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La obra de Donna Haraway es un auténtico cruce de caminos en el que confluyen diferentes disciplinas, diversas tecnologías y varias vías de construcción de la experiencia que entrelazan sus pasos en una coreografía siempre viva. Sus ensayos son, simultáneamente, historia de la ciencia, análisis cultural, investigación feminista y posicionamiento político. Como dice Helen Torres en su prólogo a estas páginas, Donna Haraway es «una científica que demuestra que la política y la honestidad pueden ir de la mano y hasta fundirse en un abrazo, una académica sin miedo a jugar con el lenguaje, su principal herramienta, que utiliza para moldear embriones de mundos problemáticos pero vivibles, habitados por monstruos que nos guían entre las ciénagas del desaliento». Por eso, junto al reciente Seguir con el problema (Consonni, 2019), también formado por una amalgama simbiótica de textos, este volumen, publicado originalmente en 1991, constituye el otro eje tentacular del pensamiento de Haraway, «un ejercicio que nos puede ayudar a practicar con responsabilidad las artes de vivir en un planeta herido, porque "a menudo, el futuro se da a partir de la posibilidad de un pasado"». Mujeres, simios y cíborgs: la reinvención de la naturaleza recoge diez ensayos escritos entre 1978 y 1989, incluyendo algunos de sus textos clave, como el «Manifiesto cíborg» y «Conocimientos situados», que avanzan los argumentos de la teoría feminista multiespecie y componen una referencia indispensable para pensar la situación en la que nos encontramos. Traducción y prólogo de Helen Torres
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Seitenzahl: 700
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Donna J. Haraway
MUJERES, SIMIOS Y CÍBORGS
LA REINVENCIÓN DE LA NATURALEZA
Traducción y prólogo de Helen Torres
Prólogo, por Helen Torres
MUJERES, SIMIOS Y CÍBORGS.LA REINVENCIÓN DE LA NATURALEZA
Introducción
PARTE ILA NATURALEZA COMO SISTEMA DE PRODUCCIÓN Y REPRODUCCIÓN
1. Sociología animal y economía natural del cuerpo político: una fisiología política de la dominación
2. El pasado es la zona en disputa: naturaleza humana y teorías de la producción y la reproducción en los estudios del comportamiento de los primates
3. La empresa biológica: sexo, mente y beneficios desde la ingeniería humana hasta la sociobiología
PARTE IILECTURAS EN DISPUTA: NATURALEZAS NARRATIVAS
4. En el principio era el verbo: génesis de la teoría biológica
5. La disputa por la naturaleza de los primates: las hijas del hombre-cazador sobre el terreno, 1960-1980
6. Leyendo a Buchi Emecheta: la disputa por la «experiencia de las mujeres» en los Estudios de las Mujeres
PARTE IIIPOLÍTICAS DIFERENCIALES PARA OTROS INAPROPIADOS/INAPROPIABLES
7. «Género» para un diccionario marxista: la política sexual de una palabra
8. Manifiesto cíborg: Ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo xx
9. Conocimientos situados: la cuestión de la ciencia en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial
10. La biopolítica de los cuerpos posmodernos: constituciones del yo en el discurso del sistema inmunitario
AGRADECIMIENTOS
BIBLIOGRAFÍA
IMÁGENES
CRÉDITOS
A mi madreDorothy Maguire Haraway (1917- 1960)y a mi padreFrank O. Haraway
La bióloga y filósofa de la ciencia Donna Haraway, madre del Manifiesto cíborg que prefirió no ser una diosa, es responsable de algunas de las páginas más atrevidas del feminismo. Su ontoepistemología blasfema ha inspirado una miríada de obras de arte que dialogan con sus textos, en un juego de cuerdas que hace circular diseños situados y diversos en los que arte y ciencia se conjugan y acoplan, generando nuevos significados.
Haraway es también una científica que demuestra que la política y la honestidad pueden ir de la mano y hasta fundirse en un abrazo, una académica sin miedo a jugar con el lenguaje, su principal herramienta, que utiliza para moldear embriones de mundos problemáticos pero vivibles, habitados por monstruos que nos guían entre las ciénagas del desaliento. Mundos que construye con la ayuda de muchas manos y patas, zarcillos, pezuñas y tentáculos a partir de las ruinas, los despojos y la basura del Antropoceno/Capitaloceno/Tecnoceno, trabajando desde la responsabilidad, el deseo, la potencia, tejiendo argumentos a partir del relato científico, el rigor histórico y los posibles de la ciencia ficción.
Sus frases largas, en las que proliferan adverbios, no se dejan leer del tirón, obligando a una lectura que se repliega sobre sí misma, a la vez que se despliega en múltiples direcciones, deteniéndose en la especificidad y haciendo aflorar contradicciones, construyendo nodos y entramados. Las cosas dejan de verse claras y nítidas; no se trata tanto de opacidad como de un ahondar cada vez más profundamente hasta alcanzar la médula, habilitando un abanico de lecturas posibles según los posicionamientos de quienes leen.
En este primer cuarto del siglo XXI, para una gran cantidad de lectores y lectoras Haraway es una investigadora y pensadora feminista bien conocida. Hay también quienes se han acercado recientemente a su pensamiento a partir de los textos que conforman Seguir con el problema, un libro que abre muchas ventanas y señala senderos probables y deseables para vivir y morir en el Antropoceno. Tal vez, para ti sea la primera vez. Sea como sea, cuando hablamos de la aproximación a su obra científico-filosófica, solemos obviar un detalle para mí fundamental: no es lo mismo leer a Haraway para quienes saben inglés que para quienes no saben inglés.
Querida y criticada, endiosada y vilipendiada, citada y poco estudiada, para el público lector en español Haraway permanece aún en un rincón del pensamiento científico al que solo van a jugar personas osadas e inconformistas. Este ha sido uno de los motivos por los que, desde hace veinte años y casi con obsesión, me he abocado a la tarea de traducir su obra al español. Al principio habité un desierto vacío de oasis: hoy ese terreno es fértil y ofrece cobijo, alimento y largas conversaciones cristalizadas en exposiciones, ensayos, películas, prácticas pedagógicas, tesis doctorales y más.
Muchas de sus traducciones al español son proyectos arriesgados de feministas, disidentes sexuales, colectivas y pequeñas editoriales que leen desde y para los márgenes una obra escrita desde el Norte, pero con un giro que revoluciona los modos de producción de conocimiento de la ciencia occidental: el pensamiento situado. Haraway no da lecciones ni afirma razones, sino que señala la maraña de hechos y tira de los hilos para que podamos seguir tejiendo en la búsqueda de otros patrones, otros diseños. Ella desde su lugar, y cada quien desde el suyo. Así se presenta en la Introducción a Mujeres, simios y cíborgs:
Érase una vez, en la década de los setenta, una autora estadounidense blanca, feminista-socialista, una bióloga seria especializada en homínidos que se convirtió en historiadora de la ciencia para poder escribir sobre los relatos occidentales modernos en torno a monos, simios y mujeres. Esta mujer pertenecía a esas raras categorías llamadas «no marcadas», invisibles para sí mismas, que se mantienen gracias a un poder desigual (Haraway, pág. 19).
¿Qué senderos habilita su lectura entre quienes pertenecen a categorías marcadas, entre quienes hablan una lengua también colonial pero muy marcada por el género, entre quienes no buscan en sus páginas citas, sino maneras de afrontar las urgencias de este presente confuso y denso? Estas preguntas se suman a la inquietud de por qué el pensamiento situado, la ontología cíborg y la relacionalidad entre especies compañeras no son parte de los programas de grado de las universidades españolas. No acepto la excusa de que leer a Haraway es «difícil»: Heidegger también es difícil. Mujeres, simios y cíborgs es una oportunidad para cambiar esta tendencia y para abonar estas preguntas.
Esta versión que ofrecemos del texto de Haraway, escrito durante los albores de la era Reagan, no es una revisión de la traducción al español publicada en 1995 con el título de Ciencia, cyborgs y mujeres. En ella, los simios fueron reemplazados por la ciencia, muy probablemente debido a que no se incorporaron los dos primeros artículos que conforman el apartado llamado «La naturaleza como sistema de producción y reproducción». En estos dos capítulos, Haraway rastrea y analiza, con la ayuda de simios y otros primates —incluyendo a renombrados miembros de la comunidad científica—, la unión entre lo político y lo fisiológico que sustenta la idea de la dominación como un hecho natural, es decir, la base del pensamiento dicotómico y jerárquico que genera los binarios a través de los cuales aprendemos a mirar el mundo: hombre/mujer, humanos/animales, máquinas/organismo, naturaleza/cultura, sujeto/objeto, realidad/ficción. Esta decapitación de la primera parte del libro dejó a la figura del cíborg y a la identidad «mujer» sin una parte fundamental de la historia de sus orígenes: las narrativas biopolíticas de los estudios sobre los primates. Difícil tarea la de reescribir los mitos de los orígenes si hemos perdido la cabeza.
Por otro lado, el mundo y el lenguaje han cambiado: los humano-cíborgs del siglo XXI ya no somos los mismos. El amanecer sangriento de los Estados Unidos de los ochenta dejó un campo repleto de cadáveres incorruptos con los que hoy convivimos y mal morimos. Da vértigo recorrer estas páginas y oler la tragedia que el hedor de la Guerra Fría apenas nos dejaba percibir. La manera en que Haraway nos conduce hacia lo que llama un «pasado en disputa», haciéndose eco de la novela de ciencia ficción Mujer al borde del tiempo, de Marge Piercy, nos lleva hoy a hacernos preguntas difíciles de pensar en los ochenta, pero que Haraway ya señalaba en sus textos. Cuestiones como qué se considera naturaleza, qué y quiénes definen la categoría «mujer», qué habrían dicho los simios si les hubiesen hecho las preguntas correctas, qué metáforas necesitamos para enfrentarnos a la narrativa apocalíptica del desastre climático o qué cuenta como conocimiento legítimo y verdadero adquieren hoy una relevancia fundamental, en todos los aspectos de nuestras vidas.
Qué llegarán a ser los cíborgs es una pregunta radical. Las respuestas son una cuestión de supervivencia. Los chimpancés y los artefactos tienen política; entonces ¿por qué no habríamos de tenerla nosotras, nosotros? (Haraway, pág. 244).
La propia Haraway contesta parcialmente a esta pregunta en Seguir con el problema, treinta años después de su Manifiesto cíborg, contradiciendo su propia definición, interpelando nuestras interpretaciones y apropiaciones de una figura que, con demasiada frecuencia, se utilizó para reforzar la división entre máquina y organismo, como lo demuestran hoy los debates en torno a la inteligencia artificial. Si a principios de los ochenta Haraway definía al cíborg como un organismo cibernético, «un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción», en 2016 nos dice: «Los cíborgs no son máquinas en ningún sentido, ni tampoco híbridos de máquina y organismo. De hecho, no son híbridos en absoluto».
¿Por qué esta aparente contradicción? Porque el cíborg es una figura situada, no se refiere a individuos sino a nodos semiótico-materiales localizados en una red global, a «entidades implosionadas históricamente situadas, no en todas partes todo el tiempo, sino aquí, allí y entre, con consecuencias» (Seguir con el problema, pág. 161). En el siglo XXI, la camada de los cíborgs se enriquece con nuevas figuras, como el holobionte, las especies compañeras, los seres chthulucenos, las medusas y un montón de bichos que nos acompañan en la tarea de pensar-con. Por ello, leer hoy Mujeres, simios y cíborgs es un ejercicio que nos puede ayudar a practicar con responsabilidad las artes de vivir en un planeta herido, porque «a menudo, el futuro se da a partir de la posibilidad de un pasado» (Mujeres, simios y cíborgs, pág. 77).
Muchas veces me preguntan cómo es traducir a Haraway, y nunca sé qué contestar. La pregunta me provoca un arrebato de vergüenza que se traga cualquier respuesta posible. Suelo contestar con monosílabos: «divertido», «emocionante», «revelador»… adjetivos que caen como gatos que saltan de la mesa de la cocina al suelo con el mismo gesto que si lo hicieran de un octavo piso. Traducir a Haraway es, como toda traducción, una gran responsabilidad. Da vértigo. Pero tampoco hay que exagerar. Lo que distingue traducir sus textos de cualquier otra traducción en la que me haya aventurado es que con ella aprendo a viajar. ¿Qué llevas en la maleta? ¿Qué harás con ello? ¿Cómo te relacionas en cada encuentro? ¿En la construcción de qué mundos participas en tu tránsito y tus enredos?
Traducir, en cuanto trabajo reproductivo, es una tarea colectiva, una lucha en la que hay que tomar decisiones alejadas de la certeza, una osadía en la que la desviación y los guiños son tan importantes como el rigor y los diccionarios. Ojalá esta traducción consiga transmitirte la pasión con la que fue bordada, y te ayude a profundizar en una forma de ver el mundo que puede llegar a marcar una diferencia en el caos organizado que estamos viviendo.
Helen Torres
Este libro se debe leer como un cuento con moraleja sobre la evolución de cuerpos, políticas e historias. Ante todo, es un libro sobre la invención y la reinvención de la naturaleza, algo que quizás sea el principal escenario de esperanza, opresión y controversia para los habitantes del planeta Tierra en nuestros tiempos. Érase una vez, en la década de los setenta, una autora estadounidense blanca, feminista-socialista, una bióloga seria especializada en homínidos que se convirtió en historiadora de la ciencia para poder escribir sobre los relatos occidentales modernos en torno a monos, simios y mujeres. Esta mujer pertenecía a esas raras categorías llamadas «no marcadas», invisibles para sí mismas, que se mantienen gracias a un poder desigual. Sin embargo, cuando puso punto final a su último ensayo, se había transformado en una feminista cíborg llena de marcas que intentaba mantener viva su política y el resto de sus funciones básicas, en tiempos tan poco prometedores como el último cuarto del siglo XX. Este libro estudia la fragmentación de versiones del humanismo feminista euroestadounidense a través de su devastadora aceptación de narrativas dominantes que tienen una profunda deuda con el colonialismo y el racismo. Es entonces cuando, en un gesto ilegítimo y aterrador, el libro recurre a las posibilidades de un «feminismo cíborg», que quizás tenga más capacidad para mantenerse en sintonía con posicionamientos históricos y políticos específicos y con parcialidades permanentes sin abandonar la búsqueda de conexiones poderosas.
Un cíborg es una criatura híbrida, compuesta de máquina y organismo. Pero los cíborgs son compuestos de tipos especiales de máquinas y tipos especiales de organismos propios de finales del siglo XX. Los cíborgs son entidades híbridas posteriores a la Segunda Guerra Mundial hechas, en primer lugar, de nosotros mismos y de otras criaturas orgánicas, enmascarados sin nuestro consentimiento tras un disfraz de «alta tecnología» de sistemas de información, textos y sistemas de reproducción, deseo y trabajo controlados a través de la ergonomía. El segundo ingrediente esencial de los cíborgs son las máquinas, también bajo la apariencia de sistemas de comunicación, textos y artefactos autómatas de diseño ergonómico.
Los capítulos que componen la Parte I de este libro analizan las luchas feministas por los modos de producción de conocimiento y por los significados del conocimiento en torno al comportamiento y las vidas sociales de monos y simios. La Parte II explora las disputas por el poder para determinar historias sobre la «naturaleza» y la «experiencia», dos de las palabras más potentes y ambiguas en lengua inglesa. La Parte III se centra en la corporización cíborg, en la suerte corrida por diversos conceptos feministas en torno al género, en las reapropiaciones de las metáforas visuales con fines éticos y epistemológicos feministas y en el sistema inmunitario como mapa biopolítico de los principales sistemas de «diferencia» en un mundo posmoderno. A través de contenidos tan diversos, este libro versa sobre las construcciones de la naturaleza como un proceso cultural fundamental para las personas que necesitan y desean vivir en un mundo menos azotado por dominaciones de raza, colonialismo, clase, género y sexualidad.
Estas páginas están habitadas por raras criaturas fronterizas: mujeres, simios y cíborgs. Todas ellas han ocupado un lugar desestabilizador en las grandes narrativas biológicas, tecnológicas y evolucionistas de Occidente. Estas criaturas fronterizas son, literalmente, monstruos, una palabra que comparte algo más que su raíz con el verbo demostrar. Los monstruos significan. Mujeres, simios y cíborgs cuestiona los polifacéticos relatos teóricos, biopolíticos y biotecnológicos feministas de los conocimientos situados sobre y por parte de estos monstruos prometedores y nada inocentes. Los controvertidos modos de ser de estos monstruos, caracterizados por diferencias de poder, pueden ser signos de mundos posibles; son, sin duda, signos de mundos de los que somos responsables.
Mujeres, simios y cíborgs reúne ensayos escritos entre 1978 y 1989, un período de compleja agitación política, cultural y epistemológica entre los diversos feminismos que han surgido en las últimas décadas. Los primeros ensayos se centran en las narrativas biopolíticas de las ciencias sobre monos y simios, y fueron escritos desde el interior del feminismo socialista estadounidense eurocéntrico. Abordan la profundidad con que la biología moderna constituye a la naturaleza como un sistema de producción y reproducción, es decir, como un sistema de trabajo, con todas las ambigüedades y dominaciones que acarrea esta metáfora. ¿Cómo es que la naturaleza se transforma, para un grupo cultural dominante con un inmenso poder para hacer realidad sus historias, en un sistema de trabajo regido por la división jerárquica, donde es posible naturalizar las desigualdades de raza, sexo y clase como sistemas funcionales de explotación? ¿Cuáles fueron las consecuencias para las visiones de las vidas de animales y personas?
Los capítulos intermedios analizan discusiones entre feministas por las formas y estrategias narrativas, a medida que la heteroglosia y las desigualdades de poder se fueron haciendo inevitables dentro del feminismo moderno y entre las mujeres contemporáneas. La sección concluye con un análisis de algunas lecturas posibles de la autora nigeriano-británica contemporánea Buchi Emecheta, como ejemplo de las rivalidades entre críticas euroestadounidenses, afroamericanas y africanas, ubicadas en distintas posiciones, sobre lo que puede considerarse la experiencia de las mujeres en el contexto pedagógico de un curso de Estudios de las Mujeres. ¿Qué tipo de prácticas de responsabilización, coalición, oposición, clientelismo y publicación estructuran las diferentes lecturas de una autora de estas características sobre un tema semejante?
La Parte III, «Políticas diferenciales para otros inapropiados/inapropiables», contiene cuatro ensayos. He tomado prestado el término «otros inapropiados/inapropiables» de la cineasta y teórica feminista vietnamita Trinh T. Minh-ha, que lo utilizó para sugerir los posicionamientos históricos de quienes rehúsan adoptar las máscaras tanto del «yo» como del «otro», ofrecidas por las narrativas dominantes en torno a la política y la identidad. Las metáforas de Trinh T. Minh-ha sugieren una geometría que toma en cuenta relaciones de diferencia distintas a la dominación jerárquica, a la incorporación de «partes» en «todos» o a las oposiciones antagónicas. Pero sus metáforas también dejan entrever el arduo trabajo intelectual, cultural y político que requieren estas nuevas geometrías, aunque no por parte de los simios, pero sí por parte de mujeres y cíborgs.
Los ensayos muestran las matrices contradictorias de su composición. El análisis de la historia reciente del término sexo/género, escrito para un diccionario marxista alemán, es un ejemplo de las políticas textuales inherentes a la producción de explicaciones convencionales sobre luchas complejas en obras de referencia. El «Manifiesto cíborg» se escribió en los años ochenta con el fin de buscar una orientación política que diera cuenta de los «híbridos» en los que parece «nos» hemos convertido en todo el mundo. El análisis de los debates sobre «objetividad científica» en la teoría feminista aboga por una transformación de las despreciadas metáforas de la visión orgánica y tecnológica, con el fin de poner en primer plano los posicionamientos específicos, la mediación múltiple, la perspectiva parcial y, por tanto, una posible alegoría a favor de un conocimiento científico y político feminista.
A partir de este ejercicio, la naturaleza surge como un «coyote». Este poderoso embustero puede mostrarnos la necesidad de imaginar, de alguna manera —lingüística, ética, científica, política, tecnológica y epistemológicamente—, relaciones humanas históricamente específicas con la «naturaleza», que sean genuinas desde un punto de vista social y activas desde un punto de vista relacional, pero en las que los socios no pierdan su heterogeneidad. «Nuestras» relaciones con la «naturaleza» podrían imaginarse como un compromiso social con un ser que no es ni «eso», ni «tú», ni «ustedes», ni «él», ni «ella», ni «ellos», ni «ellas» en relación con un «nosotras/nosotros». Los pronombres utilizados en frases que expresan las disputas sobre lo que puede considerarse naturaleza también son herramientas políticas que expresan esperanzas, miedos e historias contradictorias. La gramática es la política por otros medios. ¿Qué posibilidades narrativas albergan las monstruosas figuras lingüísticas de las relaciones con la «naturaleza» para un trabajo ecofeminista? Curiosamente, como ocurrió a quienes nos precedieron en los discursos occidentales, esforzarnos por reconciliarnos, en términos lingüísticos, con la no representatividad, con la contingencia histórica, con la artefactualidad y, al mismo tiempo, con la espontaneidad, la necesidad, la fragilidad y la espectacular abundancia de la «naturaleza» podría ayudarnos a volver a figurar el tipo de personas que podríamos ser. Estas personas ya no pueden ser, si es que alguna vez lo fueron, sujetos maestros o alienados, sino (quizás, solo quizás) agentes humanos ampliamente heterogéneos, no homogéneos, responsables y conectados. Pero ya no debemos volver a conectarnos como partes a un todo, como seres marcados incorporados a seres no marcados, como sujetos unitarios y complementarios al servicio del Sujeto único del monoteísmo y sus herejías seculares. Tenemos que tener agencia (o agencias) sin sujetos defendidos.
Para terminar, la cartografía del cuerpo biopolítico, considerado desde la perspectiva del discurso contemporáneo del sistema inmunitario, insiste en la búsqueda de maneras para volver a figurar multiplicidades fuera de la geometría de las constricciones parte/todo. ¿Cómo podríamos reimaginar (y revivir) nuestros cuerpos «naturales» de manera tal que las relaciones entre igual y diferente, yo y otro, interior y exterior, reconocimiento y falso reconocimiento se transformaran en mapas que hicieran de guía a otros inapropiados/inapropiables? Estas refiguraciones deben reconocer, ineludiblemente, el carácter permanente de nuestra fragilidad, nuestra mortalidad y nuestra finitud.
A lo largo de estos ensayos he intentado revisitar algunas cartas feministas descartadas de la baraja de naipes occidental, buscar las figuras del embaucador que puedan transformar unas barajas marcadas en un poderoso juego de comodines, y poder así volver a figurar mundos posibles. ¿Pueden los cíborgs, o las oposiciones binarias, o la visión tecnológica, ser tan sugerentes como para que aquellas cosas tan temidas por las feministas puedan (y deban) refigurarse y ponerse a funcionar a favor de la vida en lugar de la muerte? ¿Cómo podemos, quienes estamos en el vientre del monstruo, el «primer mundo» posterior a los años ochenta, desarrollar prácticas de lectura y escritura, así como otros tipos de trabajo político, para seguir disputando las formas y los significados materiales de la experiencia y la naturaleza? ¿Cómo podría una valoración de la naturaleza históricamente contingente, artefactual y construida de mujeres, simios y cíborgs conducirnos desde una realidad imposible, pero demasiado presente, hacia un lugar posible, pero demasiado ausente? En cuanto monstruos, ¿somos capaces de demostrar otro orden de significación? ¡Cíborgs por la supervivencia de la Tierra!
Quiero hacer algo muy importante. Como volar al pasado para que todo salga bien.
Marge Piercy, Mujer al borde del tiempo
El concepto de cuerpo político no es nuevo. Los griegos generaron elaboradas imágenes orgánicas de la sociedad humana. Concebían al ciudadano, la ciudad y el cosmos como construidos a partir de los mismos principios. Para los griegos, la percepción del cuerpo político como organismo, como básicamente vivo y parte de un gran organismo cósmico era fundamental (Collingwood, 1945). La estructura de los grupos humanos concebida como un espejo de formas naturales aún conserva su poder intelectual e imaginativo. En los inicios de la revolución industrial, se dio un desarrollo muy importante de la teoría del cuerpo político que vinculó la economía política y natural a múltiples niveles. La teoría del mercado y de la división del trabajo de Adam Smith, piezas claves del futuro pensamiento económico capitalista, junto con las supuestas leyes de Thomas Malthus sobre la relación entre recursos y población, constituyeron un símbolo de la intersección entre fuerzas naturales y progreso económico durante los primeros años del capitalismo industrial. La compenetración entre la teoría evolucionista de Darwin y esta forma de economía política ha sido objeto de numerosos análisis desde el siglo XIX hasta la actualidad (Young, 1969). No cabe duda de que el concepto evolucionista moderno de población, en cuanto grupo natural básico, debe mucho a ideas clásicas del cuerpo político, que a su vez están entrelazadas de manera inextricable con las relaciones sociales de producción y reproducción.
El elemento central de este capítulo es la unión entre lo político y lo fisiológico. Esta unión ha sido fuente de muchos argumentos (antiguos y modernos) a favor de la dominación, sobre todo de la dominación basada en las diferencias vistas como algo natural, algo dado, ineludible y, por tanto, moral. Las ciencias modernas del biocomportamiento han provocado transformaciones en esta unión que necesitamos entender si queremos trabajar de manera efectiva por sociedades libres de dominación. No hay que subestimar las profundas raíces del principio de dominación en nuestras ciencias naturales, especialmente en aquellas disciplinas que intentan explicar los grupos sociales y el comportamiento. Al evadir la importancia de la dominación como parte de la teoría y la práctica de las ciencias contemporáneas, eludimos el difícil y crucial análisis del contenido y la función social de la ciencia. Lo que hacemos es dejar que este cuerpo central, legitimador de destreza y conocimiento, mine nuestros esfuerzos, que los vuelva utópicos en el peor de los sentidos. Tampoco debemos aceptar con ligereza la dañina distinción entre ciencias puras y ciencias aplicadas, entre uso y abuso de la ciencia, entre naturaleza y cultura. Son todas versiones de una filosofía de la ciencia que explota la ruptura entre sujeto y objeto para justificar así la doble ideología de la objetividad científica fuerte y la mera subjetividad personal. Este núcleo de conocimiento y práctica contrario a la liberación que existe en nuestras ciencias supone un importante refuerzo del control social1.
Reconocer ese hecho ha sido una de las contribuciones más importantes de las teóricas feministas. Las mujeres sabemos muy bien que el conocimiento derivado de las ciencias naturales se ha utilizado para dominarnos, no para liberarnos, a pesar de lo que digan los propagandistas del control de la natalidad. Por otro lado, excluirnos sistemáticamente de la ciencia solo ha conseguido agudizar nuestra explotación. Hemos aprendido que la exclusión y la explotación son fruto de nuestra posición en la división social del trabajo, y no de nuestras incapacidades naturales2. Sin embargo, cuando no hemos subestimado el principio de dominación en las ciencias, cuando no nos hemos dejado hipnotizar por los reclamos de una verdad libre de los valores proferidos por los científicos cada vez que nos topamos con ellos —en el mercado médico (Gordon, 1976; Reed, 1978)—, hemos dejado que nuestro distanciamiento de la ciencia y la tecnología nos lleve a malinterpretar la condición y la función del conocimiento natural. Hemos aceptado al pie de la letra la ideología liberal tradicional de los científicos sociales del siglo XX, que mantiene una ruptura necesaria y profunda entre naturaleza y cultura y entre las formas de conocimiento relativas a estos dos reinos supuestamente irreconciliables. Hemos permitido que la teoría del cuerpo político se divida, de manera tal que el conocimiento natural acaba siendo reincorporado de modo encubierto a las técnicas de control social, en lugar de ser transformado en ciencias de liberación. Hemos desafiado nuestra asignación tradicional al estatus de objetos naturales volviéndonos antinaturales en nuestra ideología, de forma que las ciencias de la vida quedan al margen de las necesidades feministas3. Hemos otorgado a la ciencia el rol de un fetiche, un objeto hecho por los seres humanos solo para olvidar el rol que tenemos en su creación, un fetiche que ya no es receptivo al juego dialéctico que jugamos los seres humanos con el mundo que nos rodea en la satisfacción de nuestras necesidades orgánicas y sociales. Nuestra perversa veneración de la ciencia como un fetiche reificado se manifiesta de dos maneras complementarias: (1) un rechazo total de la disciplina científica y técnica y un desarrollo de una teoría social feminista completamente separada de las ciencias naturales; y (2) la aceptación de que la «naturaleza» es nuestra enemiga y que debemos controlar nuestros cuerpos «naturales» a cualquier precio (por medio de técnicas que nos ofrece la ciencia biomédica) con el fin de ingresar en el consagrado reino del cuerpo político cultural definido por los teóricos liberales (y radicales) de la economía política, en lugar de por nosotras mismas. Este cuerpo político cultural fue identificado con claridad por Marx: el mercado que transforma todas las cosas y a todas las personas en mercancías.
Pondré un ejemplo concreto para ayudar a explicar lo que considero un peligroso malentendido, un ejemplo que nos lleva de regreso al punto de unión entre lo político y lo fisiológico. En El malestar en la cultura(Civilization and Its Discontents, 1962), Freud desarrolló una teoría del cuerpo político que basaba el desarrollo social humano en un dominio progresivo de la naturaleza, sobre todo de las energías sexuales humanas. El sexo como peligro y como naturaleza son centrales en el sistema de Freud, que repite la tradicional reducción del cuerpo político a puntos de partida fisiológicos. El cuerpo político es visto, en primera instancia, como algo basado en individuos naturales que deben conquistar sus instintos para hacer que el grupo cultural sea posible. Dos recientes teóricos neofreudianos y neomarxistas han hecho una reelaboración irónica de la posición de Freud: Norman O. Brown y Shulamith Firestone. Sus posturas nos ayudarán a esclarecer la tesis de este ensayo. Freud, Brown y Firestone son herramientas útiles para diseccionar las teorías de los órganos políticos y fisiológicos del cuerpo político: las tres explicaciones empiezan con la sexualidad, luego añaden una dinámica de represión cultural y acaban con un intento de volver a liberar el cuerpo personal y colectivo.
En Love’s Body, Brown (1966) desarrolla un elaborado juego metafórico entre cuerpos individuales y políticos con el fin de mostrar la estructura extraordinariamente patriarcal y autoritaria de las concepciones y experiencias que tenemos de ellos. Los temas de Brown son: el falo, la cabeza; el cuerpo, el Estado; los hermanos, la rebelión que derroca a la monarquía solo para reinstaurar la tiranía del mercado liberal fraternal. Si al menos el padre fuera la cabeza, solo los hermanos podrían ser ciudadanos. La única manera que Brown explora para escapar de la dominación es a través del éxtasis y la fantasía, sin cuestionar la supremacía fundamental del hombre en el cuerpo político ni su reducción a la dinámica de represión de la naturaleza. Brown rechaza la civilización (el cuerpo político) con el fin de salvar el cuerpo; esta solución era necesaria debido a su aceptación radical del reduccionismo sexual freudiano y la consiguiente lógica de la dominación. Transformó la naturaleza en algo fetichizado y adorado mediante un retorno total a la naturaleza (perversidad polimorfa). Traicionó las posibilidades socialistas de una teoría dialéctica del cuerpo político que no venerara ni rechazara las ciencias naturales, o que se negara a fetichizar la naturaleza y su conocimiento.
En La dialéctica del sexo, Firestone (1970) se enfrenta también a las implicaciones de la teoría biopolítica del patriarcado y la represión de Freud, pero intenta transformarla para hacer posible una teoría socialista y feminista de la liberación. Ha tenido una importante influencia entre las feministas. Sin embargo, creo que cometió el mismo error que Brown: la «reducción fisiológica del cuerpo político al sexo», lo que en el fondo bloquea la posibilidad de un socialismo liberador que no explote con resignación las técnicas otorgadas por las ciencias (mientras desespera por transformar su contenido) ni rechace por completo el conocimiento técnico a favor de una fantasía. Firestone ubicó la falla de la posición de las mujeres en el cuerpo político en nuestros propios cuerpos, en nuestro servilismo a las demandas orgánicas de la reproducción. En ese sentido crítico, aceptó un materialismo histórico basado en la reproducción, abandonando la posibilidad de una teoría feminista-socialista del cuerpo político que no viera nuestros cuerpos personales como el principal enemigo. Con ese paso se preparó para la lógica de la dominación de la tecnología: el control total de cuerpos hoy alienados en un futuro determinado por las máquinas. Cometió el error básico de reducir las relaciones sociales a objetos naturales, con la lógica consecuencia de ver el control técnico como una solución. Obviamente, no subestimó el principio de dominación en las ciencias del biocomportamiento, pero malinterpretó la condición del conocimiento y la práctica científicos. Es decir, aceptó la existencia de objetos naturales (cuerpos) separados de las relaciones sociales. En ese contexto, la liberación sigue estando sujeta a un determinismo que se presenta como natural, que solo puede evitarse en una lógica intensificada de contradominación.
Creo que es posible construir una teoría feminista-socialista del cuerpo político que evite el reduccionismo fisiológico en sus dos vertientes: (1) la rendición a teorías del determinismo biológico de nuestra posición social; (2) la adopción de la ideología capitalista básica de la cultura contra la naturaleza, negando así nuestra responsabilidad en la reconstrucción de las ciencias de la vida. Entiendo que el humanismo marxista sostiene que la posición fundamental del ser humano en el mundo es la relación dialéctica con el mundo circundante que entraña la satisfacción de las necesidades y, por tanto, la creación del valor de uso. El proceso de trabajo es una condición humana fundamental. Es a través del trabajo como nos construimos, de manera individual y colectiva, en una interacción constante con todo lo que aún no ha sido humanizado. Ni nuestros cuerpos personales ni nuestros cuerpos sociales pueden verse como naturales, en el sentido de existir fuera del proceso de autocreación llamado trabajo humano. Lo que experimentamos y teorizamos como naturaleza y cultura se transforma por nuestro trabajo. Todo lo que tocamos y, por tanto, conocemos, incluyendo nuestros cuerpos orgánicos y nuestros cuerpos sociales, nos es posible por medio del trabajo. Por tanto, ni la cultura domina a la naturaleza ni la naturaleza es el enemigo. La dialéctica no debe transformarse en una dinámica de dominación creciente4. Esta posición, la de un materialismo histórico basado en la producción, contrasta de manera fundamental con el materialismo histórico que, no sin ironía, se denomina basado en la reproducción, que he intentado esbozar en los párrafos precedentes.
Hay un área de las ciencias del biocomportamiento que ha tenido una extraordinaria importancia en la construcción de teorías opresivas del cuerpo político: la sociobiología animal, o el estudio de los grupos animales. Para reapropiarse de las ciencias biosociales a favor de nuevas teorías y prácticas, es necesaria una historia crítica de las políticas fisiológicas basadas en la dominación que han ocupado un rol central en la sociología animal. Las ciencias biosociales no solo han sido espejos sexistas de nuestro propio mundo social. También han sido herramientas en la reproducción de ese mundo, ofreciéndole ideologías legitimadoras, así como fortaleciendo su poder material. Hay tres motivos importantes para centrarse en la ciencia de los grupos animales, sobre todo de los primates.
En primer lugar, su sujeto y sus procedimientos se desarrollaron para extender la división naturaleza-cultura, justo en un momento de la historia intelectual de EE. UU, entre 1920 y 1940, en que la ideología de la autonomía de las ciencias sociales había sido ampliamente aceptada, es decir, cuando las universidades empezaban a aceptar la teoría liberal de la sociedad (basada en el funcionalismo y las teorías de sistemas jerárquicos). El proyecto de ingeniería humana era intrínseco a las nuevas relaciones liberales de las disciplinas sociales y naturales: me refiero al proyecto del diseño y la gestión de material humano para conseguir su funcionamiento racional y eficiente, en una sociedad ordenada según criterios científicos. Los animales desempeñaron un papel muy importante en este proyecto. Por un lado, fueron materia prima plástica de conocimiento, sujetos de una minuciosa disciplina de laboratorio. Podían utilizarse para construir y probar sistemas modelo, tanto para la fisiología como para la política de los humanos. Un sistema modelo de la fisiología menstrual o de los procesos de socialización, por ejemplo, no era de por sí un reduccionismo. Lo que el nuevo orden de conocimiento naturalista, posevolutivo y postspenceriano prohibía era justamente la reducción directa del humano a las ciencias naturales. Desde la década de los treinta en adelante, las ciencias de la administración fueron muy estrictas en ese sentido. Es parte de la división naturaleza-cultura. Por otro lado, los animales han conservado su estatus especial como objetos naturales que pueden enseñar a las personas sus orígenes y, por tanto, su esencia precultural, preadministrativa y prerracional. Es decir, los animales han ocupado un lugar abominablemente ambiguo en la doctrina de la autonomía de las ciencias humanas y naturales. Así, a pesar de que la antropología pretende ser capaz de entender a los seres humanos solo con el concepto de cultura, a pesar de las pretensiones de la sociología de no necesitar nada más que la idea de grupo social humano, las sociedades animales han sido ampliamente empleadas en la racionalización y la naturalización de los órdenes opresivos de dominación en el cuerpo político humano5. Han brindado a los teóricos liberales modernos el punto de unión entre lo fisiológico y lo político, mientras siguen aceptando la ideología de la división entre naturaleza y cultura.
En segundo lugar, la sociología animal ha tenido un papel fundamental en el desarrollo de una minuciosa naturalización de la división patriarcal de la autoridad en el cuerpo político, así como en la reducción del cuerpo político a la fisiología sexual. Por ello, se trata de un área de las ciencias naturales que necesitamos para una comprensión exhaustiva y una transformación total, capaces de producir una ciencia que pueda expresar las relaciones sociales de liberación sin cometer el vulgar error marxista de derivar la sustancia del conocimiento directamente de las condiciones materiales. Necesitamos entender cómo y por qué los grupos animales han sido utilizados en teorías sobre el origen evolutivo de los seres humanos, sobre la «enfermedad mental», sobre la base natural de la competencia y la cooperación cultural, sobre el lenguaje y otras formas de comunicación, sobre la tecnología y, especialmente, sobre el origen y el rol de modalidades humanas de sexo y familia. En resumen, necesitamos saber cómo ha sido y cómo podría ser la ciencia animal del cuerpo político6. Creo que el resultado de una ciencia de los grupos animales que sea liberadora también expresaría mejor quiénes son los animales; quizás podríamos liberar la naturaleza liberándonos a nosotros mismos.
En tercer lugar, la dominación ha formado un principio analítico en la sociología animal a unos niveles tales que dan pie a una crítica a la encarnación de relaciones sociales en el contenido y los procedimientos básicos de una ciencia natural, de manera que se exponen las falacias del reclamo de objetividad, pero no permite rechazar de manera simplista la disciplina científica en nuestro conocimiento de los animales. No podemos despreciar las capas de dominación en la ciencia de los grupos animales como si fueran una piel hecha de sesgos o ideologías desafortunadas que podamos pelar, dejando a la luz la capa sana de la objetividad del conocimiento. Tampoco podemos pensar cualquier cosa sobre los animales y lo que significan para nosotros. Al producir nuestro conocimiento de la naturaleza, nos enfrentamos cara a cara con la necesidad de una comprensión dialéctica del trabajo científico.
Ceñiré mi análisis básicamente a unos pocos años alrededor de la Segunda Guerra Mundial y al trabajo en un único grupo de animales: los primates, los monos rhesus en particular, nativos de Asia pero que abundan en laboratorios científicos y estaciones de investigación de todo el mundo. Me centraré sobre todo en el trabajo de una persona, Clarence Ray Carpenter, quien, a finales de los años treinta, ayudó a fundar la primera estación de investigación para monos en estado salvaje, como parte de la escuela de medicina tropical afiliada a la sede de la Universidad de Columbia en Puerto Rico, en la pequeña isla de Cayo Santiago. Estos monos, así como sus descendientes, han sido protagonistas principales de las dramáticas reconstrucciones de la sociedad natural. Su afiliación a la medicina tropical en una posesión neocolonial de Estados Unidos, muy utilizada como estación experimental para políticas capitalistas de gestión de la fertilidad, añade un irónico telón de fondo a nuestro análisis.
Los hombres como Carpenter se movían en un mundo científico complejo en el cual habría resultado incorrecto etiquetar a individuos o teorías como sexistas, o como cualquier otra cosa. No se trata de asignar etiquetas simplistas, sino de desenmarañar las estructuras sociales y teóricas específicas de un área de las ciencias de la vida, necesaria para examinar las interconexiones entre jefes de laboratorio, estudiantes, entidades de financiación, estaciones de investigación, diseños experimentales y contextos históricos. Carpenter obtuvo su doctorado en Stanford por un estudio sobre los efectos de la extirpación de las gónadas en el comportamiento sexual de palomas macho apareadas. Más tarde, recibió una beca del National Research Council Fellowship [Consejo Nacional de Investigaciones] de Estados Unidos para el estudio del comportamiento social de los primates, bajo la dirección de Robert M. Yerkes, de los Laboratorios de Psicobiología Comparada de la Universidad de Yale. Yerkes acababa de establecer la primera institución mundial de investigación integral para el estudio psicobiológico de simios antropoides. Para Yerkes, los simios eran modelos perfectos de los seres humanos. Ellos desempeñaron un rol fundamental en su misión de promover la gestión científica de cada etapa de la sociedad, una idea típica de su generación.
Una de las características del uso del chimpancé como animal experimental ha sido moldearlo de forma inteligente según la especificación, en lugar de intentar preservar sus características naturales. Hemos considerado importante convertir al animal en un sujeto lo más ideal posible para poder llevar a cabo la investigación biológica. Este propósito venía acompañado por la esperanza de que un éxito eventual serviría como demostración efectiva de la posibilidad de recrear al propio hombre a imagen de un ideal generalmente aceptable (Yerkes, 1943, pág. 10)7.
Yerkes diseñó entonces a los primates como objetos científicos según su ideal del progreso humano a través de la ingeniería humana.
El interés de Yerkes por los simios se centraba en dos aspectos: su inteligencia y su vida sociosexual. Para él, la inteligencia era la expresión perfecta de la posición evolutiva. Veía todos los objetos vivos a partir de lo que la psicología experimental comparada estadounidense consideraba un problema desde sus inicios, a principios del siglo XX: el test de inteligencia. Las cualidades individuales, raciales y de la especie estaban intrínsecamente ligadas al índice central de inteligencia, revelado a través de test de comportamiento y de las ciencias neurales. Había diseñado los test de inteligencia que el ejército realizaba a sus reclutas durante la Primera Guerra Mundial, considerados una base racional a partir de la cual decidir el destino y la promoción de los soldados, ya que indicaban los méritos naturales que hacían a los hombres aptos para el combate (Yerkes, 1920; Kevles, 1968)8. Su rol en la guerra fue completamente compatible con su rol como empresario de los estudios de los primates. En ambos casos, consideraba que él y sus colegas científicos estaban trabajando para fomentar una sociedad racional basada en la ciencia, a salvo de la antigua ignorancia encarnada en la política y la religión.
Para Yerkes, la vida sociosexual de los primates estaba profundamente entrelazada con su inteligencia. La mente era la que gobernaba y regía sobre las funciones de una escala inferior con el fin de crear la sociedad. En un clásico estudio del origen del cuerpo político, Yerkes (1939) observó que los chimpancés machos dominantes permitían a las hembras sexualmente receptivas acceder al alimento y a ciertos «privilegios» de los que habitualmente carecían. La inteligencia de los primates hizo posible que los estados sexuales estimularan los inicios de conceptos humanos sobre el privilegio y los derechos sociales. El reduccionismo social apenas necesita énfasis. Su estudio conectando sexo y poder era típico de los trabajos realizados en los años treinta, que casi no se diferencian de los actuales. En una crítica feminista temprana, Ruth Herschberger (1948) tuvo una imagen maravillosa de la perspectiva de Josie, una chimpancé hembra cuya vida psicosexual era de gran interés para Yerkes. Parece ser que Josie no veía su mundo en términos de intercambio sexual por «privilegios», pero para Yerkes ese vínculo económico entre política y fisiología parecía confirmarse científicamente como base orgánica de la civilización.
Yerkes y sus colegas de profesión no solo dirigieron investigaciones sobre el sexo fisiológico y el comportamiento social en los parientes más cercanos a los seres humanos, sino que ejercieron una tremenda influencia en la dirección general de los estudios científicos sobre el sexo en todo el país. Durante veinticinco años, Yerkes ocupó el cargo de presidente del National Research Council Committee for Research on Problems of Sex [Consejo Nacional de Investigación para la Investigación sobre Problemas Sexuales, CRPS por sus siglas en inglés], financiado por la Fundación Rockefeller. Desde 1922 hasta bastante después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciencia tuvo un acceso masivo a los fondos federales, este consejo proporcionó la financiación necesaria para transformar el sexo humano en un problema científico. El CRPS financió trabajos fundamentales sobre hormonas y comportamiento, diferencias en las cualidades mentales y emocionales asociadas al sexo, felicidad conyugal y hasta el mismo informe Kinsey. Su trabajo fue una pieza clave para introducir la temática sexual en conversaciones amables y respetables investigaciones en una época de un prurito y una ignorancia indiscutibles9.
Sin embargo, esta apertura tenía un doble filo: el CRPS estaba estructurado en diferentes niveles, tanto en la práctica como en sus expresiones ideológicas, regidos por el principio de la primacía del sexo en los procesos orgánicos y sociales. Transformar el sexo en un problema científico también hizo que se lo considerara objeto de terapia médica en todo tipo de «enfermedades» sexuales, sobre todo la homosexualidad y la infelicidad conyugal. Las bases bioquímicas y fisiológicas de las afirmaciones terapéuticas fortalecieron sobremanera el poder legitimador de los controladores científicos de las vidas de las mujeres. El CRPS cerró las vías de escape a quienes rechazaban el reduccionismo sexual freudiano estadounidense: ya fuera desde orientaciones fisicoquímicas o psicoanalíticas, el sexo estaba a salvo bajo el cuidado de administradores médico-científicos. Los monos y los simios tenían asignados papeles protagonistas para llevar a cabo esta tarea: al ser objetos naturales no ensombrecidos por la cultura, podían mostrar más claramente la base orgánica de la cultura. El hecho de que estos «objetos naturales» hubieran sido diseñados al detalle según los múltiples niveles de significado de un ideal de ingeniería humana pasó completamente desapercibido.
Cuando Carpenter llegó a los laboratorios de primates de Yale, ya estaba inmerso en la red de financiación y práctica representada por el CRPS. Este había financiado su tesis doctoral, su beca posdoctoral había sido concedida por casi los mismos hombres y Yerkes, su anfitrión, era una figura clave en una importante red de hipótesis y prácticas científicas. Esas redes científicas fueron decisivas en la determinación de quién hacía ciencia y qué ciencia se consideraba buena ciencia. Debido a su educación, a la financiación que recibía y a su entorno social, Carpenter no tenía motivos suficientes para rechazar las hipótesis básicas que identificaban la reproducción y la dominación basadas en el sexo con los principios de organización básicos de un cuerpo político natural. Sin embargo, la aportación de Carpenter fue significativa. A nivel metodológico, organizó el difícil arte de la observación naturalista de primates salvajes en dos estudios sobre el terreno muy minuciosos: uno con los alouatta, los monos aulladores del norte de América del Sur, y otro con los gibones de Asia. La importancia de estos estudios no radica solo en su excelencia y su relevancia, sino en que reflejan plenamente las relaciones sociales basadas en la dominación en el mundo humano de los científicos10. En teoría, Carpenter relacionó las interpretaciones de la psicología comparada y la fisiología sexual como disciplinas de laboratorio con la biología ecológica y evolutiva sobre el terreno, centrada en los conceptos de población y comunidad. En resumen, empezó a conectar elementos de la economía política y natural de nuevas e importantes maneras. El concepto darwiniano clásico de la economía política natural de las poblaciones empezó a integrarse con las ciencias fisiológicas y psicológicas que florecían a principios del siglo XX. Esta integración acabaría de completarse justo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Sherwood Washburn y sus estudiantes transformaron la antropología física y los estudios de los primates a través de la explotación sistemática del funcionalismo evolutivo de la síntesis neodarwiniana y del funcionalismo social de la teoría de la cultura de Bronislaw Malinowski.
Además de vincular distintos niveles de análisis psicobiológico con la teoría evolucionista moderna, Carpenter analizó grupos de primates con herramientas de la primera teoría de sistemas, que también proveían la base técnica para reclamar la madurez científica de las ciencias sociales basadas en los conceptos de cultura y grupo social. El funcionalismo social temprano de Carpenter —que conservaba sus antiguos vínculos con una psicología comparada más antigua y con la fisiología del desarrollo (embriología experimental)— es fundamental para analizar los lazos que unen fisiología con política, animal con humano. El propio Carpenter no trabajaba desde los preceptos de la autonomía de las ciencias sociales y naturales. Tampoco permitió una reducción directa de lo social a lo fisiológico, ni de lo humano a lo animal. Elaboró vínculos analíticos entre distintos niveles, compartidos tanto por simpatizantes como por adversarios de la importante distinción naturaleza-cultura. De hecho, su sociología de los primates es un espacio útil para comenzar a desenmarañar las diversas variedades de funcionalismo surgidas en el interior de las ciencias biológicas y sociales entre las dos guerras mundiales, basadas en los principios de orden jerárquico del cuerpo y el cuerpo político. Las disciplinas funcionalistas están en la base de ideologías fuertes del control social y de técnicas de gestión industrial, médica y educativa.
En el trabajo seminal de Carpenter sobre el cuerpo político animal se puede encontrar una manipulación experimental que es la encarnación en miniatura de todas las capas de significado del principio de dominación. En el año 1938, Carpenter capturó unos 400 monos reshus en Asia y los liberó en Cayo Santiago. Después de un período de caos social, se organizaron entre sí en seis grupos con integrantes de ambos sexos, que comprendían entre 3 y 147 animales. Los animales podían moverse libremente por las 15 hectáreas de la isla y repartirse el espacio y otros recursos con una intervención exterior mínima. El primer estudio importante que se llevó a cabo fue sobre su comportamiento sexual, incluyendo la periodicidad del celo y la conducta homosexual, «inconformista» y autoerótica. Las conclusiones de Carpenter señalaban que la dominación de los machos en el grupo tenía una fuerte correlación con la actividad sexual y, por consiguiente, con la ventaja evolutiva. Todas las interpretaciones sexistas que hoy nos resultan familiares ya estaban presentes en aquel estudio, entre ellas ilustraciones de las actividades animales como la siguiente: «Las hembras homosexuales que desempeñan roles masculinos atacan a las hembras que desempeñan roles femeninos antes de la formación de la relación de pareja hembra-hembra» (Carpenter, 1964, pág. 339).
En sintonía con una noción directriz de los vínculos entre sexo y dominación en la organización básica de los grupos de reshus, Carpenter llevó a cabo lo que a simple vista parece un experimento sencillo, pero que representa una serie de explicaciones estratificadas del cuerpo político natural, desde lo fisiológico hasta lo político. Después de hacer una observación de control al grupo durante una semana sin intervenir, Carpenter sacó del grupo a un mono llamado Diablo, el «macho alfa», es decir, el animal considerado dominante según su prioridad de acceso a la comida, al sexo y demás. Carpenter observó al resto de los animales durante otra semana, luego apartó al macho número dos, esperó otra semana, apartó al macho número tres, esperó, reincorporó a los tres machos al grupo y volvió a observar el comportamiento social. Comprobó que haber apartado a Diablo tuvo como resultado inmediato la restricción del territorio que su grupo ocupaba en la isla. El orden social se vio gravemente perturbado. «La organización del grupo se hizo más fluida y aumentaron las peleas y el conflicto intragrupal […]. Después de una notoria disrupción que duró tres semanas, el grupo se reestructuró de manera repentina en el momento en que los machos dominantes fueron liberados» (1964, pág. 362). Se restauró el orden social y, de repente, el grupo reconquistó su previa posición favorable con relación al resto de grupos.
Surgen de inmediato una serie de preguntas. ¿Por qué Carpenter no probó, como control para comprobar su hipótesis organizativa sobre la fuente del orden social, a apartar del grupo a monos que no fueran machos dominantes? Lo que hizo fue, literalmente, separar al supuesto cabecilla del cuerpo animal colectivo. ¿Qué significado tenía para Carpenter este experimento de campo, esta decapitación?
En primer lugar, es necesario analizar esta cuestión desde un nivel fisiológico. Para comprender los cuerpos sociales, Carpenter se basaba en conceptos biológicos. Se inspiraba en teorías del desarrollo embriológico que intentaban explicar la formación de animales complejos a partir de los materiales de partida más simples de huevos fertilizados. Una relevante teoría embriológica utilizaba el concepto de campos organizados por ejes de actividad llamados gradientes. Un campo se refería a un todo espacial formado por la interacción compleja de gradientes. Según esta teoría, un gradiente consistiría en una serie ordenada de procesos que irían subiendo de nivel de actividad, medidos, por ejemplo, por consumo diferencial de oxígeno. Nótese que, en este nivel básico, la dominación se concibe como una propiedad puramente fisiológica que puede medirse de manera objetiva. La inclinación de un gradiente podía ser suave o pronunciada. Los gradientes que conformaran un campo se organizarían alrededor del eje central de la pendiente más pronunciada: el centro de organización. Un organismo crecería en complejidad a través de la multiplicación integrada de sistemas de dominación. Un sistema experimental apto en la fisiología del desarrollo diseñado para probar teorías de campos, gradientes, dominación fisiológica y centros de organización fue la hidra. Este organismo sencillo tiene un único eje o gradiente posible: de la cabeza a la cola. Se puede cortar la cabeza del pólipo, observar la desorganización temporal del tejido restante y ver el restablecimiento definitivo de una nueva cabeza a partir de células «en competencia» fisiológica. Más aún, es posible eliminar una porción mayor o menor de la cabeza del gradiente de actividad y comprobar cómo se extiende la consecuente desorganización orgánica11.
Carpenter concebía el espacio social como el espacio orgánico de un organismo en desarrollo, por lo que buscaba gradientes que organizaran el campo social a lo largo del tiempo. Encontró ese gradiente fisiológico de actividad en la jerarquía dominante de los machos del grupo social. Ejecutó el experimento basado en la teoría de la decapitación y «observó» la consecuente competencia fisiológica entre órganos y células (por ejemplo, otros puntos – animales – gradiente de actividad-dominación) con el fin de restablecer un centro principal de organización (adquirir el estatus de macho alfa) y restaurar la armonía social. Son muchas las consecuencias que se derivan de estas asociaciones.
En primer lugar, también se podría haber ordenado en ejes de actividad a otros grupos de animales de la sociedad. Por ejemplo, se descubrió que las hembras gozaban de una jerarquía de dominación de grado inferior. Los animales jóvenes tenían gradientes de dominación inestables; la observación que subyace a esta interpretación es que el comportamiento común de dominación no podía observarse de manera fiable y que los animales inmaduros no demostraban relaciones de dominación constantes entre sí. A medida que las «observaciones» no vistas adquirían el mismo estatus de evidencia que lo observado, fue surgiendo un concepto de dominación latente. A partir de allí, no se hicieron esperar los juicios sobre el volumen de dominación necesario para organizar el espacio social (llamad a eso «liderazgo de cantidad») y sobre el volumen de dominación que causa ruptura social (llamad a eso «agresión patológica»). A lo largo de la Segunda Guerra Mundial, abundaron estudios similares sobre la personalidad autoritaria en los seres humanos. El verdadero orden social debe descansar sobre un equilibrio en la dominación, entendido como fundamento de la cooperación. La agresión competitiva se transformó en la fórmula más importante para organizar otras formas de integración social. La competencia y la cooperación no se oponen entre sí: según fundamentos fisiológicos, la primera es condición de la segunda. Si se eliminan las regiones más activas (las dominantes) de un organismo, es decir, los centros de organización, el resto de sistemas de gradiente compiten para restablecer el orden del organismo: se abre un período de luchas y fluidez dentro del cuerpo político. El punto principal aquí es que, sin una jerarquía de dominación que lleve a cabo la organización, supuestamente el orden social se desintegra en una competición individualista, improductiva. No se llevó a cabo un experimento de control que separara del grupo a animales que no fueran machos dominantes, porque no tenía sentido desde el conjunto complejo de teoría, analogías con organismos individuales y supuestos no examinados.
Los estudios de la personalidad autoritaria nos llevan al segundo nivel de explicación del cuerpo político implícito en el experimento de Carpenter: el psicológico. La idea de una jerarquía de dominación derivaba, en primera instancia, del estudio del «orden de picoteo»en pollos y otras aves domésticas, iniciado en 1913 por el noruego Thorlief Schjelderup-Ebbe (1935), pero que no ocupó un lugar importante en la psicología comparada estadounidense hasta los años treinta. En esa época, la sociología y la psicología animal, así como las ramas humanísticas de las disciplinas, pusieron toda su atención en ideas sobre la cooperación y la competencia. La sociedad derivaba de complejas interacciones entre parejas de individuos, entendidos y medidos por medio de técnicas psicológicas, lo que constituía el espacio del campo social. Se buscaban ejes de dominación como principios organizadores tanto a nivel fisiológico como psicológico.
El tercer y último nivel implícito en la manipulación de Carpenter es el de la economía política natural. El grupo que pierde a su macho alfa pierde la lucha competitiva con otras sociedades orgánicas organizadas. El resultado se vería reflejado en menos comida, más mortalidad infantil, menos descendencia y, por tanto, desventaja evolutiva y hasta la misma extinción. Aquí se hace evidente la competencia de mercado implícita en la teoría de la evolución orgánica. La teoría de la función de la dominación del macho hace encajar a la perfección el aspecto económico-político del estudio del comportamiento y la evolución animal (competencia, división del trabajo, modelo de asignación de recursos) con la faceta de la integración social (coordinación cooperativa a través del liderazgo y la posición social) y con las comprensiones puramente fisiológicas de los fenómenos reproductivos y embriológicos. Estas tres perspectivas enlazan modelos sociales de equilibrio funcionalista establecidos en las ciencias sociales de ese período con preocupaciones políticas e ideológicas relativas a la competencia y la cooperación (por ejemplo, las luchas laborales). Debido a que se considera que las sociedades animales tienen las mismas características que las sociedades y culturas humanas, aunque en formas más simples, resulta lógico buscar en ellas la base de una supuesta comunidad humana integrada, natural. Elton Mayo (1933), influyente antisindicalista, psicólogo y sociólogo industrial de Harvard, llamó a ese tipo de comunidad el «jardín de la industria»12.
El principio político de la dominación se transformó aquí en el principio científico que legitimaba la dominación como una propiedad natural de base fisicoquímica. El principio de dominación ha penetrado las manipulaciones, los conceptos, los principios de organización… la gama completa de herramientas de la ciencia. No se puede reclamar la ciencia en aras de la liberación solo mediante la reinterpretación de observaciones o el cambio de terminología, lo que no es más que un burdo ejercicio ideológico que rechaza mantener una interacción dialéctica con los animales en el proyecto de autocreación a través del trabajo científico. Pero el difícil proceso de rehacer las ciencias biosociales y del biocomportamiento ha comenzado. No sorprende que uno de los primeros pasos haya sido girar el foco de atención de los primates como modelos de los seres humanos a una mirada más profunda a los propios animales: cómo viven y cómo se relacionan con su entorno, de maneras que quizás tengan muy poco que ver con nosotros y que, con seguridad, transformarían el sentido que damos a nuestra relación con la naturaleza en las teorías del cuerpo político. Estas teorías y prácticas científicas «revisionistas» merecen toda nuestra atención. De entre ellas, las perspectivas «feministas» en primatología y antropología física han destacado los principios de organización para cuerpos y sociedades que no dependen de jerarquías de dominación. Las estructuras de dominación aún siguen bajo estudio y observación, pero ya no se utilizan como explicaciones causales de la organización funcional. En cambio, el revisionismo ha subrayado los grupos matrifocales, la cooperación social a largo plazo en lugar de la agresión espectacular a corto plazo, el proceso flexible más que la estructura estricta, etc. Las cuestiones ideológicas y científicas son complejas; con razón, el trabajo que surge es controvertido.
En nuestra búsqueda de una comprensión del cuerpo político feminista, necesitamos la disciplina de las ciencias sociales y naturales, igual que necesitamos todas las formas creativas de teoría y práctica. Estas ciencias tendrán un efecto liberador en la medida en que las construyamos sobre relaciones sociales no basadas en la dominación. Un corolario de este requisito es el rechazo a todas las formas de reclamos ideológicos de objetividad pura enraizados en la división sujeto-objeto, que ha legitimado la lógica de nuestra dominación y de la dominación de la naturaleza. Si nuestra experiencia es de dominación, haremos teoría de nuestras vidas según principios de dominación. A medida que vayamos transformando los fundamentos de nuestras vidas, sabremos cómo construir ciencias naturales que sean el sustento de nuevas relaciones con el mundo. Nosotros, nosotras, igual que Aurora en la Mujer al borde del tiempo de Marge Piercy, queremos volar a la naturaleza, y también al pasado, para hacer que todo salga bien. Pero las ciencias son expresiones colectivas y no pueden rehacerse de manera individual. Las feministas, como los personajes de Luciente y Halcón en la novela de Piercy, hemos dejado claro que «nadie puede hacer que las cosas salgan bien», que «no es malo querer ayudar, querer trabajar, apoderarse de la historia […]. Pero querer hacerlo en solitario no es tan bueno. Traspasarle la historia a alguien como si fuera un pastel que acabas de hornear»13.
1 Young (1977), que también incluye una excelente bibliografía de la crítica radical a la ciencia. Véanse también Burtt (1952), Marcuse (1964), Marx y Engels (1970).
2 Braverman (1974). Aunque no lo haga desde una perspectiva feminista, Braverman sitúa la fuerza de trabajo femenina en el centro de su análisis marxista del trabajo moderno, la gestión científica y la descualificación de las personas trabajadoras, en un período en el que la especialización científica y técnica es cada vez mayor.
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