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En las últimas décadas, las revistas latinoamericanas han sido objeto de estudio para historiadores, críticos literarios e historiadores del arte, permitiendo identificar redes intelectuales y formas de intervención cultural centrales en la historia de Latinoamérica. Este libro se inserta en este tipo de estudio, pero pensando las revistas también en su materialidad desde la perspectiva de los nuevos materialismos, para escapar de las temporalidades unidireccionales en las que el pasado solo afectaría el presente desde una lógica causal o alegórica. Las revistas de la primera mitad del siglo XX transformaron las formas de leer, como ocurre con lo digital hoy, porque supieron incorporar al medio gráfico materialidades de lo impreso con las que los lectores estaban familiarizados afectivamente, como carteles, recortes o caligrafías. Al rastrear los ejes de estos desplazamientos, el libro busca insertar las revistas en cartografías globales que muestran cómo se construyen y cómo funcionan en tanto tecnologías de documentación, información y comunicación gráfica.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Registro de la Propiedad Intelectual Nº 305.222
ISBN edición impresa: 978-956-9843-95-2
ISBN edición digital: 978-956-9843-96-9
Imagen de portada: WILLIAM KENTRIDGE, Tango for Page Turning, 2012/2013. Video HD de un solo canal. Música de Phillip Miller. Cortesía del artista y Marian Goodman Gallery. © William Kentridge.
Diseño de portada: Paula Lobiano
Corrección y diagramación: Antonio Leiva
© Antonia Viu
© ediciones / metales pesados
Email: [email protected]
www.metalespesados.cl
Madrid 1998 - Santiago Centro
Teléfono: (56-2) 26328926
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Para Bruna.
Por sus álbumes, recortes, libros,
dibujos y todas las demás tecnologías de lo impreso.
Para Santiago y Domingo.
Todo mi amor siempre, en papel y en digital.
Índice
IntroducciónLas revistas latinoamericanas como impresos: entre la cultura material y los nuevos materialismos
Índices, catálogos y bibliotecas: revista Zig-Zag
Geografía y clasificación
Revista Zig-Zag: el magazine y el almacén
De libros y otras hierbas: instituciones de la lectura y prácticas lectoras
«Preguntas y respuestas» y la Biblioteca Nacional
«Oiga Ud. que pasa»: los carteles en revista Claridad
Los carteles como impresos efímeros: de la vida útil a otras formas de vida
«El cartel de hoy» en revista Claridad
Hacia una poética de la no obsolescencia
Medio gráfico e ilustración literaria: Caras y Caretas
Ilustración y cuerpo gráfico
«Firmas chilenas» en Caras y Caretas: los cuentos de Marta Brunet
¿Qué dicen las ilustraciones impresas?
Consultorios grafológicos: letra manuscrita y letra impresa
Grafología y sospecha en revista Zig-Zag
Penas y desdichas de la letra manuscrita
La firma y el nombre propio
Caras y Caretas: la letra manuscrita y el formulario
«Firma auténtica» y «escritura natural»: un análisis para la autointrospección
Revistas de revistas latinoamericanas: los recortes en la globalización de la cultura
Las «revistas de revistas» como sistemas de digestión
Digestión y mutilación en revista Babel
Revista Ultra o los peligros de la desnutrición
Bibliografía
Agradecimientos
IntroducciónLas revistas latinoamericanas como impresos: entre la cultura material y los nuevos materialismos
En un artículo de hace ya casi treinta años, «Intelectuales y revistas: razones de una práctica», Beatriz Sarlo llamaba la atención frente a lo poco que queda de la vitalidad de una revista una vez que ha pasado el tiempo y su contexto inmediato ha cambiado: «De algún modo, nada es más viejo que una revista vieja: ha perdido el aura que emerge de su capacidad o, mejor, de su aspiración a ser una presencia inmediata en la actualidad. Objeto del deseo académico o coleccionista, las revistas envejecen de un modo casi patético» (9). Esta reflexión, que ciertamente apuntaba a destacar el potencial de las revistas como intervención cultural en el presente, reforzaba también su valor como fuentes documentales para la historia intelectual y cultural: «Espacios, por lo tanto, más de reconstrucción histórica que de placer, se ordenan con la mansa inevitabilidad de la que carecieron por completo cuando su presente era presente» (15).
En las últimas décadas, las revistas latinoamericanas han sido objeto de estudio para historiadores, críticos literarios e historiadores del arte, permitiendo identificar redes intelectuales y formas de intervención cultural centrales en la historia de Latinoamérica. Los nombres de Horacio Tarcus, Sandra Szir, Saúl Sosnowski, Fernanda Beigel, Geraldine Rogers, Aimer Granados, Adriana Petra, Verónica Delgado, Carlos Ossandón, Eduardo Santa Cruz y tantos otros son imprescindibles en ese recorrido. Este libro quisiera contribuir a este impulso desde una mirada interdisciplinaria que busca relevar la actualidad de las revistas desde la potencia que tienen en tanto artefactos materiales y en tanto tecnologías capaces de afectar nuestras formas de atención y los regímenes de percepción al uso (Masiello 2018). A la vejez de la que hablaba Sarlo, hoy se suma el prejuicio ya instalado de que –frente a la cultura digital– no solo las revistas, sino toda la cultura impresa se ha vuelto una reliquia: ¿qué puede haber de tecnológico en un impreso de hace cien años? Sin embargo, los estudios sobre antropología de los lectores (García Canclini et al. 2015) demuestran que hoy no vivimos una revolución que desplazará para siempre la lectura en papel, sino que –como en otras coyunturas– existen nuevas prácticas que vienen a complejizar y a diversificar los soportes y las formas en las que se ha definido la lectura hasta ahora, pero dentro de las cuales los impresos y las formas de leer que estos propiciaron seguirán presentes incluso en lo digital.
En efecto, si hoy se habla cada vez más de la materialidad de las imágenes digitales (Munster 2006), es importante advertir que la cultura impresa también tiene una materialidad que va más allá de los aspectos que suelen considerarse «materiales»: el papel, los tirajes, los costos de impresión o las formas de circulación (Delgado 2014). Se trata de una materialidad que supone ver lo impreso como un lenguaje en el que se ensamblan una serie de elementos con una temporalidad e intensidad propias, dadas por sus posibilidades técnicas y las prácticas de las que han formado parte. Como veremos, durante la primera mitad del siglo XX, textos, fotografías, ilustraciones, recortes, carteles, espacios en blanco, recetarios, listas, formularios, grafías y tipografías convivieron en un medio que podemos llamar gráfico (Patersson 2017) y que posibilitó nuevas formas de percepción que en gran medida fueron capaces de incorporar lenguajes, imaginarios y materialidades anteriores a partir de protocolos de exhibición y clasificación nuevos.
Por otra parte, la convivencia entre lo impreso y lo digital hoy se vuelve literal si pensamos en la creciente importancia de las plataformas digitales como forma de acceso a las revistas. Aunque no es el objetivo de este trabajo, resulta imposible ignorar el hecho de que el acceso a las publicaciones periódicas de la primera mitad del siglo XX está mediado hoy no solo por tecnologías como el microfilm, sino también por la enorme cantidad de repositorios digitales que ponen a disposición de los lectores revistas que estaban condenadas a desaparecer físicamente. En este sentido, Memoria Chilena1 ha hecho un trabajo muy valioso en Chile; también Americalee del CeDInCI y Ahira en Argentina2; la Hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional de España3; la hndm (Hemeroteca Nacional Digital de México)4; la colección digital de revistas y boletines de la Biblioteca Nacional de Colombia5; o la colección del Instituto Iberoamericano de Berlín6.
La proliferación de estas plataformas, entre otras, plantea preguntas de las que se hacen cargo estudios recientes como Latin American Textualities. History, Materiality & Digital Media (Heather y Reynolds 2018): ¿cómo se transforman los textos al digitalizarlos?, ¿cómo se afecta un texto y nuestra comprensión acerca de él en virtud del sistema de referencias digitales? Como señalan los autores, «la representación digital complejiza la textualidad, haciendo surgir nuevas formas de lectura, diversificando los puntos de acceso textual, promoviendo nuevas maneras de entender la materialidad del texto y el control institucional y editorial de cómo un texto se define y se consume»7.
En este sentido, Materialidades de lo impreso. Revistas latinoamericanas 1910-1950 puede ser considerado parte de la ola reciente de estudios en cultura material, pero desde una distinción fundamental que tiene que ver con la mirada de la temporalidad que suscribe. Mientras que los estudios de cultura material han recibido un fuerte impulso desde campos como el de la arqueología y la memoria, cuestionando los hábitos culturales que han impedido pensar lo material fuera de la esfera del valor y la funcionalidad económica y atrayendo nuestra atención a la función simbólica y ritual que ejercen las cosas en nuestra vida diaria (Lamb 2011), no siempre se hacen cargo de que esa función los devuelve al mercado por la vía del coleccionismo, por ejemplo, fijándolos como reliquias de un tiempo perdido. Más interesante me parece pensar la materialidad del pasado incorporando también la perspectiva de los nuevos materialismos, para escapar de temporalidades unidireccionales en las que las cosas solo afectarían el presente desde una lógica del símbolo. Los trabajos de Jane Bennett (2010) y su idea de la digestión como un proceso multidireccional, el concepto de ensamblaje de Bruno Latour (2008) o la pragmática de lo inútil de Erin Manning (2016) con su redefinición del valor y de la actualidad desde el arte constituyen anclajes que en distintos momentos de este trabajo me permiten interrumpir las lógicas unidireccionales de la temporalidad en relación a las revistas y pensarlas como materialidades con una potencia en el presente que excede la esfera de la memoria o de lo arqueológico, desde los nuevos materialismos.
Este libro ha implicado mucho trabajo de archivo, pero también ha supuesto un gesto más radical: desclasificar las revistas desde una mirada anarchivística que, como precisa Andrés Tello, constituiría «la pesadilla de todo orden social que se pretende vigente en una época y un lugar determinado» ya que «altera los principios de legitimidad resguardados y dispuestos socialmente por clasificaciones institucionales y mediante tecnologías de registro cotidianas de los cuerpos, sus rutinas y sus afectos» (7-8). Al visibilizar otros aspectos y otras relaciones entre los materiales que trabajo al interior de las revistas, espero hacerlas «funcionar» como dispositivos plenamente vigentes, que –en contacto con nuevas tecnologías y materialidades– se afectan y nos afectan de maneras inesperadas. El aporte principal de este trabajo radicaría entonces en una mirada que sin confundir a nivel teórico la cultura material con los nuevos materialismos, intenta hacerlos funcionar en conjunto para proponer nuevas posibilidades de leer una variedad de revistas latinoamericanas de la primera mitad del siglo XX.
En este contexto, hablar de cultura impresa resulta una categoría demasiado abstracta, ya que implica imaginarla linealmente, como lo que en un momento se opone a la cultura manuscrita y más tarde a la cultura digital. Si consideramos, siguiendo a Lisa Gitelman en Paper Knowledge. Toward a Media History of Documents (2016), que lo impreso no es una tecnología sino muchas –desde la imprenta de Gutenberg a la fotocopiadora–, sería mejor hablar de culturas impresas, visibilizando el carácter tecnológico de cada medio impreso y los usos residuales, dominantes y emergentes que se dan dentro de ellos (9). Aunque aquí solo trabajo con un corpus limitado de revistas, es innegable que sus diferencias no están dadas solo por sus contenidos programáticos o su materialidad en un sentido específico (papel, presencia o no de imágenes, número de páginas, tipografía, etc.), sino por las relaciones entre tecnologías residuales y emergentes que activan y los imaginarios que se asocian a esto. En algunas revistas culturales dirigidas a una minoría intelectual y masculina, como revista Babel, por ejemplo, la ausencia de imágenes no surge de una limitación necesariamente económica, sino de la asociación durante el periodo de lo visual con la falta de formación intelectual y con las páginas de moda en las revistas ilustradas, por lo que su ausencia puede leerse como una manera de perfilar un público lector específico; la brevedad de revistas estudiantiles como Claridad deliberadamente activa un imaginario que tiene que ver con las hojas sueltas y los dispositivos de propaganda anarquista de comienzos del siglo XX. La presencia de ilustraciones en Caras y Caretas o Zig-Zag, en tanto, acompaña las secciones literarias porque existe toda una tradición en los libros europeos ilustrados del siglo XIX que emparenta ese tipo de imágenes con lo literario. La letra manuscrita –como muestra para el análisis grafológico en muchas revistas ilustradas latinoamericanas de la primera mitad del siglo XX– es objeto de suspicacias criminalísticas al interior del medio impreso, mientras que los nombres manuscritos en secciones literarias quedan revestidos de la monumentalidad de la firma en los documentos constitucionales y naturalizan la presencia cada vez más cotidiana en el periodo de la firma en los documentos de un creciente aparato burocrático. Por otra parte, y como espero mostrar a lo largo de los capítulos de este libro, al estudiar las revistas de la primera mitad del siglo XX, lo que me interesa no es únicamente comprenderlas dentro de un campo cultural determinado, ni identificar sus gestos programáticos más explícitos, sino insertarlas en cartografías globales que muestran cómo se construyen y cómo funcionan en tanto tecnologías de información y documentación. Si pensamos, por ejemplo, en el recorte de prensa como objeto moderno, como tecnología de archivo y como práctica editorial en las publicaciones periódicas que aquí identifico como «revista de revistas», es evidente que se trata de una tecnología que activó procesos de circulación material y de globalización de la cultura en Latinoamérica.
Todos los capítulos de este libro de alguna manera apuntan a una problemática común: la autoridad de lo impreso y las formas en que las revistas democratizaron el acceso a la información, al consumo y a los bienes culturales mediante protocolos modernos pero desde las texturas y materialidades de lo que estaba a mano. En el primer capítulo reviso los índices como tecnologías de clasificación que a comienzos del siglo XX invadirán todo, como síntoma del abismante incremento de la información disponible a escala global y del aumento de la alfabetización en países como Chile: los índices de las mismas revistas comienzan a dividirse en secciones, las tiendas de departamentos racionalizan su oferta y se promocionan mediante catálogos, ciertos libros se subclasifican como obras de consulta o referencia y ponen a disposición de los lectores conocimientos estandarizados, las bibliotecas inauguran secciones de informaciones y se ordenan de acuerdo a sistemas de indexación. Así como lo misceláneo distribuye el acceso al consumo y la información hoy, la repartición de lo sensible durante la primera mitad del siglo XX está atravesada por el sistema decimal, lo que profundizo en relación a las revistas magazine en la sección «Preguntas y respuestas» de Zig-Zag. Revista Semanal Ilustrada durante la década de 1910.
El segundo capítulo se centra en los carteles como impresos efímeros, analizando su importancia dentro de los movimientos sociales de las primeras décadas del siglo XX, en el sistema de propaganda y en la literatura anarquista. El cartel fue fundamental para incluir a nuevos actores sociales en los debates que se desplegaban en revistas estudiantiles como Claridad. Periódico de sociología, arte y actualidades; al incorporar «El cartel de hoy» en cada una de sus portadas, revista Claridad puede leerse no solo desde su carácter programático más evidente, sino como un manifiesto contra la obsolescencia de los impresos efímeros y un acoplamiento de texturas y temporalidades que «funcionan» por contagio.
El capítulo siguiente estudia la ilustración literaria en el medio gráfico a partir de los cuentos de la escritora chilena Marta Brunet publicados en la revista Caras y Caretas. Semanario festivo, literario, artístico y deactualidades entre 1925 y 1935. Por una parte, interesa pensar la ilustración literaria fuera de la dicotomía entre textos e imágenes y desde las peculiaridades que presenta en lo que Patersson llama el medio gráfico (2017), y por otra,explorar las estrategias de exhibición y legitimación de escritoras fuera de las mecánicas de sus propios campos culturales, en las redes continentales dentro de las que se insertan.
El cuarto, en tanto, explora la presencia y las funciones de la letra manuscrita en las revistas de la primera mitad del siglo XX, conectándolas con la proliferación de los consultorios grafológicos en revistas ilustradas como Zig-Zag y Caras y Caretas. Junto con ver cómo estas secciones reproducen la desconfianza hacia la letra manuscrita de los sectores populares desde un código criminalístico y analizar cómo eso refuerza procesos de burocratización que delimitan la presencia de lo manuscrito mediante documentos de la administración como el formulario y el memorándum, se explora la función de estas secciones en la trayectoria de la escritura de mujeres en la prensa y las paradojas que la letra impresa entraña cuando se trata de mujeres que se insertan en el mundo del trabajo profesional.
Por último, el quinto capítulo trata de un grupo de revistas culturales latinoamericanas de los años treinta y cuarenta que identifico como «revistas de revistas» y que se caracterizan por reunir contenidos que en gran medida provenían de una selección de la prensa mundial. Desde este contexto general, el capítulo estudia el recorte de prensa como objeto moderno, como tecnología de archivo y como práctica editorial que da forma a un conjunto de revistas culturales latinoamericanas que contribuyeron de manera sistemática a los procesos de globalización de la cultura y a la configuración de mapas geopolíticos desde los cuales los intelectuales latinoamericanos se pensaron durante estas décadas. En particular observamos cómo la selección, reproducción y montaje de fragmentos de revistas internacionales permite digerir y hacer circular a nivel simbólico y material distintas configuraciones de la cultura global en dos publicaciones: Babel. Revista de Revistas y Ultra, Cultura Contemporánea. Revista de Revistas.
Índices, catálogos y bibliotecas: revista Zig-Zag
Cuando queremos acceder a los contenidos de un libro lo primero que hacemos es revisar su índice, sin pensar en el tipo de operación que supone indexar. Una definición preliminar que proviene del ámbito de las tecnologías de la información es organizar datos de acuerdo a un esquema o plan particular para hacerlos más accesibles. Un índice, en consecuencia, y a diferencia de una simple lista, es una tecnología de segundo orden dentro de un sistema de clasificación, que permite agrupar un conjunto de elementos de acuerdo a metadatos: la distribución de una tienda de departamentos, los pasillos de un supermercado, la cartera de una persona ordenada, el catálogo de una biblioteca.
En la era digital nos parece natural que todo se ordene y se despliegue desde principios de indexación. Aunque dichos principios no sean tan evidentes como los que organizan un ropero cuando guardamos la ropa, esperamos que nuestras búsquedas sean cada vez más eficaces tanto para encontrar un par de zapatos como para comprar un libro online; saber dónde publicar o conseguir un paper científico, un nuevo amigo o, incluso, una pareja sentimental. Ya no es tan fácil asegurar que existen esferas de la experiencia inclasificables, que no puedan analizarse en términos de repertorios o ingresar como uno de los elementos de un algoritmo en una búsqueda. Sin embargo, esto no se limita a la actual era de la información, y puede advertirse ya a inicios del siglo XX, cuando el aumento del conocimiento disponible se vuelve un problema espacial, tanto de almacenamiento como de orientación, para quienes necesitan acceder a un dato de forma precisa y rápida. En las preguntas de los lectores de revista Zig-Zag (1905-1964) que registra la sección «Preguntas y respuestas» en la década de 1910, veremos esta apremiante necesidad de orientación en las coordenadas de la cultura impresa moderna.
Geografía y clasificación
El sistema decimal que desarrolla Melvil Dewey en 1876 es un sistema de clasificación de segundo orden basado en la ficha bibliográfica. Como ha visto Alex Wright en Cataloging the World, Paul Otlet and the Birth of the Information Age, el sistema Dewey se funda en la solidez del mundo físico: cada libro en su respectivo anaquel y revestido del valor que le confiere la estabilidad del papel distribuido uniformemente sobre cada repisa (61-62). Según Wright, con el tiempo las corporaciones, fundaciones y las agencias gubernamentales verían en la ficha de catalogación un mecanismo estable para almacenar información, adaptándola a sus propios fines, cotejando datos y transfiriendo registros de un lugar a otro. Las organizaciones comenzaron a advertir los beneficios de llenar fichas e indexarlas, generando sistemas de referencias cruzadas y logrando que la información estuviera disponible para acceso inmediato8. Pero si este orden espacializado comienza a cumplir una función muy valorada en distintos ámbitos, también implicaba un peligro: que al intentar cartografiar el conocimiento y la información de acuerdo a un modelo aristotélico y orgánico que asume la forma de un árbol con sus ramas, realmente se creyera que el conocimiento poseía una geografía propia, institucionalizando formas y protocolos de acceso, naturalizando jerarquías y ciertas trayectorias de sentido como más válidas que otras; en última instancia, estableciendo un método de búsqueda que determina a partir de él un modelo de diferenciación entre conocimientos legítimos e ilegítimos.
Las revistas de las primeras décadas del siglo XX participan de este proceso de racionalización de la información, de sus ventajas y de sus peligros. A medida que la prensa se va modernizando y que los públicos lectores aumentan y se diversifican, las revistas se van dividiendo en secciones en las que operan principios de clasificación: vida social, hogar, espectáculos, moda, deporte, etc. Muchas de estas secciones constituyeron mediaciones que intentaron a su vez clasificar al público y regular el acceso a ciertos contenidos y a las valoraciones que estos alcanzaban. Un caso particular de la prensa de principios del siglo XX en Chile en este sentido son las revistas magazine: se trata de revistas que por definición incluyen contenidos misceláneos y que, al mismo tiempo, permiten advertir la creciente necesidad de discriminar sus contenidos de acuerdo a secciones que apelen a distintos lectores. Como señalan Ossandón y Santa Cruz:
El magazine es definido convencionalmente como un periódico ilustrado, estructurado sobre la base de numerosas secciones y generalmente de muchas páginas y de aparición semanal o mensual. Se trata de un género que es capaz de albergar en su interior en forma entremezclada crónicas, entrevistas, reportajes de actualidad, ilustraciones, avisos publicitarios, cuentos y novelas por entrega, notas de vida social, caricaturas, poemas, etc. (39)
Las revistas ilustradas fueron una vitrina de los objetos y prácticas de consumo modernos y, por lo tanto, constituyen un lugar privilegiado para advertir la creciente necesidad por parte de los lectores de internalizar los protocolos de clasificación que organizaban no solo el acceso a la revista misma y a la información que esta permitía conocer, sino también el acceso a los objetos de consumo. A comienzos del siglo XX, tampoco era tan fácil para el lector o lectora de una revista saber qué esferas de la experiencia eran susceptibles de ingresar en sistemas de clasificación, ni qué tan sofisticada era la máquina social de archivo en la que este registro se produciría. Como sintetiza Andrés Tello al analizar la creciente importancia que adquieren los nuevos medios de comunicación de masas a inicios del siglo XX para el gobierno de las poblaciones, en desmedro de lo que había sido el museo como principio de administración política a través de la cultura durante el siglo XIX,
Una matriz general más compleja de organización, ordenamiento, selección y clasificación se fraguaba de esta forma en el despliegue complejo de la máquina social del archivo y su coincidencia con la consolidación de la máquina capitalista, en el marco de una plena instalación de la gubernamentalidad liberal. Durante el paso del siglo XIX al siglo XX los regímenes sensoriales de esta máquina se verán refinados de manera cada vez más notoria a partir del desarrollo de nuevas tecnologías de archivación. (94)
A continuación exploro una de las formas en que esta máquina se va desplegando y uno de los nodos posibles en los que se advierte su funcionamiento en red: la revista magazine, la tienda de departamentos y la biblioteca.
Revista Zig-Zag: el magazine y el almacén
