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Tres monstruos. Dos cuerpos. Un triángulo amoroso. Elver es la guardiana del peligroso bosque de los monstruos desde que una diosa la salvó de la muerte. Ahora, su piel envenena a todo aquel que toca. Sin embargo, de nada le sirven sus defensas cuando se enfrenta a Artair, uno de los insomnes, condenado a compartir su cuerpo con un espíritu maligno. Lucian habita el cuerpo de ambos cuando Artair duerme y está más que dispuesto a manipular a Elver con tal de conseguir sus oscuros propósitos. Pero Elver también oculta secretos, y tiene sus propias razones para fingir una alianza con Lucian y Artair... aunque algunos sentimientos empiezan a ser más reales de lo que ella desearía. Déjate fascinar por el triángulo amoroso de solo dos cuerpos, la oscura ambientación, la impresionante pluma y la peligrosa misión de Los insomnes.
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Seitenzahl: 447
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Para Pete, que me dio la másinesperada de todas las historias.
Salía el sol y las serpientes llevaban toda la noche chillando.
La niña había permanecido despierta escuchándolas, incapaz de dormir, como todos los demás habitantes de Puerto Víbora. Había empujado la cama para pegarla al alféizar y así oírlas con mayor claridad; sus voces eran agudas y espeluznantes, un sonido que recordaba al de un dedo mojado al arrastrarse por un cristal. Puerto Víbora se encontraba cerca y dentro del mar; los canales invadían la ciudad como las venas de una hoja, y las serpientes marinas de menor tamaño habían subido por esas vías tan convenientes hasta que todos los canales reflejaban el brillo de sus escamas azules, verdes, amarillas y negras. Aquellos días, cruzar uno de los puentes de Puerto Víbora significaba arriesgarse a que unas mandíbulas dentadas te mordieran el tobillo. Las aceras que recorrían los canales eran letales de necesidad. La ciudad estaba sitiada.
Esa mañana, durante el desayuno, por el orfanato se había extendido el rumor de que los funcionarios de la ciudad habían traído una urraca de verdad para encargarse de aquellos monstruos descontrolados; una urraca devota de uno de los doce dioses, capaz de pedirle ayuda para desterrar a las serpientes. La niña miró su cuenco de gachas de avena y se preguntó qué dios sería. Quizá la Corneja Cenicienta. El dios de la muerte podría convertir a todas las serpientes en comida para gaviotas con tan solo guiñar un ojo. O la Manada, el dios de la caza, que podía bendecir los balleneros de la ciudad con la habilidad de atrapar a esas alimañas.
En el exterior seguían los chillidos.
Por la tarde, mientras los niños se metían en las aulas polvorientas para asistir a sus clases, llegó un grupo de hombres adustos y fríos, ataviados con el uniforme de los guardias de la ciudad. Sentada a su pupitre junto a la puerta, la niña no oía la conversación entre los guardias y el administrador del orfanato, pero sí que atisbó que le entregaban una bolsita. Parecía pesada y tintineó al guardársela en el bolsillo. Cuando los guardias se fueron y el administrador le dio la espalda a la puerta, levantó la vista y se encontró con los ojos de la niña. A ella le sorprendió que el rostro del hombre, normalmente cetrino, se tiñera de rojo; después, se alejó a toda prisa. La niña se quedó mirando el suelo polvoriento que antes pisara el administrador y sintió un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza. Algo estaba pasando, y no era bueno.
Así que, cuando fueron a buscarla, no la pilló desprevenida. Ya era media tarde y los huérfanos estaban ocupados trabajando, zurciendo ropa a cambio de unos peniques. Un chico y una mujer joven entraron en el taller y examinaron a los niños durante un momento. La ropa de la pareja era tan sofisticada que los huérfanos guardaron silencio de golpe. Apenas recibían visitas, y menos de personas vestidas de seda color burdeos con hilo de oro. El chico tendría unos trece o catorce años, llevaba el pelo recogido en una trenza que le despejaba la cara y era guapo, aunque frío. Sus ojos eran de color avellana, casi ámbar oscuro, y consumían con ansia todo lo que miraban. La mujer parecía más cercana a los veinte años, y tenía la piel morena y el pelo oculto bajo un retazo de tela bordada. Ambos lucían en el centro del pecho un broche de oro puro con forma de león al que le caían rubíes de las garras, como si fuera sangre.
La niña, que, a sus doce veranos, era la mayor de la sala, se levantó frente a su pila de ropa. Le latía el corazón demasiado deprisa y notaba el aire cargado de peligro. «Da la cara sin miedo», pensó.
—¿Quiénes son? —preguntó, ya que no había personal presente. Curiosamente, el administrador había desaparecido—. ¿Qué quieren?
—Impertinente —comentó la mujer como si no le afectase mucho. Si acaso, parecía aburrida—. ¿Es que no ves con quién estás hablando?
—Acólitos de la Garra Sangrienta —respondió ella, mirando el broche del león. Notaba que los otros niños la miraban. Se aclaró la garganta—. Es lo que supongo. Pero ¿qué quiere la Garra Sangrienta de un grupo de huérfanos?
—Esta es lista —dijo el chico, que se volvió a medias hacia la joven—. Sabes que a la madre le gusta que sean listos, Dalesh.
La niña parpadeó. ¿Acaso aquellos dos eran hermanos?
La mujer dejó escapar un gruñido.
—¿De qué sirve un sacrificio si no pierdes nada con él? —dijo en un tono que daba a entender que se trataba de algo repetido muchas veces—. A nuestro señor le gusta que su comida le suplique con elocuencia, no solo que sus chillidos sean deliciosos. —Dalesh suspiró—. Pero nos pidió que los observáramos a todos. La madre nos ha encargado una tarea importante.
—Bah, no pasa nada —dijo el chico, que agitó la mano para espantar las preocupaciones de la mujer como si fueran moscas—. Tengo un buen presentimiento. Y ya sabes que la madre confía en mis presentimientos.
—Vale —respondió la mujer haciendo una mueca.
—Entonces, está decidido. —El chico sonrió, aunque era una expresión dura y quebradiza, sin calidez alguna, y le hizo un gesto impaciente a la niña—. Tú, vamos. No tenemos todo el día. Te vienes con nosotros.
La niña dio un paso atrás. A su alrededor, los otros huérfanos habían retrocedido, como si temieran que su destino se les contagiara si se le acercaban demasiado.
—No voy a ninguna parte con vosotros. —Cerró los puños—. El administrador no puede vender niños. Esto no es una aldea de mala muerte por la que podáis pasearos y llevaros lo que os dé la gana. Esto es Puerto Víbora. —Respiro hondo—. Tendréis que sacarme a rastras.
El chico suspiró.
—Si insistes…
Bajo el sol de verano, el aire vibraba con el sonido de las serpientes. Los miembros de la Guardia de la Ciudad se llevaron a la niña a rastras por las estrechas calles, procurando evitar los canales más grandes hasta llegar al Despeñasco, una enorme roca natural que sobresalía del lecho marino al final de Puerto Víbora. A lo largo de cientos de años, la ciudad había construido su puerto alrededor de la piedra. Le habían tallado escalones y colocado una plataforma lisa en la cima. Antaño, los ancianos de la ciudad habían usado el Despeñasco para vigilar por si llegaban piratas y saqueadores; en ocasiones especiales, la gente se casaba allí, y los días de festival se lanzaban flores al agua desde la plataforma. Cuando la niña llegó a la piedra, estaba rodeada de una multitud de lugareños. Guardaban silencio y la observaban a ella o a la figura que estaba encima de la piedra. La niña apenas la distinguía. El sol brillaba con fuerza detrás de aquella persona, fuera quien fuera, y la convertía en una estatua de sombras.
—¿Qué está pasando?
Había hecho la misma pregunta una y otra vez por todas las calles, en distintos tonos de indignación y miedo, acompañada por todas las palabrotas que conocía, pero ninguno de los guardias había respondido. Al llegar a la piedra, el chico de ojos crueles y la mujer llamada Dalesh tomaron el relevo.
—Hoy has recibido un gran honor —dijo el chico, que la cogió del brazo y empezó a subirla por los escalones. Era más alto que ella y no le costaba moverla. Dalesh caminaba al otro lado, sujetándola aún más fuerte—. Pronto conocerás a la madre Maura, una de las magas más famosas de toda Tlevrae. Qué suerte, ¿eh?
—¿Una urraca? —La niña se echó hacia atrás para intentar zafarse de ellos—. ¿Me estáis llevando ante una maldita urraca?
Dalesh le dio un apretón fuerte en el brazo.
—Te recomiendo que no digas eso delante de la madre —respondió sin alzar la voz—. No aprueba ese apodo. Si no le muestras respeto, te arrepentirás.
—Aunque no durante mucho tiempo —añadió el chico, medio riéndose.
Ya habían llegado a lo alto del Despeñasco. El mar se extendía ante ellos, de un azul oscuro intenso a lo lejos, pero de agitadas aguas blancas y verdes bajo la piedra. La figura dio un paso adelante y alargó una mano pálida con uñas rojas para agarrar la muñeca de la niña. Ella sintió que la abandonaban las fuerzas. Allí estaba completamente indefensa.
—¿Es esto lo mejor que habéis encontrado? ¿Una granujilla andrajosa? Esto no es más que un aperitivo para nuestro señor. —La voz de la mujer era profunda, como el ronroneo de un animal grande y mortífero—. Darle algo que no lo satisfaga es peligroso. No debería tener que recordároslo.
La niña hizo acopio de valor para levantar la cabeza y mirar a la mujer cuyas uñas se le clavaban en la carne. Era alta e imponente, con pómulos marcados y una cascada de pelo caoba que le bajaba por la espalda, en parte suelto y en parte recogido en todo tipo de trenzas. Un solo mechón blanco le partía de la sien y se perdía entre el caos de su cabello. Vestía túnica escarlata y en la frente lucía una banda dorada con una garra de rubí engarzada en el centro. Sus ojos eran de un penetrante verde amarillento.
—Es la elección adecuada —decía el chico, que rebosaba confianza—. Estoy bastante seguro, madre. Es atrevida y lista, y una fierecilla. No es una pusilánime. Si se le permitiera continuar con su vida, no me cabe duda de que haría algo importante. ¿No cree que eso le parecerá delicioso a nuestro señor? Ofrecerle tanto potencial… Será más que suficiente para alimentar el hechizo.
—Eso lo decidiré yo —le espetó la madre Maura mientras arrastraba a la niña hasta el borde del Despeñasco. Bajo ellas, las serpientes de mar se retorcían presas de un frenesí famélico, y el sol les arrancaba destellos dorados y plateados a sus escamas—. ¿Las ves, niña? —preguntó la madre Maura, que frunció los labios al asomarse al borde—. Sucias alimañas jih. Sucios monstruos. Llevan semanas interrumpiendo el comercio de la ciudad. Por no mencionar las vidas perdidas. Once muertos, creo recordar. —La mujer sonrió, dejando al descubierto unos dientes blancos y perfectos—. Once vidas que solo han servido para llenarle la tripa a una sierpe. Un despilfarro. Pero tú, mi querida niña, vas a salvar la ciudad. Servirás para algo. Cuando las serpientes te hagan pedazos, mi señor devorará y saboreará tu vida, y después me entregará a mí las migajas de su poder para desterrarlas.
La niña abrió la boca y se obligó a formar la palabra que deseaba decir.
—Suéltame.
La madre Maura se rio. La agarró por la pechera de la camisa y la puso tan cerca del borde que notaba el vacío a su espalda. La maga se inclinó hacia ella con el brazo estirado y la niña tembló de pies a cabeza. Lo único que la mujer tenía que hacer era soltarla, y ahí se acabaría todo, caería al mar como un guijarro lanzado con indolencia a un estanque. Miró detrás de la madre Maura y vio que los acólitos lo observaban todo con atención. Dalesh parecía algo incómoda, como si aquello le resultara de mal gusto, pero el chico estaba embelesado; se le notaba el entusiasmo en los ojos.
—Mi señor, la Garra Sangrienta —decía la madre Maura, cuya voz se alzaba por encima del rugido del mar y los chillidos de las serpientes—, acepta esta vida llena de potencial, disfruta de ella y concédeme tu favor.
La mujer se vio envuelta en un halo, como la neblina provocada por el calor en una carretera durante un día asfixiante. A Maura le brillaron los ojos como si fuera un gato y, por un momento, a la niña le dio la impresión de que había algo más con ellas; algo enorme y poderoso que apestaba a sangre.
—¿Cómo te llamas, niña?
—Elver.
Por un momento, la niña se preguntó si decir su nombre la salvaría de algún modo; si, una vez dejara de ser anónima, la maga le demostraría piedad.
La mujer se rio.
—Adiós, Elver.
La madre Maura la soltó y la niña cayó al mar.
Tras la horrenda sensación de caer a la nada, se golpeó contra una masa de cuerpos duros y fríos. Fue como si el mar mismo hubiera desaparecido; había caído en un país hecho de serpientes, una tierra sólida de siseos y escamas que parecían monedas de plata batida. A Elver se le cayó una sandalia, vio sangre en el agua, y después sintió un dolor inimaginable en el vientre. Una enorme serpiente de mar amarilla la rodeaba con sus mandíbulas y le clavaba los dientes largos y punzantes en la carne. No había ni aliento ni espacio para gritar. Al cabo de otro segundo, tiraban de ella hacia abajo, la sumergían en el mar negro y los cuerpos retorcidos, y la luz moteada del sol se alejaba de ella; el mundo humano quedaba atrás.
«Estoy muerta —pensó—. Estoy muerta».
Sin embargo, de repente, algo distinto empezó a fluirle por las venas, algo frío y oscuro que se comió la sangre roja y la sustituyó por veneno. Los párpados le temblaron un par de veces con un extraño escalofrío que le recorrió el cuerpo justo cuando exhalaba su último aliento. Al abrir de nuevo los ojos, se le reveló la vida interior del mar en una titilante aureola de colores, y la enorme cabeza de la serpiente amarilla flotaba frente a ella. Cuando la criatura habló, su voz le sonó dentro como si fuera una campana.
—Bienvenida a casa, mi niña venenosa.
Cinco años después
Las campanadas del alba que brotaban de la Torre Dorada de la Mañana Perpetua sonaban tan fuerte que te pitaban los oídos; tan fuerte como para despertar a los muertos. Y así debía ser, dado que era de vital importancia que todos los insomnes que habitaban el monasterio en aquel momento estuvieran completa y absolutamente despiertos.
Y, de repente, Artair lo estaba.
Se despertó como siempre, sentado muy recto en una silla, frente a la ventanita con barrotes de su celda, sin recordar ni haberse sentado allí ni haber movido la silla. El otro lo había hecho. La taza de arcilla que usaba para beber agua y té estaba destrozada, hecha añicos en el suelo. Por la mancha de humedad de la pared de yeso, supuso que el otro la había lanzado en uno de sus salvajes ataques de ira.
Hizo una mueca al notar el dolor de siempre en la espalda (aunque fuera por una vez, le habría gustado que el otro se hubiera pasado la noche en la estrecha cama, en vez de paseándose por la habitación o sentado en la silla) y se levantó, se estiró y se lavó la cara en la palangana de agua fría. Llevaba despertándose al alba desde niño y estaba acostumbrado al estricto horario de la Torre Dorada. Aun así, miró con anhelo la cama, con sus mantas y su almohada sin tocar. Quizá pudiera tumbarse un momento y descansar hasta que el hermano Benzin hiciera la comprobación matutina… Sin embargo, los insomnes solo podían tumbarse y descansar en las horas asignadas a tal efecto. Al fin y al cabo, siempre cabía la posibilidad de que el otro apareciera. Si eso sucedía, era imposible predecir el resultado.
Un recuerdo oscuro, siempre al acecho, le asomó a la consciencia: el olor asfixiante del humo, el sabor a carne quemada en el aire… Artair se echó más agua fría en la cara para ahuyentar los pensamientos.
—La torre se sustenta en la vigilancia —murmuró.
Había un espejito encima de la palangana de agua, aunque estaba combado por los años y un poco desteñido en una esquina. Artair se miró en él y se buscó en la cara algún rastro del otro, como hacía casi todas las mañanas. Parecía imposible que unos segundos antes otra persona hubiera estado mirando a través de sus ojos castaños, que otra inteligencia hubiera movido sus labios para sonreír, fruncirlos o gritar. Su rostro seguía resultándole familiar: una nariz larga y recta, mandíbula fuerte y una fina cicatriz que le cruzaba la ceja derecha (no resultado de la violencia del otro, sino de un accidente con los bastones de madera con los que entrenaban los novicios por las tardes). Unos ojos castaños le devolvieron la mirada, con la combinación habitual de curiosidad y determinación. Tenía el pelo oscuro revuelto y enredado, como si el otro se hubiera pasado la noche alborotándolo, pero eso podía arreglarse con un peine y un cepillo. Al menos, esta vez no se lo había arrancado a tirones.
—¡Buenos días, Artair! —saludó el hermano Benzin, asomándose a la pequeña abertura de la puerta. Era un hombre amable y rubicundo de barba gris que siempre llevaba la túnica blanca de la orden manchada de hierba. Cuando era posible, Benzin prefería trabajar en los huertos y jardines—. ¿Estás con nosotros?
Artair se presentó ante la puerta para recitar el verso del día. Cada día recibían uno distinto, de modo que los hermanos y las hermanas del monasterio supieran con certeza con quién trataban.
—El pez plateado nada a donde quiere, el tejón escarba hasta donde la colina lo lleve.
—Sí, sí, bien. —La puerta se sacudió cuando Benzin la abrió con las llaves que llevaba colgadas del cinturón—. Es un poco simple para mi gusto, pero la hermana Rosea ha recibido un libro de poemas nuevo de una tienda de Puerto Víbora y me temo que está encantada con él. —La puerta se abrió y el hermano Benzin se hizo a un lado—. Prepárate para más combinaciones estimulantes de gato y pato o, no lo quieran los Doce, río y frío. Madre mía, cómo tienes el pelo. ¿Una noche movidita?
Artair sabía que no era una pregunta de verdad. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a saber lo que hacía el otro? Pero se ruborizó de todos modos.
—¿Salía mucho ruido de mi celda?
El hermano Benzin se encogió de hombros y después le dio una palmadita cariñosa en el hombro.
—Salen ruidos de todas las celdas todas las noches, mi querido amigo. No le des más vueltas. Tras tus meditaciones y ejercicios matutinos, quiero que me ayudes en los huertos. ¿Te parece bien?
Cuando Benzin se marchó para seguir con su circuito por las celdas de la torre, Artair regresó a su habitación, mojó el peine y se pasó unos cuantos minutos intentando domarse el pelo. Tenía una sombra de barba en la mandíbula, pero todavía no la suficiente como para acudir a la hermana Rosea para que lo afeitase; las cuchillas afiladas estaban expresamente prohibidas en las celdas de los insomnes. Después de hacer todo lo posible por estar presentable, barrió los restos de la taza rota y depositó los fragmentos en la mesita de madera de la esquina de la habitación. Fue entonces cuando vio que se había usado uno de los trozos afilados de arcilla para grabar un mensaje en su superficie. Las palabras eran toscas e irregulares, como si el autor solo hubiera tenido unos minutos para escribirlas, en vez de una noche entera.
DÉJAME SALIR
—Nunca —dijo Artair. Recorrió con los dedos las palabras grabadas y pensó: «Esto lo han hecho mis manos»—. No te dejaré salir nunca.
Elver rompió el hielo verde de la superficie del estanque con el pie descalzo y saboreó el frágil crujido que produjo al meterse hasta los tobillos. Por la noche había llegado una ola de frío y, en aquella zona más profunda y oscura del Bosque de los Jih, raro era el día que no se congelaba algo. Se metió más adentro y dejó que el agua negra helada la envolviera hasta el pecho. Desde que la Reina de las Serpientes había sustituido su sangre por veneno cuando era pequeña, el agua fría no le molestaba demasiado. Ahora era una jih, un espíritu monstruoso en el bosque de los monstruos, y había pocas cosas en el mundo natural que la incomodaran.
En medio del estanque, que era uno de los lugares acuáticos ocultos más pequeños del bosque, había una isla destartalada hecha de juncos, barro y sauces llorones atrofiados. Se dirigió despacio a ella, ya que no quería asustar a sus residentes, pero ellos estaban más en sincronía con el bosque que Elver, incluso. Apenas llevaba recorrida la mitad del camino, una cabeza erizada asomó por el matorral de juncos. Unos ojos enormes lanzaron unos destellos de luz verde azulada que iluminaron brevemente la isla.
—Hola, no te preocupes, soy yo —le dijo en voz baja Elver—. Solo he venido a ver cómo estaban los cachorros. ¡He traído regalos!
Levantó la bolsa que llevaba en la mano, y la criatura que la observaba dejó escapar un silbido grave de satisfacción.
Por su silueta, se diría que el keltraxia era una especie de zorro grande, con un hocico largo y cola peluda, pero, al verlo de cerca, se descubría que tenía el cuerpo lleno de diminutas escamas azules, salvo en los puntos en los que le crecían unas plumas rojas y naranjas. Esas plumas cubrían las orejas, así que parecían pequeñas llamitas, y de ahí procedía el nombre que le daban los humanos: oídos de fuego. A Elver le parecía un nombre estúpido. La Reina de las Serpientes la había informado de los nombres verdaderos de todos los espíritus jih del bosque.
En el agua que la rodeaba, percibía el movimiento de otras criaturas: ranas, peces y serpientes de agua, pero también espíritus jih, seres con los que compartía un vínculo de hermandad. Algo con aletas de gasa plateada y ocho ojos rojos le rozó la pierna y desapareció en un instante. Elver levantó más la bolsa y siguió andando.
La orilla de la isla estaba rodeada de un denso lodo negro que tuvo que cruzar valientemente hasta llegar a lo que, siendo generosa, se podría tildar de tierra firme. Justo al otro lado del muro de juncos, musgo y brezo veía un enorme nido de barro y palos, y, sobre él, a la hembra de keltraxia. La criatura abrió la boca y sacó la lengua para probar el aire, y las largas plumas escarlata de las orejas se abrieron como un pájaro al alzar el vuelo.
—Puedes olerlo desde el otro lado del bosque, no me cabe duda.
Elver dejó la bolsa en el suelo, junto al nido, y la abrió para que la zorra pudiera meter dentro el hocico. Los caracoles dama verde solo se encontraban en la otra punta del bosque y, como sabía lo mucho que les gustaban a los keltraxia, siempre procuraba recoger una buena bolsa cuando pasaba cerca. Mientras la zorra masticaba y olisqueaba la bolsa, Elver se asomó con cuidado al borde del nido. Dentro había un huevo todavía sin eclosionar y tres cachorros de keltraxia con aspecto de estar muy sanos. Como acababan de nacer, tenían más plumas que escamas, pero habían abierto los ojos, que les brillaban con una versión más suave de la luz de su madre. Elver alargó una mano para tocarlos. El más cercano le pegó el hocico a la palma y se la lamió con la lengua, que estaba muy áspera.
—Están muy bien —dijo, pero miró de nuevo el huevo y sintió que perdía un poco el buen humor—. ¿No debería haber eclosionado ya?
La zorra se volvió hacia ella y bajó las ardientes plumas de las orejas.
«Esa no —dijo la keltraxia con la voz que solo Elver podía oír—. Está fría e inmóvil, y no tiene la fuerza suficiente para romper el cascarón».
Elver asintió. Lo entendía (no todo lo que vivía en el bosque medraba), pero le parecía injusto. Desde las laderas meridionales del bosque, en las estribaciones que marcaban el principio de las montañas, se veían las carreteras que conducían a Puerto Víbora, y por ellas pasaba un flujo continuo de vida humana: viajeros, comerciantes, nómadas. Llegaban con carros y caravanas, a caballo o a pie. Había seres humanos amargando el mundo por todas partes, pero aquella cachorrita de keltraxia ni siquiera había tenido la oportunidad de nacer.
«Nos la comeremos —continuó la zorra—. Cuando los demás sean lo bastante mayores para digerirla».
Elver hizo una mueca. Se pasó las manos por el pelo (que era blanco como la nieve desde que la mordió la Reina de las Serpientes) y se apartó del nido. La zorra se le acercó y apoyó brevemente la cabeza encima de la suya; un saludo entre iguales.
«Los caracoles están ricos. Gracias, hermana humana».
—Ya no soy humana —respondió ella—, pero de nada, amiga mía.
Elver había construido su propio hogar junto a otra fuente de agua: el gran Lago de la Serpiente, que se encontraba en el centro del Bosque de los Jih. Había encontrado una cabaña de cazadores abandonada al borde de la arboleda y, con el tiempo, la había transformado en su refugio. Había una cama de pieles y plumas, donada por unas criaturas amables y torpes llamadas kartesh, unos monstruos con el cuerpo fornido y peludo de los osos, pero con el rostro aviar de los búhos; estaba el espejo que le había llevado un roch, un pájaro enorme con cuatro alas imponentes. Sobre un único estante guardaba su querida colección de libros robados a los viajeros o encontrados por otros espíritus jih que después se los llevaban a ella porque sabían que su hermana sentía predilección por el hábito humano de la lectura. En el lago pescaba peces, se lavaba y bebía, y de vez en cuando encontraba mensajes de la Reina de las Serpientes. En contadas ocasiones, la diosa en sí aparecía y su enorme forma dorada recorría las aguas verdes. Elver no era maga (ya que la Reina de las Serpientes no tenía ninguna), así que no podía llamar a la diosa ni pedirle favores, pero, al ser un espíritu jih, pertenecía al pueblo de la Reina y, por tanto, a la diosa le gustaba visitarla. A Elver le daba la vaga impresión de que la diosa sentía un interés especial por ella desde que la salvara del sacrificio en Puerto Víbora. La idea la incomodaba, como si todo formara parte de un tapiz más grande del que ella solo veía una esquinita. Sin embargo, sabía que la Reina la había traído de vuelta de entre los muertos, mientras que la gente de Puerto Víbora estaba deseando lanzar a una niña al mar para salvar el pellejo, y eso era razón más que de sobra para ganarse su lealtad. Entonces pensó, como solía hacer a menudo, en la maga de pelo rojo que la había sacrificado a un dios hambriento. Los humanos eran falsos, egoístas y sanguinarios. No necesitaba más compañía que la de los jih.
Se tardaba una hora en regresar andando al Lago de la Serpiente desde el nido de los keltraxia. Elver se movía por el bosque como una criatura nacida allí, deslizándose en silencio entre los matorrales, fijándose en los rastros, marcas y canciones de las aves y los animalitos. Se detuvo a la orilla de un arroyo cuando pasaba un platynus, un monstruo gigantesco cuya cabeza de reptil se alzaba sobre las copas más altas del dosel arbóreo. Le veía el enorme costado, con músculos grandes como troncos que se tensaban y relajaban bajo la piel curtida de color morado y amarillo.
Cuando llegó al lago, se quitó la ropa (una mezcla de prendas encontradas y cosidas por ella misma) y se lavó a toda prisa en el agua para quitarse el lodo negro de los pies. Una vez seca y vestida de nuevo, se dirigió a su hogar destartalado con la idea de recoger su arpón de pescar y atrapar algo para la cena. Si hubiera peces en abundancia, podría empezar a reservar algunos para el largo invierno, que empezaba a soplarle en la nuca con su aliento frío.
Sin embargo, mientras recogía el arpón, le llegó un olor acre que se le pegaba en la lengua.
Humo de leña. Un fuego humano encendido con un toque de otra cosa, puede que aceite.
Elver se volvió y, al otro lado del lago, vio un punto de luz amarillo mantecoso y una fina voluta de humo negro que asomaba por encima de las copas de los árboles. Sentada junto a la fogata había una figura con la cabeza gacha, mirando algo que tenía en el regazo.
«Intruso».
Sintió que le hervía el veneno de las venas. Un sucio ser humano allí, en aquel lugar que consideraba su hogar.
Dejó el arpón junto a la cabaña, cogió su cuchillo y se lo guardó en el cinturón. En vez de seguir el lago por el borde, se internó entre los árboles y lo rodeó hasta ver la silueta humana recortada contra el agua verde. Era una mujer de mediana edad, con extremidades largas y delgaduchas, que lucía un sombrero de ala ancha. Había una espada tirada en la arena, a sus pies, todavía dentro de la funda. El pelo de la intrusa era corto y, desde su posición privilegiada, Elver le veía la piel de la nuca. Con tan solo apoyar su mano fría y pálida en ese punto, la mujer se arrepentiría rápidamente de haber entrado en el Bosque de los Jih…
Pero no bastaba con eso.
Salió de entre los árboles, pisó con descuido la hojarasca otoñal y vio, satisfecha, que la mujer humana se volvía, sorprendida, y abría mucho los ojos. Se imaginó lo que veía: una chica de diecisiete años de una palidez alarmante con una melena blanca, ojos amarillos, y una hilera de cicatrices azuladas en el cuello, el hombro y el brazo, los puntos en los que le había mordido la Reina de las Serpientes. Una chica monstruo vestida de cuero, hueso y plumas, con un cuchillo en la mano. Por supuesto, no sabría que el cuchillo era la menor de sus preocupaciones.
—¿Quién eres?
Curiosamente, la mujer no hizo ademán de coger la espada.
—Soy la guardiana de este bosque —respondió ella, caminando sin miedo hacia la humana. Estar tan cerca de uno de ellos le aceleraba el corazón—. Y tú no eres bienvenida.
La mujer se levantó poco a poco. En el suelo, detrás de ella, había un petate muy usado y una taza de lata maltrecha con sopa.
—He oído hablar de ti. Se supone que el fantasma de una chica merodea por este lugar. Pero no eres un espíritu. ¿Vives aquí tú sola? ¿Cómo sigues viva?
Elver se rio.
—Este es mi hogar. Aquí nada me hará daño. Pero tú has cometido un grave error, humana.
—Escucha —dijo la mujer, que levantó las manos despacio, con las palmas hacia fuera—, no soy más que una viajera. Pasaba por aquí de camino a otro lugar. No es necesario…
—¿Creías que podrías pasar sin más por el Bosque de los Jih? —Hizo una mueca y, por primera vez, la mujer pareció inquieta—. Para los humanos, todo es un camino a vuestro servicio. Todo se merece que lo piséis. Un escarabajo pelotero tiene más sentido común que vosotros.
—Bueno, bueno —respondió la mujer, frunciendo el ce-ño—. No pienso permitirle esa actitud a una renacuaja como tú. Te has vuelto loca por pasarte tanto tiempo aquí sola. —Elver, asombrada, vio que daba un paso adelante y alargaba un brazo como si pretendiera acercarla al fuego—. Necesitas comer algo caliente y darte un buen baño, y puede que entonces aprendas a hablar a tus mayores con más respeto.
—Eres tú la que debe mostrar más respeto.
Tomó el brazo de la mujer y le tocó la piel con la palma extendida de la mano. La viajera dio un respingo, como si le hubiesen mordido, y fue tan fuerte que se le cayó el sombrero y dejó escapar un chillido. Elver le vio la huella de su mano en el brazo, cuya piel empezaba a ampollarse, y la desconocida cayó de rodillas junto a la fogata. Se le habían puesto los ojos en blanco.
—Te lo he dicho, humana estúpida. ¿Cómo se te ocurre hablarme como si fuera una niña perdida. El bosque de los monstruos es mi hogar?
Se arrodilló para tomarle el pulso a la intrusa. Estaba allí, aunque leve y acelerado. Cuando apartó la mano, otras dos marcas moradas con la forma de la punta de sus dedos aparecieron en la piel de la mujer. Se limpió la mano en el fondillo de los pantalones. Tocar humanos la hacía sentirse sucia, pero peor todavía era la dolorosa curiosidad que le despertaban. ¿Cómo sería tocar de forma segura a un ser humano? ¿Qué se sentiría al tocar a alguien que no retrocedía de dolor y horror? Había perdido hacía tiempo el recuerdo de aquella sensación. «Ya no eres humana —se dijo con vehemencia—. Y nunca volverás a serlo».
—No estás muerta —le dijo a la mujer inconsciente—, que ya es más de lo que te mereces.
Aunque habría sido fácil acabar con ella. Bastaría un contacto algo más prolongado con su piel venenosa o, si no le importaba ponerlo todo perdido, el cuchillo se encargaría del trabajo.
Al levantar la vista, vio que otro de los habitantes del bosque de los monstruos la miraba desde los árboles. Los pisalentos eran unos de los espíritus jih más habladores, y a este lo conocía bien.
«Saludos, guardiana del bosque. ¿Es uno de los tuyos?».
Elver notó que el calor le erizaba el vello de la nuca, pero se tragó la irritación como si fuera una piedra afilada.
—No es en absoluto de los míos. Pero, ya que estás aquí, ¿me harías un favor?
El pisalento avanzó a rastras. Una vez fuera de las sombras, se veía que era una especie de caracol bípedo de tamaño humano cuyas extremidades se movían con paso vacilante. El caparazón bulboso de la espalda era una enorme espiral.
«Puede».
Las antenas de la cabeza se alargaban con curiosidad hacia el cuerpo del suelo.
—Arrastra a esta idiota de vuelta a la carretera. No hace falta que te acerques, solo lo justo para que vea adónde tiene que dirigirse cuando despierte. —Elver sonrió al imaginarse la cara de la mujer si se despertaba en medio del recorrido y veía que tenía un tentáculo pegajoso rodeándole el tobillo. Y, por supuesto, había muchos peligros en el Bosque de los Jih. Quizá ni siquiera llegase a la carretera—. No te preocupes demasiado por las zarzas y los charcos. Tiene que aprender a no volver por aquí.
Una vez que el pisalento se hubo marchado tirando del ser humano como si fuera un saco de huesos, Elver registró las pertenencias de la viajera. Se bebió la sopa fría saboreando las hierbas y especias de allende el bosque, y se llevó un cuaderno con algunas hojas en blanco que se había caído de la bolsa; en el orfanato había libros, y era una de las pocas cosas que de verdad echaba de menos. Este parecía haberse usado para registrar los viajes de la mujer; había notas sobre Puerto Víbora, sobre una ciudad llamada Tarflin de la que nunca había oído hablar y un apartado muy detallado sobre una maga devota del dios Tisk. No había mucho más, pero la espada era bastante apañada y estaba afilada. Se la llevó con ella al otro lado del lago.
El monasterio se pegaba a la ladera de la montaña como un grupo de gírgolas a un árbol. Desde sus muros se veía el Bosque de los Jih, que cubría las estribaciones como una tupida alfombra de árboles que, en aquella época del año, ardían en tonos amarillos, naranjas y rojos… Y, más allá, se vislumbraba el brillo siempre cambiante del mar. Entre los dos se encontraba Puerto Víbora, oculta por las subidas y bajadas del terreno, de modo que las únicas pruebas de su existencia eran las nubes de humo que brotaban de sus industriosos edificios y el constante ir y venir de barcos de todo tipo. El monasterio en sí era un anexo a la torre central, donde se alojaban los insomnes durante la noche; los edificios de tejas verdes y azules lo rodeaban como niños a su aya. Detrás de los muros que daban al mar, había un huerto interior tan protegido del clima de la montaña que los monjes y las personas a su cargo cultivaban allí casi todo lo que consumían, desde manzanas y coles hasta hierbas, tanto aromáticas como medicinales.
A Artair le gustaba contemplar las vistas cuando iba del salón de meditaciones al huerto, asomándose a las diminutas ventanas que recorrían todo el pasillo. Si no prestaba atención al bullicio que siempre delataba la existencia de Puerto Víbora, le resultaba fácil fingir que no había nada más que la Torre Dorada en el mundo entero; solo las montañas, el bosque y el mar, sin personas que lo complicaran todo. Si el mundo al otro lado del monasterio estuviera vacío, sería seguro para él (para todos los insomnes) abandonar la torre.
Sin embargo, nunca lo sería. Mientras el otro morara en su interior, sería una persona peligrosa. Y pensar en el mundo exterior también era peligroso. El hermano Elthem creía que aquellos pensamientos de libertad procedían del espíritu oscuro, porque lo que los espíritus oscuros querían más que nada en el mundo era salir al ancho mundo y sembrar el caos. Los monjes los enseñaban a mantener mente y cuerpo ocupados con meditación, entrenamiento físico y tareas sencillas.
«Siempre alerta», pensó Artair.
Abajo, en el huerto, las manzanas estaban listas para caer, así que se pasó gran parte del día con los novicios más jóvenes recogiendo la fruta y tirando de carros llenos de cajas hasta la cocina del monasterio o los sótanos fríos excavados en la roca de la montaña. Por la tarde, los monjes les daban un par de horas de ocio, y ellos iban al manantial natural en la linde de los huertos. A lo largo de miles de años había abierto un pequeño estanque en la roca, alimentado por una cascada burbujeante. Ser un insomne significaba estar siempre buscando formas de permanecer despierto.
—Mis padres dicen que me visitarán después de la próxima cosecha —dijo Reah. Había llegado al monasterio hacía tan solo seis meses. Miraba abajo mientras hablaba, como si se examinase las pecas del dorso de las manos—. Sé que no queda mucho tiempo, pero… —Reah se movió en la hierba, incómoda y rígida—. No puedo creerme que no vaya a estar allí con ellos, ayudándolos. Que esté atrapada en este lugar…
Aunque no lo dijo, Artair oyó las palabras en su silencio. «Para siempre». Atrapada en aquel lugar para siempre.
—Es más difícil para ti —respondió Chessun, como si fuera evidente. Era uno de los novicios de más edad, un muchacho robusto de rizos dorados—. La mayoría descubrimos de pequeños que éramos insomnes. ¿Cuántos años tienes tú? ¿Catorce? ¿Quince?
Reah frunció el ceño.
—Catorce.
Chessun se encogió de hombros.
—Ahí lo tienes. Estabas demasiado acostumbrada a llevar una vida normal. No sabías que había un monstruo acechando en tu interior. Ahora te preguntas por qué no puedes bajar a la ciudad y comprar una barra de pan o dormir en una habitación que no esté cerrada por fuera. Es muy duro que te llegue así el… como se llame. El despertar.
—Mejorará —le aseguró Artair. Recordaba cuando lo trajeron al monasterio cinco años antes y lo desubicado que se había sentido—. Te acostumbrarás a este sitio. Los monjes nos mantienen ocupados. Y podemos recorrer los huertos.
—En casa, nuestra granja tenía veinte acres —repuso Reah, de mal humor—. Podía ir en carro a Puerto Víbora si quería. Me gustaba ir a ver los mercados. Ahorraba dinero para ir.
—Al menos aquí ya no necesitas dinero —dijo Artair.
—Ni siquiera hice nada malo, la verdad —siguió hablando ella sin prestarle atención—. Al menos, nada permanente. No puedo creerme que mis padres me hicieran esto. —Le tembló la voz y apartó la vista de los demás, deseando ocultar la expresión de su rostro—. Que me dejaran en este sitio. En una cárcel.
—No fuiste tú —dijo Artair.
—¿Qué? —preguntó Reah, mirándolo. Le brillaban demasiado los ojos, estaba a punto de llorar.
—Sea lo que sea lo que pasara, no fuiste tú. —Artair sonrió. Reah era solo tres años menor que él, pero, en ese momento, parecía tan pequeña que dolía—. Fue el espíritu maligno que llevas dentro, esa criatura que sale cuando cedes al sueño. Esas cosas las hizo él, no tú. No podemos controlar al espíritu que acecha dentro de nosotros, pero lo que sí podemos hacer es limitar el daño que provoca. Por eso vivimos aquí, en la Torre Dorada, lejos del mundo. —Pensó en las vistas desde las ventanas del monasterio, en el mar abierto que podía conducir a cualquier parte, y sintió un dolor sordo en el pecho. Pero, justo detrás de ese pensamiento, estaba el recuerdo de lo que había sucedido cuando el otro se mostró por primera vez. Humo, sangre y destrucción—. Es más seguro para todo el mundo.
—Sé que no fui yo —respondió Reah, aunque no sonaba muy segura.
Artair sabía que se trataba de una de las lecciones más difíciles de la Torre Dorada: que el otro era algo ajeno a ellos, algo malvado, por mucho que morara debajo de su propia piel. Tras cinco años en el monasterio, todavía cargaba con una culpa que le revolvía el estómago por lo que el otro había hecho.
Chessun se rio.
—Suenas como el hermano Benzin, Artair. Vamos, todavía es de día y estoy pegajoso por culpa del zumo de manzana.
Se metió en el arroyo helado y caminó hasta la zona más profunda, de modo que se mojó el fondillo de los pantalones, aunque se hubiera enrollado las perneras. Todos los novicios vestían pantalones blancos suaves y camisas amarillas, con una túnica corta de color mostaza por encima. Chessun se subió la túnica para cubrirse la cabeza como si fuera una capucha. Artair se rio.
—Gracias —dijo en voz baja Reah—. Este sitio está tan… lejos de todo…
—Al final te sentirás como en casa —le aseguró Artair, que se preguntó si de verdad sabía ya lo que significaba eso—. Vamos, antes de que encuentren más tareas para nosotros.
La tarde transcurrió gratamente hasta que Chessun decidió que quería trepar hasta donde empezaba la cascada, lo que significaba subir por encima de unas rocas resbaladizas cubiertas de musgo. Artair había empezado a caminar hacia él con la intención de disuadirlo cuando el chico grandote resbaló y cayó de vuelta al manantial, salpicando todo alrededor de él. Algunos de los otros novicios gritaron, alarmados, y unos cuantos de los más asustadizos volvieron corriendo a través de los huertos para ir a buscar a los monjes. Artair, fuerte y en forma tras tantos años de entrenamiento militar y ejercicio, sacó a su amigo del agua a rastras y lo llevó hasta la hierba de la orilla. Chessun se había raspado la sien con una roca y la sangre manaba con ganas de la herida, de modo que la túnica amarilla se había vuelto escarlata a la altura de los hombros.
—Que los Doce nos protejan. Chessun, idiota. —Artair sacudió un poco a su amigo, pero al chico se le pusieron los ojos en blanco. El miedo se apoderó de Artair—. No, no lo hagas, no hagas eso…
Reah apareció a su lado, y estaba tan pálida que las pecas le destacaban como manchas de tinta.
—¿Está bien?
—No lo sé. Creo que se ha desmayado, y si es así… Reah, vuelve al monasterio, no estoy seguro de…
Chessun enfocó la mirada de golpe. Por una fracción de segundo, sus ojos parecieron un tono más pálido que antes, y su expresión abierta y amable se transformó en otra de furia. En ese instante, el Chessun que Artair conocía desde hacía años había desaparecido. Estaba inclinado sobre un perfecto desconocido.
—Chessun, espera…
Artair retrocedió a gatas, resbalando con los pies descalzos sobre la hierba mojada, pero Chessun fue más rápido. Alargó sus manazas y lo agarró por el cuello.
—Yo no me llamo así.
Artair intentó respirar. Era unos cuantos centímetros más alto y, a pesar de que Chessun era más grande, normalmente no le costaba vencerlo, pero ahora la fuerza de su amigo procedía de un lugar distinto, más oscuro. El otro se había apoderado de él en cuanto perdió la consciencia.
—¡Estoy fuera! —exclamó el ser que habitaba en Chessun al mirar a su alrededor, al manantial y los huertos, maravillado—. Por fin. Por fin puedo salir de este apestoso charco de meados.
Tras gruñir, se levantó y lanzó a Artair de vuelta a las aguas heladas. Cuando este logró ponerse de pie, empapado, vio que Chessun se dirigía a la Puerta Roja. Los otros novicios habían huido, y unos cuantos hermanos y hermanas habían salido de los edificios y corrían hacia el insomne descarriado. Artair los oyó llamando a su amigo, pidiéndole que despertara, que regresara con ellos, pero sabía que no iba a funcionar. Los espíritus eran más fuertes cuando acababan de tomar el control; normalmente, el novicio necesitaba una noche entera de sueño para estar lo bastante cerca de la superficie como para volver.
Aun así, llamó a su amigo por su nombre mientras sentía que el pánico le aleteaba en el pecho.
—¡Chessun! ¡Vuelve!
La Puerta Roja era una de las estructuras más antiguas del monasterio, anterior a la época en la que se asentó allí la Orden de la Mañana Perpetua. Era de hierro, la capa de pintura escarlata que le daba nombre estaba ya prácticamente descascarillada y tenía unas púas afiladas en la parte superior. Estaría cerrada (porque las puertas de la Torre Dorada casi siempre lo estaban) y medía tres metros de altura. Sin embargo, eso no disuadiría a un espíritu malvado de intentar escapar.
Artair echó a correr.
—¡Chessun!
Al otro lado de la Puerta Roja había dos torres más pequeñas. Las miró mientras corría y lo que vio le revolvió las tripas: había monjes en las almenas y ya estaban colocando las flechas en los arcos largos.
No podían permitir que nadie escapara del recinto.
—¡Chessun, para!
El novicio a la fuga había llegado al pie de la Puerta Roja y recorría la superficie picada con las manos en busca de asideros. Uno de los monjes, el hermano Elthem, había llegado hasta él e intentaba apartarlo, pero Artair vio que su amigo le pegaba un puñetazo en la cara que le rompía la nariz y lo dejaba de rodillas antes de volver a concentrarse en la puerta. Los otros monjes se miraban con gesto sombrío.
—¡Te van a disparar, Chessun!
El novicio descarriado volvió la vista atrás para mirarlo.
—Regresa a tu celda, pequeño idiota, o te romperé la cara a ti también.
Artair no tenía un plan claro, solo la vaga idea de que, si llegaba junto a Chessun y bloqueaba la línea de tiro del arquero, no dispararían contra los dos. Todavía corriendo a toda velocidad, se estrelló contra su amigo y los dos acabaron contra la Puerta Roja, que dejó escapar un ruido metálico intenso y discordante, además de una lluvia de escamas de pintura y óxido.
—¡Apártate de ahí! —gritó una voz áspera que Artair reconoció como la de la hermana Rosea—. Artair, apártate de ahí ahora mismo. No hay nada que puedas hacer.
Ahora cara a cara, el chico agarró a su amigo por los hombros.
—¡Despierta, Chessun! ¡Regresa!
La criatura que habitaba al otro novicio esbozó una lenta sonrisa. La sangre del corte de la cabeza le había manchado la cara, así que parecía recién salido de un horrendo campo de batalla.
—Aquí no hay ningún Chessun. Lo he consumido. Y ahora voy a salir de aquí y haré pedazos a la primera persona que me encuentre. —Alzó la voz, gritando con voz ronca—. ¿Me oís, monjes cabrones? Tendréis las manos manchadas de sangre…
A Artair le dolían los brazos de tanto sacudirlo.
—¡Te van a matar, idiota!
La criatura lo miró a los ojos, y Artair vio algo en los de su amigo que lo sorprendió. ¿Era tristeza? ¿Resignación?
—Es mejor que una muerte lenta mirando las mismas cuatro paredes durante el resto de tu inútil vida. —Artair pensó en cómo se había despertado aquella mañana, con la vista clavada en la única ventanita de su celda—. El que llevas dentro lo sabe.
Abrió la boca para responder, sin saber bien lo que iba a decir, cuando Chessun se sacudió violentamente entre sus brazos. Del cuello del joven sobresalía una larga asta de madera cuyas plumas apuntaban al cielo azul.
—No…
El novicio descarriado cayó al suelo. A su alrededor, los monjes se acercaban hablando en voz baja, aunque Artair no oía nada de lo que estaban diciendo. Miraba a los ojos de Chessun, que parecía intentar hablar.
—¿Qué es? —preguntó. Le pareció ver que los ojos del joven habían cambiado de nuevo, que le resultaban más familiares—. ¿Estás ahí, Chessun?
Su amigo abrió la boca sin decir nada. El chorro de sangre que le manaba del cuello menguó hasta que se le paró el corazón y no fue más que un hilo.
Aquella noche, cuando el hermano Benzin lo llevó de vuelta a su celda, Artair se detuvo en el umbral. La noche había sido muy solemne. Antes de que los insomnes cenaran juntos, los monjes habían enterrado el cadáver en el extremo norte del huerto, en el lugar que reservaban para sus protegidos.
—Podían haberme dado a mí.
Benzin siguió intentando encontrar la llave correcta, dándole vueltas al llavero del cinturón.
—¿Qué dices, mi querido muchacho?
—La flecha. —Artair esperó a que el monje lo mirara—. Ha estado muy cerca. Podrían habernos dado a los dos.
—Tonterías —repuso el hermano, negando con la cabeza—. Se pasan muchas horas entrenando con esos arcos. Meses. No has corrido peligro en ningún momento, Artair.
Más tarde, cuando la luna se alzaba sobre el mar y Artair ya había desaparecido del mundo de la vigilia, otra presencia ocupó su cuerpo y le abrió los ojos. El ser que no era Artair se levantó de la cama, cogió la silla que estaba junto a la mesa y la colocó frente a la ventana, para después sentarse en ella con la vista fija en el diminuto fragmento de cielo estrellado. Tenía por costumbre contemplar el cielo nocturno para imaginarse sobre qué tierras lejanas proyectaban su luz las estrellas. Bien sabían los Doce que había poco más que hacer en aquella celda dejada de la mano de los dioses.
Entonces empezó la ira, como siempre hacía, formándole un nudo duro dentro del pecho, una opresión que palpitaba y crecía, alimentada por el pánico al encierro. Aquellas cuatro paredes, aquella cárcel… Todo estaba mal.
Las manos, que tenía sobre el regazo, se cerraron en puños.
Sabía con certeza tres cosas. Que se llamaba Lucian. Que el rostro que veía en el diminuto espejo arañado no era el suyo. Y que le habían hecho algo, que se había cometido una injusticia monstruosa, y que, cuando por fin saliera de aquella prisión, iba a hacer pedazos a sus captores, iba a quemar el mundo hasta los cimientos, obligaría a los mismos dioses a cumplir su voluntad…
Lucian se dio cuenta de que estaba de pie, y la ira le corría por el cuerpo como vino agrio. Poco podía hacer en la celda para expresar su rabia (destrozar las tazas o desgarrar las sábanas se volvía tedioso al cabo de un tiempo) y, si hería el cuerpo, tendría que soportar el dolor. Sin embargo, quizá, aquella noche se concentraría en el espejo. Le iba a costar romperlo con las manos, pero podría merecer la pena el esfuerzo. Por una noche, al menos, no tendría que mirar el rostro de un desconocido. Cruzó el cuarto en pocos pasos, desesperado por romper algo preciado, lo que fuera con tal de aliviar la furia, cuando percibió algo nuevo en la habitación. Una corriente cálida, como si hubiera llegado a una zona soleada; un aroma fuerte y familiar que le aceleró el corazón. Fue como si el paisaje vacío de su memoria centelleara y temblara. Conocía la sensación. Ya la había sentido antes, una vez, en otra vida.
Y era peligrosa.
La furia se redujo a rescoldos y Lucian se sentó de nuevo en la silla, esbozando una sonrisa muy poco propia de él.
«Algo se acerca —pensó—. Y lo usaré».
La tarde siguiente, a última hora, cuando el sol pintaba de rojo la montaña, el hermano Benzin entró en la cámara de meditaciones y se encontró con una mujer que se lavaba la sangre de los brazos en la fuente sagrada.
