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A un lado, la CIA. Al otro, el Vaticano. En medio, un secreto y un asesino diferente. Dos científicos y una recepcionista del Instituto de Ciencias de París aparecen ejecutados. La ciudad del amor es testigo de los crímenes. Por otra parte, en Londres se organiza un plan encomendado por la Santa Sede. El objetivo: evitar por todos los medios que un insólito hallazgo salga a luz. Cueste lo que cueste. El silencio es la clave. Julia White, agente de la CIA acaba de morir. James Miller, su compañero y Amelie, la hija de Julia, se citan en un lugar emblemático. Ignoran lo que está pasando. Robert Hawkins, médico. Obligado a matar por parte de la Hermandad, una antigua orden eclesiástica. Los sacerdotes y, en especial, el Cuervo, saben algo que la mayoría desconoce. Agentes especiales infiltrados. Personajes oscuros. Individuos coaccionados por su pasado, atrapados entre el silencio y el desvelo. Perversos ojos clavados en espaladas como puñales, vigilando. Está todo planeado. ¿Somos conscientes de dónde venimos? ¿Serías capaz de guardar un secreto tan extraordinario? ¿Morirías porque así fuera? ¿O quizá estás pensando en lucrarte con él? ¿La mejor opción? El silencio. No es conveniente jugar con cierto tipo de monstruos. Además, es mejor obedecer si no quieres acabar bajo tierra. ¿Es fácil? En una palabra: NO.
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Seitenzahl: 643
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Adrián Prieto Pérez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-110-9
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Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
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INTRODUCCIÓN
A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un sacerdote que se encontraba cerca me salvó con un grito: «¡Cuidado!». El ciclista cayó al suelo. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio usted lo que es el poder de la palabra?». Gabriel García Márquez cuenta en este relato de su infancia que ese día supo lo importante que puede llegar a ser el valor de la palabra.
Hay palabras bonitas, palabras feas, también existen palabras que pasan desapercibidas o palabras que te pueden salvar la vida como en el caso que le ocupó a Gabriel García Márquez.
Esta novela tiene por título Silencio, otra de ese tipo de palabras que tienen una gran connotación; un significado no directo pero que se puede asociar al secretismo o al misterio.
Se han escrito muchas frases a lo largo de la historia sobre el concepto de esta palabra: «El comienzo de la sabiduría es el silencio», expresión puesta en boca de Pitágoras. «Nada fortalece la autoridad tanto como el silencio» dijo Leonardo Da Vinci o Beethoven cuando dicen que propuso la siguiente consigna: «Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo», y volviendo a García Márquez, cuentan que de su boca también brotó la máxima: «Y si un día no tienes ganas de hablar con nadie, llámame, estaremos en silencio»…
En el caso que nos ocupa, en esta novela, a lo largo de toda la trama existen muchos tipos de silencios; pero todos con esa relación o ese vínculo con la intriga. El silencio no es simplemente la ausencia de ruido, es mucho más que eso.
¿Si Hitler se hubiera quedado en silencio cuando sus militares más allegados le preguntaron si invadían Polonia? ¿Qué hubiera pasado? ¿Se podría haber evitado la Segunda Guerra Mundial?
¿Si el despertador de Lee Harvey Oswald hubiera permanecido en silencio aquella mañana del 22 de noviembre de 1963? ¿Hubiera llegado tarde a la plaza Dealey? ¿Kennedy no hubiera sido asesinado?
¿Y si Jesús de Nazareth, en vez de quedar «en silencio», se hubiera defendido con sus palabras delante de Caifás? ¿Le hubieran perdonado? ¿No hubiera sido crucificado?…
La novela que tiene usted delante es una simulación de la realidad, lo que se denomina ficción. ¿O quizá no?…, todo depende del silencio. ¿Si hubiera un hallazgo que pudiera cambiar la historia de la humanidad y, sin embargo, desde el principio, ese descubrimiento estuviera abocado al silencio? ¿Se arriesgaría usted a desvelarlo? Hay muchos ojos puestos encima. Tenga cuidado.
¿Se atreve? Adelante.
.
La religión cree en los milagros, pero estos no son compatibles con la ciencia. Las leyes de la ciencia bastan para explicar el origen del universo. No es necesario invocar a Dios.
Stephen Hawking.
PRÓLOGO
Aquella mañana se realizaron varias llamadas telefónicas. A las 10:45 la primera, desde París con destino a Roma. La segunda, quince minutos más tarde, de Roma al Vaticano y veinticinco minutos después, del Vaticano a Madrid. Tres llamadas con un mismo mensaje. Un mensaje que podría cambiar la historia de la humanidad.
Tardó muy poco en levantarse del caro sillón del despacho de su enorme chalet ubicado en una de las zonas más acaudaladas de Madrid, cuando unos segundos antes había atendido una llamada del teléfono móvil. Hacía tiempo que no recibía ninguna indicación de tal magnitud directamente del Vaticano. Simplemente se dedicó unos minutos a escuchar el mensaje que una voz le iba dictando al otro lado de la línea. El Cuervo, como le conocían, siempre sabía cómo mantenerse calmado ante cualquier situación. Sin embargo, después de escuchar atentamente lo que le acababan de trasmitir, no pudo evitar una sonrisa mezclada con un ápice de nerviosismo. Y en unos segundos, ya de pie, procedió a realizar la cuarta llamada de la mañana. Destino Londres. Al otro lado de la línea, una voz contestó.
—Monasterio de la Segunda Orden Eclesiástica de Londres, dígame.
—David, buenos días. Avisa al padre Jacob, junta extraordinaria urgente esta noche a las 22:00. Que prepare a los miembros, le transmites estas palabras: «Batalla Blanca», él sabe qué hacer…
David no estaba preparado para escuchar ese mandato de parte del temido Cuervo, presidente de la Hermandad. Una persona enigmática, con tez muy pálida, triste y delgada, frente amplia y ojos impenetrables, de boca firme y labios herméticos. Irradiaba carácter y poder. Un ser misterioso que sabía persuadir y manipular hasta al más acérrimo ateo, cuanto más a los miembros y fieles de la Hermandad. Era capaz con unas pocas palabras que cualquiera se condicionara incluso su propia existencia.
David, siempre que hablaba con él, le conseguía poner nervioso, sin embargo, se armó de valor y respondió:
—De acuerdo, señor, traslado la orden y espero noticias.
El Cuervo colgó el teléfono sin despedirse siquiera. En su conciencia sabía que había activado el protocolo «Batalla Blanca», exclusivo para que la Hermandad se pusiera en marcha con lo estipulado cuando el código se activara. Pronto se empezaría a convocar a los miembros elegidos y comenzarían a acudir a la sede de la Hermandad cristiana, ubicada en un antiguo monasterio del siglo XVII a las afueras de Londres, que, aunque restaurado por fuera, una vez en el interior, te podías trasladar al más insólito y extraordinario mundo del cristianismo, herejías y todo tipo de esquemas misteriosos y extravagantes.
El contenido de los mensajes que se reportaron aquella mañana entre las diferentes llamadas, era, en principio, de magnitudes altamente peligrosas para los que mantienen la fe en Dios y, por lo tanto, para la Hermandad.
David descolgó el teléfono y marcó el número del padre Jacob, uno de los tres clérigos que formaba la élite de la congregación para trasladarle la noticia que había recibido unos minutos antes del Cuervo. El padre Jacob era un clérigo mayor de Austria, una persona simpática y atenta, muy diferente y prácticamente opuesto al tercer miembro de los que formaban el poder superior de la Hermandad, el padre Hubert, un clérigo belga, y persona huraña y maliciosa.
El padre Jacob respondió al tercer tono.
—¿David?
—Sí, padre Jacob, le traslado la orden «Batalla Blanca» de parte del Cuervo, que prepare a los miembros elegidos para una junta urgente esta noche aquí, en la Hermandad.
El clérigo quedó unos segundos en silencio…
—Bien, David, escúchame, me pondré en contacto con una serie de personas que se irán personando a lo largo del día en el monasterio, ¿de acuerdo?, según vayan llegando, los acomodas a cada uno en una estancia, no serán muchos, en cuanto yo llegue, organizamos la velada. —El padre Jacob hablaba de forma atropellada. David notó en su voz matices de nerviosismo.
—De acuerdo, padre, ¿algo más?
—Nada más —dijo tajante el sacerdote.
—¿Qué significa «Batalla Blanca»? —se atrevió a preguntar David.
El padre Jacob volvió a permanecer en silencio, al instante, con voz de circunstancia sentenció:
—Nada que tú debas saber, hijo. Limítate a acondicionar las salas y habitaciones. Luego nos vemos. —Y colgó el teléfono.
David se recostó inquieto en el sillón de su despacho situado en el ala oeste del monasterio. Llevaba trabajando en el sitio poco más de un año y su labor para los componentes de la organización católica era la de seguir el uso práctico y cotidiano del día a día en la Hermandad, contratado como un simple becario; recibía a los fieles, realizaba gestiones de mantenimiento de las instalaciones, atendía el correo y demás acciones cotidianas sin gran importancia, sin embargo, su misión real, no consistía en eso…
Miró a un lado y a otro, salió del despacho hacia el pasillo, todo parecía en calma, se encaminó hacia una sala donde se encontraban unos cuantos feligreses rezando hacia la figura de Jesús en la cruz, volvió hacia el despacho y se aseguró de que nadie lo escuchaba, volvió a descolgar el teléfono, marcó, e hizo una segunda llamada.
—Agencia Central de Inteligencia, buenos días, le atiende Lindsay.
—Hola, buenos días, Lindsay, soy el agente encubierto CJV, código 6986, llamando desde Londres para reportar información a superiores, con Jeff Taylor por favor.
—Sí, un momento.
David estaba intranquilo, era la primera vez que iba a reportar un indicio en aquel puesto en todo el tiempo que llevaba en la Hermandad como agente encubierto y no dejaba de mirar por encima de su hombro a la puerta mientras sujetaba el teléfono con fuerza. Una gota de sudor le resbalaba por la frente. Al cabo de unos segundos apareció la voz de nuevo.
—De acuerdo, agente, le transfiero la llamada.
Al momento, se oyó un tintineo en el teléfono.
—Aquí Jeff Taylor.
—Señor, soy el agente 6986, del departamento de Actividades Especiales en cubierto, mi sobrenombre para esta misión es David.
—Adelante, David.
—Señor, llamo para reportar supuesto indicio de actividad dudosa en una hermandad cristiana ubicada en Londres. Solicito permiso para actuar.
—De acuerdo, David, ¿de qué se trata?
—Hablan de un código llamado «Batalla Blanca», se procederá a una reunión de miembros esta noche a las 22:00 en el mismo monasterio.
—Muy bien, mándame ubicación del sitio y apunte un número de teléfono, estará en línea directa conmigo, facilíteme el suyo también. ¿Necesita apoyo, agente?
—No, en principio no —respondió David mientras llevaba la mirada de nuevo al pasillo por si alguien lo podía escuchar. Después de intercambiarse los teléfonos, su jefe sentenció—: Estamos en contacto. Suerte, agente. —Y se despidió.
David colgó, tenía que empezar a investigar qué significaba esa misteriosa consigna que habían llamado «Batalla Blanca» y el porqué de la urgencia de la reunión extraordinaria. Como agente encubierto, llevaba muchos años con ese tipo de trabajo y sabía que era muy difícil, a la par que peligroso, actuar en una investigación una vez que encontraba la primera señal de sospecha. Hasta ese día, el tiempo que había permanecido en la Hermandad había sido trabajo fácil, pero ahora tendría que actuar con muchísima cautela, analizar e investigar sobre el acontecimiento que se iba a producir aquella noche. A lo mejor, y con suerte, la velada no sería importante y reportaría, de nuevo a su jefe, una falsa sospecha. Sin embargo, David tenía un mal presentimiento y lejos de estar equivocado, se presentaba la mayor misión de su vida en la CIA.
1
El día estaba gris, una pequeña neblina se apoderaba del aire y pronto empezaría a llover. En realidad, a James le encantaban estos días, nostálgicos, tristes, melancólicos e incluso con una pizca de romanticismo. Más aun estando en la que dicen, la ciudad del amor. París se extendía bajo sus pies. La verdad es que muchos parisinos y visitantes lo encontraban de lo más fantástico y apasionado. Sin embargo, para James, el cementerio de Montmartre, era, sin duda, el lugar donde menos le apetecía estar en ese momento, aunque las condiciones climatológicas fueran de película y en realidad, esto fuese de su agrado. Le gustaba el invierno con su ambiente mágico, el frío, la nostalgia… De hecho, siempre pensaba que un día, o una noche, con esas características se iba a encontrar cara a cara con su propia muerte. La negra dama le llevaría entre la niebla agarrando con fuerza su mano, sintiendo la llovizna en su rostro…
Entrando por el camino, entre los cipreses que habitaban aquel camposanto, James se subió el cuello del abrigo y siguió caminando entre las tumbas por los inmensos recorridos y diferentes itinerarios que ofrecía esa desmedida necrópolis. Al fondo pudo, a pesar de la niebla, divisar un grupo de personas cabizbajas y vestidas de negro. Se acercó manteniendo las distancias, tampoco quería llamar la atención entre los asistentes, con lo que se quedó a unos metros de donde, lamentablemente, estaban enterrando a la que fue su compañera de departamento. Julia White se ubicaba dentro de aquel féretro que poco a poco iba perdiendo de vista mientras se adentraba con cuidado dentro de la tierra.
«Es imposible que Julia esté dentro de ese ataúd», pensó James mientras recordaba que hacía no mucho habían estado conversando por teléfono. Hablando del último caso que habían resuelto.
Pero ahora estaba metida en esa caja de madera. Una mujer joven, sana, siempre enérgica, impecable en su trabajo, capaz de resolver los casos más horribles que podía recordar, querida por todos.
La mañana del día anterior, caminando por la calle, cerca de la comisaría, un paro cardiaco se la había llevado para siempre.
En el escenario del sepelio se encontraba una mujer de unos setenta años mirando hacia el suelo agarrada del brazo de una chica de unos treinta. James pudo figurarse que la joven era la hija de Julia y supuso que la señora contigua podría ser la abuela, la madre de Julia. Un grupo de personas de avanzada edad se arremolinaban alrededor del escenario recitando plegarias, algunas mirando al cielo, otras al ataúd, y alguna hacia el suelo. Y bajo un gran sauce se encontraban algunos compañeros del departamento, habían volado desde Virginia, donde se encuentra la sede de la CIA a París, para dar el último adiós a Julia. Incluso al fondo, pudo ver a su jefe, Jeff Taylor. Una persona en la que se podía confiar. A lo lejos había más gente vestida con trajes negros que James no conocía. Serían amigos, quizá vecinos, o algún familiar más lejano. En ellos se encontraba fijando cuando sintió que alguien le toco la espalda, y cuando se giró, se encontró con Susan Hill mirándole con gesto alicaído:
—James, ¿qué tal?
—Hola, Susan, bueno, bien, dentro de lo que cabe… —le respondió James advirtiendo los ojos enrojecidos de Susan—. ¿Al final has podido venir?
—Sí, he dejado a los niños con su padre, reservé el billete de avión en cuanto pude.
—Pobre Julia —exhaló un suspiro James mientras abrazaba a Susan.
—La quería mucho, James, la adoraba… ¿Sabes que ayer mismo estuvimos hablando varias veces? —dijo Susan mientras se le cristalizaban los ojos—. Es increíble. —Susan empezó a llorar apoyándose en el hombro de James—. ¿Por qué tiene que pasar esto? ¿Por qué siempre se van los mejores? —Susan susurraba con respiraciones entrecortadas.
Susan era una chica de treinta y nueve años, ojos negros, pelo rizado a media melena, afroamericana, con un tono de voz muy dulce y una auténtica superdotada con los ordenadores, tecnología, inteligencia artificial, robots, una gran hacker y un fichaje perfecto para la organización. Amable e inteligente, comenzó hace bastante tiempo a trabajar para la CIA y allí fue donde se conocieron y trabajaron hasta el día de hoy. Susan le había sacado de más de un apuro con sus dotes de informática para rastrear móviles, pichar teléfonos, espiar a delincuentes terroristas, y un sinfín de triquiñuelas solo aptas para el mejor de los informáticos…, pero, sobre todo, era íntima amiga de Julia. Y ahora, desgraciadamente, allí se encontraban, en su funeral.
Susan dio un beso en la mejilla a James y se acercó a dar el pésame a la hija de Julia, que cuando se giró, se fundieron en un sentido abrazo mientras las lágrimas de ambas corrían por sendas caras e iban a parar a un pañuelo mojado mientras escuchaban al clérigo expresar sus plegarias y su ofrecimiento a Dios de la difunta Julia.
El entierro no duró mucho y pronto llegó a su término y poco a poco los asistentes fueron partiendo hacia la salida. En primer lugar, iban unos cuantos compañeros del departamento, algunos con sinceras lágrimas en los ojos y afligidos, abatidos por la pérdida. James quiso enfilar sus pasos hacia ellos, pero una voz le paró en seco:
—¿James? ¿Eres James Miller?
—Sí, hola, tú debes de ser Amelie, ¿verdad? —dijo James volviéndose—, siento mucho la muerte de tu madre. Te doy mi más sentido pésame.
—Gracias, James, gracias por haber venido. Sabía que te encontraría aquí. —Amelie hablaba un perfecto inglés, aunque era francesa al igual que su madre, había estudiado en un colegio bilingüe en París por obligación de Julia, aunque eso le llevara cada día dos horas de camino a la escuela entre tantos atascos, algún día se lo agradecería, le decía su madre…
—Esta es mi abuela Margaret —Amelie le tendió el brazo y apuntó a su abuela—. Este señor es James Miller, abuela, compañero y amigo de mamá.
—Gracias por venir, caballero —consiguió decir la anciana entre sollozos con gran acento galo.
—La acompaño en el sentimiento —contestó James con un francés que en aquel momento le hubiera gustado que hubiese sido más perfecto y fluido. Se encorvó hacia delante y le dio un beso en la mejilla a la abuela, que le devolvió una mueca de sonrisa.
Amelie cogió la mano a James haciendo ademán de despedirse y mientras le guiñaba el ojo le pasó un pequeño papel arrugado. James miró confuso a la chica cuando esta le respondió moviendo los labios con un gesto que abocaba al silencio a la vez que abría los ojos un poquito más de la cuenta, y seguidamente, tirando suavemente del brazo de su abuela dijo:
—Hasta pronto, James, gracias por venir, has sido muy amable, mi madre te quería mucho. Gracias. —Y le volvió a guiñar un ojo.
La abuela se despidió con un «au revoir et merci» y se encaminaron hacia la puerta de salida del cementerio.
James se retiró un poco de los allí presentes y disimulando, abrió la nota, en la que rezaba lo siguiente:
Te espero a las 15:00 en las escaleras de la basílica del Sacré Coeur
Frunció el ceño y, perplejo, se llevó la nota al bolsillo del abrigo. Confirmó que nadie le había visto y, escoltado por los numerosos y diferentes sepulcros y panteones que se expandían a su lado, ensimismado por el acontecimiento que acababa de presenciar y el húmedo frío que se filtraba en su cuerpo, se dirigió hacia la puerta del cementerio. Quería salir de allí cuanto antes, pero en ese momento, Jeff, su jefe, le paró el paso saludándolo.
—James, ¿qué tal?
—Bien, señor.
—¿Estás mejor desde el último caso?
—Sí señor, cada día mejor, gracias.
—Me alegro —afirmó Jeff con una sonrisa—. Sabía que vendrías al entierro de Julia. ¿Cuánto tiempo estarás en París?
—Pues tenía pensado regresar mañana a Nueva York, señor.
—No estás trabajando en ninguna misión ahora, ¿verdad? —le preguntó Jeff con un indicio de ansiedad.
—No, señor, después del último caso, he necesitado un par de meses de tranquilidad. —James miró hacia el suelo negando con la cabeza.
—Sí, fue un caso bastante duro… Pero sabes que estáis preparados para dejar atrás el pasado. Sé que a veces es muy difícil, pero hay que superarlo. Y ahora te necesito aquí, en París. Cancela el vuelo de mañana y estate atento a este teléfono. —Jeff le tendió un terminal móvil—. Te llamaré aquí, dentro viene guardado mi número. Están pasando cosas un poco sospechosas y quiero que estés preparado por si te necesito, ¿de acuerdo?
—Sí, señor, pero… ¿Hay algún problema? —preguntó James pensativo.
—Bueno…, en la misión en la que estaba trabajando Julia están pasando cosas un poco extrañas y además hay un agente encubierto en Londres que no consigo hablar con él desde hace un par de días y creo que los dos casos están relacionados.
—De acuerdo, señor. Cuente conmigo —dijo James con gesto seguro.
—Bien, pues quédate en París. —Jeff atajó la conversación y se despidió con mano firme.
James había estado muchas veces con Jeff y lo conocía bastante bien, o al menos eso creía. Jeff no era como los demás jefes que había tenido anteriormente en el departamento. Era un hombre sensato, trabajador, amable y educado, le había encargado más de un caso, pero esta vez le encontró un poco diferente. Preocupado. Quizá se debiera al entierro de Julia y al escenario donde se encontraban… Abandonó el pensamiento y se encaminó hacia el restaurante más cercano. Necesitaba tomar un café y pensar en lo que había sucedido en los últimos minutos. Amelie, la hija de la difunta Julia, le había dado un pequeño papel arrugado donde le citaba a las 15:00 y Jeff, su jefe, le había pedido que se quedara en París. Se empezaba a temer que otro caso se iba a apoderar de él en breve.
2
Julia se había levantado temprano, saliendo a pasear al alba y de vuelta a casa había pasado a comprar el periódico como hacía cada mañana desde hacía un par de meses. Justamente el tiempo que había pasado desde el último caso que había conseguido resolver junto a su compañero incondicional James Miller. Un caso bastante difícil. Sin embargo, al final, todo se solucionó y ahora sentía que necesitaba estar otra vez en acción. Detestaba tener que llevar una vida aburrida y cotidiana. Necesitaba que Jeff, su jefe del departamento, la llamara y le encomendara cualquier caso por insignificante que fuera. Necesitaba estar activa, sentía que la casa se le caía encima. Echó mano al periódico y se sentó frente a una taza de café humeante. Hacía demasiado frío en la calle y la navidad estaba siendo muy fría en la ciudad parisina.
En la portada del periódico pudo leer que se habían producido tres asesinatos la tarde del día anterior de dos científicos y una recepcionista que trabajaban en un laboratorio que no quedaba lejos de su casa. «Vaya forma de empezar el día», pensó mientras miraba por la ventana. El cielo estaba a punto de empezar a llorar. Su madre, cuando ella era pequeña, siempre le decía que cuando llovía eran las lágrimas de los ángeles que estaban llorando porque a veces los niños se portaban mal, y desde entonces siempre que llovía, se proclamaba la broma del llanto de los ángeles. En ese momento le salió una mueca de sonrisa pensando en la historia y le sorprendió Amelie que estaba entrando a la cocina.
—Buenos días, mamá, ¡uy!, ¿a qué viene esa sonrisa?
—Nada, el llanto de los ángeles, ya sabes, siempre me hace gracia esa historia. —Las dos rieron mientras miraban por la cristalera de la cocina hacia el cielo gris…
—¿Y la abuela? —dijo Amelie—, ¿todavía está dormida?
—No creo, seguro que ha ido a comprar unos bollos de anís para desayunar. Yo acabo de venir de pasear un ratito y he pasado a por el periódico como todos los días —dijo Julia entornando los ojos.
—Tranquila, mamá, seguro que pronto te llaman para otra misión de esas de película, ahora disfruta un poco de nosotras mientras tanto, sabes que la abuela está muy feliz de tenerte en casa y luego, siempre que te vas, pasas demasiado tiempo fuera.
—Lo sé, hija, pero ya sabes, el trabajo es el trabajo…
En ese momento se abrió la puerta de casa y entró Margaret con una bolsa en la mano.
—¡Abuela!, buenos días. ¡Has ido a comprar bollos de anís!, mmmmm…, ¡me encantan, son mis preferidos!
—Buenos días, hija, hace un frío espantoso. Anda, siéntate que te prepare un café.
—Buenos días, madre —dijo Julia dirigiéndose a Margaret—. ¿Todo bien?
—Si no contamos con el dolor de espalda que tengo —dijo la abuela—, la mala noche que he pasado y la vejez que se empeña en abalanzarse sobre mí cada día más…, sí, todo bien, hija —dijo con una sonrisa irónica.
—Está bien, mamá, ¡deja de quejarte, si estás echa una quinceañera! —le espetó Julia con una sonrisa de oreja a oreja.
—Venga vamos a sentarnos y a disfrutar de estos bollos calientes.
Se sentaron a la mesa y después de unos segundos en silencio, Margaret dijo:
—¿Os habéis fijado que los ángeles están a punto de llorar? —Julia y Amelie cruzaron sus ojos con una mirada tierna y cómplice y dedicaron una sonrisa a la abuela.
El desayuno fue agradable entre conversaciones y risas por parte de las tres mujeres. Después de recoger la mesa, Julia, más que harta por todo el tiempo que tenía y consumida de aburrimiento, tomó, como cada día, asiento en la butaca cerca de la ventana donde últimamente se había dedicado a leer y leer sus novelas favoritas de misterio, era una de sus pasiones. Aunque necesitaba por todos los medios una llamada de la Central de Inteligencia para ponerse, cuanto antes, a trabajar. El interminable descanso se hacía demasiado pesado. Por otro lado, Amelie subiría a su cuarto y empezaría a estudiar, los exámenes finales no tardarían en llegar y se jugaba mucho. Las clases de ciencia en el laboratorio eran complicadas, pero Amelie se sentía perfectamente capacitada para conseguir aprobar la carrera. Inteligente y trabajadora, se desvivía por lo que, en un futuro no muy lejano, iba a ser su profesión. De hecho, antes de lo que pensaba…
Aunque rozaba los treinta años, era toda una persona consciente y responsable. Muy consecuente con su labor y contaba con la cabeza perfectamente amueblada, aparte de ser muy trabajadora y aplicada. La ilusión de su vida era ser como su madre, una persona fuerte, inteligente y desvivida por su trabajo, pero sin despegarse de la familia, como hacía Julia, estuviera donde estuviera, porque, aunque el trabajo que tenía se lo demandaba, todos los días hablaban por teléfono, y ahora, que estaban juntas tanto tiempo en casa, todavía no había resultado una riña entre las dos. Mejor dicho, entre las tres. Su abuela tenía el mismo carácter afable y risueño. De hecho, Amelie sentía una envidia sana hacia aquellas dos mujeres. Su madre era su heroína, la protagonista de su vida. Siempre se había portado muy bien con ella y mientras iba haciéndose mayor, la confianza entre ambas aumentaba. En cuanto a la abuela, siempre trasegando en la cocina y coqueta como nadie, era una persona que te escuchaba y podían pasar horas y horas al calor de la chimenea hablando y hablando hasta altas horas de la madrugada.
Esa mañana, como todas, la abuela se dedicaría a hacer las cosas de casa entre tarareos y siempre con una sonrisa en la boca, su principal cometido era que la casa estuviera constantemente reluciente, prepararía la comida y se arreglaría, como de costumbre, sin importar el día de la semana. Así se sentía activa y pasaba el tiempo hasta las 12:00, que era cuando quedaba con un par de amigas para ir a su restaurante favorito y tomarse su humeante té verde, charlar de lo de siempre con esas señoras que habían sido uña y carne durante mucho tiempo y volver hacia las 14:00, poner la mesa y disfrutar del almuerzo con su hija y su nieta. Margaret era una persona sobradamente independiente y muy feliz. En realidad, abuela, madre y nieta eran felices.
Y en eso estaba Julia, envuelta en mitad del libro que tenía entre las manos, sin embargo, ese día algo le rondaba en la cabeza, un presentimiento no la dejaba concentrarse en el agradable ejemplar, ya era la tercera vez que tuvo que volver hacia atrás retomando la lectura. ¿Eran esas apresuradas ganas que tenía de volverse a incorporar al trabajo? Estaba perfectamente recuperada de su anterior misión. Vivir con su madre y su hija era todo un privilegio, por supuesto, pero algo muy dentro de ella exigía volver a la acción, su actitud requería el peligro que suponía ser una agente de la CIA, la adrenalina quería volver a formar parte de su día a día, y aquel presentimiento, mientras pasaban los minutos, se hacía más grande, cubriendo sus sentimientos, algo estaba a punto de ocurrir porque sin darse cuenta, había dejado el libro encima del sillón y ya se encontraba de pie, mirando por la ventana, caían los copos de nieve queriendo pintar la calle de blanco y a Julia le vino el recuerdo de su marido, murió una mañana idéntica a la que se presentaba ante sus ojos, una mañana blanca y fría y con ese punto nostálgico que transmite la nieve trajeando las avenidas… pero de eso ya habían pasado casi siete años y había sido fuerte, superándolo, sí es verdad que se había centrado en el trabajo y eso le había servido más de lo que creía y fue en ese tiempo cuando en verdad se dio cuenta verdaderamente de lo fuerte que era.
Julia abandonó el pensamiento que la llevaba a su difunto marido y se centró en un par de niños jugando entre la nieve, que poco a poco se iba haciendo más espesa. Su deseo de estar activa le hizo desear salir a la calle y empezar a jugar con aquellos niños, en unos segundos rechazó la idea mientras sus labios se tornaban en una sonrisa amable agitando la cabeza, pero se sentía como un león enjaulado. Necesitaba estar dentro de una misión ya. Y la casualidad o el destino o simplemente el azar, caprichoso, hizo sonar su móvil. Rápidamente, Julia dejó sus pensamientos, que se situaban jugando en la calle con aquellos niños, y fue hasta el teléfono. Miró la pantalla y no pudo más que dibujar una sonrisa. Al otro lado de la línea le reclamaba Jeff Taylor, su jefe, ¡bien!, algo estaba a punto de cambiar.
—¡Buenos días, señor! —Julia se sorprendió del tono tan efusivo que puso a la frase y llegó a avergonzarse un poco al hablarle así a aquel trajeado hombre, aunque la relación era buena, se trataba de su superior y la cadena de mandos en la CIA era muy estricta y contemplaba un respeto exhaustivo, pero Julia estaba eufórica, le urgía esa llamada…
—Buenos días, Julia, estás muy contenta por lo que puedo intuir en tu saludo…
Julia se sonrojó, pero salió del paso.
—Sí, señor, llevo bastante tiempo esperando su llamada, estoy lista para incorporarme al trabajo. ¡Dígame!
—Me alegro, Julia, me alegro de que estés ya preparada para volver al cuerpo. Ha pasado ya tiempo desde la última misión.
—¡Sí! —le interrumpió Julia—, y aunque la vida familiar sea agradable, se echa de menos trabajar de verdad.
—Muy bien, Julia, me agrada escuchar esa noticia. Y me alegro de que te encuentres con fuerza y ánimo para volver.
Julia no cabía en sí de gozo, la nieve se había paralizado en su cabeza, las agujas del reloj corrían segundo tras segundo de forma veloz; el cuadro, que colgaba encima del sillón de abuela, madre e hija sonriendo, la miraba, alegre. Y el libro que había dejado en la mesita se cerró, quizá pensando que la lectura iba a pasar a un segundo plano…
—Te llamaba, Julia —prosiguió Jeff—, para preguntarte si se encuentra en París.
—Sí señor. En casa, con mi familia.
—Bien, resulta que, no sé si lo que te voy a contar lo has visto en las noticias o has leído el periódico… el caso es que ha habido tres asesinatos en París, ayer, se trata de unos científicos y la recepcionista del laboratorio donde trabajaban. ¿Estás al tanto?
—Bueno sí, algo he leído en el diario, ¿qué ha pasado?, ¿tiene más información?
—No, por eso justamente te llamo. Necesito que te acerques a la comisaría que está llevando el caso, la de Montmartre con L’Opéra y L’entrepôt, alrededor del Distrito XVIII, e investigues qué es lo que ha ocurrido, ¿de acuerdo?
—Sí, señor, sé que comisaría es.
—Bien, perfecto, pero Julia, importante, nada de que te asocien con la CIA, no lleves credenciales ni nada, simplemente te acercas como si fueras una ciudadana curiosa e intentas sacar toda la información que puedas, que te conozco…, no debe saber nadie que la CIA se está interesando por esos asesinatos.
Julia se quedó unos segundos en silencio, ruborizada, pensando aquellas palabras que le transmitía su jefe: «no debe saber nadie que la CIA se está interesando por esos asesinatos», y la voz de Jeff interrumpió los pensamientos:
—Cuando sepas algo me llamas.
—De acuerdo, señor —dijo Julia reprimiendo un grito de alegría, al instante, el teléfono se colgó y Julia estalló de júbilo «¡Bien, empieza la acción!», se dijo.
3
El doctor Robert se encontraba en su consulta atendiendo al último paciente del día. Una sonrisa se dibujaba en su cara por dos motivos; el primero era el resultado favorable de las pruebas médicas que acontecían a su paciente, situada frente a él, al otro lado de la mesa, risueña y animada por la revisión positiva que le estaba transmitiendo el doctor. La simpática y afable señora se sentía radiante tras las últimas comprobaciones que evidenciaban que estaba recuperada. Robert se había volcado mucho con la paciente y había alentado con sus ánimos a aquella mujer que tan grave había llegado a su consulta hacía casi un año. Se sentía feliz al ayudar a las personas y, cuando un paciente le devolvía la sonrisa, se sentía el hombre más afortunado del mundo. El segundo motivo de su alegría en aquella agradable mañana, se debía a que, cuando acabara de dar las buenas nuevas a su último paciente, pasaría lo que quedaba de la navidad descansando, tranquilo y quizá perdiendo el tiempo en su casa. Se lo había ganado después de varios meses trabajando duro en su clínica situada en una de las zonas más pudientes de Londres.
Con lo cual, acabaría la consulta, desearía una buena semana a los demás médicos, enfermeras y personal clínico y se encaminaría, dando un lento paseo, a su restaurante favorito a deleitarse con una buena comida, y una vez acabada y apurada una exquisita copa de licor, se dirigiría deambulando y sintiendo todo lo que acontecía a su alrededor por las calles de Londres, que casualmente, aquel día, unos pequeños rayos de sol habían conseguido filtrase por la nubes dando una atmósfera bastante complaciente.
Antes de ir a casa, se pasaría por la visita obligada a la parroquia de St Dunstan para rezar unas plegarias, al igual que siempre hacía cuando el tiempo se lo permitía, allí, en aquella tranquila iglesia, ideal para relajarse y respirar paz, había ejercido como sacerdote su padre. Después de pasear por su bello jardín, se encaminaría hacia la catedral de San Pablo deleitándose como tantas veces con aquel estilo barroco inglés, enmarcada por las dos torres de la fachada principal. Se volvería a fascinar, una vez más, por su apasionante presencia y tras unos minutos de reflexión, encarrilaría sus pasos a casa. Una vez allí, al calor del hogar, y frente a la chimenea, se sumergiría en un buen libro acompañado por una suculenta copa de vino…; sin embargo, todo ese sueño estaba a punto de desmoronarse cuando, despidiéndose de su paciente, con esa sonrisa tan encantadora que le caracterizaba, sintió cómo dentro de su bata blanca, en el bolsillo derecho, el teléfono móvil le reclamaba con su angustioso tono de llamada. Mientras el aparato seguía sonando, se despidió de la risueña señora levantándose del sillón y tendiéndole la mano con un gesto amable, un par de segundos más tarde, tentó su bolsillo y entre varios papeles y tarjetas, consiguió sacar el teléfono. Esperó hasta que la puerta de la consulta se cerrara y una vez solo en el consultorio, miró la pantalla del móvil. Un número desconocido le apremiaba gritando. Descolgó.
—¿Dígame?
—¿Robert? Soy el padre Jacob, te llamo desde la Hermandad…
Robert, al escuchar aquellas palabras, en un acto reflejo, colgó el teléfono. Rápidamente, su juicio le reveló que sus planes de pasar unos días de vacaciones tranquilo, se podrían venir abajo en un abrir y cerrar de ojos mientras observaba el teléfono en ese momento. Dirigió la mirada del móvil a la fotografía que tenía situada en la mesa de la consulta con la imagen de su padre, en la que aparecía vestido con su inseparable hábito negro y su constante y eterna sonrisa en los labios.
A Robert se le pasó un abanico de pensamientos por la cabeza a una velocidad tan apresurada, que un pequeño vahído se apoderó de su cuerpo y tuvo que dejarse caer en el sillón. En ese momento, volvió a sonar el teléfono y, temblándole el pulso, acertó a rechazar la llamada entrante y volver a depositar el móvil en su bolsillo con un ademán de nerviosismo.
No esperaba que ningún miembro de la Hermandad se pusiera en contacto con él después de tanto tiempo sin ir por allí. La última vez, fue hacía unos siete u ocho años para poder presenciar una misa de aquel señor tan enigmático y misterioso al que llamaban el Cuervo y que fue gran amigo de su padre tiempo atrás…
Robert seguía posando los ojos en la fotografía del escritorio y se centró en el rostro de aquel hombre que, con su carácter amable y risueño, le devolvía la mirada. Le había prometido, hasta la saciedad, que si algún día la Hermandad necesitara de su ayuda iba a dársela sin ninguna restricción. Fuera lo que fuera. Su padre, recordaba, era una persona inteligente, atenta y cariñosa con cada uno de sus fieles y volcado en la Hermandad con todas sus fuerzas y con todo el tiempo que poseía. Robert rememoraba cómo su padre, un sencillo y afable sacerdote, le llevaba siempre que el tiempo se lo permitía a aquel lugar lleno de gente que rezaba, donde había personas vestidas con túnicas negras que hablaban de temas que él, cuando era pequeño, no podía entender.
Su padre le hacía asistir a todo tipo de misas, ceremonias y celebraciones religiosas. En realidad, a él le gustaba; se sentía a gusto en ese ambiente lúgubre, silencioso, incluso a veces tenebroso. Robert se envolvía y gozaba de aquel sitio, recordaba que había más niños como él y que jugaban cuando acababan las celebraciones por las estancias y montones de pasillos de aquella especie de monasterio convertido en la sede de la Hermandad, hasta que se topaban con ese hombre, el Cuervo, y que, con su mirada y su casi imperceptible sonrisa, les ordenaba sosiego y calma al encontrase en un lugar sagrado. Cuando Robert y los demás niños se ubicaban ante aquel extraño, y casi siempre malhumorado señor, poco tardaban en volver junto a sus padres, cabizbajos y afligidos por el fin del juego… Sin embargo, poco a poco, Robert se fue distanciando de la Hermandad y se centró en sus estudios de medicina, y aún más, si cabe, al morir su padre, cuando él contaba con dieciocho años… Ahora, lo llamaban de la Hermandad.
El padre Valentino se hizo cargo de Robert cuando este era todavía un bebé, al fallecer sus padres biológicos en un fatídico accidente y al no tener quien se hiciera cargo de él, le confiaron al convento de monjas situado no muy lejos de la Hermandad. Un procedimiento que contaba por costumbre en aquellos primeros años de la década de los setenta. Una de las monjas y conocida del padre Valentino, al que tenían, con razón, como un hombre honesto, culto y demasiado ocupado por el devenir de la iglesia, pensó que sería una fabulosa idea ofrecerle al pequeño bebé para que sintiera el poder paternal y educara al niño con su buena enseñanza en los oficios y la palabra del Señor. Así que un buen día, la religiosa mujer, aquella anciana y menguada monja, enigmática y misteriosa, con su hábito pulcramente limpio y una cofia que apenas dejaba entrever sus pequeños ojos azules, se encaminó a la pequeña iglesia donde el padre Valentino consagraba cada día la misa y sin dejarle objetar nada ni oponerse, le ofreció al pequeño Robert con sus manos arrugadas diciendo:
—Se llama Robert y será tu hijo, entiéndelo como «un regalo caído del cielo».
El padre Valentino, con cara de sorpresa y asombro, le preguntó a la monja el porqué de aquel ofrecimiento.
La monja, confiada y en silencio, tocó la frente del pequeño, llevó sus ojos a los del clérigo y le dijo:
—Padre, este niño le necesita tanto como usted a él; serás su padre en la Tierra y bajo los ojos del padre de los cielos, le ilustrarás, le adoctrinarás y le guiarás por el sendero de la vida del Señor.
El padre Valentino, durante unos segundos dudó de tan gran encargo, pero, mirando los ojos de aquel niño, no pudo más que asentir a las pablas de la religiosa y cogiéndolo en brazos, se giró hacia el altar para mostrárselo a Jesús en la cruz que se alzaba a su espalda en lo alto de aquella modesta iglesia. Sin pensarlo, aquel humilde clérigo, aceptó encantado la educación, la custodia y el cuidado de la inocente criatura. Cuando se volvió para agradecer tan enorme presente a la vetusta monja, las puertas que daba al exterior de la parroquia emitieron un sonido recio que hizo temblar el eco del pequeño templo, no volviendo a ver jamás a la susodicha hermana. Sin darle mayor importancia y con gesto gozoso, se encaminó hacia el altar, lo colocó encima de este y se lo presentó a Jesús, que lo miraba desde lo alto. El padre Valentino exclamó:
—Señor, dale a este niño salud, amor, protección, sabiduría y sobre todo dale un corazón creyente para la glorificación de tu gloria, amén. —Y orgulloso se encaminó hacia la sacristía con su hijo en brazos.
En los años venideros vivieron en un pequeño apartamento del centro de Londres y cada día, el padre Valentino, llevaba a Robert al colegio y seguidamente se encaminaba a consagrar la misa en la pequeña iglesia del barrio. El padre Valentino era un hombre inteligente y volcado por la causa. Una persona humilde sin grandes pretensiones. Su obsesión era la de ayudar a la iglesia en todo lo que fuera necesario, asistir a los desamparados, colaborar con el impulso de la fe en Dios…, pero, sobre todo, proteger a la Iglesia católica contra las amenazas que pudieran trastocar la espina dorsal de su religión.
Afanado en este empeño, fue incorporado a la Hermandad por el propio Vaticano a sus treinta y cinco años…; otro de los anhelos del sacerdote era que su hijo Robert fuera educado en la doctrina cristiana, que fuera buena persona y que estudiara para poder ser «alguien en la vida», como siempre decía. Aun así, si un día, la Hermandad tuviera que contar con él, tendría que deberse a ella y encomendarse a la razón por la que la Hermandad fue creada…
Esas palabras sonaban en la cabeza de Robert: «algún día, hijo mío, la Hermandad requerirá de tu ayuda y no podrás negarte, pues en cierta medida, le debes toda tu vida».
Robert, dejando a un lado los pensamientos que le conducían a su padre, cerró los ojos y entrelazando las manos procedió a rezar una pequeña plegaria mientras la mirada de la fotografía seguía inmersa en su figura. Una vez acabada la pequeña oración y presintiendo, quizá por una fuerza extraña y divina, que «algo» eminente estaba a punto de suceder cuando devolviera la llamada a la Hermandad, respiró hondo, se acercó a la ventana situada tras él, y después de abrirla y sentir cómo una brisa fresca rozaba su rostro, volvió a inspirar el aire hasta llenar sus pulmones y en un aspaviento rápido, echó mano al bolsillo de la bata para coger el móvil y devolver la llamada. Con pulso tembloroso acertó a marcar el número que minutos antes había repudiado y, al otro lado de la línea, pudo oír la misma voz que antes lo había llamado…
—¿Robert?
—Sí, señor.
—Buenos días, soldado. Soy el padre Jacob, espero que te encuentres bien. Te necesitamos en la Hermandad para una misión. ¿Estás preparado? —Aquellas palabras le zumbaron a Robert como avispas entrando por sus oídos y revoloteando en su cabeza.
Dudó, pero al final, con un hilo de voz dijo:
—Sí, señor, ¿qué debo hacer?
—Perfecto, se ha activado un protocolo llamado «Batalla Blanca», la Hermandad solicita tu ayuda inmediata. Reunión en la sede a las 22:00 de esta noche. Debes venir con tiempo y esperar a que el Cuervo tome posesión en la junta. ¿Entendido, soldado? Por cierto, tráigase una maleta con ropa, puede ser que la misión se alargue unos días.
—Sí, señor, allí estaré —respondió Robert con un pánico aterrador cuando escuchó que el Cuervo iba a encontrase en aquella apresurada reunión.
—De acuerdo soldado —aligeró el padre Jacob, y esperando unos segundo en los que se hizo el silencio, el sacerdote se deshizo del tono autoritario que requería la situación y añadió—: Robert, te conozco desde que eras un crío, es importante que estés presente en este caso y nos ayudes con todo lo que te pidamos, te convocamos como soldado a esta misión y debes comprometerte con la Hermandad como lo hizo tu padre, descanse en paz, y nos prometió que tú estarías a la altura de las circunstancias y darías hasta tu vida, si hiciera falta, por la razón, cualquiera que sea, si la Hermandad así te lo requiriera. «Enseña al niño el camino en que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él»; era una de las frases de la Biblia que siempre decía tu padre cuando se refería a ti. Robert, tu padre te educó conforme la Hermandad exige y por eso sabemos que tu responsabilidad es máxima y que te implicarás, así como él te enseñó. —Y despidiéndose, dijo—: Sabes que él estaría muy orgulloso de ti, esta noche se requerirá de tu fortaleza y tu devota fidelidad. —Colgando nada más acabar la frase, sin dejar siquiera que la expresión «de acuerdo, señor» saliera de la boca de Robert, que sintió cómo aquel hombre, un sacerdote respetuoso y comprometido, quizá en exceso, por la doctrina que aplicaba la Hermandad, colgaba el teléfono.
Durante unos pocos segundos se quedó desplomado en el sillón, comprendiendo que el momento había llegado y como juró a su padre, estaría dispuesto a defender la causa, obedecer y acatar la misión que, como «soldado», le encomendase la Hermandad… Lejos quedó la ansiada comida, la plegaria en la parroquia y el paseo de aquella tarde por San Pablo, así como las ansiadas vacaciones que tanto deseaba; ese «algo», le decía que ahora, más que nunca, iba a trabajar por una causa extrema, así lo notó en las palabras del padre Jacob y, desde luego, no se equivocaría lo más mínimo…; ahora debía acudir cuanto antes a su casa, comer algo, si el estómago se lo permitía, y prepararse para acudir a tan misteriosa reunión.
Después de despedirse del personal médico de la clínica, salió a la calle y donde antes parecía que el sol se filtraba por las nubes, una capa gris plomiza se extendía en lo alto, todo había sido un espejismo, ahora el cielo estaba completamente cubierto…
4
El profesor Friedrich se encontraba solo en el laboratorio que compartía con su compañera la doctora Anna, en el Instituto Paleontológico de París. Nervioso, acababa de llamar al periódico más sensacionalista de Roma para, de forma secreta, hablar con el director del mismo y pedirle una elevada compensación económica por contarle lo que, a proiri, habían descubierto en el laboratorio. Se encontraba valorando si había hecho bien o no en sacar a la luz tan importante noticia, rememorando la conversación que había mantenido con aquel famoso y ruin director.
—Buenos días, ¿hablo con Vicent Giambanco? —Había dicho impaciente Friedrich cuando se puso en contacto con la sede del diario en Roma.
—Vicent Giambanco al aparato, dígame —le contestó apresurado el director—. Me comenta mi secretaria que tiene una noticia importante para publicar en mi periódico, no tengo mucho tiempo, con lo que le pido rapidez, por favor. ¿De qué se trata? —Giambanco pensaba que era otro lunático que quería difundir a través de su diario alguna noticia trivial y llevarse un pellizco económico por ello. De un tiempo a esta parte, cada vez más, se ponían en contacto con él para todo tipo de primicias y reportajes que a fin de cuentas solo servían para hacerle perder el tiempo sin obtener ningún tipo de beneficio. Además, aquella mañana no estaba de humor y se lo transmitió desde la primera palabra al profesor Friedrich.
—Perdone, señor Giambanco, me llamo Friedrich y trabajo como investigador científico en el Instituto Paleontológico de París, no quiero robarle mucho tiempo, solo pido que escuche lo que tengo que ofrecerle…
—Cuando quiera —dijo el director mientras tornaba los ojos.
En los siguientes minutos, según iba hablando el profesor Friedrich, el rostro de Giambanco se iba transformando en una actitud poderosa y enérgica. Se sentía encantado por las palabras que le llegaban a sus oídos… Una vez acabó de contarle la noticia. El director solo pudo exclamar:
—¿Está completamente seguro de ello, profesor?
—Al cien por cien —contestó Friedrich con una gran sonrisa en la boca—, de todas formas, hemos mandado una prueba a un colega de la Academia de Ciencias de París para que la analice y nos dé una segunda opinión —añadió—, pero estoy seguro de que lo que le estoy diciendo es completamente verídico.
—Necesito que me lo cuente con total detenimiento, profesor, va a ser una gran primicia, por cierto —paró Giambanco—. ¿Cuánto dinero pide?
Al ver la actitud del director del diario, Friedrich exigió una suma muy elevada, transmitiéndosela sin pensar. Giambanco quedó en silencio y dijo:
—Eso es mucho dinero, profesor.
—La noticia lo vale —protestó Friedrich.
—De acuerdo, deme unas horas para pensarlo, ¿lo llamo a este número?
—Sí, sí, de acuerdo, sin problema. —En ese momento Friedrich, orgulloso, pensó en la cantidad de dinero que iba a recibir por la noticia. «Quizá no vuelva a trabajar en la vida», pensó. Lo que no sabía es que, a veces, el destino es caprichoso…
Vicent Giambanco se quedó unos segundos apoyado en el escritorio de su despacho, reflexionando sobre lo que acababa de escuchar de boca de aquel científico. Esa primicia era muy importante, incluso la noticia más valiosa y transcendental que habría publicado desde que era el director del periódico, hacía más de veinte años. Aunque aquel hombre pedía demasiado dinero, en verdad se lo podía permitir, además, los beneficios podían duplicar la cantidad demandada. Pero rápidamente se le formó otra idea en la cabeza. Volvió a coger el teléfono y marcó un número, seguidamente una voz respondió.
—Despacho papal, dígame.
—¿Padre Baldini?, soy Giambanco.
—¡Vicent! ¿Qué tal?, cuéntame
—Buenos días, padre, tengo algo que le puede interesar…
El padre Baldini, uno de los asesores directos del papa, escuchaba con atención cada una de las palabras de Giambanco. Cuando acabó de expresar lo que quería, Baldini, inquieto, le dijo que esperara unos segundos al otro lado de la línea. El sacerdote se alejó del teléfono. Al instante, retomó la conversación.
—¿Eres la única persona que sabe lo que me acabas de decir? —le preguntó con voz atropellada.
—Sí, padre, el científico que me ha facilitado la información y yo.
—Está bien, necesito que vengas al Vaticano lo antes posible.
—Estaré ahí en quince minutos, padre.
Giambanco no se lo podía creer, la mañana había empezado mal en la redacción y ahora, conocedor de la primicia desvelada, se entrevistaría en unos minutos con algún miembro importante de la Santa Sede, sí es verdad que conocía a muchas de las personas que comprendían las altas esferas pontificias, pero el poseer tan gran y reveladora noticia, le otorgaría aún más poder y reconocimiento en toda la ciudad. Además, no importaba que desvelara la primicia al Vaticano, seguidamente llamaría al científico y le pagaría el dinero que pedía y al instante, lo publicaría en su periódico. Era fácil. Empezó a frotarse las manos, se colocó con ímpetu la corbata y cogiendo el abrigo, se dispuso a salir a la calle, destino, la Santa Sede.
Friedrich, según iban pasando los minutos, se sentía más nervioso, incluso llegó a pensar si había hecho bien en contar el hallazgo de su laboratorio a aquel perverso director del famoso periódico, la verdad es que no había sido una postura muy ética, además, su compañera Anna desconocía la revelación al diario de Roma, pero el olor del dinero que iba a percibir le produjo, al instante, un bienestar en el cuerpo.
En eso estaba cuando Anna, también conocedora del descubrimiento, entró al laboratorio e interrumpió su reflexión.
—¡Friedrich, no paro de pensar en todo esto! —dijo Anna con una gran sonrisa—. ¿Te das cuenta de que si Franz confirma nuestras sospechas, será todo un éxito para la ciencia lo que hemos descubierto? —se apresuró Anna alegre y emocionada mientras se quitaba la bata y la colocaba en el perchero—. No he podido pensar en otra cosa en estos días, apenas he dormido y… ¡me encuentro fenomenal! —dijo riéndose a carcajadas.
—Anna, no cantes victoria todavía. A lo mejor todo es un error de medición y nos estamos adelantando a los acontecimientos. Esperemos a ver qué nos dice Franz desde la Academia de Ciencias, quizá nos hayamos confundido… —Friedrich hablaba con Anna dándole la espalda mientras encendía el ordenador—. Todavía es pronto para hacerse ilusiones.
—¡Pero Friedrich! —atajó Anna—, lo has visto como yo, la ciencia vuelve a ganar, ¿sabes lo que esto significa?, la Iglesia se tambalea por instantes, la razón gana a la fe. Es lo que siempre hemos querido, ¿no? Soñaba con esto desde mucho antes de empezar a estudiar la carrera. —Anna miraba al techo con la misma sonrisa mientras meneaba la cabeza, estaban a punto de salirle lágrimas de los ojos—. Esto es increíble Friedrich, para científicos como nosotros, poder echar un pulso a la religión y ganar es toda una satisfacción, ¡una felicidad enorme! Tú lo has visto como yo —volvió a repetir—, realizamos las pruebas tres veces, ¡tres veces!, y los resultados no mienten, Friedrich.
—La Iglesia se opondrá, Anna, y acabarán con todo. Con el hallazgo, las pruebas, incluso con nosotros. —Friedrich no era capaz de mirar a su compañera a la cara, por instantes, al ver la alegría que desprendía Anna, pensaba que, quizá, no hubiese sido buena idea llamar al periódico. Si aquel director aceptaba la oferta, se llevaría todos los logros y una buena cantidad de dinero, cuando, en realidad, el hallazgo lo habían descubierto los dos.
—Friedrich —le interrumpió Anna—, no puedes ser tan negativo. ¿Cómo van a acabar con algo que se puede demostrar? ¡Esto es ciencia! Y está por encima de la fe. Para ellos, Dios es la explicación de lo inexplicable. Pero para nosotros, la ciencia, es la única que consigue demostrar, Friedrich, demostrar, que al fin y al cabo es lo que cuenta.
Friedrich enarcó las cejas mirando a Anna.
—Ojalá tengas razón, Anna, ojalá tengas razón…
5
Robert acertó a pedir un taxi una vez fuera de su clínica, su cuerpo estaba paralizado y su cabeza no dejaba de preguntarse una y otra vez para qué le requeriría la Hermandad. Las palabras del padre Jacob le auguraban un mal presentimiento; «¿Batalla blanca?», no entendía nada… y por otra parte, estaba la imagen de su padre rondando su razón cada vez que le decía que algún día tendría que contribuir con su doctrina en la Hermandad. ¿Habría llegado aquel día?, pensaba mientras el taxi iba sofocando el espantoso tráfico y zigzagueaba eternamente por las callejuelas.
El conductor del vehículo le había interrogado sobre las típicas preguntas triviales de dos individuos que no se conocen y deben permanecer a solas un tiempo, sin embargo, Robert estaba tan ensimismado en sus cábalas que no consiguió contestar a aquel fatigoso taxista con sus nimiedades de cuestiones sobre el clima o las desafortunadas medidas que el Gobierno había tomado últimamente…, Robert solo alcanzaba a responder con monosílabos y entre tanto y tanto, deseaba llegar a casa cuanto antes.
La ansiedad se apoderaba de él y sentía un hormigueo cada vez más concentrado en la boca del estómago. Pasaron un cúmulo de minutos interminables y, por fin, después de una serie de maldiciones espetadas por el renegado conductor a causa del vasto tránsito de coches en aquella hora punta del mediodía, el taxi paró frente a la casa y Robert, dejando unos cuantos billetes encima del asiento del copiloto, sin ni siquiera preguntar a cuánto ascendía el importe del servicio, se dirigió con paso largo hasta las verjas que guardaban su vivienda, mientras tanto, el taxista, asombrado por la propina, esculpió un gesto de sumo gozo que Robert no alcanzó a ver.
Entró rápidamente sin detenerse a contemplar, como cualquier otro día, las flores y la vegetación del frondoso jardín y tras un portazo, dejó tras de sí la puerta principal. Se dirigió al salón para alcanzar el mueble bar, llenó una copa de licor que quemó su garganta cuando la bebió de un solo trago, y se apresuró a llenarla otra vez y tomando asiento en la butaca con la mirada perdida en el cielo a través del ventanal que se abría delante de él, advirtió, una vez más, las dos palabras a las que el padre Jacob había aludido en la conversación que habían mantenido. «Batalla Blanca». ¿A qué se referiría aquel clérigo con esa consigna?, ¿por qué me llamó soldado?, ¿alguna vez había escuchado a su padre llamar de esa forma a algún miembro de la Hermandad?, Robert negaba con la cabeza cuando sus ojos ya se habían depositado en el suelo de la sala. Sintió cómo el amargo brebaje se iba depositando en su cuerpo y comenzó a sentirse más tranquilo. Intentó respirar de forma sosegada y poco a poco lo fue consiguiendo. Se empezó a encontrar más calmado y mirando al reloj, que marcaba las 15 horas y 10 minutos, echó unos cálculos cuadrando el horario. Todavía tenía tiempo para ir a la iglesia de St Dunstan esa misma tarde, necesitaba desahogar esa preocupación que le consumía en aquel santo lugar. Contando con el tráfico, parando para poder comer algo, estar de vuelta a las 18:00 para ducharse, acicalarse y prepararse para la reunión y poder llegar a la Hermandad a las 22:00 siempre que el tráfico no lo impidiera, ya que el sitio se encontraba a las afueras de Londres y tardaría cerca de una hora en llegar…, tras unos segundos de suposiciones y conjeturas internas, afirmó decidido, y procedió a encaminarse hasta el garaje para sacar el coche y dirigirse hasta la tranquila parroquia. Lo necesitaba.
El reloj marcaba las 15:40 horas cuando entraba por el pórtico, se santiguó y tomó asiento en uno de los bancos mirando hacia la cruz que se alzaba grandiosa frente a él. Entrelazó las manos y despacio, se fue dejando caer hasta que sus rodillas tocaron la parte trasera del banco de enfrente y cerrando los ojos, mientras bajaba la cabeza y su barbilla acariciaba su pecho, empezó a rezar cada una de las tantas y tantas plegarias que su padre le había enseñado… otra vez su padre se dibujaba en su cabeza, sus pensamientos iban y venían con palabras de amor, sinceras. Palabras verdaderas que siempre le revelaba cuando era pequeño, términos religiosos, vocablos fieles hacia la imagen de Jesús en la cruz. Y siguió pensando sin abrir los ojos, la Hermandad le ordenaba su ayuda, requería de su colaboración, pero, ¿para qué? ¿Y si le pedían hacer cosas que él no quería? ¿Y si no estaba preparado?, o a lo mejor, ¿y si estaba exagerando las expectativas y simplemente era una reunión informal para tratar algún tema de mediana importancia?
Siempre recordaba que su padre se preocupaba demasiado por los asuntos que afectaban a la Iglesia, sabía que el objetivo de fundar la Hermandad era acabar, erradicar cualquier amenaza que pudiera ser peligrosa para la religión católica. Robert no olvidaba cuando su padre le contaba los peligros que desafiaban la fe en Dios. Desde otro tipo de religiones que pretenden imponerse mediante la violencia en algunos países musulmanes o los regímenes autoritarios de conveniencia atea o religiosa que prohíben la práctica de todo tipo de culto como China y Corea del Norte. Así, su padre mediaba entre países para conseguir la paz religiosa difundiendo sus creencias, captando adeptos, albergando la posibilidad de una coexistencia pacífica de grupos religiosos de diversas denominaciones en diferentes sociedades… Recordaba que viajaba mucho, por todo el mundo, y siempre que lo veía venir, le traía la mejor de las sonrisas y las mejores anécdotas de esos diversos lares. A lo mejor era eso. ¿Y si me encomiendan la misión de trasladarme a algún país que necesite la ayuda de un médico? Además, recordó, el padre Jacob me ha dicho que preparase una maleta con ropa…, a lo mejor me mandan a otra ciudad o a otro país como declarante de alguna tesis médica o quizá a ofrecer apoyo religioso a jóvenes no creyentes como un adulto criado en el seno del cristianismo por un sacerdote… mil ideas se volcaban en su juicio, pero siempre le llegaban las mismas dos palabras: «Batalla Blanca», un término así no podía significar o llevar consigo un cometido grato. Sin embargo, no era oportuno dejarse llevar más por el pesimismo hasta que no llegara la hora del acto. Así que se irguió y tras una pequeña inclinación hacia la cruz, salió al jardín para dar un paseo y que todas las agoreras ideas que se le iban formando en su cabeza, se fueran alejando poco a poco con el leve viento que se tejía en el exterior de la iglesia.
Fue paseando durante largo rato prácticamente sin pensar en nada y pensando en todo a la vez mientras saludaba a los diferentes turistas que iban deambulando por los jardines con sus cámaras de fotos y sus móviles, sus risas y sus abrazos, ajenos a cualquier atisbo de ansiedad que pudieran percibir de la estampa de Robert. Después de unos minutos y sintiendo cómo sus piernas empezaban a flaquear, se sentó en un banco al lado de un imponente árbol y respiró alejando ahora sí, de una vez por todas, todos los malos augurios que le rondaban, miró el reloj y viendo que el tiempo se le echaba encima, se levantó decidido y armado de valor, se dijo: «soy fuerte, el Señor está conmigo, el Señor me protege y estoy en este mundo para servirle». Con paso atrevido se encaminó hacia la salida y tomó el coche para dirigirse a su casa. Eran las 18:00. La reunión se iba acercando.
Después de comerse un sándwich con una ensalada, procedió a una ducha relajada, calmado se puso uno de sus mejores trajes y con firmeza condujo a la reunión, el reloj marcaba las 20:00 horas y la noche ya hacía rato que se había apoderado del cielo londinense.
