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Monstruos de papel se interroga sobre el modo en que, entre 1870 y 1915, la fotografía se incorporó a la medicina argentina a través de las revistas especializadas para producir conocimiento y consenso científico. Analiza cómo, a lo largo de este período, se conformó un canon visual para las ciencias médicas, se incluyó el medio fotográfico en las prácticas científicas experimentales, y se extendió su uso para sostener teorías y prácticas de control social; en particular, aquellas vinculadas a la salud mental y a comportamientos considerados patológicos, como la delincuencia y los ataques de histeria pero también el ejercicio de la disidencia sexogenérica. La de María Claudia Pantoja es una investigación original e interdisciplinaria que pone en diálogo fecundo los estudios sobre cultura visual e impresa, los estudios de género y la historia social de la ciencia y la tecnología.
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Seitenzahl: 214
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Monstruos de papel se interroga sobre el modo en que, entre 1870 y 1915, la fotografía se incorporó a la medicina argentina a través de las revistas especializadas para producir conocimiento y consenso científico. Analiza cómo, a lo largo de este período, se conformó un canon visual para las ciencias médicas, se incluyó el medio fotográfico en las prácticas científicas experimentales, y se extendió su uso para sostener teorías y prácticas de control social; en particular, aquellas vinculadas a la salud mental y a comportamientos considerados patológicos, como la delincuencia y los ataques de histeria pero también el ejercicio de la disidencia sexogenérica.
La de María Claudia Pantoja es una investigación original e interdisciplinaria que pone en diálogo fecundo los estudios sobre cultura visual e impresa, los estudios de género y la historia social de la ciencia y la tecnología.
María Claudia Pantoja
Es licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Tucumán y magíster en Historia del Arte Argentino y Latinoamericano por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Se especializó en Gestión y Conservación de Archivos de Arte (Espigas-UNSAM). Es docente de la Maestría en Estudios sobre Imagen y Archivos Fotográficos (Escuela de Arte y Patrimonio, EAyP-UNSAM). Obtuvo becas y subsidios de investigación y publicó artículos en diversas revistas especializadas nacionales e internacionales. Actualmente es coordinadora del Archivo Histórico de la Cancillería argentina y forma parte del Grupo de estudios de archivos y fotografía patrimonial del Centro de Investigaciones en Artes y Patrimonio (EAyP-UNSAM-CONICET). Su tesis de maestría dio origen a este libro.
Colección: Artes
Serie: Tramas
Directora de colección: Marta Penhos
Pantoja, María Claudia
Monstruos de papel. Fotografía, medicina y cultura
impresa en la Argentina 1870-1915 / María Claudia Pantoja
1a edición - San Martín: UNSAM EDITA, 2023.
Libro digital, EPUB- (Artes / Marta Penhos)
ISBN 978-987-8938-69-1
1. Fotografía. 2. Medicina. 3. Edición de Publicaciones
Científicas. I. Título.
CDD 778.92
Con el apoyo de
1a edición, diciembre 2023
©2023 María Claudia Pantoja
©2023 UNSAM EDITA de Universidad Nacional de General San Martín
Diseño de la colección: Laboratorio de Diseño (DiLab.UNSAM)
Maquetación: María Laura Alori
Corrección: Wanda Zoberman
Imagen de tapa: Litografía de Nicolas Henri Jacob. En J.M. Bourgery. Traité complet de l'anatomie de l'homme comprenant la médecine opératoire, avec planches lithographiées d'après nature par Nicolas Henri Jacob (8 vols.). París, C.A., 1831-1854. Welcome Collection.
UNSAM EDITA. Campus Miguelete, Edificio de Containers, Torre B, PB. Martín de Irigoyen 3100, San Martín (B1650HMK), prov. de Buenos Aires
www.unsamedita.unsam.edu.ar
Queda hecho el depósito que dispone la Ley 11.723. Editado e impreso en la Argentina. Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de sus editores.
Monstruos de papel
Fotografía, medicina y cultura impresa en la Argentina (1870-1915)
MARÍA CLAUDIA PANTOJA
Colección ArtesSerie Tramas
Índice
Introducción
1. Visualizar, registrar, archivar
Genealogía visual de las imágenes médicas
Medialización e irrupción de la fotografía como “tecnología literaria” para las ciencias médicas
Asociacionismo científico y revistas médicas en el siglo XIX
Fotografía médica: de curiosidades a herramientas científicas
Del retrato de estudio al retrato científico
La circulación de las fotografías médicas, un estudio de caso
2. La fotografía, la prensa y el conocimiento médico experimental
La revolución del halftone. Las revistas médicas de cara al siglo XX
Medicina experimental y fotografía. Evidencia y prueba
Paso a paso: fotografía en serie y texto instructivo
La experimentación con rayos X en la Argentina
La fotografía de lo invisible, entre la duda epistemológica y la fantasía impresa
3. Fotografía, control social y registro visual de la psiquis
Los aportes de la antropología, la frenología y las teorías de Cesare Lombroso a la criminología y a la psiquiatría argentina
Representaciones de la “mala vida” en la cultura impresa argentina
Histeria fotografiada y psiquiatría experimental
Géneros y sexualidades disidentes: los límites del canon visual científico
Introducción
La actividad científica de la segunda mitad del siglo XIX, que intentaba deshacerse de la subjetividad eliminando sesgos y emociones personales, vio en la mecanicidad del dispositivo fotográfico una ventaja a la hora de producir conocimiento riguroso y sistemático sobre la realidad. No obstante estas certezas, nacidas del sentido común, el hecho de que la fotografía fuera un recorte manipulable de la realidad no fue completamente desconocido para sus contemporáneos; basta recordar la fotografía de 1840 de Hippolyte Bayard, El ahogado, en la que escenifica su propia muerte como forma de protesta política por haber sido ignorado como cocreador de la técnica fotográfica. Con esta imagen, y el texto en su dorso, se inauguraron los debates sobre los límites de la noción de realidad asociada a la fotografía, que, a su vez, derivaron en una sinuosa búsqueda por reglamentar la práctica.
Para quienes ejercieron prácticas científicas en el siglo XIX, la aplicación de la fotografía no estuvo exenta de problemas y contratiempos. Dado que las emulsiones y los procedimientos para obtener las imágenes no estaban normalizados, resultaba difícil la extracción de datos fiables y repetibles como lo demandaba el método científico positivista. Aun con estos inconvenientes, y ciertos debates a su alrededor, los experimentos que involucraron a la fotografía científica no se detuvieron, por el contrario, fueron un aliciente para realizar mejoras en la técnica, así como para buscar normalizar su uso e, incluso, fomentar su producción industrial. Fueron muchos los médicos, y personas de ciencia en general, que contribuyeron a la historia de la fotografía haciendo uso de ella. Los últimos años del siglo XIX fueron clave en términos tecnológicos, porque gracias a la experimentación y mejora de las técnicas fotomecánicas se dio inicio a una difusión sin precedentes de la imagen fotográfica.
Desde nuestros ojos contemporáneos, y después de un sinnúmero de debates sobre las capacidades documentales de la fotografía, sabemos que detrás de la pretendida veracidad de la imagen fotográfica, de esa “sensación de realidad”, se esconden mecanismos culturales e ideológicos. Y es por ello que es necesario ir más allá de la imagen y reflexionar alrededor de los diferentes usos que le fueron dados, los contextos de producción y circulación. Es necesario tener en cuenta que, como lo sugiere Donna Haraway (2004), quienes ejercieron la voz legítima de la ciencia moderna (los “testigos modestos”) lo hicieron desde un posicionamiento de cierta clase y raza, pero también desde un género. El mundo de los “caballeros científicos” fue instrumental tanto para preservar formas antiguas como para proponer formas nuevas desde una óptica particular. En el “modo de vida experimental” de la modernidad, las mujeres, como también las prácticas y símbolos culturales considerados femeninos, estuvieron excluidas de lo que era considerado como “verdad” en la ciencia, por lo que la perspectiva con la que se hacía esta ciencia fue –y aún sigue siéndolo en muchos aspectos- eminentemente masculina.
En un sentido similar, no es posible desconocer los estrechos vínculos de las ciencias y la medicina del siglo XIX con ideas heredadas del colonialismo europeo y con otras hoy consideradas pseudocientíficas, como la frenología y las teorías sobre la superioridad racial. La fotografía fue fundamental dentro de este sistema al reafirmar, desde el sentido común visual, las categorías de lo primitivo y lo civilizado y, también, de lo normal y lo patológico. Por su capacidad de registro mimético, la fotografía fue, desde sus orígenes, percibida socialmente como una herramienta tecnológica al servicio de la verdad, un testimonio incontestable de “lo real”.
Michel Foucault (1998, 2003), y quienes se apoyaron en él para sostener diferentes investigaciones en la segunda mitad del siglo XX, sostuvo que los sistemas de salud de la modernidad contribuyeron a moldear a los sujetos y los cuerpos mediante un proceso de normalización, normativización y disciplinamiento, a través de sus instituciones y agentes de control. Un diagnóstico médico, por ejemplo, puede modificar la subjetividad del paciente (es decir, maneras de pensar, sentir y hacer), dado que es un dictamen oficial acerca de un cambio de condición del individuo (un cambio de estatus) en relación con lo social. La fotografía, como herramienta de registro y soporte de ese diagnóstico, fue y es parte de esta modificación de la subjetividad. No obstante, gracias a diferentes investigaciones sabemos que los sujetos, en muchas ocasiones, consiguieron desbordar los límites impuestos por el sistema en busca de una libertad que les permitiera resistir e innovar, incluso, dentro de las estructuras disciplinares.
Partiendo de estos hechos e ideas, el propósito de este libro es abordar las relaciones entre ciencia y cultura visual a partir del estudio de los vínculos entre fotografía, cultura impresa y profesionalización de la medicina en el tránsito del siglo XIX al XX en la Argentina. Indagaremos el modo en que la fotografía, utilizando las revistas como soporte material, se incorporó a las prácticas médicas como parte de sus tecnologías para producir conocimiento y consenso científico. Pero también a la inversa, esta investigación busca problematizar la cultura visual desde sus objetos impresos menos conocidos para la historiografía: las revistas científicas.
En el primer capítulo indagaremos los vínculos entre la fotografía, la cultura impresa y las prácticas asociativas de la naciente profesión médica. Repasaremos la historia de las asociaciones que fueron pioneras en la edición de revistas especializadas, considerando algunos de los tópicos y problemas más relevantes de la introducción de la fotografía como herramienta de las ciencias médicas. Además de conocer los primeros usos de las fotografías, observaremos cuáles fueron los diferentes métodos de inclusión de fotografías en revistas científicas durante el período, para ello será necesario tener en cuenta la materialidad y las técnicas de impresión. Finalmente, a partir de un estudio de caso, describiremos de qué manera y a través de qué soportes circularon las fotografías en el ámbito médico.
En el segundo, estudiaremos las maneras en que las fotografías fueron usadas como parte de las estrategias argumentativas y expositivas de la profesión médica y, por lo tanto, su rol en la producción de conocimiento experimental. Ampliaremos algunos de los tópicos aparecidos en el primer capítulo tales como el entrenamiento de la mirada médica a través de la compilación de imágenes y la elaboración de series comparables entre sí. Indagaremos los cambios tecnológicos de fines del siglo XIX en materia de reproductibilidad de imágenes. Problematizaremos también las nociones de “prueba científica” y “evidencia visual” en relación con la fotografía y la extendida confrontación de retratos de “antes y después” del tratamiento. Finalmente, tomaremos como caso de estudio la recepción de los rayos X en la Argentina, indagaremos sus primeros usos médicos y las huellas que dejó en la cultura visual del período. Nos preguntaremos qué presupuestos asociados a la fotografía y a los modos de conocer mediante los sentidos cuestionó esta tecnología que prometía hacer visible lo invisible.
Finalmente, en el tercer capítulo abordaremos los mecanismos de control social estatal vinculados a la fotografía y sus intentos de registrar visualmente las manifestaciones de la psiquis. En una primera instancia revisaremos los aportes de la antropología, la frenología y las teorías de Cesare Lombroso en la medicina y sus derivas criminológicas, así como en la conformación de lo que hoy conocemos como psiquiatría argentina. Indagaremos los vínculos entre fotografía, criminología y psiquiatría en la cultura impresa a través de la revista Archivos de Criminología, Psiquiatría y Ciencias Afines, dirigida por José Ingenieros. En particular, nos centraremos en las representaciones visuales de la histeria femenina y el tratamiento de las sexualidades e identidades sexogenéricas disidentes de la heteronorma, principales sujetos de la representación fotográfica en estas publicaciones.
Para este libro, que nació como una tesis de maestría, se han utilizado como referencia diversos estudios que, en general, tratan por separado las temáticas que convergen esta investigación: fotografía, historia de las ciencias médicas y estudios de la cultura visual e impresa. La relevancia de un estudio de estas características está dada en parte por el estado inicial en la Argentina de las investigaciones que establecen un vínculo entre imágenes y prácticas científicas. Pero por sobre todo, la certeza de que la incorporación de las imágenes como fuentes principales en la investigación histórica sobre las ciencias, utilizando la mirada metodológica de los estudios visuales y la historia del arte, permite formular nuevos interrogantes y, al mismo tiempo, renovar un relato historiográfico tradicionalmente carente de imágenes. También, a la inversa, entendemos que para la historia del arte el estudio de un objeto apartado de sus temas tradicionales, en este caso las imágenes producidas por las ciencias médicas, es una innovación que propicia el cuestionamiento de los límites disciplinares y crea la posibilidad de matizar supuestos epistemológicos y estéticos, en muchos casos, corolario de una perspectiva estrecha y focalizada en objetos más canónicos. Consideraremos aquí a las imágenes y su materialidad no como meras reproductoras de discursos, sino como legítimas creadoras de sentido. Las fotografías producidas por y para el ámbito de la medicina son un producto cultural con la capacidad de vincular poder, ciencia y sociedad que trascienden las esferas de lo estrictamente científico.
Como resulta lógico, de todo lo anteriormente planteado, las principales fuentes de esta investigación son las publicaciones periódicas argentinas editadas por y para quienes ejercieron la profesión médica en las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX. Estos objetos impresos, por la multiplicidad de sus ejemplares, su capacidad de llegar a distintas geografías y por ser vehículos de difusión de ideas y debates, así como por condensar sentidos de una época y también por la posibilidad que ofrecen de hacer dialogar imagen y texto, son fundamentales para los propósitos de este trabajo.1 No desconocemos, sin embargo, los límites asociados a ellos. Se trata de productos culturales que emergen como la punta del iceberg de las actividades que intentamos analizar. También sabemos que existió un ejercicio de selección realizado por editores que hicieron públicos puntos de vista que no necesariamente reflejaron a todo el cuerpo médico del extenso país que es Argentina, ni el completo abanico de las actividades que se estaban realizando. Para mitigar un poco estas cuestiones, hemos recurrido a la revisión de una variedad de revistas médicas, algunas rivales entre sí, para buscar puntos en común que nos dieran la posibilidad de realizar generalizaciones válidas o para poder establecer contrapuntos. Es por este motivo que también son fuentes para esta pesquisa otro tipo de impresos no científicos que dan cuenta de los intereses de un público más amplio que el especializado, del que eran deudoras las revistas médicas. Lamentablemente, los archivos de redacción o de las instituciones que las crearon no se encuentran actualmente disponibles para la consulta. En un sentido similar, no es posible desconocer la situación de abandono de los archivos históricos administrativos y científicos de las instituciones sanitarias públicas en la Argentina, que hace que estos se encuentren, en el mejor de los casos, a merced de la buena voluntad y perseverancia de organizaciones tales como cooperadoras, asociaciones civiles y fundaciones que buscan fondos para realizar “rescates”, que no serían necesarios de existir legislación y políticas públicas en materia de preservación y gestión documental, con plazos de guarda definidos y financiamiento para su sostén a largo plazo.
El marco temporal elegido para esta investigación son los años comprendidos entre 1870 y 1915, que coincide en gran medida con la organización e institucionalización del Estado Nacional por parte de una elite económica, racial y política. No obstante, resulta necesario aclarar que esta delimitación no se encuentra vinculada en sentido estricto con este proceso político sino, más bien, con la dinámica propia de la institucionalización y profesionalización de las ciencias y, especialmente, con las condiciones de posibilidad de la técnica fotográfica y la cultura impresa en la Argentina, que tuvieron en este período transformaciones inéditas. Sin olvidar, por supuesto, que estas tecnologías fueron puestas también al servicio del Estado y el control social en una relación de complementariedad y reciprocidad.
1. Es preciso considerar que, a fines del siglo XIX, las tecnologías de reproducción se encontraban en un estado embrionario, por lo que la calidad de impresión de estas revistas pioneras en la inclusión de fotografías dista mucho de los estándares actuales. Para la publicación de este libro, dichas imágenes no han sido intervenidas, sino que dan cuenta de las “imperfecciones” propias de la época.
Capítulo 1
Visualizar, registrar, archivar La imagen fotográfica como dispositivo en la producción de conocimiento médico
Genealogía visual de las imágenes médicas
Desde sus orígenes, la ciencia moderna se valió de imágenes para crear un corpus de conocimiento acumulable y clasificable. La medicina utilizó imágenes planas y objetos tridimensionales para representar y archivar el conocimiento de la anatomía humana y sus patologías. La utilización de imágenes como herramienta para compilar saberes no es una novedad de la modernidad; ya en numerosos tratados medievales europeos y del mundo árabe se incluyeron dibujos del cuerpo humano y modos de tratar diferentes enfermedades. No obstante, la medicina de la modernidad dio un paso más allá. En el siglo XVI el anatomista Andrea Vesalio publicó, en Basilea, De humani corporis fabrica. Allí utilizó la técnica del grabado en madera para representar el conocimiento aprendido empíricamente mediante la disección de cadáveres. Con este impreso revolucionó, al mismo tiempo, la manera de conocer y de ilustrar el cuerpo humano.
La creación de un objeto a semejanza de otro es aún hoy fundamental para el registro de la información y posterior estudio en varias disciplinas científicas, particularmente aquellas en las que existe una distancia entre el campo y el gabinete, como la biología, la arqueología, la antropología, la geografía, entre otras.
En el siglo XVIII, en un impulso científico por conocer a través de los sentidos, particularmente la vista, se popularizaron en la medicina no solamente las ilustraciones, sino también las preparaciones anatómicas y los modelos. En el caso de las preparaciones, se empleaban recipientes de vidrio transparente colmados del líquido conservador, donde se sumergía la pieza anatómica, en general patológica, para preservar. En cuanto a los modelos, los cuerpos y su constitución eran registrados principalmente a través de esculturas de diferentes materiales y la impresión directa de distintas partes anatómicas en moldes de yeso y cera que solían pigmentarse para conseguir un mayor realismo (Schnalke, 1995). Si bien las esculturas podían ser de tela, madera, marfil, cerámica o yeso, fueron los de cera los que causaron mayor impacto entre los observadores por la gran semejanza con el original. De hecho, en ese entonces se destacaban las llamadas “Venus anatómicas”, modelos de cera que representaban un cuerpo femenino, con cabellos naturales, a veces cursando un embarazo y en posición extática, formadas con piezas desmontables (Dacome, 2017). Estos objetos tridimensionales poblaron los gabinetes y conformaron un verdadero archivo, entendido como el registro sistemático y organizado de las actividades científicas, que permite la consulta posterior a los fines de ejercer la investigación clínica o realizar tareas pedagógicas.1
Se abría, así, la posibilidad de producir e impartir conocimiento a través de la visión; los modelos de yeso y cera sirvieron para replicar la morfología de cuerpos enteros o fragmentados, vivos o muertos, para su posterior estudio y clasificación. Es decir, permitieron establecer parámetros de normalidad mediante el ejercicio sistemático y procedimental de la comparación, la identificación, la medida, la clasificación y el establecimiento de tipologías (Zarzoso, 2016).
Las ilustraciones, parte importante de esta genealogía visual, también reprodujeron la morfología de aquello que se quería registrar, pero como objetos bidimensionales tenían una ventaja por sobre los tridimensionales: la posibilidad de su reproducción y circulación gracias a la tecnología del grabado litográfico. Este proceso, desarrollado en Múnich en 1796 por Alois Senefelder, consiste en la utilización de una piedra caliza sobre la cual se dibuja o escribe con un lápiz litográfico. La litografía, procedimiento en plano, no es compatible con la tipografía, pero permite al artista dibujar él mismo sobre la piedra, sin la mediación de un técnico grabador, como es el caso del huecograbado. Asimismo, se trata de una técnica que permite la incorporación de colores y, por lo tanto, dar más realismo a las imágenes. Es así como entre los siglos XVIII y XIX podemos hallar ilustraciones médicas en álbumes o colecciones, sueltas en correspondencia o editadas en libros. Podían componer un archivo en sí mismo o ser la representación de un objeto, a su vez, ítem de otro archivo. Durante gran parte del siglo XIX el dibujo a mano y su reproducción litográfica fue la técnica preferida en la medicina para la representación en atlas, manuales y otros libros de medicina, del cuerpo humano “sano”. Estos creaban un canon estético y de salud al representar cuerpos idealizados, simétricos, musculosos, en el caso de los varones, y con curvas, en el de las mujeres.
En 1839 se presentó la fotografía en sociedad y sus usos científicos estuvieron planteados desde ese mismo momento. No obstante, la complejidad de su técnica y las dificultades para la reproducción en serie (las primeras fotografías no tenían negativos) hicieron que su utilización en la medicina estuviera circunscripta a unas pocas personas. Su generalización en gabinetes y hospitales tendría que esperar algunas décadas más.
Medialización e irrupción de la fotografía como “tecnología literaria” para las ciencias médicas
Así como no es posible pensar las actividades científicas de la modernidad sin la compilación de conocimiento que tenga posibilidades de circular por el campo científico, tampoco lo es considerar que estas acciones son viables sin la instancia del registro visual. Ciertas disciplinas, como la zoología o la anatomía, tienen que lidiar con la degradación de la materialidad de sus objetos de estudio, dado que por sus características intrínsecas no pueden ser conservados o trasladados de la misma manera en la que han sido observados o experimentados.
En esta circunstancia se inspiró Bruno Latour (1990) para desarrollar el concepto de móviles inmutables: el espécimen, el objeto o el territorio estudiado debía poder ser preservado y trasladado de forma segura a un “centro de cálculo”, es decir, a un lugar en donde procesar, comparar y hacer circular la información obtenida, o, en otros términos, disecarlos, duplicarlos, ilustrarlos o fotografiarlos.
La mirada científica no se vale, entonces, meramente del objeto natural, sino que hace uso de una representación que lo registra y lo hace trasladable. Necesita de lo que Irina Podgorny (2008a) llama medialización de la información, la creación de un “registro portable” o, en términos de Lorraine Daston y Peter Galison (2010), de la conversión de un objeto “natural” en uno “operativo para las ciencias” (working object for sciences). En un sentido similar, Horst Bredekamp, Birgit Schneider y Vera Dunkel (2008) han estudiado las “imágenes técnicas” poniendo énfasis en los procesos en los que se encuentran inmersas, quiénes las crean y las aplican, con qué materiales y el contexto en el que fueron producidas y puestas a circular. El conjunto de estos objetos y prácticas conforman las “tecnologías literarias”, tal como fueron descriptas por Steve Shapin y Simon Schaffer (2005: 57), que consisten en dispositivos que permiten recrear la experimentación y convierten, así, al lector-observador en un “testigo virtual” de las prácticas científicas.
Lo que conocemos como fotografía analógica, como muchos otros “descubrimientos”, en realidad fue el corolario de una experimentación colectiva que dio como resultado la posibilidad de hacer permanente una imagen creada por la óptica (Batchen, 2004). El proceso químico que permitía fijar la imagen producida por la cámara oscura garantizaba que la representación prescindiera de la mano humana y, por lo tanto, de su subjetividad. Esta historia, que canónicamente comienza en el Parlamento francés el 3 de julio de 1839 con la presentación del daguerrotipo por parte de François Arago, no se detiene allí, sino que tuvo sucesivos avances que le dieron a la imagen fotográfica estabilidad y reproductibilidad. En este sentido, tanto el desarrollo del proceso negativo-positivo como el de la placa seca al gelatino-bromuro fueron claves para la generalización de su uso en ámbitos científicos. La mecanicidad en la génesis de la imagen fue rápidamente asociada a los usos científicos de la fotografía, tanto que fue uno de los argumentos esgrimidos por Arago para convencer a los legisladores de la compra de la patente del daguerrotipo para su posterior liberación. Una vez concretada la adquisición, fue usada para el registro de edificios patrimoniales e, inclusive, para retratar la luna (Sougez, 2011).
Los primeros usos médicos de la fotografía datan de esa época: el médico Alfred Donné y el fotógrafo Léon Foucault, en la década de 1840 en Francia, consiguieron adaptar la cámara al microscopio y obtener fotografías “daguerreanas”. De este modo, la acción de observar fue trasladada y materializada en un “objeto operativo”, registro ahora permanente de la observación microscópica.2 Es necesario tener en cuenta que la circulación que tenía el daguerrotipo era muy limitada por tratarse de un positivo de cámara único y que para ampliar su difusión fue necesario recurrir a la técnica del grabado. Es así como en 1845 publicaron el manual de anatomía microscópica y fisiología, Cours de microscopie complémentaire des études médicales; anatomie microscopique et physiologie des fluides de l’économie. Atlas exécuté d’après nature au microscope-daguerréotype, que incluía, como anexo, un atlas “efectuado del natural por medio de un microscopio-daguerrotipo”, con ochenta imágenes microscópicas en veinte planchas de grabados basadas en las microfotografías.
Es indudable que, a partir de su invención, la fotografía aportó al crecimiento y diversificación del consumo de imágenes. No obstante, los altos costos y la imposibilidad de obtener copias múltiples de los positivos directos de cámara (daguerrotipos, ambrotipos y ferrotipos) ocasionaron que la fotografía estuviera acotada prácticamente al retrato social de estudio y constituyera un objeto suntuario solo accesible para un pequeño porcentaje de la población. Una alternativa (aunque limitada por su baja calidad de imagen y complejidad) a estos procesos fue la técnica del calotipo.3 Esta fue usada por el médico psiquiatra, Hugh Diamond Welch (1809-1886), quien, entre 1848 y 1859, realizó fotografías a sus pacientes en el asilo de Surrey. Las mujeres fueron presentadas en un plano americano, sentadas y con un telón neutro (pero visible) de fondo, con la intención de registrar la fisonomía de las enfermedades mentales y, de este modo, poder identificarlas a posteriori
