Marx - José Rodríguez Iturbe - E-Book

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ESTE LIBRO OFRECE UNA GUÍA NECESARIA PARA ENTENDER POR QUÉ MARX NO ESTÁ MUERTO Y POR QUÉ EL MURO DE BERLÍN NO CAYÓ, SINO QUE SE RECONSTRUYÓ DE OTRO MODO: PORQUE MARX NO ES UN PENSADOR ECONÓMICO, ES UN FILÓSOFO, UN CRÍTICO DE LA RELIGIÓN, UN PROFETA SECULAR. SU PENSAMIENTO ESTÁ ERIGIDO SOBRE UNA BASE FILOSÓFICA PROFUNDA, EN DIÁLOGO Y RUPTURA CON LA TRADICIÓN OCCIDENTAL. TRAS ABORDAR LA VIDA TEMPRANA DE MARX, SUS PRINCIPALES OBRAS Y SUS CONCEPTOS CENTRALES (MATERIALISMO DIALÉCTICO, LUCHA DE CLASES, Y ALIENACIÓN), EXAMINA LAS POLÉMICAS CONTRA OTROS SOCIALISTAS Y LA CRÍTICA DE VOEGELIN A LA NATURALEZA GNÓSTICA DEL PENSAMIENTO MARXISTA. INCLUYE TAMBIÉN UNA DISCUSIÓN SOBRE EL SUPUESTO ANTIJUDAÍSMO EN LOS ESCRITOS DEL JOVEN MARX.

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Seitenzahl: 211

Veröffentlichungsjahr: 2025

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JOSÉ RODRÍGUEZ ITURBE

MARX

Una aproximación

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2025 byJosé Rodríguez Iturbe

© 2025 by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-7238-0

ISBN (edición digital): 978-84-321-7239-7

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7240-3

ISNI: 0000 0001 0725 313X

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

Prólogo

Introducción

I. Vida Y Obra

Región y familia

Infancia y juventud

El cambio espiritual

Berlín: el nuevo mundo cultural

La Izquierda hegeliana

Bruno Bauer y David Strauss

La tesis doctoral

Intento frustrado de vida académica

Moses Hess y la

Gaceta Renana

Boda y familia

El Bienio parisino

Encuentro parisino con Engels

Los

Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844

La crítica de Eric Voegelin

Voegelin y la muerte de Dios

La Sagrada Familia

El impacto de Feuerbach

Bakunin

Vorwärts

y la expulsión de Francia

Tesis sobre Feuerbach

Polémica con Proudhon

La Ideología Alemana

La Liga Comunista y el

Manifiesto Comunista

La Revolución de 1848

Liberalismo y democracia. Socialismo utópico y el socialismo marxista

El factor económico

La Revolución de 1848 en Francia

La segunda etapa de la Revolución en Francia

La derivación bonapartista

Nueva Gaceta Renana

Londres

La Lucha de Clases en Francia 1848-1850

El 18 de Brumario de Luis Bonaparte

Los artículos del

New York Daily Tribune

y otros escritos

Consolidación de la residencia de los Marx en Londres

Contribución a la Crítica de la Economía Política

La I Internacional

La Guerra Civil en Francia

El Capital

La

Crítica al Programa de Gotha

La crítica al reformismo dentro del socialismo alemán

II. Las Alienaciones Y Su Liberación

Las alienaciones marxistas

El materialismo dialéctico

Anti-Dühring

Epílogo

Apéndices

1. Del mito revolucionario de la clase y el mito reaccionario de la raza. La conjunción histórica

2. ¿Antijudaísmo en el Joven Marx?

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Comenzar a leer

Notas

PRÓLOGO Marx camina entre nosotrosJulio Borges Junyent

Cuando oímos el nombre de Karl Marx, es frecuente pensar en una figura del siglo xix con olor a naftalina, o en manifestaciones obreras de otra época, o en libros de teoría económica que duermen apolillados en bibliotecas. Muchos creen que Marx es parte del pasado ya superado, algo que se estudia como quien estudia a Galileo o a Newton: sin urgencia y con distancia.

Sin embargo, como señala José Rodríguez Iturbe en este texto que ahora presentamos, Marx. Una aproximación, el pensamiento de Marx está mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos. Marx está vivo en los movimientos que solo clasifican a la sociedad entre oprimidos y opresores, en las teorías que explican todo desde la desigualdad estructural, en los debates sobre el poder del lenguaje, el género, la raza o la identidad. Está presente en la forma en que se reescribe la historia, se derriban estatuas o se cancela a personajes considerados “reaccionarios”. No se trata de una reedición de El capital en TikTok, sino de algo más sutil: igual que los virus una doctrina puede sobrevivir, mutar y adaptarse. La matriz filosófica de Marx se ha infiltrado en la cultura posmoderna, en la teoría crítica, en el progresismo global y de modo intenso en Hispanoamérica en expresiones como la teología de la liberación o el socialismo del siglo xxi.

Este texto de Rodríguez Iturbe es una guía necesaria para entender por qué Marx no está muerto y porque el muro de Berlín no cayó, sino que se reconstruyó de otro modo: porque Marx no es un pensador económico, es un filósofo, un crítico de la religión, un profeta secular. Su pensamiento está erigido sobre una base filosófica profunda, en diálogo y ruptura con la tradición occidental.

La ruptura mayor se origina al afirmar que no son nuestras ideas las que determinan la naturaleza de nuestra sociedad, sino que son nuestras relaciones sociales, culturales y económicas las que determinan nuestras ideas y, de hecho, nuestra propia conciencia. Asi, el pensar, para Marx, puede ser visto como una forma más de hacer. Ratzinger lo clasifica designándolo como Verum quia Faciendum: No es la verdad del Ser, sino la transformación del mundo, la que produce una verdad. Así, la verdad no es otra cosa sino acción, praxis. Como resultado, todas las estructuras ideológicas —cultura y política, religión y arte— derivan determinísticamente de los modos de producción.

Como muestra Rodriguez Iturbe, desde Demócrito y Epicuro hasta Hegel y Feuerbach, Marx absorbía ideas para luego darles vuelta, reinterpretarlas desde su materialismo radical. Por ello, no se puede comprender su crítica al capitalismo sin entender antes su crítica a la religión, a la metafísica, a la trascendencia.

Una de las tesis centrales que propone Rodríguez Iturbe es que la alienación religiosa es, para Marx, la alienación original. El hombre no se siente extraño sólo ante su trabajo, su cuerpo o su sociedad, sino también ante su propia espiritualidad. Marx no solo quiere un mundo sin explotadores: quiere un mundo sin Dios. Esa crítica se mantiene hoy viva, en muchos discursos que reducen lo religioso a lo político, que niegan lo trascendente en nombre de lo “estructural”.

De allí que, en los años recientes, el renacimiento de la llamada teoría crítica ha llevado las ideas marxistas del campo económico al campo cultural. Se trata de analizar el arte, la literatura, los medios de comunicación, la religión y la educación como instrumentos de poder. De este modo derivan teorías como el feminismo radical, el antirracismo militante, el ambientalismo extremo, el decolonialismo y la teoría “queer”, todas con el mismo ADN: el sistema oprime, la cultura somete, la revolución debe ser moral y subjetiva.

Es ahí donde Marx se cuela en el siglo xxi. Ya no con el lenguaje de la lucha de clases, sino con el de la identidad. Hoy se habla de “interseccionalidad”, “privilegio”, “microagresiones”. El lenguaje cambia, pero la estructura del pensamiento es heredera de esa visión binaria: hay una clase opresora y una clase oprimida, el sistema reproduce la dominación, la cultura es una extensión del poder. Esto se expresa en la llamada cultura de la cancelación, en los intentos de reescribir la historia desde los “márgenes”, en el rechazo de las tradiciones como formas de imposición.

Por toda esta dinámica, este libro es también un llamado a tomar en serio el estudio filosófico. Rodríguez Iturbe insiste en que no se puede entender a Marx sin haber pasado por la historia de la filosofía. Muchos que se proclaman marxistas no han leído a Hegel, a Feuerbach o a Aristóteles. Y muchos que lo critican, lo hacen sin conocerlo.

Rodríguez Iturbe no cae en simplificaciones. Por el contrario, estudia a Marx con profundidad, desde su tesis doctoral sobre Demócrito y Epicuro hasta sus escritos tardíos. Reconstruye su formación, su relación con Feuerbach, su ruptura con Proudhon, su alianza con Engels, su participación en la Primera Internacional, su crítica al Programa de Gotha. Lo presenta como un pensador integral: no sólo el autor de El capital, sino el creador de una cosmovisión alternativa.

Por todo esto, Marx. Una aproximación no es un estudio para especialistas. Es una herramienta para quienes quieran profundizar por qué muchas ideas que hoy suenan modernas, progresistas o incluso justas, tienen raíces en una filosofía que negaba a Dios, a la naturaleza humana, a la verdad y a la libertad personal. Comprender a Marx, entonces, es parte de recuperar el pensamiento crítico genuino: ese que no se deja llevar por consignas, sino que pregunta por la realidad última.

Este libro es una puerta de entrada a esa pregunta. Te invitamos a cruzarla.

INTRODUCCIÓN

Estas son páginas escritas para ayudar al inicio del estudio de Marx. Se aspira a dejar en ellas una visión general propedéutica al estudio de Marx y del marxismo. Por ello, no está de más señalar, de entrada, aquellas que constituyen las bases sapienciales necesarias para reconocer el aparato nocional existente en el desarrollo de su pensamiento.

Para estudiar a Marx hay que saber filosofía. Para entender a Marx hay que saber filosofía. Para aceptar o discrepar de Marx hay que saber filosofía. Porque Marx era filósofo y todo su pensamiento, incluido el económico, posee una base filosófica. Por eso hay demasiados sedicentes marxistas que, en realidad, del marxismo saben poco. También hay demasiados críticos del marxismo que, en realidad, no saben qué critican. Lo habitual en la afirmación o negación del marxismo es un apriorismo ideológico marcado por la superficialidad. Lo corriente en la aproximación a Marx es una falta de formación filosófica. Marx no fue un superficial y sí fue un filósofo. Se nutre, a su manera, del pensamiento precedente a él, desde el clasicismo helénico hasta el idealismo trascendental alemán. Marx fue un filósofo materialista. Se ubica en el materialismo desde su tesis doctoral. Se admira ante la solemne arquitectura del pensamiento de Hegel, pero, conociendo y admirando el sistema hegeliano, su construcción va exactamente en sentido contrario. Podrá descubrir la dialéctica y las alienaciones en Hegel, pero las alienaciones y la dialéctica marxista, dentro del amplio universo de la modernidad, dan lugar a una Weltanschauung diferente. Marx tenía, como todos los egresados del Gymnasium y de la Universidad alemana de su tiempo, una sólida formación clásica. Dominaba el griego y el latín. Logró hablar y escribir con soltura, además del alemán, su lengua materna, también el francés y el inglés. Aunque estudio España e Hispanoamérica, nunca dominó el castellano. Aunque estudio Rusia, sobre todo en la época final de su vida, nunca dominó el ruso. Sin que fuera expresión cabal del germanismo, no parece haber tenido la menor empatía con el eslavismo. Pensaba para la acción. Pensaba sobre la acción y los procesos históricos. Las dinámicas histórico-políticas de Francia y Alemania parecen haber sido objeto de su atención permanente, con prelación a otras. Extraía, de sus análisis, lecciones que, a su modo de ver, permitían la comprensión realista, no idealista, del mundo turbulento de su tiempo. Y, queriendo transformar ese mundo, siendo filósofo, planteó una filosofía que, necesaria y simultáneamente, fuera praxis. No bastaba, según él, interpretar. Era necesario cambiar. Y, para cambiar, la ortopraxis daba la medida de la ortodoxia. No parece haber sido demasiado exitoso en la creación de sus propias estructuras para la acción histórica, tanto en el plano propiamente político, como en el plano de la organización internacional revolucionaria del proletariado emergente a raíz de la primera revolución industrial. Fue un celoso seguidor del movimiento socialista alemán, del que fue una figura icónica y sobre el cual sintió la obligación de ejercer, fuera escuchado o no, un singular magisterio crítico, tapizado de duras polémicas, hasta el momento de su muerte.

Para estudiar a Marx, además de saber filosofía, hay que saber teología. Porque en Marx influyeron teólogos; o, mejor dicho, personajes que, habiendo estudiado teología, habían perdido la fe en Dios, desarrollando entonces una anti-teología; es decir, haciendo del ateísmo militante el núcleo central de sus planteamientos teóricos. La teología luterana alemana que Marx conoce estaba bastante inficionada de racionalismo. El anti-teísmo marxista supone una reducción de la teología a la política. Y una visión de la política determinada por una filosofía radicalmente antropocéntrica, cerrada en su materialismo a toda trascendencia en la consideración de la persona humana. Ese fenómeno era anterior a Marx. Y será también coetáneo y posterior a él. Es el fenómeno que desalienta en sus estudios berlineses a Søren Kierkegaard [1813-1855]. Es el fenómeno que encuentra Georg Wilhelm Friedrich Hegel [1770-1831] en el Stift de Tübinguen. Allí entraron, además de Hegel, esperando ser Pastores Luteranos, entre otros, Friedrich Schelling [1775-1854] y Friedrich Hölderlin [1770-1843]. Ninguno fue pastor. Todos perdieron la fe cristiana. Todos abrazaron un ateísmo panteísta. (El panteísmo es la forma más sutil del ateísmo). Por eso, a finales del siglo xix, en su diatriba contra el racionalismo filosófico alemán, Friedrich Nietzsche exclamará: ¡Tübinger Stift!, ¡Pútrida teología! No solo Hegel (sobre todo el Joven Hegel, de la llamada etapa teológica) pretende reducir la teología a la filosofía. También la cuestión teológica, desde la perspectiva sin fe del ateísmo, será elemento principal en Bruno Bauer [1809-1882] y en Ludwig Feuerbach [1804-1882]. Para entender con radicalidad el inmanentismo, el naturalismo y la política de Marx, hay que saber teología. Lo teológico, hasta en su rechazo basilar, no es secundario en Marx. Baste tener presente que para él la primera alienación, la alienación fundante, será la alienación religiosa, que exige, desde su perspectiva, para su superación, la crítica de la religión como condición de toda crítica. Lo teológico resulta en Marx importante hasta para entender y calibrar su perspectiva crítica del judaísmo. La temática relativa a la cuestión judía, tanto en Bauer como en Marx, además de referirse a la inserción o exclusión del judío en la sociedad civil alemana, como consecuencia de la política llena de antisemitismo del régimen prusiano, oficialmente luterano, reclama la consideración de los supuestos teológicos de la fe y de la práctica de la fe judía. La importancia que tanto Marx como Engels dan a la cuestión religiosa no es secundaria. Ella tendrá notable relieve tanto en la elaboración teórica de ambos como en sus críticas al socialismo alemán (calificado por ellos de revisionismo y desviacionismo; y, en última instancia, de heterodoxo) cuando este pretenda considerar como marginal y secundario el tema de la creencia y de la práctica religiosa en el marco de la militancia política socialista. Abordar para su comprensión y su crítica la visión de Marx de la religión exige, como requisito elemental de seriedad intelectual, una cierta base (mientras mayor, mejor) de conocimiento teológico.

Para estudiar a Marx, además de filosofía y teología, hay que saber historia. Porque el marxismo es un historicismo. La esencia del marxismo es un historicismo radical. El propio Diccionario Soviético de Filosofía, exaltando el historicismo marxista, afirmaba que solo él refutaba todo falseamiento de la realidad, todo enfoque tendencioso de los hechos del pasado. Más allá de la autorreferencia laudatoria, el diktat soviético deseaba subrayar el monopolio de cientificidad para la concepción marxista de la historia. La comprensión de lo humano en base a la determinante material de los sistemas de producción resulta inescindible de una antropología marxista. La visión hegeliana de la historia como lucha de contrarios encontrará en Marx una clave precisa en la lucha de clases. Para él, el antagonismo de la dialéctica histórica es antagonismo de clases. Si la lucha de clases es el motor real de la historia, el materialismo dialéctico y el materialismo histórico serán imprescindibles, para Marx y el marxismo, en una Weltanschauung que reclama, dentro de su propia lógica, una nueva cultura. Pero como el historicismo marxista no es flor de invernadero ni aparece en la historia de las ideas por generación espontánea, es necesario conocer las vertientes intelectuales de la modernidad que encuentran en Marx una especie de delta histórico-cultural y político. Se trata, así, de entender el texto en el contexto. Para ello es fundamental entender el mundo real en el cual vivió, pensó, escribió y actuó. Para entender a Marx es, pues, necesario conocer la historia. La historia del pensamiento alemán que nutre directamente a Marx. La historia de la Prusia post-Napoleónica y pre-Guillermina. La historia de Francia, particularmente la de la Francia Revolucionaria, 1789 y siguientes; así como la Francia convulsa que va de 1848 a 1870 y el inicio de la III República. Ese es el mundo que condiciona a Marx. Ese es el mundo sobre el cual Marx escribe. Ese es el mundo en torno al cual pretende demostrar la validez de sus tesis, sin mínima concesión a quien no comparta sus postulados. El historicismo marxista es consecuencia de su filosofía de la praxis. Si la verdad no es una dimensión del ser (la admisión de los trascendentales del ser sería para Marx una aberración metafísica), la verdad no es un supuesto ontológico, sino resultado de la praxis. Es, por tanto, la praxis histórico-política la determinante de la certeza científica a la cual aspira el materialismo dialéctico. Sin conocimiento de la historia, todo intento de comprensión del marxismo fracasaría en un vago idealismo (para los no marxistas) o en una deformación ideológica (para los marxistas). O sea, que el dominio de la historia, política y cultural, del tiempo de Marx resulta un elemento necesario para entender y criticar su pensamiento. Si ello resulta conveniente y necesario para cualquier figura destacada de la historia de las ideas, en el caso de Marx es algo imprescindible. Hasta en sus análisis económicos, lo histórico está presente. En su crítica a los economistas clásicos (Smith, Ricardo) lo histórico no es un elemento secundario o marginal. Y cuando se intenta comprender la visión marxista de la violencia revolucionaria como componente necesario de la lucha de clases, el recurso a la historia estará, tanto en Marx como en Engels, dotado de un carácter pretendidamente universal y objetivo.

Filosofía, Teología, Historia. Son esos tres elementos los que permiten, respecto a Marx, ver al personaje y a sus textos con afán de comprensión. El personaje, en su tiempo. Los textos, en el contexto. Así podrá llegarse a una visión objetiva y adecuadamente crítica de un personaje y su obra, cuya herencia, intelectual y política, llega a nuestros días.

I. VIDA Y OBRA

Región y familia1

Karl Marx [1818-1883] nació en una región alemana, la Renania, que había estado durante catorce años (1801-1815) anexionada a Francia. Tres años antes de su nacimiento, este territorio del Rin pasó, por decisión del Congreso de Viena (1815), al dominio prusiano. La anexión a Prusia generó unas profundas tensiones básicamente originadas en tres hechos:

1. En los territorios del Rin se había experimentado la difusión de los ideales de la Ilustración francesa. Los postulados de libertad, igualdad, fraternidad, fueron, en esa zona, casi universalmente compartidos. Aunque la Revolución francesa encontró su epílogo en el Imperio Napoleónico, las reformas políticas y sociales, más que perjudicar, habían beneficiado a los habitantes del I Imperio. Para la población de los territorios del Rin, Francia era entonces el prototipo del Estado moderno y Prusia era vista como una extraña pervivencia del status medieval.

2. La anexión a una Prusia empobrecida por la guerra implicaba para la Renania un atraso no solo político, sino también económico y social. En efecto, la región fue la primera en aceptar la Revolución Industrial y su bonanza económica, la prosperidad de su industria y de su comercio contrastaba con la tónica común del Imperio Prusiano.

3. Si históricamente los territorios del Rin estaban vinculados a la línea católica de la casa de Habsburgo, la anexión a Prusia implicaba el reconocimiento de un monarca protestante luterano, en cuanto el jefe protestante era el Emperador prusiano de la casa Hohenzollern2.

Tales tensiones provocaron en la Región Renana un constante cuestionamiento del orden prusiano. Así, los más significativos movimientos contra el conservatismo imperante en Prusia a lo largo del medio siglo posterior a la anexión, encontrarán ambiente propicio para su nacimiento y desarrollo en tal área.

Según destaca Isahia Berlin, su abuelo —Marx Levy Mordechai [1743-1804]— y su bisabuelo habían sido rabinos de la comunidad judía de Renania. El abuelo de Marx fue Rabino en Tréveris. Tuvo 2 hijos: Samuel (1721-1829), quien fue también Rabino y ocupó el puesto de su padre, y Herschel (1777-1838)3. El padre de Marx, Herschel Mordechai Levy [1777-1838], fue un próspero abogado influenciado por los racionalistas franceses y los iluministas alemanes que se apartó de la tradición familiar judía y cambió el apellido por el de Marx. Herschel y su mujer Henriette Pressburg [1788-1863] —oriunda de familia judía holandesa— no practicaban la religión de sus antepasados y tenían como meta el llegar a ser una respetable familia burguesa. Tuvieron 4 hijos y 5 hijas. Karl Marx fue el tercero de los nueve. 5 murieron jóvenes. 4 de ellos de tuberculosis. En 1842, teniendo Marx 24 años, era el único varón sobreviviente de la familia.

Aunque existía un edicto de Napoleón desde 1812 que prohibía a los judíos el ejercicio del derecho y ocupar puestos en oficinas estatales, los franceses no impidieron a Herschel el ejercicio de su profesión desde 1814. Después de la derrota de Napoleón en 1815, las autoridades de Prusia aplicaron, con legislación propia, el edicto napoleónico antisemita. Fueron las llamadas leyes antisemitas de Prusia de 1816. Ello ocasionó problemas a Herschel, quien no pudo seguir ejerciendo su profesión Sus colegas y la Corte Suprema de Renania intercedieron en su favor, sin éxito. Por ello, en 1817, un año antes del nacimiento de Karl, Herschel cambió su nombre, germanizándolo, por Heinrich, y colocó el nombre de su padre, Marx, como apellido. Se convirtió, además, a la Iglesia Evangélica de Prusia (luterana). Logró, así, autorización para volver a ejercer como abogado. Sus hijos se bautizaron en la Iglesia Luterana en 1824. Su esposa, un poco más tarde. Esa decisión no supuso ningún cambio en lo atinente a práctica religiosa. Abrazar el protestantismo, fue una simple vía para ablandar la hostilidad y rigidez del medio. La familia Marx que, hasta entonces, no había practicado el judaísmo, tampoco parece haber practicado después el luteranismo. Parece que después de la muerte de Herschel/ Heinrich, en 1838, su esposa Henriette Pressburg volvió al judaísmo, aunque en 1863 fue enterrada en cementerio protestante, luego de su funeral en la Iglesia Luterana del Redentor.

Infancia y juventud

El primer gran período de la existencia de Marx es el que transcurre entre su nacimiento (Tréveris, 5 de mayo de 1818) y el establecimiento de su residencia en Londres, en 1849. Suele considerarse como obra del Joven Marx sus escritos previos al Manifiesto Comunista de 1848. El Manifiesto Comunista se considera el inicio del Marx Adulto. Karl Marx falleció en Londres el 14 de marzo de 1883.

De 1830 a 1835 Marx realizó sus estudios secundarios en el Gymnasium de Tréveris. Se graduó el 24 de septiembre de 1835. Tenía entonces 17 años.

Se conservan dos textos de su etapa conclusiva del Gymnasium. El de su prueba de religión y el de lengua alemana. Ese doble examen de bachillerato muestra, según Enrique Dussel [1934-2023], una unión entre ética y religión que, siendo luterana, resulta también anti-kantiana y anti-conformista4.

El texto del examen de religión se intitula Sobre el fundamento, esencia, necesidad incondicional y efecto de la unión de los fieles en Cristo, según Juan 15, 1-14. Refleja un Marx adolescente cristiano luterano:

«La unión con Cristo nos otorga elevación interior, consuelo en el dolor, sosiego y un corazón que se abre a todo lo humano, a todo o noble, a todo lo grande. Y esto no por orgullo, ni por apetito de fama, sino solo por Cristo».

«Allí permanece el hombre, el único ser en la naturaleza que no cumple su propósito, el único miembro de la creación que no es digno del Dios que le creó, pero ese Creador benigno no podía odiar su obra. Desea que el hombre se eleve hacia Él y envió a su Hijo a través de quien proclamó: “Ahora ustedes están limpios por la palabra que yo le he hablado”, Juan 15, 3».

«El corazón, la razón, la inteligencia, la historia, todo nos habla con voz fuerte de que la unión con Él es absolutamente necesaria, que sin Él somos incapaces de cumplir nuestra misión.

¿Quién ha expresado la esencia de esta unión de modo más hermoso que Cristo, en la parábola de la vid y los sarmientos?

Del mismo modo en nuestra unión con Cristo miramos amorosamente a Dios y sentimos una ardiente gratitud hacia Él y alegremente nos postramos a sus pies. Entonces, cuando por la unión con Cristo ha surgido un sol bello ante nosotros, cuando sentimos consciencia de toda nuestra iniquidad, nos regocijamos al mismo tiempo por nuestra salvación y aprendemos a amar a Dios, que antes nos parecía un Señor ofendido, pero ahora aparece como un Padre misericordioso y un buen maestro».

«Dirigimos nuestro corazón simultáneamente hacia nuestros hermanos que Él une a nosotros y por quienes también se ha sacrificado… Al sacrificarnos unos por otros y ser virtuosos»5.

Otro texto de ese fin del bachillerato fue Reflexiones de un joven al elegir su profesión, correspondiente a su examen de expresión en lengua alemana6. Allí dice:

«La gran preocupación que debe guiarnos al elegir una profesión debe ser la de servir al bien de la humanidad y a nuestra propia perfección».

«Quien elija aquella clase de actividades en que más pueda hacer bien a la humanidad, jamás flaqueará ante las cargas que puedan imponerle, ya que esto no será otra cosa que sacrificios asumidos en interés de todos».

Y por ello «no se contentarán con goces egoístas, pequeños y mezquinos, sino que su felicidad será el patrimonio de millones de seres, sus hechos vivirán calladamente por toda una eternidad, y sus cenizas serán regadas por las ardientes lágrimas de todos los hombres nobles»7.