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¿Por qué en Chile sentimos tanto miedo si seguimos siendo, comparativamente, uno de los países menos victimizados de la región? En Los temores de la calle, el cientista político Claudio Fuentes enfrenta esa paradoja con una apuesta clara: escuchar la ciudad, ordenar sus voces y pensar con rigor lo que nos pasa. A partir de decenas de testimonios y escenas cotidianas —de mercados, barrios y trayectos laborales—, este libro muestra cómo el miedo se volvió un organizador silencioso de nuestras decisiones: modifica horarios, rutas, sociabilidades y también la política. Fuentes propone una explicación en tres planos que se retroalimentan: la experiencia individual (alerta, ansiedad, cuidado), las condiciones sociales (segregación urbana, deterioro del espacio público, debilitamiento de redes) y un Estado intermitente que llega a ratos, pero no logra restituir confianza. El resultado es un sentimiento extendido de desamparo. Sin simplismos ni recetas mágicas, el autor combina crónica y ensayo con datos indispensables para mostrar que no basta culpar a la televisión ni prometer "mano dura". Hoy el escenario es más complejo: se intensifican ciertos delitos violentos (armas, extorsiones, secuestros); se multiplican los videos y cadenas que circulan por el celular con contenidos que aumentan y aceleran la percepción de amenaza; y la justicia se percibe como lenta o desigual. Este libro es una invitación urgente a recuperar los lazos sociales y a exigir políticas públicas que reduzcan el riesgo sin erosionar la democracia. Una lectura imprescindible para quienes quieren volver a habitar la calle sin miedos.
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Seitenzahl: 203
Veröffentlichungsjahr: 2025
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FUENTES S., CLAUDIO
Los temores de la calle
Cómo se instaló el miedo en la sociedad chilena y cambió nuestras vidas
Santiago, Chile: Catalonia, 2025
128 p.; 15 x 23 cm
ISBN: 978-956-415-177-9
320 CIENCIA Política
Diseño de portada: Mateo Infante
Corrección de textos: Hugo Rojas Miño
Diagramación interior: Salgó Ltda.
Impresión: Arcángel Maggio
Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).
Primera edición: septiembre, 2025
ISBN: 978-956-415-177-9
ISBN Digital: 978-956-415-178-6
RPI: trámite jftjxj
© Claudio Fuentes S., 2025
© Editorial Catalonia Ltda., 2025
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl - @catalonialibros
Diagramación digital: ebooks [email protected]
“…Y si alguno quiere risa
Tiene que volver la vista
Ir mirando las vitrinas
Que adornan las poblaciones.
“O mirar hacia la calle
Donde juegan esos niños
A pedir monedas de hambre
Aspirando pegamento
Pa’ calmar tanto tormento
Que les da la economía
Cierto que da risa.
“Pero yo creo que saben
Dónde duermen esos niños
Congelados en el frío
Tendidos al pavimento
Colgando de las cornisas
Comiéndose a la justicia.
“Para darle tiempo al diario
Que se ocupe del deporte
Para distraer la mente
Para desviar la vista.
“De este viaje
Por nuestra historia
Por los conceptos
Por el paisaje”.
“El viaje”. Schwenke & Nilo, 1983.
La sociedad del temor
El temor como organizador del orden social
El temor y los delitos violentos
Segregación social y temor
La precariedad del lazo social
El temor en mi celular
El Estado intermitente
La justicia injusta
Hijos de la furia
El futuro trágico
Los medios y la amplificación del temor
La encrucijada
Recomendación musical
Referencias
“La ciudad sucia
De droga abusa vestida sin blusa
Se cruzan las yutas
Falsas caras fingen astucia
Al borde del colapso se lanzó al vacío
Mueren tantos muchos al vaso y al final de un puñal mueren por falsos
Yo sigo libre
Otros libran
Unos cobran
Muchos sobran, roban,
Mientras compran dos pan,
Dos se dopan, man
Así es la cosa, man
La selva animal
Donde se anima el mal
(Siempre fue cruda)”.
“Cruda ciudad sucia”. The Killtros.
“Tengo miedo de salir a la calle”, me dice una secretaria instalada en su oficina en la comuna de San Bernardo, al sur de la Región Metropolitana.
Una de las características más llamativas de Chile es la altísima percepción de temor; de miedo de salir de noche a la calle; de ser víctima de un delito. Lo anterior se contrapone con el dato objetivo de ser Chile uno de los países con el nivel más bajo de victimización en las Américas. Incluso los estudios muestran que, en momentos en que la tasa de victimización ha declinado (esto es que el encuestado o un familiar fue víctima de un delito), el temor a la delincuencia se ha incrementado.
La encuesta global de IPSOS aplicada en 29 países muestra que el crimen y la violencia, la inflación, la pobreza y la desigualdad social son las preocupaciones más relevantes de la población. Pero, si en el promedio de los países encuestados la preocupación por el crimen y la violencia llega al 32%, Chile aparece como el país con la más alta preocupación, alcanzando el 67%, seguido de Perú, Suecia, México, Sudáfrica, Argentina, Colombia y Brasil, por citar los primeros de la lista (IPSOS, 2025). Lo anterior contrasta, por ejemplo, con la tasa de homicidios en los mismos países encuestados, respecto de la cual Chile se ubica entre aquellos con niveles bajos.
Tabla 1.Preocupación por el crimen y la violencia y tasa de homicidios
Preocupación por crimen y violencia (%)
(Encuesta IPSOS 2025)
Tasa de homicidios por 100 mil habitantes
(Banco Mundial)
Chile
67
6,0 (2024)
Perú
66
6,0 (2020)
Suecia
65
1,0 (2021)
México
59
28,0 (2021)
Sudáfrica
52
42,0 (2021)
Argentina
49
5,0 (2021)
Colombia
42
27.0 (2021)
Brasil
38
22,0 (2020)
Francia
38
1,3 (2023)
Alemania
36
1,0 (2021)
Australia
33
0,8 (2023)
Italia
31
1,0 (2021)
Gran Bretaña
29
1,0 (2020)
Estados Unidos
28
5,7 (2023)
Fuente para homicidios: Banco Mundial, con información de Oficina de Naciones Unidas contra la droga y el Delito.
La preocupación ciudadana sobre el crimen y el delito es significativamente menor en países como Sudáfrica, Colombia o Brasil, y allí las tasas de homicidios son tres y hasta 7 veces superiores a lo que se experimenta en Chile. La encuesta mundial de seguridad de Gallup (2024, 140 países) nos revela una situación no tan distinta. En ese caso, se pregunta sobre la preocupación por la percepción de seguridad al caminar por la calle solo/a. Los países en que más seguridad se siente son Kuwait, Singapur, Noruega, Arabia Saudita, Eslovenia y El Salvador, donde sobre el 88% de los encuestados indicaron sentirse seguros. Los cinco países encuestados donde se perciben menores niveles de seguridad de caminar solos/as en la calle son Chile (36%), Botsuana (32%), Liberia (30%), Sudáfrica (30%) y Ecuador (27%).
Entonces, vivimos en una sociedad que subjetivamente está muy atemorizada, incluso si los niveles de victimización tienden a ser bajos si se los compara con otros países donde los niveles de violencia son significativamente mayores.
¿Cómo explicamos esta aparente contradicción o paradoja?
Una respuesta intuitiva, y que espontáneamente emerge en las conversaciones se asocia con el rol que hoy cumplen los medios de comunicación de masas —particularmente la televisión—. Es efectivo que cada mañana los matinales —programas de la mañana en la televisión abierta— y noticiarios nos bombardean con cruentos relatos sobre víctimas de la delincuencia y del crimen. Asesinatos, muertes, violentos atracos, violencia intrafamiliar. En su versión más conspirativa esta tesis sostiene que existiría una decisión editorial digitada por los dueños de tales medios, para aterrorizar a la población. A lo anterior se sumarían las redes sociales y las cadenas de desinformación que montan campañas permanentes asociadas con el miedo, el temor, las angustias cotidianas de la población.
Sin embargo, la evidencia no nos permite sustentar esta tesis del todo. La relevancia de la delincuencia en la parrilla de noticiaros ha sido una constante por décadas, mientras el temor se ha incrementado significativamente en los últimos años —digamos, en la última década—. Algo más está pasando en la sociedad que nos tiene atrapados en esta espiral de miedo y temor. Los medios de comunicación y redes sociales son sin duda relevantes, pero no son la única y exclusiva causa del temor.
Otros han sostenido que lo que ha sucedido en el país es una transformación significativa en el tipo de delitos que se cometen y que en los últimos años han sido más violentos. Esta transformación, unida a una masificación de la información, nos convierte en testigos de situaciones que se viven a diario y que son informadas de modo casi instantáneo por las redes sociales. Es muy distinto leer una noticia en un diario que ver las imágenes de una cámara que capta en vivo una acción delictiva. A lo anterior se suman las redes sociales, las que contribuyen a multiplicar exponencialmente la visibilidad de un hecho y, muchas veces, a ser testigos directos de este tipo de ilícitos.
Para conocer más sobre las percepciones de temor necesitamos indagar en las subjetividades de las personas: ¿Cómo se vive el temor en una ciudad? ¿Cuáles son los mecanismos que refuerzan los sentimientos de temor? ¿Cuáles son las respuestas sociales a las escenas de violencia? En esta crónica o ensayo salimos a la calle a escuchar múltiples voces que experimentan a diario la ciudad. Clasifico este ejercicio como una crónica, pues no tiene pretensiones académicas en términos de identificar una muestra representativa de la sociedad, o de someter las informaciones a una rigurosa prueba de validación u otras estrategias para confirmar hipótesis. Se trata de un texto que busca ordenar una serie de conversaciones sostenidas en los últimos dos años y que quiere sugerir algunas respuestas tentativas a la paradoja enunciada al inicio.
La exploración de lo cotidiano, de las rutinas, de los hábitos y costumbres, de los discursos y significados asignados a un hecho social no es algo inusual en las ciencias sociales. Numerosos estudios de la antropología y sociología —y más tímidamente en la ciencia política— han explorado la relevancia de lo cotidiano, del diario vivir. Por lo mismo, no existe mucha novedad en este tipo de indagaciones. A riesgo de excluir una extensa literatura sobre el particular, quisiera citar el trabajo de Javier Auyero (2001) y de Auyero y Sobering (2021), quienes me han inspirado en su trabajo etnográfico y que han abierto en mi trabajo académico nuevas fronteras para la investigación social. A diferencia de los trabajos enunciados, este ensayo recoge varias decenas de testimonios sin intentar formular una teoría, sin intentar entregar una concepción acabada o integral de la realidad social. No obstante, sí tiene la modesta pretensión de iluminar algunos ámbitos sociales a veces ocultos a nuestros ojos.
Los testimonios que se recogen aquí fueron obtenidos durante los años 2023 y 2025. Se han cambiado los nombres y lugares para proteger la confidencialidad de los testimonios que aquí se entregan. Todas las personas que estuvieron dispuestas a conversar conmigo agradecían la oportunidad de contar sus experiencias, pero, al mismo tiempo, sugerían mantener el anonimato de sus testimonios, y aunque nada en este volumen constituye una gran revelación, lo anterior me pareció sintomático de una sociedad que tiene susto de hablar.
Luego de conversar y observar múltiples espacios de la ciudad, sostengo aquí que concurren tres grandes factores estructurales que contribuyen al temor: primero, existe una dimensión individual —perceptual y emocional— que las personas expresan y que es muy relevante; segundo, existen ciertas condiciones sociales como el tipo de conflictividad social, el modo en que se organiza la vida urbana y los lazos sociales presentes en la sociedad, y tercero, el modo en que se organiza el Estado para responder a esta demanda, incluyendo las políticas sociales, de seguridad, de acceso a la justicia y de protección de grupos vulnerables.
En Chile, a nivel individual, se advierte una tendencia de aumento significativo de los niveles de temor. Este es mayor entre mujeres, adultos mayores y personas de nivel socioeconómico bajo. Ese temor que se manifiesta a nivel individual es reflejo y a la vez impacta en el modo en que nos relacionamos. Sentimos desconfianza respecto de los vecinos, percibimos que a nivel familiar podemos desarrollar nuestros proyectos de vida, pero a nivel social se trata de un mundo hostil.
Desde el punto de vista social, ya es evidente que en Chile ha cambiado la estructura de los delitos que se cometen, incrementándose aquellos más violentos. Lo anterior aumenta la sensación de temor en la población, incluso si dichos delitos son cometidos en ciertas partes de la ciudad. Como un “choro”1 porteño me lo remarcaba, “nos estamos poniendo más violentos”. Esta mayor violencia —veremos más adelante— está relacionada con el explosivo incremento del tráfico de drogas, el tráfico de armas y la acción del crimen organizado en el país. Intentaremos argumentar que este incremento de la violencia es la consecuencia y no la causa de la espiral de temor que vivimos. La violencia aumenta porque se incrementa el tráfico y consumo de drogas, crecen las economías ilegales, se acrecienta el tráfico de armas en el país.
Otro factor social —y que es crítico— se refiere a la ausencia de infraestructura social urbana que minimice el temor. En este sentido, el modo en que se ha desarrollado la infraestructura pública en las últimas décadas ha intensificado la sensación de temor al diseñar una ciudad que segmenta, que divide, que crea “celdas” poco integradas. La escena urbana genera condiciones materiales muy provechosas para un incremento sustantivo de la delincuencia.
A lo anterior se suma la ausencia de sistemas de contención social, como iglesias u organizaciones sociales, que históricamente habían fortalecido el tejido social. Esta dimensión es fundamental, pues impacta en la percepción social sobre la soledad que las personas sienten para enfrentar un fenómeno que rebasa sus capacidades individuales para contenerlo. A lo anterior, se suma la intensificación del uso de redes sociales, las que han transformado la sensación de temor en algo inmediato y que afecta directamente a las personas. Es la suma de todos estos factores que se retroalimentan y, en las experiencias cotidianas, van amplificando la sensación de temor.
Dijimos que una tercera dimensión se refiere al rol que ocupa el Estado. Advertimos en Chile un “Estado intermitente”, que está y no está, que se hace presente en circunstancias de crisis pero que luego se retira. Argumentaré que no es que el Estado no esté en el territorio, que sino más bien que este se hace presente de modo irregular y bajo condiciones que no contribuyen a reducir el temor. A lo anterior se suma la falta de justicia como un asunto que recorre las conversaciones, y con ello me refiero a la difundida percepción de que, por mucho que las personas denuncien o intenten buscar ser reparadas por un daño causado, no pasará nada. La percepción de una justicia que no se hace cargo de los problemas sociales es otro elemento que intensifica la sensación de temor. A ello denominaremos “el desamparo social”. Se percibe que un delincuente goza de impunidad y que si es detenido volverá a las calles y reiterará su comportamiento.
Para concretar este proyecto agradezco a todas las personas que estuvieron dispuestas a conversar y contarme sus experiencias cotidianas. También agradezco a la Universidad Diego Portales, sus colegas y autoridades, que me han brindado apoyo profesional y académico en mi trayectoria de investigación. Este trabajo no podría haber salido a la luz sin el apoyo del proyecto Exploración 13220187 y del proyecto Fondecyt regular 1240231. Agradezco a múltiples colegas que en su trabajo y conversaciones me han permitido reflexionar sobre las múltiples facetas del miedo y del temor social y que incluyen a todo el equipo del Observatorio de Violencia y Legitimidad Social de la Universidad Diego Portales, y en particular a Macarena Orchard y Gabriel Otero de la Escuela de Sociología de la misma universidad y a Pedro Valenzuela, quien me ha acompañado como asistente de investigación en los últimos años.
Mi preocupación sobre la seguridad se desencadenó hace más de dos décadas, cuando estaba iniciando mi reflexión académica en el doctorado en la Universidad de Carolina del Norte. Observando casos de reformas policiales en América Latina y Estados Unidos abrí mi agenda de investigación a esta temática, lo que me llevó a escribir mi tesis de doctorado sobre las respuestas sociales a políticas de mano dura implementadas en la región (Contesting the Iron Fist, Routledge, 2025). Aquella reflexión no hubiese podido salir a la luz sin la guía y acompañamiento académico e intelectual de Jonathan Hartlyn, Augusto Varas y Lars Schoultz, a quienes se lo agradezco. Con todo, la reflexión que aquí hago es de mi exclusiva responsabilidad.
1 Los “choros” del puerto son personas de sectores populares que suelen frecuentar la parte baja del puerto de Valparaíso y realizan labores de carga y descarga de camiones, cuidadores de automóviles y otras labores. Se destacan por su audacia y rapidez en responder a las demandas de transeúntes del puerto.
“Quisiera creer que todo esto es un mal sueño
La que rezaba por mí ahora está en el cielo
Mis hermanos con los que hablaba ahora están muertos
Y yo perdi’o en la noche sin poder verlo
Droga llega fácil, mujeres llegan fácil
Y yo me muestro fuerte, pero estoy solo y frágil
Quisiera levantarme, salir de to’ lo oscuro
Mis malas decisiones están jodiendo mi futuro”.
“Mis deseos”. Jonas Sanche, José Spaace, Julianno Sosa.
Antes de explorar lo que sucede en Chile, necesitamos reflexionar sobre el temor. La Real Academia de la Lengua lo define como “pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso”. El concepto alude a un sentimiento, una emoción, a la sospecha, al miedo, a la posibilidad de verse dañado por alguna acción cometida por terceros —sean individuos, fuerzas de la naturaleza o agentes innombrables—. En un ya clásico libro, el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman, en su obra Miedo líquido (2007), sostiene que el miedo es un sentimiento que ha acompañado a toda la historia de la humanidad y esto es porque se trata de una emoción compartida por todos los seres animales. Desde tiempos inmemoriales, los humanos han compartido algunos temores ancestrales, como el temor a morir o el miedo a lo desconocido. Platón, por ejemplo, sugería que el miedo a lo desconocido se basaba en la ignorancia y era una fuerza paralizante en una sociedad. Para él, solo la reflexión filosófica y racional podrían permitir superar aquellos temores.
El cristianismo introduce el temor a Dios como parte sustantiva de la organización social. Actuar con sumisión, obediencia, respeto y reverencia a Dios formaba parte de la opción de los cristianos y que se traducía en respetar ciertos mandamientos esenciales de la vida social (“no matarás”, “no robarás”, “no codiciarás los bienes de tu prójimo”, etc.). Se plantea en la Biblia que “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová; buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos; su alabanza permanece para siempre” (Salmo 111: 10). Así, la sociedad cristiana se organizó a partir de ciertos mandamientos o leyes sagradas que guiarían la vida social y el temor al castigo divino era parte fundamental de este modo de vivir: “Y dijo al hombre: Temer a Dios, eso es sabiduría. Apartarse del mal, eso es discernimiento” (Job 28: 28).
El temor, el miedo al castigo organiza en la concepción cristiana la convivencia social, inhibiendo los impulsos que te conducen al pecado. Aquel miedo provocaría un constante acto de discernimiento. El miedo aquí es el catalizador para el buen comportamiento en la sociedad.
La modernidad alteraría radicalmente esta forma de organizar la vida social. Maquiavelo, en su obra El Príncipe (publicado en 1542), cuestiona la pertinencia de regirse por ese decálogo de normas establecidas por la religión cristiana. El autor sugiere que la moral de los gobernantes es o debe ser distinta a la moral privada de los ciudadanos. La moralidad es un instrumento flexible y que debe adaptarse dependiendo de las circunstancias. Un gobernante podría actuar con bondad o crueldad dependiendo de cuál de ellas le permiten mantener el orden social o el poder. Cuando Maquiavelo se pregunta cómo debe gobernar el Príncipe, propone que es preferible ser temido que amado, porque “los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga temer, porque el amor es el vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca” (Maquiavelo, 1999: 85).
Tanto el cristianismo como el pensamiento filosófico del Renacimiento sustentan el actuar de los individuos por el temor al castigo, aunque de un modo distinto. Para Hobbes (en el Leviatán, escrito en 1651), los individuos presentan un estado de natural discordia, rivalidad pues a ellos los anima la competencia, la desconfianza y el deseo de gloria. El estado de naturaleza es uno de conflicto y guerra entre los hombres, pues dominan en las personas las pasiones antes descritas. Y aunque Hobbes reconoce que el estado de naturaleza no se dio en un determinado tiempo en el mundo, sí existirían lugares y momentos de la historia en que ello ha ocurrido. La consecuencia del estado de guerra y desconfianza es que nada puede ser injusto: “Las nociones de derecho a ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde no hay poder común, la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia” (Hobbes, 2005: 104).
Es aquí donde surge la organización del Estado que busca escapar de esta situación de constante guerra, peligro y temor de destrucción de los hombres por los hombres. Si en la vida cristina los creyentes respetaban las leyes por temor al castigo divino, ahora Hobbes nos sugiere que se mantendrán a raya las pasiones naturales por el temor al castigo del Estado: “Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras, sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno” (Hobbes, 2005: 137).
Este pacto de cesión de la soberanía hacia el Estado se hace porque se teme a la violencia que ejercen los individuos respecto de los otros. Pero al instaurarse el Estado, se le entrega a este la capacidad de ejercer la violencia (lo que varios siglos después se denominaría “violencia legítima”) para acallar las tentaciones de todos aquellos que osan romper las reglas establecidas.
El temor al castigo divino —para el cristianismo—, o terrenal —para el mundo moderno—, se ha convertido en una fuerza organizadora de la sociedad.
La época contemporánea de post-Segunda Guerra Mundial establece dos condiciones críticas que se superponen: por una parte, se establece un cuerpo de preceptos universales que teóricamente los Estados se obligan a respetar y hacer cumplir (la Declaración Universal de Derechos Humanos) con el fin de evitar los excesos del Leviatán, pero, al mismo tiempo, el orden mundial impone la amenaza de destrucción global asegurada a partir del desarrollo tecnológico nuclear.
Volviendo a Bauman, él nos sugiere tres clases de temores contemporáneos, a los cuales se denominan los miedos derivativos: primero, aquellos que amenazan el cuerpo y las propiedades de la persona; una segunda clase dice relación con la supervivencia y la seguridad de vida (la vejez, la pérdida de la renta, el desempleo), y una tercera clase que tiene que ver con la amenaza que se cierne sobre las personas de perder un lugar en el mundo; esto es, su jerarquía o su identidad de clase, de género, étnica o religiosa.
Pero el mismo Bauman nos anticipa que existen otros miedos (los más terroríficos de todos), que se relacionan con todo tipo de desastres naturales y humanos que terminan por afectarnos a todos en diversas dimensiones: un tsunami, grandes pandemias que se propagan en el mundo, la amenaza de la sequía mundial, la destrucción nuclear, el apagón eléctrico que nos desconectará y bloqueará nuestra capacidad de interconectarnos, y todas aquellas alertas globales que nos entregan escenas distópicas de un mundo bajo estrés.
Bauman sugiere que la sociedad moderna líquida intenta diseñar ciertas formas de convivencia para hacer más llevadero este miedo social. Yo no existiría el temor a Dios o al Estado, sino que a la propia humanidad que se autoelimina.
En esta interpretación, existiría cierta fluidez de las sociedades con la que el ingenio humano va imaginando respuestas a los miedos sociales que emergen. La inventiva humana genera desarrollos tecnológicos para evitar los miedos derivados de la sequía, la enfermedad, la vejez o incluso del caminar solo por la calle. Sin embargo, estos miedos, en opinión de este autor, son una parte inseparable de la vida humana, por lo que es mejor comprender la vida social como “una batalla prolongada e imposible de ganar contra el efecto potencialmente incapacitante de los temores y contra los peligros genuinos o putativos que nos hacen tener miedo” (Bauman, 2007: 17). Las sociedades, los gobiernos, los mercados y los Estados lo que hacen es buscar formas para ahuyentar esta inminencia de peligros, aunque siempre será un ejercicio transitorio.
