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Harry Bosch deja la placa, pero no descansará hasta encontrar al asesino Harto de la hipocresía de la policía, Harry Bosch entrega la placa y se ve obligado a buscar una nueva forma de vida. Pero la jubilación no le conviene. Siempre se ha consagrado a la justicia y sigue queriendo proteger -o vengar- a aquellos a los que la ley ha fallado. Al dejar el departamento, Bosch se llevó un expediente: el caso de una asistenta de producción asesinada cuatro años atrás, en vísperas de un atraco en un plató con un botín de dos millones de dólares que, según la policía de Los Ángeles, se utilizó para financiar un campo de entrenamiento terrorista. La víctima del asesinato cae en el olvido y, cuando parece que el asesino será puesto en libertad para facilitar la caza de terroristas, Bosch se encuentra en conflicto tanto con sus antiguos colegas como con el FBI.
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Seitenzahl: 465
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Michael Connelly
Luz perdida
Traducido del inglés por Javier Guerrero Gimeno
Dedicado a:Noel Megan Sam Devin Maddie Michael Brendan Connor Callie Rachel Maggie y Katie
Las cosas del corazón no tienen fin.
Una mujer me lo dijo una vez. Me contó que era de un poema que le gustaba. Para ella significaba que si guardas algo en el corazón, si de verdad lo llevas dentro de esos pliegues rojos y aterciopelados, estará siempre presente. Estará siempre esperando, no importa lo que suceda. Uno podía guardar allí una persona, un lugar, un sueño. Una misión. Algo sagrado. Ella me contó que todo estaba relacionado con esos pliegues secretos. Siempre. Todo forma parte de lo mismo y siempre estará allí, latiendo al mismo ritmo que tu corazón.
Tengo cincuenta y dos años, y yo también lo creo. Por las noches, cuando no logro conciliar el sueño, es cuando no me cabe duda. Es cuando todos los caminos parecen unirse y veo a la gente que he amado y a la que he odiado, a las personas a las que he ayudado y a aquellas a las que he herido. Veo las manos que se estiran hacia mí. Oigo el latido y comprendo lo que debo hacer, lo veo. Conozco mi misión y sé que no hay vuelta atrás y que no puedo apartarme de ella. Y es en esos momentos cuando sé que las cosas del corazón no tienen fin.
Lo último que esperaba era que Alexander Taylor abriera él mismo la puerta de su casa. Eso desdijo todo lo que sabía de Hollywood. Un hombre capaz de conseguir mil millones de dólares en las taquillas no le abría la puerta a nadie, sino que tenía a un vigilante de seguridad apostado en la entrada las veinticuatro horas. Y ese portero solo me permitiría pasar después de verificar cuidadosamente mi identificación y que tenía una cita. Después me entregaría a un mayordomo, o a la sirvienta de la planta baja, para que me acompañara el resto del camino con paso silencioso como los copos de nieve.
Pero no me encontré con nada de eso en la mansión de Bel-Air Crest Road. La verja del sendero de entrada estaba abierta y, después de que aparqué delante de la rotonda y llamé al timbre, fue el rey de la taquilla en persona quien abrió la puerta y me hizo señas para que entrara en una casa cuyas dimensiones parecían copiadas directamente de la terminal internacional del LAX.
Taylor era un hombre grande. Medía más de metro ochenta y pesaba ciento diez kilos, que no obstante llevaba bien. Tenía el pelo castaño y rizado, sin ninguna entrada, y unos ojos azules que contrastaban con el cabello. La perilla contribuía a darle una imagen de artista intelectual, aunque el arte poco tenía que ver con su trabajo. Vestía un chándal de color azul pálido, que probablemente costaba más que todo lo que yo llevaba encima, y en torno al cuello se había colocado una toalla blanca que se perdía de vista en la pechera. Tenía las mejillas sonrosadas y respiraba de manera laboriosa. Lo había pillado ocupado y parecía molesto.
Yo me había presentado con mi mejor traje, uno de color gris, de una fila de botones, por el que me había gastado mil doscientos dólares tres años antes. Hacía más de nueve meses que no me lo ponía y esa mañana había tenido que cepillarle los hombros después de sacarlo del armario. Acababa de afeitarme y por primera vez desde que había colgado el traje en la percha muchos meses antes sabía lo que quería.
–Entre –dijo Taylor–. Hoy todos tienen el día libre y yo estaba entrenando un poco. Suerte que el gimnasio está al otro lado del vestíbulo, porque si no probablemente ni siquiera le habría oído. Esto es muy grande.
–Sí, he tenido suerte.
Taylor se adentró en la casa. No me tendió la mano y recordé que había actuado de la misma forma cuando lo conocí cuatro años antes. Él se adelantó y dejó que yo cerrara la puerta.
–¿Le importa que acabe con la bici mientras hablamos?
–No, no hay problema.
Atravesamos un pasillo de mármol, con Taylor siempre tres pasos por delante de mí, como si yo formara parte de su séquito. Probablemente así se sentía más cómodo. A mí no me importaba porque me daba la oportunidad de observar.
Los ventanales de la izquierda ofrecían una panorámica de los opulentos contornos: un rectángulo verde del tamaño de un campo de fútbol que conducía a lo que supuse que sería una casa de huéspedes o una piscina cubierta o ambas cosas. Había un cochecito de golf aparcado en el exterior de la distante estructura y alcancé a ver huellas de ida y vuelta por el bien cuidado césped que conducía a la casa principal. Había visto mucho en Los Ángeles, desde los guetos más pobres hasta mansiones en lo alto de las colinas, pero era la primera vez que veía dentro de los límites de la ciudad una casa tan grande que requería un cochecito de golf para moverse de una parte a otra de la propiedad.
A lo largo de la pared de la derecha había carteles enmarcados de varias de las películas que Alexander Taylor había producido. Había visto algunas de ellas en televisión, y anuncios de las demás. En su mayor parte, eran el tipo de películas de acción que cabían íntegramente en un anuncio de treinta segundos, de esas que no te dejan con la necesidad imperiosa de ir a verlas. Ninguna de ellas podía calificarse en modo alguno de arte. No obstante, en Hollywood eran mucho más importantes que el arte. Eran rentables. Y eso era lo único esencial.
Taylor se desvió hacia la derecha y yo lo seguí hasta el gimnasio. La sala daba un nuevo sentido a la idea del fitness personal. Toda clase de máquinas de musculación se alineaban ante las paredes de espejo, y el centro estaba ocupado por lo que parecía un cuadrilátero de boxeo. Taylor se subió a una bicicleta estática, pulsó algunos botones en la pantalla táctil y empezó a pedalear.
En la pared opuesta había tres grandes televisores de pantalla plana instalados uno al lado del otro, dos estaban sintonizados en canales de noticias de veinticuatro horas y en el tercero comentaban el informe bursátil de Bloomberg. La del informe Bloomberg tenía volumen. Taylor cogió un mando a distancia y quitó el sonido. Fue otra gentileza inesperada. Cuando había hablado con su secretaria para concertar la cita, la mujer me había dado a entender que tendría suerte si podía hacerle unas cuantas preguntas al gran hombre mientras este hablaba por el móvil.
–¿Y su compañero? –preguntó Taylor–. Creía que ustedes trabajaban por parejas.
–Me gusta trabajar solo.
Lo dejé así por el momento. Me quedé en silencio mientras Taylor cogía ritmo en la bicicleta. Le faltaba poco para cumplir los cincuenta, aunque parecía mucho más joven. Tal vez la clave estaba en rodearse de máquinas para conservar la salud y la juventud. O a lo mejor ayudaban los liftings y las inyecciones de bótox.
–Puedo dedicarle cinco kilómetros –dijo mientras se sacaba la toalla que tenía en torno al cuello y la colocaba en el manillar–. Unos veinte minutos.
–Eso bastará.
Busqué la libreta que llevaba en el bolsillo interior de la americana. Era un cuaderno de espiral y el alambre se enganchó en el forro cuando la saqué. Me sentí como un imbécil tratando de soltarla, y finalmente la arranqué. Oí que se rasgaba el forro, pero sonreí para evitar la vergüenza. Taylor me echó un cable mirando a una de las pantallas silenciosas.
Creo que son las pequeñas cosas lo que más echo de menos de mi vida anterior. Durante más de veinte años llevé una libretita pequeña en el bolsillo de la americana. Los cuadernos de espiral no estaban permitidos en el departamento, porque un abogado defensor listo podía argumentar que las páginas con notas exculpatorias habían sido arrancadas. Las libretas evitaban ese problema y además eran más benévolas con el forro de la americana.
–Me alegro de tener noticias suyas –dijo Taylor–. Siempre me preocupé por Angie. Hasta hoy. Era una buena chica, ¿sabe? Y todo este tiempo he pensado que se habían olvidado de ella, que ella no importaba.
Asentí. Había elegido cuidadosamente mis palabras al hablar con la secretaria por teléfono. Aunque no le había mentido, había sido culpable de guiarla y dejar que supusiera cosas. Era necesario. Si le hubiera dicho que era un expolicía que estaba trabajando por libre en un viejo caso, estoy convencido de que no me habría acercado al rey de la taquilla para la entrevista.
–Verá, antes de empezar, creo que ha habido un malentendido. No sé qué le ha dicho su secretaria, pero no soy policía. Ya no.
Taylor se dejó llevar sobre los pedales, pero recuperó el ritmo rápidamente. Tenía la cara colorada y sudaba profusamente. Se estiró hasta el tablero de control digital y cogió un par de gafas y una tarjeta con el logo de su compañía –un cuadrado con un motivo de rizos laberínticos y varias anotaciones manuscritas debajo–. Se puso las gafas, pero aun así entrecerró los ojos al leer la tarjeta.
–Eso no es lo que pone aquí –dijo–. Pone «Detective Harry Bosch del Departamento de Policía de Los Ángeles a las diez». Es letra de Audrey. Lleva dieciocho años conmigo, desde que yo hacía basura para vídeo en el valle de San Fernando. Es muy buena en su trabajo y normalmente muy precisa.
–Bueno, lo fui durante mucho tiempo. Pero me retiré hace un año. Puede que no lo haya dejado muy claro por teléfono. En su lugar no culparía a Audrey.
–No lo haré. –Me miró, inclinando la cabeza para ver por encima de las gafas–. Entonces, ¿qué puedo hacer por usted, detective? (o supongo que debería llamarle señor Bosch). Me quedan cuatro kilómetros y hemos terminado.
Había un banco de pesas a la derecha de Taylor. Me acerqué y me senté. Saqué el boli del bolsillo de la camisa (esta vez sin inconvenientes) y me dispuse a escribir.
–No sé si se acuerda de mí, pero ya habíamos hablado antes, señor Taylor. Hace cuatro años, cuando se halló el cadáver de Angella Benton en el vestíbulo de su apartamento, me asignaron el caso a mí. Usted y yo hablamos en su despacho de Eidolon, en el Archway. Una de mis compañeras, Kiz Rider, estaba conmigo.
–Lo recuerdo. La mujer negra; dijo que conocía a Angie. Del gimnasio, creo. Recuerdo que en aquel momento ustedes dos me infundieron mucha confianza. Pero después desaparecieron. No volví a oír de...
–Nos quitaron el caso. Éramos de la División de Hollywood. Tras el robo y el tiroteo de unos días después, pasaron el caso a la División de Robos y Homicidios.
Sonó un pequeño zumbido de la bicicleta estática y pensé que tal vez significaba que Taylor había cubierto su segundo kilómetro.
–Recuerdo a esos tipos –dijo Taylor con desdén–. Uno más estúpido que el otro. No me inspiraban nada. Recuerdo que uno estaba más interesado en asegurarse una posición como asistente técnico de mis películas que en el caso de Angie. ¿Qué les pasó?
–Uno está muerto y el otro retirado.
Dorsey y Cross. Los había conocido a los dos. A pesar de la descripción de Taylor, ambos habían sido investigadores capaces. No se llegaba a robos y homicidios sin esfuerzo. Lo que no le conté a Taylor era que Jack Dorsey y Lawton Cross llegaron a ser conocidos en el servicio de detectives como la pareja de compañeros con el colmo de la mala suerte. Cuando trabajaban en una investigación que se les asignó varios meses después del caso de Angella Benton, entraron en un bar de Hollywood para comer algo y echar un trago. Estaban sentados en un reservado con sus sándwiches de jamón y sus Bushmill cuando entró un ladrón armado. Al parecer, Dorsey, que estaba sentado de cara a la puerta, hizo un movimiento, pero fue demasiado lento. El atracador lo alcanzó antes de que llegara a quitarle el seguro a su pistola y murió antes de tocar el suelo. Un disparo rozó el cráneo de Cross y una segunda bala le alcanzó en el cuello y se alojó en su columna. Al camarero lo asesinaron a quemarropa.
–¿Y qué sucedió entonces con el caso? –preguntó Taylor retóricamente, y sin un ápice de compasión en la voz por los policías caídos–. No ocurrió una puta mierda. Seguro que está acumulando polvo como ese traje barato que ha sacado usted del armario para venir a verme.
Me tragué el insulto porque no me quedaba más remedio. Me limité a asentir con la cabeza, como si estuviera de acuerdo con él. No sabía si su rabia era por el asesinato nunca vengado de Angella Benton o por lo que sucedió después: el robo, el posterior asesinato y la cancelación de su película.
–Esos tipos trabajaron a tiempo completo durante seis meses –dije–. Después llegaron otros casos. Siempre llegan casos, señor Taylor. No es como en sus películas. Ojalá fuera así.
–Sí, siempre hay otros casos –dijo Taylor–. Esa siempre es la excusa fácil, ¿no? Echarle la culpa al exceso de trabajo. Mientras tanto, nadie le devuelve la vida a la chica, el dinero no aparece. ¡Lástima! Siguiente caso, hay que seguir adelante.
Esperé para asegurarme de que había terminado. No era así.
–Pero ahora han pasado cuatro años y se presenta usted. ¿Cuál es su enredo, Bosch? ¿Ha convencido a la familia para que le contrate? ¿Es eso?
–No, toda la familia de Angella Benton era de Ohio. No he contactado con ellos.
–¿Y entonces?
–Está sin resolver, señor Taylor. Y a mí todavía me preocupa. No creo que se haya trabajado con ningún tipo de... dedicación.
–¿Y eso es todo?
Asentí y Taylor repitió el gesto para sí mismo.
–Cincuenta mil –dijo.
–¿Perdón?
–Le pagaré cincuenta mil si lo resuelve. No habrá película si no lo resuelve.
–Señor Taylor, se equivoca conmigo. No quiero su dinero, y esto no es ninguna película. Lo único que me interesa ahora mismo es su ayuda.
–Escúcheme. Sé reconocer una buena historia cuando la oigo. El detective atormentado por el asesino que salió impune. Es un tema universal y funciona. Cincuenta de entrada y podemos discutir el resto.
Recogí la libreta y el boli del banco, y me levanté. La entrevista no iba a ninguna parte, o al menos no iba en la dirección que yo deseaba.
–Gracias por su tiempo, señor Taylor. Si no encuentro la salida, dispararé una bengala.
Al dar mi segundo paso hacia la puerta sonó el tercer pitido en la bicicleta estática. Taylor habló a mi espalda.
–Usted gana, Bosch. Vuelva y haga las preguntas. Y me quedaré los cincuenta mil si no los quiere.
Me volví hacia él, pero no me senté. Abrí de nuevo la libreta.
–Empecemos con el atraco –dije–. ¿Quién tenía conocimiento de los dos millones de dólares en su compañía? Me refiero a quién estaba al tanto de los datos específicos, de cuándo iba a llegar para el rodaje y cómo se iba a entregar. Cualquier cosa y cualquier persona que pueda recordar. Estoy empezando de cero.
Angella Benton murió el día de su vigésimo cuarto cumpleaños. Su cuerpo sin vida se encontró sobre el suelo de baldosas del vestíbulo del edificio de apartamentos en el que residía, en Fountain, cerca de La Brea. Su llave estaba en el buzón. En este se hallaron dos tarjetas de felicitación enviadas por separado desde Columbus por su madre y su padre. Resultó que no estaban divorciados, simplemente cada uno de ellos quería transmitirle por sí mismo los mejores deseos de felicidad a su única hija.
Benton había sido estrangulada. Antes o después de su muerte, probablemente después, le habían rasgado la blusa y el sujetador para dejar los pechos al descubierto. Su asesino parecía haberse masturbado sobre el cadáver, eyaculando una pequeña cantidad de esperma que había sido recogida por los técnicos forenses para realizar comparaciones de ADN. Se habían llevado el bolso de la víctima y este jamás se recuperó.
La hora de defunción se estableció entre las once y las doce de la noche. El cadáver fue descubierto por otro residente del edificio de apartamentos cuando salió a las doce y media para pasear al perro.
Fue entonces cuando entré en escena yo. En ese momento era detective de grado tres asignado a la División de Hollywood del Departamento de Policía de Los Ángeles. Tenía dos compañeros. En esa época trabajábamos en tríos, y no por parejas, como parte de una configuración experimental diseñada para cerrar los casos con rapidez. Kizmin Rider, Jerry Edgar y yo fuimos avisados al busca y se nos asignó el caso a la una de la mañana. Nos reunimos en la comisaría de Hollywood y nos desplazamos en dos Crown Vic hasta la escena del crimen. Vimos el cadáver de Angella Benton aproximadamente dos o tres horas después de que hubiera sido asesinada.
La víctima yacía de costado sobre las baldosas marrones, que estaban teñidas del color de la sangre seca. Los ojos abiertos y casi fuera de sus órbitas distorsionaban lo que había sido un rostro bonito. Presentaba hemorragias en las córneas. Su busto, expuesto, era prácticamente plano. Parecía casi infantil y pensé que tal vez eso la había cohibido en una ciudad donde con frecuencia se concedía más importancia a los atributos físicos que al interior y convertía el hecho de abrirle la blusa y arrancarle el sujetador en una agresión añadida; como si no le bastara con arrebatarle la vida, el asesino también quiso exponer su vulnerabilidad más íntima.
Pero lo que más recordaba de ella eran las manos. De algún modo, cuando su cuerpo sin vida cayó al suelo, sus manos quedaron unidas en el lado izquierdo. Se dirigían hacia arriba desde la cabeza, como si trataran de alcanzar a alguien, suplicantes. Me recordaron las manos de un lienzo renacentista, las manos de los condenados que se estiraban hacia el cielo en petición de perdón. En mi vida he trabajado en casi mil homicidios y nunca la posición de un cadáver me impresionó tanto.
Quizá era excesiva mi interpretación sobre el modo caprichoso en que había caído Angella Benton. Pero cada caso es una batalla de una guerra interminable. Y, créanme, siempre es preciso llevar algo cuando entras en combate, algo a lo que aferrarte, algo que te guía o te empuja. Y para mí ese algo eran sus manos. No podía olvidarlas. Creía que las había estirado hacia mí, y todavía lo creo.
La investigación experimentó un salto inmediato porque Kizmin Rider reconoció a la víctima. Rider la conocía por su nombre de pila del gimnasio de El Centro, donde ambas entrenaban. A causa del horario irregular que implicaba su trabajo en la brigada de homicidios, Rider no podía mantener un programa de entrenamiento uniforme. Hacía ejercicio en días y horas diferentes, según el tiempo de que disponía y el caso que estaba investigando. Se había encontrado con frecuencia a Benton en el gimnasio y habían trabado conversación mientras sudaban una al lado de la otra en la máquina de steps.
Rider sabía que Benton estaba tratando de labrarse una carrera en la industria del cine. Era ayudante de producción en Eidolon Productions, la empresa de Alexander Taylor. Allí se trabajaba las veinticuatro horas, en función de la disponibilidad de localizaciones y personal. Eso suponía que Benton, igual que Rider, acudía al gimnasio a distintas horas, y también suponía que tenía poco tiempo para establecer relaciones. La víctima le contó en una ocasión a Rider que solo había tenido dos citas el año anterior y que no había ningún hombre en su vida.
La de las dos mujeres era solo una amistad superficial y Rider nunca había visto a Benton fuera del gimnasio. Ambas eran dos jóvenes negras que trataban de mantenerse en forma para que su cuerpo no las traicionase mientras sacaban adelante sus ajetreadas vidas profesionales y trataban de subir peldaños en sus diferentes mundos.
Sin embargo, el hecho de que Kiz la conociera nos dio una ventaja. Supimos de inmediato que estábamos tratando con una mujer joven, responsable y segura de sí misma, una mujer que se preocupaba tanto por su salud como por su carrera. Esta información eliminaba diversos estilos de vida que podríamos haber investigado erróneamente. El aspecto negativo era que, por primera vez, Rider se encontraba con una persona a la que conocía como la víctima de un homicidio cuya investigación le habían asignado. Desde el primer momento me di cuenta de que eso frenó su paso. Normalmente ella era muy expresiva para analizar la escena de un crimen y desarrollar una teoría de investigación. En aquella ocasión se quedó en silencio hasta que le pregunté.
No había testigos del asesinato. El vestíbulo no se veía desde la calle y ofrecía un escudo perfecto al asesino. Este habría podido entrar en el reducido espacio y atacar sin miedo a ser visto desde el exterior. Aun así, el crimen implicaba cierto riesgo. En cualquier momento un residente podía haber entrado o salido del edificio y encontrado a Benton y su asesino. Si el vecino que sacó a pasear a su perro lo hubiera hecho una hora antes, probablemente se habría topado con el asalto. Podría haberla salvado o, posiblemente, se habría convertido a su vez en una víctima.
Anomalías. Gran parte del trabajo se basaba en el estudio de las anomalías. El crimen tenía la apariencia de una agresión oportunista. El asesino había seguido a Benton y aguardado el momento en que nadie los viera. Aun así había aspectos de la escena –su intimidad, por ejemplo– que sugerían que el asesino ya conocía el vestíbulo y podía haber estado esperándola, como un cazador que observa la trampa que ha tendido.
Anomalías. Angella Benton no medía más de metro sesenta y cinco, pero era una mujer fuerte. Rider había sido testigo de sus rutinas en el gimnasio y conocía su fuerza y vitalidad. Sin embargo, no había signos de lucha. No se halló piel ni sangre perteneciente a otra persona en el examen de las uñas de la víctima. ¿Conocía a su asesino?
¿Por qué no había peleado? La masturbación y el hecho de que le rasgaran la blusa apuntaban a un móvil psicosexual, a un crimen perpetrado en solitario. No obstante, la ausencia de todo signo de lucha indicaba que Benton había sido dominada rápidamente y de manera total. ¿Había más de un asesino?
En las primeras veinticuatro horas nos dedicamos a recopilar todas las pruebas, realizar las notificaciones y conducir los primeros interrogatorios de todos aquellos directamente relacionados con la escena del crimen. Fue en las siguientes veinticuatro horas cuando empezaron los cambios y nosotros comenzamos a examinar las anomalías, tratando de abrirlas como nueces. Y hacia el final de ese segundo día habíamos llegado a la conclusión de que se trataba de una escena del crimen falsa, es decir, un escenario preparado por el asesino para que llegáramos a conclusiones erradas acerca del asesinato. Nos enfrentábamos a un asesino que nos estaba guiando por la senda del depredador psicosexual, cuando la naturaleza del crimen era completamente distinta.
Lo que nos orientó en esa dirección fue el semen hallado en el cadáver. Al examinar las fotografías de la escena del crimen, advertí gotas de semen que se extendían por el cuerpo de la víctima en una línea que insinuaba una trayectoria. En cambio, las gotas examinadas una a una eran circulares. Los investigadores saben, sobre todo a partir del examen de la sangre, que las gotas son redondas cuando caen en vertical a una superficie. Las gotas de forma elíptica se producen cuando la sangre salpica en una trayectoria o cae en ángulo sobre la superficie. Consultamos con el experto del departamento para saber si las normas aplicables a la sangre podían extenderse a otros fluidos corporales. Nos dijeron que, efectivamente, así era, y la explicación dejó al descubierto una anomalía. Cobró forma la hipótesis de que el asesino o asesinos habían puesto intencionadamente el semen en la escena del crimen. Probablemente lo habían llevado a la escena del crimen y después lo habían hecho gotear sobre el cadáver como parte de una maniobra destinada a desviar la atención.
Cambiamos el foco de la investigación. Nos olvidamos de examinar a la víctima como alguien que vagaba por el área de acción del depredador. El área de acción era Angella Benton. Había algo en su vida o en sus circunstancias que habían atraído al asesino.
Nos concentramos en su vida y su trabajo, buscando algo oculto que hubiera puesto en marcha un plan para asesinarla. Alguien había deseado su muerte y pensado que era lo bastante listo para camuflar el asesinato como la obra de un psicópata. Mientras que públicamente desarrollamos la hipótesis del asesino violador ante los medios, de puertas adentro empezamos a mirar en otras direcciones.
Al tercer día de la investigación, Edgar se ocupó de la autopsia y del papeleo, cada vez mayor, mientras que Rider y yo asumimos el trabajo de campo. Pasamos doce horas en las instalaciones que Eidolon Productions tenía en Archway Pictures, en Melrose. La máquina de producción de películas de Alexander Taylor ocupaba casi un tercio del local de Archway. Había allí más de cincuenta empleados. En virtud de su oficio como ayudante de producción, Angella Benton se relacionaba con todos ellos. Un ayudante de producción se sitúa en la base del tótem de Hollywood. Benton había sido una recadera y carecía de despacho: solo disponía de un escritorio en una sala dedicada al correo y que carecía de ventanas. Claro que eso no importaba, porque siempre estaba fuera, corriendo por los despachos de Archway y de un set de rodaje a otro. En ese momento Eidolon estaba rodando dos películas y una serie de televisión en distintos lugares de Los Ángeles y sus alrededores. Cada uno de esos equipos de producción constituía una pequeña ciudad, un campamento itinerante que se desplazaba casi cada noche. Había al menos otro centenar de personas que podrían haberse relacionado con Angella Benton, personas a las que era preciso entrevistar.
La tarea que se nos planteaba era de enormes proporciones. Solicitamos ayuda, más personal que colaborara en las entrevistas. La teniente no podía cedernos a nadie. Rider y yo pasamos el día entero haciendo entrevistas en las oficinas de Archway. Y esa fue la única vez que hablé con Alexander Taylor. Departimos con él durante media hora y la conversación fue superficial. Conocía a Benton, por supuesto, pero no mucho. Mientras que ella estaba en la base del tótem, Taylor se hallaba en lo más alto. Sus contactos habían sido infrecuentes y breves. La joven llevaba menos de seis meses en la empresa y él no la había contratado personalmente.
No recabamos datos valiosos en ese primer día de entrevistas. Es decir, ninguna entrevista proporcionó una nueva dirección o foco de investigación. Estábamos en un callejón sin salida. Ninguna de las personas con las que hablamos tenía idea de cuál podía ser el motivo por el que alguien habría querido matar a Angella Benton.
Al día siguiente nos separamos para que cada detective pudiera visitar un escenario de producción y llevar a cabo las entrevistas. Edgar se ocupó de la serie de televisión que se rodaba en Valencia. Se trataba de una comedia dirigida a las familias acerca de una pareja con un hijo que conspira para que sus padres no tengan más descendencia. Rider se ocupó de la producción de la película que se rodaba cerca de su casa, en Santa Mónica. Era una historia acerca de un hombre al que creen autor de una felicitación de San Valentín anónima enviada a una bella compañera de trabajo y cómo el subsiguiente idilio se construye sobre una mentira que crece en su interior como un cáncer. Yo me ocupé de la segunda producción cinematográfica, que estaba rodándose en Hollywood. Se trataba de una cinta de acción acerca de una ladrona que roba un maletín con dos millones de dólares en su interior sin saber que el dinero pertenece a la mafia.
Yo lideraba el equipo en mi calidad de detective de grado tres. Como tal, tomé la decisión de no informar a Taylor ni a ninguno de los directivos de su empresa de que íbamos a visitar los escenarios de rodaje. No quería que la noticia de nuestra visita nos precediera. Simplemente nos dividimos las localizaciones y a la mañana siguiente cada uno de nosotros llegó sin anunciarse y utilizó el poder que da una placa para abrir puertas.
Lo que ocurrió la mañana siguiente poco después de mi llegada al setestá bien documentado. En ocasiones repaso los movimientos de la investigación y lamento no haberme presentado allí un día antes. Creo que habría oído a alguien mencionar el dinero y que habría atado cabos. Pero lo cierto es que llevamos a cabo la investigación de manera apropiada. Realizamos los movimientos adecuados en el momento oportuno. No me arrepiento de nada.
La cuestión es que, después de esa cuarta mañana, me retiraron la investigación. La División de Robos y Homicidios desembarcó y se quedó con el caso. Jack Dorsey y Lawton Cross se ocuparon de él. Era el guion preferido de robos y homicidios: películas, dinero y un asesinato. Pero no llegaron a ninguna parte, pasaron a otras investigaciones y un día entraron a Nat’s a comerse un sándwich. Puede decirse que el caso murió con Dorsey. Cross sobrevivió, pero nunca llegó a recuperarse. Salió de un coma de seis semanas sin recordar nada del tiroteo y sin sensibilidad alguna del cuello para abajo. Una máquina respiraba por él y en el departamento fueron muchos los que consideraron que su suerte había sido peor que la de Dorsey, porque sobrevivió pero ya no estaba viviendo de verdad.
Entretanto, el caso de Angella Benton iba acumulando polvo. Todo lo que Dorsey y Cross habían tocado estaba contaminado por su desgracia. Maldito. Nadie volvió a investigar la muerte de Benton. Cada seis meses un detective de robos y homicidios sacaba el expediente, le quitaba el polvo y escribía «Sin novedad» y la fecha en el registro de la investigación. Después volvía a colocarlo en su sitio hasta la siguiente vez. Es lo que en el Departamento de Policía de Los Ángeles se llama diligencia debida.
Habían pasado cuatro años y yo me había retirado. Supuestamente estaba acomodado. Tenía una casa sin hipoteca y un coche que había pagado al contado. Cobraba una pensión con la que podía costearme más de lo que necesitaba. Era como estar de vacaciones. Sin trabajo, sin preocupaciones, sin problemas. Pero me faltaba algo y no podía negármelo a mí mismo. Vivía como un músico de jazz que espera su concierto. Me quedaba despierto hasta muy tarde, mirando las paredes y bebiendo demasiado vino tinto. Una de dos, o empeñaba mi instrumento o buscaba un lugar donde tocar.
Y entonces recibí la llamada de Lawton Cross. Al final, la noticia de que me había retirado había llegado hasta él. Le pidió a su mujer que me llamara y ella le sostuvo el auricular para que pudiera hablar conmigo.
–Harry, ¿piensas alguna vez en Angella Benton?
–Siempre –le dije.
–Yo también, Harry. Estoy recuperando la memoria, y pienso mucho en ese caso.
Y con eso bastó. Cuando me fui por última vez de la comisaría de Hollywood, pensé que había tenido suficiente, que ya había caminado alrededor de mi último cadáver, que había tenido mi última entrevista con alguien que sabía que era un mentiroso. Pero de todos modos salí con una caja llena de archivos: copias de mis casos abiertos en los doce años que llevaba investigando los homicidios de Hollywood.
El expediente de Angella Benton estaba en esa caja. No tenía necesidad de abrirlo para recordar los detalles, para recordar el aspecto de su cuerpo en el suelo de baldosas, expuesto y violado. Todavía me subyugaba. Me laceraba el hecho de que ella se hubiera perdido en los fuegos artificiales que vinieron después, me dolía pensar que su vida no había tenido importancia hasta que se robaron dos millones de dólares.
Yo nunca había dado el caso por cerrado. Los peces gordos me lo habían arrebatado antes de que pudiera hacerlo. Así era la vida en el departamento. Pero eso era entonces. La llamada de Lawton Cross lo cambió todo. Terminó con mis largas vacaciones y me dio un trabajo.
Ya no llevaba placa, sin embargo, todavía conservaba un millar de hábitos e instintos que van con la placa. Como un exfumador cuya mano va a buscar en el bolsillo de la camisa el paquete que ya no está, yo me descubría constantemente buscando de algún modo la seguridad de la placa. Durante casi treinta años de mi vida había formado parte de una organización que promovía el aislamiento, que cultivaba la ética del nosotros contra ellos. Había participado del culto a la religión azul y de la noche a la mañana estaba fuera, excomulgado, formaba parte del mundo exterior.
A medida que pasaban los meses, no hubo un solo día en que alternativamente no lamentara y me deleitara en mi decisión de abandonar el departamento. Fue un periodo en el que mi principal tarea consistió en separar la placa y lo que ella representaba de mi propia misión personal. Durante mucho tiempo pensé que ambas estaban unidas inextricablemente. No podía tener una cosa sin la otra. Pero con el transcurso de las semanas y los meses me di cuenta de que una identidad era más grande que la otra, que la superaba. Mi misión permanecía intacta. Mi trabajo en este mundo, con placa o sin ella, era dar la cara por los muertos.
Cuando colgué el teléfono después de hablar con Lawton Cross supe que estaba preparado y que era el momento de dar la cara otra vez. Me acerqué al armario del pasillo y saqué la caja que contenía los archivos polvorientos y las voces de los difuntos. Me hablaban en forma de recuerdo. En visiones de escenas de crímenes. De todas ellas, la que más recordaba era la de Angella Benton. Recordaba su cuerpo acurrucado en el suelo, sus manos extendidas de aquel modo, buscándome.
Y yo tenía mi misión.
La mañana siguiente a mi conversación con Alexander Taylor me senté en el comedor de mi casa de Woodrow Wilson Drive. Tenía una taza de café caliente en la cocina. Había llenado mi cargador con cinco discos que hacían una crónica de algunos de los últimos trabajos de Art Pepper como sideman. Y tenía los documentos y fotografías de Angella Benton esparcidos ante mí.
El archivo era incompleto, porque robos y homicidios se había apoderado del caso justo cuando mi investigación estaba empezando a centrarse y antes de que se escribieran muchos informes. Era simplemente un punto de partida. En resumen, casi cuatro años después de haber sido excluido del caso era todo cuanto tenía. Eso y la lista de nombres que Alexander Taylor me había proporcionado el día anterior.
Mientras me preparaba para un día de investigar nombres y concertar entrevistas, mi atención se vio atraída por la pequeña pila de recortes de periódico que empezaban a amarillear por los costados. Los cogí y empecé a hojearlos. Inicialmente, el asesinato de Angella Benton solo mereció un breve en Los Angeles Times. Recuerdo hasta qué punto me frustró en su momento. Necesitábamos testigos. No solo del crimen en sí, sino también, posiblemente, del coche del asesino o de su ruta de huida. Necesitábamos conocer los movimientos de la víctima antes de la agresión. Había sido el día de su cumpleaños. ¿Dónde y con quién había pasado la tarde anterior a su muerte? Una de las mejores formas de estimular las declaraciones de los ciudadanos era escribir artículos. Puesto que el Times se limitó a publicar un breve, este quedó enterrado en la sección B y apenas recibimos ayuda de la ciudadanía. Cuando llamé a la periodista para expresar mi frustración, me dijeron que las encuestas mostraban que los lectores estaban cansados de muertes y tragedias. La periodista me explicó que el espacio para las noticias de crímenes se estaba reduciendo y que no se podía hacer nada al respecto. Como premio de consolación escribió una actualización para la edición del día siguiente que contenía una línea en la que se mencionaba que la policía buscaba ayuda ciudadana en el caso. Sin embargo, el artículo era incluso más corto que el primero y quedó enterrado en las páginas interiores. No recibimos ninguna llamada ciudadana ese día.
Todo eso cambió tres días después, cuando la historia ocupó la primera página y se convirtió en la noticia con la cual abrieron todas las cadenas de televisión de la ciudad. Cogí el primero de los dos artículos recortados de la primera página y volví a leerlos.
TIROTEO REAL DURANTE EL RODAJE DE UNA PELÍCULAUn muerto y un herido cuando policías y ladrones interrumpieron a sus homólogos del celuloide
por Keisha Russellde la redacción del Times
Una realidad funesta irrumpió el viernes en el mundo de fantasía de Hollywood cuando la policía de Los Ángeles y vigilantes de seguridad intercambiaron disparos con ladrones armados durante el robo de dos millones de dólares en efectivo que iban a utilizarse en la filmación de una película acerca de ¡un robo de dos millones de dólares en efectivo! Dos empleados de banco fueron alcanzados por las balas, uno de ellos mortalmente.
Los asaltantes escaparon con el dinero después de abrir fuego sobre los vigilantes de seguridad y un detective de policía real que casualmente se hallaba en el lugar del rodaje. La policía informó de que la sangre encontrada más tarde en el vehículo abandonado tras la fuga indicaba que al menos uno de los asaltantes resultó herido de bala.
La actriz protagonista, Brenda Barstow, estaba en el interior de una caravana cercana en el momento en que se produjo el tiroteo. No resultó herida ni fue testigo del intercambio de disparos de la vida real.
El incidente ocurrió en el exterior de un bungaló de Selma Avenue poco antes de las diez de la mañana, según un portavoz de la policía. Un camión blindado llegó a la escena del rodaje para entregar dos millones de dólares que iban a utilizarse como atrezo en las escenas que debían ser rodadas en el interior de la casa. Al parecer, la localización contaba con importantes medidas de seguridad en ese momento, si bien no se ha hecho público el número exacto de vigilantes armados y policías disponibles.
La víctima que resultó alcanzada fatalmente por un disparo fue identificada como Raymond Vaughn, 43, director de seguridad de BankLA, la entidad que iba a entregar el dinero en el lugar del rodaje. También fue alcanzado Linus Simonson,27, otro empleado de BankLA. Sufrió una herida de bala en la parte inferior del torso y el viernes a última hora se encontraba estable según el parte médico del Cedars-Sinai.
El detective del Departamento de Policía de Los Ángeles Jack Dorsey declaró que, cuando los dos vigilantes de seguridad estaban trasladando a la casa el dinero del camión blindado, tres hombres fuertemente armados saltaron desde una furgoneta que se encontraba aparcada cerca, mientras un cuarto miembro del grupo aguardaba al volante. Los pistoleros se enfrentaron a los vigilantes y se llevaron el dinero. Mientras los sospechosos se retiraban hacia la furgoneta con las cuatro sacas que contenían el dinero en efectivo, uno de ellos abrió fuego.
«Fue entonces cuando se desató la tormenta –dijo Dorsey–. Se desencadenó un tiroteo.»
El viernes no estaba claro por qué empezó el tiroteo. Los testigos explicaron a la policía que los vigilantes de seguridad no opusieron resistencia a los asaltantes.
«Por lo que nosotros sabemos, ellos simplemente abrieron fuego», comentó el detective Lawton Cross. La policía afirmó que varios vigilantes de seguridad respondieron a los disparos, junto con al menos dos agentes de patrulla fuera de servicio que trabajaban para la productora de la película, así como un detective de policía, Harry Bosch, que se encontraba en el interior de una de las caravanas, trabajando en una investigación que al parecer no estaba relacionada.
Ayer fuentes policiales estimaron en más de un centenar los disparos que se intercambiaron en el salvaje tiroteo de la huida.
Aun así, el tiroteo no duró más de un minuto, según diversos testigos. Los atracadores lograron introducirse en la furgoneta y huir a toda velocidad. La furgoneta, cubierta de agujeros de bala, fue abandonada posteriormente cerca de la entrada a la autovía de Hollywood en Sunset Boulevard. El vehículo había sido robado la noche anterior de un almacén de equipamiento de un estudio de cine.
«Todavía no hemos identificado a los sospechosos –dijo Dorsey–. Estamos examinando distintas pistas que creemos que serán útiles a la investigación.»
El tiroteo proporcionó una aleccionadora dosis de realidad al campamento de los cineastas.
«Al principio creí que eran los tíos de atrezo haciendo prácticas –explicó Sean O’Malley, ayudante de producción del rodaje–. Pensé que era una broma hasta que oí a gente que gritaba y se tiraba al suelo y que las balas de verdad empezaban a impactar en la casa. Comprendí que era real. Yo me tiré al suelo y me puse a rezar. Fue aterrador.»
La película, que todavía no tiene título, trata de una ladrona que roba una maleta que contiene dos millones de dólares de la mafia de Las Vegas y huye a Los Ángeles. Según los expertos, es muy poco común que se utilice dinero real en las producciones cinematográficas, pero el director del filme, Wolfgang Haus, insistió en recurrir a él porque las escenas que iban a rodarse en la casa de Selma Avenue conllevaban diversos primeros planos del dinero y de la ladrona, interpretada por Barstow.
Haus explicó que el guion requería que la ladrona se tirara en la cama con el dinero y lo lanzara al aire para mostrar su alborozo. En otra escena, la protagonista se metía en una bañera llena de billetes. Haus aseguró que el dinero falso se advertiría con facilidad en la versión acabada de la cinta.
El realizador alemán también insistió en que el uso de dinero real contribuía a una mejor interpretación de los actores.
«Si usas dinero de mentira, actúas mal –declaró Haus–. Necesitábamos superar eso. Quería que la actriz sintiera que había robado dos millones de dólares. Sería imposible hacerlo de ninguna otra manera. Mis películas se basan en la precisión y la verdad. Si usáramos dinero del Monopoly, la película sería una mentira y todo el mundo se daría cuenta.»
La productora, Eidolon, solicitó un préstamo por un día que involucraba a todo un ejército de vigilantes de seguridad, según explicaron a la prensa los detectives de la policía. El vehículo blindado debía quedarse en la localización durante el rodaje y el dinero tenía que ser retornado inmediatamente una vez completada la filmación. La suma estaba formada exclusivamente por billetes de cien envueltos en paquetes de veinticinco mil dólares.
Alexander Taylor, propietario de la productora, se negó a hacer comentarios acerca del asalto o de la decisión de utilizar dinero real durante el rodaje. No estaba claro si el dinero estaba asegurado contra un atraco. La policía también rechazó revelar por qué Harry Bosch se hallaba en el escenario del rodaje cuando se produjo el tiroteo; no obstante, fuentes del Times explicaron que el detective estaba investigando la muerte de Angella Benton, que apareció estrangulada en su apartamento de Hollywood cuatro días antes. Benton, 24, era empleada de Eidolon Productions, y la policía está investigando ahora la posibilidad de que exista una relación entre su asesinato y el atraco a mano armada.
En una declaración hecha pública por su agente, Brenda Barstow dijo: «Estoy horrorizada por lo que ha sucedido y comparto el dolor de la familia del hombre que ha muerto.»
Un portavoz de BankLA explicó que Raymond Vaughn llevaba siete años trabajando en el banco. Anteriormente, Vaughn había sido agente de policía en los departamentos de Nueva York y Pensilvania. Simonson, el empleado herido, es ayudante del vicepresidente del banco Gordon Scaggs y se ocupó del préstamo de un día. No pudo localizarse a Scaggs para recabar sus impresiones.
La producción de la película se ha suspendido temporalmente. El viernes se desconocía cuándo iba a reanudarse el rodaje ni si se utilizaría dinero real cuando este se reiniciara.
Recordé la escena surrealista de aquel día. Los gritos, la nube de humo que quedó después del tiroteo. La gente estaba en el suelo y yo no sabía si les habían alcanzado o simplemente se habían tumbado para protegerse. Nadie se levantó ni siquiera cuando ya hacía mucho que la furgoneta había huido.
Leí por encima un artículo adjunto que se centraba en lo inusual que resultaba la utilización de dinero real –y una suma tan significativa– en un escenario de rodaje, al margen de las precauciones que se tomaran. El artículo explicaba que el efectivo ocupaba cuatro sacas y apuntaba correctamente que era poco probable que un encuadre de cámara pudiera contener alguna vez dos millones de dólares. Aun así, los productores accedieron a la exigencia del director de disponer de dos millones en aras de la verosimilitud. Fuentes de Hollywood que prefirieron mantenerse en el anonimato dieron a entender que no se trataba del dinero, ni de la verosimilitud, ni siquiera del arte. Era simplemente una prueba de fuerza. Wolfgang Haus lo hizo porque podía. El director acababa de rodar dos filmes que habían recaudado más de doscientos millones de dólares cada uno. En solo cuatro años había pasado de dirigir películas independientes de bajo presupuesto a ser uno de los realizadores más poderosos de Hollywood. Al exigir la disponibilidad de esos dos millones de dólares en efectivo para el rodaje de escenas bastante rutinarias, estaba ejercitando su nueva musculatura. Tenía el poder de pedir y obtener los dos millones. Era una historia más del ego en Hollywood, solo que esta vez con asesinatos de por medio.
Pasé a una crónica publicada dos días después del atraco. Era un refrito de los artículos del primer día con la escasa nueva información de la investigación. No había detenciones ni sospechosos. La información nueva más notable era que la Warner Bros., el estudio que respaldaba la película, había retirado su financiación tras siete días de producción después de que la protagonista, Brenda Barstow, abandonara alegando motivos de seguridad. El artículo citaba fuentes anónimas de la producción que insinuaban que Barstow renunciaba al papel por otras razones, pero que utilizaba una cláusula de seguridad personal de su contrato para rescindirlo. Las otras razones que se apuntaban eran que se había dado cuenta de que la producción había quedado empañada y que la taquilla podría resentirse, así como su disconformidad con el guion final, que se había concluido después de que ella firmara contrato con la productora.
Al final, la crónica retomaba la cuestión de la investigación e informaba de que esta se había ampliado para abarcar el asesinato de Angella Benton y que la División de Robos y Homicidios se había hecho cargo del caso que inicialmente llevaba la División de Hollywood. Me fijé en un párrafo marcado con un círculo cerca de la parte inferior del recorte. Seguramente lo había marcado yo cuatro años antes:
Las fuentes confirman al Times que el envío del dinero robado en el atraco estaba asegurado y contenía billetes marcados. Los investigadores confían en que el seguimiento de los números de serie de los billetes podría proporcionar la mejor oportunidad de identificar y capturar a los sospechosos.
No recordaba haber señalado el párrafo cuatro años antes y me preguntaba por qué lo había hecho si cuando se publicó el artículo yo estaba apartado del caso. Supuse que en ese momento permanecía interesado, estuviera en el caso o no, y sentía curiosidad por saber si la fuente de la periodista le había dado información precisa o simplemente pretendía que los atracadores leyeran el artículo y se dejaran llevar por el pánico ante la posibilidad de que pudiera seguirse la pista del dinero. Tal vez eso haría que lo conservaran más tiempo e incrementaría las posibilidades de recuperarlo por completo.
Divagaciones. Ya no importaba. Doblé los recortes y los aparté. Pensé en la caravana en la que estaba cuando empezó todo. Los artículos de diario eran solo un borrador, tan distante como una vista aérea, como tratar de imaginar Vietnam en 1967 viendo las noticias de Walter Cronkite en la CBS. Los reportajes no transmitían la confusión, el olor de la sangre y el miedo, la abrasadora inyección de adrenalina vertiéndose en las venas como los paracaidistas que se deslizaban por las rampas de un C-130 sobre territorio hostil: «¡Vamos, vamos, vamos!». La caravana estaba aparcada en Selma. Yo estaba hablando con Haus, el director, acerca de Angella Benton. Buscaba algo a lo que agarrarme. Estaba obsesionado con sus manos y de repente en aquella caravana pensé que tal vez las manos habían formado parte de la representación de la escena del crimen. La representación de un director. Estaba presionando a Haus, arrinconándolo, tratando de averiguar qué había hecho la noche en cuestión.
Entonces alguien llamó a la puerta y todo cambió.
–Wolfgang –dijo un hombre tocado con una gorra de béisbol–, el furgón blindado está aquí con el dinero.
Miré a Haus.
–¿Qué dinero?
Instintivamente, supe lo que iba a suceder. Contemplo el recuerdo y lo veo todo a cámara lenta. Veo todos los movimientos, todos los detalles. Salí de la caravana del director y vi el furgón blindado rojo en medio de la calle, dos casas más allá. La puerta de atrás estaba abierta y un hombre de uniforme situado en el interior del vehículo les iba pasando las sacas a dos hombres que había en el suelo. Dos hombres de traje, uno mucho mayor que el otro, observaban desde cerca.
Cuando los portadores del dinero se volvieron hacia la casa, la puerta lateral de una furgoneta aparcada al otro lado de la calle se abrió y surgieron tres individuos con las caras cubiertas con pasamontañas. A través de la puerta abierta de la furgoneta vi a un cuarto hombre al volante. Mi mano buscó la pistola en la cartuchera de cintura que llevaba en el interior del abrigo, pero la dejé allí. La situación era demasiado arriesgada. Había demasiada gente alrededor en medio de un posible fuego cruzado. Dejé que las cosas sucedieran.
Los atracadores sorprendieron por detrás a los portadores del dinero y les arrebataron las sacas sin disparar un solo tiro. Entonces, cuando retrocedían por la calle hacia la furgoneta, sucedió lo inexplicable. El atracador que cubría el asalto, el que no llevaba saca, se detuvo, separó las piernas y levantó el arma que sostenía con las dos manos. No lo entendí. ¿Qué había visto? ¿Dónde estaba la amenaza? ¿Quién había hecho un movimiento? El tipo disparó y el más viejo de los dos hombres de traje, cuyas manos estaban levantadas y no representaban ninguna amenaza, cayó de espaldas en la calle.
En menos de un segundo se desató el tiroteo. El vigilante del furgón, los hombres de seguridad y los policías fuera de servicio situados en el césped de la entrada abrieron fuego. Yo saqué la pistola y corrí por el césped hacia la furgoneta.
–¡Al suelo! ¡Todo el mundo al suelo!
Mientras los miembros del equipo y los técnicos se arrojaban al asfalto en busca de protección, yo me acerqué más. Oí que alguien empezaba a gritar y el motor de la furgoneta que se ponía en marcha. El olor a pólvora quemada me irritó las fosas nasales. Cuando por fin dispuse de una posición desde donde disparar con seguridad, los atracadores ya estaban llegando a la furgoneta. Uno lanzó sus sacas a través de la puerta abierta y después se volvió sacando dos pistolas del cinturón.
No llegó a disparar. Yo abrí fuego y lo vi caer de espaldas en la furgoneta. Los otros se metieron en el interior tras él y la furgoneta arrancó, haciendo chirriar los neumáticos y todavía con la puerta lateral abierta por la que sobresalían los pies del herido. Observé cómo el vehículo doblaba la esquina y se dirigía hacia Sunset y la autovía. No tenía oportunidad de perseguirlos. Mi Crown Vic estaba aparcado a más de una manzana.
Abrí el teléfono móvil y llamé para que enviaran una ambulancia y el máximo de efectivos posibles. Les di la dirección por la que huía la furgoneta y les dije que fueran a la autovía.
Todo eso sucedió mientras el griterío de fondo no cesaba. Cerré el móvil y me acerqué al hombre que gritaba. Era el más joven de los dos de traje. Estaba de costado, sujetándose la cadera izquierda con la mano. La sangre se filtraba entre sus dedos. Su día y su traje se habían arruinado, pero supe que se salvaría.
–¡Me han dado! –gritaba mientras se retorcía–. ¡Joder, me han dado!
Salí de mi ensoñación y volví a la mesa del comedor justo cuando Art Pepper empezaba a tocar You’d Be So Nice to Come Home To, con Jack Sheldon a la trompeta. Tenía al menos dos o tres grabaciones de Pepper del estándar de Cole Porter. En todas ellas atacaba el tema con tanta fuerza que parecía que iba a arrancarse las tripas. No sabía tocar de otra manera y esa implacabilidad era lo que más me gustaba de él. Me halagaba pensar que compartía esa cualidad con Pepper.
Abrí mi libreta por una página en blanco y estaba a punto de escribir una nota sobre algo que había visto en mi rememoración del tiroteo cuando alguien llamó a la puerta.
Me levanté, recorrí el pasillo y acerqué el ojo a la mirilla. Entonces volví con rapidez al comedor y cogí un mantel del armario que había junto a la pared. Nunca lo había usado. Lo había comprado mi exmujer y lo había puesto en el armario para cuando recibiéramos gente en casa. Pero nunca recibíamos gente en casa. Ya no tenía mujer, pero el mantel me iba a servir. Volvieron a llamar a la puerta. Esta vez más fuerte. Terminé de cubrir las fotos y los documentos apresuradamente y volví a la puerta.
Kiz Rider estaba de espaldas a mí y mirando hacia la calle cuando abrí la puerta.
–Kiz, lo siento. Estaba en la terraza de atrás y no te he oído la primera vez que has llamado. Pasa.
Pasó por delante de mí y enfiló el corto pasillo hacia la sala y el comedor. Probablemente se fijó en que la puerta corredera de la terraza trasera estaba cerrada.
–Entonces, ¿cómo sabes que hubo una primera llamada? –preguntó mientras caminaba.
–Yo, eh..., bueno, el golpe era tan fuerte que quien estaba allí tenía...
–Vale, vale, Harry, ya lo he entendido.
No la había visto en casi ocho meses, desde mi fiesta de despedida, que ella había organizado en Musso’s alquilando todo el bar e invitando a todos los de la División de Hollywood.
Entró en el comedor y vi que se fijaba en el mantel arrugado. Estaba claro que estaba tapando algo e inmediatamente lamenté haberlo hecho.
Rider llevaba un traje de chaqueta gris marengo con la falda por debajo de la rodilla. El traje me sorprendió. Cuando trabajábamos juntos, llevaba tejanos negros y un blazer por encima de una blusa blanca el noventa por ciento del tiempo. Eso le daba libertad de movimientos y le permitía correr si era necesario. De traje tenía más aspecto de vicepresidenta de banco que de detective de homicidios.
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