4,50 €
Un análisis minucioso y accesible a todos los públicos, que ofrece herramientas prácticas para quienes se preguntan sobre el propósito de la existencia y cómo alcanzar una felicidad estable y duradera. Más que un libro de autoayuda convencional, es un testimonio sincero de transformación personal, resiliencia y autorrealización.
A partir de una experiencia personal de pérdida y crisis existencial, el autor nos ofrece un viaje intelectual en busca de respuestas, recorriendo la filosofía, la psicología y la espiritualidad para desentrañar los misterios más profundos de la existencia humana.
Desde Aristóteles hasta Viktor Frankl, pasando por el budismo, la Psicología Positiva y la Terapia Cognitivo-Conductual, se exploran las diferentes perspectivas que han intentado definir el sentido de la vida y la búsqueda de la felicidad.
Con una prosa cálida pero rigurosa, el autor invita a sus lectores a reflexionar sobre su propio camino, a cuestionar las creencias que los limitan ya descubrir que la felicidad no es un destino lejano e imposible de alcanzar, sino una construcción diaria, constante y permanente.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 286
Veröffentlichungsjahr: 2025
Los Jardines de mi Alma
Del sentido de la vida a la búsqueda de la felicidad
Escrito por:
Franklin Díaz
Los jardines de mi alma - Del sentido de la vida a la búsqueda de la felicidad
Escrito por Franklin Díaz
Published by Franklin Díaz
Todos los derechos reservados.
Diseño, maquetación y desarrollo de la portada por su autor: Franklin Díaz.
Licencia de uso para la edición digital.
Queda prohibida su difusión por cualquier medio salvo autorización expresa y por escrito de su autor, ya que se encuentra protegido por las leyes de propiedad intelectual.
Por favor respete el arduo trabajo del autor.
@Copyright Septiembre de 2025 Franklin Díaz
Tenerife – España.
Índice
PREFACIO
INTRODUCCIÓN
REGLAS BÁSICAS PARA ALCANZAR LA FELICIDAD
Regla número UNO: “Cultivar relaciones sociales significativas”
Regla número DOS: “Practicar la gratitud diariamente”
Regla número TRES: “Establecer metas realistas y alcanzables”
Regla número CUATRO: “Enfocarse en el presente en lugar de preocuparse por el pasado o el futuro”
Regla número CINCO: “Mantener un estilo de vida activo y saludable.”
Regla número SEIS: “Buscar ayuda profesional cuando sea necesario”
Regla número SIETE: "Aprender a perdonar y dejar ir el resentimiento"
Regla número OCHO: “Vive por una razón”
Regla número NUEVE: “Ayudar a otros de forma desinteresada”
Regla número DIEZ: “No dar importancia a lo que digan o piensen sobre ti”
PREFACIO
Cuando la pandemia del COVID azotó sin inclemencia a nuestra especie, se llevó consigo una de las pocas luces que aún daba brillo a mis días; mi hermano Gustavo. Poco tiempo después, mi hija encontró pareja y se fue a vivir con él. La única luz que quedaba en mi vida iluminando la larga y oscura noche de mi soledad. De un día para otro me sentí completamente descolocado. Había estado empujando una carreta que de un momento para otro desapareció. Me quedé mirando al camino y tampoco veía nada. Solo oscuridad, soledad y vacío existencial.
Pensé que debía pedir ayuda y así lo hice. Fui a verme con el especialista en salud mental. No paraba de llorar, ni mi corazón de sufrir.
—¿Qué te pasa? —preguntó la psiquiatra en la primera cita.
—Que no le encuentro sentido a mi vida —le dije—; no encuentro razones para seguir viviendo.
Después, hice un breve resumen de lo que había sido de mi vida hasta entonces mientras ella anotaba cosas en su ordenador y decía que siguiera hablando que estaba escuchando.
—Y bueno… —dije casi al final— que estoy muy afectado, y no sé qué va a ser de mi vida a partir de ahora. La verdad es que no tengo la menor intención de seguir viviendo.
—Hay un libro muy bueno de Viktor Frankl… —dijo la psiquiatra.
—“El hombre en busca de sentido” —la corté completando su frase.
—¿Lo has leído? —preguntó.
—Varias veces —afirmé—; siempre lo recomiendo al que me dice que está atravesando por una situación terrible.
—Ya… —dijo la psiquiatra mirando la pantalla del ordenador. Después de mirar con detalle mi historia clínica, añadió—: Veo aquí que entre otras muchas cosas también eres escritor. Tienes varias novelas y relatos publicados, textos didácticos, e incluso libros de autoayuda…
—Sí… —balbuceé un poco quedo—; algunas pocas estupideces he escrito.
—Tendrás lectores también —afirmó en todo retórico.
—Algunos pocos —dije.
—Pues bien —dijo—, tú lo que tienes que hacer es escribir un libro sobre el sentido de la vida y luego nos lo das a nosotros los psiquiatras para que ayudemos a nuestros pacientes. Casi todos los que vienen aquí traen el mismo problema que tú.
Sonreí levemente pensando que quizá era una broma.
Después de hacerme una receta con algunos pocos antidepresivos y ansiolíticos, se despidió diciendo:
“Acuérdate de la tarea: escribir el libro para mis pacientes.”
No me pareció mala la idea, aunque tendría que estudiar e investigar mucho antes de escribir de tema semejante. Así lo hice.
Antes de comenzar, me fui a pasar un tiempo en un Monasterio ubicado en el pirineo aragonés; “el Monasterio del Pueyo”. Los monjes estaban llamando a unas jornadas de reflexión sobre la vocación monacal. No me lo pensé dos veces. Pensé que quizás podría liberarme de mis sufrimientos entregando mi cuerpo y mi espíritu a la adoración divina, pero mis múltiples problemas de salud me lo impedían. La vida monacal era una vida muy sacrificada. No solo se dedicaban a la oración continuada y permanente, sino también al estudio y el trabajo en la multitud de labores que implicaba dar de comer a todos los monjes. Eran más de veinte, y las limosnas, donaciones y ayudas que recibían de la gente eran del todo insuficientes. Aunque yo tenía la mejor disposición para la oración y el sacrificio diario de mis esfuerzos, mi cuerpo se negaba a colaborar. Los monjitos estaban dispuestos a recibirme entre ellos, si no para comenzar una vida monacal plena que implicara iniciarme desde el noviciado, al menos sí como un creyente más dispuesto a entregar mi vida al ideal del amor por Cristo.
Sin embargo, pensé que no era justo añadir una carga más al duro esfuerzo diario de los monjitos por salir adelante. Más que una ayuda, yo representaba una carga para ellos. Eso era más que evidente. Tenía que reconocerlo y asumirlo de esa manera, y así lo hice.
Me devolví a la isla de Tenerife donde aún conservaba el apartamento donde vivía alquilado. Seguí interesado por la vida monacal asistiendo de manera regular al Monasterio de Güimar, de la misma congregación que el del Pueyo; la Orden del Verbo Ercarnado. Las largas horas de silencio y meditación me ayudaron a encontrar un camino que seguir. Decidí inscribirme de nuevo en la Universidad, solo que esta vez para estudiar Filosofía. Pensé que tal vez en el estudio de lo que otros habían dicho respecto al tema del sentido de la vida, podría encontrar las respuestas que tanto buscaba. Y sí que las encontré, solo que me di cuenta de que habría llegado al mismo destino sin necesidad de haberme inscrito en la Universidad. La experiencia de un año entero estudiando en aquella casa de estudio fue de las peores que recuerdo en toda mi vida. Más que un centro de conocimiento, aquello era un antro destinado al adoctrinamiento radical en los movimientos anti sistema y de izquierda extremista. No se daban clases de Filosofía, sino que se procuraba el lavado de cerebro de los jóvenes alumnos (yo era el único viejo), para sembrar en ellos las bondades de los sistemas comunistas más extremos, comenzando por el extinto de Rusia, pasando por el norcoreano del sátrapa Kim Jong-un, para terminar con las dictaduras tropicales de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Todas y cada una de las asignaturas y sus contenidos giraban en torno a un único objetivo; la destrucción del sistema capitalista. Todas y cada una de las ideas absurdas del marxismo, que tanto daño han hecho a la humanidad y tanto dolor y sufrimiento siguen causando al día de hoy en el planeta, eran el pan nuestro de cada día en aquella casa de estudios.
Me arrepentí hasta la saciedad de haber cometido aquel error tan atroz, pero pensando en las razones que me habían llevado a estudiar allí pude culminar de manera exitosa el único año académico que cursé. Obviamente, lo aproveché al máximo investigando todo lo que necesitaba sobre el sentido de la vida desde el punto de vista de la Filosofía. Y me ocurrió lo que siempre me pasa cada vez que estudio un tema con profundidad; que mientras más lo estudiaba, más cuenta me daba de lo amplio que era y de lo mucho que me faltaba por estudiar. Sin embargo, no me amilané. Fui anotando cada nueva idea, cada nuevo autor con sus planteamientos, cada tesis distinta, y así llegué al momento en el que creí tener lo suficiente para comenzar a escribir un libro sobre ello. Sabía que el esfuerzo sería enorme, pero eso no me amilanaba, sino que me animaba cada vez más.
Una de las cosas que fijé en mi mente a la hora de escribir fueron aquellas sugerencias que me había dado la psiquiatra:
“Escribe un libro para los que como tú están buscando un sentido a sus vidas y no lo encuentran.”
Pero hubo algo que me inquietó desde el principio. Pensé que un libro así debía ser también útil no solo para saber lo necesario que significa darle un sentido a nuestras vidas, sino que debería incluir la solución del problema. La ecuación era la siguiente:
¿Cuál era el sentido de la vida?
Eso ya lo tenía resuelto: “La búsqueda de la felicidad”
Ahora bien, ¿cómo buscas la felicidad?, ¿cómo encuentras algo así?, ¿se podrían crear reglas que sirviesen a todos?
Pensé que sí, que todas las doctrinas y teorías que se referían a la búsqueda de la felicidad, como sentido único de nuestras existencias, tenían que aportar no solo la respuesta a la pregunta, sino la forma de alcanzar aquello que todo ser humano se supone que buscaba; la felicidad como forma de vida.
Y así fue cómo, libro a libro, regla a regla, teoría tras teoría, fui desgranando cada postulado para crear un ambicioso proyecto que ayudara a otros, y no solo a mí, a encontrar en la búsqueda de la felicidad, el sentido único de nuestras humanas existencias. De esta manera fue como nació este libro.
Espero y aspiro que pueda ser de utilidad, tanto como me fue a mí en mis investigaciones, y a la hora de escribirlo.
Lo voy a llevar a mi próxima consulta con la psiquiatra y le diré:
«Ten: aquí tienes mi tarea terminada»
Lo que no le voy a decir es que me coloque la nota. Eso corresponderá a mis lectores.
Franklin Díaz.-
INTRODUCCIÓN
“No hay un camino a la felicidad. La felicidad ES el camino”
(Buda)
El sentido de la vida está en la búsqueda de la felicidad. No ha sido sino hasta que he llegado a los 57 años de edad, cuando he aceptado por fin esta afirmación como cierta, así como asumen los religiosos sus dogmas de fe. Y no es que esté descubriendo yo aquí nada nuevo. No soy tan vanidoso. Muchos siglos de historia y evolución del pensamiento humano han transcurrido, y muchos otros antes que yo han llegado a esta misma conclusión. Lo que pasa es que yo nunca me la había tragado.
Siempre he pensado que solo los mentecatos y los imbéciles eran capaces de ser felices. Los “brutos felices” a los que se refería Juan Jacobo Rousseau en sus estudios sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Rousseau creía que la civilización no había aportado al hombre más que sufrimientos y ataduras, y que el hombre “feliz” era el que vivía en su estado de naturaleza primitivo. En consecuencia, para ser feliz habría que retornar a ese estado primitivo de cosas.
Hay brutos felices de esos que viven hoy en día entre nosotros. Gente a quienes nada importa más allá del día a día. Que viven por vivir. Que no se preocupan por nada ni por nadie. Personas cuyos cerebros están ensamblados de tal manera, que no son capaces de extender sus miradas más allá de sus narices. Que se dan por satisfechos con cubrir las necesidades del cuerpo, sin preocuparse por nada más. Que viven bajo el lema del “Como vaya viniendo, vamos viendo”, popularizado en una vieja telenovela venezolana.
Me parece que hace poco conocí a alguien así. Una señora que decía que era “la alegría de la huerta”. Siempre andaba con una expresión de idiotez dibujada en el rostro. Creía todo lo que le decían, siempre y cuando fuese contrario a la lógica. Lo lógico, lo racional, no lo asimilaba. Usaba sus redes sociales para presentarse disfrazada de las más variopintas formas. Buscaba entretener a su audiencia simulando voces, sonidos y bailes extravagantes. Hacía muecas e imitaciones de todo tipo; gorila, pájaro carpintero, gallina, lechuza, abeja, etc. Lo normal a día de hoy, con la diferencia de que ella ya estaba entradita en años y no jovencita; característica fundamental de quienes adoptan estas formas de entretenimiento. Un buen día le pregunté dos cosas: 1) qué pensaba de la gente que vivía sometida a horribles carencias; al hambre, la necesidad extrema, las enfermedades o el sufrimiento intenso en cualquiera de sus formas; y 2) que si le hubiese tocado vivir en situaciones similares a esas, hubiese sido la misma. Contestó diciendo que ella jamás pensaba en cosas que le amargaran la existencia. Acto seguido, le dije que habría servido de payasa de circo o de mono de feria. Hasta ese día me habló. No sé por qué. Tal vez le amargué un poco la vida y por eso me echó fuera.
Por desgracia o por fortuna, algunos no somos así. La horrible bestia que vive atrapada entre los huesos de nuestros cráneos nos atormenta día a día diciéndonos que tiene que haber una razón para que existamos; que tiene que haber “algo” que hayamos venido a hacer en este mundo; “algo” que no sea solo “vivir”, como hace el resto de animales y especies que habitan nuestro planeta. Creo que ese “algo” es encontrar la felicidad. ¿Pero cómo lo haces? No te puedes convertir en imbécil o en mentecato de un día para otro por puro gusto. Tienes que racionalizar las cosas, meditarlas, procesarlas, para luego poder asumirlas como doctrinas que guíen los pasos de tus días. Ese es mi cometido.
Concepciones y formas de pensamiento de todos los tiempos creen que, efectivamente, SÍ es posible alcanzar la felicidad. Desde la Filosofía, pasando por la Psicología, las distintas formas de espiritualidad y de religión, hasta llegar a enfoques culturales diversos, tales como el Hedonismo o el Humanismo.
Aristóteles (384 a 322 a.c.) creía que se podía alcanzar la felicidad practicando una vida virtuosa y llevando a cabo la realización de todo nuestro potencial humano. Para él, felicidad y virtud tenían que ir de la mano. Alcanzar la felicidad era el fin último que debía perseguir toda vida humana.
En el Libro I, Capítulo 7, de la “Ética a Nicómaco”, se pueden leer los siguientes fragmentos:
Primero: “Entendemos por «autosuficiente» aquello que, por sí solo, hace la vida preferible y sin que carezca de nada; y una cosa así creemos que es la felicidad; y la más elegible de todas, aunque no se le sume nada más”
Creo que lo que quiso decir Aristóteles en este fragmento es que la felicidad es el objetivo final de la vida humana porque es autosuficiente. Por sí sola hace que la vida sea completa y valiosa. No necesita de añadidos ni complementos para ser la más deseable de todas las condiciones humanas. Es el estado o situación que hace que la vida sea plenamente digna de ser vivida. La felicidad es el bien supremo, el objetivo final de la vida humana.
Segundo: “Quizá sea obvio que hay acuerdo en llamar a la felicidad «el Bien Supremo», pero persiste el deseo de que se explique todavía más claramente qué cosa es”
Aristóteles reconoce que, aunque existe un consenso general en considerar la felicidad como el "Bien Supremo" o el objetivo más elevado de la vida humana, aún hay una necesidad de definir y explicar más claramente qué se entiende por felicidad.
Por una parte, dice que existe un acuerdo sobre el hecho de tener a la felicidad como “Bien Supremo”. Cree que la felicidad es el objetivo más alto y valioso que los seres humanos podemos alcanzar. La reconoce como “fin último”, por encima de otros objetivos y deseos. Sin embargo, señala que este consenso no es suficiente. Hay un deseo y una necesidad de entender con mayor precisión en qué consiste esta felicidad. No basta con identificarla como “fin último”; es crucial describir su naturaleza y características específicas. Dice que es necesario adentrarse en una exploración más detallada y analítica de lo que constituye la felicidad. Esto implica investigar las cualidades y condiciones que conforman una vida feliz y cómo se puede lograr.
Parece algo lógico. No basta con decir que necesitas de algo sin explicar qué es ese algo que necesitas y cómo puedes hacer para alcanzarlo. No es necesario tan solo llegar a definir lo que la felicidad es. Ese solo es el punto de partida. La verdadera tarea del hombre está en desentrañar y definir con precisión qué es la felicidad y qué la compone, por una parte, mientras que, por la otra, y lo que es más importante; determinar cómo alcanzarla.
Epicuro (341 a 270 a.c.) decía que la felicidad se podía alcanzar mediante la búsqueda del placer racional y la evitación del dolor y el sufrimiento. Ello implica llevar una vida sencilla, rodeado de amistades sinceras e intentando reflexionar de manera filosófica para eliminar los miedos irracionales que de vez en cuando atacan a todo ser humano. Esta no es una cita textual de ninguno de sus escritos específicos, sino una paráfrasis de sus enseñanzas fundamentales. Sus ideas están expuestas principalmente en las Epístolas a Heródoto, Meneceo y Pítocles; las Máximas Capitales y las Sentencias Vaticanas.
En un fragmento de la “Carta a Meneceo”, Epicuro dice:
"Conviene, por tanto, atender a lo que hace la felicidad, porque, cuando somos felices, todo lo tenemos, y en cambio, cuando no, todo lo hacemos por lograrla."
Aquí Epicuro destaca la importancia central de la felicidad en la vida humana y cómo esta influye en nuestras acciones y percepciones. La felicidad es el objetivo fundamental y supremo de la vida. Cuando la alcanzamos, sentimos que no nos falta nada, pero cuando no la tenemos, todas nuestras acciones y deseos están orientados a alcanzarla. Por tanto, es crucial entender y perseguir lo que nos hace verdaderamente felices, según una filosofía de vida volcada en el placer racional y la eliminación del dolor.
Hay una corriente filosófica de las antiguas Grecia y Roma, denominada “Estoicismo”, que siempre ha tenido muchos adeptos, incluso hoy. Sus principales representantes fueron Séneca, Epícteto y Marco Aurelio. Para ellos, la felicidad se puede alcanzar de manera interna, es decir, mediante la práctica del autocontrol de las emociones y de la virtud. La felicidad no depende de circunstancias externas, sino de la actitud que asumamos en cada paso que demos en el camino de nuestras vidas, pero, sobre todo, mediante el ejercicio intelectual y la puesta en práctica de nuestros propios juicios internos.
La felicidad se logra viviendo de acuerdo con la naturaleza y la razón, y cultivando la virtud. La virtud, que consideran el “bien supremo”, se compone de cuatro cualidades principales: sabiduría, coraje, justicia y templanza. La clave de la felicidad radica en aceptar los eventos externos con serenidad y enfocarse en lo que está bajo nuestro control, que son nuestras propias acciones y actitudes.
Los estoicos enseñan que no debemos dejarnos afectar por las emociones negativas (a las que llaman "pasiones") y que debemos practicar la indiferencia frente a las cosas que no podemos cambiar. Al hacerlo, podemos lograr un estado de tranquilidad interior y armonía con el universo, lo que conduce a una vida feliz y plena.
Hay otra corriente filosófica conocida con el nombre de “Escepticismo”, que también sostiene que sí es posible alcanzar la felicidad, aunque de una manera muy distinta a la de los Estoicos. Para los escépticos, la felicidad solo se puede alcanzar cuando logramos suspender nuestro juicio sobre todas las cosas. Dicen que el conocimiento es imposible, por lo que todo aquello que creamos saber, simplemente, es falso. Y es precisamente ese conocimiento erróneo que tenemos del mundo la principal causa de nuestra infelicidad. Si lográsemos suspender o anular ese conocimiento, ese juicio que tenemos sobre todo lo que nos rodea, seremos capaces de alcanzar la felicidad, porque habremos eliminado la principal fuente de nuestras preocupaciones y, en consecuencia, del sufrimiento.
No es una idea descabellada, aunque sí muy simplista. Si no tienes razones para sufrir, estás abierto a ser feliz, eso es una obviedad. Lo que ocurre es que es muy difícil, por no decir imposible, eliminar de nuestros cerebros todo el cúmulo de experiencias, tanto positivas como negativas, que hemos ido adquiriendo desde nuestro nacimiento. No existe borrador capaz de lograr tal proeza.
Por otra parte, la idea de que no es posible acceder al conocimiento de las cosas nos lleva de manera fatal al nihilismo, es decir, a la negación de todo. Y hay cosas muy difíciles de refutar. Un ejemplo de ello está en que mezclando una serie de compuestos se puede llegar a crear una bomba atómica capaz de matar a miles de personas en un solo instante. Otro es que hay cosas que “han ocurrido”: el Imperio Romano, la Revolución Industrial, las dos Guerras Mundiales, nuestro propio nacimiento, etc. Otro es que existen leyes fatales que rigen el mundo de las cosas; las leyes de las matemáticas, la física y la química. Y en fin, que podríamos estar citando ejemplos durante horas.
Hubo uno que dijo: “Puedo dudar de todo, menos de que pienso. Y si pienso, luego, existo”. Se llamaba René Descartes (1596 a 1650), un filósofo y matemático francés al que muchos consideran padre de la filosofía moderna y de la geometría analítica. Dijo que sí, que efectivamente estaba bien eso de dudar de todo, como planteaban los escépticos más radicales, solo que añadió una sola cosa de la que no se podía dudar; el pensamiento, y como consecuencia de él, en la existencia propia. Pero no se planteó el escepticismo como forma de vida, sino como forma de construir el conocimiento. Hay que partir de la duda genérica para ir aceptando, paulatinamente, cosas de las que no se pueda dudar. Una forma de adquirir el conocimiento que ha llegado hasta nuestros días con el nombre de “Método Cartesiano”, o “Duda Cartesiana”.
Descartes no era partidario de eso de que se podía alcanzar la felicidad dudando de todo de manera radical, sino más bien haciendo uso de la razón para controlar las pasiones, viviendo de acuerdo con la virtud y manteniendo un estado de contentamiento interior. Algo así solo podía lograrse mediante la comprensión profunda de uno mismo y del mundo, y aceptando las circunstancias de la vida de manera racional.
Pasemos a otro enfoque.
Desde el punto de vista de la Psicología podemos encontrar algunas corrientes que defienden la posibilidad cierta de alcanzar la felicidad. Una de ellas es la denominada “Psicología Positiva”, para la que la felicidad se puede cultivar mediante prácticas como la gratitud, el optimismo, el establecimiento de metas, y el cultivo de relaciones positivas. Esto dicho “a groso modo”, porque cada representante tiene su propia y particular forma de ver las cosas.
Martin Seligman, uno de los fundadores de la Psicología Positiva, en su libro "La Auténtica Felicidad" (2002), dice que la felicidad puede alcanzarse cultivando fortalezas y virtudes personales. Basa su enfoque en el estudio científico de las fortalezas y virtudes humanas, en lugar de centrarse únicamente en las patologías y debilidades. Propone que la auténtica felicidad se compone de tres elementos principales:
1) Emociones positivas:
Experimentar y cultivar emociones positivas sobre el pasado (gratitud, perdón), el presente (alegría, serenidad) y el futuro (esperanza, optimismo).
2) Compromiso:
Encontrar actividades que nos absorban completamente y nos permitan entrar en un estado de flujo, donde perdemos la noción del tiempo y estamos profundamente inmersos en lo que hacemos. Esto a menudo se relaciona con el uso de nuestras fortalezas personales en tareas desafiantes.
3) Sentido:
Sentir que nuestras vidas tienen un propósito y están conectadas con algo más grande que nosotros mismos. Esto puede lograrse mediante la pertenencia a una comunidad, la religión, el trabajo significativo, o el servicio a los demás.
Seligman también introduce la idea de las fortalezas del carácter, que son cualidades como la sabiduría, el coraje, la humanidad, la justicia, la templanza, y la trascendencia. Según él, identificarlas y cultivarlas en nuestra vida diaria es esencial para alcanzar una auténtica felicidad.
Además, el libro proporciona herramientas prácticas y ejercicios para que los lectores puedan aplicar estos conceptos en su vida cotidiana, como llevar un diario de gratitud, practicar actos de bondad, y buscar y usar las propias fortalezas en diferentes aspectos de la vida.
En otro texto publicado bajo el nombre de "Florecer: La nueva psicología positiva y la búsqueda del bienestar" (2011), ofrece una visión integral y práctica de la psicología positiva, enfocándose en cómo las personas pueden construir vidas más plenas y significativas. Asimismo, amplió sus teorías presentando un modelo al que llamó “PERMA”, en el que identifica cinco elementos esenciales para el bienestar de la mente:
1) Emociones Positivas:
Las emociones positivas, como la alegría, la gratitud y el optimismo, son fundamentales para nuestro bienestar y nos ayudan a disfrutar de la vida y a enfrentar los desafíos con una perspectiva positiva.
2) Compromiso:
El compromiso se refiere a estar profundamente involucrado en actividades que nos absorben y nos hacen perder la noción del tiempo. Estas experiencias, conocidas como estados de flujo, son cruciales para nuestra realización personal.
3) Relaciones:
Las relaciones positivas y significativas con otras personas son un pilar fundamental del bienestar. Seligman destaca la importancia de conexiones sociales saludables y el apoyo mutuo.
4) Sentido:
Tener un propósito y sentido en la vida, que va más allá de uno mismo, es esencial para el bienestar. Esto puede lograrse a través del trabajo, la religión, la familia, y otras actividades que nos conectan con algo más grande.
5) Logro:
Lograr metas y sentirse competente y exitoso en nuestras actividades contribuye significativamente a nuestro sentido de bienestar. La búsqueda de logros personales, académicos, profesionales o deportivos nos da un sentido de dirección y satisfacción.
Otro representante de la Psicología Positiva es el psicólogo húngaro - estadounidense Mihaly Csikszentmihalyi (1934 – 2021), conocido por su concepto de "Fluir", al que describe como un estado de inmersión completa y disfrute en una actividad. En su libro "Fluir: Una psicología de la felicidad" (1990), Csikszentmihalyi explica cómo las personas pueden alcanzar la felicidad encontrando y participando en actividades que los absorban completamente, llevándolos a experimentar una sensación de “flujo”, un estado óptimo de experiencia donde las personas están completamente inmersas y enfocadas en una actividad, experimentando una profunda sensación de disfrute, creatividad, y satisfacción. Las características fundamentales del estado de flujo son:
1) Concentración Intensa:
En el estado de flujo, las personas están profundamente concentradas en la tarea que están realizando, con un alto nivel de atención y enfoque.
2) Fusión de Acción y Conciencia:
Las personas en flujo experimentan una armonía entre sus acciones y pensamientos, perdiendo la sensación de auto-conciencia y estando completamente involucradas en la actividad.
3) Claridad de Metas y Retroalimentación Inmediata:
En el flujo, las metas son claras y se recibe retroalimentación inmediata sobre el progreso, lo que ayuda a mantener la motivación y el enfoque.
4) Equilibrio entre Desafío y Habilidad:
El flujo ocurre cuando hay un equilibrio entre el nivel de desafío de la tarea y las habilidades del individuo. Si la tarea es demasiado fácil, puede resultar en aburrimiento, y si es demasiado difícil, puede generar ansiedad.
5) Pérdida de la Autoconciencia:
En el estado de flujo, las personas suelen perder la autoconciencia y la preocupación por sí mismas, lo que les permite concentrarse completamente en la actividad.
6) Transformación del Tiempo:
Las personas en flujo a menudo experimentan una distorsión en su percepción del tiempo, sintiendo que el tiempo pasa más rápido o más lento de lo normal.
7) Experiencia Intrínsecamente Gratificante:
La actividad en sí misma es gratificante y satisfactoria, independientemente de los resultados externos.
Csikszentmihalyi también discute cómo el flujo puede ser alcanzado en diferentes áreas de la vida, incluyendo el trabajo, el arte, el deporte, y la vida cotidiana. Sostiene que buscar y fomentar experiencias de flujo puede llevar a una vida más feliz y plena.
El autor explica que, para alcanzar el flujo, es importante establecer metas claras, buscar desafíos adecuados a nuestras habilidades, y cultivar un entorno que facilite la concentración y el disfrute. Además, Csikszentmihalyi destaca la importancia de la autodisciplina y la motivación intrínseca para crear condiciones propicias para el flujo.
Por otra parte, tenemos a la profesora estadounidense nacida en Rusia Sonja Lyubomirsky, quien en su libro "La Ciencia de la Felicidad" (2007), presenta estrategias prácticas basadas en investigaciones científicas para aumentar la felicidad. Estas incluyen la gratitud, el optimismo, la amabilidad y la construcción de relaciones positivas. Lyubomirsky enfatiza que aproximadamente el 40% de nuestra felicidad está bajo nuestro control a través de nuestras acciones y pensamientos.
También tenemos al profesor de la Universidad de Míchigan Christopher Peterson (1950 – 2012). Fue coautor junto con Seligman del texto: "Manual de Virtudes y Fortalezas del Carácter" (2004). En él realiza una clasificación exhaustiva de las fortalezas humanas y explica cómo estas pueden contribuir al bienestar y la felicidad. Peterson y Seligman identifican seis virtudes fundamentales que se manifiestan a través de diversas fortalezas de carácter: 1) sabiduría, 2) coraje, 3) humanidad, 4) justicia, 5) templanza y 6) trascendencia
Por último, está el conocido como “Dr. Happiness”; Ed Diener (1946 – 2021), que investigó extensamente sobre el bienestar subjetivo. En su obra: "La Felicidad: Descubriendo los Misterios de la Riqueza Psicológica" (2008), escrita junto con Robert Biswas-Diener, analiza cómo diversos factores como la personalidad, las relaciones sociales y los recursos económicos contribuyen a la felicidad.
Aunque no se le considera representante de la psicología positiva sino de la analítica, creo que es importante citar aquí a un autor cuyos planteamientos son verdaderamente interesantes. Su nombre es Carl Gustav Jung.
Carl Gustav Jung creía que la felicidad se podía alcanzar a través del proceso de individuación, que es el camino hacia la realización personal y la integración de los diversos aspectos de la psique. La individuación implica reconocer y aceptar tanto las partes conscientes como las inconscientes de uno mismo, incluyendo los arquetipos universales y las experiencias personales. Según Jung, este proceso permite a las personas vivir de manera más auténtica y en armonía consigo mismas, lo cual es fundamental para alcanzar la felicidad. La individuación no es simplemente una búsqueda de placer, sino un viaje profundo hacia el autoconocimiento y la integración de todas las facetas de la personalidad.
En el corazón de los planteamientos de Jung está la idea de que la felicidad se encuentra en la integración y el equilibrio de los opuestos dentro de la psique. Esto incluye la reconciliación de la Sombra, que representa los aspectos oscuros y reprimidos de la personalidad, con la luz de la consciencia. Jung creía que confrontar y aceptar estos aspectos oscuros, en lugar de ignorarlos o reprimirlos, es crucial para la salud mental y emocional. Al hacerlo, una persona puede alcanzar un estado de integridad y autenticidad, lo cual es esencial para la verdadera felicidad. Este proceso también implica el reconocimiento y la integración de los arquetipos del Ánima y el Ánimus, que representan las cualidades femeninas y masculinas dentro de cada individuo.
Además, Jung sostenía que los sueños y las experiencias simbólicas juegan un papel vital en el camino hacia la felicidad. Los sueños son expresiones del inconsciente y ofrecen valiosas perspectivas sobre el estado interno de una persona y los conflictos no resueltos. Jung recomendaba prestar atención a los sueños y trabajar con ellos como una forma de explorar y entender las profundidades de la psique. Este enfoque no solo ayuda a resolver problemas internos, sino que también guía a las personas hacia una vida más rica y significativa.
En síntesis, podemos decir que para Jung, la felicidad no es un estado superficial de placer, sino un profundo sentido de bienestar que surge de la auto comprensión, la integración de los opuestos internos y la conexión con los aspectos más profundos y significativos de la vida.
De otra parte, dentro de los enfoques de la psicología, creo que debemos tener muy en cuenta los planteamientos de la denominada “Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)”.
La Terapia Cognitiva Conductual (TCC) sugiere que la felicidad se puede alcanzar al cambiar patrones de pensamientos negativos y comportamientos auto-destructivos, y al adoptar pensamientos y acciones más positivas y constructivas. Para la TCC la felicidad se puede alcanzar modificando pensamientos disfuncionales y comportamientos ineficaces.
La TCC distingue tres principios fundamentales para alcanzar la felicidad:
PRIMERO: Identificación y cambio de pensamientos negativos:
Los pensamientos negativos automáticos y las creencias irracionales pueden causar y mantener el malestar emocional. Al identificarlos y desafiarlos, se puede reducir la ansiedad y la depresión, lo que contribuye a una mayor felicidad.
SEGUNDO: Modificación de comportamientos disfuncionales:
Mediante técnicas como la exposición gradual, la programación de actividades placenteras y el entrenamiento en habilidades sociales, se pueden establecer patrones de comportamiento más positivos.
TERCERO: Desarrollo de habilidades de afrontamiento:
La TCC enseña habilidades prácticas para manejar el estrés, resolver problemas y enfrentar desafíos de manera más efectiva. Estas habilidades promueven la resiliencia y la capacidad de disfrutar la vida.
Algunos de los representantes más importantes de la TCC son:
1) Aaron T. Beck:
Considerado el padre de la TCC, Beck desarrolló el modelo cognitivo, que sostiene que los pensamientos distorsionados o negativos influyen en los sentimientos y comportamientos. Ha escrito decenas de textos. En uno de los más populares, titulado “Terapia Cognitiva y Desorden Emocional” (1976), Beck describe cómo la identificación y modificación de pensamientos automáticos negativos pueden reducir la angustia y mejorar el bienestar emocional.
Además de sus enfoques sobre la depresión, Beck amplió su investigación y aplicación de la terapia cognitiva a una variedad de otros trastornos, incluyendo la ansiedad, los trastornos de personalidad y la esquizofrenia. A través de estudios empíricos y ensayos clínicos, demostró que la terapia cognitiva puede ser tan efectiva como los tratamientos farmacológicos para muchos trastornos, con el beneficio adicional de empoderar a los pacientes para manejar sus propios pensamientos y emociones a largo plazo. Beck también desarrolló diversas herramientas de evaluación, como el Inventario de Depresión de Beck (BDI), que han sido ampliamente utilizadas en la práctica clínica y la investigación. Su contribución ha transformado la psicoterapia, estableciendo un marco para intervenciones basadas en la evidencia y fomentando un enfoque más positivo y colaborativo en el tratamiento de los trastornos mentales.
2) Albert Ellis:
Fundador de la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC), un precursor de la TCC, Ellis enfatizó la importancia de identificar y cambiar las creencias irracionales. En "Una nueva guía para una vida racional" (1961), Ellis y su coautor Robert Harper explican cómo las creencias irracionales causan malestar emocional y cómo reestructurarlas puede llevar a una vida más feliz y satisfactoria.
Por otra parte, en el libro “Razón y emoción en Psicoterapia” publicado en 1962, Ellis establece los fundamentos de la TREC, argumentando que los pensamientos irracionales y absolutistas, como "debo ser amado por todos" o "debo tener éxito en todo", son la raíz de muchos problemas emocionales y psicológicos. A través de la TREC, los pacientes aprenden a desafiar y reformular estas creencias irracionales, adoptando en su lugar pensamientos más racionales y saludables.
Ellis propone un modelo ABC para entender cómo las creencias (B) sobre un evento activador (A) conducen a consecuencias emocionales y conductuales (C). Por ejemplo, no es el evento en sí (como ser despedido del trabajo) lo que causa la angustia, sino la interpretación irracional del evento (como "soy un fracaso total"). A través de la reestructuración cognitiva, la TREC enseña a las personas a cuestionar y reemplazar sus creencias disfuncionales, promoviendo un bienestar emocional duradero. Ellis también enfatiza la importancia de la auto aceptación incondicional y la adopción de una filosofía de vida más flexible y realista. Su obra ha influido significativamente en el campo de la psicoterapia, proporcionando una metodología clara y práctica para abordar problemas emocionales y conductuales de manera efectiva.
3) David D. Burns:
