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La magia existe, es cuando apareces frente a mí y desaparezco entre tus brazos. Miriam siempre quiso ser un pájaro, volar y ver mundo. Junto a su mejor amiga, Yoli, viaja feliz durante años, hasta que esta conoce a Álvaro y la deja sola entre las nubes. Agobiada, con el tiempo decide cambiar de rumbo y buscar un trabajo más sedentario, lo que le traerá nuevos compañeros, nuevos amigos y algún reencuentro con amigos de la infancia. Averiguará el valor más auténtico de la amistad y la solidaridad de unos pocos en un mundo cruel donde sufren los más débiles. Con uno de esos nuevos amigos descubrirá el amor con todas sus letras, un amor intenso y puro que los sorprenderá por casualidad. Pero el destino es traicionero, somos marionetas que se enredan cuando él mueve sus hilos, y en un minuto todo puede cambiar. Los juegos del amor y del azar son así. Nada es lo que parece. Todo está en el aire. Porque la vida es un juego y nosotros los jugadores. ¿Te atreves a jugar con ellos? - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu romance favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 560
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© 2021, 2025 Elisabeth Gilmore
© 2025, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Los juegos del amor, n.º 435 - noviembre 2025
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I.S.B.N.: 9791370009687
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Decidatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
La vida es una rueda que nunca para de girar.
A veces te divierte; otras, te marea y otras, te sorprende.
Elisabeth Gilmore
La libertad es abstracta. Depende del día, puedes disfrutar más de esa sensación tan difícil de definir, y yo desde niña siempre soñé con ser libre como un pájaro, volar con los ojos abiertos. Mirar hacia el suelo y sentirme grande en el cielo infinito, o tal vez pequeña, si piensas que eres un ácaro diminuto en la interminable atmósfera.
Al hacerme mayor y entrar en la carrera de Turismo Internacional, aprendí idiomas y todo lo necesario sobre el patrimonio cultural y turístico. Cómo gestionar empresas o planear destinos vacacionales. En resumen, viajar.
¿Qué es lo que hace un pájaro? Viajar. Volar a diferentes destinos: sin rumbo, sin miedo… Solo volar. Disfrutar de ese sentido hipnótico, que es levantar los brazos y ver el mundo a tu alrededor desde el aire. Sin embargo, como todos sabemos, el ser humano todavía no puede convertirse en pájaro (ya me gustaría). Lo más parecido a ello es ese objeto enorme de acero que nos lleva de un lado a otro, en el cual, a través de sus enormes ojos a los que llamamos ventanas, vemos ese mundo descrito anteriormente, como si fuéramos esas aves que tanto me entusiasman.
Al salir de la universidad, tuve mi sueño al alcance de la mano, sueño que compartí con mi mejor amiga: Yoli, una pelirroja dulce que me cautivó en segundo año, cuando un besugo esnob me partió el corazón. Si ya era cortada y tenía una enorme dificultad para relacionarme, ese capullo me hundió más en mi mundo soñado, y no en el real.
Ella era todo lo contrario a mí: una chica extrovertida, dulce como un caramelo, con cara de niña buena, aunque por dentro fuera toda una revolucionaria. Me ayudó a olvidarlo y a centrarme en ese gran sueño: volar.
Dicen que de los errores se aprende, y el que no te mata te hace más fuerte. Yo soy como Sansón, cometo tantos que estoy supercachas.
Como iba diciendo, quería volar, y encontré el trabajo perfecto para ello. Sí, habéis acertado: auxiliar de vuelo. ¡Era genial! Si además de cumplir mi sueño, me pagaban por ello…
Las dos nos apuntamos en una escuela aeronáutica para obtener el certificado oficial TCP. Los requisitos eran: empatía, soltura, un gran nivel de inglés, ser menor de treinta y cinco años, saber nadar y tener, como mínimo, bachillerato. Los cumplíamos todos con creces. Éramos buenas candidatas a ser alumnas, por lo que no nos costó entrar.
Yo, con mi habitual sencillez y naturalidad, intenté pasar desapercibida, lo contrario que Yoli, que la conocía todo el mundo. No fue así. Después de cuatro meses y otro castañazo, con un no muy atractivo pero locuaz monitor acuático, salí dispuesta a comerme el mundo. O mejor verlo primero y después comérmelo.
La parte buena es que me enseñó a nadar como una sirena; la mala, que no me quedaba pegamento para juntar los pedazos de mi maltrecho corazón.
Gracias a esa maravillosa persona que soñaba conmigo y me acompañaba por el mundo, también lo superé, aunque elegí dejar el amor de lado y centrarme en la libertad que tanto anhelaba. Al acabar el curso, nos ayudaron a encontrar trabajo.
Puede que fuera porque se acercaba la Navidad y nuestros deseos se cumplían, o tal vez fuera porque estábamos disponibles para recorrer el mundo. Quien sabe el motivo, pero fueron dos años alucinantes. Vimos grandes ciudades de toda Europa, Asia y América. A veces finalizábamos un vuelo en una ciudad que no habíamos visitado, y cómo habíamos superado las horas de vuelo, teníamos que descansar unos días antes de volver a volar. Esos días nos íbamos de tiendas, de copas o visitábamos los monumentos más reconocidos. Éramos libres. Libres de volar, reír, bailar, de hacer cualquier cosa que nos apeteciera.
Por desgracia, nada es para siempre, y todo lo bueno se acaba.
Una de esas ciudades fue Praga, tan bella y singular. Muy recomendable, no obstante, uno de esos magníficos locales donde bailas y te tomas un par de copas, nos afectó más que ninguna otra ciudad, sobre todo a Yoli. Conoció a un espécimen moreno de ojos verdes que le robó el corazón, y a mí mi amiga. Siento ser tan cruel, pero es la verdad.
No adelantaré acontecimientos, mejor os cuento la historia de un encuentro casual que derivó en diversas decisiones. Decisiones que, con el tiempo, llevaron a otros encuentros casuales que nos trasladaron a un hermoso lugar, donde hubo aún más encuentros casuales.
Si queréis descifrar el trabalenguas, seguid leyendo.
Es un día gris, no se ve ni un rayo de sol en el cielo. Me he levantado sin fuerzas arrastrando los pies como si fueran de plomo. Después de varias intensas friegas de agua fría por la cara, sigo sin poder mirarme al espejo con claridad. Me pesan los párpados, los brazos y hasta las piernas. No me apetece nada ir a trabajar. Lo sé, ahora me diréis que a vosotros tampoco.
Ya, ¿a quién le apetece?
Llevo una semana fuera, a pesar de que descansé un día en Dublín, me di un paseo por la ciudad, y medité largo y tendido sobre mi situación actual. Parece intensa y divertida, pero no es real. Si pudiera definirme, que no puedo, pero, si pudiera hacerlo, diría que soy un mar de inseguridades. Mi mente es un laberinto sin salida; depende del camino que escoges te lleva a un lugar hermoso donde hablas como una cotorra o te lleva a un lugar tétrico donde no ves ni un alma, y tampoco quieres verla. Por lo que, a menudo, prefiero no hablar.
Os habéis perdido, ¿verdad? Lo que digo, mi mente es un laberinto, a veces sin salida, por lo que seguiré explicándome:
En Dublín tomé una decisión, no sé si acertada o no, pero, al fin y al cabo, una decisión. Como llegué ayer por la noche, todavía no he visto ni hablado con nadie. El cansancio se apoderó de mí. Me abdujo como si fuera un extraterrestre y yo su inocente víctima, y no me ha soltado hasta hace diez minutos, lo que viene a ser, unas catorce horas durmiendo.
Casi sonámbula, he entrado a la cocina para hacerme un café bien cargado cuando, de repente, mi tono de Savage Love, de Jason Derulo, ha acabado de despertarme.
—Mamá… Hola, ¿cómo estáis?
—Bien, aunque te echamos de menos. Hace tres semanas dijiste que vendrías, pero todavía no lo has hecho. Tu padre dice que le envíes un mensaje con una foto actual. Así por lo menos puede mirarte de vez en cuando… —ironiza.
—Hoy no, te lo suplico. No me he despertado todavía y ya me estás sermoneando. —Resoplo desganada—. El domingo voy seguro. Te lo prometo.
Después de cinco minutos hablando con mi madre, diciéndole lo típico de siempre (que he llegado bien, que estoy inmensamente feliz y que todo va perfecto), cuelgo. Creo que se ha dado cuenta, ya que mis dotes interpretativas no son de Óscar. No engaño a nadie, y mucho menos a ella, que tiene un sexto sentido, como Haley Joel Osment en la película.
Es el momento de hablar con Andreu, mi jefe. Exponerle la autodeterminación que tomé durante ese paseo taciturno por Dublín y buscar un empleo más estable. No es que sea mayor y ya no me guste ser libre, es que, a menudo, últimamente demasiado para mi gusto, hablo sola intentando entenderme. Escribo a unos ojos invisibles que espero lean mi historia algún día. O peor, le cuento mis penas a un completo desconocido. Hay algunos que me escuchan; otros que encienden sus auriculares mirándome como a una loca de atar; y, por último (estos son los mejores), los que ni se molestan en mirarme. Por eso, antes de volverme loca del todo, he decidido cambiar de rumbo.
¿Os acordáis de Praga? Yoli conoce a un hombre interesante, un flechazo en toda regla. Resulta que el dueño de la flecha vive en nuestra ciudad. Es más, vive a seis manzanas de distancia; en Bellvitge, el barrio de al lado. Nosotras vivimos en la zona centro de Hospitalet, una localidad pegada a Barcelona, y desde entonces son uña y carne. Dejó de pasar todo su tiempo en el aire para centrarse en caminar por la tierra. Encontró un trabajo sedentario que pudiera combinar con ver al amor de su vida, así que, de la noche a la mañana, pasé de ser un pájaro libre y feliz, a ser un reptil que se aburría y no levantaba la vista del suelo.
Así he estado seis largos meses, viendo la indiferencia de los pasajeros a los que atendía con la mejor de mis sonrisas y las dotes de comunicación que me caracterizan, cuando se trata de trabajo, pero que, al final del día, no llenaban el enorme vacío de mi soledad. De mi falta de amigos, familiares, o alguien que apreciase y pudiese contarle mis fechorías, torpezas, descubrimientos e inseguridades. Cualquier cosa que se me ocurriese durante mi jornada laboral o mi escaso tiempo libre.
El teléfono está bien, aun así, cansa.
De ahí mis ganas de hablar con mi jefe y darle un giro a mi vida, por lo que lo aviso con antelación, cosa que él agradece dándome una buena carta de recomendación. Durante los pocos días a la semana que no vuelo y no estoy de guardia, me dedico a echar currículums a diversas agencias de viajes, algunos hoteles cerca de la zona y en el propio aeropuerto. Mi excompañera de fatigas Yoli, al enterarse de mi nuevo rumbo, me ha dado el nombre de la agencia donde trabaja, ya que buscan personal debido al aumento de reservas online de las últimas semanas.
Pasada la quincena de rigor, y después de varios días dando tumbos, consigo una entrevista en dicha agencia, y algún «quizá» en un par de hoteles.
El jefe de la agencia, Martín, se alegra de verme. Yoli le ha comentado mi historial viajando, los lugares donde he estado y los diversos idiomas que sé. Vamos, que me ha hecho de mánager. Lo de saber seis idiomas es un recurso muy bien recibido en la agencia, dado que el setenta por ciento de las reservas las piden online desde cualquier parte del mundo.
Tras media hora vendiéndome con sencillez fluida, convenzo al dueño de Viatges Fins aviat. Mi deseo se ha cumplido, el lunes a las nueve de la mañana tengo que estar puntual como un reloj en la puerta de la agencia.
Deseosa de contárselo a mi amiga, la saludo sonriendo, moviendo los pulgares hacia arriba, y me despido con dos besos al aire hasta más tarde. Besos que no han pasado desapercibidos a uno de los compañeros de Yoli, o sea, futuro compañero mío, que me ha regalado una enorme sonrisa. Por cierto, no está nada mal el tipo, aunque no estoy acostumbrada a que me sonrían así, y me he puesto colorada como un tomate. Una escena difícil de olvidar, creedme. Como queda una hora para que salga, creo que me voy a sentar a disfrutar de no hacer nada en el parque de delante. El tiempo pasa rápido.
—Cuenta, cuenta, me muero de curiosidad. —Yoli, impaciente por el resultado final de la conversación, intenta averiguar los detalles. Sabe lo que siento, ya que ella pasó por el mismo trance.
—Pues nada, que… —Quiero mantener el suspense, pero Yoli me aprieta tanto las manos que, si espero más, me fractura alguna falange—. ¡¡Lo he conseguido!!
—¡Hay que celebrarlo! —exclama frotándose las manos—. Esta tarde, vamos a La Esquinitaa tomar algo. Le daré un toque a Álvaro para contárselo. Menos mal que te has atrevido, creí que iba a tener que empujarte.
Me aplasta la cara con las manos, pongo los ojos en blanco, pero ella me estruja la cara igual que esas vecinas cuando ven a tu bebé y le empiezan a agarrar del carrillo. No tengo bebés, pero me siento identificada con ellos tras un fuerte abrazo y dos fraternales besos en la mejilla. La verdad es que me siento orgullosa de mí misma, porque el futuro pinta bien. No sé si seré libre como un pájaro, pero tengo claro que seré más feliz.
Cuando salimos del metro, vamos directas al bar. Entramos agarradas del brazo sonriendo.
—Un refresco de cola, por favor —digo con ganas.
—A mí, Chema, uno de naranja —aclara Yoli, buscando con la mirada a su novio entre la gente que hay en el bar—. Ya lo veo, está con Sara y Álex en el billar.
—¿Álex? ¡Guay! —Acerco una silla a la mesa donde ellos están.
—Hola, Miriam —me saluda Álvaro con dos besos en las mejillas.
—Hola, chicos —saludo a los demás igual, excepto a mi antiguo mejor amigo. Él, al verme, me levanta como a una pluma, haciéndome girar y girar—. ¡Para, para! ¿Estás loco? Yo también me alegro de verte, hace siglos que no nos vemos…
Después de explicar la noticia del día, entre abrazos y risas, mis nuevos y viejos amigos empiezan a hacer planes para el fin de semana.
—He hablado con Aurora, la encargada de Los Álamos. Me ha preguntado si podemos ir este sábado y domingo —explica Álvaro mirándonos con ojitos de cordero—, tiene varias tareas para nosotros.
—Por mí, vale —contesta Yoli.
—Por mí, también —responde Sara encogiéndose de hombros, como si no tuviese otra cosa mejor que hacer.
—No sé si podré ir —duda Álex. Titubea rascándose la cabeza y mira a Álvaro para que se compadezca de él.
—No tengo ni idea de qué estáis hablando —matizo exaltada—. ¿Qué es eso deLos Álamos?
—Los Álamos es un asilo benéfico de gente mayor, pero también de personas enfermas que no tienen poder adquisitivo. Intentamos ayudarles, darles un poco de alegría, y de paso, nosotros nos divertimos pasando un fin de semana diferente. —Sara sonríe guiñándole el ojo a Álex, dándole un leve empujoncito con el hombro—. ¿No, Álex?
Álex la mira de arriba abajo, nervioso. Intuyo que ese comentario le ha pillado fuera de juego. Así es Sara, la rubia peligrosa de ojos azules, maquillaje agresivo y cuerpo que quita el hipo, pero que, cuando habla, no lo hace con mucho tacto. Soberbia, altiva, algo superficial con los hombres y con una seguridad en sí misma aplastante, la hacen inaccesible a los ojos de Álex. Ha estudiado Derecho y trabaja en un buen bufete de abogados en el centro de la ciudad, el cual le ha forjado, en parte, su gran carácter. Soy muy observadora, gajes del oficio… Bueno, y una pizca de información por parte de Yoli que, además de todo lo nombrado, le encanta cotillear. A mí me viene muy bien, porque, si es por mi desparpajo, no me entero de nada.
Álex está enamorado de ella desde el instituto (de eso me acuerdo), pero nunca se ha atrevido a decirle nada. Sus vidas se separaron en la universidad, y él pasó de ser el niño desaliñado, delgado y con miles de granos que tan bien me caía, con el que me tiraba horas hablando desde la ventana, a ser un publicista con bastante éxito. Elegante, alto y atractivo, al que, muy a mi pesar, hace años que no veo.
Por lo visto, ellos también llevaban años sin verse, hasta hace dos meses, cuando por un encuentro casual se vieron en el bar. Álvaro, Álex y Sara, volvieron a recordar los tiempos de instituto, algo que, no benefició mucho a Álex. Sara fue quien explicó la precaria situación de Los Álamos, y juntos decidieron, a partir de ese momento, ayudarles en lo que pudieran. Dos días juntos hicieron aflorar los recuerdos del pasado. Las innumerables veces que había soñado con ella, retomando su timidez y su debilidad cuando la tenía delante, pasaba cerca de él o simplemente le pestañeaba. Con los años, su físico ha cambiado, ahora es alto y fuerte (gracias al gimnasio), y su rostro ya no está cubierto de granos. Sus facciones son anchas y varoniles. Ojos grandes, marrones, pelo negro y profundo, más una sonrisa que, cuando se deja ver, es grande y burlona.
Sara no está ciega, pues diría que se ha fijado en él. Álex me guiña un ojo y, en un susurro, me comenta:
—Tenemos que hablar. Disimula.
Tengo un déjà vu. Esta película ya la he vivido muchas veces, más de las que puedo recordar. Él y yo fuimos hermanos siameses, o lo que es lo mismo, vecinos inseparables. Nos lo contábamos todo. Algo me dice, por su voz, que vuelve a estar pillado, que vuelve a tener«Saritis aguda», y esa enfermedad no se cura con ningún medicamento que conozca.
Regreso a la realidad y escucho atentamente a mi amiga, que cuenta con detalle el tema del asilo.
—Son personas que no tienen familia o la familia que tienen les ha abandonado. Es una residencia benéfica, antigua y grande —comenta entristecida—. Es totalmente gratuita. Los que cuidan a estas personas son vecinos voluntarios y gente como nosotros, ya que necesitan ayuda para arreglar la residencia debido a su mal estado.
—Joder, ¡qué putada! —añado asombrada.
—También les damos clases de baile, yoga, o les ayudamos a hacer gimnasia —continua Yoli—. Una vez, les preparamos una fiesta sorpresa de cumpleaños. Fue superdivertido, y ellos son tan agradecidos…
—Hacemos lo que podemos para que su vida sea algo mejor, y nosotros al mismo tiempo hacemos algo especial, altruista y divertido —agrega Álvaro echándole un cable a su novia en la explicación.
—Es muy solidario, algo fuera de lo común. Sinceramente, si os puedo ayudar… —Mis ojos se abren como platos, es mi primer fin de semana libre y ya se avecinan planes.
Imaginadme dando saltitos, como una niña pequeña con un chupachups.
—Entonces, ¿vendrás? —Yoli también salta de alegría, literalmente. No puede dar crédito a sus oídos, pues hace tiempo que no quedamos—. Vamos a estar juntas todo el fin de semana dándole a la lengua como cotorras. ¡Sí!
—Vete acostumbrando, ahora tendré todos los fines de semana libres, así que te vas a hartar de mí. —Me río y bebo un trago de mi refresco—. Estará bien estar juntas de nuevo, pese a que no estaremos solas, por lo que cuenta conmigo.
—Síííí. Por fin.
—¿Cuántos seremos? ¿Y dónde dormiremos?
—Si tú vienes —Yoli busca a Álvaro, que gesticula con las manos mientras habla por el móvil. Tras ello mira a Álex suplicándole con las manos. Al final asiente—, puede que cinco. Creo.
—No. Seremos seis —grita Álvaro entusiasmado—. Se lo he comentado a Dani, ya que hace dos meses que no nos vemos, y después de insistir mucho, lo he convencido.
—Mmm… Guay. —Sara dibuja una sonrisa maliciosa—. ¡Ese chico es un bombón! Aunque la última vez estaba algo cambiado. Un poco soso, quizás.
Yoli se arrima a mí y suelta uno de sus típicos comentarios burlones, esos que tanto echaba de menos, rayos de sol en un día de lluvia.
—La verdad es que tiene razón. Está como un tren, pero no pasa por su estación. —Se lleva la mano a la boca para que no la escuche reírse—. Creo que no le gustan las rubias explosivas. Es sencillo, natural, algo que, como podrás comprobar, no es Sara.
Son las nueve menos diez. Llego a la agencia y están todos en la puerta, ojeando las redes sociales en el móvil y esperando a que abran desde dentro. Miro a mi alrededor, ansiosa por empezar mi nueva vida. Respiro profundo. Pienso que lo más adecuado es que me presente a mis otros tres compañeros de oficina. No es que me entusiasme la idea, pero es lo lógico.
Primero a Adrián; el que más tiempo lleva en la agencia. Castaño, ojos pequeños y pestañas largas, con gafas, no muy alto, extrovertido y algo cotilla, o eso parece por la forma en que, de esquinilla, habla con Vanessa. Sin embargo, su aspecto es bonachón.
Vanessa tiene el pelo negro, ojos grandes verde oliva, con un gusto estrambótico para elegir la ropa. Una mezcla de Vilma, en Scooby Doo, y Abby Sciuto, en Navy, investigación criminal. A simple vista agradable, aunque desconfiada, pues no para de mirarme por el rabillo del ojo. Y, por último, está Carlos, que no pierde detalle de mi físico. Parece tener una sonrisa tatuada en su boca desde que he llegado. Moreno, ojos oscuros y expresivos, sonrisa abierta y descarada, alto, muy hablador y aparentemente encantador. A su lado, recién llegada, mi fiel amiga Yoli.
Después de un apretón de manos, varios comentarios insulsos y alguno impertinente, entramos. Yoli me enseña las dos salas de la agencia, el despacho donde llevan a los clientes VIP y los lavabos. Una vez terminado el tour, me muestra cuál es mi mesa, donde pasaré mi jornada laboral.
La decoración es minimalista. Pocos estantes, un par de plantas alargadas y algún cuadro abstracto, que no acierto a descifrar su significado. Las mesas de cristal forman una ele. Los estantes con los catálogos de cruceros a la derecha y los de los viajes de fin de semana a la izquierda. Dosieres con itinerarios, excursiones turísticas, entradas a diferentes monumentos y museos de las ciudades más famosas del mundo, puestos por orden en un lateral de cada mesa.
Parece un trabajo sedentario, todo lo opuesto a lo que yo siempre había soñado. Desde la silla dónde estoy sentada, la única manera de volar es con mi imaginación, algo que no descarto hacer, conociendo mi insaciable cerebro. Mientras me acomodo y coloco mis objetos personales, entro en el programa interno de la agencia. Grabo el número de agente que me han dado y… ¡listo! Oficialmente, ya soy una agente de reservas de la agencia. Una empleada más.
La semana entera ha sido un cambio de vida. Para no marearme más de lo normal (que ya es mucho), me he organizado un horario, igual que los niños en la escuela: los lunes limpiaré el piso; los martes toca ver a mis padres; los miércoles, la compra semanal; los jueves, tomar algo con mis amigos o, en su defecto, redecorar mi escueto piso; y el viernes aprovecharé para hacer recados, como arreglar los papeles del piso.
La parte buena es que el piso donde vivo es de alquiler con opción a compra, y con la crisis actual, es el mejor momento para comprarlo. No es que tuviera que hacerlo, hoy en día es más popular seguir de alquiler. Pese a ello, es un deseo loco tener mi propio nido, un lugar seguro donde vivir, mi refugio, donde nada ni nadie pueda hacerme daño.
La cuestión es que tenía tiempo de todo. Incluso de perder el tiempo.
Llega el esperado sábado a las dos de la tarde, la hora de cerrar. Nos miramos risueñas. Aunque la previsión del tiempo es de tormentas esporádicas en la zona, no hay nada que nos desanime, ni siquiera las inclemencias del tiempo.
—Verás qué bien nos lo pasamos y lo agradecidos que son los ancianos cada vez que vamos. ¡Seguro que repites! —Yoli me coge de la mano, parecemos dos colegialas caminando hasta la puerta.
—¿Os vais? Hemos quedado para tomar un aperitivo antes de comer. Estaría bien que vinierais, así conocemos algo más a la nueva —suplica, con voz muy dulce, Carlos—. De momento sabemos que tiene una bonita sonrisa, y es perspicaz, ya que entiende mis chistes malos a la primera.
Carlos parece un embaucador de élite, e intenta convencernos a acompañarlos sin éxito. Nuestros planes no se pueden modificar, puesto que nos están esperando.
Yoli es la primera en contestar, pues lo conoce desde hace seis meses.
—Sabes que me caes bien, eres muy simpático, pero tu encanto no es suficiente. Ya tenemos planes y llegamos tarde… ¡Hasta el lunes! —dice con un amable guiño de ojo.
—No te preocupes, tendremos más días para tomar algo. Ah, y recuerda que, la nueva tiene nombre, y algo más que una sonrisa bonita: cerebro. ¡Nos vemos el lunes! —añado algo irónica.
Ha sido un acto de coraje por mi parte el hablarle así. Un acto de rebeldía para alguien que no se rebela nunca. Aunque no lo creáis por mi soltura escribiendo, en la vida real, soy más bien recatada, de pocas palabras. No soy una monja (o como debería ser una monja). Tampoco soy arrolladora o extrovertida como mi amiga. Soy una chica normal: hablo cuando me hablan y, si no me hablan, no hablo. Carlos, en cambio, es raro: me hace hablar cuando no quiero hablar y reír cuando no tengo ganas.
Será esa sonrisa colosal que es contagiosa. A saber.
Ve cómo nos alejamos apresuradas en dirección al coche, y suspira absorto en mi figura y mi irónica respuesta. Tal vez creyó que era sencilla, una dulce presa para un ave depredador. ¡Qué iluso! No se puede imaginar lo lejos que está de ello. Es verdad que soy sencilla, y antiguamente una presa fácil, pero, hoy por hoy, después de varias hecatombes en mi vida amorosa, me considero más un jeroglífico indescifrable. Intuyo, por su mirada, que tampoco le importaría perder el tiempo en resolverlo.
Cambiando de tema, mi alegría va en aumento al acercarnos al coche. Abro el maletero.
—Pero bueno, ¿cuánta ropa llevas? Solo es un fin de semana. —Adiós alegría, hola neuras. Me inquieto tras cargar la segunda mochila en el maletero de mi precioso Mini One gris metalizado—. Yo solo llevo una bolsa de deporte. Vamos, cuatro trapitos y una chaqueta.
—Ja, ja, ja. Pues verás cómo te arrepientes. ¿Y el saco de dormir?
—¿Saco de dormir? —Casi se me salen los ojos de las cuencas. Parpadeo dos veces.
No estoy preparada para este tipo de libertad. La de hacer planes con amigos para divertirte sin saber exactamente dónde te metes.
—Esta semana he estado muy liada, no he comprado nada de eso. Ni se me ha pasado por la cabeza. ¿No dijiste que había dos habitaciones? —recuerdo, haciendo aspavientos con los brazos.
Me siento como un pez fuera del agua, estoy a punto de ahogarme porque mis branquias no tienen fuerzas para respirar fuera de mi ambiente. Y este puede que lo sea algún día, pero ahora no es mi ambiente.
—Menos mal que una piensa en todo y traigo uno de más. Claro que hay dos habitaciones, pero, por si no sabes contar, somos seis. Nos tendremos que sortear quién se queda fuera. Los que lo hagan, tendrán que dormir en el sofá o en el suelo. —Los ojos me hacen chiribitas, como ese movimiento tan personal que tenía Marujita Díaz. No sé cómo no se me había ocurrido—. Por eso es mejor llevarse un saco de dormir. Al fin y al cabo, estamos en mayo y aún hace fresco de madrugada.
Subimos al coche, y conduzco preocupada por mi descuido con la ropa, nerviosa por mi ingenuidad. El paraje es espectacular, con un gran colorido, situado entre Barcelona y Girona, en la comarca de la Selva, a menos de una hora de distancia. Por el camino se ven numerosos alcornoques, encinas, abedules y hayas a los dos lados de la carretera. A medida que vamos llegando por la variante o carretera comarcal, se empiezan a apreciar las hileras de álamos blancos. Extrañamente, no encontramos casi tráfico, no obstante, ya nos están esperando. Bueno, esperando es un decir, porque están todos sentados a la mesa, preparados para servir la comida.
Es una casa de piedra, la típica masía catalana de principios del siglo XX, pero, para sus años y estructura, es muy pequeña. Tendrá alrededor de cien metros cuadrados, gruesas vigas de madera en el techo y ventanales de madera vieja y oscura. Con dos habitaciones: una amplia con tonos cálidos, un colgador de pie, un viejo y gastado arcón y un armario de luna. La otra, individual. La cama es grande con fragmentos de pizarra en las paredes, un armario de nogal de dos puertas y una pequeña y desgastada cómoda a juego con el armario. Al lado está la gran cocina acompañada del clásico y tranquilo salón, presidido por una enorme chimenea y un confortable sofá de escay. Allí, por lo visto, organizan las actividades de la tarde.
Nuestros amigos ya están sentados alrededor de la mesa, algunos impacientes con la boca llena. Nosotras nos sentamos en los huecos que nos han dejado, después de saludar (en plan: «Llegamos tarde, pero llegamos…») y de dejar nuestras pertenencias.
—Cómo se nota que tenemos cocinero, ¿eh, Dani? —dice Álex, metiéndose una cucharada de crema de calabacín con crujientes picatostes en la boca—. ¡Está buenísimo!
—Sin duda, lo confirmo. —Sara menea la cabeza suavemente, luego mira a Dani, sonriendo sensual.
Mi cara es un alucine total. De acuerdo que yo soy tímida en ese aspecto, pero ¿qué necesidad hay de asediar así a una persona? El tal Dani, inmune a su acoso, sigue a lo suyo. Por un segundo, he creído que iba a vomitar, suerte que no lo he hecho. Sigo saboreando la crema que coincido en que está exquisita.
No conozco mucho a Sara. Al principio me ha parecido simpática y jovial, ahora me resulta un tanto superficial y frívola. Parece dos personas en una. Cuando estamos entre chicas, es supersimpática. Sin embargo, si hay hombres delante, cambia radicalmente. No la entiendo.
—Hablando de otra cosa. Está claro que la valla no la podremos pintar esta tarde con las lluvias que anuncian, no creo que nos dé tiempo —avisa Álvaro, algo preocupado—. ¿Qué haremos entonces?
—Tenemos otra opción; podríamos hacer una fiesta de disfraces. —Yoli, entusiasmada, mira a cada uno de los presentes, esperando una respuesta afirmativa que no llega—. O también podemos hacer una excursión al río, así hacen algo de ejercicio.
—Si va a llover, hacer una excursión al río no creo que sea lo más adecuado —afirmo echándole un cable a Yoli con la primera opción mientras ayudo a recoger los platos.
—Estoy de acuerdo. Si llueve, la tierra estará mojada; puede ser peligroso —apoya también Dani la idea del baile de disfraces—. Me inclino por los disfraces. Este año, en Carnaval, tuve mucho trabajo y no salí a ningún sitio, aunque estemos en el mes de mayo y no me entusiasme disfrazarme, me apunto al espontáneo Carnaval.
—Si tú te apuntas, yo también. —Sara acerca su pecho voluminoso al rostro de Dani disimuladamente al recoger los platos de la mesa.
Álex respira hondo. La mira, furioso y a la vez resignado. Hay que admitir que la chica no se rinde fácilmente. Claro que, si va a estar todo el fin de semana así, se me va a hacer largo y tedioso. Me da en la nariz que a Álex también, pero por otros motivos.
—Perfecto. Cuando acabemos de comer, vamos a buscar los disfraces, las máscaras y todo el repertorio al cobertizo.
Yoli pone el resto de los platos en el fregadero. Dani viene a servir los segundos. Álex se acerca a Dani y le da un suave golpe en el hombro.
—Guau, tío, tenemos que quedar más a menudo —le dice Álex con sorna, lo suficientemente alto para que todos lo oigamos—. No puedes faltar cuando vengamos de voluntarios. Es más, cocino fatal, así que creo que me iré a vivir contigo.
Divertido, sonríe de medio lado y acepta la broma. Con la palma de la mano le da toques en la mejilla, contestándole guasón.
—No me importaría, si me ayudas a pagar el alquiler, pero tengo que confesarte que no duermo mucho, siempre estoy escuchando música, soy un maniático del orden y me gusta silbar mientras cocino. —Su sonrisa es picarona. Álex le mira como si no le importara y Dani se acerca a nosotros sin hacerle mucho caso en su insistencia—. Preparé los platos en el restaurante, este es el segundo menú del día. Bueno, parte del menú. Espero que os guste. —Tras sus palabras, obedientes, empezamos a comer.
—¿Qué es, ternera? —le pregunta Álvaro, pasándose la lengua por los labios y saboreando la salsa—. ¡Está de rechupete!
—Es guiso de jarrete de ternera al vino tinto —comenta nuestro amable cocinero.
Saborea los innumerables comentarios de halago de todos, excepto el mío. No es que no me guste la comida, es que no veo el motivo ni la necesidad de piropearlo. Tanto peloteo me supera, yo no soy así. Con las prisas por comer, no nos han presentado, solamente nos conocemos de oídas y, como no le digo nada, su mirada se detiene en mí.
—¿No te gusta? —pregunta clavando sus ojos en mi rostro.
Casi me atraganto. Me ha sorprendido, ¿qué queréis que os diga? Me repongo rápidamente y, con un tono suave, le respondo:
—No está mal, aunque tampoco es para tanto. —Su mirada penetrante me incomoda un poquito, y hace que se me caiga una gota de salsa en la blusa de seda beis que llevo puesta.
No es algo que me sorprenda, ya os he hablado de mi torpeza. Si no lo he hecho, lo hago ahora. Y más cuando un chico atractivo no te quita el ojo de encima durante varios segundos. Segundos incómodos y eternos. En fin, voy al lavabo a cambiarme o a intentar quitar la mancha. Él me sigue con la mirada, curioso por mi respuesta.
—¿Sabéis qué? En su momento decidimos que, como era Carnaval, haríamos la fiesta de disfraces, pero al final no la hicimos. —Agarra a Yoli de la cintura y le pregunta—: ¿Te acuerdas? Trajimos algunos disfraces. Creo que los pusimos en el armario que hay en la habitación pequeña.
Tal cual lo dice, se dirige a la habitación casi corriendo y, al minuto, los saca todos.
—¡Mirad! Si queréis, nos los podemos probar. Si nos valen, lo único que faltará serán las máscaras y pelucas para los jubilados. ¿Qué os parece? Hay ocho o nueve —afirma extendiéndolos en el viejo sofá de escay, ubicado cerca de la chimenea.
—Si contamos a la directora y al conserje, quedan seis o siete —dice Sara ojeando los disfraces, a ver con cual se queda—. Escogeré este de camarera sexi, me viene como anillo al dedo.
—Te pega más el de fantasma —susurra Yoli al oído cuando pasa por su lado para llegar hasta los disfraces.
Álvaro la oye, sonriente, le tapa la boca con la mano, luego le da un beso. Son tan monos…
—¡Qué mala eres! —dice mientras continúa besándola.
—A veces me desespera, se lo tiene tan creído… Es buena chica y me cae bien, pero a menudo desearía que alguien le rompiera el corazón, así tal vez no se comportaría de esa manera. —La abraza fuerte como si quisiera fundirse en él. Tras ello, la vuelve a besar.
Embobada como si estuviera viendo una película romanticona en la que no dejan de besarse melosos, suspiro, pues es algo que supones irreal, hasta que los conoces a ellos.
—Me quedaré este de colegiala, o tal vez el de bruja sexi —dice tonteando, mirando a Álvaro, que en ese momento mira la mesa y lo que queda todavía por hacer.
Su cara de niña buena, sus ojos de un verde pardo y su piel blanca y suave te recuerdan a las muñecas de porcelana, solo que con algunas pecas y, en ocasiones como ahora, con una mirada de diablilla. A mi modo de ver, le pega más el de colegiala, a pesar de tener ya los veintiséis.
Álvaro, que ha vuelto al mundo de los mortales, no deja de mirarla alelado. A lo mejor no es la chica más guapa del mundo, pese a ello, la sensación que da es que está colado por sus huesos. Sus ojos verdes césped brillan cada vez que la ve.
—Yo cogeré este de pirata. No hace nada de frío, aunque se está nublando bastante, pero bailando dentro del centro no creo que me vaya a resfriar. —Coge el disfraz y se aproxima a la ventana—. Deberíamos ir a buscar el resto de los disfraces, pelucas o lo que sea, antes de que se ponga más fea la cosa. —Dani mira las enormes nubes negras que se acercan al tejado de la residencia. Tiene razón en cuanto lo de acelerar el tema de ir al cobertizo.
Después de escoger cada uno el nuestro, le hemos dejado a la encargada/directora de la residencia el disfraz de geisha y al conserje el de bombero. El resto nos los hemos repartido entre nosotros. A mí me ha quedado el de bruja sexi; lo prefiero antes que el de geisha, la verdad.
No por lo de sexi, sino por lo de bruja. Me pega más, al menos con mi subconsciente, por fuera soy un trozo de pan.
El traje negro con picos hace juego con mi larga melena negra ondulada y mis ojos oscuros. Me queda a la altura de la rodilla, quizás unos centímetros por encima. Es lo que pasa cuando tienes las caderas anchas y el culo respingón. Entallado con algo de purpurina, dibujos grises de telarañas y el escote bastante pronunciado, que ha hecho girarse tanto a Álex como a Dani cuando he pasado por su lado. Noto cómo mis músculos se van tensando por unos instantes, pues no dejan de ser dos chicos mirándome de arriba abajo, pero luego mi entrañable Álex hace que me relaje de nuevo.
—Vaya, diría que me has hipnotizado o, más bien, embrujado.
Me coge de la cintura con una mano y, con la otra, me hace dar una vuelta para que todo el mundo me vea. De primeras quiero desaparecer, que se abra un agujero en el suelo y me trague, como un capítulo de Supernatural. Me acuerdo de todos sus antepasados, uno a uno los voy nombrando. Después, me murmura unas palabras al oído que me recuerdan nuestros juegos de niños. Lo perdono, porque, después de todo, soy una bruja buena y le sigo el juego.
—Tú tampoco estás mal, cowboy.
Le toco la camisa, muy suave, casi rozándole. Después le subo el sombrero de vaquero para darle un beso en la frente y le doy una palmadita en la espalda. Álex se gira llevándose el brazo al pelo, atusándoselo varias veces. Suspira tonteando y mira a Dani guasón.
—¡Uf, no veas cómo está el patio!
Sonrío abiertamente, adoro a ese hombre. No recuerdo un momento de mi infancia o adolescencia sin él y su familia, por eso lo quiero como a un hermano. Él a mí igual.
De pequeños, cuando nuestros padres nos mandaban a comprar, fingíamos que éramos novios, y a veces, cuando venían amigos a casa, también. Yo le decía cómo tenía que ser mi chico ideal, él cómo era la mujer de sus sueños. Teníamos aprendido tan bien el guion que lo interpretábamos sin una falta.
Siempre hemos bromeado sobre los juegos del amor. Porque en realidad, el amor es un juego. A veces ganas, a veces pierdes, pero siempre juegas.
Al único que no he visto nunca, hasta hace un par de horas, es a Dani, que, desde nuestro numerito, no deja de mirarme. Han sido dos segundos nada más, el tiempo que han coincidido nuestras miradas, suficientes para ponerme nerviosa ante esos ojos azul verdoso. ¡Qué guapo es el jodido! Con esa camisa blanca medio abierta. Para que os hagáis una idea, le queda como a Johnny Deep en Piratas del Caribe. La diferencia está en los ojos azules, el pelo corto casi rubio, más alto, con dos hoyuelos en las mejillas y un atractivo innato, que no deja inmune a nadie que tenga ojos en la cara. Y si los tiene grandes como yo, ven más. O no.
Distraída, le echo un vistazo de soslayo, pero la voz increpante de Sara me interrumpe mis oscuros pensamientos.
—Voy a preparar la música y las canciones que vamos a poner en la fiesta. ¿Alguien hace café, por favor? —solicita Sara—. Porque, aunque yo vaya vestida de camarera, no significa que vaya a hacerlo o servirlo yo.
—Yo voy a fregar los platos y recoger un poco la cocina —dice Álex, remangándose las mangas de la camisa a cuadros rojos y blancos.
—Ya lo hago yo. ¿Quién va a ir a buscar el baúl de las pelucas y el resto de los accesorios? —pregunta Yoli, mientras pone la cafetera y coge las tazas.
—Si no pesa mucho, puedo ir yo. Eso sí, después del café —respondo al ver los pocos candidatos disponibles.
Soy una adicta al café. Puedo pasar sin bebida, sin comida, pero no sin café. No puedo contar los días que en el aeropuerto ha sido mi único sustento en muchas horas.
—¿Por qué no la acompañas, Dani? El baúl pesa un poco y, además, has dicho que traías bebidas en tu coche, ¿no? —le sugiere Álvaro.
Imagino que su esperanza es que conversemos después del tropiezo de antes. Dani le ha atravesado con la mirada. Me gustaría saber por qué, pero entre mis facultades no está la de adivina. Por mi cabeza pasan varias ideas, aun así, no sé las que pasan por la suya. Me quedaré con que solo vamos al coche a por dos bolsas y luego al cobertizo. Tampoco es para tanto.
¿Cuánto tiempo podemos tardar? ¿Diez minutos, quince? ¿Veinte si vamos marcha atrás?
—Está bien. —Pone los ojos en blanco y respira hondo—. Dame las llaves del cobertizo y las de la casa, así no tengo que llamar. ¿Dónde está el baúl?
—En el trastero. Es fácil de encontrar; hay una habitación y es el trastero —dice muy agudo, medio burlándose—. El resto del cobertizo es el comedor con una pequeña cocina americana. Os esperaremos antes de ir al centro.
—He hablado hace un rato con Aurora y ya está preparando a los abuelos. Hemos quedado sobre las cinco —informa Yoli antes de irnos.
Álvaro le da las llaves y se va hacia la puerta. Le doy el último sorbo al café. Él, paciente, espera a que termine. Casi me quemo la lengua porque soy tan tonta, que me sabe mal que esté esperando. Salimos hacia los aparcamientos donde Dani había aparcado su Citroên C4 azul metalizado. Como mujer precavida, me he puesto las deportivas para ir más cómoda, si tenemos que coger peso, mejor ir con deportivas que con tacones. Aunque voy ridícula de las dos maneras.
No nos han presentado, y la tensión es cortante entre nosotros. Llegamos tarde, con las prisas por comer, y no pensamos en ello. Dani, nervioso, no sabe por dónde empezar. Así que, fiel a su carácter, empieza por el principio: no soporta ese incómodo silencio.
—Por alguna extraña razón, no hemos coincidido nunca, a pesar de tener varios amigos en común, por lo que me presentaré oficialmente —comenta con una leve sonrisa, intentando así romper el hielo—. Me llamo Dani, soy cocinero en un restaurante rústico cerca de aquí.
Le siguen dos breves besos rozándonos las mejillas. Sorprendida, lo miro y alargo la mano, como si no quisiera llegar hasta él, dejando caer una minisonrisa.
—Soy Miriam, trabajo con Yoli en la agencia de viajes. Hasta ahora daba más vueltas que una peonza, por eso creo que no nos habíamos visto antes.
Es un intento de hacer un chiste malo. Cuando no sé qué decir o cómo comportarme, me sale la vena graciosa. No tiene ninguna gracia, lo sé, es evidente por la forma en que me mira. Será mejor que cierre mi enorme bocaza.
Creo que se ha dado cuenta de mi inquietud, de mi vuelta al silencio. Dibuja una leve sonrisa, no sé si por compromiso o porque tiene un sentido del humor extraño, y, a lo mejor, le ha hecho gracia. Me inclino más por lo primero. Cohibidos, seguimos caminando hasta la puerta de la finca. Aligeramos el paso, empiezan a caer algunas gotas desordenadas y los truenos se oyen como si nos persiguieran, justo detrás de nosotros.
—Anda que llevamos una pinta. ¿No habrás traído paraguas, por casualidad? —pregunto, algo preocupada, al notar cómo la lluvia se hace más intensa.
Tenemos que rodear la residencia. La vieja valla blanca la bordea y nos impide acceder a los aparcamientos. Faltan cincuenta metros escasos para llegar al coche y unos doscientos metros hasta el cobertizo, muchos más si tuviéramos que dar marcha atrás.
—Pues… no estoy seguro. Tiene delito, mira que han anunciado las lluvias y lo he avisado antes de salir. Aun así, no hemos sido capaces de coger un mísero paraguas de la casa.
—Tienes razón, vaya dos…
Pues sí. ¡Vaya dos patas para un banco! Dos adultos que saben que va a llover, van disfrazados con una tela finísima y ridícula y, para colmo, no cogen paraguas. En fin, tras este drástico análisis en mi mente, mirando mis pies, cogiendo con las manos las puntas del vestido de bruja e intentando estirarlas sin conseguirlo, por fin llegamos al coche.
—Si quieres, coge esta bolsa que yo cogeré la otra. Mira el lado positivo, tengo una chaqueta. Si te la quieres poner, al menos no te congelarás. Es una idea…
Al abrir el maletero y ver la chaqueta se gira hacia mí, ofreciéndomela. Embelesado, ve que el pelo oscuro y rizado se me ha aplastado. Las pestañas mojadas parecen mucho más largas y me hacen los ojos más expresivos. O eso es lo que dice mi madre cuando salgo de la ducha. La línea negra que bordea mis ojos se me ha corrido un poco y me brillan con la intensidad de un cachorro asustado. Asustado, empapado y, por su cara, imagino que sexi.
La vista, si hicieras una línea invisible, va directa a mi escote. Solo es un segundo, el tiempo que tardo en ponerme la chaqueta por encima. No me sienta mal que me mire, no estoy ciega, yo también le he mirado el suyo.
Cómo no mirarlo, si tiene la camisa medio abierta y húmeda. Pese a eso, me incomoda lo suficiente como para correr más y llegar antes al cobertizo.
—Es la Ley de Murphy, si necesitas un paraguas, no hay paraguas. Lo malo es que empieza a caer con ganas.
—Si hubiéramos tardado cinco minutos en salir, no correríamos como alma que lleva el diablo y, seguramente, no estaríamos a punto de pillar un gripazo. —Un apunte por mi parte, bastante certero. Me miro el disfraz de bruja que lo tengo pegado al cuerpo. Siento escalofríos. Noto las gotas cristalinas cayendo por mis mejillas y mi cabello hacia el escote, luego lo miro a él—. ¡Madre mía cómo te has puesto! Tenías que haberte quedado tú la chaqueta.
La camisa blanca abierta por la mitad atada únicamente por unos endebles cordones le dejan medio pecho al descubierto. Al estar ahora ya totalmente mojado, le transparentan sus más que trabajados pectorales y le deja entrever el cuerpazo, que tanto había comentado Sara. Me giro de golpe, esquivando a mi mente: «Miriam, por favor, concéntrate en la situación y deja de mirar semejante monumento, porque este hombre es un monumento».
Llegamos al cobertizo calados hasta los huesos.
—Dejaremos las bolsas en la cocina y esperaremos a que pare la lluvia, todavía es pronto. —Gira la muñeca para ver la hora, aún falta media hora para las cinco. Se mira. Me mira. Mira la casa y arruga el morro—. La cocina está bien, vieja, pero bien cuidada.
—Buscaré a ver si encuentro toallas, podremos secarnos un poco. —Hago una leve mueca al vernos y busco una solución temporal.
Me adentro en la única habitación que hay, un trastero viejo, que no limpian desde hace tiempo, ya que hay telarañas en los techos y paredes. Todo el cobertizo es de madera. Por dentro, muy acogedor y bien conservado para los años que tiene. Se nota que han pintado las ventanas hace poco y puesto un armario nuevo. Sin embargo, el arcón grande y el baúl parecen del siglo pasado.
—No he visto más que una toalla y no es muy grande. Si no te importa, la compartimos.
Me seco el pelo como puedo y voy bajando por el cuello hasta llegar al pecho. No es que lo esté mirando, sino que noto que me mira y, con disimulo, lo miro yo a él. Cómo describirlo sin sofocarme yo también… Parece un dibujo animado al que se le descuelga la mandíbula. Sin apenas parpadear, se sofoca, y al ver que me he fijado, se da media vuelta. Se dirige a la ventana, creo que avergonzado por esa repentina inquietud. Carraspea, obligando a su cerebro a cambiar de tema. Me viene bien porque no sé cómo reaccionar ante ese nerviosismo, la verdad. Que un bombón como él (un diez en un examen del 0 al 10) se fije en mí (un 7, si cuentas que llevo un disfraz una talla más pequeña, con un escotazo que parece que me haya puesto un corsé) es raro de narices.
—Diría que está apretando, los árboles bailan al ritmo frenético de la tormenta. —Resopla y se da la vuelta cuando me acerco para darle la toalla. Su nuez sube y baja como un ascensor por su ancho y fuerte cuello—. Gracias —dice al fin.
—En el baúl hay ropas viejas, supongo que algún otro disfraz, aparte de las máscaras y pelucas que ha comentado Álvaro. Si vemos que va a tardar mucho, igual deberíamos cambiarnos, ¿no crees? —planteo la idea para evitar más sofocos innecesarios, luego le echo una ojeada de nuevo a la casita de madera.
Es muy bonita. Tiene una pequeña chimenea, y la alfombra es la típica que puedes encontrar en el Gran Bazar de Estambul, ya sabes, en plan Las mil y una noches. Ese cuento era uno de mis favoritos entre todos los que me contaba mi padre antes de dormir. El sofá destartalado, una vieja cocina con tres fogones de gas butano y una pequeña nevera agarrada con una cuerda para poderla cerrar. Parece una cabaña de madera de las que salen en medio del bosque en una película de terror. Solo que esto no es una película, y Dani no tiene pinta de matar a nadie. No es que tenga mucha imaginación, que la tengo, es que, si le sumas las sillas de anea y la mesa de madera antigua y clavos, es… peculiar. También preciosa. No obstante, con el ruido de los truenos, cualquier ser humano deja volar un pelín las ideas que se agolpan en su mente.
—Hola, ¿hay alguien ahí? Es una pregunta retórica, aunque también el nombre de una película de miedo. —Alzo las cejas, sonriendo burlona y exagerando con los brazos. Esta vez soy yo la que quiere disminuir la tensión que envuelve el ambiente.
La verdad es que, en vez de una película de terror, me gustaría estar en una de superhéroes y tener poderes telepáticos, aunque solo fuera por un instante. Sería guay saber qué piensa cuando le pillo mirándome. Es una situación singular que, en estos momentos, me está provocando taquicardias. Quizás a él también. ¡Uf, qué mal rollo!
—Perdona, estaba en otro lugar, ¿qué decías?
—Estaba comentando lo de cambiarnos si vemos que va para largo. —Estira el cuello sorprendido ante mi proposición y yo sigo como si nada—. Por otro lado, pensaba en la casa, cobertizo, cabaña o lo que sea.
—Sí, no está mal. —Carraspea.
—Lo acogedora que parece. Resulta bonita y familiar, aunque un poco sucia. Algo normal, pues nadie vive en ella. Por mucho que la quieran arreglar, no deja de ser antigua, y en un día así, resulta algo terrorífica también, tan fría, con tantos rayos y truenos.
Hablo y hablo. Él solo me observa mientras me descalzo y dejo los calcetines estirados en una de las sillas, a ver si con suerte se secan.
—Veo que te sobra imaginación. —Sonríe—. Lo cierto es que si la tormenta no para, nos quedaremos helados. ¡Lástima que no haya leña! —se lamenta viendo mi idea de los calcetines—. Si tenemos que estar un par de horas o más, podríamos encender la chimenea, así se nos secaría la ropa y nos calentaríamos un poco.
Los pantalones oscuros bombachos están arrugados. Todavía le caen gotas por los lados, y nota, al igual que yo, el frío bajar hasta los pies. Se ha quitado las botas, los calcetines y se dispone a sentarse en la alfombra.
—¿Quién ha dicho que no hay leña? En el trastero hay dos capazos negros, llenos hasta arriba. Lo que no sé si hay son cerillas, o un mechero que ayude a prender fuego la leña.
Incrédulo, atónito por mi comentario, no llega a sentarse y va directo a la habitación. Coge los trozos más secos y gruesos que ve y los pone en la chimenea. Lo veo ir de un lado a otro, intrigada registrando todos los cajones hasta dar con una caja de cerillas enorme y vieja.
—Esperemos que no estén húmedas ni pasadas porque, si no, la idea es buena, pero no habrá servido para nada. —Frunce el entrecejo acercando sus dedos índice y pulgar, entre la barbilla y la boca—. Ahora falta encontrar un trozo de papel o carbón, algo que ayude a quemar la leña…
Mi cara ahora mismo es de: «¡Este tío es MacGyver!», y otras ideas absurdas que me suelen pasar por la cabeza cuando me pongo extremadamente nerviosa. Lo miro como quien mira un alienígena, absorta haciéndole una breve pero intensa revisión sin que lo note. Su pelo castaño claro tirando a rubio dorado, o rubio dorado tirando a castaño claro, está un poco alborotado, aún húmedo por el agua. Sus ojos, grandes y azules, tienen un tono camaleónico: según cómo los mires, parecen verdes, y en ocasiones, azul cielo. Es alto, atlético y muy, pero que muy atractivo.
Sé que me repito más que el ajo, pero es que me resulta sorprendente la genética que tienen algunos. Como si lo hubieran esculpido a propósito. Seguro que tiene un montón de defectos, es cuestión de tiempo que salgan a la luz. Tiempo que no creo que tenga, y que no sé si quiero tener.
Bajo de la nube donde me he subido. A pesar de estar cómoda en ella, he de bajar o se dará cuenta de que estoy pensando en él. Creerá que soy una pervertida o una loca de atar. Con la suerte que tengo con los hombres, saldrá despavorido antes de conocerme. Por un momento me he emocionado al pensar en él, y eso no es bueno para mí. Así empieza todo, y luego acabo sumergida en un mar de lágrimas.
Aterrizo en la Tierra para seguir con la conversación y voy al trastero. Me sigue a ver si encontramos algo que nos pueda valer.
—En el capazo hay piñas secas, quizás…
No me deja acabar la frase, me las coge de las manos y, con cuidado, enciende una cerilla arrimando la llama a la piña.
—¡Perfecto! Ahora, con algo de suerte, arderá.
Junta dos piñas, las mueve de un lado a otro haciendo la llama más fuerte y agresiva, después las pone entre uno de los troncos y el suelo. Repite la misma operación dos veces. Mueve con una delgada rama seca el tronco, de este modo no perderá la ignición conseguida.
Como el que no quiere la cosa, nos hemos sentado en la alfombra mirando al fuego, aprovechando el calor que emana y que es tan bien recibido. No sé el tiempo que llevamos en silencio mirando las llamas, a mí me parece un siglo.
No puedo más, si no hablo reviento. No me quedan uñas, así que diré cualquier cosa.
—Se está bien aquí. La llama se aviva, el calor que desprende es relajante, eso y el ruido de la lluvia que cada vez es más ensordecedor. Si no fuera por el fuego…
Me acaricio el pelo para comprobar si sigue mojado, y porque no sé dónde poner las manos. Después de todo, es de agradecer que me haya acompañado. Si llego a venir sola a buscar el baúl, estaría literalmente cagada. No me gustan nada los truenos y mucho menos los relámpagos. Tampoco sabría encender el fuego, o sea que, aparte de cagada, también estaría congelada y más aburrida que una ostra en un pajar. Agradezco al cielo que no ha sido así.
Bueno, al cielo no.
—Estoy de acuerdo. —Sonríe.
Se gira para mirarme; entretanto, con la astilla seca haciendo de pinzas, vuelve a mover el tronco para que la llama siga candente. No sé si se burla de mí o si realmente está a gusto. Por su expresión, parece que hasta se está divirtiendo. No lo entiendo; no hay nada divertido en esto.
—Es una sensación placentera. ¿Quieres tomar algo? Te recuerdo que tenemos bebidas. —Esboza una sonrisa maliciosa.
Arrugo la barbilla meditando. Las bolsas están ahí, en realidad no haríamos nada malo. Las circunstancias son especiales, y con la chimenea encendida apetecen unas copas de vino. Mi mente vuelve a las películas romanticonas que veo con un bol de palomitas en mi cómodo sofá, y aparece una diminuta sonrisa en mi boca.
Suena el móvil y juntamos las miradas de golpe.
—¿Llevas móvil? —pregunta extrañado.
—Sí, aunque está un poco húmedo —contesto apurada.
El lugar donde lo llevo no es muy común, puesto que es en el lateral del sujetador. No se ve, no se cae y no molesta. De hecho, se me ha olvidado que lo llevaba. Cuando no tengo bolsillos, siempre lo coloco ahí, es muy práctico. Sé que le ha chocado, porque ha arqueado las cejas y se ha puesto a reír sin más.
Es un tío raro. Tremendamente guapo, pero raro.
—Hola, chicos. ¿Habéis ido al asilo?
—No, y no creo que lo hagamos —responde Álvaro.
—Lo sé, la borrasca no para y sus efectos especiales son cada vez más insistentes. Estamos en el cobertizo desde hace rato, aquí no hay mucho que hacer —digo desanimada—. Dani ha encendido la chimenea, nos moríamos de frío, algo lógico ya que esto lleva demasiado tiempo cerrado.
