María Antonieta - Mª Luisa Zamorano - E-Book

María Antonieta E-Book

Mª Luisa Zamorano

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Beschreibung

Un ensayo riguroso que trata de huir de las biografías al uso donde, a veces, la profusión de datos y fechas puede entorpecer el discurrir del relato. Dividido en cuatro grandes bloques (I. La archiduquesa, II. La delfina, III. La reina y IV. La prisionera), el libro hace un recorrido completo por la historia de esta controvertida reina marcada por grandes tragedias en los momentos más importantes de su vida. Los sentimientos de María Antonieta son universales: el miedo ante lo desconocido al abandonar a la edad de 14 años su país natal, la alegría ante la llegada al mundo de su primer hijo, el dolor por la pérdida de dos de sus hijos, la angustia y el terror tras el asalto de la Bastilla y el estallido de la revolución, y el miedo ante su irremediable condena a muerte con solo 37 años de edad, que hacen imposible no empatizar con el ser humano que hay detrás de la mítica reina. Un libro de relato ágil y emotivo que permite acercarse a la historia de una manera amena y accesible a todo tipo de público.

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Seitenzahl: 438

Veröffentlichungsjahr: 2023

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María Antonieta

Historia de un reina vilipendiada

María Antonieta

Historia de un reina vilipendiada

MARÍALUISAZAMORANOBENAVIDES

Colección: Historia Incógnita

Título:María Antonieta. Historia de una reina vilipendiada

Autores: © María Luisa Zamorano Benavides

Copyright de la presente edición: © 2023 Ediciones Nowtilus, S. L.

Camino de los Vinateros, 40, local 90, 28030 Madrid

www.nowtilus.com

Elaboración de textos: Santos Rodríguez

Diseño y realización de cubierta:ExGaudia, Asociación Cultural

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjasea CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com;91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ISBN edición digital:978-84-1305-346-2

Fecha de edición: febrero 2023

A mi marido Francisco y a mis hijos Francisco-Javier y Fernando que me han acompañado en mis viajes por Francia y por Austria.

Índice
Prólogo
La archiduquesa
Los felices días de la infancia en Hofburg y Schönbrunn, Austria
El viaje hacia su nueva patria
La delfina
El casamiento de la delfina con Louis-Auguste
Los dolorosos años estériles
La agonía de Louis XV
La reina
Le Petit Trianon
La visita del emperador Joseph II de Austria
El nacimiento de Marie-Thérèse
Un delfín para Francia
Hans-Axel de Fersen
El nacimiento de Louis-Charles
El collar de la reina
La llegada y muerte de Sophie
La enfermedad y muerte de Louis-Joseph
La toma de la Bastille
El regreso de Necker
Las jornadas del 5 y 6 de octubre de 1789
La prisionera
El avance implacable de la Revolución
La vida en las Tuileries
La huida de la familia real
Los prisioneros de la torre del Temple
Testamento de Louis XVI
La prisionera de la Conciergerie
Testamento de Marie-Antoinette
Archivo de citas
Bibliografía

Prólogo

Quizá fue en el verano de 1984 cuando entré, de forma fortuita, en el universo de la reina Marie-Antoinette. No he sido consciente, hasta hace unos pocos años, del gran privilegio que tuve al conocer a la familia Hamard. Una mañana de ese verano del 84, estaba delante de una de las puertas de acceso al palacio de Versailles. Una dama me esperaba con un gran manojo de llaves en la mano para enseñarme palmo a palmo algunas de las estancias más bellas del palacio y algunas otras al abrigo de los curiosos turistas. Su esposo era arquitecto de los que velan por la conservación de los edificios del Patrimonio de Francia.

Recuerdo que me hablaba de esta reina con la misma fascinación que yo siento ahora. Me mostró la capilla real, las salas de protocolo, los grandes aposentos del rey y de la reina, la sala de los guardias, la Galería de los Espejos, un sinfín de estancias de un valor artístico e histórico incalculables. Pero lo más fascinante de aquella visita fue que la dama que me precedía, abría estancias donde ningún turista interrumpía su relato. Recorrimos el pasadizo secreto por el que Marie-Antoinette pudo huir y ponerse a salvo de sus verdugos en la madrugada del 6 de octubre de 1789.

Me mostró las estancias privadas de Louis XVI y de Marie-Antoinette. Su gabinete Dorado donde se consagraba a la música y también su biblioteca. Las tonalidades de los tejidos en la decoración, los tapizados de tonos cálidos y armoniosos indicaban que se trataba de una reina de gustos extremadamente refinados y exquisitos.

Años más tarde, sumergida ya de lleno en el mundo laboral en Madrid, también de forma fortuita, como en el verano de 1984, volví a conectar con el universo de Marie-Antoinette. Un libro de Simone Bertière llegó a mis manos, Marie-Antoinette l´insoumise. Del encuentro con este libro han pasado cerca de veinte años y no he dejado desde entonces de documentarme sobre este personaje del que me declaro una ferviente apasionada. He leído multitud de biografías y un sinfín de libros de historia sobre ese periodo tan convulso de la Revolución Francesa. He viajado a Austria y a Francia para conocer los lugares donde ha estado o vivido.

Marie-Antoinette. Historia de una reina vilipendiada es la historia de una reina que ha sido ultrajada en su época por los revolucionarios y actualmente también por el cine. Los rumores sobre una vida depravada distan mucho de la realidad. Con este libro quiero resarcir a este ilustre personaje de todos los ultrajes que ha sufrido a lo largo de la historia.

No se trata de una biografía al uso donde, a veces, la profusión de datos y fechas puede entorpecer el discurrir del relato. Como auténtica apasionada del personaje, me permito sentir por ella. Los sentimientos de esta reina son universales: el miedo ante lo desconocido al abandonar a la edad de 14 años a su familia y a su país natal, la alegría por la llegada al mundo de su primer hijo, el dolor por la pérdida de su primogénito y de su hija pequeña, el miedo ante la muerte… Es un libro con profusión de sentimientos que hace que el relato llegue fácilmente al lector. Es de lectura ágil y emotiva.

María Luisa Zamorano Benavides

La archiduquesa

LOS FELICES DÍAS DE LA INFANCIA EN HOFBURG Y SCHÖNBRUNN, AUSTRIA

El 1 de noviembre de 1755, un devastador terremoto asola la ciudad de Lisboa. Será la premonición de lo que el destino tenía reservado para la admirada y a la vez detestada Marie-Antoinette de Habsbourg-Lorraine, archiduquesa de Austria, princesa de Hungría y de Bohemia y reina de Francia. Su destino parece, desde un primer momento, estar marcado por los hados que quisieran inundar de tragedia los momentos clave de su existencia.

Todo comienza el 2 de noviembre de 1755 cuando nace, en el palacio de la Hofburg de Viena, la decimoquinta hija del emperador François I y de la emperatriz Marie-Thérèse de Austria. Siguiendo la tradición, la ceremonia del bautismo tiene lugar al día siguiente. Sus padrinos serán el mismo rey de Portugal Joseph I y su esposa, la reina María Ana Victoria de Borbón, hija de Felipe V de España. En ausencia de los padrinos, su hermano mayor, Joseph de catorce años y la archiduquesa Marie-Anne de diecisiete años, representarán al rey y la reina de Portugal. Los dos hermanos son convenientemente escogidos porque tienen los mismos nombres cristianos que los reyes de Portugal. Le pondrán por nombre María Antonia Josepha Johanna.

Marie-Thérèse de Austria (1717-1780) con el centro y la Corona de San Étienne por Martin van Meytens, en 1759. Academia de Bellas Artes de Viena. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Mientras que en Viena tiene lugar este acontecimiento, en Lisboa unas 65.000 personas morían víctimas del terremoto, así como del tsunami y de los incendios posteriores. Durante cinco largos días, los incendios asolaron la ciudad. El seísmo alcanzó también al sur de España y a Marruecos, donde hubo centenares de muertos.

Como todos los hijos de la pareja imperial, esta bella archiduquesa está destinada a ocupar un puesto importante en una de las más prestigiosas cortes europeas. El emperador François I del Sacro Imperio Romano Germánico, al igual que su esposa, la emperatriz Marie-Thérèse de Austria, fueron padres cariñosos y solícitos. Tal vez, estuvieron más pendientes de sus juegos, de su salud y de su desarrollo personal como niños, que como personajes ilustres destinados a ocupar cargos de importancia relevante en la Europa de por aquel entonces. La emperatriz los utilizará, llegado el momento, como verdaderos peones sobre el tablero político para conseguir sus fines.

Retrato de François I del Sacro Imperio Romano Germánico (1708-1765), esposo de Marie-Thérèse I de Austria. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Marie-Thérèse de Austria preconizaba un tipo de educación muy adelantada para su época. Los niños debían crecer en libertad, en medio de la naturaleza para fortalecimiento del cuerpo, siguiendo una dieta sana y estricta, lejos de las exigencias de la etiqueta impuesta en la corte y lejos de una enseñanza escolar prematura.

Siempre que sus obligaciones se lo permitían, la pareja imperial pasaba días tranquilos en compañía de su prole, lejos de la etiqueta que exigía la corte. Incluso, gustaban de alejar a sus criados y servirse ellos mismos, a veces, confundiéndose con despreocupación, entre la gente del pueblo.

Así pues, nuestra archiduquesa, despreocupada y caprichosa por naturaleza, crecía feliz arropada por el cariño de sus hermanas y hermanos mayores.

Retrato de la Familia Imperial Austríaca por Martin van Meytens en 1754. Palacios de Versailles y de Trianon. Colección del Museo de la Historia de Francia. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Un cariño especial la unía a su hermana Marie-Caroline, tres años mayor que ella, su verdadera confidente que se convertiría años más tarde en reina de Nápoles al casarse con Ferdinand I de las Dos Sicilias, cumpliéndose así los designios de su madre. La separación dolorosa de su adorada y querida hermana Marie-Caroline fue una de sus primeras grandes pérdidas. Su hermano Ferdinand –un año mayor que ella– y su hermano pequeño, Maximilien, el último en llegar a la familia, fueron cómplices de sus juegos y correrías infantiles.

Pasan su infancia entre el palacio de la Hofburg en Viena y el palacio de Schönbrunn destinado para estos fines. Sus padres, amantes fervientes de sus retoños, siempre que las obligaciones de la Corte se lo permitían acudían a participar en sus juegos y disfrutar de su compañía.

La emperatriz amante de la música, la danza, el teatro y de las artes en general, supo inculcar estas disciplinas a sus hijos. Marie-Antoinette manifestó desde muy pronto un gran interés por el ámbito de las artes y muy particularmente en las artes decorativas en su tierra de adopción, Francia. Llegado el momento dejará su impronta personal creando un estilo propio que perdurará a lo largo del tiempo.

Celebración del matrimonio de Joseph II con Marie-Josèphe de Baviera por Johann Georg Weigert. Colección Palacio de Versailles. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

La naturaleza le otorgó una gracia y un encanto que desde niña atraía todas las miradas. Así pues, sintiéndose agraciada y sobre todo amada, valorada por sus padres, mimada por sus hermanos, crecía alegre y feliz en el seno de su gran familia. Su padre, como todo buen padre, la adoraba. Sentía una predilección especial por esta niña frágil y de cabellos rubios que sabía encandilar a todo el mundo ya desde la cuna.

En agosto de 1765, cuando aún no había cumplido los diez años, su padre muere de forma inesperada en Innsbruck, víctima de un infarto cerebral. Cuentan que el emperador, presa no se sabe muy bien de qué extraño presentimiento lúgubre y sombrío, hizo parar la carroza que lo alejaba de Schönbrunn y volver para abrazar por última vez a su adorada pequeña. François I muere algunas horas después.

François-Étienne de Lorraine, al casarse en 1745 con Marie-Thérèse de Habsbourg, hija del emperador Charles VI, se convierte así en el emperador François I del Sacro Imperio Romano Germánico. De la pareja imperial nacerán dieciséis hijos y seis de ellos no llegarán a la edad adulta. Mejor padre que esposo, se mantendrá alejado del poder por deseo propio, a la vez que por imposición de Marie-Thérèse, que es consciente y consiente con agrado las frecuentes infidelidades de su esposo, con tal de mantenerlo alejado del poder y de que cada noche vuelva con ella a su cama.

La emperatriz, por su parte, de sólida formación religiosa, con los principios morales de la época, muy consolidados y arraigados en lo más profundo de su ser, le será fiel toda su vida.

Retrato de la emperatriz Marie-Thérèse de Habsbourg de luto, presentando las coronas de Bohemia, de Hungría y la Corona Imperial. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

El día de su muerte, Marie-Thérèse comenzó un sincero duelo. Se vistió de luto y una profunda tristeza por su ausencia la acompañó durante los quince años que sobrevivió a la muerte de su querido esposo. Con dolor, pero sin abandonar sus obligaciones políticas se convertirá en corregente de los Estados patrimoniales de los Habsburgo al ser coronado emperador del Santo Imperio Romano Germánico, su primogénito Joseph II.

Marie-Antoinette se sobrepuso fácilmente a la muerte de su padre. Como era de esperar, con la fuerza de sus nueve años e impulsada por su carácter alegre y jovial, retomó su ritmo diario de juegos y distracciones, a lo que hay que añadir, sin duda, el cariño de sus hermanos y hermanas. De este modo, su padre comenzó a resultar cada vez más ausente de sus recuerdos infantiles.

La familia imperial no desdeñó, en absoluto, la formación musical de sus hijos. Grandes maestros impartieron conocimientos musicales a cada uno de ellos. El archiduque Joseph tocaba el violonchelo, Charles el violín, Marie-Anne y Marie Christine otros instrumentos de teclado.

En Versailles, un cuadro, Le ballet du triomphe de l´amour inmortaliza una escena donde aparece Marie-Antoinette en compañía de sus hermanos Ferdinand y Maximilien bailando junto a un grupo de niños. Este recuerdo de aquel 24 de enero de 1765 la acompañará el resto de sus días.

Desde niña, la futura delfina y reina de Francia recibió una sólida formación musical. No en vano, tuvo como profesor de clavecín al genial Gluck, al que siempre veneró con el afecto del alumno hacia el buen maestro.

Años más tarde, lo reclamaría para que presentara sus obras en París. Lamentablemente no fueron del gusto y del agrado de los asiduos a la ópera en aquel momento, pero por fortuna, la historia de nuevo rinde justicia a los grandes y actualmente ocupa el lugar que Marie-Antoinette quiso otorgarle en su tiempo. Christoph Willibald Gluck es considerado uno de los compositores de ópera más importantes del clasicismo de la segunda mitad del siglo XVIII.

Tres grandes genios, Gluck, Haydn y Mozart figuran en la cumbre de la música clásica austríaca en el siglo XVIII.

Cuentan que el 13 de octubre de 1762 la familia Mozart fue invitada a tocar a la Corte. El pequeño Mozart contaba con seis años de edad y, en medio de tanta expectación, cuando se dirigía hacia la familia imperial, tropieza y se precipita hacia el suelo, ante las risas de los archiduques y archiduquesas que presencian la escena. La dulce y amable Marie-Antoinette corre diligentemente hacia él y lo levanta con la espontaneidad propia de su edad. Ella tiene tan solo 7 años. El pequeño Amadeus sintiéndose arropado por su gesto y al ver la dulzura de su rosto le dice entusiasmado, de una manera espontánea: Cuando sea mayor me casaré contigo. (1)

Retrato de Wolfgang Amadeus Mozart pintado por encargo de Léopold Mozart en 1763. El autor es desconocido aunque posiblemente fuera Pietro Antonio Lorenzoni. Mozarteum, Salzburg. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Sin embargo, el genial Mozart no gozó del privilegio de ser acogido, como bien merecía por la corte de Versailles. Tampoco, Marie-Antoinette, reparó en tal ilustre genio y creador.

En 1763, Léopold Mozart se traslada con sus hijos Wolfgang Amadeus y Nannel a París con el fin de mostrar los talentos de los niños en Versailles. La empresa no fue fácil y no dio los frutos esperados. Tras varias vicisitudes, a través de una recomendación, la del barón Melchor Grimm, filósofo enciclopedista y secretario del duque de Orléans, junto con la recomendación de Madame de Pompadour, amante de Louis XV, accede finalmente a que los niños prodigios sean recibidos en el salón de la Damas.

Las hijas de Louis XV, Madame Adélaïde, Madame Sophie, Madame Victoire entre ellas y otras damas parecen entusiasmadas al escuchar un minueto y dos sonatas interpretadas al clavicordio por el pequeño Mozart. Sin embargo, una de las damas más destacadas, Madame de Pompadour, los rechaza.

Los Mozart reciben algún dinero y una tabaquera de oro como regalo.

En 1777, Wolfgang Amadeus Mozart, convertido en un adulto de 21 años, emprende un nuevo viaje a París acompañado por su madre Anne-Marie. Nuevamente, no goza del gusto del público y la corte de Versailles no le abre sus puertas. Sin recursos y con la repentina y fatal muerte de su madre, que por entonces tenía 57 años, Amadeus Mozart se ve obligado a volver, antes de lo previsto, a Salzburgo.

Nunca sabremos si, sin estos condicionantes y con un poco más de tiempo, hubiera sido recibido por la ya por entonces reina de Francia.

Recordemos que Maria-Antoinette nace un año antes que Mozart y que con la muerte de Louis XV sobrevenida el 10 de mayo de 1774, los delfines, Louis y Marie-Antoinette se convierten en los reyes de Francia. Louis XVI con tan solo 20 años y Marie-Antoinette con 19 años. Llorosos ante tal doloroso acontecimiento, arrodillados se abrazan pidiéndole a Dios que los ayude y proteja pues son demasiado jóvenes para gobernar.

Pero volvamos al inicio y sepamos cómo se gestó esta alianza para que dichos jóvenes llegaran a gobernar la corte más rica y frívola de la época.

Durante siglos los Habsburgo y los Borbones, eternos enemigos, habían luchado sin tregua para conseguir la hegemonía de Europa. Mientras tanto, otras casas reinantes iban adquiriendo un poder que no debían desdeñar, en absoluto. Había llegado el momento de firmar unas alianzas ante el inminente peligro que los acechaba.

Choiseul, ministro de Luis XV y Kaunitz, consejero de Marie-Thérèse, deciden poner fin a tantos siglos de lucha. Así pues, nuestra pequeña Antonia, con tan solo once años, será el peón que Marie-Thérèse, antes emperatriz que madre, pondrá sobre el tablero político para jugar un papel decisivo en esta carrera por el poder. La casa de los Habsburgo ha jugado primero, mostrando su primer movimiento en 1766.

De la casa de los Borbones, otros dos posibles peones. En un principio, se pensó en el mismo rey de Francia, Louis XV, viudo por entonces de la reina Marie Leczinska, pero este estaba demasiado entretenido con su mundo de amantes y favoritas, entre otras varias, Madame de Pompadour. La actual favorita, Madame du Barry, ocupa un puesto demasiado poderoso, en la corte de Versailles y no está dispuesta a dejar libre paso a una recién llegada, aunque sea reina de Francia.

El Delfín Louis-Auguste de Francia por Louis-Michel van Loo. Palacio de Versailles (1769). Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

El segundo candidato a jugar un papel decisivo sobre dicho tablero político será el nieto del rey de Francia, Louis-Auguste, convertido en delfín a la muerte de su padre y de su hermano el primogénito. El adolescente cuenta con doce años de edad.

Sin embargo, la partida de Austria de la jovencísima archiduquesa tendrá lugar dentro de tres largos años, durante los cuales todo tipo de intrigas y movimientos se producirán por parte de las dos casas contrincantes, la de los Habsburgo y la de los Borbones.

Márie-Thérèse no ceja, en esta batalla, de ensalzar los dones de su encantadora hija aún a sabiendas de que el futuro esposo no ha sido tan agraciado por la naturaleza según los cánones de belleza de la época. La fastuosa corte de Versailles gusta de cuerpos redondeados, de largas cabellos oscuros y de ojos negros. Louis-Auguste es demasiado alto para su edad, tiene el pelo rubio y los ojos azules. Para colmo de males, es tremendamente tímido y reservado.

Marie-Antoinette por Joseph Ducreux en 1769 a la atención del Delfín para que pudiera conocer a su futura esposa. Palacio de Versailles. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

A pesar de todo, detrás de esa apariencia grave y taciturna se oculta una inteligencia clara, ávida de saberes, rica en conocimientos científicos, geográficos, e históricos. Le gusta retirarse en soledad para instruirse leyendo. Aprende la física, el derecho público, las matemáticas. Está al corriente de todos los avances en el terreno de la medicina que más tarde le ayudarán cuando acceda al poder. Louis-Auguste, bien dotado para el aprendizaje de las lenguas, es profundo conocedor del latín, habla en francés, alemán, italiano e inglés, lenguas que se hablaban en las cortes de la época. Su carácter introvertido y reservado lo mantienen alejado de las intrigas de la corte.

Por su parte, la pequeña Antonia es una niña graciosamente delicada y esbelta para su edad. De rostro ovalado, llaman poderosamente la atención sus grandes ojos azules y su bonito pelo dorado.

Pero lo que atrae irresistiblemente las miradas es su candidez, su dulzura, sin olvidar, su gracia natural y su encanto innato. Su manera casi etérea de andar la convierten en promesa fiel de una digna futura reina de Francia.

Nuestra deliciosa niña rubia de ojos azules, capaz de hacerse perdonar por no haber hecho las tareas escolares y dejándolas para el siempre más tarde, embauca con sus artimañas infantiles a la condesa Madame de Brandeis. Esta mujer bondadosa mima y consiente a su pupila colmándola de amor y ternura. En 1768, la condesa es remplazada por otra institutriz más severa, madame Lerchenfeld, quien no supo ganase el afecto de la niña y tampoco conseguirá grandes progresos ni logros académicos.

Poco a poco, encandilando a sus preceptores fue dejando de manera negligente su formación académica y por supuesto, una desdeñada instrucción política que le hubiera sido de gran utilidad dado los grandes proyectos que tenía la emperatriz para ella. A los diez años, apenas sabe leer y escribir en alemán. El francés lo habla con dificultad y lo mismo sucede con el italiano, tres idiomas que eran de uso corriente en la corte imperial.

Marie-Thérèse se da cuenta de que la archiduquesa Antonia, a los trece años todavía no sabe escribir correctamente ni el francés ni el alemán. Su formación, en general, está bastante descuidada. Son escasos sus conocimientos de historia y a pesar de tener como profesor de música al genial Gluck, a la archiduquesa no parece tampoco interesarle demasiado su formación musical.

La emperatriz decide tomar cartas en el asunto y ocuparse personalmente de la instrucción y formación de la futura reina de Francia. Por este motivo, la archiduquesa Antonia recibe clases de danza, tan necesaria en la corte. Su profesor será el célebre maestro de ballet y coreógrafo, Jean-Georges Noverre, protegido de Marie-Thérèse y más tarde de su hija. Aprovechando la presencia de dos actores franceses en Viena, Antonia recibirá clases de pronunciación francesa y también de canto.

La archiduquesa María Antonia Josepha Johanna de Austria, a la edad de 12 años. Atribuida a Martin van Meytens. Palacio Schönbrunn de Viena. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Aun así, para la diplomacia francesa no es suficiente y se decide enviar a Viena, en el otoño de 1768, como preceptor, al abad Jacques-Mathieu de Vermond quien sucumbe ante la gracia y simpatía de la archiduquesa. Será él quien se encargará de formar seriamente a la futura reina. La archiduquesa y el abad se entienden de maravilla. La adolescente es incapaz de profundizar en los conocimientos que su preceptor le enseña. Este, haciendo uso de su paciencia y de su mano izquierda consigue, poco a poco, enderezar a su educanda quien busca el más mínimo pretexto para zafarse de sus deberes y de las tareas encomendadas. Vermond es consciente de que, a la postre, la archiduquesa posee todo cuanto se requiere y se espera de ella.

Antonia es bella, desprende dulzura a raudales, sabe engatusar a su público con una delicadeza inherente que cautiva y maravilla a todos cuantos la rodean. Su gracia, su prestancia, su manera de caminar llaman la atención por doquier. Versailles le abrirá sus puertas y la acogerá amorosamente en sus brazos. Pero lo más importante, Antonia es joven y rebosa de salud, de energía y entusiasmo. Requiere todo cuanto se espera de una futura reina. Podrá tener muchos hijos y, por consiguiente, asegurará la dinastía. Solo hay que esperar a que la adolescente sea núbil para dar cumplimiento al ansiado matrimonio.

Mathieu-Jacques De Vermond. Palacio de Versailles.

Ese día tan anhelado llegó. La hija de la emperatriz es núbil desde las cinco y cuarto de la tarde, un jueves de febrero de 1770. Marie-Thérèse de Austria, jubilosa, informa diligentemente al marqués de Durfort, embajador de Francia en Viena, detallando pormenorizadamente dicho acontecimiento. La fisiología de las princesas de sangre real es un asunto de Estado.

Su papel de reina, en la corte, es meramente decorativo y su verdadero papel, es procrear, traer al mundo muchos hijos. Si por el contrario, esto no fuera así, sería repudiada y enviada a su país de origen cubierta de deshonor, vergüenza y afrentas. Con Antonia se podrá asegurar la dinastía, no en vano, su madre, la emperatriz Marie-Thérèse, sin abandonar nunca sus obligaciones de Estado, ha dado a luz a dieciséis vástagos sanos nacidos entre 1738 y 1756. Se espera que de tal palo tal astilla.

La emperatriz colma de atenciones al abad Vermond y lo admite rápidamente en la intimidad familiar. Él estará siempre al lado de la archiduquesa, la acompañará a su nueva patria y será su confesor durante toda su vida. Marie-Antoinette nunca sospechará del doble juego de su mentor y confidente. Sin que ella nunca lo sepa, Vermond será un espía al servicio de los intereses de su madre, la emperatriz de Austria.

Por fin, en 1769, se hace realidad el momento tan anhelado. La emperatriz Marie-Thérèse recibe la misiva en la que Luis XV pide solemnemente la mano de la archiduquesa Antonia que la convertirá en delfina de Francia al comprometerse con el delfín Louis-Auguste, futuro Louis XVI, rey de Francia.

Unos meses antes de su partida, la emperatriz decide instalar una cama al lado de la suya para terminar de instruir a la futura delfina y más tarde reina de Francia. Entre sus muchas arengas y peroratas, le inculca las cualidades que debe reunir una buena y solícita esposa. Deberá anteponer el bienestar de su esposo a su propia felicidad. A él le deberá absoluta sumisión y obediencia. No dará nunca motivos de escándalo y llevará una vida piadosa y de recogimiento. No debe olvidarse de rezar sus oraciones diariamente. Que no se deje arrastrar por la pereza y no olvide cumplir fielmente sus recomendaciones. Que no olvide nunca que un día será llamada a reinar en una de las cortes más importantes de Europa y a la vez una de las más corrompidas.

Un frenético año de preparativos se abre para concluir una alianza entre las dos casas dominantes en esta segunda mitad del siglo XVIII. Un gran despliegue de pompas, fastos y fiestas se suceden. La pedida de mano es pública. Antonia renuncia solemnemente ante los evangelios a sus derechos austríacos y un 19 de abril, se celebra el matrimonio por poderes de los dos adolescentes, en la iglesia de Saint-Augustin, en Viena.

Su hermano el archiduque Ferdinand, unos meses mayor que la delfina, será el encargado de representar en la ceremonia al delfín de Francia. Seguidamente entre festejos y adioses, Marie-Antoinette, ya desde ese instante ex-archiduquesa de Austria comenzará un destino que su madre habría labrado, con máximo esmero, desde su cuna.

A partir de ese momento, el mundo infantil de nuestra dulce y bella niña quedará sepultado para siempre jamás. Nada, ni personas ni cosas la unirán a la casa de Austria.

Con tan solo catorce años han decidido por ella su destino. Su madre, la emperatriz, consciente de los defectos de su hija, se inquieta en lo más profundo de su ser. La falta de madurez de su retoño, su impetuosidad y atolondramiento, su dificultad para concentrarse, su carácter perezoso e irreflexivo, su rebeldía ante las muchas imposiciones del protocolo de la corte no auguran nada bueno. Marie-Thérèse es presa de un siniestro y oscuro presentimiento.

Su hija lleva consigo, camino de su nueva patria, unas instrucciones de buena conducta, redactadas de su puño y letra, que deberá recordar periódicamente, todos los 21 de cada mes. A su vez, suplica a Louis XV que sea benevolente y condescendiente con ella pues tan solo tiene catorce años, un año menos que Louis-Auguste. Ambos dos, unos niños.

Os recomiendo, mi querida hija, todos los 21 volver a leer mis anotaciones. Os ruego, sedme fiel sobre este punto; solo temo vuestra negligencia en vuestros rezos y lecturas porque si no le seguirán la apatía y la negligencia... Carta de Marie-Thérèse a Marie-Antoinette, el 4 de mayo de 1770. (2)

¡Adiós mi querida hija! Una gran distancia va a separarnos. Sed justa, humana, consciente de los deberes de vuestro rango… Vos tenéis el don de agradar, usadlo en beneficio de vuestro esposo. Haced tanto bien a los franceses de manera que puedan decir que les he enviado un ángel... (3)

Pero, la voz quebrada por la emoción, la emperatriz tiene que parar su discurso. Tiene que dejar a su hija marcharse hacia un destino prometedor pero lleno de lúgubres presagios.

Retrato de Marie-Antoinette hacia 1770 por Joseph Ducreux. Colección del Museo de la Historia de Francia. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Es la hora terrible de las despedidas, del adiós para siempre a sus hermanas y a sus hermanos tan queridos. Del adiós para siempre a su querida, respetada y a veces, temida madre. El adiós para siempre a los prados, a las fuentes y a los árboles de Austria. El adiós para siempre a su querida tierra, a las fragancias y colores de las flores de las montañas de Austria. El adiós para siempre a su niñez, a su candidez e inocencia. Todos sabían que nunca jamás la pequeña y dulce niña regresaría a su patria y que nunca jamás volverían a verse.

EL VIAJE HACIA SU NUEVA PATRIA

La mañana del 21 de abril un impresionante cortejo de cincuenta y siete carrozas se aleja del palacio de Schönbrunn, lugar donde Antonia deja enterrados sus años de despreocupaciones infantiles. Viena se echa a la calle para despedir a su princesa al son de trompetas y tambores. Resuenan los cascos de los trescientos cuarenta caballos que se abren paso entre la algarabía de los niños y los sollozos de sus madres. Todos quieren tocarla, gritan, corren y entre empujones algunos consiguen verla. Viena está de fiesta pero una congoja profunda se apodera del corazón de la niña cuando la comitiva se abre camino por las calles, lejos de su madre, también de Joseph, su hermano mayor y heredero al trono. Atrás deja los recuerdos de su adorada hermana Marie-Caroline. También quedan atrás Ferdinand, que le precede por edad y Maximilien, el más pequeño. Todos ellos cómplices de confidencias y juegos.

Anne d’Arpajon, condesa de Noailles. Madame Étiquette. De la Escuela Francesa del s. XVIII. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

La carroza principesca y su séquito, atraviesan lentamente Austria y Baviera. Cada ciudad, aldea y burgo quieren agasajar a su princesa quien entre risas, llantos y sueños se deja adormecer por el traqueteo de las ruedas. Todos salen a su paso. El rumor se ha expandido. Una de las suyas se aleja de Viena. Labriegos, artesanos, comerciantes, granjeros, segadores, aguadores, cabreros, pastores, aristócratas, condes y condesas le rinden pleitesía y honores. El viaje se eterniza pero la ocasión se acerca. La frontera no está lejos y el tiempo apremia. Es el momento del adiós a la archiduquesa y el ahora de la delfina, futura reina de Francia. Han transcurrido alrededor de tres semanas entre caminos polvorientos, largas ceremonias y festejos en las villas.

Todo está a punto para que se celebre oficialmente la ceremonia de la entrega de la princesa por parte de las autoridades austríacas a las francesas. Momento muy doloroso para la adolescente, que estalla en sollozos al separarse de todos y de todo cuanto ama.

Retrato de Florimont-Claude. Conde de Mercy-Argenteau (1727-1794). Diplomático austríaco. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Nuevos personajes entran en la vida de la delfina, su dama de honor, la condesa de Noailles, mujer de carácter rígido y severo. Madame la condesa junto con su esposo el conde de Noailles se distinguen en la corte, por su fidelidad mutua, además de ser grandes amantes de las normas y de las reglas. Nada que estuviera fuera del protocolo y de la etiqueta sería mínimamente aceptable para ellos.

Monsieur le conde fue el encargado de distribuir los dineros y los regalos, abundantes en joyas, a la escolta austríaca que deberá regresar a Austria. Es la hora del último adiós, de los sollozos y tristezas. Solamente, entre todo el séquito, el príncipe Starhemberg está autorizado a acompañarla hasta Versailles.

Último adiós cruel al arrancarle a su perro Mops de sus brazos. Se sabe que gracias a las negociaciones llevadas a cabo por el embajador de Austria, el conde de Mercy-Argenteau, el perrito pudo volver con su ama.

Se prepara la ceremonia de la entrega, con tal celo y rigor que las fórmulas de los documentos son escrupulosamente estudiadas. Se busca una isla en medio del Rhin para preservar la imparcialidad de las dos patrias. Para tal ocasión, se levanta un pabellón de madera con dos entradas a ambos lados del río. Los ricos habitantes de Estrasburgo prestan mobiliario, enseres, ajuares, alhajas y suntuosos tapices para crear la atmósfera propicia para tal real acontecimiento.

Al parecer, un joven estudiante de derecho, de nombre Johann Wolfgang von Goethe, que el azar quiso que estuviera allí para dar la bienvenida a la princesa y que observara la escena de uno de los tapices. Este quedó impresionado y tremendamente perplejo al observar la tragedia de Jasón y Medea. Medea, personaje de la mitología griega encarna el prototipo de mujer malvada y perniciosa que se vale de sus artes de hechicera para conseguir sus fines a cualquier precio. Afortunadamente, con la premura de los preparativos, ninguno de los allí asistentes reparó en tan desafortunado detalle. Tal vez, tampoco nadie conociera el mito, a excepción del que será más tarde un brillante escritor y poeta.

Se instalan dos salas en la margen derecha del Rhin y otras dos exactamente iguales en la margen izquierda del río. Entre ambas, una sala grande, propicia para la realización de la solemne ceremonia. En el centro, una mesa cubierta por un manto de terciopelo rojo carmesí simboliza la frontera. Un largo ritual comienza con la lectura de los actos de entrega y recepción de la niña. La despojan de sus vestiduras y ella siente que, como a jirones, le están desgarrando el alma. Es lo poco que le queda de todo cuanto trajo de Austria. Adiós a los rostros conocidos, adiós a todo, adiós. La niña se difumina y la delfina renace. A partir de ahora la llamarán Marie-Antoinette. La terminación del diminutivo -ette implica afecto y cariño.

Es el príncipe de Stahremberg quien la guía hasta el lado francés de la mesa, hasta su nueva patria. La despojan de sus vestiduras. Otras prendas la arropan. El lujo y la ostentosidad aparecen. Antonia ya queda vestida a la francesa. Ni una sola horquilla, ni tan siquiera un pañuelo ni aun menos una sortija le quedan de recuerdo a la pobre niña. Ningún objeto donde depositar sus anhelos. Es tal el desarraigo que siente, que en los brazos de Madame de Noailles se arroja para aliviar su congoja. Sin embargo, ni las lágrimas ni los sollozos ablandan el corazón de la dama. Nunca, en los años que restan, sabrá ganarse el afecto y el cariño de Marie-Antoinette. Es el momento de la rigidez y de seguir escrupulosamente la etiqueta. Los lloros, las muestras de tristeza y de desesperanza no convienen al seguimiento del protocolo. A partir de ahora, nunca más podrá zafarse del rigor de los ceremoniales de su rango en su nueva patria.

Una explosión de júbilo y de alborozo recibe a la nueva delfina. Las campanas de la catedral, de las iglesias, de los templos de Estrasburgo y de toda Alsacia tañen al unísono. La artillería hace resonar sus cañones lanzando al viento salvas de bienvenida a la delfina. Sin embargo, a lo lejos, en la Selva Negra, como mal augurio, estalla una tormenta destructora y sombría.

Como colofón del extraordinario acontecimiento, debajo de un magnífico arco de triunfo un magistrado se dirige en alemán a Marie-Antoinette. Ella lo interrumpe y añade con gracia y desenvoltura que no le hablen ya en alemán, que a partir de ahora su lengua será la que se habla en Francia.

La delfina comprende, a la perfección, cuál es su cometido y, aunque a veces al principio por descuido utiliza el alemán, más pronto que tarde se va olvidando de su lengua materna.

Con la majestuosidad de sus pasos que la caracteriza desde siendo muy niña, se dirige escoltada por jóvenes vestidos con el uniforme de la guardia de los Cien Suizos al palacio episcopal. Allí se celebrará un espléndido banquete al que acuden los nobles y la gente más honorable de la ciudad. El anfitrión es el venerable Cardenal Constantin de Rohan quien achacoso por los años y la gota, deberá recluirse, al día siguiente, en sus aposentos. No podrá oficiar la misa solemne en la catedral como estaba previsto.

Louis Georges Érasme De Contades, Marqués de Contades, Señor de Verne Montgeoffroy y La Roche-Thibaut. Autor desconocido. Palacio de Montgeoffroy. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Las calles de Estrasburgo están engalanadas para la celebración de los festejos por la llegada a Francia de la delfina. Los niños, a su paso, le lanzan bellos pétalos de flores. Ella les devuelve tiernas sonrisas. El poder del olvido es prodigioso y, como niña que es, su bonito rostro expresa, en esos momentos de júbilo, mucha alegría y un gozo infinito. Los habitantes de la ciudad y de todos los alrededores arropan a la niña rindiéndole calurosos homenajes.

El programa continúa de una manera frenética festejando a la delfina de Francia. Por la tarde, deberá dirigirse a la Comedia-Francesa, en donde será de nuevo homenajeada. Por la noche, habrá magníficos fuegos artificiales. Estrasburgo se iluminará en su honor. Y como colofón a un día repleto de emociones, el mariscal de Contades ofrece un baile, a las doce de la noche, para aclamar a la delfina y en señal de agradecimiento por todos los dones de la princesa. Los grandes señores y los ricos burgueses ataviados con lujosos ropajes asisten al baile mezclándose con los oficiales de las diferentes guarniciones. Las mujeres sencillas del pueblo lucen sus cofias tradicionales en señal de orgullo y alabanza. Todo es poco, para rendir homenaje a la majestuosa delfina de Francia.

Retirada, por fin, en sus aposentos, se siente cansada por un día cargado de emociones pero nunca olvidará la acogida recibida en estas tierras y el calor de sus gentes.

Al día siguiente, el 8 de mayo de 1770, todos los miembros del clero, delegaciones de las universidades y los notables de las ciudades de Estrasburgo, Bâle y Mulhouse le rinden homenaje en diferentes actos.

Para finalizar estas ceremonias todos acuden a la misa solemne. Marie-Antoinette es recibida, en el atrio de la catedral, por el coadjutor Louis de Rohan, sobrino del venerable Constantin de Rohan, quien por encontrarse indispuesto debe guardar reposo en sus aposentos.

Desde el primer momento, Marie-Antoinette, siente hacia este personaje en lo más profundo de sus entrañas, un premonitorio rechazo. No siente ninguna simpatía hacia este encopetado prelado suntuosamente vestido de color púrpura cardenalicio. Siente un profundo desagrado hacia esos empingorotados y pretenciosos andares. Le repugna su discurso de estilo enfático y engolado; todo en él le produce repudio y desprecio. Las palabras aduladoras y lisonjeras de este despreciable eclesiástico, al nombrar a sus ilustres padres y a sus antepasados austríacos, le revuelven todo por dentro. Los cánticos de las voces blancas del coro de niños y las notas celestiales del órgano de la catedral de Estrasburgo le devuelven la paz al acabar la homilía.

Louis de Rohan había hecho su aparición, en la corte de Viena, en enero de 1772. Había sido enviado en misión diplomática especial destacando pronto por su carácter altivo y arrogante. Este príncipe de la iglesia gustaba de los fastos y oropeles de las fiestas palaciegas. Pronto se ganó la enemistad de la emperatriz Marie-Thérèse, quien no aprobaba la conducta disoluta y libertina en un representante del clero. La corte de los Habsburgo era una de las cortes más austeras, más religiosas e incluso mojigatas de la época. Esta repulsión de la emperatriz hacia Louis de Rohan la heredó su hija Marie-Antoinette. Años más tarde, en Versailles, ya siendo reina, el rechazo hacia este pretencioso personaje, llegará hasta la más profunda repugnancia, con el asunto desgraciado del collar de la reina.

El cortejo sigue su ruta, toda jalonada de festejos, ceremonias y protocolo. Las personas a su paso, gritan alborozadas expresando su contento y dan muestras de aprobación a la persona de la delfina. El entusiasmo que despierta recorre calles y plazas. En cada parada trescientos ochenta y seis caballos son relevados. El camino es duro y la carga pesada. Todo está previsto y estudiado al detalle. Cada trecho del recorrido de la comitiva ha sido adecentado y engalanado. Nada puede fallar. El tesoro que allí llevan es la promesa del bienestar y del progreso del reino.

Los días se suceden y el cansancio hace mella en la princesa. Está agotada pero su rostro se ilumina ante tantas muestras de afecto.

El 9 de mayo, transcurridos unos 150 kilómetros desde Estrasburgo, la delfina y su séquito, precedidos de cincuenta guardias encargados de la seguridad, llegan a Nancy, capital del ducado de Lorraine de sus antiguos ancestros paternos. Al día siguiente, Marie-Antoinette emocionada rescata de sus lejanos recuerdos la figura entrañable de su querido padre y haciendo una genuflexión con sumo recogimiento le rinde sus respetos ante las tumbas de sus antepasados, en el convento de los Cordeliers. El 11 de mayo, siguiendo el itinerario llegan a la ciudad de Châlons-en-Champagne bordeada por el río Marne y donde crecen ricos y abundantes viñedos. Allí se instalan para pasar la noche. Por la mañana, el 12 de mayo, la comitiva pone rumbo a la ciudad de Reims, lugar emblemático para los reyes de Francia. En su majestuosa catedral de extraordinaria arquitectura gótica, durante siglos, se viene celebrando la ceremonia de la consagración del monarca. El primero de ellos fue Clovis, rey franco que unificó los reinos de Francia y que se convierte al cristianismo para poder casarse con la princesa cristiana Clotilde. La ceremonia tuvo lugar en dicha catedral en torno al año 509. Así pues, desde esta primera dinastía, la merovingia, hasta la borbónica todos los llamados a gobernar el reino se han coronado allí reyes de Francia. El último ha sido Louis XV, el Bien-Amado y pocos años más tarde será el turno del desdichado Louis XVI.

El cortejo sigue su andadura y el 12 de mayo llega a la ciudad de Soissons. La impresionante abadía de Notre-Dame sobrecoge a la futura delfina. Es uno de los conventos de mujeres más grandes del Norte de Francia. Nadie sospechará a esas alturas del siglo que dentro de no muchos años, en 1792, unos veinte mil soldados revolucionarios llegarán a la ciudad y arrasarán la abadía y otros conventos.

Marie-Antoinette siente nostalgia al ver que con el transcurrir de los kilómetros se va alejando cada vez más de su madre, de sus hermanos y de las tierras de Austria. El día 13 la comitiva llega a un pueblecito de los Vosges en la región de la Lorraine llamado Le Vermont.

El 14 de mayo, por fin, a unos cien kilómetros de Versailles, en la linde del bosque de Compiègne, cerca del puente de Berne, tiene lugar el solemne encuentro. Desde el alba, la multitud se congrega. Nadie quiere perderse el feliz acontecimiento. Todos se agolpan con el sonar de tambores, oboes y trompetas. Los mosqueteros, vestidos de rojo escarlata y bordados de oro, custodian la carroza ricamente equipada del monarca. Allí están instalados los príncipes y princesas de sangre, las damas de honor y de compañía, los caballeros y lacayos. Todos lucen suntuosos y magníficos ropajes. En el puente de Berne varias carrozas esperan. La futura delfina manda a sus cocheros detenerse. Desde lejos ha visto la silueta del monarca Luis XV, el Bien-Amado, y de su nieto, Louis-Auguste, su futuro esposo.

El rey Louis XV por Maurice-Quentin de La Tour. Museo del Louvre. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Marie-Antoinette desciende majestuosamente de su dorada carroza principesca. Camina hacia ellos con gracia y elegancia. Está rodeada de sus damas, de sus asistentes y pajes. De manera espontánea, pero sin romper el protocolo, se arrodilla a los pies del envejecido monarca, disoluto y enviciado, con la más exquisita de las reverencias. Este gesto deslumbra, entusiasma y emociona a todos los presentes. El monarca, a su vez, se inclina para levantarla y abrazarla con el amor de un afectuoso padre. Seguidamente presenta a su futuro esposo quien la besa en la mejilla sin gallardía ni prestancia. A continuación, según las exigencias de la etiqueta, conoce a Adélaïde, Victoria y Sophie, tres de las cuatro hijas solteras del rey de Francia.

El rey Louis XV, el Bien-Amado, invita a la joven princesa a subir a su carroza. El monarca queda prendado ante la dulzura y el encanto de la gentil archiduquesa mientras que su tímido nieto, azorado, guarda silencio a su lado. La joven está educada para jugar un papel de representación en la corte y aunque menudita, delgada y sin grandes atributos femeninos es pronto para juzgarla. Es necesario esperar a que la naturaleza obre a su favor en cuanto a sus encantos de joven mujer. Tan solo unos meses antes, a las cinco y cuarto de la tarde, del jueves 7 de febrero de 1770, la archiduquesa deja de ser niña para poder ser madre. Para la emperatriz de Austria es un acontecimiento extraordinario de suma importancia. Con resolución y sumo gozo comunica al rey de Francia que su hija es núbil y podrán iniciarse los trámites para su posterior traslado a Francia.

En el trayecto del bosque hasta el palacio de Compiègne, el monarca entabla una conversación con Madame la delfina y no oculta su agrado cuando ella se dirige a él llamándolo papá o papá rey. Mientras tanto, el delfín se muestra taciturno y pensativo.

Aunque la pareja ya estaba casada por poderes, esa noche no durmieron bajo el mismo techo, siguiendo el protocolo establecido. Instalaron a Madame la delfina en una de las estancias preparada para tales fines. Louis-Auguste fue conducido a la residencia del conde de Saint-Florentin. Ya solo y en la quietud de la noche, en su pequeña libreta, donde acostumbra anotar los acontecimientos importantes escribe: Entrevista con Madame la delfina.

Al pobre Louis-Auguste y a la pobre princesa, les han arrebatado la infancia, les han arrebatado el alma. Cuántas celebraciones, cuánto protocolo; nada queda para los niños. Es la hora de ser adultos y de las exigencias de la etiqueta. Los delfines se deben a Francia. Su destino, aunque entre oropeles y abundancia de alimentos, está diseñado al milímetro. Todo es público. Todos miran y escudriñan hasta los más mínimos detalles. La ceremonia del «levantarse del lecho», del «acostarse», del «comer», del «alumbramiento de la reina»… Todo es público. Todos tienen derecho a estar presentes según rango y protocolo. ¡Pobres niños! Hasta el acostarse por primera vez en el lecho conyugal es público.

Al día siguiente, el 15 de mayo, el cortejo continúa su marcha hacia Versailles. Un alto es de rigor en el norte de París. Madame Louise, la más pequeña de las hijas de Louis XV, un mes antes, ha ingresado en el convento de las Carmelitas de Saint-Denis, con el nombre de Thérèse-Augustine. Una de las monjas, entusiasmada por la augusta visita al ver a la delfina no puede reprimir una exclamación y aunque en voz baja, en el claustro se le escucha decir que todo en la bella princesa es grandeza, modestia y dulzura.

El rumor de la llegada de los ilustres personajes se extiende por la capital. Aristócratas en sus resplandecientes carrozas, también las gentes sencillas del pueblo acuden en masa para acoger y dar la bienvenida a Madame la delfina. La comitiva se abre paso entre aplausos y gritos enardecidos de júbilo y alborozo.

Llegada la noche, toda la familia real se cita en el palacio de la Muette. Es un momento entrañable para Marie-Antoinette pues conocerá a su cuñada, la todavía muy niña Elisabeth, compañera de juegos y de la que nunca se separará, hasta que una cruel y trágica sentencia de muerte las alejará la una de la otra para siempre. Madame Élisabeth nació el 3 de mayo de 1764. Tiene, en esos momentos, tan solo 6 años.

Allí también, está la otra hermana de Louis-Auguste, Marie-Clotilde, Gros-Madame, cinco años mayor que Elisabeth. En 1796, se convertirá en reina de Piémont-Sardaigne y jugará un papel esencial durante la Revolución Francesa, acogiendo en su corte a los emigrados perseguidos en Francia.

Marie-Antoinette conocerá también a Louis-Xavier, Conde de Provence, nacido en 1955, futuro Louis XVIII y a Charles, conde de Artois, nacido en 1757, futuro Charles X, ambos adolescentes, amigos y cómplices de Marie-Antoinette en sus andanzas por París.

Retrato de Madame Du Barry por Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun. Colección del Museo de Arte de Filadelfia. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Después de las presentaciones, viene el momento deslumbrante de las joyas. Madame la delfina, recibe los tesoros de sus augustas predecesoras; de Marie-Josèphe de Sajonia, madre del delfín, de Marie-Thérèse de Austria, esposa de Louis XIV y de Anne de Austria, esposa de Louis XIII, entre otras.

Marie-Antoinette desde que salió de su patria sabe que tiene un cometido de gran importancia. Debe ganarse el afecto y la amistad del rey, ahora su abuelo y padre. La delfina sobrepasa todas las expectativas. No pierde ocasión de agradar al rey y a cuantos la rodean. Es una adorable niña a la que todo el mundo respeta y admira.

La marquesa de Durfort, el 15 de mayo de 1770, queda sorprendida de la exquisita educación de la encantadora delfina. Se deshace en elogios y halagos hacia ella en su camarilla de amigos. Sabiendo la importancia de las primeras impresiones de la recién llegada a la corte le comunica al diplomático al servicio de la emperatriz de Austria, el conde de Mercy-Argenteau, todas las cualidades que la describen: belleza, delicadeza, refinamiento, elegancia, naturalidad, nobleza. Con todos esos atributos será una digna reina de Francia.

En la cena, llama su atención una bellísima dama, sentada no lejos del monarca y exclama, ingenuamente, por qué no se la han presentado. Madame de Noailles viéndose comprometida ante tal pregunta le contesta azorada que se trata de Madame du Barry y que tiene la función de distraer a su Majestad. A lo que ella añade con la ingenuidad que le brindan sus escasos años que en ese caso ella intentará ser su rival.

Nadie, ni su madre, ni Vermond, ni el conde de Mercy-Argenteau, ni el conde Stahremberg, le han informado de este asunto tan delicado, el de Louis XV y sus favoritas. La lista es larga, la condesa de Mailly, la condesa de Vintimille, la marquesa de la Tournelle, la marquesa de Pompadour, entre otras.

Esta vez, es el turno de Jeanne Bécu, Madame du Barry, bella joven de 26 años que se ha ganado los favores del rey y este la ha elevado al estatus de favorita en la corte. Su ostentosa presencia, en Versailles, escandalizará más tarde a Madame la delfina.

La delfina

EL CASAMIENTO DE LA DELFINA CON LOUIS-AUGUSTE

El 16 de mayo de 1770, Versailles se despierta con los preparativos de la solemne boda de tan ilustres personajes de la historia de Francia. París está alborozada. La capital hierve de impaciencia. Todos cuantos pueden se desplazan hasta los alrededores del palacio. El más deslumbrante y bello de cuantos se conocen mandado construir por Louis XIV, el Rey Sol. En menos de tres horas tendrá lugar la ceremonia nupcial. Louis-Auguste y el monarca han dormido en el palacio. La delfina hará su entrada solemne en la lujosa residencia real, sobre las diez de la mañana. Desde lejos, ya intuye las maravillas que allí dentro se guardan. Su corazón se encoge y la emoción la embarga. Es consciente de que detrás de esos muros, la historia habla.

Visten cuidadosamente a la novia, como manda la etiqueta. Los bellos ropajes la engalanan y las preciosas joyas la agasajan. Con el novio hacen lo propio pero su timidez lo obstaculiza y lo paraliza. Louis-Auguste no está preparado ni para casarse ni para jugar el papel que el destino le depara. Se trata de un adolescente que no desea ser rey el día de mañana.