Monasterio Antiguo de Santa Clara - Alejandra Fuentes González - E-Book

Monasterio Antiguo de Santa Clara E-Book

Alejandra Fuentes González

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Beschreibung

A través de una rigurosa investigación histórica, este libro nos transporta al fascinante universo del Monasterio Antiguo de Santa Clara de Santiago, la primera institución religiosa femenina fundada en Chile en el siglo XVI y uno de los pilares de la vida monástica en la época colonial. Con un enfoque interdisciplinario, la autora aborda temas como la organización del trabajo manual y artístico, el devenir de las labores domésticas y médicas, la relevancia de la espiritualidad franciscana y las contribuciones de las monjas clarisas al patrimonio cultural. Desde finas labores textiles y repostería conventual hasta la creación de cerámicas policromadas, en este libro se desvela el importante rol que este micromundo femenino tuvo en la construcción de la identidad local y en las redes socioculturales del periodo. Monasterio Antiguo de Santa Clara no solo revaloriza la historia de estas mujeres consagradas, sino que también invita a reflexionar sobre los conceptos de trabajo, devoción y comunidad en una etapa crucial de la historia chilena e hispanoamericana.

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Seitenzahl: 924

Veröffentlichungsjahr: 2025

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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

lea.uc.cl

MONASTERIO ANTIGUO DE SANTA CLARA.

Un micromundo femenino de trabajo y contemplación.

Santiago de Chile, siglos XVII y XVIII

Alejandra Fuentes González

© Inscripción Nº 2025-A-451

Derechos reservados

Abril 2025

ISBN 978-956-14-3414-1

ISBN digital 978-956-14-3415-8

Imagen de portada: Vista del Monasterio Antiguo de Santa Clara en la Alameda de Santiago, con el cerro Santa Lucía de fondo, c. 1870. Colección de Fotografía del Museo Histórico Nacional, Santiago de Chile. Fuente: Alfredo Palacios, Un palacio para los libros (Santiago: Ediciones Biblioteca Nacional, 2016), 40-41. Gentileza de Carolina Suaznabar.

Dirección de arte: Salvador Verdejo Vicencio

Diagramación: versión productora gráfica SpA

CIP – Pontificia Universidad Católica de Chile

Nombres: Fuentes González, Alejandra, autor.

Título: Monasterio antiguo de Santa Clara : un micromundo femenino de trabajo y contemplación. Santiago de Chile, siglos XVII y XVIII / Alejandra Fuentes González.

Descripción: Santiago, Chile : Ediciones UC.

Materias: CCAB: Clarisas - Chile - Historia | Monasterio de Santa Clara (Santiago, Chile) - Historia.

Clasificación: DDC 271.973--dc23

Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma997608980203396

La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Vista del Monasterio Antiguo de Santa Clara en la Alameda de Santiago, con el cerro Santa Lucía de fondo, c. 1870. Colección de Fotografía del Museo Histórico Nacional, Santiago de Chile. Fuente: Alfredo Palacios, Un palacio para los libros (Santiago: Ediciones Biblioteca Nacional, 2016), 40-41. Gentileza de Carolina Suaznabar.

A mamma Berta (1925-2023)

AGRADECIMIENTOS

Visité por primera vez el Monasterio Antiguo de Santa Clara de Santiago en noviembre del año 2012, en el marco de una salida a terreno que efectuamos para el Magíster en Historia y Gestión del Patrimonio Cultural de la Universidad de los Andes, Chile. Fue en ese momento en el que descubrí el riquísimo acervo artístico y documental que luego fundamentó mi investigación de doctorado, realizada en esta misma universidad y cuyo extenso, fascinante y no poco agotador trabajo culmina con la publicación de estas páginas.

Primero, quisiera agradecer a Ediciones UC por haber concretado este proyecto con paciencia, dedicación y profesionalismo; principalmente, a María Angélica Zegers, Patricia Corona y Francisca Torres Díaz. También, al Instituto de Historia de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de los Andes por haber financiado mi Doctorado en Historia a través del Fondo de Ayuda a la Investigación, perteneciente a la actual Dirección de Investigación y Doctorado. Debo una especial mención al exdirector y profesor Francisco Javier González Errázuriz, quien me motivó a integrar la generación que inició sus estudios el año 2014. Agradezco también a todos sus profesores por haber contribuido a mi formación como historiadora mediante cursos, seminarios y múltiples instancias reflexivas. Asimismo, al Programa para Bibliotecas y Archivos del Centro de Estudios de Latinoamérica David Rockefeller de la Universidad de Harvard, ya que su donación permitió catalogar y digitalizar el archivo histórico del Monasterio Antiguo de Santa Clara de Santiago, principal corpus de fuentes utilizado para este libro y en cuyo proceso de rescate tuve el privilegio de participar entre 2012 y 2013. Igualmente, agradezco al Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes por financiar en 2016 y 2018 los proyectos patrimoniales que me permitieron estudiar en profundidad los casos de la cerámica perfumada y la repostería clarisa.

Junto a ellos, numerosas son las personas que me han acompañado en este largo camino, a quienes debo expresar un gran y afectuoso reconocimiento. Parto por mi directora de tesis, la profesora Isabel Cruz de Amenábar, maestra y hoy amiga, pues ha sido una figura fundamental en mi trayectoria profesional de la última década, desde mis estudios de maestría iniciados en 2012 hasta la fecha. Le agradezco desde el momento en que me invitó a colaborar en sus iniciativas para salvaguardar el patrimonio religioso chileno hasta sus cálidas conversaciones eruditas y misceláneas, siempre llenas de infinita dedicación, cariño, generosidad y preocupación por mi vida personal y laboral. Me emociona que haya accedido a redactar el prólogo de este libro. Asimismo, debo un especial agradecimiento a mi querida colega y compañera de “celda”, la profesora Alexandrine de la Taille, por las eternas reuniones en el “centro del saber” y por su apoyo incondicional, confianza y acertados consejos. En gran medida, esta publicación es fruto de nuestra amistad durante todos estos años.

Mi sincera gratitud va también hacia las clarisas de antigua fundación -en aquellos años: sor Maribel, sor Margarita, sor Cecilia (+) y sor Haydeé-, por recibirme siempre con amabilidad y agasajos en su monasterio de Puente Alto, lugar donde pasé varios periodos registrando documentos y tomando fotografías en medio del frío y el silencio conventual, junto a la grata compañía de Ximena Gallardo, María Jesús Guridi y María Jesús Arriagada. Del mismo modo, no puedo dejar de señalar a los miembros del tribunal de mi tesis doctoral, presentada en junio de 2019, pues sus valiosos comentarios y sugerencias me ayudaron a dar forma a esta publicación: Guillermo Nieva (Universidad Nacional de Salta y CONICET Argentina), René Millar (Pontificia Universidad Católica de Chile) y Macarena Cordero (Universidad de los Andes, Chile). Agradezco igualmente la simpatía y el apoyo de mis compañeros de doctorado, especialmente a Carla Arce, María Paz Valdés, Carolina Rojas y María Jesús Gualda.

Doy las gracias también a las personas e instituciones que gentilmente proporcionaron las imágenes incorporadas en esta publicación: Museo Histórico Nacional de Chile, Biblioteca Nacional de Chile, Museo La Merced (Santiago de Chile), Museo Nacional de Bellas Artes (Santiago de Chile), Museo de Arte Colonial San Francisco (Santiago de Chile), Archivo Central Andrés Bello (Universidad de Chile, Santiago), Museo Nacional del Virreinato (INAH, México), Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias “González Martí” (Valencia, España), Museo Nacional de Antropología de Madrid (España), Städel Museum (Frankfurt am Main, Alemania), The National Gallery (Londres, Inglaterra), Nederlands Instituut voor Kunstgeschiedenis (Den Haag, Países Bajos), Biblioteca Casanatense (Roma, Italia), Museo Nacional del Prado (Madrid, España), Carl & Marilynn Thoma Foundation (Chicago, EE.UU.), Museum of Fine Arts Budapest (Hungría), Private Collection Christie`s Images/Bridgeman Images, Vinka Quintana, Rolando Oyarzún, Loreto Solís Petersen, Pía Jarpa y María Verónica Griffin Barrios.

Y aunque por lo general va ubicada al finalizar los agradecimientos, el apoyo de mi familia ha sido verdaderamente el pilar de este libro. Mi gratitud y reconocimiento hacia ellos va más allá de estas páginas. Agradezco en especial a mi abuela Berta Frabasile, por transmitirme desde pequeña el amor por el estudio y el valor del trabajo bien hecho. A ella va dedicada esta obra, la que si bien no alcanzó a ver concretada, no tengo la menor duda de que le sería motivo de orgullo y alegría. También agradezco profundamente a mi madre, Cecilia González, por demostrarme a través de su ejemplo que la perseverancia y la resiliencia siempre nos llevan a buen puerto. A mi hermana Daniela, a mis suegros y a mis amigos, por su cariño y comprensión a lo largo de este proceso. Agradezco de forma muy especial a mi marido, Claudio Calvo Arancibia, por haberme alentado a asumir el desafío doctoral y haber sido testigo de tantos desvelos, esfuerzos, éxitos e inseguridades. Infinitas gracias por tu paciencia a toda prueba y tus incontables palabras de aliento en este arduo, pero satisfactorio periplo.

ÍNDICE

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTEEL TRABAJO EN EL MONACATO CRISTIANO

Capítulo 1. ¿Privilegiar la contemplación o combatir el ocio?

Una polémica de larga data

Funciones del trabajo manual

Los detractores del trabajo manual y la defensa de san Agustín

San Benito de Nursia

Oficio divino y conversos

Pobreza y mendicidad

Santo Tomás y el valor del trabajo intelectual

Volver a los orígenes: trabajo manual y ascetismo carmelitano

Capítulo 2. “Huid del ocio como de la muerte”

Virginidad y trabajo manual femenino en la Iglesia primitiva

Occidente medieval, trabajo y santidad

Modelo teresiano y virtud laboral

Capítulo 3. Pobreza y trabajo en la espiritualidad franciscana

San Francisco de Asís: la limosna como excepción

“Clara de nombre; más clara por su vida; clarísima por su virtud”

La fórmula de Santa Clara

Trabajo y normativa clarisa

SEGUNDA PARTEHISTORIA Y SOCIEDAD INTRAMUROS

Capítulo 4. Antecedentes y orígenes del Monasterio Antiguo de Santa Clara

Expansión del modelo clariano

Las isabelas y sus primeros tiempos

Un lugar para vivir, orar y trabajar

Restablecimiento en Santiago

Comunidad en crecimiento

Disidencias y nuevos comienzos

Capítulo 5. Monjas de velo negro

Trabajo y organización social

Dirigir, gestionar y educar

Dos momentos de inflexión

Disminución de la dote y sus consecuencias

Perfil social, económico y cultural

La fuerza de la celda

Capítulo 6. Monjas de velo blanco

Hermanas “serviciales”

Labores y vocaciones

Reunir la dote monástica: un gran desafío

Múltiples subcategorías

Las donadas

Capítulo 7. Una “colmena humana”

Seculares intramuros

Educandas o niñas seglares

Seglares adultas

Criadas y criados

Servicio personal

Servicio comunitario

Ingresos esporádicos

TERCERA PARTEPRÁCTICAS LABORALES DEL MONASTERIO ANTIGUO

Capítulo 8. Administración y oficios monásticos

Importancia interna y externa de las prácticas laborales

El concepto de oficio y sus alcances

Abadesas y vicarias: gobernar la vida espiritual y material

Desempeñar los oficios de tabla

Capítulo 9. De bordados y costuras: el arte textil de las clarisas antiguas

Características generales del trabajo manual

Trabajos de aguja en los monasterios femeninos del Reino de Chile

Las clarisas antiguas y su pequeña “industria” monástica

Los límites de la difusión extramuros

Capítulo 10. Agasajar el paladar: las clarisas antiguas y el arte de la repostería

Una “dulce” identidad monástica y femenina

Repostería conventual en el Reino de Chile

Obtención de materias primas por parte de la clarisas antiguas

Tipos de preparaciones dulces

Manufactura de monjas, “donadas” y criadas

Circulación interna y externa

Capítulo 11. Cerámica perfumada y policromada: Agasajos para los cinco sentidos

Una singular manufactura de monjas

Orígenes e influencias artísticas

Materia y modelado; pigmentos y perfumes

Locitas de Santa Clara para Chile y el mundo

Capítulo 12. Las clarisas antiguas y el trabajo médico

La enfermedad como antesala del Paraíso

Contener el alma y cuidar el cuerpo

Facultades y quehaceres de las abadesas

Las tareas de las enfermeras

Médicos, cirujanos, barberos, sangradores y curanderos

El espacio de la curación: ¿enfermería o celda?

Tratamientos y medicinas

Sangrías

Plantas medicinales

Sustancias medicamentosas y alimentos

Capítulo 13. Servir, producir y acompañar: las múltiples facetas del trabajo doméstico

¿Un trabajo propio de criadas?

Un grupo heterogéneo de monjas y seculares

Más allá del edificio conventual

EPÍLOGO

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

ANEXOS

1. Monjas de velo negro en el Monasterio Antiguo de Santa Clara de Santiago (1700-1825)

2. Monjas de velo blanco en el Monasterio Antiguo de Santa Clara de Santiago (1700-1825)

PRÓLOGO

Una exhaustiva y completa investigación y una mirada comprehensiva y abierta sobre su tema de análisis hacen de este libro de Alejandra Fuentes González, Monasterio Antiguo de Santa Clara: Un micromundo femenino de trabajo y contemplación. Santiago de Chile, siglos XVII y XVIII, un paso decisivo en los estudios sobre monasterios coloniales, no solo en Chile sino en Hispanoamérica. Iniciados en relación con los cenobios mexicanos hacia los años cuarenta y sesenta del pasado siglo por pioneras como Josefina Muriel o Asunción Lavrin, y proseguidos durante los años ochenta y noventa por investigadoras como Kathryn Burns y Nancy van Deusen para los claustros franciscanos y dominicos de Cusco y Lima, en nuestro país han referido a aspectos puntuales de la vida monástica femenina, especialmente desde el mundo de las letras; o a estudios contextuales y ediciones críticas de textos autobiográficos como los de la clarisa Úrsula Suárez -profesa del segundo monasterio clariano fundado en nuestro país, de la Victoria-, de la dominica Josefa de los Dolores Peña y Lillo, y recientemente los poemas de la carmelita del monasterio de San Rafael, Tadea García de la Huerta.

Orientado por el hilo conductor del concepto de trabajo, el estudio de Alejandra Fuentes tiene vocación de completitud y, a través del acucioso análisis de su acervo documental y de vestigios materiales conservados, da cuenta de la accidentada historia del monasterio clariano que, sorprendentemente, ha pasado desapercibida sin ser objeto, como otros de antigua fundación, de crónicas de las propias religiosas o de conocedores de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, hasta la reciente publicación de Alfredo Palacios.

En tres frentes se despliega el aporte de la obra de Alejandra Fuentes: la detallada compulsa e interpretación de una documentación inédita, a resguardo por casi cinco centurias; el valor otorgado por la autora a un tipo de trabajo femenino casi ignorado -el oficio manual trascendido en la oración-, y el rescate patrimonial de una tradición artesanal y artística actualmente interrumpida.

El Monasterio Antiguo de Santa Clara, la primera institución religiosa femenina fundada en Chile, hacia 1560 en la ciudad de Osorno como beaterio, y el cuarto de la orden en América, ha sido depositario de un valor histórico y cultural único en nuestro país. Tras cuatrocientos cincuenta años de vida contemplativa, afectado por la falta de vocaciones religiosas, de donaciones y legados, así como por el proceso de secularización, ha cerrado sus puertas disolviéndose como comunidad, para integrarse a las comunidades de clarisas de la Victoria –también de antiguo origen en los años finales del siglo XVII– y la reciente de Santa María de los Ángeles, en la Región del Biobío, hoy depositaria de su valioso archivo documental y de parte de su legado artístico.

En este contexto, el libro de Alejandra Fuentes es un trabajo oportuno y necesario para abordar y conservar la memoria histórica de esta institución monástica, tan significativa en la vida social, cultural y económica de Chile durante el periodo. Cronológicamente, se centra en la trayectoria del Monasterio entre la segunda mitad del siglo XVII y primer cuarto del siglo XIX, más precisamente entre 1678 y 1825, fundando la autora su primera delimitación en la consolidación institucional y en la autonomía monástica tras la secesión de la nueva comunidad de clarisas de la Victoria. El inicio de la República, con los incipientes procesos de laicización de la sociedad y europeización de la cultura, constituye para la autora el hito final de su estudio.

La profusa documentación del archivo monástico le permite reconstruir, con notable precisión y veracidad, la vida en el antiguo claustro de la Cañada. Justamente de su contacto con estas fuentes directas escritas y visuales partió el trabajo de la autora y no solo de la lectura, fichaje y análisis, sino de la misma digitalización y catalogación de los documentos del Archivo del Monasterio Antiguo de Santa Clara de Santiago y del rescate de las labores de “mano de monja” en la intimidad del claustro, estableciendo, desde un comienzo, un particular vínculo con su material, vínculo al que no se acierta a dar otra nominación que vivencial. Vivir con las fuentes, convivir con ellas, revivirlas, significa un excepcional punto de partida que no todos los investigadores tienen el acierto ni el privilegio de lograr.

Acierto, porque Alejandra Fuentes estuvo siempre dispuesta y en apertura, desde el comienzo de la trayectoria que la ha unido al Monasterio de Santa Clara, a entablar un diálogo, que se demostró fecundo, con esos valiosos manuscritos y labores de mano; rehusándose claramente al monólogo que busca imponer a la información los meros parámetros teóricos del investigador. Año a año, mes a mes, y finalmente día a día, con esa rigurosidad, que es también una ética, ha procurado comprender siempre lo que los documentos quieren decir, y no solo lo que se quiere decir sobre ellos. Se constata también en estas páginas la dedicación y perseverancia de Alejandra –no solo persistencia– en la tarea de selección, ordenamiento, análisis e interpretación de tan vasto material, que la ha llevado a manejar, en un verdadero despliegue de microhistoria, un cúmulo apretado de referencias que abarcan desde lo material a lo espiritual, de la cifra a la contemplación, del valor de una dote al oficio de alabanza a Dios a través de las manualidades.

Este cúmulo de referencias entretejidas en el denso hilo de la vida cotidiana en el claustro clariano de la Alameda, destejida y retejida hilo a hilo, trama a trama, le han permitido trazar este extraordinario cuadro del trabajo femenino al interior del monasterio y formular así su novedosa hipótesis. Confronta esta los planteamientos tradicionales de la historiografía chilena, ya instalados como axiomas, acerca de la “inutilidad” de la vida contemplativa y de la “ociosidad” de las comunidades de los monasterios femeninos de antigua fundación en Chile. Se ponen en jaque aquí, sin radicalismos de ninguna especie, con gran mesura y respeto, conceptos omnipresentes de la modernidad dura y racionalista de nuestra época que comienzan a revisarse. ¿Qué se entiende y se entendió por trabajo durante los siglos XVII y XVIII? ¿Es trabajo solo el remunerado? ¿Y la acción desinteresada, la labor de ofrenda, de ascetismo y disciplina; y las artes manuales realizadas como donación a la comunidad religiosa, la familia y la sociedad de la época; como servicio “a lo divino”, donde la “ganancia” solo puede medirse en términos espirituales y psíquicos? ¿Cómo pueden estos comprenderse hoy en su sentido profundo, al ser nociones extrañas en la era del economicismo y del individualismo exacerbados? Alejandra no solo cuestiona arraigados conceptos de actualidad sobre el trabajo en los planteamientos de este libro, sino su quehacer mismo como historiadora contiene –subyacente– la valoración de esa labor de las manos diligentes trabajando para otros, sin precios ni tarifas.

Manos que se juntan en oración, manos que hilan, manos que bordan, modelan y amasan; manos femeninas a través de las que se descubren nuevas facetas de la laboriosidad de la mujer en la época premoderna. A través de los años, del ejemplo y de la transmisión oral, han configurado un corpus patrimonial inédito en nuestro país que, como demuestra la autora, posee valor de identidad. Textiles, cerámica, repostería, son recuperados como quehaceres y como oficios en el libro de Alejandra Fuentes, insertos en la compleja jerarquización social y cultural que, pasados los momentos fundacionales de la orden segunda de los hermanos pobres, creada por santa Clara de Asís en 1212, permeó estos claustros femeninos desde la Baja Edad Media al Barroco hispanoamericano.

Desde el modelo “señorial” del primitivo beaterio de Osorno, orientado a acoger a las viudas e hijas de los conquistadores españoles, una configuración sui generis –una modalidad diferente de la “ciudadela conventual”, perfilada por la investigación especializada–, plural, heterogénea y en varios sentidos abierta a la relación con el entorno, se descubre en estas páginas, durante un largo periodo de estadía de las religiosas en los claustros de la Alameda, enfrente del convento de San Francisco, donde hoy está la Biblioteca Nacional de Chile.

A estos efectos, Alejandra Fuentes analiza, ordena e interpreta dentro de un esquema tripartito esta composición social. Con variaciones y adaptaciones establecidas por la autora, esta se corresponde con las tres categorías establecidas para otras instituciones monacales femeninas hispanoamericanas. Primero, las monjas de velo negro, con la requerida dote completa; letradas, administradoras o ecónomas dedicadas principalmente al oficio divino, al coro, a la docencia en la comunidad y a la dirección y ejecución de las labores manuales más delicadas. Luego, las monjas de velo blanco en estado transitorio (novicias) o permanente (monjas “rescatadas”, “hermanas”, “perdonadas” y “donadas”, conceptos que enriquecen la terminología y permiten historiar el tema con el lenguaje de época y los matices que este implica en cada caso); y que en un proceso de adaptación a la realidad local consiguen dote parcial o inexistente, y se dedican a la oración, al coro y la manufactura, en ocasiones como “hermanas serviciales”. Finalmente y en la base de este sistema, el conglomerado de seculares, a su vez distribuidos en subcategorías jerárquicas que viven o ingresan esporádicamente al monasterio con ocasión de las múltiples actividades que en él se desenvuelven y que encuentran allí refugio y trabajo; entre ellos, viudas y mujeres solas, educandas –niñas puestas bajo la tutela de una religiosa del monasterio para su educación– sirvientas, esclavas, criadas y criados particulares, y comunitarios indígenas o afromestizos, médicos, sangradores, carpinteros, pintores, doradores, síndicos, benefactores, donantes y autoridades religiosas.

Un proceso de elaboración, donde la individualidad se diluye en el ámbito de esa abigarrada colectividad, genera desde los inicios del monasterio –según muestra la autora– una amplia gama de manufacturas, productos y labores de mano. Son oficios femeninos traspasados a la sociedad chilena a través de la educación, las redes monacales y el prestigio de las religiosas en estas labores, cúmulo de conocimientos y prácticas que tuvo en Chile su origen, siguiendo el ejemplo europeo, en los monasterios medievales –como fundamenta Alejandra Fuentes– a partir del ora et labora de san Benito de Nursia y su regla monástica, ejemplo de todas las normas conventuales posteriores e incluso modelo para el ordenamiento de la vida civil y la cultura tras la desintegración del Imperio Romano de Occidente.

Labores de aguja, ornamentos litúrgicos, paños de altar para la propia iglesia y en ocasiones para oratorios privados, así como múltiples formas de bordado, confeccionadas en las claustros clarianos, reviven en estas páginas. Mientras, en las celdas y en los propios hornos del monasterio, utilizando secretas fórmulas solo en parte desentrañadas, la autora explica cómo se modelaban y cocían las cerámicas policromadas y perfumadas –lozas, barros, búcaros en el lenguaje de la época– de ascendencia hispanoárabe con rasgos mestizos, que las religiosas enriquecieron con guirnaldas de filigrana de plata y flores de tela, transformándolas en un símbolo del Reino de Chile. En las cocinas, la repostería heredada de Al Ándalus (las alcorzas, escarchados, alfajores y dulces de frutas en almíbar), que enriquecida con productos nativos que recupera el presente texto y destacan los cronistas coloniales, los propios documentos y la tradición del monasterio, agasajaban paladares de benefactores y autoridades, y de las enfermas del propio cenobio. El dulce se concebía entonces con poderes curativos y restauradores de la salud; la dietética era también una ética.

En este libro Alejandra Fuentes nos entrega una completa reconstrucción de la vida social y cotidiana monacal, que no se ha realizado hasta el momento en nuestro país y escasamente en la historiografía iberoamericana, introduciendo en su investigación un gran acopio de aspectos y referencias nuevas, donde afina las coordenadas del vínculo e interacción entre las prácticas que distinguen y unifican a las religiosas dentro del monasterio y refina la pesquisa de lo cotidiano, incorporando al lector en la tónica de esas existencias femeninas recluidas y recogidas aunque en relación con su ámbito urbano y epocal. Con ello prueba en la forma pertinente –empírica– y no a través de presuposiciones, la tónica proactiva y dialogante que transcurre entre los momentos de contemplación en compañía del Divino Esposo, las tareas administrativas o de contabilidad y las labores de mano, cocina y botica concertadas en el antiguo y hoy inexistente monasterio de las clarisas de la Alameda.

ISABEL CRUZ DE AMENÁBAR

Noviembre 2023

INTRODUCCIÓN

“Ocúpense fiel y devotamente en un trabajo honesto y de utilidad común,de tal modo que, evitada la ociosidad, que es enemiga del alma,no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción,al que todas las cosas temporales deben servir”.Regla propia de Santa Clara, 1253.

En octubre de 2017, las tres últimas religiosas que constituían el Monasterio Antiguo de Santa Clara de Santiago cerraron definitivamente las puertas de su casa conventual ubicada en Puente Alto. Culminaba así la historia de la comunidad monástica y femenina más antigua de Chile –cuyos últimos años tuve la oportunidad de compartir a través de la puesta en valor de su archivo–, protagonizada por un grupo de mujeres consagradas que, de acuerdo con la Regla de San Benito de Nursia y la forma de vida impulsada por la santa de Asís, se dedicaron a orar y trabajar tras los muros de la clausura por más de cuatro siglos. Establecida en Osorno en el siglo XVI y reinstalada a comienzos del siglo XVII en la capital, sus prácticas fueron capaces de superar el inexorable paso del tiempo, dejando un rico acervo patrimonial que hoy representa su forma de vida y su identidad religiosa y cultural1.

Aunque muy disminuidas en cantidad a raíz de la falta de vocaciones y el ineludible avance de la edad, aún era posible ver a estas religiosas, en pleno siglo XXI, trabajar diariamente en distintas actividades según sus roles y aptitudes; en los oficios monásticos, en las manufacturas, en el cuidado de los enfermos y en el servicio doméstico. Esto da cuenta de la continuidad de algunas de sus antiquísimas prácticas sociales y laborales, de su entereza y de su capacidad de reinvención frente a nuevos contextos. Dichas adaptaciones, lamentablemente, se volvieron insuperables después del terremoto del año 2010.

El impacto social de este y otros monasterios coloniales de la ciudad de Santiago ha sido estudiado principalmente en comparación con las congregaciones francesas que arribaron a nuestro país desde 1838 en adelante. Fundadas en su mayoría en el siglo XIX, como respuesta a la voluntad de reconquista espiritual que se vivió tras la Revolución, estas últimas se caracterizaban por ofrecer una ayuda organizada frente a las necesidades concretas de la población. Si bien no fueron idénticas, se trataba de órdenes de vida activa, pues estaban presentes en el mundo a través de la misión, la escuela, el hospital o las obras de caridad, aun cuando combinaban tales actividades con la observancia de la clausura y la búsqueda de la perfección interior2. La Sociedad del Sagrado Corazón (1853), por ejemplo, se hizo cargo de la educación femenina de la clase dirigente, las Hermanas de la Providencia (1853) se preocuparon de los huérfanos y los niños vulnerados, mientras que las Hermanas de la Caridad (1854) se dedicaron a los enfermos y a los hospitales3.

La historiografía chilena ha considerado la llegada a Chile de estas religiosas como novedosa y sorprendente, porque todos los conventos femeninos existentes en dicho periodo –entre ellos, el de las clarisas antiguas– se basaban en el carisma de la vida contemplativa, es decir, en el deseo de alcanzar la unión con Dios. Asimismo, han sido vistas como mujeres “laboriosas”, ya que vivían de su trabajo y realizaban diversas tareas domésticas, a diferencia de las monjas que dependían de una “economía espiritual”4. Por otra parte, la buena recepción que tuvieron de parte del Estado liberal, la jerarquía eclesiástica y la sociedad civil se ha estudiado como una manifestación del proceso de secularización en el devenir de la modernidad, aquel que separaba lo profano de lo religioso y otorgaba a la religión una dimensión más intramundana dentro del propio catolicismo5. En dicho contexto, se esperaba que las mujeres consagradas fueran “útiles” a la sociedad, más allá de su rol como vírgenes y esposas de Cristo, como ocurría con las monjas. Como ha señalado Sol Serrano: “Las contemplativas no eran madres, no eran el arquetipo de la ‘madre educadora’, esa capaz de formar la ‘madre nueva’ propia del siglo XIX (…) Las congregacionistas también eran vírgenes y esposas, pero eran madres que formaban a las otras madres, que reformaban a las caídas, protegían a las vulnerables para reintegrarlas a la sociedad, cuidaban a los enfermos y a los niños abandonados”6. Así, la decadencia del modelo religioso femenino representado por las monjas contemplativas habría condicionado el “ocaso” de sus claustros en esta misma centuria y, su contrapartida, el boom de las mujeres consagradas de vida activa que terminarían por sustituirlas y desplazarlas.

Algunos manuscritos del Archivo del Monasterio Antiguo de Santa Clara de Santiago de Chile. Fotografías de © Rolando Oyarzún.

Discutiendo estas interpretaciones, el presente libro busca repensar las diferencias señaladas entre las monjas de vida contemplativa del siglo XVIII y las religiosas de vida activa que llegaron a Chile en el siglo XIX: ¿Qué tan distintos eran sus quehaceres cotidianos? ¿Era la contemplación sinónimo de ocio, inactividad u holganza? ¿Las monjas solo tenían un rol como “esposas místicas” dentro de la sociedad colonial? ¿Cómo se relacionaban estas últimas con su entorno?

El estudio del trabajo desarrollado en el Monasterio Antiguo de Santa Clara entre 1678 y 1825 permite responder dichas preguntas a partir de un caso concreto y un contexto temporal y espacial acotado. Significa un primer paso, probablemente uno de varios caminos posibles.

Se ha escogido el caso de las clarisas antiguas, pues constituyen la primera comunidad religiosa fundada por mujeres en nuestro país. En la década de 1560, iniciaron la evangelización y la tradición de la vida contemplativa en el Reino de Chile, en principio, agrupadas como beaterio en Osorno bajo la advocación de santa Isabel de Hungría y dirigidas por Isabel de Landa. Tras la rebelión indígena de fines del siglo XVI, emprendieron una azarosa travesía que las obligó a huir a Chiloé y luego a la isla Quiriquina, para llegar más tarde a San Francisco del Monte, en las cercanías de Talagante. Después de varios años de gestiones con las autoridades reales y locales, en 1605 reinstalaron su casa conventual en Santiago, donde hoy se encuentra la Biblioteca Nacional, y profesaron allí la Regla de Urbano IV (1263)7. A principios del siglo XX se trasladaron nuevamente, primero hacia la calle Eusebio Lillo, en el actual barrio de Recoleta, y posteriormente hacia la comuna de Puente Alto. En razón de la falta de vocaciones y las condiciones en que quedó el edificio conventual tras el terremoto del 27 de febrero de 2010, el Monasterio Antiguo cerró definitivamente sus puertas en 20178.

A pesar de su antigüedad, larga trayectoria e importancia para la historia colonial y republicana chilena, el Monasterio Antiguo de Santa Clara no ha sido objeto de un estudio monográfico que lo analice a partir de su propia vida cotidiana, de las experiencias de las mismas religiosas y de sus diferentes lazos con la sociedad entorno. Tampoco han sido abordadas las distintas prácticas laborales que fueron realizadas en su interior, tanto por las monjas como por los seculares que las acompañaban9. En su mayoría, la historiografía nacional lo ha analizado en relación con los demás monasterios femeninos de la ciudad de Santiago: agustinas, clarisas de la Victoria, carmelitas de San José y San Rafael, capuchinas y dominicas10. Son investigaciones que han articulado hipótesis generales acerca de los claustros chilenos, en su mayoría, basadas en los documentos del Arzobispado de Santiago y no en los archivos pertenecientes a cada monasterio en particular, lo que ha dificultado su comprensión como espacios dinámicos con características propias. No corresponde comparar sus realidades sin antes conocer cada caso específico, puesto que son órdenes religiosas distintas, con diferentes tradiciones y modos de vida. Por ejemplo, no es lo mismo hablar de un monasterio clariano o dominico que de uno carmelita, cuya orden fue reformada en el siglo XVI a partir de santa Teresa de Ávila. Cada uno de estos monasterios constituye un mundo en sí mismo.

Los autores que se han aventurado a reconstruir la misteriosa y –hasta hace muy pocos años– casi inaccesible historia de los monasterios femeninos de nuestro país han desestimado la importancia de los trabajos desenvueltos en dichos espacios, contribuyendo a la construcción de un discurso específico sobre las monjas que dice relación con la inactividad y la falta de movimiento, que serían rasgos intrínsecos de la vida contemplativa. Por ejemplo, Imelda Cano Roldán, en el estudio que publicó en 1981 sobre las mujeres en Chile, no reparó en el tópico del trabajo sino en los orígenes de cada uno de los claustros de Santiago y algunas “curiosidades” de su cotidianeidad, como la falta de vida comunitaria11 y la presencia de esclavos y educandas tras los muros conventuales12. En la misma línea se situó la investigación de René Millar y Carmen Gloria Duhart (2006), historiadores que, si bien profundizaron en diversos aspectos de la vida cotidiana de estas comunidades –como, por ejemplo, sus formas de financiamiento, las jerarquías religiosas que las organizaban y la disciplina interna–, no analizaron de manera particular el problema del trabajo femenino, aunque hicieron breves menciones a las ocupaciones de las sirvientas (aseo, comidas, costuras, dulces y huerta), a los trabajos que hacían las religiosas por las tardes, sin especificar cuáles, y a los productos con los que estas últimas cautivaban a sus invitados en las fiestas que continuamente celebraban13.

La importancia de los conventos femeninos del Reino de Chile ha sido vinculada únicamente a su dimensión cultural e intelectual, por lo que se ha puesto el foco en las prácticas de lectura, escritura y música que se desenvolvían en estos cenobios. Al respecto, se encuentran los estudios sobre la vida de Sor Úrsula Suárez (1666-1749)14, monja clarisa del Monasterio de Nuestra Señora de la Victoria que plasmó su experiencia cotidiana y mística en su Relación autobiográfica, texto publicado en 1984 con estudio preliminar de Armando de Ramón15, y Sor Josefa de los Dolores Peña y Lillo (1739-1823), monja dominica del Monasterio de Santa Rosa de Santiago, conocida por las cartas que intercambió con Manuel Álvarez, su confesor jesuita16. Asimismo, se inscriben en esta corriente: el artículo de Alejandro Vera titulado “Coro de cisnes, cantos de sirenas. Una aproximación a la música en los monasterios del Chile colonial” (2010), el que explora la práctica musical en los monasterios de monjas, partiendo de la información recopilada en el archivo del convento de la Victoria17; y la investigación de Margarita Iglesias del año 1999, la cual sostiene la relevancia de estos espacios coloniales para el resguardo y la transmisión de las creencias religiosas cristiano-católicas18.

Por esta razón, la publicación que aquí se presenta solo ha considerado tangencialmente las prácticas musicales y educativas efectuadas por las clarisas antiguas en el siglo XVIII, pues se ha querido enfatizar en las particularidades de este monasterio femenino que no han sido abordadas por la historiografía chilena. En efecto, los claustros fundados en Chile durante los siglos XVI, XVII y XVIII, entre ellos, el Monasterio Antiguo de Santa Clara, no se han estimado relevantes desde el prisma de las posibilidades laborales que estos microcosmos significaban no solo para las monjas sino para todos los seculares –mujeres y hombres, libres y esclavos; criollos, mestizos y castas– que de alguna u otra forma se relacionaban con ellas.

A pesar de esto, algunas investigaciones se han referido indirectamente al trabajo monástico y femenino en Chile colonial, especialmente al arte culinario. Por ejemplo, en el texto de Eugenio Pereira Salas titulado Apuntes para la historia de la cocina chilena (1977), el autor enfatizó el impulso dado por las monjas al desarrollo de la repostería chilena en el siglo XVII, y en las especialidades de cada uno de los monasterios de Santiago19. De la misma forma, Isabel Cruz de Amenábar en La fiesta: metamorfosis de lo cotidiano (1995), señaló la importancia de los dulces preparados por las mujeres que vivían en los monasterios coloniales –monjas y seglares– y su relación con la práctica del “agasajo” y la fiesta barroca, temática que continuó analizando más adelante, como lo demuestra su participación en Barroco andino (2011) con el capítulo titulado “Dulces agasajos: notas sobre la creación culinaria y su significado en el arte festivo del Barroco en Chile”20. Asimismo, destacó el artículo de Regina Valdés y María Ester Martínez, “Con mano de monja: los conventos y la cocina colonial” (1994); junto con la tesis de Marcela Krause del año siguiente, quien sostuvo que las religiosas vendían sus manualidades para obtener ingresos adicionales, sin demostrarlo con datos concretos21. En dichas investigaciones, sin embargo, la repostería no fue estudiada desde la perspectiva del trabajo femenino, ni se analizó el significado que adquirió esta práctica para la clausura intramuros y su organización social. Tampoco puntualizaron en las distintas etapas del proceso de elaboración, en las artífices de dichos “manjares” ni en las redes comerciales y culturales que pudieron haber surgido entre los distintos monasterios, y entre ellos y la sociedad circundante. Asimismo, se siguió manteniendo una visión generalizada de todos los monasterios femeninos.

La historiografía que se ha dedicado al estudio de la esclavitud negra en el Reino de Chile ha presentado breves referencias al trabajo monástico. Los conventos femeninos han sido considerados por estas investigaciones como uno de los tantos espacios en los cuales se movían y trabajaban estos sujetos, especialmente las mujeres. Como señaló Rosa Soto en 1992: “Las esclavas negras también se desempeñaban como criadas en los conventos adonde eran llevadas por sus amas cuando estas decidían profesar. Algunas pasaron allí toda su vida o gran parte de ella”22. Varios años más tarde, Celia Cussen planteó la importancia de las instituciones religiosas –masculinas y femeninas– para las condiciones asociadas a la liberación y subsistencia de un esclavo o esclava en el Santiago colonial, demostrando que la participación en una cofradía, la fe en los santos y una relación estrecha con un monasterio o una orden mendicante solían caracterizar a los negros y pardos que habían logrado obtener su libertad23. El año 2014, Carolina González demostró que las monjas de Santiago también estuvieron involucradas en los litigios que presentaron los esclavos o sus familiares ante la Real Audiencia con el objetivo de obtener libertad o papel de venta24. Como es de esperarse, en estos estudios se enfatiza justamente en los trabajos que no realizaban las monjas, es decir, en los quehaceres de los esclavos y las esclavas de origen africano25.

Considerando estos vacíos historiográficos, la presente publicación analiza las dinámicas del fenómeno del trabajo en el Monasterio Antiguo de Santa Clara de Santiago, entre 1678 y 182526, como una forma de matizar la división férrea que se ha establecido entre las monjas de vida contemplativa de la época colonial y las religiosas de vida activa que llegaron a Chile en el siglo XIX.

Pretende establecer la importancia que tuvo el trabajo para la clausura de estas profesas, así como sus efectos en el medio local y en el resto de la monarquía hispánica. Este propósito implica, a su vez, contextualizar este caso particular a partir de la tradición monástica de la Iglesia primitiva y la Edad Media y, específicamente, de la espiritualidad franciscana y el modelo constituido por santa Clara en el siglo XIII27; determinar el papel del trabajo en la organización social del monasterio durante el siglo XVIII y, por último, identificar y reconstruir las principales prácticas laborales en este cenobio femenino a lo largo de este mismo periodo28.

Bajo una perspectiva de larga duración, los límites cronológicos de este estudio se enmarcan entre 1678, fecha en que finaliza el periodo de instalación y adaptación de este recogimiento femenino en la Cañada de San Francisco, tras desligarse del gobierno seráfico y luego de haberse fundado el Monasterio de Nuestra Señora de la Victoria, que sigue un curso paralelo, y 1825, cuando se inicia una nueva etapa de su historia con el advenimiento de la República. Sin embargo, la comprensión del problema nos ha obligado a utilizar referencias de otras épocas.

El desarrollo de estos objetivos nos lleva a precisar desde dónde –a partir de qué planteamientos teóricos– se formularon dichas preguntas.

Primeramente, es necesario dejar en claro que la problemática no se ha insertado en el marco de la historia laboral chilena, ya que la mayoría de sus investigaciones han utilizado el concepto decimonónico de trabajo, vinculado indisolublemente al salario y la productividad29. Se trata de estudios que han abordado el surgimiento del proletariado industrial y minero a principios del siglo XX, su incorporación dentro de la institucionalidad laboral y su protagonismo en el plano político entre 1930 y 197030. Aunque la aplicación del enfoque de género en el análisis del trabajo –desde la década de 1960 en adelante– implicó una transformación fundamental de este concepto, al relacionarlo con actividades que antaño habían sido entendidas como “no productivas”, los estudios siguieron enfocándose en el periodo comprendido entre fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Esto ha contribuido directamente a la mantención de ciertos discursos que sostienen que el trabajo femenino es una práctica reciente, dejando de lado el contexto colonial y los distintos trabajos ejecutados en aquella época, entre ellos, los de las monjas31.

Por estas razones, el trabajo realizado en el Monasterio Antiguo de Santa Clara durante el siglo XVIII se ha vinculado en este libro, necesariamente, a dos grandes campos historiográficos: la historia religiosa y la historia de la vida cotidiana.

Dentro de la primera, han sido fundamentales las investigaciones que han estudiado el devenir de los monasterios femeninos del Nuevo Mundo. Específicamente, la perspectiva teórica y metodológica de las historiadoras mexicanas Josefina Muriel y Asunción Lavrin ha permitido utilizar un concepto de “monasterio”32 que trasciende la esfera de lo religioso, al considerar también sus dimensiones sociales, culturales y económicas, entre ellas, el trabajo de las monjas33. Por lo tanto, entendemos que el Monasterio Antiguo no fue solamente un lugar de oración y penitencia en el siglo XVIII, sino una institución que respondía a múltiples intereses y problemas de las mujeres de Santiago34.

Además de aquella característica, estas autoras han destacado el profundo vínculo entre estas instituciones y la sociedad, debido a las jerarquías sociales que se reprodujeron en el interior de los muros conventuales; el rol económico que adquirían en términos de propiedades, préstamos de dinero y trabajo; y su labor cultural, fundada en las prácticas de lectura y escritura. Precisamente, Lavrin utiliza el concepto de “microcosmos conventual” para definir la vida religiosa de estas mujeres, sustentada en una profunda sintonía entre la dimensión espiritual y la dimensión material de la cotidianeidad. Al respecto ha señalado: “Es ya un lugar común hablar del convento como un microcosmos en el cual se pulsaron tanto las pequeñeces ineludibles de la vida diaria como los momentos más exaltados de la aspiración a la unión con Dios. Cuando analizamos el paso de lo cotidiano a lo espiritual y de lo espiritual a lo cotidiano, comprendemos cómo el significado de la vida religiosa se encuentra precisamente en ese devenir”35. A partir de esta síntesis entre lo espiritual y lo cotidiano, es que debemos comprender las distintas prácticas laborales que formaron parte del Monasterio Antiguo de Santa Clara en el transcurso del siglo XVIII.

Otras investigaciones han contribuido a contextualizar aristas específicas del trabajo desenvuelto en el monasterio chileno. En esta línea, las publicaciones más recientes de Nancy van Deusen han develado el perfil de las “donadas” a partir del caso de Úrsula de Jesús y el Monasterio de Santa Clara de Lima. Estas mujeres indígenas, mestizas o de casta, profesaban votos simples sin pagar dote, pero se comprometían a cooperar en el servicio doméstico junto con las criadas. Entre sus múltiples tareas se encontraban, por ejemplo, los trabajos manuales36. Para el Buenos Aires colonial, en tanto, las “donadas” y otros auxiliares domésticos –esclavos, limosneros y hermanos legos– han sido estudiados también, aunque escuetamente, por Alicia Fraschina en sus investigaciones sobre el Monasterio de Santa Catalina de Siena (dominicas) y el Monasterio de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza (clarisas capuchinas)37.

Respecto al vínculo entre el trabajo y la composición social del Monasterio Antiguo, han sido de gran importancia los estudios de la norteamericana Kathryn Burns, para el caso de Cusco, de Óscar Londoño para Bogotá y de Ana Mónica González y Guillermo Nieva para el caso de los monasterios de la provincia de Tucumán, aunque estos dos últimos investigadores estudian principalmente los claustros dominicos y carmelitas38. Por analizar los monasterios femeninos de la época colonial, a partir del contraste entre el “deber ser” de las religiosas y las prácticas cotidianas, han sido relevantes también las últimas investigaciones de María Constanza Toquica acerca del convento de Santafé de Bogotá39. Todos estos estudios permiten explicar varios aspectos de la vida cotidiana del Monasterio Antigua de Santa Clara durante el siglo XVIII, relacionándolo con un contexto regional que consideraba la vida consagrada en clausura como una posibilidad social, económica y cultural para las mujeres de la Monarquía Hispánica.

Aunque enfoca sus investigaciones en los monasterios españoles, es preciso mencionar el aporte de Ángela Atienza y su conceptualización de los claustros femeninos en función de las dinámicas urbanas, pues ha tenido especial importancia en la comprensión del trabajo del Monasterio Antiguo, al considerar su capacidad para reunir y vincular laboralmente a personas de distintas características sociales, culturales y étnicas de la ciudad de Santiago40. Asimismo, el énfasis que ha puesto en el tópico del honor ha sido clave para entender la cantidad de profesiones que recibió el Monasterio Antiguo en este siglo y la “urgencia” que tenían las familias más pobres de conseguir la dote monástica.

En cuanto a la historia de la vida cotidiana propiamente tal, han iluminado esta investigación los enfoques metodológicos que han surgido en las últimas décadas con el objetivo de insertar la experiencia de los sujetos en la historia social41. Estos suponen estrategias que se distancian de los planteamientos preexistentes para el tratamiento de todo aquello que no es excepcional y que arraigan en la sociología cualitativa de vocación “micro”42. Si bien en sus comienzos esta incipiente perspectiva se relacionó con aspectos de la cultura material43, actualmente las diversas formas de acercarse a lo cotidiano optan por enmarcarse en un contexto de carácter relacional y constructivista. Se intenta focalizar los estudios en los cambios y las continuidades sociales dentro del marco de la vida real, considerando siempre los grandes acontecimientos que puedan afectarlos44. Así, la historia de la vida cotidiana proporciona una imagen más cercana y visible de los individuos, aunque no significa realizar un estudio histórico fragmentario; por el contrario, la consideración de aspectos parciales o locales debe arrojar siempre luces sobre las complejas redes a partir de las cuales se vertebra la sociedad45. Esta perspectiva historiográfica ha permitido analizar la vida conventual de las clarisas antiguas en su convergencia entre lo espiritual y lo cotidiano, entrelazándose las pequeñeces de la vida diaria y los momentos más sublimes donde se buscaba la comunicación con Dios: la oración contemplativa y el trabajo.

El concepto de práctica fue indispensable para aproximarse al estudio del trabajo en este monasterio chileno. Entre las múltiples acepciones que posee el vocablo latino practicus, es pertinente la definición que desarrolló Michel de Certeau, quien explicó cómo la práctica de la vida cotidiana posee una peculiar creatividad para subvertir de forma activa los modos estandarizados del vivir que le son impuestos desde fuera46. En esta misma línea de análisis se presenta el concepto de habitus desarrollado por Pierre Bourdieu, entendido como la capacidad de improvisación que se gesta en el seno de la práctica cotidiana, al alero de un armazón de esquemas inculcados por la cultura47. Entendida a partir de tales conceptos, la historia de la vida cotidiana ha posibilitado develar la realidad social y laboral de las mujeres y hombres que constituyeron este recogimiento, confrontándola con el deber ser que estipulaba la Regla propia de Santa Clara (1253)48, la Regla de Urbano IV (1263), las Constituciones generales dadas en Roma para todas las monjas franciscanas (1639)49 y las disposiciones que emitieron los obispos de Santiago durante el siglo XVIII, a partir de sínodos y visitas pastorales. En definitiva, es la pregunta por la experiencia vivida la que ha permitido comprender los trabajos desenvueltos en el Monasterio Antiguo de Santa Clara como “prácticas laborales”50, tomando como punto de partida la mirada de la comunidad conventual, las relaciones sociales establecidas por los sujetos en el interior del claustro, el valor que adquirió el trabajo en su forma de organización y el alcance que tuvo para la sociedad adyacente.

Además de la óptica histórica, la presente publicación es deudora de los postulados filosóficos y sociológicos de Hanna Arendt y su discípulo Richard Sennett.

Tomando como referente las ideas de Arendt, hemos articulado una definición del concepto de trabajo, fundiendo los tres ámbitos de la condición humana que esta autora identificó y analizó a lo largo de su vasta trayectoria: la labor, el trabajo y la acción51. Por lo tanto, se han considerado como aspectos primordiales de todo trabajo humano: las necesidades biológicas que lo explican52, el hacer en sí mismo o la ejecución y, por último, los vínculos sociales que se establecen entre los sujetos durante dicho proceso53.

En relación con el Monasterio Antiguo del siglo XVIII, la perspectiva de análisis señalada implica estudiar no solo los distintos tipos de trabajo que realizaban las monjas, sino las necesidades físicas, psicológicas y espirituales en que estos se basaban; sus características y modos de producción o fabricación; y el significado que adquirían tanto para la extensa familia intramuros, en relación con el orden social y sus diferentes jerarquías religiosas, como para la ciudad de Santiago y el Reino de Chile54. Es una mirada que conlleva la consideración de la dimensión material e inmaterial del trabajo efectuado en el claustro de la Cañada: por una parte, las prácticas laborales55 (la mano) y, por otra, su fundamentación en el ámbito de las ideas (la mente). Siguiendo el análisis propuesto por Sennett en las últimas décadas56, el trabajo en la comunidad clarisa durante el siglo XVIII no puede equiparse únicamente a las habilidades manuales, ya que sus prácticas laborales no eran simplemente un medio para un fin que las trascendía, al representar la condición específicamente humana del compromiso57.

Conforme a tal perspectiva teórica y conceptual, este libro sostiene que la vida cotidiana del Monasterio Antiguo de Santa Clara entre los años 1678 y 1825 se debatió entre la oración y el trabajo, entre la contemplación y la acción. Aunque las clarisas antiguas no entregaron servicios directos en Santiago debido a la observancia de la clausura tridentina58, como sí lo hicieron las congregaciones francesas que arribaron a Chile en el siglo XIX, las diversas posibilidades de trabajo administrativo, manual, médico y doméstico que ofrecían tanto a hombres como mujeres, las situaba como una institución clave y “útil” para esta ciudad en el siglo XVIII. Precisamente de esta manera se hacían “presentes en el mundo”, lo que permite afirmar que su relevancia trascendía con creces su vocación contemplativa y su rol como “esposas místicas” de Cristo.

El trabajo realizado en este complejo microcosmos femenino no puede ser entendido desde las dinámicas propias del capitalismo industrial y financiero que se desarrolló en nuestro país durante los siglos XIX y XX. Es anacrónico abordarlo desde ese ángulo, pues las prácticas laborales del Monasterio Antiguo diferían de tales lógicas, al menos entre 1678 y 1825. Estas se vinculaban, en cambio, con la tradición del monacato cristiano, cuya singular valorización del trabajo implicaba beneficios tanto para la comunidad que lo realizaba como para la sociedad circundante, ya que permitía disipar los vicios, obtener el sustento diario y ayudar al prójimo. Es decir, el trabajo se entendía como un medio de santificación. De acuerdo a santa Clara, específicamente, las monjas debían trabajar por un triple objetivo: combatir el ocio, fortalecer el vínculo con su entorno y conseguir limosnas.

Adaptando estas ideas al contexto chileno del siglo XVIII, el trabajo no representaba para las clarisas antiguas un método para acumular riquezas a través de un pago o un salario determinado, sino un instrumento ascético y un deber de obediencia que permitía, al mismo tiempo, el funcionamiento del monasterio: la contemplación divina, su comunicación con los habitantes de la ciudad de Santiago y, a mediano plazo, la obtención de donaciones y legados. Para la sociedad capitalina que recibía sus frutos, en tanto, significaba una posibilidad de protección espiritual, una oportunidad laboral y, en algunas ocasiones, una estrategia de sobrevivencia en el crepúsculo de la época virreinal.

Desde la perspectiva interna, el trabajo contribuyó a mantener la estructura jerárquica que sustentaba la organización social del claustro en este periodo de su historia, la cual situaba a las monjas de velo negro en la primera ubicación, a las de velo blanco en un lugar intermedio y a los seculares en el último. A pesar de que varias de las prácticas laborales eran colaborativas, ya que en su ejercicio participaban de alguna forma todos los integrantes de la comunidad intramuros, las funciones directivas, de gestión y educativas estaban reservadas principalmente a las monjas de velo negro, los quehaceres corpóreos a las de velo blanco, mientras que las tareas que no podían realizar dichas mujeres por su condición de clausura, estaban a cargo de distintas clases de seculares59. Si bien los trabajos administrativos, manuales, médicos y domésticos suscitaron vínculos sociales recurrentes entre las distintas categorías que constituían el monasterio de la Cañada, dichos lazos no lograron modificar el estatus de sus miembros en el marco del microcosmos conventual. Esto quiere decir, por ejemplo, que ninguna monja de velo blanco pudo modificar su profesión por asistir a los enfermos, o bien que ningún criado dejó de serlo por colaborar en la circulación de manufacturas o realizar labores de compañía. Las monjas de velo negro, por su parte, nunca perdieron su posición honorífica y prestigiosa, independiente de su desempeño laboral60. En definitiva, el factor de diferenciación más relevante estaba vinculado con la proveniencia social, económica y cultural de todos estos sujetos.

Estas distinciones en el tipo de trabajo que realizaban ambas categorías de monjas, fundamentadas en primer término en la proveniencia socioeconómica de estas mujeres, no implicaron una polarización entre quienes trabajaban y quienes no lo hacían por tener que dedicarse a la vida contemplativa. Todas estaban obligadas a cumplir con sus diversos quehaceres en función de la Regla de Urbano IV, las Constituciones Generales y las disposiciones de los obispos, con el objetivo de garantizar la subsistencia del monasterio a través de las décadas. Por lo mismo, el ocio no tenía cabida.

Desde la perspectiva externa, en tanto, dichas prácticas significaron la consolidación de pluralidad de redes entre las clarisas antiguas y la ciudad de Santiago, y, en algunos casos, entre la Gobernación de Chile y el resto del mundo. Permiten constatar las dificultades que las religiosas tuvieron en cuanto a la observancia de la clausura tridentina, la pobreza y el silencio; y asimismo, el aporte de estas monjas en el desarrollo de una incipiente identidad chilena y femenina. Esto fue particularmente relevante en el caso del trabajo manual, del trabajo médico y del trabajo doméstico61.

El desafío de reconstruir y comprender las prácticas laborales desenvueltas en el Monasterio Antiguo de Santa Clara a lo largo del siglo XVIII implicó la utilización de múltiples fuentes de distintas épocas, procedencias y características. Al respecto, cabe destacar la importancia que adquirió metodológicamente el Archivo del Monasterio Antiguo de Santa Clara62, cuyos manuscritos han permitido develar el problema del trabajo desde la perspectiva de sus propias protagonistas.

Por tratarse de una comunidad religiosa de clausura, fue clave analizar en una primera etapa de la investigación, el significado que adquirió el concepto de trabajo en el desarrollo del monacato cristiano, desde sus primeros tiempos hasta la Edad Media. En el caso de la vida consagrada masculina se utilizaron principalmente los escritos de san Antonio, san Pacomio, san Juan Casiano, san Agustín y san Benito de Nursia63; fuentes publicadas que debieron complementarse con bibliografía secundaria sobre las reformas benedictinas, el surgimiento de las órdenes mendicantes y la defensa que articuló santo Tomás referente al trabajo intelectual64. Con respecto al monacato femenino y su relación con los conceptos de trabajo, virginidad y santidad, se examinaron las obras de Tertuliano, Paladio de Galacia, san Ambrosio, san Leandro de Sevilla, Gregorio de Nisa y san Jerónimo65. Para estudiar el caso de Hildegarda de Bingen, se utilizó la biografía de Theoderich von Echternach junto con sus escritos más representativos y la profusa correspondencia que estableció con diferentes personalidades de su tiempo66. En este aspecto, también fueron relevantes las cartas de santa Catalina de Siena y su biografía67. La forma de vida religiosa propuesta por santa Teresa de Ávila, en tanto, se abordó principalmente a partir del Libro de las fundaciones, las Constituciones de 1567 y la biografía escrita por Francisco de Ribera68.

La pregunta por el rol del trabajo en la espiritualidad franciscana y su vínculo con el voto de pobreza y la mendicidad, primordial para contextualizar el caso del Monasterio Antiguo en el marco de la historia religiosa, motivó la revisión de los escritos de san Francisco y santa Clara –reglas, testamentos, admoniciones y cartas–, las biografías escritas por sus contemporáneos y los testimonios vinculados a la canonización. En este sentido, fueron cruciales las compilaciones de fuentes editadas por la Biblioteca de Autores Cristianos, especialmente la que lideró Ignacio Omaecheverría para el caso femenino69. A través de estas fuentes, se constataron las similitudes y diferencias entre los planteamientos de ambos santos, fundamentalmente en relación con la necesidad de obtener limosnas y las estrategias desarrolladas para su obtención.

En una segunda etapa, fue necesario conocer los antecedentes históricos de las clarisas chilenas durante los siglos XVI y XVII.

Para esclarecer el proceso fundacional que se desarrolló en el siglo XVI, se utilizaron las fuentes contenidas en el Archivo del Monasterio Antiguo, puntualmente el legajo que registra el conflicto que tuvieron las religiosas con la Orden de San Francisco entre 1650 y 167870. Tales documentos entregaron pistas fundamentales acerca de los primeros tiempos del beaterio de Santa Isabel, pues comprenden los testimonios de las monjas que formaron parte de la comunidad primitiva y que luego sobrevivieron al desastre de Osorno trasladándose a Santiago. Asimismo, fue posible reconstruir este periodo inicial gracias al testimonio de los cronistas españoles71. Además, se utilizaron algunas fuentes provenientes del Archivo Histórico Nacional de Chile, específicamente de los Fondos Escribanos de Santiago y Real Audiencia, y del Archivo Histórico del Arzobispado de Santiago72. De gran utilidad fueron también las actas del Cabildo de Santiago y otros documentos de la época contenidos en las recopilaciones de fuentes de José Toribio Medina y Domingo Arteaga73. Todas estas fuentes se cotejaron con los datos contenidos en las investigaciones de Imelda Cano Roldán, Gabriel Guarda, Crescente Errázuriz y José Miguel Blanco74. Dicho contraste permitió develar las primeras e incipientes prácticas laborales del Monasterio Antiguo, en estrecha relación con el desarrollo económico de la ciudad de Osorno, previo al alzamiento indígena de 1598.

Luego de abordar sucintamente el proceso de adaptación que significó el siglo XVII para estas religiosas, por el traslado a Santiago, la ampliación del edificio conventual y la polémica con los frailes, se estudió la importancia que alcanzó el trabajo en la organización social de la comunidad clariana durante el siglo XVIII. Para ello se emplearon a cabalidad las fuentes del citado archivo conventual. Sus manuscritos constituyeron fuentes inéditas, directas e invaluables en la determinación de las tres grandes categorías que vivían en el claustro de la Cañada: las monjas de velo negro, las monjas de velo blanco y el heterogéneo grupo de seculares. Del mismo modo, fueron llaves maestras para entender el Monasterio Antiguo como una unidad compleja y diversa, con todas las dificultades que esto significaba. También fueron primordiales para establecer las diferencias entre ambos tipos de profesas según la dote monástica correspondiente, la procedencia familiar y la labor que debían desempeñar en el interior de la clausura.

Con respecto a las religiosas, los libros de profesiones permitieron construir una base de datos con todas las mujeres que ingresaron al Monasterio Antiguo entre 1700 y 182575, para luego clasificarlas según tipo de velo, dote pagada y labor comprometida dentro de la clausura. Para conocer el perfil de estas monjas, se registraron posteriormente las renuncias de bienes temporales, documentos que dieron cuenta de su proveniencia social y su capacidad de solvencia económica76. También se ficharon los legajos que contienen las visitas pastorales que realizaron los obispos a lo largo de esta centuria, para indagar en el deber ser de su comportamiento77. En menor medida, se revisaron los libros de difuntas78 y las cuentas79, especialmente para constatar la cantidad de fallecidas por año y los gastos relacionados con los funerales de estas religiosas.

Hubo que sortear mayores obstáculos para dilucidar la vida de los seculares, pues el archivo monástico no contiene legajos destinados específicamente a esta categoría social. Esto obligó a utilizar los datos subyacentes a los libros de cuentas, a partir de los cuales se pudo registrar diversas muestras que reflejan la presencia en el claustro de niñas educandas, seglares adultas, criados e ingresos esporádicos. Examinando ampliamente los gastos, se obtuvieron datos importantes acerca del pago de piso, funerales, compromisos laborales, participación en fiestas religiosas y beneficios recibidos. Se cotejó dicha información con la normativa clariana y las visitas pastorales, con el objetivo de tener una visión integral de la vida cotidiana de estos sujetos, las dos caras de una misma experiencia: la norma y la práctica.

En la última etapa de la investigación, se logró identificar, describir y comprender las principales prácticas laborales desenvueltas en el Monasterio Antiguo durante el siglo XVIII, a través del contraste de múltiples fuentes escritas, orales, visuales y materiales.

Los oficios monásticos que debían desempeñar las monjas de velo negro y blanco en el interior de la clausura fueron estudiados comparando la normativa con la vida cotidiana. En el primer caso se analizó la Regla propia de Santa Clara, la Regla Urbanista y las Constituciones generales; mientras que en el segundo fue necesario usar las visitas pastorales y los libros de cuentas del archivo monástico. Específicamente para develar el perfil y las características de las abadesas, se ocuparon además los procesos de elección, los listados de profesiones y las renuncias de bienes temporales.