Love Thy Neighbor - Federico Ochoa Escobar - E-Book

Love Thy Neighbor E-Book

Federico Ochoa Escobar

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Love Thy Neighbor: la vida musical de Justo Almario, escapa del áridotono académico y aborda con calidez los pormenores de una fabulosa existencia.Desde el niño que escuchaba embelesado a la orquesta de Pello Torres al jovenque reemplazó a Paul Gonsalves en la orquesta de Duke Ellington, Federico Ochoanos invita a recorrer los pasos errantes de un personaje que adquirió destrezaen la cruda noche bogotana, hizo tronar su saxofón en el indómito escenario dela salsa neoyorquina y luego, sosegado por sus convicciones espirituales, seinstaló finalmente en Los Ángeles, ciudad donde formó familia y vive desdeprincipios de los años ochenta. Sin que los rigores de la investigación sometana la emoción genuina, el autor echa mano de la crónica, el reportaje, laconversa jovial, el contraste de fuentes variopintas y la minuciosa indagaciónfonográfica para esclarecer una historia que, hasta bien entrada la década delos noventa, se mantuvo limitada a las imaginerías orales y los relatoshagiográficos.

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Seitenzahl: 170

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Ochoa Escobar, Federico

Love thy neighbor: la vida musical de Justo Almario / Federico Ochoa Escobar; prologuistas Abraham Laboriel, Manuel Lozano Pineda, Luis Daniel Vega; traductor Carlos H. Aranda.–- Cartagena de Indias: Universidad Tecnológica de Bolívar, 2023.

136 páginas: tablas, figuras y fotografías.

ISBN: 978-628-7562-11-0 (papel)

ISBN: 978-628-7562-12-7 (digital)

1. Almario, Justo — Biografía 2. Saxofonistas — Colombia 3. Músicos colombianos 4. Música de jazz — Colombia I. Ochoa Escobar, Federico II. Laboriel, Abraham III. Lozano Pineda, Manuel IV. Aranda, Carlos H.

780.9861

O16

CDD23

Autor

Federico Ochoa Escobar

EdiciónEditorial UTB

Diseño de Portada Juan G. Leiva

Diagramación

Jaxir Diaz Salcedo

Primera edición, septiembre de 2023ISBN: 978-628-7562-11-0 (papel)ISBN: 978-628-7562-12-7 (digital)

© Universidad Tecnológica de BolívarCampus Tecnológico: Parque Industrial y Tecnológico Carlos Vélez PomboTel: (+57) 323 566 8729/30 /31/33Cartagena de Indias, D. T. y C., Colombia

Impresión: Xpress Estudio Gráfico y Digital S.A.SBogotá. D.C., Colombia

Impreso y hecho en Colombia–Printed and made in Colombia

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de manera total o parcial por cualquier medio impreso o digital conocido o por conocer, sin contar con la previa y expresa autorización de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

PRÓLOGO ESTADOUNIDENSE

JUSTO ALMARIO, ESCUCHAR EN PRIMER LUGAR

Por Abraham Laboriel

Traducción por Carlos H. Aranda

Permíteme presentarte a mi más entrañable compañero musical, el Maestro Justo Almario.

Justo es un músico de renombre mundial. Su virtuosismo y pasión por la música se enraízan en lo más profundo de su ser. Cada nota que interpreta irradia esa pasión que lo impulsa. Su amor por la música es auténtico y desborda su corazón, tanto hacia sus compañeros músicos con quienes toca, como hacia los oyentes para quienes toca.

Nuestro primer encuentro tuvo lugar en 1969, en Berklee, durante una reunión de estudiantes internacionales. Desde el primer momento, el arte de escuchar nos unió de forma natural, al percatarnos de que éramos los únicos hispanohablantes en aquel lugar.

Justo y yo nos convertimos en amigos inseparables, compartiendo momentos de escucha activa. Disfrutábamos de todo tipo de música, desde las canciones en la radio hasta las grabaciones de la biblioteca. También admirábamos el esfuerzo de nuestros compañeros mientras perfeccionaban sus habilidades en las salas de práctica, dominando escalas virtuosas cada vez con más confianza y velocidad.

Nunca olvidaré aquel día en el que quedamos maravillados ante esos impresionantes esfuerzos. Justo se quedó callado, me miró fijamente y dijo: “Abraham, el único deseo mío es aprender a tocar una nota con todo mi corazón”. ¡Vaya meta asombrosa! Esa es la esencia misma de Justo. Aún hoy, sigue persiguiendo la oportunidad de tocar cada nota con una entrega total. Fue en Berklee donde descubrimos juntos que el arte de escuchar es la base para poder lograrlo.

A lo largo de los años de gran dedicación, Justo se ha convertido en un talentoso multiinstrumentista, dominando la flauta, el clarinete y los saxofones soprano, alto y tenor. Es un estudiante incansable, siempre en busca de la excelencia; incluso cuando está de gira o enseñando a sus estudiantes en UCLA, Justo practica entre dos y tres horas diarias, comprometido de todo corazón con alcanzar la perfección. Incluso en la actualidad, continúa perfeccionando su propio estilo con el clarinete, a través de clases regulares con un profesor del instrumento.

Como perfeccionista incansable, Justo se enfoca en cada detalle, buscando sacar la belleza de cada nota. Todos los días, practica notas sostenidas por largo tiempo, escuchando y escuchando hasta que su oído perspicaz resuene en perfecta armonía. Además, estudia y domina las líneas técnicamente más complejas y virtuosas, pero las toca con moderación, como él dice: “Solo cuando es necesario”.

Justo no es autocomplaciente, no busca presumir con florituras de notas diseñadas para impresionar. Jamás recurre a esos “riffs” memorizados creados por otros en los que muchos músicos confían. Él está creando constantemente algo nuevo en el momento, extraído de horas y horas de escucha atenta de lo que sucede en el presente. Respetando profundamente a sus oyentes, se niega a repetirse. Sus solos son respuestas en tiempo real a lo que escucha en ese preciso instante, creando continuamente algo fresco y atrayendo a la audiencia a ser copartícipes en esa creación.

Para Justo, la música es escuchar y quienes lo escuchan participan como cocreadores junto a él. Siempre está escuchando y creando en tiempo real durante sus actuaciones. Su música rebosa de sentimientos sinceros: alegría, júbilo, liberación, tristeza, dolor, paz y, sobre todo, oración. Sus oyentes responden de diversas formas, desde la contemplación y la risa hasta las lágrimas y la reflexión, cada uno abriendo su corazón al escuchar.

Mi hermano Justo y yo somos cristianos, agradecidos por la presencia del amor de Dios y el sonido de su voz en nuestros corazones, una voz que a menudo se expresa a través de la música. Nos regocijamos cuando aquellos que escuchan nuestra música encuentran eco de esa voz, cada uno en su propio corazón y a su manera única.

Nadie encarna la honestidad y la pureza de intenciones como mi hermano Justo. Su música es un viaje por la belleza lírica, la alegría y la risa genuina. Al tocar a dúo con Justo, nos sumergimos en estos territorios emocionales, especialmente cuando percibimos el susurro de Dios en nuestros corazones y entre nosotros.

Hemos recorrido juntos el mundo entero: Estados Unidos, América Latina, Europa, Asia y África. Nos regocijamos al presenciar cómo la música sigue siendo el lenguaje universal con el que nos expresamos y somos escuchados por personas de todos los lugares y todas las culturas. La música se forja mientras escuchamos y creamos juntos, Justo y yo, en compañía de nuestros colegas músicos y las personas que se unen a nosotros con su presencia, escuchando y cocreando.

Siempre es una dicha inmensa asociarme con mi hermano Justo y compartir nuestro amor mutuo, por la música y por el Señor, cuya voz siempre estamos buscando.

PRÓLOGO CARIBEÑO

DESCUBRIENDO A JUSTO

Por Manuel Lozano Pineda

Fue un viernes 23 de abril de 1993 cuando me enteré de la existencia del saxofonista sincelejano Justo Almario.

Ese día cumplía un compromiso laboral: tenía que entrevistar al cantante cartagenero Joe Arroyo, quien me había citado a la una de la tarde en su casa en Barranquilla.

A la entrada me advirtieron que había que esperar. En ese ejercicio de paciencia conocí al destacado pianista Conrado Marrugo, quien también había sido convocado esa tarde por Joe para proponerle que fuera su arreglista.

Mientras nos atendían, le adelanté a Conrado que, con unos amigos, estaba organizando para diciembre de ese año un festival de música, al que denominamos Jazz Bajo La Luna. Ya teníamos el listado preliminar de artistas que queríamos que viniera a la primera edición. “Deberías traerte a Justo Almario, un sincelejano radicado en Los Estados Unidos”, me sugirió Conrado, quien, además de describirme la obra del artista, me dio el teléfono de un familiar de Justo que vivía en el barrio Los Caracoles de Cartagena y con quien lo podría contactar.

Joe atendió a Conrado a las dos de la tarde y a mí a las cinco.

Regresé a Cartagena inquieto por saber más del saxofonista. Llamé al número que me había dado Conrado y luego fui hasta Los Caracoles. Allí me dieron el contacto de Justo en Los Ángeles, Estados Unidos.

Le marqué en varias ocasiones desde la sede del diario El Universal, donde trabajaba en ese entonces. Después de muchos intentos logramos ubicarlo y hacerle la invitación. Por una demora en confirmar la presencia del grupo en el Festival, nos privamos del privilegio de tener en Cartagena como bajista de aquella banda al maestro Abraham Laboriel, no solo un músico excepcional sino también uno de sus grandes amigos.

Previo al desarrollo de ese primer Festival Jazz Bajo la Luna, Justo me había enviado su álbum Heritage, el cual me tenía atrapado y lo escuchaba noche y día. Leyendo y preguntando sobre el músico empecé a descubrir la historia de este sucreño y lo aferrado que está a sus raíces. Encontré, además, que es considerado por los expertos uno de los mejores intérpretes latinos de John Coltrane y, desde entonces, comencé a hacerle seguimiento a su obra, considerándome, hasta ahora, un conocedor de su música y su vida musical: incluso me ufanaba de tener detalles de su trayectoria que pocos sabían; sin embargo, después de leer la investigación de Federico Ochoa Escobar para su tesis doctoral en Artes de la Universidad de Antioquia, convertida aquí en libro, he entendido y conocido la verdadera dimensión de Justo y la poca información que tenía sobre él.

Federico recoge en este trabajo, de manera detallada, anécdotas de la vida de Almario, acompañadas de una visión y un análisis técnico, con las cuales nos acerca de forma integral a su recorrido e importancia musical.

Los momentos descritos en este trabajo sobre la vida de Justo y sus experiencias con íconos y figuras de la música, como Freddie Hubbard, Duke Ellington, Mongo Santamaría o Fela Kuti, están referenciados para disfrutar con la lectura y los fragmentos sonoros disponibles a través de códigos QR que dan la opción de escuchar la música y la voz de Justo. Uno de esos momentos que no había escuchado es el del álbum Music of Many Colours (1980), del artista africano Fela Kuti, y especialmente el tema del lado B titulado 2,000 Black Got To Be Free, en donde Almario es el encargado del primer y extenso solo de saxofón.

Igualmente, en otro enlace, podemos escuchar en la voz de Justo Almario su experiencia en New Orleans en 1971, en medio de una gira con Mongo Santamaría cuando, mientras caminaba por la calle, vio y sintió algo especial al escuchar una banda con el mismo formato y sabor de una banda sabanera: clarinete, trombón, trompeta, bombardino, tuba, bombo y platillos.

En este trabajo, Ochoa nos muestra un Justo Almario creativo y recursivo cuando de improvisar se trata. Su memoria atada a la cumbia, el porro, el fandango, el vallenato, la salsa, la música clásica y el jazz, entre otros géneros, nos reconfirman de dónde se nutre su espíritu musical. En su niñez y adolescencia estuvo almacenando en su banco de sonidos las enseñanzas de músicos como Jorge Rafael Acosta, su hijo Alex Acosta, y el legendario Antonio María Peñaloza.

Cuando Almario interpreta su flauta y su saxofón suena el Caribe. Sabe hacer magia y convertir el océano de complejas posibilidades sonoras en sencillas y exquisitas melodías que se pasean y han paseado, además, por el pop, el rock, el hip hop, la música electrónica y la música de Brasil. En los espacios y tiempos que ha tenido para crear ha sabido construir y renovar su sello y sonoridad donde el folclor del Caribe colombiano es uno de los grandes protagonistas. Su virtuosismo, sensibilidad y espiritualidad lo hacen igual de brillante como flautista, clarinetista, saxofonista, compositor, arreglista y director de orquesta.

Este trabajo de Federico Ochoa no solo es un buen documento de memoria para la historia musical de Colombia, sino un homenaje a uno de los más grandes y sensibles maestros del jazz en América Latina y Estados Unidos. ¡Enhorabuena!

PRÓLOGO BOGOTANO

UN LIBRO JUSTO Y NECESARIO

Por Luis Daniel Vega

Me asomé al tórrido universo de las músicas caribeñas en 1995. Fue a través de El Túnel del Ritmo, un programa que sintonizaba los sábados a las 7 de la noche en 99.1 Frecuencia Joven de la Radiodifusora Nacional de Colombia, emisora hoy conocida como Radiónica. Mi recuerdo feliz de la liturgia sabatina es el ondulante piano eléctrico que antecedía al saludo desparpajado de Moncho Viñas. Curiosamente, nunca le escuché al anfitrión mencionar el título de la inolvidable pieza instrumental que servía de cortinilla.

Guardé pacientemente la intriga hasta 1999 cuando comencé a realizar el espacio de jazz latino en una estación de radio universitaria. Jaime Rodríguez, por esos días coordinador de la franja, me develó el misterio: “Mambomongo”, dijo sin vacilar. Acto seguido se dirigió a un anaquel y extrajo el disco Afro-Indio, de Mongo Santamaría. “El pianista es Armen Donelian”, señaló antes de disparar a quemarropa: “¿Sabe quién toca el saxofón?”. Mudo ante el examen le hice entender que no tenía la respuesta a su imprevisto interrogante. Así, en el filo del rubor y el asombro, tuve la primera noticia de un prodigioso músico sincelejano cuyas hazañas pretéritas eran contadas asiduamente en los corrillos de aquella emisora.

Durante el tiempo que exploré la monumental fonoteca de Javeriana Estéreo, los rastros de Justo Almario se me revelaron de maneras extraordinarias en otros discos de Mongo: el salvaje y torrencial solo de Black Dice en Live at Yankee Stadium, la vanguardista abstracción antillana de Malcom X –un tema de su autoría incluido en Fuego-, y la sofisticada reminiscencia sabanera que atraviesa Cumbia Típica, composición de Joe Madrid que cierra el álbum Ubane. El mismo año de mi afortunada revelación llegó a las tiendas locales Rumbero’s Poetry, el debut de Tolú, la agrupación que el saxofonista conformó junto al percusionista peruano Alex Acuña. De allí programé una y otra vez la endiablada versión merenguera de Giant Steps y, sobretodo, Cumbiamba, una canción de letra optimista en la que Almario desenfunda el clarinete y nos sitúa en el lugar equidistante donde cumbia y jazz hablan el mismo lenguaje.

Aunque su nombre ya estaba asociado a la leyenda –específicamente en el ámbito de la “radio cultural” bogotana–, los detalles biográficos de Almario resultaban brumosos. Algo hallé en la entrada que Nat Chediak le dedicó al principio del Diccionario del jazz latino (1998) y una breve referencia de Luc Delannoy en ¡Caliente! (2000). Estuve en ascuas hasta 2007 cuando aparecieron Jazz en Colombia: desde los alegres años 20 hasta nuestros días y “La herencia musical de Justo Almario”, dos escritos que confirmaban, lejos de la especulación, su estatus legendario. Tanto el libro del filósofo e investigador Enrique Luis Muñoz Vélez como el artículo del periodista Rafael Bassi Labarrera resaltan la juvenil trashumancia de Justo y dan pistas acerca de su temprana formación musical que, a propósito, se delata insólita gracias a una primorosa foto del saxofonista incluida en el libro de Vélez. En ella, un niño de cinco o seis años sostiene y emboca con firmeza un flautín: es el gesto inexorable de quien prematuramente ha vislumbrado su particular destino.

Con el tiempo, otras fichas del disperso rompecabezas se juntaron. Por ejemplo, el aporte de Jaime Andrés Monsalve –con su artículo “Los años cumbieros de Charles Mingus” (2017) y el podcast “El eterno estudiante” (2018)– ha sido crucial para desmentir los mitos que han circundado algunos episodios de Almario como su aventura con la Orquesta Cumbia Colombia y su fallida participación en el disco Cumbia & Jazz Fusion, del energúmeno contrabajista estadounidense. Precisamente, con el periodista manizaleño –gran compinche de absurdas lides vinileras– descubrimos un documento que nos dejó maravillados.

Resulta que el 11 de febrero de 2023, Antonio Arnedo arribó a los 60 años. Dado el estimable aniversario, Monsalve y yo le quisimos consagrar la emisión completa de Los Vinilos, un programa que desde hace una década presentamos en la Radio Nacional de Colombia. Para ello teníamos el reto de localizar los vestigios del saxofonista en las negras hendiduras de viejas grabaciones. Durante la pesquisa encontramos una tesis doctoral cuyo extenso y altisonante título, debo confesarlo, nos asustó. Tras desprendernos de nuestra corazonada prejuiciosa, leímos de corrido un espléndido legajo que, en uno de sus capítulos, contiene el más completo y meticuloso recuento biográfico, consignado hasta la fecha, de Antonio Arnedo y Justo Almario. “Esto debería ser un libro”, recuerdo haberle dicho a Jaime Andrés en medio de la emoción. Mayúscula fue la sorpresa cuando nos enteramos de que al menos un generoso segmento de “Lineamientos para la educación musical superior a partir de las vidas y obras de Justo Almario y Antonio Arnedo. Una propuesta aplicada al área de saxofón del Conservatorio Adolfo Mejía” (2022) no iba a quedarse refundido en el inescrutable laberinto digital de los repositorios institucionales.

Love Thy Neighbor: la vida musical de Justo Almario, como ha bautizado Federico Ochoa Escobar el giro azaroso de su tesis, escapa del árido tono académico y aborda con calidez los pormenores de una fabulosa existencia. Desde el niño que escuchaba embelesado a la orquesta de Pello Torres al joven que reemplazó a Paul Gonsalves en la orquesta de Duke Ellington, Ochoa nos invita a recorrer los pasos errantes de un personaje que adquirió destreza en la cruda noche bogotana, hizo tronar su saxofón en el indómito escenario de la salsa neoyorquina y luego, sosegado por sus convicciones espirituales, se instaló finalmente en Los Ángeles, ciudad donde formó familia y vive desde principios de los años ochenta. Sin que los rigores de la investigación sometan a la emoción genuina, el autor echa mano de la crónica, el reportaje, la conversa jovial, el contraste de fuentes variopintas y la minuciosa indagación fonográfica para esclarecer una historia que, hasta bien entrada la década de los noventa, se mantuvo limitada a las imaginerías orales y los relatos hagiográficos.

Si se me permite la obviedad del juego de palabras, este es un libro “justo y necesario” que hace rato estábamos esperando. Anhelamos que el laborioso trabajo de Federico Ochoa inspire la reivindicación futura de otras historias del jazz colombiano cuyas gestas –tan épicas como la de Justo Almario– reclaman un lugar en nuestra memoria.

Prefacio

Justo Almario nació el 18 de febrero de 1949 en Sincelejo. Interpreta los saxofones tenor, alto y soprano, además de flauta traversa y clarinete. En 1968, a los 19 años, emigró a Estados Unidos donde aún permanece. Hasta el momento ha grabado 12 discos a su nombre, y ha participado en más de 300 producciones discográficas. Entre los cientos de artistas con los que ha tocado y grabado, figuran decenas de músicos de fama mundial, como Mongo Santamaría, Herbie Hancock, Diane Reeves, Luis Miguel, Gonzalo Rubalcaba, Freddy Hubbard, Plácido Domingo, Jennifer López, entre muchos, muchos otros. Pero no solo eso: además ha participado en la banda sonora de famosas películas de Hollywood, y ha ganado varios premios Grammy. En pocas palabras, con una alta probabilidad es el artista colombiano intérprete de un instrumento musical con mayor trayectoria. Sin embargo, hay una mínima información sobre su biografía.

En general, Colombia es un país con poca memoria y con poca construcción de memoria. En general, construimos poca información sobre nuestros líderes sociales, nuestros pedagogos, nuestros científicos, nuestros artistas. Algunos de estos últimos son, en algunos casos, varias de estas cosas al mismo tiempo. Un músico destacado, que crea obras, que se relaciona con el contexto, que es ejemplo para sus contemporáneos, puede entenderse también como un líder social, un pedagogo, un productor de conocimiento. Justo Almario, a través de sus composiciones, arreglos e improvisaciones con los saxofones, el clarinete y la flauta traversa, es todo eso.

A pesar de que este trabajo se puede entender como un homenaje a Justo Almario, fundamentalmente busca no ser una hagiografía, sino construir memoria, y brindar abundante información primaria sobre su vida y obra musical, información bonita y valiosa en sí misma y que puede luego ser utilizada para futuros trabajos etnomusicológicos sobre diversos aspectos como el jazz en Colombia, la profesión de músico en el país, el desenvolvimiento de los artistas migrantes en Estados Unidos, entre otros.

El germen de este trabajo lo constituye mi tesis de doctorado en artes de la Universidad de Antioquia (2022). Con motivo de dicho trabajo conocí a Justo Almario y escribí un primer esbozo de su vida musical. Tengo que agradecerle inmensamente por su inicial amabilidad, generosidad y disposición, que creo con el tiempo se convirtieron en cariño y mutuo afecto. La información aquí presentada se centra en gran parte en las entrevistas que me concedió entre 2019 y 2023, a través de diversas plataformas digitales. Aún no nos conocemos personalmente, pero estamos seguros de que este libro facilitará pronto dicho encuentro.

Quisiera agradecer también a Manuel Lozano, director del Festival de Voces del Jazz, de Cartagena, quien fue la primera persona que me animó a convertir ese apartado de la tesis en un libro, y publicarlo.

A Manuel, así como a Abraham Laboriel y a Luis Daniel Vega, un millón de gracias por sus prólogos, que en conjunto y desde diversas perspectivas, nos ayudan a comprender y dimensionar a nuestro personaje.