¡Ya tengo un muso! - Elisabeth Gilmore - E-Book

¡Ya tengo un muso! E-Book

Elisabeth Gilmore

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Beschreibung

HQÑ 352 ¿Es posible que las leyendas tengan algo de realidad? Noa Queralt es una redactora en paro y con un sueño: escribir una novela sobre una tejedora de historias y un pescador, destinados a enamorarse. Por desgracia, no encuentra la inspiración. Hasta que uno de los muchos currículums que envía obtiene respuesta: será la nueva bibliotecaria en la Facultad de Medios de Comunicación y Iago Martí será su supervisor. Serio, esquivo y muy atractivo… ¿le servirá de muso en su historia? Iago es profesor de universidad de origen griego, vive en un barco con su perro, no confía en las mujeres y tendrá que lidiar con una bibliotecaria alocada con un carácter de mil demonios, que le condenará a discutir por casi todo. Eso le sacará de quicio, sobre todo, porque no puede dejar de pensar en ella. Sin embargo, hasta las personas más opuestas tienen algo en común. Esa conexión que traspasa los límites de la realidad y el tiempo. Esa fuerza inexplicable que te atraviesa en canal el corazón, el cuerpo y el alma. ¿Podrán resistirse a esa energía que los confunde y a la vez los atrae? - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 441

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2023 Elisabeth Gilmore

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

¡Ya tengo un muso!, n.º 352 - febrero 2023

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9788411416542

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Epílogo

Agradecimientos

Notas

Sobre la autora

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

Cuando dos almas se acarician al verse, navegan con el mismo rumbo por el mar de la eternidad.

Es más que atracción y deseo, es un vínculo emocional.

Elisabeth Gilmore

 

 

Teje la historia de tu vida, argumenta tus sueños y conecta tu alma al anhelo de tu corazón.

El relato tendrá sentido, cuando la combustión sea espontánea y todos los órganos de tu cuerpo se fundan en un mismo deseo.

Elisabeth Gilmore

Prólogo

 

 

 

 

 

Noa

 

Estoy delante del portátil mirando una página en blanco. Los dedos sobre el teclado y no soy capaz de escribir una palabra.

No sé por dónde empezar a contar la historia que quiero narrar, la tengo en mi cabeza y quiere salir. Sé que quiere emerger como el agua del grifo. El problema es que no tengo la llave que abre ese grifo para que eso suceda.

Está ahí. Sé de qué va; tengo a los protagonistas, las descripciones y la trama. Aun así, estoy mirando la página en blanco, ida, sin saber cuál será la primera palabra que dé comienzo a esta historia.

Cierro el portátil de mala gana. Con muy malas pulgas voy hacia la cafetera, muelo café al menos para una semana. No, a este ritmo serán dos días como mucho.

Suena el teléfono y mi mente vuela:

«¿Será mi madre? ¿Será Andrea? ¿Será de la universidad? ¿Quién será? ¿Lo cojo? ¿No lo cojo?».

Tres tonos y sigo mirando el teléfono, uno de esos antiguos con los números grandes y un auricular que te cubre media cara (no los verdes diarrea de los años ochenta. No es tan antiguo, pero casi), como si fuera a avisarme de quién es sin descolgarlo.

A veces creo que no soy de este mundo, si no de uno paralelo donde solo yo sé cómo llegar, y, aun así, me pierdo en él a menudo.

Decido, justo antes de que cuelguen al otro lado de la línea, cogerlo con dos dedos como si me diera urticaria y acercármelo a una distancia prudencial.

Una voz muy amable y paciente me responde:

—Buenos días, la llamo de la universidad. —«¡Sí!», exclamo cerrando el puño, acercando el brazo a mi ombligo en señal de satisfacción; del abanico de posibilidades ha ganado la mejor.

No es que me vaya a poner a estudiar ahora, a mis treinta y seis años, no. Es que rellené una solicitud de trabajo para el puesto de bibliotecaria en la Facultad de Comunicación. La envié hace cuatro meses, ya no tenía muchas esperanzas de que me llamaran.

—Buenos días.

—Tengo su currículum y la petición para el puesto de bibliotecaria en la mano. ¿Le sigue interesando el trabajo? Porque si es así, podríamos agendar una entrevista personal para el miércoles.

—Claro. —Sonrío maquiavélica. Un trabajo remunerado con contrato y Seguridad Social. ¿Quién no quiere algo así? —Dígame la hora y allí estaré.

—La persona encargada de realizarle la entrevista le estará esperando a las doce del mediodía en el despacho del regidor, delante de la biblioteca. Si no lo encuentra, pregunte en la recepción.

Al colgar la llamada suspiro, el día acababa de mejorar sustancialmente. Sigo sin poder escribir nada, pero tengo una hermosa sonrisa dibujada en la cara que no le apetece marcharse.

¿Y quién soy yo para obligarla?

Me tomo el café y voy hacia el armario. Resoplo. Todo me parece insulso, obsoleto, viejo y desgastado. No sé qué voy a ponerme ese día.

Se supone que tengo que ir presentable; ya sabes, la primera impresión es la que cuenta. El caso es que hace mil años que no me compro ropa. Desde aquel maravilloso día en que me despidieron en la agencia de publicidad apenas he salido de casa, si no es para ir a la de mi hermano o a la de mi madre.

Me froto la frente y vuelvo a resoplar. Decisión salomónica: me tapo los ojos y lo primero que caiga.

Tras agarrar dos prendas con la mano, abro los ojos. Y… ¡ya tenemos ganadores!

Me enfundo en unos leggings negros con más años que mi sobrina y un jersey de punto grueso que se adapta como un guante a mi figura que, aunque no la cuido mucho, viene de serie. Algo bueno que me ha dejado la genética, porque el carácter agrio e irascible de mi padre no veas los problemas que me da.

Dicho esto, llamo a mi amiga Andrea.

—Necesito tu inestimable gusto sobre las prendas de este siglo.

—¿Has conseguido una entrevista de trabajo? —pregunta sorprendida, aunque convencida.

—¿Cómo lo sabes? ¿Tienes una bola de cristal? Ya decía yo que eras una bruja. —Alejo un poco el teléfono de mi oído, no quiero quedarme sorda y bizca; seguro que me está echando un mal de ojo con los gritos que mete—. ¿Eso es que te espero en la cafetería de la calle Londres en … quince minutos?

—Eres una embaucadora. Me caes fatal. Te voy a hacer gastarte todos tus ahorros, eso sí, irás monísima. Una risa maquiavélica suena a través del enorme auricular, casi da repelús oírla. Luego el silencio y una vocecita tierna me confirma que allí nos vemos.

Capítulo 1

NOA, ROSIE Y ANDREA

 

 

 

 

Noa

 

No puedo evitarlo, la quiero con toda mi alma. Es una de las pocas personas que me aguanta; pase lo que pase. En las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad. No, no estamos casadas, pero casi somos un matrimonio bien avenido; ella en su casa y yo en la mía, claro.

Nos reímos las dos a la vez con nuestras ocurrencias y, tras varias chorradas sin sentido, cuelgo. Agarro mi abrigo y mi gorro de lana, el bolso y salgo pitando.

Tengo el tiempo justo de coger la bici del garaje y pedalear hasta el centro, donde se encuentra la cafetería y la mayoría de las tiendas cool de esta ciudad. Necesito al menos un par de pantalones, dos o tres vestidos sencillos y tres o cuatro blusas; unas botas nuevas tampoco me vendrían mal.

Os preguntaréis: ¿dónde has estado metida todo este tiempo?

Respuesta fácil: en mi casa.

Llevo nueve meses en paro, un embarazo entero, sí. No, no he parido ninguna criatura. Ni siquiera tengo pareja, ni ganas de tenerla; mucho menos de ser madre. Tengo una sobrina y apenas le hago caso.

Soy un desastre con piernas como habéis podido comprobar, capaz de estar en la cama todo el día y solo levantarme para hacer café y algo de comida sólida. Tengo televisión en mi habitación, por lo que no tengo que salir de ella para nada.

Hace un día ideal de otoño. Digo ideal porque el sol brilla en el cielo, no hace mucho viento, así que no se me congela la cara ni me rechinan los dientes al pedalear. Parpadeo seguido para que no se me sequen los ojos, como cuando pones el limpiaparabrisas para que no se te empañe el cristal delantero.

Aunque voy con los auriculares puestos escuchando a Efecto Pasillo y su Si te vienes a bailar conmigo, oigo perfectamente el tráfico. La carretera está bastante transitada y se oye de todo, incluso a algún idiota decir sandeces cuando paso a su lado. No, no me voy a poner a bailar encima de la bici; no estoy tan loca, aunque no lo descarto algún día si me da por aprender funambulismo.

Llego puntual a mi cita. Aparco mi preciosa bicicleta amarilla delante de la cafetería y saludo a mi enamorada que me está esperando en la puerta.

—¿Todavía tienes esa cafetera? —Eleva las cejas mirando a mi adorado transporte como a un bicho raro—. ¿Funciona?

—Eh, no insultes a mi niña. Si es una adolescente todavía… Más vieja soy yo y no te desprendes de mí.

—Tú eres una persona. Eso es un trasto —añade la muy cabrita mirando con asco mi medio de transporte.

—¿Por qué voy a tirarla si funciona de maravilla? —«No la escuches», le susurro a mi Rosie, haciéndole un gesto de que se tape las orejas.

Sí, lo sé, es una bicicleta. No tiene orejas (bueno, cuando era pequeña pensaba que eran los manillares. ¿Qué? Era pequeña…), pero es muy sensible y, que se metan con ella por su edad, puede afectarle. A mí me afecta cuando se meten conmigo.

En realidad, no; me da igual, pero ese es otro tema.

—Dos cafés con leche en taza y la leche no muy caliente —ordena Andrea, que lleva tantos años siendo mi amiga que me conoce como la palma de mi mano.

Entretanto, busco una mesa en algún rincón disponible, donde el bullicio del local en hora punta no nos impida hablar de temas importantes, como la vestimenta de la menda para mi nuevo trabajo.

—Joder, tía. Te podías haber ido un poquito más lejos. No se me han caído los cafés de milagro —gruñe mi adorada princesa.

—Podía, pero el capullo ese, el de los caracolillos en el pelo, me ha quitado la mesa perfecta. Me he tenido que conformar con esta. —Señalo con la mirada un morenazo imponente, algo desaliñado.

—Claro, ¡qué desastre! —Mi rubia preferida pone su cara de ogro más lograda—. Perfecta porque está pegada a la pared, no vaya a ser que puedas relacionarte con alguien que no sea yo. ¿Y cómo harás para hablar con la gente? —Esa espeluznante cara que se ha adueñado del cuerpo de mi amiga es muy sarcástica, pero yo lo soy más.

—¿Abriendo la boca y emitiendo sonidos? Como ahora, por ejemplo. Ah. No. Que tú no eres gente, eres una alimaña.

—Mira quién fue a hablar. No, en serio. En una biblioteca entran estudiantes y algunos son graciosos, pero otros no tanto. Y tú, no es que seas muy simpática con quien no conoces. O sea, el noventa y nueve por ciento de la población.

—A ver, que no voy a trabajar de dependienta en una tienda, que tienes que ir con la sonrisa tatuada en la boca todo el día. —Miro hacia arriba resoplando—. Voy a estar detrás de un escritorio mandando callar a cuatro niñatos con las feromonas revueltas y muchas ganas de besuquearse por los pasillos.

—Tú ves muchas películas últimamente. Sobre todo, de esas americanas de instituto para ese libro que nunca empiezas y que, por descontado, jamás terminarás.

—Hija mía, mira que eres ceniza. Un pájaro de mal agüero. —Arrugo la nariz y le saco la lengua—. Claro, y también como mucho chocolate. ¿Has visto qué caderas me han salido?

—Pero si eres un palo. Te podrías colar por una rendija —protesta ricitos de oro.

—Eso lo dirás tú. ¿Y estas tetas dónde las meto? Porque gasto dos tallas más que tú de sujetador… —Me pongo las palmas de las manos en las tetas y se me salen por los lados. Al menearlas, me mira como si fuera un exhibicionista en el metro en hora punta.

—Sí, ponte a bailar, que para no querer que te vea nadie estás dando la nota. —Se tapa la gran bocaza que tiene riéndose. Miro a los lados y dudo que alguien se haya fijado en mí.

—Yo no me quejo, soy realista. Mi cuerpo es como el tuyo visto dos veces.

—Exagerada. Tú has tenido novio hasta hace tres meses y bien contento que estaba de tener dónde agarrar. Yo hace mil años que no salgo con nadie y otros mil que no me desahogo, si no es con Froti (sí, mi consolador también tiene nombre. Es una costumbre. Me es más fácil hablar de algo cuando lo llamo por su nombre).

—Eres más rara que un piojo verde. Espero que aguantes al menos un mes, que puedas amortizar todo lo que te voy a hacer gastar hoy. —Suelta con esa lengua viperina como la gran víbora que es.

—¡Eso es una amiga y lo demás son tonterías! —Suelto dándole un trago largo a mi café—. ¡Qué confianza tienes en mí!

—Mi abuela siempre decía: «Piensa mal y acertarás».

—Tu abuela era una ceniza, igual que tú. —Miro por el rabillo del ojo al capullo de al lado y sonrío—. Entonces, yo pensaré que el caracolillos va a tirarme los tejos y los voy a recoger todos. Porque, si está follable por detrás, imagino que por delante estará aún mejor.

—Eso no es pensar mal. Eso es que estás más salida que el pico de una mesa, que necesitas que mojen el churro en tu salsa. Un churro que se mueva por impulso y no porque aprietes un botón. —Resopla apoyando los codos en la mesa y las palmas de las manos sobre sus mejillas coloradas por la mañanita que le estoy dando. Y acabamos de empezar…—. No estás pensando nada malo. Solo deseas algo.

—¿Y quién dice que lo que deseo es bueno? A lo mejor quiero que haga cosas malas conmigo; muy malas… —Muevo las caderas de forma rítmica y se tapa los ojos negando con la cabeza.

—No me puedo creer que estés haciendo eso en medio de la cafetería. Paso de ti. Acaba el café que nos vamos. —Mira hacia los lados cohibida como si nos pudiera ver alguien.

—No estamos en medio. ¿Ves cómo era buena idea ponernos en la esquina? Si es que no me haces caso. —Me burlo de ella descaradamente y me responde con una torta en el hombro. Amigas para esto.

—Mira, me conformo con que resistas un mes y nos podamos ir de fiesta para celebrarlo.

—Que sí, pesada. Voy a estar al menos un año. Además, tendré la oportunidad de leer centenares de libros gratis y tiempo para hacerlo. Con suerte, me inspirarán para escribir mi nueva novela. —Alzo las cejas y junto las palmas de las manos, como si fuera un rezo y se lo pidiera a alguien celestial—. Y encima me pagan. —Aplaudo sin sonido—. Todo son beneficios.

Tras diez minutos diciendo chorradas y observando de reojo al capullo que me ha quitado la mesa, nos vamos. No he conseguido verle la cara, la tiene pegada al portátil y a una libreta grande de cuadros.

Auguro que, en pocos meses, llevará gafas. Eso o se quedará cegato en otros pocos.

En fin, que tampoco me importa. No lo voy a ver nunca más. Una lástima, porque me vendría bien para quitarme las telarañas de cierta parte abandonada de mi cuerpo.

 

 

En la misma avenida donde estamos, a unos cien metros, está nuestra primera parada: La boutique de Lys. Una preciosidad de tienda que combina muy bien la elegancia con el bolsillo de las clientas. En este caso, el mío.

Andrea, que es feliz gastando el dinero que no es suyo, comienza a pasar la mano por todas las blusas que ve hasta dar con dos que, según ella, combinan con todo. Una blanca y otra marfil. A mí me parecen muy majas para regalarle a mi madre, pero no, me las tengo que probar yo.

Mientras ella mira ropa sosa o poco atractiva, yo rebusco entre colores más variopintos: camisetas ajustadas verdes, marrones, moradas y azules. Algunas negras también. Su mirada azul me atraviesa en canal. Me mata sin pudor a sangre fría cuando ve lo que llevo colgado del brazo.

—¿Tú estás bien de la cabeza? ¿Te crees que vas a un circo? Si quieres compramos una nariz roja y te la pones el miércoles. —Su cara es la de la madrastra de Cenicienta cuando la ve vestida con su sencillo traje recién cosido dispuesta a ir al baile. Yo llego al mismo sitio que ella; ninguno—. Seguro que pasas la entrevista por tu seriedad.

—Joder. Tampoco es que vaya a un entierro. —Arrugo la boca.

—Pero al menos tienes que aparentar clase. —Levanta el dedo índice como si fuera mi progenitora y yo una niña de cuatro años—. Eso sí, el primer día, hazme caso.

—Sí, mamá. —Pongo los ojos en blanco—. La primera impresión es la que cuenta —decimos las dos a la vez.

Reímos como locas camino del probador. Después de media hora de quitas y pones delante del espejo, salgo satisfecha. Quizás no es una ropa que me pusiera a diario, sin embargo, para una entrevista formal o comer con la familia no está nada mal.

El resultado final ha sido: dos vestidos oscuros, lisos, de cintura suelta, hasta la rodilla y con cuello redondo; básicos pero elegantes. Un pantalón pitillo marrón y otro crema. Una blusa blanca y otra chocolate. Dos tejanos ajustados y jerséis de punto sin pelotillas. Todos en tono pastel; excepto dos que me he agenciado en color grana y azul eléctrico. Son tan monos…

La facultad está a un paso y decidimos acercarnos a echar un vistazo. Damos un paseo por el jardín y los alrededores sin entrar en ninguna clase. Le he echado el ojo a la cafetería y a la que, supuestamente, será mi zona de trabajo; la biblioteca.

Tras esa breve ojeada, y más contentas que unas castañuelas, salimos dispuestas a celebrarlo.

—Parece un buen trabajo, ¿hacen unas cervecitas? Es la hora de comer. —Hago uno de mis mejores pucheros. Está claro que si vamos paga ella, ya que me acabo de gastar casi todos mis ahorros y, hasta que cobre, si paso la entrevista, falta un mes.

—Venga, va. Porque vas a conseguir ese puesto y me lo vas a devolver con una noche de sexo, alcohol y descontrol hasta el amanecer el mismo día que cobres, que si no…

—Dalo por hecho. —Grito de felicidad en mi interior. Me apetece una buena comida después de tantas semanas a base de verduritas y pasta (es lo más económico que encontrarás en el supermercado. La carne no la mires, y el pescado ya para la realeza, porque lo que es mi nariz ni lo huele, no vaya a ser que me cobren por ello).

 

 

El miércoles llega y mi entrevista es en media hora. He aparcado a mi Rosie, en primera fila, bien atada a un árbol grande y hermoso que hay en la entrada para que nadie me la quite.

Me aliso el vestido azul marino con las manos, me miro de arriba abajo, por si alguna pieza de mi esqueleto está fuera del sitio, pero no; todos mis huesitos están bien encajados.

Camino con la espalda recta, erguida como me ha enseñado mi amiga, puesto que la mayor parte del tiempo lo hago encorvada; es más cómodo. También un defecto de escritor, o ¿has visto alguno que escriba recto, tieso como una tabla, mirando al ordenador?

Mentira.

El edificio es neoclasicista, con unos pórticos alrededor de la construcción. Antiguo, pero bien cuidado. Abro una puerta, una mujer entrañable de pelo rizado, de un castaño natural con alguna que otra cana, muy difícil de ver en estos tiempos, dado que la mayoría de las mujeres pasamos por la capa de pintura en cuanto vemos una, me dice que espere, que está hablando por teléfono.

No, yo no tengo canas por si os lo preguntáis. Mi color de pelo es natural; negro, como me voy a poner ahora si no me atienden pronto. Son las doce menos cinco, quien me entreviste estará pensando que llego tarde, y no, estoy aquí esperando a que llueva dentro de la recepción.

Espera, ¿me dijo que fuera a la biblioteca directamente? ¿A la oficina de enfrente? ¿O era la del regidor? ¿Qué me dijo?

Gotas de sudor me caen por la frente, a pesar de las bajas temperaturas, intentando descifrar qué fue lo que me dijo la voz al teléfono. Probablemente la misma persona que lleva diez minutos hablando por el mismo.

—Demonios, ¿por qué no apuntaré las citas? —farfullo dando vueltas con la mirada buscando otra sala—. ¡Bingo!

Voy hacia ella. Un letrero cuadrado me indica que es el despacho del regidor, enfrente está la biblioteca.

¿En cuál entro? Faltan dos minutos para las doce. Joder. Pito, pito, gorgorito, dónde vas tú tan bonito. Te ha tocado. Crucemos los dedos.

La puerta se cierra con un leve clic y yo suspiro. Camino despacio, veo a un señor con barba gris y una camisa a cuadros marrones y blancos, muy al estilo de Papá Noel a principios de invierno (ya sabéis, sin el abrigo rojo y las botas negras. Más en mangas de camisa y mocasines de andar por casa). Está ojeando unos libros y apuntando algo en un papel. Imagino que es mi entrevistador. Cuadro hombros y me dirijo a él con voz dulce e inocente.

—Buenos días, vengo a la entrevista para el puesto de bibliotecaria. Tengo cita a las doce. —El hombre levanta la cabeza del libro y me mira como si viera a un alienígena pronunciando unos sonidos ininteligibles.

—Y llega dos minutos tarde —contesta una voz ruda y contundente a mi espalda.

Me giro y la carpeta que contiene mi currículum y varias cartas de recomendación de hace mil años se me caen al suelo. Parpadeo varias veces por si la vista me engaña y estoy recreando mi particular sueño erótico, pero no. Sigue ahí. Mirándome con cara de malas pulgas.

Tenía razón, si por detrás estaba follable, por delante ni te cuento.

Capítulo 2

EMPIEZA LA ODISEA

 

 

 

 

Noa

 

Recojo lo que se me había caído al suelo mientras la mirada inquisidora del capullo me atraviesa entera. No estoy nerviosa. No le tengo miedo, aunque me incomoda un pelín su soberbia. Me dirijo a él sin pestañear, con la mirada altiva, y me presento.

—Buenos días, soy Noa Queralt. Vengo por el puesto de bibliotecaria. —Alzo mi mano como parte de la presentación. Él la mira. Luego vuelve a mirarme y, con desgana, me da un fuerte apretón de manos.

—Sé quién es, hace diez minutos que leí su currículum. No me gusta que me hagan esperar —añade tosco.

—Disculpe, pero he llegado puntual. —Miro el reloj del móvil: son las doce y tres minutos. «Oh, señor, deme unos latigazos en la espalda por hacer que este hombre pierda tres minutos de su valioso tiempo. ¡Empezamos bien!», pongo los ojos en blanco, aceptando mentalmente que, en mi absurda espera en la recepción, he pasado más tiempo del que creía.

—¿No se fía de mis palabras? —Sube la cabeza enderezando su delgado cuerpo y mostrando su superioridad con ello.

—¿Perdone? —Pese a la diferencia de altura, no me amilano por nada. No me gusta que me pisoteen, y este tío parece tener un ego más alto que él.

—Ha mirado la hora, lo que quiere decir que esperaba una confirmación de su puntualidad. Al no obtenerla se ha callado. —Este igual se cree que me voy a disculpar por llegar tres minutos tarde. No me conoce…

—Me he callado por respeto, porque no quiero discutir por una nimiedad; necesito el puesto de trabajo. —Si las miradas matasen, la mía lo habría fulminado al instante, dejando su fibroso, y seguro que musculado, cuerpo tendido en el suelo.

KO. Sin vida. Sin resquicio de movimientos ni comentarios absurdos que me pongan de mala leche como lo está haciendo ahora.

Por desgracia, las miradas no hacen eso, y la mía lo único que hace es mantener la suya. Una pelea de gallos, que ninguno va a ganar, puesto que ninguno la apartamos.

Por mí vale, no tengo otra cosa mejor que hacer. El erudito es él, el que su tiempo es oro. Por lo que a mí respecta podemos tirarnos horas así. No pienso bajar la guardia ante semejante espécimen.

El señor del pelo blanco a lo leñador de unas alejadas montañas y espesos bosques tose forzando el alto el fuego en la batalla. El hombre de hielo se da por aludido y aparta la vista.

Ja, mira por dónde, he ganado.

—Será mejor que se siente. —Levanta la primera hoja con indiferencia—. Veo que lleva nueve meses sin trabajar…

—Sí, y no es por un embarazo. Por si acaso es la próxima pregunta. —Suelto fría e irónica. Solo me faltaba que se le ocurriera decir esa estupidez, así que me adelanto antes de que lo haga.

—No, no es relevante y tampoco me interesa. Solo me ha parecido curioso; es demasiado tiempo —responde con desdén.

—También estuve ocho años trabajando en una agencia de publicidad y tres más de secretaria en una clínica privada. Pero si solo quiere centrarse en ese detalle, le diré que, con treinta y seis años, no es tan fácil encontrar trabajo —contesto, muy digna. Si es un duelo de soberbia, a mí no me gana nadie.

Sin embargo, también soy obediente, Andrea me dijo que fuera dulce, y yo estoy hablando con mi tono más acaramelado; Los Werther’s Original, a mi lado, son vinagre puro.

—¿Por qué le interesa el puesto de bibliotecaria? No se parece en nada a lo que ha trabajado. —Arquea una ceja y me mira de modo inquisidor.

—Y ¿por qué no? Es un trabajo digno. Me pagaría el alquiler, la comida. Además, tengo un montón de libros a mi disposición y tiempo para leer. —Mantengo la compostura y la tensión en mis facciones, puedo ser una bruja malvada si me provocas. Y este tío, dejadme deciros que, lo hace muy bien; lo de provocarme, digo.

—¿Le gusta leer? —¿Me está tomando el pelo? Igual se ha creído que soy analfabeta. ¿Sabrá leer él? Se cruza de brazos, apoyando la espalda en el respaldo de la silla atento a mi respuesta.

—¿A usted no? Es curioso trabajando en una universidad. —Sigo navegando con mis ojos en ese mar azul intenso de los suyos.

—Soy profesor de Historia y Estructura de los Medios de Comunicación, creo que he leído algún libro en mi vida. —Acerca su torso a la mesa encarándome. Le devuelvo el gesto, enfrentándolo. Eso sí, con una sonrisa tierna para edulcorar la respuesta.

—Me alegro. Yo soy licenciada en Periodismo y Publicidad, también escritora en mis ratos libres. Diría que he leído alguno. —Ja, ¿qué se ha creído el profesor capullo, que porque necesite el trabajo voy a ser una empleada sumisa?

Quizá debería… Dudo un segundo, pero es que es superior a mí. No puedo decir: «Sí, señor», cual soldado a su capitán o bajar la cabeza cuando me están toreando.

—Interesante. —Se levanta y se dirige a un mueble archivador. Saca un formulario y me lo da para que lo rellene.

Lo cojo con la mano y me dispongo a cumplimentarlo bajo la penetrante mirada de mi entrevistador, que no se le escapa ningún detalle de mis gestos y movimientos.

—Bien. Aquí lo tiene. —Espero un minuto. No dice nada. Me exaspera, así que tomo la iniciativa—. ¿Es todo?

—Es todo —contesta frío.

Me levanto dispuesta a irme, observando que el capullo ni siquiera me mira. Está estudiando el formulario que he rellenado, o quizás memorizándolo, ya que no aparta la mirada de la hoja.

Qué tío más raro… Guapo, con unos enormes ojos azules más claros que el cielo de esta mañana, pero, aun así, más extraño que un pingüino en el desierto.

Está claro que no he pasado la prueba. Lástima, me hubiera venido bien el dinerito. Este mes voy a adelgazar tres kilos más con mi nueva dieta. A este paso, mi madre no me reconocerá la próxima vez que me vea.

Cuando ya estoy en la puerta, suelta la bomba:

—La espero mañana a las nueve menos diez. Sea puntual, a las nueve tengo clase y no la esperaré ni un minuto fuera de esa hora.

Me vuelvo de golpe. La mirada intensa de ese hombre me escudriña de arriba abajo. Un escalofrío me recorre la columna vertebral. No sé si acojonarme o alegrarme.

¿Tengo trabajo? ¡Tengo trabajo!

En mi interior estoy dando saltos y gritando como una loca. Me sonrojo por un segundo, no porque los ojos de mi nuevo jefe sigan clavados en mí, sino porque a partir de mañana seré la nueva bibliotecaria.

Y no una bibliotecaria normal, no. Una alocada y extrovertida con un supervisor buenorro y capullo que le hará la vida imposible. Como si lo viera.

Capítulo 3

LA NUEVA BIBLIOTECARIA

 

 

 

 

Iago

 

Cuando sale por la puerta no puedo evitar que se me escape la sonrisa. Esa mujer es diferente a los bibliotecarios que hemos tenido. Desde Juan, el obsesivo compulsivo, a Montserrat, la tímida extraña.

Ella tiene carácter; me gusta, aunque también me irrita. Lo necesitará para enfrentarse a más de un universitario maleducado y algún que otro profesor gilipollas. Y no me refiero a mí, a pesar de que mi comportamiento ha sido un poco agresivo. La verdad es que no entiendo por qué, tampoco ha hecho nada del otro mundo.

No es ni muy joven ni muy vieja. Ni guapa ni fea. Ni alta ni baja. No tiene nada que llame la atención, aparte del fuego que saca por la boca y que, como no te apartes a tiempo, puedes acabar chamuscado. Al menos no se burlarán de ella y podrá pararles los pies a los más sinvergüenzas; que no son pocos.

Si a eso le sumas que parece inteligente… Es perfecta para el puesto. No lo parecía el otro día en el bar, masajeándose las tetas como si fuera una estríper en un local de fiesta o moviendo las caderas de la forma más provocadora que te puedas imaginar. La consideré una loca impulsiva. Una tía vulgar. Aunque tuvo su gracia.

No creí que volvería a verla, y menos aquí. Ayer, cuando vi de nuevo el currículum y me fijé en la foto, la reconocí al instante. Ansiaba saber por qué se presentaba al puesto. Es de locos, pero estaba deseando conocerla, retarla. Por eso me he comportado así, porque no suelo exasperarme por tres minutos de espera.

No es que me importe, no. Por su bien, espero que sea la adecuada para el puesto. Si no, por muy diferente que sea, la echaré igual que a la última bibliotecaria.

—Veo que te gusta la nueva. —Leandro se acerca a mí con una leve sonrisa en la cara, extrayéndome de mis pensamientos.

—No está mal. A ver si dura —digo con indiferencia.

—Montse no era mala, solo asustadiza y algo hipocondríaca. Esta joven parece todo lo contrario, ¿no crees? —Me pregunta como si yo lo supiera. ¿Por qué me mira así?

—No tardaremos en averiguarlo. —Doy media vuelta, agarro mis cosas y me dirijo a mi clase.

No puedo evitar sonreír al recordar cuando Leandro dijo que tenía conjuntivitis y por eso le lloraban los ojos. Montse creyó que estaba resfriado y empezó a estornudar, toser, carraspear… O el día que Julia vino con migraña y a ella le entró jaqueca.

Lo último fue cuando Emilio trajo un extraño cactus de Australia, llamado Cucumerina,la mujer insistió en que era alérgica justo a ese. Por curiosidad le preguntamos si le gustaba viajar y resultó que jamás había salido de la ciudad por miedo a perderse.

Imaginaos cuando un alumno de último año que estudiaba para un examen de Estadística escuchó semejante confesión. El caos no tardó en llegar. Los alumnos hacían cola buscando mil y una maneras de cachondearse de ella.

Tuve que echarla por su bien y porque, desde ese día, no daba pie con bola.

Desde entonces la biblioteca ha estado atendida por la junta de profesores y una auxiliar, pero es un desbarajuste. Un descontrol que va aumentando con el tiempo.

Necesitamos una persona que se encargue de ella las horas que esté abierta, que sepa todo lo que ocurre dentro y esté pendiente de los alumnos, a veces la juventud se alborota y las hormonas les pueden.

Algo me dice que ella puede ser una buena bibliotecaria si se lo propone. El problema es si se tomará en serio el trabajo, porque no la veo muy centrada.

Parece una mujer con carácter, también alocada y dispersa. Un huracán de los que arrasan todo a su paso, cuando aquí lo que necesitamos es alguien con cabeza, maduro, despierto y responsable.

Tal vez sea una impresión, pero me da en la nariz que me va a complicar la existencia.

Capítulo 4

SERÉ SU SUPERVISOR

 

 

 

 

Noa

 

Llamo a Andrea para decirle que me compre unas gafas de bibliotecaria, así el atuendo será completo. Esta lo celebra con una risotada que traspasa el auricular en nuestro eterno cachondeo por mi look del primer día, impuesto por mi odiosa amiga.

Tras un rato hablando de cómo la vida vuelve a sonreírme, cuelgo. Abro la puerta de la nevera, las tripas me rugen con la fuerza de un león. No obstante, no saciaré mi apetito con lo que encuentre en ella.

Entre las bandejas vacías hay un triste pimiento verde, dos huevos y un yogur. «No te quejes, podría ser peor. Aún puedes hacerte un plato combinado…». Sonrío conformando a mi estómago, que sigue quejándose por el maltrato que a menudo le ocasiono.

Tres horas más tarde estoy sentada delante de un café, una barrita de Huesitos y mi queridísimo portátil. Debería saber qué poner, pero no se me ocurre ninguna frase idónea con la que empezar. Seguro que cuando empiece no podré parar, las ideas fluirán como los chistes tontos de Eugenio en el escenario. Sin embargo, ahora… no se me ocurre nada.

De golpe, en mi mente vacía aparece un cuerpo delgado, alto, con la melena corta revuelta y la mirada intensa. Más tieso que un garrote y más seco que la mojama.

¡Qué asco de tío! Es un prepotente, un cretino. Y, por si fuera poco, tendré que lidiar con él todos los días. Lo que hay que hacer por un sueldo digno y un plato de comida calentita.

 

 

Al día siguiente, ataviada con unos pantalones pitillo marrones, una blusa blanca y unos zapatos no muy cómodos, pero estéticamente elegantes, me dirijo a tomar un café con leche en el bar de la esquina (los hacen supercremosos, como a mí me gustan).

Cinco minutos más tarde pedaleo cantarina camino de la universidad. Son las nueve menos cuarto cuando estoy delante de la biblioteca. Aprieto con la mano el pomo de la puerta, pero nada, no se abre. Vuelvo a intentarlo.

—No insista. Si no se abre a la primera, a la segunda y a la tercera tampoco —brama el gigante pitufo gruñón.

—Vaya, parece que se le han pegado las sábanas. —Tenía que decirlo. No debía, pero me ha salido del alma.

—No duermo con sábanas. —Mi cara se enciende sin necesidad de cerillas. Eso no me lo esperaba—. Llego quince minutos antes de mi hora y no me los pagan.

¿Y cómo duerme…? ¿Boca abajo como los murciélagos o en un ataúd como los vampiros? No, ya lo sé. Es un zombi y duerme bajo tierra, de ahí su cara de muerto. Sé que lo estoy mirando descaradamente, pero es que me lo imagino y…

Vale, Noa, para o tendrás pesadillas con él.

—No hace falta que me escanee, hay más personas de las que cree que duermen sin cubrirse de pies a cabeza, incluso que no duermen en un mullido colchón —responde de lo más natural, sin mirarme. Luego, señala un mostrador, el ordenador y un mueble archivador—. Ahí tiene su zona de trabajo.

—Estoy convencida, pero no todas son catedráticos de universidad. —Se gira brusco. Su mirada azul me atraviesa como si la daga de un mago se tratara, y yo la azafata que está dentro de la caja negra y fea.

—Donde duerma no es de su incumbencia. Sí lo es su trabajo, el cual será exponencialmente llevar el orden en la biblioteca: cuando vengan los alumnos procurará que estudien en silencio, estará pendiente de los libros que se llevan, como de los que tiene que solicitar a la Diputación. Todo tiene que estar catalogado. —Su voz es fría y rotunda.

—Bien —contesto escueta. Mejor no hablar demasiado, no vaya a ser que la cague de nuevo; no parece que la paciencia sea una de sus virtudes.

Claro que tampoco creo que tenga muchas, quitando su perfecta genética.

—Además de responder los correos electrónicos y llevar una cuenta exhaustiva de todos los libros que hay. —Saca unos libros de un cajón y los apunta en un cuaderno.

—Vamos, un inventario de todo. —Acerca su cara a la mía. Por una milésima de segundo creo ver una ínfima sonrisa, pero no, ha sido un espejismo.

Un oasis en el desierto, y yo ahora mismo estoy sedienta. Joder, qué calor hace. ¿Quién ha subido la calefacción? ¿Se habrá dado cuenta de que estoy sudando?

—Veo que me ha estado escuchando, aunque no lo aparentaba… —Me deja unas llaves y apunta en un papel unos dígitos—. Este es su nombre de usuario y su contraseña. No la cambie, seré su supervisor y de vez en cuando entraré a controlar cómo lo lleva.

Será mi supervisor… Podría supervisarme otra cosa. Controlador, no me hace falta que lo jure. Antes de que pueda responder, agarra su maletín y desaparece por donde ha venido. Alzo las cejas, sorprendida por la elocuencia del tipo, que, para ser profesor, es más bien parco en palabras.

Suspiro. Debe de ser un amargado de la vida. Un ni folla ni deja follar. Igual no tiene amigos que lo distraigan y vive en un búnker bajo tierra, por eso no tiene sábanas y quién sabe si colchón…

Ha pasado media mañana y mi cabeza sigue dando vueltas a las posibles teorías sobre ese hombre extraño. No me lo quito de la cabeza.

Las horas siguientes vicheo los programas a los que puedo entrar desde el ordenador, los códigos que tengo que descargar para revisar y hacer el inventario, inspeccionar tres cajas vacías que hay en la parte trasera de la biblioteca y el extraño y escueto lavabo que hay en ella.

Han venido diez personas mal contadas, tampoco es que sea el metro en hora punta, por lo que muy cansada no estoy. El señor capullo no ha vuelto a aparecer (¡yupi!, muy controlador no es), y es la hora de comer.

Dada mi falta de liquidez en el bolsillo, voy al supermercado del final de la calle (uno alemán muy famoso) y me compro una empanada, un dónut y un zumo de naranja.

El dónut es por endulzarme la vida un poco. En total me he gastado dos euros y medio en la comida y cuatro euros en la cena. Todo un derroche por mi parte.

Cuando he visto los tortellini de espinacas y queso, se me ha antojado una copa de vino. De entre todas las botellas que había me ha llamado la atención una, Cabró[1].

No me miréis así, es como se llama. Me ha recordado a una persona especial que tendré que ver todos los puñeteros días. ¡Bingo!, habéis acertado; mi escultural jefe.

Indudablemente, la he comprado para bebérmela a su salud.

La tarde ha pasado como la mañana; sin pena ni gloria, y el susodicho ni se ha dignado a pasar por allí. Faltan diez minutos para cerrar y aparece el conserje con un guardia de seguridad.

—Puedes irte tranquila, Noa. Herminia, la mujer de la limpieza, cerrará cuando termine.

Imaginaos mi alegría, a las nueve tengo la cena preparada y la copa de vino en la mano. Me pilla en media sentadilla cuando suena el timbre con insistencia. No es que estuviera haciendo ejercicio, es que estaba a punto de colocar mi pandero en la silla cuando mi amiga por poco quema el timbre.

—Ya voy. Ya voooy —grito antes de que empiece a salir humo del interruptor.

—¿Qué haces? —Entra tan veloz que me despeina; mira que es difícil mover mis rizos con el volumen que tengo.

—Celebrar mi primer día de cotización a la Seguridad Social después de un embarazo psicológico. Pero pasa, mujer. No te quedes en la puerta… —contesto con ironía para no perder la costumbre.

—Invita, tía. Aunque sea media copa, que ya sé que estás en números rojos. —Apoya su esbelto culo de gimnasio en la silla antes que yo.

—No estoy en números rojos, aún me quedan cien euros en la cuenta. —Pongo los ojos en blanco, parece que no me conozca. Yo con cien euros hago maravillas.

—Y un mes para cobrar. Suerte que ya te han pasado el recibo del piso… —Eso también es cierto.

—Y que Rosie no necesita gasolina… —añado con sorna.

—Joder, cómo se les va la olla. ¿Sabes lo que me ha costado llenar el depósito? La mitad de lo que te queda para pasar el mes. —Bufa rabiosa.

—¿Ves? Y tú riéndote de Rosie. —Alzo una ceja a lo Carlos Sobera.

—Oye, y el capullo ¿qué se cuenta? —Apoya el codo en la mesa y la palma de la mano en la barbilla como si estuviera viendo uno de esos culebrones turcos, esperando a ver de quién es el hijo secreto.

—Creo que es de letras, porque contar, no cuenta mucho —digo después de darle un buen trago a mi copa—. No lo he visto en todo el día.

—Pues sí que es rancio, sí. —Ella lo preguntaba con la esperanza de que me liara con alguien… Ja. Le va a dar el sol de noche.

—Como si te cayera limón en los ojos. —Nos reímos con ganas hablando del tema del día. Puede que de la semana. No sé.

Una hora más tarde, Andrea se despide. No tengo sueño, por lo que me dedico a cambiar canales en la televisión, pero solo hay telebasura. Harta de perder el tiempo, me voy a la cama. Ciento cincuenta vueltas después, me quedo dormida.

 

 

Por segunda vez, salgo escopeteada del piso. Cierro con llave y bajo a por mi café con leche favorito.

—José, ponme uno no muy caliente.

—De acuerdo —contesta sonriente con un guiño de ojo. Cuando lo tiene preparado, me lo da con una nueva propuesta, como cada fin de semana—. Esta noche sí, ¿no?

—Esta noche es igual que las demás; hasta que no cobre no tengo un duro, y si no tengo money, no puedo salir a emborracharme. —Fijo mis ojos en él.

—Te lo he dicho cien veces, te invito yo. —Me toca la barbilla con dulzura. Me gusta que lo haga, le da un aire seductor. Aun así, no me convence; tengo unas reglas.

—Y yo te he respondido otras cien; mis fiestas me las pago yo. No soy una indigente (todavía), por lo que, si salgo será porque tengo dinero en el bolsillo, no porque me lo pague un tío bueno como tú.

—Entonces, ¿te sigo gustando? —A ver: rubio dorado con ojos verde césped, una sonrisa que quita el hipo, unos músculos que ni Sansón y un culo que te implora que lo agarres en cuanto lo ves moverse. ¡Ni que estuviera ciega!

—Para una noche loca, sí. No necesito gafas aún. Estás más bueno que el pan con tomate y sabes hacer que a una mujer le tiemblen las pestañas solo con un movimiento de tu dedo. —Me arrimo sinuosa, rozo con un dedo su boca y me separo antes de que me atraiga hacia él con fuerza y montemos un espectáculo.

—Joder, ¿y cuánto más voy a tener que esperar para hacerte temblar? —Se humedece los labios con aire dramático.

—Eso lo puedes hacer cuando quieras, pero en una noche loca de fiesta, no. Tendrás que hacerlo a palo seco en mi casa —aclaro encogiéndome de hombros.

Me doy la vuelta para irme puesto que ya sé la respuesta. Él, que está apoyado en la barra con el trapo de secar en el hombro, me mira sudoroso.

—Sabes que yo también tengo mis normas. Tú tienes unas y yo…

—Tienes otras. Por eso, cuando coincidan los astros, volveremos a darle candela. —Mi camarero favorito baja la cabeza resoplando—. No llores, ya queda menos de un mes. —Sonrío dándole un beso al aire que, José, recoge con una mano.

Me encanta ese tipo y la relación surrealista que tenemos; puedo hablar de cualquier tema, es un tío superinteligente que lee periódicos en papel (sí, sí, como lo oyes, de los que arrugas cuando ya los has leído y haces una bola para encanastarlos en la papelera).

Sabe de todo y no se mete en nada; bueno, se mete en tu agujero más rápido de lo que canta un gallo. Se acopla y te hace resoplar como Eolo en un día de furia. Te embiste con la fuerza de un semidiós y te arrolla con el tren de sus besos, que va dejando el camino marcado por ciertos rincones de tu cuerpo.

Es tan salvaje que suelen quedarme marcas al día siguiente de haber estado con él. Aun así, repito cada vez que puedo. Digamos lo que digamos, el sexo salvaje es un buen sexo.

Como además de camarero es el dueño del bar, encima me invita a almorzar. Con el hambre que deja el fornicio, ese día me quedo como nueva.

Lástima que mi economía y las normas que tenemos no nos hagan repetir más a menudo.

[1] Marca de vino de tinto del Penedès D.O.

Capítulo 5

PARA COMÉRSELO

 

 

 

 

Noa

 

Ya en la universidad y con Rosie aparcada, me dirijo a la biblioteca. Unos chicos me miran de arriba abajo y sonríen entre ellos. Mi nivel de audición no me permite escuchar lo que dicen, pero lo imagino por cómo se les cae la baba.

Hoy he decidido hacer la mitad de caso a mi amiga. Me he puesto los pantalones blancos que me compré, pero los he combinado con un jersey escotado azul eléctrico que me ponía en mi anterior trabajo. Entonces me quedaba ajustado, ahora me sobra por todos lados, pero con la delantera que tengo me dibuja un buen canalillo. Un canal por donde pasarían barcas y grandes veleros. Por donde, con un poquito de imaginación, los tíos más salidos de la universidad hacen delicias en su retorcida mente.

No me lo he puesto por eso. Hace tiempo, cuando trabajaba de copy en la agencia de publicidad, me daba buena suerte. Cuando tenía un cliente importante y había que redactar una idea, me ponía uno de mis jerséis de la suerte o mis pendientes favoritos; no fallaba nunca. Si a eso le sumas que no me apetecía ir de cuello cerrado o con una blusa abotonada hasta arriba…

No sé vosotros, pero yo tengo una manía, me gusta respirar.

Necesito ir cómoda, aunque tenga que salir a trabajar. Tampoco es que vaya desnuda, solo… marco un poco lo que la genética me ha dado.

Mi madre siempre dice: «Lo que han de comerse los gusanos, que lo disfruten los humanos». Estoy de acuerdo.

Cuando llego, la puerta está abierta.

—¿Hola? —pregunto al aire.

—En seguida salgo. —Inconfundible esa voz seca y grave. Resoplo y cruzo los dedos.

Me agacho para dejar mi bolso/mochila en el estante de abajo del mostrador donde paso la mayor parte del día. En ese instante pasa como un relámpago la voz que tan nerviosa me pone.

—Le dejo las llaves; mañana vendré tarde. Como veo que es puntual, puede abrir usted.

—Espere… —digo incorporándome.

—Si tiene alguna duda, me envía un correo electrónico y le responderé en cuanto pueda.

Me levanto como un resorte, no me ha gustado el tono en que lo ha dicho. Sin embargo, no me da tiempo a decir nada, solo veo sus glúteos firmes saliendo por la puerta. Esos tejanos le quedan de maravilla al sargento de las narices. Y si es el jersey… Uf.

—Lo dicho, por detrás está follable y por delante más todavía. Lo mires por donde lo mires, está para comérselo, pero cuando abre la boca sube el pan. Y yo lo siento, pero estoy sin blanca. —Lo miro con gesto de asco, poniéndome los dedos en la boca como si fuera a vomitar.

Me centro en mi faena. Comienzo por imprimir las listas de los libros que en teoría tienen en la biblioteca para poder comenzar el inventario. Me organizo por calles y por géneros.

Va entrando gente esporádicamente. De momento me es fácil controlarlos. Cuando veo que recogen, voy hacia el mostrador, hablo un par de frases mientras anoto los libros que se llevan. Algunos no los encuentran y quieren que se los pida.

Sonrío satisfecha. Me gusta mi nueva rutina.

La mañana pasa rápida. Salgo a comer un bocadillo que me ha preparado José, a modo de chantaje emocional para que salga esta noche con él. El bocadillo lo he aceptado, como para no hacerlo. El fiesteo no.

Me pica, es cierto, pero no tanto. Si esta noche me pica más, que me rasque Froti.

Mis principios son básicos: si puedes, hazlo. Si no…, te esperas a que puedas. Nunca te adelantes, porque todo llega.

Estoy sentada con las piernas cruzadas sobre una manta de pícnic. El bocadillo en una mano y un libro en la otra. Absorta en la lectura de La biblioteca de los muertos, de Glenn Cooper. Oigo murmullos, pero paso de levantar la vista, la lectura está de lo más interesante.

Tras media hora leyendo, cierro el libro. Me he terminado el bocadillo y me pongo los auriculares. Ojeo las redes sociales mientras escucho Y volar, de La Pegatina; ese grupo tiene el don de subirme el ánimo. Me dibuja una sonrisa en la cara al escuchar los primeros acordes.

Con la siguiente canción, Hijos de la Tierra, de Nil Moliner, me levanto y me dirijo a la biblioteca de nuevo. Entonces me percato de que un grupo de alumnos me mira con cierto brillito pícaro en sus ojos.

¿Tengo monos en la cara? ¿Me he manchado? No. No veo nada. Mi primer pensamiento lo rechazo, fijándome con disimulo en que no tenga ningún resto de comida en alguna zona indiscreta o una mancha donde pueda crear malentendidos. No hay nada fuera de lo normal ni de su sitio.

Hago oídos sordos y voy hacia la máquina del café. Saco un cortado con sabor a avellana. Mmm… ¡Huele de maravilla! Me giro apoyando la nariz en el vaso con los ojos cerrados magnificando ese instante. Es mi momento zen.

El golpe contra algo duro rompe ese mágico instante, tan relajante como breve, que me hace tambalear y perder el equilibrio. Unas manos fuertes me atrapan clavando las yemas de sus dedos en la piel de mi brazo. La presión que ejerce y la confusión me hace moverlo hacia arriba.

Ese líquido amargo que tanta falta me hace sale por los aires. Lo veo a cámara lenta como si fueran los efectos especiales de una película, con el infortunio de que acaba sobre la camisa del hombre con el que me he tropezado.