Los mitos griegos - Friedrich Georg Jünger - E-Book

Los mitos griegos E-Book

Friedrich Georg Jünger

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Beschreibung

En este libro no se explican los mitos griegos desde una perspectiva científica o filosófica ni tampoco simbólica o alegórica. Friedrich Georg Jünger trata de comprenderlos en su expresividad sensorial, en su corporeidad nítidamente definida, asumiendo al pie de la letra y con exactitud lo que nos ha sido transmitido. A través de la interpretación poética surge una imagen del mito que parece tan plástica y tan viva como las esculturas griegas. Allí radica la novedad y originalidad de este fascinante viaje por la Grecia antigua. La obra está estructurada de un modo arquitectónico, como el propio mito. Por tanto, la primera parte es cosmogónica y abarca desde Caos hasta la caída de Prometeo. La segunda, la teogonía, conforma el centro, el mundo de los dioses. Y desde allí, el camino conduce a los héroes, pues éstos surgen sólo donde hay dioses y están, por tanto, impregnados de un halo divino.

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Seitenzahl: 513

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Cubierta

Friedrich Georg Jünger

MITOS GRIEGOS

Traducción de

Carlota Rubies

Herder

Título original: Griechische Mythen

Traducción: Carlota Rubies

Diseño de la cubierta: Claudio Bado

Maquetación electrónica: Manuel Rodríguez

© 1947, Vittorio Klostermann GmbH, Fráncfort del Meno

© 2006, Herder Editorial, S.L., Barcelona

© 2014, de la presente edición, Herder Editorial, S. L., Barcelona

ISBN DIGITAL: 978-84-254-3069-5

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

Herder

www.herdereditorial.com

Créditos

Índice

Prefacio

TITANES

Caos

Gea

Urano

Los grandes titanes

Crono y Rea

Océano y Tetis

Hiperión y Tía

Ceo y Febe

Crío

Temis

Mnemósine

Jápeto

Dioniso y el gran Pan

Los titanes y los gigantes

Prometeo

Los titanes y los dioses

Los titanes y los hombres

El hombre titánico

Zeus

DIOSES

Apolo

Pan

Dioniso

HÉROES

Procedencia de los héroes

La educación centáurica

El numen

La metamorfosis

El agon

Los oráculos

Hades

Las diosas del destino

Heracles y Aquiles

Perseo

Los dioscuros

Teseo

Áyax

Paris

Los tantálidas

Midas

ANEXO

Los epinicios de Píndaro

Prefacio

Es de Jenófanes la frase que dice que si los bueyes, los caballos y los leones tuviesen manos y supiesen pintar crearían figuras de dioses con forma de caballos, bueyes y leones. Si esta frase fuese cierta y el único testimonio que tuviésemos de los indios, los egipcios y los asirios fuesen las figuras de sus dioses, supondríamos que estas figuras habían sido hechas por criaturas que tenían la apariencia de bueyes, leones, ibis y cocodrilos. Parece obvio que esta frase no puede aplicarse a los dioses zoomorfos.

En su Inscripción sagrada, Evémero afirma que toda la mitología se deriva de la divinización de personajes ilustres. Por consiguiente, la «herogonía» constituye para él el principio y el fin, y tanto la parte cosmogónica del mito como la teogonía son algo derivado. Pero esto se contradice con la estructura arquitectónica del mito, que, considerado en su conjunto, no se propone la divinización del hombre. Las reflexiones de Jenófanes y de Evémero coinciden. Enio, que tradujo los escritos de Evémero y les dio su aprobación, difundió en Roma el evemerismo, que se fue imponiendo y acabó por convertirse, con algunas variaciones, en el fundamento de la mitología como ciencia.

El paso del pensamiento mítico al lógico y abstracto, que es en los griegos donde mejor se observa, supone también un fenecer constante, no de la creencia sino de la imaginación, de la capacidad creadora libre y autónoma. A medida que esta capacidad va desfalleciendo, el pensamiento abstracto consigue desprenderse y liberarse. Al ganar autonomía, despliega sus alas y alza el vuelo, libre y alto. Sobrevuela el nomos basileus de Píndaro e instaura sus propias leyes. Entonces entra en escena el pensador libre, el pensamiento libre, y cuando éste aparece, cuando actúa, todo el saber se convierte en antropología, se hace antropológico en el sentido en que lo entendieron los griegos. El pensamiento libre se desgaja del suelo del que procede. Pero aunque se desprende de él, sigue ligado a él hasta el final, incluso cuando planea sobre él, pues la historia del pensamiento libre consiste en este desprenderse y flotar libre. La controversia que sostiene la filosofía con el mito, desencadenada por los pensadores jónicos, los eleatas, los sofistas y todos los restantes, incluye al mismo tiempo la afirmación de que es imposible prescindir de él. El pensador se sirve de él, aunque sea sólo para tomar distancia. Por esta razón, la controversia nunca tiene fin. Finalizará sólo cuando el espíritu generador de mitos se haya extinguido, pero entonces también habrá llegado a su fin la filosofía griega. Ambos van juntos. Donde mejor se capta esta controversia es en la filosofía platónica.

Platón contrapone al mito sus propios mitologemas. Al hacerlo, entronca con él, lo maneja a su antojo y lo reelabora para adecuarlo a sus propósitos. El mito platónico es un medio para el fin, una parábola. Es una forma de crear que pretende resaltar algo con el fin de iluminarlo, por eso es más esquemático y tiene menos espesor. En comparación con el mito, tiene algo ambiguo. Su intención es pedagógica, pretende educarnos more socratico; en él se escuda el pedagogo Platón. Con recursos propios de la lógica y la dialéctica, el mito pretende convencernos de algo. Parece una figura policromada y hueca que contuviese en su interior un arsenal de argumentos y demostraciones áureos, los métodos del conocimiento, la ciencia in nuce, la verdad, con lo cual se expresa en él una verdad superior que aquí sale a nuestro encuentro. El pensamiento mismo debe hacerse imaginativo cuando contrapone al mito invenciones, construcciones míticas.

En el principio está incluido el final y el final vuelve a engendrar, a partir de sí, el principio. Es posible que repitamos situaciones míticas sin tener conciencia de esta repetición. En una época llena de titanismo hemos olvidado que éste ya ha sido superado muchas veces. Hoy en día, en un momento de cambio en el pensamiento, en un estado de incertidumbre que está en estricta relación con el avance de las ciencias exactas, en el clímax de la organización y del desamparo del hombre asociado a ella, un tema como el que tratamos en este libro tiene, posiblemente, una doble utilidad para un lector atento. Le permite aplicar el pasado al presente y el presente al pasado. Ahora bien, ¿estamos autorizados a buscar en otros nuestras propias tendencias? ¿Estamos autorizados no sólo a exponer, es decir, a «sacar afuera», sino también a im-poner, esto es, a intro-ducir, a «meter adentro»? Porque quien expone también «im-pone». Y ésta es la fórmula universal propia de la comprensión. Es preciso que el pasado se haga presente para que pueda ser considerado como pasado. Ahora bien, es menester tener en cuenta las correspondencias, y eso no siempre es fácil. Nuestro modo de pensar no es mítico sino que es un pensar sobre el mito. No pensamos como pensaban los griegos sino que repensamos lo que ellos pensaron. La pregunta que se plantea es qué coincidencia se da entre el pensamiento griego y el nuestro. A partir de nuestra exposición, el lector sacará sus propias conclusiones. Para nosotros, el modo histórico de ver el mundo es tan corriente que apenas somos capaces de percibir hasta qué punto es unilateral e incluso absurdo. Tenemos la impresión de que la materia del mundo no admite ser representada si no la pensamos descompuesta, movida por conceptos, como evolución. El mitólogo que cultiva la historia especializada se enfrenta a un pensamiento que nada sabe de la historización de la conciencia, y sólo puede conectar con él en la medida en que es capaz de someterlo a métodos históricos. De ahí las investigaciones acerca de las influencias y el origen de los mitos, las migraciones de los dioses o la idea que se tiene de ellos, investigaciones, en suma, acerca de lo etnográfico, lo geográfico, lo físico, lo cronológico. No son éstos los métodos genuinos del mito.

Pero esto no es todo. Al ocuparnos del mito, a menudo nos sentimos impulsados a considerarlo de un modo más mental o conceptual y menos corporal y sensible de lo que es. Lejos de ser una ventaja, esto es consecuencia de la falta de imaginación que define nuestro modo de pensar, que se ha vuelto abstracto. Un modo de pensar como éste, tanto cuando se enfrenta a poderes como a imágenes, se dispone de inmediato a extraer de ellos el significado que contienen, es decir, convierte todo conocimiento en conceptos. Sólo tiene significado lo que puede ser conceptualmente separado y aislado. Sólo en este caso se lo podrá interpretar. El significado incluye un añadido, tal como se advierte en la doctrina platónica de las ideas. El ente no sólo es sino que, adicionalmente, significa algo. Pero en cuanto significa algo, también es algo menos; cuanto más significado tiene, menos es. El significado no sólo añade algo al ser, también le arrebata algo. Es un Terminus en el lenguaje conceptual que conforma el pensamiento abstracto. Con él, el significado se ensancha.

Se entiende que el espíritu generador de mitos no practica una mitología científica, es decir, no se incluye a sí mismo dentro del esquema de un proceso histórico. Una empresa tal supondría la disolución de su propia realidad, pues colocaría en el lugar de la intuición los principios evolutivos, las fórmulas y las reglas que convertirían esta intuición en un medio expositivo. Éste es el camino por el cual la conciencia histórica busca aproximarse al mito. Se trata de un empeño en conformidad con la ciencia pues, ¿qué podría ésta colocar en su lugar? No obstante, el artista, el hombre inspirado, siempre opondrá resistencia. El mito tampoco da pie a ser abordado de modo simbólico-alegórico. También este tratamiento, a modo de evemerismo más sutil y encubierto, disuelve el mundo de las formas. El simbolismo, cuyo objetivo es presentar al mito únicamente como un revestimiento, como adorno de las ideas o de las así llamadas verdades superiores, necesariamente conduce a falsificaciones. Con ello se transforma en lo que no es, en una doctrina secreta en la que el significado oculto se convierte en lo adecuado, mientras que lo visible, lo que está expresado, se torna impropio. Ahora bien, no estamos frente a una gigantesca alegoría, un entramado de tópicos y metáforas que debería resolverse en un conocimiento filosófico histórico superior. Aun cuando sea inevitable abordar analíticamente el mito, poco se ganará con ello. La pregunta acerca de qué resulta de un proceso de aprendizaje como ése, qué se gana y qué se pierde con ello, no es difícil de responder. A todos estos intentos les acompaña algo vago y turbio. Generan una luz artificial y difusa bajo la que no querrá demorarse aquel que ha conocido un sol más intenso. Tenemos la impresión de recibir una lámina de cobre, en vez de una lámina de oro, cuando se nos ofrecen comentarios exiguos sobre un texto rico. A menudo, un bello poema que caiga en manos de un filólogo tendrá que padecer mucho, aunque esté destinado a un verdadero amante de la poesía. Muy pocos son conscientes del reverso del proceso histórico, del hecho de que se trata un proceso disolutivo de amplio alcance, pero nunca lo son quienes están completamente implicados en él, pues pierden la perspectiva que les permitiría tener una visión de conjunto, dado que lo que ellos llaman historia no es otra cosa que la historia de su propia conciencia.

TITANES

Caos

Caos y los que provienen de él, la Madre Tierra Gea, Urano, Tártaro, los titanes y los gigantes, Tifón y las criaturas tifónicas, forman un conjunto. Prometeo se une a ellos como un apéndice al devenir titánico y con él se completa la esencia titánica. Posee un espíritu titánico que se mide una vez más con las fuerzas de Zeus y sucumbe en esta empresa. Este ámbito del devenir primigenio sobresale por encima de todo lo posterior y es en sí cerrado y unitario; sus acontecimientos irradian una luz propia. Todo lo que sale de Caos lleva la impronta de su origen. No importa cómo se conciba a Caos, bien sea como el espacio vacío e inconmensurable que, a decir de Hesíodo, engendra a Nix y Erebo, o como materia primordial que carece de toda forma y contiene el devenir del que proceden todas las formaciones, todo lo engendrado y conformado. Caos no está muerto, sino vivo.

La vida no brota de un estado inerte, muerto, ni de la materia muerta; ante todo existe la materia y se crea allí donde se necesita. Lo que aquí se describe son engendramientos. Caos está en vivo movimiento; a veces reposa con una calma inmóvil, a veces se revuelve con desenfrenada y furente agitación. Carece de orden y, a la vista, parece algo confuso, algo mezclado que no se puede distinguir ni ordenar. Aquello de lo que proceden todos los órdenes no puede estar en sí mismo ordenado. Caos no sólo es espacio, sino que también ocupa espacio y lo llena. Es espacio primigenio y oscuridad, y en un sentido estricto también es espacio subterráneo. Más tarde, para los filósofos de la naturaleza, Caos será otra cosa, el todo y el universo. El pensamiento se sirve del mito para formular conceptos. Es éste un procedimiento que aquí nos limitamos a apuntar, pero que no desarrollaremos.

Es preciso imaginar a Caos como un ser oscuro que no ha sido tocado por ningún rayo de luz, si bien en esta oscuridad la luz está incluida. Nix y Erebo, que proceden de él, también son oscuros. Pertenecen a la noche y a la tenebrosidad, un ser femenino y otro masculino de cuya unión surgen el Éter luminoso y la luminosa Hémera. Erebo significa asimismo el espacio tenebroso bajo la superficie luminosa de la tierra que cruzan las almas de los muertos en su camino hacia el Hades. En este ámbito, las potencias todavía no resaltan con nitidez del suelo primitivo del que proceden; su dimensión y su contorno todavía responden a lo informe. Aún no existen las figuras o las personas, lo único que se evidencia es una coagulación que hace que todo adquiera su proporción. Caos, como lo indiferenciado, no admite ser representado. Lo indiferenciado escapa a toda posibilidad de representación; no es una imagen y nadie puede formarse una imagen de él. Caos carece de sexo, puesto que en él el sexo también es indiferenciado y abarca tanto lo masculino como lo femenino. Caos existe, pero aún no posee una esencia fija. De él surgen, en primer lugar, Nix y Erebo, después Gea. Nix no es lo primero e indiviso, sino que es concebida ya como algo limitado y de reducidas dimensiones. Sólo después llegarán Éter y Hémera.

La fertilidad de Caos es inagotable, la gran fertilidad tiene algo de caótico. Caos tampoco se ve mermado porque de él se desprendan figuras y procedan órdenes; no se encoge. Por tanto, cabe pensar que su ser es un ciclo al que regresa todo lo que salió de él. Está siempre ahí y persiste para siempre, fuera del tiempo y del espacio. Pero no permanece intacto ni está desvinculado de las disposiciones del orden que se desprenden de él. En él repercute, en efecto, la lucha entre Zeus y Tifón, según observa Hesíodo; la derrota del fogoso Tifón aviva lo que hay de ígneo en Caos. Al comparar a Caos con Hades, vemos que en Hades el reino de los muertos ya está separado del de los vivos, mientras que Caos abarca la vida y la muerte.

No hay principio, no hay fin. El devenir se muestra sin principio ni fin de forma que todo lo que ha devenido sale de su ciclo y a él regresa. No hay creador ni creación. Caos no es un creador, no crea nada; de él se desprenden órdenes pero da la impresión de que no fomenta ni impide este desprendimiento. Pero puesto que en él se encuentra todo, también deberá poseer el deseo de sustraerse a las actividades informes y de adoptar una figura. Sin embargo, no crea este deseo; está ahí, se desprende de él y adopta una figura. Gea engendra a partir de sí misma. También Urano y Crono engendran. Zeus está muy lejos de ser el creador del universo, tampoco es un dios del principio, sino del medio.

Gea

Gea, la Madre Tierra y la diosa de la tierra, que se desprende de Caos y engendra a Urano, las Montañas y el Ponto, es la madre y la diosa de la que todo emana y a la que todo regresa. De ahí que se la represente con una llave. No es una diosa como las del Olimpo, es la madre y la antepasada de todos los dioses y diosas. A Caos no se le rinde culto, es Gea la primera a la que se venera. Su efigie se encontraba en el santuario de Deméter en Patras, sentada, como diosa, en el trono. Con medio cuerpo emergiendo de la tierra la vemos representada en el friso del altar de Pérgamo, donde, como madre afligida, presencia la lucha entre dioses y gigantes. Está representada como sufriente, no como actuante.

Homero la llama la Gloriosa y también la que dispensa frutos y vida. Su poder no sólo se extiende sobre lo que, enraizado en el suelo, se dirige hacia el espacio lumínico, de forma que también es madre de Urano, sino que es, además, la diosa del mundo subterráneo. Como diosa subterránea, conocedora de lo oculto, de lo que está enterrado, le rinden culto los magos y los buscadores de tesoros. En ella, la vida y la muerte se hallan tan estrechamente entrelazadas que resulta difícil diferenciarlas. Del mismo modo que conduce todo hacia la muerte a través de la vida, así también a través de la muerte obtiene toda vida. Abarca la luz del día y lo profundamente nocturno. Sobre ella descansan las cunas y las tumbas. Su inagotable fertilidad la convierte en la diosa de las uniones que engendran hijos. En esto se muestra su cercanía con respecto a Caos, del que surge toda la fertilidad. Su fuerza nutriente la convierte en nodriza. Por esta característica suya se la venera junto con Hestia, Cibeles y Deméter. Todas las madres, las divinas y las humanas, son hijas respecto a ella. Como diosa del espacio subterráneo, Gea es la diosa del mundo inferior y de la muerte. En su seno alberga los muertos y las tumbas. El juramento con el que se la invoca junto con otras divinidades subterráneas posee una fuerza particular y vinculante. Como esposa de Urano, al que ella misma engendró, es madre de los titanes, los cíclopes y los hecatónquiros. Recoge la sangre del Urano castrado y con ella engendra a las erinias, los gigantes y las ninfas de los fresnos (melias). De la unión con su hijo Ponto engendra a Nereo, Forcis y Taumante, a Ceto y Euribia. También se la denomina madre del dragón Pitón, de Tifón de cabeza de serpiente, de Cécrope, Erecteo y Anteo. Los autóctonos proceden de ella. De ella deriva todo, y todo retorna a ella, de ahí que posea el don del presagio. Antiguamente, presidía el oráculo de Delfos, el oráculo ctónico del que era la voz, o bien hablaba por medio de Dafne, la ninfa de las montañas. Gea, como présaga, predice a Crono que será destronado por uno de sus hijos.

Gea no tiene nada virginal, actúa por la fuerza del vientre materno. Es parturienta, nodriza y sustentadora, también es llamada la del ancho seno y la dispensadora universal. Su poder generador es tan grande que puede engendrar a sus criaturas sin necesidad de un procreador. Así como su hija recibe el nombre de Gran Madre Rea, Gea es la Madre de las Madres. Es parturienta y madre en la que se hace visible la potestad del sexo, pero no es madre de los enlaces matrimoniales que, para ella, carecen de fuerza propia. No venera al padre y esposo, sólo se fija en los hijos, que ocupan para ella el primer lugar. No incita a los titanes en contra del hijo sino en contra del padre Urano, y abandona a su esposo Urano cuando éste arroja al Tártaro a los hecatónquiros y a los cíclopes. Cuando hace su aparición e interviene en la lucha, lo hace como madre, ayudando a su descendencia. Tal como nos explica Tito, al proteger al hijo también protege al bandido y violador, pues siente satisfacción por todo lo que sea engendrar y alumbrar, y celebra al procreador sin que le importe cómo lleva a cabo su tarea. No le preocupa la virginidad sino la maternidad.

Gea es imperturbable, es solidez que perdura para siempre. De todas las diosas es la más persistente, muestra algo inmutable, que en sí mismo no cambia. Es contraria a todos los órdenes y estatutos nuevos. Toma partido por Crono y se enfrenta a Zeus, apoya a los titanes y los gigantes en su lucha contra los dioses, ama a los primogénitos y es la protectora de las erinias. Como madre, no rehúye a la afligida Rea cuando ésta, después de nacer Zeus, le pide ayuda. Gea se hace cargo de Zeus y lo cría en Creta. Zeus es impensable sin ella. Gea le implora hacia las alturas como dispensador de la lluvia. No muy lejos del mercado espartano se erigió un santuario en su honor y el de Zeus Agoraio. Así como se la invoca junto con otras diosas para prestar juramentos, del mismo modo en Atenas todos aquellos que han sido absueltos en el Areópago le ofrecen a ella, junto con Hades y Hermes, dioses de la muerte, una donación de parte de los que viven en la luz y a la luz han sido devueltos.

La diosa Gea no reina de un modo visible, sino oculto, pues, si bien está en todas partes y en todo, raras veces se muestra y entonces sólo en casos de máximo disturbio que le afecten mucho. Su fortaleza reside en su insuperable capacidad de persistir; posee esa gravidez que hace ser inmóvil e inamovible. Da la impresión de que sólo con gran esfuerzo se puede poner en pie. Su gravidez es la que hace pesada la vida campesina, el cuerpo del campesino. Hace falta una fuerza, una resistencia enorme para despertarla de su fértil ensueño. No ama la lucha ni los cambios y, femenina, desea que todo permanezca tal como está, desea proteger y mantener todo en su primera solidez. Tampoco es una diosa de la distancia sino de la proximidad, una diosa de lo que está próximo a ella y desea mantenerse cerca de ella, de lo que no siente deseos de alejarse ni desprenderse de ella. Crono está más cercano a ella que Zeus, y ella ama más a los titanes y a los gigantes que a los dioses. Nacida de Caos, surgida de lo informe, también ama lo próximo a Caos, las grandes figuras del devenir primigenio, los primeros en haber sido engendrados, aquellos cuyos rostros y cuerpos evidencian los vestigios de su origen. Se aparta de la sublimidad de Zeus, que abarca todo lo espiritual, afligida por la suerte de sus hijos e hijas, los titanes.

La naturaleza titánica de Gea se manifiesta en que le resulta difícil desprenderse del ámbito de poder que le ha sido atribuido; se la representa en postura yacente, en reposo, con medio cuerpo que emerge de la tierra. Allí donde se la representa de pie, como en algunos vasos, su fuerza parece mínima. El gigante Alcioneo muestra su vinculación con la tierra y con Gea; él, a quien Heracles sacó a rastras de Palene porque allí su mandato era inmortal. También Anteo, el libio, era hijo de Gea. Heracles se lo arrebató a Gea y lo estranguló en el aire, pues mientras Anteo se midiese con Heracles en la tierra era invencible, pero una vez lanzado al éter por la colosal fuerza mental del semidiós sucumbió rápidamente. Anteo es hijo de Poseidón y éste, a su vez, aparece vinculado a Gea, a Océano y a Urano, quienes lo aíslan del círculo de los dioses olímpicos.

Urano

Urano, hijo y esposo de Gea, es el primer soberano. Caos no funda una soberanía; tampoco Gea. Urano no es un titán, pues lo titánico en él surge sólo cuando se une a Gea. Así como ella es imperturbable solidez que perdura para siempre, tampoco es característico de Urano aquel movimiento retornante de los grandes titanes. Éste surgirá con la edad uránica y traerá su caída. Urano, como Gea, perdura en todas las épocas, y el hecho de que sucumba como soberano no anula esta perduración. La palabra «titanes» reviste múltiples significados y se pierde en la oscuridad. Hesíodo apunta que fue el propio Urano quien dio ese nombre a sus hijos, aludiendo al hecho de que al atentar contra él se convertían en sacrílegos.

Bajo el dominio de Urano se produce el primer choque de las fuerzas antagónicas. Entre los hijos que le dio Gea se encuentran los hecatónquiros y los cíclopes, a los que Urano inmediatamente lanza al Tártaro. Por esta razón, Gea incita a los titanes a enfrentarse a él. De Gea procede Hipe la Adamante, a la que entregará a Crono, el único de los titanes que está dispuesto a atentar contra su padre. La acción se lleva a cabo mediante una emboscada cuando Urano se une a Gea en un abrazo durante los esponsales a los que éste, ávido de amor, ha descendido. El terrible acontecimiento implica, al mismo tiempo, un instante de máxima fertilidad. De la sangre que se precipita como un torrente sobre la tierra brotan los gigantes y las erinias. El mar al que Crono lanza el miembro procreador castrado empieza a bullir y a encresparse, como un torbellino se forma una corona de espuma blanca alrededor del mismo y de éste surge con húmeda hermosura la hija de Urano, Afrodita Afrogeneia, la nacida de la espuma. Inafectada por la lucha, en la que no toma parte, sale silenciosa del mar, se acerca a Citera y en Chipre sube a tierra.

Gea profesa mayor estima a los hecatónquiros y los cíclopes, que desencadenan la lucha, que a su hijo mayor y esposo; siente más afinidad hacia ellos que hacia el poco sólido Urano. Gea se enfrenta a su hijo mayor porque éste pone en peligro su maternidad. Urano detesta a los hecatónquiros tanto como ellos lo detestan a él. Para Hesíodo, los hecatónquiros son los hijos más terribles de Urano y Gea; inmediatamente después de su nacimiento, su padre los oculta en las profundidades. Tal como su nombre indica, los tres son seres gigantescos y toscos. Cada uno de ellos, Coto, Giges y Briareo, tiene cincuenta cabezas y cien brazos. Son hermanos de los titanes pero su fuerza es más ruda, con ella no es posible entenderse. Seres como ellos no nacieron para gobernar, aunque en los momentos de cambio hacen su aparición, poderosamente, como servidores de un poder supremo a cuyo servicio inducen las decisiones. Briareo, llamado por Tetis, se presenta en el Olimpo y se sienta a un lado del trono de Zeus, a quien los dioses planean encadenar. Según una predicción de Gea, los titanes sólo podrán ser vencidos con la ayuda de los tres hecatónquiros. Zeus los conduce desde el Tártaro hacia las alturas, los agasaja en el Olimpo y Coto le promete su ayuda. No tarda en estallar la batalla, de corta duración. Como guardianes de los titanes derrotados, los hecatónquiros habitarán a partir de entonces ante las puertas del Tártaro, manteniendo en jaque a sus hermanos. Los tres cíclopes, Arges, Brontes y Estéropes, fueron encerrados en el Tártaro por Urano y por Crono, pero volvieron a salir a la luz gracias a Zeus, que mató a su vigilante, Campe. También los cíclopes, como los hecatónquiros, se enfrentan a los titanes. Se convierten en fieles servidores de Zeus, al que obsequian con el rayo, el trueno y el relámpago; a Poseidón le entregan un tridente, y a Hades un yelmo. En ellos se manifiesta una faceta de la naturaleza titánica que se muestra también en los dáctilos del monte Ida. Estos seres de un solo ojo son trabajadores, herreros, metalúrgicos, y tienen una fuerza y un tamaño colosales. En sus talleres y fraguas subterráneas forjan los rayos de Zeus, entre ellos el que hirió a Asclepio, hijo de Apolo, razón por la que se enfrentaron con Apolo. Forjando rayos y armas reaparecen más tarde en las fraguas de Hefesto, en los talleres del Etna y de las islas Lípari. Hay que diferenciarlos de los cíclopes constructores de murallas y también de los hijos de Poseidón, los cíclopes homéricos que viven en Trinacia como pastores y ganaderos. En los cíclopes, hijos de Gea, se evidencia el aspecto mecánico que tiende hacia lo titánico, lo ingenioso, diestro y a la vez violento, que halla su máxima expresión en Prometeo. En el estruendo de su trabajo, al que dedican toda su atención, en el humo de sus fraguas subterráneas, sin horizontes abiertos, se sienten bien y están contentos. Éste es el ámbito de su trabajo, cuyos productos sirven a otros. Lo titánico que retorna se presenta como un proceso mecánico en el tiempo, como un proceso laboral repetitivo. Arges, Brontes y Estéropes poseen la naturaleza de los esclavos y los servidores, están al servicio de Crono, de Zeus y de Hefesto, el único entre todos los dioses que posee una naturaleza acorde, emparentada con la suya. Será en sus fraguas donde buscarán cobijo.

Los grandes titanes

Crono y Rea

Los reinos de Urano y de Crono se suceden. ¿Cómo se distingue el uno del otro? El ámbito de poder de Urano parece más amplio y abarcador que el de Crono y, al mismo tiempo, más vacío y pobre en figuras. En el reino de Urano, el espacio prevalece sobre el tiempo, hay en él más espacio. El reino de Crono, comparado con el de Urano, no sólo es más diferenciado y en su diferenciación más claro, sino que además es más activo, más animado. Al así destacarse del de Urano, se encoge espacialmente. El tiempo participa de esta separación; por medio de la unión de Urano y Gea se funda una nueva edad. La confusión de Crono (Κρόνος) con el Tiempo (Χρόνος) que ya era habitual en la Antigüedad, es bastante significativa. En la representación de Crono ataviado con una vestimenta que le cubre la nuca y una hoz en la mano se expresa algo temporal. En épocas posteriores, la guadaña o la hoz, un símbolo ajeno al pensamiento antiguo, aparece como atributo de la figura de la muerte y, por medio de ella, se establece una relación con el tiempo. Saturno, que se confunde con el Tiempo, está envuelto en un oscuro raudal de tiempo, también en su calidad de dios de los sembrados, por la que los romanos le tributaban una especial veneración.

El reino de Urano acentúa la faceta de la espacialidad; el de Crono, la de la temporalidad. En el reino de Urano hay una calma imperturbable. En su mutismo, en su silencio, nada parece cambiar. El silencio uránico se extiende sobre el cielo y la tierra. El reino de Crono se llena cada vez más con la inquietud del devenir titánico, con la embestida de las fuerzas antagónicas que provocan, también en Gea, una aflicción profunda. Bajo el dominio de su hijo y esposo Urano, Gea parece más calmada.

Crono es el más joven de los titanes, el último en nacer, por tanto, es el que más alejado está de la soberanía de su padre y se cría donde ésta termina. Urano es implacable con sus hijos, pero su dureza es diferente a la de Crono. Crono está irritado por la dureza de su padre, que echa el cerrojo al devenir titánico. Crono desea este devenir titánico, desea que permanezca en sí mismo y se mantenga en su eterno ciclo. Engulle a sus hijos Hades, Poseidón, Hera, Hestia y Deméter. Los dioses no desean aquello que desea el padre, Zeus no lo desea; su poder no se agota con las repeticiones cíclicas, en el ciclo del retorno elemental por el que vela Crono, como el más poderoso de los titanes. Urano aparece en un espacio de un azul éneo y eterno en el que impera inmutable. La rigidez de Crono reside en el movimiento uniforme, repetido sin variación siguiendo órbitas fijadas de antemano. Crono se mueve, pero no concluye nada. El movimiento halla en Zeus su perfección.

Crono devora a sus hijos, a los crónidas, y a sus hijas. Rea salva a Zeus al entregarle al padre, en lugar de su hijo, una piedra envuelta en paños para que la engulla. Crono no advierte el engaño: se le escapa que Zeus se le ha escapado. De este modo al padre, inadvertido, se le escabulle el hijo, que vive oculto. Rea mantiene a su hijo escondido en una caverna. En el propio Zeus hay algo que permanece oculto a Crono, algo a lo que éste no puede acceder por sí mismo. El más joven se salva así del destino deparado a sus hermanos. Cuando alcanza la madurez viril, obliga a Crono a vomitar a los hijos que ha engullido. Crono no puede retenerlos y los escupe. También expulsa entonces la piedra que se había tragado y que Zeus coloca en Delfos a modo de testimonio. La que entrega a Zeus la poción que hace que los dioses y la piedra vuelvan a ver la luz es Metis, la oceánide, y es ella también la primera esposa de Zeus. Zeus no engulle a sus hijos, pero sí a Metis, su astuta consejera, cuando le predicen que ésta le dará primero una hija y después un hijo que pondrá en peligro su soberanía. Después de engullir a la oceánide, engendrará de su cabeza a Atenea.

La Titanomaquia se inicia en el instante en que Crono vomita a los hijos que se ha tragado. Crono es arrojado al Tártaro, donde desde entonces permanece en cautiverio. Como Urano, Crono perdura para siempre. De él se dice que, junto con Radamantis, impera sobre las Islas de los Bienaventurados; que, como monarca destronado, descansa en una cueva dorada de una isla en el mar crónida, más allá de Tule. La imaginación lo sitúa en reinos de sombras, en los que perdura. También perdura su culto. En Atenas se celebran en su honor las Cronias y bajo la acrópolis de Atenas se encuentra su santuario. En el períbolo del santuario al Zeus Olimpio se encuentra la loma crónida, el templo de Crono y Rea y el recinto sagrado de Gea Olimpia.

Hijo de Crono y de la oceánide Fílira es el centauro Quirón, que por su origen es el más venerado de todos los centauros. Lo centáurico, que vive libre de cualquier traba deambulando en campo abierto, envuelto en el fresco de la mañana campestre, se manifiesta en él en su aspecto más espiritual. Es el médico que cura y devuelve la vista al Fénix. En él habita la fuerza de las musas, es un maestro del arte musical y de la gimnasia. Es el protector de Peleo, su sobrino, al que defiende frente a los centauros. Honra su boda con su presencia y le regala una lanza infalible. Transfiere esta amistad a Aquiles y se convierte en su mentor. Así, es el protector y custodio de la vida juvenil de los héroes y su cueva en el Pelión es una escuela para los jóvenes héroes, entre los que se cuentan Teseo, Pólux, Diomedes y muchos otros. Si bien su origen es titánico, en Quirón no se manifiestan fuerzas titánicas. Es médico, artista, pedagogo y conocedor profundo de los poderes que dormitan en lo más profundo de las plantas. Es el que sufre a causa de su inmortalidad y el que padece por la flecha embebida de veneno de la Hidra de Lerna. Anhela morir y muere en el momento en el que Zeus transfiere su inmortalidad a Prometeo. A Quirón se le puede arrebatar su inmortalidad, algo inconcebible en los titanes. Su inmortalidad se puede pensar como transferible. En las constelaciones lo vemos como Sagitario. Los dioses y los héroes lloran su muerte y el duelo por él evidencia la magnitud de la pérdida, de la que todos participan, pues Quirón es el prototipo de la plenitud, la fuerza, la virtud y la competencia centáuricas.

Rea, esposa de Crono, es la más fuerte de las titánides y, al igual que su hija Hera, representa la fuerza y el poder femeninos primigenios. Su árbol es el roble, su animal el león. El león que se le atribuye, que encontramos representado a su lado, indica su naturaleza real. Yace solo o en pareja a los pies del trono, con una actitud estatuaria que indica una fuerza en reposo consciente de sí misma, o bien tira del carro en el que está sentada la titánide. En el friso del altar de Pérgamo, Rea cabalga sobre el león durante la Gigantomaquia. Ella misma es una leona y tiene algo solar.

Es la madre por antonomasia, la Gran Madre, la madre de los dioses. Zeus, Poseidón y Hades son sus hijos, y Hera, Deméter y Hestia sus hijas. Rea, como hija de la Madre Tierra Gea, está emparentada con ella, es más madre que esposa y se aparta de Crono, el progenitor. En la Titanomaquia toma partido por sus hijos; sienta las bases de la lucha y la introduce. En Creta, en los montes Dicte o Ida, o en la cueva cerca de Licto, dio secretamente a luz a Zeus, escondiéndolo de Crono. El progenitor Crono fue siempre también destructor de su maternidad; la convivencia con él supuso para Rea un interminable tormento, el sufrimiento sin fin de una madre que ve amenazada su descendencia. En el reino de Crono le ha sido vedado vivir como madre de sus hijos, cuidar de ellos y actuar como una madre.

¿Qué es titánico en Rea? Esto precisamente, que es madre y nada más. Las titánides son madres o, como les ocurre a Temis y Mnemósine, Zeus las hace madres. Por su maternidad y su espíritu maternal también las mujeres mortales rozan lo titánico, por la desmesura y la falta de límites de su preocupación y de su sufrimiento. En lo titánico de Gea y de Rea se encuentra la madre más que la joven, más que la virgen intacta e inaccesible. La característica que más se venera en Rea, de cuyo vientre proceden los dioses olímpicos, es la faceta siempre retornante de lo femenino, la procreación, el alumbramiento, los dolores y las contracciones del parto, la alimentación y la crianza de los hijos. Todo esto se repite, ninguna mujer escapa a esta regularidad. En Atenea, en Ártemis, no se encuentra este rasgo titánico, pero en Rea, la madre, existe con un poderío que raya lo salvaje, la ira desgarradora de la leona apartada de sus crías, amenazadas sus crías. El hecho de que sea el propio esposo quien amenaza a su progenie aumenta el salvajismo de la madre. Zeus recompensa a Rea por el esfuerzo que ha realizado en su favor, le da tranquilidad, le concede un lugar propio y la entroniza como madre para que disfrute de su dignidad. Por eso está sentada en el trono, con la corona almenada sobre la cabeza y los leones a sus pies.

Más que a la Rea entronizada se rinde culto a la Rea ofendida, cuya sede se encuentra en la isla de Creta, allí donde, en una cueva en el monte, dio a luz a Zeus. Y no sólo se le rinde culto en Grecia, también en Lidia, Misia, Frigia y otros países de Asia Menor. Es la madre de Pesinunte. Aquí no se muestra como titánide sino como la Gran Madre de un misterio que se ramifica hacia la lejanía, pero siempre también como Rea Cibeles, como representante de Gea, la Madre Tierra. Las mujeres acuden en tropel a ella y en la excitación palpitante de los misterios en honor de Atis se aprecia cómo el hijo y el amante se funden en uno para ella. Su maternidad se hace orgiástica y desbordante, y se acerca a la naturaleza dionisiaca, estrechamente vinculada a ella. Está rodeada de coribantes y curetes, y también de castrados, los galos, que forman parte de su cortejo. El tracio Baco Sabacio está estrechamente relacionado con Rea Cibeles, se le considera hijo de la Gran Madre. La naturaleza dionisiaca en su totalidad guarda con la maternidad orgiástica de Rea una relación tal que se piensa que procede de ella. El desenfrenado júbilo que deriva en frenesí, acompañado por el ruido de los timbales, forma parte del culto a Rea Cibeles.

En Rea lo titánico destaca cuando ejerce su influencia sobre los dáctilos del Ida, en razón de la fuerza que le es propia, y despierta en ellos el entusiasmo coribántico. Sirven a la Gran Madre. Nacieron en el Ida cretense o frigio. Es así como se distinguen los dáctilos cretenses de los frigios. De los cretenses se dice que son cinco, diez o cien, un número que apunta a una cantidad considerable. Los frigios sólo son tres: Damneo, Acmón y Celmis. Estos nombres significan martillo, yunque y fundidor, e indican, por tanto, que pertenecen al ámbito de la forja. Son seres titánicos, fundidores titánicos que salen de su renegrida fragua para rendir culto a Rea, para saludar a la hija de Gea. Al parecer, fueron los primeros en descubrir el hierro y el cobre, y en trabajarlo. Se los tiene también por inventores del compás, ese ritmo que retorna y que ellos escucharon al compás de sus martillos. Son hábiles e inventivos, poseen conocimientos de los secretos poderes de la naturaleza y se los tiene por magos. No sólo conocen los yacimientos metalíferos sino que ellos mismos son, en cierto modo, de metal, y sus capacidades artesanales y técnicas entroncan con la naturaleza elemental y espiritual, salamandrina. Como poseedores de secretos poderes que custodian, están apartados, son extraños y se los mira con desconfianza, tal y como sucede a menudo con los herreros. Su inquietud y su movilidad mercurial tienen algo demónico. Aparecen como trabajadores titánicos que, sin ser vistos, andan de aquí para allá en sus humeantes fraguas, activos como martilladores y fundidores, y pasivos frente a las fuerzas del yunque batido por el hierro. En ellos sobresale una faceta de la naturaleza titánica que no debe ser menospreciada. Pertenecen al séquito de los titanes, a las armerías y talleres titánicos en los que opera el espíritu metalúrgico, el proceso de la creación. Los inicios de toda técnica son de origen titánico.

Océano y Tetis

El gran titán Océano es, de todos los titanes, el único que no intervino en la lucha entre Crono y Urano. Tampoco participó, como la mayoría de los titanes, en la lucha entre Crono y Zeus. Es de naturaleza pacífica, constante, persistente, como la naturaleza del elemento que le corresponde. Por supuesto, el agua se mueve, es líquida, cambiante, pero también es, al mismo tiempo, persistente y contraria a cualquier apasionada inquietud. Proteo, que apacienta las focas de Anfitrite, es quien muestra con más claridad la cualidad cambiante del elemento, que permanece igual a sí mismo en todas las formas. En Poseidón se manifiesta algo que se estremece ligeramente, que se mueve ligeramente, pero que se aplaca también con prontitud. Océano está comprendido dentro de un movimiento que perdura, que es siempre igual a sí mismo y sobresale del ciclo del elemento sin jamás abandonarlo.

El nombre de Océano da a entender tres cosas. En primer lugar define al propio titán, un soberano con enorme poderío. Luego, es la corriente universal que circunda la tierra en forma de disco y que ciñe la tierra y el mar. Fluye formando un círculo exacto que, por tanto, vuelve hacia sí mismo. En el escudo de Aquiles, Hefesto lo representó como una corriente que refluye hacia sí misma. Allí donde la corriente entra en contacto con el mar que abarca, no se mezcla con él: las aguas permanecen separadas y la mirada las reconoce como distintas. Las proporciones del curso de Océano son impresionantes, en su amplitud linda con lo más lejano. De él se elevan Eos, Helio y Selene, y a él regresan. A sus orillas se encuentran la casa de Hades y las corrientes del mundo inferior, los bosquecillos de Perséfone y el País de los Sueños, está el Elíseo y viven los cimerios y los etíopes. Ora levantando enormes remolinos espumosos, ora en un profundo y suave fluir, la corriente universal roza apresuradamente los límites de todos los fenómenos. A decir de Hesíodo, de él manan diez manantiales que, al igual que Océano, fluyen en círculo alrededor de sí mismos. Estigia, la sagrada, la hija mayor de Océano, corresponde al manantial del mismo nombre que brota de unas rocas apoyadas sobre columnas plateadas y abarca la décima parte de las aguas de Océano que circundan el mundo. Hesíodo cuenta de Estigia que, al ser invitada a combatir contra los titanes, fue la primera en acudir corriendo con sus hijos al Olimpo, razón por la cual se le rendía culto y se la honraba. Sus hijos fueron acogidos para siempre en la casa de Zeus. Los dioses la invocaban en sus juramentos y, para reforzarlos, mandaban a Iris a buscar con un cántaro dorado un poco de agua de Estigia. Al finalizar su recorrido, los diez manantiales desembocan en el agua salada. Océano es una corriente de agua dulce. Según otra descripción, de él emergen todas las corrientes marítimas, los cursos de agua, los ríos y los manantiales. Aparece aquí como suelo primordial y fuente primigenia de todo aquello que existe. Es llamado el origen de todos los dioses que surgen de este círculo sin fin, en perpetuo movimiento y retorno.

Que Océano no tome partido por los titanes es algo que los dioses valoran como una contribución a su victoria; se mantienen sus honores y sus bienes, y sólo cede al poderío de Zeus. Océano es representado con el cetro, el cuerno de la abundancia y la arqueta con agua de la que emerge abundante líquido; está rodeado de animales marinos y de juncos, y en su cabeza se yerguen los cuernos de la fuerza. Su ancestral dignidad se evidencia en su figura, como en Ponto, Nereo, Taumante y Forcis; los señores del mar encarnan la edad de plata de la senectud. Son figuras magníficas y poderosas, entre las que descuella Ponto como el mayor, anterior a Océano y nacido de Gea. Ponto es el señor de las vastedades marinas. Nereo, el hijo mayor de Ponto y de Gea, es señor de las aguas profundas y quietas. De él y de la oceánide Doris procede el tropel de las cincuenta graciosas nereidas. Hesíodo lo llama el Anciano, el sincero, insobornable e infalible, lleno de clemencia, amante de las leyes y de ánimo recto e invariable. De Taumante se dice que es imponente y de Forcis que es magnífico. En la edad de plata y en los movimientos de los soberanos del mar se evidencia la atemporalidad de las aguas que percibe el hombre que vive a orillas del mar. El retorno rítmico de las olas y las ondas, el ascenso y descenso del agua, que es un inspirar y exhalar constante, es atemporal. El poder de serenar que tiene el elemento está relacionado con ello. A la orilla del mar, el tiempo transcurre sin que nos demos cuenta. Quita peso al hombre y lo aligera. Se encuentra en él el lugar de juego de los tritones, que carecen de principio y de final. Prodigioso es ese retorno de la corriente; el hombre que se entrega a ella se olvida de sí mismo. Se advierte así que el pescador tiene un concepto del tiempo distinto del campesino; maneja el tiempo con más libertad, se adapta al agua y a su movimiento.

Tetis, la amorosa, esposa de Océano y madre de las oceánides y de las divinidades del agua, vive en íntima unión con su esposo. Es la educadora de Hera, a la que Rea puso bajo su custodia. Se la representa subida a un carro tirado por animales marinos y sentada al lado de su hermano y esposo Océano. Se caracteriza por su jovial e inagotable fertilidad, por la plenitud de su capacidad generadora, que también caracteriza a Doris. En los soberanos de lo líquido se da la máxima fertilidad. El número de oceánides, de ninfas acuáticas, cuyo reino incluye al de las nereidas, suma tres mil criaturas masculinas y tres mil criaturas femeninas. Números como éstos siempre son redondos, así los bueyes de Helio, el número de hijos de Endimión y Selene o el número de dáctilos del Ida. Son estimaciones y resúmenes. Hesíodo dice que ningún mortal es capaz de conocer los nombres de los hijos de Tetis, el hombre conoce sólo a los que viven en los alrededores de su propia patria. La fuerza de Tetis sólo se puede calcular de modo aproximado; lo abarca y lo encierra todo hasta sus últimos confines. Es la correspondencia femenina del Océano masculino, al que acompaña en su curso y cuyo movimiento comparte incesantemente.

En Océano, comparado con Poseidón, se evidencia una diferencia con respecto a la naturaleza creadora elemental. Los titanes son los maestros de las fuerzas y los fenómenos elementales, pero a ellos no les ha sido dado oponerse por sí mismos al modo de obrar de estas fuerzas. Siguen siempre el impulso de las mismas y lo hacen visible sin ser capaces de desprenderse de ellas. Son hijos de Gea, de la que no consiguen desvincularse. Su grandiosidad no se alza sobre el suelo del que proceden. A sus espaldas está la oscuridad y cuando salen a la luz es como si llegasen directamente de la noche. Se trata de un rasgo innegable, incluso en el luminoso Helio. Lo inmensamente sublime que está asociado a ellos como hijos primordiales posee la sublimidad de la naturaleza y se asemeja a una tormenta, a las fosforescencias marinas o a una noche de tempestad. Les caracteriza la necesidad, y también el desenfreno y el desbocamiento del elemento al que sólo otro elemento es capaz de contener dentro de sus límites. Cuando cada uno de ellos camina hasta lo más externo, sin preguntar hasta dónde llega este extremo y dónde es contenido, chocan con dureza unos con otros. En sus movimientos hay presión y choque, así mantienen en pie la construcción elemental que al mismo tiempo está representada en ellos.

Océano abarca el reino entero de Poseidón que, en su máxima extensión, topa con el ámbito titánico. Así como el reino de Urano parece más amplio y vacío que el de Crono, y éste a su vez más amplio y vacío que el de Zeus, el reino de Océano parece más amplio y vacío que el de Poseidón. Este último actúa de un modo diferente a Océano pues, a diferencia del titán, no está bajo su poder la corriente que todo lo abarca y circunda con su curso y su retorno. Es señor y dios del mar, que está enteramente separado de él y debe pensarse como algo distinto a él. En su supremacía sobre el mar hay más libertad y distancia que en la de Océano sobre la corriente universal. Dado que existe esta separación, existe más orden, pues de no haber tal separación Poseidón sería idéntico al mar, lo cual no se puede afirmar ni siquiera de Océano y de la corriente universal. Este orden siempre es un orden añadido. Poseidón es quien sustenta la tierra y sacude la tierra, es el guía de las ninfas y hace que broten los manantiales. Procura el caballo y lo domestica, lo que lo convierte en el dios de los juegos Ístmicos; los cabos y promontorios, los istmos y las penínsulas dejan entrever su poderío tierra adentro. A su cargo está la feminidad nereida cuya conductora, la nereida Anfitrite, es su esposa. Es amante y protector de las muchachas que acuden a las fuentes a buscar agua; en este camino se le cruza la bella Amimone, la danaida. El reino de Poseidón está mejor ordenado que el de Océano. Es más suntuoso y armonioso. La corriente universal que fluye poderosamente lo encierra con un cinturón, lo encierra como centro a partir del cual la entera naturaleza marítima adquiere su forma. Las oceánides son hermosas, aunque sólo cuando Poseidón se una con la feminidad nereida se desplegarán las gracias del mar. Éstas se reúnen en el gran coro de las nereidas. Montadas sobre delfines y tritones, a caballo de los monstruos de las profundidades, cuando emergen desnudas del agua, poseen los dones de la gracia, el juego y el ocio que proporciona el mar. Regentan todas las buenas obras que depara el elemento y también acuden presurosas, desde las profundidades, a la superficie, atentas al clamor angustioso de los navegantes y náufragos para socorrerlos en las tempestades. Todo lo que procede del mar muestra un parentesco, tiene algo en común que no oculta su origen. Los delfines, las nereidas, los tritones, todos emergen del medio húmedo y su complexión muestra el poder del elemento del que proceden. Las escamas, las aletas, las colas de pez únicamente se forman en el agua y, por el modo en que se mueven, están en correspondencia con la resistencia de las corrientes. Algo parecido muestran las conchas y las caracolas en sus formas planas, en sus circunvoluciones y curvaturas. Determinadas criaturas marinas poseen una estructura estrictamente simétrica a partir de la cual configuran formas estrelladas y radiales, imágenes en las que también el agua interactúa con su fuerza moldeadora, radial y estrellada. Otras, como las medusas, son transparentes, su cuerpo entero está bañado en luz y avivado por exquisitos tornasoles. A todo lo nacido y crecido en el agua le es propio un esmalte, un color y un brillo que sólo el agua puede conferir. Es iridiscente, fluorescente, opalino y fosforescente. La luz que penetra a través del agua se deposita sobre un fondo sólido que refleja las delicadas refracciones y los destellos de la luz. Este tipo de brillo se observa en el nácar y aún más en la perla misma. Al mar no le faltan joyas, es más, todas las alhajas están en relación con el agua, poseen también una naturaleza acuática que les confiere un poder lumínico. En él los colores son más bien fríos y aun así resplandecientes, y se reflejan los unos en los otros. Prevalecen el verde y el azul, oscuros y claros a través de todos los matices. Al agitarse, las aguas se tornan negras y arrojan una espuma color de plata. También allí donde asoma el rojo, o el amarillo en estado puro, el agua participa en su formación.

Al que contempla estas formas admirables y a primera vista, a menudo, tan extrañas, le recuerdan ante todo los juegos de las nereidas. Son los juegos que ellas juegan en las aguas cristalinas, en sus cuevas verdes. Al nadador, al bañista le vienen a la mente estos juegos y lo serenan. La fertilidad del mar oculta un tesoro de serenidad; por mucho que se extraiga de él, siempre permanecerá inagotable. Quien descienda a las profundidades, sentirá el cariño con el que el mar se apodera del cuerpo y lo penetra, sentirá los abrazos que reparte. De la caracola en forma de espiral hasta el cuerpo blanco y níveo de Leucótea, de la que se enamoró el tosco Polifemo cuando la miraba jugar con la espuma de la orilla, todo sigue en él la misma ley. También Afrodita Afrogeneia emergió del mar; su belleza y su encanto son un obsequio del mar.

Del ámbito de Poseidón, del reino de Poseidón depende todo esto. Todo lo que se halla bajo la tutela del tridente tiene algo en común y muestra un parentesco inconfundible. Fluye, se mueve, es luminoso, transparente, cede a la presión y ejerce presión. Se eleva y se hunde rítmicamente, y en su formación revela el ritmo que lo impregna.

Hiperión y Tía

En Hiperión y Tía hay una herencia uránica. En ellos Urano sigue obrando poderosamente, también en la relación que establecen los hermanos entre sí, también en sus hijos. En Helio, Eos y Selene se evidencia que son nietos de Urano. Los rasgos de Hiperión y su hijo Helio guardan un enorme parecido. A menudo se funden en una sola persona, como en Homero, que equipara a Helio con su padre. Helio también recibe el nombre de Hiperiónida.

Lo titánico en Hiperión y Tía también se evidencia en Helio, su hijo. En él lo solar y radiante está en constante movimiento. Por la mañana emerge de una serena ensenada de ese Océano en perpetua circulación para dar comienzo a su propio curso circular sobre la tierra en forma de disco. Por la noche, vuelve a sumergirse en las aguas circulares de Oceáno. Se eleva hacia el país de los etíopes orientales y se hunde en el Océano occidental. Por la noche completa su curso repetido y, dormitando en la copa de oro, regresa por las aguas de Océano hacia Oriente, sobre una barca dorada. Es el esquife que le prestó a Heracles cuando éste partió hacia los jardines de las hespérides. Helio luminoso guarda relación con Océano y la Noche. Una y otra vez emerge de las puertas de la Noche en Oriente y, una y otra vez, corre en dirección a la Noche en Occidente. Su morada se encuentra en el Occidente más remoto, allí está el establo de sus corceles dorados y alados que desuncen las nereidas y las horas y que, después, pacen en los prados de las Islas de los Bienaventurados. En Occidente sus jardines están al cuidado de las hespérides. Egle, Aretusa, Eritia y Hesperia vigilan junto con el dragón Ladón el árbol de las manzanas de oro que brotó del seno de Gea. Las manzanas de oro y los bueyes de oro pertenecen al titán. En Eritia y en la isla de Trinacia se deleita con sus rebaños de bueyes, cuyo número es tan grande como lo son los días del año lunar. Baña a sus corceles en el lago solar de Cólquide y allí descansa. Su esposa es la oceánide Perse, de la que nacerán Eetes, Pasífae y Circe. Augías también es hijo suyo. De la oceánide Clímene nacen Faetonte, las helíades y Merops. Los destinos de Faetonte y de las helíades son uránicos. Faetonte se precipita sobre la tierra con su carro solar, para cuyo manejo no bastan sus fuerzas. Sus hermanas Aegle, Faetusa y Lampetía, que uncen el carro a espaldas de Helio, se convierten en álamos que segregan lágrimas doradas, unas lágrimas de las que se genera el ámbar.

En Helio lo titánico se eleva a su mayor potencia lumínica. Montado en su carro, forjado por Hefesto, circunvala la tierra con un brillo rotante, con el retorno igual del movimiento que es propio de todos los titanes. En el friso oriental del Partenón encontramos a Helio que emerge del mar. En la metopa de los troyanos está de pie tras la cuadriga de corceles encabritados, en actitud de conductor, con los brazos extendidos, la capa al vuelo y una corona radiante alrededor de la cabeza. El brillo de Helio y su manera de moverse lo diferencian de Apolo. Apolo, que se yergue como una estatua, nos mira con una calma absoluta. Se eleva sobre el zócalo de su serenidad y deja un espacio libre a su alrededor, de forma que se percibe en el centro al dios, que actúa desde el centro, que decreta el orden desde el centro. En Helio todo es agitación. Sus corceles se encabritan, su carro cruje y el viento tormentoso que levanta al desplazarse lanza hacia atrás su capa y sus cabellos. Helio no puede escapar a este movimiento, está ligado a él y conforma lo titánico que hay en él. En el brillo y la luz de los titanes Hiperión y Helio se evidencia su proximidad con respecto a Apolo. El ojo de Helio, como el de Apolo, es penetrante, abarcador; a Helio no se le escapa nada, en su recorrido lo oye y lo ve todo, por eso se lo invoca como conjurador cuando se presta juramento. La cabeza redonda, su rostro siempre se dirige hacia nosotros sin desviarse él de su trayectoria. Así lo muestran las monedas de Rodas. Rodas es la isla que Helio vio emerger del mar y que eligió como su sede. Rodas es una isla de Helio. Quien ponga su pie en ella, quien le ofrecezca dádivas, así lo sentirá cuando camine por sus montañas, quebradas y valles, por sus orillas, cuando desde la cima del Atabirio disfrute de una vista panorámica de la isla bañada en una luz diáfana, del mar y de las cadenas montañosas de la costa de Asia Menor. Rodas es la sede principal de su culto, el lugar en que los escultores lo glorificaron con imágenes de tamaño colosal. Aquí surgió la imagen de setenta codos de altura de Lisipo, quien lo representó montado sobre la cuadriga, y también la estatua del Chares, el discípulo de Lisipo que era oriundo de Lindo, cerca de Rodas, quien creó el Coloso, la estatua de Helio situada a la entrada del puerto de esta ciudad.

En Eos, que es la aurora y el crepúsculo, se hace patente la herencia uránica de sus padres Hiperión y Tía. Eos aparece inseparablemente unida a su hermano Helio. Incluso antes que él, se eleva del Océano circular, cubriéndose con el manto color azafrán, para uncir sus corceles Faetonte y Lampo. Anuncia la llegada de Helio, se le adelanta. Tampoco lo abandona durante el día, pero con la luz más incisiva se vuelve invisible y se pierde en el brillo de Helio. Su movimiento es más suave, más silencioso, es como la brisa fresca en la frescura del rocío del amanecer. Está también representada con alas, con una antorcha en la mano y volviéndose hacia Helio, que la sigue en su carro. Eos es el frescor de la mañana y el despuntar de la vida, es la suprema gracia juvenil, el encanto que se despierta y que despierta. Es la favorita de los poetas, que la llaman «la de rosáceos dedos», la de brazos rosáceos y bucles hermosos, la que resplandece y brilla. Ya antes de que llegue guiando su carro o volando, el oscuro Océano empieza a teñirse levemente de rojo y un resplandor recorre la tierra. Con timbre claro se escucha cantar a su ave sagrada, el gallo. Juvenil como es ella, ama a los jóvenes hermosos, al cazador Orión, a Céfalo y a Titono, con el que engendra al rey de los etíopes, Memnón, y a Ematión. Como esposa del titán Astreo es madre de los astros, es madre de Céfiro, Noto y Bóreas. En esta hija y esposa de titanes, lo titánico es suave pero aun así resulta inconfundible en los movimientos que realiza. En el reino de Zeus tiene una sólida posición como diosa.