Mi encuentro con el diablo - Gabriele Amorth - E-Book

Mi encuentro con el diablo E-Book

Gabriele Amorth

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Beschreibung

A lo largo de esta extensa entrevista el lector tendrá la oportunidad de ver cómo uno de los exorcistas más conocidos de la Iglesia católica, el P. Amorth, va desgranando la realidad actual para desenmascarar al diablo en cada uno de los elegantes y exóticos disfraces que ha adoptado en los últimos tiempos, incluso dentro de la propia Iglesia. En nuestro siglo XXI la gente de a pie parece haber desterrado a Dios de su vida, pero no ha podido renunciar a la necesidad de saciar su sed espiritual. Intentan acallarla recurriendo a la astrología, la superstición, los combinados de creencias orientalistas o los iluminados que dicen comunicarse con ángeles y demonios... dicho de otro modo, no creen en Dios, pero creen en las mentiras, esto es, creen en el diablo.

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Seitenzahl: 303

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Agradezco al Señor, porque digo: Virgen hermosa,

yo escribo los libros, después te los ofrezco a ti;

si hacen el bien, difúndelos; si no hacen el bien,

¡bloquéalos!... Pero, hasta ahora,

siempre los ha difundido.

D. GABRIELE AMORTH

Prefacio

¡Es una gracia de Dios que yo sea paulino! ¡Es la Virgen la que me lo ha hecho todo! ¡Ella me tomó y se sirvió para ello del P. Alberione, un medio extraordinario!

Siendo yo estudiante, a mis 17 años, mientras cursaba el bachillerato de Clásicas, estaba decidido a entrar en un instituto religioso, pero no sabía en qué instituto religioso entrar. Fue entonces que pedí consejo al P. Alberione, el Primer Maestro[1]. Hablé con él y me dijo: «Mañana diré la misa por ti».

A la mañana siguiente fui a asistir a su misa. ¡Eran las cuatro de la mañana! Él me vio y me dijo: «¡Ah, estás aquí!».

Una vez terminada la misa le digo: «Y bien, ¿qué me aconseja, Primer Maestro?». Y me dijo que entrase en San Pablo. Está bien.

Después me vinieron las dudas. Regresé a casa, tenía que terminar el bachillerato. Me dije a mí mismo: puede que él me lo haya dicho porque es su congregación, para que yo entre en su congregación.

Entonces lo puse a prueba. Él había hecho un voto: el voto a la Virgen de que, si salvaba la vida de sus hijos e hijas, construiría un santuario a la Reina de los Apóstoles. Yo sabía de este voto, y le dije: «Primer maestro, somos cinco hermanos varones, los cinco en edad militar. Pónganos también a nosotros cinco bajo la protección de este voto». Él pensó un poco y dijo, después: «Está bien». Todo quedó allí.

Pasaron los años. Terminada la guerra, no venía al caso que yo entrara a los paulinos, porque había ido a la Universidad, estado en la guerra y recibido también una medalla al valor militar. Después de la guerra entré en la Democracia Cristiana: yo era el segundo de Giulio Andreotti. Además, trabajaba. No sé si ha oído usted el nombre de De Gasperi: yo trabajaba allí. Estaba en primerísimo plano, pero permanecía siempre en contacto con el Primer Maestro. Y cuando vi que Andreotti entraba en el gobierno y que yo habría de seguirlo, dije que no: aquí, si entro en política, no salgo más. Me voy a lo del P. Alberione.

Siendo ya sacerdote, en seguida después de la ordenación –los ordenados sacerdotes éramos quince–, el P. Alberione tenía la costumbre de que cada grupo familiar pasara uno por uno a su oficina para saludarlo. Así pues, con mis cuatro hermanos –éramos cinco– y mi madre (pues mi padre había muerto hacía tiempo) fuimos a ver al P. Alberione.

Él me miró y me dijo: «Bien, ¿y cómo lo habéis pasado durante la guerra? Ninguno de nosotros pensaba en ello, habían pasado años. «Ah, habéis salvado la vida durante la guerra. ¡La Virgen os ha protegido!». Se acordaba perfectamente del voto, de la promesa que me había hecho.

Esa fue para mí la confirmación. Porque pensé: si él me dijo «Jesús me ha dicho que entres en San Pablo», puede ser una idea suya. Pero si está de por medio el voto de la Virgen, y la Virgen nos protege: mira, los cinco hemos tenido aventuras. Yo estaba condenado a muerte. Los cinco hemos tenido aventuras de locura. ¡Todos a salvo!

Digo, entonces: esta es la prueba. ¡San Pablo! Y nunca me arrepentí: nunca, nunca, nunca. ¡Regresaría a San Pablo cien veces! ¡Cien veces! Pero si estuviese el Primer Maestro, él protestaría para hacer escribir a los paulinos.

Introducción

Conozco personalmente al P. Gabriele Amorth desde hace 33 años, desde el tiempo de mi noviciado en Albano Laziale, cerca de Roma (1981). Durante algunos años vivimos en la misma comunidad de los paulinos en Roma. He tenido muchas ocasiones de encontrarme con él en nuestra editorial, puesto que él era el jefe de redacción del mensual mariano Madre di Dio.

No obstante, lo que me ha quedado profundamente marcado es el período en que ayudé a D. Amorth durante los exorcismos. En ese período me presentó a su maestro, el P. Cándido Amantini, el exorcista más apreciado de entonces, que prestaba servicio junto a la Scala Santa en Roma.

Después de mi regreso a Polonia en 1995 me ocupé de la edición polaca del libro del P. Gabriele Amorth titulado Un esorcista racconta [Habla un exorcista]. Por entonces, el P. Amorth era un personaje desconocido en Polonia, y en nuestro país había pocos exorcistas. Logré obtener también los derechos para la publicación de sus libros posteriores, entre ellos Nuovi racconti di un esorcista y Esorcisti e psichiatri. Estos libros siguen reimprimiéndose hasta el día de hoy y son muy apreciados por los lectores.

El P. Amorth tiene actualmente más de 88 años y, a pesar de una edad tan avanzada, desarrolla todavía su servicio como exorcista, escribe libros, confiesa y participa en conferencias.

Este libro es el resultado de varios encuentros que tuve en Roma con el P. Amorth en el curso del año 2013 y, probablemente, es la entrevista más larga que él haya dado. Además, es la primera vez que concedió una entrevista a un cohermano paulino. Sabemos que las conversaciones «familiares» suelen ser más profundas: y así ha sido también esta vez.

Si bien ya se habían publicado diversas entrevistas realizadas al P. Amorth, esta es la primera vez que responde a muchas otras preguntas. Los temas abordados en la presente publicación han sido subdivididos en doce secciones temáticas a fin de facilitar al lector en la búsqueda de las cuestiones que puedan interesarle más. Además, se han insertado también algunas oraciones de liberación.

Espero que este libro pueda resultar interesante no solo para los que sufren vejaciones causadas por la influencia de algún espíritu maligno, sino también para todo cristiano. Los conceptos contenidos son una respuesta concreta a las cuestiones y a los dilemas que inquietan a los hombres del siglo XXI.

Agradezco a Dios que me haya inspirado la idea de una entrevista semejante con mi hermano de comunidad, que es actualmente el exorcista más famoso del mundo.

Agradezco también a mis hermanos paulinos P. Tomasz Lubaś SSP, director general de las Ediciones San Pablo en Polonia, por el apoyo y la confianza, y Krzysztof Zdanowicz SSP, que me ayudó en la preparación y realización de la entrevista.

Vaya también un agradecimiento a todos los que me enviaron sus preguntas para que se las hiciera al P. Amorth: gracias a ellos, este libro es también una tentativa de responder a cuestiones y preocupaciones concretas de muchas personas de nuestro siglo.

P. SŁAWOMIR SZNURKOWSKI SSP

Varsovia, 19 de marzo de 2014,

en ocasión de la fiesta de san José,

esposo de la bienaventurada Virgen María

I

El hombre en el plan de Dios:

la lucha contra el demonio

y contra el mal

El Señor lo ha creado todo y ha dicho que lo que ha creado es bueno. ¿Por qué existe el mal?

Así es: buenísimo. El Señor ha creado todo, todo lo ha creado bien y ha creado a las personas, a los seres inteligentes: primero a los ángeles[2] y después a los hombres, para la gloria del paraíso, para la gloria del cielo. Para gozar de él. Pero quiso que los seres inteligentes, los ángeles y después los hombres, amaran a Dios no por obligación, sino voluntariamente. Quiso que el ángel y el hombre fuesen libres. Aceptó ser rechazado por el ángel y por el hombre, si bien él los había colmado de favores. Al ángel lo creó de inmediato inteligentísimo, esplendoroso, puro espíritu.

Por naturaleza, el ángel es superior al hombre. Hay también un salmo que dice: «Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor» (Sal 8,6). Estas son, según creo, las cosas que cambiaron cuando Jesús se hizo hombre. Creo que ahora ya no se puede decir que el ángel es superior al hombre. Creo que ya no se puede decir eso. Son dos naturalezas distintas.

El ángel, espíritu puro, inteligentísimo, esplendoroso, feliz: esta era la condición del ángel. Pero Dios quiso que también el ángel lo reconociese como su creador, reconociese que lo había recibido todo de él: ante todo, la existencia; después, la inteligencia, la belleza, la destinación al paraíso. Dios quiso que, en compensación, el ángel reconociese haber recibido todo de Dios.

El ángel fue sometido a esta prueba. No sabemos exactamente cuál fue la prueba. Sabemos con certeza que fue una prueba de soberbia: que el ángel se ensoberbeció al verse tan inteligente, tan bello, tan libre. Así es: Dios lo creó libre de inmediato, y el ángel quiso utilizar la libertad para demostrar su independencia de Dios.

Esa es la gran tentación del ángel, por la cual se rebeló contra Dios. Quiso ser como Dios.

Esta misma suposición la recibimos también a través del nombre de Miguel, el principal de los arcángeles, que tomó por nombre «¿Quién como Dios?». Por tanto, está justamente en contraposición a Satanás, que había tomado por nombre: «Soy como Dios». Quería ser como Dios, igual a Dios, independiente de Dios.

Esta es la razón por la cual el ángel fue precipitado al infierno, o sea, de su estado de felicidad, de esplendor, de belleza, de alegría, de amor a Dios, pasó a ser el enemigo de Dios, aquel que odia a Dios con un odio insuprimible. Tanto que, cuando vio que Dios había creado al hombre y había dado al hombre el libre albedrío, la libertad, la destinación al paraíso, por odio a Dios quiso enseguida que el hombre no alcanzara el plano de Dios, sino que fuese con él al infierno: ¡infierno creado por Satanás! Dios no creó nada que sea malo. El infierno no estaba previsto en el plan de la creación.

Dios no nos había siquiera pensado –nos decía un diablo durante un exorcismo–: «Dios no nos había siquiera pensado. El infierno lo hemos creado nosotros» (los demonios). O sea, crearon un estado de vida. Sabemos poco de ello, pero es un estado de vida alejado de Dios, contrario a Dios, sin la visión de Dios y en odio hacia Dios.

En el infierno –por lo que podemos saber a través de las confesiones que nos llegan o bien de las visiones de los santos, o de los exorcismos– se blasfema continuamente a Dios. ¡Continuamente! Es el lugar donde se odia a Dios y donde los que lo habitan se odian también entre ellos. Un odio tremendo: podría dar muchas pruebas de ello. Puede que me lleguen preguntas, y entonces daré pruebas de ello, las respuestas que me dieron los diablos al respecto.

Decimos, pues, que Dios creó primero al ángel: grande maravilloso, puro espíritu. Y también al ángel lo creó para él.

Aquí tengo que hacer un paréntesis. Tanto san Juan en el prólogo de su evangelio como el himno introductorio de la Carta a los efesios y como el himno introductorio de la Carta a los colosenses utilizan tres frases idénticas: «Todo ha sido creado por medio de Jesucristo y con vistas a Jesucristo». También los ángeles han sido creados por medio de Jesucristo, y antes de cualquier acto creador no hay seres creados: el Hijo fue engendrado, no creado. Todo ha sido creado por medio de Jesucristo y con vistas a Jesucristo. Por eso, también para los ángeles, como para nosotros, el fin de nuestra existencia es Jesucristo.

Yo miro a Jesucristo y le digo: «Señor, he sido creado por ti, he sido creado por ti. Tú eres el fin de mi existencia. Vivo para ti».

También los ángeles fueron creados por medio de Jesucristo y con vistas a Jesucristo. Lo dicen bien los tres himnos que acabo de mencionar: el mundo visible y el mundo invisible. También el mundo de los ángeles ha sido creado por medio de Jesucristo y con vistas a Jesucristo. Su fin era Jesucristo.

La caída de los ángeles hizo que, cuando Dios creó al hombre, existiera ya un enemigo de Dios dispuesto a procurar alejar al hombre de Dios. He ahí la primera caída. Dios creó al hombre en el jardín del Edén: lo creó feliz, en contacto continuo con él; lo creó inmortal, porque había dado al hombre el don especial de la inmortalidad. Un don particular pues, de por sí, el hombre creado como alma y cuerpo habría tenido una muerte natural por parte del cuerpo. Pero Dios lo había creado con el don de la inmortalidad. Es por eso que dice: «Si me desobedecéis –el árbol del bien y del mal es un lenguaje simbólico, es un claro lenguaje simbólico–, si me desobedecéis y coméis de ese fruto, moriréis. Si no, no moriréis, seréis inmortales».

Así pues, una vez que el hombre había sido creado feliz en el paraíso terrenal con la perspectiva del paraíso eterno, Dios sometió también al hombre a una prueba de fidelidad a él.

Hoy vivimos en un mundo en el que está clarísimo, clarísimo, que la diferencia entre quien cree y quien no cree es la diferencia entre quien cree en Dios y es fiel a Dios y quien no cree en Dios y no es fiel a Dios. Todo el mundo de hoy, que yo veo sobre todo por lo poco que conozco, en Europa, esa Europa que era tan católica: Italia, Francia, Austria, Polonia, Irlanda, Portugal, Holanda, naciones sumamente católicas, tenían los seminarios llenos, enviaban misioneros a todas partes... Hoy, en cambio, también en la diócesis de Roma, si no tuviésemos la ayuda de sacerdotes de fuera de Europa, no llegaríamos a cubrir las parroquias. Eso en la ciudad de Roma; ni os digo lo que sucede en los pueblos.

Yo iba todos los años a la montaña, al Gran Sasso, a un pueblo de montaña donde había cinco parroquias y cinco párrocos: hoy hay un solo párroco para las cinco. O sea, vemos la caída de las vocaciones. Hemos visto la caída. Desde que yo era un niño hasta hoy, he visto el derrumbe de la fe.

Cuando yo era un niño, las iglesias de Módena estaban llenas los domingos. Yo soy de Módena. Hoy las Iglesias están vacías. Las familias estaban unidas. Era rarísimo que se separaran. Rarísimo. Las familias estaban unidas. Y agrego: las mamás hacían de mamás. O sea, el hombre, fuese profesional –mi padre era abogado–, fuese obrero, fuese campesino, cualquiera fuese su profesión, el hombre estaba en condiciones de mantener a la familia económicamente. Tenía para vivir. La esposa podía dedicarse a los hijos. Y entonces había familias numerosas, y familias practicantes.

Yo aprendí a rezar de mi madre, y del mismo modo lo aprendieron mis cuatro hermanos: somos cinco. Aprendí el Evangelio de mi madre y de mi padre, también él era muy religioso.

Lamentablemente, hoy a muchas familias el sueldo del padre no les alcanza para vivir. No sé si se pueden traducir estas cosas al dinero polaco: hoy el sueldo de muchos empleados –tomo, por ejemplo, todos los empleados de los ayuntamientos, o sea, estatales– está entre los 1000 y los 1200 euros por mes. Esas sumas al mes no alcanzan ni siquiera para pagar el alquiler de la casa. Entonces, también la mujer se ve obligada a trabajar: si no, la familia no tiene qué comer. Y los hijos, en lugar de recibir la formación del padre, de la madre, de la parroquia, hoy en Italia y en todas estas naciones que eran católicas, reciben su instrucción del televisor y de Internet. Los dos instrumentos de formación de la juventud de hoy son Internet –uno con Internet posee el mundo– y la televisión.

Esta es la razón por la que tenemos este descenso de la fe, este derrumbe, derrumbe de la fe, por el cual la cultura considera que la razón y la ciencia son suficientes: no hay necesidad de Dios. He aquí el gran contraste. De nuevo el contraste: acepto a Dios como creador, del que he recibido todo, o lo rechazo y digo que me basto a mí mismo. También hoy el problema es este. Era el mismo problema en el tiempo de los ángeles, cuando se rebelaron y cuando se produjo la rebelión de Adán y Eva. El mismo problema existe también hoy, porque el demonio no ha dejado nunca de actuar. Se lo he dicho varias veces al demonio, y me dio la razón: eres monótono y utilizas siempre el mismo sistema.

El método del demonio es este:

[En primer lugar, persuade de que] lo que Dios dice no es verdad.

—¿Por qué no coméis del fruto? [–dijo el demonio a Eva].

—Porque Dios nos ha dicho que, si comemos de él, moriremos.

—¡No es verdad! –[responde el demonio]. ¡Dios es un mentiroso! ¡Dios es un mentiroso! No es verdad, no moriréis.

Segunda táctica:

—«Más aún: seréis semejantes a él, porque comprenderéis el bien y el mal».

O sea, el demonio niega [en primer lugar] las verdades reveladas por Dios.

—¡No es pecado! ¡Pero qué decís: el divorcio, el aborto, no son pecado! Más aún: son un signo de progreso. Un signo de civilización, un signo de civilización.

[Aquí en Italia] han hecho pasar el referéndum –lo he seguido en las dos ocasiones, primero el referéndum sobre el divorcio, y después sobre el aborto– como signo de civilización. Como signo de progreso [1974 divorcio - 1981 aborto].

He ahí la táctica del demonio. Primero, negar lo que Dios dice: es pecado. Segundo, hacer aparecer el mal como un bien.

—¿No has usado la droga todavía? –susurra al oído. ¡Ah, haz una experiencia nueva, haz una experiencia nueva!

—¿No te has acostado todavía con una chica? ¡Es una experiencia nueva, haz la experiencia, haz la experiencia! ¡Todo es ganancia, todo ganancia!

Estas son las tres grandes leyes del satanismo, que están difundidas en el mundo entero, desde siempre: pero también están codificadas, tanto en la Biblia de Satanás como en lo que escribió Crowley sobre el diablo:

1) Haz todo lo que quieras;

2) no debes obedecer a nadie;

3) tú eres el dios de ti mismo.

Estos son los tres grandes principios del satanismo. Y hoy el satanismo está muy difundido. Esa es la razón por la cual se piden tantos exorcismos: no eran tantos cuando yo era niño. Porque la gente se da al satanismo, se da al ocultismo –magos, tarotistas–, se da a los falsos videntes.

¡Uy! ¡En Italia! Hay tantos hombres y mujeres que dicen hablar con los difuntos, que dicen hablar con el Señor, con la Virgen, y son solo tramposos, falsos profetas, falsos profetas.

Pero todo depende siempre de ese único principio: o acepto a Dios que me ha dado todo, que es el creador de todo, al que debo todo; o rechazo a Dios y digo que las cosas me las he hecho yo solo.

Hablando con un grupo de profesores que querían sostener que el hombre desciende del mono (pienso que habrá también en Polonia personas que consideran que el hombre desciende del mono), dije: ¡Vale, si tu tío lejano es un chimpancé, me quito el sombrero frente al chimpancé, pero recuerda que, cuando haces derivar todo –derivar, derivar–, te falta siempre el primer anillo. No sabes nunca cómo comenzar. Dices: todo es evolución. De acuerdo. Es Dios el que ha creado todo como evolución. Los astros se mueven todos, las estrellas se mueven. El sol se mueve, la tierra se mueve. Los árboles crecen, los animales, los hombres. Dios ha creado todo con la evolución. Pero el principio es él, el primer punto de partida es él. Si falta el punto de partida, todo se derrumba.

¿Cuál fue la reacción de estos denominados científicos frente a esa argumentación?

Silencio, silencio. Del mismo modo como tengo también tres puntos fundamentales de los que hablo con aquellos que no creen en Dios: siempre profesores universitarios, gente de cultura. Tres puntos:

1) No sabéis de dónde venís;

2) no sabéis a dónde vais;

3) no sabéis para qué sirve la vida.

Punto 1) De dónde venís. Yo sé de dónde vengo. ¿Sabes tú por qué has nacido en Polonia, y no en la India, mil años atrás? ¿Lo sabes? ¿Por qué has nacido en esta familia y no en otra? Pero, ¿cuál es tu origen? ¿Cuál es tu origen?

Yo sé cuál es mi origen: me creó Jesucristo. Vengo de él. Desde toda la eternidad Dios pensó en mí, me hizo nacer donde quiso, en el momento oportuno, donde yo pudiese desarrollar mi existencia. Porque él lo tenía ya todo en mente. Sé de dónde vengo.

Punto 2) Aquí titubean más: Segunda cosa (y aquí estoy en lo cierto): ¿Sabéis a dónde vais?

O sea, ¿sabéis que, en algún momento, uno se muere? ¿Creéis o no creéis que uno se muere? ¡Todos creen en eso! Todos lo creen. ¿Y a dónde vais?

Hay quienes dicen: a la nada. Y entonces se lo impugno: ¡no es posible! Hay quienes dicen: no lo sé.

No sabéis a dónde vais. Una vez admitido que la vida termina, no sabéis dónde termina: uno puede morir joven, se puede morir viejo. Pero muere. Todos, todos.

¿Y a dónde vais? ¿Es posible que todos vayan al mismo lugar? ¿El que hizo el bien y el que hizo el mal? ¿Es posible? ¿A dónde? ¿De qué lugar se trata?

Yo sé de dónde vengo y sé a dónde voy. He sido creado por medio de Jesucristo y con vistas a Jesucristo. ¡He sido creado para él! ¡Voy hacia él! Mi fin es ir con él. En cambio, si lo traiciono, voy en contra de él, voy al infierno.

Dice aquella gran frase del evangelio: «El que no está conmigo, está contra mí» (Lc 11,23). No existe un camino intermedio. Y se lo digo a esos profesores: fijaos, no existe una tercera vía. ¡O con Cristo o con Satanás! No hay una tercera vía. Vosotros no sabéis a dónde vais. Pero os digo una cosa aún mayor: ¿para qué sirve vuestra vida? ¿Lo sabéis? ¿Sabéis para qué sirve vuestra vida? ¿Para hacer qué vivís?

Nacéis, vivís, hacéis lo que hay que hacer, y después morís: ¿para qué ha servido vuestra vida? No lo sabéis. Yo lo sé: mi vida sirve para salvar mi alma. Sirve para demostrar mi fidelidad a Dios creador. Sirve para no rebelarme contra Dios creador, pensando que he sido yo el creador de mí mismo.

No: pensar de ese modo es una falsedad. Porque yo sé muy bien que no me he creado. Yo no me he querido. ¿Quién de vosotros ha querido vivir? ¿Quién de vosotros ha elegido vivir? Decídmelo: ¿Quién de vosotros ha elegido vivir? Ninguno. Yo sé que he sido creado para un fin. Porque hay uno que ha elegido que viviese: Dios. Y me ha dado el fin por el cual vivir: por Jesucristo.

Yo los pillo siempre con estos tres principios: de dónde vengo, a dónde voy y para qué sirve la vida. Siempre, siempre, siempre me encuentro con que no saben responderme. He dicho tres cosas que, tal vez, no dan en el centro de lo que habéis preguntado, pero que pueden servir.

La historia del mundo muestra que, desde el comienzo de la creación, el hombre se halla en una lucha continua entre el bien y el mal. ¿Por qué el hombre tiene que elegir siempre?

El hombre tiene que elegir siempre porque el fin por el cual vive es justamente el de elegir. Sea elegir el progreso, sea elegir la libertad.

En este punto tengo que abrir un paréntesis. No puedo menos que hacerlo. El hombre tiene dos fuentes de conocimiento: tiene un conocimiento natural, que es el que dan los cinco sentidos. El que da la razón. Conocimiento natural. El hombre conoce lo que ve, lo que toca. Y el hombre tiene un conocimiento sobrenatural: el que Dios le ha revelado. Hay que decir que tanto el conocimiento natural como el sobrenatural vienen de Dios, por lo que nunca hay contradicción. Nunca.

Cabe señalar que el conocimiento natural se da siempre cuenta de cuán necesario es el conocimiento sobrenatural. Porque sin el conocimiento sobrenatural no se conocen las cosas más importantes de la vida. Por ejemplo, las tres que mencioné antes: de dónde vengo, a dónde voy, y a qué fin sirve la vida. Sin un conocimiento dado por Dios, no lo sé.

Ahora, el conocimiento: el Señor nos ha puesto en el mundo para que desarrollemos estos dos conocimientos. El conocimiento natural ha llevado al hombre de la Edad de Piedra a la civilización actual. Y podemos pensar, razonablemente, que se inventarán muchísimas otras cosas, o sea, que se harán descubrimientos. Porque el hombre no crea nada, sino que descubre. También la energía eléctrica existía en tiempos de Adán y Eva. El hombre no la conocía: la descubrió, no la creó. El hombre no puede crear ni lo más mínimo.

Pongo el siguiente ejemplo en especial cuando me encuentro con médicos. Fijaos, un médico llega a reunir algunos objetos que él no ha creado, pero se da cuenta de que esos objetos tienen propiedades, o sea, de que responden a leyes que él no ha creado. Pero las descubre. Por lo cual, esos objetos, administrados a alguien que tiene fiebre, hacen desaparecer la fiebre. El hombre crea la aspirina (sabéis qué es la aspirina o el paracetamol) –sí, sí, sí– hace pasar la fiebre. Está hecha del sauce de Babilonia. ¿La ha creado el hombre?

¡No! Él no ha creado nada. Ha descubierto –con la inteligencia que Dios le ha dado– el poder de estos elementos, ha descubierto la ley por la cual estos elementos tienen una influencia en la fiebre y, entonces, hizo el descubrimiento.

El hombre no crea nada, descubre. Y así como descubre la aspirina, ha descubierto la energía atómica. Ha descubierto todo lo que hay. Hemos caminado con la ciencia humana, con el conocimiento humano, hemos llegado de la Edad de Piedra al estado actual de civilización.

Lo mismo sucede con la ciencia divina: el hombre se da cuenta de que el conocimiento humano no basta para responder a las preguntas fundamentales de su existencia: ¿De dónde vengo? ¿De dónde me viene la inteligencia? ¿Por qué un hijo es inteligentísimo y otro hijo no entiende nada? Hijos del mismo padre. ¿Por qué? ¿De dónde nacemos, de dónde descendemos?

Los tres principios antes mencionados. ¿Cuál es la finalidad de la vida? Sí, la finalidad de la vida es también el progreso, por tanto también el llegar de la Edad de Piedra a la civilización actual. Pero yo veo que esta finalidad no es suficiente para mi existencia. Porque podrá servir al que viene después de mí, pero a mí no me sirve. A las personas que han vivido en la Edad de Piedra no les sirve la invención del automóvil. Por tanto, uno no comprende el fin para el cual progresa. No lo comprende. ¿Progreso acaso en beneficio de los que vendrán después de mí? Nada de eso me importa. No es cosa mía. Es cosa de ellos si harán un buen uso o un mal uso de eso: no es cosa mía.

La energía atómica: un descubrimiento que podía ser grandioso. De inmediato, fue mal utilizada: Sirvió de inmediato para matar. ¿Qué ventaja has tenido, entonces, al descubrir la energía atómica, si haces un mal uso de ella?

Ves, entonces, que puedes hacer un buen uso o un mal uso de los descubrimientos que haces, según la moralidad de los actos. Por eso, también la televisión, también Internet: puedes hacer un buen uso, y puedes hacer un mal uso. Depende de algo que no está sometido, a su vez, al conocimiento sensible, sino a la moralidad de los actos, o sea, a las leyes que Dios nos da para que comprendamos. He aquí una ley fundamental: Dios hace entender a todos el bien y el mal. Nótese: lo hace entender y lo respeta. Por ejemplo, dijo también a Adán y Eva cuál era el bien y cuál el mal. Ellos desobedecieron.

Dijo así mismo a Caín: el mal está agazapado a la puerta y te acecha, pero tú debes dominarlo (cfGén 4,7). Caín mató a Abel: Dios no lo impidió. O sea, Dios, al darnos la libertad –que nos hace elegir entre el bien el mal, nos hace elegir entre estar con él o contra él–, pone la raíz de lo que es la finalidad de nuestra existencia, que depende de nosotros. Cada uno es responsable de sí, responsable de su final, de dónde va a terminar. Cada uno es responsable de eso. Por tanto, también aquí vemos cómo Dios hace que fundamentemos todo en esto: él es el que me ha creado, todo lo recibo de él, recibo de él también las leyes del bien y del mal.

El Decálogo consiste sustancialmente en leyes naturales inscritas en el ánimo humano. Dios nos da también estas leyes para regular nuestra existencia, de modo que, sobre la base de la ley del bien y del mal, hagamos un buen uso de lo que vamos descubriendo con la razón natural. Si no tuviésemos esta ley del bien y del mal dada por Dios, no sabríamos qué uso hacer de ellos, no sabríamos distinguirlos. En cambio, tenemos esta ley moral sustancial que nos hace distinguir el bien del mal, por la cual sabemos cómo debemos comportarnos.

Está ese famoso pasaje de Josué cuando dice a los israelitas: «El bien y el mal están ante ti: elige». Puedes hacer el bien, puedes hacer el mal: elige.

Y cuando Josué renueva la alianza, dice: «Elegid: si queréis seguir a Dios –que os ha salvado de Egipto, que os ha llevado [a salvo], o si queréis seguir a los dioses de los pueblos en medio de los que vivís. ¡Elegid! Yo y mi casa obedeceremos a Dios».

Todos eligieron obedecer a Dios, pero continuamente le desobedecieron (cfJos 24,2-15). La historia de Israel es toda ella una historia de continuas rebeliones contra Dios. Hasta que llega el Salvador: hacía falta Jesús.

El Hijo de Dios, para liberar al hombre del poder del demonio, se hace hombre, se encarna. ¿Es verdad que Cristo es la respuesta de Dios al pecado del hombre?

Sí, no hay duda de que Jesús vino para derrotar a Satanás, para derrotar el mal. Por ejemplo, la muerte: ¿quién la ha creado? ¿Dios? ¡No! (cfSab 1,13-15). Nos dice la Biblia: la muerte entró en el mundo por culpa del diablo (cfSab 2,23-24). Si coméis del fruto, no moriréis, no: no es verdad. ¡No moriréis! Ahí está: la muerte entró por culpa del diablo (Gén 3,4-5).

Como nos dice Juan, Jesús vino para destruir las obras de Satanás. Y así fue: el fin para el cual vino fue destruir las obras del diablo (cf1Jn 3,8) y para enseñarnos las obras de Dios.

¿De qué modo?

Aquí entramos en un campo más estrictamente nuestro, de la Iglesia, y no podemos callarlo. El conocimiento de Jesús nos hace conocer sus ejemplos. Quien no conoce a Jesucristo no conoce sus ejemplos de vida, cómo vivió él.

Ejemplos de vida de Jesús. Jesús lava los pies: «Yo os he dado ejemplo, para que hagáis vosotros lo mismo que he hecho yo»; «amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,15; 15,12), etc. Los ejemplos de su vida, el modo en que trata a los pobres, a los enfermos: los ejemplos de su vida.

Las enseñanzas: el evangelio está lleno de enseñanzas, que después se resumen todas en «amaos como yo os he amado». Se resumen allí, pero el evangelio está lleno de enseñanzas: «amarás, ante todo, al Señor, tu Dios, con toda tu mente, tu corazón y tus fuerzas». En absoluto puede callarse el primer gran mandamiento, que es, ante todo, el amor a Dios, el reconocimiento de Dios, del cual dependen todos los demás. Después, ama al prójimo como a ti mismo (cfMc 12,31).

Sus ejemplos, sus enseñanzas, su vida. Muerto por nosotros, sacrificado por nosotros. ¿Era necesario su sacrificio?

Nadie sabe dar aquí una respuesta segura. Cuando los santos decían que bastaba una gota de su sangre para salvar a la humanidad... ¿Era necesario? Desde el punto de vista de la voluntad de Dios, nosotros decimos: sí, era necesario. Porque Dios lo quiso. Mirad, uno de los puntos sobre los que suelo detenerme cada día cuando rezo los misterios dolorosos es la oración de Jesús en el huerto: en ese momento, parece que la divinidad hubiese abandonado a la humanidad. No es así. Los teólogos dicen que sufría como hombre y hacía merecimientos como Dios. Por tanto, su divinidad daba a su humanidad méritos infinitos. Pero en ese momento sintió repugnancia absoluta ante el sufrimiento, mientras que antes lo anunciaba, lo deseaba («¡y cuánto quiero que llegue!»): deseaba la pasión.

No sé qué sucedió en ese breve recorrido desde la sala de la eucaristía, de la Última Cena, hasta el huerto de los olivos. Pero, cuando llegó, no era ya el mismo. Dice el evangelio: «coepit pavere et taedere et maestus esse».

Coepit pavere. Un Jesús que tiene miedo: nadie se imagina a un Jesús con miedo. Pero, ¿cuándo tiene miedo Jesús? ¿Cuándo demuestra uno que tiene miedo?

Taedere: un tedio insoportable de la existencia.

Maestus esse: una tristeza de muerte. Lo vemos enteramente hombre, que siente la repugnancia absoluta de la pasión. Tanto que el evangelio nos dice, directamente: se arrojó rostro en tierra para orar.

Y la Carta a los hebreos especifica: «oraba con clamor y lágrimas». ¡Y vaya que se esforzó a fondo! Pero que se haga como quieres tú y no como quiero yo. Por eso, se empeñó a fondo en su voluntad de aceptar la pasión: la quiso. Pero sentía la repugnancia humana. ¿Era necesaria la pasión?

Hay que decir que sí, desde el momento en que el Padre la quiso –«Padre, hágase tu voluntad»– y desde el momento en que él la aceptó –«Hágase como quieres tú, no como quiero yo»–. Me agrada porque aquí se ven las dos voluntades de Jesús: su voluntad humana y su voluntad divina. Su voluntad humana: ¡no, no la quiero! Su voluntad divina: Sí, Señor, como tú quieras. Como tú quieras.

Hay dos voluntades en Jesús: una voluntad humana y una voluntad divina. Hay que decir, entonces, que la pasión era necesaria.

¿Cómo haremos nosotros para comprender esta necesidad? Creo que en la pasión de Jesús está la explicación real de todos los dolores humanos, de todos los sufrimientos humanos. Nosotros no los entende-remos.

Pero, ¿por qué permite Dios el sufrimiento de personas buenas? No hay santo alguno que no haya sufrido mucho. Ninguno. Santa Francisca Javier Cabrini decía: «Estoy muy segura de que estoy haciendo la voluntad de Dios porque no hay nada que vaya a mi modo. Todo me va mal».

Está el famoso episodio de santa Teresa de Ávila, cuando embarranca su carreta: «Señor, después de tantos problemas, ¿hacía falta también este?».

Le dice Jesús: «Teresa, así trato yo a mis amigos».

Responde Teresa: «¡Ah, Dios mío! Ahora entiendo por qué tienes tan pocos».

Pero todo el sufrimiento humano: «El que quiera ser mi discípulo niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame» (cfLc 9,23).

Es decir, la razón por la cual la salvación tiene que venir mediante el sufrimiento humano la comprendo a través de una frase de san Pablo y de una frase de Jesús. Una frase de san Pablo, que, si no la hubiese dicho él, nadie habría tenido el coraje de decirla: «Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1,24). ¿Quién habría tenido el coraje de decir: «Al sufrimiento de Cristo le falta algo, ha sido incompleto»? ¿Quién lo hubiese dicho? Pero Jesús mismo dice: «El que quiera ser mi discípulo niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (cf Mc 8,34).

Sin cruz no se puede seguir a Jesús. O sea, diría que el Señor, con su pasión y cruz, nos ha redimido completamente de todo, pero quiere la aportación de nuestro sufrimiento. Así pues, digo: por eso era necesario que él nos diese el ejemplo del máximo de sufrimiento.

Durante 26 años estuve yendo a ver al P. Pío. Una vez hablé con él: había una señora que conocía, y que el P. Pío conocía muy bien –hija espiritual suya, anciana, que tenía enormes sufrimientos–. Ella le dijo: «Padre Pío, entiendo que mis sufrimientos no son comparables con los sufrimientos de Jesucristo, pero los sufrimientos de Jesús duraron en total tres horas».

El P. Pío la contempló con un aire de compasión y le respondió: «¿Pero no sabes que Cristo está en la cruz hasta el fin del mundo?».

Todos asistimos a la misa. ¿Qué sucede durante la misa? Cuando pronuncio las palabras de la consagración –Dios es el dueño del tiempo– tomo el único sacrificio de la cruz de hace dos mil años, lo pongo sobre el altar, lo hago presente; y así centenares de miles de veces cada día, tantas veces cuantos son los sacerdotes. Y así hasta el fin del mundo. Y así desde el comienzo.

Muchas veces me he preguntado: ¿fue la última c