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¿En qué consiste ser mujer? ¿Depende de unas características objetivas, o basta con sentirse como tal? En este libro, Kathleen Stock articula una crítica incisiva y sólidamente argumentada a la principal tesis de la identidad de género, según la cual el género que cada cual "siente" y se adscribe de forma subjetiva es más relevante que la realidad objetiva del sexo biológico, cuya existencia llega incluso a negarse. La profesora Kathleen Stock empieza por rastrear el origen filosófico de estos planteamientos, desde la tan famosa como desvirtuada sentencia de Simone de Beauvoir de que "No se nace mujer, se llega a serlo", hasta los desarrollos de la teoría queer o el pensamiento de Judith Butler, para quien el lenguaje crea la realidad, en lugar de describirla. Frente a ello, la autora muestra las incoherencias e incluso sinsentidos a los que conducen esos planteamientos, y complementa su crítica a partir de la evidencia empírica disponible. Porque, como se pretende demostrar, la realidad material es esencial para la protección de los derechos de las mujeres. El libro es una invitación a abrir un debate sereno, racional y sin prejuicios en torno a una cuestión que con demasiada frecuencia se ha convertido en una "verdad" incuestionable, como ha demostrado la violenta polémica y las airadas reacciones que han acompañado a la publicación del libro. Material Girls concluye con una visión positiva para el futuro, en la que las activistas de derechos trans y feministas pueden colaborar para lograr sus objetivos políticos. Una lectura imprescindible lectura para entender las polémicas que subyacen a los debates sobre las diversas leyes trans. La crítica ha dicho... «Un libro riguroso, que explora los orígenes académicos y políticos de la llamada "identidad de género" e intenta establecer los datos demostrados de un debate contaminado de ideología y visceralidad.» ―Rafa de Miguel, El País. «Un análisis claro, conciso y accesible sobre las relaciones entre sexo, género y feminismo.» ―Stella O'Malley, Evening Standard. «Material Girls es un libro valiente y cuidadosamente argumentado, una lectura imprescindible.» ―Sonia Andermahr, Morning Star.
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Seitenzahl: 515
Veröffentlichungsjahr: 2022
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MATERIAL GIRLS
MATERIAL GIRLS
Por qué la realidad es importante para el feminismo
KATHLEEN STOCK
Traducción de Irene Jové
Material Girls
Título original: Material Girls. Why Reality Matters for Feminism
© 2021, Kathleen Stock
© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2022
© 2022, de la traducción, Irene Jové
@Shackletonbooks
www.shackletonbooks.com
Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.
Diseño de cubierta: Pau Taverna
Diseño de tripa y maquetación: Kira Riera
Conversión a ebook: Iglú ebooks
ISBN: 978-84-1361-157-0
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
Este libro trata sobre el sexo y sobre eso tan misterioso llamado «género». Trata de cómo, en el primer cuarto del siglo XXI —bastante inesperadamente—, una teoría filosófica sobre algo conocido como «identidad de género» se apoderó de la conciencia pública, influyó de manera notoria en las instituciones británicas e internacionales y causó protestas y hasta actos de violencia.
En el año 2004, el Gobierno del Reino Unido aprobó una nueva norma llamada Ley de Reconocimiento de Género. Esta ley permitía a las personas trans obtener un Certificado de Reconocimiento de Género (CRG) que les concedía lo que la redacción legal oficial denominaba un «género adquirido» en línea con sus preferencias. En 2004, se estimaba que había entre 2000 y 5000 personas trans en el Reino Unido.1 Por aquel entonces, la idea de una persona trans en el imaginario colectivo era principalmente la de una mujer trans adulta que había llevado a cabo una «transición médica», es decir, una persona de sexo masculino que había tomado hormonas durante un largo periodo de tiempo para cambiar su apariencia, y que se había sometido, asimismo, a una cirugía de «reasignación de sexo» para remodelar los genitales. La Ley de Reconocimiento de Género se promulgó para que, entre otras cosas, los transexuales pudieran volver a obtener certificados de nacimiento para registrar en ellos el sexo adquirido en lugar del biológico. Con esta norma, podían protegerse de las acusaciones de engaño y evitar verse obligados a revelar su sexo en contextos en los que pudiera resultar embarazoso o humillante hacerlo. Para obtener un Certificado de Reconocimiento de Género, no era necesario que los solicitantes se hubieran sometido a cirugía o a un tratamiento hormonal, aunque debían demostrar que apostaban seriamente por la transición y que habían vivido en su género preferido durante al menos dos años. También se requería un diagnóstico oficial que probara que su cuerpo sexuado les provocaba una sensación de malestar profundo y angustioso, una condición psicológica conocida como «disforia de género».
Seis años más tarde, en 2010, el cambio de sexo se convirtió oficialmente en un proceso protegido por la Ley de Igualdad. Esto hizo que fuera ilegal discriminar a alguien por haber recibido una reasignación de género. Para contar con esta protección, no se requería un Certificado de Reconocimiento de Género. Una persona estaba protegida por la Ley si «se proponía someterse... [estaba] sometiéndose o [se había] sometido... a un proceso (o parte de un proceso) de reasignación del sexo, cambiando sus atributos fisiológicos o de otro tipo». En las Notas Explicativas de esta norma, esta opaca definición se describía, asimismo, como una situación «en la que una persona ha propuesto, iniciado o completado un proceso para cambiar su sexo».2
Cuando escribo esto en 2020, dieciséis años después de la introducción de la Ley de Reconocimiento de Género y diez años después de la Ley de Igualdad, la situación sobre el terreno ha cambiado en varios aspectos importantes. El más evidente es que el número de personas trans en el Reino Unido se ha disparado. Según la organización benéfica LGTB Stonewall, su «estimación» es de «unas 600 000».3 En 2018, el Gobierno fue más cauto y presentó una cifra ligeramente a la baja, «200 000-500 000», de la que señalaba que solo unas 5000 habían recibido un Certificado de Reconocimiento de Género desde 2004.4
Junto con este aumento, se ha producido un cambio radical en el perfil más extendido de las personas trans. Por un lado —aunque todavía no se conocen las proporciones reales—, la población trans cuenta en la actualidad con un número significativo de personas de sexo femenino que se identifican o bien como hombres trans o bien como no binarios (es decir, como ni hombres ni mujeres, o como ambos). Por otro lado, la población trans ya no es exclusivamente adulta. Ambos cambios se reflejan en el hecho de que el sexo femenino ha superado al masculino como el mayor grupo de pacientes en las clínicas de género para menores. En 2010, cuarenta niños de sexo masculino y treinta y dos de sexo femenino fueron derivados al Servicio de Desarrollo de la Identidad de Género para niños (GIDS, por sus siglas en inglés) del NHS nacional; en 2019 esa cifra aumentó a 624 varones y 1740 hembras, como se ve un llamativo crecimiento en el número de usuarios. En los años 2018-19, el paciente más joven atendido por el GIDS tenía tres años.5
En 2011, los médicos del GIDS comenzaron a administrar los llamados «bloqueadores de la pubertad» a algunos pacientes en su clínica, con el fin de retrasar los cambios físicos que esta etapa de la vida normalmente conlleva.6 Aunque los profesionales de la medicina están autorizados a recetar estos medicamentos para otras afecciones, no se ha autorizado su uso para niños y adolescentes con disforia de género. (Según la Autoridad de Investigación Sanitaria, sobre todo en la medicina pediátrica, es «común el uso de medicamentos sin licencia basados en el aprendizaje de la práctica clínica».7)
Las pruebas demuestran que muchos de los pacientes jóvenes que reciben bloqueadores puberales se someten más tarde, cuando alcanzan la mayoría de edad, a un tratamiento hormonal cruzado, y, a veces, también a la cirugía. Pero en la actualidad no todos los miembros de la comunidad trans optan por la transición médica —otra muestra más de que la idea que en 2004 teníamos de una persona trans ha mutado—. Un estudio realizado en 2019 en Estados Unidos señala que la cirugía genital tiene «tasas de prevalencia de alrededor del 25-50 % para los hombres transgénero [es decir, las hembras] y del 5-10 % para las mujeres transgénero [es decir, los varones]».8 Aunque no conocemos las cifras del Reino Unido, está claro que muchas personas trans no buscan la cirugía. Parece que una proporción significativa de ellas tampoco toma hormonas. Si bien muchos profesionales de la medicina siguen pensando que ser trans es un trastorno, asociándolo a la condición de disforia de género y concibiéndolo como algo que debe tratarse con fármacos y cirugía, numerosas personas trans rechazan ahora esta idea, y, con ella, la implicación de que es necesario cualquier diagnóstico o intervención médica para ser trans.
A medida que la población trans ha aumentado, su voz política se ha hecho más fuerte. Los intereses de los transexuales están ahora en el primer plano de la conciencia pública. Destacadas organizaciones de activistas trans del Reino Unido, como Stonewall, Mermaids, la Alianza Trans Escocesa, Gendered Intelligence, GIRES, Press For Change y All About Trans, han impulsado de forma coordinada y eficaz una serie de nuevas medidas, con cierto éxito. Desde 2015, como resultado directo de la presión ejercida, los principales partidos políticos ingleses y escoceses han apoyado los cambios propuestos en la Ley de Reconocimiento de Género de 2004, que convertirían la obtención de un Certificado de Reconocimiento de Género en una cuestión de «autoidentificación» o «auto-ID», obviando los requisitos de un diagnóstico médico de disforia de género y de pruebas de haber vivido en el género adquirido durante dos años. Con estos supuestos, la obtención de un CRG, y, por tanto, la modificación de la partida de nacimiento, sería una cuestión puramente administrativa y relativamente instantánea. Los conservadores, en un primer momento entusiastas con la propuesta, se han echado atrás, pero, en apariencia, los partidos laborista, liberal-demócrata y nacional escocés siguen apoyándola de manera oficial, y fue incluida en sus respectivos programas electorales de 2019. Si los laboristas volvieran al poder, es razonable suponer que tratarían de aplicar este cambio. Mientras escribo, el Comité Selecto de Mujeres e Igualdad está examinando de nuevo la cuestión de la reforma del reconocimiento de género desde una aparente cercanía a estos planteamientos.
Los lobbies de presión que defienden la reforma del reconocimiento de género se han beneficiado del fuerte impulso que algo llamado «identidad de género» ha adquirido recientemente en el pensamiento de los activistas trans. Según esta teoría, no es el proceso de reasignación de género lo que te convierte en trans, sino, como dice Stonewall: «La percepción innata que tiene una persona acerca de su propio género, ya sea masculino, femenino o distinto... que puede corresponder o no al sexo asignado al nacer».9 Es decir, es un sentimiento interno. Se considera que es tu identidad de género y no tu sexo lo que te hace ser hombre, mujer o no binario. También determina tus pronombres preferidos: es decir, si deseas que se refieran a ti como «ella», «él» o «elle» (en el caso de las personas no binarias). Algunos académicos que apoyan la iniciativa añaden que, a fin de cuentas, el sexo binario no existe materialmente para los humanos en la naturaleza. Las organizaciones de activistas trans aconsejan ahora a los educadores de las escuelas y universidades que enseñen a los alumnos y estudiantes que la identidad de género es innata mientras que el sexo se «asigna al nacer».
Desde hace al menos cinco años, junto con los cambios propuestos en la emisión de Certificados de Reconocimiento de Género, los grupos de activistas trans han ejercido de lobby de presión para que el Gobierno sustituya la denominación de «reasignación de género» en la Ley de Igualdad por la de «identidad de género». También han presionado para que se eliminen de la Ley de Igualdad las excepciones que permiten la discriminación por razón de sexo en determinadas circunstancias, excepciones que podrían excluir a las personas trans de los espacios de un solo sexo pertenecientes al sexo opuesto.10 Al mismo tiempo, algunos de estos grupos de activistas —sobre todo Stonewall— han aconsejado a las instituciones y organizaciones que, si desean ser inclusivas, no apliquen las excepciones previstas en la Ley de Igualdad para la provisión de instalaciones y servicios públicos. Y son muchos los responsables de instalaciones en todo el país que han atendido el mensaje. Así que, ahora mismo, en múltiples organizaciones nacionales, las políticas que rigen las instalaciones exclusivas para mujeres —por ejemplo, vestuarios, dormitorios de albergues, aseos públicos, vagones dormitorio, instalaciones escolares, alojamientos para estudiantes, centros de acogida para víctimas de la violencia doméstica y de violaciones— se han modificado explícitamente para incluir a cualquier persona, hombre o mujer, que se autoidentifique como mujer. Políticas similares, que citan la autoidentificación como hombre, se aplican ahora en muchas instalaciones exclusivas para hombres. También se ha producido un gran aumento de las instalaciones de «género neutro» (en terminología antigua, unisex).
Una consecuencia sorprendente de este cambio es que, desde 2016, las mujeres trans —algunas sin CRG— condenadas a prisión han sido alojadas en recintos penitenciarios femeninos. También es llamativo que, en algunas competiciones deportivas amateur y profesionales, las mujeres trans compitan ahora junto a las mujeres. Mientras tanto, los recursos creados originalmente para tratar de establecer la igualdad de oportunidades para las mujeres en los centros de trabajo y en la vida pública —por ejemplo, en el ámbito académico, en las listas de candidatos o en los premios— están ahora a menudo explícitamente abiertos a cualquiera que se identifique como mujer. La cuestión afecta incluso a la recogida de datos, pues también ahí la identidad de género está sustituyendo al sexo. Por ejemplo, a pesar de las protestas de algunos académicos y de algunas dudas sobre la aplicación de un plan similar en Inglaterra, en el momento de redactar este informe las autoridades del censo de Escocia e Irlanda del Norte todavía tienen previsto indicar a los encuestados de su censo de 2021 que pueden responder a la pregunta sobre su sexo con su identidad de género.11 De común acuerdo con muchos organismos nacionales, es la identidad de género la que ahora determina a qué espacios públicos se puede acceder, qué recursos deben estar a disposición y cómo debe ser categorizada cada persona a efectos de la recopilación de datos.
Al mismo tiempo, se ha producido una reducción generalizada de las referencias públicas al sexo biológico. Se ha convertido en un lugar común escuchar a políticos, funcionarios y otras figuras públicas decir que «las mujeres trans son mujeres, y los hombres trans son hombres», y que no debería haber «ningún debate» al respecto. Se ha convertido en algo habitual que tanto las personas no trans como las trans hagan constar sus pronombres, indicativos de la identidad de género, en las firmas de los correos electrónicos o en sus biografías en las redes sociales. En algunos lugares de trabajo, preguntar o comentar el sexo de un compañero trans te expone a ser clasificado como «transfóbico» por las políticas de los departamentos de Recursos Humanos. La tendencia a favor de la identidad de género y en contra del sexo ha llegado a la comunicación en el ámbito de la salud pública, ya que algunos organismos nacionales de salud han empezado a hablar de «personas que menstrúan» y de «individuos con cérvix» en referencia a las mujeres y las niñas.
Estos cambios en la organización social y en el lenguaje público han sido rápidos y han provocado una enorme inquietud entre algunos sectores de la población. Se ha abierto una brecha generacional. Muchos jóvenes aplauden los cambios en nombre del progreso y ven la disidencia como una muestra de odio social hacia las personas trans. Muchas mujeres mayores se sienten preocupadas, o incluso en pánico, por lo que parece ser la rápida desaparición del concepto de mujer, sin que hayan tenido ninguna participación real en el proceso. Mientras que los grupos feministas dominantes se han mantenido al margen o han apoyado directamente las demandas de los activistas trans, han surgido organizaciones de base para debatir la mejor manera de luchar contra los cambios propuestos. Jóvenes activistas han intentado boicotear estas reuniones con megáfonos, bombas de humo, pintadas y, en una ocasión, incluso con una amenaza de bomba.12 A las mujeres asistentes a estos encuentros se les ha gritado, se les ha lanzado agua, se les ha empujado y se les ha impedido la entrada. Lo sé porque soy una de ellas.
Mientras escribo esto, en 2020, la disputa pública acaba de hacerse global. Después de que J. K. Rowling escribiera una entrada en su blog en defensa de la atención a los intereses de las mujeres y las niñas en los debates sobre las reivindicaciones de los activistas trans, la reacción fue intensa.13 Las acusaciones de «transfobia» llegaron de todo el mundo, a menudo acompañadas de amenazas e insultos. Estrellas del cine como Daniel Radcliffe y Emma Watson, cuyas carreras se forjaron en las películas basadas en los libros de Rowling, se apresuraron a distanciarse de ella y a repetir el mantra de que «las mujeres trans son mujeres».14 Los empleados de la propia editorial donde publica Rowling se negaron a trabajar en su último libro.15 El debate ha pasado a ser de interés público.
El pensamiento que subyace al auge de la identidad de género procede originalmente del mundo académico. Yo pertenezco a ese mundo; soy miembro del Departamento de Filosofía de una universidad del Reino Unido. Durante la mayor parte de mi vida profesional, me he centrado en explorar cuestiones relacionadas con la ficción y la imaginación, y también he publicado en ocasiones sobre filosofía feminista. Ambas áreas de especialización —la ficción y el feminismo— son notablemente relevantes para el debate sobre las reivindicaciones del activismo trans. Sin embargo, e incluso a pesar de mi reciente giro profesional hacia el sexo y el género, todavía se me considera, por lo general, una persona ajena a este campo. Aunque llevo un par de años escribiendo y hablando sobre el tema en público, y he sido autora de artículos académicos al respecto, no trabajo en un departamento de Estudios de Género, ni en el campo de la teoría queer ni en los Estudios Trans. Yo misma no soy trans. Ni siquiera soy una filósofa feminista propiamente dicha; al menos, no solía pensar que lo fuera.
Esto significa que los académicos que trabajan desde hace tiempo en estos campos a menudo me consideran una persona poco cualificada en los debates sobre los temas en cuestión. Cuando escribo artículos de opinión para revistas o hablo en televisión, casi puedo sentir las miradas condescendientes y recelosas. Me presentan como un ser torpe e intelectualmente simple, que arrastra los viejos errores de pensamiento que ellos ya han dejado atrás. «¿No ha leído los estudios?», me preguntan. «¿Cómo puede ser tan ingenua?» Otra crítica habitual que se me hace es que debo discutir con seres imaginarios, porque en realidad los académicos no piensan realmente lo que yo creo que piensan. «Nadie cree que no haya una distinción entre sexo y género, Kathleen», me corrigen, a menudo los mismos académicos que me señalan que referirse a las mujeres trans en general como biológicamente masculinas, a efectos de discutir los impactos del sexo, es transfóbico. O, de una forma más básica, afirman que —sea mi intención o no— soy una transfóbica a la que no hay que escuchar.
Sin embargo, mi condición de outsider en este ámbito tiene muchas ventajas. Por lo que veo, las normas académicas estándar para la producción de conocimiento no se suelen observar en los campos que tratan cuestiones de sexo y género. Todo el ámbito se ha politizado de forma inaceptable. Determinados artículos y libros son tratados como textos sagrados en lugar de tomarse como los argumentos opinables, potencialmente falibles o miopes que son en realidad. Como afirma una autora trans, Andrea Long Chu, el resultado es un «acto de fe» y «algo parecido a la Iglesia».16 Algunos aspectos menores se pueden cuestionar o criticar, pero a partir de ahí debemos aceptar que nos encontramos ante unas ortodoxias fundamentales que se considera transfóbico negar. Las pruebas o los hechos se admiten como relevantes únicamente cuando ayudan a lo que se percibe como la causa política de las personas trans. Las críticas filosóficas que a veces (raramente) surgen —en especial por parte de académicos no trans— suelen tratarse como si fueran ataques reales a las personas trans, más que como críticas a las opiniones sobre las personas trans, o a los compromisos de los activistas trans. Se asume que estas críticas no son dignas de un debate racional, por lo que deben ser respondidas con una fuerte desaprobación moral y con «cancelación». Este tipo de juicios se transmiten desde arriba, a través de los directores académicos, los editores de las revistas y las voces de referencia, para asegurarse de que, sobre el terreno, ninguna voz disidente llegue a los «estudios» sin una gran lucha. Y lo que es peor, contribuye a garantizar que casi ninguna voz discrepante acceda por descuido a las disciplinas.
En este contexto asfixiante, me considero una hereje de los pies a la cabeza. Y me parece lo correcto. No me hice filósofa profesional para acabar yendo a la iglesia. En el artículo que acabo de citar, Andrea Long Chu también describe a muchos académicos de los estudios trans como personas que albergan, en secreto, «ganas de pelea». Me siento feliz de incitar a una, de tipo intelectual, en las páginas de este libro. Lo hago en parte en nombre del rigor académico, y en parte en nombre de las mujeres y niñas cuyas vidas —como documentaré— se ven afectadas de forma negativa por las políticas basadas en la identidad de género. También lo hago pensando en las muchas personas trans cuyas objeciones a las demandas políticas formuladas en nombre de la identidad de género, así como en su nombre, son ignoradas habitualmente. Las personas trans merecen vivir sin miedo. Merecen leyes y políticas que las protejan adecuadamente de la discriminación y la violencia. Pero, como argumentaré, las leyes y las políticas basadas en la identidad de género no son el camino correcto.
Una nota sobre los pronombres: en este libro he tomado la decisión de utilizar los pronombres para las personas trans de manera que se ajusten a su identidad de género y no a su sexo. En el capítulo 6 hablaré de mi camino hacia esta elección y de sus implicaciones. También defenderé el derecho de otros a elegir de forma diferente.
He aquí cuatro axiomas del activismo trans moderno, que examinaré desde distintos ángulos en este libro.
Tú y yo, y todo el mundo, tenemos un estado interior de gran importancia llamado identidad de género. Para algunas personas, la identidad de género no coincide con el sexo biológico —masculino o femenino— que los médicos les asignaron al nacer. Son las personas trans.La identidad de género, y no el sexo biológico, es lo que te hace ser hombre o mujer (o ninguno de los dos).La existencia de personas trans nos genera una obligación moral a todos: la de reconocer y proteger legalmente la identidad de género y no el sexo biológico.Aunque parezca sorprendente, pasan por ser afirmaciones filosóficas. Se suele pensar en la filosofía como en una disciplina que implica horas de árida lectura, palabras incomprensibles y un continuo rascarse la barbilla. En su vertiente académica, esta visión se acerca a la realidad. Pero también la mayoría de nosotros tenemos pensamientos filosóficos todos los días. Cuando te preguntas qué te hace ser la misma persona que eras hace una década, o si tu gato tiene mente y cómo es, o si eres técnicamente responsable de lo que hiciste anoche después de beber ocho cervezas, o cómo sabes realmente que no estás en Matrix ahora mismo, estás haciendo filosofía. También cuando tratas de averiguar qué tipo de estructura organizativa es la mejor para la sociedad, y qué derechos y protecciones deben concederse a las personas en ella.
Para facilitar su identificación, llamo a estos cuatro axiomas «teoría de la identidad de género». Soy crítica con la teoría de la identidad de género, pero no con las personas trans, por las que siento una gran simpatía y respeto. Cuando se critica una posición filosófica, es conveniente empezar con una presentación bastante neutral de la misma. Hay que intentar describir la posición como lo harían sus partidarios, sin asperezas. De esa manera, no abonas el campo para concederte más tarde una victoria barata. He aquí ocho momentos clave en la rápida formación intelectual de la teoría de la identidad de género, que ofrecen una breve pero instructiva historia del popular e influyente fenómeno cultural que encontramos en la actualidad.
La existencialista y feminista francesa Simone de Beauvoir escribió esta impactante frase en el inicio de su libro de 1949 El segundo sexo. Como dice la estudiosa de Beauvoir Céline Leboeuf, «citarla al comienzo de una obra de teoría feminista equivale a hacer una genuflexión en el banco de la iglesia».1 A partir del último cuarto del siglo XX, la famosa frase de Beauvoir ha sido recuperada con entusiasmo para transmitir la idea de que ser mujer no es lo mismo que nacer biológicamente femenina. Beauvoir dedicó gran parte de El segundo sexo a señalar hasta qué punto la sociedad trata de manera diferente a hombres y mujeres, describiendo cómo, a medida que la niña se convierte en mujer, está cada vez más expuesta a imágenes y estereotipos sobre cómo debe comportarse, pensar y sentir. En otras palabras, las niñas y las mujeres están expuestas a algo llamado «femineidad». Beauvoir sostiene que las representaciones culturales de la femineidad han sido creadas en su mayoría por los hombres y, en gran medida, según el interés de estos. Se espera que una mujer sea todo lo que un hombre desea, necesita, teme inconscientemente, anhela u odia. La mujer es «la otra» en relación con la figura central del universo humano, el hombre. En su argumentación, Beauvoir describió representaciones y mitos de la mujer a lo largo de la historia, construidos a través de las conciencias de los hombres: la fértil Madre Tierra, la casta Virgen, la lujuriosa Puta, la seductora Ninfa y la aterradora Arpía. Escribió: «No hay ninguna figura femenina —virgen, madre, esposa, hermana, sirvienta, amante, virtuosa a ultranza, odalisca sonriente— capaz de encapsular los anhelos inconstantes de los hombres».2 En otras palabras, las expectativas en torno a la femineidad son incoherentes. Se espera que las mujeres sean amables, familiares, sumisas, modestas, desinteresadas y responsables, pero también excitantes, sexualmente disponibles, «frívolas, infantiles, irresponsables» y tantas otras cosas contradictorias.3
En los años sesenta, setenta y ochenta, siguiendo en parte el ejemplo de Beauvoir, las llamadas feministas de la «segunda ola» —algunas de ellas en los recién creados departamentos de Estudios de la Mujer en las universidades— se interesaron especialmente por la femineidad y la masculinidad, entendidas como los diferentes conjuntos de expectativas, estereotipos y normas a los que se enfrentan los hombres y las mujeres, respectivamente. Dieron a la femineidad y la masculinidad, así entendidas, un nombre especial: «género». Para muchas feministas, era importante enfocar el género (en este sentido) como algo puramente social, sin fundamento en las generalizaciones biológicas sobre las mujeres y los hombres. Así nació la distinción conceptual entre «sexo y género». La socióloga feminista británica Ann Oakley escribió en 1972: «“Sexo” es una palabra que se refiere a las diferencias biológicas entre el hombre y la mujer: la diferencia visible en los genitales, la diferencia relacionada con la función procreadora. Sin embargo, “género” es una cuestión de cultura: se refiere a la clasificación social en “masculino” y “femenino”».4
En las décadas siguientes, algunas feministas superaron esta distinción y adoptaron una posición mucho más radical. Interpretaron que Beauvoir había querido decir que la femineidad en sí misma es esencialmente social y no biológica: no es una cuestión de ser mujer, sino más bien una cuestión de haber proyectado sobre ti, y quizás también de haber interiorizado, las expectativas sociales restrictivas, los estereotipos y las normas de la femineidad. Consideraron que las mujeres y las niñas son, por definición, el conjunto de personas que tienen un «papel social» femenino proyectado sobre ellas.
Y de todo ello se deduce, aunque no se le concede mayor importancia, que los hombres y los niños deben ser el conjunto de personas que tienen un «rol social» masculino, entendido como las expectativas distintivas de la masculinidad —ser duro, inteligente, determinado, competitivo, poco emocional, inquieto o lo que sea— proyectadas por la sociedad sobre ellos.
En consecuencia —al menos potencialmente—, ser mujer no requiere ser femenina, ni ser hombre, ser masculino. Un hombre puede ser una mujer, siempre y cuando se haya proyectado sistemáticamente sobre él —o más bien, tal vez, sobre ella— un rol social femenino. Así que, aparentemente, esto abre la posibilidad a que una mujer trans cuente como mujer —literalmente— siempre que ocupe un rol social femenino indistinguible del de las demás mujeres.
Es ciertamente discutible si Beauvoir pretendía o no la separación conceptual entre ser mujer y la femineidad. Personalmente, no lo creo. Sin embargo, la idea de la femineidad como la interpretación de un papel social femenino fue recibida como maná del cielo por muchas feministas. No porque su objetivo directo fuera producir una teoría que diera cabida a las mujeres trans como mujeres, sino más bien porque las movía el interés propio: se trataba de alejarse del espectro de lo que se conoce como «determinismo biológico». Las feministas querían huir de la idea, históricamente persistente, de que la personalidad, el comportamiento y las opciones vitales de una mujer están determinadas por su biología femenina, que la hace naturalmente más apta para la vida doméstica que para el trabajo profesional o la vida intelectual. La idea del determinismo biológico fue y es utilizada por algunos tradicionalistas para justificar un papel social de la mujer relativamente limitado: casero, maternal, sumiso, etc. Si se lograba argumentar que las mujeres, como tales, no eran necesariamente femeninas, se combatía esa restrictiva idea de un plumazo: ¿cómo podría su biología determinar algo significativo sobre ellas como mujeres? Como expuso la teórica feminista francesa Monique Wittig en 1981: «al admitir que existe una división “natural” entre mujeres y hombres, [...] naturalizamos los fenómenos sociales que expresan nuestra opresión, haciendo imposible el cambio».5 Así que se pensó que lo mejor era deshacerse de la división natural. La filósofa y posteriormente gurú de los estudios de género Judith Butler lo expresó así en 1986: «La distinción entre sexo y género ha sido crucial para el esfuerzo feminista por desacreditar la afirmación de que la anatomía es el destino... Con la distinción intacta, ya no es posible atribuir los valores o las funciones sociales de las mujeres a la necesidad biológica».6
Esta es una táctica argumentativa audaz, equiparable a argumentar que un asteroide no está a punto de chocar con la Tierra redefiniendo la palabra «Tierra» como «cosa incapaz de ser golpeada por un asteroide». Independientemente de que este argumento convenza a los tradicionalistas para que dejen de justificar la exclusión de las mujeres de los lugares de trabajo, las universidades y los clubes privados, lo que sí hizo fue empezar a abrir un espacio conceptual para la idea de que algunas mujeres trans también podrían contar literalmente como mujeres.
Mientras las feministas de los años sesenta empezaban a insistir en que el sexo estaba separado del «género», dos médicos originaban cambios en la forma de abordar la relación entre el sexo biológico y la identidad. El psicólogo y pediatra neozelandés John Money es quizás más conocido por su participación en un caso clínico éticamente dudoso: la «reasignación de sexo» médica involuntaria del niño varón David Reimer tras una circuncisión gravemente chapucera, cuya trágica historia acabó con el suicidio de Reimer ya de adulto. Lo que es menos conocido sobre Money es la influencia que su trabajo clínico ha tenido en la configuración del discurso posterior sobre las personas trans. Durante el estudio de este caso, Money hizo hincapié en dos conceptos teóricos interrelacionados y de relevancia: el rol de género y la identidad de género.
Un «rol de género», escribió Money, «es todas aquellas cosas que una persona dice o hace para revelar que tiene la condición de niño u hombre, niña o mujer, respectivamente». Incluye «los gestos, la conducta y el comportamiento».7 Por lo tanto, un rol de género es un comportamiento. No es lo mismo que tener un conjunto de expectativas «femeninas» o «masculinas» proyectadas sobre uno mismo por la sociedad, como describe Beauvoir. Es más bien el conjunto de comportamientos feminizados o masculinizados que un niño y un adulto en desarrollo llegan a adoptar, quizá en parte como respuesta a esas proyecciones. Se supone que tu rol de género es lo que haces para actuar en el mundo «como un hombre» o «como una mujer».
Aunque, según Money, todos adoptamos roles de género, él desarrolló por primera vez este concepto para aplicarlo a las llamadas personas intersexuales con las que trabajaba, conocidas hoy como personas con Trastornos (o Diferencias) del Desarrollo Sexual (TDS). En algunos individuos, los cromosomas no se ajustan a las características esperadas. Money trabajaba con niños con estas circunstancias. Y observó que los «roles de género» externos de algunas personas con TDS —tanto si se comportaban «como niñas» o «como niños»— a veces no se correspondían con algunos hechos relativamente ocultos de su biología.
A partir del concepto de rol de género surgió un segundo concepto, el de identidad de género. En palabras de Money: «la identidad de género es la experiencia privada del rol de género, y el rol de género es la manifestación pública de la identidad de género».8 Es decir, la identidad de género se consideraba un rol de género psicológicamente interiorizado. De alguna manera, durante el desarrollo temprano, cada persona se relaciona psicológicamente consigo misma a través de un sentido «de género», que puede coincidir o no con su sexo. Money pensaba que las identidades de género podían ser masculinas, femeninas o ninguna de las dos, en cuyo caso eran «andróginas».9 Otro influyente clínico estadounidense que trabajó en este ámbito, Robert Stoller, hablaba de identidades de género «hermafroditas»: «no son masculinas ni femeninas, sino ambas (o ninguna)».10
Tanto para Money como para Stoller, la idea de la identidad de género surgió por primera vez al trabajar con personas con TDS. Partieron de la base de que estas personas suelen tener identidades de género «internas» que no coinciden con los datos «externos», de carácter no estándar, sobre su sexo. Sin embargo, esta idea de una identidad de género interna desajustada con el sexo exterior también les parecía aplicable a las personas cromosómica y morfológicamente estándar, cuyas identidades de género chocaban sobremanera con sus cuerpos sexuados: es decir, en terminología moderna, les parecía aplicable a las personas trans. Y dejaron espacio para una identidad de género «andrógina» o «hermafrodita»: ni masculina ni femenina o quizás ambas. Distanciándose de la biología, Money y Stoller reconocieron que el número de identidades de género existentes no tenía por qué limitarse a dos. En este sentido, sus ideas prefiguraron la aparición de una identidad de género explícitamente «no binaria» décadas más tarde.
Durante siglos se ha asumido que, en cuanto al sexo, solo hay dos estados posibles para los seres humanos, masculino y femenino, y que todas las personas nacen perteneciendo claramente a una u otra categoría. En la actualidad, se sabe que eso no es cierto. Desde finales de la década de 1980, Anne Fausto-Sterling, profesora de Biología y Estudios de Género de la Universidad de Brown (EE.UU.), ha sido clave para convencer al público de que el sexo biológico no es una división binaria natural.
En gran parte gracias a Fausto-Sterling, el conocimiento que tenemos sobre las personas con TDS ha aumentado enormemente en los últimos cincuenta años, desafiando lo que sabíamos sobre las relaciones entre los cromosomas y los cuerpos. En la mayoría de los cuerpos humanos, la configuración cromosómica es XX o XY, y cada una de ellas se relaciona con uno de los dos conjuntos de caracteres sexuales primarios y secundarios. Por ejemplo, la posesión de cromosomas XY normalmente se corresponde con la posesión del pene y los testículos; y la posesión de cromosomas XX normalmente se corresponde con la posesión de los labios, la vagina, los ovarios y los pechos postpubescentes. Sin embargo, un bebé con TDS con cromosomas XY también podría tener el Síndrome de Insensibilidad Completa a Andrógenos (SICA), en el que los genitales externos consisten en labios, clítoris y vagina en lugar de pene y testículos descendidos. Una criatura con cromosomas XX puede tener Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC), lo que da lugar a unos genitales con un aspecto muy «virilizado» que se asemejan a un pene y unos testículos. Los nacidos con anomalías ovotesticulares pueden tener tanto tejido testicular como ovárico en su cuerpo. Hay muchas variedades de TDS, y el número de bebés que nacen con ellos es bastante superior a lo que se cree: según Fausto-Sterling, afecta al 1,7% de la población.11
Sobre la base de los TSD, Fausto-Sterling propone una posición intelectual sobre el sexo biológico. Sugiere que hay al menos cinco sexos, en lugar de solo dos. Además de los machos y las hembras estándar, también hay «hermafroditas» (por ejemplo, los que sufren una anomalía ovotesticular), «pseudohermafroditas masculinos» (los que poseen cromosomas XY y cuerpos «feminizados») y «pseudohermafroditas femeninos» (los que poseen cromosomas XX y cuerpos «virilizados»).12 También señala que todos los intentos de clasificación de la variedad de sexos en grupos —incluido el suyo— son relativamente arbitrarios. En un artículo de opinión publicado en el New York Times, hace suya una distinción anterior de John Money entre diferentes etapas o «capas» del desarrollo del sexo, que se producen consecutivamente desde la concepción: cromosómico, gonadal fetal, hormonal fetal, reproductivo interno, genital externo, hormonal puberal y morfológico puberal. Considera que deberíamos dejar de hablar del sexo como un estado general homogéneo y, en su lugar, hablar de cómo se sexúa a una persona en función de estas distintas capas. La misma persona puede ser sexuada «M» según una capa y «F» según otra.13 El sexo, nos dice, es «un continuo vasto e infinitamente maleable».14
Si Fausto-Sterling está en lo cierto, deberíamos ser mucho más cautelosos a la hora de hablar del sexo «registrado» al nacer. Una cuestión práctica es que las comadronas y los médicos podrían equivocarse. Otra, de tipo más conceptual y profunda, es que el simple registro de un bebé como «varón» o «mujer» podría no reflejar ningún estado homogéneo único realmente preexistente. En ese caso, sería mejor decir que el sexo binario al nacer es una ficción, «asignado» por un médico en lugar de registrado, o como mínimo, enormemente simplificado.
En 1990, la académica estadounidense Judith Butler publicó el libro El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. La obra tuvo un enorme impacto tanto en los campos académicos emergentes de la teoría queer, los estudios de género y los estudios trans, como en la intelectualidad liberal en general. A grandes rasgos, Butler tomó principios de la filosofía francesa posestructuralista y deconstruccionista y los aplicó a las nociones de «mujer», «femenino», «masculino» y «hombre».
Butler partió de la base de que todo lo que los seres humanos pueden pensar de forma significativa está construido socialmente «de una manera profunda». Esto implica que no hay hechos materiales antes del lenguaje, es decir, antes de las construcciones lingüísticas y sociales culturalmente específicas de los mismos. Las categorías lingüísticas, incluidas las científicas y biológicas, no son un medio para reflejar las divisiones existentes en el mundo, sino un medio para crear cosas que de otro modo no habrían existido. Según Butler, el lenguaje científico en particular crea «jerarquías» de dominación y subordinación, afianzando las relaciones de poder entre los grupos sociales. Y esto también se aplica a las categorías de hombre y mujer: son arbitrarias, artificiales y no reflejan ninguna división material previa. Lo que sí reflejan son las relaciones de poder «excluyentes», que dictan quién puede contar como una mujer o un hombre «de verdad» y quién no (por ejemplo, los varones homosexuales o de aspecto femenino no, ni las mujeres lesbianas o de aspecto masculino).
¿Qué queda de nociones como «femenino», «mujer», «masculino» y «hombre» una vez que se las ha pasado por el filtro radical del posestructuralismo? Para Butler, la respuesta es «el género como performance»: ser mujer o hembra, por ejemplo, no es un estado materialmente estable, sino una especie de performance social repetible. Una drag queen, una mujer trans y un ama de casa tradicional interpretan el «género» de la mujer a su manera. Ningún tipo de actuación es más auténtico o apropiado que otro.
En el momento de su publicación, esta línea de pensamiento radical y transgresora causó una gran conmoción en los departamentos de Humanidades de las universidades, y las réplicas se han hecho notar desde entonces. En la década de 1990 se forjó la disciplina académica de la teoría queer: una rama de la teoría crítica aplicada al sexo, el género y la sexualidad, con El género en disputa como texto fundacional. Uno a uno, los departamentos de Estudios de la Mujer fundados en los años setenta y ochenta empezaron a rebautizarse como departamentos de Estudios de Género, interesados en todas las representaciones de género y no solo en las estrechas, heterosexuales, blancas y eurocéntricas representaciones de la femineidad de las que muchas feministas se habían ocupado principalmente hasta la fecha. En muchos sectores, el feminismo pasó a considerarse un proyecto político destinado a criticar las prácticas de género «excluyentes» en general, más que a la liberación del sexo femenino en particular, o incluso en absoluto. Al fin y al cabo, si el sexo femenino no es más que una construcción social que sostiene las relaciones de poder jerárquicas, convertirlo en el centro de la actividad política es conceder a esa construcción social una validez aparente y, como consecuencia, afianzarla aún más. Lo mejor entonces es intentar, en positivo, «enrarecer» el sexo de forma subversiva, a través de actuaciones transgresoras e inesperadas de la masculinidad y la femineidad, como el drag y el trans; o, si no es posible, entonces ignorarlo por completo.
Los años 2000 fueron una década crucial para el movimiento trans moderno, en la que conceptos teóricos aparentemente distantes durante décadas se sintetizaron en cuerpos de ideas más cohesionados y entraron en la cultura popular. Fue entonces cuando la teoría de la identidad de género se puso realmente en marcha. Merece la pena recordar que, al menos para algunos estudiosos, la palabra «transgénero» no adoptó su significado actual hasta 1992, mientras que el término «persona trans» no se empezó a utilizar formalmente hasta 1998.15 Antes de esas fechas, lo habitual era emplear el término «transexual». Fue en la primera década del 2000 cuando el activismo trans moderno —el activismo político a favor de las personas trans— despegó de forma significativa y organizada. Y una nueva concepción de la identidad de género fue crucial en la narrativa de ese activismo.
Como ya sabemos, la identidad de género es, a grandes rasgos, una representación psicológica interiorizada de uno mismo, conceptualizada conscientemente como femenina o masculina o como algo distinto. A partir de la década de 2000, se extendió la creencia en los círculos progresistas de que no es el sexo biológico, ni siquiera el «rol social», lo que te convierte en mujer u hombre, sino que eso depende de tener una identidad de género femenina o masculina.
Es difícil determinar con exactitud cuándo se impuso esta idea en el imaginario popular, pero un texto influyente fue el libro de 2007 Whipping Girl, de la bióloga estadounidense y mujer trans Julia Serano. Una notable contribución de este textoa la cultura popular es la idea de que las mujeres trans son un tipo de mujer como cualquier otra. El término «trans», según Serano, debería tratarse como un adjetivo, de la misma manera que empleamos «católico» o «asiático», en lugar de considerar a la «mujer trans» como un sustantivo compuesto.16 Además, Whipping Girl contribuyó a popularizar un adjetivo para las personas que no son trans: «cisgénero», que más tarde se acortó a «cis», y que designa a aquellas personas cuya identidad de género y cuyo sexo «coinciden».17
Para Serano, la categoría general de las mujeres está compuesta por las mujeres trans y las mujeres cis. Ambas son clases de mujeres. A su vez, la de los hombres está compuesta por los hombres trans y los hombres cis. Ambos son tipos de hombres. Serano considera que las mujeres trans se definen, como tales, en virtud de su posesión de una identidad de género femenina, y no por ningún proceso médico o legal, ni por sus características físicas o su comportamiento. Cuando se junta todo esto —que las mujeres trans, como tales, se definen por tener identidades de género femeninas; que las mujeres cis también tienen identidades de género femeninas; y que las mujeres cis y las trans son dos tipos diferentes de mujeres, en igualdad de condiciones taxonómicas— se obtiene la clara implicación de que la posesión de una identidad de género femenina es lo que te hace ser una mujer, ya sea cis o trans.
Esta idea es fundamental. Cuando algunas feministas del siglo XX hablaban, en la línea de Beauvoir, de «llegar a ser una mujer», se referían a la existencia de un conjunto de normas sociales o expectativas impuestas sobre la femineidad, no a la de una identidad «interna» de cierto tipo. Y cuando John Money y Robert Stoller hablaban de la identidad de género, no pensaban que tener una identidad de género fuera lo que te convertía en mujer o en hombre. Los activistas trans del siglo XXI, como Serano, tomaron efectivamente de Money y Stoller la idea de la identidad de género, y del feminismo la idea de que algo más que (simplemente) nacer mujer te convertía en mujer, unieron esas ideas y concluyeron que lo que te convertía en mujer era una identidad de género femenina interior; y que, en consecuencia, lo que te convertía en hombre era una identidad de género masculina interior. Las ideas de Fausto-Sterling y Butler también engrosaron el argumentario, en la medida en que se asumió que habían desacreditado la idea de que las personas eran «en realidad» biológicamente femeninas o masculinas.
La influencia de Whipping Girl va más allá, pues modificó de manera significativa la comprensión cultural de lo que es la orientación sexual: lo que determina ser gay o lesbiana, bisexual o heterosexual. La orientación sexual se solía clasificar como la relación bastante directa que se establece entre el propio sexo biológico y el sexo biológico de las personas que te atraen. Esto nos daba: orientaciones del mismo sexo (homosexual, gay, lesbiana), orientaciones del sexo opuesto (heterosexual) y orientaciones bisexuales. Sin embargo, en Whipping Girl, la mujer trans Serano —tal como se entendía entonces, un hombre que se siente atraído por las mujeres— se autodefine como «lesbiana». Esta implicación se deriva de la lógica de la identidad de género. Si tener una identidad de género femenina es lo que te convierte en mujer, y tú, con una identidad de género femenina, te sientes habitualmente atraída sexualmente por otras personas con identidades de género femeninas, entonces —ya que las lesbianas, por definición, son mujeres atraídas por mujeres— debes de ser lesbiana. Un hombre gay, por su parte, se entiende ahora como alguien con una identidad de género masculina que se siente atraído por otras personas con una identidad de género masculina, independientemente del sexo asignado a ambas. Un hombre heterosexual es alguien con una identidad de género masculina que se siente atraído por quienes tienen una identidad de género femenina, y así sucesivamente. Como escribió el hombre trans Max Wolf Valerio en su autobiografía The Testosterone Files, publicada solo un año antes que el libro de Serano: «Como mujer, mi orientación sexual era ostensiblemente lesbiana. Como hombre, es heterosexual».18
Este distanciamiento de la concepción tradicional de la orientación sexual ha sido asumido con entusiasmo por organizaciones cuya misión original era defender los derechos de los homosexuales. En la actualidad, para las organizaciones autodenominadas progresistas, pensar en las orientaciones sexuales en términos de atracción entre miembros de determinados sexos biológicos —del mismo sexo o del sexo opuesto o de ambos— se considera anticuado. Por ejemplo, la organización estadounidense GLAAD escribe en su página web que «una persona que pasa de ser hombre a mujer y se siente atraída únicamente por los hombres suele identificarse como una mujer heterosexual».19 En el Reino Unido, en la web de la organización Stonewall se explica (la cursiva es mía): «Entonces, ¿podría una lesbiana tener una mujer trans como pareja lesbiana, o un hombre gay estar con un hombre trans?». La respuesta es: «Por supuesto».20 La definición actual de orientación sexual de Stonewall es: «La atracción sexual de una persona hacia otras, o la falta de ella. Junto con la orientación romántica, esto conforma la identidad de orientación de una persona».21 Las orientaciones sexuales son ahora «identidades». Se derivan de una anterior y más fundamental, la identidad de género, y dependen de ella.
El activismo trans moderno ha llegado a la conclusión de que cada persona tiene una identidad de género, que es tratada como un determinante básico y sumamente importante de quiénes somos; un aspecto fundamental del individuo, generador de derechos humanos distintivos. Esta concepción de la identidad de género se hizo evidente en los Principios de Yogyakarta de 2007, publicados el mismo año que la obra Whipping Girl de Serano.
En 2006, un grupo internacional de expertos en derecho, salud y derechos humanos se reunió en Yogyakarta, Indonesia, para elaborar lo que se conoce como los Principios de Yogyakarta: un influyente conjunto de recomendaciones sobre los derechos humanos en relación con la orientación sexual y la identidad de género, muy citado en la legislación internacional desde entonces.22 Como ha dicho la filósofa y socióloga Heather Brunskell-Evans: «Aunque no son jurídicamente vinculantes, los Principios de Yogyakarta se han entendido como una interpretación autorizada del derecho internacional y proporcionan un punto de partida para los trabajos académicos, los proyectos de ley, las resoluciones y otros documentos. No están incorporados en ninguna convención o declaración de la ONU, pero se citan y se utilizan regularmente como punto de referencia en sus documentos».23 Por ejemplo, cuando el Comité Selecto de Mujeres e Igualdad del Parlamento del Reino Unido entregó su Informe sobre la Igualdad Transgénero al Gobierno en 2015, le recomendaban que «también debe comprometerse claramente a respetar los Principios de Yogyakarta […] Esto proporcionaría a la política de igualdad trans un conjunto claro de principios rectores generales más ajustados a las buenas prácticas internacionales actuales».24
Las personas a las que Serano define como «cisgénero» pueden hablar de su identidad de género y compartirla con los demás sin estigma ni miedo. Los activistas trans sostienen que este privilegio no está al alcance de las personas trans, quienes, si deciden revelar a otros su identidad de género no estándar, pueden enfrentarse a la humillación, la hostilidad y el abuso. Igualmente, los gobiernos reconocen oficialmente las identidades de género binarias estándar en las leyes y las políticas administrativas —por ejemplo, en la expedición de pasaportes o en las preguntas sobre el sexo en las encuestas— porque se asume, erróneamente según los activistas trans, que las apariencias externas, fruto de la biología, son un buen espejo de la identidad de género interior. Esto se considera discriminatorio para aquellos con identidades de género desajustadas, ya que no son reconocidos oficialmente por lo que son.
Al principio de los Principios de Yogyakarta, esta contundente frase establece el escenario: «La orientación sexual y la identidad de género son parte esencial de la dignidad y la humanidad de toda persona». El documento continúa proponiendo veintiocho derechos humanos para las personas con orientaciones sexuales o identidades de género no estándar. Muchos de ellos son adaptaciones de derechos humanos generales ampliamente conocidos, con los que se reconoce a las personas gays y trans así como sus necesidades particulares en un mundo a menudo hostil: derecho a la vida, a la igualdad y a la no discriminación; derecho a no ser torturado; derecho a la educación, a la seguridad social y a la vivienda, etc. Sin embargo, hay un derecho en particular que sobresale en especial. Se trata del Principio 3: «El derecho al reconocimiento ante la ley».
El Principio 3 comienza reiterando el carácter fundamental de la identidad de género, y describe tanto la identidad de género como la orientación sexual como «parte integrante de la personalidad» y «uno de los aspectos más básicos de la autodeterminación, la dignidad y la libertad». Recomienda que «no se obligue a nadie a someterse a procedimientos médicos, incluidas la cirugía de reasignación de sexo, la esterilización o la terapia hormonal, como requisito para el reconocimiento legal de su identidad de género» —un eco de la idea expuesta por Serano, según la cual es la identidad de género y no una modificación corporal externa lo que te hace trans o cis—. Los Principios continúan: «Nadie será sometido a presiones para ocultar, suprimir o negar su identidad de género». Además: «todos los documentos de identidad emitidos por el Estado que indiquen el género/sexo de una persona —incluidos los certificados de nacimiento, los pasaportes, los censos electorales y otros documentos— [deberían] reflejar la identidad de género profunda y autodefinida de la persona». Cada una de estas recomendaciones pretende aparentemente crear un mundo en el que las personas con identidades de género desajustadas sientan que pueden expresar esta parte fundamental del ser y ser reconocidas oficialmente por ello, en lugar de ser ignoradas.
Desde la publicación de los Principios, esta visión de la identidad de género como parte fundamental del ser, que no debe rechazarse bajo ninguna circunstancia, se ha filtrado en la legislación y en la gestación de políticas en numerosos países y estados. En el Reino Unido, ha influido en la campaña para que se modifique la Ley de Reconocimiento de Género en favor de la «autoidentificación», eliminando el control médico o cualquier otro requisito previo importante para la obtención de un Certificado de Reconocimiento de Género. En el fondo, se asume que es la identidad de género interna y nada más lo que determina ser trans. Esta visión también está detrás de los intentos de varios países, incluido el Reino Unido, de modificar la Ley de Igualdad para proteger la identidad de género. Y está detrás de los intentos concertados de las organizaciones de activistas trans para eliminar lo que se conoce coloquialmente como el «veto conyugal» de la LRG: la cláusula de la legislación que especifica que el cónyuge de una persona en transición debe declarar formalmente su consentimiento para que el matrimonio o la unión civil continúen, si desea que se emita un CRG a la pareja. En la práctica, esta cláusula se aplica sobre todo a las esposas de las mujeres trans en fase de transición tardía. Los activistas desean que se elimine porque se considera que puede impedir que una persona trans vea plenamente realizada su identidad de género. En su intervención en la conferencia de los Demócratas liberales en 2019, la diputada Layla Moran propuso, en nombre tanto de su propio partido como de las organizaciones de activistas trans, que la condición fuera abolida: «No deberías ser definido por nadie más que tú, y eso es lo que hace que el veto conyugal sea una injusticia […] el hecho es que tu identidad no tiene nada que ver con nadie más. Es algo muy personal y nadie, ni el gobierno ni el cónyuge, debería poder vetar quién eres».25 En Escocia, los activistas han conseguido que se elimine esta condición.26
El pensamiento que subyace al Principio 3 también ha tenido una aparente influencia en los entornos médicos y psicológicos clínicos y, en concreto, en la prohibición de la «terapia de conversión» de aquellos con identidades de género no estándar, incluidos los niños y los adolescentes. En 2017, varios organismos terapéuticos profesionales, entre ellos la Sociedad Británica de Psicología y el Real Colegio de Médicos Generales, firmaron un memorando que prohíbe la terapia de conversión, entendida como «cualquier modelo o punto de vista individual basada en la suposición de que cualquier orientación sexual o identidad de género es inherentemente preferible a cualquier otra, y que intente provocar un cambio de orientación sexual o identidad de género, o que intente suprimir la expresión de la orientación sexual o la identidad de género de un individuo sobre esa base».27 El memorando considera que este tipo de terapia, ya sea para la orientación sexual o la identidad de género, es «poco ética y potencialmente dañina». La idea subyacente parece ser que, si la identidad de género es una parte fundamental de la identidad, sería destructivo que un médico intentara socavarla. En su lugar, ahora el enfoque clínico de referencia es una atención «afirmativa en materia de género» o «transafirmativa», definida por la Asociación Americana de Psicología como «la prestación de una atención respetuosa, consciente y solidaria con las identidades y experiencias vitales de las personas [trans y no conformes con el género]».28 En la atención afirmativa, simplemente se «afirma» y se alimenta lo que siempre ha estado dentro. Permites que la identidad «real» y fundamental salga a la superficie, sin obstáculos.
Desde finales de la década de 2000, es cada vez más frecuente ver cómo se rechazan las críticas intelectuales a la teoría de la identidad de género con el argumento de que son, sin duda, fruto de la intolerancia. En Whipping Girl, Julia Serano tacha las posibles objeciones que se planteen a sus ideas de «transfobia», «homofobia», «trans-misoginia», «sexismo de oposición» y «ansiedad de género». En una entrevista de 2009, Judith Butler habló de «la fuerza policial feminista que rechaza la personificación de las mujeres trans», y calificaba sus afirmaciones de «discurso transfóbico» y una forma de «mutilación».29 El glosario en línea de la organización británica Stonewall define la transfobia como (la cursiva es mía): «El miedo o la aversión a alguien por el hecho de ser trans, incluido el rechazo de su identidad de género o el negarse a aceptarla». Es decir, Stonewall sitúa el «rechazar» la identidad de género de alguien, o el «negarse a aceptarla», como algo que surge inevitablemente del miedo o la aversión, sin importar los motivos. Incluso si has reflexionado sobre el trasfondo intelectual de la teoría de la identidad de género, lo encuentras insuficiente y por esa razón «te niegas a aceptar» la identidad de género, para Stonewall la verdadera razón no puede ser más que un miedo o una aversión más profundos.
En 2008, la invención del concepto de «TERF» facilitó la denigración de los argumentos de los críticos de la teoría de la identidad de género. TERF son las siglas de Trans-Exclusionary Radical Feminist ('Feminista Radical Trans-excluyente'). Al parecer, el término fue acuñado por la estadounidense Viv Smythe.30 En 2008, Smythe dirigía un blog feminista. En un post, promocionaba el Michigan Womyn's Musical Festival, también conocido como Michfest. El festival, fundado en 1976, fue originalmente concebido por sus organizadoras feministas radicales como un encuentro solo para mujeres o, como las denominaron las organizadoras, «Womyn-born-womyn». Entre los asistentes, solía haber una fuerte presencia de lesbianas, en el sentido tradicional del término. En sus últimas ediciones, el festival se había vuelto polémico por su exclusión explícita de las mujeres trans del evento. (De hecho, el Michfest se celebró por última vez en 2015, en parte debido a esta controversia.) La promoción del Michfest en su blog le valió a Smythe la crítica inmediata de sus lectoras, y fue en el curso de su posterior disculpa pública cuando acuñó el acrónimo TERF. En el marco de su promesa de no promocionar en el futuro ningún «evento feminista transexclusivo», escribió: «Soy consciente de que esta decisión probablemente moleste a algunas feministas radicales transexclusivas (TERF)».31
