Morirán de forma indigna - Alberto Reyero Zubiri - E-Book

Morirán de forma indigna E-Book

Alberto Reyero Zubiri

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Beschreibung

En la Comunidad de Madrid murieron miles de mayores en las residencias durante la pandemia de Covid-19. La cifra podría haber sido inferior de no haberse aplicado unos polémicos protocolos que impidieron el acceso de muchos residentes a los hospitales y que les condenaron a una muerte en condiciones indignas.

Durante aquellas terribles semanas, Alberto Reyero Zubiri — entonces consejero de Políticas Sociales y, por tanto, la máxima autoridad en las residencias de la región — se desgañitó pidiendo ayuda y denunciando las dramáticas consecuencias de estos protocolos. Pero sus compañeros en el Gobierno, del Partido Popular, le ignoraron.

En este libro, el exconsejero realiza un ejercicio voluntario de rendición de cuentas y relata la intrahistoria de cómo se tomaron aquellas decisiones. Morirán de forma indigna no solo es un documento político de primer orden sobre un episodio histórico que aún sangra, sino que también eleva la mirada hacia el futuro y los peligros que vendrán si seguimos ignorando nuestras responsabilidades.


SOBRE EL AUTOR


Alberto Reyero Zubiri (Madrid, 1962) había desarrollado su carrera durante más de veinte años como profesional de los recursos humanos en empresas multinacionales, pero en 2011 fue elegido diputado autonómico en la Comunidad de Madrid. En ese momento, inició una carrera política —primero en UPyD y después en Ciudadanos— siempre vinculada a los servicios sociales y a la atención a los más vulnerables. Cuando en 2019 se formó un gobierno de coalición entre el Partido Popular y Ciudadanos, Alberto Reyero fuenombrado consejero de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid. Pero los desencuentros y la decepción con sus compañeros de Gobierno por la manera en la que estaban gestionando la pandemia del coronavirus le llevaron a presentar su dimisión en octubre de 2020. Ahora trabaja en una consultora de asuntos públicos con propósito social.

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Seitenzahl: 572

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Alberto Reyero

morirán de

forma indigna

Prólogo de Manuel Rico

primera edición: octubre de 2022

© Alberto Reyero, 2022

© del prólogo, Manuel Rico, 2022

© Libros del K.O., S.L.L., 2022

Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511

28020 - Madrid

isbn: 978-84-19119-17-9

depósito legal: M-22527-2022

código ibic: bm, jksg, lntm, knv

diseño de cubierta: Artur Galocha

maquetación: María OʼShea

corrección: Melina Grinberg

Prólogo Por Manuel Rico

En el futuro, cuando se escriban los textos de historia, uno de los testimonios esenciales para entender qué ocurrió en las residencias de la Comunidad de Madrid durante la primera ola de la pandemia será este libro que recoge el testimonio de Alberto Reyero. Morirán de forma indigna, qué título tan terrible y tan impactante, sobre todo cuando se tiene la certeza de que no nos encontramos ante una ficción, sino ante un relato verídico. Murieron miles, efectivamente, de forma indigna.

«Esto que tienes delante, querido lector, es mi verdad; en minúscula, claro, como casi todas las verdades importantes. Y que nadie se llame a engaño: por supuesto que esta historia no es imparcial. Pero, aunque no estés de acuerdo con mis juicios, mis opiniones o mis hipótesis, será difícil que hagas caso omiso de los hechos y de los documentos en los que he basado mi versión», confiesa Reyero en las primeras páginas. Yo creo que es una Verdad con mayúscula.

Pero más allá de esta discrepancia, lo que no tiene discusión es que estamos ante un relato basado en documentos y hechos narrados por un testigo directo de lo ocurrido. Y en cuanto a los juicios, ¿de verdad se podrán rechazar? Hay entre nosotros terraplanistas, claro, pero lo que difunden no son juicios. Ese es precisamente uno de los grandes males de nuestro tiempo: la confusión de las profesiones. En tu currículum puede poner que eres periodista, pero si te dedicas a manipular y fabricar documentos, tu actividad es la de sicario que opera en el sector informativo. Si eres un terraplanista, tus opiniones no son tan respetables como las de cualquier otro, sino que defiendes idioteces.

En definitiva: salvo que usted sea un sicario o un terraplanista, será muy difícil que discrepe de los juicios de Alberto Reyero después de conocer los hechos y los documentos.

Lo que desvela, lo que muestra, lo que desmonta

Las razones para leer este libro son muchas, pero yo las voy a agrupar en tres bloques: lo que desvela sobre lo ocurrido en las residencias de Madrid durante la primavera de 2020, lo que muestra del funcionamiento del poder y las falacias que ayuda a desmontar.

El entonces consejero de Políticas Sociales asegura que la primera vez que se planteó dimitir fue al comprobar «la indiferencia dentro del Gobierno a la tragedia de Monte Hermoso», la primera residencia que se convirtió en noticia por el elevado número de muertes y contagios. El 25 de marzo, una semana después de que se empezara a hablar de Monte Hermoso y cuando ya casi mil personas habían fallecido en residencias, Reyero pidió ayuda en el Consejo de Gobierno telemático que se celebró aquel día.

«Hice una petición concreta: cincuenta médicos y cincuenta enfermeros para reforzar la atención sanitaria en las residencias que requerían una actuación más urgente. Era una petición modesta, porque se necesitaban muchos más recursos, pero era una manera de poner en marcha aquello que habían prometido unos días antes. “La situación es límite”, les resumí. No voy a dar demasiados detalles del debate porque las deliberaciones del Consejo tienen carácter reservado. Pero no recibí más que evasivas (no iban a poner a mi disposición a ningún sanitario, eso me quedó claro) y solo sentí frialdad e indiferencia a mis peticiones», escribe Reyero. Y añade: «Durante aquel debate, un consejero de Ciudadanos me había escrito un mensaje de WhatsApp: “Les da igual”».

¿Frialdad e indiferencia ante la muerte de cientos de personas mayores, muchas de ellas dependientes, que se ahogaban en su propia tos, encerradas en sus habitaciones? ¿De qué calaña tienes que ser?

El lector descubrirá a lo largo de esta obra abundantes ejemplos de semejante indolencia e insensibilidad. En un país normal, decente, el mismo día que se publicase este libro, la Fiscalía de Madrid abriría diligencias, citaría a declarar a algunos protagonistas mencionados por Reyero, pediría documentación al Gobierno autonómico e iniciaría una investigación seria y en profundidad.

Claro que, en un país decente, los familiares de muchas víctimas no habrían tenido que soportar el escarnio de determinados autos judiciales y resoluciones fiscales de archivo, sin tomarse la molestia de realizar la más mínima investigación sobre los hechos descritos en las denuncias. Y todo ello ante la inaceptable y cómplice pasividad de la fiscal general del Estado hasta julio de 2022, Dolores Delgado.

Este libro desnuda también el funcionamiento de un poder opaco y corrupto. Opaco a veces incluso para el propio Reyero, a quien la presidenta Isabel Díaz Ayuso ocultó una reunión al principio de la pandemia donde en teoría se diseñó un plan con 270 actuaciones. «¿Dónde se encuentra ese plan con 270 medidas de lucha contra la pandemia? Porque si ahí están contenidas las líneas de actuación para enfrentarse a la mayor urgencia sanitaria de los últimos tiempos, ¿no deberíamos haber tenido acceso a ellas? Pero la realidad es que no lo hemos visto nunca. Ni nosotros ni nadie», se lamenta.

Un poder corrupto en la medida en que se apoya en un costoso aparato de propaganda para imponer un relato falso. Es casi tierno comprobar cómo el consejero va descubriendo las malas artes de algún gacetillero de tercera regional con ínfulas. Y es inevitable una sonrisa comprensiva ante su jugada de filtrar los correos que había enviado al consejero de Sanidad, el infausto Enrique Ruiz Escudero, como forma de reventar la enésima emboscada mediática que le tenían preparada sus compañeros de coalición. «En el río revuelto de la desinformación es donde triunfan las patrañas», resume Reyero, en referencia a la maquinaria de intoxicación de Ayuso y su otro escudero, Miguel Ángel Rodríguez. Maquinaria generosamente engrasada con los euros de los contribuyentes.

Este libro, en fin, ayuda a desmontar las falacias puestas en marcha por ese aparato de manipulación mediática que produce unos efectos tan nocivos en la sociedad. «Quien es ciego ante los hechos y la realidad es un peligro mayor para la verdad que el mentiroso», sostiene con razón el filósofo Byung-Chul Han, para quien «decir la verdad es un acto genuinamente político».

Hay mentiras tan burdas que no llegan ni a falacia, solo aptas para el consumo de tontos de remate, como la de que el responsable de las residencias era Pablo Iglesias. Pero hay otras falsedades más elaboradas: que fue un tsunami ante el que no se pudo hacer nada; que el único culpable fue el bicho (simpleza que también propagó con entusiasmo casi fanático el presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, José Augusto García Navarro); que en todas partes se actuó igual; que lo ejecutado con los residentes fue un triaje… Y la más inhumana de todas: que las personas fallecidas sin recibir atención médica en las residencias habrían muerto igual si las hubiesen trasladado a un hospital. Una verdadera estafa argumental que la propia Ayuso colocó en un programa nocturno de máxima audiencia, donde fue a hacer el saltimbanqui en vez de aprovechar para pedir perdón a los familiares de las víctimas.

Frente a ello, Reyero explica cómo actuaron de forma diferente en otras comunidades autónomas, denuncia que el «hospital milagro» montado en Ifema «tenía truco», detalla el escándalo de la llamada «operación bicho» y disecciona el Protocolo de la Vergüenza, que establecía «que había vidas dignas de ser vividas y otras que no. Así de claro. La terminología médica escondía una discriminación inaceptable: si vives en una residencia no tienes derecho a ir al hospital. Tampoco si tienes una discapacidad. Hay otras vidas que merecen ser salvadas antes que la tuya». Decir la verdad es, desde luego, un acto genuinamente político.

Por supuesto, Reyero también se rebela ante la falsedad de que el traslado a los hospitales para atender a los enfermos no habría servido de nada: «Sí cuestiono que se negara el traslado automáticamente a aquellos que estaban en condiciones de ser trasladados y que se podrían haber beneficiado del tratamiento en el hospital. […]. ¿A cuántas de esas personas que, con el tratamiento adecuado, podrían haber superado la enfermedad en un hospital se les negó el acceso? No lo sabemos. Y no lo llegaremos a saber nunca. Pero intuimos que fueron muchas».

«En política puedo admitir casi todo, pero que se utilice una tragedia en beneficio propio me parece una absoluta inmoralidad», denuncia el autor. ¿Acaso no entenderá este hombre el concepto «libertad»? Libertad para manipular a los muertos. Y cañas, muchas cañas, para los vivos. Sobre todo para los vivos de la especie espabilado superior, aquel que se va embolsando las comisiones de doscientos mil en doscientos mil euros.

Los zapatos sucios

Hasta aquí alguna de las (poderosas) razones para leer este libro. Como en todo testimonio, en sus páginas también está presente esa parte más humana de quien se confiesa. Está el Reyero prepolítico, a quien la experiencia con su madre dependiente le llevó a escribir un blog titulado proféticamente No es Madrid para viejos. Y está el Reyero político, que recorre a una velocidad de vértigo el camino que va de la ilusión por cambiar las cosas al desencanto, empujado a medias por la brutalidad de la pandemia y la fiereza de Ayuso y sus palanganeros. A nadie puede extrañar que recuerde así un debate en la Asamblea pocos días antes de dimitir: «No era la primera vez que me ocurría, pero tenía un problema: estaba más de acuerdo con lo que decía la oposición que con lo que afirmaba mi presidenta, con la que ya no estaba de acuerdo en nada».

Ese trayecto de Reyero trae a la memoria unas palabras que escribió Gramsci en su juventud: «Cuando discutas con un adversario, trata de ponerte en sus zapatos. Lo comprenderás mejor y tal vez acabarás concediéndole un poco, o mucho, de razón. He seguido este consejo de sabios durante mucho tiempo. Pero los zapatos de mis oponentes estaban tan sucios que he concluido: es mejor ser injusto algunas veces que experimentar de nuevo este asco que me provoca el desmayo». Hay que decir que Reyero se esfuerza hasta el punto final por no ser injusto con nadie, pero también que cuando uno llega a esa última frase es plenamente consciente de lo sucios que llevan algunos sus zapatos y que resulta imposible no experimentar un asco profundo ante ciertos hechos.

Miles de personas murieron de forma indigna. Es algo que debería avergonzar a cualquier sociedad. Ese mal ya no podrá ser compensado jamás, pero nos queda la obligación de honrar su memoria, de buscar la verdad y de exigir justicia.

Los seres humanos se pueden agrupar de múltiples maneras, pero a mí me gustan las divisiones sencillas: hay personas que viven de forma digna y personas que se comportan de manera indigna.

Este libro está escrito por una persona digna.

Los que por acción u omisión permitieron que 7291 mayores fallecieran en las residencias de Madrid sin recibir la atención sanitaria a la que tenían derecho son personas indignas. Y los que mintieron, ocultaron o manipularon los hechos, también. Y quienes se negaron a investigarlos, también. Aunque disimulen, aunque lo nieguen, todos ellos llevarán el resto de sus días ese peso de indignidad sobre sus conciencias. Y en el futuro, cuando se escriban los libros de historia, los miembros de su estirpe se avergonzarán de ellos al conocer lo que hicieron en aquella primavera negra de 2020.

Manuel Rico

Julio de 2022

MORIRÁN DE FORMA INDIGNA

A los trabajadores de las residencias,

que tan injustamente han sido tratados durante la pandemia

y a quienes debemos tanto. Gracias de todo corazón.

Nota de los editores

Este libro cuenta con 358 notas al pie. En ellas se recogen los títulos y los autores de todos los documentos consultados por el autor. Asimismo, en las últimas páginas de este libro hay un apéndice con los enlaces a todas estas fuentes, siempre que estén disponibles.

Introducción

Tiene muchas ventajas lo de poner las cosas por escrito. La niebla se dispersa y la verdad, o algo parecido a ella, aparece cruda y desnuda, no siempre grata, desde luego.

Sebastian Barry, El caballero provisional

El 2 de octubre de 2020 presenté mi dimisión como consejero de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid. Ocupé el cargo poco más de un año. Pero en ese periodo vivimos la mayor tragedia de nuestra generación, la pandemia de Covid-19, y me correspondió gestionar uno de los sectores más castigados: las residencias de mayores.

Entonces la situación en las residencias había mejorado, así que cerré la puerta con cuidado y me marché en silencio. Mi discreción sorprendió a muchos, que esperaban otra cosa. Pero creo que hice lo correcto. De los sitios hay que saber marcharse. Me pidieron muchas entrevistas. En todo tipo de medios. No concedí ninguna. Me fui en silencio en octubre de 2020 con la esperanza de contar mi versión en el momento y lugar oportunos: la comisión de investigación constituida en julio de 2020 para explicar la gestión de la crisis en las residencias.

Desde el primer momento manifesté mi deseo de comparecer y contestar a las preguntas de los diputados de todos los grupos políticos. Las fáciles y las difíciles. Alguien que ha tenido responsabilidades durante la crisis y que ha tomado decisiones durante la misma tiene el deber moral de compartir su actuación y de mirar a la cara a los ciudadanos.

Pero la victoria del Partido Popular en las elecciones anticipadas del 4 de mayo de 2021, y su posterior acuerdo con Vox, provocó el cierre prematuro y definitivo de la comisión. Solo dio tiempo a que comparecieran familiares, trabajadores, patronales y expertos. Cuando empezaban a comparecer los responsables políticos, le dieron cerrojazo. Por tanto, esta es la única manera a mi alcance para que se conozca lo sucedido y de que no parezca que doy por buenos los criterios que dejaron sin asistencia sanitaria a muchas personas en la Comunidad de Madrid.

Esto que tienes delante, querido lector, es mi verdad; en minúscula, claro, como casi todas las verdades importantes. Y que nadie se llame a engaño: por supuesto que esta historia no es imparcial. Pero, aunque no estés de acuerdo con mis juicios, mis opiniones o mis hipótesis, será difícil que hagas caso omiso de los hechos y de los documentos en los que he basado mi versión, ordenándolos para que se comprendan mejor. He hecho un verdadero esfuerzo por documentar la mayor parte de lo ocurrido. De ahí, las sesiones en la Asamblea, las noticias de prensa, los documentos, las cartas, los emails y los WhatsApp. Y cuando especule o emita hipótesis que no puedo probar, lo advertiré.

Es posible que contando mi versión me exponga más de lo que ya lo he hecho hasta ahora. Otros integrantes del Gobierno no han ofrecido ninguna explicación, se han limitado a negarlo todo y a bloquear cualquier posibilidad de que conozcamos los hechos. Y hay que reconocer que no les ha ido mal, aunque muchos seguimos sin entender que una persona pueda volver la espalda y no dar explicaciones acerca de una tragedia como la vivida.

Tengo muy presentes las palabras del escritor chino Yan Lianke a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong en su primera clase virtual, nada menos que el 21 de febrero de 2020. Están recogidas en un texto titulado «Que cuando esta epidemia acabe nos quede la memoria»:

Espero que, en un futuro previsible y no muy lejano, cuando este país comience a anunciar a los cuatro vientos con toda fanfarria y épica su victoria en la guerra contra la epidemia, no nos convirtamos en esos escritores que entonan cantos vacíos, sino únicamente en personas honestas y con memoria… Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie, pero guardar silencio y olvidar son barbaries aún más terribles1.

En este caso, la memoria es necesaria para que aprendamos de nuestros errores. Si ocurre algo parecido en nuestro futuro, ¿elegiremos otra vez abandonar a los más mayores, a los que van en silla de ruedas o a los que viven en una residencia? No, encogerse de hombros no es una alternativa. Ni tampoco ventilar un asunto de esta importancia con tanta ligereza.

Pero la memoria es necesaria, sobre todo, porque tenemos una deuda enorme con las personas que no recibieron la atención que se merecían. El elevado número de muertos en residencias —34 669 en toda España, según el último informe del Imserso disponible2— ha acabado por tener el efecto perverso de invisibilizar a las víctimas. Las cifras monstruosas deshumanizan y parece que cien muertos nos conmuevan menos que uno solo. Por eso os invito a pensar en las muertes provocadas por el covid de una forma individual. Como si fuera la de un familiar cercano.

Porque la deuda también es gigantesca con los familiares de quienes murieron. No hay manera de que una herida cicatrice si desconocemos los hechos. Esta es mi humilde contribución a ese objetivo, que debería ser el de todos.

Tampoco han faltado personas cercanas y que me quieren que me han dicho: «¿Por qué no lo dejas? Pasa página. Contar tu historia no te va a traer más que problemas». A algunos les sigue sorprendiendo mi insistencia en este tema. Como si fuera una obsesión o una rareza. Es posible que tengan razón, pero ojalá fuera todo tan sencillo y pudiera hacerles caso. Pero no puedo olvidarme. Porque escribir este texto me ayuda a entender mejor lo que pasó, qué hice yo y qué hicieron los demás. Y también qué fue lo que no hicimos. Necesito contar lo que sé y lo que la mayoría no sabe. Es mi manera particular de pasar página. Y si no escribo mi historia, corro el riesgo de que alguien lo haga por mí.

En estas páginas también me he propuesto combatir lo que se ha venido a llamar «edadismo», un término feísimo pero muy certero para referirnos a la discriminación hacia las personas de más edad, muchas veces señaladas como una carga improductiva para la sociedad. Muy pocos lo reconocerán abiertamente, pero todos respiramos aliviados cuando constatamos que la enfermedad atacaba a los más mayores, muy poco a los jóvenes y casi nada a los niños: «Un joven puede morir; el viejo debe morirse». Eso es lo que señaló oportunamente Adela Cortina en un artículo publicado en El País al final de la primera ola, el 23 de julio, titulado «Desenmascarar la gerontofobia», y que luego desarrolló en un magnífico libro3.

No comparto ese estado de anestesia, como si por el hecho de que los fallecidos estuvieran en sus últimos años de vida resultara inevitable que murieran. Porque no es verdad. Perdieron la vida cuando no les tocaba. Que eso no se nos olvide nunca. Tenían el mismo derecho a la atención médica que todos los demás.

No me cabe ninguna duda de que el año 2020 quedará marcado en nuestras vidas para siempre, pero estoy seguro de que iremos olvidando muchos detalles. La imperiosa necesidad de «pasar página» relegará al olvido cosas que deberíamos tener presentes. Ya hay numerosas señales de ello. Pero aún estamos a tiempo de recordarlas y es importante dejarlas por escrito.

El paso del tiempo me ha permitido ver algunas cosas con más claridad. Entender lo que pasa cuando estás en la vorágine de una batalla nunca es fácil. En algunos casos, es imposible. A la gente que solo es espectadora le cuesta entenderlo, pero es así. Por eso intentaré explicarlo con la historia del protagonista de una de mis novelas favoritas, La Cartuja de Parma, de Stendhal4.

Es una anécdota muy conocida pero no por eso menos cierta. Fabrizio del Dongo, su joven protagonista, huye de su casa en Italia y se une al ejército de Napoleón. Su bautismo de fuego se produce, ni más ni menos, en la batalla de Waterloo. No es un enfrentamiento cualquiera, sino el punto final para el emperador corso. Sin embargo, nuestro protagonista apenas se da cuenta de lo que está viviendo en primera persona. Incluso le pregunta a un sargento: «Señor, es la primera vez que asisto a una batalla. Pero ¿es esta una verdadera batalla?».

Fabriziose desvanece en las primeras escaramuzas y cuando recupera el conocimiento, lo que será conocido en los libros de historia como Waterloo, ha concluido. El drama napoleónico había terminado antes de que Fabrizio entendiera de qué iba la cosa. Para Stendhal, no es posible que los protagonistas de un hecho lo capten en su integridad; eso solo será posible más tarde y en los libros de historia. Incluso el periodista que relata en tiempo real está siempre en inferioridad de condiciones con el historiador. En mi caso, además, todavía era más complicado porque, como iremos viendo a lo largo de este texto, me ocultaron información de forma deliberada. No es que no fuera capaz de verla: es que mis supuestos compañeros en el Gobierno me la escondieron.

Muchas veces he lamentado no haber hecho más entonces. Y no encuentro una respuesta que me satisfaga. Es verdad que hice mucho más que otros: levanté la voz y pedí ayuda en los lugares más insospechados, aunque eso me trajera algunos problemas. Pero no es suficiente consuelo.

En un artículo publicado el 7 de julio de 2021 en Infolibre, Baltasar Garzón hacía una pregunta que todavía retumba en mis oídos: «Si así piensa y no estaba de acuerdo, entonces ¿por qué consintió en tales medidas cuando era consejero?»5. De alguna manera, este texto es una manera de responder esa pregunta y de entender por qué no lo paré, si es que acaso tenía alguna posibilidad de hacerlo. La vida es muchas veces más complicada de lo que recordamos después.

El contexto de esta historia es inevitablemente político, porque muchas decisiones se tomaron en esa clave. Algunos miembros del Gobierno autonómico hicieron lo contrario a lo que debían. ¿Por qué lo hicieron? Habría que preguntárselo a ellos. En política puedo admitir casi todo, pero que se utilice una tragedia en beneficio propio me parece una absoluta inmoralidad. Sobre todo, cuando se hace en medio de esa tragedia.

Pero estas páginas no pretenden ser un ajuste de cuentas con nadie. A quien quiera encontrar algo así, le recomiendo que no pierda el tiempo leyendo estas páginas. Aquí contaré mi versión acerca de lo que viví durante esos meses, lo que hice y lo que no hice. Y, por supuesto, lo que hicieron otros y lo que, a mi juicio, no hicieron. Por eso centraré mi relato en mi experiencia personal como consejero de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid. Lo importante, para mí, no era el partido al que pertenecíamos unos u otros. En una pandemia, todos deberíamos apretar los dientes y remar en la misma dirección. Aunque también espero que mi relato sirva a quien tenga algún interés en conocer la política real y saber qué es lo que ocurre dentro de un gobierno de coalición en una situación tan adversa.

Podríamos sentenciar que el texto que tienes delante, querido lector, contiene dos relatos que discurren en paralelo, muchas veces se entremezclan y no se entienden el uno sin el otro. El primero, y más importante, trata acerca de lo ocurrido en las residencias de mayores durante la primera ola de la pandemia. Tengo que aclarar que también habría podido dedicar tiempo a las personas con discapacidad, que también sufrieron mucho durante este periodo, pero por razones de espacio y de foco solo las menciono de pasada. No descarto escribir sobre ello más adelante. El segundo relato es mi experiencia como consejero de Políticas Sociales de la Comunidad de Madrid y el intento miserable y fallido de buscar un culpable.

Para terminar con esta introducción quiero dar las gracias a mi familia, a Mare y a Cristina, por todo el apoyo siempre y especialmente durante todo este tiempo tan doloroso. Y tampoco me quiero olvidar del cuarto miembro de mi familia, Mango, que me acompañó especialmente durante las noches más oscuras. Gracias a los tres.

1Yan Lianke, El País, «Que cuando esta epidemia acabe nos quede la memoria», 20 de marzo de 2020.

2Imserso, Enfermedad por coronavirus (COVID-19) en Centros Residenciales (actualización nº 71), 3 de julio de 2022.

3Adela Cortina, El País, «Desenmascarar la gerontofobia», 23 de julio de 2020. El libro posterior se llama Ética cosmopolita (Ediciones Paidós, 2021).

4Stendhal, La Cartuja de Parma [1839], traducción de Consuelo Berges, Madrid, Alianza Editorial, 2020.

5Baltasar Garzón, Infolibre, «Malicia», 7 de julio de 2021.

El virus

El 31 de diciembre de 2019 la Organización Mundial de la Salud recibió la primera alerta de las autoridades chinas acerca de la aparición en Wuhan, una ciudad de 11 millones de habitantes, de una serie de casos de neumonía de origen desconocido. Una semana después, el 7 de enero de 2020, y tras los primeros análisis de los sanitarios chinos, se descubrió la aparición de un nuevo coronavirus que se cobró su primera víctima mortal cuatro días después.

Desde un primer momento las informaciones eran confusas y todo sonaba muy lejano. Si se escucharon tambores que anunciaban la peor epidemia de nuestra generación, yo no los escuché. Como no lo hizo casi nadie. Recuerdo comentarios del tipo: «Es como una gripe». El conocido empresario Elon Musk, por ejemplo, publicó un tuit, nada menos que el 6 de marzo, en el que decía: «El miedo al coronavirus es una tontería»6. El mensaje tuvo una repercusión extraordinaria: 282 000 retuits y 1 524 000 me gusta. Sobra cualquier comentario.

Incluso algunos epidemiólogos rebajaron entonces las dimensiones del peligro. Esa era la situación, por mucho que después la queramos recordar de otra manera. Y es, por otro lado, lo que ha ocurrido siempre en la historia. Como escribió Albert Camus en La peste: «Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas»7.

Siempre pensaré que las alertas de grandes epidemias de años anteriores (gripe A, gripe porcina, gripe aviar, vacas locas o ébola), que acabaron por no ser tan graves como algunos anunciaban, jugaron en contra de la reacción al covid. Es el clásico cuento de Pedro y el lobo. Muchos pensaron que sería otra epidemia más. Todavía recuerdo las críticas al Gobierno en 2009 por la compra masiva de vacunas contra la gripe A que acabaron en la papelera. «¡Vergüenza!». «¡Despilfarro!». La prevención pasa muchas veces por ponerse en lo peor. Eso es lo que ocurrió entonces; y lo que no pasó con el covid. Los cisnes negros llegan en contadas ocasiones, pero alguna vez llegan.

Un año después del estallido de la epidemia, el Informe anual de seguridad nacional admitiría que el Gobierno central tuvo que tomar decisiones en los primeros meses con «información parcial o poco actualizada» sobre el alcance real de la pandemia, ya que el sistema de vigilancia epidemiológica español no estaba preparado para procesar tal volumen de datos con la rapidez requerida «para la correcta toma de decisiones». Ese mismo informe también señalaría otras lecciones de las que deberíamos tomar buena nota para el futuro8.

Durante el resto de enero de 2020 se detectaron los primeros casos en Estados Unidos, Tailandia, Alemania, Japón y Oriente Medio, lo que obligó a todos los países a reforzar las medidas de seguridad en los aeropuertos y a elaborar los primeros protocolos de actuación. En España, el primer documento de esta naturaleza data del 24 de enero, lo aprobó el Ministerio de Sanidad y lo distribuimos en la Consejería de Políticas Sociales el 27 de enero. Solo tres días después, el 30 de enero, la OMS declaró el Estado de Emergencia Internacional, coincidiendo con el bloqueo de un crucero con 7000 personas en un puerto italiano por sospechas de infección.

A principios de febrero, España registró su primer caso, un paciente alemán ingresado en la isla de la Gomera. También llegaron a Madrid veintiún españoles evacuados desde Wuhan para pasar una cuarentena en el Hospital Gómez Ulla de Madrid, que serían dados de alta el 14 de febrero sin que se detectara ningún positivo. Por su parte, Reino Unido confirmó dos casos e Italia declaró la emergencia nacional. En los primeros días de febrero, el número de fallecidos ascendía ya a 361 en todo el mundo, superando al Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS) de 2002, por el que habían fallecido 349 personas. Se registraban casos también en Bélgica y se produjo el primer fallecimiento en Estados Unidos.

La extensión global y acelerada del virus empezó a preocupar a la comunidad internacional. De hecho, la espantada de empresas de todo el mundo obligó a cancelar eventos como el Mobile World Congress de Barcelona, lo que generó unas pérdidas estimadas de 500 millones de euros y provocó la indignación de quienes consideraban que era una decisión demasiado drástica. Un editorial de El País, publicado el 14 de febrero, era muy crítico con esa cancelación. Se titulaba «Sin razones». Y el subtítulo añadía lo siguiente: «La suspensión del Mobile obedece a una reacción histérica no justificada»9. El ministro de Sanidad, Salvador Illa, declaró que respetaba la decisión de los organizadores, pero añadió a continuación: «No hay motivos de salud pública que lo justifique»10. El 13 de febrero. Un mes después se declararía el estado de alarma en toda España.

Para entonces ya había más de 2000 fallecidos y de 74 000 contagiados en todo el mundo. Italia decidió aislar el 22 de febrero tres localidades en la región de Lombardía, en el norte del país, después de confirmar quince nuevos contagios y la muerte de uno de los dos contagiados, un hombre de setenta y siete años. En cambio, por esas fechas, en España solo llevábamos tres casos confirmados y ningún fallecido oficial.

El 25 de febrero se confirmó el primer caso en la Comunidad de Madrid, un joven de veinticuatro años que había viajado a Italia. Por entonces, la Consejería de Sanidad ya había distribuido por los hospitales un primer manual para el manejo de pacientes con coronavirus. La Agencia Madrileña de Atención Social (AMAS), que es un organismo autónomo que gestiona los centros públicos directamente dependientes de la Consejería de Políticas Sociales (residencias de mayores, centros de día, residencias de discapacidad, centros de mayores, centros ocupacionales, centros de menores y comedores sociales), también había distribuido un manual de prevención para sus trabajadores.

Pero en menos de veinticuatro horas, los contagios en España ascendieron a 23. El virus había llegado con fuerza. Y, más en concreto, a la Comunidad de Madrid, que el 2 de marzo ya era la región con más afectados de España, veintinueve, muchos de ellos en Torrejón de Ardoz. El Centro Europeo de Enfermedades Infecciosas lanzó ese mismo día una recomendación a los Estados miembros para que adoptaran medidas de distanciamiento social individual.

Un día después, el 3 de marzo, se comunicó el primer fallecimiento por coronavirus en España, ocurrido en la Comunidad Valenciana, aunque por lo que se pudo saber días después, había tenido lugar realmente el 13 de febrero, aunque sin prueba diagnóstica que lo confirmara en el momento de su fallecimiento.

Aunque la confirmación no llegaría hasta el día siguiente, el 3 de marzo falleció en el Hospital Gregorio Marañón una mujer de noventa y nueve años proveniente de una residencia madrileña. Se trataba de la primera víctima mortal en la Comunidad de Madrid y la tercera en España.

Hasta aquí el contexto de la historia que me dispongo a contar. Es un contexto en gran parte conocido por todos, pero considero necesario fijarlo porque en unos años se nos habrán olvidado muchas cosas. La pandemia nos golpeó a todos, sin distinción. Lo diferente fue la involucración de cada uno de nosotros en la pandemia. La mayoría fueron espectadores, otros se convirtieron en víctimas y a unos pocos nos tocó ser protagonistas. En mi caso la viví como consejero de Políticas Sociales de una comunidad autónoma y, por tanto, responsable de las residencias, el sector más castigado durante la crisis. Por eso creo necesario que, antes de entrar de lleno en el relato propiamente dicho, cuente brevemente cómo llegué a ese puesto.

6Elon Musk (@elonmusk): «The coronavirus panic is dumb», Twitter, 6 de marzo de 2020.

7Albert Camus, La peste [1947], traducción de Rosa Chacel, Barcelona, Edhasa, 2010.

8Departamento de Seguridad Nacional, Informe anual de seguridad nacional 2020, Catálogo de publicaciones de la Administración General del Estado, abril de 2021.

9El País, «Sin razones», El País, 14 de febrero de 2020.

10Atlas España, «Salvador Illa sobre la cancelación del WCM: “No hay motivos de salud pública que lo justifique”», ABC, 13 de febrero de 2020.

La dependencia

Nunca lo he escondido, pero tampoco he hecho un alarde especial de la motivación personal que me trajo a la política y en concreto a las políticas sociales. Hasta 2007 nunca se me había pasado por la cabeza dedicarme a la política. En ese momento ya llevaba casi veinte años trabajando como profesional de recursos humanos. Y estaba contento con mi carrera.

Pero ese año se produjeron dos acontecimientos que cambiaron mi vida: uno general y otro personal. El general lo llevaba viviendo desde hacía un tiempo: como ciudadano estaba muy descontento con la situación política creada por el nuevo Estatut de Cataluña y la respuesta del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Aunque entonces veía el fenómeno con cierta distancia, el nacimiento y la entrada de Ciutadans en el Parlament de Cataluña me produjo una verdadera alegría. Llegaba aire fresco a la política española.

El segundo, el acontecimiento personal, consistió en que mi madre, que ya arrastraba problemas físicos y cognitivos relacionados con la edad desde hacía unos años, pero que vivía tranquilamente en casa, sufrió un ictus en mayo de 2007. Esto la llevó primero al hospital y más tarde a una residencia. El ictus la dejó absolutamente dependiente para el resto de sus días. Fallecería seis años después, pero entonces empezó mi baño de realidad con la dependencia en casa.

Esos dos acontecimientos confluyeron el 22 de mayo de 2007 en el Hospital de La Princesa, donde mi madre estaba ingresada. Mientras la acompañaba en su habitación, leí en la portada del ABC: «Socialistas vascos críticos con Zapatero preparan un nuevo partido nacional». La noticia explicaba que «Savater, Rosa Díez, Martínez Gorriarán y Niko Gutiérrez han fundado en San Sebastián esa “tercera vía” que sería realidad en octubre. Ya han mantenido contactos con Ciutadans».

Ese mismo día, el ABC también le dedicaba un editorial: «¿El tercer partido?»11. A pesar del título, el tono del editorial era bastante crítico con la posible creación de un nuevo partido. En realidad, defendía el bipartidismo. Tampoco había que esperar milagros del ABC. Pero destacaba algo que siempre me había seducido, la existencia de una tercera vía entre los dos bloques tradicionalmente inamovibles en España. Siempre había observado con envidia la existencia en Reino Unido de los liberal-demócratas. ¿Por qué no podía haber un partido así? Que nos permitiera, además, superar de una vez las dos Españas.

Sería largo de contar, pero desde ese momento estuve muy atento a todos los movimientos en relación con esta iniciativa. Unos meses más tarde, en septiembre de 2007, asistí al acto en el que se presentó el partido del que hablaba ABC: UPyD. Ese día me entusiasmaron el manifiesto y los discursos pronunciados en la Casa de Campo madrileña: Albert Boadella, Mario Vargas Llosa, Fernando Savater y Rosa Díez. Entre los asistentes también recuerdo la presencia de un joven Albert Rivera que unos meses atrás había entrado en el Parlament de Cataluña con Ciutadans. Estábamos ante la presentación de un auténtico partido nacional de orientación centrista.

Después de muchas dudas, ya que nunca había militado en ningún partido político, en enero de 2008 me afilié a UPyD. Mi intención solo era contribuir emocional y económicamente al esfuerzo colectivo para la construcción de esa tercera vía con la vista puesta en las elecciones generales del 9 de marzo de 2008. Pero acabé integrándome en la vida del partido y comencé a coordinar un grupo de trabajo de dependencia. Esta decisión desembocó años después en mi entrada en la Asamblea de Madrid en 2011 como diputado y portavoz de UPyD en las áreas de Asuntos Sociales y de Discapacidad. Más tarde, en las elecciones de 2015 repetí como diputado, entonces ya en Ciudadanos, que había decidido dar el salto nivel nacional, donde seguí con responsabilidades en Políticas Sociales.

Por el lado más personal, la experiencia de tener a una persona dependiente en casa y toparme con las dificultades para que la ley de dependencia protegiera a mi madre, me llevaron a publicar, a principios de 2009, un blog personal con un título que, leído años después, no deja de sorprenderme: No es Madrid para viejos, se llamaba. Entonces no sabía lo que nos esperaba once años después.

En su momento creí haberlo borrado: consideraba que mi puesto como diputado en la Asamblea no era compatible con un blog de esas características; languideció durante unos meses hasta que dejé de escribir en 2012. Pero no fui muy hábil borrándolo y todavía se puede encontrar en esta dirección de internet: https://noesmadridparaviejos.wordpress.com/

Me produce algo de ternura leer ahora las entradas de ese blog, llenas de la inocencia y en muchos casos de la «salvaje indignación» de un ciudadano completamente ajeno a la política. Invito a quien esté interesado a que bucee en su contenido y, por favor, sean comprensivos con su autor.

A efectos de hacernos una idea de su contenido, copio la entrada con la que inauguré el blog, un 5 de febrero de 2009. Se titulaba «Exposición de motivos»12:

Es muy simple. Mi experiencia personal es que la Ley de Dependencia es bastante floja y que además en Madrid se está utilizando como herramienta de boicot al Gobierno, sin importar quiénes son los verdaderos sufridores del mismo. También me empuja a publicar mis pensamientos y experiencias que todavía estamos a tiempo de que la Ley de Dependencia sirva para algo y espero ayudar a contribuir un poco a remar en esa dirección. La perspectiva que utilizaré se referirá sobre todo a los mayores; claro que la ley de dependencia está dirigida también a otros colectivos, pero mi experiencia se refiere a mi madre, que tiene 86 años y es el caso que mejor conozco. En cualquier caso, afecta a decenas de miles de personas en Madrid y según los datos estadísticos del Imserso, los mayores de 65 suponen un 80 % de las solicitudes recibidas (el 52 % hace referencia a los mayores de 80).

Este no es un blog político pero con eso tampoco quiere decir que intente ser «políticamente correcto»; por supuesto contendrá mis ideas y mi posicionamiento, cuando lo tenga. A aquellos que considere responsables de esta gran mentira, les atacaré sin reparo. Me da igual a qué partido pertenezcan, lo cierto es que han asumido una responsabilidad ante los ciudadanos y en su sueldo van incluidas las críticas a su gestión. Por ahora tengo el nombre de un responsable que se está luciendo con este tema y que se llama Esperanza Aguirre.

No soy un experto en la materia. Solo soy un sufridor de un sistema que no funciona. Mi objetivo es agitar conciencias y movilizar iniciativas. La información que iré publicando en el blog es fruto de mi experiencia personal y de mis investigaciones en Internet y que por tanto están al alcance de cualquiera. Intentaré utilizar información digestible ya que la mayoría es legal y/o estadística y eso permite a los políticos salir indemnes porque sus ciudadanos no entienden o acaban por aburrirse de una jerga tecnócrata que solo es oscurantista y, por qué no, bastante pedorra.

En el caso de la Comunidad de Madrid es más complicado disponer de datos: su fuerte es la propaganda pero no la transparencia, es fácil encontrar folletos en pdf con abuelos muy saludables y deportistas pero cuando se trata de recibir información, ay señor ahí llegan los problemas. No digo que no exista, simplemente que ponen difícil su acceso. En cualquier caso y dado que existen datos a nivel nacional, eso nos permite disponer de la información de Madrid. En los tiempos de hoy la única censura posible para los tiranos sería prohibir Internet y eso, para nuestra suerte, está al alcance de muy pocos.

Los mayores son, junto a los niños, los que menos posibilidades tienen de levantar la voz. Además, a los viejos se les tiende a aparcar en contenedores llamados Residencias porque suelen ser feos (a algunos se les cae la baba o incluso tienen la fea costumbre de cagarse encima) y posiblemente pensamos que encerrándoles y no viéndoles cada día, acabaremos por olvidarnos de ellos. A los políticos no les importan demasiado los viejos, solo un poquito en época de elecciones, porque en muchos casos ni siquiera votan, aunque tampoco hay que olvidar los casos de políticos corruptos que han manipulado sus firmas para atribuirse sus votos. En algún artículo recordaré algún caso que denominaré grotesco por evitar palabras trágicas.

Posiblemente se acercan tiempos de ira popular en España ante la ineptitud de la mayoría de nuestros políticos para gestionar los problemas que parece que han caído del cielo y de los cuales los responsables siempre son otros. Seguramente no habrá abuelos manifestantes o huelguistas furibundos pero con la pequeña contribución de este blog, pretendo que no se nos olviden sus problemas.

Finalmente cualquiera que quiera ayudarme es bienvenido y solo tiene que enviar un email con su experiencia personal, aclaración o crítica a [email protected]

Quedaban muy claras desde el principio cuáles eran mis intenciones y también los adversarios que quería combatir. El enfrentamiento continuo de Esperanza Aguirre con el Gobierno central estaba teniendo consecuencias devastadoras sobre las personas dependientes. Pero ¿no se trataba de proteger a las personas más vulnerables? No había manera de entenderlo. Y eso que aún no conocía en profundidad la destrucción que había supuesto Esperanza Aguirre para todo lo que sonara a «social» en la Comunidad de Madrid.

Que las políticas sociales han importado muy poco en el PP, lo sabe cualquiera medianamente interesado en la materia. En el menos dañino de los casos lo han considerado como caridad, nunca como derecho. Sus distintos consejeros mostraron un desconocimiento generalizado de la materia, que tampoco es lo más grave, porque de todo uno acaba aprendiendo. Pero cuando no se tiene ningún interés, no hay nada que hacer.

Por esa razón, la Comunidad de Madrid es en la actualidad la comunidad autónoma con las políticas sociales más obsoletas de España. La Ley de Servicios Sociales de 2003 o la de Infancia de 1995 son solo dos ejemplos que harían sonrojar a cualquier persona con un mínimo compromiso hacia los más vulnerables. Han gozado de mayorías absolutas durante muchas legislaturas para sacar adelante esas reformas. Y no han hecho nada. No han querido. No les ha importado.

Mi blog llamó la atención de las personas interesadas en la cuestión. El Mundo se puso en contacto conmigo para incluir el caso de mi madre en una serie de reportajes que denominaron «El drama de la dependencia». El 5 de noviembre de 2010, salió publicado bajo el título de «Los 1058 días de María Teresa»13. Esos 1058 días eran los que llevábamos esperando una solución desde que presentamos la solicitud de una prestación de dependencia. Nuestro calvario era uno más de los miles que vivieron los madrileños durante esos años. Mis sensaciones están bien recogidas en el reportaje, cuando, refiriéndome a los mayores, afirmo cosas como la siguiente: «Son los grandes olvidados, lo han tenido muy difícil, se hacen sus necesidades encima y tendemos a esconderlos en los contenedores llamados residencias, parece como que no existan». Los que habéis pasado por una situación parecida sabéis la desesperación de no ser capaz de encontrar una solución para tus padres mayores.

El blog me sirvió de plataforma para denunciar la situación que vivíamos en la Comunidad de Madrid, así como para mantener contacto con familias en la misma situación. También me permitió profundizar en el conocimiento de la dependencia, primero, y de los servicios sociales, después. Y, además, significó empezar a tejer una red de contactos que más adelante me serían muy útiles en mi desempeño político. Posiblemente sin el ictus de mi madre y el calvario administrativo posterior no me habría dedicado nunca de manera profesional a la política.

Los ocho años de diputado en la oposición, primero en UPyD y luego en Ciudadanos, me permitieron aprender mucho sobre los servicios sociales, mantener un contacto muy estrecho con entidades del tercer sector y expertos en la materia. De todos aprendí mucho. También me sirvió para familiarizarme con una actividad, la parlamentaria, absolutamente desconocida para mí por entonces. Y para descubrir que me gustaba. Podría detenerme en esos años de oposición, pero tengo que avanzar. A lo largo del texto ya saldrán algunas referencias a esos años de aprendizaje.

Las elecciones autonómicas de 2019 trajeron un escenario nuevo a la Comunidad de Madrid. Los 26 diputados de Ciudadanos nos permitieron explorar un acuerdo con otras fuerzas políticas. Desde el primer momento, la Dirección nacional del partido apostó solo por un acuerdo con el PP. Desgraciadamente, nunca se contempló otra alternativa.

El acuerdo no era fácil porque precisaba del apoyo de Vox, que me parecía preocupante. Pero después de semanas de negociación, alcanzamos un pacto de gobierno. En el mismo se acordaron 155 medidas de gobierno muy razonables y la distribución de consejerías entre PP y Ciudadanos14. Ignacio Aguado (futuro vicepresidente) me ofreció la Consejería de Políticas Sociales, una confianza por la que le estaré siempre agradecido.

El 20 de agosto de 2019 prometí mi cargo en Sol. Fue un acto solemne. A su finalización se celebró el primer Consejo de Gobierno, del que recuerdo pocas cosas, salvo las inquietantes fotos que nos hicieron y que fueron pasto de los primeros memes. A continuación, me desplacé a la Consejería en O’Donnell, acompañado del reducido equipo que nombraría de forma inmediata: mi viceconsejero, Javier Luengo; mi jefe de gabinete, Carlos Reus; y mi jefa de protocolo, Mamen Sacristán.

Tenía el propósito de que, por primera vez en la Consejería, todos los altos cargos tuvieran experiencia en la materia de la que iban a ser responsables. La militancia política no sería el factor más importante. Durante los gobiernos anteriores, la Consejería de Políticas Sociales había sido como el gordito en el patio del colegio a la hora de elegir equipo para jugar al fútbol: era siempre la última elección, la que nadie quería. Esta vez no iba a ser así. Algunos veníamos de la política, sí, pero la mayoría lo hacía directamente desde las entidades sociales o desde la administración pública. A estos últimos les convencí con un proyecto de cambio para los servicios sociales madrileños después de años de completo abandono.

Llegamos con las ideas muy claras sobre qué hacer en relación con las políticas sociales, pese a que los portavoces de los partidos de izquierda se mostraron muy escépticos por nuestra dependencia de Vox. Éramos la tercera pata del «trifachito» y carecíamos de credibilidad.

No quise incrementar la estructura de la Consejería, aunque con el nuevo Gobierno aumentó el número de Consejerías, de viceconsejeros y de directores generales. En este sentido, me bastó con algunos cambios internos en la distribución de competencias y con equilibrar de forma paritaria los altos cargos. También cambié la denominación de la Dirección General de la Mujer por Dirección General de Igualdad, e introduje dos cambios en la denominación de la Consejería: incluí el término «Igualdad» y añadí una «s» a la tradicional denominación de «Familia», en un guiño deliberado a la diversidad familiar. La consejería, pues, pasó a llamarse: «Consejería de Políticas Sociales, Familias, Igualdad y Natalidad». Es llamativo que esas dos pequeñas innovaciones en la denominación no sobrevivieran después de las elecciones anticipadas de 202115.

Los primeros meses en la Consejería fueron muy intensos. Las entidades sociales solicitaban reuniones y algunas requerían mi presencia en sus actos; lo normal en estos casos. Pero me preocupaba que eso me quitara tiempo para lo que era más necesario. Ya había visto a muchos de mis antecesores dejarse arrastrar por la inercia del cargo. Y lo más urgente era actualizar una normativa obsoleta en materia de servicios sociales y de infancia. Y cambiar cualquier normativa, no digamos una ley, es una tarea muy complicada en la Comunidad de Madrid, donde todo son trabas, por si alguien no lo sabe.

11ABC, «¿El tercer partido?», ABC, 22 de mayo de 2007, p. 4.

12Alberto Reyero Zubiri, «Exposición de motivos», No es Madrid para viejos, 5 de febrero de 2009.

13Roberto Bécares, «Los 1058 días de María Teresa», El Mundo, 5 de noviembre de 2010.

14En el lado del PP quedaron la Presidencia del Gobierno y las Consejerías de Sanidad, Presidencia, Justicia, Hacienda, Medio Ambiente y Ordenación Territorial, Vivienda y Educación. En el lado de Ciudadanos quedaron las Consejerías de Transparencia y Deporte, Economía y Empleo, Transportes, Políticas Sociales, Universidades y Cultura, además de la Vicepresidencia. Salvo contadas excepciones, las Consejerías actuaban de manera estanca. Es decir, eran monocolores.

15Boletín Oficial de la Comunidad de Madrid, 1 de julio de 2021.

El estallido

Volvamos a esas semanas en las que el covid aún se movía sigilosamente en la Comunidad de Madrid. Me dispongo a elaborar una cronología de aquellos días, porque no se me ocurre una manera mejor de mostrar a qué velocidad se desarrollaron los acontecimientos.

Durante la segunda quincena del mes de febrero la actividad en la Consejería de Políticas Sociales comenzó a focalizarse cada vez más en el covid. Los profesionales de la Consejería empezaron a trabajar en la elaboración y en la difusión de documentos, recomendaciones y otros protocolos relacionados con el coronavirus, dirigidos tanto a trabajadores como a usuarios. Por ejemplo, durante aquellas semanas trabajaron junto a la Consejería de Sanidad en un protocolo llamado Procedimiento de actuación para centros de la Consejería de Políticas Sociales, Familias, Igualdad y Natalidad frente a la infección por coronavirus, que se distribuyó el 6 de marzo.

Hacia esos mismos días se concretaron otras actuaciones. El 25 de febrero de 2020 difundimos un documento de la Consejería de Sanidad llamado Manejo del Paciente Sospechoso de Infección por el nuevo Coronavirus (SARS-COV-2) en Hospitales de la Comunidad de Madrid. Y el 27 de febrero enviamos el Procedimiento de actuación frente a casos de infección por el nuevo Coronavirus (SARS-COV-2) adaptado a la Comunidad de Madrid. La distribución de material fue constante durante esos días. Además, activamos la compra de material de protección, aunque más tarde comprobaríamos que no de manera suficiente.

Pero a la vez que nos preparábamos para la posible pandemia, seguíamos con nuestro trabajo de costumbre. El martes 3 de marzo terminamos una ronda de treinta presentaciones a los trabajadores de la Consejería para explicarles nuestros planes para la legislatura. La última tuvo lugar en la Residencia de mayores Doctor González Bueno, del distrito de Fuencarral. Todas las reuniones terminaban con una ronda abierta de preguntas, y no recuerdo que ese día hubiera ninguna especialmente preocupada por la situación de la epidemia. Uno de los presentes en la reunión me confirmó que, efectivamente, no las hubo16.

Sin embargo, durante la tarde del día siguiente, el miércoles 4 de marzo, me dieron dos noticias que precipitarían los acontecimientos. La primera es que una residente de la Residencia La Paz, a solo unos pasos de la Consejería, había fallecido el día anterior en el Hospital Gregorio Marañón, también muy cerca de la Consejería, posiblemente por covid, aunque todavía estaban a la espera de las pruebas que lo confirmaran.

Entonces, para ser considerado caso sospechoso de covid y que te hicieran una prueba PCR, además de presentar síntomas, era necesario haber estado durante los catorce días anteriores en alguna zona de riesgo, como China o Italia. Por razones obvias esto último no ocurría en ninguno de nuestros residentes. Sin embargo, la médico de la residencia había insistido en que le practicaran la prueba. Y como se supo después, sus sospechas habían sido ciertas: el fallecimiento se había producido por covid. Un ejemplo más del gran nivel de los profesionales sociosanitarios de la Comunidad de Madrid.

La segunda noticia de aquella tarde es que se había detectado el primer contagio en una residencia, también en La Paz. Era una muestra de que el virus llevaba ya algún tiempo circulando en la Comunidad de Madrid. El hecho de que las enfermedades respiratorias sean tan habituales en las residencias, especialmente en invierno, había hecho que su propagación pasara más desapercibida.

Al día siguiente, jueves 5 de marzo, teníamos pleno en la Asamblea, así que, nada más recibir estas noticias, convoqué una reunión también en la Asamblea para estudiar los siguientes pasos en la Consejería. El día de la reunión —en la que participaron el viceconsejero de Políticas Sociales, el secretario general técnico, el gerente de la Agencia Madrileña de Atención Social y la directora general de la Atención al Mayor y a la Dependencia— fuimos conociendo más detalles de la situación en La Paz y en el centro de mayores Duque de Ahumada, en Valdemoro, donde también había personas contagiadas y posiblemente algún fallecimiento todavía sin confirmar.

La información empezaba a ser muy preocupante, por lo que estuvimos en contacto durante todo el día con la Consejería de Sanidad. Se remataron las últimas correcciones del protocolo de actuación que se aprobaría y distribuiría el día siguiente. Tomamos la decisión conjunta con la Consejería de Sanidad de cerrar los 213 centros de mayores de la Comunidad. En cambio, atendiendo a la petición del Ministerio de Sanidad, mantuvimos abiertos los centros de día y las residencias.

Los centros de mayores son lugares de ocio y de convivencia para personas mayores autónomas, nada que ver con los centros de día y las residencias, que son lugares donde se atiende a personas dependientes y cuyo cierre planteaba otros problemas. En los días inmediatamente posteriores escuchamos algunas quejas por el cierre de los centros de mayores (Fernando Simón dijo en su rueda de prensa diaria que «Sanidad aconseja no cerrar los centros de día de mayores de forma generalizada»17), pero me alegra haber tomado esa decisión tan pronto. Durante aquellos días en el ambiente flotaba la sensación de que probablemente estábamos sobreactuando. Ahora es difícil entenderlo porque la memoria es corta, pero es lo que pasaba. Recordemos las alertas fallidas del pasado reciente que comenté antes. Siempre pensé que era deseable pasarnos antes que quedarnos cortos.

Durante esa tarde aparecieron las primeras imágenes en televisión de la residencia La Paz. Se hablaba ya de varios contagios, aunque de ningún fallecimiento más. Me llamó la presidenta Isabel Díaz Ayuso y le informé de la situación y de que estaba en contacto con el consejero de Sanidad. A pesar de todo, la situación parecía bajo control.

El viernes 6 de marzo celebramos en Sol un acto en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. A su término volví con urgencia a la Consejería, donde había convocado a mi equipo para informarles del protocolo recién aprobado y de las acciones por los primeros positivos detectados en una de nuestras residencias. Este protocolo —el primero de muchos— informaba sobre los procedimientos para la detección y la notificación de casos, sobre los mecanismos de seguridad y de aislamiento, así como sobre la limitación de las visitas que no fueran «estrictamente necesarias», otra decisión que también fue cuestionada entonces por excesiva.

El día siguiente, sábado 7 de marzo, me acerqué a las oficinas centrales de la AMAS, en la calle Agustín de Foxá. Tres días antes me había reunido con todos los directores de la Agencia en una residencia de la AMAS sin que hablásemos sobre el coronavirus, y ahora me sentaba con su equipo de crisis para tantear las maneras posibles de contenerlo. Así se había acelerado todo.

Ya he mencionado que la AMAS es un organismo autónomo que gestiona los centros directamente dependientes de la Consejería de Políticas Sociales. Aunque en la Comunidad de Madrid solo había veinticinco residencias enteramente públicas —frente a las 450 privadas—, la AMAS es un recurso muy valioso para conocer las acciones que luego serán necesarias en el resto de la red y que afectan también a los recursos externalizados. Durante mis primeros meses en el cargo, visité con frecuencia las oficinas centrales de la Agencia. Pero, a partir de ese momento, pasaría ahí todos los fines de semana para observar la situación desde primera línea. El resto de la semana lo pasaría en mi despacho de la Consejería.

El domingo 8 de marzo por la mañana revisamos, entre otras cosas, la instrucción de la Dirección General de Salud Pública que a partir de ese día restringía las visitas en las residencias y que se envió esa misma tarde a todas las residencias de la Comunidad de Madrid. Según la instrucción, se limitaban las visitas a los residentes a las «estrictamente necesarias» e impedía las visitas a personas «con sintomatología respiratoria, como tos o dificultad respiratoria». La nota de prensa de la Comunidad de Madrid decía: «Salud Pública limita las visitas a los centros de mayores para disminuir el riesgo de infección»18. Esa instrucción levantó mucha controversia19, pero la apoyamos desde la Consejería de Políticas Sociales. No había otra alternativa para «disminuir el riesgo de infección entre las personas que residen en centros de mayores», como decía la propia instrucción.

Pero el acontecimiento con más peso político, a pesar de la pandemia, fue la celebración del Día de la Mujer. Y, más específicamente, la manifestación prevista en el Paseo del Prado. El pleno del jueves anterior también se había centrado en este tema, como demuestra un vistazo al orden del día o al diario de sesiones.

Es cierto que la proximidad de la manifestación había provocado que se hablara más de lo habitual del coronavirus en los medios, pero parecía responder más al rifirrafe político que a una verdadera alerta sanitaria. Hasta el mismo portavoz del Gobierno sobre la materia, Fernando Simón, llegó a afirmar lo siguiente en la víspera de la manifestación: «Si mi hijo me pregunta si puede ir, le diré que haga lo que quiera»20. Si estaba muy preocupado, no lo parecía.

Ese mismo 8 de marzo El Mundo publicó una entrevista que me habían hecho tres días antes, durante aquel día de pleno tan agitado: «Alberto Reyero, consejero de Políticas Sociales de Madrid: “No vamos a tolerar ningún recorte en derechos”»21. En esa entrevista no me preguntaron nada relacionado con el covid y sí, curiosamente, por mi relación dentro del Gobierno. Para que seamos conscientes de cuáles eran las preocupaciones de la opinión pública en esos momentos:

P: Un sector del PP le afea que parezca que le haga oposición al Gobierno desde dentro…

R: Yo he sido oposición en las dos legislaturas anteriores y he criticado muchas cosas que no me gustaban. Me resultaría muy difícil decir que lo que he criticado ahora me parece bien. Sigo pensando lo mismo. A veces es complicado gobernar con el partido que lleva gobernando 24 años, no lo niego. Atempero mucho esas críticas cuando creo que no conducen a nada, pero cuando responden a la situación que estamos trabajando para solucionar no tengo ningún problema.