Muerte en Roma - Adrián Prieto Pérez - E-Book

Muerte en Roma E-Book

Adrián Prieto Pérez

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Beschreibung

James Miller, agente de la CIA, se ve envuelto en un extraño caso de asesinato en un lugar tan peculiar como es el propio Vaticano. James, junto con el Grupo de Homicidios de la inspectora Monterroso y alguna que otra sorpresa, intenta esclarecer el crimen que está perturbando a toda la ciudad de Roma y a las altas esferas eclesiásticas. Por otra parte, a finales del siglo XV y en el mismo Vaticano, se alza en el poder una familia tan poderosa como perversa, cuya sed de conseguir el dominio absoluto, hará lo que sea para alcanzar la autoridad de Roma y del mundo. Sin embargo, hay otras familias que también tienen ese propósito y sed de sangre. ¿Tendrá que ver el asesinato al que se enfrenta James y la CIA con lo que sucedió hace más de quinientos años en Roma? Cuidado: EL PASADO SIEMPRE VUELVE.

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Seitenzahl: 612

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Adrián Prieto Pérez

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-033-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

INTRODUCCIÓN

Amigo lector, amiga lectora: para comprender la novela que tienes entre las manos, únicamente hay que entender una frase, la que comprende, en este caso, toda la introducción. Una afirmación que resume, a mi modo de ver, toda la verdad de esta historia:

«Hay hombres que poseen el entendimiento de un ángel y creen ser conscientes de ello, pero ejercen como verdaderos demonios. De vez en cuando, en la mismísima morada del Señor, habita el mal vestido con sotana».

Una vez comprendido este enunciado, te animo a que te adentres en la historia que sigue: una historia llena de intriga, traición, misterio, y también fragmentos teñidos con tintes de amor y odio; de infidelidad, infamia y deslealtad; pero, sobre todo, de peligrosos y malvados personajes que harán cualquier cosa, y repito, cualquier cosa, por conseguir sus ambiciosos deseos. También te encontrarás personajes excéntricos, peculiares, característicos e incluso dementes. Te invito a que viajes a través de sus palabras al pasado y te inmiscuyas entre ellos para formar parte de la historia en el presente.

¿Te atreves?

Como siempre, adelante.

Lobos en Roma

Hace mucho tiempo, en Roma, vivía una manada de lobos que tenía el poder sobre todos los animales (incluidos otros lobos) y, según pasaban los años, eran más y más temidos. Lo que no sabían, es que, con el tiempo, otras manadas de lobos se unirían para acabar con ellos…

1

James

Londres, 31 de diciembre

James miraba la pantalla que parpadeaba encima de la puerta de embarque. Su sonrisa no podía separase de su cara cuando una voz metálica invadió la terminal.

—Pasajeros con destino a Nueva York, embarquen por la puerta 52 por favor.

El billete que lo llevaba de nuevo con Angie se divertía en su mano, era el único equipaje que llevaba consigo. Echó de nuevo la vista por encima de su hombro. Londres se quedaría allí, donde estaba, donde siempre estuvo. Él volvería al trajín de Nueva York. Allí lo estaría esperando la mujer de su vida. A la que estuvo a punto de dar por perdida. Ahora lo sabía. No volvería a separarse nunca de su lado. Pero, como siempre, el destino…

Empezó a caminar alegre entre el gentío hacia la puerta de embarque cuando el teléfono sonó en el bolsillo de su chaqueta. «Angie» pensó antes de mirar la pantalla. Pero su rostro se tornó frunciendo el ceño. «¿Jeff?».

—Dígame, señor —dijo al descolgar el móvil. Los demás pasajeros lo adelantaban enseñando sus pasaportes a la chica del mostrador antes de acceder por un estrecho pasillo hacia el avión.

—¡James! —dijo con nervio su jefe—. ¿Ha salido ya tu vuelo?

—Estoy a punto de embarcar, señor.

—¡Cancela el viaje!, te vas a Roma.

—¿Cómo? ¿A Roma?… me está esperando mi… mi mujer —se atrevió a decir lleno de orgullo, pero con un ápice de angustia—. Es… es el último día del año…

—¡Olvídalo!, coge el primer vuelo a Roma. Han asesinado a un cardenal en el Vaticano.

Un momento de indecisión y duda se apoderó de James con la noticia que le acababa de dar su jefe.

—¿Un asesinato? ¿En el Vaticano? ¿Un cardenal? —James preguntaba atropelladamente, sin reparar en la orden de su jefe—. Jeff, señor, con todos mis respetos —carraspeó—, necesito descansar, los últimos días han sido una verdadera locura. Otra misión sería…

—James, acabo de tenderte la mano, sabes que ahora mismo deberías estar bajo tierra si hubiera sido por algunos individuos. He apostado por ti. Me lo debes.

—Te agradezco, Jeff, que salvaras mi pellejo, pero ahora no puedo concentrarme en otra misión, estoy agotado y, además, Angie me espera en Nueva York, tengo que arreglar mi relación…

—James, siento decirte esto, pero no vas a volver a ver a Angie.

—¿Cómo?

—Pasajeros con destino a Nueva York embarquen por la puerta 52, última llamada.

—¿Qué quieres decir, Jeff? Me estás asustando.

—James, trabajas para la CIA, no lo olvides.

—Sí, lo sé, lo sé. Pero, ¿qué pasa con Angie?

—Lo siento, James. Angie estará bien.

—¿Cómo que Angie estará bien? ¿Qué pasa, Jeff? ¿Dónde está mi mujer? ¿Dónde está Angie?

Jeff miró a los individuos trajeados que se ubicaban a su alrededor en el hall del hotel de Londres, se mordió el labio inferior y suspiró mientras desvió su mirada al techo.

—A ver cómo te digo esto, James. Digamos que he pedido una clase de favor para que no te mataran por la información que tienes de este último caso. —Jeff se quedó un momento en silencio. James esperaba deseoso que Jeff le contara más, pero sabía a ciencia cierta que se avecinaba otra misión… y nada menos que al Vaticano. Su mirada se centró en el último pasajero que accedía a la puerta de embarque de donde iba a salir su avión. La chica del mostrador se le quedó mirando y le hizo un ademán con la cabeza, como diciéndole que si quería viajar a Nueva York era la última oportunidad. James alejó la mirada y negó con la cabeza, se desplomó en el asiento de la terminal.

—James, si no realizas esta misión —continuó Jeff— no volverás a ver a Angie, son órdenes directas.

—Hijos de put…

—¡James! Nunca, nunca olvides para quién trabajas. Hemos tenido que tomar la decisión de retener a tu mujer hasta que acabes este nuevo trabajo.

—¿Hemos? ¿Quiénes, Jeff? ¿Quiénes?

—No preguntes. Para mí también es difícil.

—Una llamada, Jeff, déjame que llame a mi mujer y le explique que…

—¡James!, tu mujer estará bien, confía en mí. Coge un vuelo a Roma, en cuanto llegues al aeropuerto me llamas. Un cardenal ha sido asesinado y te necesito allí… ¡Ya!

James apretó con impotencia los puños y golpeó el banco de su derecha. «¡Mierda!».

—Por cierto, James —anunció Jeff—. En Roma te espera una sorpresa. Suerte.

2

Carmen

Guadalupe. España. 1960

Aquel atardecer, mientras el crepúsculo teñía el cielo y la luna permanecía ausente entre las nubes que gritaban ecos de truenos en el exterior de la pequeña casa, Carmen estaba sentada en un butacón antiguo frente a la chimenea de donde emergía la única fuente de luz que arañaba la oscuridad de la habitación. Su abuela, de pie al lado de la lumbre, buscaba las tenazas para avivar el fuego y prepararse para contar una historia a su nieta. Una historia que influiría de tal forma en la pequeña Carmen, que toda su vida la dedicaría al propósito del relato que la narraría su abuela. Así fue como sucedió:

—Hija, arrímate más a la lumbre ¿tienes frío?

—No, abuela, estoy bien —respondió Carmen mientras cubría sus hombros con una manta vieja.

—Parece que el invierno ha decidido desplomarse de golpe —murmuró la abuela agachándose frente a la chimenea. Empezó a mover con las tenazas los leños que ardían en el fuego, las llamas danzaban por el viento que se colaba por alguna grieta en la pared.

—Abuela, ¿te ayudo?

—Tranquila, hija, aún puedo lidiar con este fuego… —La abuela quedó pensando y, al instante, miró por encima de su hombro hacia su nieta—… Aunque estoy enferma, Carmen, y necesito hablarte de algo.

—¿Te sigue doliendo el pecho, abuela?

—Cada vez más, hija, cada vez más… —dijo la abuela mientras se incorporaba y volvía a tomar asiento.

—¿Vas a volver al médico?

—El médico no me va a curar esta enfermedad. —La abuela quedó con la mirada clavada en su nieta—. Más pronto que tarde no estaré aquí para ayudarte, Carmen, soy la única familia que tienes… Y, aunque solo cuentas con trece años y me hubiese gustado hablarte de esta historia cuando fueras mayor, creo que no me quedan fuerzas para alargar más el tiempo… tengo que contártela ahora.

—¿Una historia? —dijo Carmen animada—. ¡Me gusta cuando me cuentas historias! —Y se acomodó aún más en el butacón.

—Sí, lo sé, hija. Sé que te gustan las historias que te cuento, pero esta historia es diferente.

—¿Diferente?

—Sí, esta historia fue real y concierne a nuestra familia.

—No entiendo, abuela.

—Tranquila, lo irás entendiendo poco a poco…

Y así fue como la abuela empezó a contar a su nieta la historia frente al calor del fuego durante toda la noche mientras el cielo rompía a rugir y a llorar. La historia que comprendería la mayor parte de la vida de Carmen.

3

Rodrigo Borgia

Vaticano. Agosto de 1492

Contemplaba la pálida luz de la luna desde la ventana. En penumbra y solitario en sus aposentos se sentía sereno como serena era la noche que se extendía ante sus ojos. Una leve brisa de verano hacía mover con un ritmo delicado las cortinas que se hallaban a ambos lados de su figura. «Todo está controlado. Todo saldrá bien», pensaba.

Fue recorriendo en su mente cada uno de los rostros de los miembros que en unos días formarían el cónclave. Cerró los ojos y se colmó de placer con otra bocanada de aire de aquella noche estival. Llenó sus pulmones y fue dejando salir el soplo por su boca. «Estoy tranquilo. Pronto llegará el gran día para mí y para mi familia. Mi nombre, Rodrigo Borgia, sonará en la posteridad. Haré de la Iglesia objeto de temor, de miedo. Todos se sobrecogerán con lo que tengo preparado para el Vaticano, para Roma, para Italia. Para el mundo». Y rio para sus adentros.

En su discurrir, dejó atrás la ventana echando un último vistazo al exterior. La plaza de San Pedro, oscura y con poca vida; solo unos cuantos mendigos envueltos en harapos que dormitaban en el suelo de las escalinatas, se abandonaba a la madrugada. Rodrigo se encaminó hacia el lecho. Volvió a llenar sus pulmones. Volvió a dejar escapar el aire lentamente. «Cambiaré el mundo».

Mientras rezaba y pedía perdón a Dios, no por los pecados que había cometido, que no eran pocos, sino por los pecados que cometería a partir de ahora. Eso lo tenía seguro. «El pecado aplasta al hombre, lo atormenta, enferma y mata, lo entiendo», pensó con la mirada clavada en el techo. «Sin embargo, toda mi suerte se verá reflejada en Dios. Él me permitirá pecar por el bien de la Iglesia y así me librará del infierno, porque seré su palabra en la Tierra. No tengo miedo», afirmó. Y se fue dejando abandonar al sueño. Eran tantos los retos que tenía por delante, tanta reputación, tanto prestigio el que le esperaba, que los dejó que se posaran en sus párpados y, con el peso de la victoria venidera, se fue envolviendo en un plácido estado somnoliento. «Todo saldrá según lo planeado», fue la última consigna que murmuró antes de ausentarse hacia el sueño.

A los pocos días se encontraba en el cónclave, delante de los cardenales. Había cuatro ausencias. Él sabía que había incurrido en el pecado de la simonía; comprar cargos eclesiásticos, sacramentos para alcanzar la gracia Divina, reliquias, realizar promesas de oración, consagrar la jurisdicción eclesiástica, la excomunión… en definitiva, regalar los oídos con poco esfuerzo y buena retórica a los asistentes que le votarían para ser elegido papa, pero darían sus frutos, garantizarían su corona. Su éxito en aquel cónclave era el trabajo de tiempo comprando votos, sobornando y concediendo palabras de cortesía, amabilidad y benevolencia a los oídos de los que pudieran, como él, ser elegidos Sumo Pontífice.

Entre los asistentes había cardenales que tenían el distintivo de «papable»; cardenales merecedores del papado o con más posibilidades de ser elegidos Santo Padre. Su nombre resonaba como una lejana posibilidad para las personas que se encontraban ajenas al acto, ya que él sabía que era considerado enemigo por Francia, Nápoles, Venecia y Florencia, entre otros.Sin embargo, al ir depositando su mirada en cada una de las eminencias que allí se ubicaban, no albergaba la menor duda. Él sabía que lo elegirían. Sería el próximo papa de Roma.

Una sonrisa se le fue formando en el rostro mientras iba escuchando su nombre en la boca de cada uno de los cardenales mientras transmitían su voto, depositando los ojos en los labios de cada semejante, la exultación que sentía le cubría como un haz de luz alrededor de su cuerpo. Miró a la cruz que se encontraba al otro extremo de la sala donde Jesús se hallaba clavado en ella, admiró su figura que se depositaba en el estandarte y buscó su mirada. Se fue fijando en la sangre que brotaba de aquella imagen y cerró los ojos deleitándose mientras escuchaba, como un susurro, su nombre: Rodrigo Borgia, el próximo vicario de Cristo. El próximo Sumo Pontífice.

Rodrigo sabía que era decisivo el apoyo del cardenal Ascanio Sforza, el cual era un buen candidato, pero sabía que no contaba con la mayoría de los votos ni con el apoyo del Colegio Cardenalicio. Así pues, Rodrigo era consciente de que Sforza se centraría en el segundo puesto más importante dentro de la jerarquía eclesiástica, puesto que él mismo había ocupado durante tantos años: la Vicecancillería de Roma. Y Sforza sabía que Rodrigo le otorgaría ese puesto, por eso, tras haber negociado con antelación, le transferiría los votos para su elección por parte de sus aliados. Unos votos importantes para que se produjera el objetivo. Y así fue. Al concluirse el plebiscito, el español Rodrigo Borgia había sido elegido papa. Sería proclamado, cinco días después, con la festividad de su triple corona y con el nombre de Alejando VI, escogida esa denominación por él mismo, tanto por el carácter guerrero de Alejandro Magno como por Alejandro III y su respeto a la Iglesia de Roma.

Rodrigo salió del cónclave y se dirigió a una sala contigua donde le esperaban sus cuatro hijos. No era extraño que los cardenales, sacerdotes y miembros de la jerarquía eclesiástica tuvieran descendencia con amantes. Sin embargo, Alejando VI los guardó en su seno y los reconoció como legítimos. Tenía grandes expectativas puestas en ellos. Para su bien y el de su familia. Cuatro hijos fruto de un amor duradero con una mujer bella, inteligente y lúcida, Vannozza Cattanei, que desde el primer momento que cruzaron sus miradas se quedaron impregnados de amor. Como era normal, Vannozza no podría vivir en el Vaticano, así que se acomodó en una nueva casa en Roma, no muy lejos de sumo pontífice, para estar cerca y sentir el aroma de su pelo y su cuerpo cuando lo requiriera Rodrigo, ahora, Alejandro VI.

El primero que fue a su encuentro, una vez abandonado el salón donde se había producido la votación, fue su hijo Juan. Se fundieron en un abrazo y, mirándole a los ojos, le manifestó el cariño de un padre.

—Tengo preparados grandes proyectos para ti, Juan. La fuerza será tu arma más valiosa y en la lucha serás digno de una honra que te acompañará, pues por tu destreza y habilidad, y también por tu belleza, ya que el vivo rostro de tu madre se esconde bajo las facciones de tu cara, todos recordarán tu nombre para siempre.

—Gracias, padre —dijo Juan inclinando la cabeza y esbozando una sonrisa.

En ese momento, César, que se encontraba a su izquierda, no pudo evitar perfilar un pequeño gesto de irritación al escuchar tales palabras por parte de su padre hacia su hermano. Se acercó a ellos y abrazó a su progenitor mientras le preguntaba:

—¿Y para mí, padre? ¿Para mí también tienes grandes planes?, pues, como sabes, mi aspiración no es ínfima y mi ambición es desmedida. —Los ojos de César, un hombre fuerte, codicioso e insaciable, se centraron en los de su padre.

—Por supuesto que sí, mi querido César —le anunció agarrándolo por los hombros—. Para ti tengo trazado un plan arreglado a la sabiduría católica. Te convertirás en un siervo del Señor, y tu nombre será recordado por el poder de la Iglesia por los siglos. Difundirás la palabra de Dios a todo el mundo. Te convertirás en cardenal… ¿Acaso hay algo más valioso que encomendar esa misión, mi querido César?

A César se le tornó el rostro de regocijo a repugnancia cuando advirtió ese ofrecimiento de su padre, que le miró y notó su cólera. César no quería ser cardenal. César estaba hecho para la guerra. Pero sin que su padre le diera la mayor importancia, y apartándolo en una fracción de segundo, se dirigió con los brazos abiertos a su hija Lucrecia que contaba con trece años. La sujetó con fuerza y, buscando su boca, le ofreció un beso que su hija, la hija del papa de Roma, no reprimió.

—Lucrecia, hija mía, serás la fuerza de esta familia, la promesa del linaje de los Borgia. Me serás fiel y honesta como honesta y fiel será tu vida. Tendrás que confiar plenamente en mí y la riqueza y el poder darán paso a la supremacía que se engendrarán alrededor de tu nombre en la historia. —El papa miraba hacia el techo con los brazos abiertos mientras pronunciaba la consigna a su hija. Lucrecia solo pudo sonrojarse y, llena de orgullo, abrazó a su padre, que ya tenía depositados los ojos en su hijo menor, Jofré. Le vertió una mirada tierna y, dirigiéndose a él, le dijo—: Jofré, el menor de mis hijos. Tienes los mismos ojos de tu santa madre y esos ojos podrán contemplar tu porvenir colmado de gloria. Pero debes obedecerme en todo lo que te dicte, mis palabras hacia ti estarán llenas de órdenes que debes acatar por tu bien, y por muy sensible que sea tu corazón, tu compromiso con el futuro de la familia estará por encima de cualquier sentimiento.

Jofré asintió. Y su padre, dirigiéndose a los cuatro, tras una breve pausa, les anunció:

—Todos, todos tenéis que obedecerme, si así lo hacéis, si confiáis en vuestro padre, no habrá nunca quien detenga a la familia Borgia. —Posó durante unos segundos sus gozosos y hechizados ojos en cada una de las pupilas de sus hijos, que le miraban con satisfacción y regocijo, a excepción de César que no podía disimular su decepción por los planes que tenía para él, aun así, acompañó la mirada de su padre, este, tras un instante en silencio y poseído por el momento, gritó—: ¡Nos temerán! —Bajó la voz, y con un susurro hacia sus hijos y con rostro demente y sonrisa frenética repitió—: ¡Nos temerán!… Hoy empieza un nuevo tiempo para la familia Borgia.

—¿Qué es lo primero que haremos, padre? —se atrevió a mascullar Juan ante la cara celosa de su hermano César al haberle quitado la pregunta de la boca.

—Roma está descontrolada —atajó su padre—. Hay que acabar con el desconcierto que se ha instaurado en estas calles mientras ha estado la sede desierta. Roma volverá a tener la gloria que merece.

En Roma, la vacante del papado hacía que la ciudad se convirtiera en un auténtico desorden, una ciudad prácticamente sin ley. El caos inundaba las calles. Sin un gobierno, los robos y los saqueos estaban a la orden del día, decenas de casas fueron incendiadas y desvalijadas, aparecían centenares de muertos por todos lados, sobre todo flotando en el río Tíber, y lo que era peor, sin una autoridad al mando, la ciudad corría el riesgo de ser sometida y conquistada. La esperanza de los ciudadanos distaba mucho de ser optimista según iban pasando los días. Los cuerpos sin vida habían pasado de esconderse en los oscuros callejones y pasadizos a derramarse por las avenidas y paseos más transitados de Roma. Todo se volvió incluso más oscuro cuando decenas de interpretaciones se murmuraban por las calles sobre cómo había muerto el anterior papa; hacía menos de un mes, la salud de Inocencio VIII empeoraba cada día más y a pesar de someterse a todo tipo de terapias de las más variopintas y extrañas, no dieron resultado y acabó muriendo. Según se cuchicheaba por los rincones de Roma, el difunto papa había contratado a un misterioso médico judío que le propuso la escalofriante idea de buscar a tres niños de diez años y pagar un ducado a cada una de sus familias a cambio de que les permitiera extraerles sangre para llevar a cabo un tratamiento médico innovador y poder vigorizarse con la misma sangre de los jóvenes. Así lo hizo —contaban—, pero obviamente el procedimiento trajo consigo una desgracia: las incisiones que se realizaron en las diferentes zonas vitales de los cuerpos de los niños ocasionaron sus muertes por desangramiento prácticamente al instante. La sangre fue introducida en la boca del papa en grandes cantidades a través de una especie de embudo. El papa fallecería a las pocas horas. El enigmático médico huyó de Roma sin que nadie lo volviera a ver. Desde entonces, se le empezaría a conocer como «El papa vampiro»…

Sí, así eran las cosas en Roma. Así era el antecesor de Alejandro VI y así era el poder de un papa.

Pero esta historia del «papa vampiro» es otra historia que se podrá contar, o no, en otro momento. El caso es que los habitantes de la ciudad cada vez estaban más nerviosos concentrándose en la plaza de San Pedro, esperando las buenas noticias que les trajera el nuevo papa. En resumidas cuentas, Roma necesitaba cuanto antes un gobernador que pusiera orden en tan considerable caos.

—Ahora nos toca acabar —seguía diciendo el papa a sus hijos— con todos los asesinos y criminales que han estado actuando estos días y someterlos a crueles castigos y así, dar ejemplo. Los vecinos de esta ciudad deben confiar en mí y tienen que verme como el salvador que ha enviado nuestro Señor. —El papa recorrió la mirada de los cuatro y cogió aire para expulsarlo con un suspiro—. La vida de los ciudadanos de Roma tiene que volver a la normalidad —otro silencio—, aunque nuestra forma de proceder diste mucho, digamos, de lo que se conoce como buena conducta. —Un nuevo silencio.

—¿Qué haremos, padre? —Ahora sí, César se adelantó a los pensamientos de cada uno de sus hermanos.

—En primer lugar —anunció el papa—, llevaremos a cabo un escarmiento con un doble propósito. Por un lado, se acabará la delincuencia que ha reinado estos últimos días en Roma y por otro, nos rendirán un respeto inmenso.

—¿Cómo procedemos, padre? —preguntaron prácticamente al unísono César y Juan, clavándose entre ellos la mirada.

—Ofreced dinero a quien os revele información sobre los asesinos, bandidos, saqueadores y herejes que han estado haciendo esas masacres. Una vez que sepáis sus nombres, acabad con sus vidas: a unos cortarles el cuello, a otros les encerráis en jaulas por todas las vías más transitadas hasta que mueran de hambre; quemadlos por todas las calles a la vista de mujeres, hombres, ancianos y niños. También quemad sus casas y dejad sin techo a sus familias. Cuando estas permanezcan dos noches al amparo de la marginación y el desprecio, las ofreceréis como esclavas a las familias que nos puedan pagar un impuesto a cambio de alojamiento y una comida al día. Así verán tanto la mano ejecutora del sumo pontífice para quienes se saltan las reglas, como la clemencia y misericordia con los más necesitados, sin hablar del favor de algunas convenientes familias de Roma… que se verán con nuevos siervos. Todos estarán contentos y en unos días volverá a reinar la paz. Esta será mi primera medida. Nosotros somos la justicia… —El papa se dirigió al ventanal y empezó a observar a las personas que poblaban aún la plaza de San Pedro. Una pequeña mueca se dibujó en sus labios, dio media vuelta y exclamó—: ¡Por cierto!, y todas esas familias que nos rechazaban, que nos excluían por no ser italianos, que nos menospreciaban por ser españoles, por ser extranjeros, tendrán que ceder, resignarse y someterse, nos guardarán respeto y obediencia.

—¿Los Colonna y los Orsini, padre? —preguntó César con rabia en los ojos.

El papa sonrió mirándolo, corroborando con su gesto la pregunta de su hijo, y añadió:

—Dadles una lección. Y a todos aquellos que se aprovechaban del poder de la Iglesia para sus intereses, bien sean sacerdotes u obispos o cualquiera que tuviera un cargo en el que dictaran leyes para su particular lucro; corruptos y traidores, morirán a manos de nuestra familia y todos los bienes que robaron se emplearán para los Borgia. El objetivo, hijos, es que nos respeten y nos teman, ¿entendido?

—De acuerdo, padre —afirmó César, Juan hizo un asentimiento con la cabeza. Lucrecia y Jofré simplemente cruzaron sus miradas.

4

Los Borgia

Vaticano

Las siguientes semanas fueron cruciales para Roma; decenas y decenas de bandidos, asesinos, ladrones y todo tipo de malhechores aparecieron a lo largo de las principales avenidas embutidos en jaulas colgadas de las fachadas, muertos. Otros fueron quemados vivos; otros ejecutados delante de la multitud, y con ellos, muchos miembros de sus familias.

Esto hizo que las gentes de bien se vieran envueltas en una especie de hechizo que les proporcionaba una seguridad y un bienestar al sentirse seguros cuando caminaban por las calles de Roma y dormían sin tener que sobresaltarse con cualquier ruido procedente del exterior; ahora todo estaba tranquilo y se podía vivir relativamente de forma pacífica. El responsable de esta paz que se respiraba no era otro que el nuevo papa, y esto lo tuvieron en cuenta cada una de las almas que habitaban la urbe. Aplaudían las nuevas medidas que Alejandro VI había dictado para Roma y aclamaban su figura por encima de cualquier otro objetivo, incluso había quienes lo glorificaban honrándolo postrados en las escalinatas de la Plaza de San Pedro, alabando su benévolo mandato para con Roma.

—La segunda medida, hijos míos —siguió el papa con la mirada fija—, consiste en fijar las alianzas que el nuevo pontífice, es decir: yo —dijo con soberbia— tiene que establecer con las diferentes familias fuera de la ciudad. Para ello necesito de vuestro amparo, vuestro esfuerzo y vuestra colaboración. Será por el bien de la familia.

»Por último, os presento a un hombre que nunca aparecerá en los libros de historia. Un hombre anónimo. —Se volvió hacia la gran puerta situada en el otro extremo de la sala, sus hijos siguieron sus pasos con la mirada. Un hombre entró envuelto en un hábito oscuro, una capucha envolvía su cabeza carente de pelo. Al acceder a la sala, seguido del papa, los cuatro asistentes quedaron boquiabiertos por la corpulencia del individuo, incluso César y Juan, que fruncieron el ceño al ver a tan impresionante monstruo embutido en tan modesto traje. Lucrecia no pudo sofocar un pequeño grito cuando el misterioso hombre se despojó de la tela que envolvía su cabeza. Varias cicatrices, enrojecidas antaño, vestían su cara y otras nuevas cruzaban su testa; pero había una que sobresalía de las demás, marcando su rostro, que recorría la parte inferior de su ojo derecho y descendía hasta desembocar en la parte superior del labio, dándole un aspecto horrible. Sus ojos, azules y vivos, se clavaban en los cuatro hijos del papa. Echó la cabeza hacia atrás y se situó al lado de una de las lucernas que danzaba junto al ventanal para que pudieran visualizar mejor su horrible aspecto con semblante serio. En mitad del silencio y ante la mirada muda de los presentes, el papa carcajeó examinando la compostura de sus hijos ante tal aberración de temible engendro.

El hombre siguió al papa, imitándole y mostrando su escasa dentadura negra y podrida. Una risotada brotó de su boca mirando a su compatriota. César, Juan, Lucrecia y el joven Jofré, permanecían en silencio vislumbrando la figura de aquella imponente criatura que sonreía a su padre. El papa se acercó más aún al hombre anónimo:

—Amigo mío —empezó tocando el hombro del sujeto—, nadie como tú, mi fiel paisano español, como para llevar a cabo los más oscuros crímenes y venganzas para nuestra familia. Te presento a mis queridos hijos. —El hombre inclinó la cabeza ante los cuatro jóvenes, el papa continuó dirigiéndose a ellos—. Hijos míos, los cuatro conocéis la historia de Judas Iscariote, el hombre que traicionó y vendió a nuestro señor Jesucristo. Muchas lenguas dicen que a Judas se le conocía como El Iscariote por llevar una «sica», una especie de puñal con una punta aguda y un filo curvo que normalmente llevaban los asesinos a sueldo en la vieja Roma. Pero no fue así, porque, aunque siempre iba armado, a Judas lo llamaron con este apodo por el lugar donde nació, como bien sabéis, el pequeño pueblo de Kariot. Sin embargo, sí es verdad que algunos discípulos de nuestro señor poseían armas bajo sus túnicas. Esto es cierto. Llamadas «sicas», para protegerse de los que ansiaban ocasionar algún perjuicio a Jesús. Incluso me atrevería a decir que el mismo Jesucristo, nuestro Señor, poseía un arma bajo sus vestiduras. —El papa paró unos segundos asintiendo con la cabeza, luego continuó—. Esa arma la utilizaron los tracios y también muchos pueblos bárbaros del norte. Cicerón empezó a llamar «sicarius» a los asesinos que la empleaban… y este es el nombre por el que conoceremos a nuestro mejor sicario. Todos lo llamaréis Sica. Nunca sabréis su verdadero nombre. —Volvió a tocar el hombro del individuo, que permanecía con la sonrisa en sus labios, orgulloso por las palabras que estaba utilizando el propio papa para describirle—. También lo podríamos llamar Veneno, Estrangulador o Ejecutor, pero me gusta más el nombre de Sica—. ¿Te parece bien, mi querido y sanguinario amigo?

—Perfecto, su santidad —dijo riendo el verdugo.

El papa volvió a emitir otra alta risotada.

—Bien, pues, mis queridos hijos, Sica será el encargado de, digamos, acabar con ciertos trabajos de los que no seáis capaces de realizar. —Volvió a sonreír.

—Padre —intervino César—, ¿acaso necesitamos a un sicario para matar a unos cuantos enemigos?, mis manos bastarán para realizar tales actos.

Su padre se dirigió a él.

—¿Estás seguro, César?

—Por supuesto, padre.

—Veamos. —El papa, sabiendo que César se iba a oponer de antemano a la ayuda de Sica, tenía una sorpresa preparada. Se dirigió a la puerta de la sala, la abrió de par en par y gritó a lo largo de la galería—: ¡Traedme a esa cortesana que disfruta del lecho de mi hijo César!

César quedó con los ojos abiertos.

—¡Padre!

Dos guardias se acercaron con una mujer que traían a empujones.

—¿Dónde me lleváis? —gritaba.

—¡Livia! ¿Qué hacéis, insensatos? ¡Dejadla en paz, soltadla! —gritaba César.

Los guardias la tiraron al suelo y la mujer se quedó jadeando, asombrada, y de sus ojos brotaban lágrimas de desconsuelo. Se acariciaba las muñecas, que aparecían enrojecidas por la fuerza que habían ejercido sobre ella los guardias. Su padre se dirigió a César:

—¿Sabes que tu bella amante está compartiendo lecho ni más ni menos que con el hijo de los Orsini?

César quedó atónito, mirando con incredulidad a la joven cortesana, que permanecía de rodillas con una mezcla de miedo y desconcierto.

—¿Es eso verdad, Livia? —le preguntó César, irritado y esperando que todo fuera una confusión.

La muchacha, que apenas contaba con dieciséis años, inclinó la cabeza sin abrir la boca más que para ahogar las palabras de arrepentimiento que luchaban por escapar de sus labios.

—¿Lo ves, César? —dijo con sorna su padre—, compartiéndote ni más ni menos que con uno de tus peores enemigos.

—Seguro que es un error, padre.

—¡No hay error ninguno, la sorprendieron en pleno lecho! —dijo su padre. Juan esbozó una pequeña sonrisa, Lucrecia divisaba la escena estupefacta y el joven Jofré se echó las manos a los ojos.

—¿Quién? ¿Quién la sorprendió? —César miraba con odio a los diferentes guardias que permanecían en silencio en la sala.

Al momento, uno de ellos, un joven fuerte, carraspeó y llevándose la mano al pecho, concluyó:

—Yo, señor, yo fui testigo del tal acto.

César llevó ahora la mirada del guardia, que con miedo por sus palabras inclinó la cabeza al suelo, hacia la infeliz.

—¿Cómo has podido hacerme esto, Livia? —La muchacha arrancó a llorar aún más.

—¿¡A qué esperas, César!? —se adelantó su padre gritando y llenando la sala con su voz.

César dio un paso hacia atrás.

—No puedo, padre. La quiero. Se… seguro que hay un error, ella nunca sería capaz…

—¡Silencio! —volvió a gritar su padre, y llevó su mirada a Sica, que solo tuvo que apuntar hacia la joven que seguía mascullando vocablos apenas audibles de clemencia de rodillas en el suelo. Sica, sin mediar palabra alguna, llegó hasta la infeliz, se agachó frente a ella y, con una frialdad única, le clavó el puñal en la garganta. La alfombra donde se extendía el cuerpo entre espasmos quedó completamente manchada de sangre mientras ahora el grito que inundó la sala explotó de la boca de César.

—¡Noooo!

—A veces —le cortó su padre sin el menor atisbo de pena— hace falta una pequeña ayuda, ¿no crees, hijo?

César quedó clavando la mirada hacia su amante, envuelta en sangre y sin vida.

—¡Sacadla de aquí! —vociferó el papa a los guardias.

5

Aposentos de Lucrecia Borgia

Vaticano. (Esa misma noche)

El crepúsculo hace tiempo que se fue y trajo consigo la oscuridad. La noche oscureció la ciudad y, sentada en mi lecho, no consigo que el sueño se instale en mis párpados. La única luz que me proporciona un mínimo de claridad es la lucerna del candelabro que se asoma en la mesa tallada a mi lado. Adriana, mi aya, me dejó deseándome las buenas noches mientras yo me encontraba dormitando. Es una buena mujer y familia de mi padre, encargada de mi cuidado y educación. Me ayuda mucho con el día a día en esta, me atrevería a decir, sorprendente e impía ciudad. Me alegro de que esté a mi lado y espero que lo esté por muchos años.

Ahora todo permanece en silencio, salvo unas cuantas voces que se antojan lejanas mezcladas con distantes ladridos de perros callejeros, que, bajo la luz de la luna, parecen lobos acechando. Necesito escribir lo que siento. Me hace sentir bien. Como si mis penas las pudiera abandonar de mi cuerpo, de mi cabeza, y dejarlas desamparadas y abandonadas en la cuartilla que descansa frente a mí.

Esta mañana he sentido una conmoción cuando he presenciado lo que aconteció en el salón de la chimenea (lo llamamos así porque en la parte oeste, al lado del gran lienzo, emerge una amplia chimenea donde, en los días más fríos de invierno, me quedo observando el ir y venir de las llamas, embelesada mientras leo, estudio o escribo). Mi padre, Rodrigo Borgia, proclamado papa con el nombre de Alejandro VI, ha realizado un acto deplorable ante mis ojos, pero que, de una forma que nunca antes había sentido, desconocida para mí, lo he considerado extrañamente de mi agrado. Ha hecho matar a la amante de mi hermano César, alegando una infidelidad con otro hombre: el joven hijo de los Orsini. La acción la ha ejecutado un misterioso hombre que dice ser español, igual que nuestra familia. Un ser, según he podido presenciar, despiadado, cruel y sanguinario, pero seguro que será de ayuda en los deseos de poder de mi padre. El acto del crimen lo ha llevado a cabo delante de mi hermano César y mis otros dos hermanos; Juan y el pequeño Jofré. He de confesar que he experimentado más de un sentimiento. Por una parte, cuando observaba la sangre manando del cuello de la joven, sentí un pánico aterrador seguido de un sobresalto que desembocó en una mueca entre desazón y terror. Incluso tuve que cerrar los ojos y, al instante, desviar la mirada. Sin embargo, por otra parte, y confesando de nuevo mi gran amor por mi hermano César; el sentimiento de júbilo y placer se apoderó de mis entrañas. Esa semejante infiel, por nombre Livia, no podrá volver a compartir lecho con mi querido hermano. Algún día, y que el Señor me oiga y me perdone, podré ser yo quien ocupe el lugar que ha dejado esa infame mujer y disfrutar lascivamente cuando me abandone al deleite de mi hermano César. Y, por último, también noté un sentimiento de celos al visualizar cómo se le paralizaba el corazón cuando veía morir a su amada. Sin embargo, cuando llevé mis ojos hacia mi otro hermano, Juan, me albergó la idea de que también él sentía las mismas sensaciones que yo, o por lo menos, algunas. Bien es sabido que Juan hubiera estado encantado de compartir el mismo lecho con esa mujer, algo que también odio por su parte, ya que se cuentan por decenas las amantes de mi hermano Juan. Y sí, a mí también me gustaría envolverme en su cuerpo y disfrutar en su gozo. Que Dios sepa perdonarme por tan desdichados pensamientos al tener propósitos tan obscenos con dos de mis hermanos, pero los amo. La belleza de Juan me perturba y lo adoro y el irreflexivo deseo hacia César, por su fuerza y gallardía, me enloquece. He de dormir. Mañana será otro día.

6

James

Roma

—Señores pasajeros, les habla el capitán Huxley. Nos encontramos próximos al Aeropuerto de Ciampino, en la ciudad de Roma. Abróchense los cinturones, recojan sus mesas y mantengan en posición vertical los asientos. En cinco minutos aproximadamente descenderemos. Por favor, permanezcan sentados hasta que los avisos se hayan apagado. Informarles que la temperatura local es de cinco grados, posibilidad de lluvia de un setenta por ciento cuando son las 20:47 horas. Para la compañía British Airways ha sido un placer tenerlos a bordo. Deseamos que el vuelo haya sido de su agrado y esperamos contar con su presencia en un futuro. Muchas gracias.

James se sobresaltó cuando la mano de la azafata le acarició con cuidado el hombro.

—Señor, perdone, póngase el cinturón, estamos a punto de descender. —James abrió los ojos y encontró la sonrisa de la auxiliar de vuelo. Se incorporó en el asiento y procedió a abrocharse el cinturón dedicando a la chica un asentimiento desconcertado. Se había quedado traspuesto después de tomarse un té que lo dejó relajado, ni siquiera había escuchado la información que el capitán del vuelo había conferido por los altavoces.

Frotándose los ojos miró por la ventanilla y pudo observar el manto de luces que bañaba Roma. El vuelo de Londres con destino a la capital italiana se había retrasado y la noche hacía tiempo que había recubierto el cielo de la ciudad con una túnica negra. Se pasó unos segundos ensimismado contemplando la iluminación que embellecía todo cuanto bañaba la superficie de la ciudad mientras el avión planeaba para descender. James apoyó la frente en la ventanilla. Estaba fría y le aportó una pequeña sensación de agrado, pero pronto se vio truncada, ya que el recuerdo de Angie se introdujo como avispas revoloteando dentro de su cabeza. Dolor. «Ojalá estés bien, Angie».

Media hora después salía por las puertas automáticas al exterior del aeropuerto, un aire gélido se coló por su cuerpo y en un acto reflejo se subió el cuello del abrigo mientras echaba mano al teléfono móvil.

—¿Jeff? Estoy en Roma. —Fue lo único que dijo cuando su jefe descolgó la llamada.

—De acuerdo, James. Necesito que te hospedes en el Starhotels Michelangelo. En recepción te presentas como el agente Miller. No tendrás problemas. Intenta descansar, te esperan unos días complicados. Te llamaré mañana para darte las instrucciones—. James asintió al otro lado de la línea. Por un momento quiso preguntar por Angie. Necesitaba saber qué pasaba con su mujer, pero Jeff le leyó el pensamiento a miles de kilómetros de allí.

—Angie estará bien, James. Solo necesitamos que realices esta misión. No vuelvas a preguntar por ella. —La llamada se cortó con un sonido metálico sin que James pudiera indagar de qué iba todo aquello. Resignado, volvió a introducir el teléfono en el bolsillo y se acercó a un taxi ubicado en el exterior de la terminal para dirigirse a su destino.

Cuando entró en el lujoso hotel, se acercó al mostrador de recepción. Allí, un chico de no más de treinta años, le tendió la mano.

—¿Agente James Miller? —le soltó a modo de saludo.

—Sí —respondió James confundido.

El joven, sin desprenderse de su sonrisa, le entregó una llave junto a una tarjeta.

—La suite presidencial le está esperando —dijo—. Último piso, aquí a la derecha encontrará el ascensor. Que pase una buena noche, señor Miller.

A James le vino a la cabeza un déjà vu de la noche anterior en el hotel de Londres. Solo faltaba que aquel recepcionista le ofreciera algún brebaje para descansar mejor.

Dicho y hecho. El chico levantó la voz cuando James se alejaba del mostrador.

—Perdone, señor, ¿necesita algún relajante para dormir mejor?

La media sonrisa de James apareció en la comisura de sus labios.

—No, gracias. Estoy bien. —El recepcionista le respondió con un asentimiento de cabeza y volvió a sentarse frente al ordenador. James dio media vuelta y se introdujo en el ascensor, camino a la suite.

La habitación era ostentosa, casi de película. Nada más entrar se encontró con una sala de estar de gran tamaño, a la izquierda, una zona para trabajar; dando unos pasos hacia delante, una cocina totalmente equipada y al final de la estancia una puerta acristalada que daba a un dormitorio con vestidor y un cuarto de baño espacioso con todo tipo de enseres de los más extravagantes.

James descorrió las cortinas de un ventanal desmedido y pudo divisar al fondo la cúpula de San Pedro. El Vaticano se presentaba ante sus ojos envuelto en una neblina fluida y arropado por cuantiosas luces que resplandecían hacia el cielo oscuro de Roma. Los transeúntes, encorvados, deambulaban de aquí para allá. Algún que otro coche policial junto con un cúmulo excesivo de furgonetas de distintos medios de comunicación se distinguían a lo lejos. La noticia de la muerte del cardenal ya se había hecho hueco en todo el mundo y obviamente, los periodistas, con hambre de noticias, se encontraban en primera fila. La crónica, cuanto más truculenta y morbosa, mejor. Y un cardenal asesinado en el Vaticano se convertía en un suceso insaciable para todos los reporteros a nivel mundial.

Después de una ducha relajante y ataviado con un albornoz blanco bordado con el logo del hotel, se acercó al televisor y lo encendió: el resumen del partido de la semana pasada de los Yankees de Nueva York contra los Red Sox apareció en la pantalla. James tornó los ojos al techo y cambió de canal una y otra vez, en todos los noticieros solo se hablaba de dos cosas: de la fiesta de la última noche del año y de la muerte del cardenal en el Vaticano. Después de unos minutos contemplando cómo cada cadena mostraba la noticia a su antojo, apagó la televisión y se situó frente al vestidor. Unas cuantas americanas de su talla aparecían colgadas a la derecha. Un par de camisas blancas y algunos jerséis de color oscuro y cuello alto perfectamente colocados, se ubicaban en las diferentes repisas de la izquierda. Justo enfrente, se encontraban los pantalones de pinza de colores azul marino y gris jaspeado y otros de estilo irreconocible de tonos más apagados. Por último, dos pares de zapatos tipo Oxford, con la punta redondeada y suela de cuero; unos marrones y otros negros en un estante en la parte baja. También de su talla. La ropa interior se ocultaba en unos cajones ahumados con tiradores de cristal a su izquierda y justamente encima, un frasco de un perfume que James intuyó carísimo. «Estupendo, me dicen hasta el perfume que tengo que usar. Qué detalle», pensó mientras negaba con la cabeza.

Antes de echarse en la cama se obligó a comer algo y, aunque tenía el estómago vacío, encontró en la cocina de la habitación un sinnúmero de opciones para llevarse a la boca; jamón, carpaccio, anchoas, tablas de queso, gran variedad de comida italiana, frutos secos de todo tipo, las mejores marcas de bebidas alcohólicas, e incluso un surtido diverso de dulces y pasteles con una apariencia exquisita. Se decidió por un poco de jamón y queso y una copa de vino. No escatimó, se sirvió un Masseto Toscana tinto que degustó mientras deambulaba por la suite hasta acabar tumbado en la cama antes de echar el último vistazo por el ventanal hacia San Pedro. Algunos fuegos artificiales explotando en el cielo, avisaban del año nuevo. Pero su mente iba y venía recordando el rostro de su mujer. «Angie, espero que no estés en peligro». Un par de lágrimas se escaparon de sus ojos mientras la noche empezaba a mojar los tejados de Roma.

7

Los Borgia

Vaticano

El papa miraba fijamente a Sica, sentado al otro extremo de la mesa. Juan y César escuchaban atentamente las palabras de su padre. Aún se podía apreciar la sangre seca en el suelo del día anterior, de cuando Sica rebanó la garganta de la joven que fue amante de César.

La mañana era calurosa y pronto el sol estaría en el cénit dejándose caer firme sobre Roma. Las ventanas del salón permanecían abiertas de par en par y dos guardias custodiaban la puerta principal.

—Sabéis que algunos cardenales me tachan de haber llegado al poder por medio de la simonía y el nepotismo —decía el papa—, nada más lejos de la realidad —rio—, pero muchos se han beneficiado de las tierras que los he prometido y del oro y la plata que visten y lucen. He decidido que el puesto que yo conservé durante tantos años, el de vicecanciller de Roma, se lo voy a otorgar al cardenal Ascanio Sforza por su gran ayuda al votar a mi favor ya que con su apoyo conseguí los votos necesarios para alzarme como sumo pontífice.

Juan y César miraban a su padre asintiendo en silencio.

—Os trasmito esta decisión porque habrá cardenales que se opongan a este título concedido a Sforza. Sobre todo, los cardenales Giuliano Della Rovere, Piccolomini, Medici, Carafa, da Costa, Basso, Zeno y Cibo. Todos ellos estarán en contra de nuestra familia hasta el final. Por este y otros motivos que vendrán pronto.

» Dentro de cuatro días celebraremos una cena en honor de mi ascenso al papado donde tengo preparada una sorpresa para los invitados. Van a estar todos los cardenales, y allí, en la cena, podréis observar el desconcierto de sus caras con lo que disponga. Más tarde os llamaré a cada uno de vosotros en privado para ordenar lo que debéis hacer. Ahora, mandad a mi bella hija a que se reúna conmigo, también tengo que hablar con ella. —El papa se levantó de su sillón y con cara maliciosa se encaminó hacia la ventana. Juan y César, extrañados, se miraron. De la boca de Sica emergía otra pequeña sonrisa sagaz, pues ya sabía del propósito del papa. Juan fue el primero en hablar:

—Padre, ¿qué es lo que tienes preparado?

—¿Para ti, hijo? —dijo volviéndose y clavando la mirada a su hijo predilecto.

—Me refería a la cena, padre. —Se sonrojó Juan. César lo miró divertido.

—De la cena con los cardenales no os preocupéis hasta que hable con vosotros en privado —anunció el papa volviéndose de nuevo hacia la ventana—. Además, os contaré, a su debido tiempo, lo que tengo acordado para cada uno de vosotros. Traedme a Lucrecia.

—De acuerdo, padre —dijeron los hermanos. El tenebroso Sica inclinó la cabeza a modo de despido y los tres hombres salieron de la estancia.

Fue César el que se dirigió al salón de las doncellas para avisar a Adriana que fuera en busca de Lucrecia, pues su padre la reclamaba. Después, César bajó al patio y se enfundó su armadura pesada, cogió con fuerza la espada y empezó a cortar el aire, con estilo, con elegancia. Cada paso estaba bien estudiado, lo realizaba cada día, pues sabía que la doctrina en el arte de la guerra conllevaba una disciplina férrea y también sabía que su destino estaba ligado al combate, a la contienda, aunque su padre tuviera otros propósitos muy distintos para él, lo cual detestaba.

Desde el balcón que daba al patio, detrás de una columna, para no ser vista, Lucrecia se encandilaba con cada aspaviento de su hermano César. Con las posturas dibujadas en el caluroso aire de agosto. Adivinaba el sudor de la frente de su hermano bajo el largo pelo negro y se excitaba al ver los gestos de furia que exhibía mientras clavaba la espada en el aire.

—¡Lucrecia! —Entró Adriana llamando a la puerta—. Tu padre te requiere en la estancia de la chimenea… ¿Qué haces en el balcón? —le preguntó mientras se acercaba a ella.

—Nada, nada —respondió sonrojada Lucrecia mientras entraba en la habitación pasando por delante de Adriana. Esta se acercó al balcón y se asomó al patio, cuando divisó a César desvió la mirada de nuevo a Lucrecia, maldiciendo por lo bajo.

—Lucrecia, ¿has olvidado que César es tu hermano, por el amor de Dios?

—Lo sé, aya, pero… ¡Es tan guapo!

—¡Lucrecia, por favor!, ¡es pecado desear a tu hermano!

—¿A quién de los dos, mi querida aya, a César o a Juan? —dijo riendo.

—¡Lucrecia, tendré que hablar con tu padre de este asunto!

—¡No, aya!, eres mi confidente. —Lucrecia ladeó la cabeza y puso una cara compasiva. Exhibiendo la viva imagen de la inocencia. Sabía que Adriana no podría delatarla por nada del mundo.

Un suspiro exhaló de la boca de Adriana.

—Anda, ve con tu padre que está reclamando tu presencia, ya estás tardando.

—¡Gracias aya! —dijo Lucrecia en tono infantil. Y salió deprisa de su aposento hacia la galería norte—. ¡Luego nos vemos, aya! —gritó despidiéndose.

Adriana quedó recogiendo los diversos ropajes que se extendían por la estancia negando con la cabeza. «No sé qué hacer con ella, es indomable», pensaba. Y solo tiene trece años…

8

Los Borgia

La soberbia de Juan y el odio de César

Lucrecia permaneció cerca de un cuarto de hora reunida con su padre. Entendiendo cada palabra que este le contaba, asintiendo.

Una vez que se ausentó del salón, pensando en lo que su padre le había pedido, la esperaba su hermano Juan, apoyado en el soporte del pasillo que daba al claustro, ataviado con un elegante sombrero negro y una capa del mismo color, en el cinto, por encima del fajín, se adivinaba una especie de florete; una espada larga y flexible. Se acercó a Lucrecia.

—¿Ya has hablado con padre, hermana? —le dijo dándole un beso en los labios. A lo que Lucrecia, ruborizada, contestó:

—Sí, ya hablé con padre y ahora he de realizar un trabajo que me ha encomendado, querido Juan.

—Eres la flor más bella del jardín, amada hermana. ¡Tendré que matar con mis propias manos a quien ose enamorarse de ti! —dijo Juan riendo mientras acariciaba el hierro de su espada y rodeaba a su hermana desprendiendo un aroma de hierbas y cítricos.

—Querido hermano, no digas tonterías, algún día me desposaré con un rico noble o quizá con un rey y enlazaré mi vida para siempre… ¡Y tendré muchos hijos!

—¡No mientras yo pueda evitarlo! —dijo guiñándole un ojo.

—Calla y apresúrate, hermano, pues nuestro padre tiene un cometido para ti.

—¡A sus órdenes mi futura reina! —anunció burlón Juan mientras se agachaba y le ofrecía un saludo y, carcajeando, se introdujo en la dependencia.

Lucrecia quedó en medio del pasillo, con los ojos envueltos en gozo. «Lo amo», pensaba mientras se disponía a perderse por los pasillos del Vaticano. Sin embargo, cuando se proponía a subir las escalinatas, adivinó una sombra detrás de una pilastra a su izquierda.

—¿Quién anda ahí? —preguntó acercándose con decisión.

Jofré, encogido, tímido y vacilante se hizo ver tras el muro.

—Soy yo, querida hermana.

—¿Jofré? ¿Qué haces escondido tras la columna? ¿Qué te ocurre?

—Lucrecia —dijo el pequeño Jofré sonrojado y ruboroso—. Espiaba a nuestro hermano Juan.

—He visto cómo lo miras en cada desayuno, en cada comida, en cada banquete e incluso lo buscas por cada estancia. ¿Cuál es el motivo, mi querido y pequeño hermano? ¿Acaso necesitas su asistencia o amparo?

Jofré, llevándose las manos a la cara, avergonzado y con ojos vidriosos, confesó:

—Lucrecia, ¿podrías guardar un secreto, por la sangre que nos une?

—Puedes contar conmigo sin dudar, querido Jofré.

Después de unos segundos en silencio y sopesando la reacción que su hermana podría tener al revelar lo que le sucedía y ante la insistencia en los ojos de Lucrecia que amenazaban premura por la noticia que expresara su hermano, Jofré separó los labios para que unas palabras sinceras salieran de su boca:

—Admiro a nuestro hermano, Lucrecia. Juan es la persona que venero, que reverencio, que adoro; quiero ser como él, solo ansío parecerme a él. Ese es el motivo por el que lo persigo e incluso copio sus gestos, su forma de andar, su forma de hablar…

—Jofré. —A Lucrecia le salió una pequeña sonrisa de los labios al ver tan encogido y sonrojado a su hermano abriéndole el corazón y confesando su afecto y pasión por su hermano mayor (sentimientos que Lucrecia compartía con él)—. Cuentas con doce años, es normal que tengas ese afecto por tu hermano mayor.

Jofré no apartaba la mirada del suelo.

—¿Seguro, Lucrecia?

—Seguro, hermano, es lógico querer parecerse a Juan y más en tu situación como hermano pequeño. Tranquilo. —Lucrecia colocó sus manos a ambos lados de la cara de Jofré y levantándole la mirada secó sus ojos con la palma de la mano—. Mírame, hermano, serás más fuerte y más valiente que Juan y que César juntos. —Y le dedicó una sonrisa.

—¿De veras? —preguntó con los ojos aún un poco enrojecidos.

—¡Claro!, te casarás con una rica y bella dama, Jofré, y serás feliz con ella, tendrás muchos hijos y no te faltará felicidad, fortuna y alegría en tu vida. Además, me tienes a mí, tu fiel hermana. —Lucrecia le ofreció una sonrisa infinita. Jofré volvió a clavar la mirada en los ojos de su hermana y le preguntó:

—¿Y padre, qué tiene preparado para mí?

—No lo sé. Te lo contará cuando te reúnas con él. Pero seguro que es un cometido grandioso, ya lo verás.

—Tengo mis dudas, hermana. Creo que padre tiene más afecto y siente más orgullo por Juan y por César que por mí…

—No digas eso —le cortó su hermana—. Eso no es cierto, lo único que aún eres muy pequeño, pero te vuelvo a repetir que triunfarás y todos seremos testigos de tu hazaña.

Al cabo de unos segundos en los que el pequeño Jofré quedó pensando con la mirada perdida en los lienzos de la galería y asomando un pequeño gesto de orgullo ante las palabras y la mirada de Lucrecia, dio un sobresalto y agradeció el apoyo verbal de su hermana.

—Gracias, Lucrecia. Te quiero.

—Y yo, hermano. Ahora corre y ve a adiestrarte con la espada para ser un buen caballero —dijo Lucrecia en tono seguro trasladándoselo a Jofré, que sentía cómo el orgullo le subía de abajo arriba. Ascendió trotando las escaleras dedicándole una sincera sonrisa a su hermana mientras miraba por encima de su hombro. Lucrecia quedó mirando cómo se perdía por el corredor y no pudo apagar el gesto risueño que le despertaba su hermano pequeño.

Después de permanecer unos segundos en el pasillo, tomó sus pasos dirección a sus aposentos para ordenar a su aya, Adriana, que le vistiera con ropas destinadas a pasar desapercibida con el objetivo de perderse por las calles de Roma y no levantar sospechas al ir a visitar a una persona por mandato de su padre. Además, la ocasión demandaba urgencia.

Mientras tanto, dentro de la sala contigua, donde había accedido Juan para llevar a cabo la reunión con su padre, ambos se fundían en un abrazo. Juan, como hijo preferido del papa, conseguiría el título de duque de Gandía y su consecuente viaje a España para casarse con María Enríquez de Luna, familia de Fernando el Católico. Así, afianzaba aún más las relaciones con la corona española. Por lo tanto, Juan quedaba fuera de una vida eclesiástica y se moldeaba una vida plena fuera de las instancias vaticanas. Con riquezas, dinero y abundancia en tierras españolas, el futuro de Juan se perfilaba optimista y feliz.

—Gracias, padre. No te defraudaré.

—Quiero, Juan —dijo su padre de forma muy seria—, que no deshonres el nombre de los Borgia en nuestra tierra y te comportes como un verdadero duque, dando hijos y bienestar a tu futura esposa. En España tendrás todos los privilegios, pero no me decepciones, hijo, pues sé de tu predilección por las malas compañías, incluidas decenas de las rameras más miserables…, por no hablar de las cantidades de vino que franquean tu sed a diario.

—Padre, hay mujeres que te cortan la respiración entre los suburbios de Roma, cuanto más pobres más insaciables son, eso deberías saberlo. —Juan le dedicó una sonrisa pícara a su padre.

El papa reprimió una risa cómplice y sus ojos le dieron la razón a su hijo.

—En cuanto al vino, padre, el elixir de la eterna felicidad…

—Lo sé, Juan, hijo, pero debes sujetar esos habituales desvíos, pues tienes que formar una familia en España y ser ejemplo para nuestros seguidores. La estirpe de este apellido está por encima de cualquier objeto.

—No te preocupes, padre. Nuestra patria estará orgullosa de la familia Borgia. Y dime…, padre. ¿Cuándo regresaré a Roma?

—Volverás a Roma cuando se necesite de tu presencia. Te permitiré lograr el título de capitán general de la Iglesia, serás el comandante de los ejércitos papales si así lo estimo oportuno, pues son muchos los enemigos que tenemos y los que se unirán a ellos en los próximos años.

Juan, con cara de asombro por las palabras de su padre no cabía en sí de gozo. «Capitán general de la Iglesia». Aunque, en realidad no era un hombre de armas. Aborrecía la guerra y los conflictos entre familias y se decantaba más por los festejos y la diversión propia de cualquier joven con dinero, pero solo con imaginarse la cara de su hermano César, que ansiaba todo lo que le estaba proponiendo su padre cuando se enterara de que los sueños de este se consumaban en él mismo, la sonrisa le iba siendo cada vez más amplia y no pudo evitar preguntar a su padre por el futuro de César.

—Padre, ¿y para mi hermano César?, pues sé que él ambiciona lo que me estás prometiendo, se llenará de celos y rencor hacia mí. —«Algo que me llena de satisfacción», pensó.

—Para César tengo otros menesteres, hijo. Será cardenal y permanecerá a mi lado llevando una vida dedicada a la Iglesia, tendrá también mucho poder y una vida plena. Pero no adelantes acontecimientos. Seré yo quien le traslade la noticia.

Juan, aún más satisfecho, si cabe, por el destino de su hermano y evitando una sonrisa de burla, asintió a la figura de su padre, que ya estaba levantándose del sillón para posar su mano en el hombro de su hijo invitándole a que abandonara el salón.

—Descuida, padre, seré una tumba. César estará encantado con los planes dispuestos para él. —Otra sonrisa disimulada.

—Manda a tu hermano que venga cuanto antes para hablar con él.

—Enseguida, padre. —Juan hizo una reverencia y se ausentó jubiloso de la estancia en busca de César.

Tarareando por los pasillos del Vaticano, primero se encaminó hacia los fogones donde cocineros y sollastres preparaban el banquete diario. Cortó una tajada de pan recién horneado y la introdujo en una holgada cazuela donde se estaba preparando una salsa con especias para condimentar la carne de caza. Se lo llevó a la boca y entornó los ojos.

—Si seguís guisando de esta forma falleceré de hambre. ¡Esto está incomible! Diré a mi padre que os echen de aquí si no os esforzáis más por la comida de vuestros señores. ¡Llenadme un vaso de vino!

Uno de los cocineros, cabizbajo y sonrojado, con urgencia, asió una jarra y llenó un cuenco entregándoselo a Juan con premura, lo que hizo que se vertiera un poco del líquido en el suelo de las cocinas.

—¡Inepto! —balbuceó Juan mientras clavaba la mirada en la mancha del piso y se llevaba el líquido a los labios que apuró de un solo trago.

Una vez aligerado el vino hasta la última gota, con rabia, espetó una serie de insultos al pobre cocinero, un joven que no alcanzaba siquiera los quince años. Este, más abochornado por momentos, solo pudo quedar en silencio y se colocó de rodillas procediendo a limpiar con un paño las mínimas gotas que se esparcían por la superficie. Juan, con la mirada fija en el joven y una mueca de repugnancia, hincó la planta de su bota en el hombro del muchacho y le propinó una patada que le desplazó unos metros cayendo de espaldas contra el suelo. Le siguió una carcajada que se escuchó por toda la estancia sintiendo el mutismo de todos los cocineros que se hallaban en la cocina presenciando tal funesto espectáculo. Al fondo, el padre del muchacho tendido en el suelo, se irguió y sacó pecho contra Juan.

—Señor, es mi hijo, es un joven inexperto todavía, pero muy buen trabajador y hacendoso. Tenga compasión de él, se lo ruego.

Juan miró firme al hombre al otro lado de la estancia que decía ser el padre el desdichado y novato cocinero. A unos centímetros de su cara y ante la mirada expectante y cautelosa de los presentes, le expresó con soberbia:

—Deberías callar cuando tu amo está hablando. Tu hijo es un ingenuo aprendiz que no merece el arte culinario de estas paredes, ¿acaso no sabes dónde te encuentras?

El pobre hombre tragó saliva y asintió. Juan dio media vuelta dándole la espalda y procedió a llenar otro cuenco de vino que apuró de nuevo de otro trago. El hombre, viendo cómo su hijo seguía dolorido en el suelo a causa de la patada de su amo, no pudo reprimir unas palabras al ver la actitud altiva de Juan.

—Disculpe mi atrevimiento, señor, pero mi hijo será un gran cocinero y creo que se ha excedido usted con el acto que ha realizado. —La cara de los espectadores se tornó en sorpresa ante las palabras del cocinero, incluso alguno llegó a suspirar una exclamación cortada.