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En medio de un marcado proceso de crisis económica en el que la ideología neoliberal se ha empoderado de la política han surgido movimientos sociales que buscan rescatar la acción política de las elites. Su presencia cuestiona el poder omnímodo de los mercados al tiempo que desvela la incompatibilidad entre el capitalismo y la democracia. Al hacerlo, reivindican la política como acción ética frente al poder, descubriendo que ni la libertad, ni la igualdad ni la justicia social prevalecen bajo una economía de mercado. La presencia de estos nuevos movimientos sociales ha supuesto tanto su criminalización como su encendido elogio. Sin duda, están en el ojo del huracán. Comprenderlos y explicarlos, desde el compromiso teórico y político afincado en las luchas democráticas, es el objetivo de este ensayo.
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Seitenzahl: 171
Veröffentlichungsjahr: 2012
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Akal / Pensamiento crítico / 14
Marcos Roitman Rosenmann
Los indignados
El rescate de la política
Diseño cubierta: RAG
Ilustración de cubierta: Santiago Jiménez Jiménez
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
© Marcos Roitman Rosenmann, 2012
© Ediciones Akal, S. A., 2012
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-3620-3
A Pablo González Casanova
Introducción
Este libro, escrito como un ensayo corto, tuvo su origen en la petición de Gloria Muñoz, directora de la pagina web Desinformémonos, para reflexionar sobre los nuevos movimiento sociales emergentes. Se trataba de dar una explicación a los llamados «indignados» y su publicación motivó comentarios, en pro y en contra. Coincidiendo con otra petición similar, la proveniente de Venezuela, concretamente del periódico Correo del Orinoco, el texto fue reescrito, incorporando las críticas.
Con este aliciente, el escrito circuló en las redes. Así, en medio de la polémica, decidí que era oportuno hacerlo llegar a militantes del 15-M, exalumnos, amigos y compañeros comprometidos en las luchas democráticas. No todos leyeron el escrito, pero entre quienes sí lo hicieron, llovieron los comentarios. De buena gana me replantee su reelaboración para dotarlo de un andamiaje teórico, cuyo objetivo ha sido contribuir al debate de las alternativas. La cercanía de las elecciones generales, convocadas para el 20 de noviembre, aconsejó no precipitar conclusiones. Era conveniente dejarlo reposar. Hacerlo daría la posibilidad de valorar mejor el alcance del 15-M, cuya corta existencia está sometida a una coyuntura de recesión, cuyo alcance y consecuencias ponen en entredicho el neoliberalismo en su andamiaje económico y en las soluciones políticas. La incertidumbre se apodera de lo político y es ahí donde cobra importancia el 15-M.
Los resultados electorales auguran tiempos difíciles. Recortes, ajustes, represión y pérdida de derechos civiles, políticos y sociales, es decir, humanos. El protagonismo del 15-M en estas circunstancias, sus éxitos o fracasos marcará la deriva de las resistencias y la emergencia de propuestas alternativas. Sin duda este es el verdadero reto del movimiento social ciudadano 15-M.
Con menos de un año de vida, mucho se ha escrito al respecto. No exageramos si decimos que son más de un centenar de libros publicados en diferentes editoriales, miles de artículos aparecidos en la red y otros cientos en revistas especializadas. Sin olvidarnos de conferencias, exposiciones gráficas, debates e investigaciones. Todo un mundo se abre en torno al movimiento de indignados. Pero, ¿qué tiene de especial?
A esta pregunta trata de responder el texto que tienen en sus manos. He concebido el 15-M y el movimiento indignados como parte de los nuevos movimientos sociales ciudadanos, enmarcados en las luchas de resistencia democrática contra el poder omnímodo de los mercados y el secuestro de la política a manos del capital financiero y las transnacionales. Sus demandas de democracia real (ya) forman parte de una necesidad, rescatar la política y su valor ético, así como refundar la ciudadanía plena basada en el ejercicio de los derechos sociales, políticos, económicos y culturales propios de una democracia radical. Esta opción se antoja como respuesta al consumidor, cuyo ejemplar más perfecto es el retorno del idiota social. Sujeto alejado de los problemas públicos y afincado en la máxima «sálvese quien pueda, pero yo el primero».
He recibido muchos aportes que, en la medida de lo posible, se incorporaron al texto que ustedes tienen en sus manos. En este sentido, le agradezco sus aportaciones a mi amigo Aldo González, biólogo molecular, cuya militancia en el 15-M fue temprana como lo fue en Chile, durante el gobierno de la Unidad Popular. Igualmente debo citar a Francisco Ochoa de Michelena, cuya acertada y afilada crítica me obligo a ver con otros ojos lo escrito. Asimismo, Antonio Gómez Liébana, activista como los hay pocos, defensor de la sanidad pública y de los derechos sindicales, me aportó comentarios inestimables. En estos agradecimientos también debo citar a Jaime Pastor, luchador incansable durante el franquismo, cuya perseverancia continúa, y a Liliana Pineda, gran novelista y militante del 15-M e Izquierda Unida. Tampoco puedo olvidar a Eduardo Fort, liberal convencido y excelente analista político, y a Paula Guerra, aguda periodista, cuyos aportes no cayeron en saco roto. Por último, agradecer a Diego y mis estudiantes que han sido los más críticos –uno de los cuales merece ser destacado por su compromiso, Santiago García-Cazorla–, y tampoco pueden faltar los ayudantes de investigación en la travesía docente: Alba Romero, Eduardo García y Talía Medina. Todos saben que sin sus aportes este texto no tendría el mismo valor.
Capítulo I
Incertidumbre y malestar
Vivimos de incertidumbre, y no puede ser de otra manera. La vida es un proceso sin caminos preestablecidos. Algo similar ocurre con el capitalismo, sus certezas no son tales. Quienes diseñan sus trazas lo saben; razón de peso para crear diques que controlen el movimiento de sus aguas. Si el nivel sube peligrosamente, abrirán las compuertas y liberarán presión. Ante todo, seguridad. La luz roja nunca se apaga, los hacedores de políticas son conscientes de ello, sobre todo quienes desde el tablero manipulan, cuando pueden, las fichas con el fin de controlar la partida.
El sistema social busca jugadores respetuosos de las reglas y, si por un casual, la partida no transcurre o se ajusta al itinerario se puede acusar al adversario de utilizar malas artes y descalificarlo. Solo en casos extraordinarios patea el tablero. Así se producen los golpes y los procesos de involución política. El capitalismo vive sobresaltado, agazapado tras las fuerzas armadas, evitando el desborde y recurriendo a la razón de Estado, siempre que es necesario.
Para legitimar el control de las aguas creó un adversario ad hoc, capaz de justificar todas y cada una de las decisiones políticas represivas. El chivo expiatorio se adjetivó como enemigo interno de la democracia representativa, al cual había que sacrificar en beneficio de una sociedad libre y sana. Durante la Guerra Fría (1948-1990) no hubo dudas, el chivo fue el comunismo y su ideario revolucionario. Hoy, el enemigo muta. Desde el ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono en setiembre de 2001, su lugar lo ocupa el llamado terrorismo internacional. Concepto ambiguo moldeable en función de los intereses políticos de Occidente y los Estados Unidos. El calificativo de terrorista puede recaer en organizaciones o personas que Occidente y los Estados Unidos consideren un peligro para su orden civilizatorio.
Desempleados, campesinos, trabajadores, jóvenes, estudiantes, mujeres, pueblos originarios, inmigrantes, afectados por las hipotecas, grupos de liberación sexual, gais, lesbianas o transexuales. Cualquiera de los apuntados puede convertirse en terrorista si las circunstancias lo ameritan.
La criminalización, ilegalización y persecución de los movimientos sociales ciudadanos forma parte de esta visión totalitaria. Así lo vive la derecha cuando habla de una alianza antisistema y antiglobalización. El pensamiento ultraconservador no duda en señalar que dicha alianza «aglutina a la izquierda que fracasó en mayo de 1968, a los que jalearon el comunismo y hoy ven con complacencia la pulsión antioccidental del islamismo yahaidista, a los antiglobalizadores altermundistas y a las distintas manifestaciones del indigenismo, populismo y fanatismo religioso […] esta alianza no es solo teoría, hay coincidencia de actuación entre Venezuela, Irán y Siria»[1].
El enemigo está en todas partes y los ojos del sistema se multiplican para controlar el más mínimo movimiento considerado sospechoso. Nunca como en la actualidad el capitalismo se sintió tan amenazado e inseguro. Sin embargo, la falta de una alternativa que le haga frente y posibilite la emergencia de un proyecto anticapitalista, democrático y liberador, le da un respiro en el corto y medio plazo. A pesar de ello, las elites dominantes tienen miedo. Las protestas se han disparado en todo el mundo, sobre todo contra el capital financiero, los bancos y la manera de encarar la crisis por los gobiernos. Hoy las movilizaciones se han generalizado, expresan un descontento planetario. Lo inesperado sucede, llegando al centro del imperio; en Estados Unidos, un grupo de jóvenes toma la Plaza Libertad en Nueva York, y su acción ejemplar se extiende por todo su territorio.
Ocupa Wall Street ha generado expresiones de protesta contra la desigualdad económica y el poder financiero en 45 de los 50 estados del país [...] Con la multiplicación de acciones en el contexto nacional y el apoyo de diversos sectores sociales continúa la dramática transformación de esta iniciativa, que al nacer estaba conformada casi exclusivamente de jóvenes blancos privilegiados. Ahora algunos ya llaman «movimiento» a este esfuerzo que empieza a aglutinar a los principales sindicatos y organizaciones sociales y comunitarias de todo tipo, elevando su perfil como nueva expresión social [...][2].
Aun así, hay que tener claro las diferencias entre las distintas expresiones de protestas. Como señala el sociólogo francés, Étienne Balibar en una entrevista concedida a Il manifesto y publicada por Rebelión.org:
Por ahora, sin embargo, los movimientos sociales a menudo operan con una perspectiva nacional. Los únicos que se han planteado el problema de construir un espacio público europeo de acción política han sido los indignados españoles, que exigen tanto poner fin a la dictadura de los mercados como la necesaria democratización de la vida pública. Por lo demás, la opción nacional parece más bien un repliegue, un signo de debilidad más que de fortaleza [...] Los indignados españoles son sin duda un movimiento social. Tienen sus raíces en el territorio, han desarrollado sus propias instituciones, han definido reglas para la toma de decisiones y, por último, han planteado con fuerza el nudo de las relaciones sociales de producción. Es posible que lo hayan hecho en un idioma que para el marxista puede resultar extraño, pero su punto fuerte es la crítica al régimen de acumulación centrado en la expropiación. Occupy Wall Street tiene en cambio todas las características de una campaña de sensibilización en torno a ciertos temas –la pobreza, la polaridad entre el 99 por 100 de la población y el 1 por 100 de los ricos– pero hasta ahora no han dado el gran salto a la acción política. Cuando pienso en los contrapoderes insurreccionales pienso, pues, en los movimientos sociales y su capacidad para desarrollar sus propias instituciones: solo en presencia de estos contrapoderes podemos condicionar y poner en crisis la dictadura comisarial, que es frágil ya que la crisis económica ha empobrecido a las sociedades. La partida, pues está abierta. Y el resultado final aún no está escrito[3].
Sin duda una aclaración necesaria. En otras regiones del continente americano se producen triunfos electorales impensables en el siglo XX. En Bolivia y Ecuador, movimientos políticos nacidos abajo a la izquierda se consolidan en el poder y con principios que se fundamentan en una noción de ciudadanía activa, Sumak Kawsay o buen vivir, en los cuales se reconocen los derechos a la naturaleza, se plantea la soberanía alimentaria y se defiende la planificación para el desarrollo con pensamiento propio. Su existencia está mal vista y son un mal ejemplo, por esta razón se les ataca. La estrategia es desestabilizar, desacreditarlos y no dejar que la experiencia se extienda como alternativa y ejemplo para otras fuerzas de izquierdas para romper con el capitalismo dependiente.
Definidos como gobiernos penetrados por el terrorismo internacional, el capitalismo transnacional y las instituciones sobre las cuales asienta su poder, acaban por justificar presiones, amparar bloqueos y legitimar golpes de Estado. Honduras es la experiencia más reciente.
En América Latina, la derecha internacional informa que en la triple frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay «aumenta la inquietud por la actividad terrorista de los grupos islamistas al ser un centro neurálgico de financiación, tanto como de la venta de armas, drogas y contrabando [...] Europa debe hacer ver que América Latina está inmersa en la amenaza de Al-Qaeda y es su objetivo». Con esta laxitud en la definición de terrorismo resulta fácil deshacerse del opositor incómodo. Baste pensar en cómo se califica la resistencia del pueblo palestino. Las presiones son continuas. Un ejemplo más en esta dirección es la respuesta de Estados Unidos y sus aliados, una vez aceptada la incorporación de Palestina en la UNESCO. El gobierno presidido por Barack Obama dio la orden de no pagar sus cuotas, generando un colapso en la organización. Mientras tanto, Israel calificó la decisión como un atentado a la paz mundial. Esta actitud de rechazo a cualquier apoyo de instituciones internacionales reconociendo al pueblo palestino su derecho a participar en ellas ha sido una constante.
He constatado –y no soy el único– la reacción del gobierno israelí confrontado al hecho de que cada viernes los habitantes de la pequeña ciudad de Bil’in, en Cisjordania, van sin lanzar piedras, sin usar fuerza alguna, hasta el muro contra el cual protestan. Las autoridades israelíes han calificado esta marcha de «terrorismo no violento». No está mal. Hay que ser israelí para calificar de terrorista la no violencia. Tiene que ser resultar embarazosa la eficacia de una no violencia que tiende a suscitar apoyos, comprensión, la complicidad de todos aquellos que en el mundo son adversarios de la opresión[4].
En época de crisis el capitalismo busca introducir cambios en su organización y estructura a fin de evitar el colapso. Sus arquitectos, ingenieros y vigilantes hacen que las piezas del mecanismo funcionen bien engrasadas y sincrónicamente. Los diques deben estar en perfecto estado de conservación. El caudal controlado, los imprevistos considerados y las grietas selladas.
Adelantarse a los acontecimientos es el trabajo de los planificadores del capitalismo. Controlar la lucha de clases alarga la vida del dominador. Pero lo imprevisible es parte de la política, el futuro no puede ser clausurado con un diseño de escritorio. Lo saben cuando utilizan modelos matemáticos de ecuaciones no lineales y lo aplican a la teoría del riesgo en lo político.
Los científicos de la teoría de sistemas pueden visualizar los efectos que diversas políticas y estrategias tendrían sobre la evolución de las ciudades, el crecimiento de una empresa o el funcionamiento de una economía. Usando modelos no lineales, es posible localizar potenciales puntos de presión crítica en dichos sistemas. En tales puntos de presión, un cambio pequeño puede producir un impacto desproporcionadamente grande[5].
El capitalismo es un orden político y responde a la voluntad de los individuos que lo articulan. Y como aprendices de brujo, los capitalistas desatan fuerzas incontrolables, disminuyendo su capacidad para absorber conflictos. De esa manera, el dique se resquebraja hasta producir un fallo generalizado. Lo que en principio podría parecer una nimiedad puede acabar cuestionando el sistema. En estas circunstancias, los llamados atractores juegan un papel destacado. Son los factores considerados desencadenantes de las crisis. Esa gota que desborda el vaso.
En Islandia, por ejemplo, «cuando el primer fin de semana de octubre de 2008, el músico Hordur Torfason, iniciador de la protesta, se plantó frente al parlamento con una cacerola y cincuenta compañeros sus compatriotas se quedaron perplejos. Enarbolaban tres demandas centrales: la dimisión del gobierno, la reforma constitucional y limpiar cargos en el Banco Central. Casi cuatro meses después, el 24 de enero, la plaza estaba llena con siete mil personas (la población de la isla es de 320 mil almas) gritando “¡Gobierno incompetente!”. Dos días después, el gobierno dimitió»[6].
Los atractores funcionan y están presentes en todos los movimientos sociopolíticos emergentes. Son los llamados acoplamientos estructurales que amplifican y someten las crisis a una tensión imprevista y muchas veces incontrolable. En Túnez, Mohamed Bou’aziz, un joven graduado de informática que trabajaba vendiendo frutas y verduras con su carro por las calles de Sidi Bouzid fue multado, impidiéndole seguir con el negocio. Carecía, pues, de permisos legales. Su protesta cobró una dimensión trágica, la rabia lo llevó a inmolarse. Fue el comienzo de la protesta social. Otros jóvenes siguieron su ejemplo y también se prendieron fuego. Pero la impotencia se transformó en revuelta, extendiéndose por todo el país. Túnez, país considerado modélico hasta el año 2009, felicitado por el Banco Mundial y el FMI, vería, en el plazo de un año, cómo su presidente Zine el Abidine Ben Alí era derrocado. No fue la pobreza, el desempleo o la represión política, ejercida con mano de hierro durante dos décadas, el punto de inflexión, el hecho que desbordó el dique fue la inmolación de Mohamed, amén de las luchas por la democracia, una organización popular activa y el hartazgo de años el principio del fin del régimen de Ben Alí.
En España, el llamado movimiento de «indignados» comenzó siendo una manifestación «marginal», adjetivada como periférica. Dos plataformas, Democracia Real Ya y «Juventud sin Futuro, sin trabajo, sin empleo, sin casa, sin miedo», se dieron cita en las calles de Madrid, un domingo 15 de mayo. Protesta minoritaria, en principio, acabó en grandes acampadas. En Madrid, Barcelona, Valencia, Pamplona, Sevilla o Bilbao, las plazas se tomaron y se convirtieron en expresión de la indignación ciudadana. Pero tampoco hubiese prendido la mecha si las fuerzas de orden público no hubiesen intervenido tratando de desalojarlos. En Madrid, la Puerta del Sol se convirtió en símbolo de resistencia. La represión se comportó como un atractor y el 15-M comenzó a tomar cuerpo. Fue una suma de factores. Nadie pudo prever cuándo ni cómo se articularon.
Resulta clarificador un proyecto realizado por el Instituto Universitario de Investigación de Biocomputación y Física de Sistemas Complejos de la Universidad de Zaragoza (BIFI). Su objetivo, encontrar los puntos esenciales de los atractores que explican el nacimiento y evolución del 15-M.
El proceso de maduración de la protesta no es lento, lineal, suavemente progresivo; al contrario: es abrupto. En los días anteriores al surgimiento del movimiento el sistema está adormecido, es muy pequeño; y en menos de seis días es capaz de aglutinar a todo el colectivo [...] El patrón de crecimiento del movimiento recuerda otros ejemplos bien conocidos de la criticalidad autoorganizada (fenómenos críticos en física, economía, avalanchas, terremotos...)[7].
Los atractores funcionan en España, Túnez, Islandia, Egipto, Chile, Israel o Estados Unidos. No podemos saber cuál será la dirección futura de las protestas, pero si estamos en condiciones de afirmar que constituyen fuerzas capaces de revertir procesos políticos, crear movimientos ciudadanos y convertirse en puntos de inflexión en las dinámicas de poder, de ahí la necesidad e importancia de conocer sus principios articuladores.
Tanto la existencia de regímenes tiránicos y autocráticos como el mantenimiento de las políticas excluyentes y represivas en los países capitalistas avanzados pasa por clausurar espacios democráticos, reprimir libertades civiles y desarticular la ciudadanía política. En esta labor, el capitalismo no tiene escrúpulos. Saca a las calles al ejército sin remordimientos. Los muertos son efectos colaterales.
La razón de Estado se enroca en una estrategia de violencia. En ella, los aparatos y cuerpos de seguridad, fuerzas armadas, policía y servicios de inteligencia ganan protagonismo. Es el comienzo de un nuevo tipo de guerra cuyo objetivo consiste en romper la cohesión social. Desarticular las redes de ciudadanía hasta lograr el control total de población es el principal fin de las nuevas políticas de seguridad democrática. Por la vía del chantaje, y con el discurso de luchar contra el terrorismo, se abre una puerta peligrosa al advenimiento de un despotismo sin restricciones ni límites.
La guerra al terrorismo –con énfasis en la «seguridad interna» que la acompaña– presupone que el poder del Estado, ampliado ahora por las doctrinas de la guerra de anticipación y liberado de las obligaciones de los tratados y las posibles restricciones de los organismos judiciales internacionales, puede volverse hacia el interior, en la confianza de que en su persecución interna de los terroristas, los poderes que reclamaba, como los poderes que había proyectado hacia el exterior no serían medidos por los estándares constitucionales ordinarios sino por el carácter siniestro y ubicuo del terrorismo en su definición oficial. La línea hobbesiana entre el estado de naturaleza y la sociedad civil comienza a fluctuar[8].
Son las bases para el nacimiento de un totalitarismo invertido, diferente del totalitarismo clásico donde
la conquista del poder no resultó de una fusión de consecuencias no deliberadas; fue el objetivo consciente de quienes conducían en movimiento político. Las dictaduras más poderosas del siglo xx fueron extremadamente personales, no solo porque cada una de ellas contó con un líder dominante de proporciones épicas, sino también porque cada sistema en particular fue creación de un líder que había llegado a ocupar esa posición por esfuerzo propio [...] Cada sistema es inseparable de su Führer o Duce. El totalitarismo invertido tiene un recorrido totalmente diferente: el líder no es el arquitecto del sistema sino un producto de él. George W. Bush no creó el totalitarismo invertido [...]. Es hijo complaciente y agraciado del privilegio, de las conexiones corporativas; un constructo de los genios de las relaciones públicas y de los propagandistas del partido[9].
