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Un libro de articuentos que explora lo absurdo y lo cotidiano con ironía y lucidez. Dirigido a lectores curiosos, incómodos ante lo obvio, que disfrutan de lo extraño y buscan sentido en lo mínimo. Diálogo entre autor y protagonista. Razón y delirio.
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Seitenzahl: 118
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Relatos incómodos de un protagonista escéptico y confundido
Alejandro Javier Torres
Torres, Alejandro Javier
¿Me está pasando? : relatos incómodos de un protagonista escéptico y confundido / Alejandro Javier Torres. - 1a ed. - La Plata : Arte editorial Servicop, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-310-082-8
1. Relatos. I. Título.
CDD 920.71
Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Portada
Portadilla
Legales
Prefacio
La última gota
No soy empático
Koiné
Monada
Hebras sueltas
Doméstico
Partenogenéticas
Más fuerte que nadie
Yo, Dogxim
Relocalizarme
Crudo
Alma Flotante
Kiss Cam
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Ripple
»
Núcleo interpeduncular
Mouth tapping
Burnout silencioso
Cumpleaños, ¿feliz?
Demasiado viento
Rutina peligrosa
Hambre ajena
Vivir en 1.75x
Bombilla asesina
Portabilidad
Soliloquios
Lithopaedion
Insatisfacción
Sobregiro ecológico
Bilocación
Descontrol
Scroll
Fetiche
Soledad
Viuda Negra
La gente es rara
El menú
Cálculos
El dato
Oferta dorada
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Portada
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Legales
Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
Este libro comenzó como una inquietud, una duda, un cuestionamiento. Una frase suelta escuchada al azar. Un dato absurdo en un rincón de Internet. Una preocupación que no sabía a quién pertenecer. Empezó, como empiezan casi todas las cosas que importan: sin saber que lo estaba haciendo.
Los textos que siguen no fueron escritos con intención de formar un conjunto, pero insistieron en reunirse. Se buscaron, se espiaron, se imantaron. Algunos nacieron de noticias que parecían ficción. Otros de ficciones que se sentían demasiado reales. Todos tienen algo de artículo y algo de cuento. De ahí su nombre: articuentos. Una palabra prestada y deformada, como muchas de las que habitan estas páginas. Un género literario híbrido, preciso e inclasificable, creado por el gran Juan José Millás, a quien admiro profundamente y de quien me declaro fanático absoluto. Sus textos –esa mezcla afilada de crónica, ficción, columna y delirio lúcido– abrieron una rendija por la que este libro se coló.
No es un texto de certezas. No ofrece moralejas. Si hay respuestas, están ocultas en los pliegues del absurdo, del ridículo o del miedo. Cada texto es una escena breve, un fragmento de algo que no se resuelve. A veces inquieta. En ocasiones, desconcierta o simplemente observa. El lector decide si reír, retroceder, seguir leyendo o cerrar el libro y mirar por la ventana.
Cada relato aquí reunido comparte algo más que el formato: comparte un protagonista reconocible, una voz narrativa que camina entre la extrañeza y la lucidez, que observa el mundo con agudeza melancólica, con ironía íntima, con una sensibilidad ligeramente desajustada. Este personaje –neurótico, hipocondríaco, fóbico, escéptico, obsesivo, hipersensible, solitario, atento hasta el agotamiento; socialmente incómodo, errante desde lo filosófico y emocionalmente torpe– no se lo nombra, pero tiene memoria, pánico, rutinas absurdas y un radar encendido ante lo ridículo de lo cotidiano.
Hay algo más. En el trasfondo de muchos de estos articuentos (por no decir en todos), el protagonista intercambia pareceres, dudas y pesadumbres con el autor. A veces lo interroga. Otras lo incomodan. En más de una ocasión, parece escribir el cuento con él o en su contra. Lo corrige, lo contradice, lo delata. Porque, aunque uno escribe solo, nunca lo está del todo. Hay voces internas que opinan, se burlan, exageran, interpretan. Y este libro es también eso: un diálogo entre quien escribe y quien vive lo escrito.
Escribir desde la incomodidad fue, tal vez, el único método. Cada pieza fue una excusa para que el autor se acercara a cuestionamientos que no sabría formular en voz alta. Algunos sorprendieron. Otros revelaron partes que no esperaba encontrar.
Si este libro tiene una intención, no es explicar, sino abrir. Un resquicio. Una duda. Una extrañeza. No para incomodar por incomodar, sino para recordarnos que lo raro también nos pertenece. Que debajo de las rutinas más grises, las palabras más repetidas y los hábitos más previsibles, vibra algo más. Algo que no se deja nombrar con facilidad.
Estos relatos se escribieron para compartir una forma de mirar: entrecerrando los ojos, con la duda como lupa. Están pensados para lectores que sienten una excitación cuando algo no encaja del todo. Para quienes sospechan que hay otra historia detrás de la historia oficial. Para los que no buscan certezas, sino indicios. Para los que saben que a veces lo que más nos revela es lo que apenas se dice, lo que se desliza sin hacer ruido. Para los que se detienen ante lo mínimo, por si en ese mínimo subyace algo mayor.
Gracias por abrir este libro. Gracias por quedarte.
Que lo extraño te acompañe.
La confianza entre un hombre y su cafetera no debería ponerse a prueba tan temprano en la mañana. Sin embargo, desde hace un tiempo, la mía empezó a jugar conmigo. No hablo de fallas técnicas ni de desperfectos mecánicos. Hablo de algo más sutil: una inteligencia mínima, vengativa y elegante. Una travesura meticulosa, dosificada con esmero.
Al principio pensé que era yo. Que me retiraba demasiado pronto, que limpiaba la mesada con apuro, que no sabía leer el último pulso del goteo. Pero después de semanas de observación casi científica, puedo asegurarlo: la máquina espera a que me confíe para lanzar la última gota.
Sucede siempre igual. Termina el ciclo de preparación y comienza el goteo residual. Gota uno. Gota dos. Gota tres. Así hasta la sexta, como si cumpliera un ritual tácito. Yo, sabiendo lo que viene, espero. Sé que existe un recipiente diseñado para contener esas gotas. Lo respeto. Lo coloco. Le concedo una tregua. Incluso, por momentos, les hablo en tono cordial.
Y entonces limpio.
Ella aguarda, con intención ladina. Y ejecuta su movimiento.
Una gota nueva, inesperada, espesa, resentida, cae justo cuando retiro el repasador.
Me detengo. La miro. Me mira. A esta altura, no sabría decir quién desafía a quién.
He llegado a sospechar que dentro de la cafetera hay alguien. No un operario en miniatura. Algo más inquietante: una conciencia diminuta. Un ojo interno. Un algoritmo con sentido del humor perverso.
Para evitar que se salga con la suya, he intentado todo. Espero más. Respiro con resignación. Me demoro. Simulo marcharme. Me giro de golpe, buscando sorprenderla.
Pero siempre pasa lo mismo: justo cuando acepto el cierre del rito y doy el primer paso fuera de la cocina, lanza su gota final.
A veces es café. A veces, solo agua. Siempre exacta.
Hay días en que pienso que el que está siendo preparado soy yo. Que mi rutina matinal es el experimento de un artefacto que mide mis tiempos, mis umbrales de paciencia, mi resistencia a lo ínfimo.
No lo digo en voz alta, claro. ¿Quién creería que una cafetera tiene voluntad?
¿Y si la tiene?
Esta mañana, justo antes de limpiar, le hablé, bajito:
—Hoy no vas a ganarme.
Me respondió con un silencio tan rotundo que me hizo dudar. Hasta que, al dar el primer paso hacia la puerta, escuché con nitidez el sonido inconfundible de la última gota cayendo.
Solitaria. Triunfal. Inútil.
Y entendí que, tal vez, aún no estoy del todo despierto.
Ella sí lo está.
Nunca he podido ponerme en los zapatos del otro.
Lo he intentado más veces de las que quisiera recordar. Hay un impulso automático que me lleva a agacharme, desatarme los cordones y probar suerte con el calzado ajeno, como si fuera lo esperado. Como si la comprensión pudiera medirse en centímetros de cuero o en la presión precisa de un talón sobre una plantilla prestada.
Pero no me entran.
Una vez, en medio del llanto de una amiga, tomé sus zapatos –rojos, de charol agrietado– y los coloqué frente a mí con una delicadeza casi litúrgica. Ella asintió en silencio. Me miraba como si aguardara algo noble. Introduje el pie derecho con suavidad y sentí que algo crujía. Lo retiré enseguida: era una pequeña hoja de papel arrugada, con una palabra escrita en tinta corrida. No pude leerla completa.
—Ah, eso... —dijo ella—. Es un pensamiento que olvidé sacar.
No dije nada, pero entendí. Esos zapatos guardaban su historia. Su intimidad. Su idioma.
Desde entonces, me pasa seguido. Me ofrecen calzados con buena intención. «Te entiendo», dicen. Pero, al intentar ponérmelos, noto que la costura aprieta justo donde tengo una herida vieja. O que el cuero cede demasiado y me hundo, como si el otro no tuviera forma. O, peor aún, que me quedan tan bien que empiezo a olvidarme de los míos.
Y hay algo deshonesto en eso.
Últimamente, incluso dudo de mis propios zapatos.
Una mañana, al introducir los pies, sentí que adentro había musgo. Verde, fresco, como el que crece en los rincones húmedos del bosque. Caminé igual, intentando ignorarlo. Pero, a cada paso, crujían pequeñas ramitas, como si estuviera pisando un recuerdo vivo. Desde entonces, mis pies huelen a tierra mojada y no sé si eso significa algo.
No es que me falte compasión. No soy de piedra. Pero hay un límite invisible que no me atrevo a cruzar. Cuando alguien sufre, ya no me acerco con la intención de calzarme su historia.
Me descalzo. Me siento a su lado.
No invado. No absorbo. No traduzco.
No soy empático. No puedo serlo.
Pero, al menos, no sangro.
Leer nunca me había parecido una actividad peligrosa. Hasta ahora.
Estaba leyendo sobre los primeros textos cristianos, escritos en griego koiné, un lenguaje sin pausas ni espacios. Las palabras iban todas juntas, una detrás de la otra, sin descanso. Imaginé a alguien, agotado y con poca tinta, tratando de transcribir en ese idioma apretado las frases en arameo de un hombre pobre que hablaba con sencillez. Me pregunté –medio en broma, medio en serio– cómo haríamos nosotros para escribir así: sin comas, sin puntos, sin margen para un respiro.
Escribí lo siguiente:
«estoyprobandoquepasaensuspenderlosespaciosentrelaspalabrasporunsolomomentoparaveradondeconduceestetipodeestructuraquesupuestamentefueutilizadaduranteciertosperiodoshistoricos».
Primero lo seguí con los ojos, pero a la mitad empecé a perderme. Las letras se mezclaban, se escurrían, como si alguien hubiera corrido los renglones y los hubiera vuelto a pegar sin orden. Hice un esfuerzo más. Intenté leerlo en voz alta. La lengua se me trabó, los labios se pegaron, y una presión extraña empezó a apretarme el pecho. Sentí un cosquilleo caliente en la nariz, una bocanada atrapada queriendo salir y sin encontrar por dónde. Alcancé la mitad resoplando. Abrí la ventana con torpeza. Todo por un párrafo. Sin una sola coma. Ni un espacio.
Decidí intentarlo de nuevo, con algo más corto. Escribí:
«leoyleoperoelritmonoparalasecuenciaescontinualospensamientossemontanunosencimadeotrosynohaymodoenderechosalirdeaca».
No era tanto, pensé. Pero bastó con llegar a la mitad para sentir cómo los ojos se movían raro, como si buscaran una salida que no existía. Quise encontrar una pausa, una coma, un mínimo espacio donde apoyar la vista. Nada. Todo era una sola cosa, pegajosa y tensa. Me mareé. Sentí vértigo. Náuseas.
Probé una tercera vez, ya con desesperación:
«quierosacarlasletrasdeacá».
Cuando levanté la vista del papel, noté algo extraño. Todo en mi habitación parecía distinto. Miré alrededor y confirmé mi miedo: las cosas habían comenzado a juntarse. Sin dejar espacios entre ellas. La taza de café pegada al teclado. El lápiz incrustado en el teléfono. Los libros apilados formando una masa informe. Los muebles comprimidos contra las paredes, fundidos en un solo bloque. La habitación entera era ahora un párrafo compacto. Ilegible.
La silla se aferraba a mis piernas. La tela pegada a la piel. La estructura crujía y me envolvía desde abajo. Los talones se hundían en el piso. La baldosa cedía, blanda, casi viva. Intenté levantar una mano. Nada. El brazo tembló. Los dedos seguían extendidos sobre el escritorio, incrustados. En la palma, una presión tibia, firme, insistente. El cuerpo empezaba a desdibujarse.
El borde entre yo y lo que me rodeaba se volvía difuso. Todo estaba junto. Demasiado junto. El aire era grueso. No cabía una pausa. Ni una grieta. Nada donde meter un pensamiento sin que se deformara. Hice fuerza con la mandíbula. Los dientes apretados. Busqué espacio. No había.
Entonces, sin palabras, supe que lo necesitaba.
El lápiz seguía en mi mano. O mi mano en él. Lo arrastré sobre la madera, la punta raspando torpe, terca. Escribí:
«GRUAAKH».
El trazo quedó temblando en la superficie. Apenas una línea rota, con saliva encima. Me quedé quieto. Algo se aflojó. O se detuvo. No lo sé.
Cerré los ojos.
Todavía no los abrí.
Leí que en unos años bastaría con tomar una pastilla durante cuatro semanas para rejuvenecer.
Cerré el artículo. Fui a la cocina. El yogur estaba vencido desde hacía dos días. Dudé. Por la contradicción. Lo dejé sobre la mesa. No sabía si tirarlo o comerlo.
Vi mi reflejo en la puerta de acero de la heladera. Me acerqué. La luz blanca marcaba una mancha en el antebrazo, justo donde me arremango para lavar los platos. La toqué: áspera, seca, con un borde irregular. Me vino el recuerdo del brazo de mi padre, temblando mientras intentaba abrir una botella de agua. La dejaba sobre la mesa sin decir nada. Yo me acercaba, la abría y se la devolvía. Nunca cruzábamos la mirada.
