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Los vicios del hombre encuentra su centralidad en eso que, para beneficio o perjuicio del ser humano, se convierte en vicio: aquello que, de forma voluntaria o no, uno lo hace carne para sí mismo y sirve para la subsistencia. Como concepto, se trata no solo de merodear por lo clásico, que es entender a un vicio como adicción o como pecado espiritual, sino profundizar en sus espejismos. Es decir, poder inspeccionar en el interior de cada persona, para darse cuenta de que todo se reduce a una abstinencia prolongada de comportamientos que alguna vez nos hicieron elevarnos o nos hicieron conocer el infierno. Hay infinidad de estos y se encuentran de muchas formas. Por esto, hay tres capítulos que intentan sintetizar en dónde se hallan los más impresionantes: el amor, como necesario impulsor y desintegrador del alma; el tiempo, como eterno mandamás y fabricador de polvo a través de la carne y los huesos; el hombre y su vida, como lo que se presenta de forma más real y desde lo cual se extrae un gran presagio: el hombre vive de la abstinencia y su vida es un improvisar eterno.
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Seitenzahl: 66
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Nogal, Bruno Matías
Los vicios del hombre / Bruno Matías Nogal. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
64 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-995-0
1. Ensayo Literario. 2. Reflexiones. I. Título.
CDD A860
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Nogal, Bruno Matías
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Los vicios del hombre
Amor
Si un hombre encuentra el amor y el amor también a él, así la hora llega, junto con dos trampas: ahí se perdió el hilo. No hay forma de encontrar más a ese hombre, ya que ha perdido la piel, dándole abrigo a una sola cosa que para él significa lo más elevado. Ya no le importa lo que el viento haga con él mismo: de ahí en más, solo quiere que su amor esté cautivo en los brazos correctos.
Necesito dos flores: una para amarte y otra para odiarte. Una es pálida y no me mira ni un poco; la otra es molesta y me hace odiarte cada vez que puedo. La relación que se mantiene con el ser amado se da cuando queremos proyectarnos en un lugar de su alma que no siempre es correspondido, que no siempre cumple con lo que se espera. La violencia en una relación amorosa, en el sentido de discordias y rupturas, es normal a medida que pasa el tiempo. O sea, no somos conscientes de que el paso del tiempo puede derrotar a cualquier dupla: nunca podremos ser dueños de nada en la vida más que de ser compañeros de nuestra propia alma. Esta es la mayor proyección que puede alcanzarse, es el sueño que puede hacerse realidad. El control de uno, cuando es máximo, se hace tan lejos de la cumbre de la relación amorosa, que el otro siente celos, y no quiere que siempre obedezcamos la rutina del alma: quiere que nos mantengamos más tranquilos en el sentido de alimentadores del interior. Quiere una disponibilidad absoluta.
Por eso en el amor hay dos flores: una huele mal y la otra, peor. La primera huele mal, y se quiere empaparla en dulzor, queremos que huela bien y por esto hacemos locuras, por esto nos convertimos en lo que en el silencio parecemos estúpidos. Y esa flor es la que uno quiere preparar para entregarle a su compañero, siempre esa flor debe oler bien y no puede marchitarse, al menos en el sueño. Así, dejamos la otra flor sin atención: no es atendida, y por esto es que cuando la encontramos, por acordarnos de que queda otra, después de marchitarse la primera, nos damos cuenta de que huele peor y no queremos volver a pasar por el ritual de endulzarla.
Por cómo somos, buscamos un camino más simple, un camino que contiene a los venenos del ser humano y que nos hace vagar por lugares que no recordamos al día siguiente. De esto se trata la vida del amor y convivir demasiado tiempo con un compañero amoroso no hace más que desviar nuestra atención hacia otras flores que pensamos que nunca han olido mal, en donde todo es carnal, pasional, de los mismos vicios. Una vida de nómade es posible, una vida de asfixia, que termina por tentar al adulto y hacerlo vivir de la abstinencia. Los vicios corrompen al pueblo y el pueblo lo acepta.
El amor a los padres, el amor a la familia, es algo noble. Se lo endiosa, se lo eleva hasta los tronos más altos que el pueblo construyó, y no voy a contrariarlo. Porque, a veces, una familia se asemeja mucho a lo que uno elige como amistad, a eso que uno encuentra y disfruta: un amigo. La familia puede llegar a ser un buen amigo, un guerrero que en el mismo sentido tira flechas. Un arquero que no nos saque las flechas por la espalda, ni se pare detrás de uno para matarlo lentamente. Hay cosas que solo el alma entiende, y cuando un alma ama genuinamente, todo lo que busca es decorar el corazón amado. Si uno siente que no ha encontrado la suficiencia de ningún modo, debe pensar si no la ha encontrado ya, si lo que justo para uno tiene que llegar, ya ha llegado. Si el festín, el banquete que a uno le toca, solo es la contemplación de las personas. Desde el parque, desde los pájaros, mirar al mundo.
En ese camino que uno lleva en su vivir, puede que le toque el alejamiento: un no mirar, un perseguirse, un moverse a lo loco. El destino de un hombre puede imaginarse cuando en una noche oscura solo ilumina una fogata a dos personas: el viejo y yo. El viejo me grita con enojo y resignación, pero es un grito sordo. Es un viejo sucio, de dientes manchados y ahumado. Es escuchar el silencio. Eso sería el destino: un grito sordo de lo que uno se impone, que no llega, y del cachetazo de un viejo que es el tiempo.
El amor pasional es una vela en noches de mucha luna y poca luz. Es como un nervio, molesto y doloroso, pero que está y forma parte de nosotros. Esa vela es un nervio, algo tenso, que insulta al ser humano y lo hace enamorarse del amor, lo hace creerlo inevitable, indispensable. ¿Lo es? Es como los vicios. Sí, es necesario. Es de esas cosas que el hombre elige para sí mismo sin preguntar: es un vaso de agua, algo común, algo habitual y necesario. ¿Pero por qué el amor es necesario? Hay muchas cosas o situaciones que se comportan mejor de a dos, que existen por ser duales, como el alma. Entonces, es como si dos almas también funcionaran mejor así. Elegir un alma para compartir fuego y lluvia es tentador. ¿Cómo no lo sería con lo inmensamente atrapante y emocionante que es forcejear con otra alma, tratando de someterla? Hacerla nuestra, y que haga suya la nuestra, cantarle al oído, mentirle todos los días, besarle el final de su tela. Porque es histórico este remolino y, de vez en cuando, se logra que las dos estén a gusto. Suele darse muy tarde por la noche, o muy temprano por la mañana, cuando se está altamente agitado, con todo el ímpetu del mundo, o con todas las energías por el suelo. Es como si ese vicio del amor fuera necesario para nosotros para sedarnos en un caso, o estimularnos en el otro. Así se comporta, como muchos otros amantes que tiene nuestra alma.
¿Se puede llegar hasta el hueso de una persona, conociéndola? Es decir, es más probable que yo ame a alguien en el aire, sin conocerle, porque hay un trato de desconexión, de disposición a mi manera de sus cosas, de relación sometible. Por ejemplo, estimar a quien sentencie algo maravilloso. Sí, puedo amarlo en el aire, pero por la razón de que no lo conozco, y creo que así debería seguir. Porque cuando alguien puede llegar hasta mis huesos sentenciando algo, es porque todo es inalcanzable, fugaz y desconocido. Así, en el instante en el que se conoce a una persona, deja de sorprenderlo a uno tanto, deja de ser tan único y deja de estar siempre a nuestra disposición. Aquí está el conflicto: en querer enterrar a nuestro querido en la tierra. Y es normal que alguien no quiera ser enterrado, ¿no?
