Lunas de miel - Leslie Kelly - E-Book
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Lunas de miel E-Book

Leslie Kelly

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Beschreibung

La millonaria Pamela Bradford estaba decidida a perder la virginidad de una forma u otra. Cuando fracasó su plan para seducir a su infiel prometido, decidió que no podía desaprovechar la maravillosa luna de miel que había preparado... ni aunque tuviera que ir sola. Pero de repente se encontró en los brazos del sexy McBain y decidió volver a poner en marcha su plan de seducción.Por mucho que Ken McBain deseara a Pamela, y realmente lo hacía, había prometido no aprovecharse de su situación. Pero no había contado con el empeño de Pamela en que la hiciera suya... en todos los sentidos.

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2001 Next Temptation

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Lunas de miel, n.º 202 - julio 2018

Título original: Relentless

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-9188-858-1

1

Ahogada bajo casi cinco kilos de mantequilla y azúcar, metida en aquella tumba de papel, cartón y madera, Pamela Bradford sintió que se le estaba pasando el efecto del whisky. De repente, lo vio claro, el estómago empezó a darle vueltas y las manos le temblaban.

—Sacadme de aquí —ordenó sin saber si alguna de sus damas de honor seguirían por ahí. Una risa y un «shh» le confirmaron que sí—. ¿Sue? Sue, he cambiado de opinión. No puedo hacerlo.

—Sí, sí puedes.

Aquella no era la voz de Sue, que era dulce y tímida como un conejo y a la que le encantaban por las novelas de amor. No, aquella voz grave y autoritaria era de LaVyrle, una afroamericana de noventa kilos.

—LaVyrle, por favor, no es una buena idea. A Peter no le va a hacer ninguna gracia.

—¿Cómo que no? Ya verás cuando te vea salir de la tarta. Se va a poner a mil. Y, si no fuera así, por lo menos lo sabrías hoy y no mañana cuando ya no tendrá remedio porque ya te habrás casado con él. Y ahora cállate, que nosotras seguimos pensando cómo salir de aquí.

Pamela suspiró porque sabía que LaVyrle no se iba a apiadar de ella. Sue, sin embargo, sí. Ella era su mejor amiga. Siempre había sido un ángel, incluso de pequeña, excepto si estaba con ella, claro. Ella la habría sacado de allí sin pensarlo, pero estando LaVyrle y Wanda, sus dos compañeras de trabajo en el centro de adolescentes de Miami, no la iban a dejar.

Pamela había visto a LaVyrle derribar a un traficante de drogas en plena calle por haberse acercado a sus chicos, que estaban jugando al baloncesto, así que decidió que prefería que Sue no tuviera que enfrentarse a ella.

Pensó en salir de la tarta en ese momento y no esperar a la despedida de soltero, pero sus amigas la habían colocado en un pasillo del hotel Fort Lauderdale, así que no le pareció buena idea. Con la suerte que tenía, se daría de bruces con el columnista de cotilleos locales o con una familia con seis hijos de vacaciones.

—Madre mía —murmuró sabiendo que estaba atrapada. Estaba sentada con las rodillas dobladas y no podía moverse. Miró hacia arriba y vio que la parte alta de la tarta estaba más baja que antes. La estructura de madera estaba cediendo ante el peso de la empalagosa cobertura de azúcar—. No sabía yo que pusieran azúcar de verdad en estas estupideces —recapacitó mirando hacia arriba y rezando para que aquello aguantara un poco más.

—Normalmente, no —dijo LaVyrle—. El padrino, o quienquiera que fuese el que contrató a mi amiga Nona para el desnudo de esta noche, tuvo que pagar un extra. A veces, lo piden, ¿sabes? Así, el de la despedida de soltero tiene que chupar a la bailarina.

Pamela tragó saliva.

—Aunque todos sabemos que Peter nunca lo haría —intervino Sue siempre tan dulce.

—Estoy segura de que sí lo hará al ver a Pamela —apuntó Wanda—. A no ser que no le guste el dulce...

—Por favor, ¡dejadme salir! —imploró Pamela.

—¡Deja de lloriquear! —ordenó LaVyrle.

Pamela se acomodó un poco y se preguntó cómo se había metido en aquel lío.

Aunque no podía moverse mucho, se miró y se estremeció. Llevaba un minúsculo sujetador rojo y brillante y un tanga a juego, además de unos altísimos zapatos de tacón. Bueno, llevaba una camisa, pero era tan corta que apenas le llegaba a los muslos y la tela era tan fina que se estaba helando el trasero.

Aquella era la forma más tortuosa de pasar su última noche de soltera. No se podía creer que hubiera accedido. ¿Pero en qué estaría pensando?

En realidad, sí sabía por qué lo había hecho. Llevaba tiempo preguntándose por qué Peter no había convertido su relación sentimental en física.

¡Su prometido no había intentado nada en los seis meses que llevaban juntos! La había besado, sí, le había dado besos dulces y tiernos, pero nada más.

«Entonces, ¿por qué me voy a casar con él?», se preguntó en un momento de pesimismo.

Aunque no la había seducido físicamente, Peter le había robado el corazón. Nunca había conocido a un hombre con el que tuviera tanta complicidad. Tenían los mismos gustos en todo, desde los deportes hasta los helados, pasando por grupos de música y política. Nunca discutían ni ninguno decía una palabra más alta que la otra. Debido a las discusiones que tenía con sus padres, Pamela había encontrado en él una balsa de tranquilidad.

Además, Peter había sido el primer hombre con el que había salido que había entendido su profesión. La había animado a que siguiera luchando por los adolescentes con problemas por los que ella tenía tanta devoción. La consolaba cuando lloraba de frustración por las continuas discusiones que sostenía con sus padres, ya que ellos no aprobaban su forma de vida porque no incluía ni clubes de campo ni golf ni salidas en barco.

Ellos creían que solo estaba pasando por una etapa o que se estaba haciendo la difícil, como cuando era pequeña. Sí, era cierto que de pequeña había sido una niña rebelde. Solía operar a los peluches sobre la mesa de la cocina y pintar a las muñecas con pinturas de camuflaje. Quería ser jugadora de baloncesto, no animadora, pero no por ser rebelde sino porque había nacido con el instinto de mantenerse fiel a sí misma... ¡lo que se traducía en ser diferente de sus seres queridos!

Peter le había animado a que siguiera siendo así. La había conquistado por su cerebro. Porque por el cuerpo desde luego que no había sido. Ni caricias ni susurros seductores ni sonrisas deslumbrantes. Nada de nada. Cero.

Pamela no era una experta en el sexo, nada más lejos de la realidad, pero sabía que las personas que se quieren como para casarse deberían sentirse atraídas físicamente también. Peter no había hecho ni el más mínimo amago de hacerle el amor aunque ella había dejado caer que le habría gustado.

Había oído que salía con chicas y en la empresa de su padre decían que con bastantes... aunque todo eso ya era agua pasada. Aquello hacía que entendiera todavía menos por qué no quería tener relaciones sexuales con ella.

¡Por eso había decidido planear la luna de miel más romántica y sensual del mundo! Había visto un anuncio en una revista para novias y se había gastado una pequeña fortuna en una habitación en un nuevo complejo para recién casados en el lago Tahoe. Peter creía que iban a ir a la cabaña de un amigo y Pamela no sabía cómo iba a reaccionar cuando se viera en aquel lugar que prometía «hacerle olvidar el mundo y todas las inhibiciones». ¿Y si no le gustaba? ¿Y si se quería ir?

No debería estar pensando eso sobre el hombre con el que iba a casarse y menos esa noche. Era su despedida de soltera y el alcohol le había soltado la lengua, así que, al final, había terminado rebelando el secreto a sus amigas.

Sue se había quedado mirándola con los ojos como platos, Wanda se había mostrado escéptica y LaVyrle había puesto el grito en el cielo.

—¡Es homosexual! —exclamó—. Te lo advierto. Vas a casarte con un hombre que va a saunas y a conciertos de Bette Midler!

—No es homosexual —murmuró Pamela dentro de la tarta. Estaba segura de que Peter era heterosexual, pero no se explicaba de dónde salía aquel desinterés por el sexo.

Lo que sí sabía era que no podía casarse con un hombre al que no le interesaba el sexo. El amor era maravilloso, estupendo, ella estaba enamorada de Peter. ¿Qué mujer no estaría enamorada de un hombre guapo y con un buen trabajo, que se anticipara a todos sus deseos y siempre estuviera dispuesto a darle la razón?

—Tal vez, una mujer que quisiera un poco de pasión en su vida —murmuró.

Pamela era incapaz de imaginarse un matrimonio sin deseo. Sus padres, que llevaban más de treinta años casados, todavía eran apasionados. Pensó qué dirían si la vieran en esos momentos.

—A ver, muñeca, ya tenemos el plan trazado —dijo LaVyrle—. Sue va a entrar a decirle a Peter que tiene que hablar con el porque ha habido un problemilla de última hora con la boda. Mientras estén hablando, Wanda y yo vamos a entrar gritando que hay una bomba y que tienen que desalojar, pero Sue agarrará a Peter para que no se vaya.

—Es lo más estúpido que he oído en mi vida —gritó Pamela—. ¿Y crees que Peter va a querer quedarse para saltar por los aires?

—Sí, porque Sue le dirá que tú eres la bomba, preciosa. Además, ¿se te ocurre algo mejor?

—¿Por qué no les decís que hay un concurso de camisetas mojadas en el bar? —dijo retirándose un mechón de pelo castaño de los ojos—. No creo que a Peter le interese...

—A Peter no le interesará, no —dijo LaVyrle irónicamente. Pamela murmuró una obscenidad—. Me parece una buena idea. Tú quédate aquí, vamos a ver dónde está el bar y volvemos en diez o quince minutos para sacar a los invitados.

—Por favor, LaVyrle, sacad a todos. No quiero que nadie me vea así. Sería horrible —suplicó Pamela.

¡Sobre todo, porque la mayoría de los invitados a la despedida de soltero eran compañeros de trabajo de Peter, lo que quería decir que también trabajaban para su padre!

—Ahora volvemos, Pammy —susurró Sue—. Tranquila —añadió. Pamela oyó a las tres mujeres que se alejaban riéndose.

Pamela se quedó allí sola, medio desnuda y metida en una absurda tarta que olía tanto a dulce, que era nauseabundo. Estaba tan plegada que se le iban a dormir las piernas y no iba a poder hacer la aparición estelar. Sintió un escalofrío al pensar qué cara pondría Peter. ¿Se le haría la boca agua al verla o la miraría con reproche?

¿Por qué se había dejado meter en aquel lío?

Ken McBain estaba en un rincón de la opulenta habitación de aquel hotel con una cerveza en la mano y preguntándose por enésima vez cómo se había dejado convencer para asistir a aquella despedida de soltero. No conocía a nadie. Todos aquellos tipos recién afeitados le resultaban iguales, todos parecían llevar un cartel que decía: «Vamos a hacer algo realmente atrevido, como ver una peli porno». ¡Para colmo, el novio le caía fatal!

Menuda manera de desperdiciar un viernes por la noche. Aunque solo llevaba allí una hora, quería irse.

—Pete, seguro que recuerdas a estas bellezas —dijo uno del departamento de personal de Bradford Investments entrando en la habitación con dos mujeres muy rubias, muy provocativas y muy profesionales. Profesionales de la profesión más antigua del mundo, claro.

Los ejecutivos se miraron nerviosos y sonrieron. Ken puso cara de fastidio.

—Esta fiesta sí que se está animando —dijo el novio levantando una cerveza.

La entrada de aquellas chicas fue la señal para Ken de que había llegado el momento de irse. Nunca había pagado para tener una relación sexual y no tenía el más mínimo interés en frecuentar a hombres que lo hacían.

Se levantó para irse. Otros dos compañeros con los que se llevaba bien hicieron lo mismo. En ese momento, ganaron bastantes puntos. Sin embargo, el novio agarró a una de las chicas de la cintura, lo que hizo que el respeto que Ken le tenía, que ya era bien poco, quedara reducido a cero.

No podía creer que Pamela Bradford, la misma Pamela Bradford que lo había cautivado con su sonrisa desde la foto que su padre tenía en la mesa de su despacho, fuera a casarse con aquel devorador de mujeres.

Peter Weiss sabía venderse, desde luego, porque la señorita Bradford podía tener a cualquier hombre que hubiera querido con un chasquido de dedos. Incluido a él.

Y había ido a elegir a Peter. Una de dos: o era estúpida e ingenua, que no parecía probable, o Peter le había ocultado su verdadera personalidad. Aquello también le parecía inconcebible. Ken solo llevaba dos semanas trabajando en la empresa y ya sabía que Peter había estado liado con tres secretarias y lo habían pillado con una administrativa en el baño de hombres. ¿No lo sabía Pamela?

Era cierto que Peter podía haber cambiado desde que la había conocido. ¿Qué hombre podría querer a otra mujer teniendo a Pamela Bradford?

—Menudo imbécil —murmuró al ver a Peter desatándole la camisa a la prostituta con los dientes—. Ella estaría mucho mejor sin ti.

Se preguntó por qué se preocupaba tanto por una mujer a la que nunca le habían presentado formalmente. Pero no lo podía evitar, sobre todo en las reuniones en el despacho de su padre, cuando se quedaba mirando su foto y aquellos ojos grandes y alegres.

Pamela Bradford había encendido algo en él. Intentó convencerse de que él era todo un caballero y que se preocupaba tanto por ella porque iba a cometer un gran error, pero tuvo que admitirse a sí mismo que la libido tenía mucho que ver con el tema también.

La hija de sus clientes le ponía a mil y no habían llegado ni siquiera a intercambiar ningún saludo. En las dos semanas que llevaba en Miami, había visto su foto muchas veces y había oído su nombre en boca de su padre otras tantas, pero solo la había visto en persona una vez. Solo una vez. Pero qué impresión le había causado.

La había visto salir del despacho de su padre, donde, se enteró después, había vuelto a discutir sobre su trabajo. Jared Bradford le había dicho varias veces que su hija no había aceptado nunca nada de ellos, que eran ricos y le habían intentado ofrecer siempre lo mejor.

Su padre estaba preocupado. El centro en el que trabajaba Pamela no solo estaba a una gran distancia de su mansión, sino que para él era otro mundo, un mundo que le resultaba completamente extraño.

Aquel día se había quedado escuchando desde su despacho provisional para los tres meses que iba a durar el proyecto. Vio salir a Pamela echando chispas, vio cómo daba una patada a la puerta del despacho de su padre y cómo se dirigía a los ascensores.

Era maravillosa, desde las curvas de su cuerpo hasta el fuego de sus ojos marrones pasando por su pelo castaño. Ken se quedó mirándola en silencio. Ella ni lo había visto, pero él no había perdido detalle. Tenía el mismo mentón orgulloso que su padre y los hombros erguidos. Tenía una boca grande y maravillosa, perfecta para sonreír, besar y... muchas más cosas.

No solo le atraía la mujer que había visto con sus propios ojos, sino la que veía a través de los ojos de su padre, la Pamela cabezota y buena. Quería conocerla.

Desgraciadamente, estaba a punto de convertirse en la mujer de un imbécil adicto al sexo.

—Venga, venga, venga —gritaron todos. Ken se dio la vuelta. Peter estaba bebiéndose una botella de cerveza de un trago y sus amigotes lo estaban animando. ¿Y se iba a casar con eso?

Ken cruzó la habitación, evitando los charcos de cerveza, para buscar la chaqueta. Se la habiá quitado al llegar y la había colgado en el respaldo de una silla, pero ya no estaba. Miró a su alrededor fastidiado y vio que la puerta de la habitación estaba abierta.

—Mirad lo que me he encontrado —gritó otro de los invitados desde el pasillo empujando un carrito hasta la habitación.

Ken vio un zapato rojo de tacón alto, que salía de lo que parecía una tarta e intentaba parar la marcha del carrito hincándose en el suelo, pero no estaba consiguiendo nada.

La mujer que iba dentro no parecía estar preparada para el numerito. La oyó ordenar al hombre que parara y la dejara donde la había encontrado. Nadie parecía darse cuenta.

—Ha llegado lo mejor —dijo el hombre metiendo el carro en la habitación.

Las dos rubias se miraron divertidas.

—Ya verás, te va a encantar Nona, precioso —dijo una de ellas al novio, que contestó sentándola en su regazo.

Ken, que estaba al lado del carrito, oyó que la mujer que estaba dentro estaba hablando.

—Sacadme de aquí. ¡Ha habido un error!

—¡No seas tímida, guapa! —dijo el hombre que la había empujado hasta allí. Ken creía que era Dan, de Facturas.

Nada, la mujer no salió.

—Tal vez, si le ponemos música... —aventuró alguien. Teniendo en cuenta que la cadena de música ya estaba a todo volumen, Ken se preguntó qué estaría fumando aquel tipo.

—Hola, ¿hay alguien ahí dentro? —preguntó Dan de nuevo metiendo dos dedos en la tarta—. ¡Ay, me ha mordido!

¿Mordiscos? ¿Desnudos? ¿Prostitutas? Ya era suficiente. Ken decidió irse.

Pero no encontraba la chaqueta y tenía las llaves del coche y el móvil dentro, así que fue a la cocina y comenzó a buscar en una pila de abrigos que habían colocado sobre la encimera.

Dan y otro invitado movieron el carrito al centro de la habitación, más o menos delante del novio. Aunque todos querían que la bailarina saliera, Peter no parecía tener prisa.

—Tenemos toda la noche —anunció mientras la rubia que tenía encima se restregaba contra su cuerpo.

—Aprovéchala, Peter, que es tu última noche de libertad —dijo alguien.

Ken, que había dado por perdida la chaqueta, agarró una lata de refresco de la nevera y se remangó la camisa. Allí hacía calor y supuso que la mujer tendría sed.

—No creo que vaya a echar mucho de menos mi libertad con mi mujercita. ¡No tocarla casi me mata!

Aquello hizo que Ken se interesara. ¿Peter estaba diciendo que no habían consumado el acto antes de la boda?

Las rubias se rieron.

—¿No habéis...?

—No. La princesita tiene que llegar virgen a la noche de bodas o papá se enfadaría y eso es lo que importa. Después de haber esperado tanto, más vale que mañana se porte bien.

Aunque Pamela no estaba allí para oír lo que estaban diciendo, Ken sintió vergüenza ajena. ¡Aquel imbécil estaba gritando a los cuatro vientos intimidades de la mujer con la que se iba a casar! Además, todos los presentes eran empleados de su padre.

—¿Qué hayd que hasser para que papá no sse enfade? —preguntó uno de los que menos había bebido.

Peter debía de haber bebido demasiado porque contestó como si no se diera cuenta de que estaba quedando como un auténtico canalla.

—Ella tiene las llaves del reino. Pero, si la tengo embarazadita y en casita, lejos de esos degenerados del centro, tendré la cuenta del banco repleta. Es un acuerdo al que hemos llegado mi suegro y yo.

Ken sintió náuseas. Por lo que estaba contando Peter, el padre de Pamela había conspirado con su prometido para apartarla de su profesión y convertirla en una esposa de la alta sociedad. Aunque le caía bien Jared Bradford, tuvo que reconocer que se había pasado.

—No os podéis ni imaginar lo que he tenido que soportar. Mi mujer va a ser una fiera en la cama, seguro. Cada vez que la dejaba en casa, me miraba con esa carita suya como si estuviera haciendo pucheros, con esos labios... ¡y me tenía que ir a buscar a otra para acostarme con ella!

Ken sacudió la cabeza disgustado. Así que Peter no se había controlado en aquellos meses de compromiso. Era un imbécil adicto al sexo y tramposo, además.

Ken era de la opinión de que, en el momento en el que un hombre ponía un anillo de pedida en el dedo de una mujer, había que ser fiel. Era como un apretón de manos en un negocio. Si das tu palabra en un trato empresarial, la cumples. Si te comprometes con una mujer y no puedes acostarte con ella hasta la noche de bodas, te haces adicto a las duchas de agua fría y aprendes a conocer bien tu mano derecha. No le eres infiel.

Miró a su alrededor buscando de nuevo la chaqueta y vio que la tarta se estaba moviendo.

De repente, dos puños salieron del papel y apareció una mujer.

—¡Demonios! —murmuró alguien. Ken entendió por qué en cuanto vio aquella mata de pelo castaño.

Pamela Bradford, que obviamente lo había oído todo, había emergido de la tarta cual diosa vengativa.

2

Pamela no pensó, no se paró a reflexionar y probablemente no estaba en sus cabales cuando salió de la tarta. Fue instintivo, fue la adrenalina del enfado. Si lo hubiera pensado, nunca se habría atrevido a mostrarse así vestida ante una habitación llena de hombres.

Cuando el borracho que se había encontrado el carrito había comenzado a llevarlo hacia la habitación, se había puesto a rezar todo lo que sabía para que volvieran sus amigas. Se había quedado allí, inmóvil, mirando a su alrededor por los agujeros que había hecho el imbécil aquel al meter los dedos en la tarta y preguntándose por qué tardaban tanto en encontrar un maldito bar en pleno paseo marítimo de una ciudad llena de bares.

Al ver a su prometido abrazando a una prostituta, se había enfadado, pero había decidido esperar y concederle el beneficio de la duda porque era su despedida de soltero. Seguramente, había sido ella la que se había sentado encima de él.

Pero Peter había empezado a sobarla.

Pamela se había enfurecido. No se lo podía creer. Su prometido estaba tocando a otra mujer cuando faltaban menos de doce horas para que se casara con ella. Aquellos dedos, que nunca se habían posado sobre su cuerpo, reposaban sobre lo que dejaba al descubierto la minifalda de cuero. Había empezado a tener serias dudas sobre la boda incluso antes de que el muy estúpido abriera la boca.

Pero después, le había hervido la sangre. No había podido soportarlo más y había salido de la tarta con tanta fuerza como la lava de un volcán.

—Pamela —exclamó Peter empujando a la rubia.

—Cállate, Peter. Simplemente, cállate —ordenó ella mientras salía de la tarta sintiendo que tenía azúcar por todo el cuerpo. Se le enganchó el zapato y, mientras se esforzaba por soltarse, maldijo a los zapatos, a su prometido, a su padre y a su vida.

—Pamela, deja que te lo explique —dijo Peter alargando el brazo.

—Como me toques, te arranco el brazo —le espetó ella.

—Cariño...

—¡No me llames «cariño»! —exclamó logrando soltarse—. Nunca lo he sido y no soy la princesa de mi padre, así que vete a decirle al rey que la boda se ha suspendido. Supongo que eso te convierte en el bufón, ¿no, Peter?

Pamela miró a los presentes, que bajaron la vista. Supuso que ya habían visto suficiente. Se ruborizó, se tapó con la minúscula camisita rosa y se cruzó de brazos.

Los hombres fueron dándose la vuelta lentamente y saliendo de la habitación.