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El Vicente Calderón fue algo más que un estadio de fútbol. Constituyó una referencia espiritual tan potente que dejó un recuerdo indeleble en el interior de muchas personas, además de un puñado de metáforas que apenas tenían que ver con el fútbol. Estas memorias describen el viaje vital de una de esas personas. Uno que empieza en los ojos de un niño fascinado y que termina con la melancolía de un adulto que ha disfrutado del viaje. Este es el recuerdo de las anécdotas, de los personajes que habitaban el estadio y de unas entrañas que cada vez eran más vetustas. Es contar la vida desde un asiento en la grada.
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Seitenzahl: 359
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Ennio Sotanaz
Memorias del Calderón
Segunda edición, diciembre 2021
© del texto Ennio Sotanaz
© del prólogo Juan Luis Cano
© de las ilustraciones Alberto Fernández
© Revista Contexto, S.L. / Cultura en RojoyBlanco (Pop and Soul SL)
Editorial Escritos Contextatarios.
Director de la colección: Miguel Mora.
Diseño de la colección: Alberto Fernández.
Ebook: Ignacio Rubio.
[email protected] www.ctxt.es
ISBN: 978-84-09-35479-5
DL: M-32816-2021
Hecho en España
Texto publicado bajo licencia Creative Commons. Reconocimiento no comercial. Sin obra derivada 2.5. Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente por cualquier medio, siempre que sea de forma literal,comunicando la autoría y fuente y sin fines comerciales.
Ennio Sotanaz
Memorias del Calderón
Agradecimientos
A mi padre, que fue el que me hizo saber que era del Atleti, y a mi abuelo, que sé que estaría orgulloso. A mi hermano y a mi madre, porque también forman parte de esta historia.
A José Manuel Tenorio, por ser mi amigo, mi compañero de grada y porque su talento resulta tremendamente contagioso. A Miguel Mora, por su empuje y por tener el arrojo de embarcarse conmigo en esta aventura. A Juan Luis Cano, por su amistad y por su enorme generosidad. A Juan Antonio Cantelar, tipo de corazón gigantesco, que fue la primera persona que leyó el manuscrito y que lo hizo además del tirón, en un teléfono Samsung A8. A Jorge Lera, por sus comentarios, por su apoyo constante y por ese cariño tan especial que solamente tienen las buenas personas. A Miguel Sosa por su afecto genuino y por creer en mí antes que yo. A Bernardo Salazar e Ildefonso Martínez Ladrón de Guevara por su amistad, por su trabajo y por su inspiración. A todos aquellos que alguna vez entraron a mi blog y tuvieron la valentía de decírmelo. A Los 50, que sé que me quieren bien. A las personas que me mandan su cariño desde twitter cuando más lo necesito.
Y a Isabel, Maite y Emma por hacer que, en el fondo, todo esto tenga sentido.
Si se trabaja y se cree, se puede.
Prólogo
Ese que me mira
Hay quien cree que el fútbol es algo frívolo que consiste en unos señores en pantalón corto corriendo detrás de una pelota en busca de una gloria estúpida y efímera, que enardece a los insustanciales. Algo similar podríamos pensar del cine o del teatro, si concibiésemos tales artes como una panda de mentirosos haciéndonos creer que sienten cosas que no sienten, que viven cosas que no viven, que aman u odian a quienes apenas conocen realmente, que son malvados, buenos, dulces o traidores, cruelmente, simulados. Pero nadie se lo plantea así, porque el cine y el teatro son más, son mucho más. Son reflejos de nuestro ser, son espejos que nos enfrentan a nuestra manera de vivir, de pensar y sentir, que nos avergüenzan o nos enorgullecen, que nos sientan ante nuestras dudas y nuestras certezas y nos recuerdan tanto lo que somos como lo que no, y que nos hacen volar a mundos extraños, excitarnos, entristecernos, reír o sentir temor, es decir nos confirman las certezas de nuestra condición humana. Los actores y las actrices no mienten, los actores y las actrices somos nosotros mismos, pero al otro lado de la pantalla.
El fútbol también es el reflejo de nosotros mismos, de nuestras pasiones, nuestros miedos, nuestras emociones, amores e inquinas, es la encarnación deportiva de nuestra naturaleza y además abona nuestra memoria con recuerdos a los que es inevitable barnizar con una pátina de sentimentalismo. Recordamos escenas míticas, a personas que nos acompañaron en determinados momentos.
En mi caso, el fútbol, el Atleti, el Calderón, no están ubicados en mi memoria como nostalgias estancas, porque siempre irán unidas a la añorada presencia de mi padre, a esas tardes bajando por la cuesta del cementerio de San Isidro camino del Calderón junto él, junto a mi tío y mi primo. El fútbol, el Atleti, el Calderón también son un niño vestido con la camiseta rojiblanca, con el número nueve de Gárate recortado, torpemente, en escay negro por mi madre y cosido en la espalda. El fútbol, el Atleti, el Calderón, son tardes idealizadas, momentos mágicos y tristes, que forman parte de mi historia sentimental y de la de cada uno de los aficionados que vivieron aquel estadio.
El fútbol, como el teatro y como el cine, permite que podamos odiar de un modo irrefrenable, pero nos deja hacerlo sin causar auténticos daños, salvo, es cierto, en reprobables y lamentables ocasiones. Y permite, además, amar de un modo arrollador emblemas, colores, símbolos que, por sí solos, serían nada más que eso, simples cosas.
Un estadio es una construcción fría, de hormigón armado, ladrillo, metal y cemento. Pero si esa edificación vacua la asocias a gritos de alegría, llantos desconsolados, cánticos de ánimo, abrazos, disgustos, enfados, victorias y derrotas… Si a ese estadio le añades pasión, le estás confiriendo alma, le estás insuflando vida, están haciendo que pase a formar parte de la historia compleja de una vida.
Quienes crecimos habitando el Calderón maduramos y moldeamos nuestro espíritu con unas determinadas peculiaridades, por eso nos identificamos entre nosotros, por eso aunque las vidas de unos y de otros, nuestras ideologías, procedencias, gustos, caracteres o visiones de la vida sean dispares, sabemos reconocernos. El Calderón y todo lo que vivimos en él, no sé por qué será, hace que cuando nos miramos a los ojos, estemos donde estemos y sea cuando sea, nos identifiquemos y sepamos, de una manera inconsciente y bella, que ese con el que estás cruzando la mirada ha llorado, ha reído, ha saltado y ha vivido lo mismo que tú, por lo mismo que tú y en el mismo lugar.
¡Aúpa Atleti!
Juan Luis Cano
Primera parte
De Niño
«Todo niño viene al mundo con cierto sentido del amor, pero depende de los padres, de los amigos, que este amor salve o condene.»
(Graham Greene)
I
La primera vez
Mi madre recuerda la primera vez que fue al médico estando embarazada porque ese día escuchó algo que es muy difícil de olvidar. «El niño podría venir muerto», dijo el sutil galeno que la atendió. Un par de meses más tarde, afortunadamente, mi corazón parecía seguir latiendo y aquel hombre tuvo que cambiar su diagnóstico. «El niño respira, sí, pero puede que venga raro».
En eso creo que acertó.
Un domingo por la tarde, cuando todavía faltaban algunos días para el teórico alumbramiento, mi madre empezó a tener dolores de abdomen y mis padres se marcharon al hospital para salir de dudas. Los doctores les dijeron que no había peligro, que podían estar tranquilos y que aquellas molestias eran las habituales antes de cualquier parto. Aun así, por precaución, dejaron a mi madre ingresada. Hicieron bien, porque a las cuatro de la mañana, contra pronóstico, mis ojos se abrían por primera vez en este mundo.
Mi abuelo, madrileño de Cuatro Caminos y socio del Club Atlético de Madrid, se presentó en el hospital a la mañana siguiente sin saber lo que había pasado.
—¿Qué tal andas, hija? —preguntó con acento castizo.
Mi madre abrió las sábanas de la cama y con cara de picardía le enseñó a su primer nieto. Mi abuelo tragó saliva, sujetó el corazón para que no se le escapara por la garganta, aguantó las lágrimas como pudo y se fue sin abrir la boca. Todos dieron por hecho que se marchaba a contárselo a mi abuela, que tampoco lo sabía, pero no fue eso lo que ocurrió. Se fue a hacerme socio del Atlético de Madrid.
Lo primero es lo primero.
Con esos antecedentes es muy probable que yo mismo no tardase mucho tiempo en visitar el coliseo rojiblanco. Nadie de mi familia lo sabe con certeza —mi abuelo falleció cuatro años después— y yo, lógicamente, no lo recuerdo. Tiene sentido, en cualquier caso, porque en una de esas rarezas que ya anticipaba el amable galeno —tengo más— resulta que soy hijo, nieto, hermano, primo y sobrino de colchoneros. En toda mi familia, por todos los lados, no hay nadie que no sea del Atleti a excepción de un pobre primo mío, buen tipo, que dice ser madridista y del que siempre he sospechado que en realidad no le gusta el fútbol.
Mis padres, madrileños los dos, hubiesen deseado comprar una casa con vistas al Madrid de los Austrias o a la Plaza de Chamberí. La ajustada economía familiar hizo sin embargo que tuviesen que hacerlo a dieciséis kilómetros de distancia y en una ciudad dormitorio todavía en ciernes llamada Getafe. Allí nos fuimos a vivir y allí crecí feliz, entre calles sin asfaltar y viviendas de aluvión; al lado de una carretera de Toledo que cruzábamos a pie para ir a jugar al fútbol en los descampados que había al otro lado.
Vivir fuera de Madrid y no tener coche, unido a la ausencia de mi abuelo, provocaron que yo dejase de ser socio antes de que pudiese darme cuenta de que lo había sido. Pero eso no fue un impedimento para que el Atleti se transformase en una obsesión desde el mismo momento en el que tuve conocimiento de mi propia existencia. Tenía la camiseta rojiblanca, sufría escuchando los partidos con mi padre a través de la radio y me sabía la primera plantilla de memoria. Me faltaba algo, eso sí. Necesitaba acortar la distancia que me separaba de mi equipo. Verlo, olerlo y tocarlo. Necesitaba conocer ese templo de cemento y césped en el que se dirimían las batallas y que yo recreaba en mi imaginación. Era (y soy) un tipo bastante persistente —coñazo es otro término que podría encajar perfectamente en la misma definición— así que, para solucionar aquella angustia, comencé a descargar mi superpoder sobre la paciencia de mi padre. El hombre aguantó lo que pudo y hoy agradezco que lo hiciera. Un día apareció en casa con tres entradas para ver al Atleti y en ese momento a mi hermano y a mí nos cambió la vida.
Ir al Vicente Calderón desde Getafe era entonces todo un viaje. Afortunadamente, había una peña rojiblanca cerca de casa y tras unas sencillas negociaciones nos hicieron un hueco en su ruta. Acudimos al estadio en un vetusto autobús lleno de gente vestida de rojiblanco que no dejaba de cantar. Durante el trayecto sortearon una botella de Anís del Mono que, para regocijo de mi padre, me tocó a mí. Juro por la gloria de Dirceu que la anécdota es verdad y no una licencia poética del autor.
La simple llegada a las inmediaciones del estadio ya me impactó. Miles y miles de personas alegres se agrupaban en pocos metros cuadrados. Y recalco lo de alegres porque es lo que más me llamó la atención. No era (ni es) normal ver a tanto adulto andando feliz por la calle, por mucho que ése sea un detalle en el que sólo se fijan los niños. Aquellos humanos que yo veía desde la ventana parecían contentos simplemente por el hecho de estar allí, y eso es algo que siguió sucediendo hasta el último partido que se jugó en el Vicente Calderón.
Por irónico que pueda parecer, creo que la afición colchonera es una afición feliz. Lo somos porque no condicionamos nuestra felicidad a valores estocásticos. Porque sabemos que la alegría se encuentra en el camino y no en un final efímero que vete tú a saber si llega. Porque nos gusta ser como somos y no sentimos la necesidad de tener que ser como dicen que deberíamos ser. Porque no necesitamos comprar un pase VIP para pasar una estupenda tarde de domingo.
Aunque me moría de ganas por entrar, mi padre se empeñó en dar antes una vuelta completa al perímetro exterior del Estadio. Hoy sé que quería que me empapase de esa mezcla de olores, de ese ruido constante, de esa tensión contenida y de esa extraña sensación de comunidad que lo invadía todo. Fue fantástico. Un baño de afición y de perfume rojiblanco que todavía no he podido quitarme de encima.
Entramos. Teníamos entradas en el primer anfiteatro del lateral, justo enfrente del palco. Un lugar que desde ese día se transformó en mi lugar favorito del Vicente Calderón. Subimos a la grada por unos pasillos que no cambiarían de aspecto a lo largo de los años y nos quedamos un rato en la terraza exterior; ese lugar desde donde se podía ver la riada de gente que venía por el Paseo de los Melancólicos. Escuchaba el potente rugido de la gente que estaba ya sentada en la grada, pero todavía no podía verlos. Eso me intranquilizaba. Quería traspasar esa puerta que llamaban vomitorio y formar parte de aquel universo que solamente había visto por televisión, pero mi padre insistía en que nos quedáramos un rato más. ¿Por qué? No entendía nada. Tenía sentido. Mi padre, colchonero patológico antes que yo, quería que aquel día fuese especial para mi hermano y para mí; que nuestra primera imagen del interior del estadio fuese tan impactante que la pudiésemos recordar para el resto de nuestras vidas.
Y lo consiguió.
Me senté por primera vez en un asiento del Vicente Calderón con el estadio lleno de gente, diez segundos antes de que los jugadores saltasen al campo. Levité. Me impactó absolutamente todo lo que entró por mis sentidos. El verde fluorescente del césped recién mojado, el ruido de la masa al recibir al equipo, el olor a puro y a humanidad, los cánticos de la gente, la figura elegante de los futbolistas correteando por el campo, los rollos de papel higiénico volando desde las gradas, el rojo y el blanco que lo inundaba todo… Juro por la gloria del negro Cabrera que recuerdo cada segundo de aquel momento como si lo hubiese vivido ayer. Morí de amor y ahí sigo, enamorado, varias décadas después.
El partido fue contra el Hércules de Alicante y ganamos uno a cero (con gol de Cabrera tras una falta lanzada por Dirceu). Eso fue lo de menos. El Atleti (y el Calderón), como ocurría antes y como ocurriría después, estaban ya muy por encima del resultado.
II
Un muchacho de un pueblo de Murcia
Nunca he sabido realmente por qué dejé de ser socio del Atleti al poco de nacer, pero me imagino que tuvo que ver con vivir lejos y con unas circunstancias económicas que entonces no eran especialmente generosas. Antes de acudir al Vicente Calderón no sabía lo que me estaba perdiendo, pero todo cambió después de aquella primera visita.
En el bloque de viviendas que había justo delante del mío vivían unos amigos de mis padres que tenían un hijo de mi edad llamado Adolfo y que también era amigo mío. Las dos familias teníamos muy buena relación y nos veíamos regularmente, pero a comienzos de la década de los ochenta decidieron mudarse a Madrid. Lo que en apariencia debería haber sido una noticia desgraciada para mí dejó de serlo en el mismo momento en el que supe a que su nueva casa estaría en la calle Melilla, muy cerca de la Glorieta de Pirámides y a tiro de piedra del Vicente Calderón.
Me enamoré de aquella casa en cuanto la vi. Y no porque tuviese cosas que yo desconocía como un suelo de madera, un comedor inmenso, calefacción central o dos baños, sino porque se veía el campo del Atleti desde la terraza.
El urbanismo de aquella zona ha cambiado mucho con los años, pero entonces no sólo se podía divisar el estadio, sino que hasta podíamos escuchar la celebración de algunos goles durante los días de partido.
Se hizo bastante habitual que me quedase en aquella casa algún que otro fin de semana. Me querían mucho y me trataban como a otro hijo más. Adolfo era ese tipo de aficionado al fútbol que realmente no tenía una pasión desbordante por su equipo y que, quizá por eso —o eso quiero creer—, acabó siendo aficionado del Real Madrid. Su padre, casi por las mismas razones, entraba en la misma categoría de militancia difusa. Su nivel de madridismo era tan poco compacto que a los pocos meses de mudarse a la nueva casa se hicieron socios del Atleti. Y sí, seguramente lo hicieron porque estaba cerca, porque era cómodo o porque había otros vecinos que también lo eran, pero a mí me dio igual. Me dio un vuelco al corazón en cuanto me enteré de la noticia y pensé que podría sacarle partido.
Y así fue.
Las medidas de seguridad para ingresar a los estadios no tenían entonces nada que ver con las de ahora. Allí no había tornos, ni agentes de seguridad, ni códigos de barras, ni pistolas láser, ni restaurantes, ni tiendas, ni japoneses. Todas las puertas del estadio eran puertas para entrar al estadio. Había unos tipos con gorra que formaban parte del Club y que se apostaban en la puerta para comprobar que tu entrada (o tu cupón de socio) eran los correctos. Eso era todo. Ellos eran la máxima expresión de la justicia, del orden y de la seguridad. No quedaba registro electrónico de quién entraba o de quién dejaba de hacerlo.
Aquellos señores de la puerta (nunca eran señoras) aglutinaban un poder que iba más allá del que probablemente les correspondía. Si te dejaban acceder, nadie más volvería a pedirte una credencial que te autorizase a estar dentro del campo. Había de todo. Gente amable, gente desagradable, graciosos, tristes, listos y también algún engreído. La mayoría era buena gente. Lo normal, por ejemplo, era que dejasen entrar a niños sin entrada, aunque fuesen ya algo creciditos, si venían acompañados de un grupo de socios o si lo pedían educadamente.
Así es cómo empecé a visitar el Vicente Calderón. Cada vez que me quedaba a pasar el fin de semana en casa de Adolfo acababa entrando en compañía de mi amigo, de su padre y de otros vecinos que también eran socios. Algunos días era muy fácil hacerlo. Otros días no lo era tanto y había que ir probando por distintas puertas hasta encontrar un alma caritativa que se apiadase de nosotros. Algunas veces era incluso necesario inventarse alguna excusa peregrina para justificar la trampa. Recuerdo por ejemplo un día en el que el padre de Adolfo le dijo al portero que yo era un familiar de Murcia que acababa de venir del pueblo; que no conocía la capital y que tampoco había estado nunca en un estadio de fútbol. Soy madrileño de tercera generación y donde jamás había estado era en la Región de Murcia. Pero coló. O bueno, digamos que sirvió para que el hombre me dejase pasar.
Se podía intentar cosas así en partidos de poca envergadura. En situaciones especiales, cuando venían equipos grandes o cuando el rival traía muchos aficionados, era imposible acceder sin entrada.
Adolfo y sus vecinos eran socios del Fondo Norte y entrábamos por esa zona del estadio, en torno a la puerta 10, que miraba al Puente de San Isidro. Eran socios de grada, la parte más cercana al césped, y por eso nos colocábamos en esa zona del campo. La gente no era muy tiquismiquis entonces con lo de las zonas y los sitios. Uno se sentaba donde buenamente podía. Especialmente los socios, que a diferencia de los abonados no tenían reservado un asiento concreto. Ya llegaremos a eso.
Yo tenía entonces siete u ocho años y todavía me fascinaba mucho más lo que pasaba en la grada que lo que pasaba en el campo. Los partidos eran malos y no disponía todavía de elementos futbolísticos que me permitiesen disfrutar de la «fealdad» del juego. Eran encuentros con muchas faltas y pocos goles. Lo pasaba muy bien, igualmente. No era muy de cantar ni de animar (nunca lo he sido), pero disfrutaba viendo hacerlo a los demás. Me encantaba ver a la gente en la grada. Las botas de vino, las peñas que se agrupaban en la misma zona, las banderas, los tipos vendiendo chupitos de coñac a gritos (sí, con alcohol), o las bufandas y almohadillas de fabricación casera. Adoraba poder abrazarme con gente desconocida cada vez que marcábamos un gol. Me fascinaba ver charlar a gente que cinco minutos antes no se conocía. Me hipnotizaba ver a personas adultas, presuntamente serias, cantando a voz en grito. Me asustaba también (y mucho) cuando esas mismas personas se ponían a insultar. Allí dentro podía escuchar cosas que tenía prohibido escuchar fuera; insultos que jamás hubiese pensado que pudieran llegar a existir. Siendo el niño protegido que era, me resultaba incómodo convivir con esa hostilidad y no me gustaba tener que encontrarme con ello en mitad de un océano de cosas maravillosas. Es algo que me sigue molestando y con lo que desgraciadamente he tenido que aprender a convivir. Siento que no hemos evolucionado mucho en ese aspecto, aunque creo que el problema no está en el fútbol, sino en las personas.
Las gradas del Calderón nunca se llenaban entonces. Había bancos corridos de cemento y no los asientos de plástico que llegarían después. Era fácil moverse por la grada. Los niños solíamos bajar hasta las primeras filas para estar cerca del campo, e incluso nos subíamos a esas vallas que teóricamente habían instalado para impedir invasiones de campo; algo que yo jamás he visto en mi vida. Estábamos allí cuando se sacaba un córner, porque era el mejor momento para ver de cerca a los jugadores. Me gustaba meter la nariz y oler el césped. Ver el campo ahí mismo, al alcance de la mano. Hasta que un día ocurrió algo que me hizo cambiar de opinión y querer alejarme de esa zona.
Era la primera temporada en el Atlético de Madrid de Hugo Sánchez, un jugador mexicano que no conocía nadie y que venía de un equipo misterioso llamado Club Universidad Nacional. Tenía el pelo rizado y mostraba un aspecto divertido. Cada vez que metía un gol hacía una especie de salto de paloma, bastante poco ortodoxo, que nos hacía mucha gracia. Aquel día jugábamos contra el Sporting de Gijón y el Atleti se disponía a sacar un córner en el Fondo Norte. Los futbolistas se arremolinaron en el área pequeña en torno a la figura de Ablanedo, un mítico cancerbero asturiano. Antes de que el balón echase a rodar, los jugadores ya estaban enfrascados en esa suerte de ritual en el que todos se agarran y empujan intentando ganar la posición. Solía incluso caer algún que otro insulto en esas circunstancias, pero nada de aquello era nuevo para mí. Con lo que no contaba es con lo que vino después.
El balón llegó flotando desde el cielo y ningún delantero colchonero acertó a rematar. Lo impidió un espigado central del equipo rival del que no recuerdo su nombre. El balón salió rechazado y todos los jugadores salieron corriendo en dirección contraria. Todos no. Hugo Sánchez se quedó parado en el área como si fuese ajeno a lo que estaba ocurriendo. Se dio cuenta de que el árbitro y los jueces de líneas seguían atentamente la jugada y aprovechó para darse la vuelta y lanzar un escupitajo a la cara de Ablanedo. Uno enorme, rotundo y grasiento, que la magia de la literatura me permite incluso decir que llegó a salpicarme. Entonces sí, salió corriendo para unirse con sus compañeros.
El fútbol puede ser maravilloso y cruel, casi a la vez. Puede transmitir alegría y tristeza; amor y asco. Es un lugar en el que tus héroes están muy cerca de convertirse en demonios y en el que la misma situación puede ser maravillosa o desagradable según el lugar desde donde lo mires. Todo esto lo aprendí aquel día y jamás se me ha olvidado.
III
Socio
Ni mi padre, ni mis tíos, ni mis abuelos ni nadie de mi familia había pisado la universidad cuando yo nací. Quizá por eso, que mi hermano y yo pudiésemos acceder a la educación superior fue una de las obsesiones de mis padres. Acudir a la universidad pública desde Getafe no era entonces una opción tan evidente (no existía todavía la Universidad Carlos III) y eso hizo que mi madre se empeñase en que nos mudáramos a Madrid. A la casa del Puente de Vallecas en la que mi padre había vivido toda su vida.
Yo tenía diez años y no quería irme. Era feliz donde estaba y no me atraía nada del nuevo sitio. La casa era vieja, llevaba mucho tiempo cerrada, necesitaba mejoras que no íbamos a poder hacer y no conocía a nadie en aquel lugar. Imagino que mis padres podrían haber utilizado la técnica infalible del «te vas porque yo lo digo», pero eran muy conscientes de mi sensibilidad a flor de piel y de cómo suelo tomarme las amenazas frontales. Un par de años antes, en una riña de la que ni recuerdo el origen, me enfadé con ellos culpándoles de algún tipo de injusticia que seguramente no lo fuese. Me dijeron que si no estaba a gusto en esa casa podía marcharme cuando quisiese. Evidentemente no lo decían en serio, pero metieron cuatro camisetas en una bolsa de plástico y me la dieron haciéndome creer que esas eran to das mis posesiones. La táctica no funcionó, porque yo me fui realmente. Tuvieron que fletar un comando de vecinos para ir a buscarme a las huertas que había al otro lado de la carretera cuando vieron que no regresaba. No recuerdo a dónde pensaba llegar, ni cómo pensaba vivir, pero sí recuerdo que no pensaba volver.
Tenía nueve añitos y era del Atleti.
Gracias a esa anécdota, mis padres sabían que obligarme a irme en contra mi voluntad podría tener consecuencias imprevisibles. Tirando de habilidad, decidieron recurrir a otra técnica igual de legendaria, pero bastante más efectiva: el chantaje. Me dijeron que si nos íbamos a vivir a Madrid me harían socio del Atleti.
Y se acabó la discusión.
Nos trasladamos a la casa del Puente de Vallecas el primer fin de semana de octubre del año 1983, con el curso ya comenzado. El piso estaba en unas condiciones poco recomendables para entrar a vivir, pero eso es precisamente lo que hicimos. Pasé el fin de semana de la mudanza en casa de mi amigo Adolfo y lo recuerdo bien porque ese domingo me llevaron al Vicente Calderón. El Atleti jugaba contra el Real Murcia y empató a uno, con gol de Hugo Sánchez de penalti.
Vi aquel partido desde el Fondo Norte. No en la grada descubierta, que era lo normal, sino más atrás, casi al final, en la parte que quedaba justo debajo del primer anfiteatro. Era la primera vez que me sentaba allí y me pareció un universo completamente diferente al que conocía. La gente era distinta. Más seria. Los asientos eran bancos corridos de madera y no de hormigón. Desde allí no se veía los marcadores, ni tampoco la parte más alta del graderío. No sé si no me gustó el ambiente porque empatamos o empatamos porque no me gustó el ambiente. Lo cierto es que nunca más volví a sentarme en aquella zona.
Al día siguiente empecé una vida en un nuevo colegio, un nuevo barrio y una nueva ciudad. Esa misma semana tuve también el deseado carné de socio del Club Atlético de Madrid entre mis manos. Era rectangular, parecido al de la biblioteca o al que me habían dado como alumno del nuevo colegio. Era bastante cutre, reconozcámoslo. Una cartulina con un suave diseño rojiblanco, que tenía mi foto en la esquina superior izquierda y mi nombre mecanografiado a máquina en el centro. Estaba completamente plastificado y en la derecha había hueco para unos cuadrados de cartulina troquelados (y numerados) que se correspondían con los partidos que jugaba el Atleti en casa. Eran los famosos «cupones» que permitían entrar al estadio.
Conseguimos el carné en las oficinas de Club, que estaban en el Vicente Calderón. Eran bastante sencillas y tenían una decoración insulsa, típica de los años setenta. Los muebles eran rectos y funcionales. No se diferenciaban mucho de los de cualquier oficina de la administración madrileña, a no ser por los cuadros y motivos colchoneros que había en las paredes. Una persona joven nos atendió al otro lado de un mostrador elevado. Él estaba de pie y nosotros también. No había nadie más esperando a ser atendido. Aquel hombre, que hoy seguramente me parecería un muchacho, fue el que le explicó a mi padre las opciones que teníamos disponibles. Era muy fácil. Llegabas, pagabas y ya eras socio del Atleti. Así de simple. Ni listas de espera, ni carnés de simpatizante, ni leches en vinagre. Lo hicimos en menos de diez minutos. No recuerdo que nos enseñasen un plano del estadio ni nada parecido. Viendo los precios, mi padre tuvo claro que sólo podíamos elegir alguno de los dos fondos.
—¿Abajo o arriba? —preguntó mi padre.
—Arriba —contesté yo acordándome de Hugo Sánchez.
—¿Norte o Sur?
A mi hermano le daba igual.
—Norte —dije yo por aquello de coincidir con mi amigo. Y Norte fue.
IV
Embajadores, Atocha, Vallecas
Comencé a acudir de forma regular al Vicente Calderón en la temporada 83/84. Desde entonces, pasando periodos de mayor y menor intensidad, nunca pude dejar de hacerlo. Con los años se fue transformando en una especie de nicotina sana que hacía que mi estado de ánimo se resintiese cuando dejaba de consumirla.
Personalmente no considero que ir a ver a tu equipo —el tuyo, no vale cualquier otro— sea un acto rutinario, ni una forma de ocio asimilable al cine o al teatro. No es ir a ver un «espectáculo», término que detesto y que cada vez es más utilizado por los profesionales del balompié. Para mí el fútbol es otra cosa. Yo no iba al Vicente Calderón a ver fuegos artificiales, un sonido espectacular, o un cuento de ficción. Yo no iba a ver recortes, chilenas, tacones ni pases al hueco. Yo iba a ver al Atlético de Madrid, que es mucho más importante que todo eso. Cuando veo un partido de mi equipo, rara vez consigo disfrutar con el buen juego del rival. No creo sinceramente que algún aficionado sea capaz de hacerlo sin tirar de hipocresía. Y sí, sé que no puedo demostrarlo, pero me fío de mi intuición. A mí no me hace especial ilusión la idea de ver al mejor jugador del mundo meterle cinco goles a mi equipo. He aplaudido muchas veces a mi rival, lo admito, pero jamás he ido a un campo de fútbol a disfrutar con la derrota.
A veces creo que ir al Calderón ni siquiera tenía que ver con el fútbol. Lejos de ser la actividad alienante e inculta que algún que otro rapsoda parecía percibir, para mí significa todo lo contrario. En la grada del Calderón he reído y he llorado. He sufrido, me he aburrido y me he empachado de adrenalina. He sudado y he tenido mucho frío. Me ha caído nieve y me he quemado. Me he sentido arropado y me he sentido solo. En la grada del Calderón he hablado de cine, de literatura, de política, de física cuántica, de cómics, de sociología, de series de televisión y también de estupideces. No creo que muchos médicos, del cuerpo o de la mente, tengan reparos en recomendar una actividad que te obliga a reunirte periódicamente con tus amigos, a tener que hablar, que te permita dar rienda suelta a las emociones y en la que te puedas lanzar a cantar sin miedo al desafine.
En mis primeros años como socio del Atleti viajaba hasta el Vicente Calderón en metro. En ese mítico suburbano madrileño del que tanta gente reniega y que a mí me encanta. Mi padre, mi hermano y yo entrábamos en la estación de Puente de Vallecas, subíamos por la línea 1, hacíamos transbordo en Gran Vía para tomar la línea 5, y desde ahí avanzábamos hacía Pirámides viendo cómo los vagones se iban llenando de gente vestida de rojiblanco. La densidad de personas aumentaba a medida que nos acercábamos al destino, hasta llegar un punto en el que apenas se podía respirar. Era realmente insoportable. Suponía un verdadero alivio salir expulsados hasta el andén. Al regresar a la superficie nos uníamos allí con otros cientos de personas que bajaban por el Paseo de las Acacias en su camino hacia el Manzanares1.
Solíamos entrar por las puertas que daban acceso al primer anfiteatro del Fondo Norte, aunque rara vez nos sentábamos allí. Rápidamente nos dimos cuenta de que poca gente tenía su sitio reservado. Para entenderlo hay que aclarar la diferencia que existía entre ser socio y ser abonado.
En 1984 el Club Atlético de Madrid era un Club deportivo. Es decir, una asociación de recreo cuyas actividades y activos pertenecían a sus asociados. Ahora, en tiempos de megalomanía, galaxias multimillonarias y patrocinadores, puede parecer ciencia ficción, pero el presidente del Atlético de Madrid no era entonces el dueño del Club, sino un socio más, elegido democráticamente por el resto, que tenía encomendada la misión de gestionar la institución durante cuatro años. Otra cosa es que luego ese señor fuese «casualmente» millonario, que el sistema funcionase de aquella manera o que lo de acceder a la directiva no estuviese al alcance de cualquier socio. Siendo honestos, la gestión se alejaba muchas veces de los límites en los que encaja la honradez. Eso sí, los estatutos decían que el Atleti era un Club deportivo. Cuando alguien se hacía socio pagaba el ingreso que le habilitaba como miembro de esa sociedad y abonaba una cuota mensual que le permitía disfrutar de las actividades que ofrecía la institución; actividades que, además de los partidos de fútbol, incluían por ejemplo todo lo relativo a una sección de balonmano a la que yo adoraba2. Por decirlo de otra forma, no estabas alquilando un asiento en el estadio. Estabas formando parte de una asociación.
Una cosa era ser socio y otra cosa era ser abonado, que normalmente se trataba de un socio que además pagaba un precio adicional para tener un asiento concreto en el estadio Vicente Calderón. No tengo constancia de que hubiese abonados que no fuesen socios, pero técnicamente podría haberse dado el caso porque eran conceptos distintos.
En 1984 había tres zonas más o menos evidentes en la grada del Vicente Calderón: la zona de socios, la zona de abonados y la zona de venta al público. Las dos últimas eran las que tenían asientos nominales. Cada abono y cada entrada se correspondían con un lugar concreto. La zona de socios no. Cualquiera que estuviese al día con el pago de la cuota y tuviese un carné valido, podía sentarse en cualquier sitio que estuviese libre.
En contra de lo que mucha gente piensa, en esos años era muy raro que el estadio se llenase. Para nosotros fue una suerte, porque eso nos permitió sentarnos en el lateral y no en el fondo norte, que era donde nos correspondía. No era una actividad legal, pero tampoco te metían en la cárcel si la practicabas. Entrábamos por nuestra puerta, subíamos hasta arriba y desde allí nos íbamos caminando hacia la zona que había enfrente del palco y que tenía mejor perspectiva. Me encantaba ver el fútbol desde ese lugar y hoy sigue siendo mi sitio favorito. Odiaba sin embargo tener que pasar por la rutina de tener que sentarme donde no me correspondía. Lo odiaba porque era muy fácil que el verdadero dueño llegase con el partido ya empezado. Eso me generaba una enorme ansiedad.
Cuando el Calderón se llenaba —que solía ser casi exclusivamente cuando jugábamos contra el Real Madrid— era imposible sentarse fuera del área de socios y muy difícil hacerlo dentro. Ese día había que llegar a la grada más de una hora antes si no querías acabar viendo el partido de pie o sentado en las escaleras.
Los asientos eran entonces de cemento duro y frío. Un banco corrido en el que había unas líneas pintadas que marcaban los límites de cada localidad. Era difícil respetar las distancias.
No siempre volvíamos a casa en metro después de los partidos. Existía un método alternativo que solamente duró aquellos pocos primeros años. Justo enfrente de donde luego estuvo la oficina de atención al Club, en esa parte de la carretera que no sé si es la calle San Epifanio o el Paseo de los Melancólicos, solían colocarse unos autobuses con las puertas abiertas que invitaban a subirse a ellos. Eran vehículos antiguos y privados, que no llevaban un distintivo que les identificase. Mientras el conductor mantenía el vehículo al ralentí, un colaborador suyo se apostaba en la puerta y gritaba a voz en grito: «¡Embajadores, Atocha, Vallecaaaaas! ¡Embajadores, Atocha, Vallecaaaas!» Había también otros vehículos parecidos que apuntaban hacia destinos diferentes.
No debía ser una actividad muy legal, pero a nadie parecía importarle. Tampoco recuerdo que hubiese policías por allí. Eran otros tiempos. Subías al autobús, pagabas unas monedas al conductor y te sentabas donde podías. Bueno, te sentabas si llegabas pronto, porque muchas veces tocaba viajar de pie. No había horarios. Estaban allí al terminar el partido y salían una vez que el autobús estuviese lleno hasta los topes. Se dirigían a la glorieta de Embajadores, paraban en la plaza de Carlos V (esa que los madrileños llamamos de Atocha) y terminaba la ruta debajo del «scalextric» del Puente de Vallecas.
Mi primera temporada en el Vicente Calderón no fue especialmente buena para el Atleti, pero al menos ganamos al Real Madrid. Fue un 1-0 con gol de Hugo Sánchez de penalti. Y me quedé también con las ganas de disfrutar de una de mis ilusiones de niño: ver un partido internacional en directo. Un equipo holandés llamado FC Groningen echó al Atleti de la Copa de la UEFA pocas semanas antes de que yo tuviese el carné de socio en mi mano. Para estrenarme en competiciones europeas tuve que esperar hasta el año siguiente y tampoco tengo un buen recuerdo. Un tal FC Sion nos ganó por 2 a 3.
1 Que es como se llamó al Vicente Calderón hasta 1971.
2 El Club Atlético de Madrid tuvo otras secciones además de fútbol y balonmano como: rugby, voleibol, tenis, atletismo, béisbol, boxeo, hockey sobre hierba, pelota, algunas de ellas bastante exitosas.
V
Ídolos
El primer título ganado por el Atlético de Madrid del que tengo memoria fue la Copa del Rey de 1985. Se disputó en Madrid, en el estadio Santiago Bernabéu y lo vi desde mi casa. Teníamos ya televisión de color, pero en mi memoria, no sé por qué, el partido aparece en blanco y negro. Recuerdo abrazarme a mi padre y correr por el pasillo de casa cuando el árbitro pitó el final. Recuerdo el partidazo de Hugo Sánchez y esos dos goles que nos dieron la victoria. Cualquier niño colchonero de aquellos años tenía adoración por el jugador mejicano. Era excéntrico y el favorito de los aficionados, aunque no lo era para mí, debido seguramente a aquella experiencia traumática que había tenido en las vallas del fondo norte.
Me cuentan que cuando era muy pequeño yo decía que quería ser Dirceu. No sé si es verdad o no, porque no recuerdo nada del jugador brasileño. El primero que recuerdo, ese futbolista que quería ser cuando jugábamos alguna pachanga en la calle, era Rubio. Juan José Rubio. ¿Por qué? No lo tengo muy claro. No era un gran goleador, ni tenía una gran pegada, ni poseía carisma, ni provocaba alardes de pasión entre los adolescentes. Era un tipo discreto, humilde, elegante, trabajador y que hacía bien lo que tenía que hacer bien. Llevaba el pelo rizado, vestía mirada de buena gente y jugaba agarrándose las mangas. De alguna forma supongo que yo me veía reflejado en él o que así era cómo me gustaría que me vieran.
Rubio dejaría el Club un par de temporadas después de conseguir la Copa del 85, pero había dejado ya de ser titular tiempo antes. Es decir, todo estaba dispuesto para que Hugo Sánchez pasase a ser mi nuevo ídolo. Sobre todo, después de aquella noche en las que saboreé lo que era ganar una Copa del Rey.
Al día siguiente, o pocos días después (no lo recuerdo bien), Vicente Calderón anunció que Hugo Sánchez se marchaba traspasado al Real Madrid. Sentí aquello como una puñalada trapera y no lo podía entender. Pedí una explicación lógica de lo que había pasado, pero nadie me la dio. Me contaban cosas que no entendía y que para mí carecían de sentido. Cosas de dinero, sobre todo. ¿Dinero?, pensaba yo. ¿Qué dinero? ¡Por Dios, si eres el ídolo de miles y miles de personas que te adoran! ¿Cuánto vale eso? Y encima se marchaba al Real Madrid. ¡Al Real Madrid! Aquello era una traición. Una deslealtad sucia y dañina que no entendí entonces y que sigo sin entender ahora.
No voy a mentir. Mi odio por el mejicano creció después hasta acercarse al infinito. Y aunque es algo que me ha pasado con otros jugadores, creo que nunca ha llegado tan alto.
Hoy, por aquello de la edad, soy capaz de decir en público que entiendo que pasen este tipo de cosas. No es verdad. Sigo pensando lo mismo que pensaba entonces. Sigo odiando con toda mi alma que la economía de mercado tenga que imponerse a todo lo demás. Admiro a los jugadores de club y me repugnan los mercenarios. Especialmente aquellos que se vanaglorian de serlo.
Aquel día me quedé sin ídolos. La plantilla del Atleti a finales de los años 80 era dura, solvente, rocosa, tenía tipos de toque que equilibraban el juego y también algún que otro delantero esforzado que solventaba las papeletas. Lo que no había era jugadores que me pareciesen mágicos. Hasta que llego la temporada 86/87 y apareció un muchacho llamado Paco Llorente. Francisco Llorente Gento, más concretamente. Sí, el sobrino del madridista Paco Gento, la Galerna del Cantábrico. Sí, el padre de Marcos Llorente.
Por razones que parecían obvias, Llorente inició su trayectoria futbolística en las categorías inferiores del equipo de Concha Espina. Por razones no tan obvias, en el club blanco pensaron que no daba la talla. Pululó un tiempo por las categorías inferiores del fútbol madrileño hasta que los ojeadores del Atleti lo rescataron del CD Móstoles. En 1986 debutó en Primera División con la camiseta rojiblanca. Fue un flechazo. Amor a primera vista.
Llorente era un jugador raro. Desgarbado, anárquico, irregular, de zancada amplia y regate efectivo, pero poco ortodoxo. Era atrevido y valiente; de esos jugadores que en cualquier momento pueden hacer una excentricidad con el balón que modifica lo que está pasando en el campo. Empezó la temporada en el banquillo y poco a poco fue ganando minutos, presencia y relevancia. Hasta que llegó un día en el que lo cambió todo. Uno en el que, para mí, el jugador se transformó en otra cosa. En el ídolo que andaba buscando.
