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Teo jamás quiso ser un héroe. Ahora, no tiene opción. Por negarse a sacrificar a una amiga semidiosa durante las Pruebas del Sol, los Obsidianos han sido liberados de su prisión celestial y todo en el reino es caos y destrucción. Con el mundo sumido en una noche perpetua, Teo, Aurelio y Niya viajarán al oscuro desierto de Los Restos, en una misión de rescate, decididos a recuperar la Piedra del Sol para restaurar el orden. Sin embargo, no solo tendrán que luchar con feroces monstruos inimaginables. Sino que, mientras el reloj hace tic-tac, el trío deberá lidiar con la culpa, el trauma, y... un romance floreciente que no deja de distraer a dos de los miembros de este improvisado equipo. El destino del mundo está en sus manos. ¿Podrán evitar que reine para siempre la oscuridad?
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Seitenzahl: 569
Veröffentlichungsjahr: 2024
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TEO JAMÁS QUISO SER UN HÉROE.
AHORA, NO TIENE OPCIÓN.
Por negarse a sacrificar a una semidiosa amiga durante las Pruebas del Sol, los Obsidianos han sido liberados de su prisión celestial y todo en el reino es caos y destrucción.
Con el mundo sumido en una noche perpetua, Teo, Aurelio y Niya viajarán al oscuro desierto de Los Restos, en una misión de rescate, y decididos a recuperar la Piedra del Sol para restaurar el orden. Sin embargo, no solo tendrán que luchar con feroces monstruos impensados. Sino que, mientras el reloj hace tic-tac, el trío deberá lidiar con la culpa, el trauma, y… un romance floreciente que no deja de distraer a dos de los miembros de este improvisado equipo.
EL DESTINO DEL MUNDO ESTÁ EN SUS MANOS.
¿PODRÁN EVITAR QUE REINE PARA SIEMPRE LA OSCURIDAD?
Es un autor best seller de The New York Times con una maestría en Escritura Creativa del Mills College.
Como queer, trans y latino, apoya y lucha por la representación diversa en todos los medios y contenido.
Sus talentos especiales incluyen: citar a The Office, terminar todas las oraciones diciendo “es mi FAVORITO” y matar arañas. Es notablemente malo para adivinar el final de libros y películas, y reconocido por ordenar por color su biblioteca.
MARÍA LAURA SACCARDO
(Traductora)
Traduce libros desde 2016. Mientras estudiaba traducción jurídica, una propuesta laboral hizo que se enamorara de la traducción literaria. Disfruta casi todos los géneros, pero si hay magia, ¡mucho mejor!
Cuando no está atrapada por una historia, está haciendo acrobacia en telas o probando deportes nuevos (asegura que en otra vida fue gimnasta olímpica). También le gusta cocinar, pintar y hacer manualidades. Es team verano y perros. Vive en Buenos Aires con su perrita adoptada.
A Alex Abraham, cuya voz, humor y genialidad están presentes en cada página. Este libro no existiría sin tu ayuda.
Y a Holly West y Emily Settle por hacer mis sueños realidad.
No todos los dioses fueron creados del mismo modo.
Primero, Sol moldeó a los Dorados, poderosos pero motivados por la vanidad.
Luego, Sol moldeó a los Jades, amables pero motivados por el deber.
En tercer lugar, Sol moldeó a los Obsidianos, astutos pero movidos por la crueldad.
Por último, Sol creó a los humanos, mortales pero capaces de sentir pasión y alegría infinitas.
Reino del Sol estaba colmado de amor y de luz.
Pero no duró.
Sol les encomendó a sus hijos celestiales cuidar de los mortales y ayudarlos a prosperar.
Y les entregó obsequios de estrellas caídas del cielo.
A un Jade en particular, digno de su confianza, le entregó el poder de la Buena Fortuna, la capacidad de alterar las mareas a su favor.
El Dios Suerte trabajó con Sol y con su amado Tierra
para moldear el mundo de los humanos.
Suerte le mostró a Agua dónde poner sus ríos.
Guio a las Estaciones en el sol y la lluvia para nutrir los granos.
Ayudó a Maíz a enseñarle a los mortales a sembrar y a usar el suelo que Tierra les brindó.
Creó un paraíso para los hijos mortales de Sol y todo estuvo bien.
Pero no duró.
La amargura de los Obsidianos creció en sus templos de rocas negras,
alimentada por el resentimiento hacia el favoritismo de Sol por los mortales y el desequilibrio en la repartición de obsequios celestiales.
Entonces, planearon esclavizar a los humanos a su cuidado,
robar a Sol del mundo y gobernar sobre el caos resultante.
Llamaron a grandes criaturas para sembrar terror en el mundo
que Suerte se había esforzado tanto por proteger.
Todo lo que había ayudado a construir quedó en ruinas.
Y así,
la Buena Fortuna
cayó.
Y un nuevo dios emergió de las cenizas.
Mala Suerte.
Una deidad hecha para defenderse,
Que luchó en batalla con los Dorados
y arrasó con las ciudades Obsidianas.
Cuando Sol dio la vida para atrapar a los dioses traidores en el cielo,
los Dorados y los Jades idearon un sistema para mantener encendidas las Piedras Solares.
Lo llamaron Las Pruebas del Sol.
Una oportunidad para que los hijos de los dioses demostraran su valor.
Pero no duró.
–¿No lo entiendes? No necesito tu ayuda, ¡no quiero que mesalves! ¡Soy un Obsidiano y esta es nuestra venganza!
Xio escupió sus últimas palabras antes de ser tragado por la nebulosa de oscuridad conjurada por Caos. La ráfaga de viento aullaba en sus oídos mientras descendía en una caída libre interminable. Se quedó sin aire en los pulmones y, por un momento, creyó que se sofocaría, pero luego fue como si alguien encendiera las luces. Aterrizó de espaldas en el suelo.
Tuvo un segundo para registrar el lugar –suelo de roca mojada contra la espalda de su camiseta, olor a musgo húmedo, el alivio de la frescura bajo tierra, el dolor en la mano derecha–, antes de que todo su alrededor estallara en movimientos.
Ocelo fue le primere en caer, con las garras apuntadas al rostro de Venganza. El dios alto con cabeza de cabra suspiró como si todo eso le pareciera muy aburrido y movió la muñeca para darle una bofetada de revés a le chique con tal fuerza que le mandó a volar.
Auristela gritó. A diferencia de Ocelo, ella se había tomado un momento para evaluar el entorno antes de ponerse en acción, lo que para Xio era de esperarse. Sus joyas doradas se encendieron cuando lanzó una llamarada hacia Venganza, Caos y Chupacabra desde atrás. Xio no pasó meses estudiando todos sus trucos para caer en eso.
–¡Cuidado! –exclamó poniéndose de pie, pero no fue necesario. Caos extendió una mano azul y extinguió el fuego de Auristela, que desapareció en una nube de humo. La chica rugió, y Xio podría haber jurado escuchar el eco de una risa detrás de la mortaja en el rostro de le diose. El ruedo de su túnica oscura colgaba sobre el suelo y su piel expuesta color azul noche danzaba con constelaciones en movimiento.
Xio se agachó, preparado para ser blanco de la rabia de los Dorados, pero ni siquiera parecieron notarlo.
Los semidioses dieron batalla con sus mejores ataques contra los tres dioses. Parecían fuera de lugar con sus atavíos ceremoniales, con los que se suponía que desfilarían por el opulento y glamuroso templo del Sol. En cambio, se encontraban en la oscuridad fría y húmeda.
Las espinas de Xochi estaban listas para perforar cualquier cosa que alcanzara con sus lianas. Marino usó sus disparos de agua a alta presión, poderosos como para atravesar madera, un ataque avanzado que usaba en tan raras ocasiones que Xio solo lo había visto en un video de TúTube. Atzi lanzó rayos, que no perdieron poder en absoluto por su vestido abultado. El impacto de los disparos, que acababan en las paredes al no dar en sus blancos, llenaba el lugar de crujidos ensordecedores.
Dezi, veloz como un colibrí, esquivaba a los demás en un intento de alcanzar a alguno de los dioses, pero era inútil. Eran desorganizados y torpes, frenéticos en lugar de calculados.
Xio se relajó; no corría ningún peligro.
Por una vez, los hijos Dorados de los dioses eran superados y, cielos, sí que era agradable de ver.
Xochi arremetió otra vez y, en esa ocasión, Xio soltó una risa que liberó sus nervios.
–¿De verdad? –preguntó–. Ríndanse antes de que…
PUM.
Una descarga eléctrica abrasadora contrajo todos sus músculos e inmovilizó sus piernas. Le dolía todo, desde la cabeza hasta los pies, la espalda y el trasero. Aunque le zumbaban los oídos y su cabeza palpitaba, tardó solo un instante en volver a mirar hacia arriba desde el suelo. Atzi, parada a su izquierda con una mirada satisfecha, le enseñó el dedo medio, justo antes de que Caos chasquera los dedos y le amarrara los brazos.
Xio, con las mejillas acaloradas, se puso de pie e intentó ignorar el cosquilleo en la piel, como si lo recorrieran cientos de hormigas. Tendría que haber mantenido la vista en Atzi, sabía de lo que era capaz. Miró a Venganza en busca de alguna señal de decepción, pero no la encontró; los Obsidianos parecían mayormente entretenidos por la defensa de los Dorados, pero él sabía que no podían bajar la guardia.
Había estudiado a los Dorados, conocía sus estrategias, sus ataques predilectos y, lo más importante, sus mejores ataques, los que reservaban para las situaciones más extremas. Por eso, al ver a Auristela, con la frente cubierta de sudor, moldear las llamas entre las manos hasta que cambiaron de anaranjado y rojo a blanco brillante, Xio advirtió a los Obsidianos.
–¡Cuidado!
La cabeza de cabra de Venganza giró para ver el ataque de Auristela con las pupilas horizontales. Logró esquivar el disparo, que voló hacia la pared y explotó con el impacto. El estallido de calor llegó a las mejillas de Xio y sacudió el suelo de piedra bajo sus pies.
–Guau –suspiró y miró con los ojos entornados el enorme agujero humeante en la roca–. Bola de fuego explosiva –murmuró para sí mismo y agregó el ataque a su base de datos mental de Héroes Dorados. No sabía que Auristela fuera capaz de realizarlo, deseaba tener su archivador para tomar notas.
–Creo que ya fue suficiente diversión –anunció Venganza al apagar el pelo chamuscado cerca de uno de sus cuernos.
De repente, algo grande atravesó el lugar, y lo siguiente que Xio vio fue a Auristela colgando en el aire, con las muñecas atrapadas en la garra de Chupacabra. La piel de la diosa estaba cubierta de pelaje, su cabeza era la de un lobo y caminaba sobre las patas traseras.
–Ese fue un buen truco, diosita –comentó con una risa escalofriante. Sus ojos, de pupilas rojas en medio de escleróticas de un amarillo venenoso, danzaban encantados.
Auristela flexionó los dedos, pero las llamas se apagaban sin importar cuántas chispas encendiera. Xio sabía que no podría generar fuego capaz de hace daño si no podía usar ambas manos con libertad, y los Obsidianos también lo sabían porque él se los había informado.
Sin embargo, eso no detuvo a Auristela. La semidiosa siguió resistiéndose con vigor, sacudiéndose, maldiciendo y lanzando patadas al aire. Mientras tanto, Chupacabra se limitaba a reírse, hasta que la chica le asestó una parada en las costillas. Entonces, le jaló el cabello hacia atrás, con lo que Auristela soltó un grito adolorido.
Ocelo rugió y arremetió contra Chupacabra con los músculos hinchados, los colmillos afilados y las garras desenfundadas. En un movimiento demasiado veloz para los ojos de Xio, apareció una daga de obsidiana en la mano de Chupacabra, presionada contra la garganta de Auristela.
–Tranquilo, gatito –advirtió la diosa, con una sonrisa macabra en el rostro lobuno.
Ocelo se detuvo de golpe. Auristela dejó de sacudirse. Los demás se quedaron helados. Y el lugar se cubrió de silencio.
El rugido de Ocelo flaqueó y sus pupilas rasgadas se pasearon con temor entre Chupacabra y Auristela, mientras que el filo brillante de la daga negra presionaba el cuello de la chica.
–Un movimiento en falso y esto cortará la garganta de esta linda semidiosa como mantequilla –advirtió Chupacabra con voz cantarina–. Tu pequeño poder de sanación no servirá de mucho contra una hoja de obsidiana pura, ¿cierto? –preguntó con la mirada en Xio.
La oleada de adrenalina se despejó y, de repente, Xio recordó haberse cortado la palma con la daga ceremonial. Entonces, se miró la mano: tenía un corte limpio, del que brotaba sangre negra como lágrimas de un ojo. Aún no mostraba señales de que fuera a sanar, pero él no se recuperaba tan rápido como otros semidioses y que la hoja fuera de obsidiana tampoco ayudaba. La sangre corrió por sus dedos y goteó sobre el suelo de piedra sucio.
Los Dorados lo observaban horrorizados y confundidos.
Xio escondió la mano en su espalda por instinto.
Auristela fulminaba a Chupacabra con la mirada como si pudiera hacerla arder con el poder de su mente.
–Te convertiré en una pila de huesos quemados antes de que lo intentes –rugió entre dientes.
Chupacabra soltó otra risa feroz y aterradora, se acercó al rostro de la chica y extendió la lengua larga para lamerse la saliva del hocico.
–¿Quieres apostar? –Con la más mínima presión, la hoja hizo brotar un hilo de sangre dorada por el cuello de Auristela.
La semidiosa se quedó rígida, pero sus ojos ardían con violencia, al tiempo que sus amigos le suplicaban a Chupacabra que se detuviera.
El corazón de Xio subió a su garganta con los gritos de los otros semidioses. ¿A quién le importa lo que le pase? Es una Dorada. Es La Dorada, su alteza real Auristela, orgullo del Reino del Sol y todos sus dioses corruptos. Matar Dorados siempre fue parte del plan.
“No puedes tener una rebelión sin cortar algunos pescuezos”, le había dicho Venganza durante las Pruebas, a través de su medio de comunicación secreto: la piedra en el brazalete azabache de Xio. Venganza había sido su único aliado durante las Pruebas, la única persona que se había interesado por lo que le pasara a ese chico de trece años sin poder ni categoría, al que todos los demás veían como el sacrificio obvio.
Bueno, no todos, pero él no tenía tiempo para pensar en eso.
–De acuerdo, vamos a tranquilizarnos. No hay necesidad de todo esto.
Xio se sintió aliviado cuando Venganza intervino, pues estar cerca de Chupacabra era como ser acechado por un depredador. Debía estar siempre en guardia, temeroso de ser atacado. La diosa era violenta e impredecible, pero su padre era sensato.
–Sean obedientes y no habrá necesidad de sucesos desagradables –dijo con tranquilidad al mirar a los semidioses de a uno a la vez.
Marino lo tradujo en señas para Dezi, mientras que los demás Dorados intercambiaban miradas inquietas. A excepción de Auristela, que seguía en un duelo de miradas con Chupacabra.
Xio elevó el mentón, se acercó a su padre y extendió su mano sobre la palma enorme del dios.
–Caos, si no te importa –dijo Venganza.
Con un chasquido, apareció una tela de color violeta azulado oscuro, con trazos de estrellas plateadas ondulantes. Venganza envolvió la mano de Xio con cuidado y la cerró con un nudo. Era como tener el cielo nocturno en la mano, como si pudiera alcanzar las estrellas a través de la tela.
–Dejará una cicatriz, sin dudas, pero al menos sanará con el tiempo –dijo el dios con una sonrisa.
Xio se esforzó por corresponderlo e ignorar su pulso acelerado; ese era su padre, no alguien a quien temer. Solo tenía que acostumbrarse a Venganza, con su cabeza de cabra, dientes afilados y la energía vengativa que emanaba de él. Pero, aunque parecía tranquilo y bajo control, Xio percibía el poder que mantenía contenido bajo la superficie.
–Lo has hecho muy bien –le dijo Venganza con honestidad y una mano en el pecho, que luego llevó al hombro de Xio–. Me enorgullece llamarte hijo.
Xio soltó una exhalación temblorosa, pues las palabras de aliento fueron tan impactantes que casi le aflojan las rodillas. Miró a su padre con el pecho inflado y ni siquiera parpadeó cuando las uñas de Venganza le presionaron el hombro.
–¿Qué? –rugió Auristela.
Los Dorados miraron a Xio con una mezcla de confusión, traición y miedo.
Xio los miró, regocijándose en sus expresiones. Por una vez, estaban tomándolo en serio.
Por una vez, las personas le temían a él.
Excepto Dezi. Después de que Marino le tradujera lo que sucedía –sin apartar la vista de Xio–, Dezi se había enfocado en él, con el ceño fruncido y las facciones suaves. Lo miraba a los ojos con tristeza en la mirada, no por él mismo, sino por Xio.
Y Xio odió esa mirada.
–Tenemos que asegurar a los prisioneros antes de que intenten algo –advirtió tras apartar la mirada de la lástima de Dezi.
Auristela volvió a sacudirse en las garras de Chupacabra, con lo que se provocó otro corte, pero no pareció importarle. Toda su rabia apuntaba a Xio.
–Cuando te ponga las manos encima, derretiré tus ojos dentro de tu cráneo –rugió con llamas amenazantes en la mirada.
Xio retrocedió e impactó contra Venganza.
–Caos –dijo el dios con amabilidad sobre los rugidos de Auristela.
Con otro chasquido, la boca de la chica se cerró. Aunque movía y tensaba la mandíbula, era como si tuviera los labios pegados con pegamento.
Xio se forzó a relajar los músculos del rostro cuando Chupacabra aulló una carcajada. No tenía miedo. Ni siquiera estaba enfadado como esa princesita inflamable, estaba más allá de eso. Tampoco pondría excusas, eso era lo mejor que podía hacer. Era tranquilo; poderoso. Estaba en su elemento. Estaba en casa.
Cuando abrió los ojos, se encontró con la mirada intensa de Atzi y sus lindos labios fruncidos con disgusto. Él también la fulminó con la mirada.
–Creo que es suficiente por ahora –anunció Venganza hacia Caos y Chupacabra.
Chupacabra bajó la daga, con lo que todos parecieron relajarse un poco.
–Junior tiene razón –murmuró Chupacabra y arrastró a Auristela consigo para darle una palmada condescendiente a Xio en la cabeza. El chico resistió el impulso de morderle la mano y tuvo que esquivar una patada de Auristela. Luego, Chupacabra la alejó.
–Dejemos que nuestros invitados se pongan un poco más cómodos –le dijo Venganza a Caos.
Le diose chasqueó los dedos, y los brazaletes dorados, mangas y anillos cayeron de los trajes de los semidioses, apilados en el suelo. El propio pectoral jade y dorado de Xio colgó pesado de su cuello.
–¡Oye! –Atzi intentó recuperar el gran colgante de Tormentoso que cayó de su cuello, pero fue demasiado lenta. Todas las joyas cayeron a los pies de Caos, incluso el colgante de dientes de jaguar de Ocelo y las conchas pulidas de Marino.
Unas manos invisibles arrancaron las flores del vestido de Xochi y la dejaron aferrando la falda negra harapienta con lágrimas en los ojos. Y luego estaba Auristela, que se veía extrañamente sencilla sin todas las joyas brillantes que siempre la adornaban.
–¡Suéltame! –rugió.
–¿Puedes hacer algo con esto? –Chupacabra se dirigió a Caos y levantó a Auristela de las muñecas, mientras ella seguía sacudiéndose.
Un chasquido y Auristela languideció.
–¡NO! –lamentó Ocelo, mientras que los demás miraban horrorizados el cuerpo inmóvil que colgaba de las manos de Chupacabra.
–¡ALTO! –exigió la voz de Venganza, que resonó por las paredes y reverberó por la columna de Xio. Los Dorados se quedaron atónitos. Venganza carraspeó y exhibió una sonrisa agradable–. Su amiga está bien, solo está dormida –les aseguró a los semidioses.
Eso era verdad. Xio podía ver el movimiento en el pecho de la chica.
Todos los Dorados comenzaron a lanzar preguntas a la vez, con gestos descontrolados.
–¿Qué han hecho? –exigió Xochi en un intento por parecer audaz.
–¿Qué está pasando ahí afuera? –preguntó Atzi.
–¿Qué quieren de nosotros? –La desesperación era evidente en la voz de Marino.
Dezi estaba en guardia, mirando todo con atención, y Xio podía ver cómo los engranajes de su cabeza giraban para idear un plan, que no era bueno.
–¿Qué eran esas cosas que cayeron del cielo?
–¿Dónde están nuestros padres?
–¿Dónde estamos nosotros?
–¿Qué son ustedes? –exigió Ocelo disgustade, con la mirada en la sangre negra en la mano de Xio.
El chico se tensó y lo fulminó con la mirada, pero fue incapaz de alzar la voz.
Venganza levantó la mano, y los semidioses dejaron de hablar de inmediato; en esa ocasión, no fue uno de los trucos de Caos. Venganza sonrió ante su obediencia.
–Solo hemos hecho lo que Sol nos ha forzado a hacer. Estábamos aquí durante la creación del mundo. Pertenecemos a Reino del Sol, igual que todos los dioses, semidioses y humanos –explicó–. Pero no podíamos regresar con la mirada vigilante de Sol. Para que pudiéramos volver a casa, teníamos que extinguir la luz, así que hemos tenido que poner fin a ese ritual irritante que celebraban.
»En lugar de ese suculento sacrificio dorado que debía recargar las Piedras Solares y mantenernos encarcelados durante otra década, alimentamos a la tierra con la rica sangre obsidiana de mi hijo. –Giró para dedicarle una sonrisa al chico–. Sin Sol de por medio, Xio pudo convocarnos para que volviéramos a casa. Esas cosas –agregó enfatizando la palabra con disgusto–, eran Celestiales.
Los Dorados comenzaron a murmurar entre sí.
–No tienen nada que temer –rio Venganza–. Son nuestras creaciones –explicó, señalándose a sí mismo, a Caos y a Chupacabra–. Estoy seguro de que sus padres les han dicho que eran monstruos, pero son más como mascotas. Son muy obedientes.
Xio sonrió con suficiencia, porque Venganza estaba minimizando lo peligrosos que eran los Celestiales en realidad. Y, al parecer, los semidioses estaban tan desesperados como para creérselo.
–El cosmos es un lugar oscuro, frío y terrible –continuó Venganza–. Ellos fueron exiliados junto con nosotros, no podíamos abandonarlos allí. –Señaló alrededor con la mano sin elegancia–. Por fin tienen el tiempo necesario para estirar las piernas.
–¿En verdad creen que nuestros padres los dejarán salirse con la suya? –preguntó Atzi con sarcasmo mientras lo miraba con odio. Xio no podía decidir si era audaz o tonta. De cualquier manera, lo seguro era que buscaba la muerte.
Los labios de cabra de Venganza se estiraron en una sonrisa.
–No, por eso les robamos a sus hijos favoritos como garantía.
Chupacabra aulló una risotada.
–Vamos, ¿las Pruebas del Sol? ¿De verdad? ¿Por qué no poner a sus niños más especiales y talentosos en un campo abierto con un letrero que diga “¡Secuéstrennos!”? Los Dorados siempre han sido tan arrogantes. –Volvió a reír, pero Xio percibió la rabia apenas contenida que desfiguraba su rostro de loba.
–No todos éramos Dorados –arriesgó Marino.
–Obviamente. –Venganza miró a Xio.
–No me refería a él –repuso Marino, luego tomó aire e hinchó el pecho con actitud desafiante–. El Portador del Sol de este año es un Jade.
Xio sintió una punzada en el pecho, pero tuvo el efecto contrario para los Dorados.
–¡Teo! –Exclamó Xochi como si acabara de percatarse de que él no estaba allí.
–Es verdad, y nadie lo vio venir –agregó Atzi, como si fuera alguna clase de amenaza.
–Ni siquiera los dioses –gruñó Ocelo, y Dezi asintió con fervor.
–Eso es verdad, tampoco nosotros lo vimos venir –admitió Venganza–. Pero no es una complicación. De hecho, ha facilitado mucho las cosas para nuestro querido Xio. Hubiera sido mucho más difícil arruinar la ceremonia de cierre siendo apenas un espectador –agregó y se echó a reír–. Sol no solo lo puso en las Pruebas, sino que el hijo de Quetzal hizo el trabajo duro de evitar el sacrificio. Fue demasiado fácil.
Luego, levantó la Piedra Solar. Sin luz, el cráneo dorado de Sol era apenas visible a través del cristal opaco.
–Los dioses y Héroes estarán muy ocupados con los Celestiales, y las Piedras Solares que protegen las ciudades se apagarán en cuestión de días –continuó–. Sin esto, será imposible que los Dorados nos detengan –afirmó girando la Piedra entre los dedos–. Reconstruiremos Reino del Sol como se suponía que fuera: sin dioses que sirvan a los humanos, sino humanos que sirvan a los dioses. Solo tenemos que esperar –concluyó con una sonrisa.
Xio no se sorprendió cuando los Dorados entraron en pánico y comenzaron a discutir, pero sí fue vergonzoso de ver.
–Como ya les he dicho –siguió Venganza en un tono pausado que resonó sobre las voces de los demás–. Si cooperan y hacen lo que se les dice, no saldrán lastimados.
Todos giraron a Dezi, que comenzó a hablar en señas. Mala Suerte siempre le había dado importancia a aprender lenguajes inclusivos, así que Xio comprendió “ave” y “hermano” antes de que Venganza interrumpiera, su estómago se sacudió.
–No, no –dijo el dios, agitando un dedo frente a Dezi–. Nada de eso.
Dezi dio un salto cuando unas cuerdas le amarraron las muñecas y miró a Venganza con incredulidad.
–¡No hagas eso! –exclamó Marino, con más agallas de las que Xio había visto desde su llegada a Los Restos, y dijo palabras de aliento para Dezi con movimientos frenéticos de las manos.
Venganza alzó una ceja al verlo y, luego, las muñecas de todos los Dorados fueron restringidas.
–¡No podemos comunicarnos con él sin las manos! –Xochi estaba pasmada.
–¿Tienes idea de lo difícil que es leer labios, bastardo? –rugió Ocelo, al tiempo que sacudía todo el cuerpo para intentar liberarse.
–Aaah –murmuró Chupacabra–. ¡Ve que listos que son, Venganza!
–Conozco muy bien los trucos de los que son capaces los retoños de Amor –coincidió Venganza–. Creo que lo mejor para todos es eliminar cualquier posibilidad de problemas.
Xio tuvo que apartar la vista de los ojos suplicantes de Dezi; sí, eso era cruel, pero confiaba en que Venganza tenía sus razones. Nunca le había mentido, nunca le había hecho creer que debía ser alguien que nunca podría ser.
De repente, un escalofrío le recorrió la espalda cuando una risa incorpórea llenó el lugar, seguida por la aparición de Caos en una ráfaga de humo color índigo entre los otros dos Obsidianos.
–¿Sigues dolido por ese asuntito con Amor, Venganza? –preguntó en su forma extraña de hablar, como si muchas voces hablaran a la vez e hicieran eco por un corredor extenso–. ¿Cuánto tiempo pasó, unos miles de años?
Chupacabra se sacudió de la risa, pero una sola mirada de Venganza la silenció. Xio no pasó por alto la forma en la que ella y Caos se alejaban de su padre; los tres eran aterradores a su manera, pero Chupacabra y Caos sabían quién era su líder. Venganza inspiraba respeto y una cuota saludable de miedo.
Eso era lo que Xio quería.
Miró hacia atrás, a los Dorados de manos amarradas. Xochi tenía los ojos llenos de lágrimas de rabia, y Marino se encontraba entre Dezi y los Obsidianos, a pesar de la tensión notoria en los músculos de su cuello. Atzi y Ocelo por poco echaban humo por las orejas.
–Caos, ¿puedes alistar el alojamiento para nuestros invitados? –preguntó Venganza.
La piel sin facciones de Caos se movió y se extendió para formar algo que debió ser una sonrisa. Luego, unos tentáculos de humo color índigo brotaron de su túnica y desaparecieron por el suelo.
–Vamos –ordenó Venganza y avanzó por el corredor.
Los Dorados intercambiaron miradas, como si no supieran qué hacer. Xio se preguntó si tendría que ver con el hecho de que Auristela no estaba allí para liderarlos, ya que estaba inconsciente en las garras de Chupacabra. La diosa entró en acción y comenzó a rodear a los semidioses como un perro pastor de ovejas. O, mejor dicho, como un lobo que acecha a su presa. Si alguien se quedaba atrás, estaba ahí para mostrar los dientes hasta que se uniera a los demás, y todo con Auristela colgando inerte sobre sus hombros.
–Mira lo que fue de tu templo, Venganza –rugió Chupacabra, con la nariz arrugada y los labios retraídos con disgusto–. Es una desgracia.
El templo en ruinas era un laberinto de rocas partidas, de vegetación en descomposición, interrumpida por escombros de estructuras colapsadas. Los suelos estaban rajados, irregulares y penetrados por raíces de árboles audaces. Goteaba agua desde el follaje de los helechos sobrecrecidos en los agujeros del techo. Los muros con tallados intrincados estaban raídos, cubiertos de musgo y de moho.
–Ha estado abandonado apenas unos cuantos miles de años –le recordó Venganza.
El sonido de sus pasos sobre la roca fría y mojada resonaba por el espacio vacío. Colgaban telarañas –y cosas peores que Xio intentaba no ver– de los marcos de las puertas, y una capa de mugre teñía todo el templo en una gama de grises sosos y apagados.
Xio recordaba la primera vez que había encontrado ese lugar, el día en el que todo había cambiado, en el que había conocido la verdad sobre su origen, una muy diferente a las mentiras que le había dicho Mala Suerte.
No recordaba la primera vez que había huido –lo había hecho demasiadas veces–. Lo que sí recordaba era que, para cuando se había sentido lo suficientemente culpable como para volver, nadie había notado su ausencia aún. El templo de Mala Suerte estaba demasiado lleno y activo como para que notaran a un solo niño desaparecido. Entonces, escapar se había convertido en el pasatiempo predilecto de Xio; durante unas horas o incluso un par de días, se alejaba de las personas para no sentir las miradas ni estar siempre en alerta.
En principio, los sacerdotes entraban en pánico y llamaban a su padre –quien siempre podía encontrarlo–, pero luego comenzó a suceder con tanta frecuencia que lo etiquetaron como algo esperable, que tarde o temprano volvería, y lo dejaron correr.
Con cada aventura, se acercaba más y más a los límites de la ciudad, donde se encontraba Los Restos. Un día, llegó hasta una jungla que, cada vez que se acercaba, hacía que su piel zumbara con electricidad.
Todos advertían de los peligros de Los Restos, territorio de Obsidianos que, según decían, estaba maldito y lleno de monstruos sedientos de sangre. A veces escuchaba movimiento y veía ojos brillantes en las sombras, pero ninguna de las criaturas de Los Restos se metía con él.
Quizás eso debió haber sido un indicio.
Aún entonces, un año después, sentía el horror que había experimentado cuando le bajó su primer período y vio ríos de sangre negra corriendo por sus piernas hacia el desagüe de la ducha. En pánico, había intentado limpiarla y hacer que se detuviera rápido, antes de que alguien la viera, pero por supuesto que Renata lo había escuchado llorar del otro lado de la puerta y había corrido a buscar a su padre de inmediato. Cuando Mala Suerte se percató de lo que estaba pasando, le ordenó al grupo de hermanos y sacerdotes curiosos que se largaran y cerró la puerta tras él. Xio, tembloroso, aferraba la toalla, mientras que corrían lágrimas por su rostro. Mala Suerte ya no podía mentirle, pues la verdad estaba derramada sobre las cerámicas blancas del baño.
El dios que creía su padre lo llevó al observatorio en la cima del templo y, mientras caminaban lento por la habitación, le reveló la verdadera historia de la guerra entre dioses: después de que Sol desterrara a los Obsidianos, Dorados y Jades se aseguraron de que ningún Obsidiano pudiera volver a amenazar Reino del Sol. Pero no había sido suficiente con desterrar a los dioses, también tenían que eliminar a su descendencia.
La madre de Xio había muerto poco después de darlo a luz, pero no había sido por mala suerte, sino que había sido masacrada por los dioses que habían reducido las ciudades Obsidiana a cenizas en busca de hijos de Venganza, Caos y Chupacabra. Mala Suerte había sido parte de eso, ni siquiera intentó negarlo.
Miles de años después, relató su padre, algo seguía atrayéndolo hacia Los Restos. Justo después de las últimas Pruebas, cuando debía estar preparándose para que llegara el nuevo Portador a recargar la Piedra Solar de Ciudad Afortunada, había ido a Los Restos. Allí, había encontrado los restos del templo de Venganza, reducido a una pila de escombros, pero también se había topado con algo extraño. Entre las ruinas, había encontrado un gran orbe de obsidiana, cubierto por siglos de polvo, mugre y musgo. Cuando lo había tocado, el orbe se había abierto y revelado a un niñito que dormía envuelto en mantas suaves, ileso. Fue entonces cuando comenzaron las mentiras.
Mala Suerte intentó explicarlo, pero Xio no podía escucharlo.
–¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo es posible que exista? –exigió.
–Sol así lo quiso –fue todo lo que dijo Suerte.
Xio aún creía que había sido una respuesta estúpida.
Esa noche en la cena, sus hermanos fueron amables con él, porque creían que estaba sufriendo disforia por haber tenido su primer período –había cambiado sus pronombres hacía pocos meses y ellos querían ayudar–, pero su empatía solo lo hacía sentirse peor. Tal vez, si fuera quién siempre creyó que era, la disforia hubiera sido el mayor de sus problemas. En cambio, estaba procesando el hecho de que toda su vida había sido una mentira. Que él era uno de los monstruos que protagonizaban las historias de campamento para niños.
Siempre había sentido que había algo mal en él.
Mala Suerte siempre lo había sabido.
El dios le había hecho jurar que no le diría a nadie la verdad sobre su origen, pues los Dorados lo matarían, sin dudas. Y Xio solo había podido mirar a su supuesto padre sin decir nada.
Esa noche, cuando escapó, no tenía intenciones de volver. Fue a Los Restos, en busca del templo de Venganza. Parecía haber una voz llamándolo a través de la jungla, que lo llevó hasta las ruinas de su ciudad natal, donde el templo de Venganza esperaba, y allí encontró el glifo gigante destruido sobre el altar.
Fue entonces cuando Venganza lo encontró.
Habló con él a través del glifo, le contó lo que había pasado con su pueblo, que había sido atacado y cazado solo por el color de su sangre. Le advirtió sobre los Dorados y le prometió un futuro en el que tendría una familia, a su verdadera familia.
Solo se necesitaba un poco de mala suerte.
Xio se quedó atrás por estar perdido en sus pensamientos, hasta que se encontró caminando junto a los semidioses capturados. No tenía el valor de mirarlos, pero cuando una rata se les cruzó por el camino y escuchó a Ocelo rugir disgustade, no pudo evitar sonreír con desprecio.
A Niya le hubiera encantado burlarse del felino cabeza de chorlito por eso. Basta, de advirtió en su mente. No debía pensar en Niya ni en Teo ni en todo el tiempo que habían compartido durante las Pruebas. Su amistad había sido una farsa, parte del plan de Xio, y si la había disfrutado, estaba en el pasado.
Además, Niya, Teo y Aurelio habían logrado escapar de la trampa, de seguro ya estaban trabajando con los Dorados para organizar un ataque a los Obsidianos. Esa era una guerra, y ellos estaban del bando equivocado. Xio no podía perder el tiempo pensando en los insignificantes Dorados y Jade.
El grupo llegó a una arcada que daba paso al descanso de una larga escalera en espiral, que subía más allá de la vista y descendía hasta desaparecer en la oscuridad. Chupacabra por poco saltó hacia la mazmorra, con el cuerpo de Auristela colgado en el hombro.
Al pie de la escalera desvencijada, los esperaba una arcada de piedras, abierta como la boca de una bestia. Y, más allá, todo era oscuridad. Xio entornó los ojos para intentar distinguir algo, pero era imposible.
–Ah, por fin. Aquí estamos –celebró Venganza, y su voz reverberó en el vacío cavernario–. Caos, ¿te importa?
Xio vio cómo los Dorados palidecían. Dezi los miraba a todos con desesperación, pero no podían mover las manos para hacerle señas.
Zaz.
Un chasquido, y los seis desaparecieron en nubes de humo.
–¿A dónde fueron? –preguntó Xio, mirando alrededor.
Venganza soltó una risotada y le apoyó una mano enorme en la espalda.
–Ven, déjame mostrarte –le dijo con empujón alentador.
Xio volvió a mirar la arcada; no había bajado tanto durante sus excursiones. Allí abajo, el aire frío y mohoso le acariciaba la piel y cargaba el hedor a humedad y podredumbre. Y sonidos extraños hacían eco por la oscuridad.
Xio se forzó a seguir adelante.
En la larga lista de metidas de pata de Teo, haber desatado el apocalipsis por accidente debía estar a la cabeza.
La Piedra Solar estaba destruida, Luna estaba muerta, y el sol –el sol del cielo– había desaparecido. La había cagado tanto que los jóvenes Dorados más fuertes del Reino del Sol habían caído en manos de los Obsidianos que, hasta entonces, habían estado encerrados en las estrellas. Y todo porque él no podía seguir las reglas.
A pesar de todo, Teo sabía que, si pudiera volver atrás y hacerlo todo de nuevo, volvería a rehusarse a matar a Auristela. Cielos, incluso había intentado salvar a Xio de caer.
A Xio, hijo de Venganza.
En su interior se libraba una batalla entre vergüenza, traición y jaqueca, que le colmaban el pecho. ¿Cómo no lo había visto? Todos los momentos que había pasado con Niya y con Xio –hablando de que eran los relegados que debían mantenerse unidos, riendo en el desayuno, revisando la colección ñoña de tarjetas de Xio para memorizar las estadísticas de los competidores– se reprodujeron en su mente. Había notado que algo andaba mal antes del final de las Pruebas, pero nunca había imaginado que Xio estaba detrás de todo eso.
Había visto a Niya y a Auristela luchando en la arena de la jungla. A Ocelo intentando descolocarlo a cada instante. Y a Auristela, justo antes de que arruinara la prueba final que le había costado la vida. Los ojos de todos se habían puesto negros en esos momentos. Todos habían actuado muy furiosos, muy… vengativos.
Teo pensó en la historia que Xio le había contado sobre las niñas de su clase que habían contraído piojos después de haberse burlado de él por su cabello. “Mala suerte”, había dicho.
No. Venganza. Todo este tiempo, Xio estuvo planeando la venganza de los Obsidianos, razonó. ¿Cómo no lo había visto?
Y todo Reino del Sol estaba pagando por sus errores.
Pero todavía tenían una oportunidad. Lo único que tenía que hacer era escabullirse en Los Restos, colarse en el templo de Venganza, recuperar la Piedra Solar y reunir a los dioses para revivir a Sol.
¿Qué podía salir mal?
Teo se cambió el traje ceremonial, sucio y harapiento, y abandonó la capa emplumada y la corona de Portador del Sol en su habitación. Cuando volvió a ponerse el uniforme diseñado por la Academia, no pudo evitar sentir que estaba por empezar las Pruebas otra vez.
Huemac y los sacerdotes Sol les llevaron mochilas cargadas con los suministros esenciales a Teo, a Niya y a Aurelio. Teo envolvió la vela usada de Fantasma con cuidado en la manga de una chaqueta, pero no se le ocurría un lugar seguro para la pluma iridiscente que su madre se había arrancado del cabello. Convocar a los dioses cuando hubieran terminado era una parte vital para el éxito de la misión, así que debía tenerla cerca, al alcance.
Al verlo en ese dilema, Niya fue al rescate: usó un poco de oro de su brazalete para para crear un arete añadiendo una pequeña cadena de oro al cálamo. La pluma le hizo cosquillas a Teo en el cuello cuando se puso el arete.
Aurelio tenía el vial del Elixir de Encanto colgando del cuello con un cordel de cuero y el Decantador de Agua Infinita en un bolsillo lateral, pero Teo notó que había guardado la Diadema de Fuego en las profundidades de su bolso mientras empacaba. Por su parte, Niya seguía usando el Anillo Escudo y la Espada Inquebrantable en la mano. Teo supo que estaba procesando la situación cuando no hizo ni una broma al empacar la Bolsa de Vientos de Tormentoso y la Gema de Regeneración de Primavera.
Él se esforzó por colgarse su mochila, mientras que Niya y Aurelio levantaron las suyas como si no pesaran nada. Cuando iba a la escuela, siempre tenía las alas fajadas y podía usar mochilas normales, aunque con algo de incomodidad, pero al tenerlas libres, necesitaba una mochila especial. Por fortuna, los sacerdotes Sol le habían hecho una para las Pruebas que no había usado. Tenía forma de pera, que se acomodaba por debajo de sus omóplatos y alas y, además de las correas para los hombros, tenía una extra que cruzaba el pecho para asegurarla mientras volara, y todas tenían hebillas de apertura rápida.
Teo, Niya y Aurelio siguieron a Huemac por los escalones rotos del Templo del Sol, con antorchas para iluminar la noche perpetua.
–Tienen dos semanas antes de que las Piedras Solares se apaguen y dejen a las ciudades totalmente indefensas –dijo el sacerdote mientras los guiaba por las calles de Ciudad del Sol con una agilidad sorprendente–. Sin las Piedras Solares, no tendremos cómo resucitar a Sol y devolver a los Obsidianos a las estrellas –explicó, como si Teo pudiera olvidarlo.
–O lo logramos o Reino del Sol será consumido por Monstruos Celestiales y convertido en escombros junto con todos sus habitantes –enfatizó Niya en un intento fallido de sonar confiada.
En otras circunstancias, Teo tendría que haber estado reteniendo a Niya para que no fuera detrás de los Obsidianos en busca de venganza, pero la chica no dejaba de mirar el cielo nocturno como si estuviera… perdida.
–Sin presiones ni nada –comentó Teo al acelerar para seguirle el ritmo a Huemac, desesperado por descifrar lo que estaba pensando. No podía ver a través de él; desde la ceremonia, el sacerdote había entrado en modo de emergencia: concentrado, apresurado y con una expresión sombría difícil de interpretar. Su intensidad cortés estaba inquietando a Teo, pues no sabía si Huemac estaba enfadado con él, si lo culpaba por haber arruinado todo.
Si pensaba que Teo había tomado la peor decisión.
Aurelio estaba más callado de lo habitual, lo cual era decir demasiado para él. No le había dicho ni una palabra a Teo desde que los habían enviado de prisa a sus habitaciones para cambiarse. El ceño en su rostro apuesto había adoptado una arruga permanente, que también tensaba su mandíbula mientras repiqueteaba los dedos contra uno de sus brazaletes de oro.
–Tomen la trajinera –indicó Huemac cuando llegaron al muelle. Todas las demás embarcaciones se habían ido hacía tiempo, y solo quedaba una trajinera de Ciudad del Sol de color blanco y dorado, que ondeaba silenciosa en las aguas oscuras. Desde más allá de la protección de los círculos montañosos que rodeaban al Templo de Sol, resonaban gritos y sirenas distantes.
Los dioses habían entrado en acción de inmediato y habían vuelto a sus ciudades para proteger a su gente, seguidos por sus hijos y sacerdotes. Todos parecían saber bien lo que debían hacer, pero Teo se sentía como un niño perdido en un festival callejero.
–Solo tardamos alrededor de medio día en llegar a Los Restos para la quinta prueba –comentó Niya antes de mirar a Teo con ojos amplios y esperanzados–. Así que debería ser fácil, ¿no?
A Teo le impactó descubrir que ella esperaba su respuesta. Esa era su misión.
–Más –dijo Aurelio por fin, con voz tensa, como si cada palabra requiriera un gran esfuerzo–. La quinta prueba fue en las afueras de Los Restos, pero el templo de Venganza está en el centro de la ciudad.
–Tiene razón –afirmó Huemac–. Será un viaje más largo, y las trajineras no son famosas por su velocidad, en especial sin un hijo de Agua en la proa. Tendrán que usar los ríos y canales menores para llegar. No será fácil navegarlos.
De repente, Teo tuvo una idea.
–Primero tenemos que encontrar a Mala Suerte.
Huemac, Niya y Aurelio lo miraron a la vez. Él intentó tragar, pero su garganta estaba seca.
–Tenemos que saber qué demonios pasó con Xio –explicó–. Es imposible que Suerte haya criado a Xio sin conocer su verdadera identidad, pero escapó en cuanto aparecieron los Obsidianos. Si queremos detenerlos y recuperarlos a todos, Mala Suerte tiene que responder algunas preguntas.
–El cobarde de seguro corrió a casa con la cola entre las patas –sentenció Niya.
Se oyó un estallido distante y el suelo se agitó bajo sus pies.
–No hay tiempo que perder –advirtió Huemac–. Dense prisa.
Era hora de despedirse, pero Teo no estaba listo. Niya y Aurelio se adelantaron, él permaneció en el muelle, con el corazón agitado.
Cuando Huemac lo vio, lo miró a los ojos con expresión intrigada.
–¡Lo siento! –soltó el chico, agitando las manos y las alas con nerviosismo–. Por… por… –Señaló alrededor. Por lo que fuera. Por todo.
Pero una risa repentina brotó del pecho de Huemac y lo tomó por sorpresa. Luego, el anciano suspiró, dejó caer los hombros y negó con la cabeza.
–Teo, Hijo de Quetzal –anunció con las manos cálidas y callosas en los brazos de Teo–. Nunca había estado más orgulloso de ti. –Sonrió, con lo que las arrugas rodearon sus ojos oscuros brillantes.
Teo se quedó helado mientras él lo envolvía en un abrazo; tardó un momento en recuperarse de la conmoción y corresponder a Huemac, con brazos y alas. El alivio de que el hombre no estuviera enfadado con él –de que estuviera orgulloso– le aflojó las rodillas.
–Ahora, ve a terminar lo que empezaste –agregó Huemac tras aclararse la garganta–. Estaré aquí cuando regreses.
–No te decepcionaré. –Teo asintió con fervor y los ojos rojos.
–Lo sé. –Huemac sonrió y, con eso, el sumo sacerdote de Quetzal volvió hacia el Templo del Sol y desapareció entre las sombras.
Después de controlar sus emociones y secarse la nariz, Teo volteó hacia sus amigos que lo esperaban.
–Así que, será en bote.
–No me importa cómo lleguemos, ¡solo quiero llegar! –exclamó Niya–. Patearé el diminuto trasero de Xio.
–Tenemos que tener cuidado en el camino –señaló Aurelio–. Cuanto más nos acerquemos a las ciudades, más monstruos encontraremos.
–No puedo esperar para ponerle las manos encima a ese maldito idiota –rugió Niya para sí misma, blandiendo la espada con ambas manos.
–Y también cuanto más nos acerquemos a Los Restos –sugirió Teo.
–Lo tomaré de…
–Si evitamos las zonas más pobladas, tendremos menos obstáculos y podremos avanzar más rápido –confirmó Aurelio, aunque no sonaba feliz al respecto. Obviamente, no le gustaba la idea de evitar a las personas que necesitaban ayuda.
–Lo sacudiré… –Niya seguía representando sus planes en segundo plano.
–Podemos tomar los canales hasta acercarnos lo más posible a Afortunada, encontrar a Mala Suerte y luego dirigirnos a Los Restos –sugirió Aurelio y miró a Teo en busca de su confirmación.
–Hasta arrancarle su estúpida cabeza…
–¿Y qué hay de dormir, de descansar un poco? –le preguntó Teo, desesperado.
–¡Yo estoy bien! –afirmó Niya–. Puedo aguantar un día más, al menos.
–¿Qué? –Teo estaba azorado.
–Solo han pasado… –Aurelio miró el reloj, pero dejó de hablar y miró a Teo con curiosidad–. ¿Estás cansado?
–¿Tú no? –replicó él.
–La Academia nos entrena para permanecer despiertos por períodos largos –explicó el chico–. En emergencias, podemos estar despiertos durante setenta y dos horas…
–¡Yo aguanto ochenta! –intervino Niya con orgullo.
–Genial. –Teo intentó tragarse el orgullo.
Estaba agotado, pero si ni Aurelio ni Niya estaban cansados para continuar, él tampoco lo estaría. Ya había hecho suficiente metiéndolos en eso en primer lugar, no pensaba retrasarlos porque era un Jade sin la energía ni el entrenamiento de los Dorados.
Estaba decidido a seguirles el ritmo.
–¿Alguno sabe cómo navegar una trajinera? –preguntó cuando los tres se encontraron en el muelle frente al bote de suelo plano.
–Yo –suspiró Aurelio y subió a bordo con cuidado. Teo estaba seguro de que lo último que quería el chico en ese momento era estar rodeado de agua, pero no se quejó. En cambio, giró hacia él y le extendió una mano–. ¿Listo? –le preguntó, con los ojos ardientes y tranquilizadores fijos en él.
El gesto repentino estrujó el corazón de Teo y lo hizo sentir como si flotara, y una sonrisa se desplegó en su rostro al ver el rubor en las mejillas de Aurelio.
–¡Gracias!
Aurelio se sorprendió cuando Niya le tomó la mano y subió al bote.
–¡Vamos, Teo! –Ella giró, lo aferró de la camiseta sin rodeos y lo arrastró a bordo–. ¡Cuánto antes nos movamos, antes podrás dormir una siesta! –agregó con afecto.
–Gracias, Niya –respondió con sarcasmo mientras se equilibraba. Luego miró a Aurelio y puso los ojos en blanco, con lo que el otro rio por lo bajo.
Quizás, esa misión no sería del todo horrible.
Aurelio se apostó en el timón al fondo de la trajinera y navegó con pericia desde el muelle hasta las cascadas encantadas para salir del Templo del Sol.
Teo y Niya se sentaron frente a la mesa larga, donde las sillas vacías eran una presencia inquietante. En general, abordar las trajineras incluía fanfarria y extravagancia, pero en esa ocasión estaban solos los tres.
Se refugiaron juntos debajo del techo curvo para atravesar la primera cascada hacia la cueva oscura y, con un chasquido de sus guantes de sílex, Aurelio encendió una llama que los cubrió de un brillo cálido.
La cascada se abrió al final de la cueva y, sin el reparo del zumbido del agua y del eco de la cueva, el aire se llenó de gritos y del sonido de algo distante. Reino del Sol se extendía frente a ellos, con llamas en calles lejanas, que se reflejaban en el agua oscura y emanaban remolinos de humo hacia el cielo apagado.
–Vaya –jadeó Niya con los ojos desorbitados.
–Es el caos. –Incluso a Aurelio le falló la voz, que apenas superó un murmullo.
–Es el fin del mundo. –Teo tragó el pánico que ascendía por su garganta. El bote se sacudió cuando Aurelio corrió a la proa, y Teo perdió el equilibrio.
–¡¿Qué ocurre?! –preguntó Teo, mientras tropezaba con sus propios pies para alcanzarlo.
Aurelio estaba rígido, con los puños apretados a los lados, los ojos cobrizos en llamas y la boca abierta. Su expresión era entre conmocionada y horrorizada.
–¡¿Qué?! –insistió Teo y le jaló la manga, pero el chico no reaccionaba.
–Ay, no. –Niya apareció a su lado, con la mano sobre la boca–. Es San Fuego.
Teo siguió sus miradas: en la costa este, una ciudad Dorada se elevaba hacia el cielo nocturno, y lenguas de fuego rodeaban los edificios vidriados, asomaban por las ventanas rotas y ardían en las calles, llenando todo de humo. El agua cargaba un concierto de gritos, derrumbes y chillidos monstruosos.
San Fuego, el hogar de Aurelio, estaba bajo ataque.
Un escalofrío recorrió la espalda de Teo mientras observaba arder San Fuego. Si los Obsidianos podían hacerle eso a una de las ciudades más poderosas de Reino del Sol, ¿qué destino les aguardaba en Los Restos?
Teo se precipitó hacia la popa sin dudarlo, tropezando con algunas sillas en el camino, tomó el único remo largo y comenzó a agitarlo de forma azarosa en un intento de dirigirlos hacia San Fuego.
–¿Cómo diablos se supone que funciona esto? –gruñó frustrado. Cuando levantó la mirada, vio que Niya y Aurelio lo observaban desde la proa.
–¿Qué haces? –preguntó Aurelio, con una arruga profunda en el ceño. Teo soltó una risa nerviosa. Tenía miedo de tomar una decisión equivocada, pero esa era una elección obvia.
–No nos quedaremos aquí mirando, ¿verdad?
–¡Tienes toda la razón! –La boca de Niya se curvó en una sonrisa.
Aurelio parpadeó, casi boquiabierto y, un segundo después, su rostro pálido se encendió. Algo ardía en sus ojos duros, lo que hizo que el estómago de Teo se agitara.
–Tienes razón –dijo, aunque casi sin aliento.
Niya los miró a los dos con una sonrisa divertida antes de volver su atención a San Fuego.
–¡Vamos a darles una paliza a esos monstruos! –exclamó mientras tomaba un remo de la bodega para comenzar a remar hacia su destino.
Teo se apresuró a posicionarse junto a ella –pasó por delante de Aurelio para tomar el control del timón– y, juntos, remaron con todas sus fuerzas. Tanta fuerza, de hecho, que Teo tuvo que pedirle a su amiga que aflojara antes de que sus brazadas potentes los hicieran dar vueltas.
Los incendios en San Fuego se intensificaban con cada momento que avanzaban por la corriente agitada.
La luz titilante de antorchas delineaba las calles inclinadas bajo edificios imponentes envueltos en llamas. Los sonidos de destrucción y devastación llegaban hacia ellos en la oscuridad, cada vez más fuertes; las sirenas ululaban y el humo acre quemaba la nariz de Teo.
–No puedo distinguir qué se supone que está ardiendo y qué no –jadeó, con los músculos de los brazos agotados.
El templo de Lumbre se elevaba en el centro de la ciudad, de oro brillante y adornado con braseros ardientes. Pequeñas fogatas surcaban los escalones descomunales que llevaban al altar de la cima, donde ardía una caldera. Teo apenas podía distinguir la Piedra Solar que flotaba sobre ella con un brillo casi imperceptible. Señaló las torres de guardia de cristal alrededor de la ciudad con el mentón; en cada una de ellas ardía una llama grande y coloreada, brillaban en la noche con humo pigmentado de mismo color.
–¿Qué son esas?
–San Fuego usa señales de humo para emergencias –le explicó Niya.
–¿Qué significan los colores?
–El rojo significa peligro; el azul, que es un lugar seguro para refugiarse –explicó Aurelio. Las luces lejanas se reflejaban en sus ojos grandes, con los que recorría frenéticamente las calles de su ciudad natal. Teo pensó que era capaz de lanzarse al agua y nadar hacia allí antes de que llegaran a la orilla.
El horizonte estaba cubierto de humo rojo y muy poco azul, pero las columnas de humo blanco dominaban el cielo. Incluso, mientras Teo lo observaba, el rojo y el azul se tornaban marfil.
–¿Y el blanco? –preguntó.
Aurelio tragó saliva.
–Ayuda.
Teo remó con más fuerza.
Enfrentaron su primer problema antes de llegar a tierra firme. A medida que se acercaban, la verdadera magnitud del caos comenzó a hacerse visible: los muelles estaban llenos de personas que intentaban escapar. Pasaron junto a embarcaciones pequeñas, grandes barcos pesqueros e incluso algunos yates, cargados hasta el tope de refugiados que no tenían a dónde ir, excepto al lago que rodeaba el Templo del Sol, y no podían hacer nada más que observar horrorizados cómo su ciudad era destruida por cosas que Teo, Niya y Aurelio ni siquiera podían ver aún. Había demasiadas personas y no suficientes botes.
Los habitantes de San Fuego vestían trajes de lino fino y estaban completamente cubiertos de joyas, con las que formaban un mar de brazaletes dorados, adornos de cabello de cobre, gargantillas de perlas y tapones para los oídos de ámbar. El tintineo melódico de los metales pulidos y piedras preciosas formaba una combinación inquietante con el sonido de voces que gritaban, rezaban y suplicaban desde la ciudad en llamas detrás de ellos.
El coro frenético se elevaba hasta ahogar los pensamientos de Teo. Esa era una ciudad Dorada, esas personas estaban acostumbradas al lujo y la comodidad y nunca habían tenido que lidiar con una incomodidad, mucho menos con monstruos. Pero el sol se había ido y los dioses estaban ocupados.
Mientras las embarcaciones se alejaban, algunas personas desesperadas intentaban saltar a bordo y muchas caían al agua oscura por el peso por sus joyas. Cuando se acercaron lo suficiente, Niya y Teo abandonaron sus remos para ayudar. Niya sujetaba a la gente por la ropa y la sacaba del agua con facilidad para arrojarla a bordo de la trajinera. Teo utilizó su remo para alcanzar a otros y subirlos también, pero una vez que se acercaron al muelle y más personas vieron lugar en su bote, todo fue cuesta abajo enseguida.
Teo y Niya se apresuraron a ayudar, pero antes de que pudieran hacer algo, quedaron sumergidos bajo una ola de cuerpos. Era una marea de pánico, una nebulosa de brazos y piernas que empujaban, jalaban, agarraban y arañaban. Teo maldijo entre dientes e intentó no perder de vista a Niya mientras lo empujaban y sacudían.
–¡Son demasiados! –gritó Aurelio, que aseguraba el remo mientras la trajinera se balanceaba peligrosamente de un lado a otro.
–¡ESTAMOS INTENTANDO AYUDARLOS! –gritó Niya, pero fue inútil. No había forma de controlar la situación.
–¡Dejémosles el bote! –gritó Aurelio.
Teo no necesitó que se lo dijeran dos veces, se apresuró a ponerse su mochila y luchó para abrirse paso entre la multitud hasta Niya.
–¡Nada a la orilla! –le dijo, al tiempo que le entregaba su mochila.
–¿De verdad? –Niya vaciló.
–¡Sí!
Niya echó la cabeza hacia atrás y soltó un gruñido frustrado, pero se puso la mochila y saltó. Aurelio le lanzó una mirada sorprendida desde el timón.
–¡Vamos! –le dijo Teo y lo jaló del brazo para usar una silla volcada y trepar al techo curvado de la trajinera. Aurelio parecía dudoso, pero obedeció.
–¿Qué estamos haciendo? –preguntó al subir tras él.
–¡Necesito espacio! –Teo sabía que no podía dejar que el Hijo de Lumbre cayera en un cuerpo de agua, y si no nadarían, tendrían que volar.
Aurelio se alejó de un salto, justo a tiempo para evitar ser derribado por las alas desplegadas de Teo. Con un aleteo poderoso, Teo se elevó en el aire, desde donde alcanzó a ver la extensión y magnitud de la devastación, pero tenía otros problemas que atender primero. Giró en el aire, descendió y tomó los brazos extendidos de Aurelio por los brazaletes metálicos, mientras que las manos del chico se aferraban a las suyas con todas sus fuerzas. Las piernas de Aurelio bailaron sobre la multitud hasta la costa, donde aterrizó de pie con elegancia. Por su parte, Teo cayó con fuerza sobre el trasero, en un embrollo de plumas y extremidades.
–Auch –se lamentó, y Aurelio estuvo a su lado en un instante para ayudarlo a levantarse–. Gracias –balbuceó y sacudió las alas.
–Yo debería agradecerte –respondió el otro con una mueca cohibida.
–¡AH, DE ACUERDO! ¡Ya veo cómo son las cosas! –Niya, empapada, se acercó dando pisotones por el muelle–. ¡¿Aurelio tiene aventón aéreo y yo tengo que nadar?! –exigió mientras sacudía sus trenzas.
–¡Tenemos problemas más importantes, Niya! –replicó Teo.
Aurelio permanecía en silencio, con una expresión apenada iluminada por los incendios de San Fuego. Teo miró hacia atrás: su trajinera, el método más rápido para llegar a Los Restos, ya era historia.
–¿Ahora qué hacemos?
–Lo que podamos. –Aurelio enderezó los hombros.
–¡A la carga, chicos! –Niya aplaudió y se frotó las manos.
Al ingresar a las calles de la ciudad, se enfrentaron a la multitud que escapaba en busca de un lugar seguro. San Fuego no se parecía a ningún sitio en el que Teo hubiera estado; a diferencia de Quetzlan, donde la naturaleza recuperaba el dominio de la ciudad poco a poco, San Fuego era de metal brillante y cristal espejado, iluminada por las fogatas encendidas. La arquitectura era moderna, elegante, lineal y geométrica: un verdadero despliegue industrial. Había estandartes con rayos de sol y el glifo de fuego de Lumbre colgando sobre las entradas, alrededor de las ventanas y de los techos. Las aceras estaban revestidas de oro y cristales de cuarzo brillante. Los puestos abandonados de dibujantes callejeros habían sido derribados, y sus retratos borrosos en carbonilla estaban desparramados por las calles. Un tranvía a vapor había descarrilado y yacía volteado en una esquina.
Todavía había carteles de Aurelio y Auristela pegados por todas partes y parecía haber una estatua de oro de un Hijo de Lumbre Portador del Sol calle por medio. Las noticias se proyectaban en pantallas grandes integradas en las fachadas de los rascacielos; alternaban entre tomas temblorosas de la ceremonia del Portador del Sol fallida, el regreso de los Obsidianos y la destrucción que siguió por todo Reino del Sol. Verdad, con su traje imponente, y Chisme, aún vestido de dorado, estaban en el recuadro superpuesto en una esquina, relatando las noticias, pero era imposible escucharlos. Las marquesinas instruían a la población a refugiarse allí o buscar refugio en otro sitio.
Algunas personas se escondieron, mientras otras buscaban a sus seres queridos que habían perdido durante el caos. Teo notó que muchos tenían heridas que necesitaban atención médica, pero no había nadie para ofrecerla, pues lo que fuera que estuviera ocurriendo en el resto de la ciudad mantenía ocupados a los servicios de emergencia.
–¿Qué diablos es eso? –señaló Niya.
En las colinas, en la base del Templo de Lumbre, las enormes lenguas de fuego se extinguían, tan fácil como si alguien soplara una vela.
–Mi mamá –dijo Aurelio entre dientes.
