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Isaac Peral fue un hombre grande. Buen marino, excelente profesor e inventor por encima de su época. En esta novela histórica se cuentan su vida y su obra. La vida de un marino sencillo y valiente. La obra inmensa y finalmente traicionada. En 1890, ocho años antes de los desastres de Cavite y Santiago, donde perdimos toda nuestra flota, un prototipo de submarino movido por motores eléctricos, capaz de navegar bajo el agua, mantener un rumbo y, sin emerger, lanzar tres torpedos con precisión de un kilómetro, surcaba las aguas de Cádiz. Era, aun siendo un prototipo, un arma infalible, ya que se podía acercar impunemente a cualquier barco, incluidos los potentes acorazados, dañar su hélice y hacerlos inservibles. Dewey, el almirante americano que nos derrotó en la bahía de Cavite (Filipinas), dijo: «Con un solo submarino como el Peral no hubiéramos podido entrar en Cavite». Peral recibió el reconocimiento universal, salvo el de su patria. Aún hoy se espera, pero lleva implícito la petición de perdón y el reconocimiento de la gravedad de la falta.
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Seitenzahl: 359
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
Edición eBook: septiembre, 2024
Los viajes de Peral
(Historia de una infamia)
© José María García Páez
© Éride ediciones, 2020
Éride ediciones Espronceda, 5 28003 Madrid
ISBN: 978-84-19485-75-5
Diseño: Éride, Diseño Gráfico
eBook producido por Vintalis
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
...nace en Madrid, en el barrio de Chamberí, en 1944. Termina Magisterio con diecisiete años, pero ejerce esa profesión muy poco tiempo, ya que su familia tiene que emigrar a Colombia.
Trabaja en un cafetal durante dos lustros, pero por motivos sentimentales tiene que emigrar nuevamente, esta vez a Nueva Zelanda, donde trabaja en diversas profesiones: lampista, cartero, repartidor, escribiente, etc.
Es autor de «Las Cenizas de la Reina» (Éride Ediciones 2012), «Los Herederos de Fernando VII» (Éride Ediciones 2013), «Estania 23E. Contado por los que lo perpetraron» (Éride 2014), «No se hizo la miel… La leyenda de Paracuellos» (Éride 2015), «Eugenio 1930-1936», (Éride 2016), «Los viajes de Peral. Historia de una infamia», (Éride 2017), «Batet y Campins. Dos generales y un destino» (Éride 2020).
Asimismo, en 2018 hace su primera incursión en la poesía con «Del pasado… recuerdos», que continuaría a finales de 2019 con «Del pasado… viajes, sueños»; y en 2019 presenta su primer libro de teatro con dos títulos «¡Franco!, ¿dónde estás?» y «El día que Pacheco se perdió en el súper», todos ellos en Éride Ediciones.
«Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta, espacioso es el camino que lleva a la perdición y hay muchosque entran por ella».
San Mateo
«Vivir con dignidad y libertad es entrar por la puerta estrecha».
Hipólito, anarquista, personaje de Pío Baroja en Miserias de la Guerra.
A los españoles torpes, engreídos, envidiosos, fomentadores de odio, en castellano, catalán, gallego o vasco, aunque su idioma original es el rebuzno, para quecuando terminen de leer este libro reconozcan que llevo razón.
Dedicado a mi hija Laura.
Y mi agradecimiento a Juan Ruiz, escritor de Murcia, por su inestimable ayudacomo corrector y consejero de este libro.
Peral ha muerto, en la España de 1895, los sucesos ocurren muy deprisa. Villacampa, un oscuro generalrepublicano, da un golpe de Estado con éxito. Es toda una sorpresa. Se proclama la Segunda República españolay vuelve Ruiz Zorrilla para presidirla. Los Borbones toman el camino del destierro, no es una novedad y ademásconocen de sobra el camino de vuelta, no es para ellos una tragedia. Peral, desde el «otro mundo», no estaríamuy satisfecho, siempre fue monárquico, nadie es perfecto, pero tiene curiosidad. En vida, tras visitar en París aIsabel II, fue llamado por Ruiz Zorrilla, exilado por aquel entonces en la ciudad de las luces. Le prometió elMinisterio de Marina y la construcción inmediata del submarino. Peral le creyó, pero promesas de exilado… selas lleva el viento; sin embargo, Ruiz Zorrilla es un hombre serio, nombra a Figueroa ministro de Marina y le daun encargo: construir el nuevo submarino Peral.
— Pero Peral ha muerto, señor presidente… — protesta el nuevo ministro de Marina.
— Pero quedan su equipo, sus diseños, sus planes…
— Sí, pero cada uno por un lado, frustrados y perdidos cuando no arrinconados.
— Pues se les reúne, se les dota y se les dan todas las facilidades. Quiero una flota de submarinos en dosaños. Trace un plan, señor ministro, y me lo trae este mismo sábado.
Es mismo día, Moya, Cubells, Mercade , García, recibían del Ministerio de Marina un misteriosotelegrama, destinándolos con urgencia al Departamento Marítimo de Cartagena. Iribarren, ascendido a capitán deFragata, debía presentarse con urgencia en Madrid en el ministerio.
Iribarren no salía de su asombro, tomó el primer tren de Cádiz y se presentó en el ministerio. La orden eraterminante. Un cosquilleo le movía las tripas y apenas pudo ingerir la comida que su mujer, Ana, le habíapreparado para el viaje. No hacía más que darle vueltas a su cabeza, tanto del motivo de su ascenso, que él, porhaber estado junto a Peral, daba por perdido, como de la llamada urgente; lo primero le tranquilizaba, paranada malo te pueden llamar si te asciende, pero Iribarren de los políticos no se fiaba un pelo. Estaba tras elasunto del submarino, del que no quería volver a hablar, más que escarmentado.
— Da su permiso, mi almirante.
Aún no se había recobrado del impacto de llegar a la mole del paseo del Prado y, sin esperar, pasar alamplio despacho de Figueroa.
— Adelante, Iribarren, tengo un asunto muy importante para usted y no me puede fallar.
El ministro a punto estuvo de decir: «Y si me falla, me deporta, Ruiz Zorrilla».
— Yo estoy a sus órdenes — balbuceó Iribarren.
— ¿Estuvo Ud. con Peral, fue su segundo?
— Un orgullo, señor ministro — dijo sacando pecho…
— Pues si le enorgullece, nada mejor para honrar la memoria del almirante Peral que construir y mejorarsu submarino. Haremos una flota y lo haremos con absoluta discreción en Cartagena.
— ¿Almirante Peral?
— El gobierno le ha concedido el empleo a título póstumo, con emolumentos que le correspondan y le hapropuesto para la Cruz Laureada… No queremos que su viuda y sus hijos pasen apuros. A Ud. y su equipo lescorresponde estar a la altura del inventor, ¿lo estarán?
— ¿Mi equipo?
— Toda la dotación del «Peral» ha sido destinada a Cartagena ayer mismo y esperan ordenes de Ud. paraponerse a trabajar; si necesita otros elementos, pídalos, tenemos prisa, en 1897 quiere el presidente una flota desubmarinos con las tripulaciones entrenadas para defender nuestros puertos y nuestras costas, incluidas las deultramar como soñaba Peral. Todo se tramitará por vía de urgencia y Ud. tendrá prioridad en Astilleros yatarazanas. Una compañía de Infantería de Marina vigilará constantemente la construcción y las pruebas seránun secreto absoluto. He cursado órdenes terminantes al capitán general del Departamento Marítimo para que asísea. Lo contrario se considerará traición. Por cierto, Beránger y Chacón serán sometidos a un Consejo deGuerra y lo más probable que sean despojados de su condición de marinos y den con sus huesos en presidio. Aeste gobierno no le temblará el pulso, no lo dude.
Cuando Iribarren llegó a Cartagena, aún tenía la impresión de la fascinante entrevista con el ministro y ahorano era un leve cosquilleo lo que tenía en sus tripas, sino un rugir incoercible. Moya le estaba esperando, teníanpantalán e instalaciones independientes en el Astillero. Todos los maestros seleccionados eran cartageneros y sehabían juramentado para llevar el secreto y defender la memoria de Peral.
El más emocionado era Barbudo, el fiel delineante, que con una sonrisa de oreja a oreja enseñó a Iribarren,Moya y el resto de los oficiales los planos originales del «Peral», incluidos los del aparato de profundidades queél mismo había destruido años atrás.
— Tengo, señores, los planos y diseños de todas las modificaciones que don Isaac quería añadir, las heguardado esperando un día como hoy que por fin se le reconozca todo su mérito. Hacer un segundo barco, aúnmejor que el primero, será coser y cantar — dijo muy ufano.
— No fallaremos — replicaron Moya, Cubells, Mercader y García el resto a coro.
Fueron dos años intensos, el primer «Peral» moderno. Pm.-1, salió a alta mar en enero del 97, navegaba a diezmillas, era trapezoidal y llevaba dos tubos lanzatorpedos, en total seis torpedos. Tenía treinta y tres metros deeslora y desplazaba 120 toneladas. Era pues rápido y ligero. Su estanquidad era a prueba de bomba y lasmaniobras de inmersión eran rápidas y cómodas. Figueroa supervisó con un pequeño Estado Mayor la mayoríade las pruebas. En la última, dirigiéndose al capitán general, le dijo:
— Quiero una docena y las tripulaciones entrenadas, aquí están los maestros.
No fue una docena, pero sí medía, los submarinos que España tenía al principio del 98.Tres en Cuba,mandados por Cubells y otros tres en Manila, al mando de Mercader.
Los otros seis se estaban ultimando en Cartagena, donde tendrían su base peninsular. Iribarren, Moya yGarcía trabajaban de forma intensiva instruyendo tripulaciones y vigilando la construcción de los barcos yencargando los equipos. Una incipiente industria naval había comenzado a funcionar, siguiendo los encargos dela flota, y podía decirse que España empezaba a ser autosuficiente. Se construía con licencia y empresaseuropeas se habían instalado en la comarca murciana, dando desarrollo y vida a esa región, dedicada casi enexclusiva a la agricultura.
Cuando Mercader se presentó a Montojo, Patricio, primo hermano de aquel Montojo, también gallego, quenunca se supo si estaba a favor o en contra de Peral, más parecía que estaba según venía el aire, no pudo menosque sonreír. «Ponga un Montojo en su vida», se atrevió a pensar, «espero que esta vez salga bien».
— ¿Y dice Ud. que con esos cacharros Cavite estará bien defendida?
Decía esto mientras en la noche los tres submarinos de Mercader eran desembarcados del buque detransporte Cruz de Sur, al amparo de la oscuridad y para ser botados en un pantalán cerrado y aislado. La«base», como se decía en el argot de marinos.
— Pues sí, mi almirante, en Cavite no entrará un buque que su excelencia no autorice.
— Pues Dios le oiga, capitán, porque mi flota no está para muchos trotes, es antigua, algunos de mis barcosson aún de madera y no resistirán el primer impacto de un buen crucero.
— ¿Y cree que habrá guerra?
— La hay ya, con los rebeldes, pero lo que nos preocupa son los intereses americanos en Cuba, dondeayudan descaradamente a los mambises y que el conflicto se extienda a extremo Oriente. Me preocupa suescuadra y aquí en Filipinas estamos casi indefensos.
— Ya no lo están, almirante.
— Dios le oiga, Mercader.
La guerra se declaró y Montojo recibió un aviso del cónsul español en Hong-Kong, Sr. Pastorín, de que laescuadra de Dewey se dirigía a Filipinas.
Montojo preparó la escuadra, agrupó junto al Reina Cristina, donde enarbolaba su insignia, al Isla de Cuba,al Isla Luzón, al Castilla, de madera, eso sí, de buena y excelente madera, al Antonio Ulloa, que estaba enreparación, al Juan de Austria y el Velasco, que no podía disparar y algún otro buque menor, todo un cuadro.
Llamó a Mercader, era su mejor baza. Decidieron vigilar con los submarinos la bocana de la bahía y actuar sinser vistos. La estrategia era simple: dejar pasar a la escuadra americana, ya que dentro del estuario de Caviteaflojaría su marcha, mientras pondría la flota española a cubierto, actuando de cebo y que los submarinos, con laimpunidad que les caracterizaba, lanzaran sus torpedos. Luego, que Dios repartiera suerte.
La noche del treinta de abril de 1898, la armada de Dewey, encabezada por el Olimpia, un cruceroprotegido, con diez cañones de 203 mm., veintitrés de 152 mm. y veinte de 127 mm, así como otras piezasmenores y tubos lanzatorpedos, atravesaba la Boca grande, frente a la isla de Corregidor. La oscuridad jugaba asu favor y las baterías de El Fraile descubrieron tarde aquella poderosa escuadra. Tras el Olimpia y con una luza popa, que señalaba la derrota iban los cruceros protegidos, Baltimore, Raleigh y Boston y los cañoneros Petrely Concord.
Mercader había destacado a Pm.-6 en esa bocana y observaba con el periscopio el paso de la flota. La ordenera dejar pasar, pues en la bahía la velocidad de los cruceros sería menor y la posibilidad de alcanzarlos con lostorpedos mucho mayor. No se equivocaba Mercader, la escuadra de Dewey inició sus primeras pasadas de formaelíptica a una velocidad de 6 millas(1). Mercader, que había situado al Pm.-5 y al Pm.-4 en el centro de la bahía,sonrió. Cuando estaba a 5.000 metros, la línea de baterías de babor de la escuadra de Dewey comenzó aconcentrar su fuego sobre el Castilla y el buque insignia Reina Cristina. Mercader inició la maniobra ensayadatantas veces, en inmersión, pasó debajo del Olimpia con su Pm.-4 mientras su gemelo lo hacía por debajo delBaltimore. Una vez superado, viró en redondo, alzó el periscopio y a menos de 500 metros lanzó sus torpedos. ElOlimpia fue alcanzado en su santa bárbara y una explosión, como del fin del mundo, se oyó en la bahía. El Pm.-5 había también alcanzado al Baltimore, aunque con desigual suerte, el destrozo era mucho menor, pero suhélice no respondía al timón y empezó a perder su derrota.
Dewey tuvo un presentimiento. ¡Peral!, los submarinos, y mientras abandonaba al Olimpia incendiado y apunto de irse a pique, ordenó la salida de la bahía. Al fondo el Castilla, incendiado, era evacuado por losmarinos españoles y Montojo hacía lo propio del Reina Cristina.
Al entrar de nuevo en la bocana, el Boston se encontró con una nueva sorpresa: dos torpedos lanzados conprecisión lo partían en dos e impedían la salida natural del Raleigh y los cañoneros. Mercader, implacable,persiguió con su velocidad máxima a esos buques, dejando dos cañoneros gravemente dañados y al Raleighnavegando a media marcha. Mercader había agotado sus torpedos y sus reservas energéticas eran escasas, noquiso tentar más la suerte y decidió volver a puerto. La batalla estaba decidida, ni Dewey ni ningún otro podríaimpunemente atacar una bahía donde ondeara la bandera española.
Montojó impuso en una breve ceremonia la Cruz Laureada a Mercader y a los otros comandantes desubmarino, tenientes de navío, Tejedor y Castro.
Cubells había llegado a Cuba, con sus submarinos arrastrados por el transporte María Eugenia. Los tressubmarinos, Pm.-1, Pm.-2 y Pm.-3, habían sido instalados en un pantalán cubierto y vigilado día y noche porinfantes de Marina en el puerto de La Habana. Cuando la escuadra de Cervera se refugió en Santiago de Cuba,Cubells ya había destacado al Pm.-1, comandado por él mismo y al Pm.-3 del teniente de navío, Butragueño, adicho puerto. Mientras, en el exterior se había plantado una imponente armada de acorazados del almiranteThomas Samspon. Escarmentados por el« éxito» de Cavite, la armada americana había desplegado todo tipo demedios para descubrir posibles naves submarinas. De noche había tantos reflectores que se podían contar desde labocana del puerto de Santiago los buques yanquis. Cubells creía que eso era una ventaja, ya que esos reflectoresno eran efectivos más allá de seiscientos metros y él podía dirigir la derrota correcta, sumergido, con mucha másdistancia, y golpear con sus torpedos sin ser vistos; era la filosofía Peral y estaba muy vigente.
Cervera contaba con una escuadra más potente que Montojo, aun así muy inferior a la de Sampson. ElColon, el nuevo Colon botado en 1897 no tenía instalados los cañones de grueso calibre y era el único de susbarcos que contaba con corazas de buena calidad. Los cruceros acorazados Vizcaya y Oquendo, construidos congran dificultad en los Astilleros vascos, con quiebra incluida de los armadores, tenían una gran debilidad en lasuperestructura. En ella se asentaba toda la batería media, estando por lo tanto muy por debajo de lo esperadopara estos costosos buques. El buque insignia de Cervera era un crucero construido en acero: el infanta Teresa.
El Teresa tenía tanta profusión de madera en elementos decorativos, mobiliario y aparejos, por lo que era muypropenso a ser incendiado si un buen impacto le alcanzaba. Los torpederos Fulgor y Plutón no estaban encondiciones de enfrentarse a los acorazados americanos. Sampson puso en el bloqueo lo más granado de laescuadra, acorazados de primera clase bien protegidos. Frente a Santiago y formando un arco de este a oeste, elIndiana, Oregón, Iowa, Texas y Brooklyn. El New York, buque insignia de Sampson, estaba en reserva, un pocomás alejado.
Cervera llamó a Cubells.
— La situación, como Ud. ve, no puede ser más sombría. La escuadra de Simpson es cien veces máspoderosa…
— No lo crea, almirante, mis submarinos les pueden hacer un buen destrozo…
— ¿Como en Cavite?
— Sí, aunque tenemos que ir con más precaución, ¡están avisados!
— Han iluminado todo el frente, con lo que el ataque nocturno puede ser arriesgado.
— Arriesgado es siempre, lo decía el difunto Peral, que en gloria esté, pero somos marinos, marinos deguerra españoles, mi almirante. Saldremos de noche y nos pondremos en sus popas e iremos inutilizando sushélices. Sin gobierno, sus barcos serán inútiles. Tenemos seis torpedos por buque, doce torpedos, en una salida,los aprovecharemos. En la confusión reinante la escuadra podrá maniobrar.
En la madrugada del tres de julio de 1898, silenciosos y sumergidos desde prácticamente haber soltadoamarras, los dos submarinos se dirigen a su destino. Cubells había abrazado a Butragueño y a todos lostripulantes. Brindó con vino español y gritó con fuerza:
— ¡Por España! ¡Por Peral!
Luque, el famoso maquinista que no se había separado de Cubells, lloraba emocionado, iban a hacer eltrabajo que Peral les había encomendado: defender, las costas y los puertos.
Cubells había marcado la derrota de los submarinos y había calculado con precisión la hora de los disparosy los objetivos. Texas y Oregón eran los primeros blancos, ambos estaban en el centro del bloqueo y sudestrucción era la destrucción de la línea. Luego, él, con su Pm.-1, iría por Iowa, más al este, mientrasButragueño atacaría al Texas. Calculaba gastar la mitad de sus torpedos y luego maniobrar según lascircunstancias; los humos y fuegos le protegerían.
Cruzó por debajo del Oregón y viró en redondo, era la maniobra Mercader, pronto enfiló la banda de babordel acorazado. Estaba a menos de trescientos metros y dio la orden de fuego. Dos torpedos salieron rumbo alacorazado. Cubells no quiso saber nada más, en el poco tiempo que tenían para llegar a su destino, el acorazadoescupiría todo su fuego. Volvió a sumergirse y se trasladó, a toda máquina más al este, buscaba al Iowa.
Mientras, Butragueño repetía, sincronizado, idéntica maniobra con el Texas, y se desplazaba a por el Blooklyntambién a toda máquina. El tranquilo mar se convirtió en un infierno. El Texas se iba rápidamente a pique,Butragueño le había acertado en toda la santa bárbara y ardía por los cuatro costados, mientras que el Oregón,lleno de humo, se escoraba peligrosamente a babor. La escuadra americana maniobró rápidamente. Cerveraaprovechó la confusión para salir con sus barcos, pero no había tregua. El Iowa se había desplazado hasta labocana y con rápidas ráfagas de su artillería pesada había hundido a los torpederos Fulgor Plutón, buquesindefensos ante un potente acorazado. Cubells sacó su periscopio y entre el humo del Oregón divisó la maniobradel Iowa, y fue por él, sumergido, solo con el periscopio, dispuesto a saltar sobre la torre óptica, como ya habíahecho en la famosa prueba de 1890, dirigió sin temor su barco, a quinientos metros del Iowa le mandó laprimera andanada de torpedos, fueron suficientes. Lleno de humo y escorado, el Iowa se retiraba del teatro deoperaciones. Butragueño había alcanzado al Brooklyn con sus torpedos, pero su valor, disparando desdesuperficie, el humo, no le había dado otra opción, le había costado caro. Un disparo de cañón de grueso calibrehabía atravesado su torreta. Butragueño estaba mal herido, aun así puso rumbo a Santiago para intentar salvarla tripulación, ya que no el buque. Tuvo antes de morir la satisfacción de ver hundirse a su matador, el Blooklyn,que con una escora de más del cincuenta por ciento, terminó desapareciendo de las aguas.
La batalla no iba mal, cuatro acorazados hundidos o fuera de combate por dos torpederos de la escuadra deCervera, pero éste estaba en apuros. Su buque insignia, «el Teresa», había recibido diez disparos y su maderahabía empezado a quemarse. «No hay mal que por bien no venga», pensó Cubells, que aún le quedaban dostorpedos y el humo del Teresa envolvía todo el escenario bélico .El Indiana se acercaba peligrosamente al cruceroVizcaya, cuyos cierres atorados impedían el normal disparo de sus baterías. Cubells comprendió inmediatamentela apurada situación del crucero español que, huyendo del Indiana, embarrancó en la costa. Cubells calculó sudisparo, no podía fallar, eran sus últimos torpedos. Apuntó y dio la orden de disparo. Una explosión enormesiguió al disparo, casi al instante. Cubells había disparado a menos de doscientos metros. El submarino,desarmado y dando unos terribles balances, se dirigió al puerto. Tenía que recargar, la batalla no estabaterminada, pero sí lo estaba…
El Vixen y el New York optaban por retirarse, cinco acorazados hundidos o seriamente averiados; era másde lo que Sampson podía permitirse. España tenía un arma letal y los yanquis ya habían ayudado, demasiado, asus «amigos» cubanos.
Vino la paz. Cuba y Puerto Rico pasaron a ser Estados libres, asociados a España. La bandera roja ygualda seguiría ondeando en las islas, donde sus habitantes gozarían de doble nacionalidad.
El Sueño de Peral se había cumplido… Defender las costas y los puertos… El Sueño de Peral…, pero todoera un sueño.
Introducirse en el mundo de Peral es una auténtica inmersión, no lingüística, tan en boga, sino moral y política. Peral representa la decencia, virtud en decadencia. Al parecer, desde que el hombre es hombre y de eso, hace muchos siglos. Pero también Peral son las convicciones, el valor del esfuerzo, la reflexión y el orgullo, de ser español. Muestra que en todo tiempo y en todo lugar, y en este suelo patrio, siempre hubo un hombre capaz de enfrentarse a su destino con honor y que solo los acontecimientos siguientes, que afortunadamente no tuvo que vivir, le dieron la razón plenamente. Pero en Peral, hay algo fundamental, las consecuencias, que trasciende al propio personaje y cualquier español honrado debería conocer.
Los hechos ocurridos que se narraran en esta obra muestran la impunidad de los felones y la ignorancia de un pueblo .También la prepotencia de los poderosos, especialistas en ocultar sucesos que, por su gravedad y por el dolor causado, nunca debieron ser olvidados y, por ser desconocidos, son sistemáticamente repetidos.
Los políticos, hombres de dudosa condición, complican la vida de los pueblos a los que dicen defender.
Muchos buscan, en esa maravillosa excusa, la forma de mejorar su estatus y gozar con eso tan fatuo como «la erótica del poder». Los hay decentes, que buscan el bien común, además del propio, con el menor sufrimiento para aquéllos que dicen representar. El sufrimiento del pueblo va incluido, al parecer, en la acción del gobierno. La Constitución del 12 decía «que todos los españoles tenían el derecho a ser felices», pero ello no dejaba de ser una utopía y por eso gente tan «práctica» como Fernando VII, más amigo de los prostíbulos que de las ensoñaciones fugaces, rápidamente la suprimió. Otros más del gusto del felón mencionado previamente creen que el sufrimiento de sus ciudadanos está en un guion no escrito, pero que llevan grabado en la frente. La guerra, decía un militar recientemente fallecido, «es una grosería», y la mejor manera de no tener que hacerla el pueblo, los políticos siempre son «excedentes de cuota», es prepararse para no tener que llegar a ella. Peral y su submarino son el ejemplo ideal de esa situación.
La España del siglo XIX tenía costas y puertos en todos los hemisferios, defenderlos era misión casi imposible para una potencia en decadencia, en los últimos siglos. Saber cómo habíamos llegado hasta ese punto sería objeto de otro libro, aunque después de leer este escrito, al agudo lector no le quedará ninguna duda. Y si le queda, prometo devolver su importe.
Una armada potente con una industria naval igualmente desarrollada debiera haber sido un objetivo prioritario en todo gobierno, aunque fuera solo para que los españoles nos pudiéramos pegar entre nosotros en paz y no tener que recurrir al heroísmo patrio contra el enemigo exterior. Excusa casi fantástica, desde las Navas de Tolosa en 1212, hasta hoy, para unirnos(2).
Pero esa Armada potente que en el siglo XVIII había intentado con bastante éxito desarrollar el marqués de la Ensenada, haciendo honor a su marquesado cuando «el Despotismo Ilustrado», no se había seguido modernizando con el tiempo y con la situación geoestratégica que España demandaba. Nuestros políticos habían en parte, solo en parte, abandonado el «despotismo» pero quizás mucho más deprisa «la ilustración», y nuestra Marina, a finales del siglo XIX, no tenía los recursos mínimos para defender nuestras costas, y lo que es peor, tampoco existía por parte de los gobernantes la intención de proporcionárselos, así como de desarrollar una industria naval que nos hiciera realmente independientes de potencias extranjeras.
Peral, con su ingenio y sus conocimientos, era un profesor de Física y Matemáticas de la Armada, había solucionado de un plumazo la debilidad de la flota. La hubiera hecho, en unas décadas, invencible.
De nacer inglés, tendría junto a Trafalgar un monumento, pero era cartagenero y recriado en Cádiz. Y quizá por eso, hasta su calle, en Murcia, se la quitaron recientemente.
La envidia, como la sarna, quizá no sea muy contagiosa, pero desde luego, pica. Junto con la mendacidad de algunos personajes que retrataremos como se merecen en este libro, hicieron posible que un submarino probado e imbatible no se desarrollara y se construyera en serie para haber dado a nuestra armada sendos triunfos en Cavite y en Santiago de Cuba, solo ocho años después. A cambio, muerte, dolor y sacrificio. Bendito Peral, que lo intentó tozudamente. Malditos los de siempre y también los buenos, porque en estos casos, tradicionalmente, miran hacía otra parte(3).
Atracado, quieto y vacío, está en un pantalán auxiliar de La Carraca un submarino de veintidós metros de eslora, dos metros con setenta y seis centímetros de puntal, dos metros y ochenta y siete centímetros de manga, y con capacidad para desplazar setenta y siete toneladas en superficie y ochenta y cinco en inmersión. Una joya naval de 1890, propulsada por dos motores eléctricos de treinta caballos cada uno, que funcionaban con la energía suministrada por una batería de 613 elementos. Incorporaba un tubo lanzatorpedos, con dotación armamentística de tres torpedos. El periscopio le da un aspecto extraño que le diferencia radicalmente de los buques de la época, pero es su «aparato de profundidades» que le permite navegar en inmersión e incluso mantener el trimado en todo momento, incluso tras lanzar los torpedos, lo que le hace realmente diferente y potente.
Su autonomía o radio de acción es de 355 millas náuticas en superficie y de 326 en inmersión. Es el submarino Peral, que espera el último veredicto de la Segunda Junta de Evaluación. De ser favorable, pronto otros ingenios similares con las insignias de la Armada española surcarán las profundidades marinas. Después de Lepanto, nuestra Marina volverá a ser poderosa, respetada y temida, y las costas y puertos invulnerables. El submarino, ajeno al devenir de los políticos, descansa acodado al muelle auxiliar.
Un marinero de remplazo está de vigilancia y de vez en cuando le mira de reojo, como no queriendo saber que ese ingenio viaja debajo del agua, que dispara con la mayor impunidad posible y que incluso sus tripulantes pueden respirar. Es una gran novedad, el mayor invento, tan grande que hay gente que aún no se lo cree. Lleva poco tiempo en la Marina y el hacer guardia a ese «bicho» no le hace mucha gracia. Tiene que impedir que gente curiosa se acerque demasiado o que niños traviesos correteen por sus alrededores o se suban por la popa. Ha oído hablar de Peral, a unos bien, muy bien, a otros mal, muy mal. Parece como si el asunto fuera algo así como Peral, sí, Peral no, cuando lo realmente importante era el submarino y el refuerzo considerable a la flota española. Pero de esta flota, como de la Patria entera, nadie, siguiendo una costumbre inveterada a lo largo de los siglos, quisiera acordarse.
Cruzó la calle a paso ligero. Tenía una cita que le intrigaba pero a la que no podía dejar de asistir. Era Nordenfelt, el mayor armador de Inglaterra, y cuando el «Imperio» llama, nadie, y menos él debía dejar de acudir. Claring Street estaba desértica, era la hora del té. El 77, una casa de estilo victoriano y de esmerado cuidado exterior, era el lugar de encuentro.
—Adelante, el anfitrión le espera —una elegante criada señaló a Nordenfelt un corto pasillo lleno de cuadros de caza, del zorro inglés, naturalmente, que accedía a un amplio despacho. Allí dos hombres pulcramente trajeados, fumando sendos vegueros y tomando té, estaban acomodados en cómodos sillones de cuero, tipo Chesterfield.
—Pase, Mister Nordenfelt, le presento a Mister Zaharoff, un gran hombre de negocios.
—Ud. es Mister Harris, supongo.
—Supone bien, yo mismo firmé la nota para concertar esta cita de vital importancia.
—¿Para quién? —preguntó Nordenfelt intrigado.
—¡Para Inglaterra!, ¿para quién si no?
—Entonces, ¿Ud. es del Servicio Secreto?
—Quizá, Mister Nordenfelt, quizá —dijo sonriendo por primera vez el anfitrión. Pero siéntese. Mister Zaharoff tiene algo muy interesante que contar.
Zaharoff era de piel cetrina, ojos inquisidores, buen porte, e impecablemente vestido. Los negocios, los sucios negocios, le iban muy bien y eran sucios, muy sucios, porque era en su tiempo el mayor traficante de armas del planeta. No había conflicto bélico que no proveyera y si no lo había, sus agentes, diseminados por todo el mundo, hacían lo posible y a veces lo imposible para que los hubiera. Vasil Zaharoff era miembro de la masonería y al parecer en relación con los «iluminati». Turco, de origen ruso, tenía aspecto mafioso y modales de Lord inglés. Su inteligencia innata y su falta de escrúpulos habían hecho de una bazofia, un magnate. Su información y su poder le hacían imprescindible en todos los negocios turbios de los gobiernos de la época. Él servía a todos, era siempre cuestión de dinero. «La pasta, imbéciles».
Vasil dejó por un momento el puro y de una carpeta azul sacó unos planos.
—Es el submarino Peral —dijo secamente.
—¿Y quién es Peral? —preguntó Nordenfelt.
Harris dio una larga calada a su puro y, lentamente, incorporándose en su sillón, dijo:
—Un español, un marino español.
—¿Español? —contestó Nordenfelt con cara de extrañeza.
Él llevaba años intentando construir una nave que pudiera sumergirse con la garantía de volver a superficie sin conseguirlo. Su Astillero presumía de ser uno de los mejores del mundo, su último invento había sido un rotundo fracaso y un español, de los de botijo, toros y sol, tenía unos planos por los que el Servicio Secreto británico se movilizaba. Ver para creer.
Harris volvió a sonreír.
—Peral es un renacentista. Marino, físico, habla inglés, francés, alemán, es profesor…Tenemos su historial en la agencia y además es insobornable.
—Un patriota —susurró Zaharoff con desprecio.
—Exactamente eso, Mister, un patriota.
—Pues a esos patriotas su querida patria no los suele tratar con aprecio —dijo sin inmutarse el ruso.
—Es posible pero seguirán siendo patriotas. Nacen así —continuó Harris—, y si ese submarino sigue adelante, la superioridad naval inglesa peligra gravemente. Con submarinos, la Marina española será invulnerable en sus puertos y sus costas. Podría atacar impunemente Gibraltar y hacer añicos a cuantos acorazados quisieran oponerse. Su influencia exterior sería enorme y competirían por hacerse con el comercio internacional desde bases seguras: Cuba, Filipinas…
—¿Y qué podemos hacer? —interrumpió Nordenfelt.
—Pues construir uno siguiendo estos planos e intentando atraer a Peral a nuestro bando. Mientras, Mister Zaharoff y sus agentes en España boicotearán el proyecto. Facilitarán averías, fugas, roturas, retrasarán la construcción o la harán imperfecta, eso no hay que explicárselo a este señor, es un «artista» —terminó Harris, guiñando un ojo al ruso.
—Se hará como Ud. dice —contestó Zaharoff, lacónico, no le gustaba que le adularan—. Quería saber otra cosa, el color del dinero.
—Por supuesto se le recompensará generosamente, no lo dude. Estoy autorizado para entregarle, con las primeras instrucciones, este cheque con un buen número de ceros, quería decir de libras, Mister Zaharoff.
—¿Y cree Ud., Mister Harris, que esto será suficiente para parar un proyecto trascendental para un país? —contestó Nordenfelt, escéptico.
—Solo con esto no —dijo Harris—. Déjenos, intoxicaremos a la opinión pública española, engrasaremos gobiernos, hay más métodos, no lo dude y no tenga temor. Le iremos suministrando información y las claves del submarino, que según nuestros expertos, no figuran explicitadas en los planos que le entregamos, confíe en nosotros…
—¿Comprarán a la prensa, al gobierno…?
—¡Nordenfelt! ¡Por la corona de San Jorge! ¡Sabe lo que nos jugamos…!
—Sí, claro, Mister Harris, lo comprendo —replicó el industrial compungido.
Pues evidentemente se jugaban mucho. Además de la superioridad naval británica, estaba la industria naval y la supervivencia de los Astilleros ingleses empeñados en la construcción de grandes acorazados.
«Coraza y cañón», que era la consigna de fin de siglo, del XIX.
El «Little Britania», un cómodo vapor que hacía habitualmente el trayecto Plymuth y Calais, está a punto de zarpar. El capitán, un viejo lobo de mar, espera dar la orden de soltar amarras a que un personaje importante suba a bordo. Le espera el mejor camarote, una espléndida suite, frecuentada por el Aga Kan, jefes de Estado, príncipes e incluso reyes. El pasajero es Zaharoff, es virrey del armamento en Europa con más poder que muchos de sus asiduos clientes.
De un coche de caballos se bajan tres personajes. Vasile, su mujer Madeleine y su secretario Octavio.
Suben sin prisas al barco, sin ellos la nave no zarpará.
En un espacioso camarote de clase especial, se alojan los tres, es la costumbre.
Madeleine, veinte años más joven que Zaharoff, es gustosa con la presencia de Octavio y Vasile también; a nadie en el barco le llama la atención el desigual trío de clientes habituales. Vasile Zaharoff conoció a Madeleine en el «Folies Berger», de París, hacía diez años y desde entonces son inseparables.
Octavio es el secretario para todo, hombre de compañía de Madeleine. A Vasile, hacedor de conflictos por la vía del armamento, las severas convenciones sociales de la época le traen al fresco.
Durante el viaje no suelen salir del departamento, piden champán, eso sí, mucho champán.
Algún camarero murmura por lo bajo, pero realmente Vasile está preparando el asalto al submarino «Peral»; los juegos de Madeleine y Octavio le preocupan muy poco, quizá, si no termina muy cansado de sus maquinaciones, se unirá a la fiesta, pero eso solo es, quizá, especulaciones.
En Calais le espera Ulises, un espía con experiencia internacional que saldrá raudo a España.
Mientras, Zaharoff, en París, organizará la aproximación a las fuentes de poder que rigen los tristes destinos peninsulares. Ya le han dicho que comprar a Peral es misión imposible, pero sabe que no todos son así y donde brilla el dinero se difumina la virtud, y él ha recibido mucho, pero que mucho dinero, y mucho más si su misión es un éxito. Se explica ahora lo del champán y la fiesta. Vasile vive la vida sin ética y, por supuesto, sin decencia, son conceptos que desconoce.
Ulises es alto, moreno, de origen turco. Ha trabajado para Zaharoff desde hace muchos años y siempre con éxito es sus operaciones. Domina varias lenguas, entre ellas el español, y tiene una gran capacidad de persuasión, siempre con el dinero por delante.
—He tomado nota de la operación, llevará algún tiempo pero, como de costumbre, triunfaremos, Vasile.
—No espero menos de ti, tienes mano larga para el dinero, los británicos están muy preocupados y no dudarán en estimularnos adecuadamente. Yo me ocuparé de «estimular» otros apetitos —dijo sin soltar su puro en una sonrisa macabra. Madeleine y Octavio le esperaban y Zaharoff se despidió de Ulises con un «hasta la vista».
El destino de Zaharoff era Madrid, allí le esperaban asuntos de vital importancia La tarde era espléndida en la bahía. Al fondo, Cádiz, tacita de plata, lucía vigorosa. Unos hombres se estaban esforzando para algo grande, muy grande, pero la «mano que mece la cuna» ya se había aposentado, y esperaba ensombrecer el panorama.
Ulises se había instalado en una pensión limpia y discreta en el centro de San Fernando. Pronto conoció el modo y costumbres de la gente del lugar. Abiertos, simpáticos, dicharacheros. Él era un honorable miembro de una Unión Obrera desconocida en esos lares. Su misión vigilar la higiene en el trabajo
— Pos mira, hermano, higiene, de ésa, no tenemos mucha, pero en Astillero del Arsenal, los jornales caen cada semana, sin falta.
—Pues os van a durar poco.
—No creas, cada vez tenemos más trabajo, ¿no es verdad, Eusebio?
Eusebio, carpintero de ribera con más de treinta años de tajo, afirmaba con la cabeza mientras trasegaba su tercer trago de vino.
—Pues eso es ahora, pero tengo noticias de Madrid bien diferentes.
Oír Madrid en aquellos pagos era como mencionar a la Virgen. De Madrid venía todo, lo bueno, lo mano y lo regular, por lo general, esto último.
—¿Y qué dicen en Madrid?, si se pue saber —dijo Eusebio, interesado de pronto en la conversación.
—Es secreto —dijo Ulises poniéndose interesante.
— «Secreto de Estao», toma ya —dijo uno de los contertulios.
—Tomadlo a guasa, pero cuando se acaben los jornales recordaréis a Ulises, el de Madrid —dijo esto dándose pisto.
Eusebio, interesado de pronto, dijo severo:
—¡Explícate de una puta vez y no digas estupideces! Asustas al personal.
—Pues muy sencillo, vais construir un modelo de barco que se puede sumergir, salir y atacar sin ser visto y que será la monda…
—Pues qué bien, ¿y eso nos dejará sin trabajo?
—Claro que sí, es sencillo, lleva poca mano de obra y se dejarán de construir otros buques; la ruina, señores, la ruina y no os habéis percatado.
Hubo un silencio profundo en aquel figón. Todos se acercaron con cara de asombro a Ulises. Éste, riéndose por dentro, había notado el golpe de efecto, pero aquella gente no parecía reaccionar.
En un rincón y medio trompa, estaba Carmelo, carpintero de ribera y amigo del morapio. Cuando estaba sereno, en su trabajo, su palabra era artículo de fe. Se subió al mostrador y, agarrado a una columna, dijo:
—Este señor tiene razón, estamos empezando una obra, una obra rara, que dirige un marino raro, muy raro, que entiende de planos y creo que de mar.
—El teniente de navío Peral —dijo una voz desde el fondo.
—El mesmo —dijo Carmelo—, el mesmo.
A Ulises se le iluminó la cara, tenía que aprovechar la ocasión, y vaya si la aprovechó.
—Pues tenéis la oportunidad de dar con un palmo en las narices al tal Peral, que acabará con vuestros jornales.
De nuevo silencio en aquel antro. Ulises no se lo pensó más, sacó un taco de billetes y dijo:
—La Unión Obrera Española, haciendo un esfuerzo económico, os va a ayudar. Hay que impedir por todos los medios que ese artefacto llegue a navegar y, si alguien pierde por ello su trabajo, que no se apure, cobrará el doble —dijo blandiendo los billetes.
—Si es así, no le quepa la menor duda que no navegará —dijo Eusebio—. Romperemos su hélice o haremos los mamparos poco estancos, ya no las arreglaremos, pero ese dinero se queda aquí, como fondo.
—Así se hará —dijo Ulises soltando la «mosca»—. El señor Juan era el tabernero, será el fiador. La Unión Obrera me ha autorizado a gastar lo que se necesite.
—De acuerdo, venga otra ronda —dijo Carmelo y todos brindaron por el señor Ulises, por generoso.
El expreso Cádiz-Madrid
—¡Teniente de navío, Peral! ¡Teniente Peral! —iba gritando un cabo de galón verde por la galería de aquel segundo piso de la Academia de Ampliación de Estudios de la Marina. Una puerta se abrió y una voz enérgica, acostumbrada al mando, le interpeló:
—¿A qué viene ese alboroto, cabo?
—Don Isaac, telegrama del Ministerio, del ministro…
—Gracias —dijo el marino metiéndoselo, sin abrirlo, en el bolsillo.
El cabo se quedó pensativo esperando una orden. Peral le hizo una seña para que volviera a su destino y él volvió a entrar en clase. Hoy tocaba el Principio de Arquímedes.
Una hora más tarde, en la sala de profesores, Peral se acercó a Moya, su compañero, amigo y confidente, y sin mediar palabra, le alargó el telegrama: «Preséntese inmediatamente al ministro…».
—Pude ser muy bueno, Isaac.
—Lo dudo, de Beránger, no se puede esperar gran cosa.
—¿Pero si te llama…?
—Parece buena señal, con ignorarme tendría suficiente.
—Anímate, Isaac, esta vez es la de verdad, los tres torpedos al Colón son más que la prueba definitiva.
Marcos me dijo que no nos olieron, hasta ver la señal y eso que estaban todos pendientes en el puente, en estribor…
—No, nos olieron hasta que vieron la luz, ni siquiera la torre óptica…
—¡Es que es un arma letal, Isaac! No la pueden despreciar, estarían locos.
Peral preparó su viaje, a la ocho en punto salía de Cádiz el expreso para Madrid. Le esperaba una noche entera, doce horas, pero no era la primera vez que hacía viajes aún más largos. Se acomodó en su sillón de primera, su mujer se había empeñado que hiciera el viaje lo más cómodo posible y él aceptó de mala gana. Sus cuarenta y cinco duros de sueldo al mes no daban para muchas florituras, pero frugal y sobrio de costumbres, todavía podía ahorrar y permitirse el desahogo de primera clase. Además era un oficial de la Marina Española y al cuerpo no se le puede desprestigiar.
—Señor, es Ud. marino, ¿verdad?
Era un niño, de unos doce años, que viajaba también a Madrid, con su tío, en el mismo departamento.
—Sí, hijo, marino, el uniforme es mío —dijo Peral sonriendo.
—¿Marino de guerra?
—De guerra, como tú dices.
—Pues yo también voy a ser marino. Voy con mi tío a Madrid, a inscribirme en la Escuela de Huérfanos de la Armada… Seré marino —y decía esto con gran decisión.
—Pues me parece muy bien, serás un excelente marino, ¡vaya que lo serás!, no hay más que ver tu coraje.
—Perdónele, señor, desde que murió su padre, tras esa maldita guerra de los diez años, fue marino en Cuba, él siempre ha querido ingresar en la marina.
—¿Quién fue su padre? Yo también estuve en Cuba en esas fechas.
—Moreno, capitán de fragata. Vino enfermo, con el vómito negro, que es como llaman a una enfermedad frecuente en esos parajes.
—Oí hablar de él, era un buen marino y muy valiente, hijo —dijo Peral dirigiéndose al niño.
El tren había empezado a «chiflar» y tanto el movimiento y como el calorcillo del departamento iban a producir efectos letales. Al chaval se le empezaron a caer los párpados y Peral no tardó ni media hora en coger un sueñecillo .Soñó con su niñez, con aquella misma ilusión por ser marino como la de su pequeño acompañante.
Con su hermano Pedro, dos años mayor, había realizado sus mayores «hazañas». La más frecuente, escapar hasta el malecón del puerto, para ver entrar o salir los grandes barcos hasta que se perdían en el horizonte. Con la mirada fija, permanecían los dos hermanos sentados en los norayes. Utilizaba, desde los ocho años, un uniforme de aspirante a la Marina y lo lucía con orgullo, pues su madre había solicitado a Isabel II esa distinción, y le había sido concedida. Sabía que de mayor iba a ser marino. Lo tuvo muy claro desde que su padre, capitán de Infantería de Marina, le llevó a La Carraca a ver los grandes acorazados.
—Algún día, hijos —dirigiéndose a Pedro y a él—, navegaréis en esos buques y quizá en el puente de mando.
La familia, por el destino de su padre, se había desplazado de Cartagena, de la vieja casa del callejón de Zorrilla, a una casa luminosa en la bahía de Cádiz. Isaac acudía todos los días a la escuela, en la calle de Los Balcones Azules. Su maestro don Luis le contaba a su madre, doña Isabel, los progresos de su segundo hijo.
—Es aplicado, despierto, tiene gran imaginación y es bueno, muy bueno en Matemáticas, será un buen marino, es su obsesión.
—Es la obsesión de todos mis hijos y ni su padre ni yo torceremos su vocación.
Pero no todo eran alegrías en casa del pobre, don José Manuel Peral Torres se fue destinado a Cuba, con su Infantería de Marina, necesitaba ganar más para pagar la carrera de sus hijos. En Cádiz quedaron doña Isabel y sus tres hijos. De don Manuel supieron poco, salvo permisos, hasta que le dio por morirse y dejarlos huérfanos. Peral recordaba ese suceso con gran amargura, sabía de la ilusión de su padre de verle como un marino, al menos como guardiamarina.
Paco Jiménez
El tren hizo una parada, Sevilla. Durante cinco o seis minutos trasiego de maletas, apertura del departamento, ruidos y confusión. Luego todo en orden. El revisor comprobó los billetes y un caballero cubierto con un bombín, acompañado de una dama, se aposentó en el departamento. Dejaron las maletas, comprobaron sus asientos y muy sonrientes saludaron a los otros viajeros, salvo al aspirante a marino, que dormía profundamente recostado sobre su tío. De pronto, mirando fijamente a Peral, exclamó:
—¡Córcholis, Peral!
—¡Jiménez! ¡Paco Jiménez!
—Mira, Luisa —dirigiéndose a su mujer—, es Isaac Peral, el «gaviero de la seca»(4).
Peral rompió a reír, Jiménez y él habían sido dos esforzados «michis»(5)
