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«Estamos ante una narrativa de ideas, de reflexión, de introspección. El fin principal es conocer a esa criatura llamada ser humano y resaltar su perfil lleno de contradicciones y malformaciones, pero también de belleza, de nobleza a pesar del miedo y la inseguridad que los envuelve, sujetos a un devenir ineludible pero alejados de esa falsa épica de las hueras enunciaciones de una sociedad, la de hoy, sometida al imperio de lo efímero y la filosofía indolora de la cancelación de lo divergente y complejo. Los márgenes reúne los ecos de lo que somos para amplificarlos lejos de los oídos atolondrados por la difusión masiva de mensajes arteros e interesados. Los márgenes es literatura, de corazón y de oficio». Juan José Castro
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Seitenzahl: 126
Veröffentlichungsjahr: 2026
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«Estamos ante una narrativa de ideas, de reflexión, de introspección. El fin principal es conocer a esa criatura llamada ser humano y resaltar su perfil lleno de contradicciones y malformaciones, pero también de belleza, de nobleza a pesar del miedo y la inseguridad que los envuelve, sujetos a un devenir ineludible pero alejados de esa falsa épica de las hueras enunciaciones de una sociedad, la de hoy, sometida al imperio de lo efímero y la filosofía indolora de la cancelación de lo divergente y complejo.
Los márgenes reúne los ecos de lo que somos para amplificarlos lejos de los oídos atolondrados por la difusión masiva de mensajes arteros e interesados. Los márgenes es literatura, de corazón y de oficio». Juan José Castro
Los márgenes
© 2026, Alejandro Molina
© 2026, Ediciones Oblicuas
EDITORES DEL DESASTRE, S.L.
c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª
08870 Sitges (Barcelona)
ISBN edición ebook: 979-13-87908-33-1
ISBN edición papel: 979-13-87908-18-8
Edición: 2026
Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales
Ilustración de cubierta: Pieter Brueghel el Viejo. Cuadro «Paisaje con la caída de Ícaro»
Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.
www.edicionesoblicuas.com
Prólogo
Aquí no hay excepciones que valgan
Epigrafía
El regalo
¿Te has decidido ya?
El buzo
Mr. Hyde
Por el momento, aquello bastaba
Como Henry Morton Stanley
El autor
Probablemente toda la literatura, al igual que la vida, no sea más que un juego de resonancias, de ecos que se repiten y desaparecen, la geografía sonora que hace vibrar la cuerda del existir, lo que de cuando en cuando nos hace despertar al sentimiento de estar vivos o ajenos a una inercia arrolladora. A veces, solo a veces, la vida, esa resonancia honda, ajena y extraña se hace relato y tomamos distancia con ella.
La trayectoria de Alejandro Molina muestra muy a las claras ese afán por distanciarse, por objetivar a través de la narración situaciones humanas habituales y bajo un prisma estético observar las inquietantes grietas de lo real, de las vidas ajenas que bien pudieran ser las nuestras. Y no es poca cosa el artificio; no es un mero mecanismo de observación de lo real, sino una cuestión abierta, un método de re-pensar y re-crear lo que denominamos como realidad.
Siempre, en todo momento, el escritor ha tenido que definir y reescribir su relación con el mundo, es el mayor desafío al que debe enfrentarse su escritura. En una sociedad desorientada como la actual, en la que valores de comportamiento y de consumo se igualan en una moralidad laxa y confusa, resulta aún más ardua esa labor creativa. Molina, sin embargo, consigue en sus relatos establecer una frontera, delimitar un territorio humano en el que palpitan cuestiones esenciales y elementales de unos seres dominados por la duda y la insatisfacción, el de un tiempo y una generación perdidas en un laberinto de ausencias, de espejos invertidos.
Sin duda, cada narración llama la atención por su fragmentarismo; no hay un afán por completar una narración cerrada, sino que cada una de ellas sirva como punto de observación de una atmósfera común que sobrevuela sobre el lector. Así, cada historia incide en lo que podría llamarse momentos, esencialmente intrascendentes y ordinarios, al menos en apariencia, que sin embargo devienen en una trascendencia que sobrepasa a personajes y situaciones.
Parece palpitar un cierto conformismo vital entre los personajes de los relatos que exploran temas recurrentes en el autor tales como las relaciones de pareja, la paternidad, el comportamiento humano o la falta de asideros o de análisis en las costumbres, modos y usos actuales. En el fondo, hay una muy bien hilada y sutil crítica a nuestro modo de atender a lo que nos rodea, a la asunción de un esquema de valores acomodaticio y carente de reflexión.
Los pocos personajes que se cuestionan las cosas y las situaciones en esta colección de breves relatos (donde la historia, debe aclararse, se supedita al instante, a la introspección de las angosturas vitales y existenciales de unos personajes en un instante cotidiano y aparentemente normal) son a su vez cuestionados por su entorno y circunstancias. Ni siquiera el propio autor tiende a erigirlos como protagonistas en este complejo mapa de relaciones, hábitos adquiridos, vicios o emociones. Es más, tampoco el propio autor entra a enjuiciar a quienes habitan estos universos especulares, donde es fácil verse a uno mismo en las mínimas miserias diarias a modo de espejo en el que nos miramos.
Sin embargo, precisamente esos pocos personajes que pasan más que habitan por los cuentos imponen una distancia, casi a modo de espectador ajeno, que hace palpables las grietas y contradicciones de un modo de vida, de una sociedad y de un tiempo. Y ellos mismos se cuestionan y son cuestionados en sus propias incapacidades y contradicciones.
Precisamente, esa necesidad de extrañamiento, de distanciamiento, de objetivación de lo vivido-observado es una de las claves de la escritura de Molina, como ya se manifiesta en sus obras anteriores tanto de relatos, El glacialo Luces prestadas, como en su novela Elección y sacrificio. Otra no menos importante, y relacionada con esta primera, es el desarrollo de toda una teoría estética y existencial, vislumbrada y en ocasiones enunciada a través del propio itinerario lector y creativo del autor insertada de forma muy sutil y acertada en el propio discurrir narrativo y constructivo de los relatos. Y, como ocurre en la narrativa cervantina, no son estorbos ni injertos en el interior, sino parte indisociable de la propia naturaleza de su narrativa.
En tercer lugar, habría que prestar atención a ese fragmentarismo, que en realidad es la sección, cortada cual cirujano de lo que en apariencia debía ser o tener un desarrollo discursivo más amplio, un instante elegido en el continuo devenir para resaltar el irracionalismo, la incomunicación o el sinsentido de la vida humana.
Por último, en este repaso de elementos característicos de este libro y del conjunto de la obra de Molina, hay que prestar atención a la sutileza del lenguaje, la concisión y contención, al uso de los tiempos discursivos interiores y exteriores de personajes e historia que se van intercalando hasta construir un relato donde cada palabra responde a una necesidad comunicativa y estética definidas, lejos del parafraseo y la verborrea innecesaria de gran parte del panorama narrativo actual. Para captar ese «momento» al que hacíamos referencia anteriormente y hacerlo visible para el lector es necesario dominar la variación de un abanico de registros que ensalcen lo esencial en cada situación. En este sentido, la flexibilidad del diálogo y el modo en que está utilizado dota de agilidad y viveza y permite rápidos tránsitos discursivos en los que se manifiesta la verdad de cada acción y de cada personaje.
No estamos, sin embargo, ante un tipo de escritura estetizante o culturalista, tampoco historicista o costumbrista; muy al contrario, estamos ante una narrativa de ideas, de reflexión, de introspección. El fin principal es conocer a esa criatura llamada ser humano y resaltar su perfil lleno de contradicciones y malformaciones, pero también de belleza, de nobleza a pesar del miedo y la inseguridad que los envuelve, sujetos a un devenir ineludible pero alejados de esa falsa épica de las hueras enunciaciones de una sociedad, la de hoy, sometida al imperio de lo efímero y la filosofía indolora de la cancelación de lo divergente y complejo.
Los márgenes reúne los ecos de lo que somos para amplificarlos lejos de los oídos atolondrados por la difusión masiva de mensajes arteros e interesados. Los márgenes es literatura, de corazón y de oficio.
Juan José Castro
«La palabra es mitad de quien la pronuncia,
mitad de quien la escucha».
Michel de Montaigne
«Tell my mother I’m going home,
I have been destroyed by hippie powers».
Car Seat Headrest,
«Destroyed By Hippie Powers»
«Pero el hombre del martillo no existe,
y el hombre feliz vive su vida tranquilamente,
las pequeñas preocupaciones cotidianas apenas le afectan,
como el viento a los álamos, y todo va bien».
Chéjov, Las Grosellas
«¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas,
como estar en la casa o ponerse a cavilar!».
Y después de tantas palabras, César Vallejo
Alguien ha entrado al baño. Ocupa el único cubículo libre. Yo estoy en el otro. Me fijo en el color rojo del pestillo junto a la manivela que indica que el mío está ocupado. Escucho el tintineo de la bisutería de unas muñecas agitándose. No la veo, pero estoy segura de que se ha subido la falda hasta reducirla a una faja en su cintura y ahora está orinando. Suena como si alguien chistara, pidiera silencio pero con la boca mojada. Las pulseras vuelven a sonar cuando coge papel higiénico. Luego tira de la cisterna y sale y se lava las manos y arranca papel para secárselas. Se queda un momento frente al espejo. La veo a través de la fina rendija que hay entre la puerta de mi cubículo y el marco. Su pelo es inconfundible: un oleaje escarlata con reflejos naranjas. Se trata de Nuria, la profesora de matemáticas. Román dice que nunca se fijó en ella, pero yo sé que no es cierto. Todos los profesores —los alumnos ni te cuento— le echan el ojo por allí por donde pasa. Es preciosa, hay que reconocerlo. Y siempre está sonriendo. Imagino que ser así de guapa ayuda a ser feliz. Eso y que no te tengas que estar escondiendo en el baño del instituto.
¿Sigue ahí?, le pregunto.
Ahí sigue, contesta Nuria sin dejar de mirarse en el espejo. Creo que está con Manuel. Tú de aquí no te muevas de momento.
Román y yo coincidíamos en la guardia de los martes. No me fijé en él de primeras. Somos ciento veinte profesores, y él no es como Nuria. Es más bien todo lo contrario, si me apuras. Tiene una belleza tímida, casi huidiza, propia de su carácter despreocupado. Nunca ha sabido sacarse partido. Pero eso es lo que me atrapó, la plasticidad de su rostro para ir volviéndose atractivo conforme iba descubriendo su personalidad. Una cara que mis ojos iban cartografiando al mismo tiempo que lo esculpían a base de cavar para extraerle sus tesoros.
Cuando no había nadie a quien cubrir, nos íbamos a desayunar a la cafetería. Él es profesor de Historia. Por entonces, yo estaba pensando en dejar a Jairo. Llevábamos juntos cuatro años, y la relación iba cuesta abajo. Siempre me ha llamado la atención esa expresión de ir cuesta abajo. Yo la entiendo de una manera muy distinta a como lo hace la gente. Jairo y yo íbamos cuesta abajo porque ya habíamos llegado a la cima. El inicio había sido una ascensión en toda regla, con el trabajo que conlleva: conocernos, intimar, sincerarnos, compartir. Una vez en la cumbre, solo queda bajar. No se puede estar en la cima mucho tiempo. No se puede respirar. El éxtasis, la incredulidad que se deriva de lo que una consigue y experimenta se lleva todo el oxígeno disponible. El descenso, ya se sabe, es la parte más difícil. Es donde la mayoría pierde la partida. A nosotros nos sorprendió una tormenta que nos obligó a separarnos. Hasta que el tiempo no fue más amable no pudimos reencontrarnos. Superar adversidades conlleva estrechar lazos. Sin embargo, en una relación la parte más peligrosa viene después de las dificultades. Nos tocó encarar la inercia; la ausencia de esfuerzo. Y para cuando llegamos abajo, la emoción de la escalada se había perdido. La rutina era una polilla que devoraba la tela de nuestros días, y cuando quise darme cuenta, yo había empezado a escalar de nuevo, pero esta vez con Román.
Él apenas hablaba de Nélida. Aun así, cuando trabajas de profesora, aprendes a identificar las omisiones con tanta claridad como si lo que alguien pretende ocultar lo hubiera gritado a los cuatro vientos. Ella no aparecía de viva voz en las conversaciones, pero siempre estaba ahí, en forma de eufemismo, de circunloquio, de elipsis. Sus frases daban rodeos interminables para esquivar la montaña que era su mujer en el paisaje de sus frases, o usaba todo tipo de artilugios para sobrevolarla o para retratar un estado anterior en el que la montaña no se había formado, o una posterior en la que el nivel del mar hubiera subido hasta engullirla o una erupción la hubiese hundido. Y yo, lo reconozco, estaba a gusto con esa manera de proceder. Llevaba un calzado bastante más cómodo que los zapatos que llevo puestos ahora. Tengo que quitármelos y masajearme los tobillos. El denier de las medias es demasiado. Tienen la textura de un cedazo. Es como si mi piel fuera un río en el que buscara oro. ¿Cómo hace la costumbre para adormecer los sentidos? ¿Cómo puede mi piel permanecer apagada para Jairo y encenderse con Román? Sus manos saben encontrar aquello que las de Jairo, a pesar de recorrer los mismos senderos, son ahora incapaces de hallar, aun habiendo sido las suyas las que en un primer momento hollaron una tierra que, de haber querido, pudo incluso bautizar. Como cuando miramos algo que no conocemos y no alcanzamos a verlo. O algo que conocemos tan bien que no reparamos en que lo estamos viendo a pesar de observarlo fijamente. Algo así fue lo primero que le dije a Jairo.
Ya no siento lo mismo por ti.
Ahora que la pienso, fue una frase bastante pobre. Ambigua. Lapidaria pero inexacta. Un disparo que hiere de muerte pero que ha errado el objetivo. La idea era evitarle sufrimiento, no infligir tortura.
Jairo no dijo nada. Es de naturaleza derrotista, aunque él lo niega. Dice que es realismo, o, en todo caso, resignación. Se considera un estoico. Pero yo creo que en el fondo lleva tiempo deprimido. Lo obligué a manifestarse. Como si fuera un espíritu y yo tuviera un dedo en la ouija. Manifiéstate. Di algo, por el amor de Dios.
¿Y qué quieres que diga?
Algo. Cualquier cosa.
Quieres que hable para hacerte sentir mejor. Quieres que te dé la razón. Pero no me lo pides abiertamente. Me dices que ya no sientes lo mismo y pretendes que te dé una palmadita en la espalda. Que te consuele.
No es eso.
Es eso. ¿Qué puedo decir? Es imposible que sigamos juntos después de lo que me has dicho. No voy a obligarte a sentir de nuevo hacia mí lo que sea que ya no sientes. No sabría hacerlo aunque averiguara lo que es. Una relación es cosa de dos, y tú te acabas de borrar de la ecuación. Qué quieres, ¿que me ponga a soplar para reavivar el fuego?
Entonces fui yo la que no dijo nada.
