más el tipo. Puse la llave en el pomo, lo giré y abrí la puerta, que no chirrió de forma inquietante ni mucho menos. Miré a Trey.
—Así que es una buena señal.
—Se podría decir que —me mostró una sonrisa maliciosa— yo mismo he engrasado las bisagras.
Resoplé y entré. No llegué muy lejos. Antes de dar tres pasos me detuve boquiabierta.
—Trey. Esto es una casa de alguien con síndrome de Diógenes.
Cada palmo de pared de la estancia que tenía delante estaba cubierto por estantes de madera, desde simples tableros hasta estanterías de caoba talladas que podían verse como objetos artísticos. Cada estantería estaba abarrotada y, por lo general, no de libros. Sobre las baldas, en unas paredes de cuatro metros de altura, y hasta el techo, se veían colgadas máscaras de madera, cuadros al óleo con sucios marcos ornamentados, tapices, símbolos de latón y carteles antiguos fijados con cinta adhesiva amarilla. Distintos modelos de aviones y casetas para pájaros colgaban del techo. El suelo era irregular, cubierto por capas superpuestas de finas alfombras orientales, cojines decorados a mano, y cosas horribles de piel sintética en tonos azul eléctrico que deberían estar en el cuarto de juegos de un niño.
—Más bien un museo con un conservador de gusto realmente indiscriminado —dijo Trey—. Tampoco es que haya botellas de plástico, calabazas podridas y montones de periódicos. Incluso está medio ordenado. Son tan solo... trastos.
Había, al menos, tres sofás de estilos muy diferentes en ese salón, junto a un par de sillones, dos mesas de centro y seis o siete mesillas, todas abarrotadas de lámparas, jarrones, pequeñas estatuas de piedra y flores hechas con cuentas y alambre. De un paragüero ubicado junto a la puerta emergían mangos y comencé a alzarlos e inspeccionarlos, haciendo inventario:
—Paraguas, paraguas, bastón, paraguas feo, bastón, palo para caminar bonito, bastón... —este último era extrañamente pesado, y cuando giré la perilla de latón superior, chasqueó y algo se soltó—. Espera. ¿Es esto un bastón espada? —tiré de la perilla, extrayendo quince o veinte centímetros de acero brillante de la funda negra.
—¿Haces muchos duelos? —dijo Trey.
—Y si no, este sería un buen día para empezar.
—Está bien tenerlo junto a la puerta. Nunca se sabe si vas a tener que enfrentarte al tipo de UPS.
Guardé el bastón. Al menos, si me ponía paranoica por andar sola en la penumbra sabía dónde encontrar un arma.
—Vale. ¿Me enseña el resto?
Trey me guio por la planta baja. El baño estaba limpio, bien provisto de toallas y ligeramente recargado de tazones de cristal y jabones para niños con forma de concha marina, sushi o magdalena. La cocina era enorme y sorprendentemente moderna, toda de madera blanca, plateada y amarilla. Las encimeras y la plataforma central estaban repletas de botes de cristal, saleros con formas infantiles y tarros de galletas con forma de gato, chimenea, calabaza, rana, robot, demonios gordos y otras cosas.
—H. P. Lovecraft escribió que lo más misericordioso de la mente humana es su incapacidad para establecer una correlación entre todos sus conocimientos —dije apoyándome en una encimera—. No creo que pueda establecer la más mínima relación entre todo lo que contiene esta casa.
—Si la casa es un reflejo del estado mental del señor Grace, sugiere una cierta desorganización, lo admito —abrió una puerta que daba a un habitáculo del tamaño de un vestidor o un dormitorio—. Esta es la despensa, alubias, arroz, azúcar, harina, latas, cereales, barritas... —se encogió de hombros—. No sabía qué podría querer. Lo que hay en el estante de abajo es todo lo que perteneció a su..., bueno, tío o abuelo o lo que fuera el señor Grace..., que aún no ha caducado, que yo sepa. Muchas de las etiquetas están en japonés u otros idiomas, no sé cuáles. Tenía gustos interesantes.
Me apoyé en la encimera y estiré los brazos por encima de la cabeza, para tratar de resolver algunas de las diez mil curvas del largo viaje.
—Está bien. Siempre he sido aventurera.
Abrió la boca para decir algo, entonces puso una cara extraña, como si hubiera mordido algo agrio mientras tenía una epifanía negativa, y negó con la cabeza. Cuando habló, lo hizo de forma brusca, y no estableció contacto visual.
—Los dormitorios están arriba. El dormitorio principal es el de la segunda puerta a la derecha, justo al lado del rellano —miró su reloj—. Debería volver al despacho —sacó una tarjeta de visita, garabateó un número en el reverso y me la entregó—. Ese es mi móvil. Como le dije, el señor Grace nos pagó para asegurarse de que se asentara aquí, así que no dude en llamarme si necesita algo. Avíseme cuando quiera que le muestre la propiedad.
Qué lástima. Era encantador, y había disfrutado su compañía incluso estando tan cansada, pero no estaba tan desesperada por tener un amigo de por aquí como para tratar de ganarme a alguien que sentía la necesidad de huir de mí.
Una vez se fue, cerré la puerta con llave, con cerrojos y cadenas, como la más paranoica de los habitantes de un edificio de Chicago. Toda esa ferretería me pareció muy reconfortante. Racionalizando, sabía que era menos probable que un asesino en serie me matara en un lugar tan rural y remoto que en una ciudad atestada de potenciales depredadores, pero he visto suficientes películas de terror como para tener un saludable e irracional miedo a los campesinos zombis y caníbales.
Además, no hacía falta que me matara un asesino en serie. Un asesinato aislado sería igual de grave.
Las escaleras eran empinadas y estrechas, y conducían a un pequeño rellano con una barandilla de madera de aspecto desvencijado, la cual protegía de caídas accidentales hacia el salón, que quedaba abajo. Más allá, había un largo corredor con más puertas que un pasillo de hotel. La puerta de la habitación principal estaba abierta, y cualquier persona razonable, en mi situación, habría entrado y se habría desplomado sobre el primer objeto con forma de cama que hubiera encontrado, pero yo me sentía extrañamente aturdida y sobre excitada. Mi casa. ¡Mía!, así que primero decidí echarle un vistazo a las otras habitaciones.
Accioné los pomos de las puertas, pero la mayoría estaban cerradas y, dos de las tres que se abrieron daban tan solo a trasteros comunes, repletos de cajas y máquinas de coser, maniquíes, monociclos y redes de voleibol enrolladas; el otro habitáculo era un pequeño cuarto de baño. ¿Por qué tenían cerraduras todas las puertas interiores? Mi difunto benefactor habría sido un paranoico, al parecer. Si estábamos emparentados por sangre esperaba que volverse maniático en la vejez no fuera algo genético.
A base de esfuerzo concienzudo, y por eliminación con el llavero, conseguí abrir las cinco puertas restantes: tres dormitorios con camas (enterradas entre montones de trastos), y otros dos trasteros desordenados. La ventana de uno de los dormitorios estaba tapiada con madera contrachapada blanca, probablemente una de las ampliaciones de la casa que aún no había explorado estaría construida justo al otro lado de esa ventana.
Con clase.
Contenta porque no hubiera cofres del tesoro, ni monstruos al acecho en las proximidades, fui a ver el dormitorio principal. El cuarto era enorme, casi tan grande como el salón, presidido por una gran cama con cuatro columnas intrincadamente talladas. Por supuesto que la habitación estaba abarrotada, pero no tanto como el resto de la casa, incluso había una mesilla de noche que no albergaba más que una lámpara, un vaso vacío y un reloj de pulsera que, probablemente, costaba más que toda mi carrera universitaria. A la derecha de una ventana por la que entraba la luz de sol de esa tarde de verano, un enorme armario oscuro abarcaba toda una pared, parecía que iba a conducirte a un mundo lleno de castores parlantes y tipos con pezuñas de cabra. Había un sillón recubierto de terciopelo púrpura parecido a un trono y, a su lado, una cosa más alta que yo, cubierta por una sábana blanca, apoyada en la pared de enfrente de la cama.
Tiré de la tela hacia abajo y dejé al descubierto un espejo de, al menos, dos metros de alto y un metro y medio de ancho, con un elaborado marco coronado por una intrincada representación de tamaño real de la cabeza de un león, aunque su oreja izquierda estaba astillada. Su mandíbula estaba grotescamente ensanchada, de modo que la inmensidad del espejo era la boca abierta del gran felino.
No quería sentarme en la cama, ver mi reflejo medio dormida y perder los nervios ante un allanamiento de morada, así que cubrí el espejo de nuevo. No toqué el vidrio.
Si lo hubiera hecho, quizá me hubiera dado cuenta antes de con qué estaba lidiando realmente.
Encendí la lámpara y me senté en la cama. El colchón era mullido y las mantas olían a limpio, así que me dejé caer de espaldas. Saqué mi teléfono sin muchas esperanzas pero, en cambio recibí servicio, lo cual fue extraño ya que el teléfono seguía sin mostrar la ubicación GPS, como si la propiedad estuviera en modo oculto o algo similar. Tal vez el señor Grace trabajaba para la CIA y esta era una casa franca (no, no pensaba realmente que estuviera viviendo un tecno-thriller. Aunque eso hubiera resultado más fácil, de todas formas).
Llamé a mamá y papá. Se mostraron algo escépticos sobre lo del pariente perdido, pero me apoyaron cuando quise investigar el tema y se alegraron de saber que había llegado bien. Se ofrecieron, una vez más, a venir y ayudarme a encargarse de las cosas, lo que venía a significar vender la propiedad, coger el dinero y largarnos, y yo me negué amablemente. Otra vez. Era una aventura, joder. Todavía no estaba preparada para ser responsable y pragmática. Tenía una casa mágica en el bosque e iba a ver sus encantos.
Llamé a mi mejor amigo, Charlie, pero no me contestó. Probablemente andaba preparándose para una noche urbana o llevaría durmiendo todo el día recuperándose de la última. Le dejé un mensaje: «Charlie. Caraculo. Deberías haber venido conmigo. No te puedes imaginar dónde estoy. Podrías hacer esculturas de objetos el resto de tu vida con solo la chatarra del salón».
Colgué y sentí una repentina puñalada de terrible soledad que era, o bien agotamiento, o bien perspicacia. De todos modos, me puse una almohada sobre la cara y me dormí en segundos.
Odio las escenas de sueños en las novelas y películas, son relleno. O son tan surrealistas que no tienen sentido, o el simbolismo es tan contundente que insulta a tu inteligencia. Es como si el autor te estuviera gritando: «¡este es mi tema, déjame enseñártelo!»
Pero tuve un sueño en esa cama y, a diferencia de la mayoría de los sueños, no desapareció de mi mente al despertar. De hecho, me acompaña desde entonces.
Soñé que me veía a mí misma, pero yo aparecía en blanco y negro y algo granulada, como en las películas antiguas. Era yo de bebé, de espaldas, moviendo los brazos y balbuceando. Yo, un poco más mayor, en un parque, en un columpio, riendo. Un poco más crecida, sentada en la acera junto a una bicicleta caída, agarrándome una rodilla ensangrentada. Luego, a mayor velocidad, fragmentos: mi primer día de guardería, mi primer partido de fútbol, mi primer viaje en avión, mi primer buceo en Hawái, mi primer baile escolar, mi primer beso con un chico, mi primer viaje por carretera con amigos, mi primer beso con una chica, mi primer día en la universidad, mis primeros, mis primeros, mis primeros. Un fotograma, solo una fracción de un momento, era yo, sentada en el escritorio de la oficina de Trey, escribiendo en un papel.
Me desperté, resollando, y me senté. Estaba desorientada porque mi propia cara me miraba y, por un instante no supe quién era yo, no supe decir dónde empezaba mi interior y terminaba mi exterior, y entonces me di cuenta de que era solo el espejo: la tela se había caído y estaba viendo mi reflejo. Refunfuñé y agarré el teléfono. 3:37 de la mañana. Apagué la lámpara de la mesilla, me di la vuelta y me dormí. Esta vez no tuve sueños dignos de mención.
A la mañana siguiente me atreví con el baño de abajo. La presión del agua era muy fuerte, como si me disparara una manguera de incendios, y los únicos ajustes de temperatura que las perillas permitían eran el congelamiento y el escaldamiento. Al final de la experiencia, por lo menos, quedé completamente despierta. Hice café y me comí una barrita de cereales mientras vagaba tratando de averiguar cómo acceder al resto de la casa.
Y, obviamente, había mucha más casa, pero se hizo patente que se estaba produciendo una situación de «no se puede llegar desde aquí», y me pregunté si tal vez a algunos de los anexos solo se podía entrar por puertas exteriores y no conectaban con el interior de ninguna manera. Era una forma loca de construir una casa, y no tenía pruebas de la cordura de Archibald Grace. Tendría que salir y husmear por ahí.
Además de ese enigma, había una puerta en la planta baja que no podía abrir, estrecha, en un rincón de la cocina. Estaba cerrada con un enorme candado oxidado, y ninguna de las llaves del aro la iba a abrir. Probablemente conducía a la habitación donde el viejo Archibald guardaba su colección de cabezas cortadas. ¡Ah!, bueno, nada que unas tenazas no pudieran arreglar, una vez que las hubiera encontrado.
Finalmente descubrí un pasaje que se internaba en la casa, en un rincón del salón, cuando aparté una pesada cortina negra, ¡sorpresa! Encontré una salida rectangular irregular abierta en la pared que conducía a una sala estrecha, llena de estanterías de madera oscura a ambos lados. Busqué un interruptor y lo encontré, encendió una bombilla de bajo voltaje en el techo que proyectaba una luz sombría sobre el pasillo. Me adentré y seguí adelante, y el corto pasillo me llevó a una serie de cuartos alfombrados a lo patchwork, con retales. Estas habitaciones añadidas no tenían ventanas y eran de dimensiones extrañas, con techos muy inclinados y extraños huecos, llenos de muebles tapizados y estantes independientes. Ahí se podía jugar al escondite y morir de hambre antes de que alguien se acercara a encontrarte.
Recorrí el itinerario dispuesto para caminar entre las repletas estanterías, los montones de trastos desordenados y las esporádicas colecciones de objetos claramente atesorados: una sala contenía una vitrina llena de puntas de flecha, otra estaba llena de fósiles y una tercera atestada de dedales, de todo tipo.
Entonces crucé la última puerta y parpadeé ante el repentino embate de la luz del sol. La habitación era grande, más o menos rectangular, estaba completamente vacía y tenía paredes de vidrio, También disponía de amplios tragaluces en el techo. Un solarium, un buen contraste con las oscuras y sucias habitaciones que conducían hasta aquí. Me encontraba en la parte de atrás de la casa, y el jardín trasero era una larga extensión, en suave pendiente, de prado cubierto de maleza, con una glorieta en ruinas y un gran agujero para hacer fuego circulado por rocas y rodeado de asientos de troncos. Y al final, más bosque oscuro. Sin embargo, no había árboles en las inmediaciones y cada haz de luz disponible se filtraba por los cristales, consiguiendo que incluso las motas de polvo resplandeciesen. El suelo era de madera noble clara, pulida y levemente brillante.
Fue en ese momento cuando decidí quedarme.
Porque esa habitación era el perfecto estudio para una artista. Si iba a seguir intentando tercamente crear arte lo suficientemente bueno como para mostrárselo a cualquiera, además de a mis padres y a Charlie, al menos este era un hermoso lugar para empezar a fracasar.
Mis padres siempre me enseñaron a pensar bien las cosas. Mi madre me solía decir: «No tengas miedo de saltar, pero mira primero dónde vas a aterrizar». Así que hice un repaso. La herencia me daba dinero suficiente para pagar mis préstamos para los estudios y otros gastos durante un año más, sobre todo porque no tenía que pagar alquiler. Aquí tenía todo el recogimiento que se podía tener, sin distracciones, sin ruidos, ni literales, ni psicológicos. Podría ser un respiro en mi vida, para concentrarme en dedicarme a ella. Vería cómo pasaban las estaciones, desde el fresco verano hasta el espectacular otoño, desde el nevado invierno hasta el deshielo de la primavera. Vería cómo la luz entraba en esta habitación durante un año.
Y si después de ese año todavía no había conseguido crear ninguna obra que creyera que valiera una mierda... mi padre me presentaría a su amigo conservador y conseguiría trabajo, entre bastidores, en un museo. Había muchos museos en Chicago, y sabía que mis padres estarían encantados. No hay nada malo en llevar esa clase de vida. Simplemente no era la vida que yo quería, que era hacer arte, en lugar de manejarlo. Esta era mi oportunidad de ver si podía hacer que mis sueños se entrecruzaran con la realidad sin morirme de hambre por el camino.
Necesitaba conseguir ese cheque, así que decidí ir a la ciudad. Pensé en pasar por el bufete para firmar lo que fuese y ver si tenían más llaves, tal vez alguna que abriese esa cerradura oxidada.
Volví a la zona principal de la casa. Cuando abrí la puerta de la entrada para salir me encontré en el porche con una joven morena que llevaba un vestido amarillo y un sombrero grande y flexible. Portaba una cesta llena de flores.
—¡Hola! —saludó con el entusiasmo frenético de un niño que veía pasar una cabalgata, los numerosos brazaletes de su muñeca tintinearon—. Soy Melinda. ¡Debes ser mi nueva vecina!
—¡Oh! Hola, soy Bekah. No me había dado cuenta de que tenía veci...
—¿Te importa si entro?
Pestañeé. Ser vecinos es una cosa, pero...
—En realidad, me estaba yendo...
Melinda se cubrió la boca como si hubiera sido testigo de una escena de terror espantosa. Cambié de opinión sobre la edad que pensaba que tenía, echándole algunos años más. Sus ojos bien abiertos, su gran sonrisa y su comportamiento enérgico la hacían parecer más joven, Pero, observándola un poco, pensé que andaría más cerca de los cincuenta que de los veinte.
—¡Claro! Te estás instalando, entiendo, nos pondremos al día en otro momento. Conocí al señor Grace, oh, hace años, pero no le conocí bien, ya sabe, solo para decir hola. Soy la vecina más cercana, y siempre estuve dispuesta a echarle una mano, pero nunca la necesitó, fue bastante ágil hasta el final —me acercó la cesta tanto que la tuve que apartar en defensa propia—. Mira, estas flores frescas alegrarán la casa. Si alguna vez te sientes sola o quieres que te acompañe a algo, ven a verme, estoy en la cabaña al otro lado del bosque, por ahí detrás. ¡Adiós, Bekah! ¡Estoy segura de que seremos grandes amigas! —bajó las escaleras prácticamente de un salto y desapareció por un lateral de la casa.
¿Adónde iría? ¿Había venido caminando hasta aquí desde dónde? Tal vez el bosque no era tan profundo y oscuro como parecía si la gente vivía a poca distancia. En cuanto a que fuésemos grandes amigas..., no contaba con ello. La mera proximidad no es una razón para que se dé la amistad, según mi experiencia, y no llegaba a parecer alguien místico, pero tenía una energía extraña.
Tal vez Melinda era amistosa de la misma manera que un huracán produce viento, pero las flores silvestres eran bonitas y olían bien. Volví a entrar el tiempo necesario para ponerlas en agua. Ya que aún no había encontrado un armario lleno de jarrones, me conformé con poner agua en un tarro de galletas con forma de R2-D2 y retomé mi intento de salir. Estuve tentada de poner en marcha el roadster, y perversamente dispuesta a darle una vuelta al Studebaker, pero la perspectiva de conducir un coche extraño con una antigua caja de cambios manual en estas alocadas colinas me era muy desalentadora, por el momento. En lugar de ello, me subí a mi viejo y fiel coche, cubierto de polvo, y me dirigí por el camino de entrada hacia el mundo exterior.
El viaje de vuelta a la ciudad duró solo quince o veinte minutos, y no me crucé con un solo coche hasta que estuve a una milla de Boone. No podía determinar si la vida en el campo era tranquila o es que estaba espeluznantemente aislada. El evento cultural y social que me había impedido aparcar el día anterior había terminado, y encontré sitio frente al bufete de los abogados sin ningún problema. Caminé un poco antes de entrar, simplemente para sentir el lugar, y era bastante encantador. La calle King era una mezcla de ciudad universitaria extravagante y un cínico cebo para turistas, con muchos restaurantes, una cervecería, una tienda de juegos, un antiguo centro comercial, una tienda de abalorios, un par de tiendas de libros usados y muchos cafés, ninguno un Starbucks. Vi muchos anuncios de grupos de música locales y gente que buscaba compañeros de piso, y varios de temática política y medioambiental.
No hacía mucho que había acabado la universidad, y la atmósfera de la vida en el campus era reconfortante, como un elemento conocido en una tabla periódica alienígena. Me pregunté cuándo volvían a empezar las clases (tenía que ser pronto, el verano acabaría rápido), y si la universidad tendría una facultad de arte decente. Tal vez no tuviera que trabajar en total aislamiento. Me vendría bien conocer a más personas, especialmente porque hasta ahora solo había conocido a mi abogado, que era atractivo, pero que había huido de mi presencia como si yo fuera radiactiva, y a una vecina con la que no esperaba congeniar. Crear obras de arte es lo más importante en mi vida, pero tener a alguien con quien besarse también es algo muy agradable. Hay chicos y chicas guapos en la universidad. Eso es un hecho innegable.
Volví al bufete y June me saludó por mi nombre.
—Trey me dijo que debía venir a firmar unos papeles —dije.
—Yo te ayudaré —dijo una voz. Me giré y vi al viejo del día anterior, quién había salido de su oficina como un muñeco a resorte de una caja. Su cara era solo cejas y desaprobación—. Pasa.
Su oficina estaba impecable, parecía una foto de catálogo, no un lugar de trabajo de verdad. Me hizo un gesto para que me sentara, y luego se sentó en su silla, dejando un gran tablón pulido color caoba entre nosotros.
—Soy Stacy Howard padre. Este es mi bufete. Mi nieto me ha pedido que me encargue de tus asuntos.
Pestañeé.
—Ah. ¿Por qué?
—Tendrías que preguntárselo a él. No suelo ocuparme de los trámites rutinarios, pero... —se encogió de hombros—. Se hace lo que sea por la familia, ¿no te parece? —no esperó mi respuesta—. Solo tenemos unos pocos documentos que tienes que firmar—. Me deslizó una carpeta y la abrí. Eché un vistazo para asegurarme de que no iba a firmar un poder notarial declarándome incapacitada o cualquier otra cosa melodramática de abogado-villano de cine. El señor Howard me dio un bolígrafo que parecía diseñado de acuerdo a especificaciones más estrictas que las de mi coche, y empecé a firmar donde indicaban las flechitas de las notas adhesivas.
—¿Conocía usted al señor Grace? —dije garabateando.
—Lo conocí. No muy bien. No sé si alguien en el pueblo lo conocía bien. Pero fui su abogado durante décadas, hasta que falleció.
—¿Alguna vez dijo por qué me dejaba todo?
El Sr. Howard emitió un hummm grave.
—Solo que eras una pariente de una rama lejana de la familia, y que él deseaba enmendar el hecho de haber estado ausente de tu vida. Nos encargó que te ayudáramos mientras estuvieras en la ciudad, con lo que necesitaras. Le dije que no me imaginaba que una joven, recién salida de la universidad, quisiera vivir en esa casa destartalada, en medio de la nada. A los jóvenes les gustan las ciudades, le dije, la vida y las oportunidades, pero... —se encogió de hombros—. Si quieres venderla, házmelo saber. Hay varios compradores interesados en la propiedad, algunos piensan que es un área adecuada para el progreso. Podrías convertir esa modesta herencia en una pequeña fortuna.
—En realidad, creo que me voy a quedar un tiempo —le dije—. Pero le haré saber si cambio de opinión. El señor Grace... ¿murió aquí? —si murió en la casa es lo que realmente quería saber.
—No, tenía una casa cerca del lago Tahoe. Me han dicho que murió por causas naturales.
—Tahoe. Qué bonito. ¿Quién heredó esa casa?
El señor Howard suspiró.
—Se vendió, y por mucho menos de su valor, me entristece decir. La mayoría de sus propiedades fueron liquidadas inmediatamente después de su muerte, según sus instrucciones. El dinero se destinó a saldar sus deudas, a pagar los impuestos de la herencia, etcétera —me miró fijamente, y me dio la impresión de que era un águila calva cabreada—. Puedo proporcionarte la documentación de los gastos si quieres. En cuanto al resto del dinero, recibiste lo que quedaba en forma de cheque.
Bien. No lo estaba acusando de timarme, pero claramente era de los que se toman cualquier pregunta como una crítica. Afortunadamente, el hecho de que mencionara el cheque me ofreció una salida elegante.
—Hablando de dinero, debería ir al banco.
Se levantó, y yo también, y me estrechó la mano con su garra seca de lagarto. No podía saber si le desagradaba personalmente, o si le desagradaban todos por igual, o si estaba molesto porque yo no quisiera vender la propiedad, o porque se había visto obligado a hacerse cargo del asunto de su nieto. Me pregunté de nuevo qué había hecho yo para causarle tan mala impresión a Trey que sintió la necesidad de huir de mi casa y romper nuestra relación profesional. Excepto que yo sabía que no había hecho nada... Así que, a la mierda con ese tío.
Dejé la oficina, me despedí de June con la cabeza y salí a la luz del sol.
Trey estaba apoyado en mi coche, lo cual no era una buena idea, dado lo sucio que estaba. Hoy no iba vestido con su traje de abogado, sino con unos pantalones negros y un polo negro que dejaba ver los brazos. Sonrió ampliamente cuando me vio.
—Hola, señorita Lull.
—Hola, ex abogado. ¿Quiere algo?
—Yo sí, en realidad, pero solo si tú también quieres. Ahora que ya no tenemos una relación profesional, puedo preguntarte si te gustaría tomarte una copa algún rato sin sobrepasar mis límites éticos o morales. Por supuesto, no sé si tienes un novio serio o si te gustan los hombres, pero he decidido intentarlo.
Lo miré un segundo, tratando de armar mi mirada mortal, pero no pude evitar que se me escapara una pequeña risa.
—La forma en que saliste corriendo de mi casa ayer, Trey, actuaste como si tuviera lepra o algo así. ¿Y ahora me estás invitando a salir? Quizá a algunas chicas les guste el mensaje contradictorio del hombre misterioso, pero a mí no me convence demasiado.
Agachó la cabeza, avergonzado.
—Lo siento. Ayer, en tu cocina, me di cuenta de que estaba solo en la casa de una cliente, y pensaba mucho más en lo bien que lucías cuando te estirabas que en proteger tus intereses.
Bueno... Siempre es bueno saber que la atracción era mutua, pero no iba a dejarlo salir airoso tan fácilmente.
—¿No desaprueban los dioses de los abogados el juntarse con los clientes?
Asintió.
—Sí. Exacto. Así que decidí hacer algo para solucionar el problema. Le conté a mi abuelo mis, ah, preocupaciones, y aceptó hacerse cargo de la gestión de la finca, a pesar de que en general tratamos de mantenerlo alejado de los clientes, a menos que sean tan viejos e irritables como él. Pero ahora que he eliminado el conflicto de intereses...
—Tener confianza está bien, pero podrías estar actuando con precipitación, ¿no crees? Conflicto de intereses aparte... ¿qué te hace pensar que estoy interesada?
—Únicamente una esperanza ciega y un estúpido optimismo. Dos cosas que tengo en abundancia. Pero no quisiera incomodarte, de ninguna manera. Ahora puedes decirme que no, y si lo haces no tendrás que preocuparte por si estás trabajando con un tío que te ha tirado los tejos de forma inapropiada.
—Hmmm.
Lo miré, dejando que se retorciera un minuto, y me lo pensé un poco. Siéntete libre de saltar, pero hazlo con los ojos abiertos. Era atractivo, y definitivamente había chispa, aunque faltaba por ver si esta se esfumaría o se encendería.
—Me gusta beber —le dije al final—. Y tienes la ventaja de ser casi la única persona que conozco en esta ciudad, así que no compites en un campo lleno de gente. Y, no, no tengo ningún compañero formal, y no estoy totalmente desinteresada por los hombres. No prometo nada, y me pagaré mi bebida, pero sí, puedes estar a mi lado cuando me la compre.
—¿Casi la única persona que conoces? ¿A quién más has conocido? A menos que estés contando al abuelo y a June.
—Conocí a esa mujer, Melinda...
—Ah. Claro, Melinda Sharp. Vive en una pequeña cabaña en el límite de tu finca, técnicamente supongo que eres su casera, pero firmó un contrato de alquiler de cien años o algo así con el señor Grace, y actúa como si fuera la dueña del lugar. Es un personaje.
—Tiene... mucha personalidad.
