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Un ensayo imprescindible sobre la apropiación cultural gastronómica que demuestra que el mapa del mundo también se traza a través de la conquista del estómago. «La descolonización de nuestra manera de pensar, actuar y cocinar es algo que hemos comenzado a trabajar como sociedad hace demasiado poco». La periodista mexicana Ana Luisa Islas, colaboradora de medios como ABC, Hule y Mantel, Cuina, Reforma o la ya desaparecida Munchies, mete el dedo en la llaga —que no es otra que una herida que comparten millones de personas— en esta lúcida y franca reflexión sobre la apropiación culinaria. La autora, migrante, hija, nieta y bisnieta de migrantes, se expone sin reservas en una serie de ensayos que abordan el viaje, tanto de las personas como de los ingredientes que llevan bajo el brazo, en su dimensión física, emocional y, sobre todo, identitaria. Mejor oler a mar es, además, un recetario que dialoga con los recuerdos y que tiende puentes entre un pasado, un presente y un futuro que todos compartimos. Al igual que la muerte.
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Seitenzahl: 104
Veröffentlichungsjahr: 2023
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MEJOR OLERA MAR
Mejor oler a mar. Apuntes sobre la descolonización del estómago,
de Ana Luisa Islas
Primera edición: octubre de 2023
Colección: Hojas de col, 2
© 2023, de los textos, Ana Luisa Islas
© 2023, Col&Col Ediciones
Corrección ortotipográfica: Ale Oseguera
Dirección editorial: Lakshmi Aguirre
Diseño de la colección: Karakter Studio
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-19483-47-8
THEMA: W WB
Producción del ePub: booqlab
www.colandcol.com
Soy Ana Luisa Islas Bravo, periodista y escritora mexicana. Nací en Chapel Hill, North Carolina (EE.UU.), en junio de 1983, de padres mexicanos. Mi madre entró a Estados Unidos conmigo camuflada dentro de su vientre. «Que no se te note», le dijo mi padre. A los tres meses de mi nacimiento volvimos a México porque a mi padre no le renovaron la visa. Crecí en la Ciudad de México hasta los veintiséis años que emigré a España. Viví doce años en este país, once de ellos colaborando para el diario ABC. Ahora, vivo a caballo entre San Miguel de Allende (México) y Barcelona. Escribo sobre gastronomía, hago entrevistas y periodismo de viajes. Edito y produzco un proyecto culinario transmedia, de nombre Ñam Ñam Barcelona, desde agosto de 2012. Un texto que redacté para explicar el Día de Muertos forma parte de una recopilación de la mejor escritura gastronómica en español de 2022. He publicado en Hule y Mantel y en Cuina, en España; y en Munchies y el periódico Reforma, en México. Mis relatos cortos han aparecido en Cósmica Calavera y Página Salmón. Coordino una residencia de artistas itinerante, en donde acompaño y desarrollo la comunicación de artistas independientes. Escribo poesía, relatos, cuentos infantiles y me expreso a través del arte urbano. Pueden ver mi obra en la Sala Basiana de la Nau Bostik barcelonesa. Doy clases de escritura y arte. Soy migrante, e hija, nieta y bisnieta de migrantes, como canta Drexler. Desde 2017, además, soy viuda.
Para Manel, por enseñarme a no tener miedo a mezclar, a probar y a volver a empezar. Para mis padres y mis hermanos, por enseñarme a viajar, físicamente y a través del paladar.
Para mi tía bisabuela Esperanza Palomares de la Cuesta, que murió adolescente en un internado en Cuernavaca, al poco tiempo de llegar de Málaga. Para todos los migrantes que han muerto en su camino por encontrar algo mejor.
Vámonos, donde no haya justicia ni leyes ni nada, nomás nuestro amor.JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ
Cuanto más estudio la cocina más confirmo que es una sola. Desde el Big Bang, el fuego es igual en todas partes.ROSA TOVAR
Detrás de nuestras supuestas libres elecciones identitarias muchas veces yacen estructuras que acotan las posibilidades a elegir (cuando es posible hacerlo), estructuras que jerarquizan y oprimen unas categorías sobre otras de maneras tan complejas y contundentes como normalizadas.YÁSNAYA AGUILAR GIL
In lak’echHala kenYo soy otro túTú eres otro yo
Saludo y respuesta maya.
SOBRE LA AUTORA
ARRIBA DE UN TREN
SAQUEN A COLÓN DE MIS TEXTOS
TODOS SOMOS MIGRANTES
MOLE «CATALÁN»
LA COPIA DE LA COPIA DE LA COPIA
EL MARATÓN GUADALUPE-REYES
EL RECETARIO DE BABEL
CITOYEN DU MONDE
DE VUELTA A MIS NOPALES
MANEL
Los mexicanos disfrutamos mucho de viajar en tren. Quizás se deba a que, desde hace más de cien años, tras la Revolución, casi todas las vías del tren fueron cayendo en desuso. Ahora, prácticamente solo viajan en tren los migrantes que se montan en La Bestia para llegar «al otro lado». Mientras escribo, voy en un tren holandés, observando la campiña de los Países Bajos. Casas con techos naturales o con tejas de cerámica, granjas o antiguas granjas con paneles solares, con tractores de última generación en los graneros y caballos, muchos caballos. Vacas también, claro. Vacas lecheras que después se venderán como chuletones de vaca vieja en sidrerías vascas y sus imitaciones. Viajan los ingredientes. Y viajamos las personas. Aquí en Holanda (permítanme llamarle así a este país, como sigo llamando D. F. a la ahora Ciudad de México), dice el papá de mis sobrinas que las reglas se ajustan al sentido común. Nunca van las reglas por encima. Suena idílico, pienso, tras un periplo de casi cuatro años contra el gobierno español para asegurar mi permiso para residir en sus tierras, pensión de viudedad de por medio. No hubo manera de que entraran en razón. ¿Habría sido distinto en Holanda? Quizás. No tengo ganas de averiguarlo. Ahora cobro de España y resido casi todo el año en México. Y gasto allá, claro, lo que con sus impuestos Manel (mi esposo) me heredó. Nina Simone me diría que no hace falta volver a la mesa en donde no recibí amor, pero aquí estoy, en Europa nuevamente, como el año pasado. ¿Por qué? Para viajar en tren, claro, y observar las diferencias.
Por la ventana, observo un sinnúmero de bosques regenerados (si es que a eso se le puede llamar bosque), de arbolitos uniformes y muy delgaditos, que en su momento se talaron para construir los barcos de los piratas con los que los holandeses se volvieron ricos. Con esos barcos invadieron su porción de América y de África. Y, posteriormente, cuando el oro se acabó, comerciaron con esclavos. A esos bosques delgaditos ya no pueden, o no quieren, explotarlos. Ahora los holandeses compran casas en Andalucía, Extremadura o Cataluña, y traen de esas tierras aceite de oliva, vino, jamón, fuet y otras exquisiteces. Lo sé porque abundan en los supermercados de la Holanda profunda. A veces digo que Europa está muerta, pero sigue dando sus patadas de ahogado. Lo que no pudieron robar en su momento, intentan expoliarlo ahora. Los canadienses (los europeos de América) a través de las minas, y los españoles construyendo carreteras y hoteles infinitos y poco sostenibles junto a las playas más hermosas. En Bosnia dicen que los alemanes están «comprando» los ojos de agua para poder saciar la sed infinita de los alemanes. La cerveza necesita mucha agua. Y en Bosnia el agua abunda. O abundaba.
Las leyes son flexibles, siempre que el sentido común así lo dicte. ¿Qué tan común es el sentido común? ¿Alguna vez han conocido a un hombre rubio, alto y guapo, dentro de la norma estética que rige nuestra sociedad, que haya nacido en un país colonizador y nunca colonizado? El sentido común de esa persona le dirá que puede hacer lo que le plazca, como desde niño le han enseñado sus padres y sus maestros. A las mujeres del sur global nadie nos dice que podemos lograr lo que queramos. Salvo contadas excepciones. Mi padre fue una de ellas, aunque también se encargó de decirnos a mi hermana y a mí que podíamos lograr lo que quisiéramos siempre que no pasáramos por encima de él. La programación mental que nos heredaron nuestros padres, y a nuestros padres sus padres, se imprime en nuestro ADN, más incluso que la propia genética. Permite a un holandés no pagar el parquímetro porque le sale más a cuenta pagar la multa, si es que llega. Impide que un hondureño piense que merece algo más que viajar en el lomo de un tren asesino. Viajar nos permite derribar esas letales instrucciones, cuestionarlas y, si tenemos suerte, derribarlas.
Hemos viajado siempre los humanos. Seguimos haciéndolo. Algunos van en trenes de primera. Otros van en trenes de carga, como polizones. Algunos viajamos para comer. Otros viajaron para dar de comer. Y tantos otros viajaron para comprar y vender esclavos. «¿De dónde viene la riqueza de Europa?», nos preguntamos los que no somos europeos. Sería de sentido común que los europeos también se lo preguntasen; pero a veces es más fácil viajar con los audífonos puestos, mirando la pantalla del móvil, dando por sentado todo lo que nos rodea y lo que no, imaginando que merecemos tener esas baterías de litio que nos permiten encender nuestro teléfono. Europa se muere cada día que decide no mirarse lo podrido. Aun así, estoy aquí, oliendo lo que de esa herida supura, tratando de entender qué de mi propia herida proviene de aquí. ¿Por qué adoramos tanto los americanos al continente que nos subyuga? ¿Por qué queremos ser como ellos? ¿Por qué nos gusta ver cómo coronan a sus reyes? ¿Por qué nos gusta visitar sus castillos? Quizás simplemente es que tenemos nostalgia de los nuestros, a quienes mataron en la hoguera y a punta de cañón. Tenemos nostalgia de nuestros palacios, que sirvieron de cimiento para sus iglesias. Ahora ellos nos miran y quieren más. Lo que no les dejamos destruir lo quieren para sí: la milpa, la espiritualidad, la herbolaria, los hongos psilocibios, la cocina, la Virgen de Guadalupe o el Día de Muertos. Mío, solo mío. Y nosotros, generosos como la naturaleza, se los servimos en bandeja de plata. «Toca compartir con el mundo eso que guardamos tantos años con recelo», me explicó Lupita Hernández Dimas, líder de las mujeres purépechas de Santa Fe de la Laguna, pueblo a orillas del lago de Pátzcuaro, en donde los productores de Disney pasaron un año estudiando la cosmovisión indígena alrededor de la muerte para escribir y crear la película de Coco. Quizás es por eso que estoy aquí, oliendo y observando lo rancio, para poder explicarme y explicar. ¿No es por eso que viajamos? Para entender.
En mi casa la paella se ha comido siempre. La paella mexicana, claro, que lleva unas almejas que nunca he visto en España, muchos guisantes, salchichas, mucho azafrán, un arroz que no es bomba y un sabor que, después de haber vivido tantos años en España, me parece insulso y con una consistencia que da pena. En México, pena es vergüenza. En España, pena es pesar. La paella mexicana da pena y da pesar, incluso en las mejores casas. No he llevado nunca a un amigo español a comer paella mexicana. A Manel, por supuesto, jamás lo llevé. Imagínense el despropósito: uno de los mejores arroceros en España, probando eso. ¡Ni Dios lo mande! En Barcelona, Manel me enseñó a hacer caldos y a guardarle su debido respeto al sofrito. En el Suquet de l’Almirall, Manel mantenía un caldo que siempre estaba a fuego bajo. Se vaciaba cada domingo y se llenaba de nuevo cada martes con lo que había sobrado del finde y con lo que compraba específicamente para hacerlo: pescado de roca, mariscos de bajo precio pero mucho sabor, y un largo etcétera. Jamás se usaba agua en esas paellas. Esas ollas tenían impresa una vida en su interior. Con semejante maestro, uno de los platos a los que más respeto le tengo es a la paella.
Hace unos meses, por insistencia de mi amigo Miguel González Compeán, ex colega de restaurantes mexicanos en Barcelona, que ahora regenta una pizzería en León, Guanajuato, hice una paella en San Miguel de Allende. Seguimos la receta que Manel Marqués Torres creó tras investigar sobre la cocina de barca de los pescadores barceloneses. Lo primero que nos dimos cuenta es que es imposible conseguir marisco y pescado fresco en el Bajío mexicano, a ocho horas en auto del mar más cercano. Son pocos los cocineros profesionales que tienen acceso a ellos. Aun así, hicimos lo que pudimos con lo que encontramos congelado en el supermercado y los amigos que nos acompañaron estuvieron más que felices. Sin embargo, quedé con Miguel que la próxima paella que hagamos tendrá que ser más parecida a lo que él sirve en su restaurante: producto de la región.
