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¿Qué viene a decirnos un manifiesto socialista en momentos en que esa tradición está debilitada a escala global? Publicado en los Estados Unidos en 2019 y convertido rápidamente en un clásico en los círculos de la izquierda anglosajona, el Manifiesto Socialista es un llamado a pensar la política con nuevos ojos frente a un capitalismo cada vez más depredador. Su autor, editor de la prestigiosa revista Jacobin y exponente de la renovación del socialismo en su país, hace una apuesta doble: convencido de que la historia importa para dar sentido a las luchas actuales, presenta una síntesis de las contradicciones y los fracasos de las revoluciones comunistas y los proyectos reformistas del siglo XX. Y avanza con la propuesta de relanzar el socialismo en clave democrática, con políticas redistributivas, capacidad de organización desde abajo y confrontación inteligente –y tenaz– con las élites. Nacido en 1989, año en que cayó el socialismo real, Bhaskar Sunkara traza un balance desenfadado del gran relato del marxismo, como primer insumo crítico para construir una socialdemocracia revolucionaria que no se contente con ser el rostro amable del neoliberalismo. Libre de jerga academicista pero apoyado en una literatura sólida y actualizada, Sunkara narra la formación de los partidos obreros del siglo XIX y los logros de las luchas sindicales, el accidentado proceso soviético y los altibajos de la socialdemocracia europea, los avatares de la revolución china, las revueltas de los años sesenta y setenta y el repliegue defensivo de las izquierdas a partir de los ochenta. Por momentos, el relato se detiene para poner el foco en algunos de sus grandes protagonistas: Karl Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, León Trotski, Olof Palme y Mao Tse-tung, cuyas trayectorias se cuentan sin el peso de la descalificación moral y bajándolos a tierra, ahí donde tomaron decisiones y se equivocaron. El Manifiesto Socialista es, así, un recorrido histórico apasionante que acerca las luchas del pasado a las generaciones de millennials y centennials, pero también una revisión crítica, sin solemnidad y sin rigidez, de las promesas emancipadoras del siglo XX. Y sobre todo, una invitación a la construcción política, que tiene mucho que aportar a los progresismos latinoamericanos y al campo heterogéneo de las izquierdas.
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Seitenzahl: 495
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Índice
Cubierta
Índice
Portada
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Presentación. Una lectura desenfadada de la tradición para un programa político radical (Horacio Tarcus, Pablo Stefanoni)
Dedicatoria
Prólogo
1. Un día en la vida de un ciudadano socialista
Parte I
2. Sepultureros
3. El futuro que perdimos
4. Los pocos que ganaron
5. El dios que fracasó
6. La revolución del Tercer Mundo
7. El socialismo y los Estados Unidos
Parte II
8. El regreso del que manda
9. Cómo podemos ganar
10. No dejes de volar
Agradecimientos
Epílogo a la nueva edición
Bhaskar Sunkara
MANIFIESTO SOCIALISTA
Por una política radical para un mundo que se volvió invivible
Edición al cuidado deHoracio Tarcus y Pablo Stefanoni
Traducción deHoracio Pons
Sunkara, Bhaskar
Manifiesto Socialista / Bhaskar Sunkara.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 2020.
Libro digital, EPUB.- (Biblioteca del Pensamiento Socialista)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-801-036-6
1. Marxismo. 2. Izquierda Política. 3. Socialismo. I. Pons, Horacio, trad. II. Título.
CDD 320.5322
Título original: The Socialist Manifesto. The Case for Radical Politics in An Era of Extreme Inequality (Nueva York, Basic Books)
© 2019, Bhaskar Sunkara
© 2020, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de portada: Pablo Font
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: noviembre de 2020
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-036-6
Presentación
Una lectura desenfadada de la tradición para un programa político radical
Horacio Tarcus[*]
Pablo Stefanoni[**]
Bhaskar Sunkara nació en 1989, año en el que no solamente cayó el denominado “socialismo real” sino que, para el historiador británico Eric Hobsbawm, concluyó el siglo XX. Tal vez eso explique, en parte, el tipo de libro que los lectores tienen en sus manos. Libre de jerga academicista pero ajeno a una lógica antiintelectual, el propio título, que busca inscribirlo en un género ampliamente transitado por la izquierda –el de los manifiestos–, da cuenta de su objetivo principal: “contarles” a las nuevas generaciones qué fue el socialismo y, a partir de ello, trazar un camino para recuperar aspectos de la tradición socialista que permitan refundar el proyecto de modo creíble, factible y, al mismo tiempo, deseable.
La obra se abre con un capítulo en el que el autor, partiendo de su propia experiencia laboral y vital, la de sus vecinos y la de sus amigos, explica a un millennial, o quizá más precisamente a un centennial, los inconvenientes de la vida bajo el capitalismo y las ventajas del socialismo. Imagina incluso un escenario donde la estrella de rock Bruce Springsteen llega a la presidencia de los Estados Unidos al frente de un movimiento populista de izquierda.
Aunque con el correr de los capítulos la obra se vuelve más impersonal, hay en la escritura una marca generacional (e incluso momentos de honestidad brutal acerca del inventario que nos dejaron las viejas generaciones de socialistas). Esta sensibilidad resulta visible en las imágenes culturales que moviliza y en una forma de “contar” esa tradición que evita separar a los buenos de los malos, a los consecuentes de los renegados, a los moderados de los radicales, a partir de juzgamientos morales propios de las virulentas estrategias polémicas de antaño. Si hoy nadie puede creer que el viento de la historia sopla en sus velas, la frontera misma entre izquierdas revolucionarias y reformistas está lejos de ser infranqueable; así como Mayo de 1968 había erosionado la que separaba a los socialistas científicos de los utópicos (poniendo de manifiesto que buena parte de los anhelos de emancipación humana suspendidos o relegados por los primeros obligaba a volver sobre los remotos “utópicos”), el libro de Sunkara viene a mostrar cómo los proyectos revolucionarios ensayaron formas de lo más diversas de relación con el mercado, así como los reformismos experimentaron dentro del capitalismo variadas formas de planificación y control.
En este sentido, Sunkara busca capturar y articular de otro modo las tensiones entre reforma y revolución en un mundo en el que, sin perspectivas de revolución en el horizonte y con el reformismo social debilitado, ese clivaje resulta en gran medida fútil y a menudo sostenido más en identidades rígidas heredadas del pasado que en las dinámicas concretas de la lucha política contemporánea. El autor propone una serie de balances para explicar de modo persuasivo por qué fracasaron las revoluciones comunistas y por qué se empantanaron los proyectos reformistas. Ofrece una serie de frescos históricos de largo alcance sobre el accidentado proceso soviético, los altibajos de la socialdemocracia europea y los avatares de la Revolución China, narrados con desenfado pero apoyados en una literatura académica sólida y actualizada. Por momentos, el megarrelato histórico se suspende para poner el foco en algunos de sus grandes protagonistas: Karl Marx y Eduard Bernstein, Karl Kautsky y Lenin, Rosa Luxemburgo y Ramsay MacDonald, León Trotski y Léon Blum, Olof Palme y Mao Tse-tung.
Sunkara se niega a naturalizar la contraposición irreductible entre socialismo y comunismo, esforzándose en historizar la gran escisión de los años 1914-1917. Ni el reformismo socialdemócrata ni el comunismo revolucionario cumplieron por sí solos sus programas sociales. En ese sentido, la apuesta que atraviesa el libro por una suerte de “socialdemocracia revolucionaria” puede plantear interrogantes sobre su factibilidad –por qué el reformismo revolucionario debería funcionar hoy si no lo hizo en el pasado– pero sin duda habilita una forma novedosa de pensar la política radical. En efecto, poner a Lenin junto a Palme en un mismo panteón crítico es una muestra de desenfado generacional. Y peinar a contrapelo la historia del movimiento socialista, poniendo en evidencia sus fracasos y sus persistentes tradiciones autoritarias, para un proyecto programático con retazos del pasado releídos a la luz del presente, constituye una estrategia en sí misma renovadora. Estamos ante un balance poco convencional, una suerte de New Deal del socialismo, una propuesta de barajar y dar de nuevo pero con la convicción explícita de que “la historia importa”. Una invitación que permite reponer una serie de acontecimientos que parecían remotos respecto de nuestro presente, que hace subir a escena personajes ajenos a la sensibilidad de las nuevas generaciones, para las cuales Stalin suele ser a lo sumo una lejana pesadilla, Trotski el personaje de una novela del cubano Leonardo Padura, Mao una colorida serigrafía de Andy Warhol. Otros personajes que transitan el libro son figuras olvidadas de la cultura de izquierdas, o simplemente ilustres desconocidos, como el socialista ruso Julius Mártov o el socialdemócrata alemán Karl Kautsky. Desde que Trotski envió a los mencheviques al “basurero de la historia” y Lenin etiquetó a Kautsky con el apelativo de “renegado”, sus textos posteriores a 1917 han dejado de convertirse en objeto de polémica o siquiera de lectura en las propias izquierdas. Sunkara los resitúa en las tensiones del drama histórico, evitando las descalificaciones morales.
* * *
Pero, a la vez, el Manifiesto Socialista es un libro situado, tanto temporal como geográficamente. Es producto de la politización de una nueva camada de jóvenes en los Estados Unidos, para quienes la palabra “socialismo” se emancipó de sus connotaciones negativas de la Guerra Fría, cuando esa autoidentificación equivalía casi a ser considerado agente extranjero. El clima de época del libro es el de la emergencia del senador Bernie Sanders como exponente de una corriente “socialista democrática” que, alejada del testimonialismo de antaño, disputó en dos ocasiones, 2016 y 2020, la candidatura presidencial del Partido Demócrata, lo hizo girar a la izquierda y llevó al Congreso al “escuadrón” liderado por la joven parlamentaria Alexandria Ocasio-Cortez.
Al mismo tiempo, del otro lado del Atlántico, el veterano socialista Jeremy Corbyn llegaba al liderazgo del Partido Laborista aupado por jóvenes entusiastas que sacaron al partido de la “tercera vía” y recuperaron algunas de sus banderas históricas. Hasta tal punto el libro responde a este clima que la derrota de Sanders a manos de Joe Biden por la nominación demócrata y la de Corbyn en las elecciones generales frente a Boris Johnson obligaron a Sunkara a escribir un epílogo a esta nueva edición, en el que modula el optimismo aunque sin renunciar al proyecto de fondo. No deja de ser cierto que, incluso cargando con esas derrotas, ambos referentes dejaron en pie corrientes de izquierdas más fuertes y con capacidad de interlocución con públicos amplios. Sobre todo, dejaron algunos hitos en la batalla de las ideas. Este libro, ampliamente leído en el mundo anglosajón y traducido a varias lenguas, es uno de ellos.
Otro es el desarrollo de la experiencia de la revista Jacobin. Apenas veinteañero, Sunkara fundó Jacobin a fines de 2010, con una ambición que provenía de su adolescencia: instalar el socialismo en el centro del debate político nacional. La iniciativa no carecía de audacia: los Estados Unidos cuentan con una larga tradición de revistas socialistas, como Monthly Review o Dissent, para mencionar solo dos en un paisaje político-cultural densamente revisteril, a las cuales podríamos sumarles la histórica New Left Review del otro lado del Atlántico. La apuesta de contenido fue recuperar una perspectiva de clase frente al auge de las políticas de la identidad, apelando a un cierto universalismo y a los valores de la Ilustración pasados por el tamiz de una crítica radical que le permitió inscribirse en una tradición de pensamiento sin dejar de evidenciar sus aporías.
No casualmente, el logo de Jacobin es un jacobino negro de la Revolución Haitiana, el “hecho maldito” de la Francia revolucionaria que dejó en evidencia que la “igualdad, libertad y fraternidad” valían para la metrópolis pero no para las colonias. Con una estética innovadora, la revista logró ser tomada en serio por comentaristas políticos liberal e incluso conservadores, evitando el aislamiento o la guetización de este tipo de proyectos radicales. La irrupción de Sanders y el crecimiento de los Socialistas Democráticos de los Estados Unidos (DSA, por sus iniciales en inglés) la colocaron en un lugar inimaginable en el momento de su fundación.
Sin duda, la tradición socialista a escala global se encuentra debilitada –tanto por el fracaso del “socialismo real” como por el abandono socialdemócrata del reformismo social, para no hablar de los propios cambios en el capitalismo global y en la estructura de clases– y ningún libro va a resolver por sí solo los problemas de renovación teórica que enfrenta. Ni podría hacerlo por fuera de la experiencia viva de las luchas políticas y sociales. Los Estados Unidos mismos carecen, como apunta Sunkara, de toda una serie de condiciones que facilitaron la expansión del socialismo en Europa y por eso la emergencia de Sanders constituyó una suerte de atajo para conseguir un auditorio de masas. No obstante, la reconexión del socialismo con un proyecto democrático radical y la defensa de las conquistas de los Estados de bienestar en medio de la precarización actual son ya una buena noticia en un paisaje ideológico de izquierda a menudo desolado. Si, además, se trata de proyectar esos derechos sociales en un programa igualitario de más amplio alcance, la buena nueva es aún más apreciable.
Esto vuelve al Manifiesto Socialista una obra que puede ser leída con provecho por un progresismo latinoamericano que dejó atrás su momentum del “giro a la izquierda” continental y parece haber quedado sin una brújula para navegar en las convulsionadas aguas del mundo actual, cuando tiene pendiente además una reevaluación crítica de ese período pleno de claroscuros en sus diversas dimensiones.
Quizás uno de los grandes méritos del libro que hoy presentamos a los lectores de habla hispana es que escapa a las imágenes catastróficas que gran parte de las izquierdas proyectan sobre el presente: si estamos mejor que en el pasado en muchos aspectos de nuestras vidas –y Sunkara afirma que sí–, es en gran medida gracias a militantes socialistas y movimientos de trabajadores que en el curso de la historia lucharon para que la vida sea más vivible. En este sentido, hay muchas cosas para discutir de este libro, entre ellas tanto las presencias como las ausencias que pueden advertirse. Pero ahí reside sin duda su interés: en que invita, otra vez, a revisitar críticamente y sin solemnidades el socialismo como una de las grandes ideas emancipatorias de la humanidad en tiempos de incertidumbre sobre la propia supervivencia del planeta.
[*] Doctor en Historia por la Universidad de La Plata. Investigador y director del CeDInCI.
[**] Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Periodista, jefe de redacción de Nueva Sociedad.
Para mis hermanos y hermanas,
Jayaa, Priya, Sumant y Sunil
Prólogo
Es evidente que las cosas están cambiando. En mis años de secundaria, si decía que era socialista, me miraban como a un loco. Hoy, cuando digo que soy socialista, la gente se limita a asentir y sigue con lo suyo: nadie insinúa siquiera el mínimo rechazo.
En gran medida, descubrí el socialismo por casualidad. Mis padres emigraron hacia los Estados Unidos desde Trinidad y Tobago con sus cuatro hijos poco antes de mi nacimiento. Mi madre trabajaba de noche como vendedora telefónica y mucho después mi padre, un profesional desclasado, llegó a ser empleado público de la ciudad de Nueva York.
Después de vivir a los saltos algún tiempo, lograron alquilar vivienda en un suburbio donde el sistema escolar era bueno. Aunque no nadábamos en la abundancia, yo tenía lo suficiente: una casa decente, una gran educación, canchas de básquet y una biblioteca pública donde pasé gran parte de mi adolescencia. Mi vida era mucho más confortable que el mundo en que habían nacido mis padres, e incluso que el de mis hermanos mayores. Me quedaba claro por qué: sin lugar a dudas, por los incansables esfuerzos de mi familia, pero más aún por mi entorno cotidiano. Y ese entorno no habría sido posible sin el Estado.
En los Estados Unidos tenemos una democracia social, pero es decididamente excluyente y la financian impuestos regresivos a la propiedad (en el caso de mis padres, alquilar era en cierto modo una buena escapatoria: quedaban exentos). Aun a los 13 años, yo notaba que tener acceso a bienes públicos de calidad marcaba una diferencia, y me consideraba un liberal comprometido, en el mejor sentido estadounidense de la palabra.
Mi giro hacia el socialismo tal vez haya sido orgánico, pero, desde luego, no fue un despertar. Como más de un chico de clase media antes que yo, me encontré con el radicalismo gracias a los libros. Mi biblioteca local tenía montones de literatura socialista, en su mayor parte donada por “nacidos en cuna roja”[3] y asociaciones culturales judías. Por azar, un verano, después de terminar séptimo grado, tomé Mi vida de León Trotski, que no me gustó particularmente (sigue sin gustarme), pero me intrigó lo suficiente para seguir con las biografías de Trotski escritas por Isaac Deutscher, las obras de pensadores socialistas democráticos, entre ellos Michael Harrington y Ralph Miliband (y, con el tiempo, el mismísimo y misterioso Karl Marx).
Oigo a algunas personas decir que son de corazón socialista pero, a causa del pragmatismo que se adquiere con el tiempo, de mente liberal moderada. Yo podría haber sido lo contrario. Notaba la importancia de las reformas cotidianas y me beneficiaba con esas victorias; sin embargo, tenía el marxismo en la cabeza. Los atentados contra las Torres Gemelas y la posterior “guerra contra el terror” no hicieron más que fortalecer esas tendencias: como sucedió con muchas personas de mi generación, el movimiento antiguerra fue mi puerta de entrada a las protestas masivas.
El marxismo daba un marco de referencia para entender por qué las reformas obtenidas bajo el capitalismo eran tan difíciles de sostener y por qué había tanto padecimiento en sociedades donde primaba la abundancia. Con el tiempo, logré que mi corazón socialdemócrata y mi todavía incipiente razón marxista se combinasen en la política a la que hoy en día adhiero: un radicalismo que es consciente de la dificultad del cambio revolucionario y, al mismo tiempo, de lo profundas que pueden ser las ganancias de la reforma.
Lo que sigue es un libro que habría querido escribir a mis 68 años. Lo escribo con cuarenta años de anticipación, y quizá algún día quiera revisar gran parte de su contenido. Sin embargo, estoy seguro de que vivimos en un mundo marcado por una extrema desigualdad y un dolor y un sufrimiento innecesarios, también de que puede construirse uno mejor. Esa convicción no cambiará, a menos que el mundo lo haga, es decir, a menos que seamos capaces de cambiarlo.
Nuestra política actual no da ni el menor atisbo de aportar algo que pueda llamarse “futuro”. Según parece, la elección que se nos presenta es entre, por un lado, un neoliberalismo tecnocrático que adopta la retórica de la inclusión social pero no la igualdad y, por otro, un populismo de derecha que canaliza la ira en las peores direcciones. Ser socialista hoy es creer que más –y no menos– democracia contribuirá a resolver los males sociales, y creer en la capacidad de la gente común de dar forma a los sistemas que dan forma a su vida.
[3]Red diaper babies en el original: en la época del baby boom, hijos de padres afiliados al Partido Comunista de los Estados Unidos o simpatizantes de este. [N. de T.]
1. Un día en la vida de un ciudadano socialista
Escribo este libro en 2018, de modo que, si en un futuro tomas un ejemplar ya polvoriento, debes saber que en estos tiempos Jon Bon Jovi es el músico más popular y el niño mimado de la crítica. Sin perder eso de vista, intentemos un experimento mental.[4]
Digamos que eres un fanático de Bon Jovi (pero ¿tendrías motivos para no serlo?). Estás buscando trabajo y le escribes una carta, currículum adjunto, y él tiene la amabilidad de darte una referencia para trabajar en la empresa de salsa para pastas de su familia. Ahora bien, como ya sabrán los lectores contemporáneos, la salsa de tomate Bongiovi Brand tiene mucho prestigio entre los amantes de la pasta: está considerada la mejor en su ramo. Empiezas a trabajar en la fábrica, donde con gran orgullo envasas favoritos ítaloestadounidenses como la salsa “Classic Curry”.
Te pagan quince dólares por hora y trabajas de 9 a 17 todos los días. No es mucho, pero las cuentas se acumulan y también tienes que pagar tus pasatiempos más o menos extravagantes. Por supuesto, es mejor que estar desempleado y robar wifi de tu vecino Fred, un pediatra con dos divorcios a cuestas que lloró con el final de Un sueño posible.[5]
Pese a la incomparable calidad de su producto, Bongiovi sigue siendo una empresa pequeña. Pasas por un rápido entrenamiento para llenar y sellar de la manera más eficiente los frascos de salsa. El trabajo te mata de aburrimiento, pero fuera de eso las cosas marchan bien. Te encariñas con tus compañeros y haces amigos.
Tu desempeño mejora mes a mes. Tal vez parezca una tontería, pero tu trabajo te da orgullo. Crees en el “Classic Curry” y su capacidad de dar alegría y satisfacción a personas de todo el mundo. También te llevas muy bien con tus jefes: estamos en una fábrica de salsa de tomate, no en un taller clandestino a lo Dickens. Cuando pareces triste, tu supervisor te pregunta qué te pasa y trata de animarte. Cuando te equivocas, no te echan: te hacen una crítica amistosa. De vez en cuando, el señor Bongiovi incluso invita a sus empleados, después del trabajo, a ver un partido de béisbol de las ligas menores.
Al cumplir un año en la empresa, empiezas a hacer cuentas. Al principio llenabas cien frascos por día; ahora tu promedio ronda los ciento veinticinco. Lleno de orgullo, lo comentas con tus jefes. Ellos te dicen que son conscientes de lo bien que has trabajado y realmente aprecian tu desempeño. Incluso te han propuesto para ser El Empleado Del Mes. Les agradeces, pero sugieres que tal vez sería justo que te pagaran un 25% más para reflejar el incremento de tu productividad.
Tus gerentes lo piensan un rato y te recuerdan que la economía está en recesión y mucha gente busca trabajo. También invocan la declaración de objetivos fundamentales de la empresa, según la cual una salsa para pastas innovadora podría algún día cambiar el mundo. Bongiovi Brand no es un productor de comida: es una cultura, un ethos, un credo, un modo de vida.
Es difícil discutir todo eso, y estás dispuesto a tirar la toalla y arreglártelas sencillamente con tu paga actual. Pero, por suerte, tus jefes ponen fin a su perorata con una solución de compromiso: te pagarán diecisiete dólares la hora y, si tu ritmo de trabajo actual no flaquea, en el horizonte hay un ascenso con tu nombre.
La euforia te puede. Estás tan contento que tu compañera Debra te dice: “Pero ¡estás radiante!”. Le cuentas entonces que es porque acabas de conseguir un aumento a diecisiete dólares la hora. Durante un instante, Debra duda, pero después te felicita; sin embargo, algo raro queda flotando en el aire.
Más tarde, ese mismo día, al pasar por la sección de etiquetado, ves a Debra: llora. En Bongiovi, todos tienen los ojos un poco húmedos, siempre, por la enorme cantidad de curry que engullen las llamas de la fábrica, pero esto parece diferente.
–Eh, ¿por casualidad no habrás visto a Sandra Bullock descollar y desgarrarnos con su protagónico en un drama de fútbol americano, escrito y dirigido por John Lee Hancock?
–Sí, pero en realidad lloro porque llevo tres años trabajando aquí y solo gano trece dólares la hora.
Envasar la salsa no es más difícil que etiquetarla: la disparidad te escandaliza. Prometes que vas a hablar del tema con la gerencia.
Al día siguiente haces exactamente eso, y dices: “Vean, sé que por estos lares soy algo así como un favorito debido a mi personalidad, pero es realmente injusto que a Debra le paguen tanto menos que a mí por hacer en esencia el mismo trabajo”. Tus jefes te dicen que, en realidad, no eres uno de los favoritos: de hecho, todo el mundo cree que eres algo extraño. Y te explican que la diferencia salarial se basa en el hecho de que el puesto anterior de Debra significaba para ella siete dólares y medio la hora, y aquí empezó con once dólares: a todas luces, una gran mejora. Más aún, nunca pidió un aumento como tú.
Toda esta información parece exacta, de modo que sigues adelante y preguntas si ella también puede recibir un aumento. Tus gerentes dicen que les encantaría hacerlo, pero los tiempos son duros y, para ser sinceros, Debra no es tan productiva como algunos de sus compañeros. No pueden darle un aumento a todo el mundo. Te enteras de que en este tiempo un gran rival corporativo ganó bloques del mercado recortando costos laborales y bajando el precio de su salsa. “Lo máximo que podemos hacer por Debra es asegurarle que tiene empleo por varios años”.
No te parece que vayan a ceder. Dejas de lado el asunto y le dices a Debra que hiciste todo lo posible.
Pero lo sucedido con Debra se convierte en un catalizador del cambio en Bongiovi. Para empezar, los empleados se reúnen luego del trabajo para hablar de sus salarios y de las condiciones en que está la planta. Les importa la empresa, pero quieren recibir beneficios; por ejemplo, licencias pagas por enfermedad. La reunión se transforma en una bola de nieve y al final los trabajadores forman un sindicato.
El sindicato contribuye a mejorar las cosas por un tiempo, pero los años siguientes son duros para el mercado de salsa para pastas saborizada con curry. Los competidores con sede en la India –tierra de curry, tomates y mano de obra barata– están bien posicionados para cambiar drásticamente la industria. Hay rumores de venta de la empresa o de tercerización de los puestos de trabajo, mientras que la gerencia no abre la boca. Finalmente, el señor Bongiovi hace frente a las especulaciones: estamos comprometidos con el largo plazo, creemos en la salsa con que acompañamos nuestras pastas, pero, sobre todo, creemos en la gente.
Las cosas tendrían que cambiar para que Bongiovi Brand recupere su rentabilidad, pero el convenio colectivo con el sindicato limita las opciones del señor Bongiovi. Este quiere a sus empleados; de todos modos, a veces es necesario amputar una pierna para salvar una vida. Sin la libertad de dejar en la calle a los trabajadores sobrantes, a Bongiovi se le ocurre otro plan: consigue una línea de crédito de su hijo Jon y la usa para renovar la maquinaria de la fábrica.
En un primer momento, te alegra la transformación: envasar salsa es un trabajo duro, y el nuevo sistema será semiautomatizado. Si antes tu producción era de cien frascos por hora, te imaginas que ahora podrías hacer doscientos. Pero en vez de hacerte más fácil la vida, los cambios complican tu tarea. Tus jefes son tan amistosos como siempre; pese a todo, ellos mismos están sometidos a una tremenda presión. Dicen que todo el mundo debe producir doscientos cincuenta frascos por hora para que la salsa pueda tener un precio competitivo, y luego hablan de trescientos. La empresa incluso busca que dediques más tiempo a envasar la salsa: primero reducen el horario del almuerzo y luego extienden una hora la jornada laboral.
El sindicato hace naufragar esta última medida, pero los empleados quieren evitar conflictos y mostrar lo productivos que pueden ser los trabajadores estadounidenses. Más aún, los dirigentes gremiales harían una pésima figura si un taller cerrara apenas años después de organizado el sindicato: ¡imagina cuántos trabajadores de otras empresas perderían el entusiasmo por hacer lo mismo!
A fin de cuentas, te sientes indefenso. Aun antes de que se pusiera en marcha el régimen laboral más exigente, sentías que no tenías voz para aportar al buen manejo de las cosas y te enfermaba que todos los días te dijeran qué hacer. Sabes que la empresa está en una posición precaria, pero también sabes que quienes la dirigen ganan cincuenta veces más que tú. ¿Trabajan realmente cincuenta veces más? ¿No podrías descubrir el modo de hacer tú también su trabajo?
Al final del día estás física y emocionalmente exhausto y no puedes hacer fuera del trabajo las cosas que te encantaban: escribir, nadar, seguir buceando en las redes de tu vecino Fred y tomar préstamos a nombre de su gato. Piensas en renunciar pero, sin respaldo de familia o ahorros, es imposible.
¿Quién te puso en esta situación? ¿Jon Bon Jovi? ¿Esos indios que gustan del curry?
* * *
La respuesta no es quién, sino qué: el capitalismo. El capitalismo no es los productos de consumo que usas todos los días, más allá de que esas mercancías (toallitas húmedas, tabaco, pelucas) se producen en lugares de trabajo capitalistas. Tampoco es capitalismo el intercambio de bienes y servicios, mercado mediante. Hace miles de años que hay mercados, pero, como veremos, este sistema es relativamente nuevo.
Y el capitalismo es diferente porque, sencillamente, no decides si participar o no: tienes que tomar parte en él para sobrevivir. Tus ancestros eran campesinos, pero no eran menos codiciosos que tú. Tenían su pequeña parcela de tierra donde cultivaban lo más posible. Comían algo de lo producido y entregaban buena parte del resto a un señor local para evitar que los matara. Solían llevar al pueblo todo el excedente para venderlo en el mercado.[6]
Pero tú, proletario de la salsa envasada, enfrentas un escenario diferente. En tu perfil de Tinder estás a favor de los alimentos sustentables y procedentes de fuentes locales, aunque no tienes tierra a disposición. Solo dispones de tu aptitud de trabajar y varios objetos personales (que en un primer momento enumeraba con gran detalle aquí mismo y que mi editor suprimió).
Ahora bien, eso no es poco. Eres un estudiante superior al promedio, muy trabajador y capaz de pensar creativamente y resolver problemas. Pero esas destrezas no bastan: no te proveen de las cosas que necesitas para sobrevivir. En ese trance, entra en escena el señor Bongiovi.
Al ser dueño de un lugar de trabajo, un patrón tiene algo que cualquier empleado potencial necesita. Sin tierra para sembrar, tu fuerza de trabajo no va a producir por sí misma ninguna mercancía. De modo que te alquilas al señor Bongiovi, combinas tu trabajo con las herramientas que él tiene y los esfuerzos de las otras personas que ha contratado; a cambio. recibes un salario, que en realidad es solo una manera de conseguir los recursos que necesitas para sobrevivir.
Los desequilibrios de poder son obvios cuando firmas tu contrato de empleo. Si bien el señor Bongiovi necesita trabajadores, en tu caso, como empleado específico de la planta, te necesita menos de lo que tú necesitas dinero para las compras. Pero eso no significa que el acuerdo no redunde en beneficio mutuo. Es mejor ser explotado en una sociedad capitalista que estar sin trabajo y en la indigencia.[7]
Tienes permiso para hacer casi todo lo que quieras por la noche y durante los fines de semana. Por supuesto, no puedes violar la ley, pero vives en una democracia y puedes teóricamente influir en esas leyes. Sin embargo, cuando estás en la planta salsera, quedas sujeto a lo que dictaminen tus jefes. Que están limitados por regulaciones laborales estatales y federales e incluso por una convención colectiva gremial; aun así, la atmósfera es opresiva. La aguantas, en parte diciéndote que la reconciliación con la autoridad es un aspecto necesario de la adultez. Pero si tuvieras una alternativa razonable al sometimiento al poder de otro, ¿no la adoptarías?
En una época, tu primo Tito trabajaba en un local de Subway, pero luego, con sus ahorros, lanzó una revista de yoga nacionalista hindú. Está claro que algunas personas, por obra de la suerte o de su talento, se las arreglan para pasar de trabajadores a propietarios de pequeños negocios, que a su vez emplean a trabajadores. Sin embargo, no todos pueden tomar ese camino; si así fuera, ¡no quedaría nadie para contratar! Sin esa suerte o un fondo fiduciario en el que apoyarte, estás impedido de hacer otra cosa que subordinarte a capitalistas que tienen propiedad privada y pueden enriquecerse con tu trabajo.
Pero eso no significa que el dinero se haga literalmente con tu sudor. La ganancia no está garantizada, y el riesgo empresarial es una de las justificaciones de las ganancias capitalistas. La venta de la salsa cuyos frascos preparas tiene que rendir más que el costo directo de producirla, más cualquier otro gasto general. Pese a todo eso, si el señor Bongiovi quiere seguir siendo competitivo, tiene que invertir en nuevas tecnologías y reparar el deterioro causado por el uso de las máquinas existentes.
Bajo el feudalismo, está claro que un señor explota a un campesino, quien hace todo el trabajo. El capitalismo complica las cosas: los capitalistas contribuyen a la producción como directores y convocantes de la mano de obra y sus esfuerzos son necesarios para crear nuevos lugares de trabajo. Y, asunto crucial, los propios capitalistas son rehenes del mercado. El señor Bongiovi es un buen hombre y quiere pagar a sus trabajadores el doble de lo que ganan actualmente, pero sabe que los rivales serán más competitivos si sus costos laborales escalan al doble.
Cuando administra su empresa, toda la complejidad inherente al señor Bongiovi –su empatía, su gusto por el avistaje de aves, su buen humor– está necesariamente subordinada a la búsqueda de la ganancia. Pero entretanto se hace rico, así que no sientas pena por él.
Podemos aspirar a algo mejor que esta realidad capitalista en la cual estás empantanado.
* * *
Imagínate que no naciste en Edison, Nueva Jersey, sino en Malmö, Suecia. (Es una versión levemente idealizada de Suecia, una mezcla de lo que la socialdemocracia efectivamente realizó en ese país y lo que podría –e incluso debería– haber realizado). La comida no convence tanto como la de Nueva Jersey: más pescado en conserva, menos pizza. ABBA no es Bon Jovi. Tu vecino Frederick pasa mucho tiempo desnudo, pero por lo demás parece un buen tipo.
Cuando eras un bebé, tus padres pudieron tomar licencias pagas para cuidarte. De joven, tuviste acceso a una gran gama de servicios sociales eficaces: escuelas gratuitas, una gran atención de la salud, viviendas nada prohibitivas. Después de terminar la universidad, evalúas tus opciones. ¿Debo hacer un doctorado en historia del arte (es gratuito), solicitar un salario estatal para empezar a escribir la Gran Novela Sueca o simplemente buscar un trabajo que parezca interesante y ver qué pasa?
Tomas el diario Arbetet (en realidad, alguno de sus sucesores) y lees los clasificados. El desempleo es bajo y puedes elegir entre muchos trabajos bien pagos. Uno, en particular, te llama la atención. Una banda de death metal necesita a alguien que mantenga a sus integrantes plenamente provistos de armaduras con púas y cráneos de cabras para su próxima gira, además de manejar su cuenta de Twitter.
Tú eres realmente un talento en las redes sociales: de verdad, se te da bien. Como era de esperar, consigues el trabajo: veinte euros la hora, treinta y cinco horas por semana y seis semanas pagas de vacaciones. Empiezas a trabajar y compruebas que todo va sobre ruedas. Tus jefes están demasiado ocupados haciendo música para supervisarte mucho, así que tienes una gran autonomía. La venta online de entradas aumenta un 12% en tu primer año y recibes un lindo aumento, pero no estás verdaderamente feliz con el trabajo. Renuncias.
A diferencia de Nueva Jersey, Suecia tiene más esferas de la vida desmercantilizadas –es decir, al margen del mercado– y las disfruta como derechos sociales. Si bien estás sin trabajo, puedes contar con el subsidio de desempleo, participar en la vida civil y tomarte algún tiempo para evaluar cómo seguir; de no haber sido así, no habrías renunciado a tu empleo.
Con las prestaciones sociales suecas podrías seguir adelante por encima del nivel de subsistencia, pero necesitas un ingreso que te permita encarar la siguiente etapa de tu vida: tener una familia, un techo propio, etc. Con esa idea en mente, consigues empleo en Koenigsegg, un fabricante de autos deportivos de alta gama.
Pasados unos cuantos trimestres extremadamente exitosos, Koenigsegg decide expandirse hacia sectores más amplios, siempre dentro de su gama. Construye una nueva fábrica con un equipamiento de primera línea. La compañía cuenta con aventajar a sus dos principales rivales, Saab y Volvo, si logra funcionar con un plantel más reducido y capitalizar el reconocimiento de que disfruta la marca entre los entusiastas de los automóviles.
Como no eres de los que se inclinan por el trabajo físico, te postulas para un puesto de manejo de inventario. No ganas mucho más que los obreros de la cadena de montaje, que están incluidos en el mismo convenio colectivo de esa rama industrial. Pero te pagan treinta euros la hora, tienes muchas vacaciones y ya no necesitas escuchar grabaciones de temas satánicos. Es un buen trato.
En tu primer año, la empresa no es rentable, pero produce un bien considerado competidor del Volvo S60 y se espera que su participación en el mercado aumente. Tu ánimo claudica un poco. No te gustan tus gerentes y lo que percibes como una falta de libertad en el lugar de trabajo. Te pagan bien y tienes mucho tiempo libre. Pero pasar mil seiscientas horas por año mirando planillas de cálculo no es precisamente gratificante.
Al principio, los triunfos personales prevalecen sobre tu malestar profesional. Conoces a alguien con quien quieres pasar el resto de tu vida, y aunque eso de tener hijos no es para ti, ahora tienes otro motivo para esperar con impaciencia tus frecuentes vacaciones.
Sin embargo, una vez instalado en tu casa, tu trabajo empieza a ser más precario. A la empresa no le va bien: produce autos de calidad, pero no hay gran respuesta de los consumidores. El directorio invierte más dinero en mercadotecnia; al hacerlo, reduce los márgenes de ganancia a un nivel minúsculo. Mantenida con vida gracias a los sustanciosos ingresos obtenidos con los autos deportivos tradicionales de Koenigsegg, la marca decide seguir activa, en busca de abrirse camino con sus operaciones en el mercado masivo.
Te sientes aliviado, pero el convenio gremial que abarca a la mayoría del personal de tu lugar de trabajo está por vencer. El acuerdo no solo es válido para esa división o para Koenigsegg en su conjunto, sino para gran parte del sector automotor sueco. Si bien Koenigsegg enfrenta dificultades, a otros fabricantes les va bien, apuntalados por las ventas de exportación y las favorables condiciones del mercado.
La federación sindical nacional adopta una postura enérgica; sus demandas toman como base los salarios de un fabricante de autos más eficiente, Volvo. El principio de la federación es igual paga por igual trabajo. Saab y otras compañías aún más eficientes que Volvo no tienen dificultades para pagar los nuevos salarios y utilizan las ganancias restantes para expandirse; pero el incremento de los costos laborales presagia un desastre para Koenigsegg. Creías haber recibido un aumento; en cambio, no puedes dormir por la noche. A veces, lo que te mantiene despierto es la atronadora música electrónica de las fiestas de Frederick, pero más a menudo son tus propios miedos en relación con el futuro.
Esos miedos no tardan en ser una realidad. Koenigsegg decide interrumpir la producción del auto competidor del Volvo S60. La compañía sobrevive, pero no puede retener a todo el personal existente. Aunque generosa, tu indemnización solo alcanza para que te mantengas durante un año.
Si fueras un trabajador de cuello blanco de los Estados Unidos –ni hablemos de un humilde envasador de salsa aderezada con curry–, estarías en problemas. Al ser sueco, sin embargo, no resulta un traspié, y eso porque hay un generoso Estado de bienestar. Más importante que el seguro de desempleo, tus compañeros despedidos y tú reciben una nueva capacitación financiada por el Estado. Las empresas que sobrevivieron al aumento salarial están invirtiendo en tecnología de sustitución de puestos de trabajo, pero también están expandiéndose, lo cual significa que hay nuevas vacantes por ocupar.
¿Y ahora qué? Tal vez termines trabajando en Volvo, en un puesto incluso más alto. Eso no resuelve todos tus problemas; no estás contento con tu vida en todos los sentidos. Pero vives en el sistema social más humanitario jamás creado. Para una especie que pasaba la mayor parte de su existencia escondiéndose de los predadores en los árboles, o amuchándose en cavernas en busca de calor, podría irte peor que en una Suecia socialdemócrata solo parcialmente ficticia. Pero ¿hay otra alternativa, superior a tu idealizada socialdemocracia?
* * *
Alcanzado este punto, tienes que empezar a aguzar tu imaginación. Digamos que vuelves a ser un oriundo de Nueva Jersey que envasa salsa de tomate y que tu estado es el epicentro de una agitación política radical. Tus problemas no pueden resolverse mediante una acción exclusiva en la planta de Bongiovi, pero hay esperanzas de cambio por medio de un movimiento más amplio.
Esa lucha adquiere dimensiones nacionales con su retórica de democracia y equidad. Pronto, un nuevo movimiento populista de izquierda encabezado por otro rockstar, Bruce Springsteen, llega a la presidencia y obtiene la mayoría en el Congreso (Bon Jovi no se aparta de la música, porque tiene demasiado respeto por su oficio). Con la ayuda de un resurgimiento de las bases en el movimiento obrero, el presidente y el Congreso dan lugar al tipo de reformas de las que tu doble de Suecia ya disfruta. La salud y la educación se convierten en derechos sociales, y el cuidado infantil y la vivienda quedan al alcance de todos.
La socialdemocracia es tan buena que hasta Fred trabaja de buena gana en un hospital público. Pero no todo el mundo está satisfecho. Mucha gente se beneficiaba con el viejo sistema: la industria corporativa de la atención de la salud, por ejemplo, emprendió un vigoroso combate cuando se creó el Servicio Nacional de Salud de los Estados Unidos, y no cede en su intento de recobrar posiciones prestando servicios “personalizados” a pacientes externos. Además, la economía se sigue moviendo por obra de las empresas privadas. Los capitalistas se sienten molestos con los impuestos más altos que tienen que pagar, no quieren cumplir las nuevas regulaciones ambientales y odian negociar con trabajadores con más poder y más díscolos.
Cuando hay caídas en el ciclo económico, sobre todo, los capitalistas pueden plantear un argumento creíble a los votantes: la economía en su conjunto solo funciona si nosotros ganamos dinero, y solo podemos exponernos al riesgo de introducir nuevos productos y servicios en el mercado si hay una recompensa lo bastante grande para justificarlo. Más aún, los banqueros a quienes ustedes siguen atando las manos nos dan la financiación que necesitamos para que toda la maquinaria siga en marcha.
Por suerte, durante la mayor parte de la década siguiente, la nueva coalición política de la clase trabajadora –sindicatos, movimientos sociales feministas y antirracistas, activistas ambientales– adhiere a un programa político capaz de hacer retroceder a los capitalistas. Aun así, entre los partidarios del señor Springsteen hay divisiones. Algunos, como The Boss en persona, quieren preservar los beneficios ya conquistados por medio de concesiones tácticas a los capitalistas. Con la fijación de un nivel de referencia que proteja la rentabilidad, sostienen Springsteen y otros políticos de ideas afines, puede convencerse a un sector de la élite de que se beneficiará más si adhiere a la socialdemocracia estadounidense que si cierra sus instalaciones o se muda al extranjero. Otros son menos condescendientes pero, aunque llevan el sistema hasta sus límites, no lo creen superable. Se conforman con la cuota de socialismo que el capitalismo pueda aceptar, y por eso dan su apoyo a las cooperativas y contribuyen a ampliar el sector público para mitigar el poder de las grandes corporaciones. Por último, hay radicalizados que quieren romper por completo con el capitalismo y crear una sociedad aún más democrática e igualitaria.
Estas ideas y debates circulan sin descanso mientras las circunstancias brindan una oportunidad a los radicalizados. No solo una minoría considerable del país expresa con claridad su deseo de reformas más izquierdistas por razones ideológicas (la oposición a las jerarquías y la explotación, aun en un Estado moderado), sino que otros acuden en respaldo de los socialistas por razones prácticas. Tú estás entre estos últimos: crees que aun para preservar los beneficios ya conquistados hay que enfrentar sin rodeos la fuga de capitales y la persistente resistencia política de élites limitadas en número pero todavía poderosas.
Oleadas de huelgas que compiten en intensidad con los lockouts patronales estremecen el país. Los movimientos sociales hacen oír demandas de justicia e igualdad largo tiempo acalladas y personas antes completamente ajenas a la política salen a la calle. Hay tomas de fábricas y oficinas; además, trabajadores radicalizados llegan a secuestrar a sus patrones. Hasta Fred encuentra un grupo socialista dispuesto a aceptarlo (el Comité Internacional de Trabajadores por la Sexta Internacional, de seis integrantes). Organizaciones religiosas y otras preocupadas por la inestabilidad piden un retorno al imperio de la ley.
Pero, en definitiva, una coalición socialista tiene el mandato de cambiar la sociedad. Carece de un plan de acción preciso y deberá dar cabida a la improvisación y nuevas maneras de pensar. Sin embargo, tiene en su haber tanto las lecciones recientes de la gobernabilidad springteenista de izquierda como la experiencia a menudo trágica del socialismo en el poder durante el siglo XX. Por lo común, la historia no da segundas oportunidades, así que ¿qué haríamos en caso de tener una?
* * *
Durante años, antes de este momento, en el movimiento socialista estadounidense moderno –del cual ahora formas parte– hubo discusiones para discernir con exactitud a qué cosas del capitalismo nos oponemos y con qué otras podemos sobrellevar. El capitalismo es un sistema social basado sobre la propiedad privada de los medios de producción y sobre el trabajo asalariado. Depende de varios mercados: el de bienes y servicios, el mercado laboral y el mercado de capitales.
El ala izquierdista del movimiento springteenista se opone a la propiedad privada de la producción y al trabajo asalariado, debido al poder que estos otorgan a algunas personas sobre otras. Sus exponentes creen que la riqueza creada por la sociedad no debe ser expropiada por los privados. No resulta tan claro, en cambio, cuál es la postura del movimiento con respecto a los mercados.
Al margen de la teoría, el “libre mercado” no existe: el capitalismo exige una planificación tanto como un mercado regulado. Pero está abierta la cuestión de cuál es el papel que cada persona debe desempeñar bajo el socialismo. Tú pasas largas noches comiendo pizza hawaiana y discutiendo de esto con Fred. En su calidad de profesional que ve lo bien que funciona el sistema de atención de la salud administrado por el gobierno y como ávido fan de SimCity 2000,[8] Fred sostiene que es posible eliminar los mercados y reemplazarlos con una planificación central. En este sistema, planificadores regionales o nacionales deciden qué debe producir la economía y luego piden a las empresas que elaboren determinada cantidad de bienes. Las empresas tal vez pueden decidir cómo hacerlo, pero tienen que cumplir con sus cuotas.
Sacas a relucir el fracaso de ese sistema en la Unión Soviética. Pero Fred insiste: en este caso será diferente. A diferencia de la vieja URSS, la sociedad civil será libre y el plan podrá elaborarse democráticamente.
Te muestras escéptico, ya que sabes que en el pasado las economías planificadas iban de la mano con el autoritarismo y la corrupción. Más allá de eso, las perturbaban los problemas “informacionales”. Los países atrasados que apelaban a una economía dirigida eran capaces de industrializarse rápidamente. Pero con el tiempo surgían los problemas, ya que era necesario producir cada vez más bienes y todos estos requerían precios fijados por planificadores que no contaban con el tipo de feedback de los consumidores que proveen los mercados.
Estas economías planificadas tenían “pulgares fuertes, no dedos”:[9] eran muy buenas cuando había que llevar adelante tareas rutinarias como campañas de vacunación, educación del ciudadano o producción masiva de tanques, pero no podían adaptarse a las condiciones locales o los cambios inesperados.[10]
Considera un producto como el iPhone. Está compuesto por cientos de partes; cada una requiere decenas de materias primas, todas ellas recolectadas, producidas y transportadas por miles de personas. ¿Cómo coordinaríamos todo eso? Ahora multiplica este dilema por una combinación casi infinita de preferencias, bienes y servicios de consumo.[11]
–En el caso de los gerentes fabriles, ¿por qué no harían uso y abuso de las materias primas y, ante la incertidumbre, no pedirían más de lo que necesitan para la producción, tal como sucedió en el bloque del Este?
–¡Mira Walmart y Amazon! –contraataca Fred.
–Creí que “solo comprabas en negocios locales” –retrucas.
Pero lo que Fred dice tiene sentido. Si Walmart fuera un país, su PBI superaría el de toda Alemania Oriental en 1989; además, gran parte de su actividad es fruto de una planificación consciente, sin ineficiencias paralizantes.[12]
Tu escepticismo no cede, pero contestas que incluso si nuevas tecnologías resolvieran los problemas de cálculo, y planificadores y productores pudieran simular mercados y dar respuestas, seguiría habiendo problemas de incentivos. En una condición de relativa escasez y con robots todavía incapaces de hacer todo el trabajo por nosotros, ¿no nos vendría bien que las empresas ineficientes fracasaran? ¿No necesitaríamos, de algún modo, impulsarnos unos a otros a innovar y trabajar productivamente? Los mercados ya tienen respuestas a estas preguntas.
Sí, una junta de planificación democrática podría cerrar las peores empresas y dar beneficios a los trabajadores más eficientes, y todo esto con supervisión de la sociedad civil; pero este proceso parece vulnerable a los manejos del lobby político o algo peor. Desde tu perspectiva, en la versión idealizada que Fred tiene de la planificación central parece haber demasiadas cosas que dependen de que la población en general desarrolle una conciencia socialista.
Aun así, algunos socialistas debaten formas más democráticas, locales y no mercantilizadas de comunicar sus preferencias de consumo. Las juntas vecinales podrían exponer sus necesidades de productos y conciliar esas demandas con lo que los lugares democráticos de trabajo están dispuestos y son capaces de producir. Pero existe el riesgo de que esas juntas sean tediosas, el tipo de cosas de las que solo disfrutarían las personas a quienes les gustan las reuniones interminables. Y esto para no mencionar la complejidad de los intentos de negociar entre todas las partes en un sistema como ese.[13]
Tu debate con Fred se reproduce en la sociedad entera. Con fundamentos ideológicos, se establece por ley que los trabajadores deben controlar sus empresas y dejar de recibir un salario (aunque seguiría habiendo ingresos mínimos, sobre la base de la clasificación de la función), para en cambio ser verdaderos accionistas de ellas.[14]
Con eso se pone fin a dos tipos clave de mercados en el capitalismo: el mercado laboral tradicional y los mercados de capitales. Pero permanecen los mercados de bienes y servicios. Hay demasiados problemas informacionales para deshacerse de ellos. También las empresas tendrán que seguir compitiendo entre sí: las ineficientes desaparecerán (aunque el Estado de bienestar debería amortiguar la caída de los individuos que son accionistas de una firma, e incluso en mayor medida que en nuestra idealizada Suecia).[15]
Estas medidas provocan confusión cuando los capitalistas se dan cita en desesperados actos de resistencia. Pero en definitiva se nacionalizan los bancos y el Estado toma a su cargo todas las empresas privadas. Tú tienes una visión de primera mano de cómo se desarrollan las cosas en la planta salsera.
* * *
Tu lugar de trabajo ha sido más estable que la mayoría. Como ustedes tenían un sindicato, los salarios de la empresa ya eran más altos que el promedio de la industria antes del springteenismo, de modo que Bongiovi no tuvo tantos problemas con la nueva ley de salario mínimo nacional. El año pasado se perdieron solo tres días a causa de huelgas de los trabajadores, un milagro si se considera la conmoción reinante en otros lados.
Al principio, el sector cooperativo fue solo un competidor menor del sector capitalista privado. El Congreso sancionó leyes para socializar las empresas cerradas o las ya recuperadas por los trabajadores. Pero la medida política demostró ser popular y fue una manera de erosionar el poder de los capitalistas que todavía buscaban una marcha atrás de las reformas. Se amplió entonces a las empresas que empleaban a más de cincuenta trabajadores, incluida la de Bongiovi, que fue expropiada. Al igual que otros accionistas, Bongiovi recibió una compensación proporcional. En rigor, recibió más que otros, dado que acordó cooperar en la transición.
No es que el señor Bongiovi apoyara el proceso; simplemente se había resignado, agotado por años de intromisiones en sus derechos de propiedad. Con su indemnización, pudo retirarse cómodamente y reconciliarse con el nuevo orden. Otros capitalistas fueron más resistentes. Tenían libertad para organizarse en la sociedad civil, pero los socialdemócratas moderados constituían una oposición mucho más poderosa a los radicales que gobernaban. Una minúscula minoría de la élite, en la cual se contaba un excéntrico George W. Bush nieto, incluso hizo sinceramente suya la causa socialista.
Hoy es 1º de mayo de 2036 y a tu alrededor las cosas han ido modificándose lentamente de unos años a esta parte. Pero hoy todo cambiará de manera decisiva. Las últimas acciones de Bongiovi Brand pasarán a ser propiedad del Estado. Sin embargo, no tienes por qué preocuparte: no estás reemplazando un grupo de gerentes privados no elegidos con distantes burócratas gubernamentales. Ahora, tus compañeros y tú controlan colectivamente la empresa. Se asemejan más a ciudadanos de una comunidad que a propietarios. Solo tienen que pagar un impuesto a sus activos fijos (el edificio y la tierra en la cual se levanta, la maquinaria, etc.), ya que en sustancia la sociedad en conjunto les alquila la empresa. (Para preservar el valor del capital social que ustedes tienen a su cargo, se debe crear un fondo de amortización que cubra reparaciones y mejoras).[16]
Tus impuestos van a un fondo público, que invierte en nuevos emprendimientos. (Más adelante veremos esto en detalle). Pero el impuesto que pagas también resuelve el problema de diferentes procesos de producción que tienen correlaciones de capital y trabajo extremadamente diferentes. Si los trabajadores fueran sin más los propietarios colectivos del capital de sus empresas, los que estuvieran en industrias intensivas en capital tendrían muchas más ganancias que los pertenecientes a sectores intensivos en trabajo. El hecho de tener diferentes “rentas” impide que eso suceda. También tienes que pagar un impuesto progresivo a los ingresos, como hacías antes, sobre el dinero que te llevas a casa. Con él se financian los servicios sociales y otros gastos estatales.[17]
Al comenzar la jornada se convoca una asamblea, y todo el mundo mira de otra manera la fábrica deteriorada que llegaste a despreciar, pero que ahora es tuya y de tus colegas. La sensación de orgullo disminuye enseguida: comienzan las cuestiones prácticas.
Si bien la nueva ley afirma que todos deben participar en pie de igualdad en la dirección, esto se implementa de diferentes modos según las empresas. Como Bongiovi no es de las más pequeñas, en ella se ha aprobado un sistema representativo de gobierno. Los trabajadores de cada sección eligen delegados que integran un consejo obrero de representación proporcional. Este supervisa la totalidad de la actividad y designa la dirección, incluido un gerente general.
Tú mismo consigues que te elijan como miembro del consejo y, a la hora de decidir la nueva dirección, votas por una mezcla de fogueados gerentes medios y otros pertenecientes al sector de producción. La mayoría ya ha pasado por una capacitación, mientras que los demás han demostrado ser personas que aprenden rápido. Los elegidos tienen un mandato de tres años que puede extenderse, aunque se les exige pasar al menos dos semanas al año en el sector de producción.
Colectivamente, el consejo obrero también redacta un nuevo convenio de funcionamiento de la empresa y sugiere pagar diferenciales, sujetos a la aprobación de la totalidad del personal y a una revisión anual. En el nuevo sistema, los trabajadores no reciben un salario sino una participación en las ganancias. Sin embargo, se decide que deben recibir mayor compensación quienes ocupan puestos que implican más estrés, responsabilidad o formación. En el otro extremo del espectro, los trabajos que parecen indeseables se pagan lo suficiente para tener la garantía de que los realiza el personal adecuado. A continuación, un cuadro de compensaciones que tú contribuiste a elaborar:[18]
Educación requerida
Aptitud/ experiencia
Autoridad
Responsabilidad
Esfuerzo físico
Esfuerzo mental
Condiciones de trabajo
Total
Gerente general
100
170
150
200
10
100
10
740
Director técnico
130
140
140
160
10
90
10
680
Gerente de producción
90
130
100
100
10
90
30
550
Supervisor
80
100
50
50
10
40
40
360
Vendedor
100
100
0
50
10
50
10
320
Envasador
40
40
0
30
40
30
50
230
Guardia
20
10
0
10
50
10
100
200
Etiquetador
40
20
0
30
30
20
50
190
Parece un poco arbitrario, pero la escala se estableció luego de extensas discusiones y estudios. Junto con el convenio de funcionamiento, tiene que aprobarlo el 70% de los trabajadores. Antes del springteenismo, en el país la brecha promedio entre la compensación de un gerente general y la de los trabajadores era de 354 a 1; después, cayó a 89 a 1. En tu lugar de trabajo, el diferencial más extremo es hoy de 4 a 1. En otros lugares es similar.
El trabajo mejora, pero no da la sensación de que haya sucedido algo monumental. Te pagan más, tienes un poco más de voz y voto sobre lo que sucede en el trabajo, tu empleo es seguro, tus gerentes son receptivos, hay más compañerismo pero, aun así, al final del día lo único que todo el mundo quiere es irse.
No es porque las cosas estén mal en el trabajo, sino porque son mejores en el lugar adonde van: a hogares que ya no están desgarrados por las cargas financieras, donde los quehaceres se comparten de manera más equitativa (mejor pagas, las mujeres tienen el poder de negociar un pacto diferente con sus maridos), y a comunidades donde el entretenimiento, los deportes y el ocio están al alcance de todos. Es un mundo transformado, donde la vida no es perfecta, pero donde millones de personas tienen más tiempo libre y menos estrés.
Esta libertad recién descubierta proviene de una expansión de los servicios sociales y las garantías públicas. Bajo el capitalismo, los directivos de las empresas luchaban constantemente contra las reformas sociales. Pero ahora esas políticas están en armonía con los valores de empresas que, controladas por los trabajadores, son generadoras de riqueza.
Desde luego, así como todavía quedan muchos problemas sociales que es necesario enfrentar, en el trabajo sigue habiendo temas sin resolver. El tener una participación en las ganancias en vez de recibir un salario fijo motiva a la mayoría del personal de la empresa, pero algunos de tus colegas tienen dificultades. Kiran, uno de tus compañeros envasadores, llega tarde muy seguido y pasa por alto pedidos importantes.
Tú lo animas amablemente para que recupere el ritmo, pero lo que está en juego no parece muy grande. Kiran es una persona amistosa y, además, ¿cuánto daño puede hacer un solo trabajador? Sin embargo, la dirección toma nota de su comportamiento. Un día, Kiran recibe una advertencia por violación de las reglas de seguridad, motivada por su negligencia. Toma a mal que le digan cómo hacer su trabajo, del que sin lugar a dudas está cansándose. “El capitalismo es la explotación de la persona por la persona; el socialismo es exactamente lo opuesto”, se lamenta.
Es comprensible que esté harto de un trabajo que, sin importar el grado de control obrero, sigue siendo un trabajo. Pero la supervisora de la unidad, según su propio punto de vista, tiene el deber de asegurarse de que todo el mundo haga lo que le corresponde. Y a diferencia de lo que sucedía con los directivos cuando la planta era de propiedad privada, si alguien piensa que un supervisor está actuando de manera impropia o quiere que las cosas se manejen de otro modo, tiene recursos democráticos para hacer algo al respecto.
En este caso, Kiran está claramente en falta, y su conducta no se modifica. No se lo deshumaniza, sino que a grandes rasgos se lo trata como se lo trataría en una socialdemocracia altamente sindicalizada. Una sólida legislación estatal lo protege de la discriminación y un despido injusto. Tiene que pasar por un proceso disciplinario gradual: lo primero es una advertencia, con sugerencias concretas para mejorar; luego una suspensión con goce de sueldo y, por último, el despido con tres meses de indemnización.
La diferencia entre la Nueva Jersey de 2019 y la Nueva Jersey de 2036 salta a la vista con la mayor claridad cuando Kiran se va de Bongiovi. En el pasado, sin trabajo, habría estado desesperado, ya que toda su existencia dependía de convencer a un empleador de que le diera otra oportunidad. Ahora, puede arreglárselas con la asignación básica del Estado y complementarla con un empleo garantizado en el sector público, donde cumplirá tareas útiles para la sociedad. Tiene acceso a todas las necesidades esenciales de la vida, y cuando opta por ser peluquero, lo hace por decisión propia.
Una decisión real, no la alternativa entre “trabajar o morirse de hambre”. La gente no solo tiene voz y voto en su lugar de trabajo: tiene la libertad de marcharse. ¿Por qué no hay más gente que opte por salir del mercado laboral? La oportunidad de ganar más dinero, que podría permitir un acceso más fácil a los bienes de consumo o a viajes exóticos, tiene su importancia. Pero para otras personas la tarea que realizan es una verdadera fuente de orgullo y disfrutan al colaborar en el trabajo.
Entretanto, de vuelta en Bongiovi, te das cuenta de que la democracia en la planta es algo más que simbólica. En 2019, las tecnologías que ahorraban mano de obra hacían que todo el mundo trabajara más rápido. Hoy en día, cuando se introduce una nueva tecnología, tus compañeros de trabajo hacen un cálculo diferente. Si pueden producir un 20% más por empleado, ¿por qué no reducir la semana laboral a veintiocho horas? (Según establece la ley, la semana laboral no puede superar las treinta y cinco horas en ningún sector).[19]
Todavía hay competencia en el mercado y las empresas quiebran, pero el imperativo de crecer o morir no es válido cuanto el objetivo de tu empresa ya no es maximizar las ganancias totales sino, antes bien, maximizar la ganancia por trabajador. Y en vez de una carrera hacia el abismo, hay una presión para garantizar que las tareas de maestranza y otros “trabajos sucios” sean bien compensados. Con el tiempo, muchas de esas tareas estarán automatizadas. La gente temía que las máquinas provocaran un desempleo masivo; pero ahora tú, como la mayoría, esperas con impaciencia el impacto social de las innovaciones tecnológicas.[20]
* * *
