Tienes nombre de arrecife - Sheila Pérez - E-Book

Tienes nombre de arrecife E-Book

Sheila Pérez

0,0

Beschreibung

Cuando Coral decide cambiar de vida para encontrarse a sí misma, el destino le presenta a las maravillosas personas que darán forma a su futuro. Sin embargo, en los baúles del pasado hay secretos escondidos que acechan su felicidad. ¿Puede repararse un corazón roto? ¿Es posible sanar viejos traumas, recuperar amistades que penden de un hilo o soltar las pesadas cargas familiares que arrastramos sin ser conscientes de ellas? Tienes nombre de arrecife es una historia de amor plena de imaginación y reflexiones sobre las relaciones humanas, los valores y la valentía necesaria para hacerse cargo de la propia felicidad. Al adentrarte en estas páginas, conocerás personajes que, a pesar de las duras experiencias familiares, o a causa de ellas, han descubierto la importancia de construir, con lo cotidiano, una vida extraordinaria. Y querrás hacerlo tú también. Una novela dulce y dura para confiar en la vida, el amor y la amistad.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Tienes nombre de Arrecife

Sheila Pérez

© Sheila Pérez

© Tienes nombre de Arrecife

Noviembre 2022

ISBN papel: 978-84-685-7219-2 ISBN ePub: 978-84-685-7225-3

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Para ti, amiga. Desde donde estés, sé que no has soltado mi mano mientras escribía este libro.

Índice

1. Duendes en la maleta

2. Espejos

3. Y el cielo corroboró

4. Sueños naturales

5. Palabras

6. Recibir

7. Aristas

8. Al otro lado del cielo

9. El cajón secreto

10. El diablo le hacía caso

11. Sueños Naturales

12. Una batalla perdida sobre la mesa

13. Su conciencia

14. Un vermú glamuroso

15. Inés

16. Vampiro emocional

17. Créetelo muy fuerte

18. WhatsApp

19. Mentiras necesarias

20. Ya no

21. Puertas

22. El paquete

23. La bola de acero

24. La carta

25. El número final

26. De fin a principio

27. No asumir

28. ¡Concedido!

29. El hombre del periódico

30. Sobredosis de canela

31. Lavarnos el dolor

32. Cerré

33. Celofán

34. El puchero hecho

35. ¿Y sí?

36. Lenny

37. Memorias de África

38. El diablo

39. La esperanza en un coche

40. Serendipia

41. Traqueteo

42. Kintsugi

43. El álbum

44. La baraja

45. Perdón público

46. ¡A tu salud!

47. LA CONVERSACIÓN

48. 99,75

49. Te amo por…

Epílogo

Agradecimientos

1.Duendes en la maleta

La plaza de la Paja es la plaza de los momentos. En torno a ella giran montones de vidas que se comparten, que se separan o simplemente que pasan por allí. En sus terrazas se fabrican recuerdos que huelen a pincho de tortilla y saben a cerveza helada. Se le ponen tiritas al mundo entre amigos que van creciendo en tamaño a cada ronda al igual que las utopías que disparan sus bocas; lástima que al llegar a casa muchas se caigan, como los buenos propósitos, y las heridas sigan a la intemperie decepcionadas y solas.

Aquella tarde, los niños machacaban el suelo con las bicis mientras sus madres los miraban y charlaban entre ellas, los vejetes volaban al pasado en conversaciones de banco a la fresca, y yo, que acababa de terminar de poner cristales por buena parte de la ciudad, me senté en mi terracita de toda la vida, Bar Verso, porque soy uno de esos a los que les gusta curar al mundo entre cañas.

Me saqué el tabaco del bolsillo y antes de la primera calada llegó Flora, nuestra Flora, vestida con uno de sus conjuntos hippies de muchos colores y coquetas flores. Pedí dos jarras bien frías que nos trajeron casi en el acto con unas aceitunas, y mi querida vecina disparó su primer perdigonazo.

—Oye, Fran, ¿alguna vez te has preguntado qué hay al otro lado del cielo?

Disparatada, preciosa a sus más de sesenta años con esa melena azabache, ojos verde agua y una afición bestial por hacer preguntas extrañas. A mí me gustaban; me hacían pensar, plantearme cosas y, con el paso del tiempo, he ido descubriendo que muchas de ellas son verdades disfrazadas de disparate.

Flora era capaz de leerte el corazón y recitar lo que había visto sin traicionarlo. Flora tenía un herbolario que también era una librería, una peluquería y una tienda esotérica, porque ella era muchas cosas y no quería perderse ninguna. Flora era la madre que me había admitido aunque no fuera su hijo, y mi amiga más joven a pesar de sacarme un porrón de años. Flora era mitad mujer mitad hechicera que sabía ponerle tiritas al mundo, al menos al mío, de las que no se caían nunca.

—Pues no lo sé, Flora… ¿Lo mismo que al otro lado del mar? —Parecía que hablaba el humo de mi cigarro, pero eran las ganas de complacerla las que lo hacían.

—Ah, un montón de muertos, entonces —reflexionó en voz alta y nos echamos a reír chocando nuestros vasos—. Qué bueno verte reír, Fran. No lo haces muy a menudo, ¿sabes? Eres un chulazo de treinta y cinco años, guapo a rabiar, entrañable, profundo… Pero cómo te afea esa tristeza que te cuelga de los ojos desde que …

—¡No! —le rogué serio y molesto—. Por ahí no. Sabes que no quiero hablar del tema. Es una bolsa de dolor que prefiero no abrir por ahora. Y tú me has enseñado a respetar el momento de los demás. El mío es salir cada mañana y, después de abrocharme el cinturón de seguridad, ponerme también el del silencio porque me ayuda a seguir adelante y me hace sentir a salvo de un montón de emociones para las que no estoy preparado.

—Lo siento, cariño. Llevas razón. —Me cogió las manos como bendiciéndolas y me sentí avergonzado por el tono que había empleado—. Callar también es procesar. Esta bruja loca a veces puede ser muy incoherente ¡Quién no lo es! Hay que compartir el dolor cuando uno está listo. Lo otro es vomitar y vomitar siempre te quema la garganta.

El sonido de una maleta que era arrastrada nos sacó de aquella conversación. Ahora pienso que eran un montón de duendes que bailaban sobre sus ruedas para hacer el mayor ruido posible, obligándome así a mirar en su dirección y a verla. Llegó hasta el portal que hay frente al bar con su equipaje y mi mirada a cuestas. Antes de meter la llave en la cerradura, levantó la cabeza como si uno de los duendes danzarines se lo hubiera aconsejado al oído y, entonces, nos vio. Esbozó una leve sonrisa, que de tan tímida se le cayó al suelo. Me levanté a recogérsela, pero un portazo me frenó en seco. Eso por flipado. Tendría que haberla ayudado con la maleta. Tonterías; que yo no pueda cargar con mi equipaje no significa que ella no sea capaz de hacerlo con el suyo.

—Pues yo creo que al otro lado del cielo está la verdad —soltó mientras me leía el corazón—. Un mundo paralelo y despierto en el que cuando sentimos hambre, comemos, no nos ponemos a dieta. Si viene la tristeza, dejamos paso a las lágrimas, no subimos el volumen de las carcajadas. Y si nos sentimos agotados, simplemente descansamos, no corremos más deprisa. Por eso, cuando uno siente una certeza, tiene que ir detrás de ella.

Media melena castaña y ondulada, mirada café y una boca hecha para besar y contar historias. Quería escucharlas todas y devolverle a besos cada sonrisa que se le cayera por el camino. Te habías convertido en certeza, chica de los duendes saltarines.

2.Espejos

Hacía unos días que había llegado a este barrio y ya se había encargado el condenado de engancharme. Mira que me había jurado a mí misma no dejarme atrapar por nadie, ni por un barrio. Después de una relación vacía con un hombre hueco, me había prometido muchas cosas. A ver si las cumplía…

Desde la tarde de mi llegada no dejaba de asomarme a la ventana y nada, no estaba. El chico de la terraza de abajo hizo que me bailara algo por dentro que creía muerto. ¡Peligro! Me hizo gracia su aire de rockero convencido, los pelos largos y rizados, el morbo imponente en su cara y esa boca con el punto perfecto entre lo que te apetece escuchar y lo que te apetece besar. ¡Pro-hi-bi-do!

Me encantaba el piso que había alquilado. La casa donde vivía con Toni, mi ex, nunca fue un hogar. No olía a nada. Había un espacio con tabiques, varios muebles y un ambientador de limones salvajes del Caribe, pero no olía a «estar en casa». Y es que no hay perfume que cambie el aroma de la nada. La nada no se llena cuando no hay con qué llenarla. La puedes adornar con lo que te dé la gana, pero sigue siendo nada.

Lo que más me gustaba era el balcón. Por fin tenía un lugar desde donde gritar mis sueños a las estrellas o tomar el sol acompañada de un café. No era muy grande, pero daba para ponerle una pequeña hamaca y una mesita redonda. Lo había adornado con una guirnalda de luces turquesas, macetas llenas de flores y alguna que otra vela chula.

Las velas me encienden las ganas de mirarme por dentro, de ser creativa, de darme una tregua cuando tengo uno de esos días en los que me levanto en pie de guerra conmigo misma y no logro izar bandera blanca. Qué batallas tan crueles se forman en nuestra cabeza cuando escuchamos con demasiada atención la voz del bando enemigo.

Uy, el timbre. Este sí que tenía que cambiarlo, que parecía un grillo cabreado. Abrí la puerta con el chándal viejo lleno de manchas supervivientes de lavadoras a sesenta grados, moño desestructurado, gafas de marisabidilla y la ingenuidad de ignorar que, desde aquel momento, mi vida se abriría en dos: la de antes y la de a partir de él.

Antes de soltar la pregunta más estúpida y siesa de entre todas las preguntas, elevé mi mirada hacia la suya y en ella pude ver al destino descojonándose de mis planes, de tantos propósitos que me asaltaron tras la ruptura y de todas esas barreras que había levantado a mi alrededor para que nadie pudiera quitármelos.

—¿Qué haces tú aquí?

—Tú me has llamado —contestó confuso—. Soy el cristalero. Quedamos a las cinco. ¿Te acuerdas?

Es increíble lo que nos imaginamos de las personas que no conocemos. Cristalero. No es que hubiera ningún problema, por Dios, pero me pegaba yo qué sé… Vendedor de Harleys, músico callejero, dibujante de cómics… No, tenía que ser el que se iba a llevar los espejos del armario y ver mi versión vagabunda de estar por casa.

—Claro, perdona, es que…

—Tranquila —interrumpió con una sonrisa que me regaló la sospecha de algo que aún no lograba identificar—. Gracias por reciclar los espejos. No sabes lo bien que me vienen.

—¡No hay de que! —Más originalidad—. La verdad es que no me he planteado nunca qué se hace con los espejos donde ya nadie quiere mirarse —reflexioné en voz alta, quizá con demasiada sinceridad.

—Limpiarlos, devolverles el brillo y su derecho a reflejar la verdad. Quizá darles una nueva forma o lugar desde el que puedan mostrar algo hermoso. —Qué guapo, qué sexi, pero sobre todo qué increíble capacidad de fabricar un ejército de pulgas saltarinas en mi estómago solo defendiendo con palabras la vida de unos viejos cristales.

—Bonita reflexión.

—Gracias —susurró con timidez—. ¡Listo! Ya tienes tus armarios limpios —Cargó con todo para marcharse y se dio la vuelta—. Oye ¿por qué has querido quitarlos?

—Porque no podía dormir. Su energía chocaba con la mía y eso me altera.

—¿Feng shui?

—Exacto —afirmé sorprendida—. Me gusta leer sobre esas cosas y mira, algunas parecen ser ciertas.

Nos quedamos callados unos instantes, mirándonos, intensos, llenos de chispas. A la magia le gusta el silencio para hacer bien su trabajo. Le abrí la puerta, esa que el destino había tumbado para hacerse un hueco aquella tarde, y volvió a girarse para conocer mi nombre.

—Coral.

—¡Qué bonito! Tienes nombre de arrecife —dijo torciendo la cabeza divertido—. Yo me llamo Francisco. —Extendió su mano para coger la mía y besarla mientras las pulgas rompieron filas y se desmayaron.

—Y tú de santo.

—O de cóctel —dijo guiñándome un ojo—. Hasta pronto, Coral.

Le escuché alejarse por la escalera y con él, el sonido de las llaves que tal vez abrirían la celda en la que había convertido mi corazón.

Dejó su olor a tabaco, a perfume y a chicle de menta. Dejó deseo, dejó esperanza… Y temblaron las barreras porque también dejó olor a «estar en casa».

3. Y el cielo corroboró

No me encontraba bien. Llevaba meses con el cansancio pegado a los huesos y, por mucho que reposaba, ahí seguía el condenado. Había llegado la hora de cerrar etapas, lo presentía, y la parte de la peluquería me llevaba diciendo adiós mucho tiempo al ver que yo no me atrevía a decírselo a ella.

Pero la tienda… Eso era otra cosa. Levanté Sueños Naturales hace ya treinta años con muchas ganas, mucho miedo y un par de huevos. Aquí he vendido hierbas para los males del cuerpo y libros para los del alma, he lavado cabezas y las he puesto en orden mientras las peinaba, he dado alivio a un barrio entero que me ha demostrado su cariño, y he escrito los capítulos más hermosos de mi vida mientras conocía a personas increíbles y a mí misma de una manera que nunca imaginé. Por eso no puedo venderla sin más. Ha de pasar a unas manos nuevas que estén llenas de vida y de ilusiones, de ganas de hacer un poquito más feliz a todo el que entre, de empaque para cuando vengan mal dadas…

Llevaba dos semanas haciendo entrevistas y me estaba costando horrores encontrar a esa persona que continuara con esta historia de amor entre este lugar y yo. Quizá ese era el problema: no le daba permiso para que viviera la suya, quería que repitiera la mía y eso ni era sano, ni era justo ni era de verdad.

En esas estaba yo, veterana de vida y consejos, sin ser capaz de aplicármelos a mí con sesenta tacos a las espaldas. La maldita resistencia que se nos pone a todos en medio cada vez que intentamos echar una etapa al fuego. Y es por la dichosa adicción a vivir de recuerdos. Los recuerdos solo son un complemento que nos sirve para tener en cuenta lo que nos puede volver a pasar si repetimos ciertas cosas, instantes de felicidad que descansan en el pasado o errores que nos han hecho más sabios o más tontos si no hemos aprendido de ellos. Pero vivir de recuerdos es una manía tan vulnerable como escribir la vida sobre papel de fumar: se diluye con la primera gota de lluvia o se rompe si lo estiras demasiado.

Decidí ser valiente y dar el paso de ir a buscarla a ella, a mi verdadera sucesora, sin revelarle, de momento, quién era yo ni cuál era nuestro vínculo. Escribí un nuevo anuncio a mano, sin artificios, y esta vez lo puse en el lugar donde sabía de buena tinta que ella y solo ella, tal y como estaba dibujado en el firmamento, lo leería y me llamaría.

El sonido del teléfono me sacó del nudo que se me había formado en los pensamientos. Lo cogí en la trastienda que ya no era peluquería; ahora era una salita con una mesa camilla, dos sillas y una lámpara de sal que escucha hasta lo que no decimos. Sonreí al ver quién era. Este chico…

—¡Flori! —Mi Fran de marras—. ¡No te lo vas a creer! Esta tarde he ido a hacer un servicio en el portal que hay frente al Verso y ¡era ella!

—¿Quién es ella? —pregunté sabiendo de sobra la respuesta—. Ah, ya. ¿La de la maleta?

—La misma —comenzó a soñar en alto—. Cuando abrió la puerta y me miró, volvió esa certeza de tener algo importante delante de mí. Estaba preciosa con sus gafas y un moñete loco. —Sonreí al escuchar cómo la describía—. Y sentí que… No sé…

—Que un montón de sensaciones en coma, despiertan y te abren los brazos, muchacho. ¿Qué vas a hacer con ellas? ¿Te las vas a permitir esta vez? —Noté su sonrisa al otro lado del teléfono y supe que era un sí.

—¿Quedamos mañana en el Verso y te cuento, amiga? Me tengo que ir a la perfumería de Pepe. Anoche intentaron robar y le han reventado el cristal.

—Ay, mi Pepe, con lo que es él para sus cosas. Claro, cariño. Mañana cuando cierre Sueños Naturales quedamos en la terraza, que tengo unas ganas de bravas, de cañas y de tiritas que no te puedes imaginar.

—¡Genial, brujilla! —Me encantaba notarlo de tan buen humor—. ¿Has encontrado a alguien que te convenza para la tienda?

—Qué va, hijo. —Mentí un poco. No se me fuera a chafar el plan—. Mucho iluminao que por llevar pantalones de yoga y comer alfalfa se cree que sabe de qué va esto. En fin… Yo también te dejo que parece que escucho la puerta. ¿Será otro gurú frustrado?

Nos reímos y colgué con la intuición de que a Fran se le había empezado a desabrochar el cinturón de seguridad. Ojalá… Merece ser feliz después de cinco años de luto, de culpa, de tener el mundo encima y no saber por dónde sacar el brazo para empezar a levantarlo.

—¿Se puede?

Y el cielo corroboró mis sospechas. Es más, necesitaba de mi complicidad para convertirlas en una preciosa historia de amor y de vida, mucha vida.

Coral entró en mi tienda con un currículum en la mano, los ojos llenos de ilusiones e incertidumbre y con muchas ganas de aprender. Las dos sonreímos al reconocernos. Sabía que yo era la que estaba la otra tarde con aquel chico guapo en la terraza, y yo que es la chica de los duendes en la maleta y algo más para mí, aunque ella lo desconozca. ¿Hay alguien mejor para Sueños Naturales que una muchacha que lleva un montón de duendes encima?

4. Sueños naturales

Un carrillón de lunas metálicas anunció mi llegada a Sueños Naturales y ahora sé que esas lunas cantarinas también me dieron su bendición. La dueña no salió inmediatamente, se la escuchaba hablar por teléfono a lo lejos. Casi lo agradecí, así pude familiarizarme con la tienda, su olor a naturaleza, un mostrador de madera maciza sobre el que se amontonaban velas azules, tan azules como las paredes, y una mesa rectangular. Frente a él reposaban varias pilas de libros de diferentes materias, y por todas partes encontrabas estanterías de escayola a rebosar de aceites esenciales, flores de Bach, hierbas, ungüentos, cuarzos…

—Tú debes de ser Coral, ¿no? Yo soy Flora, mucho gusto.

—¡Sí! Encantada de conocerla, Flora —Apareció con un majestuoso moño de mil horquillas, ojos pequeños y vivarachos y manos tatuadas de pecas y de años—. Tiene usted una tienda preciosa.

—Gracias, encanto —dijo sin soltarme una de las manos—. Acompáñame y con gusto te la enseño. Pero tutéame, por favor, que con cada «usted» me das una bofetada de años que pa qué.

Me mostró cada rincón de aquel mágico lugar y también me contó algunos de los momentos de los que estaba hecho. De nuevo sentí hogar por dentro y sorprendí al destino mirándome socarrón mientras se columpiaba sobre un rosario budista.

Entramos en una modesta botica que había tras las cortinillas del mostrador. Por lo visto, antes era una peluquería y, junto a la mesa camilla en la que nos sentamos a charlar y a tomar un té, había un lavacabezas. ¡Increíble!

—Y bien, cariño —me habló como alguien que te conoce y te quiere—, ¿qué te ha traído hasta aquí, aparte de mi anuncio?

—Cuando era pequeña pasaba muchos veranos en el pueblo con mis tíos. Mis padres trabajaban y yo me quedaba encantada porque eran muy cariñosos y divertidos. Tenían un herbolario y, verano a verano, descubría con ellos los secretos de la naturaleza. Me encariñé tanto que, cuando acabé la escuela, estudié naturopatía. Nunca ejercí. Me fui a vivir con mi novio porque era lo que tocaba y…

—¿Lo que tocaba? Ay, mi niña. Toca la lotería, pasar la ITV, el turno en la frutería… Pero compartir tu vida con alguien no toca. ¡Se tiene que elegir!

—Ahora lo sé y por eso me he elegido a mí —la amable señora sonrió complacida ante mi respuesta— y trabajar en lo que siempre quise, no en lo que me daba un sueldo que llevar a casa pero ni una alegría. Era una agencia de detectives donde cogía el teléfono y hacía facturas. Todo el mundo me decía que no me pegaba nada, que era un poco menos yo desde que estaba allí. Bueno, todo el mundo menos Toni. Para él era un puesto estupendo que no podía perder.

—Qué buenas noticias, linda. Has dado dos portazos: al despacho y a ese pájaro que te mentía sobre lo que te da luz para que no brillaras más que él. Es como las amiguchas esas que no lo son y que nunca te dicen lo guapa que estás, lo bonito que te ha quedado el escaparate de la tienda o lo mucho que se han emocionado al escucharte cantar. No vaya a ser que se les note con cada piropo lo insulsas que son y lo reventadas que están. Eso sí, comete el más mínimo fallo, que le pondrán luces, sonido y muy mala leche. Hay que ver lo que somos capaces de aguantar por no atrevernos a dar un puñetazo en la mesa a tiempo. ¿No crees?

—Algo así, sí —Parecía que acababa de echar una tirada de tarot a mi vida y había acertado de pleno. Estaba tan acostumbrada a la crítica que cuando alguien me decía algo bonito, lo pasaba mal, me daba vergüenza. Eso también tenía que cambiar.

—Entiendo…

Entrelazó sus manos y cerró los ojos en silencio, como si estuviera escuchando a alguien. Era una mujer realmente especial, como si mis tíos, ya fallecidos, me la hubieran presentado desde el cielo para ayudarme a construir un nuevo camino.

—Eres tú, Coral. Me lo gritan las tripas y las tripas nunca mienten. Yo te ayudaré y te enseñaré todo lo que sé, y tú me ayudarás a descansar porque mi cuerpo ya no responde igual.

—¿De verdad? ¡Dios mío! Muchas gracias. No sabe, perdón, no sabes, lo mucho que necesito este trabajo. Aparte de lo que te he contado, no tengo más experiencia, pero aprenderé rápido, lo prometo.

—Lo sé, niña. —Sacó de debajo de la mesa una caja de madera llena de libretas de colores—. Mira, cada una contiene el resumen de varias disciplinas identificadas por el color —explicó mientras me las entregaba y pude comprobar que estaban escritas a mano—. La verde se refiere a la herbología, la blanca está cargada de fórmulas homeopáticas y cromoterapia; en la azul residen los secretos de los números, del tarot, de las gemas y de los horóscopos; y en la rosa tienes lo relacionado con el mundo de los aromas, las velas y la cosmética natural. Cuídalas, préstales atención y ellas te contarán su sabiduría hasta que ya no necesites leerlas para acordarte de lo que te han enseñado.

Nos despedimos con un abrazo de los que acercan un poco más las piezas del puzle deshecho en el que me había convertido. Qué gran error deshacerse para encajar. Suerte que había tirado a la basura esas piezas que no valían para crear lo que yo era en realidad. Desguazar lo que no cabe, sin miedo, es el primer paso para que todo se ajuste.

Sentí que dando un portazo abría otra puerta, la que escondía detrás lo que soy siendo Coral y nadie más que Coral.

5. Palabras

Las palabras son pesas que te hunden o balsas que te salvan. Te hacen compañía cuando las encuentras en los libros y, a veces, les gusta jugar contigo a esconderse cuando buscas las más adecuadas. Enmudecen ante la belleza sublime o frente el horror más extremo. Se hacen grandes en las bocas que pronuncian lo importante de la vida y minúsculas en las que solo se abren para escucharse a sí mismo. Y, ojo, que es muy importante escucharse a uno mismo, pero a los demás también. Se convierten, pronunciadas por los malos, en dardos que pueden envenenar la idea que tienes acerca de ti y de lo que has venido a hacer a este mundo.

Las notas de Sara:

Sara, la gordita de segundo.

Oye, Sara, ¿llevas aparato o has mordido un escalextric?

Mírala, parece una foca y encima ahora con gafas.

Sara, aborto; Sara, feto.

A ver cómo rueda por las escaleras si le damos un empujoncito…

Por eso yo convierto mis espejos reciclados en figuras, les grabo una palabra clave que haga sentir bellas y poderosas a las personas que los reciben, y los adorno con algún dibujo relacionado. Es mi manera de honrar las palabras y a los que quiero, que sepan distinguirlas de las que jamás se tienen que creer. Y es también mi afición. Tener una es lo que me pone la mente en off cuando empiezan a buscarme las cosquillas, lo que me ha salvado de acabar como Sara, mi hermana pequeña, mi bolsa de dolor, mi gran derrota.

Pensaba en todo esto y lo dejaba ir mientras transformaba un pedazo de espejo en una ola de mar. Le iba dando forma con mi buril mientras una sonrisa me asaltaba juguetona porque sabía que, antes o después, este iba a ser para Coral, la que tiene las ondas en el pelo igual que las que dibuja el mar, la que cada vez que se pinte los labios frente a él, esos que estaba loco por besar, leerá la palabra «arrecife» entre algas y peces de colores.