Nacer a mejor - Sheila Pérez - E-Book

Nacer a mejor E-Book

Sheila Pérez

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Beschreibung

Valentina cumple cuarenta años… en prisión. Entre compañeras que han aprendido a abrazarse en medio de la ruina y un pasado que le pesa —y cuánto—, su mundo se termina de desmoronar justo cuando recupera la libertad. Ahora debe aprender a decidir por sí misma; a vivir responsabilizándose de sus decisiones. Familiares y amigos la acompañan desde el cariño y la paciencia, pero ¿hasta cuándo? La pareja que forman su hermano Sebas y Nacho es un cable a tierra; como también la amistad del por siempre enamorado Aitor. Además, gracias a su relación con un par de ancianas maravillosas, Valentina logra encontrar su lugar en el mundo. En un Madrid lleno de parques, recetas, personajes curiosos y perros de nobleza indiscutible, Valentina entiende que a pesar de las adicciones, de los errores, de las malas decisiones..., hay lugar para la esperanza. Que siempre hay oportunidad para nacer a mejor.

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Seitenzahl: 245

Veröffentlichungsjahr: 2026

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De izquierda a derecha: La regañoña pomerania - Bella Golden - Centella - Podenco - Hans Galgo - Tina Beagle - Michael Jackson - Chihuahua - Larga Galga - Noa - Papillón y caniche

Nacer a mejor

© Sheila Perez

 

Enero 2026

ISBN eBook: 978-84-685-9412-5

ISBN papel: 978-84-685-9413-2

Depósito legal: M-3643-2026

 

Editado por Bubok Publishing S.L. [email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

 

Todos los derechos reservados.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

En medio del invierno, descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible

Albert Camus

A mis abuelas,por su tiempo, su cariño y su experiencia

Prólogo

Querida Sheila:

¿Y por qué no? Acepto tu propuesta. Al principio tuve miedo de no estar a la altura de la criatura; luego, temor a que me comparasen contigo, y finalmente respeto a la confianza que has depositado en mí. Además, contaba con la ventaja de que no tenía predecesor prologuista, abriendo así la posibilidad de que los lectores tuvieran tantas ganas de empezar a conocer tu nueva aventura que saltaran directamente al capítulo uno. 

Tu nombre tiene raíces que hablan de esperanza. Ese es el aroma que proyectas durante la lectura: un trayecto desde la sombra hasta la luz, soltando lastre de culpa y heridas abiertas que escocían en silencio, y que ahora regalan la ligereza suficiente para poder remontar el vuelo.

Esta es una historia de reinvención, viendo a los demás no de manera aséptica, pero sí con la mirada puesta en las relaciones apasionadas y todo lo que conllevan. Descubriremos en estas páginas que, ayudados por nuestros amigos caninos, todos portamos la llave para abrir la puerta que da a la playa donde se encuentra la paz, donde se aprende que lo único importante es amar y ser amados, ladrando fuerte, en libertad y cavando, cuanto sea necesario, para enterrar aquellos huesos que se nos astillan, y empezar de nuevo. 

P. D.: ¡Guau!

Ángel González Gil

1. Cuarenta años

El olor es, de los cinco sentidos, el más eficaz para anclarte un recuerdo al corazón. Te derrama por encima sensaciones que no tienen por qué ser agradables ni todo lo contrario. Puede mostrarte un peligro o llevarte a un lugar en el que te quedarías para siempre. Claro que puede.

Oler te indica si deseas inspirar profundo mientras abrazas a alguien o si te produce tal rechazo que quieres dejar de ser visible y evitar que ese alguien te toque.

Allí olía a pan tostado y a café recién hecho, como cualquier casa cuando arranca la mañana, el bar de abajo que recibe a sus primeros clientes o igual que una sala de profesores a la hora del recreo. Olía como lo hacía su hogar cuando decidía bien.

Decidir.

Bien.

¿Hay algo más difícil?

Su celda estaba cerca de las cocinas, por eso le llegaba el aroma de los desayunos y de todas las comidas que se hacían allí. Se podría decir que estaba en un pabellón «cómodo», al que la trasladaron por buen comportamiento cuando llevaba año y medio de condena, pero seguía siendo la cárcel; eso es así.

Se llamaba Valentina y aquel día cumplía cuarenta años. Pelo negro y liso a la altura de la mandíbula, hermosos ojos color verde azulado cuyo brillo parecía haberse desvanecido junto a la libertad perdida, y un cuerpo pequeño, antaño de armoniosas curvas, que se habían ido desdibujando por las infinitas carreteras de baches que formaban sus días de encierro. Fumaba mucho, comía poco, y el ruido mental que le cantaba una canción de derrota en bucle la estaba consumiendo.

Sabía que sus compañeras estaban tramando algo para celebrarlo; sus caras de susto alegre cada vez que se cruzaban estos días las delataba. Salvo algunas a las que el caballolas tenía cabalgando por otros mundos, o más bien por fuera de todos, las demás habían hecho una piña bien jugosa y procuraban acompañarse en todo lo que podían.

Tuvo que aprender, no se crean. Tuvo que aprender a no juzgarlas y a no creerse mejor que ellas. Total, a ella solo la habían pillado con una cantidad ingente de cocaína en el interior de la vagina… «Eso no es robar, Valen». «Eso no es matar, Valen». «Tú no te has drogao en la vida, Valen». Esas frases trampa que la mente le susurraba a la culpa para que dejara de gritar eran la gran mentira que se decía a diario para poder seguir viviendo. Hasta que llegaba su hermano Sebastián, que también era su abogado, y se lo desmontaba todo: «Es un puto delito contra la salud pública, Valen. Hay gente que muere por esto y a la muerte o al daño que le puedas infligir a los demás le da igual que lo hayas hecho una sola vez, que no tengas antecedentes o que te hayas convertido con treinta y muchos palos (que tiene cojones) en una niñata enamorada de un traficante hasta el punto de convertirte en lo mismo».

Toda la razón. Perdió la cabeza, los sentimientos, la dignidad, a su marido con el que sinceramente ya no tenía nada, pero sí una vida tranquila aunque fuera un imbécil que se curró a fondo cada centímetro de los cuernos que le puso.

La Valentina que era murió, pero si eso es bueno o es malo lo descubriremos al final de esta historia. ¿Ustedes se han planteado alguna vez que lo que está bien o está mal, en ocasiones, parece todo lo contrario? ¿Cuántas veces han necesitado «morirse» para nacer a mejor? ¿Cuántas creen que les quedan?

Ella pensaba que esa locura de amor era correspondida hasta que, el día del juicio, Aquel Hombre mintió. Ahora se llamaba así: Aquel Hombre. Jamás volvería a salir su nombre de los labios de nuestra Valentina, los que un día fueron suyos, de sus besos, de las palabras que pronunciaban y que él, embelesado, escuchaba como un enamorado más.

La inculpó más todavía diciendo que no era algo aislado, que había hecho más encargos para ellos, con los que se lucraba generosamente, y que no tenía ninguna relación sentimental con ella. Y ahí la que murió para siempre fue la Valentina que creía en el amor, la que pensaba que Aquel Hombre en realidad era una buena persona. Pobrecito, bastante tenía con ser un tipo atormentado cuyas anteriores parejas eran (dichosas casualidades) unas putas brujas que le habían hecho la vida imposible. Un hombre perdido que, mientras encontraba el camino correcto, se dedicaba a joder el de los demás. Pobre… Ella le ayudaría a encontrar la luz y ella le cambiaría porque además tenía licencia divina o de quien demonios dé esas licencias para modificar a los seres humanos cuando no son como uno quiere que sean. Sí, señor; aunque ese individuo no tomara conciencia de sus errores ni mostrara el más mínimo interés en mejorar como persona, ella le cambiaría porque estaba en su derecho a generar compañeros de especie a su gusto y porque el amor todo lo puede y punto. ¡Ja!

2. Con el debido respeto

Se paraba en cada semáforo, estuviera en rojo o no. Le gustaba mirar las caras de las personas con las que se cruzaba. ¿Qué pensarían? ¿Cuál sería el estado de ánimo que habrían elegido para ese día? ¿Acaso se puede decidir estar de buenas o hecho unos zorros? No lo creía. Ese es el montón de basura que la nueva era pretende incrustarnos en la cabeza. «Si alguien piensa que por mirarse al espejo sonriendo ya no está triste, es gilipollas».

Él era médico, un hombre de ciencia. No se había pasado una década estudiando como un condenado para que viniera cualquier iluminado de cursillo de fin de semana a decirle que las enfermedades del pulmón están relacionadas con la tristeza y que mejoran trabajando el chakra corazón. Y es que eso de respetar las opiniones ajenas siempre se le había dado mal, muy mal.

Comenzó a caminar hacia la otra acera, encantado de haberse conocido, y en seguida notó cómo la señora del pomeraniacabreado de todos los días, que ladraba como si se estuviera atragantando e insultando al mismo tiempo, había vuelto a pasarse con el perfume. ¡En serio seguía existiendo Maroussia, por el amor de Dios!

Entró en el centro médico, contestó con un bufido a cada saludo y se metió en su consulta dando un portazo ante la atónita mirada de los pacientes que aguardaban en la sala de espera y que no terminaban de acostumbrarse a las malas formas del buen doctor. Pero se esforzaban en hacerlo porque tenían miedo, ojo, que he dicho miedo, no respeto. Y es que respetamos a quienes no lo merecen por no perder un trabajo, para que nos receten una medicina que nos haga sentir mejor, por no discutir cada día con todos a los que les mola discutir cada día y por muchos motivos más que nada tienen que ver con el debido respeto.

Salió con la lista de pacientes que le habían asignado para ese día y nombró a los tres primeros para que supieran su orden de entrada. Después, sería el último de ellos el que pondría fin a su jornada. De nuevo se encaminaría hacia el mismo semáforo donde probablemente se cruzaría otra vez con la señora del pomeraniaque insulta y se atraganta a la vez, su olor a Maroussiay con varias de las personas que antes iban a sus trabajos y ahora también regresarían de ellos.

La vida para Héctor, el doctor Héctor Salas, tenía la obligación de ser una serie de acontecimientos perfectamente colocados en espacio y tiempo que nadie habría de osar poner fuera de lugar sin su consentimiento, ni siquiera su mujer, ex más bien, Valentina.

3. La puerta azul

«¡Sorpresa!».

En el amplio comedor de prisión, sus compañeras sostenían una pancarta que rezaba: «Felicidades, Valen; los 40 son los nuevos 30». Muy originales, sí, sobre todo por la manía que le había dado a la población mundial de restarse décadas cada vez que tocaba saltar a una nueva.

Alrededor de la mesa donde desayunaban cada mañana, parloteaban emocionadas, felices por romper una rutina tremendamente desgraciada y gris con algo alegre, por fin. Como regalo de cumpleaños prepararon, con la complicidad del personal de cocina, sendas bandejas de beicon bien tostadito, como a ella le gustaba. Todas habían aportado algo de su asignación semanal para ayudar a pagar tan suculento manjar, porque beicon, lo que se dice beicon, allí dentro como que no.

Se abrazó a ellas emocionada, queriendo abarcar a cada una y a la trágica historia que las acompañaba porque todas, al igual que Valentina, cargaban con la suya, y por mucho que se la hubieran buscado, a pesar de cada papeleta que le habían comprado al destino para destrozarse la vida, cualquier ser humano merece vivir, aunque sea por un instante, bajo el confort de un abrazo.

Comieron con ganas, rieron con más ganas todavía, se gastaron bromas y parecieron atisbar algo de libertad entre aquellas paredes que, en realidad, eran el hogar de su castigo.

Se abrió el portón del comedor y apareció Mercedes, la funcionaria más veterana, con su cara habitual de pocos amigos, pero también con su corazón de grandes afectos. Merche era la típica persona que engañaba; mal encarada, con rictus de mosqueo y el ceño fruncido en una puntada continua de desconfianza. Eso era lo que decía su cuerpo, su grave tono de voz que parecía reñirte hasta cuando te decía algo amable, y su eterna coleta tirante que simulaba tenerla sometida a un constante asombro. Pero su alma gritaba bondad, vocación de servicio y una empatía tan grande que terminada por establecer un vínculo especial con la mayoría de las presas, aunque sin bajar la guardia, pues algunas de ellas tendían a confundir con Jaujaaquella mano tendida.

—¡Valentina! —todas callaron de repente mirando a Mercedes—, tienes visita.

—¡Voy! —gritó contenta porque sospechaba que era su hermano que había ido a felicitarla—. Luego os veo, chicas —dijo mientras tiraba besos al aire—. ¡Y gracias por el beicon!

—Anda, anda, a ver si comes más, que la que parece una loncha de beicon eres tú —bromeó una.

—Vete por la sombra, guapa —gritó otra.

—Dile a tu hermano que a ver cuando me pide un bis a bis que está de toma pan y moja —vaciló la de la loncha.

—¡Pero si mi hermano es gay!

—No pasa nada, yo no soy celosa.

Estallaron en carcajadas, y con un «pero qué bruta eres» se despidió de esa extraña familia que se había ido forjando en tan lamentable lugar, sin sospechar siquiera que aquella despedida iba a ser la definitiva.

Comenzó a andar junto a la funcionaria por el largo pasillo cuyas paredes salpicadas de puertas amarillas parecían estrecharse cada vez más. Es lo que tiene sentirse atrapada; se ensanchan las cadenas y se encoge la persona que eras antes de que te ataran. Se extrañó al girar hacia la derecha en vez de al lado contrario cuando llegaron al final, pero si algo había aprendido en este año largo que llevaba en el módulo nuevo era que, para llevarse bien con Mercedes, las preguntas las hacía ella y punto.

Entonces ocurrió algo inaudito, totalmente inesperado. La funcionaria se dio la vuelta, se puso frente a ella sujetándola afectuosa la barbilla con una mano y los nervios con una cálida sonrisa.

—Escúchame bien, Valentina, porque esto que te voy a decir no se lo digo a todo el mundo. Tú tienes ese no sé qué que te hace merecedora de escucharlo. —Valentina asintió intrigada—. Lo supe cuando te vi entrar consumida de miedo por lo que habías vivido en el módulo anterior: palizas, chantajes, estados de conciencia tan alterados que habrás tenido la sensación de habitar entre seres no humanos y a saber qué más. Quizá tú has estado al borde de convertirte en uno, podría ser. Te costó adaptarte, confiar, y, en el fondo, tú y yo sabemos que lo más difícil fue dejar de creer que ellas se merecían estar aquí y tú no, como si ser traficante de drogas fuera equiparable a robar un paquete de galletas en el súper.

—Hace tiempo que comprendí que no es así —contestó a la defensiva.

—Lo sé, muchacha, lo sé. No pretendo avergonzarte. Y bien por ti y por lo que te espera el resto de tus días, querida, porque cuando cruces la puerta de salida, si no has comprendido que todos en una pirueta fatal del destino nos podemos convertir en un gran pedazo de mierda, tus años de prisión habrán sido en vano, y el peor trauma: haber vivido durante algún tiempo en las estancias más oscuras de la vida sin haber aprendido nada dentro de ellas.

—Agradezco lo que me dices, Merche, pero aún me queda condena por cumplir y no le encuentro mucho sentido a esto ahora.

—Es que a veces el sentido de las cosas aparece un poquito más tarde. —La abrazó—. Tú solo recuerda que siempre se puede nacer a mejor.

Abrió la única puerta azul con la que se había topado en la cárcel y al otro lado estaba su hermano Sebas, eufórico, agitando unos papeles que sostenía en la mano al tiempo que gritaba: «¡Eres libre! ¡Lo conseguimos, hermanita!».

Valentina, lejos de sentir alivio o felicidad, sintió un terror atroz, una angustia que la devoró por dentro hasta dejarla sin respiración, sin conciencia. No quería la libertad, hacía tiempo que había renunciado a ella. El miedo había ganado a la cordura y prefería encarar la cárcel a encarar la vida. A algunas presas les pasaba; no querían ser libres porque no querían responsabilizarse de su libertad. Se desmayó, se apagó la luz mientras su desesperado hermano intentaba reanimarla y Mercedes llamaba a una ambulancia.

4. Tu bando está vacío

Lo que ocurrió ayer rebasó todos los límites que los cretinos se dibujan alrededor para recordar no traspasarlos. Al doctor Salas se le olvidó perfilarse con rotulador rojo, se le olvidó que es médico y, lo que es peor, se le olvidó que es persona. Se saltó el código deontológico y lo que significa ser un hombre de bien, y las consecuencias se lo tragaron de un bocado.

—Pase, Salas. —El doctor Navarro, compañero, jefe y sorprendentemente amigo de Héctor desde hacía muchos años, le esperaba con gesto serio en el despacho médico—. Y cierre la puerta, haga el favor.

—¿Qué pasa, que ahora nos vamos a llamar de usted o qué?

—Pues mira, en privado quizá no, pero en público me da vergüenza que la gente me siga considerando tu amigo.

—Pero qué dices, tío.

—Hemos conseguido que no te denuncie.

—¿Qué no me denuncie quién? —preguntó nervioso desabrochándose el primer botón de la camisa—. Dispara lo que sea que tengas que decirme que hoy me he visto a veinte en una tarde y me quiero ir ya.

—El paciente al que le dijiste que prácticamente se merecía el cáncer de pulmón que acababa de diagnosticarle su oncólogo por fumar como un carretero, que ya llevabas años aconsejándole dejarlo, y que ese era el resultado. ¿Contento?

—Venga, ya, Aitor, me conoces bien. No hablaba en serio, joder —se excusó intentando ignorar la importancia que sabía de sobra que tenía—. Es que nos estamos volviendo todos… Somos de mantequilla, coño. Intentaba quitarle hierro, le regañaba medio en broma medio en serio, quería restarle un poco de drama a la situación.

—¿Se puede tachar de dramático a un paciente aterrorizado porque acaba de enterarse de un diagnóstico muy grave con un pronóstico fatal? ¿Merece morir por una adicción aunque sea un hombre bondadoso? El tabaquismo es una enfermedad, ser adicto a lo que sea es una puta desgracia y a ti no se te ocurre otra cosa que disfrazarte de juez moralista y dictar sentencia.

—Igual se me fue un poco —admitió con fastidio—, pero estoy estresado y a veces no controlo mis…

—No controlas nunca, Héctor —le interrumpió con firmeza—. Cuando se trata de mostrar poder sobre los demás, te creces tanto que asustas. Se te va de tal manera que dejas de ser un hombre para convertirte en un fusil de mierda que dispara a todo al que tenga a su alcance. Aprietas el gatillo como si te hubieran atacado hasta que los destrozas y crees vencerlos. No ganas, créeme. Te traen sin cuidado los sentimientos de las personas, y, especialmente en esta profesión, ya puedes ser cum laude en medicina o en lo que te dé la gana, que si no eres empático, te aseguro que todo eso no vale para nada.

—Te recuerdo que he curado a montones de esas personas cuyos sentimientos dices que ignoro, que soy un profesional con una andadura intachable y muy bien considerado por el colegio de médicos, por las instituciones sanitarias y por la élite de este gremio.

—Y sin embargo odiado por tus pacientes, Salas, no te engañes.

—No es lo que me muestran en consulta.

—Cierto, son amables porque están enfermos, porque te necesitan, porque las personas que los quieren y los tienen en consideración no pueden recetarles un opiáceo para ese dolor insoportable que los tiene doblados, no pueden operarlos de la peritonitis que casi se los lleva al otro barrio, no pueden derivarlos a un buen especialista porque solo tú conoces a los mejores cuando lo que les sucede no es de tu campo. Su mejoría, su calidad de vida, por desgracia, en ese momento dependen de ti, pero eso no quiere decir que te aprecien, amigo; no les queda otra que aguantarte como a un mal jefe del que depende su sueldo.

—¿Y qué quieres, que sea como tú? —Se levantó a la defensiva, dejándose comer por ese fusil de mierda que se le tragaba a menudo—. Toooodo el mundo tiene el correo del doctor Navarro para contarle sus problemas.

—Problemas serios que solo yo puedo ayudarles a solventar.

—Toooodo el mundo pasa por el doctor «abracitos».

—Y a mucha honra, Salas. De hecho, pienso seguir abrazando a mis pacientes y a sus familias porque, cada vez que lo hago, sé que les acerco un poquito de esperanza, les alivio un momento delicado, los ayudo. ¿Sabes lo que es eso?

—Nuestra ayuda es prestarles un servicio MÉ-DI-CO. Nada más.

—Por supuesto, pero se puede hacer bien o se puede hacer mal. Y tú eres la hostia de eficiente pero siempre eliges el mal; la seriedad extrema, la distancia gélida, señalar, juzgar, pasarte la vida ofendido cuando alguien decide desordenártela un poco aunque sea para bien, como le pasó a Va…

—¡No! —le gritó a Aitor lanzándose hacia él, agarrándole lleno de rabia del cuello de la camisa—. Eso sí que no te lo permito por mucho que seas mi amigo, mi jefe o lo que te salga de los cojones. A Valentina ni la nombres.

—¡Suéltame, imbécil! —le ordenó zafándose y poniéndose de pie, cara a cara—. A Valentina la nombraré las veces que me dé la gana porque existe, porque es una mujer increíble que tú nunca has sabido ver; la has vuelto invisible hasta para sus propios ojos.

—Te recuerdo que está en la cárcel por traficar con un narco con el que me estaba poniendo los cuernos.

—Pues fíjate, amigo, a lo que puede llegar una buena persona cuando se considera invisible con tal de que alguien la vea.

Héctor le dio la espalda para que no se diera cuenta de cómo se atragantaba con la verdad que acababa de decirle, y sus pensamientos salían huyendo por la ventana sin saber muy bien hacia dónde; seguramente hacia un lugar cercano a la vergüenza. El pelo cortado a la perfección y peinado en un tupé rubio, elegante y discreto. Facciones duras, hermosas, muy masculinas, enmarcaban una mirada profundamente azul que siempre había despertado deseo y ganas de seguir descubriendo qué había al otro lado de su ropa; quizá un cuerpo atlético, sí, pero donde habitaba un alma complicada que todo lo boicoteaba.

Aitor se sentó con la mirada perdida en el recuerdo del día que conoció a Valentina y de la música que le sonó por dentro al mirarla por primera vez. Desde aquel instante, siempre la había amado en silencio; las parejas de los amigos no se tocan aunque no se las merezcan. ¿Casado? Con su profesión, un adicto al trabajo de libro. No era un hombre de grandes relaciones ni mucho menos de ataduras, pero más de una vez, en la soledad de su hogar, cuando había colgado la bata de médico y el silencio se sentaba junto a él en el sofá, sorprendía a sus sueños volando hacia Valentina e imaginaba cómo sería compartir la vida con ella. Siempre que lo hacía, sonreía, e inmediatamente después se censuraba y prendía el televisor. Pelirrojo de frondosa barba y pelo alborotado, piel blanca, muy blanca, salpicada de algunas pecas que parecen avisar a muchas otras cuando le da un poco el sol, y unos ojos color miel que emanaban calidez y hablaban suave. No es que fuera guapo, tampoco feo; en cambio, su alma tenía tantas cosas bonitas que decir que cuentan que todo aquel que las escuchara con atención corría serio peligro de enamorarse de él.

—El comité ha aceptado no despedirte a cambio de que te cojas una baja de al menos un año, durante la que exigen que tomes serias medidas para mejorar tu salud mental; prefieren pensar que estás loco a que eres mala gente. Tras dicho periodo, que comienzas mañana mismo, se reevaluará la situación.

—No podéis hacerme esto, Aitor. —Se volvió hacia su amigo con gesto suplicante—. Intentaré cambiar, te lo juro, seré más…

—Nada, no puedes, no te sale. Tienes que descubrir qué te tuerce y trabajar seriamente en ello. La oportunidad ya la tienes, si no estarías ahora mismo de patitas en la calle. —Se apresuró a abrir la puerta, invitándole a salir—. No vuelvas por aquí, no intentes ponerte en contacto con nadie del centro; no tienes aliados, aunque los busques, no has sabido alistarlos. Tu bando está vacío.

—Pensaba que éramos amigos, Aitor.

—Yo también lo pensaba, pero llevo tiempo reflexionando acerca de ello y aguantarte «porque eres así», dar, dar, dar y no recibir jamás, no es amistad; es una relación tóxica en la que me ha tocado un papel agotador.

5.El camino torcido

Miraba a su hermana dormir en aquella cama de hospital, tan vulnerable, tan delgada, con el sufrimiento de los últimos años reflejado en el rostro, y sentía una pena profunda, también rabia y a la vez gratitud por la cantidad de cosas que habían vivido juntos; el barullo de sentimientos que lo habitaba era directamente proporcional a lo pardas que las liaba la buena de Valentina.

Ella había estado a su lado en todos los momentos de la vida, feos o bonitos, era su fiel escudera desde que se asomó a este mundo tres años después de que él lo hiciera. Fue la madrina de su boda con Nacho y la que intercedió con sus padres para que asistieran y aceptaran de una vez la sexualidad de su hijo, tarea difícil para dos personas conservadoras, ultracatólicas (al menos de boquilla porque a mala baba pocos les ganaban) y muy fans de lo aparente. Ahora con un hijo gay y la otra traficante (dichoso karma), habían decidido poner tierra de por medio y largarse al pueblucho ese infame en el que ni las chicharras cantan del muermo que tienen encima.

Sebas no podía evitar sonreír cada vez que recordaba la primera vez que invitó a Nacho, su marido, a conocer aquel lugar. Le advirtió de cómo era y de cómo se las gastaban los que lo habitaban, pero le iba la marcha y accedió encantado.

Se bajaron del coche y algunos de los paisanos que pululaban por allí del brazo de sus parientas se giraron saludando con la mano al hijo de Enrique y Lupe y a su «amigo», dictando sentencia con los ojos: «Estos son maricones, diga la madre lo que diga».

Fue una comida tensa, forzada por Valentina que también estaba allí con Héctor pasando el fin de semana para que tuvieran alguna toma de contacto los días previos a la boda.

Hablaron de fútbol (no les interesaba), de política (no les gustaría su opinión) y de lo caro que está todo (ahí lo mismo sí coincidían en alguna cosilla). Entonces, Enrique, el aspirante a suegro del año, un hombre duro al que le gustaba poner a prueba a los demás a ver si eran de su cuerda o había que mandarlos al carajo, hizo la gran pregunta:

—Cuéntame, Ignacio…

—Nacho, por favor, mejor Nacho.

—Bueno, es igual; toma ya. ¿Qué te parece que un pueblo con tanta historia y tan decente como este pertenezca a la España vaciada?

Hay veces que la gente te pregunta cosas de las que saben de sobra la respuesta para ver qué cara pones. Es como si quisieran comprobar tus habilidades diplomáticas, porque se dan cuenta de que tu situación está completamente en sus manos; no puedes decir la verdad. Por el bien de todos, tienes que mandar callar los pensamientos que quieren escapar de tu boca, y ya que ellos no ponen el sentido común, habrás de ser tú quien lo haga. Nacho era un animal social desde que nació; lo hizo genial.

Su respuesta nunca hubiera sido la que dio: «Es una pena». Le habría contestado que la pena es que no se hubiera vaciado ya, al menos ese, donde llevaban mofándose de su hijo desde pequeñito por ser tan amanerado (después de misa, claro), de su hija por besarse con el amor de verano que tocara a sus diecisiete años (qué fresca) y de ellos en cuanto se daban la vuelta para irse a casa después de haberle cortado unos cuantos trajes al vecindario con los mismos que ahora los criticaban por lo que fuera mientras los veían marchar. Que se vacíe, que se vacíe…

Sebastián quería con todo su corazón a Valen, pero no podía evitar sentir cierto enfado; le crispaba su manera de enganchar una mala decisión tras otra sin pararse a pensar en las consecuencias para sí misma y para los demás.

—Ay, cariño, qué jodido es presenciar todas y cada una de las veces que una hermana tira su vida por la borda a pesar de que todas y cada una de ellas le avisé, le di mi cariño, mis consejos —le confesaba a su marido mientras esperaban juntos a que despertara—, pero da igual, siempre ha elegido el camino que no.

—No seas tan duro, cari, que perfectos no somos ninguno y ella también te ha acompañado en las malas decisiones que has tomado tú —le recordó, rodeándole con el brazo lleno de amor.

—Sí, joder, pero ni me he casado con un mamarracho que todos sabíamos que lo era desde el principio ni…

—Gracias —le interrumpió divertido haciendo el símbolo de victoria con los dedos.