Management del sentido común - Xavier Marcet - E-Book

Management del sentido común E-Book

Xavier Marcet

0,0

Beschreibung

El sentido común nace de nuestra capacidad de pensar, de observar, de acumular experiencias y de contrastarlas con datos. El management sin sentido común es simplemente una colección de tendencias y PowerPoint. Contrariamente, el management del sentido común es hacer las cosas con la autenticidad y la flexibilidad necesarias en las organizaciones, las cuales no son relojes, sino ecosistemas vivos. En este libro, Xavier Marcet nos da las claves para liderar con sentido común y, así, afrontar con éxito aquellos retos a los que toda empresa moderna debe enfrentarse. Sus reflexiones surgen del deseo de transformar las organizaciones, aportando nuevo valor a través del aprendizaje constante, la innovación y la creatividad, y sin descuidar el capital humano.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 162

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Management del sentido común

Para sofisticar sirve cualquiera

Xavier Marcet

Prólogo de Joan Plaza

Primera edición en esta colección: noviembre de 2024

© Xavier Marcet, 2024

© del prólogo, Joan Plaza, 2024

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2024

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-10243-80-4

Imagen de portada: Rafael Sanzio - Web Gallery of Art, Dominio público, https://es.wikipedia.org/wiki/Los_desposorios_de_la_Virgen#/media/Archivo:Raffaello_-_Spozalizio_-_Web_Gallery_of_Art.jpg

Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime, S.L.

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Al meu mestre i amic, Paco Solé Parellada

Índice

Prólogo,

de Joan Plaza

Pórtico

1.

Management

del sentido común

Management

del sentido común

Trabajadores del pensamiento

Crear, concretar, compartir

La gestión de uno mismo

Sembrar concentración

Con sentido

Sin pasión no pasa nada

2. Alcanzar la sencillez

Escalar la sencillez

Liderazgos sencillos

Disparar

powerpoints

a discreción

La fatiga del cambio

Pluscuamperfectos del

management

Construir legado

3. En serio

En serio

Diseñadores de excusas

El orgullo de tener sustitutos

Solidaridad directiva

Vaciar las agendas

A otro nivel

Cosas que aprendemos después

4. Por un

management

europeo

Una pizca de caos

Humanismo no es buenismo

Management

humanista, una nueva mirada

Epílogo.

100 frases y aforismos sobre

management

del sentido común

Anexo

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Índice

Notas

Colofón

Prólogo

¿Qué pinta un entrenador de baloncesto profesional en el prólogo de un libro enfocado sobre todo al mundo empresarial y colándose entre los privilegiados que lo hicieron anteriormente, como Henry Chesbrough (profesor universitario en Berkeley o ESADE), Manuel Cermerón (CEO de Agbar) o Francisco Alcaide (escritor y conferenciante)? Como es evidente, la respuesta la tiene Xavier Marcet, pero, en cualquier caso, es un honor aportar mi granito de arena a este legado en forma de libro, y deseo que tengáis la sana curiosidad de no saltaros este preámbulo antes de tiempo.

Seguro que alguna vez os ha sucedido que, al estar con personas que, sin ser ellas conscientes de ello, al hablar te atrapan, te transportan y conectan con tus pensamientos, cual piezas de un puzle que no lograbas encajar y de repente se ensamblan, querríais tener una libreta al lado para anotar muchos de los razonamientos que espontáneamente surgen de las entrañas de ese individuo que tenéis frente a vosotros. Si es así, me sacáis un peso de encima, pues eso me sucedió con Xavier, quien, sin querer sentar cátedra ni aleccionar a nadie, revistió la primera conversación que tuvimos (y también las siguientes) de un halo singular, con matices que yo, terrenal e imperfecto como la mayoría, no había alcanzado a plantearme, y lo tenía a mi alcance… sin saberlo.

Trabajar contento o hacerlo a disgusto, ¿somos conscientes de la diferencia que produce una u otra opción en el rendimiento? Hay quienes creerán que, por el simple hecho de tener un empleo, el trabajador ya debe entregarse al cien por cien y llegar al trabajo motivado de casa, o que no se puede incentivar sin cesar al trabajador con aumentos, bonus o días de vacaciones. Algo de razón hay en esas aseveraciones, pero, al fin y a la postre, todos, desde el fundador y las directivas hasta los comerciales a pie de calle, deberíamos estar interesados en sacar la empresa adelante, aunque cada uno, lógicamente, desde su rol. Para ello, son clave cosas tan sencillas como saberte el nombre y saludar agradecido por su labor a quien nos limpia el despacho a primerísima hora, cuando aún no hay nadie, y cuyo trabajo parece invisible, aunque ha debido levantarse a las cinco de la madrugada para coger un autobús y el metro para llegar; o tomarte un café un día con esa repartidora a quien a menudo le alteramos la ruta para que entregue un paquete fuera del horario previsto, o preguntarle a ese secretario fiel, prudente y discreto cómo les van los estudios a Lucía y Marc, sus hijos, a quienes adora en silencio. Estas acciones pueden multiplicar de un modo casi invisible el rendimiento de todos lo que contribuyen, de un modo u otro, a que la maquinaria esté bien engrasada, y para que así no quepa duda de que todos estamos comprometidos con un mismo fin.

Modestamente, creo que estamos frente a una etapa crucial, en la que estableceremos para las siguientes generaciones los parámetros que seguir durante algunas décadas. De modo que, si siempre es importante escuchar a personas con la experiencia de Xavier, en todos los campos, aún cobra mayor interés poner atención en lo que se refiere al mundo empresarial y, en este caso, a la metodología e implementación de las tecnologías digitales y, en especial, de la inteligencia artificial en nuestras compañías. Una vez más, la diferencia aquí la marcarán las personas, tanto en su control inicial como posteriormente, una vez que estas herramientas ya estén al alcance de todos, y, por tanto, esto determinará cómo se distinguirán unas sociedades de otras.

Al igual que en las empresas que encabezan el IBEX 35, en los últimos años, el big data ha irrumpido de forma tan aparatosa como interesante también en el área deportiva, lo cual requiere de un constante reajuste y reseteo respecto a lo que habíamos hecho hasta ahora, porque… ¿qué nos ha traído hasta aquí? La experiencia, la intuición, el sentido común, el estudio pormenorizado, etcétera, ¿y debemos renunciar a ello? En absoluto, como dice Xavier, a veces «menos es más», del mismo modo que «no todo lo pasado es necesariamente antiguo». Así pues, creo que en el justo equilibrio encontraremos ese camino, ruta o dirección que permita una evolución paulatina que nos lleve a consolidarnos y a competir por un crecimiento maduro en cualquier ámbito.

Como gestor de grupos humanos, debes rodearte de gente que te mejore, que te enriquezca en áreas en las que tú no te preparaste específicamente, en aspectos novedosos que puedan dotar los proyectos que tú lideras de una mayor eficacia. Por ello, esa bocanada de aire libre siempre debería ser bienvenida para todo aquel de mente abierta, que no requiera de una «pleitesía» constante hacia su persona ni ser cabeza de cartel, sino «simplemente» alguien que pretenda dejar un legado del que se beneficie la empresa que a él le ha tocado liderar en la actualidad.

Xavier reivindica preguntar y pedir opinión a personas de a pie, empleados, directivos y hasta a retirados, a quienes su erudición no los ha abandonado por el hecho de cumplir años, y lo hace en una etapa de la gestión humana en la que parece que, por el mero hecho de preguntar, eres más débil, estás menos preparado. Sin embargo, él y muchos otros sabios como él nos demuestran que ocurre todo lo contrario. Preguntar y saber escuchar nos mejora, nos enriquece, a la vez que estimula y empodera a nuestros interlocutores al hacerles partícipes de nuestro reto. Y, además, nos invita a hacerlo desde la generosidad de sabernos distintos los unos de los otros, siendo conscientes de que, en la diversidad de las culturas, las generaciones y, por tanto, de los conocimientos, está gran parte del enriquecimiento profesional y personal.

Estoy muy orgulloso de que muchos de los que fueron entrenadores ayudantes míos ocupen la plaza de entrenador jefe en España o en el extranjero. Yo tuve la fortuna de convivir con ellos durante años, y de esa relación salimos beneficiados ambos, por lo que el hecho de que ocupen cargos en la élite me genera una sensación de trabajo bien hecho.

Y lo mismo ocurre con los jugadores. Los orígenes de mi carrera se gestaron en el Joventut de Badalona, cuna del baloncesto español, europeo y diría, sin arrogancia, que mundial. Ahí se cultivó el detalle en todo el proceso de educación, hasta que, sin quererlo, nuestro ADN quedó impregnado de esa metodología. Luchar por los campeonatos y los títulos o los objetivos que establezca cada club es prioritario (lo demás sería una utopía), pero quienes me contratan saben que, en mi caso, mejoraré a los jugadores de los que dispondré, hasta el punto de que muchos de ellos volarán al poco tiempo de estar con mi staff y conmigo. Es una satisfacción ver cómo alcanzan niveles impensables en su juventud (la NBA, la Euroleague —la Champions en baloncesto—, la selección…), y está claro que el mérito es compartido con otros entrenadores que tuvieron antes y después que yo, y que, sobre todo, se debe a su perseverancia y buena educación para trabajar. Pero estoy muy orgulloso de que esas sean algunas partes de mi legado… ¿Les suena de algo esta música?

Nunca pretendí dejar un rastro tras de mí que no estuviera a mi alcance, pero sí procurar mejorar y dotar de mejores herramientas los lugares y personas por los que tenga la suerte de pasar y coincidir. Y, en línea con lo que Xavier expresa, y a pesar de que sea constatable un cambio de paradigma en las nuevas generaciones, en las que la amplia oferta de ocio está consiguiendo arrinconar una cultura del esfuerzo que requería de inversiones de trabajo a medio y largo plazo, además de montañas de fe y perseverancia en uno mismo y en aquello a lo que uno quisiera dejar huella, no podemos renunciar a influenciar a los entornos que nos rodean. Y debemos hacerlo de modo que consigamos contagiar sin aleccionar, a pequeña escala, a las personas con las que confluimos, no estrictamente en una clase magistral en el aula magna de la facultad, sino con todos aquellos con los que compartimos un café, con los que coincidimos en el AVE o simplemente en el ascensor. Así, esa semilla conseguirá germinar lenta, pero eficazmente, en conceptos, matices o hábitos que doten a nuestro interlocutor de mayores herramientas.

Deportivamente hablando, nuestra labor como entrenadores es sacar la mejor versión de cada uno de nuestros jugadores, para que de ello surja la consecución de un objetivo común, dejando a un lado nuestra egolatría por el bien de un equipo, de un ecosistema que favorezca el crecimiento colectivo, sin que ello impida el crecimiento personal de cada uno de los integrantes que componen el grupo.

Entre otros muchos aspectos, el autor nos habla de la pasión. Vengo de abajo y con una carrera que de manera gradual me ha permitido acceder a las cotas más altas de mi profesión, pero nunca me salté ni un solo paso y tan solo avancé tras consolidarlos uno a uno. En mí fue impregnándose la idea de la cooperatividad, desde un liderazgo tan firme como empático, en el que integrar y saber escuchar me ha mejorado desde que me convertí en head coach. Y, más allá de una perseverancia que me ha curtido y hecho madurar, son quienes me rodearon los que me mejoraron, y ahí la pasión tiene un papel fundamental. Hacer sentir a quienes te rodean que son singulares y que se necesita su implicación pasa por hacerlos sentir determinantes en el logro del objetivo, y, para ello, es fundamental hacerlos sentir también felices, productivos y privilegiados. Nunca, diría, los llamé a las cuatro de la madrugada con alguna ingeniosa o paranoica idea (como sí que hicieron, y lo agradezco, conmigo), pero, en caso de haberlo hecho, habrían cogido el teléfono y debatido, quizás hasta habrían venido a mi casa o mi despacho, o enviado alguna información que estimulara y potenciara aquella idea vespertina que yo hubiera compartido con ellos. A este tipo de compromiso por vocación y fe en lo que tengamos entre manos lo llamo yo pasión, con mesura, pero haciendo sentir a quien desvelaste a medianoche que claramente está involucrado en la consecución de un logro determinado.

De la lectura de este libro, como de los anteriores, se desprenden muchas ideas, pero una de ellas es su necesidad (como la de todo aquel que pretenda liderar, transmitir y dejar un legado tras de sí) de seguir aprendiendo, de seguir cultivándose y de coger detalles de personas reputadas en distintos campos y organizaciones, algunas muy alejadas de su propio mundo, que consoliden una idea en la que cree a pies juntillas. Pero también se muestra curioso e interesado en quienes, desde perfiles en las antípodas del campo empresarial, lo apuntalen y afiancen ese argumentario. Su deseo por seguir queriendo mejorar en plena madurez y poder, así, hacer llegar su mensaje lo hace navegar entre libros, manuales o tratados de todo tipo que dotan de color y matices comprensibles a todo aquel que se acerque a escucharlo o leerlo.

Pero ahora, como dice Xavier, «la clave está en el avión de vuelta». Ese que, de regreso a casa tras un viaje, una conferencia o una lectura, nos hace digerir la experiencia vivida y la adapta, la transforma o la desecha pensando en su ecosistema. Si es cierto que, como dijo Jim Rohn, nuestra personalidad se convierte al final, por mimetismo, en el porcentaje de las cinco (o diez) personas de las que nos rodeamos, es mejor tener a personas que nos enriquezcan en todos los ámbitos, como es el caso de Xavier y de quienes, como vosotros, lo envolvéis y compartís ideales, y es mejor alejarse de aquellos individuos tóxicos que nos restan energía o nos contagian de malas praxis.

Ahora, sin embargo, pasad y relajaos dejándoos envolver por un texto que tan solo pretende zarandear vuestras inquietudes entre reflexiones de alguien que solo busca sumar.

Joan Plaza

Entrenador de baloncesto en equipos de la ACB, la Euroleague y la FIBA

Pórtico

«Para progresar hay que poder afrontar los problemas y satisfacer las aspiraciones con sentido común».

José María Arizmendiarrieta

No les propongo un tratado filosófico sobre el sentido común. Mis estudios de filosofía quedaron muy atrás. Me interesa que nuestras empresas sean más consistentes, funcionen mejor y con más sentido. Y esto tiene que ver con que se produzcan con más sentido común y con más sencillez. Para sofisticar, sirve cualquiera, pero alcanzar la sencillez está en manos de pocos. Empresas más pegadas a la realidad de sus clientes sin multitud de escalafones para tomar decisiones simples. Empresas en las que la distancia el problema y la solución se reduce al mínimo. Empresas menos burocráticas. Empresas que sean un perímetro de confianza en un contexto de normas, y no un contexto de normas sin confianza ni flexibilidad. Empresas que usan intensamente las tecnologías que son necesarias, pero que no se lían con la tecnología. Por todo eso escribo de la sencillez y el sentido común. Para evitar organizaciones que se pierdan en sus propios vericuetos. Y el sentido común y la sencillez no la aportan las máquinas ni la inteligencia artificial. La aportamos las personas. El management tiene todo que ver con personas. El sentido común no tiene que ver con la facilidad. El sentido común tiene que ver con la sencillez. El sentido común no viene solo. Al sentido común se llega. Se parte del sentido primario. El sentido común es una construcción compartida. Me gusta una definición que, en un ensayo de 1964, del profesor Tierno Galván, cuando era catedrático en Salamanca, escribió en su ensayo Humanismo y Sociedad, habla de que «el sentido común se constituye por un proceso acumulativo que procede de experiencias cuya verificación parece razonable». No lo complicaría más. Y es desde este sentido común, desde donde se deben afrontar los básicos de una empresa. Sin entrar en matices, las cosas importantes en una empresa básicamente son:

Mantener una tesorería positiva que es como respirar.

Presentar más resultados que excusas.

Ser consistente, es decir, evolucionar con los clientes si es posible medio paso por delante.

Innovar, crear valor con nuevas soluciones.

Ser diferentes, huir de la «commoditizacion».

Ser eficientes, con un nivel de costes contenido que aspire a estar por debajo de la media del sector.

Tener una marca reconocida que sea espejo de autenticidad.

Tener liderazgos ambiciosos corporativamente y humildes personalmente.

Poner a las personas en el centro para crear un perímetro de aprendizaje, respeto y compromiso.

En síntesis, crecer haciendo crecer a los demás: a los clientes (nuestra razón de ser), a los colaboradores, que no son recursos, sino personas, a los accionistas que han puesto el riesgo, y a la sociedad porque como repetía Drucker, no hay empresas sanas en sociedades insanas. En los últimos veinte años he podido trabajar con más de quinientas empresas y he ayudado a crear o a liderar la creación de diez empresas. Sin embargo, no siempre he encontrado sentido común. Sé lo fácil que es sofisticar y perder el foco. He cometido este error. He vivido este management que se cree más importante si hace las cosas más complicadas. Siempre me acuerdo de aquella frase de Drucker que nos advertía de que la mayoría de las veces eso que llamamos management es hacer difícil que la gente haga su trabajo. El objetivo de este libro es que cuando la gente se ponga a definir su trabajo o el de su equipo aspire a que las cosas sean sencillas, que evite la tentación fácil de la sofisticación: menos es más la mayoría de las veces. Ni sofisticación, ni simplicidad (adherirse a lo fácil). He visto fracasar muchas innovaciones por intentar que las nuevas propuestas hagan muchas cosas nuevas, cuando en realidad solo necesitan hacer una que sea realmente mejor que lo precedente. He visto, planes y planes que con un esquema sencillo serían más claros y movilizadores que con tanta redundancia e indicador rutilante. He desconfiado de todos aquellos que creían que la organización era más importante que las personas. He leído muchos libros de management que con un diez por ciento menos de las páginas serían mejores que con ese exceso de verborrea para expertos. Detrás de la sofisticación lo que hay es miedo, inseguridad, curvas de aprendizaje por empezar, perfiles profesionales pusilánimes incapaces de enfrentar la complejidad sin incrementarla. Hay gente que pone el celo profesional en el lugar equivocado, hay personas que construyen énfasis inversos, subrayan lo banal, hay profesionales que descubren cada día verdades tan antiguas como el andar. En general creen que trabajar es sofisticar. Es al revés. La excelencia solamente llega culminando los trabajos con sencillez. Me inspira mucho Steve Jobs cuando insiste en uno de sus mantras: «Hace falta mucho trabajo para que algo resulte sencillo, para comprender la verdad de los desafíos latentes y obtener soluciones elegantes». En palabras de Jobs: «simple can be harder». Así de simple.

El libro que tienen entre las manos es fruto de varias razones. La más importante: la voluntad de contribuir a generar organizaciones que alcancen la sencillez en tiempos de complejidad, puesto que gestionar la complejidad sin incrementarla es un gran reto. La sencillez no es fácil. Al contrario, es el estadio más difícil en gestión. Es cuando lo muy difícil parece fácil. También está en la voluntad de este libro el rescatar algunos de los artículos que me parecen más consistentes de los que La Vanguardia