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Una maldición familiar generó el desfase de la magia. La guerra contra una oscura vampira se ha llevado bastantes vidas, donde algunos renacen como vampiros. Separarse de sus hijos es lo mejor que pueden hacer para mantenerlos lejos de esta disputa ancestral, la que, de igual forma, los perseguirá sin importar donde se encuentren. Luzbella, una joven huérfana que ha crecido en la casa de sus padrinos, terminará sumergida en la magia de la que su tío ha querido apartarla. Durante sus años de adolescencia conocerá a Enrique y se enamorarán, comenzando una tierna y especial historia de amor. Esta relación irá creciendo junto a sus convicciones, en un intento por mantenerse unidos pese a la adversidad que los ronda. Luzbella y Enrique viajarán por insondables caminos repletos de extraños sucesos que van ligados a esta sangrienta historia familiar, llena de magia y misterios, vampiros y demonios; donde seres sombríos están dispuestos a llevar a cabo sus macabros planes de venganza, sin importar el costo humano involucrado.
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Seitenzahl: 518
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Dairana U. Ciradel.
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-601-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Agradezco a Gabriel Aranda por su asesoramiento en la corrección de este manuscrito
y sus consejos para mejorarlo.
A Donnie por las bellas fotos en mi biografía.
A mi madre por apoyarme y creer en mí siempre.
Y a Andrea, por ser la primera en leer esta historia cuando aún estaba escrita en un cuaderno. A pesar de la distancia, espero que te encuentres bien y que tu vida sea muy prospera.
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Somos humanos y solemos tomar decisiones equivocadas
que repercuten en la vida de seres inocentes
causando más daño del que podemos remediar.
Las decisiones que tomamos pueden tener la mejor de nuestras intenciones.
Sin embargo, tal vez no causen el impacto positivo que esperábamos.
Ten siempre presente que toda acción tiene una consecuencia, en esta y en otras vidas.
Prólogo
Año 725; Era de Piscis, finales de la Edad de Plata.
Hace solo tres meses, Susana había dado a luz a su hijo número trece, este sería el último, sin duda, ella estaba segura de eso. Lo esperaba con ansias y cuando nació supo que su plan, por fin, podría ser concluido.
Entró en el cuarto matrimonial, percatándose de que el bebé dormía. Entonces, sacó un largo velo azul que pasó sobre su cabello, previamente recogido en un tomate, y tapó medio rostro con el nicab, mientras se miraba en el espejo. Sus ojos celestes y cabello casi rubio siempre habían causado desasosiego e intriga, hasta un poco de envidia, ya que las mujeres de su cultura poseían rasgos de origen indígena: pieles tostadas, cabellos negros o castaños oscuros. En cambio, ella era diferente: tez blanca, cabello dorado, contextura delgada y senos firmes y prominentes. Su figura era perfecta y deseable, según creía, aquello había sido el detonante de lo que le sucedió hace años, su culpa era ser diferente, pero ahora se aprovecharía de sus diferencias para terminar de una vez y para siempre con esa vida miserable que llevaba hace casi veintiún años.
Se dirigió a la cuna, donde su pequeño hijo dormía y lo levantó entre sus brazos, con una sonrisa perversa dibujada en su rostro.
—Nos vamos, pequeño engendro. —El niño bostezó entreabriendo sus ojos y mirándola con dulzura—. No lograrás nada con esa mirada, tus otros hermanos la han hecho sin conseguir que me encariñe de ellos, tú no serás la excepción.
Echó unas mantas sobre su hijo y salió de la casa. Se internó en el bosque, el cual conocía bien. Mientras caminaba, recordaba aquel oscuro y doloroso pasado que la había marcado, con el cual cargaba e intentaba sobrellevar solo para cumplir con sus más sombríos objetivos que, según pensaba, le darían la paz que tanto anhelaba.
Cuando se enteró de que estaba embarazada nuevamente, se alegró sobremanera, pero no era una felicidad sana, ni siquiera lo quería realmente, ni a los otros doce. Solo los cuidaba porque era su responsabilidad, responsabilidad impuesta por esa arcaica sociedad que la obligó a casarse con su violador.
Nadie pensó en cómo se sentía, ni en el miedo que le provocaba tal sentencia del jurado. Ella esperaba que sus padres intercedieran impidiendo ese matrimonio, pero ellos se mostraron sumamente complacidos con esa decisión, por lo que no tuvo más opción que aceptarla, a pesar de que pasó semanas encerrada en su cuarto llorando e intentó terminar con su vida tres veces, sin conseguirlo.
Después de casarse, decidió que ella viviría solo para ver a ese hombre hundido en el abismo más profundo. Sí, su vida se volcó hacia el camino de la venganza y por fin la tendría. Años esperando esta oportunidad, no la dejaría escapar, esta vez podría hacer justicia, la justicia que le habían negado hace más de veinte años atrás.
Al cabo de quince minutos llegó a su destino, tras abrirse paso por muchos arbustos y ramas caídas. Era un sector escarpado donde se encontraba una inmensa estrella de trece puntas dibujada sobre la tierra. Esta se veía imponente y diabólica.
Al tocar con el extremo de sus zapatos una de las puntas del gran astro, seis antorchas se encendieron a la vez, iluminando el lugar.
—Llegó la hora de cumplir tu destino, pequeña alimaña. —Miró a su hijo a los ojos, sonriéndole con malicia. Lo dejó en el lugar donde, segundos antes, ella pisaba—. ¡Hijos míos —gritó con voz imponente y profunda, muy segura de sí, mientras alzaba sus brazos hacia el cielo—, vengan con mami, los estoy esperando!
Una oleada de viento arremetió con fuerza, parecía que los árboles no lo resistirían. El cielo se oscureció cubriéndose con nubes grises.
Susana, mientras tanto, rellenaba con unos polvos blancos las grietas que le daban forma a la estrella. Cuando acabó con eso, sus hijos fueron apareciendo de a uno. Parecían hipnotizados, pues sus ojos estaban desorbitados.
La mujer, al verlos, miraba una punta del lucero y ellos se ubicaban en el lugar.
—Antes de comenzar, les diré que no tengo nada en vuestra contra. No tienen la culpa de haber nacido. Creo que no nacieron en la familia correcta, estas son cosas del destino. La vida es cruda y sin sentido. Lamento que ustedes sean los elegidos, pero ni modo. —Suspiró—. Sé que no me están escuchando, pero este discurso es necesario para mí. Pues falta su padre, aunque comenzaremos sin él.
Colocó sus manos sobre los hombros de su hijo mayor, Gahim.
—Me alegra que nos hayas visitado con tu familia, siento que esto termine así, no por ti, sino por tu familia, pero —cerró sus ojos y pronunció—: amrajim tuyam notlemon.—Un relámpago apareció cerca iluminando, por unos segundos, el rostro del joven—. Most beatus ram.
Un tronar de huesos retumbó y Gahim cayó arrodillado, pero manteniendo su espalda erguida, Susana sonrió y continuó con Bana, su segunda hija.
—Preciosa, tú sacaste mis encantos. Lástima, nadie los disfrutará y nunca les sacaste provecho. —Colocó sus palmas sobre los hombros de la chica—. Rosp ruor mastic ball tronar. —El cuerpo de la muchacha se inclinó hacia delante y su espalda se deformó quedando tan puntiaguda como la punta de un triángulo—: Vostar mir.—Banacayó de bruces, chocando fuertemente su frente contra el suelo y salpicando sangre a su alrededor—. Resp run cal mir —apuntó con su índice al siguiente y este cayó despatarrado al piso—. Cost mal rip allar —pronunció mientras caminaba en dirección a su cuarta hija—: Rasp allar lun ball.—Los brazos de la chica giraron en trescientos sesenta grados quebrándosele sus huesos por completo—. Rap alap rump sssiiiip. —Ella y la chica a su lado cayeron sobre sus rodillas—. Crummulo atar eter ramp yurt siiiir rusp acatar milk rust racatal amp.—Otros dos muchachos apoyaron sus rodillas en la dura y fría tierra impactando sus frentes contra ella y quedando con sus espaldas partidas a la mitad, por lo que sus cuerpos formaban un perfecto triángulo, mientras su líquido vital se deslizaba por el suelo—. Acazio richort roper tak siiip yu.
Otro relámpago acompañado de un trueno iluminó los rostros de tres chicas, a estas se les salieron las costillas de su lugar tensando sus vientres con las puntas de aquellos huesos astillados, obligándolas a caer hacia atrás, quedando en la posición de un perfecto triángulo rectángulo.
—Ripchips laskar rum lark zaaasssp.—Un niño, de unos nueve años, abrió su boca al máximo y se llevó las manos al cuello—. Losco rap arrar lissss.—El chico comenzó a asfixiarse con su lengua—. Ritchi last.
Susana estaba un poco molesta porque se demoraba en perder el conocimiento, así que alzó su palma derecha y la movió como si estuviera limpiando un vidrio con un paño, entonces el muchacho volvió a respirar
—Serás uno de los otros, acaaaar.—Cayó sobre sus rodillas, acto seguido, los huesos de sus piernas se hicieron polvo—: Crak ajar.
Se colocó tras dos de sus hijos, con sus manos en uno de los hombros de cada uno y prosiguió:
—Rash rump look more risp lastik mool, acazio cavenz. —La chica fue la primera en caer arrodillada—. Luyp wik. —Los huesos de su penúltimo hijo se desintegraron, quedando solo una masa de carne y ropas sobre el piso.
Susana caminó lentamente hacia el bultito, del cual salían unas manitas pequeñas que jugueteaban entre sí, aplaudiendo.
—¿A qué juegas? —preguntó sonriéndole desde arriba—: Ahora viene tu turno. —Sacó una navaja—. ¿Quieres jugar con ella?
El bebé, feliz y sonriente, alzaba sus manos, la mujer le entregó el arma desde el filo, por lo que, al instante, se hizo heridas en sus palmas y comenzó a llorar escandalosamente.
—Ay, te heriste, qué pena. —Lo volteó haciendo que sus manos ensangrentadas ensuciaran la punta de esa estrella dibujada sobre el suelo—. ¡Deja de llorar! ¡Yaaaaa, cállate! —El niño lloraba incesante—. ¡Me tienen harta tus lamentos, no sabes otra cosa que llorar, al igual que tus hermanos cuando tenían tu edad, patéticos! Pensar que a mis quince años tuve que cuidar de Gahim y soportar los abusos de tu padre, pero eso se acaba hoy.
Levantó la daga y se la hundió en la espalda, el bebé, al instante, dejó de llorar y la sangre chorreó hasta traspasar las marcas blancas del astro dibujado en la tierra. Retiró el cuchillo y procedió a cortarles el cuello al niño y a la niña que permanecían arrodillados a su lado, estos cayeron sin vida manchando de rojo el interior de la estrella. Prosiguió degollando a sus otros hijos hasta concluir con Gahim.
— Capítulo 1 —Batalla perdida
Marzo de 1820, Era de Piscis, comienzos de la Edad de Bronce.
A la luz del crepúsculo, un grupo de veinte féminas aparecieron en la linde de un bosque con el objetivo de reconocer el lugar antes de iniciar con la redada programada por su comandante. Mientras se separaban en grupos de dos personas internándose entre la vegetación trotando, dos mujeres, cubiertas por un ajustado traje de dos piezas de color verde oscuro, se detuvieron entre unas araucarias, justo cuando el viento agitaba unas ramas haciéndoles prestar atención a aquel movimiento. Tras un suspiro de alivio de la señora más alta, cuyo cabello era de un rubio casi blanco, el comunicador que mantenía ajustado bajo su hombro izquierdo sonó escuchándose una voz femenina pidiendo instrucciones.
—¡Vamos, a desplegarse! —ordenó la señora rubia, quien estaba al mando de la operación, tocando el botón del transmisor—.¡Vamos! ¡Apresúrense! ¡Todas a sus puestos!
—Epitafia —le habló una mujer de candentes y carnosos labios rojos, ojos color miel y cabello castaño ceniza recogido en un tomate—. Sinceramente, siento que esto será una masacre en nuestra contra.
—Alma. —Volteó, colocando una mano sobre el hombro izquierdo de su interlocutora—. Es por el bien de nuestra familia.
—Pero para esto debimos pedir ayuda a los de la Estrella.
—Sabes perfectamente que no trabajamos con traidores.
—Pero ellos…
—Las normas de nuestra institución, y de todo el mundo esotérico, son claras. Eso lo tienes más que estudiado.
—Pero este despliegue no nos corresponde a nosotros como CPCE, quizás a la GUINDILLA le competería este caso.
—Sabes perfectamente que es personal, es algo que como familia debemos resolver.
—¡Pero tenemos hijas! —le recordó Alma—. Tú tienes a Esmeralis y yo a Luzbella…
—Mientras ella siga libre, nuestras familias estarán en grave peligro, y lo sabes.
—Todo listo. —Se escuchó la voz de otra mujer a través de un artefacto que permanecía fijo en el hombro derecho de Epitafia—. Esperando instrucciones.
—Enterado —contestó—. Todas, colóquense el fono y desactiven el Toc.
—Estás arriesgando a gente que nada tiene que ver con nuestra maldición al usar contingente de una institución gubernamental. Si algo sale mal, serás destituida o, peor, te desterrarán.
—Eso no sucederá, Alma. —Le sonrió carismática—. Tengo mis influencias.
—Código rojo. —Escucharon un susurro en el oído.
—Ha llegado —murmuró escondiéndose tras unos arbustos, seguida de su acompañante—. Ahí estás —gruñó Epitafia entre dientes.
Una mujer de cabello negro, sumamente descuidado, de tez morena, delgada, cubierta por un vestido largo de color marrón, un tanto deshilachado al final de la falda, aparecía ante sus ojos a una distancia considerable.
—Maldita, muestra tu verdadero rostro.
La apuntó con sus dedos: índice y medio, levantando el pulgar hacia arriba. De ellos salió una luz blanca que le pegó a la recién llegada en pleno pecho. Levantándola unos centímetros del suelo por unos segundos, hasta que, al caer, su aspecto cambió al de una joven rubia y de tez blanca.
—¡Ataquen, ahora! —ordenó Epitafia.
En ese instante, miles de luces comenzaron a salir de distintos puntos del bosque en dirección a la joven rubia, la cual se limitó a recibir aquellos hechizos, moviéndose de un lado al otro sobre el suelo.
—Esto no está bien —repuso Alma—. No puede ser tan fácil.
—Está desprevenida.
—No.
Alma recordó su sueño premonitorio en el que todas debían huir y muchas morían entre los colmillos de vampiros que caían sobre ellas.
—¡Pero mírala! —Reía divertida, apuntando hacia la rubia caída—. Si no puede defenderse. —Tocó el artefacto que tenía en su oreja derecha y ordenó—: Captúrenla, ahora.
Las luces se oscurecieron envolviendo a la mujer en una bola de energía negra y cuando esta se disipó, estaba totalmente inmovilizada, con sus brazos extendidos hacia su espalda y arrodillada sobre el suelo.
—¡Vamos!
Epitafia se trasladó reapareciendo junto a la prisionera.
—¿Qué tal, Portadora del Conocimiento? —se burló—. ¿No que eras tan poderosa? ¿Cómo no pudiste contra nosotras?
La aludida sonrió y su rostro se ensombreció en una mueca maléfica. Sus ojos azules cambiaron a un rojo intenso. Acto seguido, pegó una sonora carcajada que retumbó en el bosque, provocando que a todas se les erizara la piel.
—No sabes con quién te metes, Epitafia.
—Pues no sabes con quién te metes tú ahora.
—Por supuesto que lo sé —pronunció sin dejar de sonreír—. Toda tu casta está maldita, maldita por mí. Dime: ¿qué piensas hacerme si sabes que soy inmortal?
—Una tortura eterna no te vendría mal.
La capturada pegó otra carcajada.
—¿De qué te ríes?
—De lo estúpida que eres al pensar que puedes contra mí.
—Pues estás sometida.
—No por mucho.
—No seas ridícula. —Tocó el artefacto ubicado en su oreja—. Todo listo.
—Y, además, crees que vine sola.
Epitafia escuchó cómo su equipo se desplegaba, a la vez que comenzaban a verse miles de luces en distintas direcciones. Pronto, por el fono y por el Toc, escucharon muchos llamados de auxilio de sus subordinadas.
Al voltear, vio que el artefacto en que estaba inmovilizada la prisionera se resquebrajaba y, antes de que pudiera reaccionar, una luz que salía de aquellas grietas la tiró lejos producto de una onda expansiva.
—¡Epitafia! ¿Dónde estás? —pronunciaba la mujer con voz infantil—. No te escondas, ven aquí, pequeña.
La aludida salió de entre unas matas sumamente enojada. Lanzándole estacas sin control.
Mientras la otra reía divertida, esquivándolas con soltura.
—Te gusta jugar, pequeña —siseó, con voz infantil—. ¿Podrías darme tu mejor tiro? ¡Ops! —Esquivó un chorro de verbena—. Mm…. Veo que no tienes nada mejor, es una lástima. Ahora es mi turno.
Alzó sus brazos con sus palmas extendidas hacia el cielo y ante ellas arremetió un viento huracanado seguido de un relámpago.
—Por mi parte no habrá más juegos. —Esa afirmación sonó terriblemente amenazante—. Prepárate para tu fin.
Golpeó el suelo con su puño y la tierra comenzó a moverse, haciendo que algunos árboles se salieran de raíz, cayendo a su alrededor.
Epitafia había comenzado a retroceder debido a que el suelo se agrietaba, por ello, no pudo percatarse de que las ramas de unos árboles cercanos se movían intentando alcanzarla. Estas consiguieron su objetivo y en pocos segundos la tenían fuertemente atada de pies y manos.
La rubia sonrió y su aspecto cambió a aquel con que había sido vista por primera vez en ese lugar.
—Eres muy ingenua —dijo mientras se acercaba con el sigilo propio de un depredador antes de tirarse sobre su presa—. Ahora tendrás el mismo fin horrible que todas las de tu casta han tenido cuando se enfrentaron a mí.
En ese momento un fuerte viento lanzó a la morena un trecho, hasta que su espalda chocó con el tronco de un árbol y este la aprisionó entre sus ramas.
—Eso no sucederá hoy, Susana —le gritó Alma, apareciendo de entre unos arbustos—. Hoy tu reinado de maldad se acabará.
—Descendiente de Carlos Castilla. —La prisionera pegó una sonora carcajada—. No me esperaba menos de ti, usando a los Elementarios contra mí, ¿qué diría tu bisabuelo?
Alma crispó los dedos de su mano derecha y de la boca de Susana comenzó a salir sangre. Pero antes de que pudiera continuar atacándola, un puntazo en su cabeza, junto a un mareo repentino le hizo perder el contacto visual y caer de rodillas al piso exhausta.
Esto aprovechó Susana para volver al piso.
—¿Sabes, querida? —dijo levantando a su atacante del cabello—. Esta vez te daré ventaja, solo porque me caíste bien y tienes talento.
La empujó, haciendo que resbalara por el suelo un trecho. Alma, al levantar la mirada, vio a la mujer amenazándola con sus colmillos, su rostro estaba desfigurado en una mueca macabra y bajo sus ojos se le marcaban unas negras venas que le daban un toque espectral.
—Corre por tu vida —susurró sin dejar de mostrar sus colmillos—. Sé que estás agotada y no podrás usar tu magia sin esto. —Mostró una varita—. Ahora, corre, antes de que me arrepienta de darte esta oportunidad.
Alma miró a Epitafia, quien aún permanecía atada, esta le movió su cabeza de forma afirmativa.
—¡Alma! —le gritó desde las alturas—. ¡Huye!
Entonces se paró y echó a correr por las sendas del bosque. No podía creer que teniendo el poder para desatar a su prima, no lo hizo, ¿cómo lo olvidó? Si lo hubiese hecho, podrían haber luchado juntas, pero sus ansias de poder le cegaron haciéndole creer que ella sola podía enfrentarse a Susana. Gran error.
Mientras corría, se encontraba con los cuerpos inertes, tirados sobre el suelo, de sus colegas. Sabía que esto ocurriría, se lo dijo a Epitafia, le contó su premonición, pero ella, obstinada, no la escuchó y ahora pagaban por su tozudez.
Pronto, escuchó una risa infantil que salía de entre los árboles, sintió que la observaban y perseguían, pero no lograba ver a nadie.
En ese instante, su adrenalina estaba al máximo y pudo sentir el cosquilleo de la magia subiendo por su columna vertebral, hasta llegar a la punta de los dedos de sus manos. Justo en ese momento, Susana le cayó encima, hundiéndole sus colmillos en el lado izquierdo de su cuello, sintiendo una succión, seguida de un dolor intenso y quemante en todo su cuerpo.
«No te resistas —escuchó en su mente—, solo así dejará de doler».
Alma pegó un grito desgarrador y su atacante salió disparada en dirección opuesta con una estaca clavada en su pecho.
Ella se levantó, tocándose el lado herido con la palma de su mano derecha.
—¡No te lo permitiré! —chilló enojada.
—¿Y qué harás? —Susana se levantaba con la estaca aún clavada en su pecho—. ¡Invocar nuevamente a los Elementarios! —Rio, alzando sus brazos—. No me hagas reír, ambas sabemos que eso te debilita.
—¡Ah!
Alma dio un paso al frente, apoyando su peso en la pierna que dejó atrás y extendió ambos brazos con sus palmas abiertas. Haciendo que la vampira quedara en medio de un remolino de tierra.
«No me hagas reír —escuchó en su mente—, esto es una cosquilla para mí».
El viento se disipó y la vampira no estaba por ningún lado.
De pronto, percibió unos brazos que la sostenían con fuerza desde atrás, seguido de una mano tapándole su boca, junto a algo dulce y quemante bajando por su garganta.
—No más juegos, Almita, querida.
Dicho esto, le dobló el cuello, dejando caer su cuerpo sobre el piso.
—Ar, llévatela —le ordenó a uno de sus secuaces vampiros. El cual acababa de descender a su lado.
— Capítulo 2 —Corazón herido en reconstrucción
Una niña de cabello castaño rizado, tez blanca y ojos azules se levantaba de su cama y, sosteniendo un oso de peluche en una de sus manos, salía de su habitación, caminando por un largo pasillo hasta llegar al comedor de la casa, en donde se encontraba un hombre sentado en una silla sosteniendo su cabeza con ambas manos, mientras se balanceaba sobre sí mismo.
—Déjame en paz, déjame en paz —repetía en un susurro—. No lo haré, no...
—Papá, ¿cuándo regresará mamá? —le preguntó con su voz infantil—. La extraño.
Al escucharla, el sujeto la miró y toda su angustia desapareció.
—Luz, querida. —Le sonrió—. Tu madre volverá pronto.
—La extraño —aseguró—. Ya lleva mucho tiempo sin regresar.
El hombre se acuclilló a su lado.
—Querida, mamá, tenía unos asuntos que resolver, pero, desde donde esté —la abrazó—, sé que nos ve y jamás te olvidará.
La levantó entre sus brazos, retomando el camino de regreso a su cuarto.
—Ahora, debes dormir.
—Pero mamá…
—Mañana vendrán tus tíos, así que debes dormir para que puedas recibirlos de buena manera, ¿entiendes?
En ese momento la arropaba bajo las mantas de la cama. Seguido de un beso en la frente.
—Duerme, cariño —le sonrió—, todo estará bien.
—No me dejes. —Lo retuvo desde una mano, cuando él le daba la espalda—. No quiero estar sola. Me hace falta mamá, ¿a ti no, papá?
—Por supuesto, cariño. —Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro—. También la extraño.
La niña comenzó a llorar.
—No, no cariño. —Le secó las lágrimas con sus dedos—. No llores. —La abrazó—. ¿Sabes?, esta noche me quedaré contigo, tranquila.
Se acomodó en un espacio del lecho, mientras la consolaba, acariciándole su cabello con una mano y con la otra la retenía en un abrazo.
Al día siguiente, apenas Luzbella despertó, buscó a su padre con la mirada por toda la habitación sin encontrarlo. Entonces, se levantó y en el pasillo fue interceptada por una mujer de aspecto juvenil que solo tenía delineados los párpados con un fina línea negra y sus tupidas pestañas encrespadas le daban un toque sofisticado a sus pupilas color miel, sus labios eran de un rojo intenso y combinaban con sus pómulos siempre rosados y su nariz celestial. Su cabello negro azabache era de un liso perfecto y brillante. Esta, al verla, se le acercó y la levantó entre sus brazos, llevándola de regreso al cuarto.
—Tía, ¿qué sucede? ¿Dónde está papá?
La mujer solo la miraba con un deje de tristeza y preocupación, sin articular palabra alguna.
«1 de enero de 1825:
Desde que mi madre nos dejó, mi vida cambió radicalmente. Mi padre no soportó su abandono y terminó bajo tierra en poco tiempo.
Aún no logro comprender las razones, por las cuales me dejó sola si él sabía que era la persona más importante en mi vida. Estoy segura de que juntos podríamos haber salido adelante, si tan solo no se hubiera cerrado en sí mismo, pero él decidió eso, yo era muy pequeña y no entendía mucho lo que sucedía.
Desde ese momento y hasta ahora he vivido con mis padrinos. En un inicio, tío Manuel me aceptaba por completo, o al menos eso parecía, pero creo que siempre me ha tenido recelo, hasta el punto de descubrir mi verdad, la realidad que mi tía Marcia le ha ocultado por temor a su rechazo.
¡Hoy es ese día espantoso!; si supieras el caos que se ha formado en casa. La reacción de mi tío no fue la esperada, solo se quedó sentado, sin pestañear, no movía un músculo mientras mi tía lloraba. No supe qué hacer y aún no sé cómo enmendar este problema. Me siento horrible porque entiendo que esta situación es absolutamente culpa mía. Por mi causa este matrimonio se ha ido desarmando y no quiero que se rompa definitivamente, por lo que me siento en la obligación de hacer algo, el problema es que no sé qué...».
«2 de enero de 1825:
Día nefasto, la tensión se deja sentir en todo su esplendor. Don Manuel no nos dirige la palabra, es como si no existiéramos para él, eso duele, pero, de igual modo, lo comprendo ¿quién es capaz de soportar esta verdad? En estos tiempos es un completo tabú y si él me acusa a la Santa Inquisición terminaré en la hoguera, estoy completamente en sus manos».
—Luz, mi vida, ¿qué haces despierta a esta hora? —Marcia acababa de entrar en la habitación, cerrando la puerta al instante—. Creo que no es buena idea escribir sobre lo sucedido.
—Tía —dijo la niña abrazándola—, lo siento, en verdad, me siento terrible por todo esto. Desde que llegué a este hogar, sus vidas han ido empeorando.
—No, no te culpes. —Sonrió, separándola de sí—. Este matrimonio ya venía en picada desde mucho antes que llegaras. —Le acarició el cabello—. Luzbellita, eres mi única sobrina y, por tanto, debo velar por tu seguridad; si Manuel te delata, no dudaré en esconderte, eres muy pequeña para vivir tantas atrocidades en tan poco tiempo. —Suspiró—. En verdad, lo siento, pero el que no hayas podido controlar tus poderes hizo que sospechara y, como ves, lo descubrió —prosiguió al ver la cara de reproche en su sobrina—. No es tu culpa, sé que esos dones, con mucha práctica, se logran controlar y yo no soy, precisamente, la persona adecuada para enseñarte. Ese fue el problema, confiemos en el buen criterio de Manuel.
—Desearía que mamá estuviera aquí —lloriqueó Luzbella—, ¿por qué se fue?, ¿por qué no regresa?, ¿por qué nos abandonó?
—Mi pequeña, ella no te abandonó —la recostó bajo las mantas de la cama— y esté donde esté, estoy segura de que te recuerda y cuida. Por los motivos que se haya ido no debes juzgarla, ya que doy fe de cuánto te quería; el dejarte debe haber sido muy doloroso para ella.
Cuando logró tranquilizar a su sobrina, consiguiendo que se durmiera, se retiró a sus aposentos, al entrar encontró a su esposo mirando por la ventana. Entonces contempló aquel pálido rostro alargado de nariz griega y profundas pupilas grises con destellos azules que le habían cautivado el día en que se conocieron. En esos años su cabello negro estaba más largo y ondulado, ahora, en cambio, lo mantenía recortado al casco. Suspiró, recordando con añoranza ese primer encuentro con Manuel que le había parecido tan raro, pero a la vez incitante al sentir esa conexión especial a primera vista, mejor dicho a primer encuentro con el suelo, ya que ambos eran muy torpes en ese tiempo.
—Marcia —la llamó, sin mirarla, pues contemplaba la luna amarillenta que se dibujaba en lo alto del cielo—, esa niña ha destruido nuestras vidas.
—No la culpes, ella no es la responsable —resolló con seguridad—; no nos veamos la suerte entre gitanos, sabes bien que es debido a que no soy fértil.
—¡Marcia! —exclamó escandalizado, mirándola al instante—, sabes perfectamente que aun así te acepté.
—De igual modo, sé que pretendías terminar este matrimonio antes de que Luzbella llegara a nuestras vidas —apuntó firmemente—. Admite que lo pensaste, ¡vamos!, si todo hombre quiere perpetuar su apellido y con una mujer seca como yo, no se tiene futuro.
—¡Marcia, basta! —levantó el tono de su voz—. Yo me casé contigo porque te amaba, sabes que no fue un arreglo entre familias, como es la costumbre. No deberías siquiera dudar de mi amor.
—Pero ¿y ahora? —preguntó la mujer inquieta, como esperando una respuesta negativa—, ¿aún me pertenece tu amor?
—Marcia —susurró con ternura extendiéndole una mano—, a pesar de esto y de todo lo que pueda suceder, te seguiré amando. Nuestro matrimonio terminará cuando nuestras vidas juntos sean intolerables y eso no ha sucedido, ¿o sí?
—No —contestó, aceptándole aquella mano—, entonces, ¿qué pasará con mi niña?
—Lo he pensado mucho —la abrazó—, se quedará en esta casa hasta el día en que contraiga matrimonio.
—¡Oh! —Lo abrazó con fuerza, mientras unas lágrimas resbalaban por sus mejillas—. Gracias, muchas gracias.
—Sé lo que significa esa niña para ti, si hiciera lo correcto, te haría sufrir enormemente —le acarició el cabello con los dedos— y te amo demasiado, además, no soy tan ruin.
«3 de enero 1825 3:15 de la mañana:
Fingí estar dormida para que mi tía se retirara, ya que quería estar sola, pero la verdad es que la soledad me mata. Por otro lado, no puedo dormir, ya que el solo hecho de pensar en mi futuro, me espanta.
Ojalá don Manuel tenga compasión de mí, ruego al cielo que esto se solucione pronto y no me vea cocinada en las brasas de una hoguera.
4:20 de la mañana
Necesito compañía, estoy sola y no puedo parar de llorar. Si estuviera mi madre aquí todo sería distinto, ya casi ni recuerdo cómo eran sus facciones, ¿qué será de ella?, ¿por qué me abandonó?
En verdad la necesito, jamás pensé que me haría tanta falta. ¡Mamá, por favor, regresa! Ya no soporto esta vida miserable y estoy segura de que, si estuvieras aquí, las cosas serían completamente diferentes. Siempre he necesitado comprensión, la cual me ha entregado tía Marcia, pero duele tanto no tener amigos, en este nuevo colegio soy un bicho raro, por lo que nadie quiere estar conmigo.
El cambio a esta nueva vida ha sido, en verdad, doloroso, pues perdí a todos mis amigos. Me duele pensar que estoy sola sin un confidente, un amigo fiel que me dé consejos y ánimo para seguir adelante. Han sido cinco mugrosos años de rechazo, ¡cuánto duele! Ojalá algún día vuelva a hablar con Roberto, la última vez que lo vi fue en el funeral de mi padre».
Cerró su diario, dejando la pluma sobre la contratapa. Pegó un suspiro sentándose sobre la cama.
No sabía qué hacer, quería gritar, correr y reprocharle al fantasma de su madre todo este sufrimiento vivido desde que ella se había marchado sin decir por qué. Se secó las lágrimas con la manga de su chaleco, confundida, sin pensar en lo que hacía, abrió el ventanal que estaba frente a su cama y se tiró al vacío. No le era posible ver, solo sentía el roce del frío viento de la madrugada azotándole en el rostro. Algo amortiguó su caída, parecían brazos, pero pronto se vio sentada en el suelo sobre hojas secas. Levantó su mirada, se puso en pie y corrió sin rumbo por el campo, sin darse cuenta de que había salido de los límites de la hacienda. Cayó de rodillas cubriéndose el rostro con sus manos, llorando profundamente por largo rato, hasta que las lágrimas convulsionantes cesaron. Entonces se sentó abrazando sus piernas y viendo un lago frente a sí.
—¿¡Por qué me abandonaste, por qué!? —gritó enojada—, ¿no pensaste en que algún día te necesitaría? ¡Lo único que sé de ti es tu nombre: Alma! Dime qué tienes de alma si te fuiste sin pensar en tu hija; ¡no sabes cuánto he sufrido sin ti!
«8:05 de la mañana
No sé cómo volví, pero ya estoy aquí y me siento mucho mejor. Creo que me desahogué bastante gritándole a la inmensidad de la noche solitaria y fría, por lejos fue lo mejor que pude hacer. Me siento reanimada, estas palabras, en verdad, me ahogaban, por ello, deseaba sacarlas de mí.... ahora me siento aliviada, completamente libre. Esta es una sensación muy extraña, pero me gusta».
—Mi niña —golpeó la puerta, Marcia—, el desayuno está servido.
—Ya voy, tía —anunció Luzbella, guardando su diario en el cajón del velador—, bajo enseguida. No se preocupe, estoy bien.
¿Por qué dijo eso si no se lo había preguntado? Escuchó los pasos de la mujer perdiéndose por el pasillo.
Abrió la puerta del cuarto y se dirigió al comedor, donde encontró a sus tíos sentados alrededor de la mesa esperándola, eso no era normal.
—Luzbella, toma asiento —le ordenó Manuel, ella obedeció un tanto nerviosa—, las cosas en esta casa cambiarán para ti. Lo he meditado mucho y creo que lo mejor será que no asistas más a esa escuela.
—¿¡Qué!? —saltó Marcia—, ¿cómo puedes decir eso?, ¡ella debe instruirse!... ¿en qué estás pensando?
—Déjame continuar, por favor —intervino el hombre pacientemente—. Es un riesgo que sigas en ese colegio, pues en cualquier momento pueden descubrir tu condición anormal, así que, desde mañana, tendrás un maestro que vendrá a instruirte personalmente, ¿entiendes? —la niña asintió, esto era lo que menos había esperado—. Solo te pediré que intentes ser normal frente a él, nada de magia o esas cosas raras que haces.
—¿Eso quiere decir que permaneceré en esta casa? —repuso ella, Manuel asintió—. ¡Gracias, tío!
—Desde hoy dejo de ser tu tío —espetó con firmeza—, dime señor, solo en público deberé soportar que me digas de ese modo, pero entre nos no lo toleraré.
El desayuno estuvo un tanto tenso, pero digerible. Don Manuel se retiró a los campos de su propiedad, mientras Marcia, un tanto nerviosa, continuó su merienda acompañada de su sobrina.
—Luz, querida —habló de pronto—, prometo buscarte ayuda. En estos lugares siempre existen personas con tus capacidades.
—Lo único que he visto en estos cinco años es gente que tiene miedo a cualquier cosa —contestó sin ganas Luzbella—. Miedo a la Santa Inquisición, miedo a ser tachado extraño y, por tanto, peligroso para el prójimo. ¿Qué sociedad han construido? De lo poco que recuerdo de mi antigua vida, me doy cuenta de la diferencia entre los dos mundos; allá la paz reina, existe el respeto a las diferencias y nadie se esconde, no existe el temor, ni las súper reglas impuestas.
—Mi niña, me habría fascinado ser como mi hermana, pero nací no esotérica, como eran algunas de nuestras ancestras —recordó Marcia—. Siempre soñé ser como ella, pero debí conformarme con esta vida y no puedo hacer otra cosa que aceptarla. Entiendo tu postura, el problema es que esta sociedad ya se construyó así y deberán pasar siglos para que se produzca un cambio de mentalidad. En verdad, desearía que fuera distinto, pero no es posible, lo que debes tener presente es que siempre te protegeré, así que debes tenerme confianza. Puedo ser tu amiga, solo te pido que confíes en mí.
Al día siguiente, después del desayuno, Manuel les presentó al nuevo maestro de la niña. Era un hombre de estatura promedio, cabello negro rizado bien recortado sobre su casco, tez blanca y unos candentes ojos verde agua, vestía con una capa larga hasta el piso.
—Él es don Clemente Mayola, maestro de Humanidades —lo presentó ante las mujeres, después de saludarlo con calidez—. Espero que mi sobrina no se transforme en una molestia para usted, confío en que se comporte. Cualquier inconveniente me lo hace saber.
—¡Cómo no, señor Ribbleton! —convino Clemente cortésmente—. Estoy seguro de que su sobrina es educada, ¿cierto? —la chica asintió, seguido de una reverencia—. Bien, pues, ¿en qué lugar de este hogar tendré el honor de instruirla?
—Acompáñeme —indicó Manuel, guiándolo por el pasillo del vestíbulo a una salita a un lado de la chimenea.
—Manuel no lo sabe —le susurró a su sobrina—, pero me alegra que sea él quien te enseñe.
—¿Por qué? —se extrañó Luzbella.
—Reconozco ese atuendo en cuanto lo veo, no creo estar tan equivocada —murmuró para sí, luego se dirigió a la niña—. Él es como tú, debemos intentar descubrirlo, tal vez de ese modo te pueda ayudar.
La muchacha pasó toda la mañana aprendiendo sobre Ciencias de la Naturaleza, Historia y Castellano sin ningún acontecimiento inusual.
Se tomaron un receso a la hora del almuerzo. Posteriormente, continuaron con Matemáticas, Lengua Fronceisa y Música.
De ese modo, pasaron los meses, ella aprendió con rapidez a tocar el piano y la flauta, más aún la Lengua Fronceisa la dominaba a la perfección y habían comenzado el estudio del Angleish, pero no todo era tan perfecto, ya que en estos seis meses habían sucedido acontecimientos extraños alrededor de Luzbella y el profesor se había percatado de ellos, sin decir una palabra. Cada día eran más notorios, comenzando con una lámpara que volaba, hasta prenderse todas las velas de la sala de música.
—Lo siento, don Clemente —se disculpó Marcia, al ver que las velas se habían encendido solas—, no sé cómo explicarle esto.
—Pequeña, puedes retirarte, por favor. —Miró a su pupila sonriéndole, esta obedeció al instante—. Señora Ribbleton —se puso en pie—, no finja más. La niña es una esoterista; usted y su marido lo saben y han estado protegiéndola, por eso me contrataron. No querían exponerla más a las miradas inquisidoras de sus conocidos. —La miró directamente a los ojos—. Si la Santa Inquisición se entera, no solo ella será enjuiciada, ¿lo sabe? —Marcia incómoda asintió—. Por otro lado, esto quedará entre nos —le sonrió—, tengo quien puede ayudarla, solo necesito su permiso para comenzar.
—Mi marido no puede enterarse —sentenció la mujer—. Él no estará de acuerdo y, por otro lado, ella lo necesita, si no aprende a controlarlos, terminará muy mal.
—Hablaré con su marido personalmente —repuso Clemente— y le explicaré que necesito sacarla de esta casa por unas clases prácticas. No se preocupe, confíe en mí.
«10 de junio de 1825:
Hoy, don Clemente vio cómo se encendieron las velas solas y creo que con este hecho corroboró sus sospechas sobre mi condición. En verdad, espero no estar nuevamente en peligro de muerte. Ojalá, mi tía pueda hacer algo».
—Hoy tendremos clases prácticas —anunció el profesor a su pupila, cuando la tuvo frente a él, junto a la puerta de salida—. No te preocupes, ya hablé con vuestro tío y dio su consentimiento.
—¿Adónde iremos? —preguntó sin preámbulos, mirando a su tía preocupada.
—Confía en él —asintió Marcia—. Tranquila, irás al lugar donde debes estar en estos momentos.
Salieron de la casa sin hablar, Luzbella, aún asustada, caminaba tras del hombre. Se adentraron en el bosque, pasaron por el lago de sus desahogos. Pronto el camino cambió radicalmente, ya que aparecieron unos hongos de metro y medio, era un paraje salvaje, pero bello y bien cuidado. Por allí revoloteaban, unas diminutas mujeres con alas, a gran velocidad.
—¿Qué son —preguntó la niña— esas mujeres voladoras?
—Yo no las veo —apuntó divertido el hombre—, solo tú puedes verlas en este momento, son hadas.
—Clemente, ¿traes a la niña? —le preguntó un hombrecillo que no medía más de un metro de altura. Poseía cabello plateado alrededor de su cabeza, dejando una calva en medio, su rostro era tosco con una nariz ganchuda, labios delgados, ojos verdes y saltones y tez marrón clara. Vestía pantalón color crema, camisa amarillenta, saco verde oscuro y zapatos cafés impregnados de tierra—. Hola, ¿tú eres Luzbella? —preguntó al verla.
—Sí —respondió—, soy yo.
—Él, es Wilkin —anunció Clemente—: gnomo jefe.
—Gracias, pero no necesito de presentaciones. —Miró enojado al hombre—. Muchacha, ¿qué miras tanto?
—Esas hadas —sonrió mirando a las mujercillas aladas—, nunca las había visto.
—Eso quiere decir que eres una niña esotérica, nada especial —apuntó malhumorado el gnomo—. Ahora debemos comenzar tu instrucción.
—Volveré en unas cinco horas más. —Se dirigió a la niña—. Vuestro tío os quiere de regreso antes de las seis de la tarde.
—Para controlar tus poderes —comenzó Will, cuando Clemente se retiró— debes concentrar todas tus energías y lanzadlas con la ayuda de esto. —Le tendió una fina vara de color marrón con diseños de estrellas—. Es una varita, con ella podrás hacer hechizos, en un futuro no la necesitarás, pero para todo comienzo es necesaria, puesto que aún no tienes la capacidad de dominar tus energías. Este instrumento te será muy útil y es de vital importancia que lo lleves siempre contigo, de ese modo, te familiarizarás con ella.
—Y ¿cómo concentraré toda mi magia en esto? —preguntó con la vara en su mano derecha.
—Con práctica —respondió—. Tómala por el mango y apunta a aquella piedra, ¿lista? —ella asintió—, ahora concentra tu mirada en la punta del artefacto. —Luz obedeció—. Imagina a la piedra flotando unos centímetros sobre el suelo, ¿lo ves? —volvió a asentir—, piensa que eso es posible, ten fe, como si estuviera pasando en la realidad, ¿comprendes, lo sientes? —De la punta salió una luz blanquecina que iluminó a la roca hasta hacerla trastabillar, pero no se levantó ni un poco—. Nada mal para ser tu primer intento, tienes potencial. Vamos, hazlo nuevamente. —Después de cinco fallidos intentos, la piedra se levantó por unos segundos cayendo de golpe al piso—. Ahora debes mantenerla en el aire.
En esas cinco horas logró dominar el hechizo, manteniéndola y moviéndola por el aire.
—¡Genial, excelente! —celebraba el gnomo, mientras Luz caminaba con la vara en alto dirigiendo la piedra que se mantenía elevada—. En círculos, ¿podrás? —Agitó su varita en círculos y el objeto volador se movió de la misma forma—. Haz que descienda despacio.
—Ha progresado bastante, señorita —dijo Clemente al ver como la piedra se posaba suavemente sobre el césped—. Mañana seguirás con las lecciones. Will. —Saludó sacándose el sombrero—. Vayámonos, señorita Luzbella.
—Claro. —Sonrió, aproximándosele—. Gracias por todo, señor Wilkin.
Así pasaron los días, semanas y meses, en los cuales la aprendiz practicó miles de encantamientos guiados por el gnomo Wilkin, quien se convirtió, en más que un maestro, su amigo y confidente. Esta relación de complicidad hizo que Luzbella se sintiera por primera vez en mucho tiempo: querida, respetada y escuchada. Mientras compartía en los descansos con otros chicos que eran instruidos por diferentes gnomos. Sin embargo, no tuvo una mayor afinidad con ninguno de sus compañeros como para considerarlos amigos o tan cercanos como lo era su maestro. Además, el hecho de ser la única alumna de Will la hacía diferente y muchas veces sintió que sus compañeros no la aceptaban del todo.
—Bueno, estimada pupila —decía Will—. Hoy es tu última lección, pero esto no es una despedida, pues puedes venir a visitarme cuando quieras, siempre habrá un espacio para ti en este lugar.
»Además, en un año más deberás volver para seguir practicando antes de que ingreses a una academia esotérica —recordó Blokin.
—¿Academia esotérica? —se extrañó Luzbella—, ¿dónde y cuándo?
—Así será —se inmiscuyó Blokin—, cuando usted cumpla quince años. Entonces deberá asistir, pues a esa edad automáticamente estará inscrita en una. Nosotros solo preparamos a los niños antes de ese tiempo para que controlen sus energías y no tengan problemas con ya sabe quiénes.
—Hola. —Un chico de contextura delgada, cabello castaño claro, ojos marrón-verdosos, tez blanca, labios finos vestido con un pantalón plomo, camisa blanca y gillette café, saludaba a los gnomos—. ¿Qué tal, alguna novedad? —Se detuvo a un lado de Luz, mientras la observaba con atención—. Señorita, no la había visto antes por aquí.
—Hola —murmuró un tanto nerviosa—, soy Luzbella.
—Qué bello nombre —opinó esbozando una sonrisa coqueta—, es resplandeciente y hermoso, por cierto.
—¡Ya, galán! —Rio Blokin—. Vienes a practicar, más tarde podrás lucirte, ven...
—Mi nombre es Enrique Mayola —le susurró a la chica—, un gusto conocer a una niña tan hermosa.
—Luz, Luz —llamaba Wilkin—; continuemos con tu entrenamiento, ¡Luzbella!
—¿Ah? —exclamó, sin entender lo que sucedía—, ¿qué?
—Practiquemos de una vez —rezongó el gnomo molesto—. Levanta la vara, vamos, hazlo. Ahora imagina que aparecerá una vela rosada sobre la mesa.
Ella estaba totalmente desconcentrada, solo pensaba en aquel chico, por lo que concretar lo solicitado le fue imposible.
—¡MAL! ¡MAL, MUY MAL! —reclamaba enojado Wilkin—. Hoy ha sido la peor última clase que he tenido en toda mi existencia. Aún no eres capaz de aparecer objetos, así que mañana deberás volver. Sin aprender a invocar este hechizo correctamente no te irás.
—Hola, Will. —Era Clemente—. ¿A qué se debe tu indignación?, ¿no que la señorita Luzbella era perfecta?
—¡Hoy no —contestó exaltado—, desde que llegó su hijo y lo vio no ha sido capaz de realizar ni un solo hechizo!
—¿Es su hijo? —pronunció sin darse cuenta—: Enrique...
—¡Ah!, ya veo. —Esbozó media sonrisa—. Sí, es uno de mis hijos. Me alegra que lo conociera, así podrá establecer una amistad con alguien de su edad.
—Padre —el muchacho acababa de llegar y hablaba tras ella—, señorita, espero volver a verla mañana.
—Por supuesto que la verás —murmuró Will— y creo que por mucho tiempo más.
«31 de diciembre de 1825:
Hoy en las clases con Wilkin conocí a un muchacho que resultó ser hijo de don Clemente y no comprendo qué me sucedió; al verlo tuve una sensación muy extraña, jamás la había experimentado antes. Fue como un magnetismo que no me dejaba pensar en otra cosa que no fuera él. Concentrarme en el entrenamiento me fue imposible y al tenerlo cerca me inquietaba, nervios tal vez eran.... No sé, pero quiero volver a verlo, creo necesario tenerlo nuevamente frente a mí».
—Espero que hoy puedas realizarlo —farfulló Will—. Cuando lo tengas, aparecerá.
Luzbella estaba un poco inquieta, por la ausencia del muchacho. Pero sin él le fue fácil concentrarse; primero apareció una alargada vela blanca, luego un velón rojo de quince centímetros de altura, después un velón azul de treinta y cinco centímetros.
—Me parecen aceptables —opinó el gnomo—. Ahora intenta aparecer un candelabro con tres velas bien ajustadas en él. —Obtuvo lo pedido enseguida—. Has logrado tu nivel, me alegra.
—Will, señorita Luzbella —la joven miró al recién llegado e instantáneamente todas las velas se encendieron—, buenas tardes.
—Hola —susurró ella.
—Siempre tan impuntual. —Blokin acababa de aparecer—. No puede ser como su padre.
—Hola, Blokin —saludó caminando en su dirección—, espero poder charlar contigo hoy —le dijo a Luz cuando pasó por su lado—, intentaré escaparme un momento, y buen hechizo; aún no puedo prender esas malditas velas. —Sonrió y continuó su camino.
—Espero que puedas concentrarte —rezongó Will—, desaparécelas, pero antes apágalas.
Ella quería terminar pronto para ver la práctica del chico que estaba unos metros más atrás. Así que puso todo su empeño y concentración, pero por más rápido que realizaba lo que el gnomo le ordenaba, más y nuevas prácticas le enseñaba.
Cerca de las cuatro y media, Will la dejó libre y se dirigió a ver el entrenamiento de Enrique.
—Muchacho, eres un verdadero desastre —decía el gnomo entre risas—. Ni un solo hechizo bien hecho... Si Will fuera tu mentor.
En verdad, el chico era un desastre, pues no era capaz de levantar ni una hoja. Mucho menos de concentrarse en lo que hacía, ya que cualquier movimiento lo distraía.
—Bien, veo que durante este tiempo no habéis practicado, por tanto, has olvidado todo lo que te había enseñado —dijo divertido Blokin—. Mañana te veo, espero llegues a las nueve. Se puntual una vez en tu vida. Señorita, hasta mañana —se despidió de Luz al pasar por su lado.
—¿Desde cuándo estabas aquí? —le preguntó Enrique al verla—. Viste mi desastroso desempeño.
—Algo así —contestó con una leve sonrisa dibujada en su rostro—, ¿desde cuándo practicas?
—Bueno, a simple vista pareciera que soy un novato, pero la verdad es que este es mi segundo año con él. —Sonrió.
—Si quieres, puedo ayudarte —se ofreció—, sé que es mi primer año, pero he aprendido mucho y creo estar capacitada para hacerte un refuerzo.
—Bueno —aceptó Enrique—, ¿cuándo puedes?
—Después de las clases, podría ser ahora —propuso Luz—: antes de que vuestro padre llegue.
—Buena idea —repuso el chico—: busquemos un lugar, entonces.
Se detuvieron en el lago de sus desahogos.
—Aquí puede ser. —Sacó su varita apuntando a una diminuta roca cercana a la orilla del lago—. Yo comencé con una más grande, pero creo que está bien para ti.
—¡Oh! —exclamó divertido extendiendo la suya—, lo intentaré.
—Como me enseñó Will —recordó—, debes concentrar tu atención en la punta de la vara y visualizar que la roca se levanta, cuando creas que es posible y real, el hechizo saldrá por sí mismo.
—Me parece genial —apuntó el chico, mientras la roca se elevaba describiendo una línea recta y se posaba frente a él—. Tú ya lo dominas a la perfección.
—Sí —contestó—, inténtalo tú.
Al cabo de unos quince minutos, la piedra comenzó a trastabillar y torpemente se elevó por unos segundos cayendo de golpe.
—Bueno, por algo se empieza —le dio ánimos—; inténtalo otra vez.
—Lo dominaré pronto —aseguró guardando su vara—, creo que con la visualización es más fácil. —Sonrió—. ¿Qué edad tienes, para tan elevado nivel esotérico?
—Trece años, ¿y tú? —le preguntó, pero no le dio tiempo para responder—. Si llevas dos años acá debes tener trece también.
—En efecto —contestó—, mi problema es que no practico y no consigo concentrarme, me es muy difícil hacer algo por mucho tiempo.
—Ya veo —razonó—, te ayudaré, mejorarás, te lo aseguro.
—Señorita, hijo, lamento interrumpirlos, pero debemos irnos —recordó Clemente, cubierto por una larga capa ploma cuyas puntas inferiores tocaban la hojarasca—, porque vuestro tío está por llegar.
—Lo sé —dijo acercándose al joven, al cual le dio un beso en la mejilla—, nos vemos mañana.
—¿Ah? —exclamó desorientado.
—Vamos —indicó el hombre dándoles la espalda y continuando su camino. Luz lo siguió, hasta que fue detenida por Enrique, quien tomó su mano derecha.
—¿Sí? —murmuró sonrojada—, ¿qué sucede?
—Solo quería despedirme —le besó la mano que sostenía—, hasta mañana.
Su tía los esperaba en el jardín delantero, al verlos entrar, la abrazó, conduciéndolos al interior del inmueble.
—Ya me inquietaba su retraso —habló Marcia—, si Manuel hubiese llegado antes que ustedes...
—Cálmese, podría solucionarlo de inmediato —aseguró Clemente—, se distrajo con mi hijo, ya se han hecho amigos, ¿es así?
—Supongo que sí —respondió Luz—. Con vuestro permiso, hasta pronto.
«3 de enero de 1826:
Hoy, por primera vez, estuve a solas con Enrique, enseñándole a realizar los hechizos. En verdad, es un desastre, no logra hacer uno solo bien, por lo demás, creo poder ayudarlo a mejorar.
Nos presentamos, él tiene trece años, es todo lo que sé; tal vez eso no es una presentación formal, pero me conformo con saber que lo volveré a ver y podré conocerlo cada día más.
Ocurrió algo extraño, me despedí de él dándole un beso en la mejilla y quedó pasmado, sin reaccionar, yo seguí mi camino hasta que tomó de mi mano y la besó, creo haberme sonrojado. Me pregunto qué es lo que siento por él, es extrañísimo y primera vez que lo siento; en verdad, necesito el consejo de mi madre o el de una amiga y no la tengo, o tal vez sí, pero me da miedo hablar de esto con mi tía».
—Luz, querida —golpeó la puerta, Marcia. La niña automáticamente guardó su diario en el cajón del velador—, debemos hablar —entró, cerrando la puerta con cerrojo—: ha llegado esto para ti. —Le entregó una carta—. Un cuervo la ha traído. —La chica vio el remitente, era de su amigo Roberto Grip. Sin pensarlo, la abrió—. Debo confesarte que ese niño te ha estado enviando cartas desde después del funeral de tu padre.
—¿Qué? —saltó irritada Luzbella—, ¡y jamás me las has entregado!... ¡no sabes cuánto lo necesitaba, siempre quise volver a hablar con él! ¿En qué pensabas? No sabes cuán sola me he sentido todos estos años... él era mi mejor amigo, ¿¡cómo pudiste!?
—Manuel las recibía y yo no podía hacer nada —le informó— porque las escondía, no sé dónde, pero esta vez el cuervo llegó unos minutos después de que él se fue a los campos. El ave te espera en el patio trasero escondida entre el follaje del manzanero —informó su tía—: llévala pronto e intenta que Manuel no te vea.
Cuando su tía salió de su cuarto, la leyó:
«Querida amiga:
Te he enviado mucha correspondencia en estos casi seis años y aún no recibo respuesta de tu parte.
Creo que necesitabas, tal vez, un tiempo de reflexión, en el que querías vivir tu duelo sola y yo solo molestaba. No lo sé, pero, a pesar de eso, te seguiré insistiendo hasta el día que reciba una respuesta de tu parte; al menos un “déjame en paz”, “no mandes más cartas”, cualquier cosa te la agradecería enormemente, pues me preocupa tu silencio.
¿Cómo estás?, ¿qué tal tu nueva vida? Si necesitas un amigo con quien hablar, estaré siempre para ti.
De un viejo amigo que te quiere y espera estés bien,
Roberto Grip.
P. D.: Espero una respuesta esta vez».
Le arrancó una hoja a su diario de vida y comenzó a escribir.
«Querido Roberto:
Hola, tanto tiempo sin saber de ti. En verdad, es mucho para mí, puesto que creía jamás volvería a saber de ti, ya que no sabía cómo enviarte una carta, pero hoy mi tía Marcia me entregó esta contándome lo que sucedió con todas, las que durante estos casi seis años, me has enviado y es que mi tío Manuel las ha recibido todas; mi tía, por su parte, no ha podido encontrarlas, pues él las escondió quién sabe dónde (hasta las puede haber quemado). Siento mucho el no haberte respondido ninguna, la verdad, no sé cuántas son con exactitud, pero han sido seis años, deben ser muchas.
Durante estos años no la he pasado bien, ya que mis nuevos compañeros de escuela no me aceptaban, era un bicho raro a quien molestar. Me sentía completamente sola, sin amigos ni nadie con quien hablar y desahogarme, necesitaba a alguien que me aconsejara y escuchara como lo hacías tú, tanta añoranza de aquella época escolar junto a ti, nuestra infancia. Creo que, si mi familia no se hubiese disuelto, nos habríamos criado juntos.
De una amiga que siempre estará a tu lado y que te quiere mucho,
Luzbella Castilla.
P. D.: Disculpa la hoja es que no tengo pergaminos; las cartas que desees enviarme mándalas a la tercera habitación del lado izquierdo de la segunda planta, junto al membrillero».
Después de entregarle la carta al cuervo, se dirigió al comedor donde, junto a sus tíos, tomó el té.
—¿De qué tratan tus clases prácticas? —preguntó el hombre—. Han sido bastantes meses ya, debes saber mucho.
—Son de botánica —mintió—, muy interesantes y constructivas, por cierto.
—Y cómo va el estudio del froincés —preguntó Manuel con un tono de sospecha—: ¿puedes hablarlo o aún no?
—Bien sur, croyez-le ou pas de domino à la perfection —respondió Luzbella—. Cette langue n’est pas la seule chose, a également apprise à jouer de la flûte et le piano correctement.
—Ya —espetó Manuel—, aprendes rápido, al parecer.
—Luzbellita es una buena estudiante —prosiguió Marcia—, he estado presente en alguna de sus lecciones y es muy aplicada, la concentración es uno de sus fuertes.
Después del té, la chica se fue a su cuarto, abrió el gran ventanal, por el que el año anterior se había lanzado, recordando aquella caída, en la que creyó no quedaría con vida, pero aún lo estaba. La sensación de caída libre, de sentirse en los brazos de la muerte y no morir le pareció extraña. Si mal no recordaba, tuvo la sensación de haber caído en los brazos de alguien, pero eso era realmente descabellado, ya que no vio a nadie y, al reaccionar, estaba sobre hojas secas en el piso. ¿Tal vez su madre desde el más allá la había salvado? ¿Estaría muerta realmente?
—Gracias, mamá, por haberme salvado —agradeció en voz alta a la fresca noche veraniega—, estés donde estés, me alegra que pensaras en mí, quizás moriste, no lo sé, nadie sabe de ti, pero te agradezco tu protección porque, de lo contrario, no lo habría conocido.
—¿A quién? —era Marcia—, ¿hablas del hijo de don Clemente?
—¡Tía! —exclamó—, ¿hace cuánto está escuchando?
—Acabo de llegar —cerró la puerta—, pero dime, ¿de él estás hablando? —la niña no le respondió—. No importa, quizás es muy pronto, pero tengo la esperanza de que algún día confíes en mí —sonrió aproximándosele—, puedo serte de ayuda. Estás en edad de conocer y enamorarte.
—¿Enamorarme? —se extrañó mirándola—, yo no... ¿qué?, pero si...
—Cálmate —colocó sus manos sobre los hombros de Luz—, es algo normal a tu edad, si lo deseas, podemos charlar sobre lo que estás experimentando.
—No —contestó secamente—, le agradezco su interés, pero, en verdad, no me siento cómoda hablando de esto con usted. Es más, ni siquiera sé qué es lo que en verdad siento. Es muy confuso. No sé cómo explicarlo y... no, definitivamente no.
—Solo te diré que enamorarse es la experiencia más maravillosa que, como humanos, somos capaces de experimentar —dijo con añoranza—. Al ver a aquella persona especial por primera vez, te sientes torpe, nerviosa y muy muy pequeña. Después, cuando comienzas a conocerlo, aquí —colocó su mano derecha sobre su pecho—, sientes como te palpita por él, no lo sientes propio, sino compartido, más bien de él. —Suspiró—. La confusión es normal, es parte de la atracción, pero, con el paso del tiempo, eso se aclara y tus sentimientos son parte de ese nuevo mundo, el mundo del amor, en el que, si el sentimiento es correspondido, será el mundo de los dos.
—Tía —la abrazó—, qué hermoso eso del amor.
—Mi niña, si es eso lo que estás experimentando, no debes temerle, sino dejarlo entrar, pero debes cuidarte, ya que esta será tu primera experiencia y, si no termina bien, te marcará de por vida en todas tus futuras relaciones. —La miró a los ojos—. En mí tienes a esa amiga o madre que necesites, tenme confianza, puedo ayudarte.
A la mañana siguiente, la chica se levantó muy temprano, no esperó el desayuno, ni a su tía, ni a que don Clemente llegara y salió de la casa con la clara intención de llegar pronto al lago. No sabía por qué, pero su intuición le decía que debía llegar allí antes de la salida del sol, pues pasaría algo importante. Al hallarse frente al lago se sentó en el pasto. ¿Qué era eso tan importante que la había convocado? Expectante esperaba, la ansiedad y nerviosismo la invadieron poco a poco hasta desesperarla.
—Hija. —Se dio la vuelta encontrando a una mujer pálida de candentes y carnosos labios rojos, ojos color miel y cabello castaño ceniza—. Lo siento, en verdad, desde que me fui no he parado de pensar en cuánto daño te he hecho, te extraño mucho, no sabes cuánto he sufrido por estar lejos de ti, pero no puedo regresar. Ya mi destino cambió y, por ello, no estoy contigo, pero quiero que sepas que estaré siempre a tu lado, cuidándote. Te protegeré con mi vida. —Abrazó a Luz, quien estaba completamente pasmada, sin creer lo que sucedía—. Te quiero infinitamente, hasta más allá del multiverso, eso tenlo siempre presente. —Besó su frente—. El que no esté cerca de ti no significa que no te quiera y mucho menos que te haya abandonado, siempre estaré a tu lado; podrás hablarme y ten la seguridad de que te escucharé.
—Mamá —susurró al fin tomándole una mano, ¡qué fría estaba!—, gracias por venir, espero volver a verte otra vez. Aunque sea en sueños.
—Está bien que lo creas así —le sonrió con lágrimas en sus ojos—, solo deberás pedir verme y lo conseguirás.
—¿Tienes frío? —preguntó torpemente—, estás muy helada...
—No te preocupes, desde hace ya mucho que no lo siento. —Le rodeó la muñeca con una pulsera de lana roja—. Es parte de mi nueva vida, dulces sueños, mi niña.
—Luz, querida, levántate —abrió la puerta encontrando a la niña entre las mantas, la movió un poco consiguiendo que abriera los ojos—, ya es hora, don Clemente llegará dentro de una hora, vamos.
—Me ha despertado del sueño más maravilloso que he tenido jamás —dijo efusivamente, saliendo de la cama de un salto—. Mi madre vino a visitarme, fue hermoso hablar con ella, casi no la recordaba.
—Mi niña —exclamó conmovida—, me alegra mucho, espero que estés más tranquila.
—¿Cómo no estarlo? ¡Esta ha sido la más maravillosa experiencia! —Saltaba, sacando del armario la ropa que se pondría ese día—. Ojalá se repita.
—Estoy segura de que sí —coincidió Marcia—, cuando nuestros seres queridos parten, jamás nos dejan.
Clemente llegó y juntos salieron de la casa. Mientras ella alegremente corría por el campo.
La clase con Wilkin terminó pasado el mediodía. El gnomo se despidió de ella informándole que esta había sido su última clase y que dentro de un año más debía volver para repasar y aprender más con él.
Luz, por su parte, merodeó por el lugar viendo cómo otros gnomos enseñaban a sus respectivos pupilos. Al parecer, aún, Enrique no llegaba. Cerca de las dos de la tarde el chico apareció ante la mirada de Luz, quien lo vio doblar por una esquina del viejo sauce llorón.
—Hola, ¿cómo te encuentras hoy? —preguntó besándole el dorso de su mano derecha—. Esperaba verte entrenando.
—Hola, estoy bien —repuso—, hoy ha sido mi última clase, no me verás más.
—¡Oh! —exclamó—, pero, de todos modos, podemos vernos o puedes venir a visitar a Will y...
—Lo dudo —aclaró Luzbella—, es muy difícil, mi tío no me permitirá salir de casa.
—Pero ¿cómo?
